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Los sitios de Zaragoza

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Campeonato de Liga, 19ª Jornada
Zaragoza, 0-Recreativo, 0

El Recre sobrevive a un largo asedio - Aimar y todos chocaron con López Vallejo, enorme - Uche, Guerrero y Sinama pudieron matar - El equipo sigue sexto

Durante 20 minutos desesperados, emotivos por la belleza que adorna a la voluntad, Pablo Aimar se echó a su equipo a la espalda y lo llevó hasta donde pudo, jaleado por una grada febril. El partido no se había parecido a lo esperado. En su avance hacia Europa, los dos equipos eligieron caminos alternativos. El Zaragoza (mermado y sin Celades a última hora) tuvo que reinventarse con un medio campo bajo en calorías, bien ligerito: Movilla de único pivote; Longás y Aimar como livianos escuderos; García y D’Alessandro por afuera; Diego en la punta. Sin Viqueira en la creación, el Recreativo le opuso orden, posición, una defensa adelantada, el medio campo tirado atrás, poco espacio y un apunte de falsa resistencia pasiva, afilada con esa capacidad suya para la réplica fulminante.

En ese rato final en el que Zaragoza y Recre se jugaron de verdad el partido, Aimar se hizo grande, cubrió un espacio amplísimo con la pelota, saltó todas las trincheras sin temor al fuego ni la metralla, repartió balón por dentro y por fuera mientras el Recreativo multiplicaba hombres, brazos y piernas en la defensa, acudió como un salvaje a cabecear un par de centros del estupendo Lafita, dejó un par de pelotas colgadas del alero del gol y, por último, largó una falta a la escuadra. El encuentro había llegado ya al alargue, ese purgatorio del fútbol, ese tiempo que no existe en los relojes. Mientras las manecillas se derretían como en las pinturas de Dalí, Aimar dibujó con tinta china una falta que no era (a esas horas Pérez Lasa se comportaba con la fiabilidad de un sonajero) y López Vallejo la bajó de la escuadra con la levedad de un ángel.

El héroe y su antagonista. El portero del Recre ya le había sacado una chilena portentosa al argentino, cuando más viveza tenía el Zaragoza. Unos primeros 25 minutos de monólogo diverso, juego elaborado, muy bien Chus Herrero por su banda, profundo y combinativo; aseado y con participación Longás por adentro, aunque otra vez el partido le quedó muy largo; vitalista e incisivo Sergio García. Pero faltaban D’Alessandro y Diego. Andrés apareció por todas las esquinas, pero sin darle sentido a su profusión. Una pena porque quiere la pelota, vadea ríos y corona montañas para buscarla... pero luego se le quedan las ideas pegadas al pie y el pie al balón. Le gusta jugar al escapismo, compromete a los defensas con pies de goma, juega con la pelota como si fuera chicle en la lengua. El problema viene cuando quiere engañar y a su alrededor no hay nadie al que engañar. Entonces Andrés resuelve engañarse a sí mismo. Y lo consigue.

De cualquier modo el problema está en que el huracán Diegol ha perdido fuerza. Era fácil dejarse llevar en el viento favorable de un delantero como él. Ahora el equipo lleva cuatro de los últimos cinco partidos sin gol. Ayer se comportó como en una rueda de peones, dándole vueltas a un enemigo aculado sobre su área, sin apuntillarlo. Un sitio bien elaborado salvo por la ausencia del arma definitiva: era como intentar convencer a los resistentes por medio de la palabra. No hubo forma de hacerlo, claro. Nadie se rinde con argumentos, se diga lo que se diga. El Recreativo se asentó primero, riguroso en las ideas y su ejecución, y luego apuntaló el medio con Arzo e igualó el choque. Entonces la moneda pudo caer de cualquier lado: Javi Guerrero cabeceó en parábola al palo; y César le negó un par de sustos a Uche y a Sinama-Pongolle, que tuvo la última en una contra feroz a cinco minutos del final.

La bendita aparición de Lafita recuperó valores: arrojo, juventud y fútbol por las bandas. Puso tres centros con lazo de gol. Celades agregó cordura a ese tráfago desesperado que es la guerra, y proclamó que el partido hubiera sido otro con él. Aimar había jugado un partido contradictorio, con un algo de intermitencia, pero punteada con maravillosos detalles. Se redimió cuando quiso ganar el partido por encima de cualquier cosa, con pura voluntad de crack. Lo impidió López Vallejo: quitó un gol que venía de la cabeza de Sergio García y, al final, liberó de la escuadra el que había soñado Aimar.

Lunes, 22 de enero de 2006
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Silbidos en la niebla

Noche fría, sin fútbol ni temperatura. La grada protestó. Ristic le dio la victoria al Málaga. El Zaragoza administró y nunca se vio en serio peligro
 
Real Zaragoza, 0-Málaga, 1
Octavos de final, Copa del Rey 

La noche tenía un aspecto apacible, con esos tres goles de ventaja. Una noche para los actores secundarios -sin que el término quiera ser peyorativo- y los aficionados conspicuos. Porque cayó el frío como una manta de latón sobre el estadio y la escena, diseñada para la recolección de méritos, se puso hostil. Más aún con el fresco empeño del Málaga, que se adelantó antes de un cuarto de hora y produjo en el Zaragoza una cierta ansiedad de advenedizo, de equipo que no está pegado porque muchos no suelen jugar. La grada quería superioridad, tenía razón Víctor y no valía con pasar. Pero tuvo que valer porque no había más. Así que en la niebla se oyeron silbidos. De esos que se olvidan pronto, pero silbidos.

El Zaragoza pasó, pero de algún modo insistiendo en esa versión pálida que le vimos en el Bernabéu. Dadas las circunstancias, no se puede elevar un juicio demasiado severo, pero hay que anotar algunos aspectos. Por ejemplo, la constatación de que Ewerthon no se acaba de encontrar. Pasó otra vez desapercibido, sin generar peligro ni combinaciones que subrayasen su presencia. Sergio García tampoco anduvo demasiado certero, pero al poco de empezar ya se había plantado en las barbas de Goitia y luego pasó la noche en un cimbreo constante y ágil, de aviso de gol. Por lo demás, todos sabemos lo que da Miguel, lo que da Chus Herrero, lo que da Aranzábal... Por muchos motivos, uno quería ver sobre todo a Longás, un futbolista de los que le ceden su personalidad al juego. La temporada no ha sido justa hasta ahora con Longás, pero él está sabiendo poner los acontecimientos en perspectiva y ordenar sus prioridades. Hace poco lo explicó en una entrevista. La cita no es textual, pero venía a decir: "Este año estoy aprendiendo, mi año tiene que ser el próximo". Ni siquiera el asunto De la Red lo ha perturbado; Longás antepone la paciencia a la vanidad, y no le hace falta que pensemos por él. La paciencia no es sólo una virtud moral; también supone un rasgo de inteligencia. Son dos ingredientes de su juego. El primer tiempo lo tuvo por protagonista, en ese dámela que la juego, vamos por aquí, salimos por allá que le surge con total naturalidad. Luego perdió fuelle. Normal en alguien con escaso ritmo de partidos. Longás acabó sin energía, desplazado a la izquierda y sustituido por Eneko. La grada le aplaudió: sabe que este chico siempre tiene algo que decir con la pelota

¿Y el Málaga? Bueno, el Málaga supo cómo componer una amenaza, lo que no era poco en su papel: muchos jóvenes para la jornada de campo y playa, viaje en el día, tres goles en contra. Pero con la boira nocturna que estos días tiene tomada Zaragoza, uno se despierta rápido, y el partido tuvo desde el comienzo un ritmo vivo, como si los futbolistas quisieran desmentir el prejuicio que acompañaba a la noche. La actividad no significa calidad, ni profundidad, ni precisión, ni combinación. El Zaragoza no tuvo nada de eso. Después . Por afuera no había mucho que rascar, los esfuerzos de García tuvieron un algo de agonía individual. Así que las advertencias del Zaragoza fueron pequeñas o no fueron.

El Málaga, sin embargo, se puso mucho más concreto por el lado de Ernesto. Tanto que en el minuto 14 hizo una estupenda jugada sobre el flanco izquierdo y largó una pelota al jardincito del segundo palo. Aranzábal cerró más tarde que temprano ese balón y Ristic le dio al Málaga un gol con el que incordiar. Algo así no estaba previsto, pero de alguna forma era previsible. El Zaragoza cayó en esa imagen propia de los equipos hechos de jugadores no habituales, y le crecieron el desánimo y la imprecisión, mientras la grada se impacientaba. Trató siempre de recomponerse, pero sin tino, y Ernesto pudo encajarle el 0-2 en otra pelota en el segundo palo. Si no lo hizo fue porque la quitó de la raya Aranzábal, sí, pero sobre todo no lo hizo porque Dios no quiso.

Luego el partido se fue vaciando, mientras caía una niebla que ayudaba a recordar aquel gol de Violeta a Las Palmas en una noche gris como ceniza. Piqué intentó un par de cabezazos incompletos y Molinero luego lo revoleó con una patada algo lasciva. Y que siga la Copa que aquí, en el fondo, no ha pasado nada.

Diario AS, 18 de enero de 2007
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Bandera blanca

Bandera blanca

 

El partido del Bernabéu me resultó uno de los más decepcionantes en mucho tiempo. Creo que ni siquiera el 4-1 de la última final de Copa me dejó una impresión de vacío tan profunda, y mira que aquella noche nos hicieron un socavón bien doloroso en salva sea la parte: es decir, en el alma. Jorge Solans deja un titular hoy en su comentario en AS que me parece bonito y acertado, porque alcanza a definir la verdad con serena tristeza, también con un aire lírico de nostalgia: "Nadie siguió la música de Aimar". A Juanma Trueba, el alegre cronista del Madrid, le parece que el equipo blanco se ha reinventado. Se refiere al esfuerzo. A mí me parece (con todo el respeto) que esa apreciación supone un esfuerzo voluntarista de levantar el ánimo, tan voluntarista como el partido que jugó el equipo blanco. Habla muy bien de Higuaín y de Gago. A mí Higuaín me gustó; Gago no me dijo tanto. Pero el fútbol tiene puntos de vista y estados de ánimo. Seguramente Trueba los miró con una mirada más certera que la mía. Yo me fijé en la inanidad del Zaragoza. El centro del campo del Zaragoza no llegó ni a la goma espuma. El Madrid le puso apenas rasmia a la cosa, de tal modo que encumbró a gente como Van Nistelrooy: con esa boca de huracán que abre en la foto, la farola holandesa se merendó lo poquito que era el Zaragoza.

Capello está desnudo y en manos del esfuerzo de sus futbolistas. Por lo demás, se diría que ya no tiene el mando de ese cuerpo que es el Madrid. Porque tácticamente, el Madrid tuvo momentos de ausencia total, que denuncian a un equipo que no cree en lo que le dice ese señor que jubila futbolistas de su equipo en enero. La energía blanca que glosaron al final los cronistas como razón de su esperanza le sobrevino al Madrid después del gol. Porque, antes, uno podía verlos caminar por el campo, sin siquiera presionar a los medios opuestos. Otra cosa fue que el Zaragoza no llegara ni al área. En ese sentido, y en todos, el partido resultó una castaña. "Uno muy malo le gana a otro peor", trató de titular Pedro Bellido, de Equipo. Creo que al final la cosa terminó en "Planchazo", que viene a resumir el caso con contundencia, como quieren los titulares. No sé si el otro pasó el corte. Los titulares de Pedrito suelen comprometer el manual de este oficio, porque sitúan a las reglas de la profesión frente a perspectivas para las que no está preparado. Los titulares de Bellido son como esos casos excepcionales de las leyes que vuelven locos a los juristas. No parecen académicos pero, claro... suelen resultar divertidos y el que tiene que admitirlos se queda así dudando y diciendo: "Joder, yo no lo pondría pero... es que es franco, está bien, es divertido, cuenta la verdad e invita a seguir leyendo". ¿No quedamos en la Universidad que eso era un buen titular?

Fue una noche de flojera. Nos fuimos del Bernabéu sin los tres puntos, sin De la Red y sin ver estrictamente nada. Nada por aquí, nada por allá: en eso se resume la presunta magia blanca y el sortilegio de este Zaragoza. Puro truco de humo. Como el velocista anda en paradero desconocido, hasta esta mañana no se me ha ocurrido el titular. Lo pongo en Somniloquios: Bandera Blanca. Ese era. Rendición sin condiciones ni rehenes. Sin el velocista, que es el de la repentización, yo también me quedo en nada.

Doctor Diogo y Mr. Hyde

Doctor Diogo y Mr. Hyde

Real Zaragoza, 2-Sevilla, 1 

Formidable partido del uruguayo: gol y asistencia - Su pelea final con Luis Fabiano afeó una noche grande - El Zaragoza regresa a la Champions

De este partido quizá quede como imagen la pelea de barrio bajo entre Diogo y Luis Fabiano, que sirvió de exagerado desenlace para un partido grande en las formas, jugado con poderes cruzados, con un ejercicio riguroso del Zaragoza en la primera parte y la fantástica recuperación del Sevilla después, cuando ya con 2-0 atropelló al Zaragoza por el carril de Alves y tuvo un par de ocasiones bien claras para poner el empate. Cuando ya la victoria tenía dueño, Diogo y Luis Fabiano se engancharon en la última jugada. Un pisotón involuntario del zaragocista, la sangre que sube a la cabeza, frente con frente como berracos, cabezazo de Luis Fabiano, gancho de derecha de Diogo al mentón y después una pelea de recreo, manotazos en aspas.Un telón amargo de dos rojas.

Una pena en medio de un partido que fue verdaderamente alegre para el Zaragoza, que como regalo de Reyes vuelve a la Champions. Lo hizo desnudando primero al Sevilla, y después sufriendo frente a un equipo orgulloso y capaz de envalentonarse hasta amenazar cualquier ventaja. Era algo sabido. Con el Sevilla los partidos se hacen largos. Para jugar de igual a igual con el Sevilla hace falta comprender ese fútbol, que es un idioma hecho de diferentes lenguajes, tomarle el ritmo y tratarle con agresividad, anticipación, solidaridad, organización, equilibrio. No sólo eso. Después, hay que jugar bien al fútbol. La derrota con el Valencia había establecido una cierta duda alrededor del Zaragoza. Si verdaderamente quiere ser algo, no puede limitarse a la condición de equipo bonito, resultón o estéticamente generoso. Además ha de manejar los partidos alternativos, los feos, los incómodos, los graves. O sea, sufrir en silencio las hemorroides.

En el primer tiempo lo hizo, aunque para poner en funcionamiento sus virtudes necesitó el gol madrugador de Carlos Diogo, a la salida de un córner. Lo tiró D'Alessandro con pie chiquito y el uruguayo peinó la pelota con el hemisferio izquierdo, que es el que se encarga del lenguaje, el habla, la memoria, la lógica, la planificación: esas pequeñas cosas de cada día. Diogo tocó apenas para modificarle la dirección, y la pelota le pasó rozando el flequillo a Palop, justo por encima de la frente. Palop manoteó como si tratara de sacudirse un abejorro, pero ya estaba vencido. Ese tanto reordenó el partido.

El Sevilla lo había iniciado con una impresión de mayor cuajo. No autoritario, pero sí con Renato en la dirección del tráfico y mayor velocidad. Al Zaragoza le faltaba algo de ritmo, y se necesita ritmo para descompensar al Sevilla, cuyos futbolistas entran y salen de sus posiciones con frecuencia. El Zaragoza estaba obligado al celo en las marcas, lo supieron pronto Kanouté y Luis Fabiano, contenidos por la defensa aragonesa. Zapater puso el pie fuerte y Piqué le agregó al medio campo la pizca de clase que lleva dentro, con la naturalidad de los futbolistas de sangre azul: a Piqué le dirán el nuevo Fernando Hierro si hay que buscarle etiquetas, pero también un Edmilson, digamos. Ese futbolista de apariencia excesiva, bien coordinado, que mezcla el juego corto y el pase largo. Con ese tipo de jugadores en el puente de mando, la masa del fútbol siempre queda en su punto y sabe bien. Así como diferente, pero bien.

Marea roja. Mientras el Zaragoza crecía con el alimento de su gol, el Sevilla atravesó el primer tiempo instalado en las dudas. No le encontraba debilidades al Zaragoza, donde hasta gente como Aimar o D'Alessandro se entregaba a la solidaridad de las coberturas y el trabajo en dirección contraria a la portería. Eso le permitió al equipo de Víctor Fernández limitar poco a poco cada una de las virtudes conocidas del Sevilla: la longitud de sus bandas, de Navas y Alves, de Adriano; el gobierno físico de Renato y Poulsen, las conexiones con los de arriba. Kanouté y Luis Fabiano no tenían tiempo ni permiso para recibir. Eso termina por hacer mella en las convicciones y luego, cuando llega la hora de decidir, una ocasión suelta, pasa lo que pasa: quizás por eso Kanouté no llegó por tres pelos o no definió un par de cabezazos.

El Sevilla trató de recuperar el paso tras el intermedio y se encontró a un Zaragoza cínico, que lo desangró al contraataque, en una feroz salida del formidable Diogo. Su centro lo ganó Diego Milito, medio con la mano. Remató, cortó Palop y Diego fue para empujarla al 2-0. Ahí se acabó el Zaragoza y empezó el resto del partido, porque Juande quitó al volátil Navas y a David, adelgazó la defensa, sumó a Maresca en el medio y a Chevantón más arriba, y el Sevilla pasó a ser ese viento de tormenta que conocemos en estos últimos tiempos. Entonces todo el mundo se soltó, o casi todos. Más que nadie, Dani Alves, que abrió su banda a sangre y fuego, destruyendo todas las barreras con su mezcla de cuchillo en la boca y sutilezas en los pies. Tiró una pared con Maresca portentosa y llegó a la línea de fondo para poner a Luis Fabiano el 2-1.

Era el minuto 70. Lo que quedó hasta el final fue un sinvivir para el Zaragoza, amenazado por completo. Se aferró a la Champions y al 2-1. Sujetó lo que pudo sujetar, que no era mucho porque el Sevilla se hizo marea roja. Al final apareció la bestia de dos jugadores calientes, competitivos. Mejor recordar un partido precioso que ese tabernario final indigno.

Diario AS, 7 de enero de 2007
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La implosión de Sergio García

La implosión de Sergio García

Sergio García, el goleador más prolífico de la historia de la cantera del Barcelona, se ha asentado como titular y está jugando su mejor fútbol en el Real Zaragoza, donde por fin ha encontrado su sitio. Sin embargo, esa escena de triunfo está presidida por una paradoja: en el mejor momento de su vida deportiva, sólo ha metido un gol... pero a cambio ha dado hasta seis y es el mejor asistente de la Liga. La de Sergio García está siendo una explosión al revés. En realidad, se trata de una implosión.

En el fútbol gobierna una ley de mercado que dice así: “El gol no se fabrica, el gol se compra”. En cierta ocasión oí a un entrenador que le confiaba ese relativo secreto al propietario de su club. La ley, en todo caso, admite un apéndice: “Y si por un casual lo fabricamos, se vende...” Desde luego, por aquí o por allá surgen refutaciones del principio. Fernando Torres. Raúl. Sí, pero ya sabemos que la ley atiende a la generalidad, no a las excepciones. Si las leyes obedecieran a una moral intachable, serían dogmas.

El caso de Sergio García de la Fuente (Barcelona, 1983) propone un juicio a esa ley, una incongruencia en sí misma. El viejo aforismo de Kafka: “Una jaula salió en busca de un pájaro”. Dicho a la manera popular, los pájaros disparando a las escopetas. El argumento de partida sería algo así: ¿Cómo puede el máximo goleador de las categorías inferiores del Barcelona no haber llegado a jugar en el Barcelona? A triunfar en el Barça llegarán el portero orgulloso, genial o cantarín, los mediocampistas con glamour desenfadado, el central que oculta sus desórdenes tras una cortina de fuerzas naturales desatadas, o el defensa justito que observa metáforas libertarias en la conquista de un título. Pero el delantero, ése no; ni siquiera el que metió más de 30 goles por año. No. El que hizo más de 50 en una temporada cadete. No. El que jugó en todas las selecciones nacionales desde los 15 años... no; el campeón de Europa sub-19, el subcampeón del mundo sub-20... No, no y no. Ése no. Motivo: ese je ne sais quoi que rige el fútbol, deporte en el que todo el mundo tiene razón alguna vez y en el que la verdad más evidente acostumbra a ser la más incierta. El gol no se fabrica, el gol se compra. ¿No vio a Portillo, no vio a Villa, no vio a Soldado? ¿Es que no vio a Etoo? El gol se compra y se vende. La ley está para cumplirla. Caso archivado. Martillazo.

Sergio García aprendió su primer fútbol en la escuela del C.F. Damm y en alevines lo llamó el Barça. Volvió cedido al Damm, aún cadete, e hizo más de 50 goles en un solo año. Regresó al Barça y vivió un desenfreno juvenil: año a año, firmó 32 goles en 36 partidos; 30 goles en 22 partidos; 10 goles en 15 partidos; y ya en el Barcelona B, 22 goles en 34 partidos y 15 goles en 22 partidos. Era un goleador serial. Quizá sin referentes canónicos en las formas, pero tampoco Villa los tiene. Los arquetipos no lo explican todo. A esa edad, a Sergio ya lo distinguía su tendencia a un perfil cóncavo, engaño para los malintencionados que vigilan el peso de los futbolistas más que la propia estulticia. Hansi Muller era paticorto; Garrincha tenía las piernas chuecas; Puskas o Maradona fueron genios abombados. Favorecido por esa extrañeza de las formas, Sergio no corre, se embala en vertical, como los dibujos animados y los velocistas que buscan la meta. Es el efecto bola de cañón.

Debutó en la Champions con el Barcelona, en 2002 frente al Brujas. Y en la Liga en septiembre de 2003, con el Sevilla. Y eso fue apenas todo. En una cualquiera de las mañanas repetidas en las que veía entrenarse a su hijo, Sergio García padre se dio cuenta de que la letra pequeña de aquel sueño obligaba al exilio. Puede ocurrir que, si uno mira las mañanas repetidas así, de soslayo, llegue a entrever la tramoya de la vida. El fútbol consiste en ver lo que no se ve: por ejemplo, que los cinco goles de Kanouté en el Tottenham ocultaban la promesa de 20 o más en España. Tras la maraña de goles adolescentes, su padre intuyó el destierro. Son justo los chicos que crecen en los equipos grandes los que más complicado tienen jugar en los equipos grandes. Una paradoja terrible, un desorden. Lo primero que codiciamos es lo más cercano, le explicó Hannibal Lecter a la agente Starling. Lecter jamás jugó al fútbol.

El chico lo tomó con resignación. Fue al Levante y luego lo compraría el Zaragoza para relevar a Villa. Una comparación peligrosa, pero Sergio García ya ha rebasado con fútbol aquella primera notoriedad de los peinados, el pelo de pincho eléctrico, los teñidos y las cabezas rapadas. Los arreglos capilares anticipaban por error a un futbolista disperso, más atento a lo accesorio que al juego, extravagante o alocado. Por asociación colectiva y por procedencia, a ratos la Prensa le dice el neng, pero Sergio García está lejos de espantar a las abuelas soltando gas con motos trucadas, o derrapando un coche tuneado en la explanada de las discotecas. Sergio es cualquier cosa excepto un muchacho estridente. Reservado, ajeno, tranquilo hasta la anestesia anímica. Una máscara que no transpira tensiones y que reduce las preguntas difíciles a respuestas fáciles, como un artificiero. Aunque su frustración del año pasado -cuando llegó Diego Milito, cuando Víctor lo ponía poco- resultaba obvia a simple vista, jamás permitió un atisbo de ello en la escenografía diaria. Era el suplente pluscuamperfecto.

Por descontado, esa virtud ética no impidió la insatisfacción. Lo distintivo ha sido el modo de gestionarla. A menudo los futbolistas equivocan la juventud con la vida, pero en la vida la pelota nunca viene por donde la esperas. Lo escribió Albert Camus. Sergio pudo confundir sus más de cien goles con un derecho inalienable a ser titular y goleador en Primera. No lo hizo. A cambio, ha buscado hasta encontrarle el sentido a su fútbol en las entretelas del juego, donde nadie lo aguardaba: este año todo el mundo está de acuerdo en su explosión, pero en realidad no ha sido sino lo contrario: ha sido una implosión. Sergio lleva un solo tanto, pero a cambio es el mejor pasador de gol de la Liga. ¿Naturaleza contravenida? Quién sabe. La mayoría nos parecemos poco al hombre que preveíamos. “Antes hacía tantos goles que no se veían mis pases, ahora me ocurre justo lo contrario”, explica.

Una jaula salió en busca de un pájaro. Un goleador se puso a repartir juego.

Mediapunta, 17 de diciembre de 2006
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Lafita besa el escudo

Lafita besa el escudo

 

Jugó 25 minutos emotivos, firmó el 0-2 y un penalti - Diego había decidido con otro golazo - El Racing jugó bien, pero sin pólvora - Y vuelve la Champions

Aunque acostumbra a esconder algunas verdades en sucesivas cortinas de arbitrios, casualidades o fortunas, el fútbol no miente. Zigic y Munitis no estaban en el Racing. Rubén Castro anda goleando para el Nàstic -una cesión de locos, como para cruzar de pesadillas las noches de cualquier entrenador-; y Aganzo, siempre atento a las levedades de cualquier defensa, está lesionado. Así que el adjetivo de estupendo equipo que cualquiera le pondría al Racing -merecido por ritmo, por orden táctico, por velocidad de la pelota, por atención a los detalles- se le desprende cerca del área. Balboa y Juanjo no podían llenar tantas botas ausentes. El Zaragoza, vencido por velocidad y aplicación en la primera mitad, resolvió cuando Aimar salió del ovillo para hilar una jugada de seda y encontró a Diego Milito. Goleador implacable. Mano de piedra. Luego lo administró, envolviendo con la pelota la fatiga del Racing, y Lafita agregó un pasaje de emoción: por fin marcó y besó el escudo de su camiseta, la celebración prometida.

La victoria refuerza la idea de solidez de este equipo, al que en esta tierra siempre le vamos a buscar los dobladillos del pantalón, a ver si los lleva descosidos. Porque llevamos una década de convicciones tan débiles, y somos todos tan aragoneses y tan escépticos y tan exigentes y tan puñeteros, que vemos al equipo perder un día con el Osasuna y ya nos entran ganas de decir las verdades. Esas verdades que todos guardamos en los puños para los días de la derrota, que siempre llegan. Y ahí largamos todo: que Agapito no tiene dinero, que Aimar es un bluf, que D'Alessandro debería estar colgado de los pulgares, que Diego Milito no está comprado, que la Champions es flor de un día, que Sergio García no mete una, que somos todos unos pringados y unos embusteros y unos falsos y unos incapaces. Somos todos así. Y uno no se excluye. Lo mejor nos parece imposible o innecesario. Por costumbre, por carácter, porque sí, coño... Y aquí estamos. Agarrados al botijo y mirando al cielo, por si cae sobre nuestras cabezas. Por si ese chavalito del barrio Oliver saca demasiado la cabeza y hay que darle un estacazo. Los gigantes del portón de la audiencia. Estacazo y que baje la cabecita. Y todos con él.

Revancha. En fin, vayamos al fútbol, porque la geografía social es la que es y el descreimiento no se corrige con cuatro líneas rabiosas. El partido contó mentiras y verdades y hay que separarlas con cuidado. El Racing compuso la figura contradictoria de un príncipe capado, con todas sus virtudes y la esbelta figura sometidas al juicio de lo incompleto. Hizo muchas cosas bien, algunas muy notables y otras más ocultas, pero igual de importantes. Sin embargo, le faltó siempre lo definitorio. La extrañeza del gol supone una imperfección demoledora. Un equipo de fútbol sin el gol, sin delanteros que terminen, sin alguien que haga lo decisivo, significa una llamada a la derrota frecuente. Más frecuente si al otro lado aguarda el Zaragoza, que siempre marca, con méritos o sin ellos.

El resultado tuvo una cierta crueldad con el Racing. Una cierta crueldad y mucha lógica. A veces la verdad resulta despiadada. El equipo de Portugal dio una primera parte magnífica, hizo bien todas esas pequeñas cosas que conforman el tejido óseo de un equipo: la presión, la salida rápida de la pelota, la combinación de esfuerzos en la defensa y en ataque. Tenía estudiado al Zaragoza y recitó cada capítulo con la seguridad de un escolar aplicado.

Sometido a ese rigor, el Zaragoza se quedó sin brillos. El medio campo reunía jabatos, gente como Colsa, Zapater o Ponzio, que hacen una pareja interesante, con peso. La guerra principal permanecía en suspenso. Magnífico ritmo y el Racing con un dinamismo endiablado, articulando una presión minuciosa en el medio campo, con dos o tres y hasta cuatro hombres rodeando cada pelota del Zaragoza en las bandas. Parecían los Seattle Supersonics de George Karl, con aquel sistema de traps en los lados. Todo eso hacía un partido vistoso al que le faltaba chicha. Nada por arriba. Ni el uno ni el otro. Fue un rondo divertido, pero sin porterías. En el Zaragoza nadie conectaba con el ataque y en el Racing, Balboa y Juanjo sucumbían a un doble marrón: la nostalgia de Zigic y Munitis, más el celo de los cuatro soldados que el Zaragoza tiene alineados atrás. El plan de Miguel Ángel Portugal era muy bueno, pero para ganar necesitaba un chispazo, algo más que la teoría. Mientras Rubén Castro levantaba al Nàstic en el Mediterráneo, al norte Juanjo hizo el único disparo y César echó cuerpo a tierra.

Aun sin imponerse con la pelota, el Zaragoza estaba haciendo dos cosas bien: se sostuvo en la inferioridad sin sufrimientos obvios -solvente ejercicio defensivo- y previó las debilidades que habrían de afligir tarde o temprano al Racing. Sabía que no podría sostener su ritmo de tambor batiente y que eso denunciaría aún más su falta de peligro. Esa lectura se reveló exacta. A los 10 minutos del segundo tiempo, Aimar escapó de la cárcel y el partido reventó. Primero, Diego Milito vio salir al ocho desde la puerta central del medio campo, en ese espacio en el que Aimar lo sabe todo. Mientras el Cai vaciaba el camino de rivales con su carrera en puntas de pie, Diego tiró el desmarque hacia fuera para encontrar el lado débil de la defensa. Al llegar a la frontal, el Cai hizo una descarga de temporizador suizo y Milito culminó la escena con un disparo imponente al palo contrario. Tras el 0-1, Lafita apareció para agregarle al Zaragoza su versatilidad. Le da cuajo al medio, llega arriba y atrás.Tiene el hambre intacta. En 25 minutos dejó un repertorio completo que derivó hacia la emoción: largó tres salidas de duelista por su banda, de uno contra dos o tres y ganador, luego Ponzio lo encontró en una salida y Lafita puso el 0-2 bajo las piernas del portero y bajo las piernas de la portería. Luego aún le sacó el penalti a Pinillos, que lo agarró impotente.

Ahí Diego Milito se dejó el primer puesto del Pichichi, pero ya había hecho lo sustantivo. Gol formidable y victoria, en un partido de felicidades finales. Este Zaragoza tiene memoria; este Zaragoza tiene un orgullo indispensable. Se acordaba del Osasuna y quería los tres puntos sin condiciones previas, jugando mejor o peor, con dos ocasiones o con cincuenta. Quería la Champions y sabía que los ejercicios de estilo no constituyen un fin; si acaso una fórmula, un método. Lo ha comprendido porque tiene cuatro defensas de inflexible seriedad. Lo ha comprendido, sobre todo, porque tiene a Diego Milito. Y Diego lo hace todo rabiosamente evidente.

Diario AS, 11 de diciembre de 2006
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Narciso se queda dormido

Narciso se queda dormido


Real Zaragoza, 1-Osasuna, 2

El Zaragoza se empachó de 'jogo bonito'- Diego hizo antes su décimo gol - Raúl García se aprovechó de la larga siesta - Cae al quinto puesto 

Narciso se quedó dormido y Raúl García, un jugador de rasgos cubistas, una señorita de Aviñón, un músico arlequinado, lo retrató pero bien en esa larga siesta. El Zaragoza nunca pensó en la derrota y sin embargo la derrota se vio anunciada todo el segundo tiempo, pero nadie acertó a verla venir salvo Osasuna, que fue sumando leves mejorías y terminó cantando su semana fantástica. El Zaragoza nunca tuvo un paso regular, e hizo un tránsito rarísimo: del barroquismo empalagoso a una patética simplicidad. Cayó dormido o se aburrió tanto de su hipotética belleza que lo atrapó el feísmo navarro. Osasuna mató despacio y al final, avisando, eso sí. Primero empató Raúl García a la salida de un córner; y luego, en un contraataque increíble, la derrota se hizo con un gol de Ponzio en propia meta. Pocas derrotas tienen el efecto depresivo de una derrota frente a Osasuna. Se escurre un poco la Champions.

El Zaragoza salió animoso, puso el balón tres veces en los alrededores de la portería de Ricardo con diagonales envenenadas y de una de ellas le nació el gol, el décimo de Diego y la sexta asistencia de Sergio García. Hasta ahí, todo bien. El problema vino después, porque el Zaragoza se entusiasmó con la noche, con la facilidad, con el anuncio constante de gol. Tanto que se puso barroco en vez de eficaz. Aun así siguió llegando. No fueron grandes oportunidades, cierto, pero sí esa sensación constante de que el Zaragoza sostenía muy viva la pelota y que iba a atropellar a un rival que se quedaba en todo lo intermedio pero terminaba nada. Osasuna no disparó hasta el minuto 39, y lo hizo como pidiendo perdón, con un tirito cruzado de David López que no fue nada.

En ese ratito el Zaragoza desplegó casi todo su repertorio. Casi todo, porque le faltaron actores principales. D’Alessandro resulta mortal en el área. En la segunda parte le hizo una terrible a Raúl García, una boba de vértigo que obligó al osasunista a segar hierba y carne. Pero el juego sobrador de Mandrake pierde sentido conforme más alejado está de la portería. Ayer, además, no le salía casi nada: todo se le quedó extraviado en un pasecito un poco corto, un control un poco largo, un regate inconcluso. Aimar, por su lado, jugó a un ritmo de pausa y salida que de cuando en cuando, y en posiciones de ventaja, queda resultón, pero que ayer terminó por denunciar una tarde insustancial del maravilloso argentino. A veces puso un cambio de ritmo, pero no alcanzó ni a su propia sombra de los mejores días. Y el Zaragoza lo necesita tanto...

Con la ausencia de las voces autorizadas, el partido quedó en manos de algunos artistas secundarios. Ponzio se hizo un titán en el medio, donde el partido se jugaba pero no se jugaba. Por allí sólo ocurría lo accesorio, pero nada de lo principal. En ese efecto de fuerza centrífuga, Diogo apareció sencillamente espectacular por afuera. Uno no sabía si admirar más el atrevimiento de sus recortes o esa energía demoledora del uruguayo, potencia de mecano industrial, ignorante de la piedad o el miedo. Todo reunido dio algunas salidas de zona en las que Diogo no parecía ya un soldado universal, sino un ejército completo. Así fue cuando dejó atrás consecutiva o alternativamente a Valdo, Nekounam y Corrales, que tuvo un rato de migraña terrorífica con ese uruguayo poderoso. Diogo varió el repertorio durante su camino: primero fue una pala excavadora y luego el lápiz afilado del delineante. Terminó el viaje con un pase a Sergio García que dejó medio vencida a la defensa, apurada en los cierres. García filtró la pelota para que Diego metiera con sutileza mortal su décimo gol.

Lo que ocurrió después ya se ha dicho. Demasiado merengue. La gente empezó aplaudiendo el espectáculo de bolillos y terminó por preguntarse si tanto jogo bonito tenía sentido. El fútbol se aplanó. Sin eficacia nada es bonito. Al equipo se le puso cara de empacho y terminó derretido en el sofá, como el que acaba de meterse una comilona; amodorrado en su lecho de laurel y Champions. Durante mucho tiempo el Osasuna estuvo verdaderamente vacío de contenido y eso valía, pero Ziganda —ejemplo del futbolista ajeno a la lírica— acertó a dárselo con sus cambios. El de Raúl García por Puñal resultó decisivo. García se puso el partido en la bota y lo fue dibujando hasta el final, con trazo seguro. Fino donde hacía falta, tosco donde cupiera. El Zaragoza equivocó por completo el camino de regreso, y del barroquismo derivó extrañamente a hacia una rústica ingenuidad. Fútbol simplón. Todo fueron pelotazos, un poco por falta de argumentos y otro poco porque Osasuna se venía cada vez con más sentido, dirigido por García y Juanfran.

Sergio García había tenido el 2-0 en un gol que literalmente le sacó de dentro Ricardo. Luego se fue, contrariado como D’Alessandro. Víctor trató de variar el destino poniendo a Óscar y a Lafita. Otros días lo ha logrado, ayer no. Tal vez Longás hubiera hecho un servicio más adecuado con su juego de seda, en este partido que había de ser de pierna fuerte. Quizás él hubiera tenido la pelota o encontrado orillas a las que arrimarse donde ya habían naufragado Movilla, Ponzio y los demás, todos en mar abierto y sometidos a la posibilidad de un golpe de ola. Fueron dos, en diez minutos. Raúl García de cabeza y un contraataque terrorífico a la vuelta de un córner que acabó Ponzio en su propia portería. Precisamente Ponzio, que había corrido más que nadie.

Diario AS, 4 de diciembre de 2006
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Diego contra el mundo

Diego contra el mundo

[Nota: El Zaragoza sigue adelante y mis crónicas hacia atrás. Abandonado por mi amigo el velocista, un tipo vital y desenfadado al que no veo hace rato, este ejercicio dominical se sostiene apenas con métodos penosamente artesanales].

 

Rubinos se cargó la tarde con la roja a Zapater - El Príncipe marcó y pudo decidir en inferioridad - Con diez el Zaragoza bajó - Y César regaló el empate

Celta, 1-Real Zaragoza, 1 

Alguien debería inventar un sistema variable para cobrar los precios del fútbol por televisión: un cargo progresivo, por tramos o algo así, dependiendo de lo que pase por la pantalla. Si sale partidazo, se cobra más. Si Ronaldinho larga una chilena desde su planeta dentudo, sube el precio. Si los entrenadores ramonean, baja. Si hay fútbol, bronca fiera, goles o emoción, a pagar. Si Capello deja a Ronaldo en el banquillo y luego sale y hace un gol a pase de su sobrino, Robinho... sablazo. ¿Aimar? A pagar. Bueno, según. Y así todo. Claro, igual habría que aplicarlo al cine. O a los restaurantes: “El segundo plato estaba para echárselo a los perros, oiga usted. Me lo quita de la cuenta o la liamos”. Qué utopía tan tonta, pero uno piensa: pagar 12 doblones por pinchar con Balaídos y que después el árbitro se cargue el programa en un cuarto de hora... Algo no funciona bien. Habría que depurar responsabilidades. Depurar. Bonita y pérfida palabra: depurar al enemigo, al disidente. Honesta: depurar el idioma, depurar las aguas. Necesaria: depurar el arbitraje.

 

De verdad uno ya no sabe qué escribir acerca de la inepcia de los árbitros. Las palabras no alcanzan para la conjunción de problemas que hacen el problema. Habrá que concluir que los árbitros viven murallas adentro de la Federación, que es una ciudad —como la Orán de Camus— tomada por la peste bubónica del error, la corrupción de intereses, las ventajas bastardas y las listas negras. A menudo se alude al fallo humano, pero la cuestión no es esa. Hay un gravísimo problema de interpretación del juego, una falta de entendimiento infantil, un criterio volátil, un desconocimiento exhaustivo del fútbol y ningún discernimiento de lo sustancial. Eso sin entrar en detalles. Pero podemos entrar: la expulsión de Zapater en dos patadas inocuas, las que cobró Aimar sin que nadie dijera palabra, la primera tarjeta a Gabi Milito y el modo en que luego tuvo que indultarlo para ocultar su error. Rubinos Pérez y su relevo, Granda Barros: fueron lo mismo.

 

Uno ya no sabe si viven muy confundidos, muy mediatizados, muy utilizados, muy mal preparados o todo a la vez. La torpeza congénita tampoco se puede descartar. Entiéndase: el individuo progresa a través de la supervivencia de los mejores y, lógicamente, si los que medran en el escalafón lo hacen a través de méritos espurios y aptitud escasa, el modelo camina hacia la quiebra. Lo supo Darwin, y eso que el Beagle no llevaba televisor en las bodegas. Con eso, cuatro tortugas y un par de lagartos, Darwin desarrolló la teoría de la evolución. A Gustavo López lo echó más tarde el línea, figura de influencia creciente. Peligros de la evolución mal entendida. Lo echó por piarla. No se puede insultar, cierto, pero es que casi no se puede hablar. Los árbitros actúan a menudo como si los acechara un trauma infantil del que todos fuéramos responsables.

Empate amargo. A lo que vamos: Rubinos le quitó su valor al partido con la expulsión de Zapater. El partido verdadero duró eso, 13 minutos. Lo demás fue una larga mentira porque el Celta jamás le hubiera aguantado hora y media al Zaragoza si el Zaragoza está con once señores en el campo. En  seis minutos le metió uno, o sea que en 90 le hubieran caído 15. La regla de tres. Un decir. La mentira acabó 1-1. El punto dejó un regusto agrio, por ese letargo del Zaragoza a partir de la roja al jefecito. Jugar con diez implica una desventaja, también anímica, pero el equipo de Víctor alimentó los medianos argumentos del Celta al abandonar el territorio y, sobre todo, la pelota.

 

Habrá quien culpe al cambio de Sergio García, y lo cierto es que ese relevo mezcló la lógica estratégica con un mensaje cifrado de prudencia. Se puede interpretar, pero el cambio parece inevitable: con Aimar y D’Alessandro de volantes, el medio campo pesa poco. Víctor retiró a García para apuntalar con Movilla. No había otra. Por cierto que Movilla y Ponzio fueron de lo mejor del partido, salvo por Diego Milito. El problema del Zaragoza tuvo que ver con esa cierta flaccidez, un desmayo de agravio, de injusticia.

 

Menos mal que había desnudado al Celta en seis minutos con tres oportunidades y un gol. Aún antes de que Diego anotara el noveno, Pinto desvió arriba un tiro de García en diagonal, después de que D’Alessandro dejara sentados a dos defensas subido en la cornisa de la línea de fondo. Una de esas maniobras de goma del chico, que hizo por aquí para luego hacer por allá. El perrito y el columpio con el yoyo del balón, y salida por la puerta lateral dejando chuecos a los que vigilaban.  También pudo marcar el Cabezón y finalmente lo hizo Diego, para reunir toda la lógica de esos pocos minutos en un frentazo ventajoso en el área pequeña. La puso Pablito Aimar, que hizo sólo esa y luego una escapadita de fin de semana por el medio. Acabó derribado. Después alguien le tocó la rodilla y a Aimar se le dibujó el gesto melancólico, indefinible, del que tanto provecho han sacado sus críticos. El Payaso pasó por la tarde sin acabar de pisarla del todo. Si lo hizo, acabó mal: lo agarraron, lo manotearon, lo bajaron al piso, pero ni Rubinos ni Granda le hicieron justicia. A él y a Zapater. El Cai dejó el campo en el 54, sólo dos minutos después de que empatase el Celta. Entró Lafita y la verdad es que Lafita le puso algo más de carne al equipo.

 

La verdad es que el Celta debió empatar antes del descanso (dos ocasiones clamorosas de Placente y Baiano), pero lo hizo después, cuando César soltó en el suelo una pelota que era suya y Baiano palmeó el rebote como Luc Longley. También Longley hubiera hecho ese gol tan bobo. En realidad, el empate se construyó en pequeñas conquistas y batallas intermedias, con las que el Celta hizo una aproximación paulatina al área de César. El portero tenía una de esas tardes de mantequilla que le dan ahora con cierta frecuencia. Y acabó por resbalar.

 

Acuciado de nuevo, el Zaragoza se sacó la máscara como el caballero Enrique de Lagardère, de Paul Feval. Careta afuera y el acero al frente. Se acabó la pantomima. Quizás había olvidado que Diego Milito es uno pero vale por dos, lo que equilibraba la contienda. En realidad olvidó jugarle por abajo, combinando, y le tiró pelotazos. Así y todo, Diego fabricó él solito tres jugadas de gol, lo único memorable de un partido falso. Las negó Pinto. Luego ya el tiempo corrió veloz y las convicciones flaquearon. El Zaragoza iba pero sin empeño, salvo por ese arreón emotivo de Diego en su batalla frente al mundo: contra el empate, los árbitros, el Celta, Pinto y la cantada de César. Kafka anotó: “En la lucha de uno contra el mundo, hay que estar de parte del mundo”. Nadie sabe bien qué quiso decir, pero debía tener razón.

Diario AS, 27 de noviembre de 2006
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