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Somniloquios

Aimar canta como Gardel

Aimar canta como Gardel

Real Zaragoza, 3-Nàstic, 0

Golazo decisivo e inspirador del genio - Óscar sentenció en cinco minutos - Portillo y el Nàstic fallaron arriba - El Zaragoza sigue en Champions

Hubo un tiempo en que los grandes futbolistas eran grandes futbolistas, no sólo imágenes de marca, ensoñaciones mediáticas o comerciales. Un tiempo en que los jugones eran primos de los chupones, los embusteros y los mingafrías. Todo el mundo sabía distinguirlos de los jugadores formidables, los más grandes, esos que no se detenían en el ejercicio de estilo, que hacían lo accesorio y lo decisivo, lo bonito y lo determinante, lo intermedio y lo final. Aimar procede de ese tiempo aunque haya nacido en éste, aunque quizás nadie sepa dónde está su cielo y si alguna vez lo veremos alcanzarlo. O quizás lo hizo ya y no lo supimos.

Porque es un poco Bartleby, a veces, un jugador misterioso, al que no le va la rotundidad escénica. Discreto, atardecido en los gestos, pero tan bueno, pero tan tan bueno... A veces Aimar toca la pelota con esa insoportable levedad suya en zonas intermedias del campo, y parece que ese mínimo gesto no ha tenido mayor importancia, pero uno distingue en él un modo distinto de hacer las cosas, la naturalidad del fenómeno, que deja una solución que es al mismo tiempo una solución y un involuntario tratado de estética. A veces Aimar cruza un trecho del campo con la pelota hilvanada entre los pies y todo se hace silencio a su alrededor, incluso la alarma de los contrarios al verlo escapar. Una quietud de belleza. En otras ocasiones le sale un fogonazo, el balón hinchado de gol. Como dijo el relator acerca de Diego: todo roto, igual es Gardel.

Hacia el minuto 49, uno podría elevar cualquier hipótesis sobre lo que iba a pasar en este partido de necesidades contrarias. Algunas de esas hipótesis, desde luego, guardarían cierta esperanza para el Nàstic, que estaba haciendo muchas cosas para reventar su condición de equipo atrapado en una paradoja: juega bien y ordenado, planta cara, tiene estilo y carácter... pero no tiene gol. Aunque está Portillo, ese chico al que le decían Portigol (hablábamos de ensoñaciones mediáticas), al Nàstic le falta la suma final de todas las operaciones. Makukula en el banquillo, recuperándose de una lesión. Acaba de fichar a Rubén Castro, otro joven prodigio. Pero el Nàstic va a necesitar algo más que el reconocimiento de sus contrarios si quiere sobrevivir. Se trata de un equipo generoso pero vulnerable, el más goleado de la Liga. Y muy incierto cara al gol. Ayer contó hasta cuatro o cinco ocasiones bien nítidas en la segunda mitad. Mientras contaba, el Zaragoza decidió un partido que pudo ponerse incómodo y que acabó en rotunda goleada.

Lo resolvió Aimar, como cualquiera sabe, a los cuatro minutos del segundo tiempo, en una escena en la que el argentino pudo recordar a cualquiera de los grandes medios de todos los tiempos. Quizás a Schuster, a Breitner, a Alemao, a Maradona, a Arrúa, a Redondo, a Sócrates, a Señor. A todos o a cualquiera. A muchos más. Aimar robó con guante blanco y condujo en perpendicular. Siempre es igual: mientras lleva la pelota, su cuerpo anuncia posibilidades mentirosas y hace descartes a velocidad de crucero. Eso confunde a los defensas, que no saben si recular o bien entrarle a saco voltearlo. La vacilación de los chicos del Nàstic finalizó con un balonazo mortal desde el balconcillo del área, que Rubén vio pero no vio. Ni siquiera iba esquinado, pero tenía tanta mentira en el golpeo que el meta del Nàstic bizqueó. Sólo enfocó la pelota, con todos sus colores, cuando ya estaba dentro de la portería.

 

García por Ewerthon. Hasta entonces el fútbol del Zaragoza no había sido suficiente. Le faltaba algo en todas partes. Arriba, Diego vive ya sometido a unos rigores defensivos siberianos, vigilado por uno y por varios. El Nàstic tiró su defensa bien adelante, a 35 metros. Eso suponía un panal de miel para Ewerthon, pero el brasileño se lesionó en el minuto 36 y entró Sergio García, aclamado por la grada. Antes, todos incurrieron en un buen número de fueras de juego. El Nàstic tiene bien aprendidos algunos recursos. Lo favoreció el asistente de ese lado, que era de los de muelle flojo.

El Nàstic no jugó mal, sólo que jugó incompleto. En el primer tiempo César le negó abajo una a Pinilla; y en el segundo acumuló varias más. Sacó muchos córners, circunstancia que impulsó un argumento resignado de Luis César, su entrenador. Algo de razón no le faltaba, pero los saques de esquina sólo entusiasman en Inglaterra, donde la tradición ha convertido esos tiros en un anticipo de gol. Mientras el Nàstic se iba quedando en el molde generoso de sus buenas maneras, mientras acumulaba córners, Portillo o Gil cruzaban remates o Pinilla sacaba un gol (!), el Zaragoza hizo lo sustantivo: pegó y mató, en un juego de cuchillos voladores que también define a los conjuntos de Víctor Fernández. Uno empieza a creer que en estos años Víctor ha mejorado el tránsito que Cruyff le pedía a Laudrup hace años: de lo artístico a lo eficaz. Los equipos de Víctor juegan bien, sí, pero sobre todo juegan a ganar. Una diferencia vital o decisiva.

La resolución tuvo que ver con Aimar y con la aparición enérgica de Sergio García, que le pone a su juego una madurez de adolescente. Dicho burdamente, está que se sale y hay que darle carrete. Sobresalió incluso en un equipo creciente. Diego boqueaba en busca de aire en un partido sin oxígeno para él, pero atrás los zagueros rugían, Piqué y Sergio cabeceaban todo, Ponzio se dejaba la vida y ponía fútbol, Juanfran estaba agrandado, Movilla y Zapater crecían como una marea de tarde. Aimar ya era una maravilla constante. Todo eso quedó reunido cinco minutos, sólo cinco minutos después del golazo inspirador del Cai, cuando el Zaragoza subía ya como una pura oleada de espuma. Óscar acabó a placer en el segundo palo una jugada algo tumultuosa para firmar el segundo. Óscar suma tres goles, pero aún no sabe cómo celebrarlos. El pase lo cruzó de rastrón Movilla, desde el lado derecho del área. A esas horas había gente en todos los lados del campo. El tercero se demoraría un ratito, lo suficiente para perfeccionar la frustración del Nàstic. Lo trajo García subido en una bicicleta perversa, con la que retrató la ingenuidad del Nàstic. Luego la envió de fuera adentro y Piqué le puso la zurda con destreza rara para un defensa.

Y así se fue la tarde, otra tarde hacia la Champions. Así el otoño es menos. Caen las hojas y aguanta el Zaragoza. Aimar impregnó todo con su aroma de fútbol de siempre, de futbolista grande de toda la vida, y reunió en los titulares cada idiosincrasia argentina: Aimar fue Gardel, Aimar fue Maradona, Aimar fue Fangio, Vilas y Charly García. Aimar fue Carlitos Monzón con el puño de hierro. Aimar fue Evita y su rodete de cabello güero. Y su palabra: Pablo Aimar volvió y fue millones.

Diario As, 20 de noviembre de 2006
www.as.com

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