Se muestran los artículos pertenecientes al tema Minutos musicales.
25/06/2008
Dylan en el crepúsculo

En el mundo de Bob Dylan, si no llevas sombrero de ala ancha no eres nadie. El sombrero -blanco o negro- se puede juzgar una impostura, pero yo entiendo que denota la adscripción de Dylan y sus músicos a una extensa tradición americana, tanto como los instrumentos y la reinterpretación que Dylan hace hoy día de sus temas más antiguos. Además, como anotó Bono, a Dylan los sombreros le quedan bien. El hombre que es "dueño de los sesenta", muy a su pesar y siempre según su propia consideración, pasó por los alrededores de Zaragoza, que no por Zaragoza, y dividió las aguas y a los hombres, se hicieron los mares a un lado y los críticos o los traicionados, o los despechados o los indecisos, también le cedieron el paso, para que su voz baldía cruzase la tierra como un viento de arena. De paso, los periodistas forjaron el término dylanita, que definiría (en un alarde de mediocridad neologista del que no sé si tienen culpa o si les vino plagiado) a los incondicionales del hombre llamado Zimmerman. Al parecer, sólo la mitomanía de un dylanita justifica cierto entusiasmo o satisfacción por el concierto del lunes. Repasé mi colección de Lps, cedés y copias ilegales de Dylan y me pregunto si seré uno de los desafortunados... Estábamos en la Feria de Muestras, ese horrendo lugar donde la música vuela de forma literal por los aires y se pierde en la inmensidad esteparia. The music, my friend, is blowin' in the wind... Arriba, de lado sobre el escenario, con una ligera inclinación sobre un pianito, estaba Dylan. El conjunto reunía un aspecto minuciosamente inapropiado, como una confabulación de despropósitos: Bob Dylan en el medio de ninguna parte, un lunes, a las nueve de la noche, con el atasco por el medio. Como para no ir. Pero fuimos, atraídos por la voz cavernosa del maestro, un tipo que me gusta más cuanto más recalcitrante se pone. Así que estoy encantado, porque a Dylan ya no hay quien lo cante ni quien lo aguante. Las cifras de asistencia fluctuaron en los periódicos entre los 5.000 y los 15.000, como en las manifestaciones. Ignoro si los números salieron de la policía o de los sindicatos convocantes, pero me da igual. Se estaba muy bien. Había la gente suficiente para no avergonzarse, bastante más de la que esperábamos tras las apocalípticas informaciones previas, y la necesaria para moverse apenitas, bien cómodo y a una distancia razonable, para que no se junten los cuerpos y ni siquiera los deseados. Y con el espacio preciso para distinguirle la línea plateada de su traje negro al hombre del sombrero blanco, y sobre todo apreciar sin estruendo los innumerables matices de la banda. (Qué alegría los músicos que miden bien el volumen para escucharse y ser escuchados). A estas horas del siglo XXI, los críticos de la cosa advierten una merma definitiva en la voz de Bob Dylan, lo que no puede sorprendernos: ni por el lado de Dylan ni desde luego por el de los críticos. Dylan ya no canta, Dylan cuenta, pero no hay nada nuevo en esa revelación. Su voz no tuvo nunca nada de prodigio y sí mucho de curiosidad. Se le ha hecho vieja y hemos de suponer que más sabia. Es más, lo afirmamos. Esos repuntes nasales en su modo de frasear, que tanto les divertía imitar a sus admiradores, amigos o amantes (lo hizo John Lennon, el áspero admirador impertinente; lo hizo Joan Báez, la dulce musa impertinente), esa voz nasal ha mutado en los últimos tiempos hacia una variante de recovecos pedregosos. Su habilidad para modelar matices con un instrumento tan limitado tiene algo de alfarería gutural. No disfrutarla me parece raro. A mí me emociona. Se ve que, a pesar de todo, muchos siguen aguardando que la ancianidad arrugada le traiga a Dylan un carácter afable que nunca lo ha adornado, que nosotros sepamos. Quizás preferirían haberle tirado un cachirulo para que se lo anudara al cuello y gritara: "Zaragozaaaaaaa, sois cojonudooooooooooos mañooooss". Pero se limitó a presentar a la banda cuando se aproximaba el final del concierto y a decir: "How are you feeling, my frieeeendssss?", otra vez con ese loop final con el que siempre ha cantado. Me pareció suficiente. Tocó A hard rain's ‘a' gonna fall, versión actual, que le salió menos brillante que la grabada para la Expo (esa sí me gusta tanto o más que la original), hizo una desquiciada y poderosa recreación de All Along the Watchtower y una emotiva (¿o sólo me lo pareció a mí?) Like a Rolling Stone para cerrar la noche. El resto fueron temas más o menos conocidos y cambiantes, viejos o recientes, funcionariales para quien no los escuchara con detenimiento. Las interpretaciones, por lo general y salvo un tramo breve, negaban cualquier rutina. Ahora, no nos engañemos con Dylan. Como argumentó un concejal de La Coruña para no contratarlo en aquella ciudad, "Dylan no da espectáculo y además toca de espaldas". Bueno, de espaldas no, pero razón no le faltaba en lo otro. ¿En qué consiste el espectáculo? ¿En lo de los Rolling? Yo soy de los que piensa que hay que haber oído a Jagger, Richards y compañía al menos una vez en directo tocando Simpathy for the Devil, pero visto una vez, visto todas. Con Dylan uno nunca sabe qué concierto verá y en eso hay algo de autenticidad, digo yo. Además, este señor jamás permitió que las preferencias de su público le tocaran los cojones ni el repertorio. Cuando en el Manchester Free Trade Hall un seguidor de su época folk le grito "Judas!!!!" por su traición a la canción con mensaje, Dylan repuso irónico: "I don't believe you...You're a liar". A continuación se giró hacia su banda y les dijo: "Play it fucking loud". Atacaron Like a Rolling Stone y la historia de la música popular giró de un lado a otro en ese mismo instante. De los tres conciertos que he visto de Dylan, quizás el del Príncipe Felipe en 1999 me pareció el más redondo y el de 1993 en Huesca, el más eléctricamente salvaje, con un batería negro que aporreaba las cajas con estrambótica fiereza y precisión. Del lunes me quedó un sabor muy agradable de música excelente, muy bien interpretada, en una línea de integración de tradiciones que me gusta y que, creo, subrayan al Dylan de hoy, capaz de observarse a sí mismo en tercera persona, un eslabón más de una larga cadena. Una parte de esto se explica en el minucioso recopilatorio Theme Time Radio Hour (With Your Host Bob Dylan), 78 temas de todas las épocas, ninguno propio, reunidos a partir del programa de radio en el que Zimmerman ejerce de enciclopédico pinchadiscos. La otra mitad tiene que ver con el espíritu de la trilogía que conforman Time Out of Mind, Love and Theft y Modern Times. Ahí está el Dylan de hoy. El lunes -rodeado por una banda con un gusto exquisito para los detalles, y una potencia vibrante en los rocanroles y en los tempos más rápidos- el desnudo andamiaje del escenario recortaba a Bob Dylan contra la luz vacilante de la noche del solsticio. Ajeno a los artificios y reclamando el carácter sustantivo de la música, el druida entonó sus runas con la áspera suavidad de un reloj de arena que agota muy despacio su carga, y al que habría que dar vuelta eternamente para no perder las referencias que nos han sujetado sobre el piso en los últimos cuarentaitantos años. No sé por qué, al verlo insomne en su distanciamiento, perfilado contra ese crepúsculo que anticipaba el desierto, me dio por pensar qué pasará el día que el hombre del sombrero nos deje solos.
"Era como estar en un cuento de Edgar Allan Poe, en el que uno no es el tipo de persona que todo el mundo piensa que es".
10/06/2008
James no es una persona
En noviembre vi a Wilco, en abril vi a James, este verano veré a Bob Dylan y en septiembre, a Andrés Calamaro. Podría cerrar ese círculo con Neil Young el 27 de junio en Madrid, si no fuera porque desconfío de los grandes festivales y el señor Neil Young aparecerá en el Rock in Rio, pero creo que una tacada como la mencionada en menos de un año se aproxima bastante a la felicidad. Me parece que sólo lo mejorarían algunas reuniones imposibles: la de los Beatles, desde luego; la de los Smiths (Morrisey a solas me parece un señor mayor: al que me encantaría ver, claro... pero un señor mayor); el renacimiento o reencarnación de la Creedence Clearwater Revival; un concierto póstumo de los Clash y, desde luego, Elvis Presley en Las Vegas. Siempre pienso que hubiera entregado varios años de mi indolente existencia por ver a Elvis en Las Vegas, con la capa, las patadas de karate y el Así Habló Zaratustra de salida; y por supuesto, a los Beatles en la azotea del edificio Apple. O en Hamburgo, como apostillará GG.
Pero hablemos de James, otra vez. Porque hace semanas que os debo mi reflexión acerca de James en La Riviera de Madrid. Y esa reflexión que os debo, os la voy a pagar. A estas horas ya es un recuerdo más que una crítica, lo cual jamás hubiera pretendido ser, por otro lado. Un recuerdo creciente que permanece y florece y crece sobre el lecho de su último disco, el magnífico Hey Ma! Magnífico de verdad, vigoroso y emocionante. Lo mismo fue el concierto, y eso que partió con Tim Booth sentado en una banqueta con su pie izquierdo roto, apoyando la voz y el cuerpo sobre unas muletas. Esa escena, explicada someramente por Saul Davies antes de comenzar la acción, supone una pérdida mayor cuando uno va a ver a James: las espasmódicas coreografías de Tim Booth, a medio camino entre la epilepsia y un ritual de catarsis interior, conforman una parte básica del espectáculo. De hecho, si Tim Booth entró en el grupo fue porque una noche de principios de los 80 lo vieron bailar en una discoteca y lo eligieron para acompañar a la banda con sus singulares rutinas. Enseguida convenció a los otros para ejercer de vocalista y de paso escribir las canciones.
La simbiosis resultó perfecta. Siempre lo ha hecho. Y en cierto modo mágica, natural y espontánea. Tim Booth (vestido en La Riviera con un traje a cuadros rojos y negros que me hacía recordar, y mucho, a Movilla) canta a menudo mirando a la cámara que lo enfoca, y mira con un gesto que parece invitar a un paseo por sus introspecciones. O cierra los ojos como si se arrancase las canciones a jirones. Su lenguaje invita a que nos asomemos al espacio íntimo del que brota cada canción. Hay algo un poco indefinible en ese modo de interpretar el pop, pero ese algo resume la marca diferencial de James. Canciones enérgicamente tristes, luminosas, lastimosamente vitalistas. Tim Booth recuerda haber sentido en América que nadie los escuchaba, que se habían equivocado de momento. Eran los días en que reventó el grunge y todo el mundo parecía querer guitarras y mugre. Hasta que apareció REM con Automatic For the People. Y de repente alguien conectó a REM con James, o a James con REM, cualquiera sabe por qué, y todo se vino a su sitio. Tim Booth y Michael Stipe: "Y salimos volando por el techo". De todo esto podría inferirse que James le debe su personalidad como grupo a su cantante, pero la realidad ha impuesto con el tiempo una contestación distinta: Tim Booth dejó el grupo y en solitario quedó (en su disco Bone) como un autor capaz pero cargante. James no es una persona, como rezaba la url de su antigua página web: www.jamesisnotaperson.com. Todo el mundo asume al oír hablar de James que se trata de un solista, pero no… Hay una banda, poblada y justificada: al menos siete. Le pusieron el nombre de uno de los miembros fundadores (James Glennie), después de desechar Paul por demasiado tópico y Tim (de Tim Booth) por negativa de éste, temeroso de que lo acusasen de egocentrismo. Para confirmar la refutación, interna y externa, la web de ahora se llama así: www.wearejames.com. Con la motivación de la vuelta, el regreso de Booth, Gott y Diagram, el espíritu que les insufló Brian Eno en el instante preciso y la sabiduría del tiempo, con todo eso el precipitado alcanza una feliz exactitud sintetizada en su último disco. El concierto de La Riviera zarpó con Born of Frustration, ese grito de guerra, esa llamada tribal, himno mayor de Wiplash, más que apreciable álbum. Continuó con Come Home y Andy Diagram, recuperado para la formación en este regreso, soplando su célebre trompeta a todo pulmón, con un vestido de mujer y un rizo oscuro de Harpo Marx. Diagram aporta una singularidad muy reconocible al sonido del grupo y le pone el lado lúdico al escenario. Larry Gott –profesor de guitarra de varios miembros del grupo y luego guitarra del grupo- y James Glennie le dan la base. Saul Davies es uno de esos multiinstrumentistas que salta del violín de Johnny Yen (tal vez el único tema que extrañé en un repertorio completísimo de dos horas) al apoyo de la percusión. Luego vinieron los estupendos temas de su último album, Hey Ma!, un disco que oigo casi cada día desde que lo compré. Prueba irrefutable de su valía. Se está aproximando a Laid a marchas forzadas, hasta el punto de que en un momento dado podría llegar a dudar cuál de los dos me gusta más… si no fuera porque Sometimes y Laid, de las que tantas veces he hablado y hablaré, están en ese disco y ya no podrán estar jamás en ningún otro. No es que Hey Ma! sea irreprochable, que lo es, sino que además es brillante, emotivo, memorable y alegre. Agradecí en el alma que cerraran su noche en La Riviera, tan esperanzadora en muchos sentidos, con Sometimes y Laid. Fue como un guiño privado. Al final de Sometimes, el grupo entero quedó en silencio y los de abajo coreamos durante cinco minutos la más famosa línea de esa canción: “Sometimes / When I look deep in your eyes / I swear I can see your soul” (“A veces / Cuando te miro fijamente a los ojos / Juraría que te veo el alma”). Eso explicó todo: la personalidad de James y su relación con la gente que los hemos escuchado con fervor religioso, con fe. Igual que hacemos los de abajo cuando escuchamos a Tim Booth, desde arriba también ellos nos dejaron cantar (y subir al escenario, atrevimiento que bordeó un entusiasmado caos) con este único fin: poder mirar dentro de nosotros y comprobar el espacio íntimo, perenne, inquebrantable y dichoso en el que guardamos sus canciones. James no es una persona. Yo diría, enfáticamente, que James somos todos.
27/05/2008
Pide un deseo
"Hay días para quedarse a mirar /
hay días en que hay poco para ver /
hay días sospechosamente light /
hay un deseo que pido siempre que pasa un tren..."
Mi gin-tonic, de Andrés Calamaro
08/05/2008
Papá, ¿me pones a James?
He hablado antes de James, de las mañanas del verano del 97 en Maida Vale, Londres, de la prisión de nostalgias en la que se convirtió la ciudad en mi regreso y de cómo la música de Laid, que Andy sacó de alguna tienda de oferta esos días, abrió un profundo corte en todos los pesares. Durante los meses siguientes, Sometimes y Laid se convirtieron en una suerte de himnos de supervivencia; había que recoger los pedazos y volver a empezar, así que casi todas las mañanas (y muchas noches) esos dos temas rellenaban los huecos. La historia no da mucho de sí, se trata de una experiencia musical íntima de la que no se puede dar noticia sin incurrir en la exageración. Pero, de forma inevitable, siempre que hable de James hablaré de lo mismo, de esos días y de cómo la música cicatrizó tantas heridas. Esta noche veré a James por primera vez en directo. Se fueron con una gira memorable en 2002 y Tim Booth anunció que iniciaba su carrera en solitario: publicó Bone, un disco sin demasiada gracia, tal vez porque a ninguno nos acababa de hacer gracia tener que aceptar la despedida. Afortunadamente han vuelto. Ahora que regresan tantos grupos innecesarios, la vuelta de James, grupo de culto colectivo del que nunca se supo gran cosa en España, parece radicalmente perentoria. Además, han vuelto con un disco estupendo, Hey Ma; pero estupendo de verdad. James de principio a fin: repleto de la vivacidad de las guitarras, de las letras reflexivas y la dialéctica interior, las historias de perdedores iluminados, el misticismo costumbrista, la trompeta de Andy Diagram y, desde luego, la voz de Tim Booth. Todo sobre ese subrayado vitalista que siempre fue para mí la nota característica, la más distintiva de James. Uno de los grupos más singulares de aquella supernova que significó el Madchester de mediados de los ochenta.
Podría dejar un video de alguna de sus recientes actuaciones en una gira que ha llegado a España esta semana, pero me ha gustado este que he encontrado en YouTube: Whiteboy, una de sus varias grandes canciones de Hey Ma, suena en segundo plano, y el baile de los dos niños que le piden a su padre que les ponga a James define muy bien cómo la música de estos muchachos opera en mi ánimo. Aviso que pienso comportarme como ellos.
29/04/2008
Atmósfera
Walk in silence,
Don’t walk away, in silence.
See the danger,
Always danger,
Endless talking,
Life rebuilding,
Don’t walk away.
Walk in silence,
Don’t turn away, in silence.
Your confusion,
My illusion,
Worn like a mask of self-hate,
Confronts and then dies.
Don’t walk away.
People like you find it easy,
Naked to see,
Walking on air.
Hunting by the rivers,
Through the streets,
Every corner abandoned too soon,
Set down with due care.
Don’t walk away in silence,
Don’t walk away.
Atmosphere, de Joy Division
20/03/2008
Sol de invierno
En el invierno, busquemos esa huella azorada del sol; y añoremos la descarada brisa del verano. La esperanza siempre vuelve, como la primavera, como las estaciones. Lo demás se va yendo, aunque nada se va del todo. Bonito nombre para un grupo, bonito nombre para una canción, bonita canción.
November Starlings, de los Trembling Blue Stars
The world is beautiful and it's waiting
We're hungry for what's on the table
Under clouds that keep on changing
Hope returns and keeps returning
That trace of sunshine in the winter
That breeze when summer's at its highest
Part of the ride, of the adventure
You and I will journey together
Sharing whatever
We uncover
The dusk upon The Marsh
The stations of the cross
Rest your head on me and I'll catch you
Your head on me and I'll catch you
I'll catch you
This life that you and I are living
It's a scrapbook in the making
Flick to the howl of England's garden
Save a page for November starlings
Pinning down what we are feeling
Is something we'll never be awake to
Love does the hiding we the seeking
And there will never be a breakthrough
Undefined it will stay
A handful of snowflakes
Trying to tell you how much and how
Beyond squeezing your hand three times in a crowd
Rest your head on me and I'll catch you
Your head on me and I'll catch you
I'll catch you
El mundo es hermoso y nos aguarda
Hambrientos de lo que hay sobre la mesa
Bajo nubes que van cambiando
La esperanza renace y vuelve a hacerlo
Esa huella de sol en el invierno
Esa brisa en medio del verano
Son parte del viaje, parte de la aventura
Tú y yo lo haremos juntos
Compartiendo lo que descubramos
El crepúsculo sobre el pantano
Las estaciones de la cruz
Apoya tu cabeza en mí y yo te sujetaré
Tu cabeza en mí y te cogeré
Esta vida que compartimos
Es como un álbum que vamos haciendo
Vuela hasta el aullido del jardín de Inglaterra
Guarda una página para los estorninos de noviembre
Clavar con alfileres lo que sentimos
Algo de lo que jamás seremos conscientes
El amor se oculta, nosotros buscamos
Y nunca se revelará
Permanecerá indefinido
Un puñado de copos de nieve
Tratando de decirte cuánto y cómo
Algo más que apretar tu mano tres veces entre la multitud
Apoya tu cabeza en mí y te sujetaré
Tu cabeza en mí y te cogeré
Te cogeré
18/03/2008
La leyenda del santo bebedor

Muchos fueron generosos con Shane MacGowan y le anticiparon una muerte prematura en cualquier esquina. La destructiva trayectoria del cantante de los Pogues autorizaba esa conjetura. Yo mismo fui a verlo con mis propios ojos el día de San Patricio de 1995, en Londres, con el espíritu con el que habría ido a despedirme de un amigo. Cuando aún éramos jóvenes, teníamos la muy saludable costumbre de celebrar el día de San Patricio vaciando unas cuantas pintas de Guinness. Aquel 17 de marzo el programa en Londres era inmejorable, tan inmejorable que se repite con frecuencia: en algún garito de Brixton, el sur negro de la ciudad, actuaban los Dubliners; y al norte, en el Shepherd's Bush Empire, Shane MacGowan se presentaba sin dientes y con los Popes, la banda que había armado con el fin de refundarse a sí mismo y olvidar que nuestros adorados Pogues lo habían echado a patadas del grupo, hartos de recoger sus restos por cualquier lado.
Consideramos las posibilidades de la nostalgia dublinesa y las posibilidades del gamberrismo alcohólico de Shane. Había dos cosas seguras y comunes a ambos conciertos: todos acabaríamos borrachos de Guinness y cantaríamos el Dirty Old Town a gritos. Lo único dudoso es lo que ocurriese después. Podíamos apostar que en Brixton los borrachos de la audiencia iban a terminar la noche abrazados entre desconocidos, lagrimeando como inmigrantes embarcados camino de Nueva York y del nuevo siglo; mientras, el resultado más probable en el concierto de Shane MacGowan era el de una pelea multitudinaria. Sin dudarlo un segundo, decidimos ir a ver a Shane.
Yo pensaba que, habiendo sobrevivido mis gafas modelo Lennon a un concierto de los Ramones, estaba preparado para todo. Entre los grandes momentos de mi existencia puedo contar ese instante aterrador en el que Dee Dee Ramone se me quedó mirando fijamente desde el escenario del Pabellón Francés con una cara de desprecio muy tierna, mientras le daba a la guitarra con las piernas abiertas en compás como un torero ebrio. Fue apenas un instante, porque nos habíamos metido en las cinco primeras filas y ahí estaba desatada la tercera guerra mundial, versión punk-rock: la multitud bailaba pogo y todos volábamos de un lado a otro de los pies del escenario con psicotrópica alegría. En esos días estábamos en forma. Sólo nos ordenamos cuando Joey levantó el cartelón con el famoso versículo que decía, con profundidad calculada: "Gabba, Gabba, Hey!!!". Todos lo coreamos y Joey Ramone se puso a asentir tras sus anteojos negros, con el emblema en alto, como si quisiera decirnos precisamente eso y ninguna otra cosa. Sólo eso, que ya bastaba: "Gabba, Gabba, Hey". Es lo que se llama comunicación trascendental.
Decía, entonces, que yo me creia maduro de sobra para el concierto de Shane MacGowan. De teloneros hicieron un dúo muy simpático compuesto por un arpa y una guitarra. O quizás un arpa y un violín. O un cello, no me acuerdo. El arpa estaba. Una mezcla rarísima. Aún recuerdo al tío recortado contra el escenario con su lírico aparato, frente a una audiencia sedienta de sangre y cerveza negra. Aunque el ritmo del dueto invitaba al insulto, la gente permaneció callada. Bebía. Iba cargando los tanques. Yo preferí mirar al frente, al escenario. Alrededor, mientras se llenaba el local, la vida iba mostrándose en sus más atroces formas. Vaciamos una pinta y luego otra. Los vasos eran casi reales, pero estaban hechos de plástico. Me llamó la atención la magnífica consistencia del material. En términos de vasos de pinta, constituían una imitación sobresaliente. Eran duros. Eran vasos profesionales, con plena conciencia de su naturaleza. Nada de esos vasos enclenques que te dan en el Pilar y que se te adelgazan en las manos cuando los sujetas, llenándote los dedos de pegajosa cerveza sobrante.
En cierto momento me aproximé a la barra. El Empire estaba lleno pero aún se podía caminar con relativa comodidad. Calculé que disponía de tiempo suficiente para ir y volver, ese dilema clásico de los conciertos. Pedí tres Guinness y las pusieron exactas, con su cabecita perfecta, su honda negrura masticable, con esa perfección de las líneas que tanto nos gusta. Mirándolas, me había despistado unos minutos decisivos. Cuando me disponía a pagar, los del arpa ya se iban. Antes de que me diera cuenta y emprendiese el camino de vuelta, Shane MacGowan apareció en el escenario. Sin dientes, con un vaso de licor ambarino en una mano y los músicos a su alrededor. Supe que estaba condenado y, en efecto, con el primer guitarrazo se desató el infierno. La tormenta me cazó en medio de ninguna parte, demasiado lejos para defender mis pintas frente a la marabunta, que había enloquecido con carácter inmediato. Bailar pogo es una cosa. Otra es hacerlo con las manos llenas de cervezas hasta el borde del vaso. Cuando llegué a donde me esperaban, creo que había rendido más de un litro a las fieras, desparramada por mi cuerpo y los ajenos. Entregué lo que quedaba, observé la mía con tristeza y le di un trago, con serio peligro de que alguien me la incrustara en el pómulo. Miré al escenario. Vi al ex de los Pogues agarrado a su bebida de cristal y al micrófono, como si hiciera mucho viento y temiera caerse. Lo otro que vi me llamó aún más la atención: a sus pies aterrizaban vasos de pinta arrojados desde la audiencia. Algunos lo alcanzaban apenas. La gente largaba las cervezas contra el escenario, o bien de un lado a otro de la pista de abajo, donde estábamos todos. De inmediato supe lo que había que hacer: miré mi vaso, tomé impulso y lo lancé hacia arriba, en dirección al techo, dejando que la Guinness saliera disparada como una lengua negra en violenta descomposición, atravesada por los focos del escenario, cuarteándose en gruesos goterones después, conforme perdía impulso doblegada por la gravedad, como el chorro de una fuente. Me cayó encima a mí y a otros. Para entonces ya me habían regado de sobra como para que me importase. Luego me puse a berrear y a saltar. Era el único modo de sobrevivir.
Shane MacGowan permaneció ajeno a la locura durante un buen rato. Cantaba con los ojos cerrados, aferrado al micro y trastabillando los pies algunas veces. A la media hora, de repente, abrió la mirada y la apoyó en el público con extrañeza, como si acabara de despertarse en la cama de su casa rodeado de un montón de gente desconocida. Siguió bebiendo, recompuso la voz pedregosa y dio un concierto estupendo, aunque todos lo insultamos porque formaba parte de la diversión. Un tiempo antes me había encontrado a Shane MacGowan en el Filthy MacNasty's, un pub iluminado con velas en Islington, donde tiraban una formidable Guinness. La BBC le estaba grabando un documental. Tenía ese aspecto de degradada exageración común a los adictos, subrayado por una boca que era, y es, una gruta de perdición obscena. No había vuelto a saber de él hasta que esta noche, esta noche de San Patricio, recordaba aquella otra noche de San Patricio en Londres, en 1995. He leído que Shane MacGowan cumplió 50 años el día de Navidad, que últimamente toca a veces con Pete Doherty, ese muchacho con aspecto estúpido que era de los Libertines y los Babyshambles y novio de Kate Moss; y que conserva en buena forma la voz, ya que nunca tuvo buen aspecto, y que tal vez se reúna otra vez con los Pogues para hacer esa mezcla de punk y folk irlandés y rock que tanto nos enervaba. Y he leído unas declaraciones de Shane MacGowan en las que afirma que, si su predicha muerte aún no se ha cumplido, es gracias al alcohol, precisamente. Shane MacGowan confiesa haber comenzado a beber a los cuatro años. También promete comprarse pronto una dentadura nueva.
Para los nostálgicos, dejo Dirty Old Town.
06/03/2008
¿Dónde tengo la cabeza?
Perdonen ustedes que no salude. Algún día hablaremos de las virtudes del silencio o dialogaremos sobre ellas sin decir nada, que es el modo más acertado de reflexionar sobre el silencio mismo. Estos días me pregunto dónde tengo la cabeza porque la siento en suspenso, cómoda en una callada estabilidad que me da miedo por falta de costumbre. Me pregunto si soy yo o bien la química redondeada de cada mañana. Ahora me duermo pronto, nada más pasar la medianoche; se me cierran los ojos como si no hubiera ninguna otra cosa que hacer salvo cerrar los ojos. Las noches hechas vapor, con lo bien que he sabido yo darles forma. Antes me levantaba de la cama de un salto, impulsado por pensamientos; durante un tiempo me ponía a temblar nada más abrir los ojos, un motor de inquietudes en permanente ralentí, y luego seguramente me sentaba a escribir algo muy poco pensado. Ahora me despierto y me quedo entre las sábanas, con la mirada puesta en ningún sitio, y tratando de reconocerme en una calma tan engañosa. No lo consigo del todo. Como los Pixies, me pregunto dónde tengo la cabeza.
15/02/2008
Un agujero en la cabeza
The Revolution Starts Now (Steve Earle and The Dukes)
Algún día os voy a contar lo que yo llamo la teoría del bocadillo de salchichón, un suceso habitual de mi infancia que mi madre recuerda bien y que anticipaba mi problema más grave de la edad adulta: nunca estoy satisfecho con lo que tengo. Esa teoría viene hermanada con otra que llamaríamos Teoría Tom, Dick y Harry, basada en los intentos de huida de La Gran Evasión y consistente en la construcción permanente de túneles de huida de la realidad. Cuando yo era niño me fascinaba construir túneles en montículos de tierra, generalmente acumulada por los obreros para alguna de sus obras. Con algunos amigos, jugábamos a roturar esas montañitas con nuestras manos y construir túneles tan largos como nos permitieran nuestros brazos. Cuando podíamos meterlos hasta que el hombro tocase con la entrada del túnel, entonces parábamos e iniciábamos la construcción de otra galería desde la ladera contraria, con el fin de unirlas. Me gustaba la tersura aterciopelada de la arena fría y húmeda del interior; me gustaba el momento en el que las yemas de los dedos, arenosas, tocaban las yemas de los dedos del otro, que había avanzado desde el lado contrario hasta comunicar los agujeros. Entonces igualábamos la anchura de ambos lados hasta dejarlo perfecto. Luego lanzábamos una pelotita por un extremo para verla salir por el tobogán de la boca opuesta. O bien llenábamos un cubo con agua y la arrojábamos con cuidado de un lado a otro, para que bajase en un torrente interior que no inundase la galería. Con los años me he dado cuenta de que aquel comportamiento equivale a la construcción de túneles de escapatoria en mi arenoso cerebro, juego que practico con desesperada constancia. Es mi forma de huir.
Somniloquios constituye el mayor de esos túneles, el más feliz y el que contiene una mayor ambición, si se le puede llamar así. A vosotros os puede parecer un mero ejercicio, más o menos gracioso, de diletancia o entretenimiento, pero no tiene nada que ver con eso. Somniloquios es una batalla, un acto cotidiano de simple supervivencia contra las insatisfacciones y la frustración. En ese sentido no tiene nada de edificante, pero me aproxima a la salvación. Hace tiempo que pensé, de un modo algo dramático, que sólo las palabras pueden salvarme. Incluso aunque no valgan mucho. Incluso las que no llegan.
Steve Earle decidió muy pronto que haría la revolución con palabras enredadas en una guitarra. Hijo de un controlador aéreo, educado en Nashville y en la Texas sureña, a los 16 años se largó de casa para tocar música contra la guerra de Vietnam. Con esa edad no le permitían interpretar sus composiciones o subirse siquiera a un pequeño escenario en un club o un bar, así que acompañaba por los cafés a grupos de activistas. A los 19 años se casó con la primera de sus cinco esposas. Por el camino fue educando todas sus influencias e instintos musicales, rebasó el bluegrass, el folk, el country, su versión alternativa y el propio rock; mejor que rebasarlos, lo que hizo fue fundirlos (como otros tantos grandes autores americanos) en un género intermedio que va y viene de unas reminiscencias a otras y compone un concepto tan reconocible como es la música americana, potente, despiadado, honesto, áspero, realista. Un tipo de sonido perfecto para la lucha, la protesta, el inconformismo y el mensaje. El concepto de cantautor me parece un coñazo a este lado del Universo, pero de la América silenciosa (concepto encantador) surgen este tipo de songwriters cuya concepción musical permite ir más allá o más aquí de los mensajes y aterrizar en un sonido estimulante, repleto de pensamientos cruzados y de tradiciones superadas, que no olvidadas.
La descarnada identidad de los personajes ayuda a creer en ellos y en lo que hacen. A principios de los años noventa, la adicción de Steve Earle a la heroína le impidió seguir trabajando. Dejó de escribir y producir y se pasó un par de años o algo más detenido en el tiempo, un periodo que él mismo bautizó como "mis vacaciones en el gueto". La droga y un asunto de armas de fuego terminó con Earle en la cárcel. A la vuelta de ese tiempo, curado de todos los excesos salvo el exceso maravilloso de la creación musical, comenzó a dar lo mejor de sí, hasta hoy. Esta noche, Steve Earle tocará en la Oasis, un lugar verdaderamente paradisiaco de ofertas diversas, indispensable en esta paz tramposa de los desiertos que a veces nos parece Zaragoza. Una gran ciudad para vivir, pero no para luchar. En ningún sentido. Después de Los Sitios, en Zaragoza casi todas las batallas pueden darse por perdidas de antemano y es probable que uno acierte en el pronóstico. Mientras tanto, podemos escuchar al revolucionario Steve Earle, esta noche junto a su mujer Alison Moorer. Es una suerte que tenga Zaragoza por un lugar recurrente desde el que jugar a la guerra con guitarras. En su anterior visita yo lo pasé por alto, de forma inconsciente. Esta vez pienso ponerme en la pared para que, si puede ser, el señor Earle me apunte y me haga entre las cejas un humeante agujero de evasión con el mástil de su guitarra. Si alguien me dice revolución, yo digo Steve Earle.
19/01/2008
El crooner
Si hay una palabra en inglés que me gusta por fonética, semántica, significante y significado, es la palabra crooner. Me gustan los crooners, los cantantes intimistas, los baladistas de flor en una mano y cuchillo en la otra, con su elástica dicción y sus elásticos conceptos del amor y la vida, desde el sexo despiadado, físico y autodestructivo a la ternura melancólica, las mañanas y los días sombríos, la luminosa desdicha de la pérdida y los reencuentros, los altares con crisantemos y los cementerios con cerveza. Todo vestido con un traje de raya diplomática cerrado con chaleco, abrochado por un piano y un violín. Frank Sinatra fue el crooner por excelencia y su lado oscuro lo tenía incorporado, si no en las canciones, sí en su propio ser. Nick Cave es el crooner más potente del momento, entendiendo por momento los últimos 25 años, pongamos. Nocturama, su disco de 2003, incluía esta canción: He Wants You, que encuentro sobre el fondo acaramelado de El cielo sobre Berlín, película de Wim Wenders que no he visto, en la que dos ángeles cuidan de la ciudad mientras uno de ellos se enamora de una trapecista y anhela la mortalidad y alguna gilipollez más. De ella escribió Carlos Boyero, con indisimulado cariño: "Pretenciosa, falsa, boba, sensiblera". Y yo de Boyero ya sabéis que me fío lo justo -o sea, mucho- desde que declaró grandiosa La Delgada Línea Roja y abominó de aquel empalagoso caramelo envuelto en celofán que fue Shakespeare in Love. El Oscar, claro, se lo dieron a esta última y a Gwyneth Paltrow, la rubia más lánguida y sosa que ha dado el cine moderno. En fin, que éste es el otro Nick Cave. Que lo dejo para completar el cuadro, porque me aburro, porque no sé qué escribir y porque no hay nada mejor que rodear con música los silencios interiores, que pegan unos gritos de espanto.17/01/2008
No Pussy Blues

Hay que pegarse un trago largo de lo que sea, para olvidar o aclarar la garganta, porque la cosa está de no pensar mucho. Ya me entendéis. Como ayer nombramos en un comentario a Nick Cave, he decidido desengrasar con Grinderman, el último proyecto de grupo del australiano. La biografía de Nick Cave anticipa a ese hombre con bigote del centro de la foto. Hijo de un profesor de Literatura y de una bibliotecaria, Nicholas cantaba en el coro de la iglesia de la comunidad y hacía el gamberro en el colegio. Lo mandaron a un internado, probó el efecto expansivo de algunas drogas y después su padre murió en un accidente de tráfico. Él se largó a Inglaterra, comenzó a hacer música y se convirtió, junto a los barbudos Bad Seeds, en un agrupamiento delicadamente brutal. Encantador en su aspereza. A Nick Cave lo agarré a las alturas de Boatman's Call y su dulce y oscura Into My Arms.
Eso era piano y voz cavernosa, pero desde entonces me tiene cogido por los huevos y no me suelta, en cualquiera de sus diversos registros. Murder Ballads, atroz, dolorosa, nigérrima colección de canciones que describen muertes, asesinatos, abusos y cloacas de sangre y celos, hizo el resto. Luego empecé a tirar hacia atrás, recuperando el tiempo como con todo lo demás. Desde entonces no he parado de atender. Recomiendo vivamente el disco de Grinderman, la última versión de Nick Cave, con la mitad de los Bad Seeds en los instrumentos y, otra vez, una lista de canciones de terrible sonoridad, ritmo, guitarra y sombrío ruido armónico. Dejo como ejemplo el No Pussy Blues, canción canalla y magnífica, como todo el disco.
Y esta otra versión en directo, que nos da una leve idea de lo que podría ser el concierto que Nick Cave dará en Zaragoza. Grinderman, recomendado con entusiasmo para mañanas perezosas y noches brutales.
No Pussy Blues
My face is finished, my body's gone.
Mi cara está acabada, mi cuerpo ha desaparecido
And I can't help but think standin' up here
Y no puedo evitar pensar, aquí de pie
in all this applause and gazin' down
en medio de los aplausos, mirando abajo
at all the young and the beautiful.
a todas las jovencitas y las hermosas
With their questioning eyes.
con sus interrogantes ojos
That I must above all things love myself.
que debo quererme a mí mismo por encima de todo
I saw a girl in the crowd,
Vi a una chica entre la multitud
I ran over I shouted out,
corrí hacia ella y la llamé a gritos
I asked if I could take her out,
Le pregunté si la podia sacar por ahí
But she said that she didn't want to.
Pero me dijo que no le apetecía
I changed the sheets on my bed,
Cambié las sabanas de mi cama
I combed the hairs across my head,
Me peiné el cabello hacia un lado
I sucked in my gut and still she said
Me tragué el orgullo pero aun así ella dijo
That she just didn't want to.
que simplemente no le apetecía.
I read her Eliot, read her Yeats
Le recité a Eliot, le recité a Yeats,
I tried my best to stay up late,
Intenté mantenerme despierto hasta tarde
I fixed the hinges on her gate,
Le arreglé las bisagras de su puerta
But still she just never wanted to.
Pero simplemente, nunca le apetecía.
I bought her a dozen snow-white doves,
Le compré una docena de palomas blancas como la nieve
I did her dishes in rubber gloves,
fregué sus platos con unos guantes de goma
I called her Honeybee, I called her Love,
la llame abejita mía, la llame amor
But she just still didn't want to. She just never wants to.
Pero ni aun así quería. Simplemente, nunca le apetecía
I sent her every type of flower,
Le envié todo tipo de flores
I played her guitar by the hour,
Toqué la guitarra para ella
I patted her revolting little chihuahua,
Acaricié a su asqueroso Chihuahua
But still she just didn't want to.
Pero ni aun así le apetecía
I wrote a song with a hundred lines,
Escribí una canción de cien estrofas
I picked a bunch of dandelions,
Cogí un ramito de diente de león
I walked her through the trembling pines,
La llevé a pasear entre los trémulos pinares
But she just even then didn't want to. She just never wants to.
Pero no quería, sin más. Es que nunca le apetece.
I thought I'd try another tack,
Pensé que debía intentar otra táctica
I drank a litre of cognac,
Me bebí un litro de coñac
I threw her down upon her back,
La tumbé sobre la espalda
But she just lay up and said that she just didn't want to.
Pero ella se puso de pie y dijo que no le apetecía
I thought I'd have another go,
Volví a la carga
I called her my little ho,
La llamé putita mía
I felt like Marcel Marceau
Me sentí como Marcel Marceau
must feel when she said that she just never wanted to. She just didn't want to.
Debí sentirme así cuando me dijo que, simplemente, nunca le apetecía. No quería, sin más.
I got the no pussy blues.
Tengo el blues del sin chochito.
12/12/2007
Dios

God
God is a concept,
By which we can measure,
Our pain,
I'll say it again,
God is a concept,
By which we can measure,
Our pain,
I don't believe in magic,
I don't believe in I-ching,
I don't believe in bible,
I don't believe in tarot,
I don't believe in Hitler,
I don't believe in Jesus,
I don't believe in Kennedy,
I don't believe in Buddha,
I don't believe in mantra,
I don't believe in Gita,
I don't believe in yoga,
I don't believe in kings,
I don't believe in Elvis,
I don't believe in Zimmerman,
I don't believe in Beatles,
I just believe in me,
Yoko and me,
And that's reality.
The dream is over,
What can I say?
The dream is over,
Yesterday,
I was dreamweaver,
But now I'm reborn,
I was the walrus,
But now I'm John,
And so dear friends,
You just have to carry on,
The dream is over.
[Hace hoy 27 años, un transistor en el mueble de la cama abatible del cuarto de jugar dijo que John Lennon había muerto. Yo no atendí y no entendí. "Han matado a John Lennon", corroboró mi madre. Yo pensé que quería decir Jack Lemmon, el actor. ¿Quién era John Lennon? Siempre me ha sorprendido la claridad de un recuerdo que en ese momento no significaba gran cosa para mí; ahora significa todo. No puedo ver documentales sobre la vida y la muerte de Lennon porque me pongo enfermo. Los miro igual que miraría un película de la que espero otro final, pero el final siempre viene a ser el mismo: "¿Es usted John Lennon?". Y la escueta respuesta: "Sí". En la ambulancia de camino al hospital. Mark David Chapman continúa encarcelado siete años después de cumplir su condena y ahora han filmado una película sobre su personaje que gana premios en festivales. Yo me sigo preguntando lo mismo que aquella mañana: ¿Quién era John Lennon? Era Dios. Un concepto por el cual podemos medir nuestro dolor].
12/10/2007
Oración

Be Not So Fearful
Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Someone watches you
Alguien te cuida
You won't fail
No vas a fallar
Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Be not so sorry
No te lamentes así
For what you have done
Por lo que has hecho
You must forget them now
Debes olvidarlo ahora
It's done
que ya está hecho
And when you wake up
Y cuando despiertes
You will find that you can run
Verás que puedes correr
Be not so sorry
No te lamentes así
For what you have done
Por lo que has hecho
Be not so fearful
No tengas tanto miedo
Be not so pale
No te pongas así de pálido
Someone watches you
Alguien te cuida
You won't leave the rails
No te vas a perder
Be not so fearful
No tengas tanto temor
Be not so pale
No te pongas así de pálido
Be not so fearful
No tengas tanto miedo
Be not so pale
No estés así de pálido
You must forget them now
Debes olvidarlo
It's done
Ahora que ya está hecho
And when you wake up
Y cuando despiertes
You will find that you can run
Te darás cuenta de que puedes correr
Be not so sorry
No te lamentes tanto
For what you have done
Por lo que has hecho
Be not so sorry
No te sientas tan mal
For what you have done
Por lo que has hecho
[La descubrí hace poco, y eso que siempre estuvo delante de mis narices: en un pliegue del documental I Am Trying To Break Your Heart. No la encuentro en YouTube cantada por Jeff Tweedy en solitario o Wilco en conjunto; tampoco la original, la que creó ese casi intangible autor de los setenta llamado Bill Fay, del que apenas sé que sobre la solapa de un disco una revista lo proclama "el eslabón perdido entre Nick Drake, Ray Davies y Bob Dylan" (!). Así que dejo dos versiones anónimas, modestas y sentidas: una a la guitarra, otra con un teclado. Cualquiera puede murmurar la letra: sirve para rellenar los agujeros negros del estómago y los agujeros blancos de algunas noches].
11/10/2007
La leyenda de los Héroes

Anoche, subida en el viento, la voz de Enrique Bunbury bajaba inflamada por las calles de la ciudad y llegaba nítida hasta la Avenida Goya, sobrevolándola, planeando más allá, camino de la Puerta del Carmen. No es una metáfora. Era cierto. Era el cierzo, que la traía de sur a norte, de La Romareda hacia el centro, apoderándose de la ciudad de un modo, repito, metafórico. Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes del Silencio; yo fui un coetáneo que en aquellos días igual se encontraba por los bares de la zona -en algunas tardes muy largas- a Enrique Bunbury o al Príncipe Felipe. Recuerdo a Bunbury en un bar del que no recuerdo ni el nombre. Subida en el viento, anoche su voz se imponía en oleadas. Sólo vi a los Héroes una vez en concierto, y aún no eran los Héroes tal y como los conocimos después. Eran un grupo emergente, sí, pero no los Héroes de la leyenda que ahora todo el mundo da por hecha, sabida y vivida. Y si recuerdo aquella noche, que era también una noche del Pilar de mediados de los años ochenta, es por la imagen y no por la música. La imagen no se me ha borrado nunca y nunca he sabido por qué: Bunbury muy joven, en un escenario en Independencia, con su melena entre rubia y caoba. acumulada sobre un lado de la cabeza muy al modo de los ochenta, pero suspendida en el azote del viento; y él cruzando la marea del cierzo con una voz grave que aún no tenía esa grandilocuencia en la dicción que tanto me molestaría después, que penetraba la noche sin ninguna dificultad, y ahí quedaba suspendida. Tampoco estaba el exceso escenográfico que es la marca del personaje, no sé si de la persona y no me importa. La exactitud teatral de los movimientos, las poses, el engolamiento muy singular y muy estudiado. Ignoro por qué nada de esto me gustaba y ahora me gusta.
Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes. Prefiero decirlo porque es la verdad. Me gustó su primer disco (que compré y aún tengo amontonado, supongo, en algún sitio) y luego empecé a desechar su evolución. Cuanto más famosos les hacía su lado oscuro, cuanto más se ensuciaban las guitarras, menos me interesaban a mí. Hasta que dejaron de hacerlo por completo. Yo quería entonces más pop y mi lado oscuro tenía otras formas, expresas en fondos igual de negros pero de lados más nítidos. A la vuelta de mi año en Engerland (por cierto que los Héroes tocaron ese verano en Londres y yo no los vi...) fui a admirar y escuchar a Gene en la sala En Bruto. Entonces Gene (¿alguien recuerda a Gene?... supongo que sí) acababan de aparecer y, aunque serían efímeros, eran fantásticos y se nos parecían algo a los Smiths, y puede que eso fuera suficiente; pero además hicieron un par de discos estupendos y soñadores y nostálgicos, llenos de ese pop íntimo y universal de los oscuros lúcidos. Luego se desvanecieron lentamente, como una canción o un viaje. Mientras aguardábamos su salida al escenario, pusieron Avalancha en los altavoces, un rato largo, Iberia Sumergida y todo eso. Rick se acordará bien, que estaba a mi lado. Con sinceridad, los Héroes en esos días me resultaban cargantes o aburridos. El modo de cantar de Bunbury me agotaba. Y sin embargo...
...sin embargo mañana estaré en el concierto. Creo que se debe, más que nada, a Bunbury. A sus discos en solitario, que me fueron ganando de unos años a esta parte, muy poco a poco y de modo por completo inesperado para mí. No está mal redimirse (si queremos interpretarlo así) en la comprensión o el aprendizaje de otras formas. Ensanchar los límites por dentro. Los discos de Bunbury (sobre todo Flamingos y aún más El viaje a ninguna parte) obraron un efecto inverso: aproximarme primero a él y luego otra vez a los Héroes. En estos tiempos en que tener un disco no cuesta nada, sólo el sosegante trabajo de escucharlo, he ido acumulando algunos álbumes de entonces de los Héroes, que no oigo demasiado pero oigo a veces, cuando siento que necesito agitar o combatir algunas nostalgias de entonces o de ahora. Sigo prefiriendo los primeros años, de canciones y acordes más planos, y aquella imagen del cantante joven subido en el viento a mediados de los ochenta. Eso sí me gusta y me gusta recordarlo. Puede que lo que busque sea la imagen ideal de aquellos días en que ellos y nosotros éramos casi igual de adolescentes. O puede que yo me haya puesto oscuro hasta encontrarme con sonidos que entonces no me interesaron. Ha ocurrido con otros grupos y otras músicas. Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes, voy a decirlo por última vez, pero ahora pienso que tal vez sólo nos cruzamos en un tiempo equivocado que hoy admite matices. Eso pasa. Con hechos y con personas. También con la música. Me alegro de que hayan vuelto. Por toda la gente que sí los quiso en su momento. Especialmente por César Láinez, que fue y es uno de ellos. Y porque en el fondo siento que todo debería volver, un poco.
30/09/2007
News from Minnesota

Forever Young
May God bless and keep you always,
May your wishes all come true,
May you always do for others
And let others do for you.
May you build a ladder to the stars
And climb on every rung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.
May you grow up to be righteous,
May you grow up to be true,
May you always know the truth
And see the lights surrounding you.
May you always be courageous,
Stand upright and be strong,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.
May your hands always be busy,
May your feet always be swift,
May you have a strong foundation
When the winds of changes shift.
May your heart always be joyful,
May your song always be sung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.
[Estos días vivo agarrado a la música como a un árbol de la ciencia o como se aferraría el náufrago a un tronco. La situación no es desesperada, claro, pero requiere canciones, muchas canciones. El viernes lo pasé, casi entero, oyendo música. Luego me fui a ver un partido de rugby. Vi a mis amigos y bebí demasiado. Pero tranquilos... descubrí que, bebida de un trago, la pinta de Guinnness no engorda. Me arrastré como una culebra por el sábado, le encargué al velocista la crónica del Sevilla y el domingo recupero un hermoso mail que me envió Marlo hace algunos días. En él, Bob Dylan me saludaba personalmente y me anunciaba la próxima publicación de Everything Except Compromise. His Greatest Songs (versión 1 cd y 3 cds con todo tipo de extras: canciones de siempre remasterizadas... aunque yo las hubiera preferido recantadas por Dylan con su voz apergaminada de ahora). En cualquier caso, otro cd que poner en el altar. El divertido juego del envío lo podéis hacer vosotros mismos en esta dirección: dylanmessaging. Yo he intentado traerlo a la portada de Somniloquios pero este tipo de cosas no me están permitidas, porque soy casi un perfecto inútil colgando música o similares. Tengo que hablar con el señor blogia un día de éstos. Porque no pienso abrirme un MySpace... A cambio, dejo el enlace clásico a una versión bastante bonita (un concierto en 1987 en Birmingham, no sé si la Birmingham inglesa o la Birmingham de Alabama) de Forever Young, canción apropiada para los que caminamos por el borde de la mediana edad y no le encontramos la gracia. Se la dedico a Marlo. Me parece que alguna vez la oímos en silencio parados dentro de un coche...
28/09/2007
La iguana y otros lagartos

En la noche del miércoles me quedé con la cabeza vacía; pensé que algo me decía que no había nada que pensar ni que decir, así que me dije: no hay que pensar. Las sobreexposiciones emocionales me dejan hueco y así me quedé. Indebidamente convexo como el lecho de un río. Cené en silencio. Del televisor venía una luz difusa de sombras entreveradas, pero yo preferí mirar la pared a ver la televisión. Ya habíamos visto bastante. En cierto modo me sentí como en aquellas tardes en que iba a buscar a una chica a la estación y ella nunca llegaba, hace tantos años ya que quizás nunca ocurrió, pero sería una imagen bastante coherente como recuerdo ficticio: repetir el viaje hasta la estación, buscar entre todas las caras que se esparcían por el andén la cara conocida, dudar si no habrá dicho "llego en autobús", en lugar de "llego en tren", y yo no me he dado cuenta. Luego una carrera por la escala mecánica, no fuera que hubiese salido por el primer vagón, a mi espalda, en la zona muerta; y vuelta a casa. Y así toda una tarde. En cada viaje repetido yo me iba vaciando más, hasta quedar indebidamente convexo como el lecho de un río. Entonces quería oír a los Sex Pistols. Hipnotizarme de pura rabia con la voz áspera y los movimientos compulsivos. Así estaba el miércoles.
Así que agarré el mp3 y me puse a escuchar Raw Power, de Iggy and The Stooges, en la oscuridad sólo matizada por las sombras del televisor y su claridad de leche. Y de ahí salté a The Idiot y Brick by Brick, y cuando ya me estaba yendo a donde quería, cuando ya estaba llegando a ese punto al que llegaba camino de la estación, entonces pensé que necesitaba ver bailar a la Iguana para que la catarsis fuera completa. Me fui al YouTube, donde está casi todo lo necesario y aún más lo innecesario, todo lo necesario que haya ocurrido previamente y, por desgracia, todo lo innecesario que aún está por ocurrir. Quería al Iggy de los setenta, claro, al amigo de Bowie; quería los ojos de engañosa transparencia grisácea, en verdad unos ojos para encerrarlos en la urna de un terrario; y sobre todo quería ver esa risa enferma de relativa locura, demasiado bondadosa aún a su pesar, incómoda sobre el rostro de un icono punk. Demasiado encantadora. Y necesitaba ver todo eso y lo más excesivo posible, bailando en el escenario con los pantalones en los tobillos, con la palma de la mano recorriéndose la entrepierna, pensando si debía enseñarle el cirio a la audiencia o no, como hizo en muchas ocasiones. Cuando lo vi, me pareció fascinante la oscura lucidez de esa batalla interna, inconsciente, en medio de la canción. Lust For Life, extraordinaria. ¿Debo enseñarle mi precioso miembro a esta gente? ¿O bien debo dispararles a la cabeza a estos bastardos mal nacidos? ¿Quién no ha bailado con los pantalones en los tobillos delante de una buena cantidad de gente que te mira con conmiserativa aprensión?* (Pero otra cosa es bailar con los pies juntos, a saltitos eléctricos, y anudarse las manos a la espalda o sobre la cabeza como con una camisa de fuerza: "No me gusta este mundo de hijos de puta, pero amigos... tengo lujuria por la vida").
La noche de la iguana (Ava Gardner en un México decadente, y dos morenos que le acarician todo el día el desmayo) pedía The Passenger, I Wanna Be Your Dog y por supuesto Candy, que era una canción muy propia del viejo Sacher cuando aún no se llamaba Sacher, puede ser, no sé cómo se llamaba pero terminamos tantas noches allá que eso no es extraño. Quizá fuera del Paradís, un garito con un olor inolvidable. "Candy, Candy, Candy I can't let you go / All my life you're haunting me / I need you so...". Y Kate Pierson, de los B-52's, que le replica: "Me hiciste mucho daño al dejarme / Estoy contenta de que te largaras... / pero te echo de menos". Y luego, como para sí misma: "Hace tanto que tengo un agujero en el corazón / que he aprendido a disimularlo y sonreír / Afuera, en la calle, todos los hombres son lo mismo / Yo necesito un amor, no jueguecitos". También vi, claro, la secuencia de la conversación de la iguana Pop con el lagarto Tom Waits en Coffee and Cigarrettes, de Jim Jarmusch, en la que Iggy y Tom juegan con referencias privadas a su ficción y a la vida real y a la ficción que es su vida real y a una falsa admiración mutua que no alcanza para amistad. Iggy le dice que sus amigos le llaman Jim o Jimmy o Iggy, y que por lo tanto le puede llamar Jim, como sus amigos, o mejor llamarle Iggy. "Sí, llámame Iggy". Y entonces Tom Waits le contesta: "Lo que quieras, tío... tú dime cómo quieres que te llame y yo te llamaré así". "Llámame Iggy, llámame Iggy", se convence Iggy. Y entonces Waits le dice: "Siento haber llegado tarde, Jim". Y pasa a relatarle el día tan agitado que ha tenido: "He hecho varias intervenciones, he salvado varias vidas... no te puedes imaginar lo que es la cirugía a pie de carretera, lo peor". Iggy lo mira con incredulidad: "¿Es que eres médico?". Y Tom Waits, extrañado de su extrañeza y hasta un poco molesto, responde sin énfasis: "Sí... ya sabes: medicina y música. Eso es lo mío, una combinación de ambas cosas". Coffee And Cigarettes es puro Jarmusch, divertido y detenido a la manera en que es divertido y detenido Jarmusch, sin subrayados.
Para completar la noche me fui a la cama con los Doors en el aparato, y cuando la habitación ya llevaba un buen rato de giros concéntricos magnéticos dirigidos por la voz orquesta del lagarto Mr. Mojo Rising, comenzó a devorarme un sueño lejano que se aproximó por los pies y redujo mi vacía debilidad hasta ablandarme como la masa de un pan a punto de hornear. Venía un rodillo de madera de abajo arriba y yo cada vez me sentí más laxo y ajeno, así que en esa blandura pasé de los Doors a los Immaculate Fools, que no tenían nada que ver con todo lo anterior, pero son parte de mi última adolescencia y me recuerdan a los Psychedelic Furs y los Psychedelic Furs a los Immaculate Fools. Y a mí mismo, sobre todo. No sé en qué orden. Escuché Immaculate Fools, la canción, que aún me emociona como lo hizo cuando los vi, por fin, en la Chimenea, después de haberlos tenido tan cerca varias veces en la sala Clares; y me acordé de las noches largas de café y apuntes, cuando Fernando y yo estudiábamos uno contra otro y ensayábamos poesías bien torpes en los márgenes de los apuntes, y nos las leíamos o nos las dábamos a leer sin asomo de vergüenza, mientras hablábamos de Kafka y sobre todo de Hermann Hesse, del lobo estepario y de otras obsesiones jóvenes. Cuánto tiempo ha pasado, cuántas cosas han ocurrido y aún está todo por suceder: "Hablamos de cambios / hablamos de muchas cosas / Y cuando llega la tristeza / reinventamos el sueño. / Esas promesas contaminadas / se desvanecen y mueren. / Olvidamos tan fácilmente / el amor que llevamos dentro...". Y con los tontos sin mácula me fui resbalando por las sábanas blancas del miércoles o el jueves hasta no ser ya nada, apenas un silbido de humo blanco que se adhirió a las paredes como iguana o lagarto y cerró con llave el día. Dormido, soñé que se me caía el pelo y que narraba partidos de fútbol en la radio.
*Yo he jugado al rugby.
12/06/2007
Melancolía de terciopelo

No encuentro mucho de lo que hablar, aunque pienso en muchas cosas. Estoy en desconexión emotivo-sensorial casi permanente. Para protegerme, me he vuelto concreto, camino mirando al suelo con el fin de no tropezar y organizo cada minuto al segundo, no sea que me salga de la baldosa enrejada en la que me toca estar durante un tiempo. Desde hace unos días oigo que Sunday Morning, de la Velvet Underground, suena en un anuncio de televisión. Siempre fue una música muy querida. Hay pocas canciones que expresen mejor la serena nostalgia que se nos va incrustando con el paso de los años. Los domingos muy de mañana siempre fueron terreno resbaladizo. Todo demasiado quieto y todo demasiado agitado, la caída de las emociones nocturnas por un tobogán ingrato. Recuerdo bien aquellos amaneceres en Londres, las cinco de la mañana, un sol apenas tibio y precoz, pero de claridad muy rotunda para esas horas. Sentados en las escaleras del patio trasero, mirando a los ojos a un gato (como miran los gatos a los ojos, con fijeza terrorífica) para vaciar la última lata de John Smith's Extra Smooth. El amanecer como metáfora del despertar, caer en la cuenta de que empieza otro día, otro momento, otro lugar. Que todo se va perdiendo y todo queda atrás. Y otras cosas delante. Y tú, en el medio.
Sunday morning, praise the dawning
Mañana de domingo, alaba este amanecer
It's just a restless feeling by my side
Es esa sensación de cansancio que me acompaña
Early dawning, Sunday morning
Amanecer temprano, mañana de domingo
It's just the wasted years so close behind
Son los años malgastados tan cerca, a tu espalda
Watch out the world's behind you
Cuidado, el mundo está a tu espalda
There's always someone around you who will call
Siempre hay alguien alrededor que llamará
It's nothing at all
No es nada
Sunday morning, and I'm falling
Mañana de domingo, y me estoy viniendo abajo
I've got a feeling I don't want to know
Siento algo... de lo que no me quiero enterar
Early dawning, Sunday morning
Amanecer temprano, mañana de domingo
It's all the streets you crossed, not so long ago
Son todas las calles por las que has cruzado, no hace tanto
Watch out the world's behind you
Cuidado, el mundo te persigue
There's always someone around you who will call
Siempre hay alguien alrededor que va a llamar
It's nothing at all
No pasa nada.
Sunday morning
Sunday morning
Sunday morning
04/06/2007
Mika: la pastilla de la felicidad

En estas horas absurdas hay que caminar despacio, pegados a la pared. Balón cortito y al pie. Los días se han llenado de socavones con pretensiones existenciales, lo que supone que uno puede levantarse de la cama y antes de llegar al baño (digamos, tres pasos) haber caído en la tristeza, que luego te tiene ya agarrado por los huevos todo el día y a ver quién se suelta sin desgraciarse. Basta una mala elección musical, un instante de debilidad, una palabra o un pensamiento fuera de sitio, una incoherencia, un paso en falso, para derrumbar el día. Así que mi reciente encuentro con Mika, tan improbable, constituye una revelación de primer orden. En realidad, casi todo parece improbable con Mika, el fenómeno musical del momento más allá de los especiales de Rocío Jurado: nacido en el Líbano, de padre estadounidense y madre libanesa (¿hará buenos falafel esa mujer?), emigrado con un año de edad a Gran Bretaña (¿y dónde si no?), Mika se ha proclamado campeón del verano que aún no ha comenzado sin bajarse del autobús. Lo ha hecho con un par de canciones como Grace Kelly y Lollipop, que son como la resultante de meter en una batidora a Freddie Mercury, Rufus Wainwright, George Michael y los Scissor Sisters, cuanto más maricones mejor, aderezar con unas pastis, un sobrecito de gaseosa El Tigre para darle la efervescencia exacta... y agitar bien. O sea, la sonrisa asegurada y el bailecito matinal para derramar el café sobre el teclado, un cheque en blanco de optimismo para unas cuantas horas, una píldora de la puta felicidad, visita urgente al doctor SiéntaseBien sin necesidad de contarle tus fantasmas, la certeza impagable de que eres Superman y ni este día ni cualquier otro te van a poder frenar. Aunque lo parezca, en Mika no todo son falsetes y voces de niños y niñas y cachondeo tierno; con Mika conviene no tomar la parte por el todo. Yo también he tenido la tentación inicial de pensar que tres días seguidos de Mika serían demasiado para cualquiera, y que había un error en el hecho de que esto me guste. Nada de eso. El disco es variadamente protéico. Al muchacho la voz le da para las volteretas laterales, el firulete, la profundidad y hasta para cantar, componer e interpretar temas muy apreciables en registros bien diversos. Firmemente recomendado para estados carenciales del organismo: Life In Cartoon Motion, se llama. Y si no os gusta, os aguantáis.
En cierta ocasión una chica me dijo que su felicidad era el polo de fresa que se comía de niña. Frank Bascombe, el personaje de Richard Ford en 'El día de la Independencia', dice: "¿Lo mejor? Es inútil buscarlo. Lo mejor es un concepto sin referencia desde que has tomado tu primer helado de plátano a los cinco años y descubres, una vez que lo has acabado, que podrías tomar otro". Más o menos eso es Mika ahora para mí. Lo mejor si es que existe: una piruleta de fresa, una tarrina de medio litro de helado (strawberry and cheesecake, de Haagen Dasz, desde luego). Y sobre todo, una onza de chocolate entre dos galletas Chiquilín. A veces la cosa es así de simple. Otras veces no llegas vivo al baño.
01/06/2007
Un día cualquiera (A Day In The Life)

El Sargento Pimienta y su club de Los Corazones Solitarios cumplen hoy 40 años. Así que no hay otro modo de hacer las cosas que tomar el album entre los deditos, extraer con cuidado el cd (o el vinilo, si sigue por ahí el plato en el que lo pinchábamos), y agotarlo despacito una vez más, las que hagan falta. El Sergeant Pepper's de los Beatles, esos cuatro señores que reinventaron o inventaron todo con la misma tranquilidad con la que se hubieran comido un plato de aceitunas, cumple 40 años. Hubo un día en que sólo oía a los Beatles; de esos hubo muchos días. Mucho tiempo después, cuando ya les había dado tres mil vueltas a los discos, me gustaba ponérmelos mientras me dormía o cuando llegaba a casa con una cerveza de más. Porque hay un momento de conciencia superior en el que los sentidos parecen abrirse de par en par antes de despedirse del todo, hasta otro día; y en ese instante como de plena conciencia, en la que nada se interpone entre los sonidos y el cerebro, uno apreciaba en el duermevela la extraordinaria, la indecible belleza, variedad, profundidad y alcance de las canciones. Los coros, las segundas y terceras voces, las palmaditas, la sencilla complejidad de la perfección, la reunión de maravillosos detalles en canciones hermosísimas. No sé cómo hicieron para en tan poco tiempo, tan deprisa, y con tan firme convicción y facilidad, alcanzar ese grado de absoluta maestría que ilumina toda la obra. Me ha gustado y me gusta mucho la música, casi todas las músicas; nada me ha gustado ni me gustará tanto como los Beatles. Un día cualquiera, los vuelvo a oír (como hoy) y sigue siendo así. Creo que es ya en lo único en lo que me voy a reconocer toda la vida, sin ningún género de dudas.
[Foto: Ringo, George, Paul y John en la fiesta convocada por su manager Brian Epstein, para presentar a la prensa y los amigos el 'Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band', el disco que, cambió la historia de la música, dicen; el disco capaz de cambiar un día entero o media vida de cualquiera, digo yo (aunque quizás prefiero 'Revolver', no lo sé, porque cada día prefiero uno y cada vez prefiero una canción). La foto, y otras, se puede ver aquí. A splendid time is guaranteed for all..].
21/05/2007
El viejo desorden

Ahora que vuelven a reunirse una buena cantidad de grupos innecesarios (¿era preciso el reencuentro de The Police a estas horas, decidme...), New Order se largan a su casa. Lo anunció el bajista Peter Hook en una entrevista en XFM hace algunos días, así como quien no quiere la cosa, en un comentario al pasar. Por si alguien pensó que le había dado un calentón, lo ratificó algunos días después. Los chicos ya no están juntos. Para mí New Order aún suponen la posibilidad de sentirme falsamente joven mientras escucho sus canciones. Bizarre Love Triangle o Blue Monday, desde luego Regret o World In Motion son las canciones que me ponía muchos días antes de salir, bien altas, demoledoramente altas, para que me rodearan y tomaran la casa al asalto, por invasión salvaje, con la estridente maquinaria de sonidos de alta frecuencia. Ese efecto Dorian Gray tiene algo que ver con la leyenda, supongo, porque siempre se dijo que New Order habían vendido su alma al diablo para que triunfase su primer gran éxito, Blue Monday, el maxi más vendido de la historia de la música según leo en algún lado con considerable sorpresa. Debe de ser que en los ochenta aún había lugar para un cierto orden, nuevo orden, claro está. Ahora regresa el viejo desorden, la irrefrenable edad, el envejecimiento de los mitos efébicos. No me despido de New Order porque están en mi librería y los voy a poner cuando quiera. A mí aún me gustó bastante Get Ready, un trabajo que ya venía claramente fuera de hora, pero me pareció que bien defendido. He de reconocer que Waiting For The Sirens Call, su último elepé del 2005, anunciaba que el pacto con el demonio había caducado. Que decaía el rostro de Dorian Gray en el retrato que cuelga sobre el muro. Hoy es lunes. Monday. Blue Monday.
15/05/2007
En algún lugar

Aquí dejo Somewhere, una canción de amor desesperanzado, de esas que todo el mundo hace suyas alguna vez. Hace tiempo que la quería poner, desde que vi por última vez West Side Story. Personajes y canciones encantadoras para un Romeo y Julieta tan bien concebido, creo, que no permite que el tiempo se le meta a la película por las ranuras y la oxide. Los grandes musicales... Me encanta la versión de Tom Waits, áspera y cavernosa, delicadamente oscura. Sólo la encuentro en una breve versión en YouTube, montada sobre un vídeo de cierta organización contra el abandono de animales. El que la pueda recuperar, que lo haga. Yo la tengo en una vieja cinta de cassette y en versión digital... y siempre caigo en el cassette. Ahí va el grito de Tony y María...
Somewhere
There's a place for us,
Hay un lugar para nosotros
Somewhere a place for us
En alguna parte, un lugar para nosotros.
Peace and quiet and open air
La paz, la tranquilidad, el aire libre
Wait for us
Nos aguardan
Somewhere
En algún lugar
There's a time for us,
Hay un momento para nosotros
Some day a time for us,
Algún día, un momento hecho para nosotros
Time together with time spare,
Un momento para estar juntos, con tiempo de sobra
Time to learn, time to care,
Con tiempo para aprender, con tiempo para cuidarnos
Some day!
¡Algún día!
Somewhere.
En algún lugar
We'll find a new way of living,
encontraremos una nueva forma de vivir
We'll find a way of forgiving
encontraremos un modo de perdonar
Somewhere . . .
en algún lugar
There's a place for us,
Hay un sitio para nosotros
A time and place for us.
Un momento y un lugar para nosotros
Hold my hand and we're halfway there.
Toma mi mano y estaremos más cerca
Hold my hand and I'll take you there
Toma mi mano y te llevaré hasta allí
Somehow,
De alguna manera
Some day,
Algún día
Somewhere!
En algún lugar
11/04/2007
James is back

En el verano de 1997 regresé a Londres para pasar unos días. Había dejado la ciudad menos de dos años antes, y en esa breve estancia me sentí como un ridículo fantasma nostálgico. Algo así como ahora. A ratos salía solo a a caminar y me envolvía la tristeza, hasta que no podía más: entonces entraba en una cabina, marcaba el mismo número de los últimos tiempos y sollozaba por el teléfono, sintiéndome estúpido o innecesario. Los cristales siempre estaban empapelados con tarjetas que ofrecían a prostitutas de todas las razas. Los recuerdos se componen de escenas incoherentes como esa. En Londres yo había sido feliz de un modo improbable, pero me vi obligado a regresar a España: no tenía dinero ni para comprar un cd, me levantaba a las cinco y media de la mañana, repartía bandejas de desayuno por las habitaciones de un hotel, el director me despreciaba por ser español y algunas familias de dignatarios africanos me trataron a veces con la deferencia cruel con la que se trata a un esclavo, mientras otros ejercían el racismo inverso en grupos y con risotadas de dientes muy blancos. No les guardo rencor. Entre todos me hicieron feliz, hasta que perdí un trabajo detrás de otro, me acusaron de robar dinero de una caja registradora que no sabía utilizar y una empleada de Michael Caine me ofreció un empleó para preparar y servir cócteles diversos con una americana blanca y una pajarita negra. El sueldo era bueno; el público, educado; el horario, perfecto. Acepté de inmediato. Naturalmente, al día siguiente no fui.
Parece un infierno, pero no fue nada de eso. Lo pasé bomba. Cuando volví a Londres, todo seguía en su sitio: el hotel y sus personajes, el piso con casero nigeriano que abandonamos a la carrera, en Ridgeley Road, la cerveza, el curry, mis amigos y Gail, la preciosa londinense de ascendencia india a la que le concedí un baile muy tierno una noche en un bar de Brixton. Su novio bebía en la barra y yo bailaba con ella, en silencio. Cuando terminamos, simplemente me dijo: "Gracias". Todo estaba en su sitio en la ciudad, menos yo. Por eso la patética escena en las cabinas de teléfonos, que se repitió cada uno de los días que pasé allí. Luego tenía unas horas de calma, de melancolía serena que daba paso a la diversión, a veces excesiva: pintas, pizza, curries y música. En esos días conocí a James, la banda de Tim Booth y Jim Glennie. A mis amigos les debo muchas cosas y a algunos de ellos, además, les debo la música. Andy había comprado Laid, el excelente disco que James publicaron en 1993. Por las mañanas nos levantábamos, tarde, en casa de Sean en Maida Vale; dormíamos en el sofá, en el suelo, en una habitación que estaba como hundida en el piso, en una bañera que apenas funcionaba... Por las mañanas tomábamos té con leche para rejuvenecer y Andy ponía Sometimes y Laid en el ghetto blaster de Scrapiron. Las poníamos todas las mañanas. Yo no las llamaba por su nombre. Para mí se titulaban así: Cinco minutos de felicidad. El efecto revitalizante que tuvieron en mí sus guitarrazos aún perdura; cuando decaigo, cuando soy ese fantasma nostálgico de aquellos días, pongo Sometimes y Laid. Volvimos y me compré el disco. Lo ponía por las mañanas en mi casa y por las noches si había ocasión. Lo oyeron varias chicas, entre ellas la chica que me oía sollozar al otro lado del teléfono en esos días de verano en Londres, y que un día me preguntó: "¿Has pasado por nuestra casa?". "Sí". "¿Y cómo está?". "Igual...". James fue desde entonces uno de mis grupos favoritos. Cuando digo favoritos, digo los más queridos. En realidad, los había conocido de forma ocasional años antes, en una cinta que me grabó Pabs y en la que incluyó Johnny Yen, uno de sus enérgicos temas. Luego vino el episodio referido y, más tarde, todo lo demás: la devoción por un grupo de auténtico culto en Manchester y en Inglaterra, mucho menos populares en España que algunos contemporáneos suyos. Un grupo de música muy natural, alegre y reflexiva, con letras que se alejaban del abstracto dominante: James ponía la intención de un relato construido con frases figurativas, donde los demás acumulaban sugerentes brochazos o imágenes inconexas.
Se separaron hace seis años y como despedida dejaron un grandísimo Lp en directo en el Manchester Evening News Arena, y un dvd al que también recurro en las horas oscuras. Como éstas. Porque lo están siendo. Cuando esta mañana Joan me ha contado que James vuelven, que se reúnen para una gira este mes de abril por Inglaterra (y puede que después por Europa), he pensado en aquellas mañanas en Londres y en las felices coincidencias: James vuelven, como si vinieran otra vez a rescatarme. Con esa esperanza dejo la letra de Sometimes, una hermosísima canción. Y en los enlaces de más arriba podéis ver a James interpretándolas, con el vitalista Tim Booth (con pelo y sin él) al frente.
Sometimes (A veces)
There's a storm outside, and the gap between crack and thunder
Viene una tormenta, y el espacio entre el rayo y el trueno
Crack and thunder, is closing in, is closing in
el rayo y el trueno, se estrecha, se estrecha
The rain floods gutters, and makes a great sound on theconcrete
la lluvia inunda los sumideros y retumba contra el asfalto
On a flat roof, there's a boy leaning against the wall of rain
Sobre un tejado plano hay un niño que se apoya sobre el muro de lluvia
Aerial held high, calling "come on thunder, come on thunder"
con una antena en alto, grita: "Ven a mí, trueno, ven a mí!"
Sometimes, when I look deep in your eyes, I swear I can see your soul
A veces, cuando miro bien adentro de tus ojos, juraría que llego a verte el alma
Sometimes, when I look deep in your eyes, I swear I can see your soul
A veces, cuando miro bien adentro de tus ojos, juraría que llego a verte el alma
It's a monsoon, and the rain lifts lids off cars
Es un Monzón, y la lluvia arranca el tejado de los coches
Spinning buses like toys, stripping them to chrome
hace girar los autobuses como juguetes, y los reduce a chatarra
Across the bay, the waves are turning into something else
A través de la bahía, las olas se están convirtiendo en otra cosa
Picking up fishing boats and spewing them on the shore
Agarran los barcos de pesca y los escupen contra la costa
The boy is hit, lit up against the sky, like a sign, like a neonsign
El niño es golpeado, levantado contra el cielo, como un cartel, como un cartel de neón
And he crumples, drops into the gutter, legs twitching
hasta que se encoge, cae a una cloaca, con las piernas temblorosas
The flood swells his clothes and delivers him on, delivers him on
el agua hincha sus ropas... y lo arrastra, lo arrastra
Sometimes, when I look deep in your eyes, I swear I can see yoursoul
Sometimes, when I look deep in your eyes, I swear I can see yoursoul
There's four new colors in the rainbow
hay cuatro colores nuevos en el Arco Iris
An old man's taking polaroids
un anciano le saca fotos
But all he captures is endless rain, endless rain
pero lo único que captura es la interminable lluvia, lluvia que no para
He says listen, takes my head and puts my ear to his
Dice: "Escucha", toma mi cabeza y junta mi oído con el suyo
And I swear I can hear the sea
Y yo juraría que se oye el mar
Somtimes, when I look in your eyes I can see your soul
A veces, cuando miro tus ojos, te veo el alma
(I can reach your soul)
(Puedo tocar tu alma)
(I can touch your soul)
Sometimes
A veces
07/03/2007
El ladrido Lennon

Una canción vigorosa para comenzar el día... o para terminarlo. Hey Bulldog!, maravilla incontestable de los Beatles en el album Yellow Submarine. Inaceptable no haber empezado los Minutos Musicales por los Beatles, pero bueno... soy un pecador. Que estos muchachos hicieran canciones así en sus ratos libres y en un Lp más o menos residual (la improvisaron empujados por Lennon en un tiempo muerto de la sesión de grabación de Lady Madonna), explica muchas cosas. Según el propio Lennon, la canción no significa nada, declaración que seguramente tendría que ver con las delirantes obsesiones del momento por interpretar mensajes trascendentales en las letras del grupo, muchas veces animadas por puras imágenes mentales. Parece claro que la canción quiere hablar de la soledad, de la incomunicación y de algunas frustraciones; también de la debilidad interior del perro ladrador... Es mucho decir. A mí me gusta el piano que marca el comienzo y el bajo de McCartney en el tramo final. La canción iba a llamarse, según yo aprendí, If you're lonely (You can talk to me), pero Lennon se puso a ladrar, a McCartney le hizo gracia y acabó con la cosa del perro mandando. El viernes pasaré por el aeropuerto John Lennon de Liverpool (otro rato hablamos de eso). En el fraseo que Lennon hace en la canción, me parece advertir un acento cockney que no sé si es imitación deliberada o casualidad. O mi propia locura. Pero si escuchas a Michael Caine en una de sus últimas películas (pongamos, Shiner) y luego a Lennon en Hey Bulldog, la confluencia se ve con bastante claridad. Un día de éstos contaré cómo estuve a punto de trabajar para el señor Michael Caine.
Sheepdog
Perro pastor
Standing in the rain
bajo la lluvia
Bullfrog
Rana mugidora
Doing it again
Dándole otra vez
Some kind of happiness is measured out in miles
Hay un tipo de felicidad que se mide en kilómetros
What makes you think you´re something special when you smile?
Qué te hace pensar que eres especial cuando sonríes?
Child-like
Igual que un niño
No one understands
Nadie te comprende
Jack knife
Una navaja
In your sweaty hands
En tus manos sudorosas
Some kind of innocence is measured out in years
Hay un tipo de inocencia que se mide en años
You don´t know what it´s like to listen to your fears
No sabes lo que supone escuchar tus miedos
You can talk to me
Puedes hablarme
You can talk to me
Puedes hablarme
You can talk to me, if you´re lonely you can talk to me
Puedes hablarme, si te sientes solo puedes hablarme
Yeah hey, oh!
Ho, ho!
Yeah!
Ho, ho, ho, ho!
Ho, ho!
Big man (Yeah)
Hombretón (sí)
Walking in the park
Paseando por el parque
Wigwam
Una choza
Frightened of the dark
Miedo de la oscuridad
Some kind of solitude is measured out in you
Hay un tipo de soledad que se mide en ti
You think you know me but you haven´t got a clue
Crees conocerme, pero no tienes ni la menor idea
You can talk to me
Puedes hablarme
You can talk to me
Puedes hablarme
You can talk to me, if you´re lonely you can talk to me
Puedes hablarme, si te sientes solo puedes hablarme
Hey!
Wahoo woof! Woof!
Hey bulldog! Hey bulldog!
Hey bulldog! Hey bulldog!
[Hey man, what´s that noise?
Eh, tío, qué es ese ruido
Woof!
Guau
What d´you say?
Qué dices
I said woof!
He dicho guau!
D´you know anymore?
Sabes decir algo más?
Wooaah ha ha ha!
Guaaaaaaaaaa
You´ve got it, that´s great! That´s right! That´s it, man, hoo!
Ahí está, muy bien! Eso es, eso es tío, oh
Give it to me, man, hurry! I´ve got ten children, ho!
Dámelo tío, corre! Tengo diez niños...
Ah ho! Ha ha ha ha ha ha!
Jajajajajaja
Quiet boy, quiet!
Calla, chico, calla!
OK.]
Hey bulldog!
Hey bulldog!
02/03/2007
La hora oscura

Ya no me apetece escribir sobre el partido de ayer. O anteayer. Lo que sea. Si acaso dejo la crónica del AS, que me parece suficiente, por honesta. Como un programador agotado o perezoso, sigo con los minutos musicales, esta vez con Creep, de Radiohead. El autodesprecio, visto desde una perspectiva romántica, tiene algo poético. Pero es una mierda. Esa lírica tramposa está bien contenida en esta canción de un grupo al que recibimos con los brazos abiertos y despedimos sacudiendo las cabezas. Después de Pablo Honey, The Bends y OK Computer (genialidad creciente), ¿quién es capaz de soportar la deconstrucción sonora de Kid A y Amnesiac? Seguro que los hay. Yo no. Creep permanece como himno de la hora oscura, cuando uno es incapaz de soportar el mundo y el mundo no lo soporta a uno. Por lo que yo sé, el mundo te abandona con un beso, un "no te quedes solo", el pelo recogido en una coleta y la maleta en la mano. El silencio que sigue al portazo se llama soledad. Dejo esta canción porque todos hemos debido tener una hora oscura alguna vez; y el que no la haya tenido, que se joda... porque no sabe lo que es la felicidad. Incluyo dos versiones que incorporan el desgarro creciente de Thom Yorke en la interpretación: la primera, acústica, con la guitarra elevando el trance y el soporte de ese montaje animado que me encanta; la segunda, una versión en directo en la que el muchacho de los ojos asimétricos parece cantar al borde mismo de un precipicio. Este tema es exactamente eso: la súplica definitiva antes del vuelo; el grito que intenta evitar sin esperanza que se cierre la puerta.
Creep (vídeo)
Creep (directo SummerSonic 2003)
When you were here b