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Somniloquios

Te olvidaré siempre

Te olvidaré siempre He recordado la historia de cierto luchador de esgrima al que un florete le atravesó un ojo y le arrebató la memoria. El espadín cruzó sin ruido la malla protectora del casco y entró en el cerebro del hombre como en un melocotón. Al tocar el hueso agujereado del cráneo se arqueó levemente y luego salió hacia atrás, llevando consigo una baba sanguinolenta que debía ser la sustancia fisiológica de los recuerdos. El hombre no murió, volvió a nacer en más de un sentido. Tras varios meses en coma despertó sin recordar nada, ni su propia identidad. Su mujer lo había velado todo ese tiempo pero él la desconoció. Los médicos avisaron que algo así podía ocurrir, pero la esposa quedó destrozada. Cuando se rehízo, inició un juego de cariño para aquel hombre sin sensaciones que aún era su esposo, porque la memoria del amor es mutua o no es nada: si tú no me reconoces yo jamás podré reconocerte a ti. De cualquier modo la mujer venció sus dudas y en largos monólogos frente a su cama, tomándole de la mano, acariciándole la frente mientras él dormía, le habló sin descanso, en el intento de que vibrase algún tejido remoto de recuerdo, pasajes, espacios comunes en los que pudiera darse una correspondencia que desencadenase el complejo proceso. El hombre le devolvió las atenciones algo pesaroso. Agradecía, pero sin encontrarle significado al despliegue de ella. Hacia el final de los días la fatiga lo acosaba con violencia. La primera vez ella le pidió un beso porque pensó que tal vez las sensaciones de la piel pudieran obrar el milagro; quizá la mente no la recordara pero el cuerpo sí... Los doctores observaron conmiserativos y le pidieron que lo dejara reposar, que mañana estaría mejor. Él aceptó besarla. Al hacerlo no advirtió nada distinto pero no se lo dijo. Al día siguiente, sin embargo, el hombre había olvidado de nuevo todo, incluida la mujer, el lugar en el que estaba, su historia, por qué había llegado allí, las circunstancias del accidente, las palabras amables de quienes lo atendían. Su mismo nombre. Y todo lo que aprendió en las siguientes horas se desvaneció al despertar otra vez en otra jornada. Y así con todas. Cada mañana era una aparición en un perfecto vacío sin lados, sin referencias, que los médicos observaban con espanto y el hombre, con extrañada naturalidad, porque para él cada vez era la primera, sin antecedentes, sin conciencia de su propia inconsciencia. La mujer no cedió en el empeño y en cada nuevo día lo cubrió de atenciones crecientes. Prefería ignorar la evidencia del olvido y levantar ante ella un desesperado muro de confianza. Tras varias semanas de proceso repetido, de diálogos de un solo lado, de contenciones, el enfermo atisbó el cansancio definitivo, que le llegó espoleado por las migrañas. Miró a la mujer con desaprobación, sin decir nada, a través de ese sable que lo laceraba entre los ojos, la habitación envuelta en un filtro de luminoso veneno centelleante. De repente le molestó que ella le hablara como a un niño y le dijo que no la conocía, pero no sólo eso; le dijo que le resultaba imposible aceptar que alguna vez la hubiera amado, como ella insistía en repetir cada día. Que igualmente podría haber amado a cualquiera de las enfermeras que se asomaban cada tanto al borde de su cama. El reproche creció a un grito cuando ella trató de envolverle el rostro en una caricia. Desechó la mano con furia e hizo volar la bandeja de la cena. Después pugnó por arrancarse los goteros y casi la golpeó. Ella se retiró temblorosa, en un inicio de llanto que contuvo el puño cerrado sobre la boca. Dos enfermeras llegaron para inocular un sedante. Fueron insultos, fue desprecio, fue una crueldad acumulada a lo largo de las interminables horas de ese mismo día, fue la violencia de la que sólo un desconocido sería capaz. Pero a ella le dolía más que nada esa batalla sin fronteras. Se marchó a casa. Durmió apenas, ensimismada en la tristeza, en el abandono. A la mañana siguiente resolvió volver. Olvidar lo ocurrido y volver. Al llegar lo encontró sonriente, porque él tampoco recordaba nada.
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2 comentarios

Mario -

Feliz película.

jcuartero -

Feliz día de la marmota!!
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