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Somniloquios

La América silenciosa

La América silenciosa

"La América silenciosa / como decía Dick
es otra cosa / es otra cosa..."
(Enola Gay, de Andrés Calamaro)

¿Qué voy a decir de NY? ¿Qué decir que no sea obvio? Hablemos del Dakota, si es que podemos, si es que tenemos huevos. Para allá agarré después de un día en el parque. No me gusta tomarme las ciudades como parques de atracciones: ahora me subo al Empire State Building (que está a la vuelta de la esquina*), ahora me subo a la estatua de la Libertad, ahora me subo al edificio del Rockefeller Center, ahora a la Torre Trump... Lo mío es estar, no ir realmente a ningún lado, sólo estar. No es que quiera hacerme el vivo ni dármelas de turista alternativo, de eso nada. Yo no alcanzo ni a alternativa de mí mismo, y mira que lo intento para ver si me pongo de acuerdo. Pero me gusta sólo andar por las calles, ir al cine (siempre voy al cine en las ciudades que visito, aunque no entienda nada de la película), mirar la televisión, desde luego vacíar de miradas las librerías... Y por encima de casi todas las cosas, me gusta ir a los parques y pasar un día allá. Quizás llevar un picnic, quizás no. Sentarme, mirar, oír a la gente. Alquilar una bicicleta.

En el Golden Gate Park, en San Francisco, un día cualquiera hacia el mediodía, se reúne la América silenciosa. Eso que Calamaro llama la América silenciosa y que no sé si es esto mismo que yo pienso, pero le cae exacta la definición. La América silenciosa, para mí, reúne a los indigentes de las ciudades, que atestan carritos de la compra con cachivaches cubiertos por una lona o una colcha hilo bordado que perdió el color en algún tiempo inconcreto. Son esos tipos, y mujeres, de cara renegrida y ojos límpidos, muy azules, casi grises. En SF, los indigentes menudean: tienen un subsidio de 500 dólares para comida que los redime de la obligación de darse a la delicuencia o el robo. Están en la calle y piden con fórmulas de cortesía muy acabadas (algo así me ocurrió muchas veces en Argentina). Muchos se reúnen, como dije, hacia el mediodía en el inmenso y precioso parque del Golden Gate: rasguean una guitarra, hablan a voces en grupo, dormitan solitarios al sol, caminan con pasos desacompasados, arrastrando los pies y la mirada. Los que tocan la guitarra suelen visitar con levedad de acordes a Lennon y a Dylan y a los Beatles. Inevitable. Lo hacen todos. Parece que se hubieran quedado detenidos en los sesenta y los setenta, o que la nostalgia los rescate de la perdición. López me habló una vez de esa ótra América', reunida y vigilante en un recital de Dylan en el Spectrum de Philadelphia... Están también, en un escalón superior, en algunas películas de los Coen. Son el Nota y sus compinches. Nos entendemos.

En Central Park, este domingo, la América silenciosa se reunía en la esquina que da a Central Park West. Sin saberlo, fuimos cayendo con la tarde hacia ese lado, hasta que me di cuenta en qué dirección íbamos. Creo que toda mi vida me la pasé preparándome para ese momento, desde la manana de diciembre, cuando me preparaba para ir al colegio y mi madre me dijo: "Han matado a John Lennon". Yo pensé en Jack Lemmon, el actor. "Lennon -repitió ella-, el de los Beatles". Entonces no significó gran cosa para mí, desde luego no lo que significa ahora, pero retrospectivamente pienso que algo de conciencia dormida aguardaba, porque recuerdo ese instante (en el viejo cuarto de jugar, donde ahora está el salón, donde teníamos ese par de camas abatibles que usábamos en Navidad, cuando mi tía Micaela venía a quedarse con nosotros y narrarnos sus viajes y enviar la carta a los Reyes). El caso es que aquí estaba yo, más de 25 anos después... Cuando llegué al jardincito que llamaron Strawberry Fields ya me dio un vuelco el corazón y comencé a tararear bajito la canción: Let me take you down cos I'm going tooooo.... Strawberry Fields, nothing is real, and nothing to get hung about".

Nada en el jardín que recuerde a Lennon. Nada. Sólo césped y naturaleza. Sobre la linde del parque, apenas un embaldosado circular en el que se lee Imagine. Las japonesas se tiraban largas en el piso para hacerse las fotos; algunas occidentales tomaban posiciones casi eróticas, como abrazando sensualmente el Imagine del centro, mientras los novios disparaban alegres. A un lado vi a un tipo desastrado con un instrumento a medio camino entre el organillo y una suerte de acordeón rarísimo, con un fuelle con el que trabajosamente iba reuniendo las notas de algunos temas capitales de los Beatles. Acompanado de unas partituras y de la voz de una mujer que parecía el fantasma mejorado de Janis Joplin, intentaban dar con los acordes y las letras, sin acabar de lograrlo. Me senté y empecé a dirigirlos con la voz, aunque a menudo debía pararme a esperar porque el tipo no debía ver lo suficiente ni para seguir las partituras, de forma que el trío resultó un desastre, casi patético. Al otro lado de la arboleda y el límite del parque se veía, inconfundible, el edificio Dakota. Me negué a fotografiarme en ninguno de esos lugares. A la segunda canción me puse a lagrimear, rodeado de la América silenciosa: un indigente aferrado a una lata de cerveza como si fuera la barra del autobús, otro tan borracho que extraviaba de continuo las letras de las canciones. Unos cuantos más con sus perros y los carritos de supermercado atestados de basura, fumando en los jardines... Qué raro que Lennon haya sido un arquetipo para esa América inaudible, qué raro caminar hasta el Dakota y contrastar el lujo, la ostentación: el tipo  de librea y gorra relojeando a todos los que vienen o van, la bóveda iluminada por dos faroles desproporcionados que penden del muro, el patio ostentoso de adentro.

Me pareció todo rarísimo y enseguida me fui caminando, en silencio, hacia el downtown... Hoy mismo me compro la camiseta con la famosa foto de Lennon con una camiseta de Nueva York.

 (*) Una modesta recomendación para quien visite NYork: el Metro Hotel, en la calle 35, a la vuelta de la Quinta Avenida. Nivel turista pero de diseno más que agradable, imágenes de actores y actrices de siempre en los muros, el Metro Bar-Grill pegadito (sabrosísimos penne con pollo y salsa de vodka, ay... y jazz algunos miércoles en directo). Desayuno continental e internet gratis. Y sobre todo, la terraza del piso 13, que da al Empire State y procura algunas vistas portentosas del magnífico edificio. Y además te suben comida y bebida del bar. Pequeños lujos iluminados (Dalí dixit...).

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4 comentarios

Mario -

Qu'e forma tan exacta de definirse cada cual en la misma situaci'on. Me parece, con todos los respetos... La de Gonzalo me ha hecho re'ir de verdad: hab'ia que ir en taxi al Dakota y dejar que el de la librea te abriera la puerta. Obvio.

Gonzalo -

Yo fuí al Dakota en taxi y el portero (con su librea y todo) me abrió la portezuela...

Jorge -

Jamás estuve en NY. Pero siguiendo el hilo de Jeremy, una ciudad que me sorprendió más de lo esperado es La Habana, ciudad impasible al progreso. Se obvian los porqués.

Jeremy North -

Cuando estuve en Nueva York, hace 9 años, también pasé por el Edificio Dakota, para ver si sentía algo de John Lennon, pero no ví más que una finca de lujo para ricachones y turistas haciéndose fotos. Esperaba sentir algo estando allí, pero no fue así. Siempre son mayores las expectativas que lo que nos ofrece la realidad, excepto en Berlín, una ciudad a medio camino entre la modernidad más explosiva y los recuerdos más terribles.

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