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Somniloquios

Los idiotas y yo

Los idiotas y yo

Acabo de darme cuenta de que la diferencia entre el hombre somniloquio de los noventa y el hombre somniloquio de los dosmiles está sostenida en esta rutinaria situación: el somniloquio’98 pagó una entrada por ir al cine a ver Los idiotas, de Lars von Trier, y pasó varios días buscándole una explicación que giraba entre las consideraciones lírico-estéticas, la moral, el arte como contenedor de ideas, la resistencia social y no me acuerdo qué más. Era joven aunque nunca fui entusiasta. El somniloquio’06 jamás hubiera hecho algo así. Al somniloquio’06 le parece que Lars von Trier es un tipo muy coñazo, que se da más importancia que una mierda en un solar, con sus apariciones por videoconferencia en los festivales y todo eso. Ninguno de los somniloquios fue jamás o pensó en ir a un festival de cine. Al somniloquio el fundamentalismo no le va. Si le hablan tres veces seguidas de lo mismo, sospecha. Aviso que la voy a pagar con Trier y el tío no tiene la culpa de nada, la verdad, porque he visto fascinantes películas suyas. Lo uso como arquetipo. Nada personal. Sólo un arquetipo que me permita hacerme entender. Porque Almodóvar no me alcanza para arquetipo. Almodóvar sólo me parece un fantoche que ni con cientos de millones ha logrado superar sus traumas de reprimido. Algún día voy a sacar del armario de los fantasmas las críticas a sus películas en los años 80 en medios nacionales, y compararemos con lo que se dice ahora. Tengo por ahí un dossier demoledor: la memoria histórica y tal. Almodóvar pose una gracia especial para generar imágenes sugerentes, eso sí. Para arquetipo no alcanza: es zafio y banal. Von Trier es perfecto. El tío tiene forma y fondo.

Me caen mal los cinéfilos. Ahora están a punto de caerme mal los críticos, salvo Oti Rodríguez Marchante, que además sabe escribir con la naturalidad del que sabe escribir. En algún momento yo debo haber sido uno de ellos (un cinéfilo, desde luego no un crítico aunque sí un crítico de broma) y ahora no me extrañan las caras que me ponían algunos amigos cuando me iba a ver una película de chinos. Nunca me he puesto pesado, eso no. Digamos que yo tomaba esos actos de cinefilia como una posibilidad de satisfacción privada, que no resultaba necesario comunicar. Nunca he tratado de convencer a nadie. Enseguida me veía en tercera persona, como si adquiriese la capacidad de ser el que estaba escuchando y me diera cuenta de las gilipolleces que podría llegar a decir si me ponía demasiado serio. Eso me sigue pasando con casi todo. Inseguridad, supongo que lo llaman. Creo que si me examinara la señorita Freud me diría eso. Me subyugan las señoritas Freud. La primera noche que pasé en un bar con mi chica hace ya cinco años, me pidió que le contara todo, porque ella quería y podía ayudarme, porque su gran anhelo incumplido había sido la psicología. Naturalmente no le conté nada, pero aquí estamos. Soy débil.

En los noventa yo iba al cine fundamentalmente solo. Por necesidad y por convicción (ja). Ahora me parece que aquella soledad dibujaba a un tipo de patéticas certezas. Retrospectivamente, creo que empecé a sospechar que algo iba mal el día que ya no me apeteció ir solo al cine (ahora o voy con alguien o no voy; con un amigo cojonudo o con chicas.... las demás combinaciones no me interesan. Y desde luego no voy a ver Los idiotas). Lo supe definitivamente durante el ciclo de Bergman al que ya aludí en algún Somniloquio anterior: la mitad lo pasé durmiendo en la Filmoteca. Supe que era un farsante al observar que no me interesaba nada Pasolini. Que admitía a regañadientes la sobriedad de Dreyer. Que me amuermaban algunas películas fundamentales de Griffith. Fui un farsante porque, encima, durante un tiempo jugué a hacerme el crítico de cine en un diario, y me ponía discursivo para fundamentar el movimiento Dogma, que ahora recuerdo como una astracanada con muchas ínfulas y ninguna gracia. Y eso que Celebración, de Thomas Vintenberg, me gustó. Pero vamos, que si la hubiera rodado con luz, me hubiera gustado igual o más. Y con música, la hostia. El somniloquio'06 ha de reconocer que Pumares dio en la diana cuando, juzgando al Dogma, dijo: "A mí me parecen muy bien esas ideas y ese intento de rescatar lo esencial del cine, pero... ¿por qué hacer el cine así de feo?". Dudé de Pumares, algo que jamás debería hacer alguien que se educó oyendo sus programas en la adolescencia. Alta traición.

En realidad, en mi opinión el cine nunca pretendió una esencia de fealdad. El cine nunca se miró tanto el ombligo. El cine se dedicó a esa estilización de la realidad que, en cierto modo, debe ser el arte. Igual no, no lo sé (advierto que el somniloquio'06 ha sustituido el patetismo de sus certezas de antes por una confusa duda general).  Y el cine fue girando alrededor de eso a través de las décadas, describiendo una órbita desigual: unos se aproximaban más a lo real, otros menos. Me caen mal los cinéfilos y su empeño en pedirle al cine todo lo que no es puro cine: ideas y realidad. Desde luego, ideas que casen con su moral, la moral progresista, claro. La Moral con eme mayúscula. Están la moral progresista y el fascismo retrógrado. Entre medias no hay nada. Y la realidad que se deriva de esa moral, desde luego. Eso es lo que debe reflejar el cine, esa es su única posibilidad de contar. Pero, ¿por qué pedirle ideas al cine? Mejor: ¿Por qué negar una película a causa de sus ideas? Los idiotas debía de exponer una idea extraordinaria, con una estatura ética inquebrantable. Yo no la encontré. Y además a mí las ideas no me interesan tanto como las películas. Me interesa la narración y sus circunstancias. No me incomoda el realismo. Es más, me gusta. Pero no lo exijo. No es condición indispensable. No hay Venecia más irreal que la Venecia de Sombrero de copa. Y sin embargo, todo lo que ocurre en su muelle encerado resulta maravilloso. No hay género más estilizado y ajeno a la verdad que el musical. Pero que nadie toque el musical. Me gusta hasta el musical realista. Bailando en la oscuridad me dejó boquiabierto una semana. A pesar de Björk, el tipo de artista conceptual que me saca de mis casillas. Como soy un baboso, tengo discos suyos. Aquella película la dirigía... Lars von Trier. Soy un baboso.  

Aun así, pienso en el hombre somniloquio modelo 95 y subsiguientes y me parece un tipo detestable. Al de 06, sin embargo, lo tengo por un tío macanudo. A pesar de escribir estas reflexiones tan vagas, medio seniles, pero al menos no es un farsante. Ya no va a ver a Ken Loach, Julio Medem le parece un coñazo concéntrico y las series de la televisión no le gustan. El somniloquio'06 se cansa pronto de todo. Se cansó de Mujeres Desesperadas, de Perdidos y hasta de House. Nunca se cansa de Centauros del desierto ni de La casa de Asterión. Hubo un momento en su vida en que sólo vio House, a todas las horas. Ahora ni eso traga ya. Prison Break, ni digamos: pastiche con pretensiones. En cinco minutos la desautoricé. En este momento somniloquio'06 acaba de descubrir Little Britain y piensa aferrarse a eso unos meses hasta que se harte. Advierte que se viene un post bien entusiasta sobre el absurdo británico y su larga tradición, que desemboca en Little Britain. Ya avisaremos.

(pd: El cambio de la primera a la tercera persona resulta presuntuoso o algo peor que eso: torpe. En realidad, todo lo de arriba es una mierda rellena de contradicciones. Pero es sincero).

[Foto: Lou y Andy, dos de los personajes de la serie inglesa Little Britain. Un caprichoso minusválido falso y su adocenado cuidador. La imagen podría ser de Los idiotas, ya lo sé... ese efecto es totalmente deliberado y corre de mi cuenta. La pone Canal+ pero aún no sé cuándo. La vi anoche a las cuatro de la madrugada en una redifusión y las carcajadas se debieron oír en la Azucarera del Arrabal].
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4 comentarios

alex -

Las he visto, he visto esas críticas. A Almodóvar no lo veo desde La flor de mi secreto, que cosechó una crítica de Ángel Fernández Santos que debería ser el sonrojo del gremio, si es que se puede hablar de gremio.

Mario -

Nunca vi esa película. Si la vi no me acuerdo. A Emily Watson jamás la he soportado. Ese título de presunción poética me pone enfermo. Alex: tú has visto con esos ojos que se ha de comer la tierra las críticas que guardo de los primeros días de Almodóvar, el 'genio' manchego. Tú las has visto!!!!

alex -

Bienvenido, Mario. Yo me salí de Rompiendo las olas diciéndoles a los que se quedaban que ellos verían, que eso era una mierda. Eso es realismo de licuadora, y encima te mareabas con tanta vuelta, tanto grano gordo de película. Cine feo y estúpido. Bienvenido, somniloquio 06

Gonzalo -

En la mayor parte de ocasiones, un intelectual (y un cinéfilo pretende serlo) es un hipócrita engolado, uno que se ha aburrido como una ostra viendo una película más lenta que el caballo del malo, viendo una obra de teatro más absurda que un abrigo de manga corta o leyendo un libro cuyas páginas parezcan haber sido ensambladas al azar.
Creo que Pumares (que se ha tornado en una comerciante de gritos, oir para creer) tenía razón en su metodología de crítica cinematográfica: si la película te gusta (te entretiene, te divierte en el más amplio sentido de la palabra) es buena. Y punto. No le des más vueltas.
Y huye de esos imbéciles que hablan de una película diciendo: "Tiene una fotografía muy bonita". Lo más seguro es que se durmiesen a los 10 minutos, y que la película en custión sea un plano fijo de 90 minutos de un jarrón con una flor muerta.
Lo dejo por ahora, que esta manera de arrojar bilis es más propia de la niña de "El Exorcista" (cómo nos reímos con esa escena) que de el sr. Guerra...
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