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Somniloquios

Ceremonias de interior

Ceremonias de interior
"Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa".

(‘Instrucciones para dar cuerda al reloj', de Julio Cortázar)


Esta tarde era un domingo para no moverse de casa, un domingo para inventar ceremonias de interior, como anotó Julio Cortázar. No he conocido los domingos como él no conocía las noches, escribió, hasta una larga convalecencia que le obligaba a acostarse temprano. Si los conocí alguna vez, los he venido a olvidar con despreocupación, y eso supone una práctica ventaja para alguien como yo. Mira que venir a conocerlos ahora... Éste era un domingo para caminar por París, para tomar un café al abrigo del sol de marzo en Montmartre, mirando a los pintores, para anotar la tarde que se desprende en una habitación de un barrio gris en Viena, para bailar el tango en San Telmo, Buenos Aires, para sortear a sus anticuarios, para demorar un té en el moroso crepúsculo del Támesis, en Londres, para aguardar el amor o una lectura en un parque de la gran Nueva York. En el pequeño parque modesto bajo mi casa me he detenido al mediodía; niños y jóvenes padres; parque gris de invierno, reverso pardo del verano. Fútbol en la cancha que es una jaula. El oso del parque no está y no sé dónde ni cuándo estuvo. Este domingo es distinto: para escribir en una habitación fría, vestido con un abrigo y una bufanda de lana deshilachada, en el París del XIX, como los escritores bohemios, cafés tuberculosos, artistas muertos. No soy nada de eso. Yo estoy vivo.

Mis domingos quizás son los domingos de todos los demás, pero desde el otro lado: una mañana vacía, un almuerzo sin sobremesa, un partido de fútbol, la obligación presurosa de un artículo que ha de ser (yo quiero que sea) el mejor de la semana. Casi nada más. Esta mañana era un domingo con una hora de menos. La madrugada suprimió una hora y yo aguardé despierto ese traspaso del tiempo, esa hora extraviada, ese vacío decidido en los relojes. Entre las dos y las tres no hubo nada salvo la noche repetida. Nada existió. De golpe, todo quedó suprimido en un angustioso reset inaudible, antes de regresar a la vida sin atisbo de variación, en el segundo siguiente, quizás en la décima o la centésima de segundo consecutiva. Yo no vi nada, no advertí nada, aunque permanecía atento. Todo me pareció igual antes y después. Todo me pareció. Entonces, un comercial de televisión me trajo la voz imperfecta de Cortázar, tan perfecta, el resbalón sobre las erres cuando habla del reloj. Como a Borges, como a Hawking, como a Cortázar, a mí también me fascina el tiempo en los relojes, esa convención tan bella, ese pequeño infierno florido, esa cadena de rosas, ese calabozo de aire. A Borges lo fascinaban los relojes de arena; a Cortázar, los relojes de pulsera; a Hawking, los relojes cósmicos, vacíos y profundos y oscuros, que contienen todos los tiempos el tiempo.

Hace tiempo que sueño un cuento que en el sueño se titula La hora extraviada. En la frontera de los días, en la línea de la hora, en medio del océano Pacífico, donde comienzan los husos horarios, se pierde un hombre. En ese espacio impreciso que he interrogado en las enciclopedias, en los cuadernos de bitácora, en el recuerdo de los navegantes. Un hombre se pierde en ese espacio impreciso, tal vez cerca o lejos de las Islas Cook, tal vez en un accidente aéreo o en el naufragio de un barco. En su desesperación por la supervivencia, desfallece sostenido por un salvavidas y transgrede en repetidas ocasiones la línea del tiempo. Naturalmente, a estas alturas es fácil imaginarlo, cuando despierta en tierra, señalado por un sol muy alto que lo ciega y lo abrasa, descubre que ha retrocedido a una edad imprecisa. A partir de ahí, aguardan párrafos que no he modelado ni siquiera en este sueño despierto de las palabras: el descubrimiento y la angustia primera de un robinsón, la supervivencia, la nostalgia, un pueblo que lo acoge a su pesar, un amor; dos islas, la propia y otra que corrige la rutina del horizonte azul, una expedición solitaria y desesperada y esta paradoja: la otra isla permanece en el tiempo actual, el que fue suyo, el que extravió el hombre. Y el dilema que aún debo resolver para que él lo resuelva: el amor, ahora inflamado de forma decisiva y vital, o el regreso a su tiempo, a los suyos, a sí mismo.

Para escribir hay que pensar. Leer y pensar. Leer y pensar, con pesadumbre, como Cortázar en la imagen. A media tarde, el sol iluminaba una mariposa de madera china que le compré a Alicia y que nunca le regalé, porque ella no la quiso, no le gustan las mariposas. No le gusta su aleteo demasiado veloz para advertirlo, la imprevisible dirección, los dibujos coloridos que a veces dibujan formas monstruosas: un par de ojos, un tótem indio, un abstracto temor. Y ese cuerpo alargado de mosquito atroz, el horror oculto en el cromatismo exagerado y hermoso. Mi mariposa aguarda quieta, prendido su cuerpo de una larga varilla de metal que enterré en la tierra húmeda que sustenta un pequeño tronco de Brasil. Para volar me precisa. Sin mí no es nada. Necesita que mi mano la agite en vertical y así sus alas golpean en el aire, arriba y abajo, y sueña que vuelo o yo imagino que lo hace. Es amarilla y rosada y violeta y encarnada. Esta tarde de domingo, un muelle se ha desprendido levemente de su lugar y mi mariposa de madera exhibe un torpe aleteo torcido y desigual.

[Foto: Cortázar en acción].

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