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El fantasma de John Thomson

El fantasma de John Thomson

MediaPunta me publicó hace unos días, con ocasión de un Rangers-Celtic en Glasgow, la historia de John Thomson, el portero del Celtic al que mató un delantero del Rangers en 1931. Una de esas leyendas que Petón hubiera subrayado de matices con la voz, mucho mejor que yo, en su glorioso espacio de los jueves (sobre la una de la madrugada) en El Larguero. Creo que mi versión para MediaPunta quedó algo desmayada por desorden o premura, o así la considero yo porque quizás no alcancé lo que buscaba y no supe cómo aproximarlo. Tal vez todo lo que sea posible decir esté en este vídeo del partido y de la jugada: una vez visto, supe que no podría contarlo. Su título en la revista fue El hombre que se jugó la vida en una salida... y la perdió. Lo cambió aquí por este otro, menos cortés pero más ajustado al espacio.

El hombre que se jugó la vida en una salida... y la perdió

Hace un año, el portero del Chelsea Petr Cech sufrió un rodillazo en la cabeza en una salida riesgosa a los pies de Stephen Hunt, del Reading. El golpe hundió el cráneo del portero, que fue operado y pasó varios meses de recuperación. Desde entonces juega con un casco de rugby. Aquel suceso recuerda -en la semana en que vuelve a celebrarse el tradicional Rangers-Celtic en Glasgow- la leyenda de John Thomson: en 1931, el portero del Celtic sufrió un choque similar con Sam English, delantero del equipo protestante. Murió víctima de una fractura de cráneo. Estos días un libro, y siempre una canción de la afición verde, recuerdan su grácil figura y el prematuro cadáver que dejó sobre la hierba. 

John Thomson se jugó la vida en una salida y la perdió. Falleció en esa traicionera franja de hierba que hay un poco más allá del área pequeña, donde nacen los goles y mueren los porteros. Casi siempre de forma figurada, pero no el 5 de septiembre de 1931. Ese día murió de verdad un portero. El estadio era Ibrox Park, el campo del Rangers. El rival era el Celtic, el enconado enemigo vecino. El meta fallecido jugaba en el Celtic: John Thomson, de 22 años. El rival que lo mató se llamaba Sam English. El partido acabó con empate a cero.

El Rangers-Celtic, el partido llamado The Old Firm, vuelve a celebrarse este fin de semana. El Rangers-Celtic incorpora un componente bien célebre de violencia sectaria trasnochada: una rivalidad futbolística cuasi medieval, sostenida en diferencias religiosas. La sorda batalla se libra barrio por barrio, calle por calle. Como en las guerras civiles, a la hora de los partidos es más peligrosa la retaguardia, las esquinas de la ciudad o los bares, que el propio estadio. Sin embargo, la tragedia más evocada del derby de Glasgow corresponde a un suceso fortuito. No hubo salvajismo, pero sí un drama mayúsculo. No murió ningún hincha, murió un guardameta. John Thomson, muchacho de existencia condensada: a los 15 años bajaba a los pozos mineros de Fife; a los 17 lo fichó el Celtic y ese joven -grácil y armónico a la manera de Roddy MacDowall en Qué verde era mi valle- conquistó la portería de Celtic Park y la de la selección de Escocia en apenas cinco años. Murió a los 22, en el frente de su área pequeña. Ese cadáver tan joven quizá explica que en la provinciana y vivaz Glasgow aún lo conozcan como El Príncipe de los Porteros.

Hay una paradoja terrible en esta tragedia: la involuntariedad. Aquel sábado, en el minuto 5 del segundo tiempo, Sam English sólo quería rematar un balón que venía rodando hasta la boca de la portería celta. Meter un gol. John Thomson únicamente intentaba llegar antes que su rival. Y guardar su portería. Esas dos férreas voluntades, del todo inocentes, se cruzaron en un lugar y a una hora que un pesimismo determinista juzgaría predestinados. English apretó la carrera; Thomson se echó al suelo. English adelantó la pierna en un último esfuerzo instintivo. Como el balón venía en diagonal, Thomson se acostó sobre su lado izquierdo para la disputa. English tocó, el meta rechazó la pelota y en el tremendo impulso la rodilla de su oponente le golpeó la cabeza. Los accidentes nacen en la rutina aparente de las cosas. Nada ocurre hasta que sucede.

De forma increíble, el incidente se puede ver en un archivo de apenas minuto y medio de Movielone, el noticiario cinematográfico de la época en Gran Bretaña. El choque entre Thomson y English aparece veloz y brutal. Subrayan la escena gritos estridentes de la grada, que anticipan el posible gol y luego lamentan que no lo hubiera. En el contexto, esas voces adquieren un inevitable timbre dramático. Tras el golpe, Sam English se levanta unos metros más allá, donde lo ha llevado la inercia de la carrera, y camina cojeando con alarma hasta Thomson. El gesto define al hombre. El portero del Celtic continúa casi en la misma posición, pero vuelto hacia arriba. Su brazo derecho se eleva con inerte firmeza, en un conmovedor gesto de auxilio que parece el primer rigor de la muerte. Con Thomson a sus pies, English y dos jugadores del Celtic piden a las asistencias que entren cuanto antes.

La filmación está hecha desde la tribuna, en un punto que mira sobre la entrada del túnel de vestuarios como un balcón. La imagen final muestra la salida del portero en una camilla que levanta un grupo de asistentes con gorra de plato. Nada en el escenario anticipa la magnitud de lo que está ocurriendo. Los bobbies pasean tranquilamente la banda arriba y abajo, ese británico gesto de vigilancia serena de las tribunas, donde la carne de las aficiones es un embutido movedizo como un flan. El partido siguió adelante mientras en el Victoria Hospital de Glasgow los estudios revelaban que Thomson había sufrido una fatal fractura de cráneo. Las autoridades médicas certificarían su fallecimiento a las 9:25 de la noche.

Más de 30.000 personas asistieron a su funeral en el Cementerio de Bowhill, en Cardenden, donde Thomson había vivido con sus padres y hermanos en el número 27 de Balgreggie Park. Muchos aficionados hicieron caminando los 80 kilómetros desde Glasgow hasta esa localidad al oeste de la región de Fife, durmiendo a pie de carretera; de la capital escocesa partieron dos trenes especiales; un diario de Londres envió a sus periodistas en un aeroplano que aterrizó en el Daisy Park de Cardenden. La comitiva apelmazó las calles como las tribunas. Muchos se subían a los tejados para ver pasar el féretro, portado por los jugadores del Celtic, con el manager Willie Malley a la cabeza. Sobre la madera de roble del cajón, una pequeña alfombrilla verde y los palos de una portería trenzada con flores blancas. El memorial que se levantó por suscripción popular luce este epitafio de verso desmayado: "They never die / who live in the hearts / they leave behind" ("Jamás mueren aquéllos / que perviven en los corazones / de quienes dejan atrás").

Desde esos días, un fantasma de 22 años vaga por las tribunas hecho canción. Aunque el último muerto que lloran los Celtic Bhoys es al zanahoria Jimmy Johnstone -aquel siete pelirrojo, eléctrico y enfermo de habilidad que ganó la Copa de Europa para el Celtic en 1967 en Lisboa- el recuerdo de Thomson traspasa el tiempo como las paredes. En Celtic Park tomó la forma de una canción espectral que exhorta a jugadores y aficionados a la memoria y el compromiso, valores de los que Thomson constituye un atroz paradigma: "Así que vamos, Celtic de Glasgow / levantáos y jugad el partido / que un espíritu permanece entre vuestros palos / y como John Thomson fue conocido".

La historia ha sido interrogada en detalle por Tom Greig en su libro My search for Celtic John. A lo largo de más de 200 páginas, Greig da cuenta de la vida del joven Thomson, nacido en Kirkcaldy, educado en el protestantismo y portero del equipo católico. Y revisa con afán de investigador las trayectorias deportivas y vitales de los protagonistas, el descubrimiento de la promesa en un partido en que el ojeador del Celtic tenía el encargo de examinar al portero rival; su debut a los 17 años frente al Dundee United, sus cuatro partidos con la selección de Escocia, una sobrecogedora premonición de su madre y, desde luego, la jugada, las circunstancias, el Celtic de aquellos días, la pesada carga que soportó Sam English desde entonces, lo que se pudo hacer o no se pudo hacer en el 5 de septiembre de 1931. Aquel sábado en que murió John Thomson. El portero que de verdad se jugó la vida en una salida.

Sam English quedó absuelto de cualquier responsabilidad por la jugada. Algún tiempo después, abrumado por la culpa, abandonó el fútbol escocés para emigrar al Liverpool.

www.mediapunta.es

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4 comentarios

john thomson -

os voy a comer el seso y a matarooooooooos

Mornat -

Gracias por la generosidad del comentario. A pesar de mi insatisfacción, creo que la historia se defiende sola por sí misma. Y, efectivamente, está llena de humanidad en el más amplio sentido de la palabra. Eso sí quise transmitirlo. Algo ha llegado, entonces: me quedo contento. Abrazos.

Jeremy North -

Yo ya leí el de Mediapunta, no sé si fue el que salió en el partido contra el Valladolid y ya me pareció un artículo fenomenal, tanto que en cuanto pude me metí en google para conocer más sobre John Thomson.

Provocar las ganas de conocimiento de un tema por parte de los lectores de un artículo es un triunfo del articulista.

Principito -

No leí el que publicaste en Mediapunta, pero desde luego este texto que has compartido con nostros en tu blog, me ha hecho vivir unos acontecimientos que desconocía.

Has conseguido trasladarme a ese 5 de septiembre de 1931 en el estadio de Ibrox Park. Y enmudecer ante aquel fatídico lance del juego.

Si ese era tu propósito, enhorabuena. Y si no lo era, doble enhorabuena.

Una historia que no sé si engrandece o no a un deporte pero que, sin duda alguna, lo hace más humano.

Un saludo.
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