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Somniloquios

Bravo Defensor

Bravo Defensor


Jamás había puesto los pies en una casa de apuestas, que yo recuerde, y menos en una casa de apuestas en Londres. Hay otro lugar que tampoco había pisado: el interior del Tower Bridge, el puente de la torre, enseña permanente de Londres y tal vez uno de los monumentos que más hermosos me parecieron siempre en esta ciudad. Quizás el más hermoso. La otra tarde recorrimos la orilla sur del Támesis desde Westminster Bridge, a los pies del Big Ben, hasta Tower Bridge. Aunque pueda parecer increíble en un hombre que ha estado en Londres tantas veces antes, esa larga caminata que nos dejó molidos me permitió descubrir muchas cosas nuevas en el nuevo Londres, el que surgió en estos últimos años; un Londres remodelado para integrar la orilla sur del río en el mapa. El sur también existe. Era el hijo olvidado de esta ciudad. Primero la Tate Modern y luego el London Eye han equilibrado el centro de gravedad; bajo ese impulso, el portentoso National Film Theatre y los edificios acristalados que ahora iluminan las dos riberas a los pies de la City han tomado una nueva dimensión y se la han entregado a la ciudad. Los perfiles están variando. Londres ha multiplicado sus perspectivas.

Terminamos, decía, en el Tower Bridge. Me sorprendió el cambio que ha dado la zona de la Torre de Londres, a cuya espalda se levanta el Gherky, del que ya hablé, y nuevas arquitecturas diáfanas que mezclan en un mismo plano la fortaleza medieval y el nítido perfil de esos edificios que parecen sostenidos en el aire. Una pista de hielo en el foso de la torre completaba estos días el conjunto. Alegres destellos anaranjados de patines cuyas cuchillas trazan estrías, sobre el fondo de ese castillo que fue mazmorra, dependencia militar, acuartelamiento, sede institucional, complejo de tortura o cámara de ejecución. Y ahora cofre del tesoro real, las joyas de la corona Windsor, una exhibición kitsch sobre el lado más aburrido de la riqueza. Previo pago de seis libras, todas ellas esterlinas, las tripas del Tower Bridge revelan en una sencilla exposición la maravilla de ingeniería que significó la construcción del puente, concebido por Horace Jones para aliviar el tráfico rodado de finales del siglo XIX en la entrada y la salida hacia el Londres comercial. Los arquitectos e ingenieros hubieron de conjugar la solución para ese problema con la obligación de no cerrar el puerto al tráfico naval, entonces absolutamente vital para el crecimiento y desarrollo de la ciudad. De ahí el poderoso sistema hidráulico diseñado para elevar el tramo central del puente, sin interrumpir el posible tráfico de peatones gracias a las pasarelas superiores. Un ingenio rematado con la cobertura de conceptos arquitectónicos clásicos, lo que le otorga al Tower Bridge esa clara hermosura del granito traído desde Cornualles.

Pero yo no quería hablar de ingeniería, sino de juego. De William Hill, una de esas firmas en cuyos locales uno puede aligerar los bolsillos y la tarjeta de crédito con alegre facilidad. El doctor Reyes y el hombre somniloquio regresamos de un partido de no sé qué división en Brentford, al suroeste de Londres, y decidimos jugarnos unas libras a los perros. A las 6.16 de la tarde había carrera en Newcastle y en el televisor de la casa de apuestas. Cinco canes cinco, podencos afilados como cuchillos, eran conducidos por sus entrenadores hacia el cajón de salida. Los momentos así no están hechos para hombres irresolutos. En atención a mi desvirgamiento en el asunto del juego (yo pasé por Las Vegas sin meter una moneda a una sola máquina), Reyes me concedió el derecho de elegir el galgo sobre el que íbamos a depositar la esperanza de tomarnos unas pintas de gañote. Y quién sabe si también una cena. Era cosa de acertar. Necesitaba dos números de entre los cinco participantes. Examinados los nombres, no tuve dudas: el animal número tres: Brave Defender. Bravo Defensor. Sin dudarlo, le di la orden a Tchami: "Todo a Brave Defender... con ese nombre, ese perro tiene que tener dos cojones". Reyes, por su parte, amplió la apuesta con una segunda opción. Como no llevaba las gafas de lejos para examinarles los cuartos traseros a la jauría, eligió a ojo: "El número 2", dijo convencido. Traté de reconvenirlo: "Mira a ver, que ese se llama Lucy y Nora y con ese nombre es para desconfiar. A ver si va a ser medio maricón o de personalidad bipolar...", le advertí. Pero Reyes ya estaba en la ventanilla depositando la apuesta. Y los perros se agitaban en el cajón de salida. Bravo Defensor. Ese era el nuestro.

La salida fue desordenada. Ahora mismo no recuerdo cuál de todos tomó la cabeza, pero Brave Defender desde luego no estaba entre ellos. Claramente se trataba de un bicho con deficiente puesta en acción, pero eso no significa nada. También Tyson Gay tiene que mejorar su salto desde los tacos y luego es capaz de acelerar cuando a los demás los atrapa la fiebre del láctico, a partir de los setenta metros de carrera. "Brave Defender se paga cinco a uno... no está mal", consideró Reyes, mientras yo trataba de encontrar al muchacho en la pantalla del televisor. Los cinco perros cabeceaban en el esprint como una nave frente a la tempestad en alta mar, exhibiendo una combinación de motricidad anatómica fascinante. Mi abuelo solía llevarme de crío al canódromo de Miguel Servet, ahí donde ahora han hecho un parquecito a la orilla del Huerva. Nos pillaba tan cerca de su casa y era una manera tan entretenida de pasar una mañana, que las visitas a ese lugar (impensable hoy en esta ciudad tan previsible en la que se ha convertido Zaragoza) constituyen un recuerdo perdurable en mi memoria.

A la entrada de la primera curva, el Bravo Defensor llegó en el vagón de atrás, pero estaba todavía por mostrar su mejor versión. Si alguien le dio ese nombre no sería por nada. Tenía que ser uno de esos perros que no dan un balón perdido ni una hembra por imposible. Y sí, estábamos en lo cierto. Como el gran Michael Johnson, que mataba a sus contrincantes en la curva de los 200 lisos, Bravo Defensor apretó los cuartos traseros, cerró esfínteres y comenzó a recuperar terreno en el primer giro de la pista. Al mismo tiempo que metía un cambio de ritmo colosal, pude observar con emoción cómo en esa punta de velocidad enloquecida el perro variaba su trayectoria y se atrevía a iniciar una arriesgada maniobra. El jodido quería coger la cuerda. Un atajo. Lo vi rebasar a un rival y afrontar a otro. Antes de salir de la curva podía asomarse a la tercera posición, y mejorarla en los siguientes metros con la compensación de su nuevo lugar en la carrera. Me sentí orgulloso de Bravo Defensor: ese perro tenía algo en la cabeza, no se puede negar. Estaba corriendo con más inteligencia que Juan Carlos Higuero... El número 5, ahora lo vi con claridad, era el dominador de la prueba. El dorsal 1 venía detrás. Los otros tres -incluido el invertido que se hacía llamar Lucy y Nora- metían cuello como muchachos en celo para salir adelante y afrontar la recta en posición ventajosa.

Lo siguiente ocurrió muy rápido. Ya dije que la maniobra del bueno de Brave Defender tenía sus riesgos. Desgraciadamente, la valentía no se paga bien en las casas de apuestas. Conforme alargaba los músculos y equilibraba su lánguido cuerpo para la larga recta, Bravo Defensor se encontró con el destino. La potencia sin control no sirve de nada. El perro debió sentir un toque, si es que los perros sienten algo y menos a la velocidad que llevan esos bichos sobre la arena. Sintió un toque en las patas anteriores, tal vez sobre la rodilla. De inmediato se supo perdido, aunque quiero pensar conmiserativamente que no tuvo tiempo de darse cuenta de lo que había de ocurrirle. Pero ocurrió. Lo siguiente que vi fue a Bravo Defensor rodando por el suelo con esa violencia desaforada con la que ruedan las rocas cuando se desprenden ladera abajo. Mi Bravo Defensor ya no era un perro, era una bola de cañón hecha de carne prieta y pelo ralo, un guiñapo disparado a rastras por el suelo del canódromo de Newcastle. La carrera siguió adelante, el grupo alcanzó la siguiente curva y el número 5 impuso su musculoso final para llevarse la victoria. Un tipo de rasgos orientales gritó al otro lado del local, celebrando su triunfo: "Yeessssss!". En la repetición frontal de la llegada, pude ver en detalle el emotivo desempeño de Brave Defender: descabalado por el hostión que acababa de darse, aún tuvo pitera para ordenarse en pie sobre sus cuatro patas y terminar la carrera, echando el bofe y quizás vencido por un herbor de vergüenza, a diez o doce metros del resto. Un final patético. Ganar no ganó, oye, pero ese perro te digo yo que tenía un par de cojones...

[Foto: Parklife, el extraordinario primer álbum de Blur, tenía una portada inolvidable. Dejo la canción en el enlace para apreciar el deliberado acento londinense de Damon Albarn y aceitar el recuerdo del perro que rodó como una pelota, para vergüenza de toda la ciudad de Newcastle].

1 comentario

Nuha -

Cuestiones éticas aparte, estoy de acuerdo contigo en que hay pocos espectáculos tan bellos como la carrera de un galgo. Es fascinante su potencia y su agilidad; es un placer ver cómo despliega su impresionante musculatura, larga, plana y potente, perfecta; una delicia, la delicadeza de este animal elegante y gentil, y tan resistente al mismo tiempo.

He tenido perros en casa desde niña y os aseguro que el galgo es uno de los animales más nobles, inteligentes y cariñosos que he conocido. Apenas fue adoptada, mi galguita se hizo dueña del sofá (y de mi cama), así que me confieso territorio conquistado y asumo mi rendición incondicional, ¡dulce y feliz rendición!