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Somniloquios

El ejército silencioso

El ejército silencioso


Empecé a creer en los alienígenas durante mi conocida estancia en Londres entre 1994 y 1995, a raíz de algunos avistamientos en el bar del hotel en el que trabajaba. Bastaba observar el comportamiento de ciertos huéspedes estadounidenses para hacer esta constatación: los yanquis vienen de otro planeta paralelo al nuestro. Una realidad superpuesta a la del resto del mundo, digamos... Ahora, los que sí se puede decir que habitan en una dimensión ajena son los japoneses. Comencé a observarlos con detenimiento en las comidas que servíamos con frecuencia a grupos de turistas de aquel país en nuestro restaurante. El menú, cerrado y reiterativo, cumplía la misión de hacerlos sentir ciudadanos ingleses por un rato: ensalada de marisco, roast-beef con salsa de rábanos picantes y macedonia de frutas con crema. Naturalmente, lo único inglés del menú era el roast-beef, porque la gastronomía inglesa completa cabe en un solo plato; el entrante igualmente hubiera podido componerse de la gloriosa sopa al cuarto de hora que hace mi madre y el postre, un brownie con corona de helado de vainilla como el que manufacturan en el Vip's.

Lo primero que me llamó la atención de los japoneses fue su férreo sentido del tiempo. El tiempo es subjetivo en todas partes excepto en Japón, donde lo han objetivado con todas las de la ley. Cada instante ha de estar subrayado por su concurrencia con una hora y minuto concretos. Salirse de esos límites implica un drama, y no exagero. Esto lo explica de maravilla George Harrison (ya sé que se murió, pero de los Beatles hay que hablar siempre en tiempo presente) en la serie de dvds que componen la Beatles Anthology. Harrison relata con humor inglés el acerado programa de movimientos que los japoneses les tenían organizado durante su primera gira en Japón, cuando tocaron en el Budokan en julio de 1966: "Nos decían: a las 6.09 una persona de la organización llamará a la puerta de su habitación; a las 6.10 abandonarán la habitación; a las 6.12 tomaremos el ascensor; a las 6.14 el ascensor llegará al hall del hotel; a las 6.17 el coche saldrá de la puerta del establecimiento; a las 6.20...". George hace una pausa en el relato y entonces dice, con gesto inmutable: "Así que cuando a las 6.09 llamaron a la puerta de la habitación, decidimos no abrir...". Ese sencillo gesto o un mínimo retraso (tan occidental) supone para los japoneses una hecatombe difícil de solventar. No sé si han visto la serie de relojes reblandecidos de Dalí; si lo han hecho, no creo que la entiendan. Cuando uno recorre un lugar embutido en un grupo de japos (a mí me ha pasado, como contaré un poco más tarde) puede rozar la desesperación: si les dicen que tienen tres minutos para ver tal cosa, a los dos y medio ya están todos sentados de vuelta en el autobús. Dan ganas de pegarles un tsuki en la cabeza. Continuamente te hacen sentir un depravado occidental por querer robar tiempo para deleitarte en la maravilla que has ido a ver. A ellos eso no les interesa. Los japoneses no miran, los japoneses fotografían.

La otra condición más curiosa de los japoneses consiste en su facilidad para dormirse en cualquier lado. Pero literalmente en cualquier lado. Mientras repartía y retiraba servicios, en aquellos días del John Howard, me dí cuenta de que a menudo comían en absoluto silencio, incluso en una misma mesa. Jamás se hablaban unos a otros. Entre plato y plato, además, muchos rendían la cabeza mínimamente sobre el inicio del pecho, cerraban los ojicos y se quedaban sopas con una entereza gestual llamativa. Nosotros, los de este planeta, no podemos quedarnos dormidos en una silla y mantenernos rectos; o nos rompemos el cuello en una caída lateral o bien partimos la mesa de un frentazo en el momento de entrar en la fase REM del sueño. Los japoneses no. Los japoneses se quedan envarados en el sitio, sin zozobrar ni un centímetro para ningún lado. Al verlos yo pensaba que los tipos estarían meditando o concentrándose, porque los japoneses se concentran mucho y por eso tienen ese ojo rasgado, digo yo. Años después supe que no era eso: se duermen. Los tíos se duermen. Me han contado también la situación inversa, una comida de occidentales en Japón, en la que se observó que los propios camareros que están sirviendo la comida aprovechan los tiempos muertos del servicio para, de pie, cerrar los ojos y dormirse un rato.

Cuando nos subimos en aquella avioneta desde el Gran Cañón hasta Monument Valley y la vimos repleta del ejército silencioso japonés, yo me acolloné. Luego me pasé el vuelo en una emocionada ponderación de las hermosuras del Desierto Pintado visto desde arriba, y la emoción me inflamó al ver las mesas del Valle de los Monumentos. Todo ese tiempo, los japoneses durmieron. Pero no uno, dos o cuatro de los que iban, oye, que todo el mundo tiene derecho a haber pasado una mala noche y recuperar sueño en una esquina; no, se durmieron todos; pero todos, todos. En un momento dado el piloto sacó la cabeza por la portezuela de la cabina (el aparato era tan pequeño que podías hablar con él como si fueras en el 23 al Actur) y se encontró a una fila de japoneses amorosamente clapados unos al lado del otro. Sólo los dos occidentales le devolvimos la mirada. Lo más curioso es que se despiertan ellos solitos, sin que nadie los avise y sin necesidad de programar el Casio de siete melodías. Eso me parece lo más notable. Entran y salen de la modorra sin estadios intermedios. El doctor Reyes y yo nos dormimos ayer al regreso de Watford en el metro y luego anduvimos como zombis durante un buen tramo de la tarde, con una galvana que no acertábamos ni a descifrar las direcciones en el metro, distinguir el norte del sur o relacionar los nombres de las líneas con sus colores...

El último grito del viajero japonés que he observado estos días consiste en la incorporación del trípode fotográfico en el equipo de viaje. A los pies de la Torre de Londres, dos muchachas japonesas se hacían fotos con el automático y un trípode que les venía de miedo. Es obvio que el gran problema de las fotos self hacérselas consiste en dónde poner la cámara. Y como a los japs no les debe de gustar andar pidiéndole al primero que pasa el favor de que te dispare una placa, han resuelto tirar de trípode y olvidarse del problema. Siempre van por delante. La otra mañana se nos ocurrió ir a desayunar a Harrods sin caer en que estamos en tiempo de rebajas navideñas, y aquello parecía el zoco de Rabat en hora punta. Otra cosa no habría, pero japoneses... Habían tomado la sección de bolsos de Gucci al asalto y tenían sitiado al personal con una compra colectiva de artículos que llevaron a cabo con la misma convicción con la que hubiesen invadido Guadalcanal. Porque hay otra cosa: si uno de ellos (los hay con iniciativa propia, pero suelen ser unidades perdidas en el grupo) se compra un bolso Gucci, todos los demás van y se compran de inmediato un bolso Gucci. No es que se paseen por allí y decidan de forma individual, no; lo que hace uno, lo repiten todos. Es la seguridad que da el grupo. El gregarismo absoluto. Cuando en Monument Valley nos entraron a comer un clásico taco navajo, los japoneses se quedaron en la puerta mirando las mesas vacías. El guía japonés que dirigía el grupo se debía haber ido a mear un momento, o bien estaba tan americanizado que se le olvidó decirles a sus compatriotas dónde podían sentarse. La encargada del local dijo lo que diría cualquier occidental: "Siéntense donde quieran, no hay problema". Pero los japoneses se quedaron petrificados: ese 'donde quieran' significaba para ellos un precipicio sin fondo, un salto al vacío de la voluntad personal. Ninguno se movió. Es más, con pasitos cortos se fueron apretando unos contra otros hasta formar un cuerpo único, metafórico comportamiento, como si temiesen que alguien les pegara un manguerazo represivo. Nosotros agarramos la bandeja y avanzamos hasta la mesa. Detrás, ordenadamente, uno por uno, los chicos del sueño ligero se decidieron a ocupar todas las restantes. Les salvamos la vida con un arranque de decisión que debió alucinarlos.

Los japoneses son ese batallón callado (aunque los hay jóvenes, extravagantes y ruidosos), ese compañero de viaje que todos tenemos allá donde vayamos. Están por todas partes. En Hawaii no sólo están, como ya conté en otra ocasión, sino que se han quedado: componen el segundo núcleo de población más importante del estado, por detrás de los propios estadounidenses y muy por delante de los nativos hawaianos, de los que quedan más bien pocos. La llegada del hombre blanco y sus enfermedades los diezmaron de manera dramática. Me pareció muy curioso que fueran precisamente los japoneses quienes habían colonizado Hawaii con su callada presencia. Sólo ha habido un lugar de todos los que he estado en el que apenas vi japoneses: el puerto de Pearl Harbour. Y los que van se mantienen bien despiertos. Memoria sí tienen.

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7 comentarios

Mornat -

Y si hablamos de japoneses ilustres, por favor no olvidemos a Mishima.

Mornat -

Desde luego que los japoneses van mucho más allá de mi descripción; cualquier pueblo iría y va mucho más allá de una descripción así. Sólo describo, con intención simpática, al turista japonés medio; ni aproximarme a la cultura, la economía, la historia, la moral, las costumbres o la política. Para eso tendría que conocerlos, quizás, como conozco a los ingleses. Y ni aun así. Lo más cerca que he estado de Japón es Australia y la mesa del restaurante de Monument Valley, donde crucé un amago de conversación en inglés con una 'extrovertida' y joven pareja de japoneses.

Anónimo -

La crónica es fantástica y muchas de las descripciones están clavadas. Pero sinceramente pienso que los japoneses son mucho más que eso. Es lo mismo que reducir a los alemanes a la disciplina y la puntualidad. Estos tipos perdieron una guerra mundial, los devastaron, y son potencias económicas de primer orden. Para un japonés occidente es otro planeta, como tú bien dices. Y no hay más que ir a Japón para ver que es otro mundo. Pero ellos conocen nuestro alfabeto y tienen la deferencia de utilizarlo, de forma que te puedes orientar, aunque sea minimamente, en sus calles. El inglés para ellos es un misterio, ni hablar del español, el francés, el italiano o el ruso. Pero es que el que tenga huevos de ponerse con el kanji, el hiragana y el katakana, que levante la mano. Y sin embargo, estos tíos están en todas partes. Son extraños, completamente diferentes a nosotros, quizá algo gregarios, sí, pero ojo... vaya motos, vaya iphones y vaya cine.

Mornat -

Bueno, gracias por el entusiasmo. Seguiremos unos días más, si os parece. Quedan casos y cosas que contar...

Jeremy North -

Desde que ví a una pareja de japoneses en Venecia con un guía en la mano del chico, con el título de "Europa", no soy el mismo. La capacidad de los japoneses para convertirse en unos dioses ubicuos, que igual están en Monument Valley que en Toledo y todo eso en 8 días de vacaciones me parece imposible de superar. Son muy grandes.

Tus crónicas londinenses están siendo también insuperables, enhorabuena.

Soni! -

"Habían tomado la sección de bolsos de Gucci al asalto y tenían sitiado al personal con una compra colectiva de artículos que llevaron a cabo con la misma convicción con la que hubiesen invadido Guadalcanal."

Muy bueno. Tus crónicas londinenses están dejando el listón muy alto. Ya veo que lo estás pasando bien.
Un saludo y feliz año (otra vez)

Anónimo -

"Habían tomado la sección de bolsos de Gucci al asalto y tenían sitiado al personal con una compra colectiva de artículos que llevaron a cabo con la misma convicción con la que hubiesen invadido Guadalcanal."

Muy bueno. Tus crónicas londinenses están dejando el listón muy alto. Ya veo que lo estás pasando bien.
Un saludo y feliz año (otra vez)
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