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Somniloquios

El otro

El otro


Un día fui al Opencor a comprar gazpacho Alvalle (una de las bases fundamentales de mi alimentación) y salí con Infiltrados, de Martin Scorsese. El gazpacho también me lo llevé. Creo que, en lo que va de mayo de 2006 a hoy, debo haberme metido al cuerpo aproximadamente tres mil o cuatro mil kilos de tomate, divididos entre tomate en ensalada cada noche sobre una mullida cama de canónigos, más los tomates que asesine Alvalle para hacer los  tetrabrik que me bebo. Con el gazpacho pasé de la normalidad consumidora al progresivo embrutecimiento: primero me ponía un vasito para acompañar la comida, de forma que me rellenara los vacíos que dejaban en el estómago los 125 gramos de judía verde o la gran ensalada con una nostálgica cucharada de aceite de oliva. Después, el gazpacho fue ganando espacio; primero pasé a las dos tazas y ahora lo bebo a morro y el litro apenas me dura un par de empentones. Me falta echarlo en bota o botijo y beberlo al alto haciéndolo restallar contra mi labio superior, que no tiene tantos adeptos ni el prestigio que sí se ha ganado mi celebrado labio inferior.

Hablando de botijos... El Gobierno sigue trabajando en el asunto de las tallas, que no hay quien se haga con él. Ahora acaba de clasificar a las damas españolas de todas las edades y condiciones en tres tipos, según las veleidades de su silueta. Todos muy sugerentes: la mujer cilindro (pecho, caderas y cintura iguales), la mujer diábolo (pecho y caderas más anchos que la cintura) y la mujer campana (pecho y cintura iguales, cadera en expansión, como el Universo). Y cuentan que tuvieron un soberbio debate sobre si al segundo tipo lo llamaban diábolo o guitarra. Guitarra les parecía más español, pero al mismo tiempo no cumplía con el rigor porque la guitarra, avisó alguien puesto en cuestiones musicales, es más estrecha por el lado del mástil que por abajo. Así que optaron por diábolo. "É un diavolo!", debió gritar alguna de las concurrentes pensando en el silbante Mariano Rajoy o en aquel anuncio de Banderas. Y en diábolo quedóse. Qué gusto da ver razonar a esa gente, oye.

Ustedes perdonarán, amigos y sobre todo amigas si las hubiere, pero nosotros para entendernos con las morfologías femeninas vamos a seguir utilizando la nomenclatura PLF, mucho más gráfica y precisa porque incluye mayor cantidad de variaciones, que es al fin y al cabo de lo que se trata. De acuerdo a PLF el muy diverso e inaprensible género femenino se divide, en escala decreciente, en estas categorías:

  • La Madre de sus Hijos: a la que debemos considerar, desde luego, hors categorie como el Tourmalet.
  • Jugador de Diez: el clásico pibón o monumento, aunque no hay acuerdo general sobre los cánones.
  • Buen Jugador: reunión de muchas virtudes físicas y aun espirituales.
  • Las escayolistas: no sé a qué se debe el término, pero tengo claro que las de este gremio no son para casarse con ellas y que más que un tallaje físico, hablamos de una etiquetación casi moral. Gente de buena estantería metálica y que, como decía un amigo mío, en la cama no dan un balón por perdido.
  • Majica: la deliberada benevolencia del término ya lo explica todo; muy matrimoniable "porque no te va a crear problemas, dentro de que todas te los crean", razona el autor de la clasificación.
  • Esa Fea: muy obvio.
  • Tajo Bajo o Carne de Pescuezo: tipo muy de las periferias urbanas, gente que digamos no ha comprado nunca el jamón york en Montal.
  • Tanque Ruso y/o Soviético: demoledora fuerza de choque en las campañas invernales.
  • Para Echarla al Pozo San Lázaro: ésta última es la gradación mínima, aunque a veces se le agrega un último apéndice, que oiremos en la voz del referido: "La echas al Pozo San Lázaro y la escupe".

El caso es que iba yo a por Alvalle y me puse a mirar la estantería de los duvedés. Ahí estaba Infiltrados. Ya sabéis que Marty Scorsese no podrá jamás pagarme lo que yo hice en su día por el Oscar de Infiltrados, pero no se lo voy a tener en cuenta. Pero llevarme Infiltrados no iba a resultar tan sencillo... El lineal enrejado del Opencor se presentó ante mí como la caja fuerte de la Reserva Federal Americana, allá en Fort Knox. Cuántas veces he querido ser Frank Abagnale Jr. ante una situación como ésta, que requiere el funcionamiento de la pura intuición. Pregunté en la caja: "Sí, no hay más que sacarla", dijo una de las niñas. Volví al estante. El cuerpo se me puso duro como la primera vez que me enfrenté a una ducha en Inglaterra. He visto pocas cosas con un aspecto más enigmático que una ducha en Inglaterra: con lo obvio que resulta el doble grifo con H y C, F y C o, para mentes avanzadas, el Rojo y el Azul. Recurrí otra vez a las niñas de la Caja. La de seguridad se ofreció a acompañarme, sonriente. Qué chico tan majo pero que limitadico se le ve, debió de pensar. Me indicó: sólo había que coger y sacarla. Así. Coger y sacarla. Nada más. Jajaja, rieron todas las niñas.

Qué poco sabíamos, ellas y yo, el drama que en ese mismo instante comenzaba a tomar forma.

Al volver a la caja para pagar me crucé con un cajón de duvedés en oferta: dos por 19.99. Comencé a trastear y encontré enseguida una edición especial de La Gran Evasión y otra de Taxi Driver... Creo que de la emoción debí hasta dar un gritito ahogado, muy maricón pero perfectamente comprensible en una situación como esa: documentales y más documentales en los extras, otro túnel de evasión de la realidad. Las eché a la cesta. Así que regresé a casa con tres litros de Alvalle en una mano y tres películas en la otra, para equilibrar el peso en la bodega de carga. Unos días más tarde repetí la escena, sólo que esta vez me fui directo al cajón de las ofertas. Entonces se materializó la tragedia: ahí estaba Infiltrados, pero en una edición de dos duvedés, relación calidad-precio imbatible y con documentales sobre la historia de la mafia de Boston y todo el monario. Estuve a punto de caer largo. Me fui mascullando el error cometido la primera vez. Después de unos días sucedió lo previsible: la volví a comprar. En alguna ocasión ya he comprado dos veces una película, pero sin acordarme de que la tenía. Esta vez era plenamente consciente. Para sacar partido a la oferta me llevé también Pequeña Miss Sunshine. Ese cajón era la puta felicidad. Al llegar a casa las puse en la librería junto a las otras, la segunda temporada de Los Soprano y Paralelo 42, la novela de John Dos Passos, para que se fueran familiarizando. Con una combinación como esa en apenas 20 centímetros de anaquel, no comprendo cómo se sostiene el antiamericanismo.

Un día cualquiera decidí abrir Infiltrados. Entonces ocurrió: la rimbombante caja de la edición para coleccionistas estaba rota. La pestaña circular que sujeta los discos había perdido barritas y los discos patinaban por el habitáculo interior enloquecidos, de un lado a otro, y chocaban contra las paredes como en la Casa Magnética del Parque de Atracciones. Probé a cerrarla y ver si se sujetaban en su centro, pero nada. La agité y sonaba como una lata de galletas. Compungido me fui al baño, me puse frente al espejo y miré a los ojos al hombre del otro lado. Con gesto familiar, el otro me dijo, muy clarito: "Yo eso no me lo quedo". "No me jodas...", protesté con un hilo de voz. "Que no", insistió. Así que me puse a buscar el ticket. No estaba. Ni aquí, ni allá, ni en un bolsillo u otro. Dejé pasar unos días, como si estuviera ensayando en mi interior la escena o empapándome del personaje que debería interpretar llegado el momento. Y llegó: un día cualquiera se acabó el Alvalle. Agarré la edición especial de Infiltrados y me fui para el Opencor. Era tarde y en la calle me acogió un tenso silencio.

La escena fue así. Supermercado, interior, noche. Dos niñas con el uniforme corporativo pipando en el exterior del establecimiento. Me acerco a la cajera. Le explico el caso:

-Uy, voy a preguntar pero me parece a mí que... Ya hablo con la encargada. Si fueran las películas aún, pero la caja... -y dándole la espalda a mi perplejidad, se fue al micro de la megafonía, en el que anunció-: Señorita Tal, Señorita Tal, acuda a Caja.

Señorita Tal vino. Cilindro según Bernat Soria. En la hiperrealidad peleefesca, Tajo Bajo con ortodoncia en curso. Le expliqué el caso con toda la amabilidad esquemática de la que fui capaz:

-Compro, pago, llevo, abro, rota, vuelvo, ¿otra?

-Uy, ya voy a preguntar, pero me parece a mí que... -y se fue para un teléfono al otro lado del mostrador, para dialogar algunos segundos con un tipo al otro lado del hilo.

Yo miré a la cajera. Se le había puesto cara de se-le-dije-yo-que-esto-no-iba-a-poder-ser-porque-las-pelis-las-cambian-pero-las-cajas-no. Esa sería su cantinela durante los próximos minutos. Oí cómo la encargada explicaba en el teléfono el compra, paga, lleva, abre, rota, vuelve, ¿otra?, pero con ese timbre de voz con el que las niñas quedan en la puerta del Vips, hala en la puerta del Vips no tíaaaa que me rayo mogollón. Por lo alto yo le echaba 17 años, pero debía ser mentira.

Mientras volvía hacia mí, consideré la situación. Eran tres contra uno. La cajera del principio, que asentía mientras la otra me hablaba, diciendo en voz perfectamente audible: "Ya se le decía yo"; más la de Seguridad, que cumpliendo el protocolo de actuación se había situado a distancia vigilante, con una postura de académica actitud disuasoria. La miré de reojo. Aquí voy a ser sincero: la seguridad privada es un concepto que no admito bien. Y además yo llevo unas semanitas con la mala hostia de rebajas. Así que al verla ahí plantada, como a dos o tres metros de mí y sin perder ripio del diálogo, voy a ser honesto, pensé: ¿Cuáles son las condiciones físicas necesarias para ingresar en un aparato de seguridad así? Y a continuación: ¿Si esto se torciera, dónde la pondría con un puñetazo bien dado? Porque si ella lleva porra, revólver y esposas, y adopta ese aire de "yo estoy aquí para advertirte de que frente a ti tienes a un cuerpo y fuerza de seguridad del estado paralelo y me han destinado al Opencor y yo defiendo este Opencor como si fuera la puerta de mi casa"; y si ella presupone que hay algo problemático en el hecho de que yo pida que me cambien una película que me han dado con la caja rota después de pagar 20 euros; si todo eso ocurre yo tengo derecho a pensar hipotéticamente dónde la pongo si le planto un tortazo en la quijada con la mano abierta, y cuántos días tardaría en levantarse.

Además del trío al frente de la tienda estaba el del teléfono, personaje en la sombra al que imaginé tirando monedas al aire para decidir, como Anton Chigurh en No Es País Para Viejos: "Call it! Head or tails...".

Resumiré el desenlace. Yo soy Ornat. Esto es... que no llevo bien las tonterías. El asunto del ticket no tardó en salir a la palestra. El asunto del ticket a mí me hace mucha gracia. Qué ticket ni ticket. Me parece muy bien que os hayáis inventado la prueba irrefutable del ticket, pero aquí hay una razón superior que apela al contrato tácito, irrebatible, entre un vendedor y su cliente: si yo pago, tú me das el producto que he pagado. Si el producto no aparece en el estado que le corresponde, entonces TÚ no estás cumpliendo, amigo. Si yo no te doy billetes falsos, tú no me des la caja rota. Y luego no me vengas con la mandanga del ticket. ¿Hay que archivar millones de papelitos diarios? ¿Me quieres decir que el código de barras y toda la tecnología no sirve para nada? No lo sé, no me importa. Y además, esto: ¿Queréis que la próxima vez que me vendáis una caja de leche caducada en un pack me presente en Comisaría? Aquí el caso empieza y termina en esta verdad: yo te pagué 20 euros y tú me has dado el producto roto. ¿Sí o no? "Es que sin el ticket..". ¿Sí o no? "El ticket...". No hay ticket. ¿Sí o no? Fin. End of the story.

Fue no. Guardé silencio. Me quedé mirando a la chica. El algoritmo del bofetón a la de Seguridad aún me daba vueltas en la cabeza. A mí no me gusta que me amenacen ni que me miren con gesto disuasorio. Yo me llamo Ornat. Tampoco me gusta que me traten como si andara con trucos para quedarme con una caja que no me corresponde. "Enseguida lo vais a entender", pensé.

Retrocedí hacia la salida, como en un travelling invertido. Les dije que no volvería. Seguí retrocediendo. Salí a la calle. Al pisar la acera el hervor me alcanzó del todo. Arrojé la caja contra el piso con toda la violencia, se partió en dos, di un paso adelante para que se abriera la puerta automática de la tienda y grité: "Ahí tenéis vuestra puta caja". Y la lancé como si fuera un freesbee. A pesar de lo precario de su estado aún completó un vuelo bastante digno. Se mantuvo unos metros a media altura, atravesando el espacio de los periódicos, y luego tomó una leve curva lateral hacia la derecha, mientras iniciaba su desplome. Fue a dar en un expositor de no sé qué, con el consiguiente ruido y caída de productos al suelo. Me metí los duvedés al bolsillo pensando que aún me quedaba la caja de la primera versión de Infiltrados que compré. Ahí vais a estar muy bien. Lo último que vi antes de entrar en el coche, a través del cristal, fue a la de Seguridad: arrodillada, recogía lo que se había caído y con cuidado volvía a ponerlo en su sitio.

Pd: Regalo duvedé de Infiltrados sin caja.

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15 comentarios

drive trough -

Cómo me he reído con la historia... Muy buena, aunque al final es una gran faena tener que renunciar por principio (y por orgullo) a tu establecimiento de referencia. Al final, todos volvemos. Un día compré una barra de pan en una gasolinera Repsol y me salió una MOSCA dentro. No soy especialmente escrupulosa, pero, coño, era una mosca. Fui con la barra (con su correspondiente mosca) a manifestar mi queja y cuando me marché al coche, la persona que iba conmigo entraba a pagar la gasolina, y tuvo que oir cómo los dependientes sugerían que la mosca la había puesto yo. No te jode... En fin, una pena, pero siempre volvemos.

ygryega -

Estoy con Mario, revolución ya! Hace poco escuchando a un gran directivo de una gran empresa contaba que hace unos años viendo uno de los grandes problemas que se avecinaban con sus consumidores optaron por no hacer nada. Aún viendo lo que venía...no hicieron nada y siguen sin hacerlo. Cuando le preguntamos por qué? La respuesta fue sencilla. Por la misma razón por la que aunque uno se sepa enfermo está claro que no se puede operar a si mismo. Ha de ser alguien de fuera. En su caso, la empresa para la que trabajaba, los de fuera eran (y son) los consumidores. Este señor, dirigía una de las discográficas más importantes de España,con representación Internacional. Lo dicho, revolución ya!

Lepantina -

El mítico y terrífico 1O3 forma parte de los lugares que han formado parte de nuestros viajes y que habría que dinamitar junto a la antigua Estación de autobuses de Hernán Cortés y la parada en Esteras de Medinaceli. Y eso está ahí en el imaginario colectivo de una generación de habitantes de Zaragotham.

Mornat -

Dado el nivel de identificación y apoyo recibido, me pregunto cuándo se va a producir la revolución o un levantamiento social, porque se ve que estamos todos/casi todos potencialmente 'hasta los ous' y dispuestos a reventar cajas de duvedés u otros productos o tirarles el bocadillo incomestible a los camareros (cosa que yo hice en el 103 de la autovía a Madrid, igual os lo cuento un día...). Y también me pregunto quién y por qué se inventó la corrección política y otras cosas, que nos tiene sometidos al pensamiento único.
Soni, en contraprestación espero que te sintieras mal por tener que estudiar cuando deberías estar leyendo los blogs...!!!
saludos

Soni -

¡Bien hecho!
¡Por fin puedo volver a leer los blogs y tus historias sin sentirme mal por tener que estar estudiando!
Besos

Anónimo -

Lo mejor, entonces, es volver infiltrados.

Nuha -

Y de paso recojo mi duvedé de regalo aun sin caja!

Nuha -

¡Volver, volver, volveeeer! Es más, yo me apunto. ¡Di hora y día que allí estaré!

Mornat -

¿O tal vez volver y saborear el intercambio de miradas, los codazos disimulados, la posibilidad de la expulsión? ¡El destierro!

Anónimo -

Solución final: NO VOLVER. Por cierto, un cliente cabreado cuenta a decenas de personas su caso.

Davicius -

La culpa no es del Hipercor, sino del inventor de las caratulas de CD y DVD, que siempre se rompen por el mismo sitio (y mira que jode además)

Nuha -

Jajajaja, es buenísimo! Me imprimo el texto y paso de Oscar esta noche ;-)

P.S. Acepto el duvedé de regalo aun sin caja

Lepantina -

¡Halála! Un día de furia
http://es.youtube.com/watch?v=-eREiQhBDIk

Mornat -

Mi conclusión fue ésta: Opencor me ha furtado 20 euros. Ni más ni menos.

Aitom -

Me solidarizo. Todos habremos vivido alguna situación parecida.

Este es un mundo de procedimientos. En mi trabajo lo he visto, y será así en todos (¡hala, qué exagerao...!), también en Opencor, nos ha jodido.

Ahora las inconveniencias, las incidencias, los problemas, las ideas divergentes, todas las situaciones no planificadas ya no son irracionalmente apartadas o criticadas abiertamente por impropias. Esto hace diabólico al que las rechaza, que suele ser quien tiene la sartén por el mango, que la tiene, pero le jode ser criticado por ello y además quiere cariño.

Simplemente, lo inconveniente no se aviene al procedimiento. Eso es mucho más fácil de esgrimir que un argumento honesto por equivocado que sea.

Sin ticket, el procedimiento salta por los aires, y los contratos morales tienen menos altura que las escaleras de coger fresas. Estamos civilizados...
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