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Somniloquios

Todos los hombres, el hombre

Gran Torino, de Clint Eastwood

Contra mi propia convicción estilística, me referiré a lo general en primera persona. La base de mis juicios sobre cualquier película es simple: a un lado, las que tengo suficiente con haber visto una vez, aunque me hayan gustado o incluso me hayan gustado mucho; al otro, las que volvería a ver nada más terminar de verlas o a los pocos días. Aunque no vuelva a mirarlas jamás. Como cualquier otra forma del arte, como la literatura, como la música, como los momentos inolvidables, como las pasiones, las derrotas y la soledad, las películas tienen menos de entretenimiento huero que de experiencia vital. Las hay vacías, las hay inservibles, las hay alimenticias, las hay liberadoras, catárticas, dolorosas o definitivas. Creo que están ahí para cumplir la inexcusable misión de completar la realidad con la magia parcial de una existencia paralela que nos mejora y nos hace más enteros. La realidad basta para sobrevivir. Es la ficción de nuestros pensamientos lo que nos permite existir en definitiva libertad. Las películas no son sino ficciones de pensamientos ajenos, como cualquier actividad creativa. Ensayos de humanismo, en el mejor de los casos. De entre los directores que mejor forma han sabido darle a esa tentativa de descripción del hombre, Clint Eastwood aparece en el grupo de cabeza. Su obra ha trazado a lo largo de los años una modesta enciclopedia sobre esa materia que somos nosotros mismos. Como los grandes maestros de la síntesis, ha descrito lo general por medio de lo particular. A la manera de John Ford, ha explotado las contradicciones interiores de sus personajes para convertir en héroes dignos de modesta admiración a antihéroes conformados por despreciables pulsiones. En cada hombre ha convocado a muchos hombres.

En Gran Torino están todos reunidos en uno solo: Walt Kowalsky. Quizás el último, si creemos a Clint Eastwood cuando dice que este personaje supone su efectiva despedida como actor. Walt Kowalsky es un ex combatiente de la guerra de Corea dispuesto únicamente a confesar que no tiene ningún interés en confesarse. Viudo y anciano, vive acompañado de un perro, toma cerveza en su porche presidido por una bandera de los Estados Unidos, conserva y abrillanta un preciado Ford Gran Torino del 68, discute sardónicamente con el joven sacerdote de su parroquia y larga salivazos mientras observa con indisimulado rencor la emigración oriental instalada en su vecindario.

Gran Torino no tiene tanto de peripecia argumental como de representación icónica. Es un resumen de Clint Eastwood por el propio Clint Eastwood, cineasta con una inteligente conciencia, bien detallada, de los arquetipos que ha creado su obra y del efecto que han tenido y aún tienen en el público. También, desde luego, de lo que representan. Eastwood posee el nervio y la maestría precisas para abordar una conclusión sobre su propio modelo, hacerlo con humor, sensibilidad y energía. Hay otro elemento decisivo en el valor de este director. De un lado, su empeño en explicar al hombre, causa fundamental del cine que a menudo olvidan de forma conveniente los directores de hoy. No hay que culparlos: cualquiera no vale para algo así. Por otra parte, Eastwood no rehúye ninguno de los conflictos modernos y se le agradece esa valentía. Pasando por encima de la corrección política, trata de atender las discrepancias internas que en cualquiera de nosotros provoca la sociedad moderna. Por ejemplo, como en este caso, la no siempre edificante deriva de la geografía humana.

Esta película cuenta una historia humilde pero suficiente, y cumple los ciclos que tanto y tan bien le gusta bordear a Clint Eastwood: de la comedia a la tragedia con parada en todas las estaciones intermedias. Kowalsky sintetiza a todos los grandes personajes del hombre de Malpaso, un tipo al que no recordamos encarnando a un imberbe, un pazguato o un inocente. Todas las debilidades las reservó para su larguísima y enérgica tercera edad, desde el William Muni de Sin Perdón hasta el Walt Kowalsky de Gran Torino. Como los Ethan Edwards de la era clásica del western, sus personajes habitaban la pantalla en esencial soledad interior. Ahora, camino de los ochenta, en esta segunda inocencia que da el no creer en nada, los hombres de Clint Eastwood buscan asideros en los que reposar sus extenuaciones vitales. Lo hacen, desde luego, a su manera: en el desencuentro con sus propios hijos y la adopción sentimental de otros ajenos; en un dolorido escepticismo religioso que combaten con el ejercicio de su propia y muy piadosa moral; en actos de apariencia descarnada repletos de dramática generosidad; en un conflicto irresoluble con el concepto de la muerte. Todos los fuera de la ley que resumía Josie Wales mataban sin hacer preguntas; los hombres reunidos en Walt Kowalsky están dispuestos a morir para hallar todas las respuestas.

Cuando uno entra a ver una película de Clint Eastwood, puede estar seguro de algo: al final de la historia, sus personajes se han convertido en mejores personas; cuando se enciendan las luces y abandone la sala, el espectador también lo será.

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6 comentarios

Poula -

sí, maikel, tienes razón. Y vendía solomillos, merluzas...

Maikel Latogüer -

Pero el gran Torino no era el de Loik y Valentino Mazzola que feneció en Superga?

Maikel Latauer -

Pero el gran Torino no era el de Loik y Valentino Mazzola que feneció en Superga?

Fendertestas -

Este tipo ha realizado la evolución mas bestial de la historia del cine. No era un gran actor en sus comienzos pero si tenía una tremenda presencia o un gran magnetismo o como quiera que se llame, al estilo de otro "Republicano": John Wayne. Nunca fue Tracy, ni Stewart ni Olivie, Pero aprendió no sólo a actuar sino a dirigir como un auténtico clásico.

Mornat -

Yo la vi en versión original hace un par de meses y creo que ahora iré a verla a una sala doblada porque ésta es de las que quiero volver a ver. Y sé que la segunda vez me va a gustar aún más que la primera. Constantino Romero es un genio o una voz genial, pero esa garganta arenosa desde la que surgen las frases de Clint Eastwood es radicalmente insustituible. Es la voz autoritaria de un hombre de 78 años que aún quiere enfrentarse al mundo. No sé si Gran Torino es una obra maestra, pero es otra de esas obras que distinguen a un maestro.

Jeremy North -

Clint ha comentado en varias entrevistas que votaba a los republicanos desde la época de Eisenhower, porque era un ídolo para él. Siempre se le ha tenido entre los progres españoles como un símbolo reaccionario de la América más facha y sólo cuando desde Francia se le empezó a tener en consideración, cambió la percepción sobre el cine de Clint entre nuestra progresía.

Yo sólo sé que el cine de Clint es más progresista y más moderno, en el mejor sentido de la palabra, que el de cualquier progre de aquí, de esos que se hacen reportajes con sus actores vestidos de Armani.

Por cierto, "Gran Torino" es otra obra maestra. La he visto doblada por Constantino Romero, que hasta en los gruñidos está inmenso, pronto espero verla en VOS para escuchar como gruñe Clint.
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