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Somniloquios

"Parece que fui a buscar una pelota..."

"Parece que fui a buscar una pelota..."


"Una tarde me presenté en el estadio para jugar el partido directo desde un cumpleaños de la noche anterior, con por supuesto un estado de ebriedad total. Cuentan que me hicieron duchar como una decena de veces... y tomar varios de litros de café. Jugábamos de local contra River. Entre lo que más o menos recuerdo y lo que me contaron... Cero a cero el partido, cuarenta y un minutos del segundo tiempo: parece que fui a buscar una pelota, proveniente de un pase de Russo…avanzando en diagonal de derecha a izquierda eludí a uno (a Héctor Osvaldo López), la tiré larga entre los dos defensores centrales (uno era Perfumo y el otro Ártico) y cuando desde el arco me salió Fillol en el mano a mano, amagué, lo eludí y la crucé suavemente con la pierna derecha. Modestamente, un golazo. Luego dicen que quedé tirado en el piso riéndome. Tras eso me hice el lesionado, pedí el cambio y me fui directo a dormir a mi casa. Comentan que la gente (ignorando inclusive mi situación de ese momento) me despidió con su tradicional: “Y chupe, chupe, chupe… / No deje de chupar… / El Loco es lo más grande / del fútbol nacional'… ¡Hice un gol borracho!".

René 'el Loco' Houseman, extremo derecha de Huracán y de Argentina, recuerda un partido de 1974.

La gafa

La gafa

Han vuelto las Ray Ban de pera. Os lo digo por si os habíais quedado ciegos en los últimos días o bien os sacásteis los ojos (ellos) para no caer derrotados por la exhibiciones veraniegas de ellas. Las Ray Ban de pera, sí. Las del cristalito verde, la varilla dorada, las de los años 70, finales, las de Top Gun... Naturalmente Ray Ban no las llama las Ray Ban de pera, sino Ray Ban Aviator y de ahí que Tom Maverick Cruise y sus chicos se las pusieran en cuanto bajaban del cazabombardero. Porque son gafas de piloto de guerra, hechas sin embargo para que las luzca el común de los mortales si hay huevos. Y además unisex, lo mismo se las pone Brad Pitt que Angelina Jolie, lo mismo la Vanessa que el Ignacio. Y salen ellas ahí a las calles ardientes de la ciudad con sus flequillos rectos, o bien cruzados en diagonal sobre la frente, que esa es otra, y los pantaloncitos cortos a calentar el muslo; si son largos, entonces han de ser muy pitillos, pero pitillos pitillos. Ellos enseñan el calzón o bien llevan cada pelito colocado en su sitio con abundante goma efecto mojado, y las cejas depiladas porque ahora el hombre es un hombre que no quiere que se note mucho que es hombre o lo que sea, o bien una deconstrucción capilar de fugas variadas, en las que no se sabe dónde empieza el peine y dónde acaba la higiene.

A mí me gustaría deconstruirme la cabeza, lo juro que sí, y no tener que peinarme un solo día, pero soy un antiguo peinado con raya. Y desconcierto, porque yo siempre pensé que me estaba haciendo raya a un lado, el izquierdo, pero en cuanto dejó de peinarme con colonia mi madre, y mi abuelo consideró que me había hecho hombre suficiente para arreglarme solo el cartón, la raya se me desmandó, tomó vida propia en algún instante y comenzó su tranquilo, imperceptible ascenso hacia el centro de la cabeza. Y cuando veo a Aznar con ese surco tan subrayado en el lado del corazón pienso: eso es un presidente y un hombre a la derecha y una raya a la izquierda, claro que sí, desprendida sobre la oreja de ese flanco. Y no lo mío. Deconstruirme la cabeza, eso es lo que me gustaría a mí. Pero de verdad: el interior, los sesos. Confuso, últimamente he estado un par de veces a punto de pedirle al psicólogo que me hiciera un corte a la moda mientras con el barbero nos dedicábamos a la terapia cognitiva. Lo que de verdad me gustaría es quedarme calvo del todo y no saber nada, salvo recitar textos y no tropezarme con los muebles; parecerme a Yul Brynner con su mirada eslava y ser flaco como Tim Booth y Michael Stipe, el de James y el de REM. Si fuera tan sencillo... En vez de eso incurrí en la melena, animado por los muchachos que generosamente me dicen que me doy un aire a Russell Crowe en sus malos ratos. Ellas nunca están de acuerdo, lógico. Los que más acertaron, como siempre, fueron mis amigos del rugby, que a la vista de melena y barba me decían alternativamente Jeremías Johnson o Pocholo, cuando me cogía una coleta para poder ver por dónde me venían los balones y las hostias. Por Pocholo Martínez Bordiú, aquel fenómeno de la comunicación oral.

Las Ray Ban Aviator las recuerdo yo que evolucionaron más tarde hacia el negro completo y antes o después al cristal de espejo. El cristal de espejo hizo furor en un tiempo: me acuerdo yo de probarme unas en el Gay de la calle Alfonso y verme espejo contra espejo y decir, con mucho afán de autocrítica: "Jesusito de mi vida, eres niño como yo...". Las de cristal de espejo son de guardia carcelario en La Leyenda del Indomable, cuando los convictos salen a limpiar las carreteras y los vigilan hombretones con rifle a punto y gafa espejo para que no se sepa si miran a un lado o al contrario. Los reos piden permiso hasta para respirar: "Jefe, ¿puedo beber agua, jefe?". "Bebe agua", contesta la gafa. "Jefe, ¿puedo quitarme la camisa, jefe?", "Quítate la camisa". "Jefe, ¿puedo ir a orinar, jefe?". Una tensa pausa: "Ve".

Luego las de pera se pasaron de moda. Las de espejo duraron aún menos. Cuando se rayaban asomaba un negro de azogue oculto y envejecían cuarteadas, con una caducidad muy hostil a la recuperación vintage, que se dice ahora. La gafa primero se hizo pequeña, de pastas oscuras, también de colores aunque mandaba el marrón. El rosa y el blanco tenían un aire como de King Creole y las chicas sólo se las ponían si comían piruletas en forma de corazón o bien bailaban a Gene Vincent con faldas de vuelo y calceltinitos blancos. Luego vino la patilla anchota, esa que al Pele y a Acón les costó tanto quitarse, que la llevaban hasta hace cuatro días. En un momento indeterminado, la gafa empezó a crecer y a hinchar los oculi in vitro, que decía el asombrado monje en El Nombre de la Rosa, o sea las lupas. Las lupas se iban inflando como un globo y a ser más grandes y después aún más grandes, de forma que al final casi tapaba la cara toda y así hasta la Pantoja, que llevaba unos vídeos de pantalla gigante como para ver la final de la Eurocopa en la plaza del Pilar, hasta la Pantoja parecía estar buena con la gafa y su barba y todo. Porque la gafa negra y grande iguala los rostros al ocultar el epicentro de la expresión, que son los ojos y su alrededor, donde generalmente se define la belleza facial. Hay, así, una simulación general muy conveniente en ellas, que se plantan las gafisus y están todas que lo rompen. Luego, si se las quitas las dejas desnudas y, ay, todo puede ser. No habérselas quitado. Con la Ray Ban pera eso no pasa, porque hay una verdosa transparencia que muestra todo. Lo raro ahí es estar guapo si no eres Maverick o Topper. Son aditamentos muy concretos, muy para cuerpos y caras preparados. Una vez me compré una cazadora tipo piloto y la profesora de de Historia del Arte de la universidad, además de suspenderme a mí y a cuatro más, literalmente, de 200 alumnos, y obligarnos a ir a su despacho a recoger la nota, al verme con la cazadora aquella mujer si es que se la puede llamar así me dijo: "Oiga, ¿usted de qué va disfrazado?". En la Universidad de Navarra eran así de respetuosos. Además de sacarle a tu familia las entrañas para pagar un plan de estudios lamentable con unos profesores en general pésimos, se permitían consideraciones estéticas antes de entregarte el suspenso. Dios los tenga en su gloria a todos.

Yo juraría que tenemos unas Ray Ban de pera guardadas por ahí en alguna caja, eran de mi abuelo. Y mi madre me las ofreció una vez, hace años, con visión profética, y le dije: "Pero mamá...". Y ahora, mira. No sé si buscarlas o dejarme el flequillo recto, tú.

La desesperación del farsan(te)

La desesperación del farsan(te)

A veces doy en considerarme un teórico de la pereza, un pensador del no hacer nada. Podré hablar de viajes, hazañas, éxitos o regalos que mi profesión aún no me ha hecho, pero mi único sueño indudable, cierto, duradero e inquebrantable es éste: no trabajar. Así de simple: no tener una sola obligación, ni un solo día. Me diréis que ese es el sueño de cualquiera, que todos suscribís y os adscribís a semejante anhelo tan común. Y no lo negaré yo. Pero cuidado que luego me sé la historia: que mire usted que me aburro, que si ahora no sé qué hacer, que si vaya coñazo todos los días sin ir a ningún lado, que en la televisión no ponen nada, que si tuviera dinero me iría de viaje pero así no hay manera, que en esta ciudad no pasa nunca nada interesante, que no puedo quedar con nadie porque todo el mundo está trabajando... He ahí la trampa: para ser un teórico de la pereza laboral hay que tener entereza, valga la cacofonía. Independencia de ánimo y un catálogo de actividades de corto alcance a las que uno se pueda dar sin ceder un instante al gran enemigo, llamémoslo la abulia o su masculino el aburrimiento. Ahí es donde reside mi gran baza: yo no me aburro jamás. Lo digo en serio y lo tengo comprobado. Cuando no trabajo, me faltan horas en el día para no hacer nada. Yo donde me aburro es trabajando. Cada día más. Por más que la gente piense que el periodismo es creativo, una nueva aventura diaria, a mí me parece siempre lo mismo, repetido con levísimos matices que no se diferencian en nada del resto de trabajos. Escribir páginas de periódicos me termina por parecer igual que rellenar albaranes o hacer informes. Cambia el tema, pero el fondo de la cuestión es el mismo. Me diréis que no se parece en nada. Puede ser. Os invito a perseguir fichajes por los veranos y entonces me contáis...

Como sólo soy un teórico, también soy un fracasado. Soy un teórico pésimo, porque en este último año he tenido cuatro trabajos diferentes. Cuatro. No está mal para alguien cuyo sueño consiste en no hacer nada: ahí queda resumido el imbécil que soy. Cuatro trabajos, que detallo: el diario en el AS, o sea el diario AS; la colaboración semanal con MediaPunta, que tantas alegrías me da, y esto lo digo en serio; los viajes ocasionales con el doctor Reyes para el libro de fotografía de fútbol que estamos haciendo y que nos ocupa algunos tiempos muertos; y, para culminar, un proyecto de Comunicación de una empresa patrocinadora de la Eurocopa que me cayó cierta mañana de febrero, sin saber bien de dónde, y en la que me han aclamado triunfador en la misma medida en la que yo me consideraba un farsante redomado que no sabía ni lo que estaba haciendo. Sumadle el alimento de Somniloquios, que tanto ha decaído últimamente, y tendréis la foto completa.

La condición de farsante me persigue en los últimos tiempos. Cada día crece la culpabilidad del farsante, contradictoria porque yo creo que el farsante, si algo no conoce, es precisamente la culpa. El engaño deliberado no conoce remordimientos. Además, el farsante se las lleva crudas, digámoslo: todos conocemos alguno. Yo he conocido muchos que no dejan de subir escalones. Yo aún no he subido ninguno. Mario Ornat, periodista de AS, esa es mi presentación más común. No sé por qué, a mí me suena rarísimo. Ignoro el motivo. Soy redactor, como el primer día que llegué al Stadio Sport en septiembre de 1990. Redactor, escribiente, reportero, periodista de calle, la verdad y la mentira de la profesión. Espero que cuando se me lleve la guadaña, nadie me haga un obituario en el que se diga que fui "periodista de raza". Que me cago en el catafalco, lo advierto. Sólo quiero que suene mucha música, ya lo sabéis: In My Life, de los Beatles, la primera. There’s a Light that Never Goes Out, de los Smiths, otra; y Love Will Tear Us Apart, de Joy Division. Esa que no falte. Como cualquier día.

Todo este monólogo quería ser una imposible justificación. El farsante hombre somniloquio, en el colmo de la desfachatez, ha sido invitado a presentar esta tarde La desesperación del té. (27 veces Pepín Bello), el libro de conversaciones con el Bartleby de la Generación del 27 que José Antonio Martín Otín, a la sazón Petón, acaba de publicar. Al acto me lleva, mérito indudable, la generosa amistad de los otros dos actores del acto: Luis Alegre y, desde luego, el autor. Los tres conversaremos acerca del libro y de sus protagonistas. Le doy las gracias por su amabilidad en la invitación a Eva, anfitriona del lugar, antes de que repare en el fraude. Espero no traicionar su contento por contar conmigo, expreso en la llamada del pasado viernes. Haré lo que pueda. Aunque admiro a Buñuel (sobre todo al mexicano y algo del francés) yo no conocí jamás a Pepín Bello y nunca he sido lector de los poetas del 27, tema que me caía mal en las clases de Literatura en las que tan convincentes notas sacaba, me parece. Los del 27, la Literatura Latinoamericana (a la que luego me he entregado, mirá vos) y el Descubrimiento en Historia siempre se me cruzaron. No tanto como las derivadas, las integrales, el logaritmo y la tabla de los elementos, no, pero vamos... Pereza total. Y ahí estoy yo. Presentando un libro sobre los recuerdos de los héroes del 27 en animada conversación. Si eso no es un farsante, ya me diréis...

 Pd.: Será a las 20:30, esta tarde, en la recogida y felicísima librería Los Portadores de Sueños (calle Blancas, 4... ahí al ladito del Bar Circo, donde hacen la mejor tortilla de patata y ensaladilla rusa que ha conocido esta ciudad, he dicho). Estáis invitados. Os ruego consideración con el autor y el acto. La paliza por farsante me la podéis dar luego en alguno de los callejones entre el Coso y la calle San Miguel. Prometo no llevar gafas para que no os sintáis mal.

Dylan en el crepúsculo

Dylan en el crepúsculo


"Era como estar en un cuento de Edgar Allan Poe, en el que uno no es el tipo de persona que todo el mundo piensa que es".

En el mundo de Bob Dylan, si no llevas sombrero de ala ancha no eres nadie. El sombrero -blanco o negro- se puede juzgar una impostura, pero yo entiendo que denota la adscripción de Dylan y sus músicos a una extensa tradición americana, tanto como los instrumentos y la reinterpretación que Dylan hace hoy día de sus temas más antiguos. Además, como anotó Bono, a Dylan los sombreros le quedan bien. El hombre que es "dueño de los sesenta", muy a su pesar y siempre según su propia consideración, pasó por los alrededores de Zaragoza, que no por Zaragoza, y dividió las aguas y a los hombres, se hicieron los mares a un lado y los críticos o los traicionados, o los despechados o los indecisos, también le cedieron el paso, para que su voz baldía cruzase la tierra como un viento de arena. De paso, los periodistas forjaron el término dylanita, que definiría (en un alarde de mediocridad neologista del que no sé si tienen culpa o si les vino plagiado) a los incondicionales del hombre llamado Zimmerman. Al parecer, sólo la mitomanía de un dylanita justifica cierto entusiasmo o satisfacción por el concierto del lunes. Repasé mi colección de Lps, cedés y copias ilegales de Dylan y me pregunto si seré uno de los desafortunados...

Estábamos en la Feria de Muestras, ese horrendo lugar donde la música vuela de forma literal por los aires y se pierde en la inmensidad esteparia. The music, my friend, is blowin' in the wind... Arriba, de lado sobre el escenario, con una ligera inclinación sobre un pianito, estaba Dylan. El conjunto reunía un aspecto minuciosamente inapropiado, como una confabulación de despropósitos: Bob Dylan en el medio de ninguna parte, un lunes, a las nueve de la noche, con el atasco por el medio. Como para no ir. Pero fuimos, atraídos por la voz cavernosa del maestro, un tipo que me gusta más cuanto más recalcitrante se pone. Así que estoy encantado, porque a Dylan ya no hay quien lo cante ni quien lo aguante. Las cifras de asistencia fluctuaron en los periódicos entre los 5.000 y los 15.000, como en las manifestaciones. Ignoro si los números salieron de la policía o de los sindicatos convocantes, pero me da igual. Se estaba muy bien. Había la gente suficiente para no avergonzarse, bastante más de la que esperábamos tras las apocalípticas informaciones previas, y la necesaria para moverse apenitas, bien cómodo y a una distancia razonable, para que no se junten los cuerpos y ni siquiera los deseados. Y con el espacio preciso para distinguirle la línea plateada de su traje negro al hombre del sombrero blanco, y sobre todo apreciar sin estruendo  los innumerables matices de la banda. (Qué alegría los músicos que miden bien el volumen para escucharse y ser escuchados).

A estas horas del siglo XXI, los críticos de la cosa advierten una merma definitiva en la voz de Bob Dylan, lo que no puede sorprendernos: ni por el lado de Dylan ni desde luego por el de los críticos. Dylan ya no canta, Dylan cuenta, pero no hay nada nuevo en esa revelación. Su voz no tuvo nunca nada de prodigio y sí mucho de curiosidad. Se le ha hecho vieja y hemos de suponer que más sabia. Es más, lo afirmamos. Esos repuntes nasales en su modo de frasear, que tanto les divertía imitar a sus admiradores, amigos o amantes (lo hizo John Lennon, el áspero admirador impertinente; lo hizo Joan Báez, la dulce musa impertinente), esa voz nasal ha mutado en los últimos tiempos hacia una variante de recovecos pedregosos. Su habilidad para modelar matices con un instrumento tan limitado tiene algo de alfarería gutural. No disfrutarla me parece raro. A mí me emociona.

Se ve que, a pesar de todo, muchos siguen aguardando que la ancianidad arrugada le traiga a Dylan un carácter afable que nunca lo ha adornado, que nosotros sepamos. Quizás preferirían haberle tirado un cachirulo para que se lo anudara al cuello y gritara: "Zaragozaaaaaaa, sois cojonudooooooooooos mañooooss". Pero se limitó a presentar a la banda cuando se aproximaba el final del concierto y a decir: "How are you feeling, my frieeeendssss?", otra vez con ese loop final con el que siempre ha cantado. Me pareció suficiente. Tocó A hard rain's ‘a' gonna fall, versión actual, que le salió menos brillante que la grabada para la Expo (esa sí me gusta tanto o más que la original), hizo una desquiciada y poderosa recreación de All Along the Watchtower y una emotiva (¿o sólo me lo pareció a mí?) Like a Rolling Stone para cerrar la noche. El resto fueron temas más o menos conocidos y cambiantes, viejos o recientes, funcionariales para quien no los escuchara con detenimiento. Las interpretaciones, por lo general y salvo un tramo breve, negaban cualquier rutina. Ahora, no nos engañemos con Dylan. Como argumentó un concejal de La Coruña para no contratarlo en aquella ciudad, "Dylan no da espectáculo y además toca de espaldas". Bueno, de espaldas no, pero razón no le faltaba en lo otro. ¿En qué consiste el espectáculo? ¿En lo de los Rolling? Yo soy de los que piensa que hay que haber oído a Jagger, Richards y compañía al menos una vez en directo tocando Simpathy for the Devil, pero visto una vez, visto todas. Con Dylan uno nunca sabe qué concierto verá y en eso hay algo de autenticidad, digo yo. Además, este señor jamás permitió que las preferencias de su público le tocaran los cojones ni el repertorio. Cuando en el Manchester Free Trade Hall un seguidor de su época folk le grito "Judas!!!!" por su traición a la canción con mensaje, Dylan repuso irónico: "I don't believe you...You're a liar". A continuación se giró hacia su banda y les dijo: "Play it fucking loud". Atacaron Like a Rolling Stone y la historia de la música popular giró de un lado a otro en ese mismo instante.

De los tres conciertos que he visto de Dylan, quizás el del Príncipe Felipe en 1999 me pareció el más redondo y el de 1993 en Huesca, el más eléctricamente salvaje, con un batería negro que aporreaba las cajas con estrambótica fiereza y precisión. Del lunes me quedó un sabor muy agradable de música excelente, muy bien interpretada, en una línea de integración de tradiciones que me gusta y que, creo, subrayan al Dylan de hoy, capaz de observarse a sí mismo en tercera persona, un eslabón más de una larga cadena. Una parte de esto se explica en el minucioso recopilatorio Theme Time Radio Hour (With Your Host Bob Dylan), 78 temas de todas las épocas, ninguno propio, reunidos a partir del programa de radio en el que Zimmerman ejerce de enciclopédico pinchadiscos. La otra mitad tiene que ver con el espíritu de la trilogía que conforman Time Out of Mind, Love and Theft y Modern Times. Ahí está el Dylan de hoy.

El lunes -rodeado por una banda con un gusto exquisito para los detalles, y una potencia vibrante en los rocanroles y en los tempos más rápidos- el desnudo andamiaje del escenario recortaba a Bob Dylan contra la luz vacilante de la noche del solsticio. Ajeno a los artificios y reclamando el carácter sustantivo de la música, el druida entonó sus runas con la áspera suavidad de un reloj de arena que agota muy despacio su carga, y al que habría que dar vuelta eternamente para no perder las referencias que nos han sujetado sobre el piso en los últimos cuarentaitantos años. No sé por qué, al verlo insomne en su distanciamiento, perfilado contra ese crepúsculo que anticipaba el desierto, me dio por pensar qué pasará el día que el hombre del sombrero nos deje solos.

 

La Expo: ¿Qué es? ¿Y dónde está?

La Expo: ¿Qué es? ¿Y dónde está?

El mismo sábado de la inauguración me fui a la Expo por la noche a darme el clásico paseo zaragozano. En el tema del paseo yo soy zaragozano decimonónico o así. Es decir: que paseo por la calle Alfonso y por el Paseo Independencia, hasta la Plaza Aragón y vuelta por la acera contraria. Si voy más allá de la Plaza Paraíso, ya siento que me estoy saliendo de Zaragoza y eso ya no es paseo sino caminata. Faltarían una cervecita con limón en Los Espumosos o bien el añorado chocolate con churros del Ceres, pero aquellos días se fueron y en cien años todos calvos, qué le vamos a hacer. Yo aún conservo buena mata de pelo, brillante y saludable con la nueva fórmula de Garnier Fructis, pero ay... menudean aquéllos que a mi edad y aun antes ya no pueden pasarse el cepillo sin rascarse el cartón.

Así que me fui a la Expo a pasearme. A tomar algo un rato, sentarme mirando los edificios de la nueva ciudad, mirar el río. Fui en el fondo a ver qué era eso, dado que nadie me lo ha sabido explicar o bien yo no he atendido lo suficiente. ¿Qué es la Expo?, me he preguntado todos estos meses. Sigo sin tener ni idea porque la Expo por la noche es una explanada de edificios más o menos armónicos y cerrados a partir de las diez. Fuera, un algo inhóspito, poco acogedor, con vasos que la gente lleva de un lado a otro sin saber dónde dejarlos, escaramuzas en los restaurantes, camareros fastidiados, cajas que cierran con 25 personas en la cola. ¿Suena negativo? Bueno, ya compensaremos. A la Expo hay que ir a ver, aún no sé bien qué porque hay que ir de día, pero a ver. No a comer ni a beber, porque para eso no da la cosa del fast-food. Y otra cosa: ¿Dónde coño está la Expo? ¿Es eso aún Zaragoza, propiamente dicha? A la espalda de la Torre del Agua, hermosísima, nos asomamos al espacio abierto, el Parque Metropolitano: y no hubo forma de orientarnos. Yo si no veo el Pilar o la torre de Pikolin, me mareo. Pero volvamos atrás...

Buscando respuestas a mi curiosidad, y en pos de una borrachera firme, la velada de la inauguración vimos los fuegos artificiales desde la gloriosa terraza de casa Peredita, a un par de cuadras de la estratosfera. El lugar viene a ser una especie de ventoso castillo al norte de la urbe, desde el que mi afamado amigo podría gobernar la ciudad a poco que se lo propusiera. Allá arriba más o menos tiene controlados a todos sus habitantes. Lo que pasa es que mi amigo anda poseído por ese relativismo del buen vino y la diversidad de las músicas, tan conveniente, y no se va a andar ocupando de menudencias como esa. Digamos que delega. Pero el que manda en la ciudad es él, lo sabe cualquiera.

Desde Le Chateau Per no sólo vimos los fuegos de la Expo sino que además vimos los fuegos de Alagón, que le hicieron baturra competencia a los otros. Disparaban sus salvas multicolores Béloc y la pianista en el meandro... y allá, en la diagonal contraria del horizonte, se levantaba de pronto una orgullosa seta policromada desde Alagón. Naturalmente, nos pusimos del lado de Alagón de inmediato. Allá estaban de fiestas y mucho que les importaba a ellos la inauguración de los cacharros esos del río. Luego, cuando faltaba hielo para las copas, atravesamos la profunda noche del Actur Norte y acabamos en un barecito chino donde dos subalternos barrían el piso en oriental silencio, el jefe vigilaba y en la televisión una señorita se dejaba hacer la caidita de Roma por un fornido muchacho, con zoom del operador de cámara sobre las húmedas cavernas donde se abisman los muslos, y ordenados gemidos y ronroneos que los chinos vigilaban con ese reojo chino tan bien concebido por la naturaleza. Cada tanto, contenían el escobón y apoyaban los ojos en la pantalla, como si fueran a decir: "Cómo le está gustando a esa pajara". Pajara, no pájara. Pero el mandarín no tiene esas flexiones gloriosas, mala suerte, y los chinos masticaban los gemidos sin decir palabra. Hielo sí tenían, anunció el jefe. Y era el clásico tormo aragonés. Uno de los que barría me miró con fijeza: tuve ganas de salir corriendo.

El clásico tormo aragonés es un rotundo paralelogramo de hielo macizo que enfría las copas a todo meter, no esa tomadura de pelo en forma de estrellitas o cuartos de luna del Ikea. La modernidad sueca es capaz de vender hielo que no enfría. Pensaba en el tormo aragonés cuando vi el ensayo del grandilocuente espectáculo del iceberg de brillante cartón blanco, que se parece a un iceberg lo mismo que yo a un ala-pivot de la Universidad de UCLA. La prosopopeya del espectáculo, o del ensayo que vi, me sonó a angustia post existencial digna de Metrópolis, aquel programa sobre la conceptualización del arte o el arte de la conceptualización que ponían a cualquier hora de la noche. Dicho rapidito: un coñazo con ínfulas. Algo similar le ocurre al Pabellón Puente, construcción vanidosa con un interior que sólo adquirirá sentido si una banda de émulos de Alex y los macarras de La Naranja Mecánica instalan allí un bar y se dedican a beber moloko y apalear viandantes. Es lo que parece, un lugar post moderno de inspiración espacial. Blanco y curvado. Dan ganas de salirse de él a toda prisa. Hay más interés en las aguas oscuras del Ebro, tan rápidas y dinámicas y vivas. Las aguas del Ebro son lo mejor de la Expo junto al elegantísimo puente del Tercer Milenio. De lejos. Y las vistas del Pilar en la distancia, con su vibrante iluminación, atropellados sus perfiles por la violenta perspectiva de la Pasarela del Voluntariado. Y los cocodrilos del Acuario Fluvial, insisten los niños cuando los entrevistan en las televisiones. Los cocodrilos son lo mejor. Ay, los cocodrilos del aquarius...

 Yo ya dejé dicho que los cocodrilos habrían de ser clave en la Expo. Cualquiera lo sabe. Pero déjenme quejarme: los animales en piscinas vidriera ya no se llevan. Son como los zoos, lugares un poco depravados por antinaturales. Oceanográficos y acuarios hay ya por todas partes, no nos engañemos. Novedad cero. Y un aquarius sin tiburones ni caballito de mar, no sé. Me deja frío. Le haré una revisión un día de éstos que me vaya en bicicleta hasta allá. Yo creo que ahora se lleva la naturaleza en estado salvaje y extremo: observar a las ballenas en una barcaza sobre la bahía, alimentar a los tiburones a pecho descubierto en las Bahamas, recorrer los hielos norteños en busca del oso polar, ver a los cocodrilos saltar del agua en los ríos del Territorio Norte australiano, sacando el cuerpo entero en vertical... Unas nutrias al otro lado del cristal no pueden emocionarnos por más urbanitas que seamos. El National Geographic llega a todas las casas  y sabemos más del Suricato que de la gallina ponedora o la vaca lechera. Insisto en que hemos perdido una gran oportunidad. Con mi propuesta de Expo salvaje en campo abierto hubiera habido bajas humanas, sí, puede ser, y peligro de estampida de rumiantes enloquecidos María Zambrano arriba o en los abigarrados exteriores de la tele autonómica. También lo admito; pero la Naturaleza es así, oyes, de algo hay que morir, y en el mundo salvaje si te mueres es para equilibrar el sistema. ¿No querían sostenibilidad? Además, de algún concejal nos hubiéramos librado por la vía del caimán, como ya expliqué el otro día: yo votaba por el de Movilidad, a ver si el susto lo ablandaba y permitía algún giro a la izquierda en esta ciudad. Pero no.

Si me hubieran hecho caso estaría la Expo ribereña a reventar. Se han empeñado en una Expo arquitectónica, todo concepto y líneas en fuga, y los visitantes no alcanzan la media por ahora. Hoy decía un mandamás que la escasa ocupación de los aparcamientos no les importaba, porque los habían construido con precios disuasorios (sic), a 12 euros por día tarifa plana, para que no fuera nadie en coche a la Expo. Es decir, que nos hemos gastado en dos aparcamientos para que nadie aparque. Aparcamientos para no aparcar es como iceberg de cartón piedra. Digo yo: ¿No habría sido más fácil, directamente, no hacer aparcamientos? Pregunto, eh, pregunto...

En fin... que seguiremos informando.

[Foto: el pabellón puente de Zaha Hadid: cuando se acabe la Expo será como el paso a nivel de las Delicias, a ver quién tiene huevos de atravesarlo de noche].

España funciona

España funciona


"Le voy a decir una sola cosa: la Policía hace su trabajo... Todos los días".

Alfredo Pérez Rubalcaba, Ministro del Interior, sobre el caso de corrupción en Estepona. De paso, establece sin lugar a dudas que el dicho "eres más vago que la chaqueta de un guardia" es cosa trasnochada, cuando no tardofranquista. Otro nuevo éxito del Gobierno de Zapatero: lograr que la Policía trabaje todos los días. No como vosotros, recua de perezosos.

La jota del día

Para un canto al heroísmo
con una palabra sobra
se moja la pluma en sangre
y se escribe: ¡Zaragoza!

Jota del Centenario, de Sixto Celorrio.

James no es una persona

En noviembre vi a Wilco, en abril vi a James, este verano veré a Bob Dylan y en septiembre, a Andrés Calamaro. Podría cerrar ese círculo con Neil Young el 27 de junio en Madrid, si no fuera porque desconfío de los grandes festivales y el señor Neil Young aparecerá en el Rock in Rio, pero creo que una tacada como la mencionada en menos de un año se aproxima bastante a la felicidad. Me parece que sólo lo mejorarían algunas reuniones imposibles: la de los Beatles, desde luego; la de los Smiths (Morrisey a solas me parece un señor mayor: al que me encantaría ver, claro... pero un señor mayor); el renacimiento o reencarnación de la Creedence Clearwater Revival; un concierto póstumo de los Clash y, desde luego, Elvis Presley en Las Vegas. Siempre pienso que hubiera entregado varios años de mi indolente existencia por ver a Elvis en Las Vegas, con la capa, las patadas de karate y el Así Habló Zaratustra de salida; y por supuesto, a los Beatles en la azotea del edificio Apple. O en Hamburgo, como apostillará GG.

Pero hablemos de James, otra vez. Porque hace semanas que os debo mi reflexión acerca de James en La Riviera de Madrid. Y esa reflexión que os debo, os la voy a pagar. A estas horas ya es un recuerdo más que una crítica, lo cual jamás hubiera pretendido ser, por otro lado. Un recuerdo creciente que permanece y florece y crece sobre el lecho de su último disco, el magnífico Hey Ma! Magnífico de verdad, vigoroso y emocionante. Lo mismo fue el concierto, y eso que partió con Tim Booth sentado en una banqueta con su pie izquierdo roto, apoyando la voz y el cuerpo sobre unas muletas. Esa escena, explicada someramente por Saul Davies antes de comenzar la acción, supone una pérdida mayor cuando uno va a ver a James: las espasmódicas coreografías de Tim Booth, a medio camino entre la epilepsia y un ritual de catarsis interior, conforman una parte básica del espectáculo. De hecho, si Tim Booth entró en el grupo fue porque una noche de principios de los 80 lo vieron bailar en una discoteca y lo eligieron para acompañar a la banda con sus singulares rutinas. Enseguida convenció a los otros para ejercer de vocalista y de paso escribir las canciones.

La simbiosis resultó perfecta. Siempre lo ha hecho. Y en cierto modo mágica, natural y espontánea. Tim Booth (vestido en La Riviera con un traje a cuadros rojos y negros que me hacía recordar, y mucho, a Movilla) canta a menudo mirando a la cámara que lo enfoca, y mira con un gesto que parece invitar a un paseo por sus introspecciones. O cierra los ojos como si se arrancase las canciones a jirones. Su lenguaje invita a que nos asomemos al espacio íntimo del que brota cada canción. Hay algo un poco indefinible en ese modo de interpretar el pop, pero ese algo resume la marca diferencial de James. Canciones enérgicamente tristes, luminosas, lastimosamente vitalistas. Tim Booth recuerda haber sentido en América que nadie los escuchaba, que se habían equivocado de momento. Eran los días en que reventó el grunge y todo el mundo parecía querer guitarras y mugre. Hasta que apareció REM con Automatic For the People. Y de repente alguien conectó a REM con James, o a James con REM, cualquiera sabe por qué, y todo se vino a su sitio. Tim Booth y Michael Stipe: "Y salimos volando por el techo". De todo esto podría inferirse que James le debe su personalidad como grupo a su cantante, pero la realidad ha impuesto con el tiempo una contestación distinta: Tim Booth dejó el grupo y en solitario quedó (en su disco Bone) como un autor capaz pero cargante.  James no es una persona, como rezaba la url de su antigua página web: www.jamesisnotaperson.com. Todo el mundo asume al oír hablar de James que se trata de un solista, pero no… Hay una banda, poblada y justificada: al menos siete. Le pusieron el nombre de uno de los miembros fundadores (James Glennie), después de desechar Paul por demasiado tópico y Tim (de Tim Booth) por  negativa de éste, temeroso de que lo acusasen de egocentrismo. Para confirmar la refutación, interna y externa, la web de ahora se llama así: www.wearejames.com. Con la motivación de la vuelta, el regreso de Booth, Gott y Diagram, el espíritu que les insufló Brian Eno en el instante preciso y la sabiduría del tiempo, con todo eso el precipitado alcanza una feliz exactitud sintetizada en su último disco.

El concierto de La Riviera zarpó con Born of Frustration, ese grito de guerra, esa llamada tribal, himno mayor de Wiplash, más que apreciable álbum. Continuó con Come Home y Andy Diagram, recuperado para la formación en este regreso, soplando su célebre trompeta a todo pulmón, con un vestido de mujer y un rizo oscuro de Harpo Marx. Diagram aporta una singularidad muy reconocible al sonido del grupo y le pone el lado lúdico al escenario. Larry Gott –profesor de guitarra de varios miembros del grupo y luego guitarra del grupo- y James Glennie le dan la base. Saul Davies es uno de esos multiinstrumentistas que salta del violín de Johnny Yen (tal vez el único tema que extrañé en un repertorio completísimo de dos horas) al apoyo de la percusión. Luego vinieron los estupendos temas de su último album, Hey Ma!, un disco que oigo casi cada día desde que lo compré. Prueba irrefutable de su valía. Se está aproximando a Laid a marchas forzadas, hasta el punto de que en un momento dado podría llegar a dudar cuál de los dos me gusta más… si no fuera porque Sometimes y Laid, de las que tantas veces he hablado y hablaré, están en ese disco y ya no podrán estar jamás en ningún otro. No es que Hey Ma! sea irreprochable, que lo es, sino que además es brillante, emotivo, memorable y alegre.

Agradecí en el alma que cerraran su noche en La Riviera, tan esperanzadora en muchos sentidos, con Sometimes y Laid. Fue como un guiño privado. Al final de Sometimes, el grupo entero quedó en silencio y los de abajo coreamos durante cinco minutos la más famosa línea de esa canción: “Sometimes / When I look deep in your eyes / I swear I can see your soul” (“A veces / Cuando te miro fijamente a los ojos / Juraría que te veo el alma”). Eso explicó todo: la personalidad de James y su relación con la gente que los hemos escuchado con fervor religioso, con fe. Igual que hacemos los de abajo cuando escuchamos a Tim Booth, desde arriba también ellos nos dejaron cantar (y subir al escenario, atrevimiento que bordeó un entusiasmado caos) con este único fin: poder mirar dentro de nosotros y comprobar el espacio íntimo, perenne, inquebrantable y dichoso en el que guardamos sus canciones.

James no es una persona. Yo diría, enfáticamente, que James somos todos.