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Somniloquios

El Ebro, con dos cojones


Para quien lo pudiera dudar, el Ebro ha dejado claro y sin posible refutación que es un río aragonés. Los hidrólogos (o hidrógrafos o hidrófilos ... como quiera que se llamen) lo definen como un río temperamental. O sea, un río con dos cojones. Que lo mismo se vacía y enseña las tripas como se lleva por delante las riberas y lo que se le ponga en los mismísimos. Es el caso que nos ocupa: ¿Qué río podría pegar una crecida como la actual y ponerle los ous por corbata a la Expo a semana y media de la inauguración? Un río aragonés, ninguno más. Que la Expo del agua esté amenazada de inundación me parece un rasgo muy propio de esta tierra, donde todos somos nobles tocahuevos. Incluido el río. Dado que hemos firmado un pacto no escrito para no decir ni mu contra la muestra, si es que hubiera algo que decir, al Ebro se le han terminado de hinchar las riberas, harto de que le toquen los meandros, y ha actuado por sí solo. ¿Barquitos por el Ebro? Sí, hombre, sí... A ver si tienen pelotas de levantar el azud de Vadorrey.

A resultas del fenómeno hidrológico del siglo -salvada la célebre riada de Nochevieja del año 1962, cuando el Ebro subió siete metros por lo menos y arrasó lo que hoy es el ACTUR (que por cierto, ya le llegará su hora, avisa José Ramón Marcuello en Agua Va, el espacio matinal de Radio Ebro), en la ciudad del viento se ha revelado un fenómeno notorio. Igual que ahora todo el mundo entiende de combustibles, neumáticos de lluvia, alerones y trócolas con el fenómeno Fernando Alonso, hoy por hoy todo zaragozano que se precie, incluidos los nuevos aragoneses de Timisoara, todos nos sabemos ya al dedillo cuántos metros cúbicos por segundo descarga el Ebro a su paso por el Pilar en estos días; y que con más de 400 no hay quien levante el azud; y que si en Castejón se anuncian 2.000 o más, los tendremos aquí mañana, con lo que eso supone. Y las palabras estiaje y tal están a la orden del día, en los colmados y puestos de detallistas del Mercado Central, que por cierto doy fe de que sigue oliendo como siempre por más reformas que le hagan. Lo remodelaría Calatrava, tan arqueado y tan nítido y tan limpio de líneas, y a los cinco minutos no se podría pasar por los alrededores. Una joya de la arquitectura funcional novecentista, el Mercado Central. Y del hedor secular...

En fin, que yo estoy emocionado con el Ebro, sinceramente. Qué pitera, Dios. A la Expo no le tengo un gran cariño; tampoco estoy en contra, a ver si nos entendemos. Digamos que no he desarrollado una opinión al respecto. Escéptico entusiasmo, le diría yo. Eso sí, para dejar anotada mi disfuncionalidad razonadora, me he acreditado como periodista, porque la Expo es un acontecimiento deportivo de primer orden en nuestra ciudad. Si no lo veis, ahora os lo explico: aceptado que yo jamás voy a ir a como periodista a una Eurocopa, un Mundial de fútbol, uno de atletismo ni desde luego unos Juegos Olímpicos (salvo que haga Somniloquios de pago y me lo patrocine usted, amable lector), aceptado que mi destino consiste en cíclicas desapariciones de clubes de baloncesto y descensos del Real Zaragoza con frecuencia sin precedentes históricos (uno acaba por sentirse culpable) he resuelto acreditarme para la Expo del agua como Bob Dylan. Porque en la Expo triunfamos seguro, digo yo. Y porque si están Bob, Celine Dion y una noria siria, tengo que estar yo, no cabe discusión. Yo no sé cuánto sabe Roque Gistau acerca del Ebro, pero yo me he hecho persona, o lo que sea, a orillas del Ebro, en el glorioso Centro Natación Helios, donde sigo refugiándome. El otro día fui a revisar las obras y afecciones derivadas de la magna muestra que nos aguarda. Cierto que la Expo se nos ha llevado un buen cacho del Centro, para construir esas riberitas asfaltadas con farolas verdes más feas que feas, pero lo aceptamos. El chatarrero sigue en su sitio: merecería aparecer en las postales que venden en El Mañico y tiendas similares, en lugar de aquel baturro que caminaba con su borrico por la vía del tren y le decía al ferrocarril aquello de "Chufla, chufla... que como no te apartes tú". Yo, en todo caso, estoy preocupado por la familia de patos que habitaban en los cañaverales crecidos a los pies de la piscina de las gradas. Quiero pensar que los habrán recolocado en algún juncal VPO de Valdespartera, un poco más arriba de las exclusas del Canal o algo.

Yo me imaginaba la Expo como algo mucho más salvaje y directo. Nada de pabellones. La Expo en el río: flamencos rosas de Miami donde el Náutico, hipopótamos en los alrededores del puente de Santiago, alimañas felinas y gacelas Thompson habitando las riberas y los campos de la huerta, que bajaran a abrevar al río mezclados con los bañistas; icebergs reales traídos desde las riberas del Lago Argentino en la Patagonia, para hacerlos descender en pleno agosto desde Boquiñeni hasta más allá del puente de las Fuentes, a ver cuánto duraba ese témpano en la Zaragoza estival; una familia de ornitorrincos, esos animales de otro mundo, esquiva miscelánea de pájaro, pato, mamífero y pez que habita los arroyos australianos y hace las delicias de los biólogos; y por supuesto, un buen grupito de cocodrilos de agua marina apostados aquí y allá, con una manada de ñúes del Masai Mara cruzando cada tarde de un lado a otro del Ebro, para que los niños de todas las nacionalidades y culturas puedan observar el hábil comportamiento de la Naturaleza extrema en vivo y en directo. Si los ñúes se avivasen al tercer o cuarto día de Expo y negáranse al cruce, entonces se activaría un plan de alimentación alternativo, sin perder la clave de espectáculo que debe presidir la muestra: se destinaría, por turnos rigurosamente sorteados, a los concejales de Chunta, Izquierda Unida y el PAR en el Ayuntamiento de la ciudad a alimentar con mano firme a los voraces lagartos con gallináceos y otras aves volátiles menores, para solaz del pueblo. Si una desgracia ocurriera, la ley electoral lo tiene todo previsto, tranquilos: los concejales supervivientes podrían reunirse para formar doliente grupo mixto. La ciudad ganaría mucho... Con lo del espectáculo animal, digo, no seáis mal pensados.

En fin, pero nadie me ha consultado, así que la Expo va de pabellones, funiculares e icebergs de cartón piedra a los que ahora le han puesto sacos terreros los buceadores de Bomberos, que vaya días les están dando, para que no se los lleve la corriente. O sea que sólo me queda la salida de la acreditación. Y así lo he hecho, porque tengo ya la Expo por el único acontecimiento deportivo internacional que me queda para salpimentar un tanto mi vida profesional. No fui a los Jocs Olimpics ni cuando los hicieron aquí en el país de al lado, donde la tubería del trasvase. Organizaría el conde Belloch -el cochero de Drácula- unos Juegos Olímpicos en Valdespartera y yo no iría, estad seguros.

Así que ya he enviado una fotito, mi carnet de identidad escaneado por los dos lados y el número de filiación de la Seguridad Social (que tuve que consultar qué narices era porque yo sobre la realidad legal entiendo más bien poco) y pienso presentarme este verano en el meandro cada vez que no tenga nada que hacer. Lo que suele ser frecuente. Sabéis que Belloch (pronúnciese Bé-loc, con acento prosódico, que no tilde, en la primera sílaba... Nota para los hijos de la LOGSE: sílaba es cada una de las divisiones fonológicas en que se divide una palabra. O sea, la B y la E, chavales)... Decía, sabéis que Béloc ha nombrado a Domingo Buesa cronista oficial de la Expo, y Buesa le ha prometido que será objetivo en sus consideraciones. El juramento no tiene mayor relevancia. Lo que debería haber prometido es que no será aburrido. Me imagino ese porte ágil y dinámico de Buesa contando el concierto de Celine Dion y tenemos una definición del aburrimiento digna de entrada enciclopédica... ¿A quién coño se le ocurriría sacar a Celine Dion de su dorado retiro en el Caesar’s Palace de Las Vegas, donde estaba felizmente recluida en espectáculo nocturno después de que todos sobreviviéramos al hundimiento del Titanic? Sólo una Expo aragonesa podría haber hecho algo así. Esperemos que se la lleve una avenida en la noche programada. Y el que la eligió, a alimentar a los feroces caimanes del Mara, por lo menos.

De modo que para compensar, puede que Somniloquios aporte una crónica ni mucho menos diaria del acontecimiento deportivo que se nos viene. No es seguro, eh. El hombre somniloquio es temperamental y arbitrario, como el Ebro. Yo al generoso Béloc no le prometo objetividad. Cuanto menos objetivo, más divertido.

Memories...

Casi todo el mundo quiere hablar conmigo de fútbol, y yo me paso el tiempo intentando hablar de otras cosas, la mayoría mucho menos importantes todavía que el fútbol. La otra noche quedamos a cenar con un par de amigos para hablar de fútbol; o quedamos a hablar de fútbol para cenar. El orden resulta indiferente. Cuando llegué, claro, ya estaban hablando de fútbol, así que me fui al baño a enjabonarme las manos, porque para hablar de fútbol y para cenar hay que tener las manos bien limpias, y luego subí y me senté y aproveché un hueco en la defensa para clavar mi pregunta, la que me interesaba a mí:

¿Cuál es la mejor película de Sidney Pollack?

El Pele dijo Memorias de África, un brindis al sol clarísimo porque todos sabemos que el Pele no ha podido ver Memorias de África de ninguna de las maneras. No es una película que se adapte a sus parámetros cinematográficos, que podemos resumir en este breve decálogo:

  • Mejor actor español de la historia: Fernando Esteso.
  • Mejor actor mundial de la historia: Errol Flynn.
  • Mejor película española de la historia: Cuatro Mujeres y un Lío.
  • Mejor película de la historia: La Carga de la Brigada Ligera.

 De lo que se deduce su adagio sobre el arte de la interpretación:

"Si un actor no ha se ha subido a un caballo, no es un actor".

Así que dijo Memorias de África probablemente porque oyó en el telediario del mediodía que se había muerto Sidney Pollack y la locutora nombró el melodrama. Tampoco hay que subestimar la memoria de Pele, bien al contrario: si en algún momento de su vida registró esos dos datos y los relacionó entre sí, jamás va a extraviarlos y siempre los tendrá a punto, gracias a su prodigioso automatismo memorístico. El mismo que le autoriza para relatarte el doloroso fallecimiento del mariscal Lannes, el que robó el joyero de la Virgen del Pilar, después de que una bola de cañón perdida le seccionara la pierna; o para hablar de un partido del Real Zaragoza jugado en noviembre de 1943 con la misma nitidez expositiva con la que te contará el de la semana pasada. Puede que incluso más, de hecho...

Luisito y Pepico nombraron Tootsie. Lo dijo Luisito, que cree en la comedia como género mayor, y lo ratificó Pepico con un asentimiento. En El País organizaron una de esas alegres encuestas de Internet en las que el lector opina, y cerca de 3.000 personas han votado que la mejor es Memorias de África. En segundo puesto aparece Tootsie. El resto de candidatas son: Danzad, Danzad, Malditos; La Tapadera; y Otras... Yo he de confesar que jamás he visto Memorias de África completa, creo que porque Meryl Streep nunca me ha caído bien del todo, vaya usted a saber por qué. Hay dos actrices que me sepultan el interés en las películas: Barbra Streisand y Meryl Streep, seguidas muy de cerca por Michelle Pfeiffer y Jane Fonda; y un poco más allá, Nicole Kidman. A la mayoría las dirigió Sidney Pollack y con Kidman coincidió en Eyes Wide Shut. Eso sí, su preferencia por Robert Redford explica buena parte de la conquista que su cine ha ejercido sobre mí. Por otro lado, el tipo me caía bien por el mismo motivo que Meryl Streep y las otras me caen mal: por sus interpretaciones. El Sidney Pollack actor siempre me ha encantado: en Tootsie, en Maridos y Mujeres de Woody Allen, en Eyes Wide Shut... Tenía un fascinante aire de corrupción interior, enmascarada en ese aspecto intachable de burgués de clase alta. Kubrick tal vez me comprendió mejor que nadie.

A mí la que más me gusta de Pollack es Las Aventuras de Jeremiah Johnson, de lejos, aunque le tengo un cariño extraordinario a Tal Como Éramos y a El Jinete Eléctrico, desiguales las dos pero muy tiernas, románticamente perdedoras... Tal Como Éramos contiene una esplendorosa escena final que se emparenta con otro gran, inolvidable plano que en mi opinión constituye la cima del romanticismo en el cine tal y como yo lo entiendo: esa colección de recuerdos en imágenes con los que Alvy Singer evoca sus días (tan contradictorios entonces, tan felices ahora que están perdidos) con Annie Hall. Es obvio que para mí Annie Hall constituye, mucho más que una comedia, una prodigiosa historia de amor que me emociona siempre que le echo el ojo. Por esa conversación final, sólo por eso, llegué a la cena directo de la tienda, de comprar la última copia disponible de Tal Como Éramos y de oír cómo la dependienta me decía que Jeremiah Johnson no está en dvd, cosa que no sé si me dijo porque estábamos, ella y yo, a cinco minutos del cierre. O tal vez porque era la verdad. Las dos posibilidades me hubieran dolido de manera equivalente. Tuve grabada Jeremiah Johnson en alguno de los cientos de vídeos vhs que guardé quién sabe en cuál de las siete puertas bajo las que se oculta el llamado cajón de los fantasmas, bajo llave y madera, un sillón orejero y varios cachivaches. No me atrevo a buscarla porque soy cobarde y me da miedo cruzarme con fotografías de espectros, dimensiones paralelas y felicidades de otro tiempo. Barbra tenía razón cuando cantaba, después de que Katie se despidiera de Hubble retirándole el flequillo rubio de la frente, esos versos que cierran la película: Los recuerdos / pueden ser hermosos; Y sin embargo... / Lo que nos duele / elegimos olvidarlo / Así que lo que recordaremos / es la felicidad / Cuando nos recordemos / Tal como éramos... Tal como éramos.

Yo también soy un magnífico perdedor.

 

Pide un deseo

"Hay días para quedarse a mirar /
hay días en que hay poco para ver /
hay días sospechosamente light /
hay un deseo que pido siempre que pasa un tren..."

Mi gin-tonic, de Andrés Calamaro

Apagón litúrgico

Apagón litúrgico


Han quitado del Pilar los cirios que prendíamos con otros cirios, para hacerle una ofrenda a la Virgen. Pocas noticias me han producido una nostalgia tan precisa como ésta, con la que yo sinceramente hubiera abierto los diarios de la ciudad de arriba abajo. Con los cirios del Pilar me une cierta relación sentimental que no tengo, por ejemplo, con las obras de arte sacro por las que guerrean los medios de comunicación de aquí contra los medios de comunicación de allá. De cuando en cuando iba uno ahí a encender un cirio y ratificar que nuestro escepticismo está matizado por una fe sin quiebra en la Virgen del Pilar. En Dios no sé si creemos, pero en la Virgen del Pilar sí, oiga usted. Los zaragozanos estamos por encima de la incoherencia teológica. Y los cirios... Los cirios ya no están. Ahora sólo hay que apretar un botón y se ilumina con apático entusiasmo eléctrico una velita, alineada con otras decenas de velas chicas en un mueble que recuerda a un enorme escritorio de abadía medieval. Han quitado los cirios por si afectasen a las obras de arte de la basílica, que parece que las hubieran puesto ayer. El pueblo reniega que lo que quieren es echarse unos duros al cepillo. Espero que no quieran hacerse los modernos, que sería la peor de todas las posibilidades.

Ha remitido la magia de la liturgia, que forma parte también de los patrimonios sentimentales, esa cosa tan arbitraria. Ya no importan demasiado, pero vuelve la misa en latín y de espaldas. La ciudad se desboca hacia una contemporaneidad muy discutible. Están quitando también los azulejos con los nombres de las calles en las esquinas sombrías, donde uno podía enterarse de que la calle del Temple homenajea el convento templario que acogiera el lugar, o que Jorge Coci fue un impresor alemán llegado a Zaragoza en el siglo XV, o que Sanclemente se llamaba Felipe, pongamos por caso. Cambiar esa información por los números de la manzana delimitada por los nuevos rulos azulados parece una pérdida indiscutible. Han inaugurado una exposición de obras maestras del arte moderno, con lo que a mí me gusta el arte moderno, pero yo quería ver a Goya. Me he convencido casi definitivamente de algo que ya sospechaba: que Goya es pintor de Madrid y que Madrid lo sabe y lo dice. ¿Y los Sitios? Apenas un recuerdo parcial de dos siglos, incómodo para los fastos internacionales del verano, supongo. Asunto de cuatro exhibicionistas con casaca y fusiles de ánima lisa, que teatralizan visitas a los lugares cruentos de la guerra.

Así está la ciudad: sin cirios, sin Sitios y desde hace unos días también sin las gaviotas de Mariano Gistaín, al que le diré cuatro cosas otro día. Cualquier tarde nos cuentan que la Campana de los Perdidos de San Miguel de los Navarros no volverá a tocar por contaminación acústica, y entonces ya se habrá acabado todo. Los hombres nos perderemos de vuelta a casa en la niebla, porque aquí todos somos hijos de la niebla, el viento y el polvo, igual que los personajes innombrados de aquel relatito de Boris Vian, El amor es ciego; nos perderemos por las brumas como se extravíaban los menesterosos que salían a recaudar haces de leña en los bosques feraces de más allá del Huerva, para luego venderlos en la entrada de la ciudad. Si regresaban tarde o los sorprendía la boira, perecían de frío, enredados los cuerpos para darse calor en los cañaverales, incapaces de encontrar el camino de vuelta. Con tal fin comenzó a tañer la Campana de los Perdidos y un faro terrestre en la torre de la iglesia largaba un haz de luz y de auxilio, pero duró cuatro días porque lo revoleó el viento. Cuando todo eso ocurra, la ciudad será ultramoderna y del pasado sólo nos quedarán el cierzo, el roscón y el cementerio, donde cada vez hay menos osamentas y más cenizas. Cualquier día se nos lleva por delante a todos la puta modernidad.

Velocista de Segunda

Velocista de Segunda


El velocista ya es de Segunda... Despide la temporada con un ejercicio de intención sobria, anticipando la colección de líricas imágenes sobre la desgracia que poblarían los diarios a la mañana siguiente. Mientras lo observaba escribir me pareció que su tentativa venía inspirada por un necesario desapasionamiento o por un cansancio final, comprensible en todo caso. No ha sido un gran año para nadie, tampoco para él. Los partidos han dado la impresión de repetirse, o al menos su trama interior apenas variaba, con lo que se hacía difícil recrearlos con algo de interés, gusto o viveza. Somniloquios girará ahora hacia otros intereses, si es que los encuentra: últimamente, me doy cuenta, ha habido demasiado fútbol y muy poco humor. En fin, ahí dejo su último trabajo, que parece escrito hace siglos. La obviedad del titular está en la idea de la crónica.
 

El Zaragoza se va a Segunda

Mallorca, 3-Real Zaragoza, 2
38ª jornada de Liga


Sobran las metáforas. En el titular y en el relato. En realidad, casi sobra el dramatismo, porque este desenlace venía anunciado y el último partido no hizo sino resumir las incapacidades del Zaragoza a lo largo de todo el año. Fue el aldabonazo, el golpe de tierra final a un equipo que en junio estaba en Europa, en noviembre era séptimo y en mayo se va a Segunda. Así de rápido trabajan los ejércitos de la putrefacción. Sobran las metáforas. La realidad tiene peso suficiente: el Mallorca ganó, pero el que va a la UEFA es el Racing gracias a un gol tardío. Al otro lado del campo y de la realidad el Zaragoza, el equipo bonito, está en Segunda. El partido culminó un fracaso de proporciones históricas. El Zaragoza no jugó ni bien ni mal; jugó con la impotencia que lo ha marcado durante meses. No tuvo ni el ritmo ni la energía de un equipo desesperado. No es una acusación, sólo un subrayado de la realidad.

Ahora vuelve a Segunda apenas seis años después, frecuencia excesiva de club pequeño, que remite al Zaragoza germinal de los años 40. En el tránsito de siglo el club ha pasado de vivir un descenso cada tres décadas a soportar dos en la misma. La caída condena de modo inevitable la gestión deportiva de arriba abajo, y exige la revisión de un modelo que no sólo no ha alcanzado para el éxito, es que no ha dado siquiera para la supervivencia. Lo de los cargos puestos a disposición de suena a eufemismo. De hecho, la palabra dimisión ya suponía un eufemismo desde el momento en que alguien la maatizó con los adjetivos irrevocable y rechazada. Los únicos términos ciertos son los de siempre: renunciar, largarse, dejarlo, irse a casa. En realidad, aquí los únicos que no deberían marcharse son los futbolistas. Pero no jugaremos a levantar patíbulos. El espejo, que es la forma acristalada de la conciencia, debería hacer ese trabajo mucho mejor que nosotros.

Cada cual elegirá sus culpables y sus argumentos. Hay uno incontestable: el mayor fracaso corresponde a los futbolistas. Ellos son actores y responsables de un atropello mortal a la lógica de este deporte, a su prestigio profesional, a su trayectoria, a su experiencia, a su posición en el mercado y a todo el proyecto. De ese implacable fracaso derivan todas las demás responsabilidades y exigencias. Una cosa son los errores y otra irse a Segunda; una cosa es no alcanzar los objetivos y otra irse a Segunda; una cosa es vender por encima de su valor el potencial de este equipo y otra irse a Segunda; una cosa es fichar mal, bien o regular y otra irse a Segunda. La pregunta será siempre la misma: ¿Cómo ha podido bajar un equipo con estos futbolistas? Hubieran debido elevarse por encima de errores, irresponsabilidades y desafueros. Pero ni ellos mismos sabrán explicar cómo ha ocurrido todo.

Impotencia
Ahora ya no tiene remedio. Ninguno. Ahora hay que cumplir la condena, que es colectiva. Club, jugadores, ciudad, afición... todos a la misma celda. Fuera metáforas. El Zaragoza ha tenido mil oportunidades para evitar este desenlace, y jamás comunicó la sensación de que estuviera en condiciones de hacerlo. Fue igual en el último partido. El generoso marcador quizás ofrezca la impresión de que en Son Moix se jugó un choque feroz, pero la verdad no tuvo nada que ver con eso. El Mallorca fue preciso, tuvo mejor ritmo con la pelota y filo en la punta. El Zaragoza opuso el empeño de Aimar y la facilidad anotadora de Oliveira, pero sus valores quedaron diluidos en el perfil de equipo escaso de energía, vivacidad y nervio. No fue desinterés, pero lo afectó una traza de intrascendencia. A menudo una pelea la gana el que está dispuesto a morir, y el Zaragoza combatió con la fuerza desvaída de un muñeco de trapo.

Aun cuando los equipos se repartieron la pelota con ecuanimidad, siempre que el Mallorca rebasó la línea de medios del Zaragoza fue para meterle un caballo de Troya en el área. En el segundo tiempo esa fragilidad tomó el aspecto de una ruleta rusa. La guardia del Zaragoza sonaba muy permeable. Poca contención y mucho espacio atrás. Sergio rellenó su partido de fatalidades. Juanfran regresaba de los ataques con el autobús de línea... El Mallorca tenía la contundencia de Nunes, los Navarro y Basinas, jugador territorial. Y además, su defensa tiró el fuera de juego como si estuviera poseída por el espíritu de Baresi. El asistente de ese lado tenía el ojo rápido. Así que, mientras el Zaragoza disparaba un par de faltas contra el frontón y Diego tiraba un balón fuera tras venderle a David Navarro su recorte favorito, al otro lado Varela avisó con una volea antes de que Güiza retratase al Zaragoza con el 1-0. Cuando trataba de incomodar el premonitorio control del jerezano en la entrada del área, Sergio se resbaló en la memoria que el césped guardaba de la lluvia. Güiza remató, la pelota tropezó en Sergio y el efecto de refracción mandó a César al lado vacío. Y el balón a gol.

Resbalarse parece una forma  boba de morir, pero ocurre. Al Zaragoza le ocurrió. Dos veces, porque en la jugada del 2-1 el desastre alcanzó una estúpida perfección. Antes, el equipo aragonés alimentó la esperanza zafándose un buen rato del descenso, gracias a un cabezazo de Oliveira que capitalizaba la ventaja del Valladolid en Huelva. Pero el cambio de banda entre Arango y Varela había mezclado bien con la insistencia minuciosa de Webo, que jugó un partido musculoso fuera del área y clínico dentro de ella. Primero avisó. Luego hizo un gol, hermoso de verdad, nacido de un error intolerable. César se la dio a Sergio para que el central iniciara el juego desde atrás. Pero el asturiano, de suela traicionera, se resbaló. Y le vino a Arango, que envolvió el regalo en un centro sinuoso. La pelota sobrevoló a Ayala y Webo la cabeceó en el centro del área con la prestancia de un ángel.

Lo demás fue el epílogo, que sólo forma parte relativa de la historia. El tramo final reunió dramatismo y un cabezazo maravilloso de Aimar que Moyá deshizo junto al palo. El Zaragoza fue con balones perpendiculares y entonces vino la puñalada de Castro a la contra. Y el descuento final de Oliveira, sin tiempo para nada, salvo la lluvia y las lágrimas.

El Zaragoza está en el infierno. Y esto ya no es una metáfora.

Diario AS, 19 de mayo de 2008
www.as.com

Primavera en el infierno

Primavera en el infierno


Me extraña cómo pueden parecerse tanto los días a los recuerdos de otros días. El 6 de mayo de 2002 llovía con gris lentitud como hoy, 19 de mayo de 2008. Nos protegimos del agua bajo el tejadillo de lata del aparcamiento de la Ciudad Deportiva, y ahí escuchamos las últimas declaraciones de Savo Milosevic como zaragocista. La noche anterior el equipo había descendido a Segunda División en Villarreal, Láinez se pegó o bien le pegó a un aficionado que lo había agredido saltando al campo, Acuña derribó a otro tras una persecución tabernaria, de un zarpazo, como hacen los felinos en la sabana con las gacelas Thompson. Finalmente Milosevic, en medio de la furia desatada y el caos, retrató de un manotazo a Oliver Duch, fotógrafo y amigo del Heraldo, cuando éste lo intentó retratar a su salida del campo.

Aquella fue una mañana muy triste y la lluvia se me quedó grabada en la memoria como una postal metafórica. Esa noche, en Villarreal, escribí con una rabia avergonzada, agresiva y revanchista. El domingo por la noche, cuando relaté este nuevo descenso del Zaragoza, me di cuenta de que me estoy haciendo un periodista mayor o algo veterano, o bien resabido, o bien un poco más sabio, o tal vez desencantado, puede ser que sereno, o puede que sólo escribiera protegido del efecto terrible de lo que estaba contando por otros problemas más acuciantes; o bien, como creo yo, simplemente porque tenía asimilado el descenso hace semanas, muchas semanas. Creo que la primera vez que dije "nos vamos a Segunda" lo dije con absoluta convicción, sabiendo que no se trataba de la lástima reactiva a una goleada o a otro partido lamentable del Zaragoza; era una conciencia absoluta, indudable, de cuál iba a ser el desenlace. Eso ocurrió en la jornada 25, con trece aún por jugarse, en el descanso del partido Sevilla-Zaragoza. Lo puse en un sms que envié a una amiga que me preguntaba qué le pasaba al equipo. Unos días después me encontré por la calle con Charlie Cuartero y él me preguntó qué pensaba que iba a ocurrir. Le repetí mi triste convicción (esos días estaba verdaderamente triste, por esto y por más), y él me vaciló: "Entonces, cuando nos salvemos te la envainarás y escribirás que no confiabas en este equipo". Desde luego, le dije. Esa misma semana me había disculpado por un artículo bastante desagradable contra los futbolistas y le dije que un periodista que se disculpa en público está dispuesto a envainársela y a lo que haga falta. Por desgracia, no tendré la oportunidad de hacerlo.

Cuando tenga un rato dejaré la crónica de hoy en AS, que más que una crónica del partido viene a ser un juicio con el que cada cual estará más o menos de acuerdo. No puede ser de otra manera. Probablemente esta noche. Siento todo esto por la afición, y esto no es demagogia populista. En Villarreal recuerdo haber llorado cuando vi llegar a la gente del Zaragoza al estadio, cantando, sosteniendo las últimas esperanzas de un equipo que se iba, que se fue. Siempre he tenido en cuenta que los periodistas, en cuanto al Real Zaragoza, estamos por obligación uno o dos escalones por debajo de sus socios y aficionados. Lo nuestro (con sentimientos por el medio, porque muchos sentimos al equipo como el que más) tiene un inevitable lado profesional; el fútbol es y siempre será de la gente que lo mira, lo quiere, lo siente y lo paga. Sobre todo, la que lo paga. Parece una anécdota pero se trata de una diferencia esencial, definitiva. Al menos, para mí lo es.

Por eso, hoy que leo los diarios, me pregunto si muchos de los analistas que han florecido en esta lluvia primaveral, con los puños cargados de verdades, soportarían que alguien escribiera una, dos, tres o cuatro páginas analizando los resultados económicos y editoriales de cada medio; las crónicas, la gramática, la sintaxis de sus frases, la valía profesional de sus periodistas y por supuesto sus sueldos, sobre todo sus sueldos. Me pregunto qué se podría decir de la pérdida masiva de lectores, de los resultados en las oleadas del Estudio General de Medios, de la marcha en fila de profesionales punteros en sus áreas, de los modelos redaccionales, de las noticias que se dan y no se dan, o de los resultados publicitarios y de ventas. Sería interesante. Sobre todo puede que fuera divertido. Más que nada, sería justo. Sería justo que alguna vez nos diéramos cuenta de que nuestra posición no nos otorga la plenipotencia de un deus ex machina para construir patíbulos, que en muchos casos deberían incluirnos. Habría que pensarlo. Resulta bastante higiénico hacerlo, al menos para compensar esa costumbre tan entretenida de pedir que dimitan todos los demás, especialmente los que nos caen mal o nos miran con recelo o no se fían de nosotros.

El cinismo no hace periodistas. Naturalmente, yo soy un loco y seguramente también un cínico ocasional Yo mismo voy a tener que escribir alguno de esos análisis y ya lo he hecho alguna vez. Pero lo que de verdad me gustaría es escribir los otros, lo juro. Los de los periodistas y nuestros periódicos, radios y televisiones. Eso sí que me daría placer profesional y sobre todo personal. Con el punto final, por descontado, iría a pedir el finiquito. Afortunadamente no pertenezco a ninguna asociación, para así poder hacer lo que me dé la gana sin que nadie me expulse del cuerpo corporativo corporizado. Con la cifra que me metiera al bolsillo, me compraría un billete a la Antártida y desde allí os contaría semana por semana el flujo de las mareas, el catálogo de estrellas del hemisferio contrario y la frecuencia de las banquisas de hielo en los canales del fin del mundo. Y recordaría que mi vida profesional me proporcionó en 1995 una oportunidad impagable: quedarme en el paro de mi trabajo de periodista y poder ver a mi equipo ganar la Recopa como lo hace un zaragocista de verdad, pagando un pasaje en clase turista, la entrada más cara del Parque de los Príncipes y zorro como un canasto después de haberme pasado el día cantándole al vino y al Zaragoza por las calles de París.

La redención de Bartleby

La redención de Bartleby


Yo nunca fui espectador de teatro, siempre lo fui antes y después del cine. Creo que una cierta modestia, un prejuicio interior contra mí mismo, me aleja de las artes máximas aun cuando les profeso una generosísima admiración. Digamos que observo la música, la pintura, el teatro e incluso la literatura y el cine, que me son tan familiares, en planos lejanos a mi alcance. No fui nunca espectador de teatro aunque haya una línea teatral que cruce de Norte a Sur a mi familia, que disfrutó de un palquito en el Principal, de una afición sencilla pero bien guardada, que perdura más o menos oculta. En cierta ocasión, yo hice de apóstol, sin nombre ni frase, en el montaje anual de Jesucristo Superstar en mi colegio. Mi gloria se redujo a los ensayos, donde podía asumir cualquier papel porque me sabía todas las canciones, todas. Algo parecido le había ocurrido a mi padre mucho antes. Una vez le arrebató el puesto a un apuntador que había salido a aliviarse al excusado en medio de un ensayo. El apuntador no podía esperar y el director, tampoco. Así que le pidió al sr. Ornat que sustituyese al otro y leyera para los actores; y el sr. Ornat cumplió la tarea con un sentido tan exacto del tiempo demaclatorio que, cuando regresó de sus abluciones, el apuntador titular resultó destinado de inmediato a otra empresa.

La noche del martes me fui al teatro a Huesca. Creo que antes sólo estuve una vez en el teatro, en Zaragoza, para ver La Importancia de Llamarse Ernesto, del diletante Oscar Wilde. De tan improbable alternativa para una noche de martes y 13 cruzada de lluvia tuvo la culpa, bendita, el tal Petón. Un amigo: como dijo Groucho, creo que se le podrá llamar así. Petón, otro diletante, me invitó al estreno mundial -subrayado- de 27 veces Hamlet, homenaje al finado Pepín Bello en lo que hubiera sido, en lo que fue de hecho, su 104º cumpleaños. La Gran Enciclopedia Aragonesa asegura que Buñuel habría montado ese Hamlet surrealista "con un grupo de amigos en el «Café Select» de Montparnasse", pero la verdad es que la GEA también me incluye a mí, el hombre somniloquio, en una entrada dedicada a la crítica cinematográfica, lo que condiciona de forma severa su credibilidad... y la mía.

En fin, que Petón conoció a Bello en los últimos años de vida del que fuera amigo, inspirador y fotógrafo ágrafo de la Generación del 27; de sus poetas y sobre todo de esa terna tan maravillosamente improbable formada por García Loca, Dalí y Buñuel. Ambos agotaron tardes o bien horas de conversación, hasta el fallecimiento del vitalista Pepín Bello en enero pasado. "El Bartleby -escritor sin obra- más longevo del mundo", tal y como lo definió Enrique Vila-Matas. Tras el deceso, el diario Milenio de México escribió un titular increíble, tan desparejo que revienta de hermosura. Decía: "Dormido encontró la muerte a Pepín Bello a los 103 años". Como ese epígrafe mexicano, Petón tiende hacia la Literatura. Pero, aún más que la escrita, lo suyo de verdad es la Literatura oral. Estamos ante un extraordinario generador de relatos de toda condición, extraordinarios cuanto más inciertos, inciertos cuanto más extraordinarios. Un verdadero arquitecto de la palabra en el aire, si me admite el ditirambo, que recoge sentidos de ida y vuelta, uno en serio y otro en broma. Gran contador, Petón propuso y dejó que Pepín Bello fuera el que contase recuerdos y consideraciones acerca de sus días en la Residencia de Estudiantes. Acaso ni siquiera lo propuso, sólo ocurrió. El resultado de aquellos intercambios tomará la forma de un libro de conversaciones con Pepín Bello, cuya publicación creo que es inminente. Pero también confluyó en el osado germen de una redención: la que había de ser la redención del Bartleby aragonés. Pepín Bello, el artista del 27 sin obra publicada, había escrito en realidad una absurda versión del Hamlet de Shakespeare, a cuatro manos (quién sabe si a cuatro patas) con su amigo Luis Buñuel. Cuando Petón le prometió que la montaría y estrenaría en Huesca, Pepín Bello se descojonó. El verbo es literal. Se descojonó: "¡Es irrepresentable!", le conminaba a Petón.

Petón la ha puesto en pie. Y la estrenó el martes en Huesca en la forma de dos cuerpos unidos por el hilo conductor de una promesa: un original, inteligente, bien trabajado homenaje escenográfico a Pepín Bello; más el 27 veces Hamlet, la astracanada "irrepresentable", la descojonación de dos aragoneses. Las promesas, incluso las hechas al prójimo, contienen un algo de vanidoso capricho interno, pero luego hay que defenderlas. Petón lo hizo, vaya que sí. A teatro lleno (hermosísimo el Olimpia de Huesca... reluciente con ese algo indefinible de los teatros), con un estupendo elenco de actores (el magnífico Jorge Usón, Toni Alcalde, "que es igual que Pepín cuando tenía 28 años", anota Petón, Ricardo Vicente y Arantxa Martín), dirigidos por Lola Baldrich. Baldrich adaptó algunos textos de las conversaciones de Petón con Pepín Bello, le sumó medidas y sugerentes efusiones líricas de los poetas del 27, una interpretación de generosa expresividad y la escenografía de Pepe Cerdá. Todo sobre el lecho de un moroso piano y al vapor de una flauta, lánguida y travesera como lánguida y travesera fuese la dama que la alentaba. Un marco estupendo. El compendio resultó en una emotiva pieza de una hora, que recrea la amistad, las vivencias, las pulsiones interiores de aquellos jóvenes genios convocados por el destino en la Residencia de Estudiantes.

Yo no soy espectador de teatro, pero perdura la emoción y la velada me hizo preguntarme si deberé revisar esa desconfianza mutua. Del Hamlet posterior no se puede decir nada. Hay que verlo. Ni siquiera Petón o Bello o Buñuel hubieran podido explicarlo: es un descojono. Literal. La redención de Bartleby, por Petón, merece mucho más que una noche de gloria. Fue 27 veces bello... con minúscula.

[Foto: Los poetas de la Generación del 27, reunidos en el Ateneo de Sevilla para homenajear a Góngora: la imagen la tomó Pepín Bello, de modo metafórico].

Je t'aime

Alberto Fernández-Salido, el director de MediaPunta, me atribuye haber publicado la que podría ser la verdad más rotunda (confiemos en que no la única) de todo el año en la prensa deportiva. Sería esta frase: "Al fútbol le sobran explicaciones". Desde luego la sentencia no es mía, sino de Pablo Aimar. Mi mérito discutible consistiría en haberla aislado en la memoria cuando Pablo la pronunció en medio de una rueda de prensa, hace algunas semanas, oculta entre un buen número de interesantes consideraciones acerca de la situación del Zaragoza. Al agregarla en un artículo que escribí para la revista sobre los desastres de nuestro equipo (¿Por qué se deprimen los leones?), yo le estaba otorgando al Cai mi acuerdo absoluto. Claro que sería un acuerdo de converso sin posible redención, porque si al fútbol le sobran explicaciones puede que entonces también le sobren los relatos, con lo cual los periodistas quedamos en el centro mismo de la diana: seríamos prescindibles, por no decir abiertamente innecesarios. El fútbol, como defiende Alberto en su artículo, fue hecho para ser jugado y tal vez para ser visto. Podemos creer que también para ser contado... Pero desde luego en muchos momentos rechaza las explicaciones. Que dos periodistas hagan semejante declaración es como para rebajarlos de la profesión. O no.

Anoche, mientras veíamos el partido contra el Real Madrid (el partido más desconcertante que jamás vi en mi vida, he de confesarlo), nos acordamos por motivos obvios de esta historia: hace años el Valladolid jugó al final del campeonato un encuentro decisivo frente a un rival del que no guardo la identidad. Como a ambos les valía el empate para asegurar sus últimos objetivos, jugaron el partido al empate y lo empataron, de modo inevitable. Dicho en una sola palabra: los 90 minutos constituyeron una pantomima o una farsa. Al día siguiente el diario El Mundo, en su edición de Valladolid, respondió así: dejó vacío el espacio de la página dedicado al choque. Donde debían aparecer un titular y un subtítulo, sólo había dos cajas de texto en blanco. En las varias columnas en las que el lector aguardaba la crónica del choque, más vacío, más blanco. Sólo una foto y la ficha del encuentro daban noticia del juego. No es que nosotros pensáramos viendo al Zaragoza con el Madrid que lo que estaba ocurriendo merecía ese tratamiento, pero sí nos asaltaba la desasosegante impresión de que íbamos a incurrir en algunas falsedades a la hora de escribir. Lo que ocurría contaba con una tramoya oculta en la trasera. A ese partido le sobraban explicaciones. Quedó todo tan claro, pero tan dolorosa y quizás vergonzosamente claro, que no queda nada que decir.

Sinceramente, ya no sé qué pensar. Mi equipo de rugby murió el sábado en la orilla de un ascenso muy deseado, a la vuelta del partido más hermoso que yo haya jugado nunca. De esa tarde lluviosa del sábado, de ese monzón de rugby y hierba y carne y tacos metálicos y cuerpos empapados en sudor, en agua y en lágrimas, de esa tarde inolvidable me quedan golpes sin número, repartidos en orden asimétrico por la carne y el alma. Un labio abierto, un hombro derecho hecho papilla, una sirga dura de dolor que asciende por el lateral diestro del cuello, dos líneas rosadas de carne viva sobre la tibia derecha, unos ligamentos de la rodilla izquierda tensos como la cuerda de una guitarra, varios cardenales moteados de amarillo en la cara interna de los antebrazos, un dedo meñique inflamado, tumefacto y de aspecto nicotínico, otro dedo meñique que cruje en la torsión y una nostálgica tristeza porque se me está acabando el tiempo. Me queda el aplauso emocionado que me dieron mis jugadores después de que yo les escribiera unas palabras de sentido ánimo para esa hora decisiva. Muchas cosas se me van de las manos y tengo una plena conciencia de ello. Hasta el Zaragoza se va por el desagüe y yo me veo obligado a pensar y admitir que no es, ni de cerca, la más importante de las cosas que estoy perdiendo. Me he pasado la mañana escuchando Je t’aime... moi non plus, la erótica canción de Sèrge Gainsbourg y su amante Jane Birkin, hecha de susurros y gemidos, de palabras sugerentes, una escena de sexo de amor sin amor, pero con tremendo amor y un sexo tremendo de puro amor al sexo. Contra su intención libidinosa, en mí sólo despierta una nítida añoranza de no sé bien qué. Una extrañeza sin rostros, nombres ni fechas. Un titular vacío y un subtítulo en blanco y la crónica sin palabras.

A la vida, como al fútbol, le sobran explicaciones.