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Somniloquios

Papá, ¿me pones a James?

He hablado antes de James, de las mañanas del verano del 97 en Maida Vale, Londres, de la prisión de nostalgias en la que se convirtió la ciudad en mi regreso y de cómo la música de Laid, que Andy sacó de alguna tienda de oferta esos días, abrió un profundo corte en todos los pesares. Durante los meses siguientes, Sometimes y Laid se convirtieron en una suerte de himnos de supervivencia; había que recoger los pedazos y volver a empezar, así que casi todas las mañanas (y muchas noches) esos dos temas rellenaban los huecos. La historia no da mucho de sí, se trata de una experiencia musical íntima de la que no se puede dar noticia sin incurrir en la exageración. Pero, de forma inevitable, siempre que hable de James hablaré de lo mismo, de esos días y de cómo la música cicatrizó tantas heridas. Esta noche veré a James por primera vez en directo. Se fueron con una gira memorable en 2002 y Tim Booth anunció que iniciaba su carrera en solitario: publicó Bone, un disco sin demasiada gracia, tal vez porque a ninguno nos acababa de hacer gracia tener que aceptar la despedida. Afortunadamente han vuelto. Ahora que regresan tantos grupos innecesarios, la vuelta de James, grupo de culto colectivo del que nunca se supo gran cosa en España, parece radicalmente perentoria. Además, han vuelto con un disco estupendo, Hey Ma; pero estupendo de verdad. James de principio a fin: repleto de la vivacidad de las guitarras, de las letras reflexivas y la dialéctica interior, las historias de perdedores iluminados, el misticismo costumbrista, la trompeta de Andy Diagram y, desde luego, la voz de Tim Booth. Todo sobre ese subrayado vitalista que siempre fue para mí la nota característica, la más distintiva de James. Uno de los grupos más singulares de aquella supernova que significó el Madchester de mediados de los ochenta.

Podría dejar un video de alguna de sus recientes actuaciones en una gira que ha llegado a España esta semana, pero me ha gustado este que he encontrado en YouTube: Whiteboy, una de sus varias grandes canciones de Hey Ma, suena en segundo plano, y el baile de los dos niños que le piden a su padre que les ponga a James define muy bien cómo la música de estos muchachos opera en mi ánimo. Aviso que pienso comportarme como ellos.

Ayala pone un grito en el cielo

Ayala pone un grito en el cielo

No faltan quienes acusan al velocista de incurrir en ditirambos filósofo-poéticos en sus crónicas. Porque siempre hay opiniones, e incluso a veces hay opiniones acertadas. En cierta ocasión unos simpáticos y admirativos beodos así se lo dijeron, concretamente en el concierto de los Héroes del Silencio en La Romareda, y ya se sabe que los bebidos y los niños siempre dicen la verdad. Y el velocista, que en los partidos de última hora frecuenta la escritura inconsciente, debe admitir su culpa y lo hace, porque hablamos de un muchacho generalmente modesto, a veces hasta la lástima. Hoy hemos de romper una lanza porque el sábado, ese hombre atribulado que escribe dos crónicas mientras vuela la medianoche y revienta el cierre del diario, pensó titular esta recensión del agitado encuentro contra el Deportivo 'El Tormento y el Éxtasis', epígrafe de aquella magnífica película de Carol Reed en la que Charlton Heston hacía de Miguel Ángel (Buonarotti) y pintaba la Capilla Sixtina mientras se embroncaba con el Papa Julio II. El tormento y el éxtasis reunía verdaderamente todas las condiciones del horrible drama que vivimos en La Romareda, pero el velocista le pasó el detector de metales líricos a la primera opción y se pasó a una segunda, porque la licencia cinematográfica no lo convencía. Así que pasamos al que preside arriba y yo estuve de acuerdo con el chico en que le quedaba mejor a la noche y a la telúrica celebración de Ayala. En fin, que últimamente hay demasiados días huecos en Somniloquios. Para qué nos vamos a engañar: no es que no me apetezca escribir, es que no sé de qué hacerlo. Vivo en suspenso y, como estoy acostumbrado a una agitación interior permanente, no me manejo bien en este extraño silencio mental... La normalidad no es lo mío.

Real Zaragoza, 1-Deportivo, 0
35ª Jornada de Liga

Fabián Ayala cazó su gol en el borde exacto de la desesperación, en ese espacio intermedio que debe existir entre la vida y la muerte, del que algunos dicen haber regresado con la memoria de una luz muy blanca que tal vez sea la Providencia. Algo así debió ver el argentino. Una experiencia religiosa. En esa ingrávida agonía entre Primera y Segunda División, el Ratón encontró y le dio forma a un gol de corte histórico. Tocó Matuzalem una falta en perpendicular, llovida sobre el segundo palo. Aouate, que había negado un par de goles cantados y agradecido otros al palo o al desacierto de Oliveira, se comió esa pelota con postrera generosidad. Tocó García junto al palo y Ayala la empujó. Ese tanto rescató al Zaragoza de un sufrimiento larguísmo, subrayado por una veintena de ocasiones, por la generosa exhibición ofensiva de un equipo que se elevó sobre todos los infortunios.

El 0-0 constituía el resultado más improbable. Por el estado clarividente del Depor, por la necesidad del Zaragoza, por su acumulación de atacantes... Y sin embargo, estuvo a punto de ocurrir, de un modo que nadie hubiera podido explicar sin recurrir a lo paranormal. El Zaragoza entregó la vida y casi la pierde. Ahora está vivo. Vivo no es salvado, todavía no. Quedan tres partidos y rincones de sufrimiento que hay todavía que doblar. Pero ese gol del doliente Ayala, festejado con un grito devastador, bañado en la emoción del defensa argentino y en el abrazo de todo el equipo con la grada (poderosa y simbólica iconografía) pone al equipo de Manolo Villanova en 41 puntos. Lo saca del descenso gracias a la derrota del Recreativo en el Vicente Calderón y lo aproxima a la frontera de la permanencia. Fue como aquel tanto de Álvaro a Osasuna. O mayor aún. Un gol de proporciones memorables. 

Larga acometida

El partido se hizo muy largo y muy corto, al mismo tiempo. Largo porque la desesperación estira las unidades temporales. Después de hora y media así nos miramos al espejo y parece que hayamos envejecido diez años. Corto porque el dispendio ofensivo resultó tan espléndido que todo ocurrió a alta velocidad. En cierto momento el Zaragoza acumulaba ocasiones, pases, combinación, llegada y remates como si los produjera en serie. Y todos acababan en el mismo aullido de decepción.  El Depor contribuía con su terno de equipo entero a esa impresión de riesgo incontenido. Cuanto más se volcaba el Zaragoza contra su lado, más hacía temer uno de esos latigazos que suelen azotar a los equipos en situación perversa como el Zaragoza. Hay que decir que, aun superado de arriba abajo, el Deportivo jamás descompuso el gesto. Su problema estuvo en que apenas acertó a expresarse. No encontró herramienta para hacerlo.

Primero aguantó la furiosa acometida del Zaragoza y lo preocupó robándole alguna pelota en el medio campo a veces, y otras poniéndole morfina al juego. Lotina ha logrado un movimiento articular bastante exacto de sus piezas, pero el Zaragoza le tapó la salida llevando la presión de sus delanteros al borde de su área, al menos cuando le alcanzó el aliento, que no fue siempre. Con ese solidario esfuerzo, el conjunto de Manolo Villanova logró interrumpir el flujo de juego del Deportivo y aisló a Xisco, inédito al norte de su equipo. Pese a la superioridad creciente del Zaragoza, los chicos de Lotina se las arreglaron para conformar una cierta amenaza latente. Por fuera progresaron con Filipe Luis y Manuel Pablo, más el incansable Wilhelmsson, un jugador prolijo que apareció en todos los espacios vacíos. Esos valores no le fueron suficientes para inquietar a César. Salvo un tiro de Luis Filipe hacia el final, en un leve entreacto que precedió al gol de Ayala. Luis Filipe agotó la banda, pero al otro lado Sergio García lo mató.

Todo el mundo hizo algo o muchas cosas buenas. Al fondo, Zapater le puso un pulmón oceánico al partido y Sergio Fernández estuvo sencillamente perfecto. Ilustre. Pero fue Sergio García quien encarnó el espíritu del equipo. El catalán se elevó sobre el lado derecho y ocupó todo el campo, la noche entera. En La Romareda, pocas exhibiciones individuales pueden compararse en los últimos tiempos a la de Sergio García. Para comprometer la trama defensiva de Lotina, el Zaragoza necesitaba solidaridad y un ritmo muy vivo de pelota. Hablamos de ideas opuestas, pero Villanova había decidido que su alineación fuera fiel al corte ingrávido de la plantilla. De ese impulso se agarró el equipo, que vació el medio campo, abrió su velamen y se fue a por la portería con arrojo y toque. La falta de puntería, el palo y Aouate contuvieron sus méritos. El listado de oportunidades tendió a lo interminable: comenzó en la primera mitad y se multiplicó de forma exponencial en la segunda, cuando el Deportivo se plegó del todo bajo la aplanadora. Varias de Sergio García, coronadas con una jugada maradoniana que sacó el inmenso Coloccini y que luego no acertaron a terminar Aimar ni Diego. Otros de Oliveira, que no vio el arco iris. Alguno de Milito, acalambrado de pierna y remate.

Después de una noche pródiga en voces de gol ahogadas, el grito final lo pegó la garganta profunda de Ayala. Una falta de Matuzalem, un toque hábil de García, Fabián y... la explosión. El alarido desatado de entusiasmo levantó La Romareda por los aires.

Diario AS, 4 de mayo de 2008
www.as.com

Atmósfera

Walk in silence,
Don’t walk away, in silence.
See the danger,
Always danger,
Endless talking,
Life rebuilding,
Don’t walk away.

Walk in silence,
Don’t turn away, in silence.
Your confus
ion,
My illusion,
Worn like a mask of self-hate,
Confronts and then dies.
Don’t walk away.

People like you find it easy,
Naked to see,
Walking on air.
Hunting by the rivers,
Through the streets,
Every corner abandoned too soon,
Set down with due care.
Don’t walk away in silence,
Don’t walk away.

Atmosphere, de Joy Division

Hasta el rabo todo es toro

Real Zaragoza, 3-Recreativo, 0
33ª Jornada de Liga

Lo malo de venderle tu alma al diablo es que, cualquier noche, vuelves a casa de tomar algo y te lo encuentras pelándose un huevo duro en tu sillón orejero. Y a ver quién lo convence entonces... El Zaragoza lo logró. En la noche en la que venía a buscarlo el ángel caído, se arregló para endosarle la factura al Recreativo y salió pitando con el corazón batiéndole el pecho por el lado del escudo. El corazón, que en el fútbol se llama intensidad, carácter competitivo, esas cosas que le habíamos visto al Recreativo contra el Barcelona y en los últimos partidos, y que hacían temer a un equipo muy diferente. El suyo fue un defecto teórico castigado de forma violenta por un Zaragoza que recuperó su alma, lo cual es tanto como decir la esencia. Y la esencia estaba en la actitud, desde luego, pero también en la apelación a los valores originales, lo único que acostumbra a funcionar. Queramos o no, lo de los dos delanteros constituye la radical naturaleza de este equipo, por desequilibrada que nos parezca. A la vuelta de una búsqueda encomiable, Manolo Villanova entendió el principio que el doctor Lecter le recordaba a la agente Starling: simplicidad, Clarice, simplicidad.

El Recreativo, para culminar esa vuelta del Zaragoza al rock de guitarras de toda la vida, eligió un mal día para perder a Martín Cáceres o a Quique Álvarez. Las ausencias en el fondo suponen un peso enorme para un equipo en las circunstancias del Recreativo. Si lo sabrá el Zaragoza... Uno miraba ayer a Sergio cabecear por arriba y meter por abajo y se preguntaba, con todo el derecho del mundo, si el Zaragoza hubiera caído tan bajo como lo ha hecho con el asturiano en el campo. Zambrano cometió un cierto pecado de incontinencia. Además de que le faltaba su mejor hombre atrás y de que tenía al desesperante Edu Moya, envió su línea defensiva a 40 metros de Sorrentino. Una temeridad añadida que interpretaron muy bien Aimar, sobreexcitado, valiente, comunicativo, líder con la pelota y con los gestos. Y también Celades, que de cuando en cuando recuerda al jugador descubierto por Cruyff hace años. En un medio campo de pierna flaca, el catalán Celades (nació en Barcelona aunque viva en Andorra, coño!) se hizo dueño del reloj del partido. Óscar apareció con mayor fugacidad y Gabi le recorrió a la noche todas las esquinas, en una estupenda asimilación de las tareas del actor secundario. Alimentados por ellos, Sergio García y Oliveira aprovecharon los errores visitantes para poner al Zaragoza 2-0.

Naturalmente, todo el partido quedó definido por esa entrada febril del equipo aragonés. Enfrente, el Decano expuso una desgraciada blandura atrás y se sometió a una condena inevitable. Nunca sabremos si hubiera podido ser otro, pero hay que convenir en el demoledor efecto de las ausencias y en la rotundidad defensiva del Zaragoza al otro lado: frente a Marco Ruben, ensombrecido bajo la luz de su encuentro contra el Barça, y Sinama. El francés libró una batalla imposible en la que Sergio le negó cada balón y Ayala le recordó de todas las maneras posibles, a cual más despiadada, quién tiene el mando en la plaza. No nos tome nadie por pendencieros, pero qué bien pega Ayala... 

Regalos
El problema del Recreativo estuvo en que tal vez quiso ser dique antes que cuchillo; esperar y resistir la previsible efervescencia inicial del Zaragoza, para luego ir modelando el partido a su menor apuro. No le dio tiempo a comprobar lo adecuado de esa postura. A los 90 segundos Edu Moya, y a los 20 minutos Iago Bouzón, les regalaron sendos balones a los puntas del Zaragoza en los alrededores del área. El primero lo jugó a toda velocidad Aimar por fuera, lo cruzó Oliveira al punto de penalti y lo terminó Sergio García con un toque sutil de izquierda, cambiándole la dirección. En el segundo, Oliveira huyó contra Sorrentino y lo batió con una delicadeza mortal. No fue un disparo y tampoco se le puede decir toque: se pareció más a un putt cuidadoso tirado sobre la augusta hierba de Augusta.

Esa descomposición inicial  arrastró al Recre y lo sacó del encuentro. El ambiente en La Romareda tenía la espesura de las noches cerradas, pese a que la claridad no se desvaneció del todo hasta entrado el segundo tiempo. Hervía en la grada un fervor que Pablo Aimar, futbolista de alquimias diversas e ilustradas, licuó en el vidrio de su cuerpo, para convertirlo en fútbol arrojado y vivaz. El Cai tenía de nuevo esa energía vivaz e ingrávida de un Errol Flynn en las aventuras de Robin Hood. Puso tanto el argentino que bordeó el precipicio de su resistencia: primero lo amenazó el pubis tras un espagar desordenado, al disputar el balón con fiereza; luego la rodilla lo hizo claudicar. Aguantó cuanto pudo y se fue herido, pero sobre el fondo de un aplauso, como los toreros que se arriman. Aimar es la voz del juego. Con él todo es otra cosa.

¿Y el Recreativo? Bastante tuvo con sostenerse frente al batallón desaforado que fue el Zaragoza. Apenas amenazaría con tres faltas de Martins al borde del área, pero todas mal resueltas. La doble amarilla a Marco Ruben, que pegó dos patadas locas en medio minuto, dejó el partido hecho. El equipo de Zambrano lo aceptó, de forma tácita. No encontró por dónde entrar en la rueda, ni siquiera cuando tomó a su cargo la pelota en el segundo tiempo, aprovechando que el Zaragoza se ponía cínico: a manejar, a tocarla, a jugar con las faltitas de un Undiano primero casero y luego descompensado. Lo que no pudo hacer por la vía del juego lo buscó por la del turco Eser Martín, un futbolista tan grande que parece Tiburón, aquel animal con dentadura metálica de las películas de James Bond. Vicente y Ayala dejaron al Zaragoza con nueve, lo que le agrega a la victoria un punto trágico, inevitable: en Montjuïc, el Zaragoza jugará sin Sergio ni Ayala. Para entonces, Oliveira ya había cabeceado el 3-0.

Esto no ha terminado. En realidad, sólo acaba de empezar. Quedan cinco semanas y el diablo aguarda el cobro, pelando su huevo con la uña del meñique. Se parece un poco a Robert de Niro.

Diario AS, 20 de abril de 2008

La bufanda

 

Muchachos... llegada esta hora, no queda mucho por hacer. Sólo imaginar o recordar, que a veces viene a ser lo mismo. Después, ir al campo y, qué sé yo, mirar lo que pase y concluir que estamos por encima de lo que ocurra. Siempre por encima. Yo no soy nada supersticioso, pero en en el maletero de mi coche llevo siempre un amuleto: una bufanda del Wisla-Zaragoza comprada en Cracovia, claro, en aquel día infausto. Dado el desastre, y con una lógica nada severa, pienso que un objeto de memoria tan nefasta va a protegerme frente a cualquier circunstancia: entre la bufandita y las dos cintas blanca/azul de la columna de la Virgen, mantengo mi carnet de puntos intacto y todo lo que he abollado el coche ha sido el rasponcito clásico en la columna del aparcamiento... Mi otro amuleto zaragocista, ya lo advierto, va a salir mañana del cajón e ir al estadio. Una bufanda comprada en la final de Copa del 94 contra el Celta, que desde entonces viene conmigo a la tribuna de prensa, o donde sea, en todos los partidos importantes. La guardo sin lavar desde que le derramé todo el vino que no me cayó gaznate abajo en el largo día de la Recopa en París. Hasta ahora siempre ha venido en días de finales y semifinales. De aquí a lo que queda de esta Liga, la voy a sacar a pasear. Hasta el 12 de abril de 2006 en el Bernabéu, esa bufanda estaba rotundamente imbatida. Una final siempre se puede perder, no lo vamos a negar. Yo sigo creyendo en ella.

Todo lo que se me ha ocurrido es este vídeo, rescatado en YouTube, del 6-1 al Real Madrid (gracias a los chicos de aupazaragoza.com, creo que les corresponde la autoría). La noche más grande de Diego Milito, que mañana nos va a faltar. Ya sé que no está bien, lo sé todo; lo veo cada día, todas las mañanas, lo veré dentro de un ratito: pero yo en Diego creo como se cree en Dios, a pesar de las guerras, los incendios, el hambre y la destrucción. Por encima de un atisbo de agnosticismo. Porque lo echaré de menos mañana y porque ya lo estoy extrañando en el futuro. Gran jugador, magnífica persona, excelente goleador. Un zaragocista comprometido. Por cierto: en ese vídeo el hombre somniloquio tiene la relativa gloria de aparecer celebrando (puño apretado, puño en lo alto, festejo grande... diría Víctor Hugo) el sexto gol, el de Ewerthon: sobre el minuto 2:43, toma desde la espalda de la tribuna, en el centro preciso de la imagen y en pleno éxtasis. Qué felices éramos cuando éramos felices.

No sé. Esto es todo lo que nos queda. Lennon versionado y la esperanza. Papá, esta noche hay partido... 

Bibiana tenía un blog

Bibiana tenía un blog


Bibiana Aído tenía un blog y ahora tiene un ministerio. Temporalmente hablando, ambos hechos son casi consecutivos. Creó el blog en febrero, durante la campaña electoral de las últimas elecciones, y dos meses y medio más tarde Zapatero ha creado un ministerio que la tiene por señora ministra, que no es poco. Lo he estado ojeando y he terminado enseguida. El blog, no el ministerio, sobre el cual no tengo opinión. En cuanto a blog, como ocurre con una gran mayoría de los blogs que pueblan el infinito alephico de Internet, resulta obvio y prescindible. Somniloquios también lo es, no vaya a pensar nadie que aquí hablamos desde la vanidad. Sólo yo considero imprescindible Somniloquios, mi terapia cognitiva de andar por casa. Supongo que para Bibiana también su Amanece en Cádiz (título almibarado para un blog sobre política o propaganda personal, salvo que ensaye una metáfora ideológica...) será imprescindible. Ahora que tiene que regular la igualdad nacional, veremos cuánto. Nada es imprescindible. Decir que algo o alguien lo somos supone una generosa exageración.

Yo acababa de crear Somniloquios de modo furtivo cuando una noche, durante una cena con amigos, el Licenciado observó: "Ahora todo el mundo tiene un blog... y nada que decir en él". La severidad de la afirmación me corrió por la espina dorsal un momento, pero con un hilo de voz me atreví a replicar: "Yo acabo de crear uno". A lo que el Licenciado, sonriente, contestó: "Pero aportarás algo...". Ahí estaba la presión de un lector de calidad, sí señor. Seguí adelante y no sé si aporto nada, pero me entretengo. Bibiana Aído apenas reunía uno o dos comentarios en algunas de las hieráticas entradas de su Amanece en Cádiz. El día que la hicieron Ministra de Igualdad (que no en igualdad) coleccionó 140 apostillas a su refrito de un artículo de El País acerca de, claro, la igualdad. Algo sobre el uniforme de las mujeres, muy mal traído y muy mal llevado. O sea, mal escrito y razonado sobre un lecho de lugares comunes del feminismo, filosofía necesaria pero con un argumentario poco evolutivo, digamos. La ministra no era la autora, pero le había encantado. Lo que la hace cómplice en mi forma de ver las cosas. Naturalmente, de los 140 comentarios calculo que unos 130 eran meras enhorabuenas por el nombramiento. Comentarios sobre el tema en sí había pocos. Yo nunca he logrado 140 comentarios, aunque tengo por ahí en los archivos un post casi tan hierático como los de Bibi y va ya camino de los cien. Es el récord somniloquios, con gran ventaja sobre el segundo clasificado. Desde luego, esos comentarios se han reunido en mucho más tiempo que los coleccionados por la ministra, que en pocas horas tuvo 35.000 visitas en su página. Otra diferencia estriba en el tono de los participantes: si en Amanece en Cádiz menudean los parabienes, el "felicidades, compañera" y esas cosas, en el mío vuelan los cuchillos dialécticos suramericanos, centroamericanos y latinoamericanos, todo a cuenta de una humilde referencia mía a la película Million Dollar Baby. Encendió la mecha un muchacho que me insultaba por desconocer el gaélico y la traducción o la grafía exactas de una frase nombrada en aquella cinta de Clint Eastwood. Y desde entonces parece un concurso a ver quién la dice más gorda.

Antes los dos teníamos un blog. Bibiana y yo, digo. Ella además tenía un cargo en no sé qué de desarrollo del flamenco, pero con todo el respeto yo no puedo tener en cuenta un cargo así. En términos de envidia, me refiero. Ella tenía un cargo de desarrollo del flamenco y yo soy capitán de mi equipo de rugby: para mí constituyen hechos equivalentes. Cualquiera daría algo por poder arengar a los muchachos en el vestuario cada sábado como yo lo hago; y someterlos a la liturgia de la ducha antes de cada partido, todos agarrados y saltando juntos y gritando y embruteciéndonos antes de salir al campo. Ahora ella tiene un ministerio y un blog y yo sólo un blog y la capitanía del Seminario. Ahí la comparación ya se cae. Eso sí, con orgullo desconfiado puedo decir que, antes del nombramiento, yo le ganaba en comentarios a Bibiana pero de lejos. Mérito de ustedes, no mío, pero da un cierto gusto, no te creas. ¿Es envidia?, preguntaréis. Sí. Lo que no sé es qué envidio: yo no sabría qué hacer con un ministerio. Tal vez lo que envidio es no conseguir que Bibiana me envidie a mí. Que diga: "Joder, yo no sabría qué hacer con un blog". Pero sí sabía, vaya que si sabía. Por cierto: ¿Se puede decir joder en un Ministerio de Igualdad? Porque joder implica, en el fondo, una dominación del masculino sobre el femenino, una violación de los deseos, una perversión del lenguaje como tantas otras. Hacer el amor constituye un acto mutuo; follar también, pero aleja a los actores porque uno trata de follar(se) al otro, o sea de estar por encima y si es posible de estar encima, de dominar el acto o el placer del acto. Joder ya es, directamente, un ejercicio de indudable sumisión implícita. Cuando alguien dice "¡No jodas!", el de enfrente advierte: "No te agaches". Viene toda esta digresión porque a Bibiana el lenguaje le importa, a su manera: es de las que se salta el obstáculo de los géneros por medio de la arroba, e integra el todos y el todas en tod@s. Lo que me pone muy nervioso. Para serenarme, me demoro en su foto de arriba y me gusta esa mirada tan ambigua: si reparo en la línea de su cabello, retirado levemente sobre el lado izquierdo, con ese pendiente barroco que apoya sobre el hombro, me parece confiable y plácida; por el contario, el mechón del otro lado, iluminado de sol ("albriciado de luz", que diría Borges), y el ojo que se entorna, desvelan la posibilidad de una perfidia calculada. Una sospecha admonitoria. En cierta ocasión, Bibiana le reprobó a un periodista de ABC de Andalucía su espíritu crítico: "Eres muy joven para escribir esas cosas que escribes", dice él que le dijo ella. A los 31 años, no es que Bibiana sea joven o no para hacer de ministra en un ministerio de igualdad; pero es muy joven para escribir cosas tan aburridas como las de su lírico Amanece en Cádiz. O muy mayor, no lo sé. Con la edad todo tiende a la subjetividad.

Para terminar, regreso a la complicidad de la que hablé antes. Hoy se ha presentado la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, el autor de La Sombra del Viento, ese libro que la gente leía en el autobús, en la fila del banco, en el vagón del subterráneo, en la bicicleta estática. El nuevo se llama El Ángel de no sé qué... da igual. Once millones de libros vendidos. Once millones de cómplices. Me baso en el (im)prescindible blog de Arcadi Espada en elmundo.es para razonar la acusación. Publicaron en el diario un extracto de la novela de CRZ y dice así:

"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable.

 --Está caliente.

Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."

El párrafo revela una prosa escolar y lastimosa. Eso no es lo peor, y aquí citaré al agudo Arcadi, irónico y certero cuando dice:

"La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito".

Una de esas modernísimas columnistas del NYTimes sostenía hace algunos días en un artículo la despiadada importancia que las preferencias literarias tienen en las relaciones de pareja: "No eres tú, son tus libros", lo titulaba. La biblioteca personal puede determinar la posibilidad de éxito de una relación, venía a decir. Alguien cuyo libro de cabecera sea América, de Kafka, no puede cruzar bien con un cómplice de Ruiz Zafón, sostenía la autora. No estoy en absoluto de acuerdo. Alguien puede querer a un consumidor compulsivo de Literatura aunque el uso que él mismo haga de los libros no sea otro que decorar la estantería según los colores de los lomos o bien calzar alguna mesita que cojea. Y viceversa. Hace tiempo una chica me preguntó, con interés tópico: "¿Te gusta leer?". Claro, respondí. Mucho... Siguió: "¿Cuál es tu libro preferido?". Me quedé tieso. Me resulta imposible contestar a una pregunta así. Vi por dónde venía, así que le planteé la disyuntiva que siempre interpongo ante una situación tan apurada: "¿A ti te gustan los libros o la Literatura?", la interrogué. Como se negaba a aceptar la diferencia (que no incluye un menosprecio por mi parte, ni mucho menos), se protegió con otra pregunta: "¿Cuál es el último libro que has leído?". Nombré el que fuera, no me acuerdo. "Ni idea", fue su comentario.. ¿Y tú?, contraataqué yo: "Los Pilares de la Tierra", aseguró con orgullo. "¿Lo has leído?". No, dije yo. Ni pienso. Consideración ante la cual ella agregó, implacable: "Pues no leer Los Pilares de la Tierra es un crimen". Por lo visto, ella sí hubiera estado de acuerdo con el artículo del NYTimes. De modo que me protegí regresando a mi argumento original: "A mí me gusta la Literatura; los best-sellers, salvo excepciones, no se me dan bien".

Su respuesta final cerró la conversación para siempre: "¿Sabes qué te digo?". Dime, maña, dime: "Que yo prefiero los libros, porque la Literatura no hay quien se la trague".

Como diría Arcadi Espada... buenos días.

La batalla de Alexandras

La batalla de Alexandras


El fútbol en Grecia se presenta bajo la escenografía de una operación militar. Dos horas antes del partido, la policía antidisturbios cubre todos los flancos de la Avenida Alexandras, desplegada por los alrededores del estadio del Panathinaikos en sucesivos cinturones humanos. Autobuses enrejados clausuran las esquinas del desvencijado campo aprovechando la protectora estrechez de las calles adyacentes, urbanizadas con la abigarrada profusión típica de Atenas. Un entramado de vías angostas que se repiten en ángulos rectos. Resulta fácil imaginar las juergas que se deben correr por aquí los hinchas más violentos. El barrio es perfecto para la emboscada. Contra esa amenaza, los agentes interponen valladares mecánicos y cierran los huecos con sus cuerpos, para contener la circulación de aficionados de un flanco a otro del estadio mientras dura la tensa llegada de los equipos en sus autocares. Es la primera parte de la operación. El ambiente no es de fútbol, sino de maniobras militares de la infantería. Hay más uniformes que camisetas verdes.

Esta tarde de abril juegan el Aris de Salónica y el equipo local. Un largo tramo de la avenida está cerrada al tráfico y sólo el automóvil de algún residente sobrepasa el espacio de seguridad establecido por la policía. En la cercana estación de metro de Ambelokipi todo aparece tranquilo: un domingo por la tarde alejado del bullicio de los barrios turísticos, de los cafés de Plaka, de los restaurantes de Monastiraki, de los clubes de rebetika de Omonia, del mercadillo de cachivaches de Thiseio, del tráfico incesante en las avenidas que rodean el Pireo, de los restaurantes marineros y los cafés ambientados de R&B de Microlimano... En una ciudad que, como Atenas, glorifica la arqueología y el fárrago urbanístico, las modernas, limpias y funcionales estaciones de metro argumentan que el nuevo siglo comenzó en la ciudad con los Juegos de 2004. En la azotea de un moderno edificio de fachada simétrica, frente al campo, varias cámaras de televisión aparecen apostadas en la altura, como francotiradores. Las construcciones recuerdan la funcional arquitectura comunista, con sus líneas rectas y desnudas de artificios. Desde esa privilegiada posición los camarógrafos obtienen un magnífico tiro de cámara, es cierto. Pero también, y sobre todo, están a salvo. Un helicóptero sobrevuela el área y le proporciona a la tarde plomiza un ronquido en sordina. Es raro el silencio alejado de la nave. Es rara la tranquilidad aparente. La severidad policial recuerda que algo podría suceder en cualquier momento.

Estamos en la penúltima jornada del campeonato griego y ninguno de los dos equipos tiene nada en juego. El título ha quedado a medio camino entre otros dos clubes de la capital: el AEK de Atenas y el Olympiakos. Caminamos hacia la fachada del estadio y luego hacia el lado opuesto, al fondo donde está situada la infausta Gate 13, la puerta 13, donde se alojan los hinchas más violentos del Panathinaikos. Los policías fiscalizan cada paso, alineados aquí y allá. Miran, juzgan y calculan. Nosotros tenemos que entrar por la puerta 11, que está apenas a 50 metros de donde nos han detenido los guardias: "Por aquí no se puede pasar. Tendréis que dar la vuelta", dice uno, Los alrededores de la 13 son territorio comanche, y nadie quiere a un fotógrafo en territorio comanche, por múltiples motivos: esa acendrada generosidad de los agentes del orden siempre me ha llamado la atención. Parece que te dicen: "Sea usted prudente", pero al mismo tiempo, están diciendo: "No me cree usted problemas". Así que hay que dar otra vez la vuelta entera al campo. Sobre la esquina contraria, la agitación azulmarino crece por momentos. Un oficial con gorra de plato alza la voz una y otra vez, corrige las posiciones de sus hombres con un grito y luego con otro, después gesticula violentamente y exige velocidad. Quiere que se muevan y que se muevan rápido. Se dirige a ellos igual que lo haría a un equipo de fútbol de muchachos desobedientes o desganados. Los jóvenes agentes se miran entre sí, como si no entendieran la orden o como si las órdenes que llevan oyendo en la última hora y media se contradijeran unas con otras. Pero se apresuran a corregir su posición y seguir al jefe, que los advierte con otro bramido. Tiene motivo para la urgencia: al fondo de una de las calles laterales, precedido por varias motocicletas, asoma el autobús del Aris. La policía se cierra sobre los costados del vehículo. En ese instante, cualquier movimiento de los que estamos allí es reconvenido de inmediato. Sólo se puede retroceder o mirar sin más. El despliegue tiene un tono exagerado. Hay poca gente y casi nadie dice nada. Hoy no vienen aficionados visitantes. Ajenos al despliegue, varios hombres toman capuchino helado en una terracita sitiada por los policías. Capuccino freddo, una de las bebidas más populares en la bochornosa Atenas.

La llegada del autobús del equipo local resulta mucho más tensa, contra todo pronóstico. ¿Por qué? La afición local está decepcionada, y en Grecia la decepción equivale a una posibilidad de violencia: su equipo no ha luchado este año por ningún título, algo inadmisible de acuerdo al concepto que tienen de sí mismos. A la vista de su estadio, el Panathinaikos parece un equipo modesto, trasnochado frente al poder económico de sus dos rivales capitalinos. El AEK disputa sus encuentros en el Spyros Louis, el nuevo estadio olímpico. El campo del Olympiakos en los alrededores del puerto del Pireo se levanta entre modernos nudos de comunicaciones, al sur marítimo de la ciudad. El Panathinaikos dejó el estadio Apostolos Nikolaidis en 1984 para trasladarse al viejo olímpico, pero acabó regresando. Éste es el campo más tradicional del fútbol griego, aunque ya no puede defender esa condición. Bajo la curva este, un pabelloncito de 1.500 espectadores fue en 1959 la primera pista cubierta de baloncesto de Grecia: La Tumba India, lo bautizó un periodista para describir el ambiente opresivo de su interior. El Panathinaikos es un club polideportivo con 21 secciones diferentes. La de basket reúne las mayores glorias del club, pero el fútbol se tiene por el hermano mayor. Y en el fútbol la grandeza parece esquiva. El año pasado, Víctor Muñoz los llevó hasta la final de la Copa contra el Larissa, un equipo modesto del noroeste de la capital, pero perdieron. Este año ha sido un poco peor, suficiente para la escenificación ardorosa de tragedia griega que estamos presenciando... A la cabeza del autocar aparece un pelotón de antidisturbios de aspecto militar: los uniformes de campaña, la severidad de sus equipos, los cascos sobre la cabeza, el control disuasorio. Todo estudiado. Toman la zona como si desplegaran una fuerza de asalto. Ahora sí chilla la gente, los pocos que observan la escena, pero con un énfasis casi interior, sabiendo que la ira se va a perder en el aire de un grito. Los aficionados de fútbol suelen protestar así, conscientes de que sus quejas se pierden por el camino. Nadie puede tocar a las estrellas. En este caso, además, esa afirmación es literal: protegidos por una barrera de uniformes color tierra, cascos y escudos, los jugadores alcanzan la puerta de vestuarios sin novedad y sin bajas en ninguno de los dos bandos. Para acometer una acción contra ese autobús, considero rápidamente, hubiera hecho falta un comando terrorista.

Salimos de nuevo hacia Alexandras, que a esas horas se está convirtiendo ya en el escenario principal: cada vez hay más gente y, sobre todo, cada vez hay más policía. Digamos que el ejército regular multiplica a los rebeldes sin dificultad, pero están intranquilos. Los autobuses cierran ahora también las calles laterales al otro lado de la avenida, lo que crea una especie de zona cero en el frente de la fachada. Una foto gigante de Ferenc Puskas, posando al frente del Panathinaikos subcampeón de Europa  de 1971, observa la escena. El Panathinaikos se metió en la final tras remontar con un impensable 3-0 el rotundo 4-1 que el Estrella Roja se había traído de la ida en Belgrado. Siempre se pensó que la causa de aquella hecatombe yugoslava (hecatombe, por cierto, palabra de origen griego que hace referencia al sacrificio festivo de cien bueyes) estuvo en un sabotaje de los griegos, que habrían proporcionado a los jugadores rivales comida en mal estado. Sin embargo, la realidad era mucho más prosaica, y tanto más ilegal: Despina Gaspari, esposa del entonces dictador Giorgios Papadopoulos, reveló hace algún tiempo que aquel encuentro fue comprado. El Panathinaikos perdería la final por 2-0 frente al Ajax de Cruyff.

Ahora llega el coche del presidente del club, con el aspecto inequívoco del automóvil de un estadista: azulmarino, largo, brillante de cera y con la magnética tintura de los vidrios atrayendo al publico. Esa oscuridad aislante supone, en un escenario como este, una provocación indudable. Varios hombres se aproximan. Los policías toman posiciones, aunque con un cierto desorden. El chófer se baja primero del coche: su aspecto es el de un mercenario del este. Si uno apostase a que va armado y dispuesto a disparar, no se equivocaría lo más mínimo. No se trata de un prejuicio, es una descripción: su rostro está cortado por ese aire de violenta determinación tan previsible en algunos hombres. Llega más público, algunos increpan, otros se enzarzan en una acalorada discusión, a gritos, a la manera griega. En el remolino que circunda al automóvil y al atildado presidente, varios policías intentan mantener separados a un aficionado que está fuera de control y a un compañero de armas que intenta lanzarse contra él. Lo curioso es que no se trata de una maniobra de la autoridad frente a un individuo, como cabría suponer; se pelean verbalmente e intentar llegar a las manos como dos ciudadanos cualesquiera que dirimiesen alguna disputa personal. No se trata de la ley, se trata de la hombría.

Del fondo de la avenida llegan detonaciones y una humareda que se eleva en el aire, sobre la trinchera de camionetas policiales que compone el frente de la fuerza de choque. Son los ultras de la 13. ¿Cuántos? Imposible saberlo. No se les ve, solamente se oye el ruido informe de una turba. Lo único que se ve es policía. El ruido de las botas que se desplazan de aquí allá, tomando posiciones, abriendo arcos de seguridad, arrastrando a la gente a los lugares convenidos. Pero no hay tanta gente. Me llama la atención el tráfico escaso de aficionados. La Avenida Alexandras, donde la afición griega recibió a la selección campeona de Europa en junio de 2004, es un campo de batalla en el que un ejército de hombres combate una amenaza fantasma. Después de dos horas de tensión, entramos al campo. Está tan vacío como destartalado. Me paso el primer tiempo desentrañando la grafía de los nombres griegos en el marcador, un ejercicio que comencé nada más llegar a Atenas y que he perfeccionado con los días, hasta leer casi perfectamente la alineación de los dos equipos en griego: mi compañero de pupitre, un joven local, asiente con un leve gesto aprobatorio. Para cuando la tarde ya se ha desplomado, el empate a cero continúa. Afuera un grupo de policías miran el encuentro en la televisión de una de sus camionetas blindadas. Parecen aburridos o definitivamente cansados. Ni había batalla ni hay partido.

Acogedora como un viejo camino

Acogedora como un viejo camino


Viajar me entristece, supongo que por eso siempre comprendí aquel verso tan hermoso de Neruda, que conocí recitado por una boca muy roja: "Entristeces de pronto / como un viaje. / Acogedora como un viejo camino. / Te pueblan ecos y voces nostálgicas". En los viajes yo no me entristezco de forma súbita, sino de modo capicúa: a la ida y a la vuelta. Tengo un corazón sedentario y un espíritu contradictorio: cuando me voy quiero no ir; cuando regreso deseo quedarme. Es, reducido a su último o primer átomo, la fuente de la insatisfacción. La mañana o la tarde anterior al inicio de un viaje renunciaría siempre a hacerlo, para quedarme en mi casa rodeado de los libros, oyendo música, paseando, haciendo nada, dormir en mi colchón, tal vez. No me importaría perder lo que he pagado por los billetes porque el placer de hacer lo que a uno de verdad le apetece en cada momento no tiene precio. Así de simple. Luego, una vez puesto, estar en otro lugar se convierte en el mejor momento sin comparación. Siempre quiero estar en otro lugar. Es lo que hablamos...

Luego viene la fase de la tensión. A mí jamás me ha ocurrido ni lo más mínimo en un viaje, pero me pongo en guardia antes ya de salir de mi cuarto. De San Francisco a Las Vegas nos cruzamos en el transfer al aeropuerto con una pareja que enseguida comenzó a narrar, en busca de nuestra conmiseración, cómo les habían perdido las maletas en París, cómo habían tenido que irse a la tienda Levi’s y a la lencería tal y al Macy’s, a comprarse un poco de todo; cómo se retrasó el vuelo, las horas de espera en el aeropuerto, cómo tal y cómo cual. Yo me quedé tieso y aguanté la sonrisa mientras le preguntaba al conductor: "¿Y por dónde cae el estadio de los 49ers?". El cerebelo me estaba avisando de un peligro que habíamos de sortear sin contemplaciones. En cuanto pusimos pie en el aeródromo sanfranciscano, largué la orden: "A éstos hay que perderlos que son unos gafes y nos joden el viaje". Y aunque el argumento parezca arbitrario, y vosotros me tacharéis de exagerado, yo os digo esto: en cuanto llegamos a la zona para el control de acceso, los separaron a un lado a los dos y los pusieron en una fila reducida. ¿Afortunados? Ja. Acababan de condenarlos a la hilera de las inspecciones detalladas, con destinatarios elegidos más o menos al azar. Y los cogieron nada más verlos. Conforme nosotros superábamos el área sin novedad, nos giramos para mirar y a los tórtolos les estaban haciendo enseñar hasta los empastes de las muelas. En una ráfaga, imaginé al alegre bilbaíno doblando el espinazo sobre una mesa, mientras rendía su pálida trastienda a los minuciosos dedazos del agente Bull, el único miembro medianamente honorable de una familia desestructurada de Pensacola. Me ratifiqué: "Corre ahora que están ocupados y no mires atrás". El Señor os libre de los viajeros malhadados, amigos.

Hay que viajar porque la mente se abre y se cierra como un diafragma fotográfico. Hay que viajar para huir y regresar. En el vuelo de salida en Barcelona, una azafata ha dado las instrucciones previas al despegue en dos idiomas: el catalán y el inglés. A la llegada a Atenas, la misma azafata ha dado las instrucciones previas a la toma de tierra en dos idiomas: el español y el inglés. Si el pasaje era el mismo, me pregunto por qué el cambio. La distancia convierte algunos prejuicios en pura y llana estupidez, que revela lo innecesario de ciertos empeños tan de moda en España y sus alrededores. Viajar enseña muchas cosas.

Atenas sigue donde estaba la primera y la última vez que la vi. Si os digo que descorro la cortina de una modesta habitación y al frente se levanta la colina de la Acrópolis, con el perfil del Partenón, me vais a considerar un pequeño privilegiado. Recuerdo bien la primera vez que levanté la cabeza desde los cafés del área de Monastiraki, a donde he regresado, y vi los templos de mármol iluminados de ámbar. Esta tarde he paseado por ese Montparnasse cauto de refinamiento, en el que los hombres atenienses toman capuchinos fríos en vaso alto y los perros atenienses se desperezan al sol acostados sobre el cálido asfalto, o patrullan las callejuelas con un trote animoso de pandilla juvenil. En pocos días comienza la Pascua Ortodoxa, uno de los acontecimientos religiosos principales del país. Me encantan las iglesias ortodoxas y sus frescos bizantinos en los muros, las cúpulas muy redondas y el ladrillo de fuera, y las velas que ofrecen los fieles a la entrada, antes de santiguarse dos veces. Pienso meterme en todas las iglesias que encuentre.

Atenas sólo adquiere nobleza en la reconstrucción de su pasado clásico; y hermosura en el inabarcable horizonte de casitas que se extiende y observa desde las balconadas de la Acrópolis. La tengo por una ciudad repetida de encantos discretos, aunque formidable por su condición mítica y por algunos espacios que conforman la memoria colectiva de la cultura occidental; o la cultura occidental, a secas. Más allá de la antigüedad, me gustan los taxis amarillos y los taxistas que sobreponen una agradable conversación a ese aire pesaroso que los enmarca: en Atenas todos los taxistas parecen a punto de entristecer, como si no condujeran para deshacerse de alguna nostalgia. Mientras conducen, muchos hacen girar sobre sus dedos una especie de pequeño rosario que enroscan y desenroscan continuamente en el índice, en un juego de apariencia hipnótica por el que les he preguntado. Ese amuleto está en todas las partes, en todas las manos, girando sobre todos los dedos: se trata de un método tradicional, o tal vez cabalístico, contra el vicio del tabaco. Una forma de combatir la sugestión de la necesidad o del gesto adquirido. El griego está sin desbastar. Y eso me gusta.

Grecia no está entre mis lugares preferidos, pero me recuerda a la España de los 80 y me hace sentir en qué país tan avanzado y previsible nos hemos convertido. Si alguna vez consideramos que nuestra condición geográfica nos hacía diferentes y mejores, va siendo hora de advertir esto: somos cada vez menos mediterráneos.