Blogia

Somniloquios

El fragor continuo

El fragor continuo

La redondez de la tierra no se puede creer. Es un truco inexplicable, una sugestión colectiva. ¿A quién se le iba a ocurrir esa circularidad tan maciza? De niño yo preguntaba por el fin del mundo como por muchas otras cosas, por preguntar. "¿Dónde está el fin del mundo?", preguntaba yo. Y mi hermano, si le venía al caso y por hacerse el interesante, respondía: "En el Polo Norte". Con lo cual yo me imaginaba una extensión esteparia cruzada por un vendaval salvaje de ventisca y allá, al fondo del todo, un desigual muro de sillares blancos con un cartelón que anunciaba, en perfecto español porque para algo es un idioma noble: "Fin del mundo. No pasar". ¿Y al otro lado, qué hay?, me inquietaba yo, angustiado por la posibilidad de un abismo recto hacia abajo. Y mi padre decía, muy serio, como reconviniéndome por la torpeza del pensamiento: "Mario, el mundo no se acaba". No lo entendí hasta que un día agarró una naranja y un flexo con una bombilla blanca, me sentó en el sofá, se incorporó hacia el borde del sillón orejero balancín y me explicó el giro del planeta, el curso de los días y las noches, la cara oculta de la luna y algún concepto primordial más del sistema solar y de la vida. Así armé yo mi cosmogonía particular.

Con los años he admitido la doctrina de Galileo, pero sin convicción, afectado por una leve sospecha infantil. A menudo me comporto con pueril descreimiento, supongo que en parte por deformación profesional: uno enseguida intuye que no es lo mismo la realidad que la actualidad. Hay que aceptar esos términos para poder soportar el periodismo desde cualquiera de sus lados, el de autor o el de lector. De otro modo, uno corre serio peligro de confundir titulares con verdades. Estos días, la suspicaz China ha organizado un concurso mundial de agencias de comunicación para refutar la imagen de país bárbaro que se ha extendido al paso de la antorcha por la redondez del mundo. Grandes firmas pugnan ya por hacerse con ese filón de propaganda que consistirá en decirle al mundo que China no es lo que todos sabemos que es. A los medios de comunicación, esta dialéctica les ha de encantar. Veremos si vence la guerrilla urbana o el mensaje.

Leyendo por la mañana la Prensa, antes de hacer una maleta de cuatro días, he encontrado en una crónica del paso de la antorcha por San Francisco un término emocionante: fragor continuo. A menudo en la escritura uno topa con palabras que se empeñan en la reiteración; a la segunda que uno las repite, provoca un efecto de campanilla en la cabeza del lector. La concurrencia del mismo vocablo para designar la misma realidad se hace muy evidente. Entonces uno busca sinónimos... La antorcha se puede convertir en el fuego olímpico; y el fuego olímpico, en la llama eterna. Pero la llama eterna suena algo rimbombante, muy impostado, así que el periodista se largó otro de un lirismo conmovedor: el fragor continuo. Una hermosura de sinónimo.

Estoy volcado con esos muchachos que persiguen el fragor continuo para hacerlo alterno. Este boicot contra China me gusta, me gusta mucho. No es que yo tenga nada contra el chino, no señor; yo soy de los que compra en Alimentación Lin-Lin siempre que haga falta. Ayer mismo entré: "Oiga usted, una botella de Granini naranja he encontrado. ¿Tendría usted dos?". El Lin-Lin es ya Lin-Lin de la cuarta dinastía (el ultramarinos chino cambia de tenderos/as con frecuencia, todos lo sabemos); se fue para el fondo del establecimiento y anduvo zarzeando varios minutos hasta confirmar que no había otro Granini de naranja. "Tomate frito", lo reté. Orientalmente raudo, Lin-Lin señaló al estante de la izquierda. Ahí estaba Orlando, lata o tetra-brik. Lata. Tanto. Ahí tienes. Gracias. Mientras yo pagaba entró un desarrapado, se cogió una caja de galletas y Lin-Lin, que se olía la tostada, le preguntó: "¿No dinelo?". Y el otro, que está versado en la vida fronteriza, le dijo: "No hay dinero". Y se fue. Y Lin-Lin se quedó tan ancho. Lo que demuestra que Lin-Lin es un tipo pragmático que no se va a complicar la existencia por una caja de galletas. Estos tíos son unos maestros del control mental; pura filosofía de Oriente.

Así que no es por los chinos. La verdad es que principios tengo pocos, si acaso tengo más finales; por eso intenté colarme en la selección de AS para los Juegos Olímpicos en Pekín. Yo quería convertir Somniloquios en un foco de denuncia desde el mismo corazón de la cosa, pero no lo conseguí, claro. Así que después de dos décadas infructuosas de periodismo en cuanto a los Juegos Olímpicos (lo único que de verdad me gustaría hacer en esta profesión, aparte de lograr la última entrevista que dé Mohammed Ali en vida), he decidido pasar a la acción y voy a boicotear les Jeux Olympiques. Ojo a lo que estoy diciendo: hablo de no ver ni una prueba. Ni el 1.500, ni los 100 lisos (¿habrá moratoria?), ni el torneo de baloncesto ni a Alison Stokke si va y salta a la pértiga. Cuidadito que el órdago tiene lo suyo. Pero yo estoy con el Tibet. Y no por el Dalai Lama, no, que me parece un mardano; por David Carradine cuando era el Pequeño Saltamontes en Shao Lin, que no era el Tibet, ya sé, pero a esos tíos los tengo yo por unos resistentes de primera; y por Lobsang Rampa, que de adolescente me comí al menos tres o cuatro libros de sus reencarnaciones kármicas, cosa que no hace cualquiera sin asumir terribles consecuencias psicológicas... A la vista está. Con los años resultó que el tal Rampa era un electricista inglés con mucha imaginación, que no había salido de Essex en su vida. Con lo cual lo admiré ya de por vida.

En fin, que acepto con aconfesional resignación que lo más cerca que voy a estar de los Juegos son estos próximos días en Atenas, adonde nos lleva o nos trae el fútbol, deporte generoso. Como el Paseo Independencia se ha convertido en un barrio griego por culpa del Gyros de la calle Cádiz -cuyo aroma impregna la avenida toda-, creo que voy preparado. La pituitaria trabaja en conexión directa con el subconsciente, cualquiera lo sabe. La cultura clásica. Me llevo algunos libros para los ratos libres que no haya, la tercera temporada de los Soprano y en el iPod un par o tres de discos por desmenuzar: Dig, Lazarus, Dig!!!, de Nick Cave y los Bad Seeds; Accelerate, de REM; y una segunda oportunidad que les voy a conceder a Muse antes de descatalogarlos. El nuevo de James aún no lo he agarrado, pero tengo oído un tema en Radio 3 y suena muy James, próximo al himno, alegre y subrayado por esa trompeta que tan fácil resulta identificar. Sin libros y música no hay viajes, eso lo tengo sabido. De camino, he pasado por Barcelona una noche a mirar la Champions, que toma un aspecto muy pálido si no juegan los ingleses. Eso sí es un fragor continuo. Nos espera la Antártida; será vía Atenas.

Siempre nos quedará la Antártida

Siempre nos quedará la Antártida


Hace meses que dejé de publicar aquí las crónicas de cada domingo, supongo que por higiene mental colectiva o un poco para alejar Somniloquios del torbellino pesimista en el que se estaba convirtiendo el Zaragoza. También porque, a partir de noviembre, la repetición de las decepciones me provocó una música interior algo sombría, y las crónicas (como casi todo) dependen un poco de cómo me suene a mí el estómago. Es decir, que no me ha gustado gran cosa lo que he venido escribiendo en estos últimos tiempos. El velocista comenzó el año en buena forma, es verdad, pero ha completado una temporada más bien mediocre. Si devuelvo hoy cierto espacio a la crónica de este lunes en AS se debe en primer lugar a una reiterada petición del argentino López, que vive fuera y no puede acceder a ellas; en segundo, a que advierto una presencia creciente de zaragocistas por aquí y supongo que -aunque todos queremos olvidar- algo he de darles también. Un poco de lectura o la ocasión de desahogarse. Siempre de forma ordenada, ya nos entendemos. Por lo demás, paciencia: siempre nos quedará la Antártida. Ahí va la crónica.

Los once del patíbulo

Mark González pone al Zaragoza en el infierno l Dos golazos del chileno lo condenaron l La grada cargó contra el equipo y el palco l Pavone cerró la cuenta


Real Zaragoza, 0-Betis, 3
31ª jornada de Liga

Mark González estranguló al Zaragoza con una corbata de seda y lo dejó condenado, frente al infierno y con una incipiente guerra civil. El partido de ayer, visto desde el lado aragonés, convocó la pasión exagerada de los melodramas y la energía gestual de la revolución. Cuando el pueblo dispara contra sus dioses está anunciando que arderá todo; es la barahúnda que precede a la caída de los imperios. El del Zaragoza se ha desmoronado con la misma velocidad con la que lo levantaron, como corresponde a un armazón inconsistente en el que se han visto muchas cosas y se han contado muy pocas. Todo por no alentar una zozobra que al final ha llegado por donde suele, por el lado del fútbol. El Betis le pasó por encima sin molestarse, está en 41 puntos y se ve en la mitad alta de la tabla, preguntándose si le dará tiempo a que su campaña acabe por ser algo más que decorosa. Chaparro ha completado su trabajo.

Uno tenía al Zaragoza hace semanas por un equipo con graves síntomas de descenso; ahora ya sólo una fe impostada alcanza para negar su posición de condenado. Tiene que ascender en siete jornadas, pero acusa un desmayo rítmico y una ansiedad depresiva que lo deja por debajo del Betis, el Recreativo, el Valladolid o el Depor. Porque el Betis se comportó con una eficacia artera frente a la ilusión zaragocista. Rajó al equipo de Manolo Villanova con esa pulcritud malvada de los asesinos con estilo y nunca permitió que el partido se jugase entre pares. Lo de la corbata de seda, lugar común de la psicopatía elegante, resume la hermosura de los dos tantos de Mark González. El chileno reventó el partido con actividad y un fútbol de rango alto, mientras los demás rumiaban aún pases de rutina. Al minuto siete, Ilic pegó un centro desde la derecha y González lo cabeceó con un escorzo de contorsionista. De ese gesto tan forzado obtuvo un primor de remate. Tocadito, el balón le pasó por delante a César con el aire con el que pasan  las mujeres vaporosas en el inicio de la primavera. Lento e inalcanzable. El segundo fue para ponerlo en un cuadro. Abrió viaje en el medio y dejó atrás a Luccin, Paredes, Ayala y Diogo. Al llegar al área se ahorró cualquier incertidumbre y acabó la maravilla con un golpeo preciso.

Blandura. El Zaragoza era mantequilla atrás, como suele. Diogo se había comido el centro del primer tanto y Ayala, tan enérgico otras veces, quedó blando en el segundo, en el que no comprometió la carrera del chileno. Eso sí, el 0-2 no correspondía con la decidida puesta en acción del Zaragoza, que pivotaba sobre el hilo de fútbol de Matuzalem. A veces se afecta algo y tiende al barroquismo, pero el brasileño logra que el arte parezca una necesidad. Siempre inspiró combinaciones. Como si les estuviera tarareando la canción al resto, pero encontró pocos amigos. Diego Milito vive ofuscado, Gabi y Óscar enervaron a la grada y Peter Luccin se fue enseguida para que entrase Aimar a agitar su pie izquierdo. La tribuna acogió al argentino en su vuelta con un clamor desesperado, pero ni él ni nadie pudo ya reescribir el partido.

El Betis se reunió en torno a sus dos goles y no dejó que nada lo sorprendiese. Siguió tan minucioso como si el partido fuera 0-0. Lo que ocurrió fue de alcance menor. Chaparro cargó a Arzu sobre Aimar por si las moscas y Mark González se lesionó antes del descanso, incidiendo en esa relativa fatalidad que lo acecha hasta en sus mejores días. Entró Odonkor, que corrió los cien lisos varias veces y pegó alguno de sus centros desmedidos. En el Zaragoza, Oliveira sumó cero al cero y el equipo cayó en un empobrecimiento anímico, mientras el ambiente se espesaba a su alrededor. Si quiso pegar, siempre pegó blando. Casto descolgó varios centros con el gesto aburrido con el que los bomberos bajan de un árbol a Calcetines, el gato de la viejita de enfrente. Salvo una falta de Matuzalem que rascó la madera, todo fueron tiros sin importancia. Hasta que Pavone dibujó otro calamar con el cuerpo para el 0-3. Por hacer algo. Y ahí, claro, ahí sí reventó La Romareda.

Diario AS, 7 de abril de 2008
www.as.com

El cuerpo está al servicio del club

El cuerpo está al servicio del club


MediaPunta me invitó a reflexionar sobre las diferencias entre el modo en que un jugador de fútbol juega y se entrena, y la forma en que lo hacen los jugadores de rugby. Todo sobre el fondo de una entrevista en la que el preparador físico del Recreativo hablaba de la implicación en unos y otros. Naturalmente el juicio me salió escorado del lado del rugby, pero cualquiera hubiera hecho lo mismo. Ahora... esta mañana tuve una larga conversación con Pablo Aimar, sin micrófonos ni grabadoras por el medio, y sé que si este artículo lo hubiese escrito después de esa charla habría girado un poco más la perspectiva o hubiera dejado fuera algunas de las afirmaciones de más filo. Pablo es el futbolista más verbalmente inteligente con el que me crucé nunca, capaz de sobreponerse a los lugares comunes en los que todos nos movemos y abstraer algunas verdades íntimas, sinceras, universales en el fondo, sobre el oficio del futbolista, ese suceso tan extraño que constituye la idolatría, las responsabilidades de la Prensa, el negocio de Hollywood que mueve este juego y su convivencia con los sentimientos (los propios y los de la gente que mira). Yo fui un poco cínico en un artículo el otro día y los cínicos, dijo Kapuscinsky, no sirven para este oficio. Pablo piensa igual que el periodista polaco, del que por cierto leo ahora Un día más con vida. La conversación con Aimar fue enriquecedora, espero que para los dos; eso sí, un par más como la de esta mañana y el Cai me convence para retirarme del periodismo. Te digo que no sé si no debería arriesgarme... Dejo lo de MediaPunta.

El cuerpo está al servicio del club

Siempre se dijo que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos, y el rugby un juego de villanos practicado por caballeros. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo, trabajó para un equipo de rugby e intenta trasladar al fútbol el modo en que los jugadores del balón ovalado viven, sienten y practican su deporte. Pero es en vano. Los futbolistas, razona, han olvidado la motivación inicial que los impulsó a ser jugadores de élite. En el rugby se dice que el cuerpo está al servicio del club. Pero... ¿quién está al servicio de quién en el fútbol?

Uno recuerda haber encontrado en Buenos Aires a un taxista al que no le gustaba el fútbol, pero en general en Argentina ese tipo de cosas no ocurren: a todo el mundo le gusta el fútbol de una manera apasionada, casi irracional. Sin embargo, durante el pasado mes de septiembre se coló en el imaginario popular argentino cierta quiebra de la fe en el fútbol y los futbolistas, como si alguien hubiera abierto una ventana o iluminado alguna verdad oculta en la sombra. De tan relativa epifanía tuvieron la culpa los Pumas, la selección albiceleste de rugby, que ganó a algunos de los mejores equipos del planeta en el Mundial de Francia. No era sólo una glorificación atlética; tenía que ver con valores morales: el esfuerzo, la superación, la solidaridad, la entrega sin condiciones. En un momento dado, hasta la prensa política llegó a conjeturar que lo más cierto y noble del ser argentino estaba resumido en los Pumas. Si el país fuera como los Pumas..., suspiraban.

Esa admiración es típica en el rugby, un deporte que gusta incluso a quienes no lo entienden. Pero hay quien quiere ir más allá en la contraposición entre fútbol y rugby, dos deportes por cierto de rama única. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo de Huelva y profesor de Entrenamiento Deportivo en la Universidad de Sevilla, trabajó durante una temporada con el Monte Ciencias, equipo sevillano de la División de Honor de rugby, y reconoce que aquella experiencia varió su percepción: "En mí hay un antes y un después del rugby -decía en una entrevista en el Diario de Sevilla-. El concepto de jugar es exclusivo del rugby. Es donde mejor se produce lo que yo llamo la transformación, que otros le dicen implicación, etc. El jugador de rugby es otra persona cuando juega o se entrena. Yo lo aplico ahora al Recre, pero el fútbol es muy diferente". ¿Cuál es esa diferencia?

Alguien que ha jugado al rugby (y al fútbol) intuye que esa transformación de la que habla Píriz no es una actitud tanto como una necesidad. Nace de la pura naturaleza del deporte del rugby. Su condición grupal (casi tribal, como se puede advertir por el modo diferencial en que los jugadores escuchan los himnos de su país antes de un partido) opera en el rugbier a todos los niveles. El fútbol tiende filosóficamente al individualismo, precisa de héroes solitarios y los corona. El rugby supone la glorificación del colectivo. Por convicción y, otra vez, por pura necesidad. Raul Fain Binda, articulista de BBC Mundo, escribió un hábil y preciso corolario de las diferencias entre ambos deportes. En él escribía: "El rugby, mucho más que el fútbol, es el juego de equipo por antonomasia. Un futbolista solo en medio del campo puede ser Maradona, Pelé, un individuo, un genio. Un rugbier solo en medio del campo es un náufrago, un pobre infeliz, la víctima de un asalto".

Se dice que alguien juega al fútbol o juega al rugby, pero cualquiera que haya practicado el rugby sabe que ese término, jugar, no refleja de forma estricta la dimensión de lo que ocurre en el campo. El fútbol tiene aparejado un componente lúdico y estético del cual carece el rugby. Los entrenadores de fútbol suelen invitar a sus jugadores a "divertirse" en el campo. Cruyff y Rexach decían: "Para jugar al fútbol no se debe sufrir; Lo que se hace sufriendo no puede salir bien". Ese factor es decisivo. En el rugby no hay juego, hay acción. Si acaso, incurre en la misma contradicción que el llamado arte de la guerra. No hay posibilidad artística en algo atroz como la muerte; ni componente de diversión en un juego dedicado a la victoria por el sufrimiento o, en el peor de los casos, al sufrimiento por el sufrimiento. Una significativa particularidad: en el rugby no existen los partidos amistosos. En ninguno de los sentidos del término.

Para saberlo basta estar en un vestuario de fútbol y en uno de rugby, no importa la categoría del partido. En el rugby el equipo se viste en silencio, inmerso en un ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, letanías de embrutecimiento. Cuando un jugador de fútbol se pone una camiseta, se está vistiendo con una parte del producto que él mismo constituye. Cuando un jugador de rugby se pone una camiseta, se está envolviendo en una bandera o en una armadura. La camiseta comunica valores que hay que defender y actúa como coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso.

El futbolista, en ese instante antes de salir al campo, quiere ganar y hacer gol, por ese orden; el del equipo de rugby se ve obligado a anteponer una necesidad mucho más primaria: quiere ser piedra. Y piedra generosa: que me plaquen a mí y tú marca el ensayo. Ese anhelo obliga a aparcar la conciencia, a suprimir cualquier pensamiento superfluo: eso es lo que se llamaría implicación o mentalización. Tal actitud no implica una anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. El rugby, aunque parezca sólo una reunión de brutalidades, no es diferente. Para jugar hay que pensar. La autora francesa Françoise Sagan anotó: "No me gusta el rugby por violento, sino por inteligente".

Un tirador deportivo de precisión sabe que no puede competir sin concentrarse; de la misma forma, un rugbier asume el castigo que implica el partido y de forma automática su mente se dispone para ese fin. Pedro Píriz lo resume así: "El mayor problema del fútbol es que se olvida esa transformación. El jugador gana muchísimo dinero, tiene la vida solucionada y no recuerda que aquella transformación que hacía en sus inicios fue la génesis de su estatus actual. En el rugby no te olvidas porque no es que pierdas, es que te hinchan a palos". La célebre presión que soportan los futbolistas sólo es un reflejo abstracto de un anhelo colectivo. A la hora de la verdad, hace poco contra una cuenta corriente repleta o frente a la posibilidad de cambiar de club si el barco se hunde o las cosas no son como uno las quiere.

La superioridad moral del rugby, si queremos entenderla así, proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, golpeado, retorcido, aprisionado y demolido. "En los scrum* pueden ocurrir cosas espantosas, que dejarían a un futbolista en cama por dos meses. Al ser de contacto directo, de impacto, el rugby es mucho más violento que el fútbol y justamente por eso los jugadores se quejan menos", analiza Fain Binda. Un futbolista que no mete el pie corre el peligro de que lo llamen mingafría, pero se expone sólo a ese riesgo relativo: a los 30 segundos, el mingafría puede tirar un caño, reírse del contrario con un gol anotado con la mano o producir una maravilla fugaz en el borde del área. Su perdón es el mismo perdón que se le otorga al virtuoso malhumorado del piano, al científico loco o al literato recluido en un malcarado silencio. Los futbolistas gozan de la bula de los genios. En el rugby, la cautela está prohibida. Nadie te llama mingafría. Directamente alguien, incluido tu espejo, te dice: "Chaval, tú no puedes jugar a esto".

*Scrum o scrummage: término inglés para designar lo que en español llamamos melé, palabra de origen francés

Plan de evasión

Plan de evasión


Si queréis saberlo y no os atrevíais a preguntar, os lo adelanto: hace semanas que pienso que el Zaragoza va a bajar a Segunda División. Pero aviso que no estoy convencido. Es decir, que no he razonado mi postura. Se trata de simple pereza, porque mi pensamiento opera de modo negligente y pragmático: me resulta mucho más sencillo encontrar argumentos para esa conjetura que para su contraria. Pero estoy dispuesto a revisarla a la mínima oportunidad.

En el fondo, comprendo la fatal determinación que se oculta bajo los hechos. Era todo demasiado perfecto como para durar. Me refiero al trabajo. Todo demasiado bonito: la cordialidad general, la multiplicación de los lectores, el crecimiento, la comodidad de los horarios, la lógica de los planteamientos, la distancia de los mandos, las revisiones salariales, la eficacia en las gestiones... No podía ser que el Pele y yo, los dos gallardos más tontos de la información zaragocista, hubiéramos acertado el día que decidimos que el periodismo era más importante que las intrigas cortesanas en un palacio de cristal que se quiebra. Tampoco parecía probable que una profesión tan avara se comportase con esta generosidad. En el AS se está de coña, oyes... pero de coña. Ahora que iba todo tan bien, va el Zaragoza y lo jode.

El Oso dice que hay que ir contracorriente y dar siempre el paso inesperado, el que te separa de lo previsible. Es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que haría cualquiera en tu misma posición. Para mantener una teoría tan burda y deshilachada como esa, apela a la más célebre de sus decisiones: cuando se quedó en el paro no sólo no pensó en vender su Audi, sino que lo revendió para comprarse un BMW. En el mismo sentido, nada más oler la crisis inmobiliaria resolvió ejecutar el contrato de un inquilino que tenía rentado y puso el inmueble a la venta. Cuando yo me quedé sin trabajo en 1994, fui al INEM a preguntar si me podían pagar el subsidio de una sola vez y la concienciada funcionaria me dijo que no, lo cual acepté, para a continuación agregar: "Aquí no le pagamos las vacaciones a nadie". ¿No, eh?, pensé yo. Me fui a casita, apreté un puñado de pantalones y camisetas en una mochila roja, metí mi aparato de música, dejé que mi hermano se hiciera pasar por mí donde fuera preciso y me largué a Londres por tiempo indefinido. Volví con veinte kilos más y los bolsillos vacíos, pero aun sigo escribiendo de aquello... A eso le llamo yo especular con la realidad. Me niego a que la realidad me agarre por los huevos, así que hay que mostrarle desapego y ningún temor. El Pele lleva semanas increpándonos de lado a lado de la mesa porque, según él, estamos "tan panchos" mientras presenciamos el hundimiento del Titanic. Su opinión es que el Titanic nos va a arrastrar de algún modo en su torbellino, pero yo me niego de forma rotunda a ligar ni un gramo de mi destino al rendimiento de Pavón, pongamos por caso; y ya no digamos mi felicidad; ni siquiera deseo que al muchacho se le pase por la cabeza el mínimo atisbo de responsabilidad en ese aspecto. Bastante tiene con ocuparse de Pavone el domingo.

Mientras tanto yo diseño mi plan, que pondré en práctica cuando ya nada me ate aquí. Queda tanto por hacer, y tan poco tiempo... Tengo pendiente pisar la Antártida, cruzar el subcontinente indio en un tren escuchando a los Kinks, asistir al cruce del río Mara en la migración anual de los ñus africanos mientras aguardan los cocodrilos, mirar de frente a un tiburón blanco metido en una jaula en el océano, pasar un invierno en Alaska y trasponer la línea del tiempo en dirección este-oeste a bordo de un velero, para saltarme un día completo, que jamás habré vivido. Al atardecer de ese día inexistente atracaremos en las Islas Cook y me envenenaré de alcohol en los tugurios del puerto. Espero conocer al patrón de alguna nave en misión comercial que me deposite en una isla remota, no importa cuál. Me llamaréis soñador, pero allí pienso vivir de un sueldo modesto o morir de una enfermedad generosa. Mientras, pensaré en Robert Louis Stevenson y sus años dichosos en Samoa, recitaré al aventurero Conrad y evocaré los días en que mi padre me llevaba a jugar al billar y cuando siendo muy niño mi madre me remojaba en la piscina introduciéndome en el agua colgando de sus muñecas... Tengo miedo a la distancia, a veces a la soledad y puede que también a los huracanes estacionales de aquellas latitudes. Pero creo que con los libros y con lo que escriba podré superarlo.

Trataré de actualizar Somniloquios siempre que me sea posible.

El sentido (inverso) de la vida

A menudo pienso que los hechos y los pensamientos no se corresponden en el tiempo, y que a veces se desordenan, les falta ajuste, como si el cerebro quisiera avisarnos de algo. Pasé días ahogado en una tristeza sin explicaciones durante el mes de abril de hace algunos años. No había ningún motivo. Justo en el final de ese sombrío pasaje, una mañana cualquiera mi abuela se murió temprano. Madrugar para morirse parece la culminación de una costumbre, de un modo de ser. ¿Por qué no? Si uno se muere durmiendo consideramos que se ha ido en paz; pareciera que la muerte le esté reconociendo los méritos de una existencia sencilla con esa última recompensa. En el instante en que falleció mi abuela, entreví que mi tristeza de tantos días se correspondía con ese suceso posterior, que de algún modo mi cerebro hubiera anticipado. Hace pocos días me quedé mirando un libro de Rafael Azcona durante algunos minutos: Memorias de un hombre bajito. Nunca había pensado en comprarlo, pero de pronto me pareció necesario. Unos días después, el formidable guionista murió, como ya sabemos en Somniloquios. Me quedé pensando...

Desde luego no hay nada sobrenatural en estas coincidencias. Soy yo quien les atribuye cierta magia porque me gusta hacer esas cosas, una posibilidad de modesta literatura de la vida diaria. Algo parecido hay en este corto de Alex Pastor, titulado con un palíndromo: La Ruta Natural. En él, Pastor propone una revisión de la vida en sentido inverso, de la muerte al nacimiento. Hubo quien quiso ver en ese orden alterado de la existencia una alternativa más dichosa, por cuanto el nacimiento tiene la consideración de suceso feliz y la muerte constituye su opuesto, la tristeza y la desaparición. Naturalmente, ese concepto sólo es una magia que nuestro cerebro le atribuye a la realidad, un problema de mera perspectiva. Con un hermoso atisbo de inteligencia sensible, Pastor refuta en diez minutos el sentido de la vida, un palíndromo innegable.

 

Rafael Azcona (1926-2008)


"No es bueno reírse de todo, pero no reírse de nada es terrible".

Rafael Azcona, guionista, en una entrevista en 2005 en ABC.

Sol de invierno

En el invierno, busquemos esa huella azorada del sol; y añoremos la descarada brisa del verano. La esperanza siempre vuelve, como la primavera, como las estaciones. Lo demás se va yendo, aunque nada se va del todo. Bonito nombre para un grupo, bonito nombre para una canción, bonita canción.

November Starlings, de los Trembling Blue Stars 


The world is beautiful and it's waiting
We're hungry for what's on the table
Under clouds that keep on changing
Hope returns and keeps returning
That trace of sunshine in the winter
That breeze when summer's at its highest
Part of the ride, of the adventure
You and I will journey together
Sharing whatever
We uncover
The dusk upon The Marsh
The stations of the cross
Rest your head on me and I'll catch you
Your head on me and I'll catch you
I'll catch you
This life that you and I are living
It's a scrapbook in the making
Flick to the howl of England's garden
Save a page for November starlings
Pinning down what we are feeling
Is something we'll never be awake to
Love does the hiding we the seeking
And there will never be a breakthrough
Undefined it will stay
A handful of snowflakes
Trying to tell you how much and how
Beyond squeezing your hand three times in a crowd
Rest your head on me and I'll catch you
Your head on me and I'll catch you
I'll catch you

El mundo es hermoso y nos aguarda
Hambrientos de lo que hay sobre la mesa
Bajo nubes que van cambiando
La esperanza renace y vuelve a hacerlo
Esa huella de sol en el invierno
Esa brisa en medio del verano
Son parte del viaje, parte de la aventura

Tú y yo lo haremos juntos
Compartiendo lo que descubramos
El crepúsculo sobre el pantano
Las estaciones de la cruz
Apoya tu cabeza en mí y yo te sujetaré
Tu cabeza en mí y te cogeré

Esta vida que compartimos
Es como un álbum que vamos haciendo
Vuela hasta el aullido del jardín de Inglaterra
Guarda una página para los estorninos de noviembre
Clavar con alfileres lo que sentimos

Algo de lo que jamás seremos conscientes
El amor se oculta, nosotros buscamos
Y nunca se revelará
Permanecerá indefinido
Un puñado de copos de nieve
Tratando de decirte cuánto y cómo
Algo más que apretar tu mano tres veces entre la multitud

Apoya tu cabeza en mí y te sujetaré
Tu cabeza en mí y te cogeré
Te cogeré

La leyenda del santo bebedor

La leyenda del santo bebedor


Muchos fueron generosos con Shane MacGowan y le anticiparon una muerte prematura en cualquier esquina. La destructiva trayectoria del cantante de los Pogues autorizaba esa conjetura. Yo mismo fui a verlo con mis propios ojos el día de San Patricio de 1995, en Londres, con el espíritu con el que habría ido a despedirme de un amigo. Cuando aún éramos jóvenes, teníamos la muy saludable costumbre de celebrar el día de San Patricio vaciando unas cuantas pintas de Guinness. Aquel 17 de marzo el programa en Londres era inmejorable, tan inmejorable que se repite con frecuencia: en algún garito de Brixton, el sur negro de la ciudad, actuaban los Dubliners; y al norte, en el Shepherd's Bush Empire, Shane MacGowan se presentaba sin dientes y con los Popes, la banda que había armado con el fin de refundarse a sí mismo y olvidar que nuestros adorados Pogues lo habían echado a patadas del grupo, hartos de recoger sus restos por cualquier lado.

Consideramos las posibilidades de la nostalgia dublinesa y las posibilidades del gamberrismo alcohólico de Shane. Había dos cosas seguras y comunes a ambos conciertos: todos acabaríamos borrachos de Guinness y cantaríamos el Dirty Old Town a gritos. Lo único dudoso es lo que ocurriese después. Podíamos apostar que en Brixton los borrachos de la audiencia iban a terminar la noche abrazados entre desconocidos, lagrimeando como inmigrantes embarcados camino de Nueva York y del nuevo siglo; mientras, el resultado más probable en el concierto de Shane MacGowan era el de una pelea multitudinaria. Sin dudarlo un segundo, decidimos ir a ver a Shane.

Yo pensaba que, habiendo sobrevivido mis gafas modelo Lennon a un concierto de los Ramones, estaba preparado para todo. Entre los grandes momentos de mi existencia puedo contar ese instante aterrador en el que Dee Dee Ramone se me quedó mirando fijamente desde el escenario del Pabellón Francés con una cara de desprecio muy tierna, mientras le daba a la guitarra con las piernas abiertas en compás como un torero ebrio. Fue apenas un instante, porque nos habíamos metido en las cinco primeras filas y ahí estaba desatada la tercera guerra mundial, versión punk-rock: la multitud bailaba pogo y todos volábamos de un lado a otro de los pies del escenario con psicotrópica alegría. En esos días estábamos en forma. Sólo nos ordenamos cuando Joey levantó el cartelón con el famoso versículo que decía, con profundidad calculada: "Gabba, Gabba, Hey!!!". Todos lo coreamos y Joey Ramone se puso a asentir tras sus anteojos negros, con el emblema en alto, como si quisiera decirnos precisamente eso y ninguna otra cosa. Sólo eso, que ya bastaba: "Gabba, Gabba, Hey". Es lo que se llama comunicación trascendental.

Decía, entonces, que yo me creia maduro de sobra para el concierto de Shane MacGowan. De teloneros hicieron un dúo muy simpático compuesto por un arpa y una guitarra. O quizás un arpa y un violín. O un cello, no me acuerdo. El arpa estaba. Una mezcla rarísima. Aún recuerdo al tío recortado contra el escenario con su lírico aparato, frente a una audiencia sedienta de sangre y cerveza negra. Aunque el ritmo del dueto invitaba al insulto, la gente permaneció callada. Bebía. Iba cargando los tanques. Yo preferí mirar al frente, al escenario. Alrededor, mientras se llenaba el local, la vida iba mostrándose en sus más atroces formas. Vaciamos una pinta y luego otra. Los vasos eran casi reales, pero estaban hechos de plástico. Me llamó la atención la magnífica consistencia del material. En términos de vasos de pinta, constituían una imitación sobresaliente. Eran duros. Eran vasos profesionales, con plena conciencia de su naturaleza. Nada de esos vasos enclenques que te dan en el Pilar y que se te adelgazan en las manos cuando los sujetas, llenándote los dedos de pegajosa cerveza sobrante.

En cierto momento me aproximé a la barra. El Empire estaba lleno pero aún se podía caminar con relativa comodidad. Calculé que disponía de tiempo suficiente para ir y volver, ese dilema clásico de los conciertos. Pedí tres Guinness y las pusieron exactas, con su cabecita perfecta, su honda negrura masticable, con esa perfección de las líneas que tanto nos gusta. Mirándolas, me había despistado unos minutos decisivos. Cuando me disponía a pagar, los del arpa ya se iban. Antes de que me diera cuenta y emprendiese el camino de vuelta, Shane MacGowan apareció en el escenario. Sin dientes, con un vaso de licor ambarino en una mano y los músicos a su alrededor. Supe que estaba condenado y, en efecto, con el primer guitarrazo se desató el infierno. La tormenta me cazó en medio de ninguna parte, demasiado lejos para defender mis pintas frente a la marabunta, que había enloquecido con carácter inmediato. Bailar pogo es una cosa. Otra es hacerlo con las manos llenas de cervezas hasta el borde del vaso. Cuando llegué a donde me esperaban, creo que había rendido más de un litro a las fieras, desparramada por mi cuerpo y los ajenos. Entregué lo que quedaba, observé la mía con tristeza y le di un trago, con serio peligro de que alguien me la incrustara en el pómulo. Miré al escenario. Vi al ex de los Pogues agarrado a su bebida de cristal y al micrófono, como si hiciera mucho viento y temiera caerse. Lo otro que vi me llamó aún más la atención: a sus pies aterrizaban vasos de pinta arrojados desde la audiencia. Algunos lo alcanzaban apenas. La gente largaba las cervezas contra el escenario, o bien de un lado a otro de la pista de abajo, donde estábamos todos. De inmediato supe lo que había que hacer: miré mi vaso, tomé impulso y lo lancé hacia arriba, en dirección al techo, dejando que la Guinness saliera disparada como una lengua negra en violenta descomposición, atravesada por los focos del escenario, cuarteándose en gruesos goterones después, conforme perdía impulso doblegada por la gravedad, como el chorro de una fuente. Me cayó encima a mí y a otros. Para entonces ya me habían regado de sobra como para que me importase. Luego me puse a berrear y a saltar. Era el único modo de sobrevivir.

Shane MacGowan permaneció ajeno a la locura durante un buen rato. Cantaba con los ojos cerrados, aferrado al micro y trastabillando los pies algunas veces. A la media hora, de repente, abrió la mirada y la apoyó en el público con extrañeza, como si acabara de despertarse en la cama de su casa rodeado de un montón de gente desconocida. Siguió bebiendo, recompuso la voz pedregosa y dio un concierto estupendo, aunque todos lo insultamos porque formaba parte de la diversión. Un tiempo antes me había encontrado a Shane MacGowan en el Filthy MacNasty's, un pub iluminado con velas en Islington, donde tiraban una formidable Guinness. La BBC le estaba grabando un documental. Tenía ese aspecto de degradada exageración común a los adictos, subrayado por una boca que era, y es, una gruta de perdición obscena. No había vuelto a saber de él hasta que esta noche, esta noche de San Patricio, recordaba aquella otra noche de San Patricio en Londres, en 1995. He leído que Shane MacGowan cumplió 50 años el día de Navidad, que últimamente toca a veces con Pete Doherty, ese muchacho con aspecto estúpido que era de los Libertines y los Babyshambles y novio de Kate Moss; y que conserva en buena forma la voz, ya que nunca tuvo buen aspecto, y que tal vez se reúna otra vez con los Pogues para hacer esa mezcla de punk y folk irlandés y rock que tanto nos enervaba. Y he leído unas declaraciones de Shane MacGowan en las que afirma que, si su predicha muerte aún no se ha cumplido, es gracias al alcohol, precisamente. Shane MacGowan confiesa haber comenzado a beber a los cuatro años. También promete comprarse pronto una dentadura nueva.

Para los nostálgicos, dejo Dirty Old Town.