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Somniloquios

Morir al sol

Morir al sol


El mundo se acaba, lo leí ayer en El País. Otros diarios también traían la noticia del fin del mundo, pero ni siquiera la llevaron a portada. No diré yo que el fin del mundo sea una noticia como para tirar la portada de El País a cinco columnas, pero sí al menos una llamadita ahí al lado, ¿no? A mí -que escribí un microrrelato titulado El Fin del Mundo en el que no ocurre absolutamente nada- me pareció muy interesante saber cuándo se va a terminar este asunto, aunque en realidad ahora mismo me encuentro en un momento de concepciones vitales tan lánguidas que no me importa gran cosa si el mundo se acaba la semana que viene o dentro de 7.590 millones de años. Pero en todo caso, teniendo en cuenta el optimismo general que ha dejado la nueva derrota de Rajoy, me parece que la noticia ha sido tratada con frialdad entomológica; relegada a secciones posteriores de los diarios. Si no firma Iker Jiménez, ya nadie se cree nada. Yo sin embargo no me trago una de Iker. Yo soy del doctor Jiménez del Oso, ya lo he dicho alguna vez. Jiménez del Oso, Rodríguez de la Fuente, Emiliano/Buscató y Gaby/Fofó/Miliki... esos han sido los pilares de mi educación. No toquemos las pelotas con mileniotres ni no sé qué. Por cierto que hace algún tiempo que El País ha barajado las secciones y ayer, cuando lo leí después de varios meses, me hice un lío y me pareció que a cualquier cosa le dicen rediseño y que en todo caso es un rediseño muy poco acogedor, con ese tipo de letra adelgazado que parece como que le ha quitado cuerpo a las indudables verdades. Por otro lado, esas contraportadas en las que desayunan o almuerzan con personajes y luego lo cuentan con precios y señales, sólo me sirven para constatar que hoy en día, en algunos lugares, da lo mismo desayunar que cenar: todo vale entre 45 y 60 euros. Sin hacerse el gracioso con el vino, claro...

Me estaba tomando yo una apreciativa cerveza sin alcohol en el Bull McCabe’s cuando leí lo del fin del mundo. Sería la una y cuarto de la tarde, pongamos. A esas horas el Bull tiene el aire adormilado, inconfundible de los pubs verdaderos. Hay silencio musical y una claridad matizada que se cuela por los ventanales; si afuera luce el sol, ilumina franjas de polvo suspenso que rebotan contra las mesas de madera o contra la tarima del piso. Las réplicas españolas de los pubs incurren en un error garrafal que les impide alcanzar el profundo significado emocional de los pubs británicos: falta el silencio, la quietud, la suspensión del polvo en el aire. En España el silencio está mal visto, no tiene consideración social. En España ya ni en los cafés se puede pensar, lo invade todo la FM ruidosa como si aquello fuera un gimnasio y no un café. Y luego está el ruido humano, que es atronador. En los Starbucks anglosajones hay un aromático silencio que se recuesta en los sillones y en las mesas, apenas peinado por el paso de las hojas de los periódicos y la única música que se iguala en armonía al silencio, que es el jazz antiguo; y acariciado por esa quietud pacífica uno puede ir ahí a pasar un rato sentado con su libro, con su no libro, con su tristeza diferida o con un mirada que atraviese los ventanales hasta la lluvia o el anhelo de lluvia de afuera; y hasta el café parece café. Y mira que a mí no me interesa el café ni como hecho social ni casi como posibilidad sensorial, salvo por el aroma del café molido y el de una tienda de café en la calle Ossaú, donde me gustaba entrar de niño con mi madre y empaparme de los olores y oír a las señoras nombrar una palabra de sonoridad excelente, que aún me encanta: torrefacto. Jamás me he animado a mirarla en el diccionario porque una palabra que suena y huele así, a la fuerza debe carecer de un significado a la altura de su físico.

Pero esos Starbucks londinenses o neoyorquinos o glasgowianos, con sus muffins y sus pastelitos de zanahoria y las galletas con pintas de chocolate, con esos falsos wifis que pagas luego en la caja a la chica polaca, esos lugares me encantan. Y el café, sorpréndase usted, está bastante rico. Sin embargo, una tarde en la que iba camino de la exposición del fotógrafo Don McCullin en Madrid me colé en un Starbucks español y fallecí abrumado bajo el escándalo de damas de todas las edades que compartían café a gritos. Varias personas me pisotearon la cabeza para pasar a su asiento (y eso que afané uno cerca del ventanal) y en las mesas uno podía desgranar el catálogo de lo que habían tomado las tres o cuatro generaciones anteriores del clientes del establecimiento. Además, el café era asqueroso. Si ahora resulta que el café es mejor en Londres que en Madrid, es que todo se está yendo a la mierda.

Y así es, en efecto, aunque a nadie le importa. La noticia del fin del mundo, con su carga de absoluta fugacidad, no conmueve. Dirán que la espiritualidad está pasada en esta España laicista y aconfesional, pero si llega a anunciar el fin del mundo el Papa Ratzinger, aun sin fecha, te digo yo que sale en portada seguro. Se pongan como se pongan, la Religión pega más que la Ciencia, siempre con sus vericuetos y sus alternativas y sus teorías y esa capacidad para proyectar los posibles más allá de los probables. Yo mismo le he seguido dando tragos a la cerveza sin mayor entusiasmo mientras leía que, dentro de 7.590 millones de años, el Sol se expandirá camino de su muerte y en ese proceso tan desconsiderado se llevará por delante varios planetas y entre ellos la Tierra. La teoría la han elaborado entre una universidad mexicana de nombre fronterizo y la de Sussex en Inglaterra, donde todo el mundo parece muy inquieto y con ganas de descubrir. De cómo unos mexicanos y unos ingleses han podido ponerse de acuerdo acerca de la hora del fin del mundo, uno puede pensar muchas cosas. La profecía no impide que acontecimientos precedentes puedan anticipar un desenlace dramático debido a cualquier otro motivo. Internet está lleno de apuestas al respecto, con una amplia gama de posibilidades. Es decir, que en el mejor de los casos nos quedan 7.590 millones de años.

Naturalmente, los científicos no se atreven a afirmar que la Humanidad seguirá para entonces aquí como ahora, viva y coleando, pero tampoco sostienen lo contrario. Ni confirman ni desmienten, que se dice en el periodismo tramposo. En todo caso y para que nadie los señale por incompetentes sin imaginación, proponen colonizar antes planetas o galaxias alternativas. Un plan ambicioso que requerirá máxima concentración. Es de esperar que para entonces se haya apagado la cosa del matrimonio gay y esté resuelta la igualdad total de la mujer en el mercado laboral, porque si no vamos daos. Supongo que no se olvidarán de construir vivienda protegida en ese nuevo destino. De hecho, me he interesado por esta futura muerte al sol y he visto que la teoría no es nueva, pero van afinando las fechas. Hay quien ya ha propuesto la posibilidad de, unos cuantos años antes (no sé si un par o varios millones) trasladar la Tierra de su ubicación actual en el Universo a unas coordenadas (!) donde estaría a salvo del paso arrasador del Sol camino del cementerio. ¿Cómo se hace eso? Pues así, versión divulgativa: capturando un asteroide gigantesco y haciéndolo orbitar alrededor del Planeta y unas cuantos cuerpos celestes más, durante un tiempo determinado (largo, eh, largo) y así de vuelta y venga para aquí y venga para allá y al final, oye, que la Tierra se sale de su sitio y se va para el otro lado y zafa del infierno solar. Naturalmente, la Ciencia se ha apresurado a aclarar que ahora mismo no disponemos de la tecnología necesaria para hacer algo así, aun cuando el mp3 haya cumplido ya diez años, diez, quién lo diría... pero la idea y las sumas y restas y tal ya las han hecho en pizarrón y da que sí. Y esperan que dentro de varios millones de años el Hombre (y su Mujer, sobre todo) hayan evolucionado tanto como para desarrollarla y lograrlo. Así que ya pueden estudiar o ellos verán...

Como yo no puedo hacerme cargo de la Humanidad, me preocupo de los Ornat. Tal y como van las cosas, parece obvio que quedarán pocos o ningún Ornat y aún menos probable parece que sean Ornat de primer apellido, que es lo que marca y diferencia. Ese asunto está por resolver. De todos modos no hay que ponerse dramáticos: están ustedes leyendo, en cuanto a modelos de Ornat se refiere, a un representante de la culminación del apellido: dos veces Ornat. A partir de nosotros, todo es declive.

Y así, hasta el fin del mundo.

Todas las mañanas

Todas las mañanas

Es poco probable que yo me levante de la cama con sueño; es mucho más probable que lo haga con pena. Una lástima informe que a veces relleno con seis galletas de fibra o que me limpio en la ducha cruzando las palmas de las manos bajo las axilas, para dejarle un descenso liso al agua de la cabeza a los pies, y una ruta de huida hacia el desagüe redondo y de ahí al centro de la Tierra. Si eso no basta, como ayer, entonces pruebo a salir a la calle y caminar despacio. En días así no sé ir a ningún lado si no es a una librería. Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno, leí hace años en un libro hermoso y oí en una película hermosa, en la que Depardieu acababa por morirse bajo un sol cuarteado por las copas de los árboles, a trompicones, con una conciencia artificial de la belleza del instante y una música antigua de marco. Hace años que no sé nada de ese libro. He sospechado a menudo que los libros te abandonan como te abandonan otras cosas. O me abandonan. Algunas mañanas pienso en ellos con melancolía, miro de reojo a los estantes y me doy cuenta de que se marcharon hace mucho tiempo. No he vuelto a saber nada de ese libro, que tal vez me soñó leyéndolo.

Ayer me fui a pasar la mañana a una librería. No pensaba comprar nada. Sólo quería esconderme. Las librerías tienen libros y tienen asientos duros de espuma para ojearlos, y en algunos casos tienen recodos acogedores y silenciosos en los que uno puede ocultarse medianamente del tráfico insaciable de la ciudad. En la calle San Miguel han construido una casa del libro, con minúsculas, con una chica de pelo muy tirante al mostrador. Una casa del libro es como una casa de muñecas. Esa chica le habla a los libros como si los libros tuvieran interés en escucharla. La primera vez le pregunté por La Ciudad Automática, de Julio Camba, y ella se fue hacia la C hablando sola y preguntando: "A ver, ¿dónde está usted señor Camba? No se me esconda. Señor Camba, señor Camba...", lo llamaba. "Pero si lo había visto yo por aquí". Yo le dije: "Mira que ya me he fijado por aquí y no lo he visto" (al señor Camba, debí agregar, pero me dio reparo la familiaridad o bien una locura tan amable); pero entonces ella hizo así, alargó una mano como si fuera a tomar en ella un pajarillo y no un libro, y siguiendo la línea de sus dedos vi que frente a nosotros aparecía el señor Camba en su ciudad automática. "Aquí está...", le dijo ella al libro, no a mí. Y me lo entregó. Y le faltó advertir: "Cuídelo usted, el señor Camba requiere atenciones. Se conserva bien en interiores y peor al sol, salvo en los primeros días de marzo hacia el mediodía". O bien: "Que se tome dos optalidones con el café con leche después de cada comida; el café con leche en vaso, eh... Al señor Camba no le gustan las tazas de loza ni los vinos sin sabor". No me dijo nada, sin embargo. Y entonces le pregunté por Josep Pla. El señor Pla, el señor Pla, repitió ella. Otra vez lo mismo. Mira que yo no lo he visto por aquí, por la P. Y el mismo milagro. Como las madres, que siempre encuentran en su sitio y a la primera lo que nosotros no habíamos visto en su sitio y a la cuarta.

Ayer la chica no estaba. Había otra dos mucho más silenciosas y con el pelo liberado, a las que preferí no preguntarles nada. Resbalé por las estanterías con el iPod a toda pastilla, vi el atril que le habían preparado a Javier Tomeo y un pequeño hemiciclo de asientos de espuma verde. Presentaba el volumen Javier Gurruchaga. La Literatura es una cosa muy rara. Leí las primeras páginas de Los Amantes de Silicona, su última novela, y luego me dejé caer hacia los rincones, atravesé pasillos de poesía, traspuse el retablo de las novelas negras y caí sobre la ventanilla de los viajes. Los libros exhaustivos no me gustan, pero me atraen como si quisieran gustarme. En Charing Cross me hundí en una librería de novela sólo negra, asesinatos, muertes, misterios, casquería, casos sin resolver, matanzas históricas, detectives de todas las calañas. Pero salí sin nada porque era todo tan exhaustivo que, no sé. De todas formas siempre hay que comprar algo. Ayer, en un recodo donde renacía la Literatura Española e Hispanoamericana en versión de bolsillo, allí me quedé. No me gustan los libros de tapa porque no te puedes acostar sobre ellos, tienen la textura de un colchón duro. En cambio los de bolsillo proponen un espacio mullido para la cabeza, en el que puedes meter la frente, guardar papelitos, hacer un rulo, educar una flor, parir una memoria. Nunca doblar las esquinas de las páginas.

Apoyado sobre la espalda, mirando al techo pero con las piernas del otro lado, sobre la almohada, encontré al señor James, don Henry. Un librito de recuerdos de su llegada a Londres en el invierno de 1876 y en los inviernos y veranos sucesivos. Se titula así, Londres; e igual se titulaba uno de Virginia Woolf que compré en otra casa de muñecas, en Madrid, hace algunas semanas o meses, no me acuerdo. Una colección breve de retratos costumbristas sobre un Londres evaporado, de casitas repetidas. Se llama igual: Londres. Sólo eso. Me senté un rato con él. A esa esquina venía poca gente. Me dejaron tranquilo. Yo estaba en Modo Aleatorio, un desorden ordenado. Sonaba la Creedence y a continuación Ian Brown y después Death Cab for Cutie, Placebo, incluso Wombats o Patti Smith. Pasaron por allí un par de chicas que no me vieron ni yo a ellas.

Después de un rato me arrastré por el suelo para salir. Tropecé con Doctor Pasavento y me detuve en la esquina de Vila-Matas, donde me incorporé. Herman Hesse también estaba allí, acechante como siempre, desde que me atreví con su Lobo Estepario y con Demian y Siddharta siendo demasiado niño y demasiado temeroso. Ahora ni siquiera tengo cojones de abrir su Cuentos de Amor. Hesse también escapó hace años de mi librería. De aquel grupo sólo permanece Kafka, un hombre generoso. Sabe que si se marcha dejaría un hueco tan grande que yo no podría sobrevivir.

Compré una libretita para hacer anotaciones de viajes o de nada, con una tapa en la que aparece una imagen antigua de Times Square, en Nueva York. Todo muy sugerente. Tiene una goma para cerrar el conjunto y que no se escape ni una letra. Aún me queda pendiente la tarea de robar Tortilla Flat, de Steinbeck. Fue una conjura que hicimos una noche de hace muchos años en el Malevaje, inspirada por Carretero: "Si no es robado, no se puede leer", dijo él. Y le dio un trago muy cuidadoso a la cerveza. Yo miré el submarino oscuro de bourbon en mi jarra y supe que nunca cumpliría. No lo he hecho y por eso no soy un hombre. Ayer lo tuve en la mano y lo pensé, pero nadie comete una violación en una casa de muñecas. Salí a la calle y me senté en un banco del paseo a mirar a la gente pasar. Yo seguía con el estómago vacío, abrí la libreta pero nadie había escrito nada. Y todos me ignoraron de forma minuciosa, aunque caminaban muy bien al ritmo de la música. Siempre he envidiado esa armonía de las personas que no conozco.

[Foto: el señor Henry James: un americano en Londres].

Distancias

Distancias

"Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar".

'Diarios', Franz Kafka

¿Dónde tengo la cabeza?

Perdonen ustedes que no salude. Algún día hablaremos de las virtudes del silencio o dialogaremos sobre ellas sin decir nada, que es el modo más acertado de reflexionar sobre el silencio mismo. Estos días me pregunto dónde tengo la cabeza porque la siento en suspenso, cómoda en una callada estabilidad que me da miedo por falta de costumbre. Me pregunto si soy yo o bien la química redondeada de cada mañana. Ahora me duermo pronto, nada más pasar la medianoche; se me cierran los ojos como si no hubiera ninguna otra cosa que hacer salvo cerrar los ojos. Las noches hechas vapor, con lo bien que he sabido yo darles forma. Antes me levantaba de la cama de un salto, impulsado por pensamientos; durante un tiempo me ponía a temblar nada más abrir los ojos, un motor de inquietudes en permanente ralentí, y luego seguramente me sentaba a escribir algo muy poco pensado. Ahora me despierto y me quedo entre las sábanas, con la mirada puesta en ningún sitio, y tratando de reconocerme en una calma tan engañosa. No lo consigo del todo. Como los Pixies, me pregunto dónde tengo la cabeza.

Where Is My Mind?

El debate

El pueblo me pide que entre en campaña y, aunque Somniloquios no tiene vocación de gramola, por una vez lo haré. Lo haré a mi manera, claro. Nada de razonamientos o juicios porque me saldrían demasiado amargos, creedme. Yo soy de los que cada cierto tiempo, coincidente con este tipo de ocasiones y con el repunte de ciertos debates políticos y sociales, considero seriamente la posibilidad del exilio. Y hablo en serio. Respecto al debate, resumiré en dos puntos metafóricos el estado de situación en la España de hoy, donde la estulticia rebaja su precio de forma inversamente proporcional al del pollo y las gasolinas (1); y mi impresión sobre el cara a cara entre el Cejas y el Sopas (2), que vi poco y salteado, para no saturarme. He decir que no comprendo bien el concepto salud democrática ni el concepto ganar un debate. Y diré más: para ofrecer semejantes niveles de discurso, formas y recursos dialécticos, por mí que se queden otros 15 años sin celebrarlo. Podremos resistirlos si se trata de perder de vista a Campo Vidal... Voy al análisis en imágenes. Los clips, para los despistados que por aquí no creo que los haya, pertenecen a aquella obra maestra del humor y la inteligencia que se llamó La Vida de Brian.

1 El estado de la cosa político-social, sobre todo en la rica periferia nacionalista.

 

2. El debate en sí mismo: la escena es la misma, sólo que en la versión original, y ahora ampliamos el campo de visión incluyendo a los dos contendientes. Sobre la arena de la Academia de Televisión, un moderador al que podríamos identificar con el de los trompetones, dándose importancia y fanfarria para después no moderar nada. En la arena, dos gladiadores: el enmascarado sería el Sopas; y el peludo, el Cejas. Las patéticas actitudes de cada uno de ellos están bien reflejadas. Mi impresión sobre ganadores y perdedores también se corresponde con el desenlace del singular combate. Un poco de calma y no  os perdáis la celebración final, que también tiene mucho que ver con lo que yo creo que, por dentro, hace un presidente del Gobierno cuando gana unas elecciones. Y no a su contrincante político, precisamente. En la escena aparecen otros personajes entre el público y sus alrededores. Cada uno que les otorgue el nombre adecuado. Yo propongo que la que recoge las vísceras bien pudiera ser María Antonia Iglesias, ese cuerpo de Qator con cabeza de Medusa y verbo hecho ventriloquía socialista. Es sólo un ejemplo, pero hay muchos en los dos lados: el militante periodismo español, con sus argumentaciones de cámara, está entre lo más patético del famoso debate.

Díme, Bobby...

Díme, Bobby...


Rubio, aún rubio, aún sin esa frente despejada que lo habría de definir, aún sin ese mechón ingrávido que parecía perseguir siempre su cogote o tal vez volar para alejarse de él sin conseguirlo, aún sin esa coronilla limpia por la que lo llamarían Divino Calvo. Aún joven, pero con tanto dolor. Joven y ya con tanto dolor. Tanto dolor y esa confusión de fondo, esa forma de "entrar y salir de la realidad", que no sabría explicar; tanto dolor y una conciencia inexacta de lo ocurrido y sus consecuencias. Y el por qué. Sobre todo el por qué. ¿Por qué otros y no él? Tal vez eso era lo más doloroso, más allá de las heridas. El no saber. Un golpe en la cara, una contusión en la cabeza, un vendaje muy claro sobre la frente, una conmoción cerebral. Ese entrar y salir de la realidad, sin voluntad. Un camillero que le sonríe, como si quisiera decirle: "Esto es una rutina; no se preocupe, usted se va a poner bien". Él le quiere gritar a ese tipo, se quiere deshacer de su vigilancia, quiere que lo deje en paz, que se largue, que mire alrededor y comprenda o al menos que no sonría. Sobre todo que no le sonría. Por eso le grita, -"¡Usted no entiende nada!"-, porque lo ocurrido supone la destrucción minuciosa de la rutina, una vida (ocho vidas, 23 vidas, miles de vidas) modificada para siempre. Y luego la realidad, otra vez, que se desvanece como si el colchón de la cama, las paredes blancas de la habitación, como si todo lo que hay alrededor -el techo y la pálida luz, el cuerpo, los muchachos jugando a las cartas en la cabina del avión, la nieve de afuera-, como si todo, también el aeroplano, los dos despegues infructuosos, la carrera demasiado larga por una pista helada, y también la casa, sobre todo la casa, más que ninguna otra cosa la casa y ese silencio... como si todo eso fuera engullido por un torbellino, deshecho silenciosamente, igual si jamás hubiera estado ahí. Y entonces, el vacío. Un ruido metálico y el vacío.

Al despertar, a la mañana siguiente, reconoció apenas las paredes encaladas del hospital, aunque no podía estar seguro de si esa era la misma sala de la noche anterior o tal vez otra sala. Reconocía la mañana blanca, miraba a los muros blancos, las sábanas blancas, las batas blancas, las vendas blancas, la nieve blanca, la pista blanca, el avión blanco, el vacío blanco... y lo cegaba la insistencia de una escena sin colores. La claridad se estaba abriendo paso en una sucesión de imágenes de callada nitidez, una procesión fantasmal, de extraño orden. Se vio a sí mismo en una posición casi cómica: caído sobre un piso de nieve mancillada, atado aún a la butaca del aeroplano y con el cuerpo vencido de medio lado, como un chico que ha perdido el equilibrio al bajar la ladera demasiado deprisa con su trineo. La cabeza le zumbaba en una reverberación de metal contra metal. Siempre el metal, un ruido que hoy, 50 años después, no ha podido sacarse de la cabeza. Metal como la esquirla de una bala en el cerebro. Luego había un hueco, una súbita desaparición de materia, de recuerdo, de conciencia. El vacío. Y al otro lado una voz mezclada con estridentes sirenas que iban y venían a todas partes. La voz era la de Dennis Viollet, caído a su lado sobre la pista del helado aeropuerto de Múnich: "¿Qué está pasando, Bobby? ¿Qué ha ocurrido?". "Es horrible, Dennis. Horrible...".

Más tarde habría de arrepentirse de esa respuesta. Dennis estaba herido y tendría que haberle ahorrado la parte más atroz de la verdad. Pero no pudo evitarlo. La bruma del terror es así. Después del primer intento de despegue todos en el avión se habían dado cuenta de que algo estaba ocurriendo, un aire como de inquietud demasiado evidente se apoderó de los rostros de los muchachos. Cesaron las partidas de cartas y ganó el silencio, la callada anticipación tensa de un instante impredecible. Uno no sabe bien hasta qué punto está en peligro cuando está en peligro. Cómo advertir que sobreviene una tragedia... Ahora sí, ahora y en los siguientes días resultaría sencillo pensar que todo iba a terminar así, como lo hizo. Que cuando él acercó la frente a la ventanilla del aparato para mirar afuera, intentando distinguir algún perfil en medio de esa noche deshilachada de viento y nieve, sólo acertó a percibir esa luminosidad algo terrible que adquiere el hielo bajo una luz. Sintió que algo iba a ocurrir.

Desde el suelo, retiró el cinturón de seguridad y trató de incorporarse para mirar a su alrededor. No resultaba fácil ocultar la atroz realidad que se había desplegado en el escenario, y de la cual formaban parte él y su amigo Dennis, ese joven que en los últimos meses se estaba volviendo insaciable en el área de gol. Por todas partes vio cuerpos y trató de fijar la mirada en ellos y reconocer alguno, alguno de los jugadores, algunos de los futbolistas que un rato antes jugaban a las cartas. No le fue posible. Dennis seguía preguntándole: "Bobby, ¿qué ha pasado Bobby?". Y él contestaba: "Es horrible, Dennis. Horrible...". Y Dennis preguntaba de nuevo, y él contestaba otra vez; y Dennis insistía, y él lo mismo. Le quiso decir algo, Dennis, estamos repitiendo esta conversación, deja de preguntarme. Pero entonces vio que Dennis había cerrado los ojos, como si durmiera plácidamente sobre un suave lecho blanco, ajeno a esa noche salvaje de ventisca polar en Múnich. Pensó hacer lo mismo, pero las sirenas no le dejarían descansar. Después, alguien lo asistió y le ayudaron a caminar hasta una camioneta junto a otros compañeros, caminando como si abandonara el campo después de una patada demasiado fuerte de algún contrario. Un instante después, despertó en el hospital. Ya era la mañana siguiente.

A la izquierda de su cama un hombre alemán leía un diario, repleto de imágenes del accidente aéreo. Cuando advirtió que su vecino inglés estaba despierto, levantó la mirada y con un acento exagerado de sonoridades germánicas le dijo: "I'm sorry". Lo siento. El joven inglés -ese rubio de apenas 20 años, aún rubio, con la frente cruzada por un vendaje y un punto carmesí detenido como una cereza sobre el pómulo izquierdo- le dijo algo que sonaba a ruego, una petición. El alemán hablaba un inglés escaso, pero suficiente para entender. Aproximó un tanto a sus ojos las hojas desplegadas del periódico y recitó, muy despacio: "Roger Byrne, David Pegg, Eddie Colman, Tommy Taylor, Billy Whelan, Mark Jones, Geoff Bent". Tras leer el ultimo nombre, hizo una pausa y enseguida agregó: "Muertos".

Todos muertos. Siete muertos. El Viejo no estaba en la lista. Tampoco Duncan, ni otros ni él mismo. Ni siquiera él mismo. Sobre el cabezal de la cama, una tarjeta anunciaba su apellido: Charlton. Sintió una punzada rara, como un lejano deseo de que el alemán hubiera leído su nombre y que en esa tarjeta sobre la cama hubiera otro, quizás el de Roger, o el de Eddy, o Geoff... Aquello era inconcebible, claro, pero de verdad lo deseaba. En las horas que venían, en los siguientes días, en los meses posteriores, tal vez toda la vida, iba a preguntarse dónde y cuándo se jugó la partida de cartas que decidió los nombres de los que iban a morir. Una partida de cartas antes de morir. Eso es la vida. La inquietud de las preguntas sin respuesta lo persiguió por los pasillos del hospital como una locura incansable. Estaba intentando que no lo atrapara, pero al mismo tiempo no quería huir del todo: quizás la culpa lo volvería loco.

Cuando estuvo algo mejor lo llevaron a otra sala en la que ya estaban alojados algunos muchachos del equipo. Al verlos tuvo ganas de tirarse en sus brazos y festejar: "¡Al menos nosotros estamos vivos!", quiso decirles. Pero las miradas eran duras, no incluían ninguna celebración, salvo un doloroso alivio de vida no del todo comprensible. Duncan, dijo alguien, está muy mal. ¿Y el Viejo?, preguntó él. Lo mismo. Lo confirmaron algunas horas después Harry Gregg y Bill Foulkes, que pasaron por la sala para despedirse. Regresaban a Manchester. De repente ese nombre familiar adquirió en sus oídos una brillante sonoridad. ¿Cómo estaría Manchester? Jimmy, el preparador, contó que en Manchester la gente se había reunido en Old Trafford. Querían estar cerca del equipo, a su lado, como siempre en cada partido, pero el equipo estaba en un hospital de Múnich. La ciudad os espera, muchachos, dijo Jimmy Murphy. ¿Habéis visto a los otros?, preguntó alguien. Sí. ¿Y cómo están? Al Viejo y a Duncan los mantienen con oxígeno. Están muy mal. Y Johnny y Jackie... bueno, los doctores no saben si podrán volver a caminar. O a jugar. Jimmy Murphy, el segundo de Busby, había combatido en la guerra y sabía lo que era perder camaradas y amigos. Él se encargó de animarlos como si estuvieran en el vestuario. El accidente era una prueba y el Manchester United la iba a ganar, les repetía. Le gustaba comparar la supervivencia en aquel hospital de Múnich con sus días en el frente. Esa actitud ocultaba una careta: cierta tarde, alguien lo vio al fondo de un pasillo, las rodillas dobladas y la espalda contra el muro, sollozando igual que un niño por todos los jóvenes perdidos.

Pasados unos días, cuando ya fue capaz de caminar, el joven inglés de cabello rubio salió de su habitación y caminó por los pasillos del hospital. Aquí y allá los enfermos lo miraban con lástima y en silencio, como si lo que viesen no fuera un hombre sino una aparición. Ya se había acostumbrado a esas miradas. Subió las escaleras y giró a la izquierda. Después caminó hacia el fondo. La luz de un ventanal en el extremo del pasillo proyectaba una dulce claridad de vainilla sobre las estancias. Se detuvo en una zona acristalada y al otro lado vio, inmóvil entre tubos y cables, al viejo Matt. Jimmy le había contado que el Viejo resistía a duras penas: "Tres veces le han dado la extremaunción, Bobby, tres veces... pero ese hombre no se va a rendir, te lo aseguro". Tres veces, tres negaciones. Permaneció unos minutos observándolo. Meses después ese hombre celebraría lo ocurrido con una canción de Louis Armstrong: ‘What a Wonderful World'. Él no pudo asistir a aquella fiesta. Dejó al Viejo y siguió caminando, en dirección a otra pieza. Todo le pareció detenido o irreal, parte de un sueño del que debería despertar en algún momento, aunque lo acompañaba esa impresión clarísima de las pesadillas, cuando uno advierte que toda la escena pertenece al teatro silencioso de un sueño, una representación de la que, sin embargo, nunca se puede estar seguro de escapar.

Al final, después de tantos días, lo encontró tendido sobre un lecho blanco como el suyo. Blanco como la pista. Blanco como el vacío. Se saludaron apenas en silencio, con un gesto. Duncan conservaba intacta su enérgica mirada, aunque todo lo demás parecía haberle sido arrebatado. Lo miró y trató de buscar su cuerpo, pero le pareció que se había evaporado bajo las frazadas, que tal vez sólo quedaba un vacío, ese vacío, en el lugar que un día ocupó el cuerpo de aquel gigante. Se fijó en la placa sobre la cama: Edwards. Tendido y con la cabeza vuelta hacia él, Duncan contuvo unos instantes la respiración. Parecía estar reuniendo las palabras dentro de sí con sus propias manos. Pasados unos segundos, lo miró y sólo le dijo: "Dime Bobby... ¿por qué has tardado tanto?".

Epílogo
El 6 de febrero de 1958, el vuelo 609 de la British European Airways se estrelló contra una casa cuando hacía una desesperada tentativa de elevarse desde el aeropuerto de Múnich, en medio de una tormenta de nieve y ventisca que había helado las pistas. El Manchester United de los Busby Babes viajaba a bordo del aeroplano, de regreso de un empate a tres goles en Belgrado. El vuelo había partido con una hora de retraso de la capital yugoslava porque Johnny Berry, uno de los jugadores, extravió su pasaporte. Después, el Elizabethan (así se llamaba la aeronave) hizo una parada técnica en Múnich para repostar. La liga inglesa se oponía en aquellos días a la participación de los equipos ingleses en la recién nacida Copa de Europa, y les exigía regresar a suelo británico 24 horas antes de que se jugase el siguiente partido. Por eso el BEA-609 cruzó el cielo de una Europa helada en aquella noche fatídica. En el tercer intento de despegue, el capitán James Thain no pudo elevar la nave por culpa de la nieve caída sobre la pista; rebasó el límite del aeropuero y se estrelló contra una casa. En el accidente fallecieron 23 de los 44 pasajeros, entre ellos ocho jugadores del United, el equipo más prometedor de las Islas, la probable alternativa al Madrid de Di Stéfano. También perecieron ocho periodistas ingleses, tres empleados del club, dos miembros de la tripulación (el piloto se salvó), el agente de viajes y un aficionado amigo personal de Matt Busby, manager e inspirador del equipo. Busby agonizó durante semanas en un hospital de Múnich antes de salvar la vida; una lucha similar derrotó a Duncan Edwards, el gran ídolo de aquel equipo, 15 días después del accidente. El pasado mes de septiembre Bobby Charlton, uno de los supervivientes, publicó sus memorias y en ellas incluye un capítulo (‘My Munich Agony') en el que está basado este relato. Charlton tenía 20 años.

MediaPunta, Febrero de 2008
www.mediapunta.es

La noche del flequillo asesino

La noche del flequillo asesino


Tengo en la pantalla a Angels Barceló que en estos momentos mastica con saña un buen pedazo de Jaume Figueras, su compañero de mesa, al que lleva unos años devorándose vivo durante el programa de los Oscars. Antes, con Ana García Siñeriz, Jaume ocupaba un buen pedazo de pantalla, pero ahora como que no le da tiempo o bien no cabe; como si hubieran estrechado los encuadres y ahí sólo cupiera Angels, la del fútbol y los secuestros en Brasil. Esta mujer sí que camina profesionalmente sobre una alfombra roja. Ejem. Estoooo… que van a empezar los Oscars y eso. Que llueve en Los Angeles pero no se nota nada. Y que cada medio minuto aparece Anton Chigurh / Javier Bardem en pantalla en alguna escena, que ya no sé si no se lo dan qué va a pasar aquí. Pero yo creo que se lo dan… todos creemos que se lo dan. Y la verdad, se lo merece. Bardem, el insoportable, está inmenso en No Es País Para Viejos.

Yo lo veo sin sonido. Últimamente tiendo a ver sin sonido casi todo, incluido el fútbol. El motivo parecerá extraño, pero es que no entiendo que nadie me cuente lo que estoy viendo si tengo los datos suficientes como para verlo yo solo. Debo de estar volviéndome loco. Para un momento que he subido el volumen, cuando ha salido Bardem con la morena de la televisión americana en la entrevista previa a la ceremonia, va y le pregunta por el peinado de la película. Así que corriendo la he bajado. Somniloquios transmite en riguroso directo, amigos. Hasta que apriete el sueño. ¡Acaba de aparecer Mickey Rooney! No, el delantero del Manchester United no. Mickey, el actor, aquél de la cara de niño, ese pequeñajo de la seta redonda sobre los hombros. El que se casó ocho veces, una de ellas con Ava Gardner, aunque todos sabemos que la ciencia negó hace siglos esa posibilidad. Ese. La alfombra roja es como los estudios de TVE, que de pronto aparece gente que no veías desde hacía 44 años y dices: “¡Hostias, aún anda ésta por ahí!”. Por ejemplo, Elena Sánchez, que rebrotó en pantalla en cuanto entró el gobernador ZP. Pues los Oscars son igual. Ahora, por ejemplo, el pavo del pelo caoba de la ABC –tipo Trevor Brookman el de los Simpsons- entrevista a una abuelita de amarillo y cabello plateado, que sonríe dentífrica y ancianamente. Diría que entre los dos no bajan de los 230 años…

Los habitantes de Hollywood se van sentando en sus butacas. Es una especie de reunión de vecinos con premios y borrachera posterior, a todo lujo. La alfombra ha estado sosota. Sí, Cameron Díaz y George Clooney, pero no sé, poca cosa. Laura Linney, que me va mucho en sus papeles; la mujer de Ben Affleck en su condición indudable de mujer de Ben Affleck; Casey Affleck y acompañante (que aprovechaba la inclinación de la entrevistadora del Plus para mirarle la curva de las posaderas y calcular cuánto le tiraba la sisa del vestido, sin ningún disimulo), la inevitable Penélope siempre deshaciendo el ovillo… Daniel Day Lewis porta dos aretes dorados, uno por oreja, y a una dama pelirroja como una calabaza. Soy mucho de Daniel Day Lewis, digámoslo, pero no me lo creo tan exagerado en Pozos de Ambición. Y a la película le sobra frialdad y le falta algo de conflicto externo a la ambición obsesiva del personaje, un antagonista que eleve nuestra implicación en el pozo de mierda concéntrico que es el magnate del petróleo al que encarna Daniel Day Lewis. Artísticamente grande, la película me parece descompensada. Y con un desenlace muy mal resuelto, sin encontrar el tono preciso. En cuestión de locos egocéntricos despiadados, me quedo con El Aviador de Leo di Caprio en la película de Scorsese. Por nombrar uno cercano. Y si nombramos al lejano o paradigmático, a la cumbre, está clara: Ciudadano Kane.

Bueno, que empieza la cosa. Aguanto hasta que llegue el sueño. Lo demás lo leéis donde siempre. De momento me lo he puesto en inglés… Notable que no hay nadie haciéndole de intérprete a Angels en la televisión americana, no me lo puedo creer. Sin embargo, su voz se cuela en la versión americana, también. Qué mujer, dios mío, qué pedazo de mujer. Traspasa los muros. Bardem está sentado a la izquierda del padre, Jack Nicholson, y delante del padrino, Tommy Lee Jones, y un poco más atrás están los Coen. Gasol no juega esta noche pero Jack lleva los mismos anteojos oscuros de siempre en el Staples Centre. Ellen Page, la niña de Juno, acaba de cumplir años y ha dicho que se iba a tomar “un par de copas”. Hay que vigilar a esa niña… Juno me ha parecido simpática y poco más; un cruce diferido entre Café Irlandés y Beautiful Girls, y muy lejos de las dos. Simpática, eso es todo. Es como cuando se le dice a la novia que está muy graciosa. O está guapa o no está guapa, pero graciosa no puede estar. Es un eufemismo cruel. Anotadlo. Graciosa. Juno me gusta, pero vamos a hablar de películas en serio, si es que hablamos de Oscars. Buena frase del presentador Jon Stewart sobre Barack Obama: “Todas las veces que hemos visto a un presidente americano negro ha sido porque un meteorito gigante estaba a punto de derribar la Estatua de la Libertad”.

Alexandra Byrne, la diseñadora de vestuario de Elizabeht, the Golden Age, se lleva el primero de la noche. Enfocan a Cate Blanchett… coleccionista de nominaciones, y no es extraño porque la señorita Byrne parece una mezcla desafortunada entre Betty Boop y Paquita Ors, con unas gafas robadas a Isabel Coixet. A Angels se le ha movido un poco la cortina de la melena y le asoma por el parietal derecho una oreja muy desabrochada. Entra George Clooney al escenario. Jesús cómo me gusta este hombre. Yo voy siempre con Clooney, nuestro Cary Grant de estos días: presenta un montaje de los 80 años de Oscars en la pantalla del escenario. Gran frase de un presentador que cito para ustedes: “Veo muchas caras nuevas por aquí… especialmente entre las caras más viejas”. Estupendo clip de las clásicas y recientes glorias. Para montar algo así no hace falta ir a Harvard, desde luego. Incluye a John Wayne en sus últimos días, reducido a la mitad por el cáncer que estaba a punto de acabarlo: su hija cuenta en cierto documental que se puso como ropa interior un traje de neopreno, para rellenar el chaqué. Todos pensaron que caería largo. El Duque era ya todo retroceso de pellejo y un organismo en huida. Pero tenía un par de huevos. Hablando de comida: Oscar para Ratatouille. Yo desde que vi el tráiler, una rata en una cocina, me cambié la sortija de mano, como mi madre, para acordarme de no ir a verla. Y no me acordé. La rubia de Anatomía de Grey entrega no sé qué Oscar a La Vie en Rose. Lloriquea una morena muy porcelanosa en las butacas. Pondera Angels: “Por segundo año consecutivo el Oscar de Maquillaje viaja de Estados Unidos a Europa… y eso es una gran noticia”. Toma ahí perspectiva periodística y toque a los putos yanquis. Que no se crean que van a ganar todo esos mongoles. ¡Vamos Europa, hostias! Enhorabuena a los premiados.

Son las 3:00, amigos. Somniloquios transmitiendo en riguroso directo, aunque lo vais a leer con un diferido de seguridad de varias horas por si en un momento dado me rasco un huevo o algo. Para que dé tiempo a montarlo y eso; desde que Janet se sacó una teta en la Superbowl, los americanos toman todo tipo de precauciones. Canción nominada. Hora de cerveza. Mierda, no hay… ¿Un bitter sin? Pssscccchhh…Efectos especiales. Y justo al Plus se le descoyunta el sonido, las voces se redoblan a sí mismas y se montan unas sobre otras. ¡Y ninguna es la de Angels, mecachis! La Bruja Dorada se impone a Piratas del Caribe XV y a Transformers. Estando Nicole Kidman, otra ganadora nata, no había duda. Oscar a la Dirección Artística para un matrimonio italiano my desigual (rubia estirada ella, calvorota él) por Sweeney Todd. Y ahora le toca a Bardem… creo.

Ojo que si no se lo dan cortan la emisión. La escenita de la moneda, otra vez, en las presentaciones. Ya es un clásico. Ojo a Tom Wilkinson, pero vamos, que gana Bardem. Creo yo. Espera. Quieto ahí. Tate. Ahí van. Tres, dos, uno: ¡Bardem! Angels no se podía perder un momento histórico, claro que no. Ay esa orejilla otra vez asomando… Bardem habla muy rápido en inglés y luego en español se lo dedica a su madre, a sus abuelos, a los cómicos de España y a la dignidad del oficio. Y se marcha. Y menos mal porque en un momento ese chico salta al mitin o arma una bicifestación y no hay modo de detenerlo. Los Coen le escribieron un papel demoledor y él lo ha reventado de músculo interpretativo. Yo la vi en versión original y su simulación del acento del sur de Texas es portentosa. A mí este tipo –y todo el ambiente de la película- sí que me da miedo. Y no El Orfanato o esa de REC. No es País Para Viejos es el penúltimo western sin ser un western, pero es el western moderno. Una película que yo no diría tal vez la mejor de los hermanos, pero le pega al palo. Descarnada, brutal, negra, tremenda como una frontera, donde los límites suponen apenas una convención.

Me estoy empezando a aburrir. Ahora viene el dilema interior, hermanos, cuando tiro por la ventana todo el trabajo hecho hasta ahora y me largo a dormir. Dejo esta crónica a medias  e incumplo el compromiso conmigo mismo. Es lo que pasa con estas cosas: como nadie obliga, nada obliga. Cuántas veces, durante una lifara antes de ir al campo en algún partido del Zaragoza fuera de casa, hemos pensado: “Ojalá ahora mismo suspendieran el partido y nos pudiéramos ir a dormir la siesta toda la tarde al hotel, dormir a pierna suelta, con pérdida grave de conciencia y masa encefálica por babeo”. Pero nunca lo suspendían. Y si lo suspendían, había que contar que lo suspendían. Pero Somniloquios es mío, así que hago lo que quiero. Voy a hacer una ronda a ver qué hay por ahí en los otros canales. Espera… Actriz Secundaria. No puedo contextualizar mucho porque no he visto ninguna. Ni pena, oye. Por mí que gane Bob Dylan. O sea, Cate Blanchett. A veeer: Tilda Swinton por Michael Clayton. O Michael Clayton por Tilda Swinton. Yo qué sé. Tiene pinta de holandesa, de no haberse maquillado y de que el vestido se le cayó encima en lugar de ponérselo. Pero después de ver a las chicas de los Goya, la verdad, está elegantísima. Ah, mira, es escocesa. La que salía en Narnia. Aaahhh, jate que me sonaba su cara… ¡Hostias, espera que le han dado otro a Bardem! Ah no, para, que es la repetición. Los highlights de Angels eran.

Señores, acaba de salir una morocha a presentar un premio que no sé quién es ni qué espera de la vida, pero está como un cañón de artillería. ¡Servicio de documentación, Juan María Alfarooooooo! Pipipipipipipipipipipipi… Pero si era Jessica Alba, amigos: bien embarazada y con un escote espumillón palabra de honor. No se le veían las ballenas, como a Natalia Verbeke en los Goya. Las ballenas son el forro interior de las copas del vestido, cerdos. Mal pensados. Jess me ha levantado la moral y os doy media horita más de crónica. Pero ahora que he recopilado información me siento sucio: espera gemelos. En fin. Oscar por el Guión Adaptado para los Coen: formidable. Ya he dicho que la película es un prodigio de escritura que ha trasladado y potenciado una novela vigorosa como siempre de Cormack McCarthy, del que no he leído nada. De esta novela, apenas unas líneas, lo que ya me confiere autoridad moral de sobra para juzgarla como una gran adaptación. Leída la primera escena en el libro y vista en la película, me quedo con la película. Me queda un poco de bitter sin después de tirarlo por el suelo. Me lo acabo. Otra canción nominada: voy a hacerme sesenta flexiones.

Las 4:01, chicos. El Zaragoza entrena mañana a las diez y media (hoy para el lector), con ese 5-0 y esa alegría, y yo aquí con el Oscar al Mejor Montaje de Sonido, como si tuviera 15 años. Os cuento que premian a El Ultimátum de Bourne. Joder, ¿competía en este año? Un poco más y se lo dan a Titanic, ¿no? La ceremonia va ligerita. Ahora, la Mejor Mezcla de Sonido. Si queréis saber la diferencia entre el montaje de sonido y la mezcla de sonido, llamáis a Pumares, chatos. Mira, también compite Bardem. Y Ratatouille. Y Transformers, que no te creas que no cunde y aún no ha rascado una. A ver: El Ultimátum de Bourne gana también éste, claro. Es que era el mismo, en el fondo. En fin. Lo que os decía de la mezcla y el montaje. Si es que el sentido común es el sentido común. ¿Sí o no?

Recuperamos tono con la Mejor Actriz. Están nominadas Penélope, que sigue esperando el suyo desde el año pasado y sólo se ha movido del asiento para cambiar de novio y agarrar a otro camino del éxito, y cuatro o cinco pelanas más. Os las nombro a título informativo pero vamos, que la más elegante es Penélope de lejos: compiten Cate Blanchett (yet again), Julie Christie, no sé quien disfrazada de Edith Piaf, la estupenda Laura Linney (ahí pongo yo mi ficha, ojito) y Ellen Page, alias Juno. Lo va a decir Forest Whitaker… Jódete: Edith Piaf. O sea, Marion Cotillard, que acabo de leerlo en el rótulo. Terrible tener que oír a una francesa hablando inglés. Ahí está la chica, al borde del colapso emocional. Al menos no es tan estirada como Juliet Binoche. Oye, y que no está nada mal, eh, ahora que la miro, tampoco os vayáis a creer. Es decir, la película en Somniloquios no vamos a ir a verla porque en Somniloquios no somos mucho del tema del biopic, pero eso: Marion Cotillard. Bien amueblada. Acordáos del nombre, por si algún día tenéis un blog.

En la TVE, mientras, están con el informativo 24 Horas, que como mucho puedes verlo 24 segundos antes de que se repita una información. Raúl Castro, con sus gafas de 24 quilates, arengando a la Asamblea Nacional de Cuba y hablando muy bien de su hermano mayor, Fidel. Cómo no. Ahora vienen los goles. El dientes está que se sale otra vez y en Madrid hay cagazo. El gol de Uche ha sido de circo. La chica que da los goles tiene los ojos muy grises. Debe de ser por la hora. Ahora, en rápido compacto, todos los tantos de la jornada… Me vuelvo al Kodak Theatre que lo de Luis Fabiano ya me lo sé, chico.

Tras un impás, aquí seguimos. El Ultimátum de Bourne suma otro, el del Mejor Montaje. Tres de tres. Como la serie me gusta tantísimo, son pequeñas alegrías colaterales en una noche más bien descafeinada, te digo. Ya no sé cómo aguanto, pero aún estoy en mis horarios habituales, por otro lado siempre desbaratados. Como nota de color os diré que Figueras ha recuperado terreno con respecto a Angels y su blusa hippie de pedrería en el escote. La camisa color vino de Jaume hace lo que puede. Ahora mismo se están largando una conversación mano a mano que me he perdido, pero presenta el próximo, el de la Mejor Película Extranjera, nada menos que Pe, y ahí doy el respingo porque la Cruz es siempre rabiosa actualidad. Pe presenta rápido y sin florituras, con un inglés muy hispano, y se lo entrega a The Counterfeiters, de Austria. Yo se lo hubiera dado otra vez a La Vida de los Otros, oye. Penélope escolta el discurso y una azafata de piel olivácea escolta a Penélope. Le saca cuello y medio y un par de cabezas, a pesar de que Penélope se ha subido el frente del peinado como si se hubiera metido un transportador bajo el flequillo. La verdad, pobre Pe: en California no es azafata cualquiera. La morena está para jugar al waterpolo con ella y vaciar la piscina a barrigazos.

Ha salido John Travolta, que casi se come el atril. Después de Colin Farrell, es el segundo que resbala ahí y el chaval de la mopa sin ocuparse del asunto. Ya verás cómo al final salimos en los papeles. Travolta ha ingresado ya en ese periodo de los actores/actrices en el que uno no sabría decir si tienen 42 años u 86. Luego, repentinamente, aparecen envejecidos y a continuación se mueren. Más o menos, por resumir. La línea del cabello de Danny Tzuko está en franco retroceso y la cara es como si no fuera suya, como si le hubieran esculpido una nueva en cera y la llevase encima de la real. Le han dado el Oscar a la mejor canción a una de Encantada. Pues encantados.

Según mis cálculos, ahora viene lo bueno. Son las 4:56 de la mañana. Lo bueno serían el Guión Original, el Mejor Actor, el Mejor Director y la Mejor Película. Lo demás ya no interesa mucho. La Banda Sonora, el Corto Documental y qué sé yo. ¿Sabéis qué? Que me voy a la cama. Que yo si no están nominados Scorsese, Woody Allen o Clint Eastwood casi me da igual. Los Coen me caen muy bien, me han divertido mucho, pero… Eso sí, espero que ganen porque su película es la mejor. Tengo la duda por Tommy Lee Jones, que está entre esos tipos a los que quiero ver ganar. Pero como creo que no lo voy a ver ganar, en cuanto termine Cameron Díaz lo que tiene entre manos, me largo. Pozos de Ambición se lleva el primero, a la Cinematografía. ¿Qué es la cinematografía? Y qué sé yo. Yo estoy pensando en lo mío: en que Cameron Díaz sí hubiera derrotado a la azafata del waterpolo. Ahora rezo tres avemarías por ella.

Señores, ha sido un placer. Como diría John Wayne: So long! 

[Pd: la cinematografía es lo que nosotros llamamos la fotografía. Es decir... eso. La fotografía].

Placebo*

Yo empecé a escribir a los once años y el disparo me salió torcido desde el primer momento. En aquellos días no paraba de leer novelitas de Keith Luger sobre individuos de una pieza que enderezaban pueblos olvidados en el oeste americano, o en esos lugares de tránsito entre la civilización urbana y afrancesada del este del país y la brutalidad del otro lado, el que cae más allá del medio oeste, digamos Texas, Arizona, Utah, la soleada California. Aquellas novelitas pulp, los bolsilibros de Bruguera, eran mis novelas de caballería quijotescas, porque si a algo he jugado yo ha sido a vaqueros e indios, aunque tuve mis perversiones de cuando en cuando y a veces también jugaba a Tarzán y Boy o, en un periodo aún más concreto y desconcertante, a Curro Jiménez y su banda: de esto último tuvo la culpa el modelo de navaja albaceteña tamaño natural en réplica de plástico que sacó a sus mostradores Comercial Aurora, una felicísima tienda de juguetes, tan sobria como rica, que había junto a mi colegio, en la esquina de San Jorge con la plaza San Pedro Nolasco, si es que podemos considerar que una plaza tenga esquinas.

He de decir que yo nunca fui el protagonista principal en aquellos juegos. Tenía un amigo al que le gustaba mandar mucho más que a mí, cosa que me sucede de forma recurrente desde hace siglos y por eso nunca he llegado a nada. Yo soy el héroe del pueblo, como el Che pero sin balear a nadie en nombre de la Revolución. Así que en el reparto de papeles, de niño, siempre salía perdiendo. Yo no lo tomaba como una derrota: ser el ayudante del sheriff me parecía muy noble; en el peor de los casos también podía hacer de indio, raza por la que tenía y tengo predilección. En territorio navajo, en la frontera entre Utah y Arizona, me compré un tomahawk artesanal y un arco en miniatura, y aún estoy pensando qué hago con ellos. Si llego a ver antes No es País Para Viejos, me compro la bombona y el cañón de aire comprimido para derribar reses, que hace agujeros perfectamente esféricos en la frente ajena. Comercial Aurora ya no existe: plantaron allí un café de nombre decimonónico e inspiración parisina, tal vez, y me parece que se lo llevó el río en alguna crecida. Nadie fue al entierro.

Finalmente, en nuestra simulación de Curro Jiménez me tenía que quedar con el Algarrobo. Ahora os parecerá ridículo, pero en aquellos días el Algarrobo tenía mucho predicamento porque era el tipo noble, directo y desarrapado del grupo. Todos queríamos ser alguna vez como el Algarrobo, dulcemente brutales, dueños de una fidelidad a prueba de franceses o de señoras con las tetas en bandeja. Y no me habléis del Estudiante como alternativa. El Estudiante apareció después. En el mismo capítulo pero después, que de esa no sé si os acordáis.

Volvamos atrás. En la novela pulp me introdujo un amigo que leía a Keith Luger y me dijo que era mucho mejor que Marcial Lafuente Estefanía, que siempre escribía lo mismo. Yo estuve de acuerdo porque soy así, tiendo a estar de acuerdo, bastantes cosas tengo yo que pensar como para andar en desacuerdos rutinarios. Además, aquel chico dibujaba vaqueros con Stetson de ala ancha, negros, y corría como si cabalgase, igual que un centauro, atizándose a sí mismo en los cuartos traseros con saña, y cabeceando un poco al galope. Luego me di cuenta de que Keith Luger también escribía siempre lo mismo, una novela por semana, dicen, pero a mí también me gustaba más que Lafuente Estefanía. Así que la primera ficción que escribí, a los once añitos, quedó a medias entre la recreación de una historieta pulp de Keith Luger (un español que en realidad se llamaba Miguel Olivero Tovar) y un western que debí ver por aquellos días y que nunca he sabido cuál era, tal vez Centauros del Desierto. Había una matanza inicial y una larga venganza posterior, dirigida por la memoria precisa y fiel de un perro. Una cosa terrible, en todos los sentidos.

Sin embargo, un niño escritor ofrece siempre la posibilidad de avergonzar a alguien mientras se trata con mucho cariño de ponerlo como ejemplo social. Un niño escritor tiene algo de personaje terrorífico o con el cual hay que tener cuidado. No es tan temible como un niño que toca el piano, otro que juega al ajedrez o el que hace gorgoritos con la voz,  pero… Un niño así anuncia cosas que nadie queremos: tiende a confiar en los disparates de la imaginación y no se centra en las verdades concretas de la existencia. Cierto día, por sorpresa, la profesora de Lenguaje me sentó a su lado en la mesa durante una clase, sacó los folios en los que yo había mecanografiado con pueril lentitud el relato y, después de decir mirad lo que ha escrito Mario, todos calladitos y a ver si aprendéis, manga de lerdos (le faltó agregar) comenzó a leerlo para toda la clase, mientras yo miraba al suelo y notaba que las gotas de sudor me bajaban en animada procesión de a uno por la espina dorsal, en aquel entonces tenía yo una espina dorsal de lo más tierna. Si me salvé de la patada general del alumnado canalla debió de ser porque, al poco tiempo, la señora descubrió a otro niño que cantaba jotas con timbre de infantico descapullado, además de interpretar una versión estupenda de aquel tema de Pedrito Fernández, La de la Mochila Azul, con el cual hacía temblar los baldosines de los muros. La de veces que oiríamos La de la Mochila Azul… Aún se me ponen los vellos como escarpias metálicas.

El episodio me provocó un sonrojo tan profundo que dejé a medias mi segunda aventura literaria, otro relato pulp, pero esta vez en el campo de los misterios y titulado, con letra inclinada del lado derecho, El Detective de la Pinkerton. Apenas pasé de cuatro o cinco cuartillas escritas a bolígrafo (intento de convicciones mucho más modestas, por tanto) y comenzaba con una persecución automovilística por las calles de la ciudad, derribando cubos de basura, puestos de manzanas y carritos con hot-dogs. Eso me ponía en camino de encontrarme tiempo y tiempo después con Dashiell Hammett y el señor Chandler, entre otros. Pero marcado por el episodio del aula, hasta los 18 no volví a escribir. Cuando lo intenté –torpes tentativas poéticas en las noches universitarias de estudio- me pasó como con el baloncesto: al abandonarlo había interrumpido el crecimiento y, cuando regresé unos años después, ya no era más que un base pequeñajo que no se acordaba de botar con la izquierda. Entonces fue cuando empecé a beber. Eso me ponía en el camino del señor Carver, entre otros.

Ahora que escribo todos los días, tengo la mano blanda como Chicho Sibilio y el cerebro desguarnecido, de modo que camino por las calles construyendo frases en mi cabeza. Al mediodía andaba yo por esas rondas del Tubo y me ha dado por pensar cómo algunas calles poseen conciencia de sí mismas, mientras que otras parece que están ahí puestas por el Ayuntamiento, literalmente, y carecen de personalidad o de los recursos precisos para obtenerla. Ni les importa. No hay oposiciones a la personalidad, uno la tiene o no la tiene; la belleza está más al alcance, hay técnicas. Pero la personalidad… esas cositas. No. Las que se saben calles tienen algo que no se puede intercambiar, tal vez un sabor o un olor, que permite reconocerlas y reconocerse.  Yo camino por esas vías periféricas rizadas de obras y hombres y no entiendo, no sé dónde estoy, hay una incoherencia tan obvia que casi me duele. Zaragoza ha debido de cambiar mucho, dicen. Ahora resulta que el adoquinado lo hacen con una plantilla que cuartea el asfalto en forma de pequeños sillares, pero ya no hay moreno que junte un adoquín con otro. Así, o se levanta todo el conjunto o ahí no se mueve nada. Son los pequeños descubrimientos que permite la Expo. En las obras se aprende lo que falta por saber de la vida, por eso todos los abuelos pasan ahí las mañanas, al sol, o bien apostando perras gordas a las chapas en los claros del Cabezo. Por las noches, una hilera de coches dormita entre los árboles. Ocurren cosas, pero no sabemos cuáles. Hay vidas paralelas.

Dicen que Zaragoza cambia, pero yo la veo siempre igual. Hay una ciudad fantasma que permanece fuera de la lógica circundante: callejones que nadie recorre porque no llevan a ningún sitio, paradas de taxi en las que jamás se detiene un taxi, rotondas que aparecen y desaparecen, se transforman y reviven. Tiene zonas erróneas como las mías, como las del libro del doctor Wayne Dyer, que es un best-seller de la psicología que después de 30 años o 40 sigue en todos los divanes, aguardando a que los hombres vengan a buscarlo para leerlo. “Cariño, ¿te has olvidado de tomarte las pastillas?”. Libros en pastillas, mucho más efectivos. Cuando a uno le gusta leer de modo compulsivo, extravía el placer de hacerlo; incurre en la feroz urgencia de leerlo todo, todo lo que se ha escrito, todos los autores, al menos todos los importantes, al menos en todos los idiomas. Y eso, amigos, es imposible. Así que no fomentemos la lectura. Es una trampa mortal.

En la vida nada ocurre en vano. Está demostrado por los científicos. Y no hay pastilla que no se pueda tragar con algo de rock y un poco de poesía.

[Pd: Baby... did you forget to take your meds?]

*[placebo.

(Del lat. placebo, 1.ª pers. de sing. del fut. imperf. de indic. de placēre).

1. m. Med. Sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción].