Roy Scheider (1932-2008)
Jefe Brody: Vas a necesitar un barco más grande.
[Roy Scheider hace cálculos en Tiburón].
Jefe Brody: Vas a necesitar un barco más grande.
[Roy Scheider hace cálculos en Tiburón].
The Revolution Starts Now (Steve Earle and The Dukes)
Algún día os voy a contar lo que yo llamo la teoría del bocadillo de salchichón, un suceso habitual de mi infancia que mi madre recuerda bien y que anticipaba mi problema más grave de la edad adulta: nunca estoy satisfecho con lo que tengo. Esa teoría viene hermanada con otra que llamaríamos Teoría Tom, Dick y Harry, basada en los intentos de huida de La Gran Evasión y consistente en la construcción permanente de túneles de huida de la realidad. Cuando yo era niño me fascinaba construir túneles en montículos de tierra, generalmente acumulada por los obreros para alguna de sus obras. Con algunos amigos, jugábamos a roturar esas montañitas con nuestras manos y construir túneles tan largos como nos permitieran nuestros brazos. Cuando podíamos meterlos hasta que el hombro tocase con la entrada del túnel, entonces parábamos e iniciábamos la construcción de otra galería desde la ladera contraria, con el fin de unirlas. Me gustaba la tersura aterciopelada de la arena fría y húmeda del interior; me gustaba el momento en el que las yemas de los dedos, arenosas, tocaban las yemas de los dedos del otro, que había avanzado desde el lado contrario hasta comunicar los agujeros. Entonces igualábamos la anchura de ambos lados hasta dejarlo perfecto. Luego lanzábamos una pelotita por un extremo para verla salir por el tobogán de la boca opuesta. O bien llenábamos un cubo con agua y la arrojábamos con cuidado de un lado a otro, para que bajase en un torrente interior que no inundase la galería. Con los años me he dado cuenta de que aquel comportamiento equivale a la construcción de túneles de escapatoria en mi arenoso cerebro, juego que practico con desesperada constancia. Es mi forma de huir.
Somniloquios constituye el mayor de esos túneles, el más feliz y el que contiene una mayor ambición, si se le puede llamar así. A vosotros os puede parecer un mero ejercicio, más o menos gracioso, de diletancia o entretenimiento, pero no tiene nada que ver con eso. Somniloquios es una batalla, un acto cotidiano de simple supervivencia contra las insatisfacciones y la frustración. En ese sentido no tiene nada de edificante, pero me aproxima a la salvación. Hace tiempo que pensé, de un modo algo dramático, que sólo las palabras pueden salvarme. Incluso aunque no valgan mucho. Incluso las que no llegan.
Steve Earle decidió muy pronto que haría la revolución con palabras enredadas en una guitarra. Hijo de un controlador aéreo, educado en Nashville y en la Texas sureña, a los 16 años se largó de casa para tocar música contra la guerra de Vietnam. Con esa edad no le permitían interpretar sus composiciones o subirse siquiera a un pequeño escenario en un club o un bar, así que acompañaba por los cafés a grupos de activistas. A los 19 años se casó con la primera de sus cinco esposas. Por el camino fue educando todas sus influencias e instintos musicales, rebasó el bluegrass, el folk, el country, su versión alternativa y el propio rock; mejor que rebasarlos, lo que hizo fue fundirlos (como otros tantos grandes autores americanos) en un género intermedio que va y viene de unas reminiscencias a otras y compone un concepto tan reconocible como es la música americana, potente, despiadado, honesto, áspero, realista. Un tipo de sonido perfecto para la lucha, la protesta, el inconformismo y el mensaje. El concepto de cantautor me parece un coñazo a este lado del Universo, pero de la América silenciosa (concepto encantador) surgen este tipo de songwriters cuya concepción musical permite ir más allá o más aquí de los mensajes y aterrizar en un sonido estimulante, repleto de pensamientos cruzados y de tradiciones superadas, que no olvidadas.
La descarnada identidad de los personajes ayuda a creer en ellos y en lo que hacen. A principios de los años noventa, la adicción de Steve Earle a la heroína le impidió seguir trabajando. Dejó de escribir y producir y se pasó un par de años o algo más detenido en el tiempo, un periodo que él mismo bautizó como "mis vacaciones en el gueto". La droga y un asunto de armas de fuego terminó con Earle en la cárcel. A la vuelta de ese tiempo, curado de todos los excesos salvo el exceso maravilloso de la creación musical, comenzó a dar lo mejor de sí, hasta hoy. Esta noche, Steve Earle tocará en la Oasis, un lugar verdaderamente paradisiaco de ofertas diversas, indispensable en esta paz tramposa de los desiertos que a veces nos parece Zaragoza. Una gran ciudad para vivir, pero no para luchar. En ningún sentido. Después de Los Sitios, en Zaragoza casi todas las batallas pueden darse por perdidas de antemano y es probable que uno acierte en el pronóstico. Mientras tanto, podemos escuchar al revolucionario Steve Earle, esta noche junto a su mujer Alison Moorer. Es una suerte que tenga Zaragoza por un lugar recurrente desde el que jugar a la guerra con guitarras. En su anterior visita yo lo pasé por alto, de forma inconsciente. Esta vez pienso ponerme en la pared para que, si puede ser, el señor Earle me apunte y me haga entre las cejas un humeante agujero de evasión con el mástil de su guitarra. Si alguien me dice revolución, yo digo Steve Earle.
Siempre me he preguntado cómo fue que al hombre se le ocurrió hacer fuego. Se dice que el hombre descubrió el fuego, lo que implicaría que lo vio en algún lado y trató de reproducirlo; de otro modo no me puedo explicar ese impulso inicial de inventar algo que no conocía. O sucedió así o bien tuvo una repentina iluminación que Kubrick, en su 2001, simbolizó con el famoso monolito que tantos dolores de cabeza nocturnos le traía a Carlos Pumares. La otra noche yo recibí uno de esos rayos fugaces. Pegué un respingo porque llevaba meses mirando cómo hacerlo y de repente me vino a la cabeza solo, como si alguien me lo hubiera soplado. Estoy hablando de colgar vídeos en Somniloquios. Un pequeño paso para la informática pero un gran paso para mí. Deberíais haber presenciado la patética lucha que durante meses he sostenido yo solo para lograrlo. Somniloquios audiovisual constituyó siempre uno de mis anhelos. Naturalmente, mi descubrimiento no puede ni descalzar al del fuego, pero para mí fue importante. Además, sobre estas cosas hay opiniones. Tengo un conocido que suele decir que los tres grandes inventos de la historia de la Humanidad son éstos y por este orden: la cama, la rueda y la braguita tanga. La aparición de la rueda en la segunda posición siempre me ha fascinado...
Así que yo quería celebrar con un gran y significativo vídeo este avance, y durante días he madurado cuál podría ser. Finalmente, he decidido que inauguro con la ridícula canción que cuatro o cinco artistas han decidido dedicar a Zapatero. Ellos se llaman PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero), pero creo que en realidad es un acrónimo de Pandillica de Apoyo a Zapatero. La verdad, sólo se les puede calificar de pandillica. La canción resulta lastimosa y demuestra una grave incapacidad musical unida a un peligroso y sectario desapego a los problemas reales sobre los que trata o debe decidir la política. Sobre todo, insisto, transmiten una ridícula imagen de mensaje vacío y acabado. Creo que, si continúan esta línea de acierto, estos chicos pueden hacer más por la candidatura de Mariano Rajoy de lo que ellos mismos piensan. A mí están a punto de movilizarme para votar... yo que no me he acercado a una urna jamás. Ahí dejo el vídeo.
Al otro lado, sin embargo, son capaces de hacer cosas como ésta que sigue: no sé qué propone ni qué quiere Obama, pero el vídeo transmite la idea de un segundo Martin Luther King, un político de oratoria convincente y enfática: "Con entonación y trucos de la oratoria sagrada, la que se fragua en las numerosas iglesias evangélicas", como muy bien escribió Lluis Bassets en El País. Me parece que el contraste entre los dos vídeos demuestra el salto de modernidad necesario en ciertos sectores en España. A ver si va a resultar que los más inmovilistas y trasnochados son los que se creen más avanzados y progresistas... Yes, We Can. En apoyo de Barack Obama, candidato demócrata.
Pd: Además, ellos tienen a Kareem Abdul-Jabbar y nosotros no pasamos de Fernandito Romay...
Un día fui al Opencor a comprar gazpacho Alvalle (una de las bases fundamentales de mi alimentación) y salí con Infiltrados, de Martin Scorsese. El gazpacho también me lo llevé. Creo que, en lo que va de mayo de 2006 a hoy, debo haberme metido al cuerpo aproximadamente tres mil o cuatro mil kilos de tomate, divididos entre tomate en ensalada cada noche sobre una mullida cama de canónigos, más los tomates que asesine Alvalle para hacer los tetrabrik que me bebo. Con el gazpacho pasé de la normalidad consumidora al progresivo embrutecimiento: primero me ponía un vasito para acompañar la comida, de forma que me rellenara los vacíos que dejaban en el estómago los 125 gramos de judía verde o la gran ensalada con una nostálgica cucharada de aceite de oliva. Después, el gazpacho fue ganando espacio; primero pasé a las dos tazas y ahora lo bebo a morro y el litro apenas me dura un par de empentones. Me falta echarlo en bota o botijo y beberlo al alto haciéndolo restallar contra mi labio superior, que no tiene tantos adeptos ni el prestigio que sí se ha ganado mi celebrado labio inferior.
Hablando de botijos... El Gobierno sigue trabajando en el asunto de las tallas, que no hay quien se haga con él. Ahora acaba de clasificar a las damas españolas de todas las edades y condiciones en tres tipos, según las veleidades de su silueta. Todos muy sugerentes: la mujer cilindro (pecho, caderas y cintura iguales), la mujer diábolo (pecho y caderas más anchos que la cintura) y la mujer campana (pecho y cintura iguales, cadera en expansión, como el Universo). Y cuentan que tuvieron un soberbio debate sobre si al segundo tipo lo llamaban diábolo o guitarra. Guitarra les parecía más español, pero al mismo tiempo no cumplía con el rigor porque la guitarra, avisó alguien puesto en cuestiones musicales, es más estrecha por el lado del mástil que por abajo. Así que optaron por diábolo. "É un diavolo!", debió gritar alguna de las concurrentes pensando en el silbante Mariano Rajoy o en aquel anuncio de Banderas. Y en diábolo quedóse. Qué gusto da ver razonar a esa gente, oye.
Ustedes perdonarán, amigos y sobre todo amigas si las hubiere, pero nosotros para entendernos con las morfologías femeninas vamos a seguir utilizando la nomenclatura PLF, mucho más gráfica y precisa porque incluye mayor cantidad de variaciones, que es al fin y al cabo de lo que se trata. De acuerdo a PLF el muy diverso e inaprensible género femenino se divide, en escala decreciente, en estas categorías:
El caso es que iba yo a por Alvalle y me puse a mirar la estantería de los duvedés. Ahí estaba Infiltrados. Ya sabéis que Marty Scorsese no podrá jamás pagarme lo que yo hice en su día por el Oscar de Infiltrados, pero no se lo voy a tener en cuenta. Pero llevarme Infiltrados no iba a resultar tan sencillo... El lineal enrejado del Opencor se presentó ante mí como la caja fuerte de la Reserva Federal Americana, allá en Fort Knox. Cuántas veces he querido ser Frank Abagnale Jr. ante una situación como ésta, que requiere el funcionamiento de la pura intuición. Pregunté en la caja: "Sí, no hay más que sacarla", dijo una de las niñas. Volví al estante. El cuerpo se me puso duro como la primera vez que me enfrenté a una ducha en Inglaterra. He visto pocas cosas con un aspecto más enigmático que una ducha en Inglaterra: con lo obvio que resulta el doble grifo con H y C, F y C o, para mentes avanzadas, el Rojo y el Azul. Recurrí otra vez a las niñas de la Caja. La de seguridad se ofreció a acompañarme, sonriente. Qué chico tan majo pero que limitadico se le ve, debió de pensar. Me indicó: sólo había que coger y sacarla. Así. Coger y sacarla. Nada más. Jajaja, rieron todas las niñas.
Qué poco sabíamos, ellas y yo, el drama que en ese mismo instante comenzaba a tomar forma.
Al volver a la caja para pagar me crucé con un cajón de duvedés en oferta: dos por 19.99. Comencé a trastear y encontré enseguida una edición especial de La Gran Evasión y otra de Taxi Driver... Creo que de la emoción debí hasta dar un gritito ahogado, muy maricón pero perfectamente comprensible en una situación como esa: documentales y más documentales en los extras, otro túnel de evasión de la realidad. Las eché a la cesta. Así que regresé a casa con tres litros de Alvalle en una mano y tres películas en la otra, para equilibrar el peso en la bodega de carga. Unos días más tarde repetí la escena, sólo que esta vez me fui directo al cajón de las ofertas. Entonces se materializó la tragedia: ahí estaba Infiltrados, pero en una edición de dos duvedés, relación calidad-precio imbatible y con documentales sobre la historia de la mafia de Boston y todo el monario. Estuve a punto de caer largo. Me fui mascullando el error cometido la primera vez. Después de unos días sucedió lo previsible: la volví a comprar. En alguna ocasión ya he comprado dos veces una película, pero sin acordarme de que la tenía. Esta vez era plenamente consciente. Para sacar partido a la oferta me llevé también Pequeña Miss Sunshine. Ese cajón era la puta felicidad. Al llegar a casa las puse en la librería junto a las otras, la segunda temporada de Los Soprano y Paralelo 42, la novela de John Dos Passos, para que se fueran familiarizando. Con una combinación como esa en apenas 20 centímetros de anaquel, no comprendo cómo se sostiene el antiamericanismo.
Un día cualquiera decidí abrir Infiltrados. Entonces ocurrió: la rimbombante caja de la edición para coleccionistas estaba rota. La pestaña circular que sujeta los discos había perdido barritas y los discos patinaban por el habitáculo interior enloquecidos, de un lado a otro, y chocaban contra las paredes como en la Casa Magnética del Parque de Atracciones. Probé a cerrarla y ver si se sujetaban en su centro, pero nada. La agité y sonaba como una lata de galletas. Compungido me fui al baño, me puse frente al espejo y miré a los ojos al hombre del otro lado. Con gesto familiar, el otro me dijo, muy clarito: "Yo eso no me lo quedo". "No me jodas...", protesté con un hilo de voz. "Que no", insistió. Así que me puse a buscar el ticket. No estaba. Ni aquí, ni allá, ni en un bolsillo u otro. Dejé pasar unos días, como si estuviera ensayando en mi interior la escena o empapándome del personaje que debería interpretar llegado el momento. Y llegó: un día cualquiera se acabó el Alvalle. Agarré la edición especial de Infiltrados y me fui para el Opencor. Era tarde y en la calle me acogió un tenso silencio.
La escena fue así. Supermercado, interior, noche. Dos niñas con el uniforme corporativo pipando en el exterior del establecimiento. Me acerco a la cajera. Le explico el caso:
-Uy, voy a preguntar pero me parece a mí que... Ya hablo con la encargada. Si fueran las películas aún, pero la caja... -y dándole la espalda a mi perplejidad, se fue al micro de la megafonía, en el que anunció-: Señorita Tal, Señorita Tal, acuda a Caja.
Señorita Tal vino. Cilindro según Bernat Soria. En la hiperrealidad peleefesca, Tajo Bajo con ortodoncia en curso. Le expliqué el caso con toda la amabilidad esquemática de la que fui capaz:
-Compro, pago, llevo, abro, rota, vuelvo, ¿otra?
-Uy, ya voy a preguntar, pero me parece a mí que... -y se fue para un teléfono al otro lado del mostrador, para dialogar algunos segundos con un tipo al otro lado del hilo.
Yo miré a la cajera. Se le había puesto cara de se-le-dije-yo-que-esto-no-iba-a-poder-ser-porque-las-pelis-las-cambian-pero-las-cajas-no. Esa sería su cantinela durante los próximos minutos. Oí cómo la encargada explicaba en el teléfono el compra, paga, lleva, abre, rota, vuelve, ¿otra?, pero con ese timbre de voz con el que las niñas quedan en la puerta del Vips, hala en la puerta del Vips no tíaaaa que me rayo mogollón. Por lo alto yo le echaba 17 años, pero debía ser mentira.
Mientras volvía hacia mí, consideré la situación. Eran tres contra uno. La cajera del principio, que asentía mientras la otra me hablaba, diciendo en voz perfectamente audible: "Ya se le decía yo"; más la de Seguridad, que cumpliendo el protocolo de actuación se había situado a distancia vigilante, con una postura de académica actitud disuasoria. La miré de reojo. Aquí voy a ser sincero: la seguridad privada es un concepto que no admito bien. Y además yo llevo unas semanitas con la mala hostia de rebajas. Así que al verla ahí plantada, como a dos o tres metros de mí y sin perder ripio del diálogo, voy a ser honesto, pensé: ¿Cuáles son las condiciones físicas necesarias para ingresar en un aparato de seguridad así? Y a continuación: ¿Si esto se torciera, dónde la pondría con un puñetazo bien dado? Porque si ella lleva porra, revólver y esposas, y adopta ese aire de "yo estoy aquí para advertirte de que frente a ti tienes a un cuerpo y fuerza de seguridad del estado paralelo y me han destinado al Opencor y yo defiendo este Opencor como si fuera la puerta de mi casa"; y si ella presupone que hay algo problemático en el hecho de que yo pida que me cambien una película que me han dado con la caja rota después de pagar 20 euros; si todo eso ocurre yo tengo derecho a pensar hipotéticamente dónde la pongo si le planto un tortazo en la quijada con la mano abierta, y cuántos días tardaría en levantarse.
Además del trío al frente de la tienda estaba el del teléfono, personaje en la sombra al que imaginé tirando monedas al aire para decidir, como Anton Chigurh en No Es País Para Viejos: "Call it! Head or tails...".
Resumiré el desenlace. Yo soy Ornat. Esto es... que no llevo bien las tonterías. El asunto del ticket no tardó en salir a la palestra. El asunto del ticket a mí me hace mucha gracia. Qué ticket ni ticket. Me parece muy bien que os hayáis inventado la prueba irrefutable del ticket, pero aquí hay una razón superior que apela al contrato tácito, irrebatible, entre un vendedor y su cliente: si yo pago, tú me das el producto que he pagado. Si el producto no aparece en el estado que le corresponde, entonces TÚ no estás cumpliendo, amigo. Si yo no te doy billetes falsos, tú no me des la caja rota. Y luego no me vengas con la mandanga del ticket. ¿Hay que archivar millones de papelitos diarios? ¿Me quieres decir que el código de barras y toda la tecnología no sirve para nada? No lo sé, no me importa. Y además, esto: ¿Queréis que la próxima vez que me vendáis una caja de leche caducada en un pack me presente en Comisaría? Aquí el caso empieza y termina en esta verdad: yo te pagué 20 euros y tú me has dado el producto roto. ¿Sí o no? "Es que sin el ticket..". ¿Sí o no? "El ticket...". No hay ticket. ¿Sí o no? Fin. End of the story.
Fue no. Guardé silencio. Me quedé mirando a la chica. El algoritmo del bofetón a la de Seguridad aún me daba vueltas en la cabeza. A mí no me gusta que me amenacen ni que me miren con gesto disuasorio. Yo me llamo Ornat. Tampoco me gusta que me traten como si andara con trucos para quedarme con una caja que no me corresponde. "Enseguida lo vais a entender", pensé.
Retrocedí hacia la salida, como en un travelling invertido. Les dije que no volvería. Seguí retrocediendo. Salí a la calle. Al pisar la acera el hervor me alcanzó del todo. Arrojé la caja contra el piso con toda la violencia, se partió en dos, di un paso adelante para que se abriera la puerta automática de la tienda y grité: "Ahí tenéis vuestra puta caja". Y la lancé como si fuera un freesbee. A pesar de lo precario de su estado aún completó un vuelo bastante digno. Se mantuvo unos metros a media altura, atravesando el espacio de los periódicos, y luego tomó una leve curva lateral hacia la derecha, mientras iniciaba su desplome. Fue a dar en un expositor de no sé qué, con el consiguiente ruido y caída de productos al suelo. Me metí los duvedés al bolsillo pensando que aún me quedaba la caja de la primera versión de Infiltrados que compré. Ahí vais a estar muy bien. Lo último que vi antes de entrar en el coche, a través del cristal, fue a la de Seguridad: arrodillada, recogía lo que se había caído y con cuidado volvía a ponerlo en su sitio.
Pd: Regalo duvedé de Infiltrados sin caja.
Es célebre la arenga del galés Phil Bennett a sus compañeros antes de un partido contra Inglaterra en los años 70:
"'Mirad lo que estos bastardos le han hecho a Gales. Se han llevado nuestro carbón, nuestra agua, nuestro acero. Compran nuestras casas y sólo las usan una quincena al año. ¿Y qué nos han dado ellos? Absolutamente nada. Hemos sido explotados, violados, sometidos y castigados por los ingleses... Caballeros, contra esos tipos jugamos esta tarde".
En el rugby hay individuos de locuacidad expansiva, ingeniosos, emotivos, comunicadores. Elementos capaces de la charla política -como Phil Bennett- y del arte de la guerra en palabras. También los hay que se comportan de un modo siempre críptico, silencioso, con una cautela formal que anticipa el atroz engaño del hombre tranquilo: a menudo los callados son los más peligrosos en el campo. No exponen al aire de las palabras ni sus razonamientos ni sus dudas; no someten a consideración ni a aviso alguno sus acciones. Hacen lo que deciden en callada reunión consigo mismos. Sin advertencia ni amenaza previa. Tal vez pegarle un cabezazo al contrario de la otra línea cuando se agache en la melé; o vaciarle la sien de sangre con un puñetazo de vuelo corto en un agrupamiento; o bien bailarle claqué sobre la espalda si tiene la fortuna de que su equipo arrastre al contrario y le pase por encima en una jugada cualquiera.
Bajo la apariencia de una reunión de animales y psicópatas del dolor, los vestuarios de rugby de todas las categorías, edades y países están repletos de filósofos ocultos, de pensadores surreales y de genios periféricos. Tipos de razonamientos singularísimos y una aplastante lógica que atraviesa la realidad en dirección trasversal. El rugby está lleno de personajes. No hay lugar en el que yo me haya reído más que en un vestuario de rugby, en una cena de rugby, en un autobús de camino o de regreso de un partido de rugby. Tampoco hay un lugar en el que me haya emocionado más. La primera vez que gané un partido, un partido cualquiera, me puse a llorar en silencio cuando acabó. Jugar al rugby era extraordinario; ganar, era la hostia. La otra tarde, 15 años después, hice dos ensayos en Teruel, suceso sin precedentes en la historia de este juego, y después del segundo volví hacia mi campo con un nudo en la garganta.
Los tres cuartos (veloces, ágiles, habilidosos, bien dotados para el deporte y para el amor físico) jamás podrán alcanzar a entender lo que significa para un primera línea meter un ensayo. Ni siquiera los terceras lo comprenden. Es algo así como una condecoración emocional que remata el sufrimiento del partido. La sospecha mutua entre los jugadores de la línea de tres cuartos y el paquete de delanteros forma parte de la historia del rugby y está expresa en muchos renglones de la literatura que ha dado este deporte: "En 1823, William Webb Ellis cogió el balón con las manos y echó a correr con él. Y durante los 156 años siguientes, los delanteros han intentado comprender para qué". Eso lo dijo Sir Tasker Watkins (1979), héroe galés de la II Guerra Mundial y presidente de la federación de ese país en los noventa. El inglés Lionel Weston añadió en cierta ocasión: "No sé para qué juegan al rugby los pilares". Una desconsideración notable, sobre todo viniendo de un medio de melé. El medio de melé es la correa que distribuye los balones que gana la delantera y los lleva hacia los tres cuartos para que el juego fluya. También ha de actuar como Pepito Grillo de los gordos y en cierto modo hacerles de brújula, indicándoles dónde deben empujar, dónde han de ir al siguiente agrupamiento, hacia qué lado ha ido la pelota. Su juego contempla dos obligaciones ineludibles, una en el campo y otra fuera. En el campo, ha de usar bien y rapidito las pelotas que con el sudor de sus huevos ganan los delanteros, sobre todo para que los de atrás puedan dejarla caer cuanto antes y así permitir a los delanteros el placer de otra melé; fuera, debe pagarles cervezas -sobre todo a los primeras líneas- para que éstos le mantengan su consideración especial. También conviene que el medio de melé se meta a veces en el lío con ellos durante los partidos; jamás va a ser un delantero, ni siquiera un delantero honorario, pero gestos así unen mucho a un paquete con su número 9.
Un primera línea puede fácilmente pasarse el partido sin tocar la pelota ni una sola vez, aunque no debería. A cambio empujará, trabajará, agotará su aliento, mancillará sus riñones y los del contrario si puede y escupirá sobre la tumba del primera línea rival al que arrastre con su empellón. Un tipo que pasa el partido así, encadenado en la sala de máquinas, tiene derecho a sospechar de un tres cuartos que no acaba una jugada. En efecto, parafraseando al francés Pierre Danos (al que en sus tiempos apodaban Dominguín por la gracilidad torera de su juego), el rugby se divide entre los que tocan el piano y los que empujan el piano. Los delanteros somos los que carecemos de oído.
A menudo también desconocemos o dudamos de las reglas del juego. O acaso las pasamos por alto para darnos el gusto de una agresión a escondidas; preferimos un golpe de castigo por una retención -con el consiguiente riesgo de ser pisados o magullados- antes que entregarle la pelota al rival en ventaja. En el desconocimiento de las reglas, así, concurren el desinterés y la conveniencia. Lo expresó muy bien el genial galés Jonathan Davies en 1995: "Creo que te diviertes más si ignoras el reglamento; en todo caso, si lo haces estás igualado con los árbitros". La otra tarde, en Teruel, el pilar contra el que me pasé la tarde chocando se quejó en una melé: "¡Eh, que los pilares no pueden talonar...!". ¿Quién te ha dicho eso?, le contestamos. Es un caso extremo. En ese momento creí comprender que su sospechosa costumbre de cruzarme la cabeza en cada melé -con lo que conseguía golpear la mía antes de que chocaran nuestros hombros, actitud muy típica- no era en realidad deliberada. Un par de veces estuve a punto de sacar mi gancho de izquierda para retratarlo, pero atribuí el caso a su inexperiencia y lo indulté. Tal vez a alguien le parezca que la violencia no lleva a ningún lado. Yo les digo esto: puede que ahí afuera estemos en el siglo XXI, pero en el campo de rugby no hemos pasado de la jodida Edad Media. En el campo no hay lugar para la condescendencia ni para segundos pensamientos. Esa es mi filosofía. Además, ya lo dijo Pierre Berbizier: "Si no aguantas un puñetazo, mejor te vas a jugar al tenis de mesa".
[Foto: la vida, vista desde el entresuelo de un ruck, es otra cosa: "Los delanteros son esas criaturas torvas con cicatrices que sufren una rara propensión a chocar y desangrarse unos contra otros", escribió Peter Fitzsimmons].
He descubierto que puedo leer mientras escucho música. He intentado escribir con música, pero no puedo escribir con música (ni siquiera acariciado por el dúo Stan Getz/Chet Baker) ni desde luego escribir música. Aunque Ali trató de explicarme el otro día qué es una corchea y me definió los tipos y los sonidos, tuvo el mismo éxito que cuando intentan explicarme cómo vuelan los aviones o en qué consiste la operación acordeón del Zaragoza o cómo se blanquea dinero a través de un billete de lotería o del fichaje de un jugador de fútbol. Ali ha empezado a estudiar piano y ballet, lo que prolonga -por vía de ascendencia materna- la cierta relación que mi familia ha mantenido con la música: mi abuela tocaba el piano y bordaba, mi tía Micaela tocaba el piano y ejercía de mezzosoprano y viajaba, mi cuñada estudió piano y mi sobrina, ahora, aprende lo que son las corcheas y me lo explica con mínimo éxito. Yo apenas alcancé a tocar el tambor, lo que requiere una mediana habilidad con la mano izquierda (que es la clave de un buen redoble). Siempre pensé que estaría capacitado para aporrear la batería, pero lo que de verdad quise y quiero aprender es a trastear la guitarra. Montar una banda de rock y ser la voz: vocals and supporting guitar... el Tanque Ornat, yeah!
Hablando de música... por algún motivo que ignoro me interesan más las elecciones estadounidenses que las españolas. No se trata de que yo tenga o practique una mirada geoestratégica. Tal vez lo mío tenga que ver con la pura diversión y con el hecho pervertido de que observo el mundo como el que mira a un escenario con personajes; o mejor una pantalla de cine con personajes. Y los personajes de aquí me aburren y los de allá me divierten. Por eso yo iba con Rudy Giuliani, el más reconocible de todos salvo por la cornuda consentida y conveniente por la que tengo a Hillary. De Obama no sé qué pensar. Salió muy fuerte pero le han pegado cuatro mordiscos y no sé si tiene la dentadura afilada como la señora Clinton, que para empezar montó su oficina hace rato en un Harlem que ya no tiene casi nada que ver con los días de Shaft. Por otro lado, tengo grandes esperanzas en que McCain, el que parece que va a ganar en el lado republicano, se convierta en un gran personaje. Con ese nombre de marca de pa'atas anuncia muchas posibilidades.
Los republicanos me gustan no por su ideario, que no sé cuál es, sino porque soliviantan mejor y más rápido al antiamericanismo tópico de este lado, y a mí eso me pone mucho. En ese aspecto, Giuliani no hubiera tenido rival. El propio Enric González lo definió, en su maravilloso Historias de Nueva York (libro que recomiendo como la mejor guía turística posible de la Ciudad), como un "tipo duro, carca y racista". La vehemencia de esa reunión de adjetivos se me cruza con la cantidad de juicios entusiastas que reuní en NY acerca de la personalidad del ex alcalde de la ciudad, admirado, valorado sobre todo por la eficacia de su limpieza. Y también con su fracaso en las primarias republicanas, donde había reunido más dinero que ninguno de los otros candidatos. Aquí los sabedores de todo y especialistas de nada que son los contertulios multimediáticos dicen que se ha pasado de ego y que su retirada se debe a esa estrategia suicida de presentarse sólo a las primarias del supermartes (el próximo) y poco más; pero yo leo el NY Times, tíos, yo soy la hostia, y en el Times analizaban el otro día la cosa desde una perspectiva mucho más próxima: si Giuliani ha fracasado no es por eso, aunque algo ha influido porque ha permitido a sus rivales engordar sus nombres en las sucesivas votaciones; Giuliani estaba destinado al fracaso porque, razonan allá los analistas, no es lo suficientemente conservador para las gentes de su partido, y porque su campaña no se ha ocupado de rebajar ese perfil liberal que le acompaña. América desconfía de Nueva York; la América republicana no se fía de un tipo liberal como Giuliani, al que aquí tenemos por un emigrante conservador italiano de segunda generación que limpió la Nueva York del crack de los 80 a base de juego sucio, paradoja que explica muchas cosas. El caso es que uno no se acuerda ni de su padre cuando goza la posibilidad de pasearse por Times Square y por Manhattan a cualquier hora del día o de la noche con esa impresión de tranquilidad tan reconocible.
Tal vez ese prejuicio antiliberal-antineoyorquino-antiintelectual lo emparente de una forma muy extraña con gente como Woody Allen o Paul Haggis, elementos que procuran a Estados Unidos una redención intelectual a través del cine. Lo que a Estados Unidos no le interesa demasiado, puede ser, pero tal vez si algo distingue a los americanos de fuera de Nueva York es que, en general, dudan poco de sí mismos. En el Valle de Elah propone una reflexión poliédrica que plantea muchas cuestiones sin juzgarlas del todo, sin exponer una tesis de solución o de juicio. Desconozco si Paul Haggis duda o prefiere, en su condición de canadiense, no emitir un juicio resolutivo, o bien si opta por un inteligente relativismo que no lo es, o por permitir a los espectadores hacerse un juicio propio o bien ningún juicio apriorístico. O tal vez a Haggis sólo le interesa contar una buena historia, opción que yo siempre preferiré. El caso es que lo logra y al mismo tiempo tal vez logra muchas conclusiones diferentes, lo que funciona de maravilla contra el pensamiento único. No será una película redonda, pero sí una película mayor, hecha con sensibilidad muy coherente, logro que al que contribuyen de forma decisiva Tommy Lee Jones y Susan Sarandon y también, desde el personaje con la subtrama más débil, Charlize Theron. Tommy Lee Jones es un tío cojonudo, además de un actor cojonudo. Las dos cosas son la misma en mi cerebro. A Susan Sarandon la considero sin paliativos la mejor actriz de los últimos 30 años, a la altura de las clásicas más grandes. Y ojo que estoy diciendo las más grandes, que yo no me ando con mandangas. Con unas pocas escenas le basta para levantar un personaje de una pieza, rotundo de matices, y agraciar varias escenas terribles. Su conversación por teléfono con Tommy Lee Jones y la visita a la morgue militar encarnan la Pasión según Paul Haggis.
Respecto a Charlize Theron, esa muchacha liviana posee la virtud de la naturalidad compositiva. En los personajes excesivos se arregla para darles una dimensión precisa, lejos de las sobreactuaciones; en los contenidos, como el de esta terrenal policía madre de familia, la actriz interpreta con sencillez a una antiheroína de ambiciones muy naturales: "Yo no tengo una carrera, tengo un empleo", le dice a un superior que la acusa de arribista. Una frase para hacer un cartel en la oficina, en muchas oficinas. Ahora pienso que Theron ya anunciaba esos niveles en su primera aparición que yo recuerde, en la Celebrity de Woody Allen, cuando representaba a una supermodelo que decía cosas como "yo obtengo mucho placer de mi propio cuerpo", mientras fumaba un cigarrillo tipo More. Si alguien es capaz de dotar a un personaje así de la gracia correcta, es que algo hay. La he estado viendo y me recuerda a la Pam que hace Shelley Duvall en Annie Hall, cuando después de follar con Alvy Singer/Woody Allen da rienda suelta a su afán pijotrascendentalista y dice: "Alvy, el sexo contigo es una experiencia kafkiana... y eso es un cumplido". Su adjetivo preferido era transpléndido.
Advierto ya que a Los Crímenes de Oxford y a El Amor en los Tiempos del Cólera no voy a ir. Respecto a la segunda, sé de antemano que el lenguaje de García Márquez no se puede llevar al cine. El nudo de mágicas eufonías y la fluidez de las frases -que jugaron un papel básico en mi educación sentimental- me parece imposible de transponer. Tal vez si Garci fuera colombiano caribeño...Pero ni aun así. Respecto a Los Crímenes... tengo dos motivos de peso. El primero sucedió una noche que aguardaba un semáforo en la entrada del Paseo Independencia y un lector de Somniloquios, y sin embargo amigo, me saludó al grito de "¡No vayas a ver Los Crímenes de Oxford!". No hay peligro, lo tranquilicé. El segundo motivo es que Álex de la Iglesia parece muy interesado en no interesarme nada. Lo considero un caso notable de talento muy bien desaprovechado. Primo de Julio Medem.
Eso sí, yo siempre digo que lo que menos hay que tenerles en cuenta a los directores españoles son sus películas. ¿O nos juzgan ellos a nosotros por nuestro trabajo? A Fernando León de Aranoa lo llevé una noche en mi auto porque tenemos un amigo común, y en el corto trayecto me pareció un tío muy majo, de una sobria simpatía. También David Trueba, que tenía todos los boletos para lo contrario, me cayó muy bien el día que coincidí y me lo presentaron (Luisito Alegre otra vez, siempre, por supuesto); claro que no pude atenderle mucho porque yo había bajado para conocer a López de Ayala, Pilar; y, aunque ajena y vaporosa como una ninfa, me quedé sordo repentino pensando en aquellos besos que daba en los días felices en que ella era Carlota en Al Salir de Clase; unos mordiscos que quitaban el hipo a cambio de provocar varias contracturas inguinales. Ahora, mi director preferido en España es Agustín Díaz Yanes, de lejos. Lo conocí una larga noche en medio de una mesa de desarrapados beodos que zozobraban peligrosamente entre los manteles; Tano, así le dicen sus amigos y yo, no estaba entre ellos. Se mantuvo siempre erguido como buen atlético que es. Nos despedimos con un abrazo sentido en el Paseo de las Damas (calle zaragozana de hermosísimo nombre) y desde entonces yo, en las cosas del cine, voy siempre con Díaz Yanes. Él ya no se acordará de mí y yo no he visto ni una sola película suya, pero lo que yo te diga: Tano es un tío cojonudo. Pero cojonudo, eh.
Una de las ventajas de jugar un partido amistoso de rugby es que el término amistoso carece por completo de significado. La superioridad moral del rugby como deporte proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, retorcido, aprisionado y demolido. La única suerte es que tú puedes hacer exactamente lo mismo con los 15 de enfrente, lo que equilibra las posibilidades en la exacta medida en que tú seas capaz de equilibrarlas. Hay otra cuestión: todos somos fuertes pero siempre puede haber uno más fuerte que tú. Eso está bien, funciona en todas las direcciones. Pero no implica la cautela. La cautela está prohibida. Cuando yo empecé a jugar al rugby conocí a un medio de melé de mucha clase que nos decía: "Hay que jugar sin talento". Es decir, hay que aparcar la conciencia. De esto ya he hablado alguna vez. La supresión de la conciencia no supone la anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. La habilidad y la prestancia física componen sólo una parte más en un conjunto regido por el cerebro. El rugby, aunque parezca otra cosa, no es diferente.
Yo soy el 1 del Seminario. Me gusta decirlo así. Yo soy el 1. Me gusta ser el 1 y no cualquier otro número. A veces he sido el 2 y en ocasiones el 3, pero siempre quiero ser el 1. Soy un fundamentalista del 1. Si en el acta me apuntan con el 3, pido que me lo cambien; si me quieren dar la camiseta con el 3, pido el 1. El 1 me distingue porque en el rugby, como en el viejo fútbol, el número todavía designa la posición en el campo. Yo soy pilar izquierdo. Como dicen los ingleses, loose-head prop: pilar con la cabeza libre. Se refiere a la posición que ocupas en la primera línea de la melé, un lugar donde todavía huele a hombre. Hacedlo así: tomad los dedos índice, corazón y anular de cada una de vuestras dos manos, esto es la derecha y la izquierda. Porque aunque todo está muy achuchado y haya gente que no sepa bien en qué lado quedan, las manos todavía son la derecha y la izquierda. Bien, ponedlas una frente a otra, enfrentad los tres dedos citados y aproximadlos por las yemas a sus homólogos de la otra mano. Cuando se toquen unas yemas con las de enfrente, desplazad ligeramente la mano derecha hacia vuestro cuerpo, de forma que los tres dedos de un lado entren ligeramente en los huecos entre los tres dedos del lado contrario. El primero por afuera es el índice de la derecha. ¿Sí o no? Si es no, repasad las instrucciones y volved a empezar. Índice de la derecha, ¿de acuerdo? Ese es el pilar izquierdo, el que queda con la cabeza por fuera de la melé. El loose-head prop. De fuera adentro aparecen el pilar derecho del equipo contrario, el talonador de un lado y el de otro, y los pilares del lado contrario. Yo soy el 1. El índice de la derecha. Ese soy yo. Ya sabéis algo más de mí y algo más del rugby.
El sábado jugué un amistoso. Conduje hasta Ejea por Las Pedrosas, a través de una franja de la Hoya de Huesca y después de las Cinco Villas. El trayecto hasta el partido me gustó más que el partido en sí. Sería por el extraño silencio en que hicimos el viaje, sería porque sonaba el concierto de Neil Young en el Massey Hall, sería por la faja neblinosa que deshilachaba el horizonte, hacia el fondo de los campos, o sería porque las cigüeñas pasaban volando el cielo en diagonal o por el torreón semiderruido que nos quedamos mirando cuando los pájaros se levantaron en un estruendo inaudible de alas batidas al unísono, como si se hubieran asustado por el peso de nuestra mirada. Sería porque el rugby ha vuelto a salvarme de mí mismo como ya ha hecho en tantas ocasiones, y cuando percibo esa salvación me entrego hasta donde me alcanza el sudor. Y porque en el fondo del cuadro, una hilera de árboles desnudos adquirían un aspecto mágico, de teatralidad silenciosa y lejana.
De todo ese ensueño me desperté pronto, en el campo. Fue cuando traté de robar un balón en un ruck y vino un tipo y me planchó, haciéndome olvidar el balón y tal vez mi nombre. Intentaré explicaros lo que es eso. Cuando un jugador es placado y cae al suelo, ha de soltar la pelota y dejarla jugable, si puede ser en el lado de su equipo. Cuando el balón queda en el suelo, cualquier jugador de los dos equipos puede llevárselo, siempre que respete un par de normas que mejor no explico para no liaros. Yo quise llevármelo. El que me planchó quería que no me lo llevara y lo que hizo, con todo el derecho del mundo, fue que se me llevó él a mí por delante. Es una jugada legal que se conoce como limpiar un ruck. Los rucks dan miedo; al menos a alguna gente le dan miedo, porque supone tirarse con la cabeza por delante contra el que viene del otro lado también con la cabeza por delante, y chocar como berracos en celo a ver quién puede más. Todo para proteger la pelota, que es como un bebé al que hay que cuidar. Hay gente que cuando llega al pie del ruck se frena, como esos caballos que deciden pararse de forma inopinada al pie de los obstáculos en la hípica. La gente a la que le ocurre eso no puede jugar al rugby, aunque ellos no lo saben o tal vez no lo admitan, porque resulta duro admitir que uno no puede jugar al rugby cuando quiere jugar al rugby. Pero si una voz te habla y te recuerda que un ruck es peligroso, es que la voz te está diciendo que no deberías jugar al rugby. En el rugby no hay voces que adviertan de nada. Las cosas ocurren. Lo que yo hice, intentar llevarme el balón, implica no mirar lo que viene por el otro lado. Es lo mismo que agacharte a coger una moneda en la vía del ferrocarril sin fijarte si viene el tren o no. Más o menos. Contado aquí a lo mejor gana sonoridad y prestancia, pero la hostia que me llevé careció de lírica. Cuando te calzan un tortazo de ese calibre, se hace un repentino silencio y por un momento no sabes bien qué ha ocurrido. Cuando estás al otro lado y el que la pega eres tú, oyes todo. Oyes hasta el silencio vacío que se le ha metido al otro por los oídos. Sabes que le acabas de despejar las vías respiratorias más rápido que una friega de VicksVapoRub. Y sin frotar.
Cuando yo empecé a jugar en el Seminario, enfrentarte con Ejea era como quedar en un callejón oscuro para hacer la guerra. El campo parecía los Five Points de Nueva York, tal y como lo cuenta Scorsese en Gangs of New York. El año anterior a mi llegada (que en realidad era un regreso), el Seminario y Ejea habían quedado empatados a todo al final de la Liga: puntos, goal-average, número de ensayos. dientes rotos, hostias dadas y pisotones en la espalda de los rivales. Qué sé yo... empate total. Nunca he sabido bien cómo fue aquel lío, pero hubo una impugnación, el caso acabó en la autoridad y el arbitraje legal decidió que el campeón tenía que ser el Seminario. Los chicos de Ejea, gente sentida, se lo tomaron muy mal. El caso fue que durante años ese partido se jugó con una fiereza rayana en lo desagradable. Recuerdo cierta ocasión en que se me ocurrió resbalarme en el apoyo de una melé y bajé la mano al suelo para apoyarme un instante y recuperar el equilibrio: en cuanto la apoyé en la hierba, apenas dos segundos, varias botas del otro lado trataron de pisármela. Así era todo. Juego subterráneo, poco cristiano, cabezazos cruzados en las melés, puños que cortaban el aire en el cuerpo a cuerpo, rodillazos, pisotones, bailes de salón en la carne del contrario, rayas ardientes de tacos en las cervicales, como azotes de Pilatos... Como si la afrenta que he contado no hubiera sido suficiente, en el 99 estuvo a punto de morir un tipo en el campo.
No es una exageración. Ocurrió así. Con el Seminario jugaba Leon, un surafricano de aspecto temible, rapado y corto de piezas dentales; tenía el cuerpo apretado como un bloque de granito, sin aristas ni volúmenes salientes, como si alguien lo hubiera cincelado en piedra para hacerle la cabeza y las extremidades a partir de un tronco rectangular. Se parecía a la Cosa. La cosa, el caso, es que placó a un muchacho de Ejea que intentaba entrar en nuestra línea de ensayo. Yo estaba al lado de Leon. El elemento apenas tomó espacio para el choque. Simplemente se incorporó, dio un paso con el tronco en diagonal y chocó contra el otro. Sin carrera, había desarrollado en ese espacio escaso una potencia atroz. Así que lo frenó en seco y después el chico cayó como un fardo hacia atrás. Se quedó en el suelo y perdió la respiración y no sé si la conciencia. sufrió una inversión de la lengua y un ataque epiléptico. También sangraba por la nariz, producto del golpe o del colapso interior, y fue perdiendo color hasta tomar ese tono azulado que delata la asfixia. Durante casi media hora, el árbitro trató de evitar su ahogamiento y una fatalidad. Lo consiguió, no sé cómo. Después se lo llevaron en una ambulancia y el partido siguió. Yo no pude: me fui hacia la banda caminando despacio y le pedí al entrenador que me dejara marcharme. No podía seguir jugando. Me tumbé al fondo del campo y estuve un rato mirando al cielo, mientras oía los gritos de fondo del partido. Es la única ocasión en que he escuchado una voz. Pero nunca tuve miedo de volver ni he mirado jamás a ver si venía el tren cuando quería llevarme la pelota...
Por suerte, todo aquello ha pasado. Un buen número de chicos de Ejea juegan ahora con nosotros. El sábado jugamos contra ellos y otros, nos pegamos cuanto pudimos y al final nos reímos de lo que nos habíamos pegado; corrimos, nos hicimos el pasillo cuando terminó el partido (en los años negros no querían ni ir al pasillo, que es casi sagrado), nos fotografíamos mezclados y bebimos juntos. Toda la escena me parecía la caída del Muro, el partido Irán-Irak, el abrazo de palestinos e israelíes, la supresión de la franja de Gaza... Me gustó ir a Ejea, aunque todavía detesto perder en Ejea más que en cualquier otro lugar; pero perder es una posibilidad cuando uno sale a jugar. Lo que no cabe es el deshonor. Era un amistoso y la palabra amistoso no tiene significado en el rugby. Aceptarla es como quedarse mirando a la entrada de un ruck.
El rugby no es un juego, es un oscuro privilegio. Los que hemos estado ahí siempre podremos decir que hubo un tiempo en que jugamos al rugby. Yo diré que era el 1. Aún soy el 1. El dedo índice de la mano derecha.
Todas las quiebras del hombre se reúnen en su alma, que es una sustancia o materia o idea de extraordinario peso como concepto inalcanzable, pero muy ligerita si atendemos al experimento del doctor Duncan Mac Dougall en 1907: apenas unos decimales por encima de los 21 gramos, eso pesaría el alma de acuerdo a sus mediciones sobre una cama-balanza con varios perros y seis humanos, moribundos primero y muertos después. En esa liviandad que consume las penas y las hace polvo casi ingrávido debe residir la explicación de nuestra capacidad para sobrellevar las quiebras. Uno puede vivir con una uña rota, con un diente roto y hasta con una existencia rota. La noche que cumplí 18 años me entrompé tanto que caí largo en la rampa de un garaje, por culpa de un calzado veraniego de escasa tracción y del bamboleo indecente de mi cabeza. A resultas del trompazo me partí las dos palas y su reconstrucción ha tenido una vigencia casi exacta de 20 años. Esa noche sollocé beodo en la cama preguntándome "por qué a mí y por qué yo", un absurdo joven sin chica y sin dientes, por qué la primera de las mujeres de mi vida había decidido dejarme y ahora me rompía varias piezas del mueble bar por mi mala cabeza, hechos tal vez relacionados en un orden trascendente. Luego hubo que reponerlas. Es lo que hay que hacer siempre, reponer. Los dientes y lo que caiga.
La costumbre hace al hombre indulgente con sus quiebras. Yo mismo llegué a olvidarme de la terrible imagen que al principio me encontraba en el espejo, desdentado en la primera línea de la sonrisa, con ese arco puntiagudo cuya cavidad abovedada no dejaba de acariciarme con la punta de la lengua. Después de mucho mirarme acabé por no extrañar lo que me faltaba. Ahora me ha pasado lo mismo, y eso que ando en un periodo en el que tengo la indulgencia de rebajas, conmigo mismo para empezar y desde luego con el resto del mundo. Un periodo que podríamos definir con esa frase preferida de nuestro último héroe, Ander Garitano: "Tontadas pocas". Y es así. En estas fases procuro un mínimo contacto con el mundo main stream, encarnado de forma inevitable en los medios de comunicación. De la televisión me estoy quitando. En estos últimos meses casi no he visto la televisión, primero para no enfadarme mucho y segundo porque no puedo evitar esta extravagante idea: no soporto que otros, unos desconocidos, decidan lo que yo puedo ver a cada hora. Es decir, no admito el concepto de programación ni el de programador. Quiero decidir yo y estoy esperando al invento de la televisión alephica, un aparato en el que esté absolutamente todo, totalmente todo, catalogalmente todo, todo, todo. De forma que uno pueda elegir y ver lo que quiere en cada instante, no importa la época ni el tema, con sólo pensarlo y a través de una conexión wireless entre el pensamiento y el electrodoméstico luminoso.
Lo que más se acerca hasta ahora es el binomio YouTube/YouPorn, con los que uno se puede armar noches temáticas sin necesidad del Canal Arte y con muchas más posibilidades. Bien complementado con una librería, la deuvedoteca y el cine, uno puede agarrar el televisor y calzárselo en la cabeza al desgraciado que prefiera, como Henry el de Henry, retrato de un asesino. Pero todo es imperfecto: he buscado en YouTube esa escena de Henry..., para meterla en un enlace, y no la encuentro. Tampoco en YouPorn, claro. A cambio, he visto a muchachas muy cariñosas entre sí sin motivo aparente y a otra capaz de hacer con un bate de béisbol lo que Babe Ruth jamás hubiera soñado. No os conmováis. El sexo es el negocio que más dinero mueve en el mundo, en todas y cada una de sus innumerables vertientes. Incluso por delante de los estupefacientes, que ya es decir. Y no nos pongamos estupendos porque la cosa es así y participamos todos. Yo no señalo, anoto: aparece la esfinge Carla Bruni en un anuncio sin ropa (sin Sarko y sin enseñar nada, salvo los alrededores de su piel y un par de lánguidas curvas hacia el oscuro) y es portada en todas las páginas de la red. Que la policía no es tonta.
El caso, a lo que iba: la indulgencia. Indulgencia cero, con lo poco que me gusta esa expresión tan socialista. Pero estoy que no paso una. Ejemplos... Últimamente se lleva mucho el periodista-tipo soy estrella pero siento esta profesión y me voy a hacer reportero intrépido de calle como tú becario que no ves ni una pero yo en plan estupendo y de paso que doy un par de clases de periodismo gratis me levanto la audiencia y un pastón que te cagas. Muy extendido. Seguro que el género no se lo inventó Mercedes Milá, pero por aquí igual fue la primera. En este país no inventamos nada, periodísticamente hablando, pero somos especialistas en la adaptación cutre. Milá era un ejemplo. Luego se puso Gabilondo. El otro día, no sé cómo, vi a Angels Barceló haciéndose la interesante con uno de esos reportajes-documentales en los que nos traía a los espectadores una jugosa historia: el negocio de los secuestros en Brasil. Atendí un momento. Cuando vi aparecer a Donato (sí, el ex jugador del Deportivo) entre los entrevistados, sospeché algo. En esas, Angels (modelo de periodista estrella, azote del Prestige, uno de los rostros corporativos de la Ser), le hizo esta pregunta a Donato: "Lo que más me llama la atención de Brasil es cómo, siendo el fútbol allí una cosa sagrada, los secuestradores se atreven a secuestrar a futbolistas o a sus familiares". Me quedé tieso en el sitio. Donato le vino a contestar, en resumen, esto: "El fútbol es así". No lo sé bien porque apagué la tele o cambié de inmediato. Una pregunta como esa hace volar por los aires mi indulgencia, que con las estrellas del periodismo es exactamente ésta: cero. Ninguno estamos libres de preguntar una estupidez sobre la marcha. Pero cuando uno edita la entrevista, se da cuenta de inmediato: "Aquí he estado sembrado, macho... Fuera esta pregunta que quedo como un tonto". A Angels le debió de gustar. Yo apagué. Ay, el periodismo. Hundiremos otro Prestige pronto, a ver si nos centramos.
Luego me enfadé con El País, y a mí enfadarme con El País me duele porque le debo años y años de excelente periodismo que recortaba, guardaba, leía, releía e imitaba hasta encontrar mi voz. Le debo a Relaño en los 80, a Luis Gómez en los 90, a Segurola hasta hace poco (antes de que escribiese de fútbol subido en un pedestal; ahora lo disfruto más en el Marca, donde ha rebajado el tono), a Leontxo y sus inigualadas crónicas de ajedrez (no puedo olvidar la serie de Kasparov contra el ordenador Deep Blue, "el pérfido silicio azul"), las columnas de Maruja Torres (antes de enloquecer de irónico progresismo marchito), los articuentos de Millás (antes de enloquecer de irónico, y tristón, progresismo marchito), la luminosa nostalgia de Manuel Vicent, el magisterio de frases enredosas de sentencias de Ángel Fernández Santos y lo vivo que por oposición me mantenía leer al insoportable Haro Tecglen. Queda la colección de Libros de Aventuras y Libros de Serie Negra, policiacos, las dos excepcionales, que quiero como he querido pocos libros en mi vida. Sobre todo quedan las crónicas de toros de Joaquín Vidal, el mejor cronista que leí jamás en España en cualquier género. Pero esos años ya pasaron. Queda Carlos Boyero (recién llegado), reclamo que ya no es suficiente para un hombre que se está haciendo mayorcito como yo.
Me enfadé con El País y su colección Los 26 Mejores Directores de la Historia del Cine. Cuando oí el anuncio de la promoción en la radio, nombraban a Orson Welles, a Hitchcok, a Fellini y a... Almodóvar. Ahí me dieron. A mí ya me parecía rara una colección de los 26 mejores, porque 26 es número poco redondo. Deduje que alguien debió decir: "Oye, súbela de 25 a 26 y metemos a Almodóvar". Pero no, seguramente metieron a otro y Almodóvar estaba entre los primeros. Yo pensaba comprarme la colección. De hecho, el domingo me agarré Ciudadano Kane, aunque ya la tenía. Así pude consultar quiénes iban a ser "los 26 mejores directores de la historia del cine", según El País. ¿Los queréis leer? Ahí van: Orson Welles, Clint Eastwood, Woody Allen, Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick, Martin Scorsese, Federico Fellini, Pedro Almodóvar (!), Tim Burton (!!), Billy Wilder (creía que no saldría nunca, joder qué descanso), Ingmar Bergman (aquí empieza a notarse la mano de Cahiers du Cinema, revista muy aburrida sobre una cosa tan divertida como es el cine), Alfred Hitchcock (apuesta segura), Andrei Tarkovski (!!!), Jean-Luc Godard (!!!!, sí, lo siento pero... !!!!), Buster Keaton (ah... y por qué no D. W. Griffith, si es que vamos a los orígenes), Roberto Rossellini (!!!!!, ¿cuánto falta para Pasolini?), Luis Buñuel (ay pitera), Jean Renoir, François Truffaut (!!!!!!, vive la France!), Kenji Mizoguchi (no podían faltar los asiáticos), Akira Kurosawa, Sergio Leone (!!!!!!!!!), Sergei Eisenstein (de Catón), Charles Chaplin (uf, qué susto), Fritz Lang, David Lynch (mira que a mí me gusta pero... ¿sería éste el 26? O sea: !!!!!!!!!!!!).
No voy a extenderme en consideraciones. Podría nombrar a muchos que convierten en ridículamente afrancesada y culteranista esta patética clasificación. Comprendo los motivos promocionales, pero no sé cuánta gente a la que verdaderamente le guste el cine se compraría El País por ver una película de Rossellini antes que una de Howard Hawks, Anthony Mann, Raoul Walsh, Steven Spielberg, Frank Capra, George Cukor o Ernst Lubitsch. Los acabo de nombrar al alto, sin pensar mucho. Me pregunto qué hace ahí Sergio Leone antes que cualquier western de Hawks o Mann o Delmer Daves o hasta el gran Sam Peckinpah, si nos vamos a lo fronterizo o al oeste crepuscular o a las películas de guerra y de culto (La Cruz de Hierro o La Huida... todos de rodillas, por favor), o bien si queremos justificar la elección en una proposición de lenguaje cinematográfico diferente (cosa que explicaría a Godard y puede que también a Buñuel, al que tengo en altísima consideración). A mí los transgresores no me interesan tanto como los artesanos. En fin, que si pienso cinco minutos se me vienen a la cabeza cincuentamil directores más. En la selección de películas ya no entro. De Kubrick, for instance, dan La Naranja Mecánica, que para mí es la peor o en todo caso está tan trasnochada que no le llega a la suela de los zapatos a 2001, o a Senderos de Gloria o a Atraco Perfecto. Pero bueno, los derechos no sé yo... son cosa difícil y ahí no entro.
Sólo diré esto: lo peor no es que esté Almodóvar y sus películas para el tercer género y los sentimentaloides del segundo y el primero. Lo peor es que no está John Ford, lo que invalida el conjunto como la preguntita de Angels. Y yo por ahí, señores, no paso: con Ford y el cine, tontadas pocas.
[N. del A.: Ya sé que este somniloquio es largo de cojones. El que quiera que se lo lea por capítulos. El que no, que abandone. Es para compensar los largos días de silencio. La foto son Hitchcock y Truffaut. El diálogo silencioso sería éste: "Alfred, ¿has visto que El País me incluye entre los 26 mejores directores de la historia del cine? No me mires así que también está Almodóvar, tú...". Y razón no le falta: entre Los 400 golpes y Pepi, Lucy, Bom...