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Somniloquios

Desahogo

Desahogo

La otra noche estuve viendo La bola de Cristal en el Canal 50 años de TVE. Me apetecía, sobre todo por revisar el mito, por comprobar si persistía algo de la fascinación con la que recordaba aquellos sábados por la mañana en que lo emitían. Descubrí que sí, sin dudas. No sé qué veía entonces en La bola de Cristal. La otro noche no vi sólo el entretenimiento sino también la inteligencia, la libertad, la ironía, el desenfado, la sugerencia, el talento, la educación en las sensaciones. En El Cuarto Hombre, Javier Gurruchaga hacía lírica cachonda para hablar de la soledad, y hablaba de la soledad de grandes genios, de la soledad de gentes sencillas, de música, de arte, de la soledad del creador, de grandes y pequeños solitarios, deliberados, accidentales... todo sobre un fondo de imágenes diversas, reales o surreales, científicas y sugestivas. Cerró con un vídeo de Panic, de los Smiths. Después salió otro de aquel grupo llamado Séptimo Sello, famosos por esa canción que decía: "Todos los paletos / fuera de Madrid". No pusieron esa, pusieron otra que se llamaba Mecamadrid, en la que venían a pedir la reconquista cristiana de la capital. He buscado la letra pero no la encuentro. Me hizo gracia ese pop gamberro. Por cualquiera de las líneas de una canción así de irrespetuosa con los hermanos del Islam, esos muchachos estarían ahora clavados en una diana, estigmatizados, prohibidos. O peor.

España se ha convertido en un país muy aburrido. Muy coñazo. Vigilado por lobbies de gilipollas atentos a exigir respeto por los derechos magullados de cada mínimo colectivo. Ya no se puede hablar de nada ni bromear con casi nada. La publicidad vive en estado de sitio. Puede que Occidente también, y alegremente. Deberíamos preguntarnos por qué series como Padre de familia o Little Britain han alcanzado tantísimo éxito allí donde se emiten. Incluida España. Deberíamos preguntarnos por qué triunfa el personaje de Torrente, ajeno a cualquier valor cinematográfico. Se ríen de todo lo que ya no está permitido reírse, y tal vez por eso queramos verlas y recuperar lo que ya no tenemos, el sacrilegio, la sátira, la retranca, la ironía. El puro humor. "En Inglaterra somos el país con mayor número de travestidos por metro cuadrado de toda Europa", dice la delirante voz en off de Little Britain. "De hecho, entre 1979 y 1990 nuestro Primer Ministro era un travestido y nadie se dio cuenta". Y sigue un sketch sobre los problemas capilares de Emily y Florence, las dos mariconas decimonónicas que se pasean por un pueblo de la costa sur, destino vacacional tan trasnochado como ellas. En otro, una viejecita se orina en el supermercado mientras mantiene una conversación insustancial con una amiga, feliz e ignorante víctima de la incontinencia de su vejiga. No hace falta hablar de Daffyd, "el único gay del pueblo" galés de mineros. En Padre de familia, el perro Brian tiene un profesor en la universidad que es como Stephen Hawking y se comunica a través de una máquina, como el genial físico. Su novia es exactamente igual. La serie los muestra a ambos en una escena de cama aberrante, tumbados de lado con sus sillas sobre las colchas, las cabezas torcidas sobre un hombro, sin expresión, las bocas abiertas, reduciendo el vigoroso acto de la fornicación a un tecleo agitado y a expresiones monocordes de voz metálica: "Oh, cariño, oh, oh...". "Estoy durísimo, mi amor". "Oh, cariño, así, así, empuja, sí...". "Sí, cariño, sí, oh, oh, he estado todo el día pensando en esto". Todo sin moverse. Sin tocarse. Una máquina transmite sus pensamientos y emociones. Casi me caigo del sillón. Qué forma de reírme. 

O sea, que tal vez deberíamos dejarnos de homenajes bienpensantes a la Movida y pensar por qué nos hemos convertido en los estúpidos que somos ahora, 20 años después. Absurdos actores de un pensamiento único que nadie, salvo cuatro dogmáticos, se cree del todo. Por favor. Dos ejemplos bobos: no podemos tomarnos tan en serio y ponernos estupendos para hablar del botellón... en este país donde nueve de cada diez billetes de 10 y 20 euros están infectados con cocaína, según han comprobado en el diario El Mundo. Hay colegios que ya no celebran la Navidad, y periodistas que critican las celebraciones navideñas porque imponen un modelo... antes de irse al Corte Inglés a comprar los regalos de Reyes para sus hijos. Yo no creo ni en el laicismo ni en la religión, pero creo en las dos cosas a la vez. Supongo que porque no confío en las respuestas que sirven para todas las preguntas. Pienso que hemos cedido valores fundamentales a cambio de un decálogo de correcciones que nos hacen previsibles y planos. Pero no mejores. Y que nos hemos vuelto condescendientes con la gilipollez organizada en asociaciones. A mí no me van a convertir en una persona de mayor estatura ética cuatro listillos moralizantes que le den vueltas a los conceptos y el lenguaje. Todo lo que sé me lo enseñaron mis padres, los Hermanos Maristas, los libros y el cine. Y todo lo envolví en música. Y así vivo.

En España, entre todos hemos generado una conveniente ficción estilizada de lo que somos, y nos dedicamos a proyectarla y vivirla como si fuera la realidad. Y nos felicitamos por tan magnífica creación. Luego, claro, nos reímos mucho con Borat porque, fíjate, qué retrógrados y qué ignorantes y qué bobos y qué incultos son los yankees. Nosotros, sin embargo, somos tan maravillosos, tan adelantados, tan respetuosos, tan integradores, tan civilizados y zapateristas... La verdad, ignoro si somos una sociedad mejor o peor que aquélla que permitía a un grupo cantar Mecamadrid y a nosotros, reírnos con esos cuatro tipos disfrazados de moros bailando la danza del vientre en un centro comercial de la capital. Sé que todos gritábamos lo de los paletos con alegría y diversión, sin ir más allá, como si Madrid fuera nuestra ciudad o el símbolo de un anhelo compartido. Igual que ahora nos reímos con Little Britain o Padre de familia, porque nos permiten recuperar algo que se nos ha negado: la capacidad para relativizar las bromas, sin mellar el significado verdadero de las cosas. Eso componía entonces nuestra mejor defensa. Ahora nos hemos vuelto imbéciles.

Quiero intacto mi derecho a sentir que me gustaba más lo de antes. Acepto lo que hay, pero me gustaba más. Puedo admitir que no fuera mejor todo aquello, pero no admito que sea mejor esto de ahora. Y lo diré con un argumento que sirve para todos los tiempos: no lo admito porque no me pasa por los cojones.

[Foto: Los personajes de Padre de Familia, reunidos en franca camaradería. Son como los Serrano, pero en dibujo animado y sin el babeo adolescente. A mí no me gustan nada los Serrano, pero he terminado casi por admitir la teoría de mi hermano: es la única serie nacional que se aproxima mínimamente a la realidad de lo que somos todavía los españoles que andamos por la calle].

Hombres casados

Hombres casados

 

"Nadie es lo suficientemente inteligente como para conocer sus propios sentimientos".

Historias de hombres casados, de Marcelo Birmajer.

La implosión de Sergio García

La implosión de Sergio García

Sergio García, el goleador más prolífico de la historia de la cantera del Barcelona, se ha asentado como titular y está jugando su mejor fútbol en el Real Zaragoza, donde por fin ha encontrado su sitio. Sin embargo, esa escena de triunfo está presidida por una paradoja: en el mejor momento de su vida deportiva, sólo ha metido un gol... pero a cambio ha dado hasta seis y es el mejor asistente de la Liga. La de Sergio García está siendo una explosión al revés. En realidad, se trata de una implosión.

En el fútbol gobierna una ley de mercado que dice así: “El gol no se fabrica, el gol se compra”. En cierta ocasión oí a un entrenador que le confiaba ese relativo secreto al propietario de su club. La ley, en todo caso, admite un apéndice: “Y si por un casual lo fabricamos, se vende...” Desde luego, por aquí o por allá surgen refutaciones del principio. Fernando Torres. Raúl. Sí, pero ya sabemos que la ley atiende a la generalidad, no a las excepciones. Si las leyes obedecieran a una moral intachable, serían dogmas.

El caso de Sergio García de la Fuente (Barcelona, 1983) propone un juicio a esa ley, una incongruencia en sí misma. El viejo aforismo de Kafka: “Una jaula salió en busca de un pájaro”. Dicho a la manera popular, los pájaros disparando a las escopetas. El argumento de partida sería algo así: ¿Cómo puede el máximo goleador de las categorías inferiores del Barcelona no haber llegado a jugar en el Barcelona? A triunfar en el Barça llegarán el portero orgulloso, genial o cantarín, los mediocampistas con glamour desenfadado, el central que oculta sus desórdenes tras una cortina de fuerzas naturales desatadas, o el defensa justito que observa metáforas libertarias en la conquista de un título. Pero el delantero, ése no; ni siquiera el que metió más de 30 goles por año. No. El que hizo más de 50 en una temporada cadete. No. El que jugó en todas las selecciones nacionales desde los 15 años... no; el campeón de Europa sub-19, el subcampeón del mundo sub-20... No, no y no. Ése no. Motivo: ese je ne sais quoi que rige el fútbol, deporte en el que todo el mundo tiene razón alguna vez y en el que la verdad más evidente acostumbra a ser la más incierta. El gol no se fabrica, el gol se compra. ¿No vio a Portillo, no vio a Villa, no vio a Soldado? ¿Es que no vio a Etoo? El gol se compra y se vende. La ley está para cumplirla. Caso archivado. Martillazo.

Sergio García aprendió su primer fútbol en la escuela del C.F. Damm y en alevines lo llamó el Barça. Volvió cedido al Damm, aún cadete, e hizo más de 50 goles en un solo año. Regresó al Barça y vivió un desenfreno juvenil: año a año, firmó 32 goles en 36 partidos; 30 goles en 22 partidos; 10 goles en 15 partidos; y ya en el Barcelona B, 22 goles en 34 partidos y 15 goles en 22 partidos. Era un goleador serial. Quizá sin referentes canónicos en las formas, pero tampoco Villa los tiene. Los arquetipos no lo explican todo. A esa edad, a Sergio ya lo distinguía su tendencia a un perfil cóncavo, engaño para los malintencionados que vigilan el peso de los futbolistas más que la propia estulticia. Hansi Muller era paticorto; Garrincha tenía las piernas chuecas; Puskas o Maradona fueron genios abombados. Favorecido por esa extrañeza de las formas, Sergio no corre, se embala en vertical, como los dibujos animados y los velocistas que buscan la meta. Es el efecto bola de cañón.

Debutó en la Champions con el Barcelona, en 2002 frente al Brujas. Y en la Liga en septiembre de 2003, con el Sevilla. Y eso fue apenas todo. En una cualquiera de las mañanas repetidas en las que veía entrenarse a su hijo, Sergio García padre se dio cuenta de que la letra pequeña de aquel sueño obligaba al exilio. Puede ocurrir que, si uno mira las mañanas repetidas así, de soslayo, llegue a entrever la tramoya de la vida. El fútbol consiste en ver lo que no se ve: por ejemplo, que los cinco goles de Kanouté en el Tottenham ocultaban la promesa de 20 o más en España. Tras la maraña de goles adolescentes, su padre intuyó el destierro. Son justo los chicos que crecen en los equipos grandes los que más complicado tienen jugar en los equipos grandes. Una paradoja terrible, un desorden. Lo primero que codiciamos es lo más cercano, le explicó Hannibal Lecter a la agente Starling. Lecter jamás jugó al fútbol.

El chico lo tomó con resignación. Fue al Levante y luego lo compraría el Zaragoza para relevar a Villa. Una comparación peligrosa, pero Sergio García ya ha rebasado con fútbol aquella primera notoriedad de los peinados, el pelo de pincho eléctrico, los teñidos y las cabezas rapadas. Los arreglos capilares anticipaban por error a un futbolista disperso, más atento a lo accesorio que al juego, extravagante o alocado. Por asociación colectiva y por procedencia, a ratos la Prensa le dice el neng, pero Sergio García está lejos de espantar a las abuelas soltando gas con motos trucadas, o derrapando un coche tuneado en la explanada de las discotecas. Sergio es cualquier cosa excepto un muchacho estridente. Reservado, ajeno, tranquilo hasta la anestesia anímica. Una máscara que no transpira tensiones y que reduce las preguntas difíciles a respuestas fáciles, como un artificiero. Aunque su frustración del año pasado -cuando llegó Diego Milito, cuando Víctor lo ponía poco- resultaba obvia a simple vista, jamás permitió un atisbo de ello en la escenografía diaria. Era el suplente pluscuamperfecto.

Por descontado, esa virtud ética no impidió la insatisfacción. Lo distintivo ha sido el modo de gestionarla. A menudo los futbolistas equivocan la juventud con la vida, pero en la vida la pelota nunca viene por donde la esperas. Lo escribió Albert Camus. Sergio pudo confundir sus más de cien goles con un derecho inalienable a ser titular y goleador en Primera. No lo hizo. A cambio, ha buscado hasta encontrarle el sentido a su fútbol en las entretelas del juego, donde nadie lo aguardaba: este año todo el mundo está de acuerdo en su explosión, pero en realidad no ha sido sino lo contrario: ha sido una implosión. Sergio lleva un solo tanto, pero a cambio es el mejor pasador de gol de la Liga. ¿Naturaleza contravenida? Quién sabe. La mayoría nos parecemos poco al hombre que preveíamos. “Antes hacía tantos goles que no se veían mis pases, ahora me ocurre justo lo contrario”, explica.

Una jaula salió en busca de un pájaro. Un goleador se puso a repartir juego.

Mediapunta, 17 de diciembre de 2006
www.mediapunta.es

War!

War!

[Os lo advertí, amigos. Novedades en el frente asiático: crece el ruido de sables en los despachos, mientras cruzan los bosques barritos de combate. Copio el texto de agencias].

 

 


MUERE A TIROS EL ELEFANTE BEN LADEN, ACUSADO DE LA MUERTE DE 14 PERSONAS 

Europa Press 

Un francotirador ha matado a un elefante llamado Osama ben Laden y al que se le atribuyen las muertes de 14 personas al noreste de la India, según fuentes oficiales. "Dipen Phukan, un tirador autorizado, ha disparado y matado desde una distancia de tres metros al animal en la reserva forestal de Behali, en el norte de Assam", señaló el domingo el cuidador Chandan Bora.

Las autoridades dispusieron su muerte después de que fuese culpado por la muerte de una mujer el pasado miércoles cerca de la zona selvática donde vivía. Behali se encuentra a unos 240 kilómetros al noreste de Gauhati, la capital estatal. Sólo en 2003, el paquidermo había acabado con cinco personas, pero desapareció hasta el año siguiente, en el que acabó con la vida de otros cuatro ciudadanos, lo que dio paso a una tercera orden de búsqueda y captura.

[Foto: Un grupo de guerreros rinde homenaje a sus caídos. Algunas informaciones que leí decían de forma literal: "Los elefantes parecen entender el concepto de la muerte". Siendo así, no estaría mal que nos lo explicaran...]

Literatura

Literatura

“Al fin y al cabo, la Literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe, sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro objeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Esto es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante el recreo”.

Rafael Reig en su Manual de Literatura para caníbales.

El hombre que fue Pequeño

El hombre que fue Pequeño

Sentirse Bien

"Soy sólo el campeón
de tenerte en el corazón
Mi conquista
Mi calor, mi conquista

Un arrebato, ya me pongo guapo
Me quedo con el calor en el labio
Sentirse bien. Sentirse cien
Las buenas compañías me sientan bien,
Luchador, el ganador
Sólo en tu cuerpo me siento mejor
Soy apuesto, sólo apuesto
Quédate en mis camas, llevo los poderes puestos

Cuidaré de tu vida, soy valiente
Te voy a dar amor polivalente
Cuidaré de tu vida, soy valiente
Te voy a dar, amor, ¡agárrate fuerte".

Pecker esta noche en la Sala Pulp, al final de General Sueiro, a la derecha. Un lugar para la huida porque las noches son las de siempre. Allí Pecker, el hombre que fue Pequeño Pecker: Raúl Usieto Aquilué, apellidos de por aquí, nacido en Huesca, residente en Barcelona y autor de '2 y Las Nadadoras'. 2 por su segundo disco, interpreto, después de 'Diez y una galaxia'. Las nadadoras, explica él, son las musas que rondan por su cabeza, ingrávidas e insistentes. Pop electrónico, o pop a secas en el que se van integrando la electrónica orgánica, un funk pegajoso o la actitud cool de un ritmo que pesa la mitad exacta de lo que pesan las canciones: la otra mitad hasta el total son las letras, palabras reunidas con adhesivo fraseo, a veces melódico y otras camino de un hip-hop aligerado. Como en Souvenir Me gustó mucho Pequeño Pecker y me gusta mucho Pecker. Me hace sentirme bien, ágil, vital y despierto. Del primer disco me encantó Sentirse Bien, que decía... (Ir arriba).

Perla

Perla

 

-Voy a hacerte el amor hasta que se muera esta tarde.

-¿Por qué? -ella se rió.

(Porque quiero borrar con el agua de tu sexo todos los nombres de las demás).

Eso fue lo que no le dije.

(Porque quiero entrar en tu angustiada carne y cerrar los ojos y pensar que estoy desnudando la de Perla).

Eso jamás me atrevería a decírselo.

(Porque deseo que Perla nos oiga desde el balconcito y quiero imaginarme lo que piensa cuando escuche nuestro placer).

Eso es mentira.

(Porque deseo a Perla y sólo te tengo a ti, que has elegido estar conmigo, y quiero tenerte pero también tenerla a ella, ¿entiendes? Yo te quiero pero también necesito amarla a ella como te amo a ti, igual que te amo a ti. ¿Es eso malo?

(No, cariño, no es malo, entiendo que tu amor se desdoble, que me quieras a mí y que la quieras a ella también, lo entiendo. No hay nada malo. Yo te voy a querer igual, tú igual vas a seguir siendo mi rey).

-Voy a hacerte el amor hasta que se muera esta tarde.

-¿Por qué?

-Hasta que se muera...

(...esta mentira).

Lafita besa el escudo

Lafita besa el escudo

 

Jugó 25 minutos emotivos, firmó el 0-2 y un penalti - Diego había decidido con otro golazo - El Racing jugó bien, pero sin pólvora - Y vuelve la Champions

Aunque acostumbra a esconder algunas verdades en sucesivas cortinas de arbitrios, casualidades o fortunas, el fútbol no miente. Zigic y Munitis no estaban en el Racing. Rubén Castro anda goleando para el Nàstic -una cesión de locos, como para cruzar de pesadillas las noches de cualquier entrenador-; y Aganzo, siempre atento a las levedades de cualquier defensa, está lesionado. Así que el adjetivo de estupendo equipo que cualquiera le pondría al Racing -merecido por ritmo, por orden táctico, por velocidad de la pelota, por atención a los detalles- se le desprende cerca del área. Balboa y Juanjo no podían llenar tantas botas ausentes. El Zaragoza, vencido por velocidad y aplicación en la primera mitad, resolvió cuando Aimar salió del ovillo para hilar una jugada de seda y encontró a Diego Milito. Goleador implacable. Mano de piedra. Luego lo administró, envolviendo con la pelota la fatiga del Racing, y Lafita agregó un pasaje de emoción: por fin marcó y besó el escudo de su camiseta, la celebración prometida.

La victoria refuerza la idea de solidez de este equipo, al que en esta tierra siempre le vamos a buscar los dobladillos del pantalón, a ver si los lleva descosidos. Porque llevamos una década de convicciones tan débiles, y somos todos tan aragoneses y tan escépticos y tan exigentes y tan puñeteros, que vemos al equipo perder un día con el Osasuna y ya nos entran ganas de decir las verdades. Esas verdades que todos guardamos en los puños para los días de la derrota, que siempre llegan. Y ahí largamos todo: que Agapito no tiene dinero, que Aimar es un bluf, que D'Alessandro debería estar colgado de los pulgares, que Diego Milito no está comprado, que la Champions es flor de un día, que Sergio García no mete una, que somos todos unos pringados y unos embusteros y unos falsos y unos incapaces. Somos todos así. Y uno no se excluye. Lo mejor nos parece imposible o innecesario. Por costumbre, por carácter, porque sí, coño... Y aquí estamos. Agarrados al botijo y mirando al cielo, por si cae sobre nuestras cabezas. Por si ese chavalito del barrio Oliver saca demasiado la cabeza y hay que darle un estacazo. Los gigantes del portón de la audiencia. Estacazo y que baje la cabecita. Y todos con él.

Revancha. En fin, vayamos al fútbol, porque la geografía social es la que es y el descreimiento no se corrige con cuatro líneas rabiosas. El partido contó mentiras y verdades y hay que separarlas con cuidado. El Racing compuso la figura contradictoria de un príncipe capado, con todas sus virtudes y la esbelta figura sometidas al juicio de lo incompleto. Hizo muchas cosas bien, algunas muy notables y otras más ocultas, pero igual de importantes. Sin embargo, le faltó siempre lo definitorio. La extrañeza del gol supone una imperfección demoledora. Un equipo de fútbol sin el gol, sin delanteros que terminen, sin alguien que haga lo decisivo, significa una llamada a la derrota frecuente. Más frecuente si al otro lado aguarda el Zaragoza, que siempre marca, con méritos o sin ellos.

El resultado tuvo una cierta crueldad con el Racing. Una cierta crueldad y mucha lógica. A veces la verdad resulta despiadada. El equipo de Portugal dio una primera parte magnífica, hizo bien todas esas pequeñas cosas que conforman el tejido óseo de un equipo: la presión, la salida rápida de la pelota, la combinación de esfuerzos en la defensa y en ataque. Tenía estudiado al Zaragoza y recitó cada capítulo con la seguridad de un escolar aplicado.

Sometido a ese rigor, el Zaragoza se quedó sin brillos. El medio campo reunía jabatos, gente como Colsa, Zapater o Ponzio, que hacen una pareja interesante, con peso. La guerra principal permanecía en suspenso. Magnífico ritmo y el Racing con un dinamismo endiablado, articulando una presión minuciosa en el medio campo, con dos o tres y hasta cuatro hombres rodeando cada pelota del Zaragoza en las bandas. Parecían los Seattle Supersonics de George Karl, con aquel sistema de traps en los lados. Todo eso hacía un partido vistoso al que le faltaba chicha. Nada por arriba. Ni el uno ni el otro. Fue un rondo divertido, pero sin porterías. En el Zaragoza nadie conectaba con el ataque y en el Racing, Balboa y Juanjo sucumbían a un doble marrón: la nostalgia de Zigic y Munitis, más el celo de los cuatro soldados que el Zaragoza tiene alineados atrás. El plan de Miguel Ángel Portugal era muy bueno, pero para ganar necesitaba un chispazo, algo más que la teoría. Mientras Rubén Castro levantaba al Nàstic en el Mediterráneo, al norte Juanjo hizo el único disparo y César echó cuerpo a tierra.

Aun sin imponerse con la pelota, el Zaragoza estaba haciendo dos cosas bien: se sostuvo en la inferioridad sin sufrimientos obvios -solvente ejercicio defensivo- y previó las debilidades que habrían de afligir tarde o temprano al Racing. Sabía que no podría sostener su ritmo de tambor batiente y que eso denunciaría aún más su falta de peligro. Esa lectura se reveló exacta. A los 10 minutos del segundo tiempo, Aimar escapó de la cárcel y el partido reventó. Primero, Diego Milito vio salir al ocho desde la puerta central del medio campo, en ese espacio en el que Aimar lo sabe todo. Mientras el Cai vaciaba el camino de rivales con su carrera en puntas de pie, Diego tiró el desmarque hacia fuera para encontrar el lado débil de la defensa. Al llegar a la frontal, el Cai hizo una descarga de temporizador suizo y Milito culminó la escena con un disparo imponente al palo contrario. Tras el 0-1, Lafita apareció para agregarle al Zaragoza su versatilidad. Le da cuajo al medio, llega arriba y atrás.Tiene el hambre intacta. En 25 minutos dejó un repertorio completo que derivó hacia la emoción: largó tres salidas de duelista por su banda, de uno contra dos o tres y ganador, luego Ponzio lo encontró en una salida y Lafita puso el 0-2 bajo las piernas del portero y bajo las piernas de la portería. Luego aún le sacó el penalti a Pinillos, que lo agarró impotente.

Ahí Diego Milito se dejó el primer puesto del Pichichi, pero ya había hecho lo sustantivo. Gol formidable y victoria, en un partido de felicidades finales. Este Zaragoza tiene memoria; este Zaragoza tiene un orgullo indispensable. Se acordaba del Osasuna y quería los tres puntos sin condiciones previas, jugando mejor o peor, con dos ocasiones o con cincuenta. Quería la Champions y sabía que los ejercicios de estilo no constituyen un fin; si acaso una fórmula, un método. Lo ha comprendido porque tiene cuatro defensas de inflexible seriedad. Lo ha comprendido, sobre todo, porque tiene a Diego Milito. Y Diego lo hace todo rabiosamente evidente.

Diario AS, 11 de diciembre de 2006
www.diarioas.es