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Caminos

Caminos

"Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo".

Roberto Bolaño, sobre los Aforismos de Franz Kafka.
[La foto muestra a K junto a Felice Bauer...]

Serrat, por celestiales como Curro el Palmo... o no

Serrat, por celestiales como Curro el Palmo... o no

Ver a Serrat por primera vez hace dos días es, definitivamente, llegar muy tarde a todo. Me reconforta que vino a Zaragoza acompañado sólo de la guitarra y un piano, lo que compone en mi opinión el cuadro favorable de un Serrat íntimo, desnudo de artificios orquestales. Yo lo prefiero así. Es decir, Serrat y sus letras, esa escritura transparente que dibuja la cumbre del castellano musicado, sostenida como pequeña magia que el catalán desenreda en las notas livianas, juguetonas, sugerentes del piano de Ricard Miralles. Serrat y la maestría despojada. Al verlo aparecer en el escenario oscurecido, la guitarra tomada del mástil, confirmé que el hombre capaz de reunirnos alrededor de su voz es, seguro, el hombre que todos habríamos querido ser. Serrat me sacó enseguida el aliento del pecho al abrir con Menos tu vientre (el poema musicado de Miguel Hernández) y a continuación interpretó Mediterráneo, para suprimer ansiedades. Ahí le entreví una mínima debilidad, quizás un énfasis disminuido que quise negarme con entusiasmo, pero sobre el que ayer reflexionó Javier Losilla en su crítica de el Periódico de Aragón. Como Javier es mi crítico de cabecera en cuestiones musicales desde hace años, reproduzco a continuación su revisión del Serrat ingrávido y gentil, como pompa de jabón, que vimos esta semana.

 

Pudo ser un gran día 

Al concluir Serrat la interpretación de Hoy puede ser un gran día los espectadores, puestos en pie, le tributaron una de las ovaciones más largas y calurosas que se han escuchado en la Mozart en un concierto de música popular. Con esa canción cerraba el cantante casi dos horas de actuación, y pretendía retirarse. Pero tuvo que rendirse a la evidencia: el público, que llenaba la sala, quería más. Y más dio Serrat: De vez en cuando la vida y Fiesta.

Completó con esas dos piezas un programa de 20 canciones en el primero de los dos conciertos que ha dado en Zaragoza durante las fiestas. Un concierto íntimo, trufado de anécdotas y comentarios jocosos (esos con lo que Serrat, como los mejores intérpretes de El Club de la Comedia, pone de manifiesto su mejor vena de actor), acompañándose con la guitarra y apoyado por el piano, sugerente, preciso y detallista de Ricard Miralles.

Serrat no vino a presentar , su disco más reciente (nada cantó de ese álbum), sino a mostrar un repertorio que dibujaba, o casi, todas sus facetas como compositor e intérprete. Abrió la velada con Menos tu vientre, y continuó con Mediterráneo, Una mujer desnuda y en lo oscuro, Tu nombre me sabe a hierba, Esos locos bajitos, Señora (informó de que ha incorporado esta pieza recientemente al directo, después de muchos años de no cantarla), Por dignidad, Me gusta todo de ti (pero tú no), Cantares, Cançó del lladre (una pieza popular catalana del siglo XVII)...

Una cuidada selección, sí, que, lamentablemente, no llegó al público con la fuerza y la emoción de antaño. Serrat, como intérprete, no pasa por sus momentos mejores (cuando menos el martes), y echa mano para resolver su apuesta de trucos de artista experimentado. Una lástima, pero así están las cosas. Quedan, eso sí, las canciones.

Penélope, Es caprichoso el azar, Disculpe el señor, Una de piratas, Muñeca rusa, Romance de Curro El Palmo y No hago otra cosa que pensar en ti también sonaron el martes en la Mozart, configurando una propuesta que, de haber contado con un Serrat algo más en forma, habría armado una gran noche.

El placer no fue completo: el gusto de escuchar canciones hermosas, esas que ya están instaladas en la memoria colectiva, quedó mermado por una actuación muy profesional, pero con escaso poder de comunicación. Pena.

Román Riquelme por Sergio López

Román Riquelme por Sergio López

Desde mediados de agosto, el diario Equipo publica cada domingo una serie de retratos sugeridos y escritos por Sergio López. Yo creo que valen al menos un cuarto del euro que cuesta el diario. Los acompaña una singular ilustración que me permito la libertad de usar también en esta ventana, para no mellar el conjunto siquiera en lo mínimo. Este primero (no respeto el orden cronológico) supone una mirada detenida sobre la detenida figura de Román Riquelme, uno de los artistas más lúcidamente premiosos que dio el fútbol. El artículo es un rotundo homenaje a los futbolistas diferentes. Todo homenaje lleva implícita una defensa. Sé que López lo puede escribir con los ojos cerrados. De hecho, a estas alturas creo que lo hace.

 

El torero impasible

La pelota debajo de la suela. Siempre. Y él al trote cansino, no sea cosa que alguien se confunda y crea que lo suyo es producto del gimnasio y la dieta. Juan Román Riquelme parece salido de un noticiero antiguo, de cuando el Nodo distribuía borrosas noticias sobre la marcha del fútbol argentino. Sólo le faltaría ser calvo, dejarse crecer un bigote manubrio y lucir esos pantalones que caían por debajo de la rodilla. Lo cierto es que su estilo pone de manifiesto un hecho particular que pasa desapercibido de tan general: muy pocos saben jugar bien al fútbol. Increíblemente, esta evidencia se ha vuelto en su contra, ha derivado en una suerte de investigación policial. ¿Se adapta al ritmo europeo? ¿Puede liderar a la selección argentina? Estas preguntas, recurrentes como caballos de tiovivo, tienen el mismo rigor lógico que la del huevo y la gallina: pueden contestarse de cualquier forma; todo depende de la habilidad del orador y la paciencia del auditorio. En el caso de Riquelme es peor quizá, porque las respuestas tienden a multiplicar las preguntas.Riquelme se presentó ante la afición europea durante la final que jugó Boca contra el Real Madrid por la Intercontinental 2001. Aquella noche le pegó un baile inolvidable al mediocampo merengue, especialmente a Makelele, que salió de la cancha girando como un trompo. Los directivos del Barcelona se entusiasmaron y compraron su pase para que repitiera la hazaña en el Nou Camp. Parecía un negocio redondo. Entonces ocurrió el puntual milagro: le pidieron que cambie. Comenzó a hablarse de problemas de velocidad, falta de adaptación. Nadie se preguntó por qué debería cambiar de hábitos el mismo jugador que acababa de ser contratado justamente por sus hábitos; en cambio le recomendaron que corriera, que se apurara, en fin, que se convirtiese en otro. Y lo cedieron al Villarreal.Algo parecido ocurrió con Diego Maradona un par de décadas atrás. La secuencia fue idéntica: compra millonaria, problemas de adaptación, traspaso. Pocos advirtieron que una cosa estaba vinculada con la otra, que la compleja y explosiva personalidad de Maradona era una prolongación de su complejidad como futbolista. Fue célebre el enojo de Udo Lattek, técnico blaugrana en aquella época, ante la negativa del Diez a corretear por el campo con una pelota llena de arena. El alemán no entendía que alguien se le sublevase ni lo antinatural que le resultaba a su dirigido esa carrera en el vacío. “Cada ronda que pasábamos en la UEFA las pelotas de Lattek eran más pesadas”, fue el lacónico recuerdo de Diego. Quizá resulte exagerado comparar a un excelente jugador como Riquelme con el que probablemente fue el mejor de todos; sin embargo, los casos se tocan y se confunden. Ambos fueron ídolos en Boca; ambos encontraron resistencia en Barcelona y tuvieron que empezar de nuevo en un equipo chico. Todos sabemos cómo terminó la primera historia, con el Diez recolectando títulos de todos los colores para el Nápoles.Por lo pronto el Villarreal le dio a Riquelme la posibilidad de jugar como lo hizo siempre, como un torero impasible. Y Riquelme puso al Villarreal en el mapa. Su equipo practica un fútbol agradable, tiene delanteros peligrosos y viene de jugar una semifinal europea. El posesivo en este caso es literal; el equipo ‘es’ de Riquelme. El juego, las ideas, hasta las esperanzas del Villarreal pasan por él, absolutamente. Casi lo mismo ocurrió con la selección argentina durante el Mundial. Es verdad que Argentina tuvo un juego discontinuo, pero también lo es que perdió en octavos, contra el anfitrión y en la tanda de penaltis, después de un par de Mundiales donde no había pasado de la primera ronda. El líder intelectual de ese progreso fue Román.

Más allá del análisis queda la felicidad de ver a un gran futbolista. Lento o rápido, abúlico o inspirado, Riquelme siempre justifica su presencia porque encarna lo más genuino del fútbol: la idea de juego. No hace mucho dijo Jorge Valdano: “Riquelme es un jugador raro en los tiempos que corren. Le interesa más el juego que el gol”. Es cierto. Ante todo le gusta jugar y hacer jugar, guardar la pelota bajo la suela, acariciarla, mostrarla, esconderla, meter un cambio de frente o un pase de ángulo imposible. Son actividades sedentarias porque para realizarlas es necesario dominar el arte, como los toreros. Nunca nadie vio a un buen torero corriendo.

El fútbol argentino

El fútbol argentino

 

River le ganó 3-1 a Boca Juniors anoche. Les rompieron tres veces el orto a los bosteros.

En la web oficial de los Millonarios lo festejan con una serie de afiches del que rescato éste...

Domingos de trócolas

Domingos de trócolas

De entre las cosas que uno no aguanta del domingo, en las más altas posiciones aparecen los alegres mítines de los políticos en mangas de camisa y las carreras de coches y motos.

De los políticos... Por suerte (ganada durante años de infinita paciencia democrática, digo yo), en nuestros domingos ya no aparece Arzallus, uno de los seres humanos más intelectual y físicamente detestables que hayamos encontrado jamás, con ese verbo untuoso de cura redimido, las facciones blandas y la carne trémula de fanatismo en los discursos. Eso sí, había una (señalemos sólo una) diferencia esencial entre Arzallus y los chicos de ahora: los inevitables Mr. Rajoy y Mr. Zapatero. Arzallus decía algo. Algo. Barrabasadas, normalmente, tantas y tan seguidas que el rosbif dominical se te cruzaba en el gaznate al oírlo, y luego había que meterse ración doble de sorbete de limón al cava para aceitar eso. Pero bueno... mensaje tenía. Por su lado, Rajoy y Zp componen la pareja de políticos de discurso más inane posible, cada uno a su manera. Lo de Rajoy tiene mérito (lo del otro, más), porque fatiga el imposible absoluto: la izquierda, ventajista como nunca, lo tiene agarrado por los ous, y los propios le sierran el piso bajo los pies como monos iluminados al mando de un cortador de césped. Así que Rajoy tiene que quedarse (o sólo puede quedarse) en esa metafórica oratoria suya, de leve retranca galaica, que va muy bien para el Parlamento pero se pierde por el aire en los estadios de los mítines mañaneros del domingo. El PP debería desaparecer, digo yo, como los 4.400 de la serie aquélla, y volver a la vida reconvertido en cualquier otra cosa, silbando bajito, a ver si no se daban cuenta. No sé, esto no lo refunda ni el aflautado Hernández Mancha. En este momento, dada la finísima estrategia del aislamiento a la que ha sido sometido, su discurso es vaciado de un momento a otro con la misma simpatía con la que se desguaza a un toro recién lidiado. Por su parte, Zapatero representa al hombre indecible, el que nunca estuvo allí ni en ningún otro lugar. Es Emilio Butragueño, pero en presidente. Nadie sabe de qué manera, pero todos coinciden en la boba genialidad de sus actos. Naturalmente, los contrarios quieren matarlo: no se puede ser tan hábil (ya no digamos inteligente) con esa cara tan nimia. El tipo sabe lo que hace. Pero... ¿sabe por qué? Sus modos componen un grácil artilugio de palabras etéreas que en cualquier otro tiempo y circunstancia habrían puesto al presidente contra la pared; pero no a Zapatero, que es el campeón de la futilidad zurda triunfal.

(Yo no sé qué hago de analista político, la verdad. Con lo que razonaba Norman Mailer para hablar de las convenciones demócratas de Kennedy y lo facilón que lo hago yo todo...).

En realidad, yo quería hablar de Alonso, el virtual campeón del mundo de Fórmula 1 después de su victoria en Japón. Lo correcto sería alegrarse de este nuevo triunfo del deporte español (tontería importante, claro...), pero es que, además de que Alonso me parece un tío tan engreído y antipático como español, tropiezo con una cuestión semántica: el automovilismo no es un deporte, para mí. Y ojo que digo para mí, así que admito las disensiones pero no entro en debates. No lo es. Ni el automovilismo, ni el motociclismo, ni el rallyismo ni el resto de ismos. Y no me cuenten que están muy bien preparados físicamente (que sí, como los toreros y los astronautas), y que pierden dos kilos por semana en la carrera: también yo, y sin subirme al coche. Las carreras son competiciones, nada más. Falta la belleza estética del esfuerzo, que resulta sustituida por esa belleza algo atroz de la mecánica y la ingeniería. Competiciones. Como competiciones son las competencias de caracoles o grillos, el lanzamiento de boñiga de rumiante, el campeonato de ingestión de salchichas de frankfurt en Coney Island (gracias, JCuartero) o el Saber y Ganar. No digo yo que no resulte emocionante, disputado, adrenalínico (qué estupidez de palabra), fascinante, yo qué sé. Pero chico... A mí me deja frío la emoción de las ruedas, las revoluciones, el reglaje, los cilindros y todo eso. Como razonó mi sabio padre cuando se quedó con el modestito Fiat Punto: "A mí ya no me seduce la velocidad".

Hace cierto tiempo me crucé con un conocido que necesitaba que le pusiera en marcha su coche conectándolo al mío por las míticas pinzas. Gustoso, le abrí el capó de mi auto y lo invité: "Mi motor es todo tuyo. Si tú sabes dónde está, conéctalas... y a conducir como papá". Así lo hizo. Me he visto forzado a cubrir algunas competiciones de free style, triales indores y carreras de karts, cuyas crónicas afronté con acabada tristeza existencial. El periodismo es así, una trampa mortal, niños. Si un señor mayor os invita a cruzar la calle y os aconseja estudiar Periodismo, desconfiad: pedidle rápidamente que os dé caramelos. En fin, aquellas noches... Cuando los tíos se ponían a quemar la rueda y dibujaban humeantes círculos negros de goma incandescente, el rugido general me producía vergüenza ajena. Y eso que hay algo en las motos que me llama, algo muy lateral: el relato Los Ángeles del Infierno, de Hunter S. Thompson, que recomiendo con fervor; las Harleys, las chopper de Easy Rider Hopper, esos cromados, tal y tal; los diarios de motocicleta de Noa por Ingerland. Sí, amigos: a mí también me encantaría conducir una motocicleta con chupa negra de piel como la del doctor Gregg House... Pero lo anotó Joseph Conrad: "El hombre nació cobarde. Es una dificultad".

¿Y Alonso? Bueno, ahí está. Dos veces campeón del mundo. Innegable como el sol. Me repugna, sin embargo, el empeño en defender que cuando gana, es un genio, y cuando no gana, un tipo afligido por la ineptitud de todos los que lo rodean. Como no entiendo nada del tema, no me meto más. Me pregunto si Alonso se convertirá en el próximo, y pesadísimo, Carlos Sainz: bicampeón del mundo durante muchos años, y luego acumulador de toda suerte de vicisitudes para no ganar nunca más. Alguien debería reunirlas en un libro: las mil y una conspiraciones del Universo contra el tercer Mundial de Carlos Sainz. Pero hablo de un libro riguroso, documentado, enciclopédico, no de hacernos los graciosos. Carrera por carrera, desde el segundo mundial. Cada accidente del destino, un capítulo, con diagramas explicativos de cómo funciona el elemento en cuestión, en qué consiste, cómo ocurrió, el build up hasta el desastre de ese día concreto, culpables, responsables, casuística. Una cosa seria. Ya digo, a capítulo por derrota: el equilibrado, el navegador, la tapa del delco, la servodirección, el libro de ruta, las vacas flacas del Serengeti, la gasolina, el tuercas, la junta de la trócola, la meta unos metros más allá, la liebre peluda que se cruzó, la inmarchitable mala suerte, la conspiración global contra el español... ¿Los rivales? Qué dice usted, ahí no hay capítulo: contra los españoles nunca ganan los rivales, perdemos nosotros o nos derrotan las circunstancias. Los históricos elementos. Los aros italianos, la presión, el enfrentamiento intestino. Lógicamente, el mejor título para ese libro maravilloso no escrito (salvo opinión contraria del profuso Javi Hernández) sería el que todos sabemos: "¡Trata de arrancarlo, Carlos!". No descubro nada.

pd: Hablando de conspiraciones. Lean Mi amigo Mickey, el maravilloso cuentito de Roberto Fontanarrosa sobre el empeño en una conspiración universal contra la Argentina.

Reacción suicida

Reacción suicida

Real Zaragoza, 2-Levante, 2

 

El Zaragoza vuelve a la vida con tres defensas - El Levante ganaba 0-2 al descanso - Celades inspiró el empate - El equipo de López Caro perdonó todo

 

Aficionada a la paranoia, La Romareda vio un partido de cuatro caras: dos del Zaragoza y dos del Levante. Demasiado para una sola tarde. Cuatro caras, cuatro goles. Primero los del Levante, cuyo ejercicio de muralla articulada dejó al equipo aragonés como una piltrafa; después los del Zaragoza, que regresó a la vida de entre los muertos por una de esas iluminaciones que han hecho de Víctor Fernández un entrenador singular. Dejó tres atrás e invitó a los suyos a jugar a los héroes. ¿Y a quién no le gusta ser un héroe? Así que el partido se convirtió en un duelo entre la teoría aplicada de López Caro y la intuición animal de Víctor. Eran como Spassky y Bobby Fischer en Islandia, sólo que afeitados.

Como suele ocurrir en el fútbol, todo el mundo tuvo razón en algún momento. Eso determinó el empate. Primero se impuso el tratado de López Caro en el medio campo; y luego ese impulso casi artístico de Víctor. Desesperación obligada, sí, pero había que hacerlo gestionando el tremendismo y sabiendo que cabía la posibilidad del feliz suicidio. Desde luego, no resultaría justo olvidar que al empate contribuyó tanto la resurrección aragonesa (personificada en Celades, D’Alessandro y Sergio García), como el empeño del Levante en fallar goles cuando el Zaragoza iba al asalto como una pandilla de bandoleros embriagados.

Hay quien considera de forma peyorativa la teoría, que puede tomarse como mera especulación, vulgo milonga. Ponerse teórico en el fútbol siempre estuvo mal visto. En este juego no se acepta lo que no se ve, y eso que se puede ver cualquier cosa. Tampoco se acepta bien que uno se ponga religioso, o se acepta con una media sonrisa de conmiseración. López Caro es un hombre teórico y un hombre religioso. López Caro teoriza en el Levante con un grupo heterogéneo de buenos y musculados futbolistas. López Caro, el tío que se tragó el sapo del 6-1. Puede que entrenar al Madrid y entrenar al Levante sea lo mismo, en esencia; pero no es lo mismo dirigir al Madrid y dirigir al Levante. Dijo esta semana: “Sé la teoría para ganar el Zaragoza”. Y aunque nos dieron ganas de ironizar, de verdad López Caro sabía.

Se lo explicó a los suyos, le hizo un círculo rojo a Aimar sobre el nombre en tiza y el Levante le metió dos en 45 minutos a ese muerto de gominola que fue el Zaragoza. Había un personaje graciosísimo en París-Tombuctú, la película de Berlanga, un Juan Diego que hacía de desastrado agente de jugadores de regional y afirmaba despechado: “Me he pasado al mercado del este, porque los negros no defienden”. Esa broma canalla no vale para el Levante. Juega con vigor, disciplina y calidad. Si no se deshace por dentro, será un equipo muy interesante.

Golazos. En el primer tiempo hay que hablar del Levante para hablar del Zaragoza, lo que viene a explicar el partido. Las dos versiones del Levante no fueron en verdad tan distintas entre sí; había al menos un asentamiento teórico común, una idea. López Caro, claro. En la primera parte Camacho interrumpió a Aimar e hizo un golazo que, bueno... no le correspondía. Lo suyo era el trabajo sucio: interrumpir, cortar, pegar, patrullar el barrio con N’Diaye y pedir la identificación al que pasara. Pero vamos, fue un golazo. A Camacho le llovió un balón al borde del área y Camacho construyó esa volea memorable. El gol de Camacho es una historia que contar a los nietos cuando lleguen los días de la mantita en las piernas: “Chicos, un día maté a Aimar y además me puse estupendo y clavé un golazo. Pásame el optalidón...”.

Los demás también podrán contar que contribuyeron al apagón general de un Zaragoza contemplativo, al que apenas soportaba Zapater con un esfuerzo ascético en el medio campo. El segundo gol terminó por ser una consecuencia lógica, porque el Zaragoza se moría y además parecía que le daba cierto gusto: no acertaba a reaccionar y tampoco ponía mala cara, como de disgusto. Sin embargo, a los 25 minutos Víctor ya mandó a calentar a Óscar y Celades, y eso anunciaba el cambio de Ponzio. El argentino había largado un pelotazo fantasma a la línea, pero él y Aimar se llevaron la peor parte del día. Hay quien ya grita que el Zaragoza necesita más creatividad en La Romareda. Celades agregó razones, si lo miramos así. Veremos qué piensa Víctor Fernández.

Vuelta a la acción. Mientras Víctor ya imaginaba el segundo tiempo, llegó el jugadón de Ettien que terminó Kapo. Estupendo futbolista, hay que decir. Con el balón y sin él, de los que saben dónde hay que ir. En ese 0-2, el Levante expresaba una eficacia quirúrgica que luego perdería, para su condena. Cuando Víctor dejó tres defensas (aunque Diogo valió por dos), los levantinistas se pusieron golosos y fueron a por el caramelo con los ojos en blanco, como un oso a por la miel, tirando zarpazos. Se deshilachaba el Zaragoza en su fantástica demencia y salían en tropel cinco o seis jugadores del Levante al contraataque, anunciados por un galope como de manada de ñus en campo abierto, una percusión grave y profunda. Pero Riga, Tomassi y Kapo se empeñaron en que no marcaban. Y no marcaron, oye. Ese error de indulgencia animó la crecida aragonesa, un clásico en la escenografía de los zaragozas de Víctor. Este equipo cree tanto en su gracia que a veces olvida la necesidad de otras virtudes. Tiene el carácter alegre y frágil, cambiante. Por ahora juega medios partidos y con eso no basta. Con medios partidos alcanza para la clase media y la media tabla. Si quiere más, debe dar más. Regularidad o solidez. Términos feos, como Tomassi, pero necesarios.

 

En fin, el empate lo inspiró Celades con su guante de seda, como avivando el debate del medio campo. También hizo el 1-2 en un disparo mordido que Molina no alcanzó. Contribuyó asimismo Sergio García, que le dio velocidad punta arriba y puso otra carta sobre la mesa. Ewerthon vive en el área y es su vida; Sergio goza de un estado espumoso y juvenil que lo hace ahora mismo un jugador considerable. Y desde luego ayudó D’Alessandro, con su imaginación de dibujo animado y esa agilidad gomosa de las piernas. Subido en el entusiasmo, el Zaragoza le hizo al Levante el asedio de Stalingrado. 45 minutos a toque de corneta en estado de delirio. Hubo un penalti por mano de N’Diaye y un manotazo vulgarísimo a Sergio Fernández. Los dos se los comió Teixeira con la alegría despreocupada de los malos árbitros. Luego Diego Milito firmó el empate y tal. En el fútbol el valor de los puntos es como el tiempo, una cosa relativa. Al final nadie supo cómo tomárselo.

Diario AS

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Hazte amigos para esto...

Hazte amigos para esto...

 

Hoy venía en el diario esta noticia. La reproduzco sin tocar una línea, y reflexiono que ya nadie valora las buenas amistades:

"El ex campeón mundial de los pesos pesados Mike Tyson está tan agobiado por sus deudas que ha iniciado una gira de exhibición por EE UU para hacerlas (sic) frente. Tyson no atraviesa su mejor momento, y ha asegurado que ignora por qué la gente todavía está dispuesta a pagar por verle pelear. "No creo que sea merecedor de la gente que viene a verme, pero lo siguen haciendo", ha manifestado. El púgil ha reconocido que está en pésima condición física y apenas es capaz de pelear unos tres o cuatro asaltos".

pd: Con lo que nosotros queremos al Acero Tyson en este pueblo... Por mí mira, que haga lo que quiera. Pero veo ahí a Lupita (se hizo la foto justo antes que yo y ha de llamarse Lupita) y de verdad... que no, oye, que no. Que no hay derecho. La próxima vez que me lo eche a la cara al Mike se lo pienso decir. A tres asaltos igual me atrevo.

WTC: visiones del ángel exterminador

WTC: visiones del ángel exterminador

Enterrados en un túmulo funerario hecho de escombros, dos policías conversan para espantar a la muerte. Tenemos a la muerte por un bicho silencioso y oscuro, un animal de la mente que aguarda sentado en una silla a la extenuación de la carne, con la guadaña en medio saludo militar y una caperuza negra que demora su perfil de esqueleto final. Los hombres hablan con otros hombres mientras mueren, y hay que recordar que se están muriendo desde que nacen. Si en algún momento advierten que los acecha la hora definitiva, hablan más que nunca o bien ingresan en un silencio aburrido de espera. Bergman jugaba al ajedrez con la muerte en un campo de batalla. Woody Allen escribió un relato mortal en el que el bicho entraba por la ventana del apartamento del sentenciado, pero éste se defendía con una cháchara hipnótica que ponía a la muerte en dudas sobre su propio destino. World Trade Center, la última película de Oliver Stone, son dos policías lloricas en trance de expiración bajo los escombros de las Torres Gemelas. El cazafantasmas americano habla de la muerte de 3.000 personas a través de la supervivencia de sólo dos. Al portero de noche del Hotel Metro esa disensión no le parecía nada bien. Resumía a la América que ha visto esta película con aprensión.

La crítica del New York Times decía: "Imposible no emocionarse". Bueno, pues por este lado no sólo no emociona (en general), sino que es tenida por una intrascendente historia sensiblera de aburridas familias angustiadas, policías de conversación irrisoria bajo las piedras y marines alucinados de patriotismo. No hay política y aquí queremos política, o sea... la política previsible: explicaciones previsibles, culpables previsibles, cabezas cortadas previsibles. Más bien queremos una previsible crítica incesante al gobierno del arbusto Bush, pero para eso tendría que haberla rodado Michael Moore. Y puede que a Moore le salgan bien sus habilidosos docudramas, con algunas escenas demoledoras y otras de argumento ventajista. Pero por ahora Michael Moore no ha rodado nada que se aproxime a WTC. Ni siquiera el WTC que ha querido y ha rodado Oliver Stone, un (discutible) homenaje a las pequeñas verdades insignificantes de cada víctima del atentado.

Vimos Wolrd Trade Center en un cine de seis plantas y 25 salas en la calle 42 de NY. Lo digo porque ahora pienso si en mi indulgente consideración de la película no participaría el contexto, el lugar, la visita de unos días antes a la zona cero... Será porque me parece rara la acusación de sensiblería cuando he visto cómo funciona la angustia en casos así (en la mañana del 11 de marzo de 2004, salí en un tren hacia Atocha justo a la hora en que comenzaba la tragedia. Cuando dos horas después mi móvil recuperó la cobertura en Guadalajara, 50 llamadas perdidas y dos docenas de mensajes me demostraron los ilógicos razonamientos que induce el terror). En WTC está narrada esa confusión, que culmina en una frase enorme después de la salvación de los dos policías: "Aquí dentro había miles de personas... ¿dónde está toda esa gente?". Sólo fueron rescatados 20 supervivientes bajo la montaña. Cinco años después, leo en el NYTimes, se han identificado apenas el 50% de las decenas de miles de restos humanos recuperados. Y eso es muchísimo. Son pedazos, no cuerpos. Será esta conciencia o que yo mismo soy un estúpido sensible. O que no tengo muy avanzado el prejuicio antiamericano, la verdad. Una cosa son las disensiones políticas y otra los prejuicios.

Las imágenes reales del 11-S proponen una ficción atroz que ningún filme podrá emular jamás. O pasarán muchos años antes de que alguien lo consiga y no en su totalidad, acaso parcialmente. Oliver Stone me parece valiente (extraordinariamente valiente) por acometer la tarea hercúlea de contar el 11-S y hacerlo antes que nadie, cuando cualquiera anticipa que la dimensión inconcebible de los hechos exige en estos momentos una película sin fin, imposible. Es el mismo valor que le otorgo a Scorsese en Gangs of New York, otra obra demolida: también una película de errores, cierto, pero en mi memoria la redime la grandeza de su mirada y el denodado intento por resumir una epopeya grandiosa en dos o tres horas de cine. El western precisó un género completo (y una enciclopedia de cientos y cientos de películas) para contar la odisea de la construcción de un país. Eso explica la dificultad de la tarea. Pero la sombra del avión que se dirige a las torres es un retrato preciso de la sombra del ángel exterminador, el perfil lírico de la muerte. Ese fugaz plano de Oliver Stone vale por un ciento de otras películas muy aplaudidas o premiadas, al menos para mí. Esos dos tipos pasaron un día enterrados en vida y uno de ellos vio a Cristo llamándolo con una botella de agua mineral en la mano. Es cierto que eso no funciona bien en la pantalla, que parece un instante del David Lynch enloquecido de Corazón Salvaje. Pero debió ser así y Stone lo quiso así. A dos de los terroristas que pilotaron los aviones los vemos estos días en un vídeo publicado por el Sunday Times, en animada conversación, sonriendo como beatíficos hijos de puta antes de sembrar la muerte. Para la cinematografía, no hay nada interesante en esa representación naturalista del hombre asesino; salvo la terrorífica verdad, que es una verdad inasible. Algo parecido, con todas sus equivocaciones, sucede en World Trade Center.