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Somniloquios

His Bobness

His Bobness

Al poco rato de poner pie en Estados Unidos, vi a Bob Dylan en la portada de la Rolling Stone y dije lo mismo que dije cuando vi la última versión de las Air Jordan: "Yo eso me lo tengo que comprar". Desconozco si la edición española de RS (esa adaptación tan pálida de esta publicación fundamental para la cultura popular en los últimos 50 años) ha sacado también estas semanas a la calle el número con la trabajosa entrevista de Jonathan Lethem a Dylan. Viene encuadrada en el contexto de la publicación de Modern Times, el último Lp del músico interminable, y del que no me voy a molestar en hacer una crítica. No me asiste la capacidad para hablar de música más allá del corregible criterio de un melómano aficionado. Pero algunas pinceladas sí pueden anotarse. Que el disco se llame Modern Times parece una broma del longevo Dylan, quien ya usó ese juego de circunstancias paradójicas hace un par de Lps (Time Out of Mind). Como anotó con agudeza el argentino Rodrigo Fresán, hace rato que Dylan comienza y termina en sí mismo, de modo que resulta imposible congelarlo o situarlo en relación con algún momento exacto que tenga que ver con este tiempo, el anterior o las variaciones por venir. Se las ha arreglado para situarse más allá o más aquí del tiempo, y no está claro si sus canciones provienen del pasado, del futuro o de un lugar indeterminado en el que se reúnen tradiciones musicales imperturbables. Dylan las revisa y transita entre ellas con una voz cuarteada en la que ya no se trata tanto de cantar sino de contar.

Los críticos advierten en Modern Times la culminación de una trilogía que Dylan habría iniciado con Time Out of Mind y continuó a través de Love and Theft. Los tres suponen discos estupendos y con similitudes, al menos en la actitud del Dylan de hoy hacia la música. Qué le apetece tocar y por qué (si alguien que no sea Greil Marcus se atreve a preguntar por qué). Dice His Bobness: "A todos nos gusta oír los discos en giradiscos pero, afrontémoslo, eso se ha ter-mi-na-do. Así que haces lo que puedes, te peleas con la tecnología de todas las formas posibles, pero no conozco a nadie que haya sacado un disco que sonara decentemente en los últimos veinte años, la verdad. Escuchas estos discos modernos y... son atroces, tienen sonido por todas partes. Nada está definido, ni las voces, nada, sólo.... ruido". Dylan reúne 20 años bajo esa radiografía como el que está hablando de la semana pasada o la última temporada musical. En ese sentido, verdaderamente podemos intuir cierta condición unitaria en los últimos tres discos del genio: no suenan a ahora o a entonces. Suenan clásicos. Y muchas canciones podrían ser trasplantadas de un album a otro sin que la unidad acusara mella alguna. Probablemente no sean obras maestras si por obras maestras entendemos Blonde on Blonde, Blood On The Tracks o The Freewheelin’, pongamos. Pero desde luego, estos discos son la obra indudable de un maestro. Una obra hermosa, indeed.

Como a cualquiera, de Dylan me interesa tanto su música como su inasible personalidad. En algunas épocas concretas me interesa igual o más. Por eso miré con deleite religioso el documental No Direction Home, de Scorsese, que considero una de las grandes películas de los últimos años. Y por eso hube de comprarme las Jordan y la RS, porque no me resisto al ventajoso espectáculo que para un periodista supone ver a otro periodista intentando entrevistar a Dylan. En general, no son entrevistas, sino tentativas de entrevistas. El personaje es demasiado extenso para someterlo a la revisión de unas cuantas preguntas. Y además, en cuanto alguien aproxima un tanto la lupa, adopta posiciones lo suficientemente ambiguas, críticas o distantes como para correr un velo de desconcierto entre él y su interlocutor. Me refiero a ese modo dylanesco de situarse más allá de la imagen que el mundo tiene de él, y que viene de los primeros días. No hace falta recorrer los episodios tan conocidos. No direction Home los expone con generosidad y maestría. Hay una rueda de prensa en la que los periodistas le interrogan por la canción protesta. Dylan ni se inmuta: "No tengo idea de qué es eso que ustedes llaman canción protesta". Pero su música conlleva una importante carga de ideas políticas, le contraatacan. ¿Es que usted no cree en lo que canta?: "No necesariamente. Son sólo canciones".

La minuciosa pelea de Lethem por encontrarle un hueco en la guardia a Dylan tiene dos valores. La fotografía que enmarca el texto, en la que Dylan mira con remotos ojos grises y exhibe en el rostro las arrugas y cráteres del último planeta por descubrir. Y este párrafo que transcribo a continuación acerca de su significación como icono permanente de los Sesenta:

"La gente tiende a exagerar mucho con los Sesenta, ¿sabes? Parece que hablaran de los días de la Guerra Civil: los Sesenta (enfáticamente)... Pero, quiero decir, tú estás hablando con alguien que es el dueño de los Sesenta. Y... ¿hice yo algo para adquirir esa década? No. En lo que respecta a mí, te la puedes quedar, toda tuya. Te la regalo".

Comida y basura

Comida y basura

Ya que estamos en NYork, hablemos de perritos, de hot dogs, de salchichas, del frankfurter, como se llame. Cierta noche, hace algún tiempo, le di la serenata a unos amigos hablando de El Timple, mientras tomábamos una pinta, aportando rigurosos argumentos acerca del titánico hundimiento del perrito: en un tiempo su especialidad, una pequeña, breve forma de arte trascendental perdida en la velocidad de esta vida. Yo hablaba completamente en serio; ellos reían, concediéndome la gracia que se concede a un loco. Ahora volveré a hacerlo. Lo dijo Andrelo: "Para no ser un recuerdo, hay que ser un reloco".

Mi argumento defendía que El Timple viene a reflejar en escala menor, pero de vital importancia, el indetenible derrumbe de la calidad como factor en la vida cotidiana, media, mediocre si queremos. En esos niveles, donde nos movemos casi todos la mayor parte del tiempo, la calidad ha dejado de ser un objetivo. Importa la cantidad. Así que quienes prodigan ese bien escaso, generalmente lo hacen para diferenciarse, y aprovechan para clavar sables con artera alegría y sonrisa de favoritos. Todos sabemos de lo que hablamos, creo. Las cosas han acabado mezcladas en un borrón y de ahí nos alimentamos todos: nada sabe a nada, ni los tomates, ni la carne, ni la fruta, ni el pescado. Hay más que nunca pero no vale nada.

Reengancho con el Timple: cualquiera que se comiera un perrito del Timple antes de 1992 (que fue la frontera de la España de toda la vida con esto que nos va quedando ahora), en el viejo Timple de la Zona, sabe de lo que hablo. El viejo perrito del Timple era confeccionado con la seguridad final de una dichosa operación matemática. Proceso veloz ejercitado con mano voladora de prestidigitación. Sólo una pregunta concreta al cliente ("¿completo?") y arrancaba el número: mano veloz destapa panera caliente, pincha bollo, raja bollo, mano fugaz destapa salchichera, salchichas cocidas en agua, perfectas, humeantes, salchicha rellena bollo, y si es completo... tenazas a cebolla picada, zas zas, mano derecha cruza el espacio al grifo de ketchup, ris ras exacto sobre el borde de la salchicha, mano derecha cambia a grifo de mostaza, ris ras exacto de vuelta, mano suelta libera dos servilletas de las de hoja simple, envuelve bollo y a comer. Perrito del Timple. Exacto. Perfecto. Y cuando digo perfecto, digo per-fec-to. Ni un solo cambio en el sabor de un día a otro, ni un cachito más o menos de cebolla, ni una gota de ketchup o mostaza que amenazase la ventajosa y segura consumición del frágil conjunto. Uno podía ir a comerse un perrito al Timple con un traje de Hermenegildo Zegna recién comprado en Eduardo, y hacerlo seguro de que la corbata de seda no sufriría menoscabo alguno. Eso se llama calidad. No tiene otro nombre. El sinónimo es respeto.

Al viejo Timple me llevaba mi hermano cuando él ya era un jodido adolescente y yo sólo el pequeño, al que había que ir aproximando al borde de los caminos, a ver si daba con la dirección correcta, que no siempre debía ser la convencionalmente correcta. Vamos a comer una salchica al Gorila, así se refería mi hermano al muchacho que servía los perritos. Había otro delgado, de ojos muy claros, y a veces estaban los dos, cuando el Timple se ponía bravo en los sábados de la agitada Zona. Nosotros veníamos quizás del cine Victoria, de ver una de peleas de kung fu en Hong Kong: El mono borracho en el ojo del tigre, Operación Dragón, Karate a muerte en Bangkok... Una de esas. Bruce Lee y su chándal amarillo eran nuestros héroes más sólidos en esos días. Sobre todo cuando Bruce le arreaba a Chuck Norris o a John Saxon, que hacía de malo más malo que Fu Manchu. El Gorila y el otro, que parecía alemán no sé por qué, eran el final de la tarde o el paso a la península de la noche. Los dos ahí metidos, y esa agilidad: uno manejaba la batería de los perritos, otro saciaba a los alternativos del campero o a los heterodoxos de la hamburguesa. Todo en un espacio de dos por dos. La cerveza era quinto o tercio. No había mesas o había una mesa. Se comía de pie o sobre el estribo de Madre Vedruna o contra los coches aparcados. El  campero constituía una fe, una creencia comunicada en tradición oral a los no devotos. Era un fervor religioso, la alpargata perdida de La Vida de Brian. Yo lo probé, sí, pero jamás nadie me sacó del par de perritos. Completos. Completamente perfectos.

Todos hemos seguido comiendo los perritos del Timple aquí y allá, pero los tiempos han cambiado y el Gorila y el Alemán han dado paso a un sinnúmero de muchachos de nacionalidades aún más inconcretas que las de los dos primeros protagonistas, que debían ser de ahí al lado mismo. Y ninguno tiene la magia, ni la calidad, ni la exactitud, ni el cuidado, ni la velocidad para el repertorio de bollo, salchicha, cebolla, ketchup mostaza. Ni les preocupa. Ni quieren. Nadie les dijo que fuera importante. Nadie les señaló que hay medidas exactas en esta tradición. Así que en el totum revolutum, el ketchup vuela, la mostaza salta, la cebolla desborda por los confines del bollo y todo para en los zapatos. Hay goterones rojos que amenazan los jeans Diesel y los DKNY y los Levi's twisted. Antes nada se salía de su sitio. Era un equilibrio perfecto, atroz casi, que soportaba la mordida con todo rigor. Ahora, ay, el perrito del Timple ha adoptado la forma despreocupada e irrespetuosa del mundo postmoderno, que es una buena mierda pero muy conveniente para todos, sobre todo para los que venden. El principio sigue ahí, la salchicha cocida y lo demás, pero no... Nos hemos hecho mayores y el hot dog (ot dog, como diría Luisito Muñoz) sólo alcanza para recuerdo reloco.

En NY, hoy, ¿cómo no atacar el hot dog callejero? ¿Cómo no tentar esa memoria tan larga haciendo la prueba definitiva? ¿Cómo no recordar, desde luego, al grasiento Ignatius J. Reilly que crease John Kennedy Toole para La conjura de los necios? Su carrito de hot dogs por las avenidas elevadas y angostas en el horizonte, como cañones de cemento y acero modelado... Ese primer momento debe tener algo de iniciático, como el día que me comí el primer perrito en Londres, frente al Tower Bridge, para descubrir el poder abrasador, de hongo atómico que anula la vida a su alrededor, de la mustard inglesa. Como la salchicha vienesa en los bajos del estadio del Prater, antes de jugar con el Austria. Como las golosas salchichonas germanas en Bielefeld y aquellas cervezas maravillosas de la Alemania, que nos liberaban del dogmático queso holandés...

Allá vamos. Cruzo, miles de coches, una vaharada loca de gases fritura sale de la carretilla plateada y conquista la avenida. El tipo ya no es Ignatius, es quizás Mohammed, Viswanathan, Ahmed, qué sé yo. El proceso recuerda a lo de siempre, pero es proceso sin vida, rápido pero sin patria. Mordisco. Otro. Otro y el último. Craso error, craso como Ignatius: no se pueden comer los perritos de las calles neoyorquinas. Como poco son asquerosos. Insípidos, plásticos, hechos con con desinterés ventajoso, de mafia que maneja los hilos desde la trastienda. Probé con el falafel. Nada, lo mismo: aceite disimulado entre la verdura, añoranza del falafel jamaicano en Portobello Road, bien arriba en la calle, bajo el puente. Desesperado, me entregué a la última posibilidad, mi fe más acendrada: las películas. La última frontera de la realidad americana: probamos con el Gray's Papaya, la célebre cadena de perritos calientes... esa que nombran aquí y allá en Hollywood.

Es otro nivel, sí. Otra actitud. Otra preparación. Otra cosa. Hay cebolla pochada y cebolla pochada con tomate. El espíritu está ahí. Raja, salchicha, rellena, pinza cebolla, grifo tomate grifo mostaza. Una cierta emoción en la escenografía. Y afuera, un neón anaranjado que completa la broma: "¡Recession special: save $1!". Especial recesión: ahorre un dólar. Eso es cuidar la macroeconomía de un país y apoyar a las tropas que combaten bajo la solana y frente a las sombras en Irak. Con respecto a Mohammed Ignatius, es un paso, repito, un paso notable, aunque no definitivo. El sabor tiene mucha más enjundia, pero no alcanza para la proclamación. Y el servicio tiene esas cosas de la globalidad desbocada: los tipos que venden hablan un inglés hecho de 48 lenguas, y ahí no caben las dudas. Si te equivocas, cagaste. Si se equivoca él, estás perdido. Jamás te entenderás con ellos para deshacer la orden y reclamar otro perrito con la cebolla pochada pero no atomatada, brother. "You said onion this is onion". Literalidad. Lateralidad. Hay que saber bien lo que se quiere y asegurarse, no hay otra ocasión. Pasar el mostrador decidido entre los negros como castillos, ser cauto, preciso y ahorrativo al enunciar la orden. El mínimo desliz, la mínima duda, el detalle solitario... y Babel se viene abajo con tu puta salchicha entre los escombros.

Terminaré con dos afirmaciones absolutas. El mejor perrito de este lado del Ebro está en la calle Dato, en La Mostaza. Exacto como el del viejo Timple. Casi heróico, pienso ahora. Uno le da un mordisco y hay que aferrarse a los quitamiedos del tiempo para no desmayarse: la única diferencia es que ya no tenemos 12 años, que Jackie Chan es rico perdido y que el cine Victoria no existe. Hicieron un bingo y luego no sé... palmeras en un paseo central, tipos reunidos en las veredas, esperando algo, pero ¿qué?; ese aire de High Street en Conde Aranda, en los rough boroughs del norte de Londres. A este lado, insisto, La Mostaza. Sin duda. Al otro lado, en la tierra del lúcido Ignatius, el mejor que yo he comido me lo dio una abuela en el snack bar de Hanauma Bay, un paraíso volcánico en la costa sureste de Oahu, Hawaii. Esa playa es un edén más allá del tiempo. Si Fontanarrosa escribió un cuento sobre un cielo argentino hecho de asados y fútbol, entonces ese hot dog en la playa de Hanauma supone la indudable forma americana del cielo.

Foto: El hombre somniloquio, con un perrito de más en Gray's Papaya, en la Octava Avenida de Nueva York. Los hay diseminados por toda la ciudad. Ojo al cartel luminoso: si el país va mal, bajamos un dólar el precio del hot dog. Y que God bless America, rediós!!!!!!

La América silenciosa

La América silenciosa

"La América silenciosa / como decía Dick
es otra cosa / es otra cosa..."
(Enola Gay, de Andrés Calamaro)

¿Qué voy a decir de NY? ¿Qué decir que no sea obvio? Hablemos del Dakota, si es que podemos, si es que tenemos huevos. Para allá agarré después de un día en el parque. No me gusta tomarme las ciudades como parques de atracciones: ahora me subo al Empire State Building (que está a la vuelta de la esquina*), ahora me subo a la estatua de la Libertad, ahora me subo al edificio del Rockefeller Center, ahora a la Torre Trump... Lo mío es estar, no ir realmente a ningún lado, sólo estar. No es que quiera hacerme el vivo ni dármelas de turista alternativo, de eso nada. Yo no alcanzo ni a alternativa de mí mismo, y mira que lo intento para ver si me pongo de acuerdo. Pero me gusta sólo andar por las calles, ir al cine (siempre voy al cine en las ciudades que visito, aunque no entienda nada de la película), mirar la televisión, desde luego vacíar de miradas las librerías... Y por encima de casi todas las cosas, me gusta ir a los parques y pasar un día allá. Quizás llevar un picnic, quizás no. Sentarme, mirar, oír a la gente. Alquilar una bicicleta.

En el Golden Gate Park, en San Francisco, un día cualquiera hacia el mediodía, se reúne la América silenciosa. Eso que Calamaro llama la América silenciosa y que no sé si es esto mismo que yo pienso, pero le cae exacta la definición. La América silenciosa, para mí, reúne a los indigentes de las ciudades, que atestan carritos de la compra con cachivaches cubiertos por una lona o una colcha hilo bordado que perdió el color en algún tiempo inconcreto. Son esos tipos, y mujeres, de cara renegrida y ojos límpidos, muy azules, casi grises. En SF, los indigentes menudean: tienen un subsidio de 500 dólares para comida que los redime de la obligación de darse a la delicuencia o el robo. Están en la calle y piden con fórmulas de cortesía muy acabadas (algo así me ocurrió muchas veces en Argentina). Muchos se reúnen, como dije, hacia el mediodía en el inmenso y precioso parque del Golden Gate: rasguean una guitarra, hablan a voces en grupo, dormitan solitarios al sol, caminan con pasos desacompasados, arrastrando los pies y la mirada. Los que tocan la guitarra suelen visitar con levedad de acordes a Lennon y a Dylan y a los Beatles. Inevitable. Lo hacen todos. Parece que se hubieran quedado detenidos en los sesenta y los setenta, o que la nostalgia los rescate de la perdición. López me habló una vez de esa ótra América', reunida y vigilante en un recital de Dylan en el Spectrum de Philadelphia... Están también, en un escalón superior, en algunas películas de los Coen. Son el Nota y sus compinches. Nos entendemos.

En Central Park, este domingo, la América silenciosa se reunía en la esquina que da a Central Park West. Sin saberlo, fuimos cayendo con la tarde hacia ese lado, hasta que me di cuenta en qué dirección íbamos. Creo que toda mi vida me la pasé preparándome para ese momento, desde la manana de diciembre, cuando me preparaba para ir al colegio y mi madre me dijo: "Han matado a John Lennon". Yo pensé en Jack Lemmon, el actor. "Lennon -repitió ella-, el de los Beatles". Entonces no significó gran cosa para mí, desde luego no lo que significa ahora, pero retrospectivamente pienso que algo de conciencia dormida aguardaba, porque recuerdo ese instante (en el viejo cuarto de jugar, donde ahora está el salón, donde teníamos ese par de camas abatibles que usábamos en Navidad, cuando mi tía Micaela venía a quedarse con nosotros y narrarnos sus viajes y enviar la carta a los Reyes). El caso es que aquí estaba yo, más de 25 anos después... Cuando llegué al jardincito que llamaron Strawberry Fields ya me dio un vuelco el corazón y comencé a tararear bajito la canción: Let me take you down cos I'm going tooooo.... Strawberry Fields, nothing is real, and nothing to get hung about".

Nada en el jardín que recuerde a Lennon. Nada. Sólo césped y naturaleza. Sobre la linde del parque, apenas un embaldosado circular en el que se lee Imagine. Las japonesas se tiraban largas en el piso para hacerse las fotos; algunas occidentales tomaban posiciones casi eróticas, como abrazando sensualmente el Imagine del centro, mientras los novios disparaban alegres. A un lado vi a un tipo desastrado con un instrumento a medio camino entre el organillo y una suerte de acordeón rarísimo, con un fuelle con el que trabajosamente iba reuniendo las notas de algunos temas capitales de los Beatles. Acompanado de unas partituras y de la voz de una mujer que parecía el fantasma mejorado de Janis Joplin, intentaban dar con los acordes y las letras, sin acabar de lograrlo. Me senté y empecé a dirigirlos con la voz, aunque a menudo debía pararme a esperar porque el tipo no debía ver lo suficiente ni para seguir las partituras, de forma que el trío resultó un desastre, casi patético. Al otro lado de la arboleda y el límite del parque se veía, inconfundible, el edificio Dakota. Me negué a fotografiarme en ninguno de esos lugares. A la segunda canción me puse a lagrimear, rodeado de la América silenciosa: un indigente aferrado a una lata de cerveza como si fuera la barra del autobús, otro tan borracho que extraviaba de continuo las letras de las canciones. Unos cuantos más con sus perros y los carritos de supermercado atestados de basura, fumando en los jardines... Qué raro que Lennon haya sido un arquetipo para esa América inaudible, qué raro caminar hasta el Dakota y contrastar el lujo, la ostentación: el tipo  de librea y gorra relojeando a todos los que vienen o van, la bóveda iluminada por dos faroles desproporcionados que penden del muro, el patio ostentoso de adentro.

Me pareció todo rarísimo y enseguida me fui caminando, en silencio, hacia el downtown... Hoy mismo me compro la camiseta con la famosa foto de Lennon con una camiseta de Nueva York.

 (*) Una modesta recomendación para quien visite NYork: el Metro Hotel, en la calle 35, a la vuelta de la Quinta Avenida. Nivel turista pero de diseno más que agradable, imágenes de actores y actrices de siempre en los muros, el Metro Bar-Grill pegadito (sabrosísimos penne con pollo y salsa de vodka, ay... y jazz algunos miércoles en directo). Desayuno continental e internet gratis. Y sobre todo, la terraza del piso 13, que da al Empire State y procura algunas vistas portentosas del magnífico edificio. Y además te suben comida y bebida del bar. Pequeños lujos iluminados (Dalí dixit...).

Sonría, por favor

Nervioso diálogo previo a una inmersión en aguas de Hawaii, entre el hombre somniloquio y Jen (su babysitter en la profundidad), para ver los restos del Sea Tiger: un barco de inmigrantes coreanos (chinos, corrigió alguien...) hundido con fines comerciales -pragmatismo capitalista oriental- frente a la costa de Oahu:

M: Y si nos cruzamos con un tiburón, ¿cuál es el protocolo (sic) de actuación?
Jen: ¡Le sacamos una foto!

La mano (izquierda) del diablo

La mano (izquierda) del diablo

 

-Bundini, vamos a bailar?
-Toda la noche -dijo Bundini.
-Si, vamos a bailar -dijo Ali-, vamos a bailar y bailar. ¿Qué vamos a hacer? -preguntó a Bundini, Dundee y Kilroy.
-Vamos a bailar -dijo Kilroy con una sonrisa triste y llena de afecto-. Vamos a bailar toda la noche.
-Sí, vamos a ba-aila-ar -exclamó Ali. Y volvió a dirigirse a Broadus-: Dile que se prepare.
-No pienso decirle nada -susurró Broadus.
-Dile que más le vale saber bailar.
-Él no baila -consiguió decir Broadus como una advertencia-. Mi patrón tiene cosas más importantes que hacer.
-¿Que no qué?
-No baila -dijo Broadus.
-El hombre de George Foreman -exclamó Ali- dice que George no sabe bailar. George no puede ir al ba-aile!
-Cinco minutos! -gritó alguien, y Youngblood alcanzó una botella de zumo de naranja al boxeador. Ali bebió un largo trago, equivalente a medio vaso, y miró divertido a Broadus.
-Dile que me pegue en el estómago -dijo.

(Los minutos previos al combate Ali-Foreman en el Zaire, mientras el Loco de Louisville se prepara en medio de un ambiente de depresión y derrota. Le supervisa, de acuerdo al reglamento, un tal Broadus, del equipo de Foreman. La escena la describe Norman Mailer en su libro sobre la legendaria pelea, The fight).

A veces los hechos se reúnen como si se conocieran, con un algo de magia. En el aeropuerto de San Francisco compré un libro de fantásticas semblanzas de los más grandes boxeadores de la historia. Los cien mejores a juicio de Bert Randolph Sugar, uno de los más divertidos, documentados y sugerentes escritores de boxeo de la prensa americana. Mike Tyson aparece en el número 100. Al llegar a Las Vegas, en medio de una gigantesca sala enmoquetada que hace de recepción (habría unos quince recepcionistas en un larguísimo mostrador en forma de ele), vi un aparatoso ring instalado en el centro, pegado a un grupo de maquinitas para jugarse los billetes de dólar de cuarto en cuarto. A la derecha, un saco rojo de arena colgaba de un leve trapecio, y el punching ball estaba sujeto de la escuadra con un mosquetón. Mike Tyson pasa estas semanas entrenándose en ese hotel. Tyson!!!! No uno de los más grandes de la historia, desde luego, aunque en algún momento pensamos que pudiera serlo. Eran los días en que derribaba hombres en segundos, con esos golpes en la quijada, como de Conan el Barbaro, como si le pegara a una mula y no a un ser humano. Fue el campeón más joven de la historia y también el más joven en perder el título mundial. Desde luego, me arreglé para presenciar uno de los entrenamientos de Iron Mike. La gente lo esper’o también, rodeando el ring con intereses desiguales. Ver a Tyson tiene algo de circo. Es ver a un boxeador, pero también ver a un hombre perdido, a un outcast, a un tipo derrotado, encarcelado, acusado de violación. Yo sentí que había algo de horror morboso en la escena: verlo de cerca, quizás tocarlo, sería como acariciar la panza pálida de un tiburón blanco muerto por un viejo pescador de fortunas, cazado después de que devorara a tres chavales. Tyson no ha devorado hombres, aunque sí una minima parte de ellos: un cacho de la oreja escandalizada de Holyfield, en aquella pelea que se celebró cruzando el Strip de Las Vegas, en el MGM Grand, apenas a 500 metros. Desde aquello, Tyson no tiene licencia para pelear en el estado de Nevada. En realidad, Tyson no tiene casi ni pasado. Tiene una ficha policial y, como dice Randolph Sugar, "más intentos de regreso que Frank Sinatra". Después de un rato de espera amenizado por un negro chillón que le hace de jefe de pista, veo a Tyson venir rodeado de otros negros contundentes. Hay uno con la camiseta número tres de Ben Wallace, el de los Pistons, que es aún más grande y cuadrado que el mismo Ben Wallace. Tyson viene encogido en el medio de esa barahúnda oscura que se mueve como un cuerpo único, la mano derecha cruzada sobre el pecho con cierto desmayo, como en un perpetuo acto de solicitud de perdón para el hombre sin redenciones. Una incipiente panza le abomba el estómago. Por lo demás, sigue teniendo un aspecto terrible, aunque eso ya no le sirva demasiado entre las cuerdas, pero aún asusta a cualquiera. A dos metros, su cabeza parece hecha de adobe y es desmesuradamente grande, como la de una estatua romana. Está unida al resto del cuerpo sin intermedios, sin cuello, sin península, igual que si alguien se la hubiera encajado a martillazos para que no se le moviera más. Estoy viendo al diablo vestido de negro desgraciado, boxeador en extravío imposible, campeón derrotado en lucha y revancha. Cómo no sentir lástima por esa bestia enjaulada. Pasa a mi lado. Alargo la mano: Hey, Mike!!! Tyson toma una mano contigua a la mía, me sobrepasa. Hey, Mike!!!, vuelvo a llamar. Repentinamente gira el cuello monumental y me mira. Le veo los tatuajes en la sien, que son como brea inyectada en su piel. Termina de rotar su cuerpo trabajosa, lentamente, y alarga la izquierda para tomar la mía. Es como piedra, rugosa, basta, demoledora como lo puede ser un almirez. Se detiene con unas chicas venezolanas, llamo su atención, nos hacemos una foto y le digo: Mike, you’re a champ! Y luego el diablo se larga pidiendo perdón hasta el ring, sonriendo abrumado o entontecido. Hay algo raro en él. Algo terrible. Algo diabólico, atrozmente inhumano.

La noche del Predicador

La noche del Predicador

 

"Swaggart has been caught with his trousers round his knees /
After damning me and you to hell for eternity /
Sex and power and money is the prayer of these priests /
They bribe their way past heaven's gates and steal a set of keys
"
(God Only Knows, de James)

En el paréntesis oscuro de un jetlag, la realidad llega a adquirir formas turbadoras. La otra noche, una madrugada de neblina en San Francisco, combatía al reloj del cuerpo (el otro, el que dice las horas, es apenas una mierda de convención) leyendo La noche del cazador, la adorable novela de Davis Grubb sobre la que Charles Laughton engastó una joya de película. Y silenciosamente odiaba a Walt y Icey Spoon -dos personajes ignorantes, beatos y conformados- que le abren las puertas con su estulticia al malvado predicador de los nudillos tatuados. Me preguntaba: ¿Es posible la America que representa ese deprimente matrimonio de la heladería? Devoré un centenar de paginas mientras afuera la madrugada silenciosa corría hacia ningun lado, y finalmente capitulé en un acuerdo de mínimos conmigo mismo: para dormir habría de mirar la television sin mirarla ni oírla, en rigurosa lejanía. Anulé el volumen y pasé canales al azar. Como la bola de una ruleta que busca un número prefigurado, me detuve en la imagen de un predicador negro que repartía botellines de agua milagrosa entre sus feligreses. El agua curaba enfermedades y almas negras. Pero antes, el reverendo forzaba la confesión de aquellos pobrecillos. En el silencio enmascarado, la desesperada contrición tomaba la forma del llanto, el asentimiento de los espectadores -largos yeah, yeah... yeah brother, you gonna save your fucking sinner nigger soul, yeah brother!!!-, la mirada admonitoria del aventajado predicador... Luego venía otro. Luego otro. Todos lloraban, se deshacían la dignidad en un gimoteo delirante para que el público estallase en aplausos frente al milagro de la nada. Los otros sostenían las cenizas de su llanto, un llanto llorado porque se estaban salvando. Y salvarse debe ser la hostia. Televisado para quien lo quisiera ver.

Maldiciendo a Walt y Icey, y a estos otros, fui a otro canal. Un grupo de animosos blancos, por decenas, saltaban repetidamente sobre una breve camita elastica de apenas un metro de diámetro. Urban Bouncer, así se llamaba el invento. Esta vez el predicador vestía una ajustada camiseta elástica y sonreía a dentadura abierta, no como el otro. Los músculos se le agolpaban en todas las esquinas del chasis. Ese cerebro aceitado era el inventor del Urban Bouncer, y con él predicaba la salvación de los cuerpos, el kármico el organismo perfecto, el pecado expiado en gotitas de sudor. Estúpidamente, varias decenas de fieles saltaban incansables sobre la camita elástica. Boing, boing, boing y su puta madre. Sin parar. Pasé a otro canal. Esta vez la bestia se llamaba Turbo Fitter. Invento del demonio consistente en un programa de variados espasmos musculares. Una rubia gastada prometía la eternidad de los tejidos con una sesión diaria de ese baile tribal de necios que otros tantos feligreses practicaban con religioso ardor. El Turbo Fitter te pone en forma a toda hostia, y vas directo al cielo de la belleza genital, que es la única que importa porque de la interior solo se da cuenta tu perro, que ve en blanco y negro y tiene un idioma de una sola palabra: guau. Pase lo que pase, chicos... guau. Me dormi en algún punto entre la salvación muscular y el Urban Bouncing de las almas perdidas. Entre brumas matinales entreví la falla de San Andreas que venía abriendose en canal desde el océano hacia la ciudad, devorando hombres y bicicletas a su paso...

A estas horas, el predicador Powell aún recorre el río como una sombra, persiguiendo a los chicos. La noche del cazador no se acaba nunca. Tampoco la de los predicadores orales o musculosos. Todos quieren lo mismo: saber donde ocultamos el dinero. John y Pearl lo saben, pero también saben distinguir el bien del mal y no se tragan el cuento de los nudillos de Robert Mitchum: la mano llamada Amor, la mano llamada Odio, en lucha eterna y victoria incierta. Icey y Walt Spoon, sin embargo, no entienden nada. En medio de la madrugada vasta de San Francisco, los negros buscan la salvación del alma. A los blancos eso les importa una mierda. Que le den por el culo al espíritu, eso quedó perdido entre Haight y Ashbury en el verano del 67. Ellos sólo quieren hacerse un cuerpo perfecto para dar bien en la foto de la eternidad.

Mark Twain en San Francisco

Mark Twain en San Francisco


"El invierno más frío que he pasado fue un verano en San Francisco".

La frase, generalmente atribuida a Mark Twain, sirve para explicar el singular microclima en la ciudad californiana. La niebla que sube y baja como una manta vaporosa desde el océano y que condena a este lado de la bahía a una disension obvia con el resto de California... Lo mas notable de la frase no es lo que tiene de verdad, sino que Mark Twain, que sepan los que saben, jamás llegó a decirla. Al menos no aparece documentada, lo que indica que estaríamos ante otro falso amigo de la cultura popular. Hay quien piensa que se la atribuyó alguno de los poetas beatniks (o peor, sus pálidos imitadores); o que resultó de la perversión de una anotación suya que tendría que ver con la necesidad de un abrigo en enero y en agosto en Cisco... Por lo visto la frase aparece en ’Escape from Alcatraz’, la película en la que Clint Eastwood recrea la evasión mas famosa de la historia de la prisión: la que protagonizaron Frank Morris y los hermanos Anglyn. Pacientemente los tres, situados en celdas contiguas, modelaron maniquíes de sus propias cabezas para pegársela a los guardias, abrieron un butrón en el respiradero del muro posterior de sus habitáculos (la leyenda dice que con una cuchara, pero nadie lo cree) y salieron por los respiraderos a la heladora bahía. Se escaparon, pero no se sabe si alcanzaron tierra porque nunca más se supo de ellos... Nadie los ha visto. Si escaparon a Brasil, las morenas no lo han contado o bien no los conocían o tal vez nunca hayan visto sus fotos colgadas en los animosos paneles que cuentan la historia sobre los barrotes del penal de Alcatraz. En las celdas de aquellos tres siguen abiertos los irregulares agujeros que cavaron.
Afuera, en la bahía sopla el viento. La niebla sube desde el océano para cerrar la tarde y abrazar los erguidos edificios del centro financiero. Mark Twain nunca dijo aquello, pero debería. A lo mejor lo dijo uno de los hermanos Anglyn, después de chapotear helado hasta tierra firme desde la roca...

Glenn Ford (1916-2006)

Glenn Ford  (1916-2006)

 

-¿Es que no te importa ser una mujer casada?
-Lo que quiero saber es... ¿te importa a ti?