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Somniloquios

El sueño del lagarto

El sueño del lagarto

 

Woody Allen tituló una película así: Septiembre. El mes nostálgico por excelencia, metáfora de metáforas. Woody situó a Elaine Stritch y Mia Farrow en un escenario decadente y melancólico, de hojas que alfombran despacio el suelo y soles en caída hacia el ocaso. Todos los ocasos el ocaso. El final del verano. La vida que de pronto escapa a nuestra mirada. La gente que afronta los últimos trenes y lo sabe. Los que de pronto se han ido. Las tardes que acaban. Los días que van, los que fueron. La memoria ha buscado El fin del verano: aquella bonita canción de Danza Invisible, un grupo queridísimo que murió de éxito trompetero tras haber frecuentado un lenguaje impropio para la música española de mediados de los ochenta. En sus canciones lo mismo cabía una cita de T. S. Eliott que etílicas emociones de clanes gamberros y oscuras deserciones poéticas de eso que llamamos amor. Lo mejor de su producción quedó en el aire de aquellos vigorosos directos suyos, que significaban un canto desaforado al arte involuntario de la juventud. En el olvidado Rincón de Goya hubo uno glorioso. Los llegaron a declarar el mejor grupo español en directo, aunque la competencia entonces era feroz. Aquellos recitales de enfurecida adrenalina controlada los encarna el Lp en directo que Danza publicó hace ya tantos años que ni me acuerdo. Lo tengo en vinilo. Lo vi decenas de veces en cedé y no sé por qué no lo compré. Ahora que lo quiero, no lo encuentro por ningún lado... Aquella canción que sonaba estos días en el recuerdo es El fin del verano. Ahí va, para rebozarnos alegremente en la nostalgia:

El fin del verano siempre es triste
Aunque entre las mantas pueda hablar de amor
Del cielo gris al cielo beige
Oler castañas
Y entre el humo anhelar el calor

 

Pero el fin del verano es triste

Aun cuando sabemos que todo es un ciclo

Y llegará el día en que sudando

Desearemos otra vez el frío enero

 

El fin... el fin del verano

 

Es el momento de la lluvia

Las hojas muertas color ocre

La hora del sueño del lagarto

El fin del verano es triste

Querámoslo o no...

 

Lejos de los ojos guardaremos la piel

Pero el fin del verano es triste

Aunque entre las mantas pueda hablar de amor

La noche alarga su jornada y el día,

Vago y breve, se escapa

 

Abril es el mes más cruel

Alguien lo dijo antes

Pero el fin del verano es triste y ahora...

¡Aún soy joven!

Foto: Javier Ojeda, líder vocal de los malagueños, derrocha energía en un concierto de Danza Invisible. Ahora lanza su primer disco en solitario, Polo Sur. De Danza hace mucho que sólo me interesan los recuerdos previos a Sabor de Amor.

El simple arte de Chandler

El simple arte de Chandler

De las incontables veces que he visto El sueño eterno, la primera que recuerdo tiene que ver con una apagada tarde londinense en un cine de arte y ensayo, que programaba un feliz ciclo sobre Bogart. Inevitable. En Londres, para cualquier cosa hay que quedar una hora y media antes de la hora. No importa si vas al fútbol, al cine, a dar un paseo o a ningún lado: esa hora y media reglamentaria corresponde al tiempo preciso para la necesaria visita al pub y el par de pintas de rigor. Así que quedamos a la una y media, con Pablo desde luego, tomamos al menos el par y luego nos metimos al cine a ver El sueño eterno. Esa película resume a Raymond Chandler, el autor de la novela: uno sabe que apenas va a comprender la trama, que va a extraviarse seguro en la maraña de villanos que se superponen a otros villanos y que llevan a otros villanos. Que a partir de la visita de Marlowe al general Sternwood todo va a resultar confuso pero, sin embargo, emocionante, vigoroso, divertido, chispeante... ¿Misterioso? A quién le importa el misterio. Así es la novela de Chandler. Así es la escritura de Chandler. El sabio guión de William Faulkner (!) acentuó esas virtudes.

Ya he mencionado en alguna ocasión anterior que el exilio voluntario de agosto siempre exige la novela negra, los policiacos. Y que en la selección anual de la maleta siempre va incluida una de las novelas de Ray Chandler para su relectura. No sé cuántas veces habré leído cada una de ellas, pero vuelvo a hacerlo cada vez y con idénticos resultados. Este año le ha tocado a El sueño eterno, que no me parece la mejor ni es la que más me gusta. Adoro El largo adiós, que es mi campeona del mundo. Me encanta La dama del lago. Y las demás. Pero El largo adiós no admite comparación. Es tan negra, tan melancólica, tan disparatada, tan confusa, tan querible como Marlowe, el detective. Puede que Marlowe, de paso, sea uno de mis personajes favoritos de novela en toda la la Literatura. Puede que Chandler sea uno de mis autores favoritos. Y eso que a Borges y Bioy, que son un canon más que respetable, no les interesaba mucho y preferían a otros autores más cerebrales, de misterios más finos, más intelectuales. Chesterton por encima de todos. Quién va a enmendar a B y B, claro, y menos contra Chesterton. Pero Chandler me divierte tanto...

Transcribo algunas anotaciones propias acerca de la lectura de El sueño eterno estos días. Frases, costumbres literarias, métodos, pensamientos, diálogos. Si tienen algún valor será el de la admiración y el anhelo imposible de escribir así. Para quien comparta esa comezón, recomiendo con fervor la lectura de El simple arte de escribir, epistolario formidable de Chandler. Ahi van los fragmentos de El sueño eterno:

"El mayordomo se alejó a través de las abominables plantas. El general volvió a hablar, utilizando su energía tan cuidadosamente como una corista sin trabajo cuida su último par de medias nuevas".

"Encendí un cigarrillo y le eché una bocanada de humo, que él olfateó como un terrier el agujero de una rata".

"El anciano inclinó la cabeza como si el cuello estuviese asustado del peso de ésta".

"Ninguna de las dos personas que había en la habitación hicieron caso alguno a la forma en que había entrado, aunque solamente una de ellas estaba muerta".

Chandler aporta formidables descripciones físicas y morales de sus personajes:
"Un hombre de ojos fríos, con cara de cuchillo, tan flaco como una calavera y tan duro como el director de una casa de préstamos". "Tenía los dedos largos y nerviosos de un hombre con mente ágil. Parecía estar listo para una pelea".

También de los escenarios. Las comparaciones de las que Chandler se vale para ello son deliberadamente hiperbólicas, pero muy vivaces: "Había estanterías bajas y una gruesa alfombra china de color rosa, en la cual una ardilla podía pasar una semana sin asomar la nariz por encima de la lana".

La escritura de Chandler posee un singular vigor que define ese estilo negro en el que la trama no importa tanto como los arquetipos, el diálogo, las circunstacias, el fondo (negro) contra el que se proyecta la historia:
"Al día siguiente leí los tres periódicos de la mañana mientras comía huevos con jamón. El relato de lo sucedido se acercaba a la realidad lo que los relatos periodísticos suelen aproximarse: tanto como Marte se aproxima a Saturno".

Los diálogos brillan como joyas:
-Es pintoresco en los asuntos policiacos observar cómo una vieja mirando por una ventana puede ver a un individuo corriendo e identificarlo entre varios seis meses más tarde. Sin embargo, mostramos a los empleados de un hotel una buea fotografía y no están seguros al pedirles que lo identifiquen.
-Ese es uno de los requisitos precisos para los buenos empleados de hotel.

Jonny vuelve para frenar la maldición de Wilkinson

Jonny vuelve para frenar la maldición de Wilkinson

Un jefe de la sección Más Deporte de AS aficionado al rugby es lo más cerca que ha estado este juego del main stream deportivo nacional. Pero hemos colado ahí a Fermín y, mientras reaccionan, el chico sigue dándole alegres páginas dobles de apertura a este "juego de villanos practicado por caballeros". La última, este buen reportaje acerca del regreso de Wilkinson a la acción después de casi tres años. Las frases bonitas acerca del rugby están muy bien, y puede que tengan algo de verdad. Cierto que el rugby posee una nobleza que dignifica un juego por otro lado refractario a cualquier redención, pero cuando uno se pone la camiseta y entra en ese fragor incomprensible de golpes, se da cuenta de que hay tipos (muchos tipos, y generalmente muy grandes) que nunca han oído esa frase o no la han entendido o, aún peor, la han entendido pero no quieren saber nada. Lo sabes porque están en tu propio equipo y entrenan a tu lado todas las semanas. Es más... a veces son los que dirigen desde la banda. El silogismo sale fácilmente y se razona en cada agrupamiento: si están en tu equipo (y en tu vestuario), están en el de enfrente. Encontrárselos sólo es cuestión de tiempo. Como los novios desconocidos de nuestras amigas, siempre acaban por aparecer. Mientras, leemos a Fermín. 

Jonny vuelve para frenar la maldición de Wilkinson 

Desde que no juega él, su selección no ha ganado nada. Ha encadenado nueve lesiones seguidas

Los Yankees lo bautizaron como Come Back Kid. El niño que siempre vuelve. Su niño era George Herman Ruth, Babe Ruth, el mejor jugador de béisbol de todos los tiempos. El Bambino llegó al Yankee Stadium con 26 años y una sospechosa barriguita, mientras condenaba a los Red Sox de Boston a décadas de fracaso: ‘la maldición de Babe Ruth’. No volvieron a ganar las World Series hasta 2004. Los Yankees lograron el título en 1921, pero 1922 fue un annus horribilis. El alcohol atenazó a Ruth y el triunfo se mudó al norte de Manhanttan, con los Giants.

La temporada del 23 arrancó fuerte: Yankees-Red Sox en el viejo estadio del Bronx. 65.000 personas en la grada y Babe Ruth en el banquillo. Cuando saltó al diamante, el locutor no tuvo piedad: “Toca batear a Babe Ruth. It’s over (Está acabado)”. Ruth descosió la bola en su primer batazo logrando el home run más famoso de la historia. Fue el Come Back Kid. El mejor Babe regresó y siguió en los Yankees hasta alternar con Joe Di Maggio, su sucesor. Allá por 1934.

Inglaterra sueña en estos días con su particular Come Back Kid. Su protagonista es Jonathan Peter Wilkinson, Jonny, que lleva tres años escuchando como le repiten el funesto estribillo: ‘It’s over’. Pateó el drop que otorgó a Inglaterra su primer y único título mundial de rugby. A decir verdad, el único que reposa en las vitrinas del Hemisferio Norte.

Telstra Stadium de Sydney. 82.957 espectadores. Wilkinson recibe el balón de Dawson y logra el drop más famoso de la historia con su pierna mala. Mientras, Mom Wilkinson compra verdura en el mercado. Lo que pocos saben es que Wilko jugó el Mundial con problemas cervicales. La vértebra C5 oprimía un nervio que maltrataba a Jonny. Tras el Mundial entró en quirófano. Y no salió de él. Desde aquel 22 de noviembre de 2003, ha encadenado nueve lesiones: Rodilla, cuello, roturas musculares... Hasta una inoportuna apendicitis.

Ahora el apertura ve la luz al final del túnel. El de Frimley ha sido convocado por su seleccionador para los amistosos de otoño. Desde que Wilko dejó la selección, Inglaterra no ha ganado nada. Parece acabada. ‘It’s over’. En Boston ‘la maldición de Babe Ruth’ castigó a los Red Sox durante 84 años. En Buckingham Palace no quieren que ‘la maldición de Wilkinson’ dure un día más. Esperan otro Come Back Kid. El niño que siempre vuelve: Jonny.

Foto: la patada voladora de Wilco que se cargó el vals de Matilda en el Mundial australiano de 2003.

El rugby: hipótesis de futuro

El rugby: hipótesis de futuro

Fermín de la Calle publicó la semana pasada en AS dos páginas de fervorosas hipótesis acerca del futuro del rugby en España donde, dicen, este deporte crece con la velocidad de una brizna de hierba. AS atiende bien el querido rugby, al que yo le debo tanto y que no cuido lo que debiera en Somniloquios. Borges conjeturaba que el arabismo del Corán está demostrado en que en sus páginas no se nombra a un solo camello. Tan connatural es el animal a la vida diaria que no parece necesario hacerlo presente. A mí me ocurre algo parecido con el rugby. Por eso traigo a Otras voces... esta noticia y artículo de opinión de Fermín, hombre de prosapia ovalada. La foto pertenece a una melé entre sombras del Seminario de Tarazona frente al Fénix: el primer rojo de izquierda a derecha, que aparece semitapado y en inconclusa posición de empuje, es el hombre que a veces habla en sueños.

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El rugby quiere reclutar al Madrid y el Barça 

El Real Madrid dispuso de una sección de rugby en los años 20 en la que había futbolistas reconvertidos como Eulogio Aranguren. Ahora, el clásico futbolístico puede extrapolarse al rugby. Las gestiones pintan muy bien.

El primer Real Madrid-Barcelona del rugby español está cada vez más cerca de convertirse en una realidad. El Barça, que contaba con un equipo en la Primera Nacional grupo C, ha llegado a un acuerdo con el USAP Barcelona, según confirmaron a AS fuentes federativas, para que el equipo del Universitari lleve el nombre del FCB Barcelona y los colores azulgrana. Los contactos que se han venido produciendo en los últimos tiempos entre la directiva culé y la del BUC han llegado a buen puerto, lo que permitirá el estreno del equipo azulgrana en la División de Honor del rugby español.

El caso del Real Madrid es diferente. El club de Concha Espina ya dispuso de una sección de rugby en los años 20, que la nueva directiva ha querido recuperar ahora. Todo ha partido de una oferta por parte del alcalde de la localidad madrileña de Boadilla, Arturo González Panero, miembro del Partido Popular. El edil contactó con el vicepresidente de la entidad blanca Juan Mendoza, aficionado confeso al rugby, que recibió la noticia con entusiasmo. La predisposición del club que preside Ramón Calderón es óptima y las gestiones avanzan favorablemente. El club que asimilaría el nombre y la equipación blanca sería el CRC Madrid Noroeste, heredero del Canoe, que la pasada temporada volvió a la División de Honor. El CRC Madrid Noroeste había sido descendido por el Comité de Competición de la FER, debido a unos problemas con las fichas en sus categorías inferiores.

El Madrid había mostrado públicamente su intención de activar sus secciones de fútbol-sala y fútbol femenino. Y esta oportunidad brindada desde la directiva del Madrid Noroeste por boca del alcalde de Boadilla ha sido bien recibida por Mendoza, que ve en ella una forma de respaldar el rugby dando un empujón mediático con el desembarco blanco. Hay precedentes favorables como el del Newcastle de Jonhy Wilkinson, ganador de la Liga inglesa y de la Heineken Cup (Champions del rugby). O el desembarco de Berlusconi en el rugby transalpino con el fichaje de los mitos David Campese y John Kirwan.

Juan Mendoza sabe que el rugby es un deporte en alza que ha disparado su popularidad tras la disputa del Mundial de Australia, en el que Inglaterra se hizo con el título, y que el año que viene se disputará en Francia una nueva edición de la Copa del Mundo. El bajo coste del mantenimiento de una sección de este tipo y el prestigio de este deporte hace pensar que el acuerdo se producirá en las próximas semanas. Si ocurre, apunten una fecha: 21 de enero de 2007. Jornada 8ª: CRC Madrid-USAP. Quizás, el primer Real Madrid-Barcelona del rugby español.

 

Entre las aulas y la barra del 'Cantábrico' 

El rugby es un deporte que nació en los patios de las Universidades y se fraguó en las barras de los bares. Un estudiante de veterinaria, de nombre Baldiri Adeu Torres, llevó el rugby a Sant Boi de Llobregat, donde mucho antes de que naciera Pau Gasol nació la UE Santboiana. Corría 1921. Unos años después, septiembre de 1939, en Valladolid, Pepe Hurtado (tío-abuelo de servidor de ustedes) entró en las dependencias del SEU y pidió "un balón oval y ropa para dos quinces". Meses más tarde, en la barra del 'Cantábrico' (calle Santiago esquina Plaza Mayor), Hurtado, apodado El Bufanda, junto al ingeniero Ángel Audibert y el inolvidable Pepe Rojo, El Topo, consiguieron completar el primer quince del rugby vallisoletano.

Luego recogió el testigo el Padre Bernés, cura francés profesor de El Salvador, que llevó el rugby al patio del colegio cosechando éxitos en categorías inferiores. Bernés, con la ayuda de los Enciso, saga que hoy perpetúa el capitán de la Selección, Alvar, levantaron los cimientos del actual Cetransa con la ayuda de los hermanos Berdugo, entre otros. Los chamizos encontraron una dura pugna en los queseros, del colegio Lourdes. Hoy, Cetransa El Salvador y Quesos Entrepinares VRAC mantienen esa sana rivalidad.

En Madrid, la mejor correa de transmisión para difundir el rugby fue la Universidad. Arquitectura arrancó en el año 31, pero no fue hasta su segunda etapa, a partir de los 70, cuando cosechó más éxitos. Otros colegios como Canoe, Cisneros o Liceo Francés protagonizaron las primeras páginas del rugby madrileño. En Andalucía despuntaron Monte Ciencias y la cantera del San Jerónimo. Y en el País Vasco el Guetxo abrió una senda que ha seguido el Bera-Bera. Ahora el fútbol amaga con aterrizar en un deporte que nació en las aulas de la Universidad y se consolidó en las barras de los bares.

Cruzamos la noche

La verdad que tenía una sonrisa inalcanzable y yo lo supe desde el principio, pero cómo no vaciar la noche admirándola, para hilvanar en el pensamiento una mínima advertencia de lo que podría ser tenerla. Tener esa sonrisa, para mí solo. Ella había quedado sentada así, de frente a la calle suspendida en la madrugada, hueca como un escenario. Así, los pies en el siguiente escalón de piedra, las rodillas dobladas y los brazos sobre ellas. Yo me acosté contra el muro, que en realidad le hacía de pedestal a la efigie de un prócer de la medicina, y desde ahí la miré, vadeando esa distancia corta pero intensa. Extrajo del bolso un recipiente chiquito, con un círculo azul y otro blanco, se sacó las lentes de contacto y las cambió por unos anteojos de pasta oscura. Se puso hermosa pero ya no encontraba más formas de decírselo. A cada atisbo ella le clavaba a mis palabras o a las conversaciones unos largos silencios que parecían definitivos, como si al segundo siguiente fuera a decir:

-Mira, yo estoy cansada, mejor me voy a casa.

Y sin embargo, ahí estábamos. A la espera de un milagro, como diría el Tete. La melena caoba le caía sobre los hombros en un remanso de volúmenes, y en lo alto de la frente se había hecho un bucle aplastado hacia atrás, que sujetó con un pasador. Eso le despejó la mirada como un cielo de verano y pensé en decírselo.

-¿Te gusta la noche? -pregunté.
-Por supuesto, mucho más que el día.
-Las de verano son las mejores.
-Sí -dijo ella-. Perfectas para cualquier ocasión.

Me quedé pensando en las ocasiones perfectas.

-La noche es mi territorio. -Hice una pausa-. Lo que me gusta es que por la mañana parece un sueño. Así que cualquier cosa puede ocurrir o parecer que ha ocurrido...

Ella asintió sin decir nada ni mover la cabeza. Asintió, o yo creí que lo hacía, con uno de sus silencios. Pudiera ser que no.

-Y sin embargo, aquí estamos -tanteé.
-Sip.

Dijo así: sip, como si quisiera que la afirmación le quedara dentro de la garganta, envuelta en nada.

-¿Qué haces, dónde estás ahora?

Se volvió para mirarme e inició una sonrisa. Luego dijo no con la cabeza, despacio, sin quitarme los ojos de encima. No, dijo moviendo la cabeza, muy claro pero en silencio otra vez. Nítido. No.

-¿Cruzamos la noche? -preguntó después.
-Crucemos la noche... pero, ¿a dónde?
-No sé -dijo poniéndose de pie, y se limpió la suciedad de los pantalones con unos manotazos-. Crucemos...

Me incorporé.
-...al otro lado. ¿Te parece?

Echó a andar enseguida, cuando aún estaba terminando de preguntarme si me parecía, con ese tono burocrático ("¿te parece?"), y yo me dispuse a seguirla. "Me apetece un chocolate frío y espeso", dijo en voz muy alta, como aniñada. Dejé que se adelantara unos metros y me detuve para mirarla caminar. Serenamente bajó la avenida y pronto la vi mezclarse con la gente que ya ganaba las calles, hasta que su figura entró blanda en la claridad inicial del día, el sueño y la mañana.

El color de la derrota

El color de la derrota

Para Arancha, a cambio de una sonrisa.

El Zaragoza ha cambiado su camiseta 'avispa' por el último diseño : un azul marino sin referentes históricos. El amarillo espanta a Paco Flores, y esa superstición está en el origen de tan desconcertante variación. Los colores no ganan ni pierden, pero refieren una historia más allá de la anécdota.

Amarillo es el trigo limpio de los campos que mece el viento, y el corazón de algunas flores, y amarillo es el sol que los alimenta y que arde en el desierto, también amarillo. Amarillo es el destello último de algunos ojos y la mirada de las fieras, amarilla es la melena del león que dibuja un niño y amarillo es el oro de los tigres, que fascinaba al viejo. Amarillo el cabello laberíntico de Marilyn, amarilla la melena de Lana Turner y el fulgor radiante de Jean Harlow; amarillo el pañuelo en el cuello de John Wayne, la piel de Homer Simpson, las camisas viejas, los diarios olvidados en un cajón, el periodismo estúpido...Amarillas las natillas de mi abuela -con galleta, por favor-, y sus manos amarillas, de un amarillo precioso; amarilla la yema del huevo frito, amarillo el plátano de Canarias y el azafrán del curry indio, y amarillos los girasoles, y amarillo el mundo soñado de Van Gogh, y amarilla la silla de su habitación en el Arlés amarillo.

Amarilla es la cara interna del capote y el destello de la espada. Amarillo el impermeable de los hombres de mar, mis camisas, y el jersey del niño pijo. Amarillo era el tractor, y el submarino. Y amarillos son los taxis de Nueva York. Amarilla es la fiebre. Y amarillo el oro.Amarillo es el campeón del Tour de Francia, y amarillo es Aitor, aunque le digan dorado. De amarillo visten los Lakers de la California amarilla. 'Verde e amarelha' es la bandera del campeón del mundo, y su camiseta amarilla, sobre el negro de los genios. Amarilla y negra es la de Peñarol de toda la vida, y la del Iberia Sport Club lo era. Amarillo tiene también la bandera de Aragón, y el brazalete de capitán del Real Zaragoza, que llevó Aragón, claro, y después Vellisca. Amarilla podría haber sido la tarjeta a Cuartero, aunque otro día quizá lo sea, quién sabe, porque esto depende del árbitro, que también puede ir de amarillo. Y amarillas fueron muchas otras cartulinas, demasiadas, ayer en el Heliodoro.

Pichi Alonso, Valdano y Amarilla fueron un día la delantera de este club, cuyos orígenes tienen una camiseta amarilla y negra, como el tronco de las avispas. Amarilla y negra era la tradición recuperada por deseo del presidente Soláns Serrano en 1996 en Sevilla, amarilla y negra la herencia de la Gimnástica. ¿Por qué no jugar de amarillo y negro? Porque una superstición, la de Flores, vale más que una tradición o que la historia, parece. Amarilla es su fobia, y nuestra camiseta, muy vendida y muy querida. Amarillos eran, a pesar de todo, la publicidad de Pikolin y los números de los jugadores, que ayer vestían no de avispa, sino de azul marino y azul turquesa.Azul marino y azul turquesa. Ni blanco, ni verde, ni azul cian, ni rojo de los 'tomates', ni amarillo y negro de los 'avispas', todos los colores en casi 70 años. Amarillos y negros fueron los cinco goles en el Bernabéu, y otros muchos. Amarillos como el pelo de Jamelli tras el penalti de La Cartuja. Amarillos como la cabeza de Pardeza, como la Copa de Sevilla. La derrota no es amarilla. Ni tampoco la victoria. Amarilla, y negra, es la camiseta de este equipo. O lo era.

Foto: La inolvidable Marilyn, uno de los protagonistas corales de este artículo que se publicó en Heraldo con ocasión de un partido en Tenerife. Cuando vimos salir al Zaragoza de azul marino y turquesa, nos quedamos espantados. Pedro Luis, como es él, entró en ignición disparando argumentos históricos por los que el Zaragoza no podía vestirse con el primer pijama que encontrase en el armario. Mientras el partido se deshilachaba, yo me puse lírico.

La Zapalomita

La Zapalomita

El periodista Carlos Paño me envió hace ya unos días un mail en el que me invitaba a recordar en Somniloquios este texto sobre el debut, una tibia noche de mayo de 2004, de Jorge Zaparain. A él le encanta, supongo que al menos por razones de amistad: la suya conmigo y la suya, sobre todo, con Zaparain. Carlos incluso me lo envió adjunto, por si no lo guardaba y para establecer de qué modo su entusiasmo tenía la forma de una solicitud. En realidad yo sí lo tenía, no por afán narcisista, sino por el deseo de entrever aún quién soy y, de paso, combatir aquella feliz anotación de Borges: "El periodismo es escribir para el olvido". Somniloquios va creciendo y algunas mañanas, en el duermevela silencioso que precede a la vigilia, cruzo pensamientos informes que me hacen temer que este espacio de huida acabe por devorarme. Acuciado por un impulso de mito paradójico, me entrego a esa posibilidad. Inauguro esta sección de escritos contra el olvido (Fondo de Armario), de ritmo agosteño, con este mínimo homenaje a los jugadores que completan un tránsito hasta la cumbre del fútbol, para enseguida iniciar otro interminable que consiste en caminar hacia atrás, no olvidar de dónde vinieron y saber a dónde van. Más o menos imposible. Ahí va la Zapalomita... el iniciático encuentro del joven Zaparain con el implacable Ronaldinho.  

En el aire denso de mayo colgaban pelusas ingrávidas, como si el estadio se hubiera sumergido en un mar. Parecía el Sur de Capote o de John Kennedy Toole, una atmósfera de algodón deshilachado que entorpece la noche. Ronaldinho la cruzó a paso de vértigo en su ritual ingreso en el césped. Al otro lado, Zapa recogía los balones con los que Álvaro procuraba enfriarle el nervio de un debut. La grada aplaudió rabiosamente el nombre del portero en los altavoces y silbó con ardor la puesta en escena del Barça. En esa contraposición se resumía la noche: Zapa contra el Barça; Zapa contra Ronaldinho... No es seguro que el orden correcto fuera uno u otro.

De momento, Ronaldinho se hizo al lado izquierdo y de allí partió sólo con la intención evidente de llegar al gol: tiró un par de pases y un par de faltas, preciosos pero inefectivos. Una la tomó Zapa en posición rigurosamente vertical, junto a su poste, y la otra se perdió por un lado. Los dos se cruzaron cuando el brasileño recibió un pasecito a la espalda de la defensa y Zapa lo fue a buscar abajo. Le ganó por una coleta.

A esa altura el portero ya había resuelto dos o tres situaciones cotidianas precisamente así, con aire rutinario. Vestido de púdico gris, hizo de la noche la continuación de cualquier otro día. Eso es notable cuando a uno lo ponen de estreno frente al Barcelona. Pero Zapa estaba en el partido, estuvo siempre, y ni siquiera el gol de Saviola le supuso una derrota. Siguió adelante como si nada. Antes le había sacado la carga a un pelotazo del argentino, más tarde descolgó un par de centros y sujetó otro disparo. Lo vimos dudar en una pelota muy larga que alejó Ponzio. En general, Zapa sostuvo su figura por encima de cualquier incertidumbre.

Al gol de Savio le contestó Cani, y luego Soriano anotó el empate. Merece la pena detenerse en ese tanto, por varios motivos. El primero, la insistencia del zaragozano, al que Víctor se inventó en la banda izquierda, donde faltaba Savio. Villa se pasó la noche girando hacia ese lado. Soriano lo encontró dos veces. En la segunda, la aceleración del Guaje frente a Oleguer reunió la emoción de las grandes jugadas. Villa amagó por fuera y enganchó hacia dentro, salió zumbando y dejó atrás al azulgrana como un tren deja una estación. Al cerrarse contra la línea arrastró a la defensa... y luego abrió todo el ángulo en el toque atrás. Vino para Soriano, que goleó cruzado, seguro.

La grada ya no pudo sujetar la celebración. Tenía ansia de alegría. Cantó la de los campeones, la de Movilla, la de Villa maravilla y hasta la de Darío Franco, que suena desde los días grandes. Y cerró el año con dos aplausos de significado diverso, que hay que examinar. El que le dedicó a Villa suponía el reconocimiento al jugador más notable del año; el de Toledo ampliaba el aprecio a otros valores: Toledo será un jugador muy imperfecto, pero también un estupendo defensor.

El epílogo, inevitablemente, lo escribió Zaparain, otra vez frente a Saviola. El argentino disparó con cierto desorden y el balón se fue hacia la escuadra. Entonces Zapa saltó, dramáticamente, describiendo un arco muy largo con el cuerpo. Adelantó las manos, grácilmente recogió la pelota y cayó con ella en los guantes. Envuelto en aplausos. Acababa de inventar la Zapalomita.

Payaso feliz

Payaso feliz

 

Pablo Aimar ya es jugador del Real Zaragoza para las cuatro próximas temporadas. El fichaje se cerró la pasada madrugada por algo más de 10 millones de euros. Todos cumplen su deseo: el Payaso deja el Valencia para venir a Zaragoza, como era su anhelo; Agapito cumple su palabra de darle un crack mundial al equipo... lo que no hizo Soláns en diez años; Víctor tiene al jugador deseado; y la afición, a un futbolista elegante, sutil y competitivo, formidable en su mejor versión. Aimar eleva la estatura del Zaragoza, a todos los niveles, lo sitúa en un estadio superior por cuanto el argentino (26 años, en la flor de su carrera) supone un futbolista de referencia. No en vano y a pesar de todo, ningún otro jugador de la plantilla del Valencia ha vendido tantas camisetas como Aimar. Y luego está lo principal: si uno va el domingo al campo y sabe que en el césped va a estar Pablito... bueno, ya va con otra cara.