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Somniloquios

Villoro: pasión inteligente

Villoro: pasión inteligente

A modo de epílogo o conclusión de lo que fue la charla del pasado miércoles en la Fnac, si se me permite dejo la recomendación de este libro: Dios es redondo, del mexicano Juan Villoro (Crónicas/Anagrama). Un volumen de anotaciones con perspectiva variable, siempre de sutil y cuidadosa inteligencia, que tienen como línea de fuga el hecho futbolístico, rodeado de circunstancias y protagonistas. Su estructura, fragmentada en artículos o bloques de artículos, permite picotear sin rigor cronológico y pasear en la dirección que cada cual prefiera. Cualquiera es buena, incluso la línea recta. Hago la sugerencia en rabioso directo; o sea, mientras yo mismo lo leo. Los artículos de Villoro poseen el valor de la palabra bien escrita, pero además se imponen de un modo u otro la obligación de la inteligencia, la viveza, la lucidez o el ingenio. No aspiran al lirismo descriptivo sino a la eficacia de lo contado y el discernimiento de lo que no aparece tan evidente a simple vista, de forma que a veces derivan hacia el relato y otras caminan de puntillas, alumbrando ideas o atreviéndose al riesgo de una conjetura que los aproxima al ensayo. Villoro tiene una forma nítida, bella, de escribir de fútbol y aquí la expresa con fluidez, con naturalidad. Su pasión no quiere justificarse a través de floridos ditirambos, sino tomándose este deporte como lo que es: un juego, pero un juego que (como todos los juegos infantiles) hay que afrontar muy en serio. La pasión no elude la razón.

La tapa de la edición que ha hecho Anagrama posee además la felicidad de una imagen de Cartier-Bresson: un par de chicos se disputan la pelota al borde de una campa de césped alborotado. El balón aparece vivo, suspendido a un palmo del piso. Y sobre la línea de cemento que delimita la banda, el mundo externo a ese partido, una larguísima fila de jóvenes religiosos de sotana se abotonan unos sobre otros y mezclan en la neblina las faldas de sus hábitos. Ninguno le quita ojo a la pelota, que en ese instante ejerce la poderosa atracción del mismo centro del Universo.

El fútbol y los libros

El fútbol y los libros

"Pronto aprendí que la pelota no viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha".
Albert Camus, guardameta y Premio Nobel de Literatura. 

 

Yo llegué al fútbol primero y a los libros después, creo que mucho más tarde. Uno fue cosa de la infancia y los otros de ese tiempo incierto y detenido que hace de bisagra entre la adolescencia y la primera edad adulta, que aún es juventud. El fútbol me salía naturalmente en el patio del colegio, en las canchitas de tierra que armábamos en Helios en el parque infantil, en el frontón donde me pasaba el tiempo golpeando el balón contra la pared y escuchando el sonido metálico del hormigón, en los torneos entre clases que tanta felicidad y diversión me proporcionaron. Los libros siempre estuvieron, pero de un modo latente. Pasé a jugar federado, como se decía, y el fútbol casi ocupaba la totalidad de las horas libres: cuatro días a la semana de entrenamiento y los partidos. Fútbol en el recreo. Fútbol en los veranos. Se lo dijo la parlanchina delegada de clase a mis padres en una reunión del colegio: "¿Mario? Uy, a ese no le hablen de chicas ni de nada. Con una pelota tiene bastante...". Mis padres temieron lo peor, supongo. Yo también.

Por esas cosas que uno no sabe cómo son, si casualidad o destino, he terminado escribiendo de fútbol todo el tiempo, como antes jugaba al fútbol todo el tiempo. Creo, me parece, que se me da un poco mejor escribir que jugar. En la cortina de la memoria entreveo a un chico rubio y crecido antes de hora, que ponía un empeño de proporciones éticas por serle fiel al juego. O sea, que corría cuanto era capaz, entraba y salía de las jugadas a tambor batiente, cortaba, metía... Nunca aprendí a pegarle con la izquierda. Corría y trabajaba. Técnicamente era correcto, más o menos, pero mi trayectoria en el campo me delata: empezaron poniéndome de seis, o sea... siendo el inteligente del campo. Pero pronto derivé a la banda derecha y luego al lateral y finalmente al puesto de libre, y mi presunta inteligencia quedó reservada para otras cuestiones. Me hicieron marcador y agoté la paciencia de unos cuantos jugadores contrarios, a los que ahora observo conmiserativo. Lo dejé pronto, terminada la edad juvenil o aun antes. Dejó de gustarme el fútbol desde dentro. Me gustaba la pelota, pero no tanto como para aguantar lo demás. Entonces vino la universidad, los libros y todo esto que soy ahora.

Que la Fnac me seleccione para hablar de fútbol y libros, con Miguel Pardeza y Sergio López, me parece la sorprendente culminación de esa convergencia. Lo haremos en la tienda de la plaza España, mañana miércoles a las 19.30, dentro del ciclo 'Once contra once': no sé si hablaremos de libros, de fútbol, de futbolibros o de qué. Me sorprenderá gratamente que a alguien pueda interesarle lo que tenemos que decir. Al menos yo. Miguel ha sido futbolista, como sabe cualquiera, y fecundo escritor de artículos deportivos y culturales en un sinnúmero de publicaciones; Sergio López es periodista y escritor, autor de 'Palabra de Bioy', editor de la obra del autor argentino para Planeta-Emecé y colaborador a mi lado en un buen número de aventuras conjuntas, siempre de mano ajena. La última en 'Mediapunta', esa revista que es un reducto del fútbol visto desde otro punto de vista. Así que el único que no ha jugado profesionalmente al fútbol o escrito un libro he sido yo... Yo soy periodista, que como dijo Borges es lo mismo que escribir para el olvido. Por eso, cuando me llamaron de la Fnac, me apresuré a preguntar: ¿Por qué yo? Pero ya dijo Camus que la pelota nunca viene por donde uno la espera...

Foto: Este hombre que tiene un aire de Bogart descuidado es en realidad Albert Camus, el guardameta durante años de la Universidad de Argel y Premio Nobel de Literatura. Se hizo portero para evitar los azotes de su imperativa abuela, quien no le permitía regresar a casa con las suelas de los zapatos gastadas. Así se convirtió, cuentan, en un extraordinario guardameta de contención: por costumbre infantil de inmovilidad obligada, aguantaba tanto el disparo a los delanteros rivales que en ese desconcierto ya comenzaba a ganarles el duelo. Leí 'La peste' al poco de dejar el fútbol. Un libro doloroso como la derrota.

La ola de calor (antes llamada verano)

La ola de calor (antes llamada verano)

Todo el mundo le hace ascos al calor. No hablan de otra cosa: el calor, la calor, lo calor que hace. Y siempre peyorativamente: a ver cuándo se pasa este calor. Esta mañana en la peluquería (qué imágenes generan a veces por sí solas las palabras), los muchachos hasta se atrevieron a desear: "Podía llover un ratico". He tenido que saltar. Inevitable. Este tema siempre me ha herido gravemente la sensibilidad. He sentenciado: "El problema no es el calor, el problema es el trabajo". Clarísimo.

La verdad, con la cosa del europeísmo, el estado del bienestar, la sociedad de la información, los sistemas climatizadores y el carnet por puntos, digo, nos hemos aputonado gravemente. Ahora resulta que al verano de toda la vida, o sea, a los 35 grados de julio y sus ocasionales picos, a esas noches en las que cuesta dormir, al menos una semana al año, a los 40 grados de Andalucía que, en fin, yo creo que siempre han sido lo mismo, a la gente en las playas, a los abanicos, las mangas cortas, los escotes, los torsos al aire, las bermudas, el agua por la cabeza, las cervecitas en copa jarra helada, las chancletas y demás, a todo eso, ahora lo llamamos ola de calor. Salen ufanos los presentadores con americana en el aire climatizado de los estudios de televisión y largan: "¡Siete comunidades en alerta por la ola de calor!". Y empiezan las conexiones desde la arena, las imágenes de alegres fuentes en las ciudades, las señoras que se abanican con músculo rural, los barrenderos comentando lo jodido que es, oiga usted, mantener limpias las ciudades bajo este sol impío... El paisaje costumbrista de la canícula ahora se llama ola de calor. El antónimo del temporal u ola de frío polar. El verano y el invierno de toda la vida de Dios, como dice un amigo.

Nunca he entendido cómo lo obvio acaba por convertirse en noticia. Otro ejemplo: ¿Desde cuándo los exámenes de Selectividad dan para hacer páginas de periódicos y rellenar minutos de informativos? Yo siempre se lo decía a Gervasio Sánchez, el corresponsal de guerra de Heraldo: "Gervasio, el periodismo está muerto". Y Gervasio, que ha asistido a todas las guerras posibles y algunas de las probables, asentía castizo, porque él es de Córdoba: "Hace tiempo, macho". Que lo dijera yo valía como hipótesis bromista, o para hacerme el interesante. Que me lo ratificara Gerva, bueno... suponía casi lo irrefutable. Así que el periodismo se desangra en comunicaciones institucionales, directores de comunicación, reportajes de nevera, periodistas que hacen las guerras desde los hoteles (y aun así les pegan un cacharrazo, que el tema no va de broma), notas de prensa del estado mayor, la dirección general, la junta directiva, el consejo de administración, la junta de vecinos, la asociación de comerciantes, el negociado de tráfico, la portavocía del gobierno, la oficina de prensa de la abogacía, el colegio profesional, la empresa, el sindicato, la cooperativa, el alto mando de la revolución y, por fin, el despacho del propio director del medio, de donde siempre llegaron discos dedicados que había que pinchar sin decir ni mu, y además en página impar: "Esto me lo das bien... es un tema majo". El que es majo es el amigo del encargo o enjuague, chato, a mí no me vendas motoretas.

Bueno, que me he ido del tema. La ola de calor. El verano. La patria sudorosa que no quiere sudar ahora ni tiritar en invierno. El pueblo quiere ahora habitar en un duermevela aséptico en el que cualquier catástrofe, desgracia o incomodidad constituya un error de organización, y que alguien pague por ello. Se exigen responsabilidades. No puede hacer calor ni en Andalucía. Ni llover en Londres, ni helar en el Polo. Todo son máximas históricas y lugareños que no recuerdan tanto calor en muchos años. Hoy le han dado paso a un corresponsal en Bilbao que desde la playa ha dicho: "Los expertos no sólo están sorprendidos por las altas temperaturas de esta ola de calor, sino sobre todo lo están por las altas mínimas: anoche, en Bilbao, los termómetros no bajaron de 21 grados". Esta noche he mirado de soslayo el termómetro de la farmacia en la plaza Santa Engracia y decía 28,5º. Y se estaba la mar de bien. El periodista seguía, medio girado hacia una playa semivacía a las tres y media de la tarde: "Ante el calor reinante, el público ha optado por acercarse a la playa y la mayoría se aproximan a la orilla u optan por bañarse para de esa forma tratar de combatir las altísimas temperaturas que estamos teniendo que soportar". Qué sabia es la naturaleza humana: la gente combate el calor en las playas, bañándose. Igual que los hipopótamos en las charcas en recesión del Serengeti.

Yo creía que vivíamos en España. Yo pensaba que la gente iba en verano a la playa toda la vida. Yo pensaba que quienes se ponen cerquita del agua es para no tener que caminar ida y vuelta cada vez, pilotear a las pericas y, bueno, por la brisilla... Pensaba que uno se baña porque sí, porque es lo lógico, no como reacción preconcebida o atávica a la ola de calor. Yo imaginaba que los periodistas no seríamos gilipollas ni haríamos de los lugares comunes la materia de la información diaria, pero se ve que, una vez más, yo no me entero de nada.

La ola de calor es la ola de calor. Una cosa terrible, perversa, dañina incluso para la economía porque el pueblo enchufa el ventilete, los splits que tiene repartidos por la casa o la instalación sobre techo falso, y todo a todo trapo, batiendo récords de consumo de electricidad casi ruborizantes. Yo mismo escribo bajo un ventilador colonial de techo, de esos que giraban en los tugurios de Casablanca, the filme. Hay que combatir a la malvada ola de calor, y no sería raro que el Gobierno crease un ministerio o una dirección general y tratase de intervenir también en el clima. Y marcar máximas de siete grados, para que así todo el mundo durmiera bien, con frazada y mantita, que es lo que parece ser que les gusta. Manda huevos...

Les daría yo a todos éstos los veranos de tres días del norte de Inglaterra.

Resistencia

Resistencia

No se puede prohibir, ni se puede negar
el derecho a vivir, la razón de soñar...
No se puede prohibir, el creer ni el crear,
ni la tierra excluir, ni la luna ocultar...
No se puede prohibir, ni una pisca de amor,
ni se puede eludir que retoñe la flor...
Ni del alma el vibrar, ni del pulso el latir,
ni la vida en su andar... No se puede prohibir.

No se puede prohibir, la elección de pensar
ni se puede impedir, la tormenta en el mar...
No se puede prohibir, que en un vuelo interior
un gorrión al partir, busque un cielo mejor...
No se puede prohibir, el impulso vital,
ni la gota de miel, ni el granito de sal...
Ni las ganas sin par, ni el deseo sin fin
de reir, de llorar, no se puede prohibir.

No se puede prohibir, el color tornasol
de la tarde al morir, en la puesta de sol.
No se puede prohibir, el afán de cantar,
ni el deber de decir lo que no hay que callar...
Sólo el hombre incapaz de entender, de sentir
ha logrado, al final, su grandeza prohibir,
y se niega el sabor y la simple verdad,
de vivir en amor y en total libertad...
Si tuviese el poder de poder decidir...
Dictaría una ley... ¡Es prohibido prohibir!

 

Pd: Harto del furor ordenancista que ha atacado al Gobierno y adyacentes, del carnet por puntos (que considero una intolerable agresión reduccionista, un matar las moscas a cañonazos cometido con la anuencia de los medios, serviles con la corrección política), harto del soplapollas de Pere Navarro, de sus sermones, y de quienes proponen someter a terapia y a programas de ayuda a los niños gordos, y de la voz que por la megafonía recuerda cada tarde "que está prohibido jugar con globos de agua en todo el Centro y especialmente en los vasos (que antes se llamaban piscinas o piletas, joder)"; harto de todo... cuento hasta diez y largo por la vena lírica para encauzar el ardor que me acosa en este tango de Eladia Blázquez, titulado Prohibido prohibir, desoyendo las convenciones del género. Y no que abrace yo las consignas utópicas del Mayo francés. Pero a este niño al que sus padres nunca transportaron en coche en ninguna sillita homologada, y a este niño cuyo cuerpo se infló conforme se hacía adulto, a este niño que esquivó todos los traumas pese a las broncas ocasionales de sus padres y a alguna hostia que me calzaron en el colegio, a este niño heterosexual convencido, a este niño que jugó con globos de agua y jamás se duchó antes de entrar al vaso, a este niño al que nunca tuvo que rescatar socorrista alguno, a este niño que resistió con sus propias defensas y se hizo un hombre sin haberle dado a su cuerpo un solo Actimel... a este niño rompepelotas, la verdad, esta tropa de aburridos legisladores que venden humo y trafican con el supuesto del bienestar social, dedicados a joder al señor de a pie y meterle la mano en el bolsillo, de verdad que lo tienen hasta los mismos güevos.

Nostalgia de Kafka

Nostalgia de Kafka

Terminar la lectura de un libro puede a veces ser terrible, un anticlimax descorazonador. Yo siempre procuro tener un buen remanente de posibilidades en la estantería, para asegurarme todas las opciones. No se trata de que use un método estricto en la adquisición, no tomo los libros como medicinas preventivas, pero sí que pierdo tiempo en la elección del siguiente para intentar sostener el encanto del anterior o romper con una mala experiencia. Eso me procura a veces un desasosiego con el que me peleo a ciegas: uno no puede errar, existen pocas frustraciones más desagradables que abandonar un libro recién empezado... Escoger supone un descarte que conlleva riesgos. Yo vigilo diferentes variables: mi estado de ánimo, el tono que le intuyo a la obra que acometo, la apetencia, el volumen de páginas, el género. Cruzo todos esos datos y entonces... Así que hay algunos libros que pueden pasarse años sin que los elija, porque su momento se pasa o nunca llega.

Ese estrés se multiplica cuando acometo un viaje o unas vacaciones. ¿Qué selección hacer? Uno no puede llevarse la biblioteca en la maleta, ni siquiera los libros que quedan por leer. El verano pasado me ocurrió... y qué mal lo pasé. Calculamos a la baja los días de ausencia e hice corto de lecturas. Además, en verano yo me entrego a la novela negra, la policiaca, y si salgo de ahí es para meterme en los clásicos de aventuras. Las dos estupendas colecciones de esos géneros que editó hace un par de años El País son compañeros inseparables de esos días. Además de las novelitas de Ray Chandler y Dashiell Hammett, que siempre andan a mano... Esos tienen puesto fijo en la hamaca.

El caso es que hace un año tuve que acudir a por refuerzos con gesto desesperado. Dar con librerías mínimamente serias en la costa española resulta complicadísimo. Hay best sellers, novelas rosas, las últimas novedades y la cosa de la autoayuda (que no me va nada, porque yo soy poco generoso conmigo mismo) o la colección de monólogos del gracioso/a de turno en la tele. También suele aparecer Agatha Christie, pero eso no es de lo que yo hablo... Estuve a punto varias veces de hincar una rodilla derrotada y comprar Porno, de Irving Welsh, en la tiendecita de los periódicos. Era salirme por completo de los límites, sólo con el fin de chutarme en vena algo de escritura potente, un disparo de palabras, justo lo que yo preciso en vacaciones para compensar la hibernación corporal en la que me sumerjo. Cuando ya daba por perdido el caso y estaba a punto de practicar la apnea suicida, topé en un supermercado playero con una modestísima colección de policiales amontonados en una gran cesta de alambre. Casi caigo redondo de la emoción. Ahí estaban Chester Himes (Por el pasado llorarás, un drama carcelario de primera), El secuestro de Miss Blandish, El caso de los hermanos siameses... Hadley Chase y compañía, Nicholas Blake. Ansioso, compré todos los que componían el lote, que me pareció caído del cielo: tapita blanda y el filo de las páginas teñido de rojo. Todo bien sangriento. Babeaba como Hommer con los aros de cebolla.

Recojamos el hilo. Acabar un libro también puede derivar en angustia melancólica por otro motivo aún más patológico: la confusión de realidad y ficción, la confusión de fronteras. Me ocurre con los cuentos de Cortázar (que regresan cada año por septiembre, sin falta). Y me pasó con su novela Los Premios, en la que me enamoré con extraña nitidez del personaje de Paula Lavalle. He dicho mal: no fue del personaje, fue de la misma Paula Lavalle. Ahora se repite el caso. Acabo de finalizar Conversaciones con Franz Kafka, un libro maravilloso que ya he mencionado en Somniloquios anteriores. Los paseos y diálogos del joven aspirante a poeta Gustav Janouch con el genio de La Metamorfosis. Aforismos dichos al pasar, pero con la humanidad de una voz dolorida como la de Kafka. Juicios sobre el tiempo, comentarios de arte, de literatura, de política, de la vida... Afirmaciones intemporales, trazos de la condena interior de Kafka, el desprecio hacia su propia literatura, pero un desprecio cortés, sincero, no destructivo o impostado. Menos mal que existió Max Brod. Así, paseaoms junto a un hombre atormentado al que Janouch muestra bajo la luz de una sabia piedad que lo convierte en un ser vital, necesario, imprescindible. Me dolió de un modo exagerado terminar el libro; era como separarme del muchacho y de su guía espiritual, al que en cierto modo hice también mío hace ya años. Pasear con Kafka por Praga había supuesto retomar la mano de un viejo amigo y editar de nuevo su voz, guardada en algún rincón atestado de la memoria. Luego me sentí huérfano, un poco (no pretendo compararme) como Janouch al conocer la muerte del frágil escritor. Para olvidarme de la pena, he elegido ahora una novela de Richard Ford (preludio del verano y sus oscuridades), pero no sé si voy a acertar. En realidad, lo que ocurre es que extraño al doctor Kafka.

Foto: la portada del libro, una melancólica imagen de Franz Kafka en 1922, ante la fachada del edificio en el que habitaba con su familia en Praga. Me gusta el empedrado del piso y el sombrero de K. El corte del abrigo, la pulcritud de la línea recta de los pantalones y la forma abombada de los zapatos.

Materazzis

Materazzis

 

Varias personas me han señalado en los últimos días el parecido del actor y director John Turturro con el actor y futbolista Marco Materazzi, defensa central del Inter y de Italia. Lo dijo el narrador compañero de Andrés Montes en La Sexta, en el partido con Alemania. Pabs, desde el otro lado (Australia) me envió un severo y entusiasmado mensaje que decía sólo: "¡Es Turturro!". No hizo falta agregar a quién se refería. Alex, siempre sagaz, propone ahora un perfeccionamiento de la conjetura: según él, habría un tercer gen cruzado en el héroe italiano. Sería el del inefable Cosmo Kramer, vecino de rellano de Jerry Seinfeld para más señas, elemento poseído por una cierta locura pragmática. Creo que también hay un poco de eso en Materazzi. Es decir, que no estaríamos hablando sólo de la apariencia, sino también de condiciones suprafísicas, digamos. Reúno las tres fotos y verdaderamente... algo hay.

pd: este blog ha entrado en barrena, señores.

Foto: Cosmo, Turturro y Materazzi, tres winners natos.

El éxtasis y la furia

El éxtasis y la furia

En todos estos años escribiendo de fútbol, observando los partidos y a los jugadores con una mirada oblicua, vigilando la historia para encontrarle líneas de fuga, argumentos, explicaciones, al presente... siempre me ha sorprendido cómo a veces los acontecimientos parecen ordenarse de un modo casi mágico, como si el fútbol tuviera conciencia de sí mismo o un orden preconcebido. No hablo de arreglos de partidos, que de eso sabrían mucho los italianos, sino de coincidencias o sucesos que se encadenan para convertirse en símbolos. Por ejemplo, y voy al grano, la historia de Zidane en este Mundial: su regreso, la despedida, la segunda final de la Copa del Mundo, la impresión general de que este último partido iba a coronar a Zizou entre los más grandes, y de que constituía el epílogo exacto para la carrera de cualquier artista, un privilegio casi divino. Y entonces, en un solo partido, los dos extremos, el ying y el yang, Jeckyll y Hyde, el asombroso penalti y el cabezazo a Materazzi. Como si el hombre quisiera resumir en un último acto, o como si una providencia lo hubiera decidido así, las dos materias de las que está hecho el genio: el éxtasis y la furia.

Ha ganado Italia. Es sabido que yo lo prefería así, pero eso no significa nada. El partido final no tuvo gran cosa que ver, salvo la épica creciente y prolongada, que auxilia los finales dramáticos. Ha sido un Mundial generoso en ritmo y poco magnánimo en cuanto al fútbol. Muchos actores secundarios coronados y, de los principales, sólo Zidane cubrió parcialmente su fama. Los dos contendientes de la final sintetizan lo que ha sido la Copa del Mundo, me parece. La final desembocó en un torneo de vigilancias que perfeccionó esa sensación. Francia jugó un poco más en la segunda mitad y en la prórroga, tuvo ese cachito de grandeza o de arrojo que no mostró jamás en las semanas anteriores. Pero perdió. Veamos otro caso de rara coincidencia: recuerdo que en la final de la Eurocopa de 2000 ocurrió exactamente lo contrario; Italia hizo su mejor partido del torneo... pero acabaría ganando Francia. Aquel título lo resolvió un Gol de Oro, aquel lastimoso invento de la FIFA, anotado por Trezeguet... justo el tipo que erró esta noche el penalti. Decir que lo erró quizás sea demasiado: el larguero dijo no, más que otra cosa. A Zizou le había dicho sí. Hasta en eso parece sabio este juego.

Italia vence por cuarta vez en un Mundial, su cuarta estrellita sobre el escudo. Globalmente fue el mejor equipo del campeonato, si ese calificativo vale para señalar al más solvente. Poco más. La verdad que no existieron grandes diferencias entre los mejores y que ningún equipo elevó su condición sobre el resto. Francia hizo un buen partido contra España y otro excelente con Brasil, como requería la ocasión. Italia solventó su camino con más seriedad que otra cosa, dejando entrar sólo un tanto en su portería hasta el último encuentro. Esos valores también juegan. Tuvo algunos pasajes en los que no parecía Italia, y otros (como ayer) en las que fue Italia con todas las de la ley. Frente a Alemania, en la semifinal, dejaron un partido para el recuerdo, el único que verdaderamente volvería a ver ahora mismo, junto con el Brasil-Francia. Los mejores jugadores de Lippi fueron, por este orden,  Cannavaro, Pirlo, Materazzi, Gattusso y Buffon. Eso explica todo. En el caso de Francia ocurre otro tanto: Vieira y Makelele crecieron por encima de los demás, privilegiados por un sistema carcelario en el medio campo. A eso el equipo de Domenech le agregó una emocionante aparición de Zidane contra Brasil: su figura tuvo más importancia que fútbol, pero aun así fue el mejor de las grandes estrellas. Nada que decir de Ronaldinho, Ronaldo, Henry, Totti, Ballack, Adriano, Rooney, Lampard, Gerrard, Cristiano Ronaldo o Messi. Todos ellos estuvieron por debajo de la ocasión. Los grandes fracasados, por unas u otras circunstancias, son de modo inapelable Ronaldinho y Messi.

Fue un Mundial mediocre, en suma. Lo empeoraron el Koala y, sobre todo, tener que aguantar a Julito Salinas dar lecciones teóricas de fútbol. Ese tipo que en la práctica no acertó a darle siquiera a la pelota frente a Pagliuca en Estados Unidos. Menos mal que estaba el Diego en Cuatro. Ahí sigue, salvando Mundiales.

Foto: Antes de la final Zidane buscaba la mirada amable del cielo y el favor de un sueño del que era autor, protagonista y público. En lugar de la gloria acabaría por encontrar el infierno.

[Apéndice del día después: la FIFA y la prensa especializada (qué bien suena esto) han elegido a Zinedine Zidane como Mejor Jugador del Mundial. Por detrás de él, los italianos Cannavaro y Pirlo. No diría mucho en contra. Este tipo de elecciones dependen de matices y opiniones, por lo que las propuestas serían muy diversas. Desde luego yo hubiera escogido a Cannavaro en el primer puesto, pero no objeto nada a la nominación de Zidane. Yo no soy de los que pone la moral por delante del fútbol, y no me importa que Zidane haya tumbado a un contrario si verdaderamente ha sido el más brillante. Otra cosa es el rasero de la FIFA: a Maradona no le perdonaban ni una de éstas, por ejemplo. O tampoco a Rooney. Pero bueno...

Por lo demás, cierro el apéndice dando mi equipo ideal, que someto a consideración popular. No, no hay ningún español... Ni tampoco ingleses. ¿Argentinos? Uhmm, creo que no. Dudo con Ayala, dudo con Thuram, dudo con Materazzi (goles decisivos y otras cosas...), dudo con Grosso. ¿Y arriba, quién pongo arriba? ¿Henry dice usted? Ni hablar, me niego... Antes avanzo a Zidane, aunque tácticamente no sea muy ortodoxo. En fin, no es tan fácil ser entrenador, eh. Allá van los once, si antes no me vuela la cabeza. Si acaso hago dos...

Equipo 1: Buffon; Zambrotta, Cannavaro, Thuram, Lahm; Ribery, Vieira, Pirlo, Malouda; Zidane, Klose.

Equipo 2: Lehman; Miguel, Ayala, Materazzi, Grosso; Maxi Rodríguez, Makelele, Maniche, Swensteiger; Henry, Podolsky].

Vamos a casa, Ethan

Vamos a casa, Ethan

 

Apenas se le reconoce. La mitad de su expresión queda oculta bajo el ala del sombrero, en una negrura de tormenta interior que viene a tragarse el sol. La primera vez que lo vemos, sin embargo, aparece perfilado en un rectángulo de aguda y cromática luz, a punto de ingresar al espacio sombrío de una casa que lo acoge, si bien no lo espera. Nadie lo espera. Al final, lo veremos hacer el trayecto opuesto. La otra mitad del rostro, la que sí advertimos, compone una mueca de desprecio resumida en una boca enfermiza, que convoca en un insulto emergente al mundo entero, a todos y cada uno de sus personajes; a las nubes, a las bestias, al sol, los arroyos, la montaña, el desierto, la pobreza, la guerra, el amor, los uniformes, la familia, la tierra, las razas, los afectos... Un odio minucioso que alcanza a todas y cada una de las cosas. Nada escapa, ni siquiera él mismo.

Apenas se le reconoce pero el hombre bajo el sombrero se llama Ethan Edwards. No es John Wayne haciendo de Ethan Edwards; es Ethan Edwards, un bastardo adorable al que, no sabemos bien por qué, John Wayne se le parece remotamente. Ethan vuelve de ningún lugar y a ningún lugar habrá de volver cuando haya vencido a su obsesión. En verdad no hay regreso, únicamente un tránsito que ni siquiera aspira a redimir. Sólo un hombre cuya forma temida se recorta en el umbral soleado del desierto, la mano sobre el antebrazo contrario, a la orilla de una deriva que está a punto de desatarse y que lo empuja a buscar a Debbie, la sobrina raptada por el indio Scar. Va a correr la sangre, aun si ha de ser la sangre de los propios. Como Kurtz, el coronel de Apocalypse Now, el Ethan Edwards de Centauros del desierto también ha visto demasiadas cosas. Demasiado atroces. Y quien ve demasiado ya no ve más. Queda ciego por inversión. Ciego o cegado como un pozo. Ethan es un pozo, un desperdicio irredento que ha extraviado su lugar. Perdido y ajeno, su misión será encontrar. Encontrar la derrota en cualquiera de sus formas.

Centauros del desierto (The Searchers) acaba de cumplir 50 años. En pocos días (demasiados para la espera) va a ser reeditada en dvd con documentales de apoyo, y con el formato y tratamiento de la imagen que tuvo en su origen. Ese ingenio tecnológico que llamaban VistaVision, y que Ford usó para darle a su cámara una profundidad fascinante. Lo demás, la hondura de lo ocurrido y lo contado, de cada personaje, lo hacía su ojo. El que no iba tapado con el parche y también el otro. Cruzaría el río a nado por su lado más ancho para ver Centauros en un cine. A lo más que he llegado es a la filmoteca, pero quiero pantallón. Quiero la VistaVision en casa. Y la quiero ya. Esos planos, la voz, Ward Bond, el grandísimo Ward Bond, el encuadre, la viveza de los colores, el cuerpo menudo de Debbie. Quiero a Debbie bajando la duna de oro a la espalda de Ethan, para advertirles de que no va a volver, que se marchen, que ella es india, que no hay regreso posible a la vida que ya no existe; quiero a Ethan encañonándola en una terrible amenaza, quiero oír a Martin cruzarse ante esa boca de fuego que le grita y le ordena: "Stand aside" (apártate), arrastrando las palabras, haciéndolas goma como un chicle en la boca, voy a matarla porque ya no es Debbie sino una india, una salvaje, una bestia. Pero tan bella. Quiero ver la persecución última y a Ethan levantándola en el aire como una pluma bajo ese dosel de piedra. El poderoso y temible Ethan que se hace agua con ella en los brazos: "Let's go home, Debbie". Vamos a casa, Ethan.

La cumbre del cine, tal y como yo lo entiendo y lo siento. En septiembre pasaré por Monument Valley, uno de esos pocos lugares en el mundo en los que siempre he sabido que debería estar, costase lo que costase. Polvo rojo y carretas en la memoria. Territorio navajo. Nada en realidad: piedras que se miran en silencio. Todo lo que pasó ya ha pasado, pero regresa. Las películas. En el Punto John Ford, un mirador que tributa al genio sobre la arena de Arizona, pensaré en Ethan, el hombre hecho de violentos contraluces. Ahora voy a hacer la inversa: pondré la película en esta pantalla y pensaré en Monument Valley.