Blogia

Somniloquios

A bout de souffle

A bout de souffle

 

Es la película maestra de Godard, El final de la escapada. Me complace el sonido del título en francés, A bout de souffle. No hablo el idioma, apenas lo intuyo si lo leo. Torpemente quiero traducir el nombre de la película como El aliento final... Si no estoy en lo cierto, al menos habré dado con una versión de cierto lirismo. Pienso en el partido de Francia y Portugal, un encuentro detenido en la rotunda fórmula de éxito de Francia y en la pura impotencia portuguesa, y sólo doy con una posibilidad de vertiente poética que tal vez redima a este equipo francés: estamos asistiendo al aliento final de Zinedine Zidane, el jugador que ha hecho del fútbol un modo de armonía musical desconocido. El final de su escapada. Y qué final tenía escrito. Nada que ver con Godard. Es mejor el sueño de un Zidane que se sueña a sí mismo con una pelota.

La hipótesis onírica no parece descartable, ni oculta una ligera licencia del autor. Fue Zizou quien apoyó la explicación de su regreso a la selección francesa en una revelación mística, que desde luego pudo tener la forma de un sueño o adquirir ese perfil en el cerebro extasiado de Zidane. Hay por supuesto algo mágico en su canto de cisne de estas semanas, cuando todos lo habíamos dado por extinto. No que fuera un juicio alegremente despiadado, sino que en verdad lo habíamos visto extinto sobre el campo de juego durante toda la Liga. Muerto. Ido. Sin aliento. Casi en ocasiones patético, si no fuera porque no hay nada en él que autorice el patetismo.

No hay mucho más que decir. Si el partido fue árido quiero creer que se debió a lo obvio (Francia es una roca con la que no se puede dialogar) o a esta posibilidad algo más poética: no hay sitio en un campo de juego para más belleza si está Zidane. Él la reclama toda para sí. El partido con Brasil, este goteo de epílogos encadenados a su carrera, a cual más asombroso, la sudorosa figura patricia en medio de un equipo de centuriones... Zidane ha refutado el tiempo con mayor exactitud y certeza que cualquier filósofo. Temimos que el fútbol le hubiera dejado a él antes de que él dejase el fútbol. No ha sido así. Me cuesta recordar a un futbolista que haya abandonado el juego de manera tan ideal. Podía ser en Francia. Tenía que ser Zizou.

[Pd.: Esta noche he recordado la semifinal de la Eurocopa de Francia 84, con los mismos rivales. Ganó Francia 3-2 en la prórroga. Dos de Jordao, dos de Domergue, uno definitivo de Platini. Vi aquel partido en un pueblito cercano a Toulouse donde había jugado un torneo internacional de fútbol infantil, que ganamos de calle. Era de noche y a un lado de los campos vacíos instalaron una pantalla enorme para ver cómo Francia y Portugal pugnaban en uno de los encuentros más bellos que yo he visto, resuelto en el minuto 119. Era junio y yo tenía 14 años. Antes de irme a ese viaje de cuatro días infinitos, mi abuelo Mario me hizo prometerle un gol pensado para él. Lo metí en la final... pero creo que ya ganábamos 4-1, así que apenas lo celebré. Sin embargo, todos vinieron a abrazarme como si conocieran su significado. Al regresar, él me demandó la promesa y yo le confirmé que la había cumplido].

Foto: Como en el juego del fotógrafo de Smoke, la cámara parece enfocar el mismo lugar en tiempos diversos. Dos penaltis separados por 20 años. El primero, en la brumosa imagen, lo dispara Michel Platini en el Mundial 86, alto y fuera contra Brasil, después de haber besado la pelota en un gesto de amor que quería reclamar una fidelidad traicionada. Francia acabaría ganando con el tiro furibundo de Luis Fernández, para derivar a una derrota en la semifinal con Alemania. A la derecha vemos el vuelo acompasado de Ricardo, ya vencido por Zidane: el hombre que estranguló a Brasil con un cordel de seda le dio forma esta noche al penalti que acabó con Portugal. No hubo beso anticipatorio: entre él y la pelota las cortesías están de más.

Pervertidos

Pervertidos

El Mundial no ha sido generoso, salvo en el ritmo, en la competitividad de los equipos, en su minucioso esfuerzo, la intensidad. Pero a poco de marcharse nos ha dejado esta noche un partido clásico, para el recuerdo, una semifinal Alemania-Italia jugada con el inconsciente pero decidido ánimo de perdurar y resuelta con sentido histórico. Un partido así no supone trofeo menor después de este torneo de actores secundarios. Los desaprensivos italianos están en la final, pero jugando con el rigor, el oficio, la calidad y la eficacia propias de las mejores versiones italianas.

Me he alegrado. Quien frecuente estos Somniloquios sabe ya que profeso una rara simpatía por Italia, equipo odiado por casi cualquier aficionado al deporte en España, a cualquier deporte, porque los italianos suelen castigarnos con su amplio repertorio de barrabasadas. Al menos así lo siento yo, criado en una infancia de finales de la Copa de Europa entre el Real Madrid de basket y el Ignis o la Mobilgirgi de Varese, o en aquella derrota del Eurobasket de Nantes 83. No vamos a hablar de Tasotti ni de Valenti Rossi ni los Ferrari, que a mí me son indiferentes. Mi cariño hacia los italianos (me he descubierto gritando los dos goles con ahínco) debe ser cosa de aquel aforismo que oí no sé dónde: lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. De modo que yo pasé de odiar a Meneghin, Pozzato y Bob Morse a querer a los azzurri. Porque, como los villanos de las películas de chico, como Fu Manchu, como los Hermanos Malasombra, como Falconetti (ese apellido...), con el tiempo he aprendido que tenían sus razones y que, en el fondo, no eran tan malos tipos. Somos como la niña de Frankenstein.

En medio del derrumbe moral que en estos días sufre el fútbol italiano (igual que en el 82 con el tottocalcio, precisamente), llega este partido que no alcanza para absolver todo eso, pero sí para reivindicar a una escuela fértil de campeones y excelentes jugadores, atrapados en un destino extraño del que ya hablé hace unos días. No hay redención posible para esas enfermedades, lo que con tono moralizante llaman la perversión italiana del fútbol: el desapego por el ataque, por los fantasistas; y el arreglo desaforado de partidos. Todo eso me hace pensar si tienen razón quienes sostienen que en el fútbol todo es mentira y está arreglado de antemano. Que lo que vemos cada domingo corresponde a una mera representación, destinada a salvaguardar las emociones y sobre todo el dinero. Esa posibilidad me trae a la memoria el felicísimo cuento de Borges y Bioy Casares titulado Esse est percipi: en él, partiendo de un principio del idealismo filosófico (sólo existe lo que es percibido), B y B plantean de forma divertidísima que los partidos de fútbol ya no existen, ya no se juegan. Que no existen los clubes, ni existen sus estadios, ni existen siquiera los balones. Que la jornada futbolística únicamente se da en las narraciones radiofónicas de partidos imaginarios, sobre un guión acordado, que cada domingo las emisoras disparan al aire para solaz de una afición hipnotizada en la soledad que le autorizan los emergentes medios de comunicación. Un relato de finísima inteligencia.

Pero bueno, el fútbol aún existe, de algún modo u otro. Aunque sea perverso o deforme. Existen los campos, la emoción, el balón y los jugadores que magnifican sus posibilidades. También los hay en Italia, y muchos. Frente a Alemania, Lippi y su equipo rebatieron todos los tópicos, uno por uno. Baste esta contradicción: los mejores, en mi modesta opinión, fueron los portentosos Cannavaro, Materazzi y Gattusso (a todos los iluminó Pirlo, agrego pasadas unas horas); y a pesar de ese dudoso privilegio el encuentro tuvo una descarnada belleza y la resolución debida. Italia jugando con Gilardino, Giaquinta, Totti y Del Piero en la prórroga. Y ganando sobre el final con detalles brillantes: un pase formidable, helado y sutil, de Pirlo, otro de Gilardino... más un par de finalizaciones demoledoras de Grosso y Del Piero. Si esto es perversión, abracémosla como Sade.

Foto: el celebérrimo festejo de Marco Tardelli en la final de España 82, precisamente contra Alemania. Detrás aparece el imperial Gaetano Scirea, un defensa de otra dimensión. Nacho me dijo esta noche: "Que mañana gane Francia y nos devuelvan la final que nos robaron en ese Mundial". Cierto... "Es una causa abierta -le he contestado-. Que detengan a Kalle Rummenigge, que fue culpable, y a sus cómplices Schumacher y Stielike". Me ha replicado con algunas palabras gruesas sobre el portero alemán, aquella salida asesina que envió a Battiston a dormir al hospital y no sé qué de las madres germanas...

El evasivo Fede Comín

El evasivo Fede Comín

Todo lo que tengo del hombre llamado Fede Comín es esta fotografía desmayada, algunas anotaciones parciales en google y una canción oída al pasar, en la radio, un mediodía cualquiera: Mira cómo tiemblo se llama. Reuniré en unas líneas lo poco que he podido saber después de oírla. Fede Comín es un cantautor, previsiblemente argentino, no sé si de Córdoba o de Buenos Aires o de ninguno de esos dos lugares; trasladó su residencia a Granada hace algunos años y desgrana sus canciones en festivales de cantautor. Hombre de guitarra y voz, de trasteo sencillo y escritura que quiere parecerse al unicornio de Silvio Rodríguez, entre la magia y el suelo. Es la última pepita de oro, como diría Ramón Trecet en su Diálogos 3, la última busqueda infructuosa en la que me he empeñado: certifico, por delegación en dependientes/as, que su nombre aparece en los ordenadores de las tiendas de discos, pero esa presencia es virtual o gaseosa como una canción: creo que editó un solo disco por ahora y en los estantes nunca está. Así que me manejo con el recuerdo de esta trémula Mira cómo tiemblo, cuya letra sí pude materializar y copio aquí, para ver si me la saco de adentro o me la clavo mejor. Así a palo seco no le hace justicia a la melodía ni a la interpretación, en cuyos brazos el tema gana belleza y sugerencia. Seguiremos buscando. Si alguien sabe algo o tiene un cedé, que chifle.

 

Mira Cómo Tiemblo

Yo que subí el Himalaya en dos horas montado de un gran caracol
y lo bajé al trotecito silbando bajito así como si nada
yo que he toreado en las Ventas cuatro dinosaurios al rayo del sol
y por la noche nos fuimos borrachos perdidos los cinco de fiesta
yo que bajé al infierno en bicicleta
yo que bailé con el diablo un rock and roll.

Yo que fui reina de Egipto y en leche de cabra solía bañarme,
Yo que he emigrado a la luna y bailado desnuda en medio de Plutón.
Yo que he sido Dulcinea y los trovadores solían cantarme,
Que te ofrecí la manzana y en una semana te di el corazón.
Yo, que bordé una bandera en Granada,
Yo, que besé a Peter Pan, en el balcón...

Mira cómo tiemblo dentro de tu abrazo
y húmedo de vos a la intemperie
me derribo y pierdo todo lo ganado
tan pequeño voy de mi canción... a tu beso.

Yo que de un salto al vacío llegué sin rasparme al centro de la tierra,
y en la mitad del camino crucé a Julio Verne cansado de andar.
Yo que en la cancha de Boca enseñé a Maradona a jugar con la izquierda,
yo que de ojitos cerrados vencí a Bonavena en el Luna Park.
Yo que inventé la palabra fortaleza,
yo que escapé nadando de Alcatraz.

Yo que no soy sexo débil y juro por Dios que tampoco costilla,
Yo la octava maravilla y la madre tierra que te vio nacer.
Yo que viví en el Parnaso y llegado el ocaso crucé a la otra orilla.
Yo que he inventado la suerte y como Gloria Fuertes no quise crecer.
Yo, que volé y fui luna en tu ventana.
Yo que reiné favorita en el harén.

Mira cómo tiemblo dentro de tu abrazo
y húmedo de vos a la intemperie
me derribo y pierdo todo lo ganado
tan pequeño voy de mi canción... a tu beso.

Yo que me voy por las noches a cantar baladas en los cementerios
siempre hay algún que otro muerto que me hace un corito y se pone a bailar
yo que pescando en el río atrapé una ballena con un Pinocho dentro
yo que sin polvo de estrellas volé a los confines de Nunca Jamás.
Yo, que dicté a Moisés los mandamientos
Yo que burlé las leyes del azar.

Mira como tiemblo dentro de tu abrazo
y húmedo de vos a la intemperie
me derribo y pierdo todo lo ganado
tan pequeño voy de mi canción... a tu beso.

Huérfanos de Dios

Huérfanos de Dios

He sucumbido a la tentación de preguntarme en tono pesimista qué son los argentinos sin Maradona, qué significa haber tenido en tres mundiales y medio a god on their side, dios de su lado y tal, y luego perderlo. Qué tipo de orfandad o de obligación deja eso, y en qué convierte a excelentes equipos como el de este año o el de hace cuatro. Sin Maradona, Argentina no va lejos. ¿Es irrebatible ese silogismo? En el 94 entró en depresión tras el positivo del 10 y se largó a casa en cuartos en un partido de locos frente a Rumanía, en cuyo frenopático Hagi era el rey; Holanda la echó en cuartos en el 98 con aquel pase de lado a lado del campo que De Boer le dio a Bergkamp, una bomba que vista hoy aún produce vértigo cósmico. En Corea-Japón salieron del torneo en primera ronda con Aimar de bailarina atormentada. Y ahora, en cuartos contra Alemania, que tiene la feliz costumbre de no perder nunca a los penaltis en un Mundial: le ganó así a Francia en el 82, a México en el 86, Inglaterra en el 90 y ahora a Argentina. Yo siempre pensé que ese tópico de la lotería de los penaltis era un embole de primera: en los penaltis no hay lotería, hay una serie de capacidades reunidas en un instante de decisión suprema. O sea, que hay que saber tirarlos. La serie germana del otro día fue para enmarcarla. De hecho, sus méritos en el partido se redujeron a eso. Eso, y el papelito de Lehmann. Eso y los cambios de Pekerman.

Foto: Diego Maradona, en éxtasis permanente durante el partido frente a Serbia. Su vida entera parece hecha de parábolas o alegorías. Pasen y vean: acabo de leer que no entró al estadio para ver el choque contra Alemania porque no le permitieron el paso a un amigote suyo. Profético episodio...

Versión española: el cachondeo (II)

Versión española: el cachondeo (II)

 

Dos canciones en una. El canto del gallo y ese toro enamorado de la luna...

Continúa el fiero proceso de recuperación nacional después de la derrota. Cortesía de Andy, o sea que no sé si esto es humor británico o nacional. El espíritu es lo que vale. Mientras lo pongo me acuerdo del grito unánime de la otra noche en la plaza del Pilar, donde la chavalería brincaba con la proclama europeísta que dice:  "¡Es gabacho el que no bote, eh, eh!". Al fondo había unos chavales con camisetas francesas que, en fin, debieron pasar la noche de su vida.

Obituario: Harriet y Muskilda

Obituario: Harriet y Muskilda

 

Esta criatura que estira un cuello plisado como el de Fernández de la Vega se llamaba Harriet y era, hasta su fallecimiento hace algunos días, el ser animal más viejo de la Tierra. Su infausta vida en la fama se remonta a 1835, cuando Charles Darwin la encontró, siendo ella una bebita de cinco años del tamaño de un plato, en su viaje a bordo del Beagle por el agitado cono sur. Darwin vio a Harriet y luego vio a otras tortugas en islas diferentes del archipiélago de las Galápagos. Observó que la evolución de cada una ellas difería según las particularidades de las islas, de modo que dijo... tate. Y con eso y tres cañas desarrolló la teoría de la evolución y dio a la imprenta El origen de las especies. No anduvo tan fino sin embargo con el sexo de Harriet, a quien tomó por un macho en una primera impresión; y como la primera impresión es la que queda, la confusión duró cien años. Harriet comenzó siendo Harry. Y bien que lo lamentaría, como veremos en esta pequeña historia.

Para empezar Darwin, como buen navegante británico, tomó prestados a Harry y a dos semejantes, a los que con indudable originalidad llamó Dick y Tom. Igual que los túneles de La Gran Evasión. No es casual: Tom, Dick y Harry son el equivalente a nuestro Fulanito y Menganito. Así que el naturalista entusiasmado que no hubiera servido para sexador de pollos montó a los tres caparazones en el Beagle y se los llevó a conocer el infecto Londres de 1837. En esos días, la reina Victoria acababa de ser proclamada reina o estaba a punto. Tenía sólo 18 años, pero desde los 10 ya sabía que su destino tenía la forma de un trono. Como Letizia. La reina madre, quien constituyó hasta su fallecimiento un modelo de vejez paradigmático, no alcanzaba entonces siquiera la forma de un proyecto de ansioso espermatozoide que culebreara de huevo a huevo de su padre. Pero el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, casado con Victoria, albergaba en su escroto sangre violácea de concienzuda actividad: el aplicado Albertico le hizo nueve hijos nueve, cuatro varones, a Alejandrina Victoria. Uno de ellos se casó con Isabel, la Queen Mum. Y luego murió de tifus en 1861, dicen las crónicas. Los excesos ya se pagaban en el siglo XIX.

Pero volvamos a Harry/Harriet y sus amigos en su miserable existencia en un Londres neblinoso, donde estos animales conocieron el frío proverbial del siglo XIX. Tanto que, acostumbradas al calorcillo ecuatoriano, las tortugas entraron en hibernación y así se quedaron durante cinco años, viéndolas venir hasta que Darwin o quien fuera decidió subirlos de vuelta al incansable Beagle y darles un garbeo por los siete mares, para que se recalentaran. Por fin llegaron con una temperatura mucho más acorde al zoo de Brisbane, en la cálida costa este de Australia. Y allí, Harry/Harriet vivió una confusa existencia hasta su muerte, tentad@ por los hábiles naturalistas para que se aparease con otras hembras. De forma dignísima y pese a decenas de propuestas, Harriet había rehusado ya en Londres abrazar la homosexualidad, seguramente porque el West End aún no era lo que es ahora. Por ese empeño y el equívoco general vivió célibe hasta su muerte, aunque por el culo le dieron todo lo que pudieron y más: a nadie se le pasó por la cabeza dejar de hacerle fotos y mandarla de vuelta a alguna isleta de los mares del sur, que deben de ser la hostia incluso para las tortugas. Tampoco les pareció adecuado poner al animal patas arribas y mirar si eso que asomaba era... eso. Harry ganaba peso y tamaño con cierto ahínco y moverla se hizo cada vez más improbable. Cuando se dieron cuenta los perezosos científicos (¿cómo se dieron cuenta?) le cambiaron ligeramente la nomenclatura en el registro civil de tortugas y listo. Ni una disculpa ni una liberación. A Harriet, que pasaba de los cien hacía rato, ya se la traía floja todo. Nunca fue de preocuparse como bien muestra su cara, si bien yo intuyo un reproche en esa mirada minuciosa y en los labios apretados con una cierta crispación, como de abuela sin la dentadura postiza. Pero Harriet continuó posando y si dijo algo, se lo dijo para sí misma: ya llegará el día. Y llegó. Aunque el año pasado, en octubre, sus avispados cuidadores vaticinaban que duraría 20 años más, Harriet capotó hace un par de semanas. Tenía 175 tacos.

Apenas unos días después, cosas del destino faunístico, falleció la tortuga de tierra Muskilda en Cortes de Navarra, en casa de las Federas, donde había vivido desde que Cristina la recibió como regalo de Comunión hace 19 años. La abuela Pilar se cruzó con Muskilda (nombre de calculada ambigüedad cuyo origen se debe a la ermita de Nuestra Señora de Muskilda de Ochagavía, pintoresco pueblo navarro del Roncal) el otro día en el baño. Como observara que su pereza habitual semejaba parálisis permanente, la tocó así en el reborde del caparazón con el lado externo de la zapatilla de andar por casa. Para comprobar, porque las tortugas desconciertan y con ellas hay que comprobar... Son animales primitivos y de convicciones inquebrantables. Muskilda ni se inmutó. Vino otra patadita mínima de la abuela. Muskilda no cucó ojo alguno. Muskilda ni se movió ni abrió esa boca reptilesca y rosada de las tortugas. Había fallecido, indudablemente. El deceso causó comprensible pena en la familia. Sobre todo por parte de Cristina, dueña de facto del animal, y de doña Pilar, que fue quien se topó de bruces con la Parca, cosa que nunca gusta y siempre deja un nosequé en la espalda, como un escalofrío. Además, la abuela siempre le habló de tú a Muskilda, cara a cara, con argumentos bien elaborados que la tortuga comprendía sin dudas. Eso decía ella. La abuela. También aseguraba que Muskilda la seguía: "La llamo y me sigue", sostuvo siempre Pilar. Comportamiento irrefutable porque, dada la morosa economía de movimientos de estos animales, bien pudiera ser que Muskilda iniciase el movimiento en pos de doña Pilar nada más recibir la orden, sólo que la atemporalidad de su desplazamiento negaría al impaciente ojo humano la confirmación de ese proceso motriz. Así que no puede negarse de modo taxativo que Muskilda siguiera la orden de doña Pilar, que quedaría satisfecha al fin uno o varios días después. El tiempo es subjetivo, como bien sabemos. Eso no niega que el proceso de acción-reacción entre Pilar y Muskilda existiese, científicamente hablando. Además, no hay por qué descreer de la Federa: alguien que hace esas rosquillas merece credibilidad.

El caso es que Muskilda ya no sigue a nadie. Sólo siguió a Harriet a donde quiera que vayan los galápagos buenos. Este obituario tortuguesco salda una deuda con Cristina y otra conmigo mismo, una deuda retrospectiva porque los gusanos de seda y los galápagos siempre han conformado mi proyecto incompleto de vida animal doméstica. Por más que alimenté con morera durante mi infancia a decenas de orugas blanquinegras, jamás conseguí que completaran su cacareada metamorfosis de gusano a crisálida. A lo más que llegaban era a hilar esos macilentos capullos lanosos que pegaban sobre las esquinas de las cajas de zapatos. Si lo de la mariposa era una leyenda urbana o un cuento infantil, jamás lo sabré. En varias ocasiones, casi siempre trágicas, tuve también galápagos. Mi culpabilidad insuperada nace especialmente de un par que crié con adolescente descuido, hasta descubrir una mañana borrosa de resaca que los dos bichos se habían quedado en la isleta del acuario más tiesos que la mojama. No se me borran de la cabeza las cuencas vacías de sus ojillos. Como forma de irresponsable redención, tiempo después crié a otra pareja, y a esas sí que les di todo lo que estaba en mi mano. Desde chicas las alimenté con trocitos de jamón york que ambas perseguían con entusiasmo, abriendo sus bocotas rosáceas para jamárselo. Lo que quisieran les hubiera dado, todo por acallar la conciencia: hasta una carrera les habría dado si hubieran crecido lo suficiente. No ocurrió, pero se agrandaron hasta ocupar casi la palma de una mano, así que las trasladé a un gran recipiente rectangular, todo lujo, donde nadaban lo más bien. A veces les pegaba con el dedito en el cristal y venían como toros contra el vidrio. Se lo querían devorar. Dicen en el National Geographic (de cuyos documentales soy espectador especialista) que las más gansas te pueden arrancar un brazo si bien les viene. Pero aunque a las mías terminé por cogerles un poco de prevención, yo no sé si creerlo. Si eso de las tortugas agresivas fuera verdad, a estas alturas la historia tendría a Darwin por el naturalista manco más célebre de los anales. Y Muskilda, la adorable y detenida Muskilda, habría fallecido con un buen bolo de pelo de zapatilla en su estomaguito. Pero cuando se murió a los pies de la abuela lo único que tenía dentro era lechuga. Igualito que yo.

Versión española: el cachondeo

Versión española: el cachondeo

 

Bueno, 24 horas después de la derrota me llega esta versión española de la magnífica portada del diario argentino Olé, reseñada hace algunas semanas en este blog con admiración periodística y envidia futbolística. Luis Aragonés, al fondo, los nombres de los seleccionados en scrabble horizontal y, de arriba abajo, la frase que forman: "La cagamos de nuevo Luisito". La argentina decía: "Que vamos a salir campeones", frase de una canción de fútbol bien popular en aquel país.

El caso demuestra que el ánimo español no desfallece y que la salud mental del pueblo está por encima de resultados deportivos. Ya estamos todos más tranquilos, ¿no? Pues venga, al cachondeo. Y tranquilos los disgustados, que el Mundial es sólo una vez cada cuatro años.

Bla, bla, bla

Bla, bla, bla

Esta mañana me despertó la tormenta y he pasado las horas escuchando el Living in a Material World, de George Harrison, cuya voz rueda lánguida por entre la música como una lágrima. No era cosa de ponerse dramático, sólo que se han dado así los hechos y ahora reparo en que quizá las realidades se reúnen y encajan como piezas de un puzzle increíble. Andy me mandó anoche un mensaje que decía: "Maño, qué ganas tengo de leer tu blog mañana". Pues la verdad es que esto no me apetece nada. Si lo hago debe ser por esa obligación amistosa... lo cual quiere decir que empiezo a no ser libre de mis propias letras, como quería yo con este espacio. Pero a un amigo que te quiere leer no se le puede negar que lo haga. Ahí vamos, con gesto derrumbado.

Comencemos por algunos aforismos de andar por casa... Conforme Zidane hizo el tercero (y bien mal que me supo, aunque a los periodistas madridistas parece que la autoría los consoló un tanto), mi amigo César dijo: "El fútbol no es una ciencia exacta; el Mundial, sí". Eso pensé yo siempre, aunque nunca acerté a decirlo en momento tan exacto y de modo así de certero. Pasemos a otro: la muerte nunca es digna, aunque nosotros le otorguemos esa posibilidad por afecto o defensa de nuestros intereses. Proviene de una corrupción global de órganos y tejidos que supone una acabada forma de degeneración inevitable, así que en general está lejos de cualquier posibilidad digna. Esto viene a ser una versión de alguna frase oída a Gregg House, mi médico de cabezera (la zeta no es una confusión). Agrego: a la derrota le atribuimos también a veces una proverbial dignidad que a mí no me cae bien. Eso valdrá como bálsamo para conciencias, pero no como razón o análisis. Ahí va el último: "Los recuerdos bonitos mezclados con tristeza saben mucho mejor". Lo anotó Franz Kafka mentalmente y lo escribió Gustav Janouch en sus Conversaciones con Kafka, libro del que ya hablaré otro día. Aquí manejamos influencias diversas, que quede claro.

Por lo demás, la eliminación con Francia se pareció a todas las demás. Al menos a mí me pareció la misma de siempre: nunca le ganamos a nadie. A nadie verdaderamente grande o mínimamente grande, porque Francia fue mínimamente grande. Con eso le bastó. No sé por qué lo hice. No sé por qué me puse la camiseta roja (la de la Selección de rugby, ojo) y me fui a la plaza del Pilar. Porque si habíamos de darnos cuenta de lo inevitable mejor darse cuenta en casa, donde uno no está a merced del desprecio introspectivo ni de la mirada ajena. Y anda cerca del frigorífico o de la terraza. Volver caminando con el torso cubierto de derrota no le gusta a nadie, uno se siente desnudo.  No fuimos los únicos. Cuando cruzábamos el puente para buscar el coche, con el 1-3 ya, dos chicos y una chica habían insertado unos jirones rojos en un palito y le iban dando patadas mientras caminaban. Me recordaron a los obsesivos manifestantes árabes que queman y pisotean y escupen a las banderas yanquis. Nosotros no nos quedamos ni siquiera decepcionados, como si el organismo hubiera activado de inmediato, con el golito de Vieira, el pack de feromonas derrota de la Selección, macerado desde el 82 hasta la noche de ayer, siempre a punto, siempre dispuesto para actuar cada dos años, el ciclo Eurocopa-Mundial.

¿Hay que hablar de fútbol? Bueno... Puyol y Pernía, un desastre. El argentino, para mí, ha decepcionado todas las expectativas que abrió en la Liga, lo cual nos puede decir mucho sobre el baremo que verdaderamente significa la Liga: lo he visto tímido, sobrepasado por la responsabilidad que implica un torneo como éste o bien demasiado controlado desde el banquillo. Ayer no vio a Cara Cortada ni en pintura. Ribery fue el mejor de Francia, de lejos. La defensa adelantada de Luis, un agujero anunciado mil veces: cada fuera de juego sonaba a advertencia. Nadie la oyó. Puyol, el que menos, desordenado en la táctica y en las ideas y en las ejecuciones. El árbitro, por su lado, chifló como un loco desde que empezó el partido, lo pitaba todo. Era una simple cuestión de probabilidades que se equivocara en alguna, la de Puyol que originó el segundo gol. Se equivocaron el italiano y el central del Barcelona, cuyo exceso físico originó una falta inexistente e innecesaria. No importa, la victoria de Francia hubiera llegado por ese o por otro lado. El empeño en Torres y Raúl me parece exagerado, por distintos motivos. Torres está sobrevaloradísimo, y aun así creo que es de lo mejor que podemos tener. Otra pista acerca de nuestras posibilidades reales. Ayer hizo un partido calamitoso, pero a los críticos les sigue pareciendo que ha sido la estrella nacional en este Mundial. Digo yo... ¿por qué? ¿Por qué intocable? Y Raúl... para qué hablar de Raúl otra vez. Su única aportación son los problemas que lo rodean. No sé si es culpa suya pero vamos... problemas. Arriba no tuvimos nada. Pasábamos el medio campo atrincherado de Francia y no íbamos más allá. Un leve ejercicio de táctica y oficio nos mandó a casa y bien mandados. Otras anotaciones al margen: no sé si un jugador como Reyes puede pasar tan desapercibido como ha pasado Reyes en España en este Mundial. Desapercibido por olvido. Pero esto son cuestiones menores, la verdad. El tema es que de una derrota a otra, como dijo con mucho tino José Ángel de la Casa anoche en un debate, no aprendemos nada. Me parece lo más grave de todo.

La verdad es que no me apetece nada todo esto, ya lo he dicho. Siempre lo mismo, con otras caras. Hasta me siento algo tonto analizando. La única diferencia de esta eliminación con cualquiera de las anteriores consiste en que la prensa se ha dado a la indulgencia como agradecimiento por la propuesta futbolística. Para mí, demasiado manierismo, innecesaria afectación. El periodismo acostumbra a cometer un error muy político: considerar que sus juicios equivalen a los juicios del pueblo. José Ramón de la Morena entrevistó a unos cuantos españoles de a pie anoche y luego a algunos españoles jugadores derrotados, y resultaba algo patético ver cómo los pájaros les disparaban a las escopetas, y era el periodista el que levantaba la bandera del ánimo y el que apelaba al futuro de este equipo y a la juventud y a la próxima oportunidad y a lo que hemos vivido estas semanas (?). Cesc le vino a decir, de buenas maneras, que le importaba un buen huevo el futuro, que le acababa de ganar Francia y eso no se lo quitaba nadie. Raúl le recordó, pese a que el otro insistía, que Francia les había derrotado y bien merecidamente, en todo, siendo superiores táctica, física y desde luego futbolísticamente. Papeles cambiados. A mí tampoco me gustó el periodo de glaciación de Clemente y tal, pero no me consuela nada que España haya jugado muy bien frente a Ucrania y Túnez. La verdad. El caso viene a ser el mismo: no le ganamos a nadie, ni jugando bien ni jugando mal, ni con jóvenes ni con mayores, ni con Raúl ni sin Raúl, ni con Clemente ni con Camacho ni con Luis Aragonés ni Suárez, ni con Muñoz ni con José Emilio Santamaría ni con Kubala ni con Pereda ni con nadie. Somos un debate interminable y pesadote con la misma conclusión: a casita. Cada vez nos vamos antes. Al final, tendremos que celebrar llegar a cuartos.

Ah, y otra cosita. Ayer por la mañana me vino este pensamiento a la cabeza y no lo he podido desechar aún: Ucrania le ganará a Italia, aunque sea de penalti, y llegará a semifinales haciendo la de Croacia, la de Bulgaria, la de Suecia o la de Corea... Y tendremos que tragarnos ver ahí al equipo al que le metimos cuatro con la gorra. Al tiempo.

Pd: Para no apetecerme, me he liado. Va por Andy.

Foto: el Guaje, mi única alegría verdadera de este Mundial. Uno no tiene siempre la ocasión de ver ahí a un amiguete y animarle por sms en riguroso directo. Creo que se le ha tratado injustamente, sometiéndolo a cambios preconcebidos que no han atendido a su juego ni a sus méritos. Su penalti de ayer fue un monumento similar al de Totti el día anterior, un prodigio de ejecución. Como se ve, tirar penaltis no es ninguna bobada. Se compara con ese otro de Torres y sale la diferencia exacta. También es cierto que tirar penaltis sólo supone un detalle más en el fútbol.