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Somniloquios

Goodfellas

Goodfellas

Los italianos son villanos de película, personajes de sí mismos atrapados en un guión que los precede, en un inmutable destino de hierro. Hablo de los italianos jugando al fútbol, claro.  Se diría que no les importa la grandeza, sólo les importa la gloria. No contemplan la posibilidad de que el camino pueda ser mejor que la culminación. Les interesa lo hecho, no el modo. Para el modo no están. Para las virtudes morales, tampoco. Ellos, hechos de la pasta de un pavo, arrogantes en las playas, vanidosos en los filmes, petulantes en la estética, latinos en la forma, tienen ese otro lado manifiesto en el fútbol, en el deporte en general, donde los define un pragmatismo sin fisuras, un impulso cuartelario, una cierta vileza de taberna, un feísmo con conciencia. Y con frecuencia, una aproximación enfermiza de la fortuna.

Su victoria frente a Australia constituye la sublimación del perverso modelo: 1-0 de penalti falso en el descuento, y tras una acendrada resistencia con diez jugadores. "¡A ver qué dicen ahora los críticos!", bramó uno de los azzurri al terminar el catártico partido. Puede que haya sido Totti, autor de un penalti bellísimo, rotundo en su perfección. Pero los críticos dicen lo de siempre, porque la relativa tragedia de las victorias italianas es que nadie les concede ningún mérito por cómo están hechas. Los chicos son culpables de antemano. Totti, por cierto, representa el otro lado de los italianos, lo que también está en ellos, el clasicismo, el canon: en algunos, muchos casos a lo largo de toda la historia, maravillosos jugadores, elegantes jugadores, soberbios jugadores, talentosos jugadores. Pero sometidos (y felices) a un guión inspirado en la matemática de la tortura y censor de la imaginación.

Si todos consideramos que esta victoria sobre Australia significa la perfección de su ruina, para ellos sólo tiene una lectura: victoria y en las peores circunstancias. Es puro heroísmo redentor. Italia tiene un valor que quizá siempre pasa desapercibido, un valor algo cínico, desde luego, pero fundamental en su comportamiento: no desprecia a un solo rival. No. A todos les proporciona el mismo trato de salida. A todos les juega igual, sea Brasil o Australia o Corea. La seriedad, piensan, la seriedad en las formas y en el gesto, proporciona el único camino hacia la victoria. ¿Ganan siempre? No. Por otro lado, nadie lo hace. Cierto que Brasil fue quien más títulos reunió, practicando lo que ahora llaman jogo bonito, pero esa teoría encierra un par de mentiras: una, que de 1970 a 1994 acumuló fracasos, y que recuperó la vía de la victoria a través de algunas renuncias fundamentales de su tradición futbolística; dos, que la superioridad de Brasil no proviene de una propuesta de estilo, sino de la simple superioridad técnica, de su inmensa capacidad para generar maravillas, de una destreza que está por encima de la media. Son mejores. Luego ganan con mayor frecuencia. Cuando dejaron de hacerlo por pura naturaleza, le agregaron a su fútbol un cierto rigor táctico. Entonces volvieron a ganar: ojo, por penaltis y ante Italia...

A mí los italianos me caen bien, por lo menos en los Mundiales. Me alegra que ganen aun cuando su juego resulte deplorable o tenga una belleza deforme. Todo eso, su forma de defender (se meten atrás, sí, pero se meten tan pero tan bien...), esa competitividad, esa fiereza sin disimulo me producen una rara admiración. Son como el personaje de Joe Pesci en Goodfellas, unos hijos de puta redomados que te clavan un bolígrafo en el cuello si los miras mal. O un gol de penalti en el alargue: ese Grosso podría haber rodeado al pánfilo defensa australiano y mirar a la portería, pero mejor tropezarse y caer y penalti. A pesar de todo esto los considero personajes necesarios en el teatrillo de los grandes torneos. Tienen la gracia siniestra de los mafiosos del cine, la ingenuidad punk de Sid Vicious. ¿Quién no quiere verlos tumbando a los gráciles brasileños? Yo sí. En el fondo, los italianos son buenos chicos... sobre todo si no te cruzas con ellos.

Foto: Kewell y Materazzi, el castañazo, el cuerpo a cuerpo y chasquido de huesos. Dos berracos en disputa de una pelota volante. Parece que la nariz y el resto de la cara se les vayan a volar de su sitio como una careta de papel, por la inercia del topetazo. Así juegan al fútbol los hombres. Y si a usted no le gusta... cambie de canal.

La salchicha alemana

La salchicha alemana

Algunas anotaciones sobre lo visto y lo que viene en la cosa del Mundial. Si titulo así es en sentido y agradecido homenaje a las butifarras germanas que nos comimos en una soleada tarde de verano en Bielefeld, hace tres o cuatro años, antes de un partido de pretemporada del Real Zaragoza en el campo del Arminia. Tras una semana de queso holandés en el desayuno, la comida, la merienda y la cena, la salchicha alemana con cerveza fue como la alpargata de La Vida de Brian, un motivo de idolatría sobrevenida absolutamente impiadosa. Comparados con los holandeses, los alemanes parecían de lo más alegres. La condición más notable es que, efectivamente, estaban vivos, reían, cantaban, qué sé yo. Gente con sangre. Y con salchichas. Tras la digresión, ahí van las notas. Eran cinco pero se han quedado en cuatro porque de la última no me acuerdo.

  • A los tres o cuatro días de comenzar el Mundial, un amigo me preguntó: "¿Qué te parece lo que hemos visto?". Mi respuesta fue ésta: "El Mundial, en general, está a punto de gustarme. De lo visto hasta ahora me quedo con Alemania". Dos semanas después ratifico, mantengo y amplío el juicio, que procuró armarse de cautela. El torneo se ha jugado, salvo excepciones en la tercera jornada de cada grupo, a un ritmo buenísimo, competitivo, eléctrico, despierto. No ha habido sorpresas, es verdad, pero a mí siempre me ha parecido que las sorpresas no hacían un sinónimo de espectáculo o de calidad. Más bien al contrario. Por inercia, todo tiende a igualarse por abajo, no por arriba. El descalabro africano lo demuestra: es un Mundial eurocéntrico (diez de los dieciséis clasificados). Por lo demás, mi primera ficha para ganar el torneo la tiene Alemania. No sólo por el argumento del anfitrión, que es cierto, pero también su fútbol de martillo me ha convencido. Es el mejor equipo alemán que he visto desde el 90, selección aquélla que siempre me pareció desprestigiada sin motivo. La crisis vino después, pero Klinsmann ha reunido ahora gente joven, con decisión germana, convencidos y mortales desde la media y la corta distancia. Sus partidos se parecen a los resúmenes de la Bundesliga: venga zapatazos a gol. Además, uno ve los nombres alemanes en la camiseta, ve Swensteiger, Metersacker (éste me fascina), ve Schneider, ve Metzelder... y sabe que son nombres hechos cruzando los hierros del lenguaje, y que el poder del lenguaje tiene algo de mito. Si yo voy con la pelota y me viene de frente un tipo llamado Metersacker... no sé. Yo creo que se la doy. Para mí se trata de un equipo dotado del gesto indecible de los campeones, el mismo que me parecía tener Francia desde el principio en el 98: sin debates absurdos sobre estilos de juego, fútbol en el más amplio sentido de la palabra, en el que hay un poco de todo y ningún complejo que vencer. Competitividad y armas para golpear. Más conjunto que individuos. Concluyo: no veo forma de parar a Alemania. Creo que esto ya lo debió de pensar alguien a lo largo de la historia, y no sólo la del fútbol.
  • Como el cruce le viene con Argentina, le pongo ahí el interrogante. Por corazón y convicción, me parece que Argentina constituye el gran rival de los germanos hacia su cuarta Copa del Mundo. De esa eliminatoria creo que sale el campeón, pero con el fútbol ya se sabe. Me mojo por dar espectáculo... que conste. No vengan luego a decirme.
  • ¿Y España? Indudablemente ha resuelto una primera fase sencilla con eficacia incontestable y ráfagas de brillo. Le veo dos problemas en medio de tanta alharaca de los medios de comunicación. El primero son los cruces. El camino, si no se despeja, pasa por Francia en octavos, Brasil en cuartos e Italia en semis. Es decir, una cosa como lo del Zaragoza en la Copa este año. Lo de Italia es la fortuna hecha torneo, tiene un camino soñado (Australia y Ucrania o Suiza) hasta semifinales. ¿Está preparada España para pasar a esos tres gigantes? Hay quien opina que sí, hay quien lo duda. Yo me quedo en medio. Postura escéptica, matizada de deseo: si son capaces, que lo hagan. No hay otro modo de creerlo. El segundo problema que le veo a España se llama Raúl. Y respeto todas las opiniones. Yo he sido raulista de siempre, pero pienso que no debería estar en el Mundial: primero porque, por fútbol, no se lo ha merecido; segundo, porque supone un foco de tensión permanente, irresoluble como hemos visto, aunque España gane. Las ruedas de prensa siempre acaban en Raúl. Es una fuente de conflicto interior por asociación: seguro que David Villa no está tan feliz después de que Luis lo quitara antes del minuto 60 tras meterle dos goles a Ucrania, porque Raúl tenía que entrar sí o sí. Y el Niño Torres es intocable, claro. ¿Y Luis García? El otro cambio fijo. Luis ha hecho un trabajo magnífico o el equipo le ha florecido cuando nadie pensaba, pero desconfío de un entrenador que ya ha decidido los cambios antes de empezar el partido, incluso dos días antes. Una última anotación: ¿Nadie reparó en la miradita de Raúl al banquillo, cargada de veneno, tras su gol a Túnez? Vino tras dos abrazos a Cañizares y Salgado, la conjura de los veteranos y tal. Para mí era un resumen o una conclusión. Si Luis Aragonés sale vivo de todo esto, o es un genio o tiene a los jugadores y a la prensa anestesiados con algún bálsamo secreto.
  • Y ahora, el lado romántico del Mundial. O sea, la boutade. Ese equipo con el que uno se encariña sin saber bien por qué. Casi siempre fueron Irlanda o Escocia, ausentes en este Mundial, pero mantengo el modelo con Australia. A Australia le guardo un afecto transmitido por amigos y unas vacaciones allá hace algunos años. Los australianos son gente hecha para las relaciones sociales, gente para quien la amistad no depende tanto de una cuestión de tiempo o de vivencias compartidas como de convicción, cortesía y deseo inmediato. Te presentan y a los cinco minutos parece que te hayan conocido toda la vida. Y tú a ellos. Es el buenrrollismo natural, innato. Lo mejor de Inglaterra sin lo peor de Inglaterra, pienso a veces. Pero además me he divertido viéndolos estos días jugando al fútbol por lo que decía antes de Irlanda o Escocia: me recuerdan el primario fútbol británico de siempre, rudo, vigoroso, veloz, directo. Ingenuo muchas veces (contra Brasil, de una ingenuidad dolorosa), pero honesto. Es un equipito, sí; habrá quien diga que no juegan ni a la taba. Pero a mí me divierten como las películas de Esteso y Pajares. ¿Qué más les puedo pedir?


    Foto: Iba a poner una de Klose dando una voltereta en el aire, pero encontré esta maravilla que es la salchicha papal. A ver, una salchicha creada en honor de Benedicto XVI. La llaman Ratzingerbratwurst. Me encantan esos idiomas que hacen las palabras como morcilla, juntando todo. Además, esta salchicha pálida... ¿no se parece un poco a Klose?

El gol

El gol

 

En sí, se trata de un hecho sencillo: poner la pelota al otro lado, en el rectangulito con mallas. El proceso de culminación de ese simple objetivo da lugar a la pasión, a estudios, teorizaciones, sistemas, estructuras constructivas y entramados destructivos, planteamientos, una cierta violencia, una forma de historia paralela y, al final o durante el camino, puede que también a un modo de belleza estética que tiene que ver con la armonía y las formas. Cuando ocurre, ocurre esto: cabriolas, hombres subidos unos sobre otros, besos en desafuero, revolcones. Cosas así. Nadie se ponía de ese modo en el colegio por sacar un sobresaliente, nadie hace esas cosas al encontrar el primer beso, ni siquiera el primer coito; nadie celebra así la primera Comunión, la consecución del amor, el acceso a la universidad, el ligue del año, el puesto de trabajo, la lectura de un maravilloso libro, una beca, el primer sueldo, un casamiento. No se festeja así una canasta, un home run, un récord del mundo... Lo han comparado a un orgasmo pero, la verdad, uno no da volteretas laterales en ese caso ni grita ni se abraza como si le fuera la vida en ello. Si acaso uno rinde los miembros y bastante tiene. Nadie celebra así un ascenso profesional, ni una operación multimillonaria, ni siquiera un premio Nobel, ni un piso de VPO, ni la reunión con un viejo amigo, ni una reconciliación de pareja, ni la Lotería, ni levantarle la mujer al de enfrente si antes era tuya (o no). Ni siquiera el nacimiento de un hijo. Nada. Eso lo hace un gol. Es un instante de explosión petarda y luego... la vida sigue, vuelta a lo mismo, pero de otra forma. Otra vez el proceso recomienza y hay un regreso de inercia a todo lo demás, el rectangulito al fondo y a ver si llega otro. Aunque se disimule, siempre prevalece el deseo de otro. Por eso cada poco hay uno nuevo. Otro. Y otro. Un gol es un gol, una alegría extraordinaria y también frecuente, y eso lo hace aún más fascinante porque el caso no lo remedia ni la costumbre. La enloquecida felicidad se regenera, alimenta o transforma. Y mira que, si lo piensas, se trata de un acto medianamente estúpido. En eso estamos de acuerdo. Eso lo concedo. Pero yo metí alguno y lo gritamos como locos, como profesionales, como en un Mundial, bien gritado y bien abrazados. Te abrazas hasta al imbécil con el que te cruzaste las manos en el entrenamiento del jueves. Pero un gol es un gol. No sé bien qué es un gol, pero es otra cosa. Se pongan como se pongan. Otra cosa.

Verano

Verano

Del verano prefiero el mes de julio, y de cada mes los días rotundamente azules. Me gusta acostarme entre sol y sombra de un grupo de árboles y mirar cómo su brillo atraviesa las hojas y las matiza con brillos de trasluz. Me gusta mirar al borde de las copas que se recortan con el cielo y llenarme de ese contraste, verde sobre azul, los dos muy vivos. Me gustan los parques en verano. Me gusta el paseo arbolado en el que una estatua imita a dos enamorados que caminan reunidos por un paraguas, bajo la lluvia. Y el frondoso muro que entreverando los ramajes se levanta hasta la altura de varios pisos. Hay que mirarlo desde un punto exacto de la avenida. Bajo el edificio de cristales de color repetido, en diagonal y hacia arriba. Y el paseo, si ignoramos los automóviles y la calzada, tiene la profundidad repentina de un bosque. A veces dos novios detienen la tarde para arrullarse en un banco y mirar a los enamorados de la estatua, a los que la lluvia nunca alcanza.

El verano es eso y es el río exhausto con la tripa abierta como un animal, sin caudal que le cubra los pedregales. Parece moroso en los meandros y recto, dignificado y sereno cuando entra en la ciudad desplegando el lecho como en un desfile. Tiene carácter. He visto balones que se perdían veloces en sus aguas y los hemos perseguido hasta donde daba la orilla, pidiendo que el viento los aproximara. A veces lo rescataba un piragüista, otras muchas veíamos esa pelota, embebida en la corriente, alcanzar en segundos los puentes y más allá, menguando hasta ser invisible. Un balón perdido en el río suponía una pequeña tragedia cotidiana del verano. Había otras. He visto gente salir muerta y con color de barro, los miembros atribulados de rigidez, o con una pierna negra como un madero quemado. He visto ahogados. He visto gente caminando sobre los barandillas de los puentes, quizás jugando al suicida redimido. El río es un vivir para mirarlo siempre cambiante e igual, o un morir premioso o repentino: entrar a nadar en sus aguas, sentir un tirón sin sentirlo, algo que te lleva abajo y te aferra sin tocarte. El río se ha tragado a personas en apenas segundos y ahogado sus gritos en barro y maleza. Y los ha devuelto 30 metros más abajo cuando le ha dado la gana.

El verano me hace alegre melancólico. Cada día me parece una culminación de todas las posibilidades de la vida y un atardecer de la esperanza, todo en muy pocas horas. El verano es resplandor en las piscinas, ardientes de una luz que se contorsiona sobre las ondas de la superficie. No sé por qué esa imagen siempre tiene para mí el rostro de una mujer inconcreta y una música que la enmarca. Es el túnel del tiempo: mirar a los adolescentes saltando gritones al agua frente a ellas, que miran y retiran la mirada, juegan a la goma del cortejo, como todos hemos hecho. Pasar la tarde en el césped, cambiar miradas y encontrar significados. Dormir arrollado por un sol tranquilo y vehemente a la vez. Y después la fanfarria nocturna, las chicharras, los grillos, el zumbido del agua, el susurro de los árboles, las voces en sordina que hablan en el porche, sentadas en hamacas o en un balancín quejoso. Nadie quiere acostarse y yo tampoco quiero. En el parque suenan músicas que no acaban. La noche lenta y preciosa. En la montaña, una vez me senté frente al valle en el mirador del viejo pueblo, y el cielo derramó estrellas sin fin contra la ladera inmensa, haces de luz que se desprendían de un telón que oculta la tramoya del universo. De niño, algunas veces acampábamos en la tienda de unos amigos. Unas esterillas hacían de camas, y yo me hundía en el sueño escuchando al otro lado de la tela azul a los animales, y el cuchicheo de los mayores que fumaban y hablaban, sentados en sillas de tela en forma de aspa. Entonces no existía el cansancio. Nos despertábamos en bañador y salíamos a jugar y a tirarnos en la piscina. Y luego, a tomar el desayuno. El día era enorme comparado con nuestro tamaño. El verano terminaba, sí, pero lo hacía muy despacio, como todo lo demás cuando uno es niño.

Del verano me gustan las tormentas lejanas que cruzan campos arrasados de sol, los rayos verticales sobre un fondo gris, el dramático teatro silencioso. El olor de la tierra mojada. El rumor del trueno que llega como muchedumbre de una caballería remota. Las cuatro torres de la basílica en silueta contra el cielo, sobre todo cuando las iluminan. Los mosquitos afanados en su locura bajo las farolas del puente. Me gustan los atardeceres anaranjados en la cabecera del río, el ábside de la catedral, las calles heladas de sombra en agosto, aunque huelan a orín. Prefiero pensar en esta ciudad cuando era ciudad de palacios y casas solariegas, rodeada de campos y limitada con portones de piedra. La torre de mi calle que marca la hora de la ciudad. La medianoche blanca de la siesta, que anotó Capote. Me gusta la primera noche del verano, que es ésta, cuando el cielo no se ha apagado del todo y aún guarda en su tono algo de este día, un color que la luna mezcla despacio. Entonces prefiero las nubes que dan energía al contraste, matices violáceos, opacos. Hoy las he visto como trazos cuarteados de un lapicero blanco usado con destreza, y luego difuminadas con el índice. Recuerdo una tarde larguísima frente al Cantábrico y otra similar al sur, donde se angosta el Mediterráneo. Una noche hecha con despiadado añil que cruzaba el cielo de los cabos y bahías; nació turquesa y murió negra. En esa variación yo traspasé el éxtasis de la mirada y la vacié de lado a lado del horizonte.

Me gusta caminar con música y mirar a la gente, darle a la ciudad el ritmo de mis oídos. Irme y regresar. Me gusta el momento exacto en el que por primera vez, a lo lejos, distingo los perfiles de los edificios, la confusión de calles, las agujas que se levantan y son el nombre del lugar. Me gusta mirar al sol en la última hora de la tarde, como moneda de oro licuada en la perpendicular de los puentes. Deberías haberla visto. Siempre es la misma tarde si es verano. La miro y vuelvo a casa y comienza la noche, la primera. Entonces repaso de una vez todas las cosas que me gustan, y siempre encuentro las mismas o agrego otras.

Foto: Mi abuelo Mario, en la piscina de las gradas en Helios, en una imagen de verano de otro tiempo que se repite incesante y casi exacta. El verano es también él, tomando café en el poyete junto a la palmera, aguardando a verme llegar sudoroso de otro partido. O en su terraza en las últimas semanas, protegido por los toldos frente a una asfixia que él ni siquiera advertía, porque su cuerpo se le había hecho una lengua de hielo. Apagándose en la luz del último verano, pero sin ceder ni un ápice de ese brillo suyo que le sobrevive.

Blanco y negro

Blanco y negro

 

Contraste. Tonos de imposible conciliación.

Las milongas del amigo Andrelo

Las milongas del amigo Andrelo

La tarde ha variado de colores al menos en tres ocasiones, antes de plegarse en ese contraste de añiles que rescata la última luz en los días que casi son de lluvia. Hemos regresado a la ciudad rodeados por la voz pedregosa de Andrés Calamaro. Raro que Andrelo no haya asomado antes a esta ventana, porque yo suelo alzarme a las suyas con frecuencia para vigilar qué hay ahí, qué está pasando. En los últimos años Calamaro ha cruzado largas temporadas en silencio, lo que entendemos por silencio público o musical, y entonces yo cada cierto tiempo consultaba a mis fuentes argentinas para saber si andaba bien, si estaba de este lado o del otro (en todos los sentidos), si alguien lo oyó o supo algo o vio un reportaje en alguna revista o si encontró una breve referencia a algún proyecto futuro. Con Calamaro me ocurre algo que no me ocurre con casi ningún grupo o cantante, y eso que la lista de predilectos es larga y variada: lo sigo como seguiría a un buen amigo, a un amigo íntimo. Resulta difícil de explicar: me parece que lo conociera de siempre, y podría deberse a que le he oído cantar tantas frases exactas que me invade la tonta impresión de que muchas las debe haber escrito pensando en mí. Se trata de un argumento imposible y casi estúpido, desde luego. Sin embargo, no hay refutación. A Calamaro lo siento aquí al lado no porque yo me haya aproximado a él a través de la idolatría o la admiración o la sensibilidad o el gusto musical. Más bien el proceso funcionó a la inversa: el que se aproximó a mí como si quisiera cuidarme fue él con sus temas.

Así que veníamos conduciendo en hilera dominical densa, y nos cercaba el minucioso sonido de Tinta Roja en el aparato de música. Tinta Roja es el último Lp de Andrelo, un cancionero de tangos revisados en clave pseudotradicional, que Calamaro adereza con la compañía de músicos cercanos al flamenco. No se trata de fusión, sino de interpretación. El coche no es el mejor lugar para oír un disco así, porque está musicado con detalle y finura que uno no debe perder, pero con el volumen bien alto puede rescatarse algo. La hora y la grisura final sí le iban bien al tono melancólico inherente al tango. La soledad de un living en la última respiración del día me parece el escenario más adecuado, dejándolo que se llene con la voz de Calamaro, cuidada en un cierto dramatismo milonguero, pero sin excesos; la subrayan guitarras, saxos, armónicas o palmas. No se oye un bandoneón en este disco de tangos que se hacen otra cosa sin abandonar del todo su naturaleza. En ese espacio de impresiones entreveradas reside, me parece, el interés y la alegría de este trabajo. Yo no entiendo de tangos, aunque me gustan y mucho. Y Tinta Roja, en cuanto a disco de Calamaro, me gusta al modo que me gustó El Cantante. Algo más, porque llega donde quizá aspiró a llegar el otro: a un planteo honesto y sin concesiones de su autor, decidido a arriesgar la pérdida ("ya sé que una crítica unánime en Argentina será imposible", advirtió Calamaro), o a que le recuerden que en sus últimos tres discos sólo aparecieron tres temas propios. Yo también me acuerdo de eso, pero me parece un arma demasiado burda e insincera con este disco.

De cualquier modo Calamaro sigue virando el rumbo sin perder el rumbo. Yo prefiero esos hits suyos de siempre, que tan bien y con tanta ligereza le salen, o el tono canalla de El Salmón. Me gusta más el lado Dylan y el lado Rodríguez y el lado Los Abuelos de la Nada y el lado Honestidad Brutal que este viaje a las tradiciones que Calamaro quiere compartir con quienes le escuchamos diga lo que diga, aunque sea una pavada como dirían allá. Veo que ese impulso de Tinta Roja es también el que anima, por ejemplo, estas líneas: donde quizás muchos esperen fútbol o deporte yo busco que se oiga también la otra voz que tengo dentro, y que son estos Somniloquios, voces en sueños o sueños hechos voz, generalmente palabras escritas en la madrugada. De ese mismo modo, Tinta Roja es el otro Calamaro. Así que le voy a encontrar momentos para dejar que me resbale por adentro esta voz querida de barrio y almacén. Siempre se hacen buenos los ratos entre amigos. Y Andrelo es un amigo cojonudo.

Escuchemos al Sr. Lobo

Escuchemos al Sr. Lobo

"Bueno, no empecemos a chuparnos las pollas todavía".

El Sr. Lobo, un sabio, en Pulp Fiction. No me voy a entretener en más análisis innecesarios después del 4-0 a Ucrania.

Dígaselo con flores

Dígaselo con flores

 

"Me van a venir a mí con flores, que no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba".
(Luis, nada más pisar suelo alemán, cuando un miembro de la organización del Mundial trató de agasajarlo con un bouquet con los colores de España).

 

Cada vez estoy más convencido de que Luis Aragonés es lo más similar que podemos tener a un Bilardo. Sin su perversidad enfermiza, desde luego; a la española. Puede que sin esa maldita conciencia del personaje propio, que Bilardo alimenta de forma ventajista. Pero aun así el comportamiento de Luis Aragonés diverge cada vez más de lo real para aproximarse a la caricatura. Luis transita entre accesos relativos de locura, un costumbrismo carpetovetónico, su sinceridad castiza, una rara forma de sapiencia popular aplicada al aséptico mundo del fútbol de hoy y, desde luego, esa notoria heterodoxia argumental hecha de espacios vacíos. Es un tipo que se ha salido del tiempo, puede que a propósito, así que alternativamente nos dan ganas de avergonzarnos de él o de ir corriendo a darle un abrazo. Esta sección (El Mundial y tal...) viene a ser un homenaje a su verbo disperso. Mientras, hoy juega España. Aragonés se juega su angosto culo.