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Somniloquios

El día del velocista

El día del velocista

Algunos días me siento un velocista.

Son los días en los que el fútbol viene tarde. Y en silencio, durante toda la jornada, dispone su trampa para el escritor de fútbol. El escritor de fútbol nocturno es un velocista cruzado entre los hechos, su narración y la hora. Como el velocista, pasa el día huyendo de la carrera de la noche para no correrla varias veces. Basta una. Si la corre dos, va desgastado. Si pasa a correrla tres, está muerto. En esa única carrera se juega todo. El velocista escritor dispone su cuerpo en la salida como tantas otras veces. Luego escucha el disparo de aire, un silbido, y sale en estampida sin saber cómo ni a dónde. Lo espantan frases que no atrapa y palabras que no suenan bien con otras palabras; acecha una repetición, un olvido, el detalle ingrávido que no alcanzas. Si algo se pierde por el camino, se pierde todo.

El día no tiene nada que ver con esa explosión última, y eso es lo peor. Ahí queda compuesta la maraña de la que hay que salir airoso. La mañana no existe, no hay nada que hacer, nada que pensar, salvo lo cotidiano: desayunar sin prisa, ir a la peluquería, hacer una visita, mirar al cielo, comer tarde. Pueden agregarse o restar estas y otras alternativas. No importa: durante esas convenientes rutinas, el velocista va interrogando a su cuerpo y espera respuestas en voz baja; contestaciones que, si han de ser desfavorables, al menos incluyan la posibilidad de una reparación. Como "tengo una molestia en el cuádriceps". O bien... "hoy no tengo ganas de escribir". Puede que el dolor sólo signifique un residuo del sueño. Puede que a lo largo de las horas ocurra algo que despierte el deseo de contar y contar bien.

Antes de escribir un partido veloz, vuelven siempre estas preguntas y otras que ahora no encuentro: “¿Seré tan rápido como puedo ser, serán mis piernas tan fuertes como pueden ser, seré tan agresivo como quiero ser, seré tan automático, exacto y preciso como puedo ser, seré el que quiero ser? Siempre igual. Soy yo contra yo mismo, contra mi propia y ajena expectativa. En esa competencia, lo sé bien, dependo de ese a quien yo llamo 'el otro'. El otro. Un tipo que me habita y me ignora. Un tipo que viene y va de mis días. A veces él aparece y escribe una magnífica crónica para mí, sin que le pesen el esfuerzo, la hora, la carrera, la presión, los hechos objetivos del partido. Sin esfuerzo los registra todos y sin esfuerzo teje una historia que me gusta o me hace reír o me parece inteligente o directa como un disparo. A veces comete errores, o un gran error global, pero incluso ese error posee la fluidez de lo instantáneo. Cuando él viene, le dicta al papel y en el papel se ilumina algo. Yo miro y le presto los dedos. Yo sé bien, durante estas horas de guardia lo sé, que estoy en sus manos. Estoy en su voluntad. Si no aparece, me quedaré solo y entonces tendré que buscar en el oficio, en la costumbre, en el coraje, en la matemática inexacta de las palabras, lo que no me entregue su presencia. El otro es notablemente mejor que yo. Yo soy un torpe metódico. El otro es un velocista de cojones.

En esas esperanzas mínimas, dejé que la tarde fuera derivando en noche, sin apenas mover un músculo ni afectar a la mente, que va a disponer el resultado de esta nueva prueba. Leí a Richard Ford. Cuando leo a Richard Ford no quiero hacer absolutamente nada más que leer a Richard Ford. Escuché viejas canciones de Neil Young y de Wilco. Cuando escucho a Neil Young y a Wilco no quiero hacer absolutamente nada más que escuchar a Neil Young y a Wilco. Nada que interfiera. Todo empieza y acaba ahí. Desde luego, no quiero escribir un partido subido en un tren desbocado que ingresa a un túnel. Pero hay que hacerlo. En la última hora, justo antes del silbido a filas, compré algunos libros que me ayudarán a superar este otoño y me llevarán al invierno. Los guardé bajo el brazo y partí a la salida. Con ellos en el costado me sentí seguro, pensé que algo me darían. Repetí estas mismas frases como un mantra. Richard Ford y la voluptuosa Beuna. Wilco y Neil Young. Crazy Horse.

El disparo me estalló junto a la cabeza.

Anoche el velocista no vino.

Mia y Scarlett

Mia y Scarlett

 

Estas fotos me hacen pensar en Vertigo, la de Hitchcock. Madeleine y Judy (Kim Novak las dos veces). Mia y Scarlett, Zelig y Scoop. James Stewart y Woody Allen.

Clint Eastwood en Iwo Jima

Clint Eastwood en Iwo Jima

El pasado fin de semana se estrenó en Estados Unidos la última película de Clint Eastwood, Flags of our fathers. Las banderas de nuestros padres, diríamos con literalidad ecuatoriana. Mayormente, en el primer fin de semana de exhibición los americanos encontraron actividades más decorosas que ir a ver esa película. La prensa enseguida subrayó las cifras del relativo fracaso: la prensa es tan hábil y veloz para desnudar los números ajenos como lo es para emboscar los propios. Pero ese es otro tema. En América es octubre y viene noviembre, como aquí. Pero en ese planeta alternativo, la coincidencia temporal supone dos cosas que nosotros pasamos por alto con vil ligereza: están en marcha las finales de béisbol y se acerca Halloween. Como para ir a ver lo de Iwo Jima, tú.

Lo del béisbol está que arde. Kenny Rogers, pitcher (lanzador) de los Detroit Tigers, ha dividido al país. Kenny pasó el domingo tirándoles bolas a los bateadores de los Cardinals, y éstos sólo tuvieron pitera de batearle un par de ellas a lo largo de ocho entradas (turnos de bateo). Es decir, una pila de lanzamientos y sólo dos veces el otro conectó el bate con la pelota. Venga de bolas y no había quien le cazara la mosca a Kenny. Así que Detroit ganó. Pero amigo... a mitad de la segunda entrada un desocupado locutor de televisión le descubrió a Kenny Rogers una mancha ocre sobre la palma de su mano zurda, y lanzó la acusación: "¡Resina de pino!", bramó el tipo. La resina de pino es anatema en el béisbol. No se puede usar porque, dicen, deteriora o agudiza los efectos de las bolas, que ya de por sí son un etéreo galimatías de giros, velocidad, caídas y ángulos. El entrenador de los Cardinals, Tony LaRussa (un nombre formidable) protestó a los jueces y éstos examinaron la manita del pitcher. Pero todo sin gran entusiasmo, como si no fuera para tanto. Rogers arguyó que la mancha no era resina sino simple suciedad, barrito, porquería desatenta. La limpió y siguió a lo suyo. Ni aun así le batearon, de forma que el pobre LaRussa no dijo ya ni pío y ahora le están dando todas en la prensa de su ciudad por pusilánime. Que es un mierda, vamos. Preguntado acerca del pegote nicotínico en su zurda, Kenny estuvo veloz: "La verdad, no sé para qué iba a servir usar resina de pino en la mano, salvo para tirar la bola varios metros más corta". Dí que sí, machote.

Y en eso anda el país, mientras Clint lanza a los cocodrilos su última obra. No nos sorprendamos del asunto de la resina porque aquí pasamos semanas hablando del estado del césped en los campos de fútbol cuando viene una de esas crisis de tepex tan habituales en el invierno. Hay otro factor que juega contra la película de Eastwood. El americano, a cuatro días de Difuntos, quiere muertos pero de pacotilla, muertos de gañote y no esos dramas personales tan concéntricos que son los dramas de la guerra. Para Halloween, la gente devora las películas de carnicería barata. Motosierra V y tal, casquería banal. Por otro lado, y en un nivel analítico más avanzado, la coincidencia en cartel de The Departed (la nueva de Scorsese, que aquí se estrena este viernes con el título de Los infiltrados... y ya estoy casi en la fila del cine) y Flags of our fathers no favorece a ninguno de los dos genios. Demasiada táctica para esta época del año. Ese tipo de películas quedan bien para la campaña de los Oscars, que es cuando la gente acepta las introspecciones de los divos. Pero ahora, no.

Flags of our fathers cuenta la invasión de la isla de Iwo Jima por los aliados en 1945, en el tramo final de la II Guerra Mundial. El episodio tiene fama por el significado estratégico de la conquista en la prolija batalla del Pacífico y, más aún, por la fotografía que Joe Rosenthal, profesional de Associated Press, tomó a tres soldados americanos cuando trabajosamente plantaban la bandera estadounidense en lo alto de una colina. Eastwood divide la película en antes y después de la bandera. Antes la batalla, memoriosa en detalles, rica en sangrienta tragedia, meticulosa en el espectáculo de la muerte. Me gusta (por las fotos que he visto) la neutralidad cromática con la que ha tratado Clint la guerra, que es uno de los acontecimientos más pálidos que puedan imaginarse. Esa fuga de colores hacia un virtual blanco y negro que no lo es limpia la pantalla como un bombazo; la despoja de cualquier generosidad o concesión y hace por un relato descarnado. Después de la bandera está el resto de la vida, la existencia atormentada de los héroes, definitivamente fuera de sus ejes. Ahí hay metafísica, obsesiva tristeza, desarraigo, la intimidad silenciosa de la tragedia que no termina.

Las críticas que he leído disparan para todos los lados. Hay una desigual aceptación del filme, juzgado con la severidad con la que se juzga a los genios. No está mal que sea así, pero me extrañaría que Clint Eastwood incurriese en un error excesivo con este clásico género. Además, no está solo: escribe Paul Haggis (guionista de Million Dollar Baby y director de la formidable Clash, apoyado, como siempre, en un libro sobre el que elevar el edificio de la historia; producen Paramount/Dreamworks, y el mismo Spielberg. Los actores son desconocidos, rasgo de naturalismo deliberado por parte del hombre de Malpaso. En la guerra, los rostros son barro confundido. La guerra no acaba nunca, como saben los que la pelearon y como sabemos todos desde que Spielberg la resucitó con Salvar al soldado Ryan y Terrence Malick hiciera en La delgada línea roja una lectura de Guadalcanal de lírica emoción. Con esta película, después de dos cimas como Mystic River y Million dollar..., Clint Eastwood continúa la minuciosa construcción de una obra que alcanza ya las estaturas inabordables de los clásicos.

Con el permiso de ustedes, de Woody Allen, de Spielberg, de los irregulares Scorsese y Oliver Stone, desaparecido Wilder, hierático y ausente Coppola y frente al extravío de Zhang Yimou, proclamo a Clint Eastwood el director vivo más grande y profundo del cine actual. Aunque esta vez la bandera no se le tenga en pie.

Diego dispara a la cabeza

Diego dispara a la cabeza

Real Zaragoza, 2-Betis, 1 

El Príncipe cazó al Betis y lanza al Zaragoza arriba - Robert descontó con un golazo - La lesión de Aimar dejó huérfano al equipo - Edu vio la roja 

Aimar camina por el campo de fútbol con un candil prendido en la mano, igual que Diógenes, buscando un hombre pero sin esa impostura filosófica del barril y la higiene desatenta. En general busca un hombre que lleve su misma camiseta, y lo busca para darle la pelota o, si acaso, darle un gol, que es la felicidad en este juego. A Diego Milito le entregó ayer el segundo del Zaragoza después de una jugada de fascinante punteo: primero lanzó el contraataque por el carril central, en una muestra más de su prodigiosa lectura de los espacios. Luego tiró una combinación con D’Alessandro, después entró al área por la puerta lateral, allí recogió la sutil pared y salió otra vez hacia fuera: dejó tirado a Rivera, luego a Nano y, de vuelta, le cambió el sentido el balón para cruzar entre la defensa un pase de gol. Milito hizo el 2-0.

Si se explica la jugada con ese detalle es por dos motivos. Primero porque, vista desde el punto de vista del Zaragoza o desde el punto de vista neutral, esa reunión de placeres que dibujó Aimar fue para encargar un marco y poner la jugada sobre la cómoda; mirarla por las noches y rezarle. Una fascinación tras otra, todas tan armónicas que duelen sólo de verlas. El otro motivo tiene un alcance más global, porque la luz de Aimar definió en buena medida el partido: sin el Cai, que se marchó lesionado en el descanso, el Zaragoza extravió el camino, y el Betis se despertó cuando nadie lo esperaba ya.

La verdad es que el Betis había empezado bien el partido. Tuvo pasajes prometedores y un primer pelotazo de Wagner que restalló en el lado de fuera de la malla como un aviso. Había salido bien dispuesto y supo por dónde encontrarle la vuelta al Zaragoza, que sin la pelota aún es un equipo medio esponjoso, sobre todo por el medio y por afuera. El balón de Robert al green que vigilaba Diogo lo encontró Wagner en ventaja. Se le pusieron los ojos como platos, pero la largó al lateral. Son las cosas de los equipos de Víctor Fernández, un entrenador que siempre prefiere pensar en lo que pasa más que en lo que pueda pasar. O sea que, puestos a priorizar, le importa lo que haga su equipo con la pelota, y no tanto lo que podrían hacerle sin ella. Es la diferencia con los cagones.

Lo cierto es que el Betis pudo hacer daño. Anunció un encuentro de detalles tácticos y peligro arriba, a pesar del presunto adelgazamiento de su ataque. Sin embargo, en el minuto 12 encajó el 1-0 en un balón medio tonto en el área, un balón que las defensas deberían pulverizar pero que fatalmente tocó Sergio de cabeza. Quedó blandito en el área y Diego Milito, de modo prosaico, un poco a la Gerd Müller, lo mandó al gol. En medio escorzo, y bien pegado al palo. Es esa cosa serial que tienen los goleadores, que enseguida se ponen golosos. Milito lleva ya siete goles en siete jornadas. En seis partidos, porque se dejó uno por lesión.

El tanto le arrancó todas sus convicciones al Betis, que se había visto tan bien... Se arrugó un cachito y eso incendió al Zaragoza, que se puso a jugar a velocidad de ángel. La velocidad de Aimar. Pablito vino al medio y desde ahí dobló el partido en tres amagues, dos fintas y cuatro pases, fabricó el 2-0 y se metió la noche en el bolsillo, hecho de fantasía. Cuando se quedó en el vestuario, llenó a los suyos de una duda que era pura melancolía. En ese hueco de los relojes se coló Robert para lanzar desde la izquierda un jugadón prodigioso: Robert escapó como un fantasma y acabó hecho carne en el balcón del área, desde donde clavó un globo de agua a la escuadra.

Hasta ahí, el Betis estaba con diez por la expulsión de Edu, acusado de un codazo medio invisible. Estaba confuso y con su medio campo hecho trizas, pero Irureta le dio cuerpo con Capi y Vogel; y Robert le agregó sentido con su golazo. El Betis desmintió todo lo anterior, tuvo al Zaragoza sedado y si no llegó a más fue por asfixia y porque el Zaragoza tenía atrás a Gabi Milito hecho un Tarzán. Otra vez con una impresión radicalmente contradictoria, el equipo aragonés se durmió en Europa. El Betis se había llenado de dignidad durante 45 minutos, pero la dignidad no puntúa. Contra los goles de Milito, es nada o casi. Es el infierno por abajo.

Diario As, 22 de octubre de 2006
www.as.com

Diez cositas sobre el derby

Diez cositas sobre el derby

 

Últimamente no creo en casi nada, salvo en el estilo futbolín de Diego Milito: el cuerpo envarado y todas las pelotas a la caja. Lo aviso para el que observe demasiado escepticismo en estas diez consideraciones. O las que sean. Voy:

  • Xavi, Iniesta y Deco en el medio... La alineación de Franklin Rijkaard era para salir al campo, saludar desde el círculo e irse a casa sin jugar. Reunía tanta grandeza el gesto que no se lo podía someter al juicio de un partido. Lo que pasó les pasó por no irse.
  • Xavi no puede jugar de cinco, igual que Guardiola no podía jugar de diez. Iniesta me parece un pasmao, el niño de Los Otros. Creo que hace algo sustancial una vez cada seis meses, más o menos como yo. Alfonso me objeta que "siempre elige bien": lo animo a que lo lleve a concursar al Un, Dos, Tres.
  • Diarra es un petardo. Emerson, dos. La Liga española, que está hecha de cinco equipos principales y un largo batiburrillo pastiche, posee sin embargo un nivel medio tan alto que desnuda a muchos tipos como éstos, que han vivido emboscados en la atlética mediocridad que propicia el fútbol de hoy.
  • Lo mismo, multiplicado, vale para Gudjohnsen. Camacho lo tiene, dice, por un magnífico delantero, lo cual nos pone en guardia. Siempre dudé del privilegio que la liga inglesa reserva a los escandinavos. Los Hyppia, Solskjaer, Gudjohnsen, Bjarne Riise y tal. (¿Riise era lateral del Liverpool o era ciclista?).
  • Silogismo: que juegue Gudjohnsen y Saviola esté en el banquillo equivale a echar a Saviola y luego fichar a Maxi López.
  • Me crece la sospecha de que los italianos y asimilados son nostálgicos involuntarios. Los sacas de su medio natural y se quedan en la mitad: hablo de Zambrotta, Thuram y Cannavaro. Aquí y ahora, entre los tres no descalzan a Rafa Márquez.
  • A Van Nistelrooy lo tengo por una farola. Como tal, a las horas convenidas por el programa informático se ilumina y cae un gol. Pero no deja de ser una farola.
  • El Madrid no es ni la mitad de divertido sin Ronaldo. Y no hablo sólo del fútbol, hablo del teatrillo, del juego de Hollywood. Una de las imágenes más entrañables que puedo imaginar es ese banquillo de Capello con Ronaldo y Robinho, que parece su sobrino el pequeño, cascando pipas. Los veo y me dan ganas de que salgan y ganen ellos solos.
  • Uno de los milagros más consistentes del fútbol reciente es que el Barcelona ganase la Copa de Europa con Puyol y Oleguer de defensas, más Valdés en la portería. Si alguien me guarda una explicación no obvia (lo buenos que eran los del medio hacia arriba) que chifle.
  • El lunes pasado, con el cadáver de Getafe todavía caliente en la carretera, que diría García, anuncié en un programa de televisión que jamás será emitido que el Madrid ganaría el derby. Para que quede constancia de mi visión periférica, mañana lo recordaré en otro programa de televisión que jamás será emitido. En fin, la historia de mi vida...
  • Exclusiva demoledora de Manolo Lama en El Larguero: se ha suspendido el entierro de Raúl.

[Foto: Raúlo entró así anoche en casa a las tantas, con el resultado en la mano. Dicen que venía corriendo desde el Bernabéu con ese mismo gesto sostenido, sudoroso Castellana arriba, sin sacarse la camiseta ni nada].

Pasemos a otro tema...

"Los periódicos tradicionales ya están muertos, lo que me interesa preguntarme es si va a morir el Periodismo. Internet no ha hecho que le pasen nuevas cosas al Periodismo. Ya estaban ahí, lo que ha hecho es ponerlas de manifiesto. Por otro lado, los medios no le hablan a los ciudadanos, sino a los mundos del poder y de la influencia. Todos los días los diarios nacionales hablan entre ellos, se hacen criticas, se tiran piedras. Y tú te preguntas: ¿de qué estarán hablando estos señores? Hablan de lo que a los Florentinos de este país les interesa".

Gumersindo Lafuente, ex director de elmundo.es, reflexiona en la fila del INEM.

Puro Esnáider

Puro Esnáider

Esa mirada incesante que examina el fotógrafo Alfonso Reyes (sobraría la entrevista que sigue), tiende a variar los tonos como un mar, ocultando a la multitud de hombres que siempre hay en el mismo hombre. Franca o distante, nunca resultó fácil adivinar si tras ella había un tumulto interior o la lejana alegría de un goleador idolatrado. La vida de los futbolistas -vista por la gente, vista por la prensa- siempre es una versión incompleta de la verdad. Un profesional, creo, debe recordarlo para recordar que sus verdades nunca son absolutas, que el título de periodismo no otorga razones concluyentes. También la gente debería saberlo. Pero son cosas que se olvidan y luego vienen los dramatismos y las escenitas, que hacen de la trayectoria profesional de un futbolista, a menudo, el viaje repetido de un péndulo: los más queridos serán los más odiados. De todos los principales de la Recopa, Juan Esnáider fue el personaje más acabado y al que menos traté, pero esta conversación diez años después me ratificó algunas intuiciones y me permitió descubrir aspectos que ignoraba. En mi recuerdo, Esnáider está envuelto en un frío silencio de desinterés, roto por los gritos de gol o por los gritos que lo acusan de haberse ido primero y de haberse borrado después. Si a la vuelta de los años esta entrevista en AS reúne algún mérito, se debe al personaje, a su sinceridad, que hace revancha con aquellos pasajes que nunca quedaron bien explicados, o quedaron explicados con artera parcialidad. No es probable que quien tenga una idea ya hecha de Juan vaya a cambiarla. Pero es bueno escucharle. El tiempo pasa. 

Entrevista | Juan Eduardo Esnáider


"RETIRADO ZIDANE, EL JUGADOR
NÚMERO 1 DE LA LIGA ES AIMAR"

Juan Eduardo Esnáider. Gardel. Ventarrón. Ça va?
Bien, no nos podemos quejar. Estamos en una época de decisiones porque mi mujer y mis hijos quieren venirse a vivir a España, así que trato de ver qué puedo hacer. Lo nuevo fue vivir en Argentina, yo allá sólo estuve de adolescente...

Juan Esnáider está de paso en Zaragoza. Regresa al Hotel Romareda, que siempre fue su refugio. ¿Pasó el tiempo? Las chicas salen de la cocina a fotografiarse, en la recepción parece que lo vieron ayer mismo, el camarero le pregunta: "¿Sigues jugando, Juan?". Él se roza una leve panza: "¿Qué voy a jugar? ¿No ves que me metí 15 kilos en dos años?". Puede que se le hayan redondeado las facciones, pero sigue la mirada grisácea que lo define y el hoyuelo a lo Kirk Douglas. Va a hablar de antes, de ahora, de ese raro exilio que siente adentro... Bajo la mirada del tigre hay un hombre sensible, lo intuimos siempre.

¿Cómo surgió la romántica idea de comprar el club Cadetes de San Martín?
Es el club en el que yo jugué de chiquito. Empecé a echarles una mano, eso fue creciendo y a mí me interesó cada vez más como proyecto de vida. Ahora ya es un conocido en Argentina y está dando sus frutos. Hemos metido jugadores en clubes de Buenos Aires, alguno en el Atlético, van a venir más... Está creciendo mucho.

El otoño del futbolista no es siempre un estanque dorado. Después del Zaragoza, Esnáider jugó en el Oporto, en River, en el Murcia, en Newell's... Aquélla fue una vuelta extraña o inesperada en un jugador que hizo toda su carrera de este lado. "En River, hasta los nenes me dijeron burro", le contó una vez a un periódico. Eso resume el desarraigo.

¿Cómo fueron esos años?
Deportivamente, malos. O no como uno espera. Elegí volver a Argentina y nunca me adapté del todo al fútbol de allá. Soy argentino, pero futbolísticamente soy más español porque hice toda mi carrera en Europa, así que había cosas que allí eran normales y a mí no me gustaban. Y luego estaba el cansancio físico. No sé... era el momento. Si me hubiera quedado en España, habría seguido jugando. Aquí me hubiera sentido más protegido para seguir. Además, es indudable que soy mucho más respetado como futbolista en España.

Su último año en Zaragoza forma parte de un mito: apenas se entrenaba, y el domingo jugaba como los ángeles.
Sí, fue algo increíble. Cosas que pasan pocas veces en la vida. Yo me sentía muy bien, protegido... Sí, puede que no todos te quieran, pero siempre tuve algo especial con esta ciudad, y eso me ayudaba a superar todo. En Argentina no, al mínimo traspiés me venía abajo y eso me iba minando.

Hizo 11 goles en 17 partidos. Increíble. Y luego...
Me preguntaban si era el mejor momento de mi carrera y yo pensaba: 'Los tuve mejores'. Pero los goles marcan... Y era el momento. No me tendría que haber ido (hace una pausa y se ríe). Mi idea era no moverme de Zaragoza, retirarme aquí, pero...

Un final desagradable. La expulsión del Celta, aquel incidente. ¿Cómo lo recuerda?
Leí cosas que... Leí que me había autoexpulsado. Mira, a mí me han expulsado muchas veces, pero en mi cabeza no entra el concepto de autoexpulsión. No existe el jugador que haga eso. Después de los cinco meses que jugué, cómo lo hice, después de lo que sufrí físicamente... ¿me voy a autoexpulsar? ¡Noooo! Primero, que ese partido nunca debería haberlo jugado, porque yo estaba roto físicamente. Jugué con una rotura muscular, me quedó un hueco en la pierna que si lo ves te asustas. La gente no tiene por qué enterarse, si entras al campo es para jugar, pero no, yo nunca me quise autoexpulsar. Yo quería que nos salváramos. Lo dejé claro en un montón de partidos, ¿no?

...
También se dijo que me hice expulsar porque el presidente ya me había dicho que no iba a seguir. Eso es mentira. Después de ese partido yo seguía pensando que me quedaría. Hice lo posible para lograrlo: lo sabe mucha gente. Si en un club me ofrecí a jugar, incluso gratis, fue aquí. Le dije a Pedro Herrera: "Si queréis, yo juego gratis, y si al final me queréis pagar, me pagáis". No sé quién decidió que yo no siguiera, pero yo no fui. Pese a todo, nunca pensé en irme de aquí. Fue una decisión del club.

Hablemos de lo bueno, de lo histórico. Diego acaba de igualar sus cifras de gol al inicio de un campeonato.
Sí, buenísimo. Yo jamás fui de mirar las estadísticas. Jamás conté los goles que anoté, no sé ni cuántos hice. Siempre he pensado que tiene más importancia el trabajo, las ocasiones que generas, abrir espacios. Creo que Milito tiene muy buenas condiciones. Es el tipo de delantero que me gusta. Además, jugó en Racing y yo soy fanático de Racing. Así que aún lo quiero más.

¿Ve al Zaragoza?
No mucho, pero por los nombres me encanta. Conozco a los argentinos, jugué con D'Alessandro en River, con Aimar en la selección. Y Aimar me parece el top. Me gusta el equipo. No sé si se parece al nuestro, pero hay detalles similares: la poca marca por ejemplo... ¡Fíjate que en nuestro equipo marcaba Aragón!

Es el segundo mejor goleador.
Eso es típico de los equipos de Víctor: marcan y encajan. Igual que nosotros. Lo importante es meter uno más que el rival.

Cuando dice que Aimar es el top, ¿a qué se refiere exactamente?
Zidane era el mejor de la Liga española y Aimar, el segundo. Retirado Zidane, Aimar es el número 1. Aún no está al cien por cien, se tiene que adaptar... pero creo que va a andar muy bien aquí.

¿Qué da este club a jugadores de ese nivel?
Yo hablé con Pablo antes de que viniera, y le dije que aquí iba a encontrar mucho más cariño, que se iba a sentir más protegido que en Valencia. Y no porque sea un equipo más chico, sino por cómo son el club y la ciudad. Aquí cuando las cosas van bien y la gente te quiere se nota más que en otras ciudades. El año que nosotros ganamos la Recopa, ninguno se quería ir. Pero tenemos familias, hay que ganar dinero: yo tengo 33 años y ya no juego. Si no hubiera ganado dinero... ¿qué hacía ahora? Nunca nos quisimos ir. Queríamos ganar títulos, queríamos la Liga: es más, aquél era el año de hacerlo. Pero... así no vas a llegar nunca a hacer grande. Lo hizo el Valencia, lo hizo el Celta con Víctor Fernández. A los buenos hay que tenerlos. Y a nosotros, en nuestro mejor momento, nos separaron.

Esa era la política del club. Eso y culpar a los jugadores.
Claro, a mí me silbaron durante cinco años cada vez que regresaba acá. ¿Y por qué? ¿Por qué si yo aquí me lo dejé todo? ¿Si en ningún sitio di más? Hasta me ofrecí a jugar gratis. Y luego... Ojalá que todo eso haya cambiado. El tiempo pasa, el tiempo pasa.

Esnáider habla de los días de su adiós tras la Recopa como el apostador que habla de una estafa que ya no le duele. O sí. Pero ya aprendió a olvidarla. Es obvio que en la calma siempre vio como en tercera persona a aquel delantero tumultuoso que era él mismo. Ahora se ríe casi avergonzadamente.


No sé si me reconozco. Pero sí... mi papá me pitó de joven y me expulsaba, yo le decía cualquier cosa, siempre lo mismo. Luego no nos hablábamos en el autobús de vuelta. Me peleé con Juanmi, que era íntimo amigo, después del 4-4 con el Barcelona. Años después me disculpé, pero entré al vestuario tirando pelotas, dando golpes, gritando (risas). Me peleé hasta con Vellisca, que era un pan de Dios. Qué sé yo...

Nadie sabe. Era ese ventarrón del tango, que iba y venía sin aviso previo. Era el malevo cuyas hazañas todos aclamaban. Puro huevo. Puro Esnáider.

Diego el Destripador

Diego el Destripador

Milito asesina despacito a la Real. El Príncipe es el máximo goleador, con Kanouté. La roja a Rivas dejó tiesos a los vascos. Diogo agregó un gol de virtuoso

Real Sociedad, 1-Real Zaragoza, 3

El Zaragoza le hizo a la Real un trabajo quirúrgico de autopsia en vivo, discreta pero atroz, como los asesinatos del Destripador en los zaguanes de Whitechapel. Hubo más y menos que eso: una Real moribunda que en media hora quedó en inferioridad numérica por expulsión de Diego Rivas y el Zaragoza en un contenido ejercicio de superioridad, ese tipo de comportamiento que sirve igual para el elogio que para la crítica. No fue un gran partido, claro, eso lo vio cualquiera; pero sí un partido ganado con una impresión de eficacia casi artera, sobradora. Era tan poquito la Real... Pero ojo, hemos visto encuentro con un contrario que era nada o menos, y no los ha ganado el Zaragoza. Ayer Diego Milito destripó sin prisas al rival con dos goles que confiscan otros muchos detalles. Hay que rescatarlos: el partido chispeante de Sergio García, que viene como un tren alegre, chiflando vía arriba; la sobria autoridad de Sergio y Gabi (ay si no le remataran arriba); el gobierno tranquilo de Celades y Zapater; la silenciosa gloria de Aimar, que late siempre bajo las verdades y las mentiras de un partido. Y ese gol de Diogo, el soldado universal: leve sutileza de barrio chico.

La verdad es que el Zaragoza tuvo pasajes de mucha contemplación y ramoneo, pero esas culpas parecen demasiado minuciosas para un equipo que gana 1-3 con un ensayo de superioridad indudable. Éste va a ser, ya lo es, un equipo generoso en el gol, y quizás no debiéramos olvidar que en los últimos años ese detalle capital ha constituido uno de los más graves problemas estructurales del Zaragoza. Lo que ocurre con los goles es lo que ocurre con el dinero, que cuando se tiene se da por supuesto, algo natural. Y no lo es, no.

Hay más cosas que mueven a la confianza o a un modesto festejo. Hay un entrenador que resuelve los dilemas por la vía del atrevimiento y no por la pacatería, y así puede dormir tranquilo porque al menos le es fiel a sus ideas. No hay que disparar aún los cohetes, claro. A estas alturas no podemos establecer verdades absolutas sobre este Zaragoza. Cualquier tendencia o conclusión puede ser revisada cada semana. Verbigracia: tanto hablar del juego por afuera... ayer D’Alessandro y Aimar se abrieron más a los lados cuando el Zaragoza tuvo la pelota y, sin embargo, eso jugó en contra del equipo. Demasiada lejanía entre la gente, conducciones excesivas, algo de extravío de esa alegría combinativa, veloz, burbujeante, que permite al Zaragoza pasar los medios campos rivales con gentil ingravidez. Si ayer no jugó con brillantez —y eso no es jugar mal— fue por inexactitudes propias, mínimos equívocos. Aun así, tiene ya un buen puesto a estas alturas, tiene a futbolistas en crecimiento, tiene un amplio margen de evolución... Esos no son valores despreciables.

Pase atrás. La Real Sociedad se adelantó por un penalti tontuelo de Juanfran a Kovacevic, otro de esos errores (van tres) que el Zaragoza comete con descuido y frecuencia. Un centro pasado y un agarroncito en el salto... La sentencia la pasó al papel Xabi Prieto con un par de paradinhas concéntricas, una dentro de otra o una detrás de otra, antes de rematar contra César. Esa figura de estilo previa al disparo tiene un doble filo de ventaja y riesgo. Prieto sujetó el tiempo un par de segundos en dos amagues larguísimos, César cayó a su izquierda y el otro le cruzó la pelota al riñón opuesto. Hay jugadores que no conocen el frío en la espina dorsal.

Sin esa concesión del Zaragoza, la Real tenía estrictamente nada. Uno salvaría a Garrido, el concienzudo lateral zurdo, pero vamos, por salvar algo. Bakero se quedó en la división de los espacios, lo que le sirvió para dividir al Zaragoza, fragmentarle el ataque y así limitarlo a una cierta intrascendencia: mucho pasecito atrás, algo de premiosidad. Bakero, que hizo del pase atrás un arte universal, sabe de eso. Pero esas leves victorias estratégicas no iban a tener peso en el partido. Lo que el Zaragoza valió o no lo debió a sí mismo.

Además, Ramírez Domínguez se cansó pronto de ver a Diego Rivas repartir cera caliente. Acerca de las dos tarjetas podríamos hablar horas. Lo cierto es que Rivas dedicó su media hora a serrar tobillos, sin disimulo, confiado en la moratoria del árbitro. Olvidó algo que debe saber cualquier medio centro: para que ese plan salga bien hay que ser Albelda. Ramírez no es buen árbitro, pero por lo visto es un señor sensible y por eso mandó a la ducha al duque de Rivas. Protestó todo el mundo, pero su decisión reposaba en la justicia poética: la deuda con Aimar y los futbolistas obligados a vivir entre cortadoras de césped desbocadas. Puede ser que Ramírez lea a Dylan Thomas...

Sintiéndose incompleto, poco después Ramírez subrayó con el pito un borroso penalti de Prieto a Gabi Milito, a la salida de un córner. ¿O fue una mano? Vaya a saber... Preguntar a los testigos no hubiera servido de mucho: los que vestían de blanquiazul se subieron por las paredes; los amarillos lo habían pedido a gritos, todos a la vez como un coro. Más drama para la Real: sobrio como pared de cal, Diego empató. Diego debe pensar que una paradinha supone una insustancialidad. Le pegó con el torso recto y los pies de frente, como hace cada vez, ocultando el decisivo engaño en ese envaramiento opaco del cuerpo.

Ahí, Bakero quitó a Darko y la Real se plegó como un bicho avisado de su hora final. En lo sucesivo trataría de esconder la muerte en cortinas repetidas de defensas. El Zaragoza le fue vaciando el piso con una larga rueda de peones, para confundirlo a capotazos como las cebras confunden a los leones con sus rayas, hasta agotarlos. El triunfo le llegaría por aplastamiento, por obligación, por fatiga, por cualquier motivo rutinario. Destripó al enemigo sin sombra de apremio, sin ponerle a la victoria más énfasis que la velocidad y la exactitud de Aimar, el fervor de García y la ley de punto final que es Diego Milito. Antes, una simpática frivolidad de Diogo definió el 1-2. En el área pequeña, Diogo le metió un medio sombrero al defensa y luego pasó la pelota bajo la alfombrilla de Riesgo. Apenas después, Aimar dejó uno de esos detalles que hacen del fútbol un retablo de pequeños placeres iluminados: su conducción en la contra del 1-3, y el pase a Sergio, de sencilla apariencia, pero ejecutado con delicadeza en el instante preciso. Hay un solo instante fugaz y hay que saberlo sin saberlo. Aimar lleva escrito ese tiempo en la cabeza. Se la dio a García y éste tiró un centro curvado, el hilo en la aguja. Allá fue el Príncipe: la empaló levemente y dejó a la nena durmiendo en casa. Calentita en el vientre de las redes.

Diario AS, 16 de octubre de 2006
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