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Somniloquios

Hombres de negro

Hombres de negro

 

Los All Blacks han puesto en marcha cinco semanas de gira por Inglaterra y Francia con una rotunda demolición de los ingleses en Twickenham (20-41), este domingo. Cuatro ensayos (Mauger, Hayman, Rokocoko y Carter, que añadió cinco golpes de castigo y tres transformaciones). La derrota más notoria de la historia del estadio londinense, lo que pone de relieve la elevación de los hombres de negro. Dos objeciones. Una de parte de los ingleses, que encuentran un caso para su defensa alegando que el juez de televisión les birló un ensayo válido en el minuto 5 de partido. El árbitro, el francés Joël Jutge, no vio la pelota en el instante en que Jamie Noon pugnaba por plantarla al otro lado de la frontera, sometido a medias por el placaje de dos neozelandeses. Recurrió al juez de vídeo y le preguntó: "¿Ves la pelota?". Y el otro respondió, convencido: "No la veo, por la gloria de mi madre". Y no dieron el try, con lo que los ingleses se enardecieron en los condicionales ("what if...?") y su entrenador, Andy Robinson, razonó de forma muy británica, ordenando los conceptos del revés como en una frase interrogativa: "Esa no era la pregunta que el árbitro debió hacerle al juez de tv. Debió preguntarle si en las imágenes veía alguna razón para no dar el ensayo". Robinson apelaba a una suerte de presunción de inocencia, que se formularía así: un jugador que traspasa la línea de marca y cae al otro lado con la pelota, ha ensayado... mientras no se demuestre lo contrario. Las imágenes que miró Berdos no demostraban nada. La otra objeción va para los All Blacks: chicos, no vale con vestirse de negro, bailar una haka amenazante, ganar el Tres Naciones en agosto y darles una paliza a los ingleses en Londres a principios de noviembre. Es hora de ganar una Copa del Mundo. Lo demás no pasa de escaramuza.

El sábado, en el mientras tanto, Gales empató con Australia en el Millennium Stadium (29-29) gracias a un golpe de castigo final de Hook, personaje que por lo visto no conoce el miedo. Las crónicas subrayan que fue un partidazo memorable y que en Cardiff lució el sol. Lo segundo resulta aún más increíble que lo primero. Hay que advertir que los australianos se han convertido en unos maestros del despiste: se pasan los meses previos a las grandes competiciones (hay Mundial en 2007) dando razones para pensar que su enésima renovación les ha rebajado el nivel. Y luego llegan a los días de la guerra y, mientras en su país se rompen la camisa deshechos en críticas, los Wallabies avanzan, de pronto un día se cargan a los All Blacks y luego juegan la final. A veces la ganan, y en cierta ocasión tropiezan con el pie incorrupto de Jonny Wilkinson. Pero esas cosas pasan una vez en la vida. Como el sol una tarde de noviembre en Cardiff...

Uno de los nuestros

Uno de los nuestros

 

La muerte quizás no sea más que la demostración final del paso del tiempo. Once años aún son pocos para tener ya un campeón muerto. Sergi López, vencedor de la Recopa en París, fallecido el sábado en la violentísima circunstancia de una decisión. Sergi tenía 39 años y tal vez nadie ganó la Recopa de París o la victoria del 94 sobre el Celta más de lo que lo hizo él. Porque Sergi nunca fue un futbolista al uso, siempre lo asistió una conciencia que los futbolistas sólo alcanzan en rarísimas ocasiones: el significado de su ejercicio cotidiano para los aficionados. Sergi no era exactamente un jugador de fútbol, o no era solamente eso. Más que nada, su naturaleza correspondía a la de un hincha en camiseta de jugar, un hincha de corto que durante la semana se entrenaba con el equipo y los domingos salía a la cancha, quizás lamentando la imposibilidad de ser al mismo tiempo uno de la grada y uno de los que aclama la grada. Cualquiera se ha soñado jugando con su equipo. Sergi alimentaba el anhelo inverso. Y así, en cada victoria encontraba dos victorias: la del futbolista y la del aficionado. Cuando los triunfos se hicieron enormes, él reunió sus dos condiciones íntimas en el balcón del ayuntamiento o en el autobús descapotado que recorría las calles.

"Se ha ido el alma de la Recopa", me resumió Xavi Aguado en un mensaje entristecido del móvil. Hace año y medio, el día en que se cumplían diez años de la noche de París, Nayim me relató quién era Sergi en aquel vestuario de amigos campeones. Recordó la larga madrugada del 10 de mayo del 95, que Sergi pasó cantando en el vestuario tras el partido, en la cena de campeones, en la fiesta por París, en los pasillos del hotel, en la terminal del aeropuerto a la mañana siguiente, en el avión, en el autobús sin techo, en la balconada frente a la gente. Cantaba a través de un megáfono e interminablemente repetía: "Fu, fu, fu, Cafú, Cafú, Cafú". Sus compañeros terminaron exhaustos del grave bufido gamberro del instrumento. Para Sergi, la alegría de la victoria tenía esa forma irreverente. Él era uno de los nuestros: "Somos los hinchas más radicales / somos los ultras más fieles y leales / el Zaragoza, hoy va a ganar / y el fondo norte no para de cantar...".

Demasiadas lesiones para un cuerpo frágil, para un cuerpo de estilista, para una mente insegura. Y muchas más cosas que desconocemos y no nos incumben ni solucionarían el enigma final de su partida. En el campo lo acechó la desgracia en formas muy concretas. Afuera lo aguardaba un rumor de oscuridad incomprensible, abstracta como la tristeza o la alegría. En los últimos años parecía fácil imaginarlo en Buenos Aires, donde residía, mezclado con los monos en las tribunas más bullangueras y crueles del planeta. Sergi en un cantito aprendido sin dificultad, Sergi agitando rítmicamente las manos entre la muchedumbre de manos repetidas, Sergi impostando el seseo para entonar las letras como todos esos muchachos, Sergi a pecho descubierto rompiéndose el cuello en cada grito. Sergi, por fin, en una avalancha de gol. Reventado de felicidad.

[Foto: el zaragocismo en París, en la noche de los campeones].

La democracia nacionalista

La democracia nacionalista

 

"Un simpatizante de Ciudadanos de Cataluña ha recibido una paliza este jueves en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona, a manos de un grupo de estudiantes. Según el diario E-Noticies, la víctima también es estudiante y llevaba una camiseta del Partido de los Ciudadanos, que le han arrancado después de golpearle. La agresión se produce un día después de las Elecciones autonómicas, en las que la formación presidida por Albert Rivera ha entrado en el Parlamento de Cataluña con tres escaños. El Consejo de Gobierno de la UAB ha asumido la gravedad de la agresión, emitiendo un comunicado de condena. Las agresiones y el vacío mediático a candidatos, sedes y simpatizantes de PP y Ciudadanos de Cataluña han sido una constante durante la reciente campaña".

Peliculita

Peliculita

Me he pasado la mañana leyendo críticas americanas sobre Scoop, la última película de Woody Allen. ¿Y por qué ese ejercicio tan fútil? Creo que porque no deseaba decir yo mismo lo que hay que decir en estos casos. No lo voy a decir... aunque me doy cuenta de que no hace falta que lo diga. Todo es muy obvio a estas alturas. Pero rescato algunas frases que me han parecido inteligentes, y sobre todo justas, y con las que tal vez iluminemos una perspectiva válida acerca de esta peliculita (y el diminutivo no es casual):

"Puede que el destino sólo reserve un determinado número de buenos chistes para cada hombre; y Allen, de 70 años, agotó su lote hace tiempo. Sin embargo, sigue tirando de la fórmula mucho después de haber perdido la aptitud necesaria para ello".
(Richard Corliss, en Time).

"Si Woody Allen fuese un pintor, muchos de sus trabajos serían considerados estudios para posteriores obras. Scoop tiene el aspecto de ser un intento de borrador para Match Point, aunque al revés en el tiempo".
"Reírse a estas alturas con una frase como "yo fui educado en el Judaísmo, pero después me convertí al Narcisismo" parece, más que nada, un simple acto reflejo del cuerpo".

(Carina Chocano, Los Angeles Times... Y esa es la mejor, la única frase de la película).

"George Bush no se alía con los talibanes; Woody Allen no debería cruzar el East River".
(Bill Gallo, en The Village Voice... No puedo estar más de acuerdo, aunque el problema no es geográfico, como demuestran Hollywood Ending o Anything Else).

"Puede que simplemente fuera demasiado pronto. Después de regresar con tanta fuerza el año pasado con un thriller moral como Match Point, Woody Allen se debería haber tomado un par de años libres. Haberse dedicado a retomar sus lecturas, cuidar de su jardín... lo que fuera".
(Chris Barsanti, de Filmcritic.com).

"La peor película que ha hecho Woody Allen".
(El rotundo Stephen Hunter, en el rotundo Washington Post. Esto es muy discutible: Hollywood Ending y Anything Else, insisto, están ahí. Y ojo con Celebrity).

Pasado el rato, agrego algunas visiones españolas, para hacer patria.

"Un Woody Allen menor. (...) un entretenimiento para pasar agradable e inteligentemente un rato".
(M. Torreiro: Diario El País. Advierto en Torreiro la resignación del crítico sometido a las nimiedades cotidianas del cine español. Entre la Juani y esto, lo inteligente es ir a ver esto. Entre Los Infiltrados y esto... pues Los infiltrados).

"Un Allen menor. Se diría que Scoop presume de su falta de pretensión: es un divertimento, una intriga, un desahogo, incluso un gozo en el que el espectador no ha de hacer esfuerzo alguno."
(E. Rodríguez Marchante, en ABC. Bien por Oti. Yo agregaría que esas presunciones no pertenecen en concreto a Scoop, sino al actual Woody Allen).

La otra cara de la luna

La otra cara de la luna

El Zaragoza gana con un estilo distinto - Aguante, poco fútbol y un gol redentor de Óscar - César lo salvó antes - La victoria lo pone en Champions 

El partido nos enseñó que Víctor Fernández tiene más caras de las que le imaginábamos. Y también el Zaragoza, por extensión. También puede ganar, según vimos, quitándose fútbol, sin Aimar y con suerte. Cuando uno verdaderamente quiere llegar lejos en una competición, más allá del ejercicio de estilo, necesita este tipo de valores. El Atlético se quedó tieso. Es apenas un equipo industrioso, que parece ir extraviando ya todas sus convicciones. A los puntos, el encuentro era de poco fútbol y empate, pero esa otra cara del Zaragoza le rindió tres puntos que lo ponen en la Liga de Campeones. Champion-lí que diría Gil.

Las condiciones estaban dadas de antemano. Con el Atlético enfrente y el Zaragoza sin Celades ni Aimar, el centro del campo se convirtió en una mina a cielo abierto. Allí bajaban los hombres, las caras renegridas en infaustos ascensores, como un ejército educado en el silencio y la frustración. La lírica del esfuerzo no existe salvo por luminarias como Fritz Lang y su Metrópolis. Al rato de ver un partido de fútbol hecho de interrupciones y emboscadas en el medio campo, uno se pregunta sobre el sentido de todo aquello. Si no mandan las porterías y no hay algo de alegría, un niño que corra por el valle, algo, no hay nada. No queda nada.

Había dos niños, Lafita y Víctor Bravo, entre la montaña de hombrotes. También estaba D’Alessandro por el otro lado, y pleiteando, pero D’Alessandro viene a ser el Bola, uno de esos procaces de once años que derrapa errecincos trucados en las curvas de tierra del barrio. Y el Kun en el hospicio, como un expósito. Dos niños en la banda izquierda, que es la ciudad de los muchachos, buscando su sitio entre esos hombres de cabezas afeitadas o cabezas trapezoidales o cabezas con miradas amenazantes. Eran Costinha, Luccin, Maniche, Movilla, Zapater. Malcarados. Luego resulta que la peor patada la dio el Kun Agüero. Es la teoría del niño que delinque obligado por la sociedad. Pobre.

Naturalmente, la primera media hora tuvo un sentido meramente industrial. El Zaragoza salió a presionar bien arriba, con los dos medios hostigando y uno de los delanteros metido siempre entre los creadores del Atlético. No era una mala idea, tácticamente hablando: ese espacio que rodea al círculo del medio es donde se escribe la letra pequeña de los partidos. Lo raro era ver al Zaragoza en ese ejercicio de contrarios: esperar un poquito y dejarle al rival que venga, que se acueste un poco hacia delante. Mentirle un poco para después contarle la verdad.

Que Víctor Fernández se pusiera así no lo teníamos contemplado. ¿Víctor porfiando por un empate? Vamos a pensar que el tiempo y la edad corrigen o empeoran o matizan o mejoran. O lo que sea que hace el tiempo, que dicen que lo cura todo. Qué mentira tan conveniente. El caso es que de las intenciones del entrenador avisaba la inclusión de Ewerthon en la alineación titular. Víctor quería amagar al equipo en su campo y aprovecharse de los espacios. Alejar a los medios matraca de Aguirre y así someterlos a una discontinuidad que luego había que aprovechar. Pero nadie lo hizo hasta la segunda parte. El entrenador terminó calculando bien todas las coordenadas o la jugada le salió perfecta. El gol final de Óscar (otra redención pequeña para un hombre en horas bajas, limpiado ayer) favoreció el planteamiento de Víctor. Quizás el Calderón, sin Aimar, no era sitio para hacerse el simpático. En el Calderón había que ganar. Con un 0-1, todo lo extraño extraña menos.

Ni un tiro. Nadie hubiera dicho a esas horas en la mina que el Zaragoza encontraría cómo hacerlo. Constreñidos los dos equipos en las obligaciones intermedias, pronto quedó claro que el traje de este domingo le quedaba mejor al Atlético que al Zaragoza. Galletti se puso sinuoso como una chica peligrosa. Un remate suyo de cabeza ayudó a dibujar un prodigioso despeje a César. Luego el hombre de gris se tiraría en palomita a un disparo de falta de Antonio López, y la figura en el aire le resultó tan artística que recordó a aquélla de Miguel Ángel frente a Austria en el Mundial 78. Esa parada deberían pasarla una vez a la semana en los telediarios. Si no, los chicos crecen sin valores concretos.

Luego César estuvo también en lo menor, puños fuera y ese pleito con Costinha. Qué cara de malo tiene Costinha. Y qué mal juega. Era un partido disputado entre el grisú de la mina, y no hay quien haga fútbol con esos cascotes con linterna encima. Además, desaforados todos en el esfuerzo de horadar la tierra, nadie se acordó de que conviene de cuando en cuando ponerles un balón a los de arriba. Es verdad que los de arriba son unos vividores, pero la jerarquía es así. Manda el gol. El medio campo constituye un proletariado relativo. Hay que aceptar que en esas posiciones, el cuerpo está al servicio del club.

El Zaragoza no tiró en toda la primera parte y el Atlético apenas encontró a Torres ni sus amigos. Como no podía ser de otro modo, eso cambió después. Al final el fútbol, como el agua, regresa a los caminos naturales. Se hizo una cierta luz, corrió algo de viento fresco por el medio campo y la cosa empezó a moverse, con un cabezazo peinadito de Sergio que avisó al Atlético. Como los partidos tienden a acusar dinámicas pendulares, en ese cambio ganó el Zaragoza. Es raro que dos equipos estén contentos con el mismo partido. Al Atlético le tocó entonces ponerse a pensar y no encontró palabras. Y además, Aguirre hizo una de esas de entrenador al quitar al joven Víctor Bravo, un zurdo puntilloso, con un uso magnífico de los espacios y muy cariñoso con la pelota. Por la misma lógica de edad luego se fue Lafita, aunque éste pudo tener más razón porque había dejado un despliegue espectacular, un deseo adolescente que fue educando conforme pasaban los minutos. Cuando lo quitó Víctor, llevaba un rato siendo el mejor del Zaragoza en ataque, el más osado, echándose defensas a la cara. Le faltó terminar una, apenas...

En realidad, es lo único que le faltaba al Zaragoza, que poco a poco ganó la batalla de las impresiones. La impresión más clara decía que podía hacer un gol en cualquier momento. Ewerthon se perdió uno. Salió García para agitar la botella de gaseosa. Para cuando Óscar dio con esa combinación de Diego Milito en el portal del área, ya parecía que el encuentro quedaría sumido para siempre en el empate sin goles y que los hombres regresarían del trabajo con una mínima derrota de tristeza en la cara. Pero Óscar guardaba otra pequeña historia. Un gol, una pequeña redención.

Diario AS, 30 de octubre de 2006
www.as.com

Esperanza

Voy a caminar despacio,
a ver si consigo no llegar nunca.

Los idiotas y yo

Los idiotas y yo

Acabo de darme cuenta de que la diferencia entre el hombre somniloquio de los noventa y el hombre somniloquio de los dosmiles está sostenida en esta rutinaria situación: el somniloquio’98 pagó una entrada por ir al cine a ver Los idiotas, de Lars von Trier, y pasó varios días buscándole una explicación que giraba entre las consideraciones lírico-estéticas, la moral, el arte como contenedor de ideas, la resistencia social y no me acuerdo qué más. Era joven aunque nunca fui entusiasta. El somniloquio’06 jamás hubiera hecho algo así. Al somniloquio’06 le parece que Lars von Trier es un tipo muy coñazo, que se da más importancia que una mierda en un solar, con sus apariciones por videoconferencia en los festivales y todo eso. Ninguno de los somniloquios fue jamás o pensó en ir a un festival de cine. Al somniloquio el fundamentalismo no le va. Si le hablan tres veces seguidas de lo mismo, sospecha. Aviso que la voy a pagar con Trier y el tío no tiene la culpa de nada, la verdad, porque he visto fascinantes películas suyas. Lo uso como arquetipo. Nada personal. Sólo un arquetipo que me permita hacerme entender. Porque Almodóvar no me alcanza para arquetipo. Almodóvar sólo me parece un fantoche que ni con cientos de millones ha logrado superar sus traumas de reprimido. Algún día voy a sacar del armario de los fantasmas las críticas a sus películas en los años 80 en medios nacionales, y compararemos con lo que se dice ahora. Tengo por ahí un dossier demoledor: la memoria histórica y tal. Almodóvar pose una gracia especial para generar imágenes sugerentes, eso sí. Para arquetipo no alcanza: es zafio y banal. Von Trier es perfecto. El tío tiene forma y fondo.

Me caen mal los cinéfilos. Ahora están a punto de caerme mal los críticos, salvo Oti Rodríguez Marchante, que además sabe escribir con la naturalidad del que sabe escribir. En algún momento yo debo haber sido uno de ellos (un cinéfilo, desde luego no un crítico aunque sí un crítico de broma) y ahora no me extrañan las caras que me ponían algunos amigos cuando me iba a ver una película de chinos. Nunca me he puesto pesado, eso no. Digamos que yo tomaba esos actos de cinefilia como una posibilidad de satisfacción privada, que no resultaba necesario comunicar. Nunca he tratado de convencer a nadie. Enseguida me veía en tercera persona, como si adquiriese la capacidad de ser el que estaba escuchando y me diera cuenta de las gilipolleces que podría llegar a decir si me ponía demasiado serio. Eso me sigue pasando con casi todo. Inseguridad, supongo que lo llaman. Creo que si me examinara la señorita Freud me diría eso. Me subyugan las señoritas Freud. La primera noche que pasé en un bar con mi chica hace ya cinco años, me pidió que le contara todo, porque ella quería y podía ayudarme, porque su gran anhelo incumplido había sido la psicología. Naturalmente no le conté nada, pero aquí estamos. Soy débil.

En los noventa yo iba al cine fundamentalmente solo. Por necesidad y por convicción (ja). Ahora me parece que aquella soledad dibujaba a un tipo de patéticas certezas. Retrospectivamente, creo que empecé a sospechar que algo iba mal el día que ya no me apeteció ir solo al cine (ahora o voy con alguien o no voy; con un amigo cojonudo o con chicas.... las demás combinaciones no me interesan. Y desde luego no voy a ver Los idiotas). Lo supe definitivamente durante el ciclo de Bergman al que ya aludí en algún Somniloquio anterior: la mitad lo pasé durmiendo en la Filmoteca. Supe que era un farsante al observar que no me interesaba nada Pasolini. Que admitía a regañadientes la sobriedad de Dreyer. Que me amuermaban algunas películas fundamentales de Griffith. Fui un farsante porque, encima, durante un tiempo jugué a hacerme el crítico de cine en un diario, y me ponía discursivo para fundamentar el movimiento Dogma, que ahora recuerdo como una astracanada con muchas ínfulas y ninguna gracia. Y eso que Celebración, de Thomas Vintenberg, me gustó. Pero vamos, que si la hubiera rodado con luz, me hubiera gustado igual o más. Y con música, la hostia. El somniloquio'06 ha de reconocer que Pumares dio en la diana cuando, juzgando al Dogma, dijo: "A mí me parecen muy bien esas ideas y ese intento de rescatar lo esencial del cine, pero... ¿por qué hacer el cine así de feo?". Dudé de Pumares, algo que jamás debería hacer alguien que se educó oyendo sus programas en la adolescencia. Alta traición.

En realidad, en mi opinión el cine nunca pretendió una esencia de fealdad. El cine nunca se miró tanto el ombligo. El cine se dedicó a esa estilización de la realidad que, en cierto modo, debe ser el arte. Igual no, no lo sé (advierto que el somniloquio'06 ha sustituido el patetismo de sus certezas de antes por una confusa duda general).  Y el cine fue girando alrededor de eso a través de las décadas, describiendo una órbita desigual: unos se aproximaban más a lo real, otros menos. Me caen mal los cinéfilos y su empeño en pedirle al cine todo lo que no es puro cine: ideas y realidad. Desde luego, ideas que casen con su moral, la moral progresista, claro. La Moral con eme mayúscula. Están la moral progresista y el fascismo retrógrado. Entre medias no hay nada. Y la realidad que se deriva de esa moral, desde luego. Eso es lo que debe reflejar el cine, esa es su única posibilidad de contar. Pero, ¿por qué pedirle ideas al cine? Mejor: ¿Por qué negar una película a causa de sus ideas? Los idiotas debía de exponer una idea extraordinaria, con una estatura ética inquebrantable. Yo no la encontré. Y además a mí las ideas no me interesan tanto como las películas. Me interesa la narración y sus circunstancias. No me incomoda el realismo. Es más, me gusta. Pero no lo exijo. No es condición indispensable. No hay Venecia más irreal que la Venecia de Sombrero de copa. Y sin embargo, todo lo que ocurre en su muelle encerado resulta maravilloso. No hay género más estilizado y ajeno a la verdad que el musical. Pero que nadie toque el musical. Me gusta hasta el musical realista. Bailando en la oscuridad me dejó boquiabierto una semana. A pesar de Björk, el tipo de artista conceptual que me saca de mis casillas. Como soy un baboso, tengo discos suyos. Aquella película la dirigía... Lars von Trier. Soy un baboso.  

Aun así, pienso en el hombre somniloquio modelo 95 y subsiguientes y me parece un tipo detestable. Al de 06, sin embargo, lo tengo por un tío macanudo. A pesar de escribir estas reflexiones tan vagas, medio seniles, pero al menos no es un farsante. Ya no va a ver a Ken Loach, Julio Medem le parece un coñazo concéntrico y las series de la televisión no le gustan. El somniloquio'06 se cansa pronto de todo. Se cansó de Mujeres Desesperadas, de Perdidos y hasta de House. Nunca se cansa de Centauros del desierto ni de La casa de Asterión. Hubo un momento en su vida en que sólo vio House, a todas las horas. Ahora ni eso traga ya. Prison Break, ni digamos: pastiche con pretensiones. En cinco minutos la desautoricé. En este momento somniloquio'06 acaba de descubrir Little Britain y piensa aferrarse a eso unos meses hasta que se harte. Advierte que se viene un post bien entusiasta sobre el absurdo británico y su larga tradición, que desemboca en Little Britain. Ya avisaremos.

(pd: El cambio de la primera a la tercera persona resulta presuntuoso o algo peor que eso: torpe. En realidad, todo lo de arriba es una mierda rellena de contradicciones. Pero es sincero).

[Foto: Lou y Andy, dos de los personajes de la serie inglesa Little Britain. Un caprichoso minusválido falso y su adocenado cuidador. La imagen podría ser de Los idiotas, ya lo sé... ese efecto es totalmente deliberado y corre de mi cuenta. La pone Canal+ pero aún no sé cuándo. La vi anoche a las cuatro de la madrugada en una redifusión y las carcajadas se debieron oír en la Azucarera del Arrabal].

Partida

Partida

Fue precisamente Carlos quien propuso jugar al parchís. Los niños apuraban el comienzo de la noche correteando por el jardín y lanzándose a la piscina en la oscuridad. Carlos se asomó al porche a mirarlos. No sé quién los va a convencer para ir a la cama hoy, dijo como para sí mismo, y se metió al otro lado de la estrecha cocina americana para rellenar los vasos. Clara puso el tablero encima de la mesa y elegimos colores. Marta agitó su cubilete rojo en mi oído, para fastidiarme, luego hizo girar el vaso de anís en su mano y le dio un largo trago. El ruido del dado y el del hielo se parecían un poco. “Te voy a machacar, cariñito”. Me hizo reír. Estaba borracha o lo estaría pronto, y le advertí sobre las consecuencias del día siguiente. Durante la partida Carlos le anuló varias veces sus fichas. Hacía girar el dado y el número lo llevaba otra vez a la casilla de Marta, y Marta... vuelta a casa y a sacar un cinco para jugar de nuevo. No estaba en condiciones de organizar una defensa o un ataque, ni se preocupaba por ello. En cierto momento se dejó caer contra el respaldo y miraba con la cabeza desmayada mientras Carlos se comía otra de sus fichas. Estaba divina en el contraluz. Lo pasamos bien aquella noche, aunque tuve que llevarme a Marta a empujones hasta nuestro bungalow. Acosté a los niños y ella se dejó caer en los sillones del porche. Cuando salí, Marta terminaba de liar un canuto. Levantó apenas los ojos mientras repartía saliva sobre el borde del papel, y después de cerrarlo con sus suaves dedos lo encendió con la cabeza doblada sobre el hombro izquierdo. La vi entornar los ojos frente a la llama. Sonreía como si estuviera sola o en otro lugar. Antes de pasármelo me dio un beso larguísimo, mezclando en mis labios un fluido de saliva alcohólica y humo de marihuana. Me excitó. Tomé uno de sus muslos blancos y le pasé los dedos entre las piernas, por debajo de las bragas de algodón. Las rodillas se le doblaron levemente y arqueó el culo. Mucho tiempo después de dejarme, cuando pensó que ya no me haría daño saberlo, Marta me confesó que aún no comprendía cómo había ocurrido aquello. No sabía si fue algún gesto de Carlos, no sabía si la risa, no sabía bien qué, pero recordaba con claridad que en un momento de esa partida empezó todo entre ellos dos. Lo demás no les costó demasiado.