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Se muestran los artículos pertenecientes al tema El deporte.

El espíritu de Juanito

Juanito (¿y Sanchís?).

Pepe.

Juanito...

...y Pepe.

26/04/2009 11:00 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 2 comentarios.

Ciudadano Cuartero

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No me gustan las lágrimas ajenas, aunque frecuento las propias. El llanto me parece un suceso demasiado íntimo, con significados muy diversos que desnudan a la persona, y tal vez por eso me resulta impúdica su exhibición. La risa tiene aspiraciones expansivas, pero uno siempre quiere llorar hacia dentro. No soporto los programas de televisión que fijan las cámaras en esa debilidad tan común, no me interesan las lágrimas de los desconocidos, tal vez porque me interesan demasiado. Porque uno no puede mirar un par de minutos a una hormiga, yendo y viniendo afanosa por los suelos, y luego pisotearla; porque las lágrimas obligan a un abrazo o una huida. Quedarse mirando me parece muy raro.

Por todo eso, no me gusta nada la costumbre adquirida ahora de que los jugadores de fútbol se despidan de su carrera en una rueda de prensa, lean un comunicado que destapa todos los sentimientos y agradecimientos acumulados durante años y se expongan a la articulación pública de un resumen corrido de todas las sensaciones finales. Debe de ser el único momento en el que los jugadores, acostumbrados a la sobre exposición pública, sienten la necesidad de mostrarse con rabiosa y débil sinceridad como hombres que son. Y que pasan a ser. Siempre les preguntamos, tópicamente, qué han sentido en tal y cual momento, con este gol, aquellos pitos, las opiniones de fulano o mengano, la victoria o la derrota. Lo que uno siente (no de manera epidérmica, sino allá abajo en el torrente interior) resulta demasiado difícil de describir. Para eso, los poetas incurren en las metáforas o en las conceptualizaciones. Si el fútbol lo jugaran una pandilla de fragorosos vates en pantalón corto, entonces tal vez el periodismo deportivo sería otra cosa, un reventón de titulares floridos con hondas formulaciones antropológicas sobre la belleza, el sentido de la vida, la victoria o el fracaso: esos dos impostores. Pero al fútbol juegan hombres normales y corrientes. A veces, demasiado corrientes; en otras ocasiones, nada normales.

El día que se van, los futbolistas ingresan en una violenta edad adulta. Charlie Cuartero se hizo mayor ayer, de repente, aunque tal vez se ha sentido envejecer (dicho de forma figurada) en los últimos meses. Ya está retirado del fútbol. Ya está retirado y puede dedicarse ampliamente a sus batidas de caza por los campos zaragozanos, a las comidas que siguen, a la vida sencilla que siempre le ha gustado. César Láinez, buen amigo suyo, lo definió muy bien ayer cuando dijo que con Charlie desaparecía ese extraño futbolista al que jamás le afectó la hoguera de vanidades de un vestuario, ni el exhibicionismo. Un tipo que se vestía con clásica normalidad y se comportaba con sencillez. No como yo, remató César con mucho tino. Charlie Cuartero compone un tipo de aragonés de cuerpo entero: con todas las luces y con las obligadas sombras. Por encima de los subrayados conocidos a una carrera que prometía mucho más, a Cuartero le importó la satisfacción de sus modestas ambiciones. En ese sentido, su espíritu gozó de una libertad verdaderamente iconoclasta. Se le ha dado una higa lo que los demás pensaran que debía ser o no su carrera de futbolista. Y ha hecho bien, qué joder.

En su ingreso en la sociedad civil (la que no es aplaudida en los estadios cada domingo con un fervor envidiable), el ciudadano Cuartero leyó un discurso emotivo que -por encima de las copiosas, comprensibles, impúdicas lágrimas- tuvo la generosa virtud de retratar al personaje tal vez mucho mejor de lo que él mismo pensaba. En un par de sábados, dirá adiós en el campo de fútbol, donde de verdad han de marcharse los jugadores. La incomparable temperatura de un estadio repleto con tu gente no tiene nada que ver con el frío desánimo de un discurso leído para periodistas que anotan, cámaras que cierran el plano sobre las lágrimas y aplauso de despedida. Bastaría la publicación de esas mismas líneas en una página web para que las reprodujeran los medios de comunicación. Lo siento por la imagen y el sonido: detesto ver llorar a mis amigos, como en este caso. Y no me interesan nada las lágrimas de los desconocidos.

21/04/2009 09:52 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 4 comentarios.

Murió Muangsurin, Perico sigue en pie

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Saensak Muangsurin se murió ayer a los 59 años, con los intestinos corroídos por una infección y los huesos afilados contra la cama de un hospital de Bangkok. El último combate, que consiste en vivir, lo ha ganado Perico Fernández. Si el boxeo reúne tantas metáforas sobre la vida, por qué no permitirnos una última que recorra el camino inverso. La última puta revancha consiste en sobrevivir, como sabemos cualquiera de los que hemos visto una o muchas noches a Perico recorrer las calles de aquí para allá, agitado igual que si su torrencial memoria boxeara contra las sombras de la ciudad. En términos pugilísticos esta última victoria de Perico es falsa, inane y vacía. Nadie la guardará en un panel de campeones. No hay cinturón, bolsa ni vítores. Si acaso un responso por el alma del que se va y otro, aún más necesario, por el cuerpo del que se queda.

Para quienes fuimos niños en la década de los setenta en Zaragoza, el nombre de Saensak Muangsurin posee la dudosa reputación de haber ganado dos veces a nuestro gran héroe local: Perico Fernández. Una en Bangkok, en el verano 1975, la otra algún tiempo después en Madrid. A Muangsurin lo apodaban La Sombra del Diablo por su pérfida estampa oriental y un estilo provocativo que incluía la chanza cuando los rivales intentaban tocarlo. Vicente Carreño lo define de un modo hermoso hoy en AS: "Saensak era una roca, un tipo con una fortaleza formidable, capaz de tragarse los golpes más terribles con una sonrisa en los labios. Se había formado en el boxeo tai, en el que los pies se utilizan también para pegar. Era estoico por naturaleza. Parecía que los golpes se derretían al contacto con su piel". El 15 de julio de 1975, en un estadio a cielo abierto de Bangkok, a más de 40 grados y aprisionado en la humedad del este asiático, el que se derritió fue Perico.

Perico Fernández dice que aquella noche lo drogaron. Perico Fernández dice que no podía ni levantar los brazos. Perico recuerda con una rabia que le incendia los ojos que ese día no tenía fuerzas para pegar. Perico Fernández confiesa que abandonó porque se le ablandaron los músculos contra aquel tailandés socarrón que lo invitaba a hundir los puños en su angulado cuerpo de manteca amarilla. No es la excusa del perdedor o al menos yo no lo creo. Perico nunca pone excusas y tiene el orgullo medido del que ha tocado la victoria y la derrota a partes iguales. Perico reconoce que sentía el miedo que otros muchos púgiles niegan. Que la noche antes de la pelea le costaba dormir, que se preguntaba si el tipo de enfrente le haría daño, si merecía la pena plantarse delante de un hombre que quería pegarle. "Luego, de camino al ring, se me pasaba todo y me sentía capaz de ganarle a cualquiera". Perico peleó mucho. Muchísimas veces: tiene un récord de 125 combates, una barbaridad. Empezó a boxear porque se lo propuso el carpintero que trabajaba en el hospicio en el que se crió. En el tramo final de su carrera, sentado en la ducha para que el agua le cayera de arriba como en una cascada, Perico volvía a preguntarse: "Pero yo, ¿para qué sigo boxeando?".

Yo no recuerdo las peleas contra Muangsurin. Mentiría si dijera eso. No recuerdo tampoco el título mundial contra Furuyama en Roma ni la defensa frente a Joao Henrique. Tengo, eso sí, una memoria precisa de quién era Perico en aquellos días en Zaragoza: un ídolo desaforado, el boxeador que ponía a la ciudad y al país frente al televisor, el tipo que paseaba en un flamante 124 Sport, el deportivo de SEAT, y que preparaba los combates entrenándose con los Zaraguayos en La Romareda... Recuerdo cómo una amiga de mi madre contaba que en cierta ocasión tuvo una discusión de tráfico con él en la Gran Vïa y que Perico había salido del coche con intención, exageraba ella seguro, de arrancarle la puerta del 600. En mi imaginación, el héroe efectivamente había sacado la portezuela de sus bisagras con un solo brazo y la había revoleado contra los arbustos del paseo central.

Cuando Perico se metió en aquella encerrona, como él la define, en Bangkok, Muangsurin sólo acumulaba tres peleas como boxeador profesional. La del tailandés burlón fue la transición más veloz que se recuerda en el pugilismo: al cuarto combate era campeón del mundo. Perico nos lo había contado más de una vez a quienes hemos querido escucharlo. Se lo detalló aún más a Alfredo Relaño y Tomás Guasch el día que vinieron a Zaragoza a entrevistarlo, hace un par de meses, para su serie de Fotos con Historia: "Aquellos días iban a celebrarse unas elecciones en Tailandia y un candidato a la presidencia era el organizador de la pelea: el boxeador local no podía perder; su triunfo suponía que aquel señor llevaba consigo la victoria y así pasó, que acabó ganando los comicios. Jamás debí ir a pelear allí, pero tenía 23 años, ni padre ni madre... Miranda tenía mi patria potestad y me engañó: había un buen dinero, pero a cambio de ir al matadero.".

Saensak Muangsurin ríe sobrador arriba, en una vieja foto de su segunda pelea contra Perico Fernández. El vídeo de abajo escenifica la violenta transición hasta un decadente Muangsurin, afectado de un desprendimiento de retina, "casi ciego" dicen muchos entendidos, intentando contener al gran Tommy Hearns en 1979 para ganarse una buena bolsa con la que operarse. Treinta años más tarde, Saensak Muangsurin se ha muerto a los 59 en un hospital de Bangkok, con las tripas carcomidas. Perico continúa en pie, malvendiendo pinturas por los bares o entre los amigos, lienzos hermosos de matadores de toros dando un pase, jarrones de flores delicadas o semblanzas de John Lennon ("con Elvis, los más grandes", me insiste siempre); sigue recontando como la primera vez las anécdotas que lo aproximan a una versión casera del ingenio de Mohamed Ali. Como cuando un alcalde quiso darle un empleo de portero por caridad y Perico le contestó: "Si quiere un portero, llame a Zubizarreta". O su encuentro con Franco, cuando lo recibió tras su título mundial contra Furuyama: "Me siento orgulloso de que un soldado español se haya proclamado campeón de Europa", le dijo Franco. Perico, que había sido campeón del Mundo, tuvo ganas de replicarle con toda su sorna aragonesa: "No me quite escalones, mi ’sargento". Ese era Perico, el tipo cuyo organismo ha invadido ahora el azúcar hasta hacerlo perder vista, lo que le impide pintar y le despierta una preocupación permanente por la salud y por el futuro. Aunque cualquier boxeador sabe que el futuro está compuesto de plazos variables.

Se ha muerto Saensak Muangsurin. Perico Fernández continúa en pie. La revancha queda eternamente aplazada, así que Perico no podrá cumplir esa divertida bravuconada que mordía entre los dientes cuando, casi 40 años después, le preguntábamos qué haría si viese al tailandés aparecer de repente por la puerta de El Churrasco. Perico apretaba la mandíbula, se le tensaba el morrillo que tenía el puño de la zurda, el de derribar contrarios y, con los ojos pugnando por cruzarse de lado, bufaba: "Si lo agarro a ese cabrón... si lo agarro lo mato".

 

17/04/2009 11:06 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Fútbol fantasía

Estos muchachotes de la NFL piden a los aficionados que les escojan para su equipo de la liga fantástica de fútbol americano. Ay, si Marcelino tuviera a sus órdenes gente como ésta...

 ¿Y qué pasaría si gente como ésta tuviera a su mando a Marcelino?

16/03/2009 12:20 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 2 comentarios.

El Velocista habla de otro velocista (y se aburre)

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Como ahora somos más invisibles de lo que jamás hemos sido (y mira que siempre nos hicimos traslúcidos, queriéndolo o no), voy a ir dejando las crónicas que el Velocista desgrana este año, en el que yo personalmente vivo aquejado de un profundo desinterés por lo que veo y aún más por lo que no veo. En el fútbol me aburro mucho, he de decir; no me aburría tanto desde los días de Chechu Rojo. En aquellas tardes de domingo conspiraban las muchas cervezas del sábado y ese fútbol rudimentario que casi nos lleva a ganar la Liga, al punto de que sufría graves problemas para mantener los ojos abiertos en La Romareda. Era literal: en algún momento llegué a dormitar un par de minutos, de ver lo que estaba viendo. Ahora todo me deja frío, por otros motivos o circunstancias. Esta placidez sensorial no la había conocido yo nunca, hay que confesarlo: es lo que se llama ni sentir ni padecer. Es como si lo viera todo a través de unos prismáticos con los binoculares del revés: muy, muy lejos. De forma que me viene bien el Velocista, que se dedica ahora a la ironía como forma de vengarme contra la infelicidad. Estas crónicas, las de cuatro de los cinco primeros partidos del año, están dominadas por el aburrimiento y por el velocista Ewerthon, otro artista de la centella. En fin, ya sé que cuatro de golpe son muchas, pero las dejo ahí y ya llamaréis con lo que sea (aviso que suelo tener el teléfono en modo Silencio).

La Segunda División es así

Levante, 2-Real Zaragoza, 1
1ª Jornada de Liga

Los partidos de fútbol en Segunda operan como las pinturas abstractas: uno las mira un buen rato y en un momento dado cree haber entendido el mensaje del autor: sí, ahí está, el azul en fuga representa al hombre moderno en desesperada fusión con los mecanismos del Universo, pugnando por huir de su cósmica alienación, colores primarios y batidas acromáticas del pincel... Entonces, mira el catálogo de la exposición y ve que ahí dice: es una silla. Del mismo modo, el fútbol en Segunda no es un arte figurativo. Está hecho a brochazos, construido con una lógica de triángulo escaleno y polígonos amorfos, con los lados desiguales, balones volantes sin canon geométrico alguno. Puedes mirar el partido hasta quedarte bizco y no le ves la sustancia. O no es lo que parece. Donde uno cree ver un pelotazo, resulta que Geijo lo corre, madruga a Sergio, sale López Vallejo, toca Geijo y, chas, gol del Levante. La Segunda División era esto: un lugar donde el fútbol no es así. No se sabe cómo es.

En el Zaragoza persiste también un vívido componente abstracto. Es una forma de decir que le falta cuajo táctico, coordinación, orden, reunión de las líneas. Valores que siempre conformaron el estilo de Marcelino. También le falta fútbol. El Levante acertó a colarse en esos espacios muertos donde campeaba el caos aragonés. Primero con Geijo y luego, hacia el final, con el cimbreante Rubén. Ambos se dieron un banquete a costa de los dos centrales del Zaragoza y ganaron el partido. Ayala y Sergio engulleron los balones medidos y los desmedidos. Geijo acudía a darles el bocado y por eso pronto dio con el gol, al final de un pelotazo largo. Geijo anticipó la ruta y Sergio lo siguió en desventaja. Ayala se vio vencido de antemano por la parábola del pase. La salida de López Vallejo dibujó un retrato preciso de la ausencia de convicción. A Geijo le bastó tocar apenitas con la izquierda para gritar el gol.

Ocasiones
El tanto recubrió al Zaragoza de hojalata, lo puso frente al espejo de sus tempranas deformidades. No sólo atrás. En el medio, Luccin y Antonio Hidalgo parecieron excluirse en lugar de mezclarse. El francés tuvo un buen rato de navegación con la pelota, algo de brújula en un choque proceloso. Después le pegó a Geijo una patada destemplada, de amarilla. Geijo se tuvo que ir cojo y a Luccin lo quitó Marcelino por Zapater. Hidalgo no acertó a gobernar el juego y tampoco llegó al frente, su gran valor en el Málaga, donde jugaba diez metros más arriba. Hubiera hecho falta, porque Oliveira desbancó a menudo a Yago y puso en la bandeja del área dos goles disfrazados. Nadie les sacó el envoltorio.

El Zaragoza se ha quitado mucho fútbol en la zona de tres cuartos y esa ausencia resta balones de gol a sus rutilantes delanteros. En las bandas, Arizmendi tuvo un aire guadianesco. A menudo se confundió en la grisalla general, pero cuando surgió de la niebla mereció cierta atención. Por las dos acciones mencionadas arriba y por un par de diagonales que tiró hacia el interior, lo que tal vez cuestiona su condición de futbolista orillero. La primera originó un solitario chispazo combinativo, el único instante lúcido de toda la tarde, del que participaron Ewerthon, Adriá y Robusté. El último metió el balón en su portería cuando intentaba cortar la llegada al remate de Ewerthon. El asistente lo anuló y Del Cerro Grande, árbitro con apellido toponímico, le hizo caso. En la otra, el alargado Arizmendi acabó con una hermosa rosca de zurda, preñada de intenciones, que se fue arriba. Como otra de Oliveira...

El Zaragoza había llegado a las proximidades del gol sin pasar por el juego. Normal en Segunda, pero equivocado para un equipo que debe mandar por la calidad, por el fútbol. No puede caer en la trampa del estilo simplificado, aunque el Levante le hiciera así también el 2-0. Aprovechando un ovillo que se hicieron Pignol y Ayala, Rubén tramó su tanto con un culebreo indecente contra Sergio. Oliveira descontaría de penalti. Todo fue insuficiente. Todo, en verdad, era nada. Lo único salvable fue la fecha: aún estamos en agosto.

 

Partido de pelota vasca

Real Sociedad, 1-Real Zaragoza, 0
Primera eliminatoria de Copa del Rey

En este Zaragoza post-moderno campea la fugacidad. En estos dos últimos años todo parece fuego fatuo. Más fugaz que nada ha sido la Copa del Rey. Aquí no se puede proteger nadie detrás de los 41 partidos que quedan por delante en la Liga, estúpido placebo que nos aplicamos el sábado después de la astracanada de Levante... Aquí no hay más. Ganó la Real Sociedad por un golito y un tanto así de fútbol. No mucho en términos absolutos pero, en comparación con el Zaragoza, otro mundo. Suficiente contra esa reunión de jugadores que hoy es el equipo de fútbol aragonés. Que es aragonés, o lo que queda del concepto, pero desde luego ni es equipo ni lo asiste el fútbol.

Aunque el partido retrató dos estilos disímiles, en realidad no se trata de estilos. Discutir de estilos en el fútbol se antoja falaz, porque todas las formas de juego son susceptibles de gustar y desde luego de ganar. Ahora que los científicos han descubierto el gen-343, ese que hace al hombre ser infiel por naturaleza (condición que Woody Allen definió hace mucho, usando sus gafas de pasta como microscopio), habrá que investigar si el gen futbolístico del zaragocismo  admitirá perder (y hasta ganar) sin ver a sus futbolistas dar tres pases seguidos. Como dijo Marcelino. No tuvo perfil, ni bandas, ni medio, ni defensa ni amenaza arriba.

Enfundado en una castaña como un piano, el Zaragoza de hoy le ofrece a su fiel espectador un par de posibilidades: aburrirse o pasar pena, según el grado de implicación emocional. Son dos opciones, oferta generosa salvo por su contenido. Entre aburrirse o pasar pena, el sábado muchos eligieron regresar a la siesta o armársela postrera, con la tarde avanzada, el sol bajando la cabeza para asomarse a las ventanas. También los hay que se aburren y lo pasan mal. Son los del todo incluido, que en Cancún van con pulsera y aquí con ojeras y ardor de estómago. Para ser uno de esos basta con mirar el partido más allá del descanso. Más pronto que tarde, el Zaragoza termina por dar pena.

Leve mejora
Fue tan incalificable lo del sábado que ayer quisimos ver una mínima progresión en detalles casi pueriles: como que los defensas defiendan con orden; o que hubiera una ocasión cantada de Ewerthon que Zubikarain convirtió en córner. Esa generosa imagen se deterioró a toda prisa. Lo que le costó a la Real manejar la pelota. Lejos del área, es verdad, otro matiz de estilo que a Marcelino le parece decisivo y que a Lillo no le importa, porque cree en la posibilidad de demorar la elaboración para que la jugada aflore sola. El Zaragoza es su antítesis: practica el fútbol de asalto y presión. Pero mal. Ahí, los centrales son pelotaris zagueros, que juegan a la pelota vasca. Anoeta es un estadio o un velódromo, pero no ya un frontón. Ahora se llama Atano III, y ahí pegan los manomanistas unos pelotazos que no se los salta Pulido.

Hay que recordar que a Lillo lo sacamos de esta ciudad a gorrazos en cuatro días, lo que completa la ironía. Porque ayer su Real Sociedad dirigió el choque con la pelota como timón, y esa sola idea nos pareció una forma mayor de fútbol, sin serlo. La Real ganó primero la posesión, lo que condujo al Zaragoza a una veloz decadencia, y a la vuelta del descanso ganó la eliminatoria. Elustondo cazó con una pelota perpendicular a Pulido y Pavón, que tiraban un fuera de juego. Marcos fue al otro extremo del cordel, cabalgó contra López Vallejo y lo batió sin vacilaciones.

Aunque reclamó un penalti por mano con mucha razón, en desventaja el Zaragoza entró en barrena. Gerardo pudo hacer el segundo en una volea de otro planeta y Xabi Prieto ensayó la filigrana. En busca de soluciones, Marcelino armó un totum revolutum medieval: metió a Caffa arriba (inerme en la banda, es verdad), introdujo a Adriá, bajó a Arizmendi por afuera, puso a Sergio de central y adelantó a Pulido al pivote... Antes ya había barajado a Generelo y Zapater. Esa noria fagocitó las pocas ideas que quedaban. Y tras del fútbol se fue la Copa, arrastrada por la lluvia incesante, a la alcantarilla más próxima.

 

Ewerthon se queda solo

Real Zaragoza, 2-Real Sociedad, 2
2ª Jornada de Liga

El Zaragoza elevó su ventaja sobre la velocidad y la Real Sociedad la deshizo con un tratado de arrojada paciencia. Lillo, que dirigió desde el palco por su expulsión en Copa, anhela una utopía: que su equipo elabore desde el fondo, como si jugaran Baresi, Maldini, Tasotti y Costacurta. "El secreto del Milan es que su fútbol lo inventan los defensas", dijo el visionario Cruyff mientras todos mirábamos a Gullit y Van Basten. Pero Mikel, Labaka, Castillo y Carlos Martínez manejaron la pelota de forma lastimosa y permitieron al Zaragoza dos goles a todo trapo, el estilo preferido de ese goleador serial llamado Ewerthon, y un severo control del juego. En el intermedio, Lillo agitó su filosófica melena rizada y dejó tres defensas. Y apareció Marquitos, al que ahora hay que decir Marcos, para dirigir con su eléctrico culebreo la larga y feliz recuperación de la Real frente a un Zaragoza inmaduro, cuyas virtudes languidecen a toda prisa, incluso en posición hegemónica. Se alejó de la pelota, le brotaron los defectos y acabó atrapado por un temor que encarnaría el nítido cabezazo de Díaz de Cerio para el empate.

El Zaragoza del primer tiempo  tuvo valores notables. Obligó a la Real Sociedad a la precisión en cada pase, con un ejercicio minucioso de presión y reparto de los espacios. Y la Real no estaba para exigencias de ese tipo. Insistió en su idea de salir desde atrás con tanta terquedad como ineptitud. El Zaragoza, en ese primer rato de actividad entusiasta con la pelota y sin ella, le fue cerrando todos los caminos, anulando las conexiones, obligándola a ir a ningún sitio y regresar otra vez por el mismo sendero. Por si faltara algo, Ayala y Sergio se recrearon en su autoridad y Paredes cerró a Xabi Prieto, futbolista con mucho interés en los pies. Mientras, Zapater fue creciendo. Cuando el Zaragoza ya ganaba, pegó una falta de vuelo elegante que Zubikarai se dio el gusto de negar con una estética zambullida.

Decadencia
Ewerthon concluyó en poco rato lo que los demás hacían bien. Al minuto y medio cabeceó con franqueza un pase de Arizmendi, que había robado la pelota en el área rival. Los cuatro de atrás de la Real se pasaron el rato dándole sustos  Zubikarai, que sudó hasta los tacos de las botas y se resbalaba como si alguien le hubiera encerado el área. Al poco, la Real se equivocó en otra salida, prolongó Oliveira con una cucharita y Ewerthon se fue contra Zubi como un toro. El 2-0 se lo metió por el sobaquillo, punto flaco de los toreros y las mujeres barbudas.

Lillo no hacía más que llamar por teléfono desde el palco a su banquillo, pero por lo visto comunicaba. Sin embargo, la lesión de Oliveira a los 24 minutos tuvo un efecto retardado para el Zaragoza, que se acható con Braulio, la lógica desconexión de Jorge López y el desencuentro de Generelo y Arizmendi con ese inagotable objeto esférico llamado balón. Con todo, el Zaragoza se agarró a la estela de Ewerthon, que andaba en conexión con otro planeta y se bastó para sofocar a Zubikarai y sus amigos: dos que casi y un al larguero. Ewerthon agarraba la pelota donde fuera y se iba contra el mundo. Y ganaba. Cuando está en ese plan, da para sacarlo en procesión.

El movimiento de Lillo en el descanso fue uno de esos raptos de osadía que ya no se ven. O, tal y como estaban los suyos, pudo deberse a una resta lógica: tres defensas se equivocan menos que cuatro. El caso es que le funcionó. Y entre el oficio de Gerardo, la manivela de Elustondo y la verticalidad de Marcos, fueron horadando el creciente desgobierno del Zaragoza, culminado en la confusa gestión de la pelota que acabó en el 2-1. Es imposible contarla. Fallaron todos y López Vallejo, notable hasta entonces, le regaló el despeje a Marcos. A partir del gol, al Zaragoza se le aflojó todo: las marcas, el fútbol y los esfínteres. Marcos dio otro aviso y fue asociando amigos para la causa del empate. Lo culminó Díaz de Cerio, con el Zaragoza víctima de sus fantasmas, La Romareda soplando y Marcelino en el diván. Ewerthon había empatado su batalla contra el mundo. Y bastante fue visto lo visto.

Una flor en el desierto

Real Zaragoza, 2-Elche, 0
4ª Jornada de Liga


En medio del áspero alquitrán de un partido sosote, mucho menos generoso por parte del Zaragoza de lo que haría suponer el marcador, brotó una flor que salvó la tarde para el equipo aragonés. Nació en el pie derecho de Jorge López, que se pasó el encuentro hilando seda desde el medio, enseñándole al Zaragoza los caminos abiertos por la inferioridad numérica en la que quedó varado el Elche, inerme desde que se quedó sin Willy Caballero, expulsado por bajar a Hidalgo en el área pequeña. Un penalti algo torpón y de altísimo precio. Además de descoser el partido, Jorge López vino a demostrar también que no hay categorías sino futbolistas; y que en Segunda todo es atropello porque la mayoría juegan al atropello, agitando los músculos y las pizarras. Su fútbol le hizo al Zaragoza de metrónomo y brújula, todo a la vez, componiendo un artilugio de mágica diversidad que la ciencia no ha inventado.

Ese tranco leve con el que se mueve por el campo Jorge López, jugador de grácil contención física, supone en Segunda una extravagancia luminosa para la vista, y un punto de apoyo a partir del cual mover el mundo, a la manera de Arquímedes. O a un equipo de fútbol, como en este caso: su dominio del tiempo y los espacios (cada pase venía precedido de una pausa deliciosa, como si midiera las variantes), más un par de aceleraciones feroces del promiscuo Ewerthon deshicieron a un Elche que compuso buena figura mientras tuvo a los once. Luego cayó en una depresión durante la cual el Zaragoza resolvió la tarde para luego echarse la siesta. Con esa actitud irresoluta con la que jugó el segundo tiempo, el Zaragoza no se hizo ningún favor.

El penalti de Willy (previa vaselina de Jorge López a la espalda de la zaga) lo resolvió Ewerthon con una cucharada de calma. Raso a la izquierda. Ni flojo ni fuerte sino todo lo contrario. Si hubo o no fuera de juego en la jugada previa, por cierto, cualquiera lo sabe. David Vidal rehízo el cuadro quitando a Saúl, y abrió a Santos y David Fuster a los lados. Cuando aún se estaba mesando el bigote, Ewerthon estiró los músculos en una carrera feroz, enfrentó a Olmo y lo rebasó con un autopase (el regate más sencillo para los velocistas). Cuando reencontró el balón sobre la línea de fondo, volvió el tobillo y giró un centro ingrávido que Caffa bautizó de un cabezazo: 2-0.

Aburrimiento
Contra la rotundidad de la ventaja local, cocida en apenas 25 minutos, el Elche no pudo siquiera verbalizar una amenaza. Dani jugó de eremita o desterrado, en severa soledad y con la obligación de alimentarse de lo que diera la tierra, que era nada. Y quizás rumiando en la memoria aquellos tres goles que hizo en La Romareda cierto día con el Betis. A pesar de todo, el global del partido dejó un punto de sospecha por el sesteo informe en el que incurrió el Zaragoza durante la larga y tediosa segunda parte, cuando el Elche reencontró pelota y ritmo de la mano de Rodri, y pudo incomodar arriba con Miguel. Hasta Usero, concienzudo toda la tarde, largó un pelotazo que tocó el larguero. A Vidal esos detalles le bastaron para que le creciera un paternalista orgullo por sus jugadores. Paternalista no significa injusto. El Elche puede hacer su recuento desde la perspectiva utilitarista (no gana y sigue abajo) o subrayar el peso de las circunstancias, más el relativo progreso de la segunda parte. Y las dos cosas serán verdad.

Si se trata de ponderar avances, lo tiene mejor el Zaragoza: portería a cero; dos centrales compuestos, por fin (Marcelino se hartó de aplaudir a Pavón, terapia de confianza); Pulido sacando limpio desde atrás el balón; el tiralíneas de Jorge López en el medio centro, que no debería quedarse en solución ocasional vista la dimensión que le da al equipo; la aparición de los dos pivotes en los balcones del área y la constancia en el rendimiento de Caffa y Ewerthon, rápido, motivado y listo para aparecer entre líneas. No son pocas cosas. Si Arizmendi le diera el balón a algún compañero de vez en cuando y Braulio hiciera algo, así en general, podría la gente hasta echar algún cohete. De los de mecha, ojo.

22/09/2008 19:56 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 11 comentarios.

Ciao Príncipe

Yo siempre me despido de mis amigos.

A éste le digo 25 veces adiós.

Y otras 25...

[Agradecimientos a 'Seaman', autor de los montajes].

03/09/2008 11:20 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

Velocista de Segunda

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El velocista ya es de Segunda... Despide la temporada con un ejercicio de intención sobria, anticipando la colección de líricas imágenes sobre la desgracia que poblarían los diarios a la mañana siguiente. Mientras lo observaba escribir me pareció que su tentativa venía inspirada por un necesario desapasionamiento o por un cansancio final, comprensible en todo caso. No ha sido un gran año para nadie, tampoco para él. Los partidos han dado la impresión de repetirse, o al menos su trama interior apenas variaba, con lo que se hacía difícil recrearlos con algo de interés, gusto o viveza. Somniloquios girará ahora hacia otros intereses, si es que los encuentra: últimamente, me doy cuenta, ha habido demasiado fútbol y muy poco humor. En fin, ahí dejo su último trabajo, que parece escrito hace siglos. La obviedad del titular está en la idea de la crónica.
 

El Zaragoza se va a Segunda

Mallorca, 3-Real Zaragoza, 2
38ª jornada de Liga


Sobran las metáforas. En el titular y en el relato. En realidad, casi sobra el dramatismo, porque este desenlace venía anunciado y el último partido no hizo sino resumir las incapacidades del Zaragoza a lo largo de todo el año. Fue el aldabonazo, el golpe de tierra final a un equipo que en junio estaba en Europa, en noviembre era séptimo y en mayo se va a Segunda. Así de rápido trabajan los ejércitos de la putrefacción. Sobran las metáforas. La realidad tiene peso suficiente: el Mallorca ganó, pero el que va a la UEFA es el Racing gracias a un gol tardío. Al otro lado del campo y de la realidad el Zaragoza, el equipo bonito, está en Segunda. El partido culminó un fracaso de proporciones históricas. El Zaragoza no jugó ni bien ni mal; jugó con la impotencia que lo ha marcado durante meses. No tuvo ni el ritmo ni la energía de un equipo desesperado. No es una acusación, sólo un subrayado de la realidad.

Ahora vuelve a Segunda apenas seis años después, frecuencia excesiva de club pequeño, que remite al Zaragoza germinal de los años 40. En el tránsito de siglo el club ha pasado de vivir un descenso cada tres décadas a soportar dos en la misma. La caída condena de modo inevitable la gestión deportiva de arriba abajo, y exige la revisión de un modelo que no sólo no ha alcanzado para el éxito, es que no ha dado siquiera para la supervivencia. Lo de los cargos puestos a disposición de suena a eufemismo. De hecho, la palabra dimisión ya suponía un eufemismo desde el momento en que alguien la maatizó con los adjetivos irrevocable y rechazada. Los únicos términos ciertos son los de siempre: renunciar, largarse, dejarlo, irse a casa. En realidad, aquí los únicos que no deberían marcharse son los futbolistas. Pero no jugaremos a levantar patíbulos. El espejo, que es la forma acristalada de la conciencia, debería hacer ese trabajo mucho mejor que nosotros.

Cada cual elegirá sus culpables y sus argumentos. Hay uno incontestable: el mayor fracaso corresponde a los futbolistas. Ellos son actores y responsables de un atropello mortal a la lógica de este deporte, a su prestigio profesional, a su trayectoria, a su experiencia, a su posición en el mercado y a todo el proyecto. De ese implacable fracaso derivan todas las demás responsabilidades y exigencias. Una cosa son los errores y otra irse a Segunda; una cosa es no alcanzar los objetivos y otra irse a Segunda; una cosa es vender por encima de su valor el potencial de este equipo y otra irse a Segunda; una cosa es fichar mal, bien o regular y otra irse a Segunda. La pregunta será siempre la misma: ¿Cómo ha podido bajar un equipo con estos futbolistas? Hubieran debido elevarse por encima de errores, irresponsabilidades y desafueros. Pero ni ellos mismos sabrán explicar cómo ha ocurrido todo.

Impotencia
Ahora ya no tiene remedio. Ninguno. Ahora hay que cumplir la condena, que es colectiva. Club, jugadores, ciudad, afición... todos a la misma celda. Fuera metáforas. El Zaragoza ha tenido mil oportunidades para evitar este desenlace, y jamás comunicó la sensación de que estuviera en condiciones de hacerlo. Fue igual en el último partido. El generoso marcador quizás ofrezca la impresión de que en Son Moix se jugó un choque feroz, pero la verdad no tuvo nada que ver con eso. El Mallorca fue preciso, tuvo mejor ritmo con la pelota y filo en la punta. El Zaragoza opuso el empeño de Aimar y la facilidad anotadora de Oliveira, pero sus valores quedaron diluidos en el perfil de equipo escaso de energía, vivacidad y nervio. No fue desinterés, pero lo afectó una traza de intrascendencia. A menudo una pelea la gana el que está dispuesto a morir, y el Zaragoza combatió con la fuerza desvaída de un muñeco de trapo.

Aun cuando los equipos se repartieron la pelota con ecuanimidad, siempre que el Mallorca rebasó la línea de medios del Zaragoza fue para meterle un caballo de Troya en el área. En el segundo tiempo esa fragilidad tomó el aspecto de una ruleta rusa. La guardia del Zaragoza sonaba muy permeable. Poca contención y mucho espacio atrás. Sergio rellenó su partido de fatalidades. Juanfran regresaba de los ataques con el autobús de línea... El Mallorca tenía la contundencia de Nunes, los Navarro y Basinas, jugador territorial. Y además, su defensa tiró el fuera de juego como si estuviera poseída por el espíritu de Baresi. El asistente de ese lado tenía el ojo rápido. Así que, mientras el Zaragoza disparaba un par de faltas contra el frontón y Diego tiraba un balón fuera tras venderle a David Navarro su recorte favorito, al otro lado Varela avisó con una volea antes de que Güiza retratase al Zaragoza con el 1-0. Cuando trataba de incomodar el premonitorio control del jerezano en la entrada del área, Sergio se resbaló en la memoria que el césped guardaba de la lluvia. Güiza remató, la pelota tropezó en Sergio y el efecto de refracción mandó a César al lado vacío. Y el balón a gol.

Resbalarse parece una forma  boba de morir, pero ocurre. Al Zaragoza le ocurrió. Dos veces, porque en la jugada del 2-1 el desastre alcanzó una estúpida perfección. Antes, el equipo aragonés alimentó la esperanza zafándose un buen rato del descenso, gracias a un cabezazo de Oliveira que capitalizaba la ventaja del Valladolid en Huelva. Pero el cambio de banda entre Arango y Varela había mezclado bien con la insistencia minuciosa de Webo, que jugó un partido musculoso fuera del área y clínico dentro de ella. Primero avisó. Luego hizo un gol, hermoso de verdad, nacido de un error intolerable. César se la dio a Sergio para que el central iniciara el juego desde atrás. Pero el asturiano, de suela traicionera, se resbaló. Y le vino a Arango, que envolvió el regalo en un centro sinuoso. La pelota sobrevoló a Ayala y Webo la cabeceó en el centro del área con la prestancia de un ángel.

Lo demás fue el epílogo, que sólo forma parte relativa de la historia. El tramo final reunió dramatismo y un cabezazo maravilloso de Aimar que Moyá deshizo junto al palo. El Zaragoza fue con balones perpendiculares y entonces vino la puñalada de Castro a la contra. Y el descuento final de Oliveira, sin tiempo para nada, salvo la lluvia y las lágrimas.

El Zaragoza está en el infierno. Y esto ya no es una metáfora.

Diario AS, 19 de mayo de 2008
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20/05/2008 19:33 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Ayala pone un grito en el cielo

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No faltan quienes acusan al velocista de incurrir en ditirambos filósofo-poéticos en sus crónicas. Porque siempre hay opiniones, e incluso a veces hay opiniones acertadas. En cierta ocasión unos simpáticos y admirativos beodos así se lo dijeron, concretamente en el concierto de los Héroes del Silencio en La Romareda, y ya se sabe que los bebidos y los niños siempre dicen la verdad. Y el velocista, que en los partidos de última hora frecuenta la escritura inconsciente, debe admitir su culpa y lo hace, porque hablamos de un muchacho generalmente modesto, a veces hasta la lástima. Hoy hemos de romper una lanza porque el sábado, ese hombre atribulado que escribe dos crónicas mientras vuela la medianoche y revienta el cierre del diario, pensó titular esta recensión del agitado encuentro contra el Deportivo 'El Tormento y el Éxtasis', epígrafe de aquella magnífica película de Carol Reed en la que Charlton Heston hacía de Miguel Ángel (Buonarotti) y pintaba la Capilla Sixtina mientras se embroncaba con el Papa Julio II. El tormento y el éxtasis reunía verdaderamente todas las condiciones del horrible drama que vivimos en La Romareda, pero el velocista le pasó el detector de metales líricos a la primera opción y se pasó a una segunda, porque la licencia cinematográfica no lo convencía. Así que pasamos al que preside arriba y yo estuve de acuerdo con el chico en que le quedaba mejor a la noche y a la telúrica celebración de Ayala. En fin, que últimamente hay demasiados días huecos en Somniloquios. Para qué nos vamos a engañar: no es que no me apetezca escribir, es que no sé de qué hacerlo. Vivo en suspenso y, como estoy acostumbrado a una agitación interior permanente, no me manejo bien en este extraño silencio mental... La normalidad no es lo mío.

Real Zaragoza, 1-Deportivo, 0
35ª Jornada de Liga

Fabián Ayala cazó su gol en el borde exacto de la desesperación, en ese espacio intermedio que debe existir entre la vida y la muerte, del que algunos dicen haber regresado con la memoria de una luz muy blanca que tal vez sea la Providencia. Algo así debió ver el argentino. Una experiencia religiosa. En esa ingrávida agonía entre Primera y Segunda División, el Ratón encontró y le dio forma a un gol de corte histórico. Tocó Matuzalem una falta en perpendicular, llovida sobre el segundo palo. Aouate, que había negado un par de goles cantados y agradecido otros al palo o al desacierto de Oliveira, se comió esa pelota con postrera generosidad. Tocó García junto al palo y Ayala la empujó. Ese tanto rescató al Zaragoza de un sufrimiento larguísmo, subrayado por una veintena de ocasiones, por la generosa exhibición ofensiva de un equipo que se elevó sobre todos los infortunios.

El 0-0 constituía el resultado más improbable. Por el estado clarividente del Depor, por la necesidad del Zaragoza, por su acumulación de atacantes... Y sin embargo, estuvo a punto de ocurrir, de un modo que nadie hubiera podido explicar sin recurrir a lo paranormal. El Zaragoza entregó la vida y casi la pierde. Ahora está vivo. Vivo no es salvado, todavía no. Quedan tres partidos y rincones de sufrimiento que hay todavía que doblar. Pero ese gol del doliente Ayala, festejado con un grito devastador, bañado en la emoción del defensa argentino y en el abrazo de todo el equipo con la grada (poderosa y simbólica iconografía) pone al equipo de Manolo Villanova en 41 puntos. Lo saca del descenso gracias a la derrota del Recreativo en el Vicente Calderón y lo aproxima a la frontera de la permanencia. Fue como aquel tanto de Álvaro a Osasuna. O mayor aún. Un gol de proporciones memorables. 

Larga acometida

El partido se hizo muy largo y muy corto, al mismo tiempo. Largo porque la desesperación estira las unidades temporales. Después de hora y media así nos miramos al espejo y parece que hayamos envejecido diez años. Corto porque el dispendio ofensivo resultó tan espléndido que todo ocurrió a alta velocidad. En cierto momento el Zaragoza acumulaba ocasiones, pases, combinación, llegada y remates como si los produjera en serie. Y todos acababan en el mismo aullido de decepción.  El Depor contribuía con su terno de equipo entero a esa impresión de riesgo incontenido. Cuanto más se volcaba el Zaragoza contra su lado, más hacía temer uno de esos latigazos que suelen azotar a los equipos en situación perversa como el Zaragoza. Hay que decir que, aun superado de arriba abajo, el Deportivo jamás descompuso el gesto. Su problema estuvo en que apenas acertó a expresarse. No encontró herramienta para hacerlo.

Primero aguantó la furiosa acometida del Zaragoza y lo preocupó robándole alguna pelota en el medio campo a veces, y otras poniéndole morfina al juego. Lotina ha logrado un movimiento articular bastante exacto de sus piezas, pero el Zaragoza le tapó la salida llevando la presión de sus delanteros al borde de su área, al menos cuando le alcanzó el aliento, que no fue siempre. Con ese solidario esfuerzo, el conjunto de Manolo Villanova logró interrumpir el flujo de juego del Deportivo y aisló a Xisco, inédito al norte de su equipo. Pese a la superioridad creciente del Zaragoza, los chicos de Lotina se las arreglaron para conformar una cierta amenaza latente. Por fuera progresaron con Filipe Luis y Manuel Pablo, más el incansable Wilhelmsson, un jugador prolijo que apareció en todos los espacios vacíos. Esos valores no le fueron suficientes para inquietar a César. Salvo un tiro de Luis Filipe hacia el final, en un leve entreacto que precedió al gol de Ayala. Luis Filipe agotó la banda, pero al otro lado Sergio García lo mató.

Todo el mundo hizo algo o muchas cosas buenas. Al fondo, Zapater le puso un pulmón oceánico al partido y Sergio Fernández estuvo sencillamente perfecto. Ilustre. Pero fue Sergio García quien encarnó el espíritu del equipo. El catalán se elevó sobre el lado derecho y ocupó todo el campo, la noche entera. En La Romareda, pocas exhibiciones individuales pueden compararse en los últimos tiempos a la de Sergio García. Para comprometer la trama defensiva de Lotina, el Zaragoza necesitaba solidaridad y un ritmo muy vivo de pelota. Hablamos de ideas opuestas, pero Villanova había decidido que su alineación fuera fiel al corte ingrávido de la plantilla. De ese impulso se agarró el equipo, que vació el medio campo, abrió su velamen y se fue a por la portería con arrojo y toque. La falta de puntería, el palo y Aouate contuvieron sus méritos. El listado de oportunidades tendió a lo interminable: comenzó en la primera mitad y se multiplicó de forma exponencial en la segunda, cuando el Deportivo se plegó del todo bajo la aplanadora. Varias de Sergio García, coronadas con una jugada maradoniana que sacó el inmenso Coloccini y que luego no acertaron a terminar Aimar ni Diego. Otros de Oliveira, que no vio el arco iris. Alguno de Milito, acalambrado de pierna y remate.

Después de una noche pródiga en voces de gol ahogadas, el grito final lo pegó la garganta profunda de Ayala. Una falta de Matuzalem, un toque hábil de García, Fabián y... la explosión. El alarido desatado de entusiasmo levantó La Romareda por los aires.

Diario AS, 4 de mayo de 2008
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05/05/2008 18:24 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

Hasta el rabo todo es toro

Real Zaragoza, 3-Recreativo, 0
33ª Jornada de Liga

Lo malo de venderle tu alma al diablo es que, cualquier noche, vuelves a casa de tomar algo y te lo encuentras pelándose un huevo duro en tu sillón orejero. Y a ver quién lo convence entonces... El Zaragoza lo logró. En la noche en la que venía a buscarlo el ángel caído, se arregló para endosarle la factura al Recreativo y salió pitando con el corazón batiéndole el pecho por el lado del escudo. El corazón, que en el fútbol se llama intensidad, carácter competitivo, esas cosas que le habíamos visto al Recreativo contra el Barcelona y en los últimos partidos, y que hacían temer a un equipo muy diferente. El suyo fue un defecto teórico castigado de forma violenta por un Zaragoza que recuperó su alma, lo cual es tanto como decir la esencia. Y la esencia estaba en la actitud, desde luego, pero también en la apelación a los valores originales, lo único que acostumbra a funcionar. Queramos o no, lo de los dos delanteros constituye la radical naturaleza de este equipo, por desequilibrada que nos parezca. A la vuelta de una búsqueda encomiable, Manolo Villanova entendió el principio que el doctor Lecter le recordaba a la agente Starling: simplicidad, Clarice, simplicidad.

El Recreativo, para culminar esa vuelta del Zaragoza al rock de guitarras de toda la vida, eligió un mal día para perder a Martín Cáceres o a Quique Álvarez. Las ausencias en el fondo suponen un peso enorme para un equipo en las circunstancias del Recreativo. Si lo sabrá el Zaragoza... Uno miraba ayer a Sergio cabecear por arriba y meter por abajo y se preguntaba, con todo el derecho del mundo, si el Zaragoza hubiera caído tan bajo como lo ha hecho con el asturiano en el campo. Zambrano cometió un cierto pecado de incontinencia. Además de que le faltaba su mejor hombre atrás y de que tenía al desesperante Edu Moya, envió su línea defensiva a 40 metros de Sorrentino. Una temeridad añadida que interpretaron muy bien Aimar, sobreexcitado, valiente, comunicativo, líder con la pelota y con los gestos. Y también Celades, que de cuando en cuando recuerda al jugador descubierto por Cruyff hace años. En un medio campo de pierna flaca, el catalán Celades (nació en Barcelona aunque viva en Andorra, coño!) se hizo dueño del reloj del partido. Óscar apareció con mayor fugacidad y Gabi le recorrió a la noche todas las esquinas, en una estupenda asimilación de las tareas del actor secundario. Alimentados por ellos, Sergio García y Oliveira aprovecharon los errores visitantes para poner al Zaragoza 2-0.

Naturalmente, todo el partido quedó definido por esa entrada febril del equipo aragonés. Enfrente, el Decano expuso una desgraciada blandura atrás y se sometió a una condena inevitable. Nunca sabremos si hubiera podido ser otro, pero hay que convenir en el demoledor efecto de las ausencias y en la rotundidad defensiva del Zaragoza al otro lado: frente a Marco Ruben, ensombrecido bajo la luz de su encuentro contra el Barça, y Sinama. El francés libró una batalla imposible en la que Sergio le negó cada balón y Ayala le recordó de todas las maneras posibles, a cual más despiadada, quién tiene el mando en la plaza. No nos tome nadie por pendencieros, pero qué bien pega Ayala... 

Regalos
El problema del Recreativo estuvo en que tal vez quiso ser dique antes que cuchillo; esperar y resistir la previsible efervescencia inicial del Zaragoza, para luego ir modelando el partido a su menor apuro. No le dio tiempo a comprobar lo adecuado de esa postura. A los 90 segundos Edu Moya, y a los 20 minutos Iago Bouzón, les regalaron sendos balones a los puntas del Zaragoza en los alrededores del área. El primero lo jugó a toda velocidad Aimar por fuera, lo cruzó Oliveira al punto de penalti y lo terminó Sergio García con un toque sutil de izquierda, cambiándole la dirección. En el segundo, Oliveira huyó contra Sorrentino y lo batió con una delicadeza mortal. No fue un disparo y tampoco se le puede decir toque: se pareció más a un putt cuidadoso tirado sobre la augusta hierba de Augusta.

Esa descomposición inicial  arrastró al Recre y lo sacó del encuentro. El ambiente en La Romareda tenía la espesura de las noches cerradas, pese a que la claridad no se desvaneció del todo hasta entrado el segundo tiempo. Hervía en la grada un fervor que Pablo Aimar, futbolista de alquimias diversas e ilustradas, licuó en el vidrio de su cuerpo, para convertirlo en fútbol arrojado y vivaz. El Cai tenía de nuevo esa energía vivaz e ingrávida de un Errol Flynn en las aventuras de Robin Hood. Puso tanto el argentino que bordeó el precipicio de su resistencia: primero lo amenazó el pubis tras un espagar desordenado, al disputar el balón con fiereza; luego la rodilla lo hizo claudicar. Aguantó cuanto pudo y se fue herido, pero sobre el fondo de un aplauso, como los toreros que se arriman. Aimar es la voz del juego. Con él todo es otra cosa.

¿Y el Recreativo? Bastante tuvo con sostenerse frente al batallón desaforado que fue el Zaragoza. Apenas amenazaría con tres faltas de Martins al borde del área, pero todas mal resueltas. La doble amarilla a Marco Ruben, que pegó dos patadas locas en medio minuto, dejó el partido hecho. El equipo de Zambrano lo aceptó, de forma tácita. No encontró por dónde entrar en la rueda, ni siquiera cuando tomó a su cargo la pelota en el segundo tiempo, aprovechando que el Zaragoza se ponía cínico: a manejar, a tocarla, a jugar con las faltitas de un Undiano primero casero y luego descompensado. Lo que no pudo hacer por la vía del juego lo buscó por la del turco Eser Martín, un futbolista tan grande que parece Tiburón, aquel animal con dentadura metálica de las películas de James Bond. Vicente y Ayala dejaron al Zaragoza con nueve, lo que le agrega a la victoria un punto trágico, inevitable: en Montjuïc, el Zaragoza jugará sin Sergio ni Ayala. Para entonces, Oliveira ya había cabeceado el 3-0.

Esto no ha terminado. En realidad, sólo acaba de empezar. Quedan cinco semanas y el diablo aguarda el cobro, pelando su huevo con la uña del meñique. Se parece un poco a Robert de Niro.

Diario AS, 20 de abril de 2008

20/04/2008 22:24 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 8 comentarios.

Siempre nos quedará la Antártida

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Hace meses que dejé de publicar aquí las crónicas de cada domingo, supongo que por higiene mental colectiva o un poco para alejar Somniloquios del torbellino pesimista en el que se estaba convirtiendo el Zaragoza. También porque, a partir de noviembre, la repetición de las decepciones me provocó una música interior algo sombría, y las crónicas (como casi todo) dependen un poco de cómo me suene a mí el estómago. Es decir, que no me ha gustado gran cosa lo que he venido escribiendo en estos últimos tiempos. El velocista comenzó el año en buena forma, es verdad, pero ha completado una temporada más bien mediocre. Si devuelvo hoy cierto espacio a la crónica de este lunes en AS se debe en primer lugar a una reiterada petición del argentino López, que vive fuera y no puede acceder a ellas; en segundo, a que advierto una presencia creciente de zaragocistas por aquí y supongo que -aunque todos queremos olvidar- algo he de darles también. Un poco de lectura o la ocasión de desahogarse. Siempre de forma ordenada, ya nos entendemos. Por lo demás, paciencia: siempre nos quedará la Antártida. Ahí va la crónica.

Los once del patíbulo

Mark González pone al Zaragoza en el infierno l Dos golazos del chileno lo condenaron l La grada cargó contra el equipo y el palco l Pavone cerró la cuenta


Real Zaragoza, 0-Betis, 3
31ª jornada de Liga

Mark González estranguló al Zaragoza con una corbata de seda y lo dejó condenado, frente al infierno y con una incipiente guerra civil. El partido de ayer, visto desde el lado aragonés, convocó la pasión exagerada de los melodramas y la energía gestual de la revolución. Cuando el pueblo dispara contra sus dioses está anunciando que arderá todo; es la barahúnda que precede a la caída de los imperios. El del Zaragoza se ha desmoronado con la misma velocidad con la que lo levantaron, como corresponde a un armazón inconsistente en el que se han visto muchas cosas y se han contado muy pocas. Todo por no alentar una zozobra que al final ha llegado por donde suele, por el lado del fútbol. El Betis le pasó por encima sin molestarse, está en 41 puntos y se ve en la mitad alta de la tabla, preguntándose si le dará tiempo a que su campaña acabe por ser algo más que decorosa. Chaparro ha completado su trabajo.

Uno tenía al Zaragoza hace semanas por un equipo con graves síntomas de descenso; ahora ya sólo una fe impostada alcanza para negar su posición de condenado. Tiene que ascender en siete jornadas, pero acusa un desmayo rítmico y una ansiedad depresiva que lo deja por debajo del Betis, el Recreativo, el Valladolid o el Depor. Porque el Betis se comportó con una eficacia artera frente a la ilusión zaragocista. Rajó al equipo de Manolo Villanova con esa pulcritud malvada de los asesinos con estilo y nunca permitió que el partido se jugase entre pares. Lo de la corbata de seda, lugar común de la psicopatía elegante, resume la hermosura de los dos tantos de Mark González. El chileno reventó el partido con actividad y un fútbol de rango alto, mientras los demás rumiaban aún pases de rutina. Al minuto siete, Ilic pegó un centro desde la derecha y González lo cabeceó con un escorzo de contorsionista. De ese gesto tan forzado obtuvo un primor de remate. Tocadito, el balón le pasó por delante a César con el aire con el que pasan  las mujeres vaporosas en el inicio de la primavera. Lento e inalcanzable. El segundo fue para ponerlo en un cuadro. Abrió viaje en el medio y dejó atrás a Luccin, Paredes, Ayala y Diogo. Al llegar al área se ahorró cualquier incertidumbre y acabó la maravilla con un golpeo preciso.

Blandura. El Zaragoza era mantequilla atrás, como suele. Diogo se había comido el centro del primer tanto y Ayala, tan enérgico otras veces, quedó blando en el segundo, en el que no comprometió la carrera del chileno. Eso sí, el 0-2 no correspondía con la decidida puesta en acción del Zaragoza, que pivotaba sobre el hilo de fútbol de Matuzalem. A veces se afecta algo y tiende al barroquismo, pero el brasileño logra que el arte parezca una necesidad. Siempre inspiró combinaciones. Como si les estuviera tarareando la canción al resto, pero encontró pocos amigos. Diego Milito vive ofuscado, Gabi y Óscar enervaron a la grada y Peter Luccin se fue enseguida para que entrase Aimar a agitar su pie izquierdo. La tribuna acogió al argentino en su vuelta con un clamor desesperado, pero ni él ni nadie pudo ya reescribir el partido.

El Betis se reunió en torno a sus dos goles y no dejó que nada lo sorprendiese. Siguió tan minucioso como si el partido fuera 0-0. Lo que ocurrió fue de alcance menor. Chaparro cargó a Arzu sobre Aimar por si las moscas y Mark González se lesionó antes del descanso, incidiendo en esa relativa fatalidad que lo acecha hasta en sus mejores días. Entró Odonkor, que corrió los cien lisos varias veces y pegó alguno de sus centros desmedidos. En el Zaragoza, Oliveira sumó cero al cero y el equipo cayó en un empobrecimiento anímico, mientras el ambiente se espesaba a su alrededor. Si quiso pegar, siempre pegó blando. Casto descolgó varios centros con el gesto aburrido con el que los bomberos bajan de un árbol a Calcetines, el gato de la viejita de enfrente. Salvo una falta de Matuzalem que rascó la madera, todo fueron tiros sin importancia. Hasta que Pavone dibujó otro calamar con el cuerpo para el 0-3. Por hacer algo. Y ahí, claro, ahí sí reventó La Romareda.

Diario AS, 7 de abril de 2008
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07/04/2008 18:00 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

Díme, Bobby...

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Rubio, aún rubio, aún sin esa frente despejada que lo habría de definir, aún sin ese mechón ingrávido que parecía perseguir siempre su cogote o tal vez volar para alejarse de él sin conseguirlo, aún sin esa coronilla limpia por la que lo llamarían Divino Calvo. Aún joven, pero con tanto dolor. Joven y ya con tanto dolor. Tanto dolor y esa confusión de fondo, esa forma de "entrar y salir de la realidad", que no sabría explicar; tanto dolor y una conciencia inexacta de lo ocurrido y sus consecuencias. Y el por qué. Sobre todo el por qué. ¿Por qué otros y no él? Tal vez eso era lo más doloroso, más allá de las heridas. El no saber. Un golpe en la cara, una contusión en la cabeza, un vendaje muy claro sobre la frente, una conmoción cerebral. Ese entrar y salir de la realidad, sin voluntad. Un camillero que le sonríe, como si quisiera decirle: "Esto es una rutina; no se preocupe, usted se va a poner bien". Él le quiere gritar a ese tipo, se quiere deshacer de su vigilancia, quiere que lo deje en paz, que se largue, que mire alrededor y comprenda o al menos que no sonría. Sobre todo que no le sonría. Por eso le grita, -"¡Usted no entiende nada!"-, porque lo ocurrido supone la destrucción minuciosa de la rutina, una vida (ocho vidas, 23 vidas, miles de vidas) modificada para siempre. Y luego la realidad, otra vez, que se desvanece como si el colchón de la cama, las paredes blancas de la habitación, como si todo lo que hay alrededor -el techo y la pálida luz, el cuerpo, los muchachos jugando a las cartas en la cabina del avión, la nieve de afuera-, como si todo, también el aeroplano, los dos despegues infructuosos, la carrera demasiado larga por una pista helada, y también la casa, sobre todo la casa, más que ninguna otra cosa la casa y ese silencio... como si todo eso fuera engullido por un torbellino, deshecho silenciosamente, igual si jamás hubiera estado ahí. Y entonces, el vacío. Un ruido metálico y el vacío.

Al despertar, a la mañana siguiente, reconoció apenas las paredes encaladas del hospital, aunque no podía estar seguro de si esa era la misma sala de la noche anterior o tal vez otra sala. Reconocía la mañana blanca, miraba a los muros blancos, las sábanas blancas, las batas blancas, las vendas blancas, la nieve blanca, la pista blanca, el avión blanco, el vacío blanco... y lo cegaba la insistencia de una escena sin colores. La claridad se estaba abriendo paso en una sucesión de imágenes de callada nitidez, una procesión fantasmal, de extraño orden. Se vio a sí mismo en una posición casi cómica: caído sobre un piso de nieve mancillada, atado aún a la butaca del aeroplano y con el cuerpo vencido de medio lado, como un chico que ha perdido el equilibrio al bajar la ladera demasiado deprisa con su trineo. La cabeza le zumbaba en una reverberación de metal contra metal. Siempre el metal, un ruido que hoy, 50 años después, no ha podido sacarse de la cabeza. Metal como la esquirla de una bala en el cerebro. Luego había un hueco, una súbita desaparición de materia, de recuerdo, de conciencia. El vacío. Y al otro lado una voz mezclada con estridentes sirenas que iban y venían a todas partes. La voz era la de Dennis Viollet, caído a su lado sobre la pista del helado aeropuerto de Múnich: "¿Qué está pasando, Bobby? ¿Qué ha ocurrido?". "Es horrible, Dennis. Horrible...".

Más tarde habría de arrepentirse de esa respuesta. Dennis estaba herido y tendría que haberle ahorrado la parte más atroz de la verdad. Pero no pudo evitarlo. La bruma del terror es así. Después del primer intento de despegue todos en el avión se habían dado cuenta de que algo estaba ocurriendo, un aire como de inquietud demasiado evidente se apoderó de los rostros de los muchachos. Cesaron las partidas de cartas y ganó el silencio, la callada anticipación tensa de un instante impredecible. Uno no sabe bien hasta qué punto está en peligro cuando está en peligro. Cómo advertir que sobreviene una tragedia... Ahora sí, ahora y en los siguientes días resultaría sencillo pensar que todo iba a terminar así, como lo hizo. Que cuando él acercó la frente a la ventanilla del aparato para mirar afuera, intentando distinguir algún perfil en medio de esa noche deshilachada de viento y nieve, sólo acertó a percibir esa luminosidad algo terrible que adquiere el hielo bajo una luz. Sintió que algo iba a ocurrir.

Desde el suelo, retiró el cinturón de seguridad y trató de incorporarse para mirar a su alrededor. No resultaba fácil ocultar la atroz realidad que se había desplegado en el escenario, y de la cual formaban parte él y su amigo Dennis, ese joven que en los últimos meses se estaba volviendo insaciable en el área de gol. Por todas partes vio cuerpos y trató de fijar la mirada en ellos y reconocer alguno, alguno de los jugadores, algunos de los futbolistas que un rato antes jugaban a las cartas. No le fue posible. Dennis seguía preguntándole: "Bobby, ¿qué ha pasado Bobby?". Y él contestaba: "Es horrible, Dennis. Horrible...". Y Dennis preguntaba de nuevo, y él contestaba otra vez; y Dennis insistía, y él lo mismo. Le quiso decir algo, Dennis, estamos repitiendo esta conversación, deja de preguntarme. Pero entonces vio que Dennis había cerrado los ojos, como si durmiera plácidamente sobre un suave lecho blanco, ajeno a esa noche salvaje de ventisca polar en Múnich. Pensó hacer lo mismo, pero las sirenas no le dejarían descansar. Después, alguien lo asistió y le ayudaron a caminar hasta una camioneta junto a otros compañeros, caminando como si abandonara el campo después de una patada demasiado fuerte de algún contrario. Un instante después, despertó en el hospital. Ya era la mañana siguiente.

A la izquierda de su cama un hombre alemán leía un diario, repleto de imágenes del accidente aéreo. Cuando advirtió que su vecino inglés estaba despierto, levantó la mirada y con un acento exagerado de sonoridades germánicas le dijo: "I'm sorry". Lo siento. El joven inglés -ese rubio de apenas 20 años, aún rubio, con la frente cruzada por un vendaje y un punto carmesí detenido como una cereza sobre el pómulo izquierdo- le dijo algo que sonaba a ruego, una petición. El alemán hablaba un inglés escaso, pero suficiente para entender. Aproximó un tanto a sus ojos las hojas desplegadas del periódico y recitó, muy despacio: "Roger Byrne, David Pegg, Eddie Colman, Tommy Taylor, Billy Whelan, Mark Jones, Geoff Bent". Tras leer el ultimo nombre, hizo una pausa y enseguida agregó: "Muertos".

Todos muertos. Siete muertos. El Viejo no estaba en la lista. Tampoco Duncan, ni otros ni él mismo. Ni siquiera él mismo. Sobre el cabezal de la cama, una tarjeta anunciaba su apellido: Charlton. Sintió una punzada rara, como un lejano deseo de que el alemán hubiera leído su nombre y que en esa tarjeta sobre la cama hubiera otro, quizás el de Roger, o el de Eddy, o Geoff... Aquello era inconcebible, claro, pero de verdad lo deseaba. En las horas que venían, en los siguientes días, en los meses posteriores, tal vez toda la vida, iba a preguntarse dónde y cuándo se jugó la partida de cartas que decidió los nombres de los que iban a morir. Una partida de cartas antes de morir. Eso es la vida. La inquietud de las preguntas sin respuesta lo persiguió por los pasillos del hospital como una locura incansable. Estaba intentando que no lo atrapara, pero al mismo tiempo no quería huir del todo: quizás la culpa lo volvería loco.

Cuando estuvo algo mejor lo llevaron a otra sala en la que ya estaban alojados algunos muchachos del equipo. Al verlos tuvo ganas de tirarse en sus brazos y festejar: "¡Al menos nosotros estamos vivos!", quiso decirles. Pero las miradas eran duras, no incluían ninguna celebración, salvo un doloroso alivio de vida no del todo comprensible. Duncan, dijo alguien, está muy mal. ¿Y el Viejo?, preguntó él. Lo mismo. Lo confirmaron algunas horas después Harry Gregg y Bill Foulkes, que pasaron por la sala para despedirse. Regresaban a Manchester. De repente ese nombre familiar adquirió en sus oídos una brillante sonoridad. ¿Cómo estaría Manchester? Jimmy, el preparador, contó que en Manchester la gente se había reunido en Old Trafford. Querían estar cerca del equipo, a su lado, como siempre en cada partido, pero el equipo estaba en un hospital de Múnich. La ciudad os espera, muchachos, dijo Jimmy Murphy. ¿Habéis visto a los otros?, preguntó alguien. Sí. ¿Y cómo están? Al Viejo y a Duncan los mantienen con oxígeno. Están muy mal. Y Johnny y Jackie... bueno, los doctores no saben si podrán volver a caminar. O a jugar. Jimmy Murphy, el segundo de Busby, había combatido en la guerra y sabía lo que era perder camaradas y amigos. Él se encargó de animarlos como si estuvieran en el vestuario. El accidente era una prueba y el Manchester United la iba a ganar, les repetía. Le gustaba comparar la supervivencia en aquel hospital de Múnich con sus días en el frente. Esa actitud ocultaba una careta: cierta tarde, alguien lo vio al fondo de un pasillo, las rodillas dobladas y la espalda contra el muro, sollozando igual que un niño por todos los jóvenes perdidos.

Pasados unos días, cuando ya fue capaz de caminar, el joven inglés de cabello rubio salió de su habitación y caminó por los pasillos del hospital. Aquí y allá los enfermos lo miraban con lástima y en silencio, como si lo que viesen no fuera un hombre sino una aparición. Ya se había acostumbrado a esas miradas. Subió las escaleras y giró a la izquierda. Después caminó hacia el fondo. La luz de un ventanal en el extremo del pasillo proyectaba una dulce claridad de vainilla sobre las estancias. Se detuvo en una zona acristalada y al otro lado vio, inmóvil entre tubos y cables, al viejo Matt. Jimmy le había contado que el Viejo resistía a duras penas: "Tres veces le han dado la extremaunción, Bobby, tres veces... pero ese hombre no se va a rendir, te lo aseguro". Tres veces, tres negaciones. Permaneció unos minutos observándolo. Meses después ese hombre celebraría lo ocurrido con una canción de Louis Armstrong: ‘What a Wonderful World'. Él no pudo asistir a aquella fiesta. Dejó al Viejo y siguió caminando, en dirección a otra pieza. Todo le pareció detenido o irreal, parte de un sueño del que debería despertar en algún momento, aunque lo acompañaba esa impresión clarísima de las pesadillas, cuando uno advierte que toda la escena pertenece al teatro silencioso de un sueño, una representación de la que, sin embargo, nunca se puede estar seguro de escapar.

Al final, después de tantos días, lo encontró tendido sobre un lecho blanco como el suyo. Blanco como la pista. Blanco como el vacío. Se saludaron apenas en silencio, con un gesto. Duncan conservaba intacta su enérgica mirada, aunque todo lo demás parecía haberle sido arrebatado. Lo miró y trató de buscar su cuerpo, pero le pareció que se había evaporado bajo las frazadas, que tal vez sólo quedaba un vacío, ese vacío, en el lugar que un día ocupó el cuerpo de aquel gigante. Se fijó en la placa sobre la cama: Edwards. Tendido y con la cabeza vuelta hacia él, Duncan contuvo unos instantes la respiración. Parecía estar reuniendo las palabras dentro de sí con sus propias manos. Pasados unos segundos, lo miró y sólo le dijo: "Dime Bobby... ¿por qué has tardado tanto?".

Epílogo
El 6 de febrero de 1958, el vuelo 609 de la British European Airways se estrelló contra una casa cuando hacía una desesperada tentativa de elevarse desde el aeropuerto de Múnich, en medio de una tormenta de nieve y ventisca que había helado las pistas. El Manchester United de los Busby Babes viajaba a bordo del aeroplano, de regreso de un empate a tres goles en Belgrado. El vuelo había partido con una hora de retraso de la capital yugoslava porque Johnny Berry, uno de los jugadores, extravió su pasaporte. Después, el Elizabethan (así se llamaba la aeronave) hizo una parada técnica en Múnich para repostar. La liga inglesa se oponía en aquellos días a la participación de los equipos ingleses en la recién nacida Copa de Europa, y les exigía regresar a suelo británico 24 horas antes de que se jugase el siguiente partido. Por eso el BEA-609 cruzó el cielo de una Europa helada en aquella noche fatídica. En el tercer intento de despegue, el capitán James Thain no pudo elevar la nave por culpa de la nieve caída sobre la pista; rebasó el límite del aeropuero y se estrelló contra una casa. En el accidente fallecieron 23 de los 44 pasajeros, entre ellos ocho jugadores del United, el equipo más prometedor de las Islas, la probable alternativa al Madrid de Di Stéfano. También perecieron ocho periodistas ingleses, tres empleados del club, dos miembros de la tripulación (el piloto se salvó), el agente de viajes y un aficionado amigo personal de Matt Busby, manager e inspirador del equipo. Busby agonizó durante semanas en un hospital de Múnich antes de salvar la vida; una lucha similar derrotó a Duncan Edwards, el gran ídolo de aquel equipo, 15 días después del accidente. El pasado mes de septiembre Bobby Charlton, uno de los supervivientes, publicó sus memorias y en ellas incluye un capítulo (‘My Munich Agony') en el que está basado este relato. Charlton tenía 20 años.

MediaPunta, Febrero de 2008
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27/02/2008 19:32 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Un italiano en la corte del rey Arturo

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El miércoles me voy a Londres, donde jamás me he sentido extranjero. De alguna forma puedo afirmar (sin vanidad) que siento Londres como mi segunda casa, un espacio familiar en el que no me percibo ajeno ni lejano: es la ciudad en la que más veces he estado, porque desde muy joven me atrajo y luego desgasté ese interés en sucesivos viajes y en una estancia de la que ya he hablado aquí y hablaré más. Vuelvo a Londres, esta vez para avanzar en ese proyecto fotográfico-lírico-documental sobre el fútbol en el planeta que estoy haciendo con Alfonso Reyes. Veremos algunos partidos de la Premier, aprovechando que los ingleses no paran sino que aceleran la competición (lo que tiene mucha lógica en un país de lógica acerada) y otros de las divisiones menores, donde puede que esté mejor conservado el verdadero fútbol inglés. En el mientras tanto pasearemos por el Londres navideño, posibilidad que sólo considero superable por el Nueva York navideño. Habrá Somniloquios, cómo no, y apostaremos unas libras a algún perro con nombre o cuartos traseros sugerentes en el canódromo, actividad bien inglesa que nunca he practicado, y no será por falta de ganas. Naturalmente, intentaré también ver rugby y me trapiñaré cuantos currys pueda. Como anticipo del viaje, más o menos, la semana pasada publicamos en MediaPunta una reflexión acerca del fichaje de Fabio Capello como nuevo seleccionador de Inglaterra. La dejo aquí con un avance resumido de mi tesis, debidamente exagerada para animar el debate, si lo hubiera: el mejor fútbol inglés ya ha pasado. Se terminó en los ochenta. Era varonil, divertido, primario e imprevisible. Lo de ahora -incluidos los entrenadores extranjeros de la Selección, y no digamos un sueco y ahora un italiano- compone un sucedáneo que como negocio funciona como un tiro y, futbolísticamente, igual que siempre: de decepción en decepción. Los ingleses guardan un alto concepto de su propio fútbol y su lugar en el mundo, pero están tan equivocados como los españoles. Lo demuestra su trayectoria del mismo modo que lo hace la nuestra. Poca gente habrá querido el fútbol inglés como lo he hecho yo, como aún lo hago. Quizás por eso lo severo del juicio. Siempre nos quedará Italia 90 y aquel equipo: Shilton; Parker, Butcher, Walker, Wright, Pearce; Waddle, Robson, Gascoigne, Barnes, Hoddle; Beardsley, Platt, Lineker. Ahí va el texto. Merry Christmas, lads...
 

MediaPunta
Diciembre de 2007

Después de la lobotomía nórdica del varonil Sven-Goran Eriksson y el previsible fracaso de McClaren, ahora Inglaterra se pone en manos de Capello, el hombre de la mandíbula cuadrada y los títulos bajo el brazo. El entrenador de la peineta al Bernabéu, el que echó a Ronaldo y Beckham del Real Madrid, el más italiano de los italianos, se sentará desde ahora en el segundo despacho más importante del imperio: el del seleccionador de fútbol. Si Sir Alf Ramsey levantara la cabeza...

Alfred Ramsey nació en 1921 en Dagenham, un industrioso suburbio a orillas del Támesis cuyos muelles recibían barcos cargados de carbón y marinos con ganas de juerga antes de partir a bordo de los cargueros. Dagenham representaba un carácter, un espacio más inglés que el Ford Cortina. Durante su vida, Ramsey modeló la memoria del fútbol inglés de 1963 a 1974, dejó la traza de una personalidad antigua y frontal y, por supuesto, una Copa del Mundo, el único título mayor en las vitrinas del imperio. En noviembre de 1973, Inglaterra jugó un amistoso en Wembley frente a Italia. La estela mágica del título ya se había evaporado a partir del Mundial del 70, aunque Ramsey siempre consideró que aquel equipo constituía una versión aún mejor que la del 66. Ese error de apreciación prefiguraba una espera que, cuatro décadas más tarde, aún continúa. La gloria ya no ha vuelto. Por su parte, Ramsey falleció en 1999, con el tratamiento nobiliario de Sir adherido a una paga mísera de 25 libras semanales.

Aquella anoche amigable en Wembley, Italia ganaría 0-1 y la jugada del gol la dibujó Chinaglia, un italiano nacido en Swansea, en País de Gales. Escapó de Bobby Moore y remató para que Shilton pusiera una mano de frontón. El rebote vino a parar a los pies de un medio que asomaba en el área su mandíbula rectangular y determinada. Era el hombre al que hoy vemos con las gafas personalizadas de tonos a juego. El tipo de la peineta en el Bernabéu. El señor que veranea haciendo trekking en el Tíbet. El que mandó a Ronaldo y a Beckham a su casa. El técnico de las nueve ligas y una Copa de Europa. El nuevo seleccionador de Inglaterra... Fabio Capello tocó la pelota perdida y firmó la victoria de Italia en Wembley.

Gorizia, Milán, Turín, Roma, Madrid, Wembley
Tal vez lo más hermoso del fútbol resida en el simple giro de la pelota, y la fuerza inspiradora de historias que esa fuerza tan rutinaria posee. Un cuarto de siglo después, Capello acaba de convertirse en seleccionador de Inglaterra. No viene de Dagenham sino de Gorizia, en la región de Friuli-Venecia Julia. Es el segundo extranjero en el puesto, tras el sueco Sven-Goran Eriksson. Los ingleses son tozudamente proclives al peso de un currículum. Y a pesar de su desdén insular les fascina lo diferente. Eriksson les parecía sofisticado hasta que cayó en un lío de faldas; lo mismo que Arsène Wenger, con su aire científico o el bocazas Mourinho. Houllier encarnó la otra vía: le dio al Liverpool cuatro títulos y una personalidad tan conservadora como desconcertante para un club educado en el passing game. A Houllier lo retiró un paro cardíaco, pero igual podría haber sufrido el ataque la estatua de Bill Shankly a la entrada de Anfield.

Por esos y otros caminos, en la última década el modelo inglés resolvió desnaturalizarse para hacerse más poderoso. Se subió a un flujo brutal de dinero desde las televisiones, Des Lynam dejó el legendario Match Of The Day de los sábados en la BBC para irse a un canal de pago, cayeron las torres de Wembley, desaparecieron las localidades de pie, las verjas contra los hooligans y los futbolistas ingleses de los equipos ingleses. Al mismo tiempo, las salas de reunión se llenaron de multimillonarios americanos, rusos o tailandeses. Inglaterra inventó el liberalismo económico y su fútbol lo aplica con denuedo minucioso. La ruta de la seda es ahora la ruta del merchandising. No hay mayor negocio que el fútbol inglés. Y sin embargo, la selección sigue ahí: como una ballena varada, extraña.

Un mister en tutú
Desde que la FA nombró a Walter Winterbottom en 1946 hasta la destitución de Sir Alf Ramsey en 1974, no hubo más seleccionadores. En los 32 años siguientes han llegado y salido nada menos que 13. Joe Mercer tomó el cargo durante siete partidos antes de cederlo a Don Revvie, que no se clasificó para la Eurocopa de 1976. Le sucedió Ron Greenwood: fuera del Mundial de Argentina, primera ronda en la Euro 80 y segunda fase en España 82. Luego llegó Sir Bobby Robson: no fue a Francia 84, cayó en cuartos de México 86, en la primera fase de la Euro 88 y, por fin, perdió por penaltis las semifinales de Italia 90 con Alemania. ¿Lo demás? El aburrido Graham Taylor, Terry Venables (semifinales de la Euro 96), Glenn Hoddle, Howard Wilkinson, Kevin Keegan, Peter Taylor, Eriksson y McClaren. Todos reiteraron el modelo de prueba y error.

Capello supone la extraña culminación de ese viaje. Quizás todo empezó hacia 1994, cuando Glen Hoddle jugaba-entrenaba en el Chelsea y el equipo burgués aún no se parecía en nada a su versión de hoy; entonces las entradas al Bridge -la grada de los hooligans- costaban 12 libras y daban derecho a asiento en una tribuna telescópica que atronaba bajo las botas de hierro de los rapados del National Front; a comer hamburguesas en una camioneta detrás del córner y a orinar en una caseta prefabricada en la que había fila durante los 90 minutos del partido. Ruud Gullit apareció como imprevisto inventor del Chelsea cosmopolita; de su mano llegarían Vialli, Zola y Di Matteo. Pocos años después, Vialli era entrenador-jugador de los Blues y Hoddle, con su elegancia de hombros cargados, dirigía a Inglaterra. El 11 de octubre de 1997 su equipo se jugó la clasificación para el Mundial contra Italia, en Roma. Necesitaba un empate y empató a cero. Esa noche Inglaterra fue más italiana que los italianos, que no supieron si atacar o retirarse. Ahí comenzó la transición.

Ahora, Capello les parece sofisticado y ganador. La pieza ausente en un país que se considera una potencia mundial en Whitehall, el distrito gubernamental, y en Wembley. En Inglaterra, el de manager del equipo nacional está considerado, y no en broma, el segundo despacho más relevante después de Downing Street. Los diarios nacionales -más afectos a las carreras de caballos y el cricket - le dedicaban siete páginas al nombramiento de Capello. Eso explica todo. Mientras, los tabloides se divertían publicando fotos del técnico con un tutú de bailarina y recordaban el desprecio que siente por una canilla peluda que asoma por encima de los calcetines. Todo un personaje: ¿Qué más quieren en Fleet Street? Ah no, que los periódicos ya no se hacen en Fleet Street. Y Capello dirige a Inglaterra...

Brian Barwick, director ejecutivo de la FA, lo justificó así: "Es un ganador, con mayúsculas. Estamos en deuda con nuestros seguidores y creemos que es el hombre que va a restaurar nuestro orgullo". Esa vanidad desoye la grave insistencia de los hechos. Comparemos a las últimas estrellas de Inglaterra con el equipo de 1990, aquél que Robson dirigía con gesto dormido en el banquillo. Comparemos a cualquiera de los últimos porteros -James, Robinson, Flowers, Seaman...- con el sobrio Peter Shilton o el gran Ray Clemence. ¿Es mejor el atildado Ashley Cole que el psicótico Stuart Pearce? ¿Micah Richards que el chiquito Paul Parker? Sí, John Terry mejora al sanguinario Terry Butcher o a Mark Wright pero... ¿rebasa Rio Ferdinand a Des Walker? ¿Descalza Lampard al capitán Marvel Bryan Robson? ¿O Gerrard a Paul Gascoigne? ¿Cómo dudar entre Hargreaves y Glen Hoddle? ¿O entre Beckham y Chris Waddle? ¿O entre Wright-Phillips y John Barnes? ¿Usted prefiere a Rooney, Heskey, Crouch o al trío Beardsley-Platt-Lineker?

Pues eso, que la memoria es frágil. Y mejor así. Ahora, Capello tiene encantados a todos porque aguardan de él lo que nunca les fue natural: la astucia táctica y el sentido común. Pero a nosotros no deja de asombrarnos que se arranquen el corazón de esa manera. Y nos produce una indisimulable nostalgia.

[Foto: la imagen muestra a Alf Ramsey y a Capello -tocado por una corbata estampada con la Union Jack-, cortesía de los chicos de confección de MediaPunta. Ya los he señalado antes como unos fenómenos: si pudísteis ver el montaje en la edición de papel, que se entregó en el partido del sábado con el Valencia, comprobaríais la inagotable creatividad y capacidad de resolución de esos muchachos. Hasta dieron con la foto del gol de Capello en Wembley, en 1973, que yo glosaba en el artículo. Prometo para muy pronto un somniloquio-homenaje con una reunión de sus magníficos diseños de portada para la revista. Verlos todos reunidos da, en serio, para una exposición. Una vez más, les doy las gracias a todos por ilustrar tan, pero tan bien, mis historietas de diletante aburrido].

Apéndice: John Carlin reflexionaba ayer en El País sobre este asunto en su artículo El Orgullo de los Ingleses; como tenemos puntos de vista coincidentes, como él además es inglés y como, sobre todo, John Carlin supone una referencia profesional, además de un modelo de periodismo que yo anhelaría practicar, lo dejo aquí enlazado para completar el cuadro.

24/12/2007 11:34 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

Ya no quedan hombres

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En el fútbol ya no quedan extremos, cerebros organizadores, defensas libres ni bigotes. Podrá parecer una tontería, pero a poco que uno bucea en el asunto descubre la añoranza que sufre el aficionado por el extravío del biotipo mostacho y su significado simbólico en el juego. No es raro. Basta ver los nombres que subrayaban esos bigotes de antes...

Cuál fue el último jugador con bigote de la Liga española? Es una pregunta inquietante, de esas que te quedan botando en la cabeza como un balón vivo en el área. Trasladada a una docena de amigos -divididos entre ex jugadores, periodistas, técnicos, coleccionistas, historiadores o conspicuos memoriosos de lo anecdótico- las respuestas dibujaron un variopinto panorama de recuerdos fraccionarios. Veamos. Los más rápidos nombraron a clásicos como Migueli, Paco Clos, Rojo, Isidoro San José, García Remón, Schuster, Miguel Ángel, Vicente del Bosque o Eugenio Leal, entre otros. Uno propuso al Chucho Solana, pero se le explicó que el binomio bigote-perilla no califica. Otro lanzó una tesis de arriesgada verificación: "Puerta llevó a veces bigotito chino". Sería el último, sin duda, pero comprobamos en decenas de fotos que el adorno capilar del finado lateral sevillista componía una fina conjunción bigotillo-perilla de inspiración hidalga o romántica, tipo Alonso Quijano o D'Artagnan. "Mesa y el Ratón Ayala... O sea, la prehistoria", contestó alguien horas después. Un par de españolistas de pensamiento fronterizo pasaron por alto a Wuttke o Lauridsen, Custers o N'Kono, y propusieron a un profeta del olvido como el bielorruso Zygmantovich, jugador del Racing a mediados de la década pasada... dicen. Los hubo de natural bromistas que se fueron a los márgenes: de ahí llegaron Capón, el Tato Abadía, Arteche y Sánchez Jara, muy renombrado. La respuesta más folclórica la dejó entre risas uno que proclamó: "¡El último futbolista con bigote fue Isabel Pantoja!". Como también es zaragocista y convicto de la memoria, luego corrigió: "Simarro y Rubial".

Todo se pierde. También en el fútbol. Se perdió el defensa libre, se perdieron los mediocentros ordenadores en solitario, se perdieron los centrocampistas con gol, los extremos y el delantero centro. En ese desorden también extraviamos los bigotes. Al ver a la selección de Irán con un 90% de bigotudos en Francia 98, dimos un respingo: los últimos hombres llegaban de donde llegaron los primeros, de África y el mundo musulmán. En la Europa concéntrica habían ganado las perillas, los mediapuntas hicieron mucha fortuna y poco gol, los peluqueros deconstruyeron los peinados, los calvos se pelaron las entradas a la manera de Yul Brynner, Mazinho y Mauro Silva inauguraron el doble pivote, Barthez salió con Linda Evangelista, murió el Estudio Estadio... Florentino fichó a Beckham, la última esperanza del bigote si había alguna, pero Goldenballs nunca se lo dejó crecer y se ponía las braguitas de su esposa; perdidas las últimas esperanzas, las patillas adelgazaron en hilillos de plastilina rajoyescos, Passarella prohibió a los peludos, los porteros dejaron de usar las manos y los wines murieron en el andén atropellados por locomotoras sin cerebro llamadas carrileros. God Save The Wing!, gritaron en Argentina. ¡Dios salve al extremo!

La recesión definitiva y dramática del bigote y/o mostacho en el fútbol le hace de espejo a la condición trasnochada de ese complemento en la sociedad de hoy. Occidente funciona así: primero jubila la realidad y después juega a añorarla y si puede hace negocio de esa extrañeza. Tan así que la imposible restitución del bigote compone una preocupación post moderna bien reflejada en Internet, el espejo de lo visible y lo recóndito del mundo de hoy. Véase la página www.enunabaldosa.com/futbolconbigote/, con su amplio catálogo de narices subrayadas; o bigotepride.blogspot.com, que aporta una sección de fútbol bigotudo bajo la cabecera que enuncia: "El bigote es una unidad de destino en lo universal". Una forma de explicar el mundo.

Una web preguntaba: "¿Por qué ya no quedan bigotes en el fútbol?" La mejor de las muchas respuestas fue ésta: "Porque ya no quedan hombres". Demoledor. En España y parte del extranjero, el bigote solía delatar a un defensa de pelo en pecho: Migueli, Larrañaga, Carmelo, Arteche, desde luego Stielike y San José, Cundi, Ricardo Rocha, García Navajas o Goyo Benito. Maradona no olvidará el bigote de Gentile. Argentina fue patria prolija en cepillos memorables sobre el labio superior. El bigote de Ricardo Elbio El Chivo Pavoni, marcador de punta de Independiente en la década del 70, se derramaba por la quijada del Chivo como una catarata hirsuta, en forma de herradura invertida, apoderándose de labios y alrededores con profusión invasora. Ese bigote (también el de Breitner o el escocés John Wark) debía producir un indisimulado temor en aquellos delanteros que intentaban adivinarle al zaguero un vestigio de benévola sonrisa entre la hojarasca.

Luego está el bigote ocasional, que posee un valor incalculable por lo que significa. Ejemplo paradigmático: pocos lo recuerdan, pero hasta el mismo Passarella se dejó crecer en cierto periodo de su carrera un bigotillo afilado como los tacos de sus botas, lo que le confirió un aspecto más mexicano que criollo. Como de conquistador de las Américas, sin importar la procedencia. Con ese añadido, a la prestancia natural del jugador le agregó un perfil de caudillo canalla dispuesto a hacer de su justicia la Justicia, al menos en el territorio de las áreas, la propia y la ajena. Gerd Muller tiene una foto con bigote proletario que lo señala como obrero incansable del gol. Ambas transformaciones resumen el poder simbólico del bigote.

Esa condición se ha perdido. El bigote futbolístico de hoy apenas alcanza a bozo: dícese del vello medroso que echan los jovenzuelos sobre el labio superior antes de hacerse machos. Pero aquí no hablamos de efébicos bigotes pusilánimes de moda. Aquí buscamos, añoramos el mostacho rotundo, enredoso, obsoleto. El bigote carlista y el decimonónico, el prusiano, el bigote imperialista o el bigote confederado. Stalin y Hitler llevaban bigote, dos malnacidos sin redención. Proclamamos la grandeza del bigote bicolor, mitad oscuro mitad albo, de Charly García, el enloquecido padre del rock argentino. Y el bigote de Paul McCartney en torno a los días de Let It Be, bigote de "déjalo estar, vámonos cada uno a nuestra casa y Dios en la de nadie". El mostacho suspicaz de Poirot, o el revolucionario de Pancho Villa y Emiliano Zapata. Del bigote atildado del francés Genghini al mostacho inconformista de Paul Breitner, extrañamos a los hombres de verdad.

Y no estamos solos. Hace unos años la firma Gillette consideró en una de sus campañas el fenómeno, y la imagen y el lema que usó ilustran esta historia. Varios equipos ingleses se dejaron crecer bigotes en una campaña contra el cáncer e invitaban a su público a hacer lo mismo. En una revista satírica de Rosario, en Argentina, Marcelo Mogetta hacía una encendida vindicación que quería agitar conciencias dormidas. Argumentaba el autor: "Porque señores, está bien, salvemos a las ballenas y a los osos panda, pero no vamos a pretender que una ballena desborde, tire un centro atrás y que un oso panda cabecee ante el arco desguarnecido". Ése es el espíritu.

Las ballenas van camino de la extinción, pero los medios bigotones, una finura diabólica para manejar la pelota y las conciencias de propios y opuestos ya desaparecieron hace tiempo: Schuster, la cámara lenta de Del Bosque, Rivelino, el propio Didí, el osado Panenka, el pacífico Rijkaard y Ruud Gullit con su tropical cabellera, Falcao, Jesús Mari Zamora, Toninho Cerezo, esa gente. Ellos creaban y para el remate ya estaban Krankl, Muller, Aldo Pedro Poy, Kempes (bigotito ocasional, como Passarella), Rudi Voeller, Satrústegui, Terry MacDermott, el Ratón Ayala, Luque o Ian Rush.

El bigotudo es una especie del pasado. ¿Cómo fue que desapareció algo que siempre estuvo con nosotros? Debimos sospechar qué ocurriría, pero no estábamos preparados. Groucho Marx nos avisó antes que nadie: el bigote más famoso de la historia jamás existió. Era sólo una mancha de carboncillo garabateada aprisa a la hora de la función. Un truco de vodevil. Una impostura.

PD: El último bigote en la Liga española del que tuvimos noticia no científica fue el de Vicente Engonga. Otras fuentes apuntan a Jacques Songo'o, portero del Deportivo. Ambos coetáneos y de raza negra, lo que constituye materia sociológica a poco que desechemos algunas convenciones. Después de ellos, el hombre se extinguió de nuestro fútbol.

Mediapunta, noviembre de 2007
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29/11/2007 19:47 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 12 comentarios.

El Pato hace una pavada

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Como decía don John Benjamin Toshack... "yo no comento de éste". O sea, sin comentarios. Dejo la crónica y me vuelvo a la terapia...

13ª Jornada de Liga
Real Zaragoza, 1-Getafe, 1


Regaló el gol al dejar su portería en una falta l D'Alessandro aprovechó para empatar l Juanfran había concedido el 0-1 l El Zaragoza sigue sin pulso

Aunque, como buen argentino, Abbondanzieri acepta la prevalencia de un apodo, ayer hizo el pavo y no el pato. Y esa pavada le costó dos puntos a su equipo, que iba para su cuarta victoria consecutiva cuando D'Alessandro se dispuso a tirar un libre directo y Laudrup (primer error de los dos) decidió hacer un cambio y meter a Pallardó. Un entrenador suele evitar esa posibilidad porque, entre que sale el que sale y entra el que entra, en el área se produce una inferioridad poco amable. Pero si eso estuvo mal, peor lo hizo el Pato. Tocado por una súbita locura transitoria, el portero del Getafe se largó del marco para pedirle al árbitro que demorase el lanzamiento hasta que Pallardó llegara al área. Naturalmente, el colegiado no aguardó. No tenía por qué. Y D'Alessandro tampoco. Vio el hueco y disparó una de sus combas. Para cuando el Pato quiso regresar de su viaje a la luna, D'Alessandro ya gritaba el gol.

El Zaragoza sólo pudo empatar de regalo, pero tampoco el Getafe hubiera marcado sin la concesión de Juanfran en el 0-1. Ese equilibrio equivocado explica el partido en su esencia final. Fue uno de esos encuentros de otoño con luz y temperatura de invierno, en el que uno encuentra  tiempo para pensar en otras cosas mientras observa con desgana. Y eso que el derrumbe del Zaragoza (ha ganado un punto de los últimos nueve) da para ocupar todas las cabezas. El equipo no recupera el pulso. Aunque el Getafe no hiciese demasiado ruido en el área rival, al menos sí sostuvo una innegable jerarquía tácita sobre un Zaragoza de juego discontinuo en el mejor de los casos, y lánguido casi siempre.

El Zaragoza cayó enseguida en una obvia incapacidad para dominar el medio e hilar juego, para encontrarle al partido una línea por la que corriese el balón. Lo que le salía eran impulsos inconexos y en cierto modo irrazonables. Hace días se le derrumbó la defensa y el armazón se ha venido abajo. La afección alcanza a todas las habitaciones: el fútbol, el ánimo, el estado individual de los futbolistas... Con esos síntomas parece imposible no caer en la enfermedad o, al menos, en la hipocondría.

Regalos
El Getafe lo esperó bien puesto y lo sacó poco a poco de su sitio. Sin grandes estridencias, pero jugando cada vez mejor. Si el fútbol de Laudrup en su época hubiera servido para definir el término sutileza, ese mismo ánimo posee la tramoya táctica de su equipo: el Getafe no se comporta con el denuedo escenográfico de los conjuntos que quieren ahogar al contrario, pero su modo de maniobrar cuando no tiene la pelota observa una dulce una armonía opresiva; es la asfixia con corbata de seda. Al Zaragoza le cerró las vías por dentro y lo mandó a jugar a la periferia, la banlieue parisina, El equipo de Víctor no encontró otra salida que algún culebreo de Sergio García, generoso y perspicaz en la búsqueda, y el carril de Juanfran, que no da con el sentido correcto de sus pies. El 0-1 vino envuelto en la forma de un regalo: una frivolidad del defensa, que decidió controlar la pelota en territorio comanche, la aprovechó Sousa sin pararse a preguntar la hora.

El gol justificaba al Getafe. En el fútbol no vale ninguna percepción si no se resume en la realidad de un tanto. Durante tres cuartos del partido había dominado el medio con Casquero y De la Red, más la suma del concienzudo Granero. Y decidió que ganaría la guerra a través de las batallas secundarias. Modelo de victoria paciente, muy a la Laudrup, pero sin peligro arriba salvo por un gol que García le sacó en la raya a Manu. Por contra, el Zaragoza se comportó según su hábito: siempre más cerca del gol que del fútbol. Con poco juego reunió cuatro o cinco oportunidades notables: de Oliveira, de Óscar o de Diego Milito. Y un rechace con el que Sergio García no agarró puerta, tras una salida arriesgada de Abbondanzieri. El argentino parecía compuesto hasta que hizo aquello. Aunque quiso justificarse, el gol de  lo dejó como a un pato en un garaje: frente a los micros trataba de razonar su actitud, pero sólo acertaba a decir cua cua.

Diario AS
26 de noviembre de 2007

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26/11/2007 17:15 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 3 comentarios.

El fantasma de John Thomson

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MediaPunta me publicó hace unos días, con ocasión de un Rangers-Celtic en Glasgow, la historia de John Thomson, el portero del Celtic al que mató un delantero del Rangers en 1931. Una de esas leyendas que Petón hubiera subrayado de matices con la voz, mucho mejor que yo, en su glorioso espacio de los jueves (sobre la una de la madrugada) en El Larguero. Creo que mi versión para MediaPunta quedó algo desmayada por desorden o premura, o así la considero yo porque quizás no alcancé lo que buscaba y no supe cómo aproximarlo. Tal vez todo lo que sea posible decir esté en este vídeo del partido y de la jugada: una vez visto, supe que no podría contarlo. Su título en la revista fue El hombre que se jugó la vida en una salida... y la perdió. Lo cambió aquí por este otro, menos cortés pero más ajustado al espacio.

El hombre que se jugó la vida en una salida... y la perdió

Hace un año, el portero del Chelsea Petr Cech sufrió un rodillazo en la cabeza en una salida riesgosa a los pies de Stephen Hunt, del Reading. El golpe hundió el cráneo del portero, que fue operado y pasó varios meses de recuperación. Desde entonces juega con un casco de rugby. Aquel suceso recuerda -en la semana en que vuelve a celebrarse el tradicional Rangers-Celtic en Glasgow- la leyenda de John Thomson: en 1931, el portero del Celtic sufrió un choque similar con Sam English, delantero del equipo protestante. Murió víctima de una fractura de cráneo. Estos días un libro, y siempre una canción de la afición verde, recuerdan su grácil figura y el prematuro cadáver que dejó sobre la hierba. 

John Thomson se jugó la vida en una salida y la perdió. Falleció en esa traicionera franja de hierba que hay un poco más allá del área pequeña, donde nacen los goles y mueren los porteros. Casi siempre de forma figurada, pero no el 5 de septiembre de 1931. Ese día murió de verdad un portero. El estadio era Ibrox Park, el campo del Rangers. El rival era el Celtic, el enconado enemigo vecino. El meta fallecido jugaba en el Celtic: John Thomson, de 22 años. El rival que lo mató se llamaba Sam English. El partido acabó con empate a cero.

El Rangers-Celtic, el partido llamado The Old Firm, vuelve a celebrarse este fin de semana. El Rangers-Celtic incorpora un componente bien célebre de violencia sectaria trasnochada: una rivalidad futbolística cuasi medieval, sostenida en diferencias religiosas. La sorda batalla se libra barrio por barrio, calle por calle. Como en las guerras civiles, a la hora de los partidos es más peligrosa la retaguardia, las esquinas de la ciudad o los bares, que el propio estadio. Sin embargo, la tragedia más evocada del derby de Glasgow corresponde a un suceso fortuito. No hubo salvajismo, pero sí un drama mayúsculo. No murió ningún hincha, murió un guardameta. John Thomson, muchacho de existencia condensada: a los 15 años bajaba a los pozos mineros de Fife; a los 17 lo fichó el Celtic y ese joven -grácil y armónico a la manera de Roddy MacDowall en Qué verde era mi valle- conquistó la portería de Celtic Park y la de la selección de Escocia en apenas cinco años. Murió a los 22, en el frente de su área pequeña. Ese cadáver tan joven quizá explica que en la provinciana y vivaz Glasgow aún lo conozcan como El Príncipe de los Porteros.

Hay una paradoja terrible en esta tragedia: la involuntariedad. Aquel sábado, en el minuto 5 del segundo tiempo, Sam English sólo quería rematar un balón que venía rodando hasta la boca de la portería celta. Meter un gol. John Thomson únicamente intentaba llegar antes que su rival. Y guardar su portería. Esas dos férreas voluntades, del todo inocentes, se cruzaron en un lugar y a una hora que un pesimismo determinista juzgaría predestinados. English apretó la carrera; Thomson se echó al suelo. English adelantó la pierna en un último esfuerzo instintivo. Como el balón venía en diagonal, Thomson se acostó sobre su lado izquierdo para la disputa. English tocó, el meta rechazó la pelota y en el tremendo impulso la rodilla de su oponente le golpeó la cabeza. Los accidentes nacen en la rutina aparente de las cosas. Nada ocurre hasta que sucede.

De forma increíble, el incidente se puede ver en un archivo de apenas minuto y medio de Movielone, el noticiario cinematográfico de la época en Gran Bretaña. El choque entre Thomson y English aparece veloz y brutal. Subrayan la escena gritos estridentes de la grada, que anticipan el posible gol y luego lamentan que no lo hubiera. En el contexto, esas voces adquieren un inevitable timbre dramático. Tras el golpe, Sam English se levanta unos metros más allá, donde lo ha llevado la inercia de la carrera, y camina cojeando con alarma hasta Thomson. El gesto define al hombre. El portero del Celtic continúa casi en la misma posición, pero vuelto hacia arriba. Su brazo derecho se eleva con inerte firmeza, en un conmovedor gesto de auxilio que parece el primer rigor de la muerte. Con Thomson a sus pies, English y dos jugadores del Celtic piden a las asistencias que entren cuanto antes.

La filmación está hecha desde la tribuna, en un punto que mira sobre la entrada del túnel de vestuarios como un balcón. La imagen final muestra la salida del portero en una camilla que levanta un grupo de asistentes con gorra de plato. Nada en el escenario anticipa la magnitud de lo que está ocurriendo. Los bobbies pasean tranquilamente la banda arriba y abajo, ese británico gesto de vigilancia serena de las tribunas, donde la carne de las aficiones es un embutido movedizo como un flan. El partido siguió adelante mientras en el Victoria Hospital de Glasgow los estudios revelaban que Thomson había sufrido una fatal fractura de cráneo. Las autoridades médicas certificarían su fallecimiento a las 9:25 de la noche.

Más de 30.000 personas asistieron a su funeral en el Cementerio de Bowhill, en Cardenden, donde Thomson había vivido con sus padres y hermanos en el número 27 de Balgreggie Park. Muchos aficionados hicieron caminando los 80 kilómetros desde Glasgow hasta esa localidad al oeste de la región de Fife, durmiendo a pie de carretera; de la capital escocesa partieron dos trenes especiales; un diario de Londres envió a sus periodistas en un aeroplano que aterrizó en el Daisy Park de Cardenden. La comitiva apelmazó las calles como las tribunas. Muchos se subían a los tejados para ver pasar el féretro, portado por los jugadores del Celtic, con el manager Willie Malley a la cabeza. Sobre la madera de roble del cajón, una pequeña alfombrilla verde y los palos de una portería trenzada con flores blancas. El memorial que se levantó por suscripción popular luce este epitafio de verso desmayado: "They never die / who live in the hearts / they leave behind" ("Jamás mueren aquéllos / que perviven en los corazones / de quienes dejan atrás").

Desde esos días, un fantasma de 22 años vaga por las tribunas hecho canción. Aunque el último muerto que lloran los Celtic Bhoys es al zanahoria Jimmy Johnstone -aquel siete pelirrojo, eléctrico y enfermo de habilidad que ganó la Copa de Europa para el Celtic en 1967 en Lisboa- el recuerdo de Thomson traspasa el tiempo como las paredes. En Celtic Park tomó la forma de una canción espectral que exhorta a jugadores y aficionados a la memoria y el compromiso, valores de los que Thomson constituye un atroz paradigma: "Así que vamos, Celtic de Glasgow / levantáos y jugad el partido / que un espíritu permanece entre vuestros palos / y como John Thomson fue conocido".

La historia ha sido interrogada en detalle por Tom Greig en su libro My search for Celtic John. A lo largo de más de 200 páginas, Greig da cuenta de la vida del joven Thomson, nacido en Kirkcaldy, educado en el protestantismo y portero del equipo católico. Y revisa con afán de investigador las trayectorias deportivas y vitales de los protagonistas, el descubrimiento de la promesa en un partido en que el ojeador del Celtic tenía el encargo de examinar al portero rival; su debut a los 17 años frente al Dundee United, sus cuatro partidos con la selección de Escocia, una sobrecogedora premonición de su madre y, desde luego, la jugada, las circunstancias, el Celtic de aquellos días, la pesada carga que soportó Sam English desde entonces, lo que se pudo hacer o no se pudo hacer en el 5 de septiembre de 1931. Aquel sábado en que murió John Thomson. El portero que de verdad se jugó la vida en una salida.

Sam English quedó absuelto de cualquier responsabilidad por la jugada. Algún tiempo después, abrumado por la culpa, abandonó el fútbol escocés para emigrar al Liverpool.

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19/11/2007 16:02 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 4 comentarios.

Un poco de todo y de nada

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RENFE suprime trenes y los junta de dos en dos. Yo ando en servicios mínimos hasta nueva orden, así que no encadeno una sino tres crónicas, las últimas del Zaragoza, aunque sólo sea por entretener el tiempo (el mío y el de quien las lea). Hay un poco de todo y de nada. En el Zaragoza y en Somniloquios... Una victoria exuberante contra el Villarreal, otra práctica frente al Almería y esa 'boutade' tan del Zaragoza que constituyó el partido con el Valladolid, por otro lado un equipo estupendo. Algún día de éstos iré al cine o veré una película en la televisión o leeré una línea en algún libro que pueda recomendar. De hecho, estoy a punto de hablar de tres libros. Mientras no tenga mucho que decir, como ocurre ahora mismo, seguiré más o menos callado. 

Real Zaragoza, 2-Real Valladolid, 3
11ª Jornada de Liga 

La vida son seis minutos

Víctor mató al Zaragoza del 27' al 33' l Empató el gol de Oliveira, sumó otro y Álvaro puso el 1-3 l Diego Milito recortó tarde l Fin a 11 meses invicto en casa

Sobre este Zaragoza no se pueden hacer afirmaciones absolutas. Como las cajas de regalo envueltas con un lazo, a veces ilusiona a su gente pensar en la grandeza de lo que tiene dentro; en otras ocasiones empuja a pensar que hay una orfandad en el fondo de su fachada. Ese hueco sombrío alterna con principios de luz rutilantes. A un equipo se le juzga el 30 de junio. El resto del año tratamos de interpretarlo a la vista de los resultados y de un amplio puñado de condiciones contextuales. Pero este Zaragoza no se deja interpretar. Ayer cumplió ese principio de infidelidad a sí mismo con terrible empeño: comenzó rápido, solidario, hecho un equipo, pero se descentraron sus delanteros por una chupada de Oliveira y el resto se lo llevó por delante Víctor, pequeño gran hombre del Valladolid. En seis minutos volteó el partido.

Voló la puerta de Europa, volaron los once meses de invicto de La Romareda, voló la línea de crecimiento, voló la credibilidad. Ese último problema puede ser grave o no; en el fútbol se cree con el corazón, no con la cabeza. Buscar la verdad de la derrota requiere tacto. Demasiadas bajas atrás obligaron a Zapater a hacer de lateral izquierdo y el partido se lo llevó por delante. Triste e injusto. Uno puede defenderse y ha de ser juzgado en su terreno. Cuando se le llama para una misión especial en tierra ajena, al menos un honor lo salvaguarda: el de la valentía para asumirla. Pero Kome le hizo a Zapater y a Chus Herrero, que salió también muy mal parado, una calamidad decisiva en la suerte del encuentro. La otra verdad es que el Zaragoza podía ganar 3-0 a los 20 minutos. Y que en el desplome posterior cayeron muchos: Oliveira, autor del 1-0 y cambiado en el descanso; Luccin, tocado en un gemelo y hundido por Álvaro. Sólo Óscar hizo algo de luz; y Diego Milito puso generosidad sin correspondencia. Última verdad: Ayza Gámez negó dos goles (uno de Óscar y otro de Diego) con fueras de juego discutibles. Y un penalti de Rafa a Sergio García. Aun siendo cierto, nada de esto explica la suerte del partido.

Leer en diagonal
El fútbol de hoy produce con frecuencia el molesto zumbido industrial de la modernidad, mareante hasta el punto de confundir lo mediocre con lo necesario. Pero cuando en el campo de juego aparece un futbolista como Víctor, con esa fisonomía corta que representa una consciente huida de la mecanización, entonces sabemos que todo sigue en su sitio; que el fútbol es lo mismo de siempre, que conserva intacta la factura de un juego ingobernable, molesto y fascinante por igual. Depende sólo del lado en el que se produzca el milagro. Esta vez, el lado del Valladolid.

Víctor volteó el partido, que venía de un 1-0 y en seis minutos se había convertido en 1-3 para el Valladolid. Mendilíbar lo puso en el campo en el minuto 24 por Sisi. Un cambio prematuro mueve a la sospecha, pero el entrenador del Valladolid sólo usaba una de esas condiciones extraordinarias que se dan en algunos individuos. Kennedy leía en diagonal. Devoraba renglones y páginas con vertiginosa ligereza. Eso hizo Mendilíbar: leer el partido en diagonal. Víctor entró a dividir las líneas, Kome cayó a la derecha y entre los dos hicieron papilla la banda que defendía Zapater y resguardaba Chus Herrero. Del 27' al 33', Víctor firmó dos goles y Álvaro -hijo de la Ciudad Deportiva- consagró su vuelta, medianamente anónima, con un tercero excelso. Otro que lee en diagonal.

El Zaragoza quedó desnudo en la calle. Ya no se recuperaría, ni con Aimar, ni con D'Alessandro, ni con las apariciones dulcemente protéicas de Óscar. Protestó al árbitro las jugadas aludidas, Aimar cabeceó arriba una vez y Diego Milito redujo hacia el final la derrota. Sólo hubo circunstancias, pero no fútbol. El contraataque que se chupó Oliveira, mientras Milito aguardaba para el gol, rompió el frágil principio de solidaridad y Víctor se llevó por delante el resto. El Zaragoza debería recordar aquella frase de Lennon en una canción para su hijo: la vida es lo que te ocurre mientras haces otros planes. Donde dijo vida, pudo decir fútbol.

Almería, 0 - Real Zaragoza, 1
10ª Jornada de Liga
 

Una victoria como un parto

El Zaragoza gana fuera después de nueve meses l El Almería, con pasajes estupendos, sólo se rindió por un penalti l Cobeño tiró a Óscar y lo anotó Diego Milito

Al Zaragoza le ha costado nueve meses ganar fuera de casa, un parto doloroso que no puede permitirse ningún equipo que aspire a Europa. El partido cayó de su lado por un penalti, pero  no hay engaño en el triunfo: era merecido. Sin embargo, varias contradicciones quedaron entrecruzadas a lo largo de la noche. El Almería tuvo la pelota en los pies y al Zaragoza en sus manos en el primer tiempo, cuando mostró un desempeño magnífico en todos los órdenes salvo en el gol. Si Negredo u Ortiz hubieran acertado en el arranque, el Almería hubiera podido volar, porque estaba para todo frente a un Zaragoza encadenado a sus temores por las bajas en la defensa. Pero el Almería no atinó y dejó que el Zaragoza se acomodara un tanto; que comprobase que a Goni hay que encontrarle un espacio lógico entre la Tercera División y la élite; y despertó a Óscar, que escenificó otro capítulo de su renacimiento. Esas sumas concluyeron en el penalti de Cobeño que Diego Milito transformó en el minuto 73 en la victoria aragonesa.

Fue un choque de valores más morales que futbolísticos, puede ser, también por eso hermoso: los dos tiraron guantes, valientes y honestos. Y tuvo que ser la jugada más ventajosa del fútbol la que decidiera. El Almería adornó la noche con un pasaje inicial de ligereza de ideas y ejecución fascinantes. Será un recién ascendido, pero niega la convención con ideas y jugadores estupendos embozados en nombres de rango medio. En una plaza en la que cualquiera se excusaría para jugar a la supervivencia, Unai Emery prefiere jugar al fútbol de verdad, sin prejuicios. Un entrenador para la esperanza.

Hasta el área del Zaragoza llegaban todos los del Almería y alguno más. Parecía que jugaran con 15 y varios balones. Llegaban antes y por cualquier lado: Bruno por afuera, Corona en la mezcla, Felipe Melo con su fisonomía, Ortiz por el flanco, Negredo en su obsesión episódica del delantero. El equipo aragonés no podía sacudirse esa brisa tan saludable de fútbol, porque el Almería le ganaba la pelota con energía y después le daba un uso nítido, armonía de pelota y espacio. Jugaba de memoria y movía algún recuerdo atrevido: antigua: ¿Era el Almería o el Ajax de Rinus Michels? Entiéndase la hipérbole: la verdad reside en las ideas.

Contraataque
Enfrente, el Zaragoza tenía una ensaimada por boina en la cabeza, como aquel Cordobés de Arús. Carlos García y Acasiete le remataron con limpieza dos o tres veces en el claro de una zaga reunida a lazo para la ocasión, como si sus componentes se acabaran de conocer un rato antes. En cierto modo, era así: Sergio se lesionó a los tres minutos, Goni venía del filial sin estaciones intermedias, Chus regresaba de una lesión y del olvido, y Paredes no había sido titular desde el Getafe. Como no ganaba balones en las zonas intermedias, decidió protegerse en grupo y probar el contraataque. Fue un gesto tribal de salvaguardia. Necesario y puede que hasta inteligente. Su validez la completó la salida de Óscar desde la izquierda hacia el carril central, al punto de enganche, desde donde sacudió las debilidades al Almería. En tres contras sin término (Oliveira, Diego Milito, el propio Óscar) el Zaragoza dibujó su aviso.

El Almería tomó nota, pero no se acobardó. Siguió buscando y tiró de su catálogo de convicciones. Tuvo hasta un libre indirecto en el área que negó César, actor principal de la segunda parte. Sin embargo, el Zaragoza cada vez parecía más próximo al gol. A veces eso no tiene nada que ver. A veces sí. Luccin mezcló la pluma y la espada y reconquistó el medio campo para los suyos. Óscar hizo el resto del desequilibrio con varios pases hermosos como un vientre en celo. Su admirable control en el penalti de Cobeño, que lo tiró, iba a culminar el partido. ¿Era injusto que un equipo tan honorable como el Almería cayese por una sutileza así? Podría ser... Como si quisiera anular esa duda, Diego Milito (recién estrenado papá) estampó la pelota en la red sin miramientos: nueve meses después, su gol alumbró un triunfo del Zaragoza fuera.


Real Zaragoza, 4-Villarreal, 1
9ª Jornada de Liga

Óscar al mejor partido

El salmantino inspiró una goleada brillante l Ayer el Zaragoza puso energía, fútbol y goles l Anotaron Oliveira, Óscar, Diego y García l Pires recortó al final

En estos tiempos en que la más burda estupidez puede hace fortuna, conocíamos el paint-ball, el derribo de hoteles, el tai-chi y la curda colectiva. Pero no teníamos contemplada la bronca y la implosión de un vestuario como posibilidad terapéutica. Se ve que el club de la lucha tenía su lógica. Como al fútbol ya no lo entiende ni la madre que lo parió, que fueron cuatro ingleses bebiendo cerveza, ahora va a resultar que decirse las verdades (a la peor hora y del peor modo) funciona como estrategia. O eso sugiere el encomiable partido del Zaragoza ayer: el Villarreal, equipo de moda, se llevó cuatro goles y cuando Pires recortó, en el 82, ya era tarde para todo. Fue un encuentro repleto de detalles que indican que la crisis era en verdad ininterpretable: a estas alturas nos atrevemos a pensar que el Zaragoza será lo que quiera ser, si quiere algo Porque no hay fórmula matemática ni ley universal que explique cómo un equipo arrastra el vientre en el Calderón y, varias broncas después, hace el mejor partido de la Liga.

Éste fue uno de esos encuentros que no deberían contarse, porque la letra no alcanza para descifrar los detalles. Es un partido para verlo y revisarlo y descubrirle, como ocurre con las películas maestras o las canciones de los Beatles, nuevas perspectivas, matices inesperados, sonidos ocultos, maravillas concéntricas. Hubo cuatro goles, pero hubo muchas más cosas; el avance de la defensa para juntar al equipo, el esfuerzo de los de arriba en la presión, el pulmón incesante de Zapater y algunas lecturas magníficas del juego, la exhibición de Ayala por tierra, mar y aire, la compostura de Pavón, la solidaridad, el orgullo bien entendido, hecho fútbol con la pelota y sin ella. Por encima de todo, hubo un Óscar portentoso, un jugador mayúsculo que desde su banda izquierda (la del ausente Aimar) hizo un partido y varios partidos, todos en uno. Todos exactos. Todos precisos. Todos perfectos. Todos hermosos. Todos preñados de una visión privilegiada del juego. El catálogo de virtudes resulta imposible de precisar sin incurrir en la exageración. Será merecida. Óscar hizo memoria de su fútbol y olvidó su perfil antojadizo de ciclotimias.

Mucho ritmo
Pellegrini opinó al final del encuentro que el marcador no correspondía con la historia del partido. Esa revisión se antoja como mucho una verdad a medias, la mitad que corresponde al primer tiempo. Porque Pellegrini fue responsable también de ocultar virtudes de su equipo para dibujar un partido riguroso en el medio; darle la pelota al Zaragoza, pero acotándole los espacios Lo consiguió durante un rato. Pires elegía siempre bien, mandaba Senna y Cani invadía espacios ajenos con una interpretación estupenda de la movilidad con balón y sin él. A la vista, el partido tenía un ritmo intenso. Mucha industria, con esa hermosura rara de la competitividad y el anuncio de que algo podía pasar. Pero no hubo mucho: un gol cantado que no alcanzó Diego Milito y varias faltas untadas en veneno por Marcos Senna... Hasta que Oliveira picó con la cabeza un centro muy sutil de Zapater. 1-0. Tomasson rozó el empate tras el descanso, pero tenía los pies torcidos.

Ahí comenzó la mitad que desmiente a Pellegrini. Animado por la desventaja, cosas de los entrenadores, el ingeniero permitió a su equipo romper filas y lo abrió en un 4-4-2. Le agregó el bullicio disuasorio de Rossi y Nihat. Tomasson sólo había sido un semáforo. El Zaragoza anudó con un Ayala portentoso y Pavón atento a cualquier minucia; en el medio, Zapater y Luccin patrullaron día y noche, esquinas y avenidas. Luego añadió a Gabi. Y hasta a D'Alessandro. Ya valía todo. El equipo hizo de cada pelota una delicia. Óscar tiró del hilván hasta dejar al Villarreal en marianos. Repartió juego como si llenase copas de champán. Firmó el segundo en un regalo de Capdevila. Diego sumó el tercero de penalti. Y Óscar coronó su memorable tarde con un pase de dibujos animados que García coloreó en el cuarto. Fue tan hermoso que parecía una broma. Después de una semana de guerra civil, goleada al equipo de moda. Eso es una transición y no la del 78.

06/11/2007 02:35 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 2 comentarios.

La lluvia gris

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Martina Hingis anuncia su retirada del tenis por un positivo de cocaína.
No me importan la verdad ni la condena.
Prefiero la lluvia gris en el cristal de los ojos.
02/11/2007 10:21 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 2 comentarios.

Radiografía del cáncer

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Juro que estoy absolutamente desconcertado con el Zaragoza. Una de las tareas más ingratas del periodismo, por ilógica, es la búsqueda de culpables y la inflación permanente de análisis. Cada lunes hay que contar y recontar un partido como si ese partido estableciese una línea absoluta de razones y argumentos; como si un partido diera todas las respuestas acerca de los problemas o las virtudes de un equipo, igual que si expusiera todos los síntomas y permitiera vislumbrar cada solución necesaria. Y no es así. La cuestión Real Zaragoza me parece intrincada. Uno puede apreciar los síntomas con cierta facilidad; lo verdaderamente difícil es diagnosticar la enfermedad subyacente. Cuando alguien me pregunta qué le pasa al Zaragoza, estos días contesto: qué es lo que no le pasa. Pero luego llego al AS y tengo que contestar a la pregunta en la forma de una página. Algo así traté de hacer ayer. No sé con qué resultado, porque yo soy escéptico. A lo mejor sirve al menos para debatir.

Demasiados problemas en muy poco tiempo

  • El equipo inexplicable El Zaragoza está en condiciones ahora mismo de enviarnos al diván a todos los que lo observamos. Se comporta de modo tan errático, comunica un grado de inconsistencia o de desorientación tan evidente, se parece tan poco a la idea que nos habíamos hecho de él, que cualquier juicio parte del desconcierto. No se trata de qué le pasa al Zaragoza; en realidad, la pregunta hay que reformularla desde el lado contrario: ¿Qué es lo que no le pasa?
  • Recuperar valores La temporada se ha torcido muy pronto. Hay problemas de rendimiento, de funcionamiento colectivo, de solidaridad, de actitud, de entendimiento entre futbolistas, problemas en la elección de los jugadores, problemas de disposición física, de ritmo de juego, de velocidad de la pelota, problemas de orden táctico, problemas de fragilidad mental y problemas de declaraciones altisonantes. En resumen: metástasis en toda regla, una proliferación de disfunciones que da para un catálogo. Demasiados problemas en tan poco tiempo, pero mucho margen para solventarlos. El equipo y su entrenador deben recuperar valores que están ahí, aunque parezcan olvidados: honestidad, autocrítica, amor al Zaragoza, serenidad, menos orgullo en los micrófonos y más vísceras en el campo. Unidad. Mucho análisis de puertas adentro. Disciplina en los modos y en la búsqueda de los objetivos. Lógica en las decisiones. Esas cosas no se logran con una valla contra la Prensa; lo que hace falta es un espejo en el vestuario.
  • El fútbol sin la pelota El Zaragoza siempre quiere la pelota, pero debe aprender a jugar sin ella. En realidad, ha de acordarse cómo hacerlo, porque el año pasado lo hacía. El principio de Víctor sigue siendo el mismo, pero el rigor en su aplicación ha decaído de modo fatal. Los puntas no molestan, los de afuera no ayudan a los mediocentros (ni hacen de interiores ni hacen de extremos), que reman en campo abierto; y los laterales se van mucho, pierden pelotas y regresan con escaso celo. En manos de un rival veloz, el Zaragoza es un muro de flan. El equipo tiene problemas de contención y balance defensivo graves. Aparece estirado, laxo y lento. Necesita juntarse más desde el fondo, y eso es cosa de los centrales. La escena de un balón ventajoso a la espalda de la zaga o la llegada en estampida del contrario son habituales. Lo retrataron el Barcelona, el Atlético y el Sevilla, aun a pesar de la victoria.
  • Cambios obligados El equipo precisa una catarsis animada por este principio: un problema intrincado también puede atacarse con soluciones de apariencia simple. Por ejemplo, no tocar lo que funciona (Sergio García y D'Alessandro) y revisar lo que no anda. Media alineación está en entredicho, y no sin motivos. Víctor debería pensar en el cambio de los laterales: Juanfran y Diogo fueron formidables el año pasado, cuando marcaban la diferencia en los rangos intermedios, ahí donde los buenos equipos se distancian de los apañados. Ahora su efervescencia la niegan la imprecisión y el desorden. Habría que preguntarse también por el perfil de los centrales: no es seguro que Ayala fuera a mejorar en el lado izquierdo, pero sí parece obvio que Sergio lo haría en el derecho, donde hizo un año pasado excepcional. Con Aimar todo es opinable. Uno cree que si no juega de media punta los argumentos para su titularidad adelgazan, pero Aimar siempre nos va a parecer más una solución que un problema. Arriba, por fin, hay que hacer algo y en serio. Hoy por hoy, lo más serio es que juegue Sergio García. Y de lo demás ya hablaremos.

23 de octubre de 2007
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24/10/2007 00:31 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 18 comentarios.

El hombre que no cerró a tiempo las piernas

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Juan Domingo Cabrera falleció el 3 de septiembre pasado, a los 55 años. Fue un 8 de toque en Talleres de Córdoba, en los años setenta. Un futbolista modesto que apenas atisbó una gloria liviana y cuya vida compuso un largo epílogo de privaciones, combatidas en un taxi y en la memoria de un hecho legendario: Cabrera fue el hombre al que Maradona le hizo un caño en su debut en la Primera de Argentinos, el 20 de octubre de 1976.

“¿Y este pendejo quién se cree que es para tirarme un caño?”, se preguntó enseguida Juan Domingo Cabrera. Cabrera contaba que recogió en un hervor el orgullo de sus piernas chuecas y le gritó al Maradona de 15 años que acababa de mancillarlo: “Nene, una y no más. Ni se te ocurra porque no vas a pasar”. Pero en las fotos, alineado con la camiseta rayada de Talleres de Córdoba, sus rasgos anticipan a alguien más bondadoso que autoritario. El paso del tiempo y las apreturas de la vida aún suavizaron más ese perfil. Si aquella jugada del genio lo incomodó, Cabrera acabaría participando de la fantasía colectiva que representó Maradona. Puede que hasta agregase algún matiz que hiciera aún mejor la leyenda, a su costa. Como esta declaración en un libro conmemorativo de Clarín: “Hoy abriría las piernas, ni lo pensaría. De modo retrospectivo, celebraba no haberlas cerrado a tiempo: “No te está haciendo un caño un Ruggeri o un Giunta. Es un caño de Maradona, del mejor”.

Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro, pero que la mayoría no se da cuenta. Cabrera vio a Maradona pero no lo vio, en todos los sentidos. Ni anticipó el caño ni anticipó nada trascendental en esa figura morena y enrulada: “Yo ni sabía quién era. Se la dio al 3 y el 3 se la devolvió. Maradona recibió de espaldas y cuando se dio vuelta, como soy medio chueco, me tiró el caño. No sentí bronca porque íbamos ganando; si vamos perdiendo seguro que lo corría y lo bajaba de un patadón”.

Desde ese día y hasta su fallecimiento, el 3 de septiembre pasado, el Chacho sólo fue el objeto indirecto de un episodio mutado en frase, lugar común y mito perdurable: el caño de Maradona a Cabrera. La leyenda gira como una peonza sobre aquel 20 de octubre de 1976, tarde de primavera en La Paternal, la cancha de Argentinos Juniors. Y en cada elipse de esa órbita repetida alguien agrega un detalle incierto, no probado. Como la frase de Cabrera o ésta otra atribuida a Maradona: “Negro, no seas mala leche”, le habría dicho el pibe al ocho de Talleres. Hay más espacios vacíos que nadie ha conseguido llenar o llenar del todo. Por ejemplo, los dos futbolistas jamás hablaron de la jugada, ni siquiera cuando Menotti los reunió en la selección después del Mundial de 1978. Más aún… no hay imágenes televisivas ni fotos del caño. Y nadie se pone de acuerdo en si el truco se dio o no en la primera pelota que tocó Diego. “Dar con una versión fidedigna de la jugada es como escarbar en la mitología del fútbol argentino”, anotó un observador diferido. Recuperar el perfil de Cabrera, la cara oculta de la luna, aún resulta más difícil.

Algunas cosas se saben. Otras se cuentan. César Luis Menotti estaba esa tarde en la tribuna de La Paternal. También Miguel Bertolotto, un joven periodista de Clarín enviado para cubrir el partido con este único encargo: contar el debut del joven Maradona, si se llegaba a producir. Maradona supo unos días antes que iba a ir al banco con la primera de Argentinos y que podría salir. Le faltaban 10 días para cumplir 16 años. Se lo anunció el técnico Juan Carlos Montes. Camino del intermedio, con el 1-0 para Talleres, Montes enfrentó al Pelusa de un lado a otro del foso: “Diego, ¿se anima?”. Por toda respuesta, el 10 le aguantó la mirada. En el camarín, el DT le anunció a Rubén Giacobetti: “Usted se queda, Giacobetti, va a jugar el pibe”. Y luego se dirigió a Maradona: “Salga y haga lo que sabe. Y si puede, tire un caño”.

El sueño colectivo
En aquellos días, la Argentina contenía un horror latente, el de la sangrienta represión que traería el golpe militar de marzo del 76. La dictadura ya hacía su feroz trabajo de liquidación embozado en ese silencio del que hablaba Kapuscinski: “A menudo los historiadores se fijan en los periodos de mucho ruido; pero los sucesos más importantes y los más atroces suelen desarrollarse en un profundo silencio”. El país vivía en uno y varios planos, como suele ocurrir. Había varias argentinas dentro de la misma Argentina y alguna argentina fuera de Argentina. Esa paranoia resulta muy reconocible, pero no alcanza a explicar las fascinaciones religiosas del criollo con algunos de sus próceres. El 8 de octubre, unos días antes del debut de Maradona, la Justicia había entrado a inspeccionar la quinta 17 de octubre en Madrid, donde víva exiliado José López Rega, el secretario del finado Perón. Con Isabelita presa en Argentina, López Rega –aficionado a la brujería y al gobierno en la sombra, al manejo sibilino del país- tuvo que huir a Suiza. Era el último bastión del peronismo.
 

El país dormía un sueño tenso y largo. Y al fondo aparecía el pórtico del Mundial 78. Diego Armando Maradona pronto se integró en el espejismo nacional. Hacía de alcanzapelotas en los partidos de la Primera. Divertía a la platea con sus prodigiosos jueguitos en los descansos de los partidos y alcanzó la fama en el programa televisivo Sábados Circulares. Cabrera jugaba de ocho para Talleres de Córdoba. Si algo lo unía a Maradona era la pobreza: Diego nació en Villa Fiorito; Cabrera, en Villa Soledad. En el fondo, eran dos negritos que crecieron jugando con pelotas de trapo en los potreros.

La vida futbolística y privada de Juan Domingo Patricio Cabrera fue sencillamente eso: una vida futbolística y privada, exclusiva de quienes lo conocieron de cerca. Nació en San Miguel de Tucumán, en una familia modesta de siete hermanos, y lo bautizaron Juan Domingo como a Perón, campeón del justicialismo y la patria obrera. Siempre quisieron considerarlo salteño y él aceptó la adopción hasta subrayarla con su muerte en esa ciudad, al extremo noroeste de la Argentina. Esos detalles insisten en la periférica modestia de su existencia, como futbolista y como hombre.
Desde Belgrano Sur, Cabrera saltó de equipo a equipo con la cautela de un gorrión. Se formó en Joaquín Castellanos y pasó por los tres grandes de Salta: Gimnasia y Tiro, Central Norte y Juventud Antoniana. Antes estuvo en el Atlético Mitre. Luego salió del interior hacia la capital federal (Talleres, después Vélez Sarsfield, más tarde San Lorenzo) y a Europa. En el Burdeos jugó 16 partidos y pronto regresó a su país. Hasta los hagiógrafos tendieron al olvido. Jimmy Burns escribió una célebre biografía de Maradona (‘La Mano de Dios’) en la que ni siquiera menciona el nombre de Cabrera al contar la jugada. En Francia los aficionados del Burdeos guardan una memoria difusa del salteño. En un foro ironizaban: “En Argentina era bueno, pero yo creo que, por lo que mostró aquí, el que vino no debía ser él, sino algún primo”.

Su mejor vida transcurrió en la T. En 1974 el presidente Amadeo Nuccetelli le había arrebatado a River el fichaje del técnico Angelito Labruna, que le inoculó al equipo albiazul un fútbol de gusto y gambeta. Cabrera llegó entonces al club y se fabricó un espacio a medida de su fútbol vistoso en el callejón del ocho, donde gobiernan el toque, la combinación y la llegada por afuera. Participó de una semifinal perdida contra River en La Bombonera de Boca; y de la final que Independiente le ganó a Talleres en 1978, con sólo ocho jugadores en el campo, mucho oficio de equipo mayúsculo y el concurso decisorio de la bota gentil de Bochini.

Eso fue lo más cerca que estuvo Cabrera de la luz. Más allá, su figura se desvanece en la memoria privada de los próximos y en la sombra de Maradona. Agotó su fútbol en el Racing de Córdoba. Con los años compró un remís (así llaman en Argentina a los taxis privados) y durante años corrió las calles de Salta en una rutina de economía pantanosa, sin definitivas privaciones pero muy ajustada. Si salió de ese pasillo opaco fue para participar en un juego periodístico que siempre lo conducía al mismo destino: el recuerdo de la jugada con Maradona. En una llegó a pedirle dinero a Diego para comprar el taxi: “Se lo voy a devolver con trabajo”. Nadie sabe en qué terminó aquello.

Si la vida de Cabrera tuvo algún énfasis fue el énfasis invertido de una sombra que se recorta contra el piso. Durante 20 años, Maradona sería la imagen positivada del imaginario comunal argentino; Cabrera compuso el inevitable negativo de esa fotografía. Aceptó su papel en la leyenda con mucha generosidad y, en el fondo, con enorme amor por el fútbol y admiración a Maradona. Ambas cosas serían la misma. La vida se le agotó pronto, como si de repente una existencia tan humilde se hubiera quedado sin episodios. Aguardaba a ser operado de un tumor cerebral cuando lo venció una neumonía. Falleció en la mañana del 3 de septiembre pasado.

Para el mundo, Juan Domingo Cabrera sólo fue el primer hombre que quiso quitarle la pelota al genio.

MediaPunta, Septiembre de 2007
www.mediapunta.es

[Este artículo -qué poco me gusta la palabra artículo y cuánto más me gusta la palabra nota, usada en Argentina-, esta nota sobre el antihéroe Juan Domingo Cabrera, la publicó el pasado mes MediaPunta, revista en la que escribo, cada vez más, desde su aparición. MediaPunta (que se reparte gratuitamente en los principales campos de fútbol de España cada domingo o día de partido) merecería por sí misma un somniloquio completo, que tal vez escriba uno de estos días. Está concebida y hecha con tan inteligente valentía y tantisimo gusto gráfico, con una habilidad de gestión tan fascinante, es tan distinta y tan libre a su manera, sin artificios, con un equilibrado desequilibrio en los enfoques y en las historias, que la tengo por una de esas utopías del periodismo que uno ha imaginado cien o mil veces a lo largo de los años de ejercicio. Naturalmente yo debí imaginar MediaPunta de forma imprecisa en muchas ocasiones, pero jamás hubiera podido darle forma, ni planteármelo. Los hermanos Pablo y Alberto Fernández-Salido lo han hecho. El caso es que MediaPunta parece un espacio concebido a la medida de un diletante grafómano y de impulsos ciclotímicos como yo. Llevo ya más de 17 años escribiendo a diario por profesión, y cada día de esos 17 años ha sido una pelea sorda por ensanchar los límites de los sucesivos periódicos para los que he trabajado. Siempre me gustó escribir de Deporte, jamás me ha pesado esa obligación; pero siempre deseé escribir de otras muchas cosas. En realidad, de lo que me diera la gana cada día. Con extensión libre, sin hora de cierre ni opinadores sobre los titulares, y tema a mi elección. Cuando más se estrechaba el cerco a mi alrededor, apareció el binomio Somniloquios-MediaPunta, que me ha permitido ejercer de forma pública ese anhelo tan privado]. 

16/10/2007 07:37 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 7 comentarios.

Alegrías y miserias: dos crónicas

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Para los seguidores del velocista, si los tuviera, dejo las crónicas de los dos últimos partidos. Lo hago con cierta aprensión, por lo que cuentan y por otros motivos. La búsqueda de Archimboldi seguirá en terrenos domésticos, nada de viajes por Europa. He perdido dos ilusiones paralelas: la de ser campeón europeo y la de visitar lugares. Lo mejor de los dramas y las alegrías del fútbol es que son relativos y pasajeros. Algunos traumáticos, sí, para qué lo vamos a negar, pero muchas veces he pensado, he sentido la tentación de pensar, que del fútbol hay que hablar un poco en broma siempre, porque si no puedes ingresar en territorios patéticos. No podemos evitar que nos importe, aunque sabemos que no es especialmente importante, comparado con las cosas importantes de la vida. En ese sentido hay que considerarlo como el trabajo, cosa que me llama mucho la atención: el trabajo no es lo más importante de la vida, desde luego, pero ocupa tanto tiempo e impide tantas cosas que hay que considerarlo por fuerza como la cosa más molesta de la vida, y una cosa muy molesta termina por ser importante de cualquier modo. Lo que ocurre en mi caso es que el fútbol es al mismo tiempo para mí el fútbol y el trabajo, la misma cosa o una sola cosa, de forma que las consideraciones al respecto se enredan y me paso noches pensando o noches mirando partidos. Vengo a decir con toda esta desordenada digresión que últimamente miro los partidos con una cierta distancia, que no es desprecio sino lejanía interior. Del fútbol, de muchas cosas. El velocista es un tío íntegro y resistente, pero aun así nos profesamos mutuo afecto y él también está afectado. Se le nota. Sobre todo en la última, la del Levante. Nunca van a faltar partidos que ver, ganar, perder y escribir. Leed y olvidad.

Real Zaragoza, 3-Levante, 0
7ª jornada de Liga
 

Aspirina efervescente 

El Zaragoza olvida la UEFA con fútbol animado y tres goles l Sergio García, titular, y Oliveira terminaron a un Levante inofensivo l Abel se queda en el alero

La depresión es una gripe del alma. Las hay ocasionales como la del Zaragoza, que sufre la enfermedad del primer mundo, la de los ricos, la del eliminado de UEFA; y las hay crónicas, como la que amenaza a este Levante de Abel, equipo menesteroso abandonado ya por la Liga. El partido sólo presentaba una igualdad por ese lado: la circunstancia de la necesidad, el acecho de las impaciencias, que acostumbran a hacer estragos. Aunque moralmente no haya forma de defenderla, la arbitrariedad va en el sueldo. Por lo demás, el Zaragoza está tres cuerpos o diez puntos por encima del Levante. Más allá de los detalles que fueron tejiendo el partido, sobre el fondo de la tarde prevaleció la sensación de que el Zaragoza ganaría por recursos, contundencia, acumulación de juego y oportunidades. Y así fue.

Necesitaba un bálsamo y cierta efervescencia para reconciliarse consigo mismo y el entorno.Y logró las dos cosas en un encuentro de fútbol generoso para la vista, desmedido de oportunidades pero incompleto hasta que en el minuto 62 García abrió la cuenta. Luego todo fluyó. Víctor gestionó así el espinoso asunto de los puntas. Primero relevó a Oliveira de la alineación. Podemos interpretar que Diego tiene los galones merecidos por sus 23 goles del año pasado. Metió a Sergio, necesario por justicia y fútbol; y luego quitó a Diego para que entrase el brasileño. La jugada era tan diplomática como justa. Y funcionó al milímetro: Diego dio un pase y jugó un partidazo, aun sin el gol; Sergio anotó el tercero en tres partidos; y Oliveira dejó doble impacto de matador. Uno con un desmarque inesperado entre los dos centrales del Levante, Álvaro y Cirillo, que Óscar interpretó de vicio. Un baloncito perfectamente redondo, exacto de velocidad y con el espacio medido con precisión de cuento. Esos balones que le salen del pie a Óscar como la seda a los gusanos. Luego, Oliveira puso el tercero en un cuadro. La naturaleza imperfecta también fabrica arte. Tuvo esa arrancada que lo define, el egoísmo para saltarse un pase cantado a García y la clase para el remate colosal al ángulo.

Entregado. En realidad, el Levante falleció al primer disparo. Encontró pocos argumentos a los que agarrarse durante todo el partido, así que cuando encajó el 1-0 se desvaneció. Los equipos que quedan expuestos tan pronto comunican una lástima indudable. Aún más el Levante, porque no hay nada deshonesto en su actitud. El Levante muere con generosidad muy taurina, pero nada pragmática. No se comporta como un equipo desesperado, se comporta como un equipo retratado por todos los parámetros: es el equipo con menos goles de la Liga, el más goleado, el peor colista de las principales ligas europeas. Abel está en el alero y puede ser destituido hoy, pero el Levante necesita mucho más que un entrenador. Por ejemplo, gol. Por ejemplo, solvencia en sus dos centrales, que ayer bordearon la calamidad. Por ejemplo, un Savio que se parezca a Savio.  Las circunstancias no son nada generosas con un equipo así. Rigano cabeceó antes del primer minuto un balón de Juanma, lo más operativo del equipo azulgrana, y no entró por pulgadas. Tuvo otras opciones, sobre todo dos de Riga. ¿Qué hubiera sido el Levante con ese tanto del italiano? Cabe preguntárselo, pero no sirve de nada.

El Zaragoza lo arrolló con una energía de juego que no había mostrado, al menos no con esa constancia y variedad, en todo el campeonato. Reacciones como la del equipo aragonés cuestionan todas las sospechas extendidas entre la crítica: el sistema, los hombres, la preparación física, los estados de forma...  Después de tocar fondo el jueves, ayer jugó muy bien, aun con las rebajas que se le quieran poner por el estado del Levante. Jugaron muy bien casi todos, los sospechosos y los que no lo eran. Aimar y D'Alessandro por afuera, Sergio y Diego arriba, los centrales atrás, los medios en el medio... Sus goles pudieron llegar de mil maneras y por cien caminos. Con goles uno olvida todo, pero hay que conservar la memoria. La memoria siempre sirve para algo.

Diario AS, 8 de octubre de 2007
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Real Zaragoza, 2-Aris, 1
1ª Ronda de la Copa UEFA, vuelta
 

Tragedia griega 

El Zaragoza fracasa y se va de Europa a la primera l El equipo estuvo mediocre, sin fútbol ni llegada l Javito anuló los goles de Oliveira y Sergio García

Las aficiones ayudan mucho, pero nadie ha visto jamás al público meter un gol. Hoy por hoy, la hinchada del Zaragoza está por encima de su equipo y eso no es motivo de orgullo ni felicitación. No bastaba con el ánimo y el entusiasmo. Al fútbol ganan los futbolistas. La eliminación de ayer supone el carpetazo a este tramo tan indeciso del Zaragoza, que anda jugando con fuego porque no le alcanza para jugar con el balón. El Aris, un rival escaso, bastó para eliminarlo. Esta eliminatoria no era cuestión del contrario, era cuestión de la altura que fuese capaz de alcanzar el Zaragoza, que ahora mismo está para vuelos cortitos y sencillos. Para poco más. No hay fútbol ni fuerzas. Europa, aún en las versiones más modestas como las del Aris, no perdona la mediocridad.

Como suele ocurrirle últimamente con frecuencia, el Zaragoza llegó antes al gol que al fútbol. No es un mal asunto cuando uno juega por eliminatorias o tiene que remontar el marcador. No es un mal asunto en ningún caso. El gol posee una utilidad obvia; el marcador tiene la potestad de suprimir o aplazar los juicios sobre las cuestiones de fondo, pero hay que ir a ellas: el Zaragoza no tiene ritmo en las piernas ni en la pelota como para jugar a lo que le gustaría jugar. Ni en rombo ni en triángulo escaleno. Un resumen transversal sería éste: el Aris entregó en poco rato la pelota, el campo y un gol; y el Zaragoza se encontró que tenía demasiados balones para sus pocas ideas. Los griegos sabían que un tanto podía bastar frente a un enemigo tan confuso y pesado de movimientos. Y bastó.

El equipo de Víctor ganó la pelota con velocidad y la usó con lentitud y reiteración de recursos. En el apartado estadístico de la posesión, eso que tanto se lleva ahora, cabrían tres conceptos: tanto por ciento de posesión del Aris, tanto por ciento de posesión del Zaragoza y... tanto por ciento de posesión de D'Alessandro. El argentino la buscó y la tuvo mucho rato. Una vez que agotó sus comunicativos artificios, el equipo entró en el tranco de todos los días. Sobre el fútbol de Mandrake y la capacidad goleadora de García podríamos discutir un mes, pero ahora mismo ellos reparan apenas la media catatonia del Zaragoza. El otro ariete ese rato fue Juanfran, que recorrió su banda hasta el fondo contrario un millón de veces. Por desgracia, no acabó ninguna con una pelota comprometedora. El valenciano estuvo y está tan generoso como impreciso.

Aun así, y volvemos al argumento de arranque, bastó una combinación entre Diego Milito y Oliveira para que el Zaragoza aspirase de un golpe la ventaja del Aris. Oliveira acabó la fugaz jugada con un pelotazo raso al palo del portero. Chalkias tal vez esperaba lo que todos, mayor contundencia. O un disparo cruzado al uso. Ya lo decía Shankly: "Si estás en el área, primero mete el gol y luego ya discutiremos las alternativas". Es lo que hizo Oliveira. Dio la impresión de que Chalkias cubría el espacio con provechosa negligencia. Eso o que el brasileño le pegó justo al agujero de los ratones...

El drama. La segunda parte fue un giradiscos enloquecido. El gol de Javito, bastante increíble en su forma, dejó a Juanfran en muy mal lugar. Y al Zaragoza, jugando al poker sobre el precipicio, como esos australianos que salieron ayer en todos los telediarios. Víctor acababa de poner a Sergio García por Oliveira, y ese cambio supuso un acierto tardío o prematuro, según se mire. García tenía que jugar y lo demostró rápido, cuando cazó de cabeza un balón que D'Alessandro le envolvió en celofán con un centro insultante por preciso. Iba donde fue. Al coco de García y al gol.

Durante los últimos 18 minutos, Luccin (oceánico en su esfuerzo todo el partido) obligó a Chalkias a salvar a su equipo. Lo demás fue la frustración. El drama creciente. El Aris era un enemigo menor, pero suficiente ahora mismo para echar al Zaragoza de Europa. Así estamos.

Diario AS, 4 de octubre de 2007
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08/10/2007 19:35 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

D'Alessandro y su bala de plata

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Real Zaragoza, 2-Sevilla, 0
6ª Jornada de Liga

 

El argentino apareció para matar al Sevilla l Los andaluces fallaron todo l Sergio hizo un 2-0 de lujo

En el estado en que llegó el Zaragoza a este partido, ganarlo jugando mal era mucho más importante que perderlo jugando bien. Y eso hizo. Entró por la puerta que le abrió el Sevilla, empeñado en el error hasta la derrota. El equipo aragonés alcanzó la victoria con más desconcierto que fútbol, gracias a un prolongado arrebato de fortuna coronado por dos golazos. Ya querrían una noche así, con todas sus imperfecciones, los equipos que se asoman a una crisis. El Sevilla, que desechó todos los goles que fue capaz de concebir, no menos de cinco o seis. Salió del banquillo D'Alessandro con una bala y pasaportó al equipo de Juande. Sergio García lo acabó de vaselina. El Sevilla cayó frente a un rival desconcertante y de efectividad fatal.

A la media hora el Zaragoza se encontró jugando frente a tres rivales: el Sevilla, su propio público y el espejo, que le devolvía una imagen distorsionada y sin embargo, muy reconocible. Para un equipo en el estado de imprecisión ideológica en el que anda metido el Zaragoza (al que lo que le vale un día no le sirve al siguiente, ya sean el dibujo táctico o los jugadores), jugar contra un rival como el Sevilla ya era suficiente problema. Jugar contra tres suponía una dramática esquizofrenia.

El Sevilla tuvo menos pelota pero más idea. Hizo un primer tiempo sin grandes virtudes (en proporción a lo que le hemos visto en estos últimos años) pero con una ligereza envidiable para llegar arriba. Hay tres o cuatro en este equipo que juegan subidos en el viento. El primero en asomarse fue Koné, que ha abierto ya de par en par la ventana de casa para que el fútbol español lo mire bien. Es un jugador de fantástico exhibicionismo. No corre, revienta. En el minuto 3 largó una cabalgada desde el medio campo hasta la entrada del área y luego le filtró a Luis Fabiano, otro jinete del aire, un pasecito en ventaja. El brasileño escapó de César por afuera, pero la salida del portero salvó indirectamente al Zaragoza porque Luis Fabiano se quedó sin ángulo en su maniobra y tiró la pelota contra la red exterior.

El Sevilla esparció su peligro por todo el primer periodo y parte del segundo, hasta que Juande decidió quitar a Navas y Koné y buscar la vía directa, con Poulsen y Kanouté. Sólo en el primer tiempo, Navas voleó una pelota cruzada por Alves a media altura, de lado a lado del área. Y Adriano apareció una vez por el carril opuesto al esperado y sacó un pelotazo que César manoteó a córner, mientras se acordaba de su defensa a voces. Navas también probó puntería y se le fue arriba y Koné cabeceó con más hueso que carne. Fuera.  Esas demostraciones incompletas del Sevilla soliviantaron al público zaragocista. Víctor Fernández había retocado el medio, en forma y fondo: dos pivotes (Luccin y Zapater) y dos por afuera (Gabi y Aimar). El hilo de juego se le partió muchas veces antes de empezar a hablar. Le caía la pelota a Pavón en el fondo con demasiada frecuencia. Una vez quiso tocar en largo y casi la lía. Como enseguida la gente empezó a murmurar y a 30.000 que murmuran se les oye muy bien, Pavón decidió que tocaría todos los balones atrás. Así que el organizador de juego del Zaragoza ese rato terminó por ser, Dios lo bendiga, el portero César.

Pavón se centró en la segunda parte. Y Víctor encontró que la respuesta no estaba en el doble pivote ni en el rombo, sino en quitar a uno de sus dos flamantes puntas. El mundo al revés. Entró D'Alessandro y el Zaragoza formó en 4-2-3-1. De forma inopinada, llegó mejor y se protegió más. El Sevilla siguió fallando goles. El de Koné fue el gol de Abreu en versión Maradona, combinación muy vendible. Una diagonal a la vuelta del descanso que abrió a fuego la defensa del Zaragoza y volcó los bocadillos que ya mecía el pueblo en sus barrigas. Contra cualquier lógica, después de limpiar el camino de rivales Koné la cruzó fuera. ¿Por qué la mató? Porque era suya. Si uno hace semejante jugadón tiene derecho a tirar la pelota donde le dé la gana.

Entró Kanouté y nada más salir agarró una pelota cocinada por la indecisión zaragocista y en ventaja la largó fuera. Juande miró al cielo y le preguntó al cielo si se iba o se quedaba. Se quedó. Vio la falta maravillosa de D'Alessandro, el pasecito mortal de Óscar y la vaselina de García. Tres sospechosos habituales ganaron el partido. Sospechosos de virguería, vacuidad o desapego. El fútbol que hicieron los tres subrayó sus nombres, como quiso D'Alessandro al celebrar su gol. Que diga la ciencia lo que quiera: hay vida en otros planetas.

02/10/2007 22:27 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 3 comentarios.

Victoria justa, justa victoria

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Real Zaragoza, 2-Osasuna, 1
4ª jornada de Liga

Diego deshizo el empate con un penalti l El Zaragoza sufrió, inspirado por Aimar y Matuzalem l Golazo del brasileño l D'Alessandro acabó de levantar al equipo

Esta victoria del Zaragoza fue tan justa como justa fue la victoria. El falso palíndromo significa que el triunfo lo construyeron a medias los méritos y el sacrificio del Zaragoza. Quedó resuelto por la vía sumaria del penalti, uno de esos penaltis que levantan preguntas airadas de los jugadores al árbitro y preguntas capciosas de los periodistas a los entrenadores. Demasiado indefinido, pero algunos árbitros tienen esa facilidad innata para convertir lo confuso en cierto y lo evidente en ambiguo. Diego Milito agarró un rechace de pin-ball en el área y Plasil fue abajo con urgencia. Milito hizo por golpear el balón y encontró carne contra carne. Medina no dudó. El penalti es jugada ventajosa y definitiva (la denostaban los antiguos por innoble) pero hay que saber tirarlos. Diego lo ejecutó de miedo.

El Zaragoza había hecho una cosa bien: no resignarse a que el partido se le muriera en los pies, tal y como amenazaba la primera parte. Supo progresar desde la obvia imperfección que aún lo acecha; se sobrepuso a su escaso ritmo del primer tiempo, y al deseo de triunfo le dio el correspondiente vigor. Por más que se empeñen, no se trató del cambio de sistema. Víctor dirigió ayer de verdad con una precisión insoslayable para el comentario. Cuando entró D'Alessandro, activó levísimas y sutiles variaciones sobre el mismo fondo: Matuzalem se aproximó  al medio, al costado de Luccin, y desde ahí la pelota salió más fluida. Eso solventó un problema básico en el primer periodo. D'Alessandro se abrió al costado. Y Aimar siguió por delante del medio campo. Zapater sí cerró al Zaragoza en 4-4-2. Era ya el minuto 80.

Donde de verdad el Zaragoza cambió fue en la actitud, en el ritmo, en la intención de mover la pelota y mover el culo, con perdón. Eso fue lo decisorio. Para empezar, los de atrás se entonaron todos, incluido Diogo, que había hecho otro primer tiempo para preguntar y preguntarse. Incluido Ayala, algo premioso en algunos cruces en la primera mitad y mucho más compuesto en la segunda. Desde luego el poderoso Juanfran y sobre todo Sergio, que se elevó a la mejor altura descontando balones por arriba y llegando a todo en la hora precisa. Sergio se puso tan exacto que parecía suizo. Si en ese estado de iluminación lo dejan en la plaza de España es capaz de agarrar todos los autobuses a la vez sin perder ni uno solo.

El agitador
El resto lo hizo D'Alessandro,  que agregó con su entrada la agilidad precisa. D'Alessandro tiene dentro un agitador profesional. Para casos como el de ayer, estamos ante un futbolista sin valor calculable: va, la quiere, la agarra, electrifica los pies, viene otra vez, tira una boba, exagera una caída. Un pirómano gestual que pone en su fútbol la exageración necesaria para convertir el juego en experiencia colectiva. Y transmisora.  Esos detalles hicieron la victoria, balsámica. Osasuna recorrió el camino opuesto al Zaragoza. Se encerró en la jaula del empate y tiró la llave. Había igualado el gol maravilloso de Matuzalem a base de orden, concierto, esfuerzo y una volea soberbia de Juanfran.  Ziganda ha hecho una interesante transformación en Osasuna, ahora un equipo paciente y curioso con la pelota, pero tiene un agujero arriba. Kike Sola corrió mucho y pensó poco; Pandiani le hizo a su equipo las transiciones, pero no entró al área. Osasuna quiso suprimir el continuo espacio-tiempo para jugar con la ansiedad del Zaragoza. Trató el empate como si fuera oro. Cuando necesitaba el tiempo que había perdido de forma conspicua, no encontró un solo argumento.

Si el partido dejó un recuerdo es el de Aimar y Matuzalem, que le entregaron al juego toda su virtud. Su reunión en el 1-0 fue como si se encontraran otra vez el saxofonista Stan Getz y Joao Gilberto, en aquel álbum que cualquier hombre con corazón debería escuchar al menos una vez por semana. El toque, la pared, el subrayado del recorte del brasileño en la entrada del área y esa finalización tenían la misma melodía delicada de La Chica de Ipanema. Estos dos no juegan al fútbol, éstos hacen música.

Diario AS, 24 de septiembre de 2007
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24/09/2007 22:07 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 5 comentarios.

En el infierno también llueve

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Aris, 1-Real Zaragoza, 0
Primera ronda Copa UEFA

El 1-0 es un resultado más falso que un cajón de doble fondo. No incluye ninguna ventaja y además incorpora una engañosa proximidad. Por eso vale tanto un gol fuera de casa en Europa. El Zaragoza incurrió en bastantes errores en el primer partido con el Aris. Se dejó ganar el partido anímico, el único en el que podía imponerse a su rival; perdió el del marcador y expuso una paradoja notable: estuvo más cerca del gol que del fútbol. Tuvo buenas ocasiones y ningún juego. En La Romareda deberá compensar el gol de Papadopoulos. Mientras, deberá ir resolviendo otros problemas. Sigue sin ganar esta temporada.

En el infierno también llueve, aunque parezca un fenómeno teológicamente improbable. Pero en el Kleanthis Vikelidis la hinchada no se calla ni debajo del agua. Aquí la liturgia del entusiasmo se desarrolla con ortodoxia muy griega. El estadio liberó en la noche un grito ahogado, oscuro y comunal. Los niños del coro en versión barrio bajo. Luego empezó el fútbol, con el campo hecho un manicomio resbaladizo. Al Zaragoza la precisión le costó sudores. Si tuvo la pelota, fue poco y mal. El Aris llegaba antes a todo, madrugando siempre a su rival en las disputas. Pronto empezó a jugar a la escaramuza, un estilo racial, orgulloso. Al frente apareció Felipe, jugador bajito y corredor como un topillo. Por el otro lado venían Neto y Toni Calvo, que empezó a poner balones con buen estilo y mala leche. Al Zaragoza sus balones se le iban a cualquier lado. Los del Aris caían sobre el área de López Vallejo como macetas sobre la acera. Ayala cruzó el pie en un tiro medio errado de Calvo. El portero del Zaragoza hizo cuerpo a tierra y la sacó con aprensión.

El Aris no se entretuvo. En cuatro minutos ganó un tiro libre en la falda derecha del área y lo licuó en gol. Calvo tocó con esmero y Papadopoulos (siempre hay uno o dos Papadopoulos) puso el parietal. No es raro que al Zaragoza le marquen por arriba. La insistencia del hecho es un juicio en sí misma. Ahí hay un problema, de esos que tienden a hacerse crónicos. El 1-0 partió la lluvia en dos. La gente bramaba y llovía hasta debajo de las tribunas. Sobre esa ventaja, el Aris compuso un vigoroso ejercicio de fútbol-ruido. Ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Adrenalina, cierto orden y repliegue. El Zaragoza entregaba la pelota como si se la pidiera la policía, sin hacer preguntas. Casi siempre fue una hoja en el viento, un cuerpo sin tejido ni alma, sin virtudes materiales o espirituales. Hasta la media hora no embocó un tiro con dirección a la red. Luego acumuló dos disparos altos o largos de D'Alessandro y Sergio, y otro de Matuzalem que Chalkias sacó con un manotazo desordenado. Pavón cabeceó solo y fuera. Y Ronaldo sacó una testa de Ayala que iba a gol. El Zaragoza se comportaba como un boxeador incómodo o perezoso, fiado en su facilidad para tocarle la cara al rival.

Goteo
Las obligaciones se las dejó para la segunda parte. O para Zaragoza, más bien. Componer la figura, pegar el cristal del retrato y meter algún gol. El Aris se iba a amansar y en ese claro debía entrar el Zaragoza, que durante un rato hizo un amago de tomar el peso del partido. Tocó más, favorecido por el gesto de contraataque del Aris. Sergio García probó a Chalkias en un giro imponente en el área. El portero estaba ahí. Y también su defensa, que rechazó otro intento de Matuzalem. Había mucha gente reunida en el área para empapar ese riego por goteo del Zaragoza. La pregunta se planteó enseguida. ¿Valdría con eso?

La respuesta se extendió pronto como un pliego de cargos. Le dio más trabajo el Aris a la contra a López Vallejo que el Zaragoza a Chalkias, que se limitó a descolgar un par de pelotas con la misma tranquilidad con la que bajaría un par de perchas del armario. Víctor reordenó. Diogo y D'Alessandro fuera; Diego Milito y Gabi al campo. Zapater de lateral. El efecto fue el mismo. Ninguno.

Diario AS, 21 de septiembre de 2007

22/09/2007 18:00 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

El verano aún no ha acabado

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Sólo hay algo más deprimente que el llamado síndrome post vacacional, y son los programas de radio y los psicólogos en televisión hablando del síndrome post vacacional. Somos estupidamente conspicuos en el empeño por crear y recrear y otorgarle complicadas naturalezas a fenómenos de lo más primario. Esto es simple: el que no aguante la depresión del regreso, el próximo año que no se vaya de vacaciones y listo. Verás cómo no era tan grave. Volver es una putada, nada más que eso; pero hay tantas a lo largo del año... Considerarlo un síndrome es tan grave como denominar curro al trabajo. ¿Quién inventaría la palabra curro y sus derivadas, currar, currelar, currelo? "¿Curras hoy?", me pregunta por ahí de vez en cuando algún/a indeseable. Yo no curro, perdone usted, yo trabajo. Y sí: desde el viernes empujo el molino del olvido, diríamos, imagen de esta semana en el sugerente (!) margen superior derecho de Somniloquios. El Zaragoza y yo estamos aún en el verano, de ahí el título de la primera crónica del año. La dejo a modo de saludo.

Real Zaragoza, 1-Racing, 1
2ª Jornada de Liga
Diario AS, 2 de septiembre de 2007

El Zaragoza sigue sin ponerse en marcha l Jugó a chispazos y reaccionó para empatar l Marcaron Serrano y Oliveira l Toño le sacó tres a Diego

El Racing dibujó un aviso frente al Barcelona y ayer lo corroboró en La Romareda, contra otro equipo de ritmo alto y variantes ofensivas alegres. A pesar de su debilidad en la delantera y de las ausencias, se las arregló para marcar el ritmo del partido y poner al Zaragoza contra las cuerdas con un ejercicio de repliegue y contraataque muy sutil. El Zaragoza se quedó a medio camino de todo. Aunque acumuló un buen número de claras oportunidades  -que Toño desactivó con un catálogo espectacular de manotazos ingrávidos- y trató de elevar el ritmo de su juego, la verdad es que parece aún atrapado en una evolución corta, como si el verano se le hubiera quedado pequeño para reunir y engrasar las piezas o las ideas. El camino que le queda es largo y el descanso le va a venir bien. Mientras el Racing se fue silbando bajito, el Zaragoza se queda rumiando las relativas ansiedades de su entorno: un punto en dos partidos le sabe muy poco al sexto club que más ha gastado este verano.

Marcelino manejó el partido, aun con errores que pudieron comprometer la ventaja del Racing. Primero nos fijaremos en los detalles laterales: su vistosa corbata verde estaba rematada con un nudo que era como un cogollo de Tudela, una floración clorofílica que le subrayaba el mentón y le daba preeminencia en la noche. Iba a juego con el césped esmeralda. Marcelino se pasó el partido gesticulando mucho, como si con sus manos pudiera tocar los costados de los jugadores o ponerlos en el campo con la misma exactitud cuidada con la que levantaría un frágil castillo de naipes. El cogollo del cuello no se le movía un ápice. Tampoco sus futbolistas. El lenguaje corporal de Víctor Fernández, por su parte, era más contenido y de agitaciones interiores. Víctor es uno de esos entrenadores a los que la ropa deportiva le queda ajena. Los trajes, sin embargo, le encajan como un guante. Pero como septiembre aún es verano, no luce corbata. Ese aire desenfadado lo negaba anoche con su tendencia a apretar los brazos sobre la boca del estómago, como si le estuviera naciendo ahí un agujero negro o una preocupación diferida. Y era así. Durante algún tiempo mantuvo compuesto el rostro, pero enseguida se le deshicieron las facciones porque su Zaragoza no encontraba la fórmula.

Aunque el partido nació vigoréxico y agitado, repleto de actividad como un hormiguero, enseguida se remansó, que es lo que preferían el Racing y su entrenador. Los dos equipos se lanzaron a toque de corneta, una hiperventilación excesiva que le dio al inicio de la noche un aire de Premiership inglesa. En ese ambiente, Oliveira hizo una sola y rotunda muestra de su autosuficiencia: él solito armó una jugada por el costado izquierdo y la concluyó con un derechazo fulgurante al larguero de Toño, que se retorció en la nada como una gamba. Fuera de ese latigazo, al Zaragoza el partido se le hizo bola en el gaznate muy pronto, y ya no encontró forma de digerirlo. La marcha de Gabi Milito ha dejado una considerable debilidad en la salida de la pelota. Ni Ayala ni Sergio -que jugaron un buen partido, en otros órdenes- tienen el desplazamiento del Mariscal. Tampoco Zapater participa demasiado de esa obligación; y aunque Gabi recorrió todos los caminos y preguntó en cada puerta, al Zaragoza le faltó el compás de tinta china de Matuzalem. En esas condiciones, el equipo de Víctor jugó a chispazos y con frecuencia se deshizo contra el rompeolas de Marcelino.

Disparos
Entre la ineficiencia del Zaragoza y la cortedad del Racing arriba, el choque se quedó mucho tiempo en las cosas secundarias. Eso delató sobre todo al equipo local. El Racing fue jugando su partido y haciéndolo cada vez más suyo. Se armó muy bien hacia atrás (hasta los delanteros incordiaban a los medios del Zaragoza, ejemplo de solidaridad o disciplina) y buscó la espalda de la zaga aragonesa con pelotas a Munitis e Iván Bolado, ayer dos delanteros de actividad frenética pero contenido menor. Bolado corrió tanto que a los diez minutos del segundo tiempo se había bebido el oxígeno de su organismo. Aun con esas carencias, el Racing tuvo el mando estático del encuentro, la tecla del ritmo. Siempre se jugó en la velocidad que más le convenía a él, lo que le otorgó cierta superioridad psicológica sobre un Zaragoza al que la impaciencia le fue creciendo igual que musgo entre las ideas.

Ganado el espacio y las dinámicas internas de la noche, el Racing se atrevió a invadir terrenos ajenos a menudo, y para ello envió a la segunda línea adelante. Colsa y Duscher eran el fuelle de ese acordeón. En lo ofensivo, el partido cántabro constituyó un ejercicio de puntería bastante pobre, pero definitivo: Jorge López, Duscher u Óscar probaron a disparar desde fuera del área, todos sin peligro concreto. Al principio parecía nada, un argumento gaseoso, pero venía a ser una prefiguración, un anticipo. En ese sentido, sólo en ese, el Zaragoza pudo reclamar una cierta injusticia pasajera, porque Diego Milito apareció ligero y venenoso en los remates y no obtuvo ningún premio. Toño le sacó dos goles de la garganta con un par de vuelos cartilaginosos, enroscándose en el aire, que de inmediato señalaron al portero como figura principal de la noche. Más tarde, Diego cruzó un tiro mal tocado; y luego le puso el filo de la cabeza a una de esas combas de niño demoniaco de D'Alessandro. Apenas la peinó, pero el balón era un mísil que Toño manoteó en otro ejercicio asombroso de levedad física. Y entonces, justo cuando se estaba viniendo el Zaragoza, entonces Óscar Serrano hizo diana. Fue de un tiro, claro, a la vuelta del rechace de un córner.

Con esa ventaja, Marcelino jugó al ajedrez y se enrocó. Más de la cuenta. Repobló primero el medio campo con Jordi, mientras el Zaragoza hacía lo contrario para ganar ligereza arriba con Sergio García. Nada se movió demasiado, sin embargo. El Zaragoza puso arrojo, desde luego. Faltaría más... Se fue a por el partido con decisión, pero apenas hay mérito en esa mera necesidad. Acabó por empatar también en un córner, para que el encuentro no se saliera de su contenida naturaleza. Ayala pegó un cabezazo demoledor, tras un salto rotundamente increíble, y Oliveira cazó la mariposa en el rechace. Fue todo. Marcelino reunió tres centrales, Víctor dejó volar los faldones de su americana y el Zaragoza apretó sin terminar de ahogar. Exactamente igual que el nudo de la corbata de Marcelino.
03/09/2007 11:00 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 14 comentarios.

Aga...pitera

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Ayala por Milito. La bomba del verano. El Real Zaragoza pagará mañana la cláusula de rescisión del capitán de Argentina -ya se lo ha comunicado al Villarreal-, y quiere presentarlo el martes o el miércoles en La Romareda. El Zaragoza tiene ya un acuerdo cerrado con Roberto Fabián Ayala para las tres próximas temporadas, a razón de 1,5 millones de euros netos de salario, y en las próximas horas depositará los seis millones de euros de su blindaje en la Liga de Fútbol Profesional, de forma que el jugador argentino rescindirá su contrato con el Villarreal.

El Zaragoza lo anunció en su página web a primera hora de la tarde de ayer. Era un bombazo que tenía guardado en la manga desde hace unos días. El Villarreal ha intentado hasta el final frenar la marcha de Ayala, pero los deseos del jugador argentino han resultado decisivos.


El tapado
El Zaragoza ya negoció con él en enero, al saber que no seguiría en el Valencia. Pero se lo llevó el Villarreal. Ahora, el Zaragoza le devuelve al Submarino el golpe que supuso el traspaso de Cani hace un año. Una vez que el club aragonés tanteó a su agente, Gustavo Mascardi, y que Ayala dio su OK desde Venezuela, Agapito Iglesias, propietario del Zaragoza, cerró un rápido acuerdo salarial con el jugador y se dispone a pagar la cláusula en la Liga.

Oliveira llega por fin cedido a La Romareda

Además del fichaje bomba de Ayala, el Zaragoza anunció ayer al mediodía también la incorporación de Ricardo Oliveira, el delantero brasileño del Milán, con el que en la noche del viernes había roto las conversaciones por sus exageradas peticiones salariales. Finamente, Oliveira dio marcha atrás de madrugada y aceptó las condiciones que previamente había pactado, y luego rechazado, para su llegada a préstamo a La Romareda. El Zaragoza paga ahora al equipo italiano 2 millones por el préstamo de un año y tendrá una opción de compra de 8,5 en junio de 2008. Si la ejerce, activará el contrato por cuatro temporadas (a razón de 1,5 millones anuales) acordado también ya con el jugador.

14/07/2007 17:09 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 8 comentarios.

Diego, Príncipe de Europa

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El velocista (ese otro yo que escribe las crónicas con rapidez y estilo, mientras la espada del cierre le cuelga sobre la cabeza) me abandonó hace tiempo. Está dormido o se largó, no lo sé, así que el recuento de este último partido del Zaragoza en Huelva y de muchos a lo largo del año me ha tenido por autor directo, sin mediaciones inconscientes. Se nota. Sin el velocista no es lo mismo. Espero que regrese a tiempo para la próxima temporada, cuando el equipo jugará en Europa y doblará el número de partidos tardíos y mi necesidad de hacerme aún más mecánicamente virtuoso en el borde del precipicio. Como sabéis, él lo logra con alegre facilidad; yo sufro como un perro y encima no lo consigo. El partido de Huelva cierra la temporada y lo hace con un éxito mayúsculo. Creo que la crónica quiere subrayar virtudes globales, más allá del mediocre partido de ayer, pero lo hace con torpeza; y no ocultar defectos, pero sí explicarlos. El Zaragoza ha alcanzado la orilla virtualmente exhausto, agarrado a la excelencia de un jugador como Diego Milito, que se vistió de héroe hasta el último día. Por fin, el argumento de fondo trata de establecer que el desarrollo de las cosas responde a la lógica; y que el final de esta Liga expone con claridad que el futuro exige redoblar la apuesta. Al menos se podrá hacer desde un magnífico punto de partida, la Copa de la UEFA. De todas formas, creo que es hora de que seamos generosos con el Zaragoza. Y el Zaragoza, consigo mismo.

Recreativo, 1-Real Zaragoza, 1
38ª Jornada de Liga


A pesar de lo cerca que estuvo el infarto, al final todas las piezas quedaron encajadas con lógica. El Zaragoza alcanzó el éxito irrebatible de la UEFA, y lo hizo con el sufrimiento propio en un equipo que ha llegado frito y diezmado al final. Esta temporada era excelente de todos modos, pero su defensa contra cualquier crítica o atisbo de frustración precisaba la culminación del camino. Cuanto más cerca está la gloria, peor se digiere un batacazo. Todo lo que ocurrió tiene explicación: la angustia de un equipo al que la Liga se le ha hecho larga, la merma de las ausencias, el estado físico de algunos, sobre todo de Diego Milito. Aun así, hasta el último día estableció el Príncipe su condición de Rey del año: héroe hasta el final, uno de los jugadores de la Liga. La pieza definitiva que encontró su sitio fue el respeto del desenlace a los méritos acumulados por el Zaragoza: con todas las deficiencias que se quieran, ha impuesto todo el año su virtud competitiva, para elevarse por encima de lo esperado. El regreso a la UEFA abre un nuevo periodo. El gol de Diego Milito es la llave de Europa y del futuro.

Del largo desenlace de la Liga hay que aprender. Es en los tramos finales donde se ganan y se pierden los grandes premios en un torneo de nueve meses. Lo demuestran el Villarreal y desde luego el Madrid. Tal aviso no se debe olvidar. La última noche fue de infarto. El Zaragoza no se manejó bien en casi ningún aspecto, y el Recreativo aplicó un muestrario completo de su repertorio, hasta que le llegó el cansancio o el despiste. Antes puso la excelencia física y técnica de Uche, la ratonería de Javi Guerrero, la armonización de los esfuerzos en el medio campo, la defensa adelantada... Quizás para el Zaragoza el problema no estuviera tanto en los principios fundamentales del juego del Recreativo, sino en su actitud. En esa levedad del que no se juega nada y se maneja por el campo ligero de equipajes psicológicos. Los andaluces jugaban ufanos, alegres, porque cualquier destino les era indiferente. Se pasaban la pelota como si dibujaran caracolas en la arena, con el entusiasmo con el que un pavo real enseña el abanico de su cola. Cuando uno se juega Europa frente a un rival así, que además mete un gol al empezar, la desesperación está asegurada.


Frustración
Exactamente ese camino iba a seguir el Zaragoza. Jugaba tres partidos y durante casi toda la noche perdió los tres. El propio lo empezó perdiendo casi al pisar el campo, en el minuto 2. Luego amplificó esa impresión fatalista que siempre comunica un gol tan veloz. Había mucho tiempo, pero había poco juego. Aimar, que recogía y llegaba... poco más. El factor de la prontitud permitió al Recre desplegar velas con Uche y Javi Guerrero. Siempre lo dijimos: las parejas improbables tienen el don de lo cómico o lo genial. El control de Uche sobre la banda izquierda en la jugada del 1-0 fue un regalo para la vista. Un regalo envenenado, pero de belleza innegable. La jugada tomó fuera de cacho a toda la zaga. Uche hizo la pausa y el recorte hacia fuera, puso un tiro raso que César sacó al área pequeña y Javi Guerrero encontró el gol en la puerta del agujero, ahí donde encuentran los ratones el queso.

El resto del partido fue un extenso pasaje de frustraciones. Para qué hacer inventario: al Zaragoza, un equipo preocupado siempre por el estilo, esta vez sólo le imporaba el resultado. Víctor buscó seda y cuchillo con Longás y Ewerthon, pero el Recre amenazaba con rotunda facilidad. El arranque de la segunda mitad abundó en las peores impresiones. Se pusieron a ganar el Villarreal y el Atlético. Durante más de un cuarto de hora el Zaragoza no salió de su lado y perdió a Piqué por un agarrón a Sinama, que había entrado por Uche. En esos cambios previstos, y en el aire de fiesta que tomó el estadio, respiraría el Zaragoza. El Recre se abrió por el lado izquierdo y Lafita alargó la zancada. Puso dos balones de gol que no terminó Diego. El tercero se lo regaló Longás, jugador visionario con un papel residual. Un artista de culto. Su pase liberó a Diego y Diego, roto físicamente, voleó a medias y a gol. El grito se oyó en toda Europa. Ha vuelto el Zaragoza.

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18/06/2007 17:27 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 8 comentarios.

El reposo del 'centrojás'

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A estas horas, en un portal con número de cuatro cifras en alguna de esas extensas avenidas cambiantes de Buenos Aires, a estas horas velan a Néstor el Pipo Rossi: el centrojás por excelencia (centrojás es la versión argentina del término centre-half, el medio centro original). El número 5 de River guarda reposo. A él, que nunca calló en los campos, lo enmarca ya un reconcentrado silencio. En El partido del siglo, la serie de documentales sobre los once mejores de la historia en Europa contra los once mejores de la historia en América, armada por Jorge Valdano y Santiago Segurola, el episodio dedicado al Pipo Rossi fue uno de los que más me gustó. Rossi había brotado jovencito en aquel River Plate que era una reunión de caudillos a los que el imaginario popular, con mucho tiento para la posteridad, denominó La Máquina. Cualquiera que haya mirado atrás en el fútbol sabe de carrerilla la delantera millonaria de los años 40: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Frente a ese cuadro de leyendas, hacia el 44 surgió Rossi, un muchacho de naturaleza imperativa, y se puso a dirigir el juego y a los demás con una profunda e inagotable voz de mando. Lo relataba así él mismo: "Yo era un nene pero mandaba por encima de todos. Me palmeaba el pecho y les decía: 'La pelota aquí, a papá". Aún contándolo se tocaba la caja torácica, como si alguien le fuera a entregar el balón. De él dijo Muñoz: "Paraba la pelota y ya tenía una idea titular y dos suplentes". Algunas frases de Rossi son antológicas, sobre todo porque fueron dichas sobre el mismo campo de fútbol y quienes las oyeron sintieron la necesidad de contarlas: "El que no pasa la pelota al pie es una mala persona", se le escuchó decir. Dejo la necrológica de Clarín. Néstor Raúl Rossi tenía 82 años. Lo enterrarán en el cementerio de La Chacarita.

14/06/2007 13:37 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 8 comentarios.

Los días de El Elegido

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Esta noche comienza la final de la NBA: LeBron James (los Cleveland Cavaliers) contra los San Antonio Spurs. Mitad verdad, mitad mentira. LeBron es un jugador embustero, que ha engañado como a chinos a los Detroit Pistons, los tipos más avisados del mundo desde los días de Billy Laimbeer. James los ha terminado sacando de sus casillas en la final de la Conferencia Este (4-2) y ahora el desafío se hace mayúsculo: embromar con su juego de despiste y el ritmo engañoso de su equipo, y los francotiradores ocultos, y los actores secundarios, al bloque de granito más impenetrable de la Liga, los San Antonio Spurs. James no es Jordan ni es Magic, pero permanece por ahora en algún punto intermedio entre ambos, lo que no es una mala acción ni una posibilidad sencilla de defender. Hace años que no veía a un jugador exterior con un baloncesto tan inteligente y variado, con una interpretación así de diversa del juego, con una elección tan precisa de las opciones. LeBron no es Jordan, ni Magic, tampoco un tirador como Bird, un atleta imparable como el Dr. J o un funambulista de lo imposible del tipo Kobe. Llevo tiempo mirándolo de cerca y aún no sé qué es LeBron James, salvo un juego de espejos de otros y de sí mismo. De aquí a las próximas horas, a los próximos días, vamos a analizarlo. A tratar de descubrir la verdad, si es que la hay.

LeBron disimula con notable habilidad su condición de súper estrella. Salvo por la liturgia de la nubecita de talco con la que inicia cada noche de partido, casi nada en él recuerda el exhibicionismo viril de los grandes jugadores de los últimos tiempos. No parece poca cosa ni escasa singularidad para alguien al que la publicidad comenzó a llamar Mesías o el Rey James mucho antes de su ingreso en la edad adulta; desde luego, mucho antes de su llegada a la NBA. Contra todo pronóstico, LeBron se comporta en la cancha con un lenguaje gestual y un modelo de juego ajeno a la ansiedad o el exceso ególatra. Un día gana el partido solo y al siguiente se oculta a medias en las entretelas de su equipo, y se deja llevar hasta los 20 puntos con un buen número de fallos y cierta sensación de inconsistencia. Sin embargo, mirado en detalle, resulta que ha terminado por ser el responsable principal del triunfo, aunque los números no lo digan. Michael Jordan alabó el otro día la presencia de James en la final y el logro que suponía. Entre otras cosas, la NBA está encantada de que todos hablemos del desafío de LeBron y no de las virtudes colectivas e individuales de un equipo de brillante sobriedad como San Antonio. Pero Jordan también apuntó: "A LeBron le falta consistencia: cuando uno es la estrella y tu equipo espera que ganes los partidos, no puedes meter 50 puntos una noche y desaparecer a la siguiente". Eso mismo pienso yo. La pregunta es ésta: ¿Su frecuencia alterna oculta un error en el sistema o se trata de una impostura deliberada?

La final con los Spurs puede revelar mucho a ese respecto. Los Spurs no permiten que el contrario juegue al escondite y raramente persiguen un cebo. Los Spurs te van a buscar en las grandes avenidas y en los callejones traseros. Son minuciosos e implacables. Hay una disensión en los ritmos que también será interesante observar. Los Spurs prefieren la velocidad, la decisión explosiva; los Cavaliers juegan al trote y prefieren ataques en medio campo. A Detroit lo confundieron tanto que los Pistons acabaron por correr, lo que no hacen nunca. En realidad, Detroit se pasó la Final de Conferencia dudando si atrapar a LeBron James en sucesivos dos contra uno o anticipar sus pases extra y las inversiones del juego al hombre libre del otro lado. En esa duda se les escapó la serie. A San Antonio le llega para atender a todo y a más. La nómina de cazadores de hombres que pueden defender a LeBron espanta a cualquiera: Bruce Bowen para empezar (quizás el defensor más conspicuo de la NBA); Michael Finley, Ginóbili, Brent Barry o el buscavidas llamado Robert Horry... Los hermanos Anglyn tenían más fácil escapar de Alcatraz que LeBron de esta encerrona. Interesante punto de partida para pasar en blanco unas cuantas noches de este junio sombrío.

Apéndice del partido 1: San Antonio, 85-LeBron Cavaliers, 76

  • Cambio con urgencia la foto, porque a James se le quedó esa cara: 14 puntos, 4 de 16 en tiros de campo, seis pérdidas de balón. El proceso de aprendizaje, que dice Daimiel, es así. Doblado o triplicado en defensa, los Spurs le cerraron todas las salidas y aun las entradas a las jugadas.
  • Para los de las comparaciones: Michael Jordan anotó 36 puntos a los Lakers en su primera final de la NBA. Después, se los merendó poco a poco.
  • Lo mejor de la noche: el bloqueo y continuación (pick and roll le dicen) de Duncan y Parker. 24 y 27 puntos respectivamente. A un mes de su boda con Eva Longoria, Tony Parker ha terminado el largo proceso de convencerme con su juego, cosa que le ha costado lo suyo. La que no me convence es Longoria.
  • Momento de la noche: el caño de Manu Ginóbili en contraataque a Gibson y posterior bandeja, activando el muellecito al final para dejarla junto al aro.
  • Dicho lo cual y una vez constatado que LeBron no podría con lo que se le viene encima a los Cavs, el partido derivó lento pero seguro hacia el coñazo. Dadas las circunstancias, activo la opción REC del dvd grabador al nivel naranja: esto es, los partidos con horario de la costa Oeste directamente los grabo. Benditas finales entre Utah y los Bulls... Aquello sí que exigía el insomnio.
  • Pd.: para el bahiense Marlo... mientras Ginóbili jugaba, el partido en la televisión lo comentaba Pancho Jasen, otro hijo Bahía Blanca. Creo que si no apareces de comentarista a lo largo de la serie es que no hay justicia ni orden.

[Foto: la cambio por motivos obvios. De la risita a esa mueca mirando el marcador o lo que fuera. Pese a lo que pueda parecer, sigo con LeBron].

07/06/2007 12:41 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 17 comentarios.

Teoría alternativa

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Y yo me pregunto: ¿Para qué va a querer meterse en el costoso lío de la ACB un club que, estando en la LEB, se sostiene con una aportación mínima de sus dueños, mucho dinero del contribuyente, la cobertura inmoral de sus errores con el poder mediático y 11.000 chinos (que decía Comas) en la grada? Si el CAI verdaderamente quiere ascender, lo disimula muy bien. No hay modo más sibilino de perder un partido definitivo que poner poca intensidad en la defensa y el rebote, que son cuestiones capitales del juego; fallar un tiro libre detrás de otro y largarse triples y disparos pesimamente seleccionados: 22 de 48 de dos puntos; 6 de 25 de tres; 28 de 73 en tiros de campo; 17 de 29 en libres. Y 37 rebotes contra los 40 del León, un equipo notablemente inferior en el apartado físico. A mí el partido me pareció una broma. Los chicos del CAI fallaban hasta debajo de la canasta. Starosta, el único que los ha sostenido en el play-off, tiró ayer cuatro veces. No se la des, no sea que la meta.

Lo siento por los jugadores y el entrenador, sometidos a un papelón, aunque no me gusta mucho este CAI multinacional en el que el primer español (Corbacho) sale tres minutos al final; y que con los años se ha llevado por delante a quien lo inspiró y trabajó para reunir todas las voluntades mientras se agotaba su carrera profesional (Pepe Arcega) o al mejor valor de la cantera aragonesa en los últimos tiempos (Rodrigo Sanmiguel). Lo siento por la gente que va y llena el pabellón. Lo siento sobre todo por Joaquín Ruiz, segundo entrenador, amigo personal, a quien aprendí a admirar y querer de niños, mientras jugábamos juntos al basket en la cancha embaldosada del viejo colegio de los Maristas y en las pistas de Helios en verano. Sobre todo por él, pero sé que lo va a aceptar porque he conocido pocas personas con un sentido tan férreo de la ética del deporte. No lo siento en absoluto por el club, al que tengo por una desordenada reunión de arribistas siempre próximos al poder, a los que les gusta poner y quitar periodistas de los medios (lo han hecho e intentan seguir haciéndolo), manejar las conciencias si las hubiere y negar la evidencia de su ineptitud y su desahogo. José Luis Rubio también era duro con la Prensa crítica. Cada artículo era una llamada. Te la liaba por el teléfono o te invitaba a desayunar: cuando llegabas, tenía las fases duras del artículo subrayadas con rotulador fosforescente y te pedía argumentaciones. Con todo, esta pandilla no le llegan a la suela del zapato: el otro día me crucé con José Luis y sigue como un pincel. Éstos hacen el trabajo sucio sin invitarte a desayunar. Si acaso, invitan al de arriba, al de los despachos... el que tiene que decidir que tú escribas del CAI o no escribas. Si tu jefe es un desgraciado o bien un hijo de puta, date por muerto. Vas a la sección de Comarcas directo, a coger resultados de fútbol regional o, si hay connivencia suficiente con la Policía Local, a dirigir el tráfico en la Plaza España.

Dejo la crónica de Sergio Pérez en el Periódico, por amistad y devoción. Ahora los disparos se los lleva Chápuli como antes se los llevó Arcega. No de Sergio, de todos. Yo siempre he visto el problema más allá, pero en fin... con su pan se lo coman. A mí me gusta el baloncesto desde que nací. Este CAI no me gusta ni ver. Con la cantidad de entrenadores y jugadores que han traído y llevado, lo peor que se les puede decir no es que son una banda de fracasados. Es que son unos inútiles. Yo era del viejo CAI; me cuesta demasiado querer a este engendro de intereses embusteros.

27/05/2007 12:19 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 7 comentarios.

El espanto

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Esta imagen, de expresividad manierista, resume lo que está pasando mejor que cualquier crónica. La dejo tamaño Las Meninas para que no pierda ni un ápice del vigor que le otorga la contraposición de esos dos rostros de hombres desesperados, cada uno a su manera. El espanto toma formas muy diversas. Tomás Guasch la titularía, simplemente, El cagómetro.
[Foto: Reuters].
14/05/2007 03:56 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 11 comentarios.

Víctor sin victoria

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Pasé el sábado por la tarde con un ojo en Grecia, donde el Panathinaikos que dirige Víctor Muñoz jugaba la final de la Copa frente al Larissa. El Larissa me hizo acordarme de Ángel Garisa, aquel extraordinario actor cómico. Víctor perdió (1-2), con gol artero en el minuto 83 de un tipo africano con nombre de fonética moderadamente innoble: Antchouet. Es la segunda final que pierde Muñoz en poco más de un año y, aquí, si pierde Muñoz perdemos un poco todos los que lo queremos. Aun a riesgo de ponernos sentimentales o de revelar algo obvio (que los periodistas tenemos debilidad por algunas de las personas que componen el negocio del fútbol), diré que yo soy uno de ellos. El ejercicio de este trabajo me ha enseñado que el único modo de enjuiciar debidamente a los entrenadores consiste en verlos trabajar cada día. Y aun así no es seguro que logremos ser justos. Víctor es de lo mejor, si no lo mejor, que yo he visto en el ejercicio diario de su profesión. Naturalmente que tiene defectos, muy evidentes para cualquiera, pero resulta extremadamente sencillo encontrárselos a casi todos los entrenadores, porque el oficio de dirigir una realidad tan volátil y cambiante como un partido de fútbol se antoja predestinado al desastre. El entrenador no juega el partido con la pelota, lo juega en su mente, un lugar donde todo es posible. A menudo todos queremos hacer coincidir nuestra voluntad o nuestras ideas con la realidad. Los técnicos de fútbol lo deben hacer todo el tiempo. Víctor, dada su obsesiva naturaleza perfeccionista y autoexigente, disputa cada partido un sinnúmero de veces. A veces su equipo está jugando uno y él ya está pensando en el siguiente... Ese rigorismo intelectual hacia el juego y la profesión, que son lo mismo, conforman esta paradoja: son al mismo tiempo su virtud más sobresaliente y su error más pernicioso. Con frecuencia, el fútbol trata con displicencia a este tipo de personajes.

Vale el ejemplo de la final de Copa del año pasado, que Víctor había prefigurado en su cabeza y en la pizarra con exactitud milimétrica. No se equivocó en nada de lo que podría ocurrir; el problema fue que ocurrió todo, y ocurrió enseguida. El Espanyol abrió fuego pronto, calcando una de las jugadas que Víctor había advertido en su estudio del partido. De ahí en adelante, el Zaragoza no encontró el paso adecuado. Intuyo que en la final de este sábado en Grecia debió suceder algo distinto pero con un fondo similar. Kozlej les encajó un gol en el minuto 3. Empató para el Panathinaikos Papadopoulos (creo que por ley hay un Papadopoulos en cualquier reunión de más de tres griegos) y luego dedicó la segunda parte a un dominio que no culminó, acumulando ocasiones de gol que fueron poniéndole el nudo alrededor del cuello. En el 83, el Larissa largó una contra y Antchouet decidió el partido.

La temporada acaba de esta forma algo triste, sin el único triunfo que aún le quedaba a Víctor al alcance de la mano. Cuando llegó en octubre al banquillo del Panathinaikos, los verdes habían acumulado una desventaja amplia con el Olympiakos, que es el gran rival como sabe cualquiera. Víctor reactivó a su equipo, le ganó el derbi a los rojiblancos (0-1), tuvo un periodo estupendo y llegó a ponerse a tres puntos del líder. No pudo sostener ese ritmo. Cayó en la UEFA, perdió tres partidos en casa, cedió la segunda plaza al AEK de Serra Ferrer (en Grecia van sólo los dos primeros a la Champions) y, ya ayer, se quedó sin título de Copa. El Panathinaikos no tiene un gran equipo y acabó por rendir las armas aquí y allá. Tan mal no lo debió hacer Víctor, porque el club lo ha querido renovar, al menos hasta ahora. La decisión está en el aire, sometida a una tensión muy habitual: el club quiere cerrar la continuidad del entrenador para luego armar el equipo; y Víctor desea tener una idea concreta del proyecto futuro para tomar una decisión. Se ha hablado de que el Panathinaikos podría fichar a Verón, que está de vuelta de su tercera vuelta. Así que la cosa no tiene buena pinta.

Lo más notable del año de Víctor en Grecia ha sido el descubrimiento de Sotirios Ninis, un muchacho que juega por la banda derecha y al que Víctor sacó literalmente del colegio con 16 años para que jugara con el primer equipo. A Ninis, nacido en la localidad albanesa de Himara, de etnia griega, le tuvieron que armar un curso a medida con clases por la tarde. Recuerdo que Víctor solía decir que el fútbol tiene tres puertas de entrada a la élite: una hacia el final de la adolescencia; otra cuando uno sale de juveniles y da el salto a los filiales; y la tercera a una edad ya tardía, pasados de largo los 20. Él lo definía muy bien; yo no acierto tanto. Ninis tomó la primera entrada, sin preguntar. Como Raúl, el sevillista Navas, Piqué o el mismo Zapater, que viene a ser un caso paralelo al de Ninis, salvando las distancias. El caso es que Ninis debutó en diciembre pasado, y en enero hizo un golazo al Egaleo y se convirtió en la sensación de la Liga griega, un lugar de pasiones desatadas y suspensión constante de la razón: descarado, vertical y elegante, Ninis cumplió 17 años el mes pasado. Ya para siempre será un nombre unido al de Víctor en Grecia.

Para terminar, una nota costumbrista: jamás vi a nadie aliñar las ensaladas con el sabroso y magistral esmero con que lo hace Víctor Muñoz. Las de escarola de La Bodega de Chema las dejaba para dar volteretas laterales.

07/05/2007 02:27 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Que se mueran los guapos

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Gennaro Gattuso juega al fútbol con los hombros cargados, pero de forma algo mitológica transporta su carga con una ligereza asombrosa. Si fuera por los demás, por muchos críticos, Gattuso apenas podría caminar por el campo o por la vida, aplanado por los prejuicios que convoca su figura de apretado gladiador, con la osamenta reconcentrada en un cuerpo nervioso, hecho de rabias divergentes. Cuantos más prejuicios recaen sobre un individuo, más me interesa el individuo. Cuanto más se empeñan los prejuiciosos en convertir al personaje en un espantapajaros, más me atrae el personaje. Los prejuicios se convocan unos a otros y se reúnen en afanosos grupos, como bolas de acero imantadas, que hacen mucho ruido y siempre se otorgan la razón sin discusión, con metálicos asentimientos. En ese sentido se parecen un poco a los elogios, que también tienden a la comunidad cacofónica y repetitiva. Cristiano Ronaldo representa la versión opuesta de Gattuso; el portugués es un tipo tan agraciado y de acabados tan finos que parece más de lo que es. A mí me lo parece. Le quedan exactas hasta las arrugas empapadas de la camiseta y los caracolillos bajo la lluvia. Uno es antónimo de otro: Gattuso acostumbra a parecer menos de lo que en realidad es. Su mueca ignora la ternura.

He oído a magníficos críticos de fútbol, a excelentes conocedores del mercado mundial del fútbol, a personas con un criterio irreprochable en el juicio analítico de los futbolistas, decir que Cristiano Ronaldo es ahora mismo el jugador más cotizado del mundo. No lo dudo. El mercado se comporta de acuerdo a muchas variables, en el fútbol y en todos los órdenes. Respecto a Cristiano Ronaldo yo siempre digo lo mismo: vamos a verlo fuera de Inglaterra. Porque lo he observado frente a los generosos defensas de la Premier y siempre me ha asaltado la tentación de pensar si haría lo mismo en España; y ya no digamos en Italia. Lo digo porque yo he visto llegar a Gullit con treintaimuchos años al Chelsea y, en su debut en Stamford Bridge, plantarse en el medio campo y jugar como si estuviera rodeado por niños de EGB, con una superioridad que iba más allá de la prestancia de un jugador que había sido extraordinario en el escenario más feroz y en todos los escenarios. Cristiano Ronaldo, un futbolista muy bonito, un muchacho muy hermoso, casi efébico con sus rizos de brillante carbón, su cara perfilada en porcelana, la depilación de las cejas, la precisa metrosexualidad de sus bicicletas y firuletes, ha pasado por el partido de esta noche en San Siro como una sombra acartonada, como un soldadito de plomo. En una de las últimas jugadas del encuentro, cuando el Manchester United no era ya más que un triste guiñapo bajo la lluvia y el Milan, me ha resultado patético ver a Ronaldo ensayando una de sus fútiles maravillas para morir emboscado por tres milanistas. Ronaldo no ha sido nadie; ni comparado consigo mismo ni comparado con Kaká, Seedorf, Pirlo o Gattuso.

No es que el ManU haya perdido por Cristiano. Ni que el Milan haya ganado por Gattuso. El United ha perdido porque le ha caído encima un equipo superlativo en Europa; y demoledor en un encuentro en el que ha sido superior en todos los órdenes: el físico, el táctico, el decisorio, en la calidad, en la experiencia, en los rendimientos individuales. Un 3-0 no precisa demasiadas explicaciones, aunque tal vez Enric González advierte algunas líneas de fuga interesantes en una primera crónica que ha dejado para El País, y que titula: "Un Milan diabólico devora al Manchester".  El United no ha encontrado respuesta, en ningún aspecto, en ningún lugar del campo, en ningún hombre. Hay varias fotos por ahí en las que aparecen sus jugadores sacando de centro bajo la lluvia y dan ganas de oír a Bob Dylan y su clásico: "A hard rain's gonna fall". Va a caer una buena... De un modo tan implacable como necesario, los grandes partidos, las ocasiones señaladas siempre exigen a los futbolistas que viven en la cúspide de la jerarquía. El juicio es sumario pero no definitivo, porque el fútbol concede reválidas: por el momento, Cristiano Ronaldo ha fracasado; mientras Seedorf y Kaka salen como triunfadores del partido. Nuestro personaje favorito, Gattuso, jugó con el entusiasmo habitual y mucho sentido del fútbol, a pesar de lo que se diga. Uno se pregunta qué tienen Albelda o Makelele que no sobrepase por diez pies Gattuso, y por qué con ellos caben los eufemismos (jugador necesario, trabajo sucio, hombre de equipo, pilar básico, columna maestra) mientras al italiano se le considera un cáncer, un atropello del juego, un asesinato del presunto canon. Yo veo en él a una víctima del pensamiento único, digámoslo con excesiva prosopopeya. Porque Gattuso es el primero que se mofa de su propio personaje, al que alimenta sin problemas. Enric González dejó una semblanza magnífica del milanista hace algunos días en sus Historias del Calcio: Gruñido. Y ahí contaba una anécdota excelente de Gattuso que define a este hombre.

Por lo demás, se repetirá en Atenas el encuentro de hace dos años: Milan-Liverpool. Dos de los grandes y con una cuenta pendiente. Una contienda de estilos y naturalezas contravenidas: por momentos el Liverpool de Rafa Benítez parece una versión edulcorada de algún equipo italiano; por momentos el Milan juega con el fragoroso entusiasmo de una escuadra británica. Nunca parecieron más ingleses que bajo la lluvia esta noche en San Siro. Buena parte de culpa la tiene Gattuso, el enemigo público. Un futbolista que concibe cada segundo del partido como un privilegio al que hay que devolverle la ofrenda del esfuerzo inteligente. Carlos Martínez ha dicho que sería un magnífico compañero de trinchera. Y es verdad, pero no sólo eso. Yo disfruto viéndolo jugar... Y que se mueran los guapos.

[Foto: la bella y la bestia, bajo la lluvia. Gattuso persigue concienzudo al grácil Ronaldo, una mariposa blanca bajo la lluvia].

03/05/2007 03:00 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 8 comentarios.

Todos los caballos son del Barça

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Tengo dicho hace tiempo que si verdaderamente el Real Madrid quiere desmontar el garito azulgrana durante unos años, al modo en que lo hizo Florentino con el fichaje de Luiz Figo, debería fichar a Mourinho. Otra cosa es si la crítica soportaría la colección de tractores que el portugués despliega en cada partido, al menos en el Chelsea, donde unos jugadores se parecen mucho a otros y todos se hacen borrosos en el conjunto de un equipo que suele comportarse como un agujero negro: se traga todo el fútbol del contrario y lo reduce a polvo cósmico. No sé si eso funcionaría en un lugar en el que Capello ya es anatema; ignoro si Mourinho tiene más registros como entrenador. Pero su mezcla de agitación, enfrentamiento, denuncia, sospecha, psicología, ansiedad, competitividad, ambición y talento convertiría la rivalidad de estos cien últimos años entre Madrid y Barcelona en un juego de niños. Yo creo que el Barcelona no podría superar el martillo que supone Mourinho y se derrumbaría a la mínima. Pese al evidente dominio de las dos últimas décadas, de Cruyff aquí, a la imposición de un estilo que ha mejorado el fútbol español, a las victorias y a los jugadores, el Barcelona aún se siente menor, vulnerable, agraviado y, por qué no decirlo, perdedor. Es el peso de la historia. ¿Por qué los caballos son desconfiados y tienen los ojos en los lados de la cabeza? Porque durante miles de años de evolución natural fueron presa de otros bichos nada equitativos (precisamente), y permanece en ellos ese acollono atávico tan barcelonista. Conclusión: todos los caballos son del Barça.

Es buen momento para tentar a Mourinho, porque el Chelsea acaba de concluir que, de nuevo, no va a ganar la Champions. Su gran reto. Un desafío de proporciones históricas y naturales, porque el Chelsea nunca ganó una Copa de Europa (y mira que la ganaron el Nottingham Forest, el Aston Villa, desde luego el Liverpool y el Manchester United, y hasta el Celtic de Glasgow... que es escocés pero vale para explicar el caso), y cualquier ascenso a una clase superior, como el que ha protagonizado el equipo de la calle Fulham, precisa la sanción de una Copa de Europa:no basta con ser reconocido como uno de los equipos más potentes de Europa. Hay que llegar y ganarla. O al menos llegar. El Chelsea, equipo burgués por antonomasia en Inglaterra, se va a quedar sin la Champions, se va a quedar seguramente sin la Liga (el Man United le tomó cinco puntos de ventaja el sábado) y habrá que ver si gana la final de la Copa, también al United. Si completa el batacazo, va a arder el petróleo de Abramovich. Hay que decir algo antes de seguir: el Chelsea perdió a los penaltis contra Reina, pero no llegó ni a merecer una hipotética victoria. La lotería de los penaltis, como la llaman, es una mentira de primer orden: no hay lotería, hay talento y condiciones, capacidad, manejo de la ansiedad y del cansancio. En definitiva, que no es coincidencia que Reina, un portero explosivo, velocísimo, de intuiciones portentosas, detuviera dos penaltis. Y además hay que tirarlos bien. Guillem Balagué defiende esta alegre teoría mía con datos en el AS, no como yo: el Liverpool ha ganado diez de sus últimas once tandas de penaltis en Europa. Eso no es una lotería; como no es una lotería matar bien a un toro.

El Liverpool constituye el caso contrario del Chelsea. Con muchos menos recursos, Rafa Benítez lo ha situado un par de escalones o tres por encima de su valor real: dos finales de Copa de Europa en tres años, una de ellas ganada a un equipo mayor como el Milan. Espero estar en Atenas, en la final. Porque es el Liverpool -equipo preferido siempre- y porque es Atenas. Y ya lo explicaré si hace falta. Espero que sea contra el Mancheste United, por mi amigo Andy, porque el ManU me parece el mejor de los tres equipos ingleses (de lejos) y porque esa rivalidad vieja entre los dos grandes de Inglaterra quedaría preciosa en una final europea. El Liverpool ya está ahí, esperando. No jugó un gran partido, pero jugó una buena parte del partido necesario: el testicular. Su argumento fundamental estuvo en la energía, en la presión, en el ritmo, en la osadía, en la velocidad y el deseo. Fue un equipo inflamado al que, con el paso de los minutos, se le fue quedando al aire la escasez de medios. No encontró manera humana de meterle mano a la roca azul. Donde siempre estuvo soberbio fue atrás, aunque Mourinho y su Chelsea abandonaron a Drogba de forma excesiva. Zenden es un jugador flojito, ya lo sabemos; Pennant es además desordenado; Crouch y Kuyt no pudieron del todo y sus cambios fueron Bellamy, un loco de iluminaciones repentinas y ocasionales, y Robbie Fowler, que vive congestionado por el tiempo. Su mejor línea es el medio campo: Xabi Alonso, Mascherano (esfuerzo oceánico el suyo en este partido), Gerrard... Y la portería. Y sobre todo Benítez. No me gustan los equipos de autor, sobre todo cuando el autor viene a ser un entrenador de tendencias obsesivas al que el fútbol le cabe en un abecedario de gestos ininterpretables, al modo de las crípticas señas del béisbol. Pero le tengo que reconocer (y agradecer) a Rafa Benítez su conquista de Anfield con un manual de disciplina del deseo que ha sido capaz de sobreponerse a todas las imperfecciones de su equipo. Y lo mejor es que su equipo lo ha seguido. En el Liverpool, creer en la grandeza resulta sencillo.

[Foto: Mourinho, sobre el fondo de un banderón scouser. La foto es de Anita Maric, de Efe]

02/05/2007 13:03 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 4 comentarios.

Chicago Bulls y el 'principio Riley'

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Yo soy hombre de playoffs, como Robert Horry, ese tipo indolente que despierta cada primavera como los osos, a tiempo para las canastas decisivas. Entiendo que lo menos que me he ganado después de casi 25 años de ver la NBA es el derecho a saltarme la Liga Regular e ir directamente a las eliminatorias. A modo de anotación histórico-personal diré que el primer partido de la NBA que vi jamás fue el séptimo de la final entre los Boston Celtics y Los Angeles Lakers en 1984: me la dejó grabada en vídeo Joaquín Ruiz y narraba el partido Héctor Quiroga; la Quina había guardado el partido a continuación de la victoria de Severiano Ballesteros en el Open Británico, ese mismo año. Lo vi tantas veces que acabé por aprenderme de memoria los planos. Al año siguiente yo mismo grabé el sexto y definitivo del triunfo de los Lakers en el Boston Garden, con aquel gancho del cielo que metió Kareem Abdul-Jabbar desde la esquina, desde la misma esquina. Y la ovación sostenida de la vieja cancha de los Celtics, con su tarima de cuadrados regulares y las paredes desconchadas de puro orgullo, cuando Kevin McHale hizo su sexta falta y se largó a casa derrotado pero con 36 puntos. Jabbar fue el MVP de aquel año. Yo creo que Jabbar es el mejor pivot que vi jamás, o el que más me impresionó de todos...

Así que durante el año miro la NBA de reojo y en abril me pongo en serio. Este año más que nunca, porque los Bulls han vuelto y los Bulls son mi equipo y lo han sido incluso durante esta larga travesía del desierto de la que ahora parecen surgir. Por fin, para aquéllos que fatigamos las madrugadas y los amaneceres durante el tiempo que duran seis anillos (guardo todos los vídeos de las finales), por fin un equipo del que podemos no sentir vergüenza. Los Bulls de Scott Skiles, un entrenador de aspecto improbable, un Rafa Benítez del baloncesto, se han llevado por delante 4-0 en la primera ronda de los playoffs al último campeón: Miami Heat. Verdad que Miami ha tenido un año de perros, marcado por lesiones en sus dos jugadores clave (Shaquille y D Wade), pero aún son Miami; el mismo equipo que arrasó a los excitantes Phoenix Suns en la última final. Un equipo con Jason Williams y Gary Payton de bases (ahora diremos que Williams es un loco y que Payton está de vuelta... pero el año pasado jugaron como ángeles); con Alonzo Mourning, Shaq y Antoine Walker por dentro; con Wade, Haslem o el francotirador Kapono por fuera; con secundarios como Posey... Y Pat Riley en el banquillo. El viejo y querido Riley, que ya salía en la cinta que yo vi en el 84, dirigiendo a los Lakers. Esos Miami Heat han sido devorados por la ola de Chicago, un equipo que cumple con el nuevo patrón de juego de la NBA: jugadores veloces, tiradores, atléticos, exteriores. Sobre todo exteriores. Luol Deng, Ben Gordon y Kirk Hinrich al frente. Un trío incontrolable, en el más amplio sentido de la palabra.

El patrón ha cambiado. La NBA ya no la ganan los grandes pivots, sino los jugadores exteriores, el baloncesto por afuera. El centro de gravedad del juego ha girado, y esto no lo digo yo. Lo dice el mismo Pat Riley, que fue campeón el año pasado con su decálogo de toda la vida + Wade, que hizo la diferencia: "Este juego se ha convertido en un juego de velocidad. Yo siempre he sido un entrenador orientado al juego interior, y el baloncesto me bendijo con la posibilidad de dirigir a cuatro de los mejores jugadores de todos los tiempos: Kareem (Abdul-Jabbar), Patrick (Ewing), Zo (Mourning) y Shaq (O'Neal). No sé hacerlo de otra manera". Riley hablaba de los Bulls, pero también de los Phoenix Suns (equipo al que tengo la esperanza de ver campeón, a no ser que lleguen contra los Bulls), de los New Jersey Nets (que viven de los enloquecidos Jason Kidd y Vince Carter), o de los emergentes Golden State Warriors (a los que aún no he visto pese a las vehementes recomendaciones de JSolans). Eliminado su equipo por las malas, la despedida de Pat Riley en la rueda de prensa fue de leyenda: "Nos vemos en algún lugar por el camino... o en la utopía". Sólo alguien como él puede decir algo como eso.

Así que ahí están los Bulls y yo lo celebro. Hacía siete años que ni yo ni nadie los veíamos pasar una sola ronda de playoffs: concretamente, desde aquella canasta final de Jordan frente a los Utah Jazz para el sexto anillo de la dinastía zen de Phil Jackson. El año pasado los Bulls dieron un aviso que observé con emoción, y acto seguido se llevaron un mangazo. En los últimos tiempos han fichado a Ben Wallace y a Nocioni, entre otros; no parecía suficiente pero, de acuerdo al principio Riley, era suficiente porque lo interesante había de hacerse por fuera: gente joven, vigorosa, atrevida, como Gordon, Deng o Hinrich, un base anotador, con tendencia a meter canastas arteras o rajarte de arriba abajo con velocidad y disparo. En algunos momentos recuerda al inagotable John Stockton con un par de velocidades más, las que Stockton había licuado en pura inteligencia y conocimiento. Con eso y algo más (Duhon, Sweetney, PJ Brown), los Bulls acaban de barrer a los Heat y jugarán la semifinal de conferencia contra un equipo de pellejo duro como Detroit Pistons, un equipo que tiene un poco de todo y un mucho de todo. Webber y Rasheed Wallace; Billups y Lindsay Hunter; Richard Hamilton (aquel jordanito de los Wizards que quería mandar más y tirar más que papá Jordan con 40 tacos), Carlos Delfino, el alargado Tayshaun Prince. Es decir, una roca.

Ahora que pienso en el principio Riley, pienso en que aquellos Bulls de Jordan ya eran el anticipo de una tendencia posterior: un equipo velocísimo, agraciado con un jugador sobrenatural como Jordan. Pero el principio ya estaba ahí. Los pivots siempre fueron secundarios encargados del trabajo sucio: Bill Wennington, Luc Longley, Horace Grant, Dennis Rodman o los viejos Charles Oakley o Bill Cartwright. El asunto de verdad se jugaba por afuera, en una defensa extraordinaria y sobre todo en las hipotenusas ocultas del triángulo ofensivo que había inventado Tex Winter, donde todo giraba en vórtice armónico en el que el centro de gravitación siempre era el mismo: John Paxson, Steve Kerr, Ron Harper, Toni Kukoc y desde luego Scottie Pippen. Todos en órbita con Michael Jordan...

Han vuelto los Bulls. Voy desempolvando las gorras de los días grandes, que llevan guardadas en una caja desde la madrugada en que Jordan hizo aquella paradita con suspensión con la que cualquier otro ser humano se hubiera reventado las rodillas.

[Foto: Luol Deng en actitud jordanesca: pasa por encima de Shaquille uno de los martillos exteriores de los Chicago Bulls, el jugador que ha tirado del equipo en esta victoria sobre el campeón Miami. En su tercer año en la NBA, Luol Deng se está consagrando a un nivel excelente].

01/05/2007 02:20 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 11 comentarios.

Artistas, locos y criminales

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[Mucho tiempo después del debido, dejo el artículo completo, tal y como apareció en MediaPunta a finales de abri y principio de mayo. El despertador para la memoria fue un comentario muy ajustado de un lector al que no conozco: reclamaba a Robinho (se puede ver en los comentarios) como entrada necesaria en este listado de malabaristas. Y Robinho, ciertamente, estaba incluido: desde luego con sus pedaladas... pero el pasaje en que se hace referencia a él dormía el sueño de los justos en la segunda parte del reportaje. La foto, como ya expliqué antes, muestra a Maradona en su eslalon frente a Inglaterra en el 86 y a Cruyff practicando su característico drag-back: menos mal porque me resultaba imposible explicar ese truco con palabras. Ahora sí: Artistas, Locos y Criminales. Todos. Y gracias al gran Osvaldo Soriano por el título, esté donde esté el Gordo].

De Puskas a Cristiano Ronaldo. Di Stéfano, Pelé, Gento, Maradona, Laudrup, Rivelino, Garrincha, Riquelme, Butragueño, Kerlon u Onésimo. Artistas, locos y puede que criminales. Los regates más famosos e implacables de la historia, del más rudimentario al más sofisticado. Y sus inventores. 

William Ambrose Wright había nacido en 1924 en Ironbridge, en Inglaterra. Desde juveniles y hasta el final de su carrera -un ancho período que abarca de 1941 a 1959- jamás vistió otra camiseta que no fuera la del Wolverhampton Wanderers, y fue el primer jugador en reunir más de cien internacionalidades con su país. El 25 de noviembre de 1953, Inglaterra jugaba frente a Hungría en Wembley. Billy Wright, rubio y prominente, tenido por el mejor defensa del mundo, contaba 28 años cuando persiguió hacia el lateral izquierdo de su área a aquel exterior zurdo de pelo aplanado y brillante. Cuando ya lo tenía contra el fondo largó el tackle, generosa invención defensiva muy celebrada en las tribunas del imperio. Entonces ocurrió algo raro: Wright no encontró el balón ni tampoco al jugador. El zurdo se había esfumado y con él, la pelota. Cuando Wright giró el cuello desde el suelo, vio al húngaro a su espalda... con el balón. Un segundo después ese tipo había soltado un disparo como un rayo al ángulo de la portería de Merrick. Hungría ganó el partido por 3-6, la primera e histórica derrota de los pross en suelo inglés. El zurdo repeinado se llamaba Ferenc Puskas. Y su maniobra -una pisada de fuera adentro, burlando a Wright en su vuelo rasante- venía a celebrar en un escenario monumental y resonante una jugada de larga tradición. No la inventó Puskas, pero su ejemplo muestra esta máxima: que el regate no es sólo belleza etérea o barroca, esteticismo, virguería, espectáculo, vacuidad de entretenimiento o coreografía de canchero. Es o debería ser, sobre todo, eficacia y concisión. Por eso no es fácil dar con un regate clásico de Maradona. Podía hacer cualquiera pero elegía lo más sencillo: irse, sin más. Si puedes eliminar a un defensor con una palabra, para qué contarle una historia entera. Lo que sigue es un retablo de hermosuras e invenciones, siempre bajo la obligación de la eficacia: los más célebres regates de la historia. Sus nombres y sus dueños.

El velocista: de Gento a Ronaldo
No es lo mismo correr que huir. No es igual alejarse que escapar. Paco Gento no se anduvo jamás con rodeos: su regate consistía en una reunión de sucesivos sprints, con la pelota como liebre. Nada más simple e implacable que irse por velocidad. De la Galerna a Ronaldo: el gordito ha sido el último rey de la aceleración con la pelota. Su descomunal potencia multiplicaba el efecto óptico de ese recurso. Jorge Valdano lo denominó así: el efecto manada.

El recorte: Maradona, Diego Milito, Rivaldo
Los mejores futbolistas acostumbran a sintetizar la belleza o darle un aspecto muy simple. Maradona burlaba a los contrarios de acuerdo a un principio sencillo: tocar la pelota cada vez a un espacio muerto, fuera del alcance del defensa. Toquecito al espacio, y otro toquecito al espacio, con la punta de la bota, justo antes de que el otro alcance el balón. La madre de todos los regates quizás sea el más elemental. Ese truco que no es truco lo frecuentan también hombres prosaicos como Diego Milito, que recorta siempre hacia dentro. Lo sabe todo el mundo, pero nadie lo contiene. Por más que lo anticipe, el defensa siempre sale mal parado. Rivaldo, otra figura estilizada, ejecutaba el recorte con ángulos muy acusados. Casi nunca le encontraron la hipotenusa, que era la pelota.

El cambio de ritmo: Johan Cruyff
Nada resulta más exasperante que lo que siempre comienza de nuevo. Lo que parece va a terminar y ya se está iniciando. Si el cambio de ritmo -figura cotidiana o rutinaria en la dinámica del fútbol- posee categoría de argucia es sobre todo por la primera jugada de la final del Mundial de 1974 en Munich. Holanda frente a Alemania. Hasta 17 toques consecutivos de los chicos de Rinus Michels... y la pelota a Cruyff. Pausa y carrera; pausa y carrera; pausa y carrera. A fuerza de pararse y seguir, Cruyff definió una extraña forma de regate y, lo que le importaba más, embromó rivales hasta llegar al área. Ahí Berti Vogts, cansado de que alguien engañase de ese modo a toda la Alemania Federal, lo bajó al suelo. Penalti y gol de Neeskens.

La paradita: Garrincha, Maradona, Butragueño
Si Cruyff les hacía a los defensas un ceda el paso, Garrincha, Butragueño o Maradona observaban el stop completo. El freno es el paso de cien a cero; del desenfreno al frenazo. Garrincha era un maestro, se detenía en seco y cambiaba de dirección como el que toma una bocacalle. Maradona dejó en España al menos dos paraditas mortales, las dos contra el Madrid: su célebre frenazo sobre la línea de gol contra Juan José, para luego empujarla a gol; y en la final de Copa del 83 en La Romareda: primero corrió a un balón largo de Schuster y, de pronto, cortó en seco el sprint con un único toque, un control de exterior. Despedido el rival, se la dio a Víctor y fue gol. Nadie olvidará tampoco el modo en que Butragueño suspendía el tiempo con la pelota al pie. Primero aceleraba y de súbito paraba frente al defensa, ya en el área, como si no se acordase bien a dónde iba. Ese sueño repentino del juego embrujaba al público y los rivales. El periodista argentino Sergio López lo subrayó mejor que nadie en el capítulo que le dedicó al Buitre en su serie Locos por el fútbol, para MediaPunta: "Procedía como un encantador de serpientes: los defensas miraban a la pelota y él miraba a los defensas. Sería interesante contabilizar la cantidad de goles que metió Hugo Sánchez entre gente distraída, incluso dormida, por su compañero. (...) En algún momento del partido los relojes marcaban horas distintas para el delantero y los rivales: en ese agujero se colaba el Buitre".

La pared: Alfredo di Stefano
Uno o muchos estaríamos dispuestos a jurar que casi todo el fútbol moderno lo trajo a Europa Alfredo Di Stéfano. El argentino derribó las fronteras del campo y la linealidad de las soluciones. A nadie se le había ocurrido antes a este lado algo tan sencillo como la pared, una gambeta a medias entre dos, aprendida en la calle con bordillos, muros y alféizares de ventanas bajas. La pared contiene el principio básico de este juego: tocarla e ir; uno dos; tuya mía; dame y vete. Muchos años después, un jugador del Barcelona definió así a Maradona: "Le pasas un ladrillo y te devuelve una pared".

El sombrero: Pelé
El mundo se quitó el sombrero el día que Pelé tiró un sombrero. Fue en la final del Mundial de 1958 frente a Suecia. El joven prodigio desanudó con el pecho un centro desde la izquierda y, cuando vino Axbom a cerrarle, le pasó la pelota por encima de la cabeza, en una parábola vertical, para recogerla a su espalda. La burla quedó completa con la volea consiguiente, más allá de Svensson. La jugada forma parte de la iconografía del fútbol. Desde entonces han volado miles de sombreros. Savio hizo dos seguidos en la frontal del área a Osasuna y luego pegó un empalme digno de Pelé. Ronaldinho les colocó tres seguidos (¡tres!) a dos defensas del Athletic, sin dejar que la pelota tocase el suelo, hace un par de años en el Camp Nou. Fascinó tanto a los dos vascos que a éstos no se les ocurrió ni pegarle. Lo que hubiera hecho cualquiera.

La finta o el amague: Garrincha
Usar el cuerpo para engañar, antes siquiera de tocar la pelota, constituye un principio básico del juego. Desequilibra al defensor y lo saca de la referencia directa y principal, que es el balón. El cuerpo forma parte del engaño, actúa como el capote de los toreros. Lo hacen muchísimos jugadores. Cani siempre amaga con la cintura y el abdomen antes de decidir por dónde se irá. Hay muchos ejemplos, pero nadie hizo de la finta un arte más rotundo que Mané Garrincha, el ángel de las piernas chuecas. El siete del Santos hacía la pausa y con él detenía al estadio entero, como una foto antigua. Parado, dejaba la pelota a medio camino entre el defensa y él mismo. Y luego, repetidas veces, amagaba la salida por un lado, para rebotar de inmediato a su posición original. Parecía una cuerda de goma. Boing para allá, boing para acá. Sin mover la pelota del sitio. El rival lo seguía y regresaba con él, como si fuera la imagen de Garrincha en un espejo. Cuando se había recompuesto, ya venía otra finta. Y otra y otra. Así hasta que quería Mané. Entonces se iba con la pelota. El tiempo y la evolución del fútbol han atemperado el impacto visual de muchos de los regates antiguos. Sin embargo, las fintas repetidas de Garrincha producen aún hoy el mismo vértigo fascinante.

El caño invertido: Pelé y el Beto Alonso
Fue en el estadio Jalisco de Guadalajara, en las semifinales de México 70. Uruguay contra Brasil. Acabó 3-1 para la canarinha, pero lo que se recuerda de aquel partido ocurrió con el resultado ya decidido. Pelé vio venir la pelota contra Mazurckiewicz, que salió a achicarle. El brasileño corrió hacia ella pero en el último instante resolvió no tocarla. Raro porque ese balón iba en dirección al portero. En realidad, Pelé lo dejó pasar entre sus piernas y siguió corriendo en dirección a la portería. El arquero de Uruguay se quedó parado y no supo bien a qué lado ir: la pelota siguió su camino por un costado y Pelé lo rodeó por el opuesto, para retomarla. Luego, muy escorado, tiró fuera. Una jugada que hizo historia y consagró imitaciones. La más famosa en Argentina es la del Beto Alonso, figura de River, en un partido en que la Banda le propinó a Independiente la goleada más espectacular de la historia (7-2). En uno de esos goles, el Beto recibió un pase y amagó rematar, pero en cambio dejó correr la pelota y pasó por detrás del arquero Santoro. Alonso siguió la jugada, alcanzó el balón y lo depositó con dulzura en la red. Últimamente, Uche se ha inventado una variación sin autotúnel ni amago de remate, pero sí con un engaño del cuerpo: el nigeriano la llama, con buen sentido en un lugar como Huelva, la banderilla.

El Drag Back: otra vez Cruyff
Quizás el regate más característico del holandés. Muy reconocible, pero complicado de definir. Con el cuerpo de medio perfil frente al defensa, Cruyff amagaba un pase rutinario atrás con el interior. En el último momento, cambiaba de idea y giraba el tronco con violencia, para tocar la pelota con el talón en la dirección opuesta a la anunciada, por detrás de la otra pierna. Como todo el cuerpo había participado en el engaño con un escorzo exagerado, el defensa seguía a Cruyff y olvidaba el balón. La pelota salía limpia al hueco y Cruyff, tras ella. Explosivo y altanero.

El túnel, el caño, la sotana: universal
La gambeta más celebrada, en un estadio o en el barrio. La más humillante. La más feliz. La más arrogante. La más callejera. La más universal. Un pequeño gol al defensa. Una victoria individual.

El autopase: Caniggia, Messi
¿Hace falta definirlo? La más afortunada tentativa de burla contra el viejo principio de los defensas: o pasa la pelota o pasa el hombre, pero los dos no... Hecha para velocistas explosivos y temerarios. Se juegan la vida, nada más. En el autopase la pelota va por un costado del defensa y el hombre por el otro. Y los defensas tienden a buscar la carne para asegurarse la victoria moral y la física.

La bicicleta: Di Stéfano, Ronaldo, Cristiano y Robinho
Di Stéfano parecía bailarle a la pelota: le pasaba las piernas por encima y ese gesto enardecía a los estadios y ponía en los defensas un nerviosismo paralizante. Recurso básico en los espacios reducidos o en campo abierto: las bicicletas son para el verano y todas las horas, la banda o el área. El saludo inicial de Cristiano Ronaldo al defensa siempre es una bicicleta. Robinho puede tirar cuatro o cinco seguidas antes de tocar la pelota un poquito hacia la izquierda, para irse. En Brasil era O Rei das pedaladas. La bicicleta más feroz que uno recuerda fue la que le hizo Ronaldo con el Inter al portero del Lazio, en la final de la UEFA que jugaron los dos equipos italianos en 1998 en París: el gordito afrontó a Marchegiani desatado a la contra, a toda velocidad. Uno contra uno. Entró contra el portero hecho un frenesí humano y le largó un par de bicicletas tan sensacionales que el portero se fue al suelo hecho un guiñapo, mareado y vencido. Ronaldo pasó de largo como un tren de mercancías y se limitó a dejar la pelota en el gol. El 3-0 definitivo.

La cola de vaca: Romario
Giro de medio lado con la pelota envuelta en el interior del pie, de dentro afuera, siempre embebida y oculta a cualquier posibilidad de que el defensa la alcance. Una jugada clásica de los grandes dribladores suramericanos, y en especial de los brasileños. Ellos le dicen Rabo de vaca. Tanto da. La verdad es que no hace falta ni molestarse en describirla porque su encarnación es también universal y en España la recuerda cualquiera. Cola de vaca: dícese de aquello que Romario le hizo a Rafa Alkorta en el 5-0 del Barcelona de Cruyff al Real Madrid en el Camp Nou.

La elástica o el chicle: Rivelino, Ronaldinho
De la cola de vaca nace la elástica, el regate definitorio de Ronaldinho, si es que puede haber alguno. Es una evolución del anterior. En lugar de envolver la pelota en el interior del pie para hacer el giro, aquí el toque inicial viene hacia fuera con la puntita de la curva externa, para recogerla de inmediato con el interior y cambiarle el sentido hacia dentro. Un juego de muñeca hecho con el tobillo. Una variación rápida como un látigo, menos armónica pero más sorpresiva, si cabe, que la cola de vaca. Cuartero sufrió la más notable que ha hecho Ronaldinho en España, pero nada es nuevo en el fútbol. Ronaldinho admite: "La primera vez que la vi fue a Rivelino". Rivelino, aquel 10 bigotudo que heredó de Pelé el cetro dorado de Brasil.

La boba: D'Alessandro
Al Chacho Coudet le fascinaba verlo. D'Alessandro le tiraba la boba en los picaditos de River y Coudet se partía de risa, en lugar de defenderlo o enojarse. Ese regate tenía y tiene algo de humorada infantil, un cierto gamberrismo. No es un quiebro, es una travesura. Dado que el argentino del Zaragoza es un miniaturista del juego, la boba viene a ser la elástica concebida en una baldosa, en espacio mínimo, y a una velocidad invisible. D'Alessandro la hace por costumbre o defecto, casi de manera involuntaria: cada vez que enfrenta a un defensa le plantea primero esa pregunta. Parece que le estuviera midiendo los riñones o diciéndole: "¿Te gusta lo que sé hacer?".

La pisada: Moreno, Puskas, Riquelme
El húngaro la mostró al mundo en Wembley. El Charro Moreno llevaba años pisando pelotas en Argentina. Maradona hizo dos pisadas formidables en el medio campo en su famoso gol a Inglaterra en México, antes de partir a ese eslalon portentoso. Jimmy Johnstone metía suela como un niño en el Celtic campeón de Europa en 1967: iba y venía en un sentido y otro, girando sobre sí mismo y haciendo girar a los defensas como trompos, antes de arrancar con el impulso de una centella. Pero pocos han pisado la pelota como Riquelme, que juega con ella como si rebozase carne picada en pan y huevo. La pisada con caño de espaldas que le endilgó a Yepes, de River, podría ser una de las jugadas más displicentes que jamás se vieron. Y una de las bromas más acabadas de la historia del humor. Riquelme no crea fútbol, lo amasa. Hace albondiguitas con los pies y luego las pone en la tartera del área a fuego lento.

La ruleta: Zinedine Zidane
En algún momento, la pisada derivó en la ruleta. Como los perfumes caros, como las perlas en el cuello de las damas, como el champán frances, la ruleta define una inequívoca forma de elegancia. En su Fútbolcedario, Alfredo Relaño anotaba estas dos entradas: "Nueve: Zarra"; "Gol: Zarra". Bajo ese patrón, y siguiendo el razonamiento, cabría igualar la elegancia con un nombre: Zidane. Nadie ha hecho de la ruleta el armónico espectáculo logrado por Zidane. Un dribling en el que el jugador pisa la pelota con un pie y luego con el otro, para después girar 180 grados sobre ella, arrastrándola bajo las dos suelas para recuperar la dirección en posición ventajosa. El eje del movimiento no ha variado, pero sí la circunstancia. Majestuosa e indefendible, la ruleta exige un control exacto del cuerpo. Y nadie como Zidane ha acomodado su esqueleto a los vaivenes de la pelota.

La foca: Kerlon
Como los pájaros de colores o los insectos miméticos, la foca es producto del exotismo tropical. Ponerse la pelota en la frente y conducirla en carrera, pasando rivales mientras se sostiene el balón sobre ese hueco mínúsculo que antecede a la península de la nariz. Lo raro es que no se la rompieran al brasileño Kerlon, del Cruzeiro, cuando la dio a conocer en el Mundial sub-17. Los médicos le aconsejaron enseguida que no la repitiese: corría peligro de que algún defensa con la dignidad menoscabada le partiera la crisma.

La croqueta y el aguanís: Laudrup y Raúl
El madridista Raúl identifica su gol en la Intercontinental contra el Vasco de Gama como un instante "trascendental" en su extensa carrera. Viniendo de izquierda a derecha, Raúl enfrentó al portero con la zurda y le hizo un amague de tiro que convirtió en un regate horizontal al espacio, envolviendo muy leve la pelota en la curva interna del pie. El portero se quedó en el primer embuste y ya no regresó, salvo para sacarla de las redes. "Cuando jugaba de niño, mi padre me daba un aguanís cada vez que hacía un regate", contó Raúl cuando le preguntaron por el singular truco. El muchacho de la colonia Marconi era ya el héroe castizo por excelencia. En otro nivel, la danesa frialdad de Michael Laudrup hacía de ese regate una maravilla cotidiana, con un nombre de andar por casa: la croqueta. Era su modo de conducir la pelota, finísimo, delicado. En El Sadar completó una estupenda con su guarnición preferida: un pase de cuchara con el exterior a Romario, mirmirando a otro lado. Gol de O Baixinho, claro.

La noria: Osvaldo Ardiles
Para encontrarle el nombre hubo que preguntarle a mucha gente. Nadie sabía bien. Todo el mundo identifica esta gambeta con una larga perífrasis: ese regate que les hace Ardiles a los alemanes en la película Evasión o Victoria, de John Huston. Ah, sí... Dejarse el balón a la espalda y, con el tacón de un pie y el interior del otro, levantarlo en el aire como un globo de gas, pasándolo por encima de la cabeza para que caiga por delante de nosotros, a los pies. La forma más artística y florida del autopase. La hacía Hugo Sánchez de muerte en los calentamientos; la frecuenta Jay Jay Okocha en el Bolton. Okocha nunca ganó nada, pero se lo pasa como un indio jugando al fútbol y haciéndoles esas cositas a los rivales. La de Ardiles fue de película. Pero, ¿cómo se llama ese truco que todos los niños intentaron desde siempre? En Argentina le dicen a esto la bicicleta, y lo que hace Robinho sería la media bicicleta. El nombre final se lo debo al memorioso José Antonio Martín Petón: "Me parece que a eso se le llama la noria", me aseguró por teléfono. Y si no es la noria, le cae perfecto.

El taconazo: Di Stéfano, Savio, Redondo
Un compañero de profesión me contaba hace poco, ufano: "Yo estuve en ese partido en Old Trafford en el que Redondo hizo aquel regate de tacón". Todo el mundo se acuerda: el partido es el que el Madrid le ganó al Manchester United en la Champions de 2000, una exhibición que el público inglés saludó ovacionando al equipo blanco. De camino a la línea de fondo, Redondo se hizo un autopase extraordinario con un taconazo eléctrico, llegó al límite del campo y se la dio a Raúl atrás para el gol. Parece necesario verlo, no basta explicarlo. Hay tanta potencia, decisión y clase salvaje en el regate que las palabras no alcanzan. Savio acostumbra a hacer una pequeña revisión de esa jugada con el talón para cambiar de dirección y salir de la banda hacia el carril central. Luego conduce en libertad. Sin embargo, el juego de tacón siempre tendrá un dueño: Alfredo Di Stéfano. Fue el precursor, el primero que engañó a un portero en España con la espalda del pie: uno de sus goles más famosos, al Valladolid.

La cuerda: Onésimo, Laudrup, Butragueño
Pasarse la pelota de un pie a otro para eliminar a un contrario. Dicho así parece sencillo, pero si usted lo intenta en casa lo más probable es que se le enrosquen los pies y caiga de bruces. Onésimo, el jugador peonza, lo hacía de locura. Enlazaba una cuerda con otra hasta perder la cabeza y la pelota, que en su caso venía a ser lo mismo. Laudrup llevó ese regate a palacio con su elegancia de cortesano. Pasaba a los defensas como si estuvieran compuestos de aire. Pero había de ser Butragueño, con su singular sentido histórico, el que enmarcó este dribling para la posteridad en su remontada de la línea de fondo en Cádiz, el día que debutaba con el Madrid. Miguel Pardeza vio toda la acción en silla de pista y se pasó la jugada pidiéndole la pelota al Buitre para acabar el gol. Pero el niño angelical tenía otros planes. Desde el lateral del área y subido en la cal, Butragueño fue largando cuerda y pasando rivales hasta dejar la pelota en la portería, junto al primer palo. Lo hizo con la misma modestia con la que una madre pone en la ventana un bizcocho recién horneado, para que se enfríe.

Postdata: La rabona no es un regate ni una gambeta, pero si no aparece aquí estaremos olvidando quizás la mayor broma, con el caño, que ha producido el fútbol. Un golpeo (para pasar, para tirar, para centrar) con un pie por detrás de la pierna contraria. Para partirse las rodillas, bah... Las rabonas de Rivaldo, las de Maradona: aquél centro de rabona a Ramón Díaz para el gol. No es un regate, no; pero no incluirla aquí sería de criminales.

30/04/2007 17:27 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 4 comentarios.

El don celestial, el planeta inolvidable

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Somniloquios también puede incurrir en la previsibilidad, como ahora: ¿Usted prefiere el gol de Messi al Getafe o el de Maradona a Inglaterra? Es decir: ¿Prefiere usted El caballero de la mano en el pecho, de El Greco, o La Gioconda de Leonardo? ¿La Quinta o la Novena sinfonía de Beethoven? ¿Start me Up, de los Rolling Stones, o Yesterday, de los Beatles? ¿El Elvis jovencito de las caderas de goma o el seductor adiposo con capa de Las Vegas? Pensémoslo en esos términos. Yo haré algunas consideraciones para abrir fuego. Son demasiado minuciosas, ganas de contar cuántos pelos tiene un coco, pero ¿no es ese es el sentido de un blog? Yo diría que el de Maradona lo eleva el escenario: un Mundial de fútbol, y frente a Inglaterra. La portada de El Gráfico, que reproduzco aquí al lado, refleja el sentido de aquel gol y la victoria; el gol de Maradona frente a Inglaterra conserva la fuerza representativa del momento cumbre de un jugador cumbre. Ese camino aún lo tiene que recorrer Leo Messi. Por lo demás, me asombra la similitud de ambos goles, porque el hecho de que Messi casi reproduzca exacto el gol de Maradona roza lo mágico; un episodio lleno de simbolismo, algo a lo que el fútbol nos tiene muy acostumbrados.

A lo largo de los años, de ver y pensar el fútbol, he llegado a considerar que este deporte posee plena conciencia de sí mismo, de sus propias leyendas, del significado de los mitos, de su necesaria renovación, del influjo extraordinario de los sueños y la posibilidad de repetirlos: por eso permite cosas como ésta; por eso es posible que Messi repita el gol de Maradona. No que alguien lo repita, no, sino que lo haga precisamente Messi: otra vez un argentino, y también en el Barcelona; otra vez un muchacho de cuerpo recogido, y sobre todo el chico al que se le había puesto encima el cartel de Maradona. Por lo demás, los detalles se repiten sospechosamente, como si el gol de Messi y el de Maradona constituyeran dos lados opuestos de un mismo pliegue de la realidad. Veamos... Ambos parten del mismo lado y casi copian el mismo viaje. Los dos se van a festejarlo casi exactamente al mismo lugar del campo, como si existiera una predeterminación trascendental. Tal vez Messi tuviera la idea exacta de lo que acababa de hacer y lo que correspondía. Tengo para mí que la grandeza definitiva de ambos goles está en el regate al portero, que es como una guinda definitiva y diferenciadora. El truco final, el prestigio, como le dicen los magos. Sin esa elección final (pasar al meta y casi meterse adentro) el gol sería un gran gol pero no sería el gol de Maradona, que ya no es tanto un gol como un patrón, un canon, una cima. No sé si me estoy explicando. Si acaso, enlazo aquí a un repertorio de algunos de los mejores goles de la historia, según elMundo.es, que tal vez me ayude, sobre todo con un par de goles de Ronaldo en el Barcelona. Agrego que hay uno de Ibrahimovic al NAC Breda pero de-lo-cos... Y de regalo pongo el de Andrés D'Alessandro a Gimnasia y Esgrima de La Plata, cuando jugaba en River. Pero mi conclusión es ésta: no es igual acabar con un tiro cruzado contra el portero, que dejar al portero tirado en el cruce. O sea.

Eso distancia a Maradona y Messi del resto. Sus dos goles están basados en la explosividad y un poder de repentización casi animal. La velocidad sobre la velocidad. Marchas adicionales, cambios de ritmo que se superponen a otros cambios de ritmo. Por eso dan la impresión ambos de regatear a pocos futbolistas contrarios de camino al gol, porque a los otros no les alcanza para ponerse por el medio. La partida es casi idéntica, aunque esa doble pisada de Maradona en redondo y su salida como un disparo resultan alucinantes para mí. Me gusta el regate de Messi a Alexis (creo que es lo mejor del gol), esa palanquita con el exterior que le mete a la pelota para cambiar de dirección; y me parece más difícil, más ajustada, con menos ángulo, la finalización de Maradona, porque llega al área algo más escorado y el portero inglés le achica mucho mejor: no nos extrañemos, hablamos de Peter Shilton en un caso y de Luis García en el otro. Alguna diferencia tiene que haber.

Así que... el Greco o Leonardo. Jagger o Lennon. O mejor, Lennon o McCartney... En fin, que ahí van los dos goles. El de Maradona y el de Messi. Y los dos juntos, en paralelo, para quien sea capaz de disociar la mirada en dos planos distintos, que los hay. Víctor Hugo Morales aparece inevitablemente, al fondo. Su relato ya forma parte del gol de Diego en México 86 . Antena 3 convocó al célebre locutor argentino para que improvisase un relato del gol de Messi: lo he visto pero no lo encuentro por la red. En el original de Diego, VH decía aquello de "barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar ahí caído a tanto inglés?". En el que le hizo ayer al gol de Messi, crea otra imagen memorable cuando define al Pulga como "satélite del planeta inolvidable". Naturalmente, el planeta inolvidable es Maradona. Como cantaba Calamaro: los dos tienen el don celestial.

20/04/2007 10:57 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 12 comentarios.

El Zaragoza se atreve con todo

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Para regodearnos un poco más, y con escasa vanidad por mi parte, dejo como es costumbre la crónica del último partido. Más que eso me interesa esta reflexión de hoy en AS sobre
La lucha por la Liga: ahora ya somos candidatos reconocibles y, encima, hay acuerdo en que el Zaragoza es el que mejor juega en estos momentos. Naturalmente, eso no nos asegura nada, salvo un relativo orgullo. Yo lo miro del otro lado: no sólo jugamos bien, insisto, sino que sobre todo resulta muy complicado ganar al equipo de Víctor Fernández. Valores fundamentales. Al menos, después de años de aburrimiento y desesperación ocasional nos llega la ocasión de divertirnos durante nueve jornadas. De sentirnos algo. Va la crónica...

Zaragoza, 1-Barcelona, 0
29ª Jornada de Liga
www.as.com 

Rijkaard pasó la noche haciendo restas en lugar de sumas. Su alineación venía a ser una cábala, un amuleto, un cálculo supersticioso que jugaba a invocar la suerte del partido de vuelta de la Copa. Sin Etoo en el campo, repitió la escena: tres defensas y Ronaldinho de nueve. Enseguida resultó evidente que el entrenador azulgrana había llenado el campo no de jugadores, sino de farolas tristes que el Zaragoza pasaba como el tren pasa los postes de teléfonos. Ese error de principio -tal vez de principios- obligaría al Barcelona a caminar todo el partido de espaldas, a jugar el encuentro en dirección contraria, a deshacer el ovillo y acumular una renuncia tras otra. Mientras, el Zaragoza construyó una victoria expresa en un solo gol, pero concebida en múltiples direcciones. Frente a la pálida grisalla azulgrana, jugó al fútbol total (el fútbol que atiende a todo y a todos, y que solventa cada necesidad con un tanto de inteligencia y otro de oficio); con un espíritu elevado y prendido de la inspiración de soñadores infatigables como D'Alessandro y Sergio García.

Fue un guiño poético que el gol de la victoria casi no tuviera nombre, que nadie supiera bien quién lo metió de verdad. Medina Cantalejo se lo anotó en el acta a Diego Milito y eso va a misa, pero... ¿entró sola la inverosímil pelota de D'Alessandro? ¿La acarició Diego en ángulo imposible? ¿O la empujaron a la red entre Puyol y Víctor Valdés? Nada de eso nos importa, en verdad. La lírica de esa mínima ausencia en el relato tiene que ver en el fondo con el merecimiento: ese gol debía ser de todo el Zaragoza. La victoria de anoche le subraya a este equipo que sus sueños son posibles, incluso los más perentorios o los que tienen la forma de una locura. La Champions. O más allá. En realidad, fue el equipo de Víctor el que hizo esa entusiasta proclamación. Y la elevó con un partido redondo como un planeta, como un balón de fútbol.

Cambio táctico
El Zaragoza estuvo en todo y en todo bien. Para empezar, se comportó con una entereza posicional que no ha tenido otros días. Víctor cambió el dibujo a un par de pivotes y tres medias puntas, con el fin de repartir mejor los espacios y plantarle una tupida malla al Barça: con ese plan le anegó todas las vías al campeón, le quitó frescura porque lo obligó a considerar segundos y terceros pensamientos, e instaló a sus figuras en un desmesurado aislamiento. El Zaragoza protegía sin desmayo cada rincón del partido, anticipándose a la pelota y a las ideas: apretaba en el fondo (colosales Piqué y Gabi Milito), en los lados y en el charco del centro. Cuando el Barça empezaba a equilibrar ese ímpetu y parecerse en algo a sí mismo (Rijkaard regresaría en el descanso a la defensa de cuatro), el Zaragoza tuvo la merecida fortuna de marcar. La que no había tenido en su prolija primera parte, cuando D'Alessandro o Diogo o Sergio García o Gabi Milito se aproximaron al gol sin concluirlo. El 1-0 nació en una jugada residual, un saque de banda del que D'Alessandro, el instigador de la noche, obtuvo un centro de posibilidades escasas, un pase de puro escapista tras dejarse rodear. No se sabe bien cómo pasó la pelota ni cómo Diego la alcanzó antes que Puyol y Valdés. Ese misterio, sin embargo, fue irrefutable: no hay quien le discuta un gol al marcador.

La estatura del Zaragoza alcanzó su última demostración en el modo de administrarlo, con la pelota y asustando, con una renuncia decidida a la pasividad. Desde luego el gigante se desperezó, claro. Deco remató una vez contra un César proverbial, y Messi se dejó un gol que negaron a la vez César, Juanfran y Piqué, reunidos sobre la línea en plegaria final. Un empate le hubiera mentido a la noche y al fútbol. De este partido quedan algunas verdades: Etoo sufre lesiones psicosomáticas: un día se quiso ir de La Romareda y ahora no acierta a volver; Rijkaard interiorizó la nostalgia de su goleador en un confuso ovillo; y el Zaragoza lo desmadejó. La hinchada aragonesa acabó el partido cantando su himno y los héroes se marcharon silbando... No soplaban El Puente Sobre el Río Kwai, no. En realidad, su alegre tonada se parecía al himno de la Champions.

10/04/2007 15:59 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

En memoria de Andrés D'Alessandro

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Voy a celebrar el partidazo del argentino el sábado con una semblanza que escribí en AS a su llegada al Zaragoza. Algo ditirámbica, puede ser, pero me interesa recuperarla porque invoca otro misterio sobre el que algunos con pocas cosas que hacer hemos reflexionado en los últimos tiempos: ¿Dónde quedó el D'Alessandro que jugaba como una pulga atómica en River Plate? Sergio López también analizaba el caso el pasado viernes, de forma algo profética, en
Equipo. Su retrato de esta semana se llamaba así: Golpeando a las puertas del cielo. Lo podéis visitar en el enlace y os recibirá encantado, con la mayor cortesía. Mientras, dejo aquel panegírico que le hice a D'Alessandro en su día, un texto que venía a celebrar la memoria del jugador que fue Mandrake en su irrupción fulgurante en Argentina; y la esperanza de que repitiera esas cumbres en el Zaragoza. Las que rodeó frente al Barcelona, el sábado. Como veis, soy un ventajista. De todos modos, hace rato que Andrés está jugando muy bien. Y de paso podemos discutir si el Zaragoza debe quedárselo en propiedad o no...


El mago Mandrake

Al Chacho Coudet le divertía ver cómo lo hacía. Cómo pisaba la pelota, dejándola muerta un instante para mostrársela al rival. Luego la pisaba de vuelta y la ponía en la otra pierna. Después la repetía por el mismo procedimiento, en dirección opuesta. Enseñar, esconder, enseñar, esconder. Cierto día la hizo tres veces en un partido. Tres. Las televisiones repitieron la virguería hasta gastarla y el Chacho se fijó en la cara de los rivales: a todos se les ponía cara de bobos. De ahí surgió el nombre del personal regate: la boba. Empezaron a decirle Mandrake. Como a Trobbiani. Como al mago de cómic inventado por el viñetista Lee Falk en 1934. El prestidigitador Mandrake (atildado bigotito, cabello repeinado) hipnotizaba a los villanos. Andy D'Alessandro hipnotizaba con su ilusionismo atrevido de niño feroz. También a Maradona, el patrón argentino. Y a Pelé: "Es el mejor joven que he visto en Argentina", dijo cuando la sub-20 de Pekerman ganó el Mundial.

Como ocurrió con Messi, D'Alessandro hizo su carrera hacia el estrellato en dirección contraria. Había llegado a River a los 14 años desde el barrio. En la escuela secundaria repartía pizzas. En 1999 Pekerman lo llevó a una gira de las inferiores de Argentina por Inglaterra, y el West Ham se volvió loco: ofreció cuatro millones de dólares. River dijo sí. Luego dudó y cambió la mano. Pidió siete. Andy volvió a casa. Trayectoria inversa: el interés extranjero y el título mundial habían llegado antes que la Primera de River. Luego todo comenzó a ordenarse velozmente. Debutó el 28 de mayo de 2000. El primer gol se lo dio el Burrito Ortega en septiembre de 2001, frente a Estudiantes (3-0) y lo acabó de puntera, sin énfasis, para gritarlo abriendo brazos y palmas, como Tardelli en 1982. A los 21 era capitán de la Banda. Jugó tres años, hizo nueve goles y distinguió su figura en la profusa cantera argentina: cuerpo alargado, la cabeza pelada que le otorgaba cierta eminencia, como un subrayado. Velocidad, explosión, partida desde la izquierda y con la izquierda, y un misterioso sentido de los espacios. Algo de gol, pero sobre todo un fútbol sedoso, de instinto animal, constructivo, muy orgánico. Feliz.

Marcelo Bielsa lo puso 23 veces en la selección mayor. Ganó los Juegos de Atenas  y fue subcampeón de la Copa América. Alguien lo confundió con Maradona, pero eso suele ocurrir. Entonces se lo llevó el Wolfsburgo y Mandrake perdió las referencias, los trucos y la niñez. Su entrenador era Klaus pata de mula Aughentaler, aquel alemán del Bayern que le pegaba a la pelota con rotundidad germana. Dos años y medio en un túnel. En enero pasado River lo quiso repatriar y lo inscribió, pero fue cedido al Portsmouth. Lo quería Harry Redknapp: lo había visto por primera vez en 1999, en la gira inglesa de una selección menor argentina. Entonces Redknapp dirigía  al West Ham. Y aún seguía hipnotizado por lo que le vio hacer a Mandrake.

08/04/2007 21:20 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 21 comentarios.

Diego se olvida la puntilla

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Últimamente tengo el desmayo primaveral o poco tiempo para pensar con frivolidad, el ingrediente básico de Somniloquios. De ahí que a ratos me quede callado, mirando a la pared blanca de este blog sin saber qué decirle. Mientras se me pasa, voy a mirar a otro lado y largo aquí un par de crónicas del Zaragoza en las últimas semanas: el alegrón del Atlético y la rutina de Getafe. Los dos titulares tienen por protagonista a Diego Milito, desde perspectivas diferentes que en el fondo resumen al Zaragoza. Diego marca la estatura del equipo este año por encima de cualquier otro jugador. En realidad, creo que la temporada tiene dos nombres ineludibles: Gabriel Milito y Diego Milito... Con el paso de los días, o con la lluvia, me ha agarrado una cierta amargura porque me parece que no fui justo con Diego en esta última crónica. Titulé con su error frente a Abbondanzieri, que hubiera sido el 0-3 y seguramente la sentencia, y de ese modo autoricé la impresión de que el decepcionante empate lo tenía por responsable. Los titulares implican una inevitable reducción de toda la realidad de un partido; a veces, incluso de toda la realidad. Elegirlos supone un ejercicio algo agobiante de precisión, justicia, encanto, periodismo y razonamiento espacial: en la caja cabe el texto que cabe. La crónica argumenta el partido mucho mejor que el titular. Ya sé que tampoco las victorias lo tienen por único responsable, pero me molesta por Diego... También por Celades, al que juzgué con severidad quizá merecida, pero muy decepcionante para mí. Celades siempre me ha resultado lo que es: un muchacho educado, inteligente y responsable, con ese trato nítido de las personas bien formadas. También un futbolista muy apreciable para el Zaragoza. Ahora no está dando lo mucho que dio el año pasado en un largo tramo de la campaña, así que ese cero me salió del alma... Si es que los periodistas tenemos de eso. 

Por cierto, hace días que quería poner la grabación de YouTube del espectacular final de partido en las gradas con el Atlético: toda la hinchada cantando el himno del Zaragoza durante diez minutos, como nunca lo habíamos oído. Lo recojo ahora: el zaragocismo entusiasmado. No hay mejor modo de alegrarse que ese o una foto reciente de Halle Berry en Madrid, que tengo en la recámara para traerla en cuanto vea la ocasión. Mientras, cuento los dos últimos partidos. Ahí van.

Getafe, 2-Real Zaragoza, 2
Liga, 27ª Jornada
 

Empate decepcionante, tras el 0-2 - El Matador erró el tercero, que era la sentencia - La lesión de Sergio debilitó al equipo - Empataron Manu y Casquero

Casquero ajustó el 2-2 con un martillazo resonante, como si concluyera el montaje de un armario. Y de rotundo que fue el zurdo, ya nada se movió de su sitio. El Zaragoza no aprende a consumar los partidos: autorizó un democrático empate después de tomar una serena ventaja de dos goles. Tal vez no haya que hacer demasiadas preguntas a esa naturaleza despareja, que podríamos explicar por la ley natural, conveniente excusa filosófica: si no le hubieran remontado cinco partidos y empatado otros en los que también estuvo en ventaja, a esta hora el Zaragoza  le llevaría diez puntos a esos advenedizos del Barça. Y, la verdad... no está para tanto. A veces uno incluso tiene la tentación de preguntarse cómo hace para estar quinto, pero entrar en esa duda sería de tontos o de amargados.

El empate parece insuficiente a la vista de las circunstancias de la primera parte o de que viene el Barcelona. Para la relativa amargura que siempre es un empate vale cualquiera de esas dos perspectivas. Una victoria ayer hubiera dejado al Zaragoza en condiciones de manipular un tanto sus necesidades el sábado próximo. Hablamos de un equipo contradictorio, o con varias naturalezas en una misma: su defensa parece implacable, y sin embargo el global del equipo comunica una impresión de condescendencia excesiva, como le ocurrió ayer. A ratos parece que está clasificado muy alto para sus condiciones, y otras veces diríamos que le llega para subir incluso un par de peldaños... A menudo le falta algo en los partidos. Le falta ese poquito más... Ese poquito más que distingue las castas en un campeonato largo como la Liga.

Vayamos al partido. Explicar el fútbol por lo que podría ser y no fue no sirve de nada. Estrictamente, el empate se resolvió en el medio campo. Tanto por las actuaciones individuales, como por la táctica y el cambio que determinó la lesión de Sergio, que tuvo un impacto decisivo en la curva descendente del Zaragoza. Dirigir un medio campo es para Schuster lo que para Napoleón una partida de Risk: lo sabe todo. A Víctor le inquietaba la autoridad que el alemán ha comunicado al Getafe ahí, de forma que puso a Piqué para rellenar los espacios en los que el equipo azul encuentra sustento. De esa negación le salieron dos afirmaciones: una media vuelta de Sergio García (dejada sutilísima de Aimar con la cabeza); más la comba larga y mentirosa de D'Alessandro, que se comió el Pato con toda la guarnición.

Detalles
El foco del partido caía sobre los goleadores, pero habían marcado dos secundarios de lujo. Güiza y Diegol hicieron un partido capicúa: se dejaron al menos un tanto por barba y estrellaron su denodado esfuerzo contra dos centrales soberbios. Alexis expuso un ímpetu muy bien repartido; Gabi ratificó que, para él, los partidos no contienen espacios superfluos. El fútbol es una vida en miniatura, lo que te pasa mientras haces otros planes... Diego erró el tercero al afectar demasiado un toque frente a Abbondanzieri; y luego, entre Diogo y Zapater perdieron un balón que el Getafe usó para una contra y el cabezazo de Manu en el segundo palo. El 1-2. Vino el relevo de Sergio a la puerta del descanso. Entró Celades y Piqué fue atrás.

El Getafe supo disponer muy bien de esa ventaja imprecisa, encarnada en el crecimiento de un Casquero que acabó de capitán general. El choque se hizo fútbol pendular y descarnado, abierto, y acabaría subrayado por una cortina de lluvia poderosa. Antes, Alexis sacó en la raya un gol de Sergio y luego César le quitó otro a Alexis. Agitación, juego subterráneo, tobillos rascados. Pérez Lima, desaforado con las tarjetas en la primera parte, se las guardó cuando más falta hacían. A esas horas Casquero ya había hecho suya la plaza. En uno de sus autoritarios avances miró al frente, midió ángulos y fuerzas... y pegó el martillazo. A toda la escuadra. Luego se puso a llover una lluvia escrupulosa y los dos equipos se resguardaron un tanto. Quedaba mucho rato para ganar y también para perder. El empate servía para negar al menos una de esas dos posibilidades.
03/04/2007 14:05 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Diego sopla las velas

Real Zaragoza, 1-Atlético, 0
Liga, 26ª Jornada

El Zaragoza celebra sus 75 años a costa del Atlético - El gol del argentino acerca la Champions - Hubo más patadas que juego - El campo reventó de júbilo

Zeus raptó a la bella Europa oculto en la forma hermosa de un toro blanco como el alba, como aquél que aliñó Antoñete, torero de Madrid, en su más célebre faena; toro blanco como Diego Milito, que en la única jugada de la tarde le interesó al Atlético la femoral y lo que cuelga en los alrededores. Podría ser, si pensamos que el partido mezcló mucho huevo y poco fútbol, lo que hizo que saliera desleído y blandito, como sin molde: el Zaragoza, en una entrega desesperante de la pelota y los espacios, y el Atlético en una versión deprimida de sí mismo, la de los domingos pares. Ese gol, ese golazo de Diego Milito supuso una rotunda obra de arte en medio de un encuentro de trazo grueso, un retablo de frustraciones diversas, con los artistas hechos aire: Aimar, Torres, Agüero... Nada.

La tarde parecía liviana y primaveral, pero los jugadores se pusieron trascendentes enseguida, y en el fútbol la trascendencia adquiere formas singulares: como boxeadores arteros, los dos se buscaron las zonas blandas. Los fuertes golpearon a los débiles. Sergio le rascó los tobillos a Gabi, Pernía empató en la tibia de D'Alessandro, y Diogo pegó a pares, una a Jurado y otra a Pernía. Cuatro tarjetas en 23 minutos. Luego la cosa se remansó pero, con esa apertura, el Zaragoza había mostrado ya su arista cortante, inesperada en los equipos generosos con el juego.

Cinismo
El Atlético tenía un central portugués y otro brasileño, relativo exotismo del que cualquier clásico podría desconfiar. El gol nació precisamente en una salida de zona de Eller, que Diego interpretó con un desmarque formidable en cuanto el Atlético extravió esa pelota. Su carrera hasta el gol fue el principio y el fin del choque. Fue partido no sólo de un gol, sino de una sola jugada. La victoria significa un cierto secuestro de Europa por parte del Zaragoza, que el estadio festejó cantando el himno a pulmón durante 10 minutos, algo nunca visto en una tribuna que mide sus pasiones y vive siempre lindando con el escepticismo. Ese entusiasmo no tenía que ver con la forma (uno recuerda más patadas que fútbol), sino con la circunstancia y el balance: el Zaragoza se aproxima a la Champions a 11 jornadas del término del campeonato; aleja a los insurgentes Getafe y Recreativo; y deja al Atlético en abierto interrogatorio ante el espejo. No es sólo que el Atlético perdiese un partido de cuatro puntos; es que se dejó parte de su autoestima, factor que en un equipo volcánico como éste no se puede desdeñar.

El Zaragoza disputó Europa con el mayor cinismo del que fue capaz. Dejó hacer al Atlético y el Atlético no supo qué hacer. Aguirre no estaba seguro de tener la palabra precisa. Apretó a su gente por dentro, tal vez al considerar que ni D'Alessandro ni Aimar son futbolistas de banda. Pero la cuestión radicó en la incapacidad atlética para variar su velocidad o el gesto según conviniera. Ni siquiera dio impresión de peligro cuando el Vasco, apremiado por la creciente sensación de derrota, juntó a Torres, Galletti, Mista y Agüero. De su futilidad lo rescataron apenas Luccin, lebrel concienzudo, y algún detalle culebrero de Galletti y Jurado por afuera. Reunión insuficiente para decidir nada. Ni siquiera la pérdida de Gabi Milito en el descanso evitó la sensación de que el Zaragoza tenía al Atlético bajo control.

A Aguirre le pareció que la derrota había sido injusta. Si acaso, habrá que convenir que su equipo  no fue tanto víctima de la injusticia como de una justicia borrosa y débil, apenas categórica. Puede que esto no sea sino un retruécano semántico, pero es que el Atlético estuvo para no merecer siquiera esa mínima concesión. El Zaragoza se pasó el lastimoso segundo tiempo entregándole el balón e invitándolo a colarse en la fiesta. Nadie atendió. Al final, todos sabemos que en los cumpleaños sólo hay un tipo autorizado a soplar las velas. Los demás miran y si acaso prueban el pastel. Sopló Diego Milito y avanza el Zaragoza con el velamen inflamado. Si la justicia tiene que ver en el fútbol con el establecimiento irrefutable de una diferencia, la única diferencia la hizo Diego Milito. Lo demás fue todo igual. Nada.

03/04/2007 13:51 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

El extraterrestre caníbal

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El cerco se estrecha alrededor de la prematura retirada de Ian Thorpe. ¿Era un fraude el Torpedo? Mientras se resuelve esa acusación lanzada por L'Equipe, la natación nos concede la posibilidad de otra quimera: este ojo de pez encuentra a Mike Phelps en el día en el que, precisamente, ha empatado los seis oros en un Mundial de Ian Thorpe. La foto me gusta tanto que con ella vuelvo a celebrar al nadador americano, el muchacho extraterrestre que persigue los siete oros de Mark Spitz en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Santiago Segurola acaba de proclamarlo el mejor de todos los tiempos: El Caníbal.

La placa es de François Xavier-Marit, de AFP Photo.

01/04/2007 00:44 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

La mariposa Phelps

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De haber podido elegir, como periodista me habría encantado escribir de atletismo, de boxeo y de natación. Lo he hecho sólo de forma ocasional, pero me fascinan. El boxeo, por su terrible épica, por los personajes, por las tramas. No es raro que haya sido uno de los deportes más visitados por el cine y por algunos de los escritores modernos más potentes. Respecto al atletismo y la natación constituyen, para mí, los más puros y bellos, los que recogen esta esencia: la lucha contra los propios límites, contra los límites del organismo, del cuerpo, de la mente. Diré esto mismo de otra forma algo más burda. Si un día tuviera un hijo, preferiría que le gustase practicar, por este orden, el atletismo, la natación, el baloncesto, el waterpolo, el rugby y el balonmano. He conocido muy de cerca a gentes que practican esas disciplinas o las he frecuentado yo mismo, y el ambiente siempre fue extraordinario, de formación, compañerismo, competición bien entendida, bravura, coraje y esfuerzo. El tenis también, aunque lo tengo por un juego de demoledora exigencia psicológica. ¿El fútbol? No lo querría... Yo me fui del fútbol porque no soportaba el ambiente que lo conforma; y no digo que lo rodea, digo que lo conforma. El fútbol es magnífico arriba, en las élites; pero en los periodos de formación me parece un juego envilecido.

La otra mañana me la pasé viendo nadar a Michael Phelps (y a los demás) en los Mundiales que se están celebrando en Melbourne. Australia es territorio de nadadores y cocodrilos: aunque parezcan realidades correlativas, no se trata de eso. Pero hay una larga tradición y una cultura que celebra el agua como medio natural. Un australiano aprende a nadar casi como aprende a andar. El vasto centro del continente es un desierto rojo y pedregoso, recorrido por dingos, canguros, wallabies y reptiles; la población se reúne en las costas, sobre todo en la suave costa este. Hay tanto territorio marítimo que los australianos tuvieron que apoyarse en Estados Unidos durante la Guerra Mundial para que las poderosas flotas yanquis protegieran su litoral; así que luego muchos australianos debieron servir años más tarde en Vietnam, como dramática contrapartida. Mucha gente aún recuerda la atroz lotería de nombres en la televisión nacional australiana: así se reclutaba a los soldados. Salía tu nombre por televisión, te ibas a la selva a hacer la guerra contra el charlie; aquí, sale tu nombre en televisión y hay un teléfono de aludidos; o bien ahora te convierten de adefesio acomplejado en adefesio tetudo. Libre de complejos.

Mike Phelps es americano y está triunfando en Australia, la tierra de Oz. Le tributo este pequeño homenaje con una foto hermosísima de su esfuerzo en los 200 mariposa, una carrera fascinante que vi en directo y en la que Phelps bajó alrededor de tres segundos su anterior plusmarca. Un bocado brutal, inhumano. La progresión de Phelps en los cuatro largos resultó incomprensible: su modo de sobreponerse al supuesto abatimiento del esfuerzo, la potencia creciente, la competitividad para enfrentar a sus contrincantes cuando le apretaron en el paso por el 150... Un nadador excepcional, en todos los órdenes. No me da tiempo a admirar lo suficiente a los nadadores: Michael Gross, el Albatros, por ese nado longilíneo, armónico y deslumbrante; Salnikov, Popov, Klymt, Thorpe, Van Elmsick, Klochkova, Van den Hoogenband, Manaudou, López Zubero, Hackett o Peirsol (lo acaba de destronar de los 200 espalda el americano Ryan Lochte, segundo tambien en los 200 estilos tras Phelps)... Olvido a muchos. Se les olvida rápido porque la regeneración es indetenible. Aún estamos a tiempo de ver a Phelps: tiene 21 años. Me pregunto cuánto durará. Dejo una bella imagen para mirarlo despacio.

30/03/2007 15:58 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

¡Árbitroooo, la horaaaaaaaaaaa!

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Cuando uno trabaja diariamente al lado de un equipo profesional y antes ha jugado al fútbol de crío, descubre que muchas cosas han variado o se hacen de modo desconocido a como se hacían antes en el ámbito amateur; pero también se advierte que otras muchas son exactamente iguales. Los futbolistas, por lo general, se comportan esencialmente del mismo modo en un equipo cadete y en uno de Primera División. Al final, se trata de jugar. En algunos lugares, la tecnificación aún no ha despedido algunos rudimentos. El otro día, en Glasgow, me emocionó un poco redescubrir una vieja fórmula de entrenamiento de cuando éramos niños en todo un Celtic de Glasgow: antes de empezar el partido, el segundo entrenador se ponía al borde del área y todos los jugadores en fila en el medio campo. Cada uno con una pelota. Se la tiraban en perpendicular al otro, éste devolvía la pared, y los muchachos disparaban a portería. Bendita ingenuidad.

A lo que vamos... Cuando de chicos jugábamos al fútbol, esa frase del titular era el grito de de los últimos minutos de un encuentro apurado, en el que teníamos los huevos por corbata y ya no había forma de parar a los contrarios, que se venían por todos los lados. "¡Árbitrooooo, la horaaaaaaaaaaaaaa!". Y fórmulas parecidas. Así terminó España el partido. España 2 Dinamarca 1. Y un hilillo de mierda corriéndonos muslito abajo: a los defectos que ya han hecho callo se van añadiendo otros. El más notorio de esta noche, una preocupante ausencia de carácter y confianza, al punto de que la Selección no ha podido sujetar en el Bernabéu a un rival mediocre, con diez jugadores desde el minuto 19 y un 2-0 en contra en el descanso. Ha marcado Morientes, el que no valía para el Mundial y que ahora juega en lugar de Fernando Torres, que era nuestra bandera en el Mundial. Y David Villa, el querido Guaje, que por lo visto sólo se ha hecho bueno una vez que ha llegado al Valencia. Cuando jugaba en el Zaragoza aún no era lo suficientemente bueno para ser titular en la Selección, aunque ya metía 15 goles por año... Por cierto que se pasó el Mundial saliendo cambiado en la segunda parte, con esas sustituciones preconcebidas tan habituales. Hoy, lo mismo.

La Selección de Luis Aragonés es una castaña roja, como esas castañas de mazapán recubiertas de caramelo encarnado que comíamos hace años. Pero sin ninguna gracia ni sabor ni dulzura. Alguien debería pedir la hora de verdad, y que este hombre dejara ya el puesto; y de él hacia arriba, hacia los lados e inmediatamente por debajo, todos. Los principales, quiero decir. Iñaki Sáez y todos esos... Por menos de lo que hace Luis, a Clemente lo tenían frito, demonizado y perseguido en tres cuartos de la prensa nacional. A Luis le pasan la mano por el lomo y bueno, oye, mira, lo importante era ganar y seguimos vivos... Y dale.  Que siga muchos años. Ya le ganaremos a Islandia, otro rival de agárrate que vienen curvas. Björk y algún Gustaffsson que seguro que habrá. Sugar Cubes. Islandia. Y luego Letonia. Otro hueso. Y Suecia. E Irlanda del Norte, que ya nos ganó.

Bueno, no sé, que hagan lo que quieran. A mí lo que me interesa es el Zaragoza. Luis no es aragonés.

25/03/2007 00:55 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

El escurridizo Jimmy Johnstone

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He hablado de Jimmy Johnstone, el futbolista más grande que ha tenido el Celtic de Glasgow. Falleció en 2006, víctima de una enfermedad neuronal que afectaba a su capacidad motriz. Jinky Johnstone (el escurridizo Johnstone, podríamos traducir: jinky era su apodo, jink es algo que se mueve con velocidad y cambiando constantemente de lugar y dirección), era un prodigio de velocidad con la pelota -maravillosas conducciones en vertical, el cuerpo avanzado, el centro de gravedad bajísimo, y el balón llevado como con un obediente cordel de goma elástica-; Johnstone tenía la velocidad y su compañera inevitable y necesaria, la pausa, el fútbol que a veces era un meandro y luego un torrente; el cambio de ritmo; una eléctrica variación de las direcciones; aún más, tenía la imaginación de la sorpresa, la llegada, el cabezazo y el disparo. Su figura emergía como una rareza en medio del musculoso paisaje británico. Se comportaba como lo haría un librepensador atrevido y naturalmente ingenioso. Era quizás un George Best con el cabello del color de la paja. Me emocionó el homenaje de Celtic Park, el día que estuve allá y el Celtic jugaba con el Rangers.  Luego he pensado que la muerte constituye una enorme paradoja, y a veces subraya desacuerdos tan evidentes con la vida como éste: que a alguien así, que se movía por el campo con la agilidad de un mosquito, lo aguardase -oculta en lo más recóndito del cerebro- una enfermedad que lo acosaría hacia una inmovilidad creciente. En YouTube he encontrado este homenaje a Jimmy Johnstone, que reúne alguna de las cosas que más me gustan de Glasgow: la música, la nostalgia irlandesa, el fútbol, el sentimiento.

Johnstone interpreta Dirty Old Town, clásico irlandés, acompañado por un señor de frente despejada y diminutos ojos: es Jim Kerr, el que fuera (puede que aún lo siga siendo) cantante de los Simple Minds. La letra cambia en la segunda estrofa, la de Kerr: "I heard a whistle / coming from the dark / I saw Jimmy Johnstone / setting the night on fire..." ("Escuché un silbido que venía de la oscuridad / y vi a Jimmy Johnstone incendiando la noche..."). El fútbol no se suele oír, pero la maraña informe del partido contiene estos sonidos: un silbido que señala un desmarque y pide la pelota, el pase y un futbolista de rulos desordenados que escapa como una luz e incendia la noche. Quizás Jinky Johnstone...

También he hablado antes de Aidan McGeady, el ala izquierdo del Celtic. Parece que no he sido el único que le ha encontrado un relativo parecido con Johnstone; desde luego, parecido muy generoso con McGeady, que no puede ni descalzar al siete de los Leones de Lisboa: así se conoce al equipo que dirigía Jock Stein y que ganó la Copa de Europa en 1967 al Inter de Milán (2-1) en la ciudad portuguesa: el primer campeón británico y el primero no latino. En este brioso montaje podemos ver a los dos: Jimmy Jinky Johnstone y Aidan McGeady.

La foto me gusta por vieja y por simple. Johnstone elevado por un compañero, brazo recto y puño apretado arriba, su celebración preferida.

23/03/2007 12:37 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 4 comentarios.

Simplemente Wolff

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Traigo al frente con entusiasmo un comentario dejado en Somniloquios este martes por Quique Wolf, a propósito de El misterio Aimar, el artículo que escribí en noviembre para MediaPunta sobre Pablito y su circunstancia. La razón no es tanto el comentario en sí mismo como su autor. ¿Quién no conoce a Quique Wolf? Quique fue jugador de fútbol entre finales de los sesenta y hasta 1981, más o menos; lateral y defensa libre que partió de Racing de Avellaneda (como Diego Milito), y luego pasaría, entre otros, por el Real Madrid, River Plate, Argentinos Juniors o la selección de Argentina en el Mundial de 1974. Después inició una fructífera trayectoria en el periodismo deportivo que dura hasta hoy, cuando es el afamado presentador de Simplemente Fútbol, programa deportivo de la cadena norteamericana ESPN en Argentina. Además, sostiene una escuela de periodismo deportivo por la que me voy a interesar... Un poco en consonancia con la modesta perspectiva de su programa en la tele, Quique Wolff hace esta reflexión acerca de mi artículo:

"Hola Gente, les comento que no hay más misterio que el del fútbol mismo. Pablito es Aimar y el Fútbol es simplemente Fútbol".

Yo creo que, sin querer, me dio el título que debió tener el texto... y puede que aún lo aplique en alguna crónica futura: Pablito es Aimar. Ahí está. No hace falta decir más. Lo explica todo.

Pd.: Le disculpo la publicidad del programa a cambio de este espacio de autobombo para Somniloquios y, sobre todo, el atardecido hombre que lo sostiene.

[Foto: Quique Wolff, en una visita a España, junto a Santiago Solari, Ronaldo, Roberto Carlos y el madridista Maradona].

08/03/2007 00:45 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 3 comentarios.

Gerrard and the Pacemakers

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No hay casualidad en las casualidades. En los años sesenta, Gerrard Marsden tenía un grupo en Liverpool llamado Gerry and the Pacemakers e hicieron famosa la versión de un tema del musical Carousel, titulado You'll Never Walk Alone, compuesta por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, e interpretada por Christine Johnson. Cuando Gerry la asoció al Mersey Beat y la grabó -¿quién no tenía un grupo en los años sesenta en Liverpool o en los ochenta en Manchester?-, los aficionados del fondo Spion Kop del estadio de Anfield (nombre en homenaje a una colina conquistada por soldados británicos en la guerra de los bóer en Suráfrica), la adoptaron para ellos. No era raro. De Liverpool salía en esos días la música hacia el mundo. Hay un emocionante documental del programa Panorama, de la BBC, en los años sesenta en el que los seguidores del Liverpool se aprietan en las gradas del Kop cantando a coro en multitud She Loves You, de los Beatles. En esos días se metían 28.000 personas sólo en ese fondo y eran estrictamente un solo cuerpo, de tan apretados que estaban: se movían juntos, en un oleaje de carne que amenazaba la tragedia. Aquel partido del documental fue un 5-0 al Arsenal con el cual el Liverpool dirigido por Bill Shankly ganó la Liga inglesa. Cuando ganaba un título, Shankly siempre vestía una camisa roja bajo el traje; y al caminar hacia el centro del campo para saludar, rodeado de fotógrafos, con deleite se sacaba la americana, la ponía en su antebrazo y la multitud enloquecía al verle la camisa roja. En 1994, cuando el Kop fue demolido para construir una grada de asientos, hubo un homenaje a todos los grandes de la historia del club. Joe Fagan, el último entrenador antes de Rafa Benítez en darle una Copa de Europa al Liverpool, salió al césped del brazo de las viudas de Bill Shankly y Bob Paisley, los iniciadores de la saga. El Kop estalló en su grito preferido: "Shankly, Shankly, Shankly, Shankly, Shankly...!". Hey, hey hey... Caaaalm down, lads! (clásica broma con acento scouser).

No hay casualidad en las casualidades. Gerrard Marsden y Steve Gerrard. Gerrard and The Pacemakers incendiaron el Camp Nou anoche. Tomás Guasch me decía la otra tarde que él veía venir el hundimiento frente a los reds, la derrota posterior en la Copa y el derrumbe absoluto, general e indetenible del Barcelona de Rijkaard. El final de un ciclo. Todo lo que acaba, acaba mal, canta Calamaro con su coherente simplicidad. Gerry y sus Pacemakers (Bellamy, Kuyt, Riise, Xabi Alonso, Reina) tienen al Barça en el cadalso. Vamos a ver cuánto aguanta un equipo en el que todo el mundo habla de los que no están más que de los que están. En el que Rijkaard deja con el culo al aire a Etoo, Etoo insulta a Rijkaard y Ronaldinho, luego viene el beso de Judas, más tarde Deco deja claro en qué bando está al darle la bienvenida a Messi, Rijkaard niega que se vaya a marchar al final de la temporada... Y mientras Silva, Villa y los Pacemakers van poniendo bombas. Todo el mundo sabe que habrá salidas, que ya no pueden seguir juntos. Etoo, Rijkaard o Ronaldinho. Alguno se irá. Los que están cerca dicen que será Etoo y, es más, sospechan que se irá al Real Madrid. Lo pueden decir con la boca pequeña, pero esa posibilidad es la más coherente con un tipo como Etoo. El Madrid o la Liga inglesa, creo yo. Tomás siempre tiene razón.

Vi al Liverpool cargarse al Barcelona. Aún a medias, pero suficiente para un equipo que arde en lenta combustión hace tiempo. No supe qué sentir, porque el Liverpool y el Barcelona son los otros equipos de mi infancia y primera adolescencia. Les tengo una consideración especial: para Andy, soy un bloody scouser, un maldito Liv'pool fan. Entre el Madrid, el Bayern Munich y el Liverpool, que en los años setenta marcaban el canon, yo preferí el Liverpool. Luego vendrían los Beatles y todo lo demás (siempre gracias a Gonzalo), la anglofilia y la visita a Anfield y todo eso. En el 95, cuando vivía en Londres, vi a John Barnes pegarle un balonazo de horror a mi chica en la espalda en un partido en el campo del Chelsea. Para un día que la llevo al fútbol... Yo consideraba que un balonazo de John Barnes podía ser algo honorable, pero a la pobre la mató. Llovió toda la tarde y el Liverpool perdió. Más adelante, en Highbury, lo vi ganar 0-1 y cantamos el YNWA en las gradas del Arsenal. Mimetismo divertido. En la televisión, al principio, eran siempre Rexach y Terry McDermott. Urruti y Ray Clemence. Maradona y Steve Heighway. Asensi y Emlyn Hughes. Víctor Muñoz y John Barnes. Krankl e Ian Rush. Cruyff y Kenny Dalglish. Sobre todo Cruyff y Dalglish.

Villa los preparó para lo que viene. Gerrard and the Pacemakers les dieron anoche la segunda tunda. La tercera se la preparamos nosotros para el miércoles. Voy a ponerme para ese partido la camiseta ceñidita de César Láinez y encima una del Liverpool de los sesenta. Y si con eso no basta para mandarlos a la cuneta... ¡que vuelva Yordi!

22/02/2007 11:01 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 9 comentarios.

El Príncipe hace justicia

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Real Zaragoza, 1-Villarreal, 0
23ª jornada de Liga
 

Hay partidos que nacen muertos y uno no los arrancaría ni con aquellas palancas de los Ford descapotados de 1903. Hay otros que parten bufando nada más comenzar, echa a rodar la pelota y se esparce por el campo una alegría juvenil, un desenfado sesentero, un verano del amor que florece incluso bajo la fina lluvia que dejó la tarde. El de ayer fue de esos. El día había sido tan bonito en Zaragoza, tan primaveral y desustanciado para el mes de febrero, que conforme cayó la tarde se vino abajo y de puro hermoso resolvió diluirse en agua y viento. Sin embargo, el Zaragoza se había empapado del día y jugó un encuentro de pura delicia, hecho de detalles como puntillas y de un fragor creativo que repartió en dosis casi exactas durante casi todo el choque. Diríamos que uno de los mejores del año, aunque el resultado se le quedase apretado por culpa de la portentosa actuación de Barbosa. Otro portero que sale consagrado de La Romareda.

 El sufrimiento final no tenía sentido, no contaba la verdad. El Zaragoza se hartó de jugar con generosidad y alegría, pero el marcador no le correspondió. El marcador estaba dormido o lo anestesió Barbosa con ese recital en el que puso un repertorio más largo que el de los Rolling. Barbosa, con la sombra de Viera al fondo, se hizo un partidazo para el recuerdo, para ponerlo en un marco sobre la televisión de sus papás, allá en Avellaneda. Le robó el protagonismo a Cani y a los demás, y eso que a Cani cada cual le dijo lo que le vino en gana. El Niño tuvo un regreso algo ensombrecido. Lo mejor del Villarreal fue Pellegrini, que  vestía abrigo largo azul marino con el porte que los hombres de cana prematura le otorgan a cualquier prenda. Parecía que se hubiera salido de una boda para ir al partido, como en Días de fútbol... aquella película tan triste. Se despidió de los novios y puso a Tomasson arriba con José Mari, que se había estirado el pelo en el vestuario con alquitrán y una coleta. Tenía el aspecto hombruno de un bailaor, pero Sergio y, sobre todo, Milito, no le permitieron ni medio taconeo. En la primera parte largó un par de tiros desde fuera del área que le dibujaron un paréntesis a la portería de César. Primero comba a la derecha; luego, comba a la izquierda. Y en eso se quedó, aunque daban ganas de jalearlo a olés.

El fútbol arrancó pronto. Caía la lluvia de medio lado y caía García hacia los lados. Sergio es la palanca en cualquiera de sus acepciones: levanta a los defensas rivales y pone en marcha el motor del equipo. Salió un par de veces por cada flanco y en siete minutos ya le había forzado una amarilla a Quique Álvarez, que se comió la media vuelta de trilero de García al borde del área y se pasó el partido girando para cualquier lado. Tuvo la misma precisión y autoridad en sus decisiones que una peonza. El Zaragoza, animado por el entusiasmo del muchacho, entró a jugar como una máquina encelada. Agarró la pelota y la hizo suya para repartir fútbol por todos los lados con brocha cuidadosa. El medio campo era lugar de paso, frontera veloz al ataque, y Sergio se empeñó pronto en el gol. Barbosa se lo impidió dos veces y anunció lo que sería. Una de cabeza y otra por abajo. También a Gabi, que entró a cabecearle una vez como si midiera dos metros y medio. La picó abajo y Barbosa la manoteó. El Villarreal no llegaba. Forlán comía chupa-chups en el banco. La única parada de César fue a Tomasson en el minuto 9. El danés anduvo somnoliento. César le interpretó el tiro mucho antes, como si se lo hubieran pasado por televisión la noche anterior.

Barbosa, sin embargo, se robó el partido, como ha ocurrido ya con varios porteros en La Romareda. En algún punto se puso palomitero, pero por lo demás hizo un partidazo memorable. Las sacó a  todas las horas, en la primera y en la segunda mitad. Lo batió apenas un tirito de Zapater al palo. Últimamente Zapater se descuelga hacia arriba con alegre frecuencia.  Ayer lo hizo él y también Movilla, que visitó la frontal del área con un vigor emotivo. A la media hora de juego, Zapater apareció en el lado derecho y se escapó de dos rivales con el timo de la estampita. Enganchó con D'Alessandro y pisó el área buscando la devolución, llevado por una inercia ventajosa. Se encontró a Senna y le recortó hacia fuera, para quedar en un difícil equilibrio desde el cual se las arregló y remató blando con la zurda. La pelota tocó a un defensa y salió rasa, abriéndose lejos de la estirada por abajo de Barbosa. Tocó el palo y, cuando se iba , apareció Diego Milito con el aparejo de cazar mariposas. El Príncipe había seguido el vuelo bajo de la pelota y embolsó a la papallona en la redecilla. Van quince. Los mismos del año pasado en toda la Liga. Y quedan quince partidos. O sea.

La verdad es que el partido no cambió nunca. Fue raro porque fue un partidazo resuelto con un gol de oportunista. Lo tuvo siempre el Zaragoza en los pies, por más que Pellegrini buscó soluciones en el Loden marino. Quiso agitar el choque con Marcos primero y después con la reunión de Forlán, Guille Franco y José Mari, pero el Villarreal no varió sus constantes lo suficiente para comprometer el dominio del Zaragoza. Por más que en el último tramo la inquietud fuera inevitable, la diferencia gigante que estableció el juego resultó evidente en cada minuto: el Zaragoza jugaba a chorros, con una fluidez y un impulso irrefrenable. Nery le ayudó mucho en el último tramo. Al Villarreal le costaba un mundo armar algo de juego que culminase en peligro. Se pasó la noche dándole a la palanca del Ford de 1903. Otra cosa es que, con un exiguo 1-0, un gol viene de cualquier lado y todo huele a desastre. Diego había podido cerrar el partido pero Barbosa le hizo una parada de otro tiempo, de otro lugar, de otro planeta. Él había sido el único obstáculo entre la gloria del juego y la del resultado. Guille Franco tuvo el empate en el alargue, pero remató fuera con ímpetu. Se ve que es un chico con sentido de la justicia.

Diario AS, 18 de febrero de 2007
www.as.com

18/02/2007 20:28 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Yo soy el Diogo

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El otro día le oí a alguien preguntarse para qué iba a pagar tres millones de euros el Zaragoza por Diogo, si tenía a Chus Herrero. A veces los periodistas decimos cosas increíbles. Desde luego que debe haber una cierta discriminación positiva con los futbolistas de casa. Es justo que sea así. No sólo eso: además se hace necesario por motivos de identidad y de estrategia financiera del propio club. Durante años una buena parte del problema consistió en la discriminación positiva centrífuga, reservada para mediocres jugadores que venían de fuera. Hay que querer y cuidar a los chicos de casa, pero juzgar el conjunto con severidad. Hace años se decía: "¿Para qué quiere el Zaragoza a Fernando Cáceres si tenemos en casa a Pedro Fuertes?". Para nada. A Cáceres no lo queríamos para nada...

Ha vuelto Diogo y ha vuelto para ganarle al Barcelona, victoria que de un tiempo a esta parte me produce un gusto especialísimo. Soy un converso. Debe haber algo patológico en todo esto, porque a mí siempre me ha gustado (en algunos momentos, mucho) el Barcelona. Esa pasión adolescente cedió después bastante, y desde hace tiempo cada vez disfruto más cuando le gana el Zaragoza. Debe de ser una censura de mí mismo, una penitencia por pecaminoso. Me da más gusto derrotar al Barça que al Madrid, y mira que me gusta que al Madrid le gane cualquiera... Parece que el Barcelona anda algo extraviado últimamente, con un cierto agotamiento que se manifiesta con claridad en los partidos decisorios. Pero yo no enterraría el modelo todavía. Eso sí, el Barcelona no puede pretender sostener su dominio en el favor arbitral (que le ayuda mucho, a veces no tanto como se dice y otras bastante más de lo que se dice...) y en fichajes como Ezquerro o Gudjohnssen. El Madrid se está deshaciendo sí, y no puede llegar muy lejos: ayer hubo un "va fan culo" de Guti a Capello que explica casi todo. Pero controlar a la España de las autonosuyas requiere mucho más, que aquí nadie se chupa el dedo. El duelo ya no es sólo contra el Madrid. Para ganar en Europa, no hay ni que hablarlo. En Rijkaard, el hombre es el estilo, pero un estilo no hace a un entrenador. Está lejos de ser un técnico preclaro o infalible. Convengamos en que uno no se puede equivocar demasiado con plantillas como éstas, pero hay pequeños errores más o menos decisivos. El largo empeño de Rijkaard contra Saviola lo deja claro. Ahora me resulta rara esa tendencia a utilizar a Iniesta de falso extremo derecho, en lugar de Giuly, un futbolista que entiende el juego de forma estupenda sin la pelota y que es directo como un rayo de luz con ella. Una cosa es la bomba adolescente de Messi y otra el niño de Los Otros. Su inteligencia está para otra cosa: ahora que había cruzado el Rubicón de todos los centrocampistas modernos y estaba metiendo goles, lo envían a la Siberia de cal. Esa decisión la tengo por una concesión excesiva.

El Zaragoza está mejor de lo que nosotros mismos nos pensamos o queremos admitir. Se le juzga con un celo excesivo, cosa que no es nueva por aquí. Creo que, a falta de otras virtudes y de la claridad del gol, pone en el campo dos méritos básicos: una seguridad defensiva que no conocíamos en los últimos años (y dos laterales formidables en su incorporación al ataque), más el esfuerzo generoso y solidario de todos los jugadores de arriba. De D'Alessandro, de Sergio García y Diego Milito, de Óscar ayer y Lafita otros días... Tenemos al Zaragoza por un equipo bonito y olvidamos estas otras virtudes, que tienen bastante más importancia que la pura estética. Al Zaragoza le falta ahora mismo juego en el medio. Zapater, sobre todo sin Celades, debería querer más la pelota y jugarla con mayor sentido táctico: tenerla, conducirla, sobarla, darla o guardar... Ha de dar ese paso, controlar más el tiempo, manejar el partido. Zapater no puede ser un jugador de paso, más aún si no está Celades. Al equipo le falta un gran centrocampista, porque Celades anda en la temporada de que no. Y Piqué hace lo que puede en esa zona: el domingo pasado, con el Deportivo, en algunos momentos se sintió tan incómodo como un flamenco en un campo de minas.

El fichaje de Gustavo Nery no va a añadir a un futbolista espectacular o decisivo, pero sí agregará al Zaragoza alguna posibilidades muy importantes. Primero, un recambio para Juanfran, que por cierto lleva aguantando con cuatro tarjetas desde la visita a San Mamés, a finales del año 2006. Segundo y sobre todo, la posibilidad de que Víctor lo use como volante por la izquierda y eso libere a Aimar hacia el medio. Aimar tiene problemas para interpretar la transición que tan bien hace y tanto le gusta. Si parte desde la banda en el medio campo, se ve obligado a conducir en exceso para tomar el carril central, donde él verdaderamente se pone peligroso, compromete a los defensas y activa esa capacidad de repentización para el pase o el disparo. Lo mejor de Aimar este año lo hemos visto en sus visitas a ese carril. Han terminado con pases de gol o con disparos propios de media distancia. No sería raro que con Nery el Zaragoza revisara su dibujo. Habrá que verlo. Mientras, hay tiempo para rumiar la victoria de ayer, siempre gustosa, y prepararse para la vuelta, que no será moco de pavo. Y enderezar el camino en Montjuïc, si puede ser. El Espanyol sin De la Peña, sancionado, no tiene el mismo vuelo. Y no creo que esta defensa le vaya a permitir a Tamudo el despliegue de la final de Copa.

Y sí. La victoria de ayer hizo un magnífico día, para qué engañarnos. De las cosas menos importantes de la vida, el fútbol quizás sea la más importante de todas.

01/02/2007 10:32 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 2 comentarios.

Los sitios de Zaragoza

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Campeonato de Liga, 19ª Jornada
Zaragoza, 0-Recreativo, 0

El Recre sobrevive a un largo asedio - Aimar y todos chocaron con López Vallejo, enorme - Uche, Guerrero y Sinama pudieron matar - El equipo sigue sexto

Durante 20 minutos desesperados, emotivos por la belleza que adorna a la voluntad, Pablo Aimar se echó a su equipo a la espalda y lo llevó hasta donde pudo, jaleado por una grada febril. El partido no se había parecido a lo esperado. En su avance hacia Europa, los dos equipos eligieron caminos alternativos. El Zaragoza (mermado y sin Celades a última hora) tuvo que reinventarse con un medio campo bajo en calorías, bien ligerito: Movilla de único pivote; Longás y Aimar como livianos escuderos; García y D’Alessandro por afuera; Diego en la punta. Sin Viqueira en la creación, el Recreativo le opuso orden, posición, una defensa adelantada, el medio campo tirado atrás, poco espacio y un apunte de falsa resistencia pasiva, afilada con esa capacidad suya para la réplica fulminante.

En ese rato final en el que Zaragoza y Recre se jugaron de verdad el partido, Aimar se hizo grande, cubrió un espacio amplísimo con la pelota, saltó todas las trincheras sin temor al fuego ni la metralla, repartió balón por dentro y por fuera mientras el Recreativo multiplicaba hombres, brazos y piernas en la defensa, acudió como un salvaje a cabecear un par de centros del estupendo Lafita, dejó un par de pelotas colgadas del alero del gol y, por último, largó una falta a la escuadra. El encuentro había llegado ya al alargue, ese purgatorio del fútbol, ese tiempo que no existe en los relojes. Mientras las manecillas se derretían como en las pinturas de Dalí, Aimar dibujó con tinta china una falta que no era (a esas horas Pérez Lasa se comportaba con la fiabilidad de un sonajero) y López Vallejo la bajó de la escuadra con la levedad de un ángel.

El héroe y su antagonista. El portero del Recre ya le había sacado una chilena portentosa al argentino, cuando más viveza tenía el Zaragoza. Unos primeros 25 minutos de monólogo diverso, juego elaborado, muy bien Chus Herrero por su banda, profundo y combinativo; aseado y con participación Longás por adentro, aunque otra vez el partido le quedó muy largo; vitalista e incisivo Sergio García. Pero faltaban D’Alessandro y Diego. Andrés apareció por todas las esquinas, pero sin darle sentido a su profusión. Una pena porque quiere la pelota, vadea ríos y corona montañas para buscarla... pero luego se le quedan las ideas pegadas al pie y el pie al balón. Le gusta jugar al escapismo, compromete a los defensas con pies de goma, juega con la pelota como si fuera chicle en la lengua. El problema viene cuando quiere engañar y a su alrededor no hay nadie al que engañar. Entonces Andrés resuelve engañarse a sí mismo. Y lo consigue.

De cualquier modo el problema está en que el huracán Diegol ha perdido fuerza. Era fácil dejarse llevar en el viento favorable de un delantero como él. Ahora el equipo lleva cuatro de los últimos cinco partidos sin gol. Ayer se comportó como en una rueda de peones, dándole vueltas a un enemigo aculado sobre su área, sin apuntillarlo. Un sitio bien elaborado salvo por la ausencia del arma definitiva: era como intentar convencer a los resistentes por medio de la palabra. No hubo forma de hacerlo, claro. Nadie se rinde con argumentos, se diga lo que se diga. El Recreativo se asentó primero, riguroso en las ideas y su ejecución, y luego apuntaló el medio con Arzo e igualó el choque. Entonces la moneda pudo caer de cualquier lado: Javi Guerrero cabeceó en parábola al palo; y César le negó un par de sustos a Uche y a Sinama-Pongolle, que tuvo la última en una contra feroz a cinco minutos del final.

La bendita aparición de Lafita recuperó valores: arrojo, juventud y fútbol por las bandas. Puso tres centros con lazo de gol. Celades agregó cordura a ese tráfago desesperado que es la guerra, y proclamó que el partido hubiera sido otro con él. Aimar había jugado un partido contradictorio, con un algo de intermitencia, pero punteada con maravillosos detalles. Se redimió cuando quiso ganar el partido por encima de cualquier cosa, con pura voluntad de crack. Lo impidió López Vallejo: quitó un gol que venía de la cabeza de Sergio García y, al final, liberó de la escuadra el que había soñado Aimar.

Lunes, 22 de enero de 2006
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22/01/2007 16:56 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 2 comentarios.

Silbidos en la niebla

Noche fría, sin fútbol ni temperatura. La grada protestó. Ristic le dio la victoria al Málaga. El Zaragoza administró y nunca se vio en serio peligro
 
Real Zaragoza, 0-Málaga, 1
Octavos de final, Copa del Rey 

La noche tenía un aspecto apacible, con esos tres goles de ventaja. Una noche para los actores secundarios -sin que el término quiera ser peyorativo- y los aficionados conspicuos. Porque cayó el frío como una manta de latón sobre el estadio y la escena, diseñada para la recolección de méritos, se puso hostil. Más aún con el fresco empeño del Málaga, que se adelantó antes de un cuarto de hora y produjo en el Zaragoza una cierta ansiedad de advenedizo, de equipo que no está pegado porque muchos no suelen jugar. La grada quería superioridad, tenía razón Víctor y no valía con pasar. Pero tuvo que valer porque no había más. Así que en la niebla se oyeron silbidos. De esos que se olvidan pronto, pero silbidos.

El Zaragoza pasó, pero de algún modo insistiendo en esa versión pálida que le vimos en el Bernabéu. Dadas las circunstancias, no se puede elevar un juicio demasiado severo, pero hay que anotar algunos aspectos. Por ejemplo, la constatación de que Ewerthon no se acaba de encontrar. Pasó otra vez desapercibido, sin generar peligro ni combinaciones que subrayasen su presencia. Sergio García tampoco anduvo demasiado certero, pero al poco de empezar ya se había plantado en las barbas de Goitia y luego pasó la noche en un cimbreo constante y ágil, de aviso de gol. Por lo demás, todos sabemos lo que da Miguel, lo que da Chus Herrero, lo que da Aranzábal... Por muchos motivos, uno quería ver sobre todo a Longás, un futbolista de los que le ceden su personalidad al juego. La temporada no ha sido justa hasta ahora con Longás, pero él está sabiendo poner los acontecimientos en perspectiva y ordenar sus prioridades. Hace poco lo explicó en una entrevista. La cita no es textual, pero venía a decir: "Este año estoy aprendiendo, mi año tiene que ser el próximo". Ni siquiera el asunto De la Red lo ha perturbado; Longás antepone la paciencia a la vanidad, y no le hace falta que pensemos por él. La paciencia no es sólo una virtud moral; también supone un rasgo de inteligencia. Son dos ingredientes de su juego. El primer tiempo lo tuvo por protagonista, en ese dámela que la juego, vamos por aquí, salimos por allá que le surge con total naturalidad. Luego perdió fuelle. Normal en alguien con escaso ritmo de partidos. Longás acabó sin energía, desplazado a la izquierda y sustituido por Eneko. La grada le aplaudió: sabe que este chico siempre tiene algo que decir con la pelota


¿Y el Málaga? Bueno, el Málaga supo cómo componer una amenaza, lo que no era poco en su papel: muchos jóvenes para la jornada de campo y playa, viaje en el día, tres goles en contra. Pero con la boira nocturna que estos días tiene tomada Zaragoza, uno se despierta rápido, y el partido tuvo desde el comienzo un ritmo vivo, como si los futbolistas quisieran desmentir el prejuicio que acompañaba a la noche. La actividad no significa calidad, ni profundidad, ni precisión, ni combinación. El Zaragoza no tuvo nada de eso. Después . Por afuera no había mucho que rascar, los esfuerzos de García tuvieron un algo de agonía individual. Así que las advertencias del Zaragoza fueron pequeñas o no fueron.

El Málaga, sin embargo, se puso mucho más concreto por el lado de Ernesto. Tanto que en el minuto 14 hizo una estupenda jugada sobre el flanco izquierdo y largó una pelota al jardincito del segundo palo. Aranzábal cerró más tarde que temprano ese balón y Ristic le dio al Málaga un gol con el que incordiar. Algo así no estaba previsto, pero de alguna forma era previsible. El Zaragoza cayó en esa imagen propia de los equipos hechos de jugadores no habituales, y le crecieron el desánimo y la imprecisión, mientras la grada se impacientaba. Trató siempre de recomponerse, pero sin tino, y Ernesto pudo encajarle el 0-2 en otra pelota en el segundo palo. Si no lo hizo fue porque la quitó de la raya Aranzábal, sí, pero sobre todo no lo hizo porque Dios no quiso.

Luego el partido se fue vaciando, mientras caía una niebla que ayudaba a recordar aquel gol de Violeta a Las Palmas en una noche gris como ceniza. Piqué intentó un par de cabezazos incompletos y Molinero luego lo revoleó con una patada algo lasciva. Y que siga la Copa que aquí, en el fondo, no ha pasado nada.

Diario AS, 18 de enero de 2007
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19/01/2007 21:39 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Bandera blanca

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El partido del Bernabéu me resultó uno de los más decepcionantes en mucho tiempo. Creo que ni siquiera el 4-1 de la última final de Copa me dejó una impresión de vacío tan profunda, y mira que aquella noche nos hicieron un socavón bien doloroso en salva sea la parte: es decir, en el alma. Jorge Solans deja un titular hoy en su comentario en AS que me parece bonito y acertado, porque alcanza a definir la verdad con serena tristeza, también con un aire lírico de nostalgia: "Nadie siguió la música de Aimar". A Juanma Trueba, el alegre cronista del Madrid, le parece que el equipo blanco se ha reinventado. Se refiere al esfuerzo. A mí me parece (con todo el respeto) que esa apreciación supone un esfuerzo voluntarista de levantar el ánimo, tan voluntarista como el partido que jugó el equipo blanco. Habla muy bien de Higuaín y de Gago. A mí Higuaín me gustó; Gago no me dijo tanto. Pero el fútbol tiene puntos de vista y estados de ánimo. Seguramente Trueba los miró con una mirada más certera que la mía. Yo me fijé en la inanidad del Zaragoza. El centro del campo del Zaragoza no llegó ni a la goma espuma. El Madrid le puso apenas rasmia a la cosa, de tal modo que encumbró a gente como Van Nistelrooy: con esa boca de huracán que abre en la foto, la farola holandesa se merendó lo poquito que era el Zaragoza.

Capello está desnudo y en manos del esfuerzo de sus futbolistas. Por lo demás, se diría que ya no tiene el mando de ese cuerpo que es el Madrid. Porque tácticamente, el Madrid tuvo momentos de ausencia total, que denuncian a un equipo que no cree en lo que le dice ese señor que jubila futbolistas de su equipo en enero. La energía blanca que glosaron al final los cronistas como razón de su esperanza le sobrevino al Madrid después del gol. Porque, antes, uno podía verlos caminar por el campo, sin siquiera presionar a los medios opuestos. Otra cosa fue que el Zaragoza no llegara ni al área. En ese sentido, y en todos, el partido resultó una castaña. "Uno muy malo le gana a otro peor", trató de titular Pedro Bellido, de Equipo. Creo que al final la cosa terminó en "Planchazo", que viene a resumir el caso con contundencia, como quieren los titulares. No sé si el otro pasó el corte. Los titulares de Pedrito suelen comprometer el manual de este oficio, porque sitúan a las reglas de la profesión frente a perspectivas para las que no está preparado. Los titulares de Bellido son como esos casos excepcionales de las leyes que vuelven locos a los juristas. No parecen académicos pero, claro... suelen resultar divertidos y el que tiene que admitirlos se queda así dudando y diciendo: "Joder, yo no lo pondría pero... es que es franco, está bien, es divertido, cuenta la verdad e invita a seguir leyendo". ¿No quedamos en la Universidad que eso era un buen titular?

Fue una noche de flojera. Nos fuimos del Bernabéu sin los tres puntos, sin De la Red y sin ver estrictamente nada. Nada por aquí, nada por allá: en eso se resume la presunta magia blanca y el sortilegio de este Zaragoza. Puro truco de humo. Como el velocista anda en paradero desconocido, hasta esta mañana no se me ha ocurrido el titular. Lo pongo en Somniloquios: Bandera Blanca. Ese era. Rendición sin condiciones ni rehenes. Sin el velocista, que es el de la repentización, yo también me quedo en nada.

15/01/2007 13:01 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 5 comentarios.

Doctor Diogo y Mr. Hyde

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Real Zaragoza, 2-Sevilla, 1 

Formidable partido del uruguayo: gol y asistencia - Su pelea final con Luis Fabiano afeó una noche grande - El Zaragoza regresa a la Champions

De este partido quizá quede como imagen la pelea de barrio bajo entre Diogo y Luis Fabiano, que sirvió de exagerado desenlace para un partido grande en las formas, jugado con poderes cruzados, con un ejercicio riguroso del Zaragoza en la primera parte y la fantástica recuperación del Sevilla después, cuando ya con 2-0 atropelló al Zaragoza por el carril de Alves y tuvo un par de ocasiones bien claras para poner el empate. Cuando ya la victoria tenía dueño, Diogo y Luis Fabiano se engancharon en la última jugada. Un pisotón involuntario del zaragocista, la sangre que sube a la cabeza, frente con frente como berracos, cabezazo de Luis Fabiano, gancho de derecha de Diogo al mentón y después una pelea de recreo, manotazos en aspas.Un telón amargo de dos rojas.

Una pena en medio de un partido que fue verdaderamente alegre para el Zaragoza, que como regalo de Reyes vuelve a la Champions. Lo hizo desnudando primero al Sevilla, y después sufriendo frente a un equipo orgulloso y capaz de envalentonarse hasta amenazar cualquier ventaja. Era algo sabido. Con el Sevilla los partidos se hacen largos. Para jugar de igual a igual con el Sevilla hace falta comprender ese fútbol, que es un idioma hecho de diferentes lenguajes, tomarle el ritmo y tratarle con agresividad, anticipación, solidaridad, organización, equilibrio. No sólo eso. Después, hay que jugar bien al fútbol. La derrota con el Valencia había establecido una cierta duda alrededor del Zaragoza. Si verdaderamente quiere ser algo, no puede limitarse a la condición de equipo bonito, resultón o estéticamente generoso. Además ha de manejar los partidos alternativos, los feos, los incómodos, los graves. O sea, sufrir en silencio las hemorroides.

En el primer tiempo lo hizo, aunque para poner en funcionamiento sus virtudes necesitó el gol madrugador de Carlos Diogo, a la salida de un córner. Lo tiró D'Alessandro con pie chiquito y el uruguayo peinó la pelota con el hemisferio izquierdo, que es el que se encarga del lenguaje, el habla, la memoria, la lógica, la planificación: esas pequeñas cosas de cada día. Diogo tocó apenas para modificarle la dirección, y la pelota le pasó rozando el flequillo a Palop, justo por encima de la frente. Palop manoteó como si tratara de sacudirse un abejorro, pero ya estaba vencido. Ese tanto reordenó el partido.

El Sevilla lo había iniciado con una impresión de mayor cuajo. No autoritario, pero sí con Renato en la dirección del tráfico y mayor velocidad. Al Zaragoza le faltaba algo de ritmo, y se necesita ritmo para descompensar al Sevilla, cuyos futbolistas entran y salen de sus posiciones con frecuencia. El Zaragoza estaba obligado al celo en las marcas, lo supieron pronto Kanouté y Luis Fabiano, contenidos por la defensa aragonesa. Zapater puso el pie fuerte y Piqué le agregó al medio campo la pizca de clase que lleva dentro, con la naturalidad de los futbolistas de sangre azul: a Piqué le dirán el nuevo Fernando Hierro si hay que buscarle etiquetas, pero también un Edmilson, digamos. Ese futbolista de apariencia excesiva, bien coordinado, que mezcla el juego corto y el pase largo. Con ese tipo de jugadores en el puente de mando, la masa del fútbol siempre queda en su punto y sabe bien. Así como diferente, pero bien.

Marea roja. Mientras el Zaragoza crecía con el alimento de su gol, el Sevilla atravesó el primer tiempo instalado en las dudas. No le encontraba debilidades al Zaragoza, donde hasta gente como Aimar o D'Alessandro se entregaba a la solidaridad de las coberturas y el trabajo en dirección contraria a la portería. Eso le permitió al equipo de Víctor Fernández limitar poco a poco cada una de las virtudes conocidas del Sevilla: la longitud de sus bandas, de Navas y Alves, de Adriano; el gobierno físico de Renato y Poulsen, las conexiones con los de arriba. Kanouté y Luis Fabiano no tenían tiempo ni permiso para recibir. Eso termina por hacer mella en las convicciones y luego, cuando llega la hora de decidir, una ocasión suelta, pasa lo que pasa: quizás por eso Kanouté no llegó por tres pelos o no definió un par de cabezazos.

El Sevilla trató de recuperar el paso tras el intermedio y se encontró a un Zaragoza cínico, que lo desangró al contraataque, en una feroz salida del formidable Diogo. Su centro lo ganó Diego Milito, medio con la mano. Remató, cortó Palop y Diego fue para empujarla al 2-0. Ahí se acabó el Zaragoza y empezó el resto del partido, porque Juande quitó al volátil Navas y a David, adelgazó la defensa, sumó a Maresca en el medio y a Chevantón más arriba, y el Sevilla pasó a ser ese viento de tormenta que conocemos en estos últimos tiempos. Entonces todo el mundo se soltó, o casi todos. Más que nadie, Dani Alves, que abrió su banda a sangre y fuego, destruyendo todas las barreras con su mezcla de cuchillo en la boca y sutilezas en los pies. Tiró una pared con Maresca portentosa y llegó a la línea de fondo para poner a Luis Fabiano el 2-1.

Era el minuto 70. Lo que quedó hasta el final fue un sinvivir para el Zaragoza, amenazado por completo. Se aferró a la Champions y al 2-1. Sujetó lo que pudo sujetar, que no era mucho porque el Sevilla se hizo marea roja. Al final apareció la bestia de dos jugadores calientes, competitivos. Mejor recordar un partido precioso que ese tabernario final indigno.

Diario AS, 7 de enero de 2007
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09/01/2007 17:14 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

La implosión de Sergio García

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Sergio García, el goleador más prolífico de la historia de la cantera del Barcelona, se ha asentado como titular y está jugando su mejor fútbol en el Real Zaragoza, donde por fin ha encontrado su sitio. Sin embargo, esa escena de triunfo está presidida por una paradoja: en el mejor momento de su vida deportiva, sólo ha metido un gol... pero a cambio ha dado hasta seis y es el mejor asistente de la Liga. La de Sergio García está siendo una explosión al revés. En realidad, se trata de una implosión.

En el fútbol gobierna una ley de mercado que dice así: “El gol no se fabrica, el gol se compra”. En cierta ocasión oí a un entrenador que le confiaba ese relativo secreto al propietario de su club. La ley, en todo caso, admite un apéndice: “Y si por un casual lo fabricamos, se vende...” Desde luego, por aquí o por allá surgen refutaciones del principio. Fernando Torres. Raúl. Sí, pero ya sabemos que la ley atiende a la generalidad, no a las excepciones. Si las leyes obedecieran a una moral intachable, serían dogmas.

El caso de Sergio García de la Fuente (Barcelona, 1983) propone un juicio a esa ley, una incongruencia en sí misma. El viejo aforismo de Kafka: “Una jaula salió en busca de un pájaro”. Dicho a la manera popular, los pájaros disparando a las escopetas. El argumento de partida sería algo así: ¿Cómo puede el máximo goleador de las categorías inferiores del Barcelona no haber llegado a jugar en el Barcelona? A triunfar en el Barça llegarán el portero orgulloso, genial o cantarín, los mediocampistas con glamour desenfadado, el central que oculta sus desórdenes tras una cortina de fuerzas naturales desatadas, o el defensa justito que observa metáforas libertarias en la conquista de un título. Pero el delantero, ése no; ni siquiera el que metió más de 30 goles por año. No. El que hizo más de 50 en una temporada cadete. No. El que jugó en todas las selecciones nacionales desde los 15 años... no; el campeón de Europa sub-19, el subcampeón del mundo sub-20... No, no y no. Ése no. Motivo: ese je ne sais quoi que rige el fútbol, deporte en el que todo el mundo tiene razón alguna vez y en el que la verdad más evidente acostumbra a ser la más incierta. El gol no se fabrica, el gol se compra. ¿No vio a Portillo, no vio a Villa, no vio a Soldado? ¿Es que no vio a Etoo? El gol se compra y se vende. La ley está para cumplirla. Caso archivado. Martillazo.

Sergio García aprendió su primer fútbol en la escuela del C.F. Damm y en alevines lo llamó el Barça. Volvió cedido al Damm, aún cadete, e hizo más de 50 goles en un solo año. Regresó al Barça y vivió un desenfreno juvenil: año a año, firmó 32 goles en 36 partidos; 30 goles en 22 partidos; 10 goles en 15 partidos; y ya en el Barcelona B, 22 goles en 34 partidos y 15 goles en 22 partidos. Era un goleador serial. Quizá sin referentes canónicos en las formas, pero tampoco Villa los tiene. Los arquetipos no lo explican todo. A esa edad, a Sergio ya lo distinguía su tendencia a un perfil cóncavo, engaño para los malintencionados que vigilan el peso de los futbolistas más que la propia estulticia. Hansi Muller era paticorto; Garrincha tenía las piernas chuecas; Puskas o Maradona fueron genios abombados. Favorecido por esa extrañeza de las formas, Sergio no corre, se embala en vertical, como los dibujos animados y los velocistas que buscan la meta. Es el efecto bola de cañón.

Debutó en la Champions con el Barcelona, en 2002 frente al Brujas. Y en la Liga en septiembre de 2003, con el Sevilla. Y eso fue apenas todo. En una cualquiera de las mañanas repetidas en las que veía entrenarse a su hijo, Sergio García padre se dio cuenta de que la letra pequeña de aquel sueño obligaba al exilio. Puede ocurrir que, si uno mira las mañanas repetidas así, de soslayo, llegue a entrever la tramoya de la vida. El fútbol consiste en ver lo que no se ve: por ejemplo, que los cinco goles de Kanouté en el Tottenham ocultaban la promesa de 20 o más en España. Tras la maraña de goles adolescentes, su padre intuyó el destierro. Son justo los chicos que crecen en los equipos grandes los que más complicado tienen jugar en los equipos grandes. Una paradoja terrible, un desorden. Lo primero que codiciamos es lo más cercano, le explicó Hannibal Lecter a la agente Starling. Lecter jamás jugó al fútbol.

El chico lo tomó con resignación. Fue al Levante y luego lo compraría el Zaragoza para relevar a Villa. Una comparación peligrosa, pero Sergio García ya ha rebasado con fútbol aquella primera notoriedad de los peinados, el pelo de pincho eléctrico, los teñidos y las cabezas rapadas. Los arreglos capilares anticipaban por error a un futbolista disperso, más atento a lo accesorio que al juego, extravagante o alocado. Por asociación colectiva y por procedencia, a ratos la Prensa le dice el neng, pero Sergio García está lejos de espantar a las abuelas soltando gas con motos trucadas, o derrapando un coche tuneado en la explanada de las discotecas. Sergio es cualquier cosa excepto un muchacho estridente. Reservado, ajeno, tranquilo hasta la anestesia anímica. Una máscara que no transpira tensiones y que reduce las preguntas difíciles a respuestas fáciles, como un artificiero. Aunque su frustración del año pasado -cuando llegó Diego Milito, cuando Víctor lo ponía poco- resultaba obvia a simple vista, jamás permitió un atisbo de ello en la escenografía diaria. Era el suplente pluscuamperfecto.

Por descontado, esa virtud ética no impidió la insatisfacción. Lo distintivo ha sido el modo de gestionarla. A menudo los futbolistas equivocan la juventud con la vida, pero en la vida la pelota nunca viene por donde la esperas. Lo escribió Albert Camus. Sergio pudo confundir sus más de cien goles con un derecho inalienable a ser titular y goleador en Primera. No lo hizo. A cambio, ha buscado hasta encontrarle el sentido a su fútbol en las entretelas del juego, donde nadie lo aguardaba: este año todo el mundo está de acuerdo en su explosión, pero en realidad no ha sido sino lo contrario: ha sido una implosión. Sergio lleva un solo tanto, pero a cambio es el mejor pasador de gol de la Liga. ¿Naturaleza contravenida? Quién sabe. La mayoría nos parecemos poco al hombre que preveíamos. “Antes hacía tantos goles que no se veían mis pases, ahora me ocurre justo lo contrario”, explica.

Una jaula salió en busca de un pájaro. Un goleador se puso a repartir juego.

Mediapunta, 17 de diciembre de 2006
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18/12/2006 20:35 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Lafita besa el escudo

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Jugó 25 minutos emotivos, firmó el 0-2 y un penalti - Diego había decidido con otro golazo - El Racing jugó bien, pero sin pólvora - Y vuelve la Champions

Aunque acostumbra a esconder algunas verdades en sucesivas cortinas de arbitrios, casualidades o fortunas, el fútbol no miente. Zigic y Munitis no estaban en el Racing. Rubén Castro anda goleando para el Nàstic -una cesión de locos, como para cruzar de pesadillas las noches de cualquier entrenador-; y Aganzo, siempre atento a las levedades de cualquier defensa, está lesionado. Así que el adjetivo de estupendo equipo que cualquiera le pondría al Racing -merecido por ritmo, por orden táctico, por velocidad de la pelota, por atención a los detalles- se le desprende cerca del área. Balboa y Juanjo no podían llenar tantas botas ausentes. El Zaragoza, vencido por velocidad y aplicación en la primera mitad, resolvió cuando Aimar salió del ovillo para hilar una jugada de seda y encontró a Diego Milito. Goleador implacable. Mano de piedra. Luego lo administró, envolviendo con la pelota la fatiga del Racing, y Lafita agregó un pasaje de emoción: por fin marcó y besó el escudo de su camiseta, la celebración prometida.

La victoria refuerza la idea de solidez de este equipo, al que en esta tierra siempre le vamos a buscar los dobladillos del pantalón, a ver si los lleva descosidos. Porque llevamos una década de convicciones tan débiles, y somos todos tan aragoneses y tan escépticos y tan exigentes y tan puñeteros, que vemos al equipo perder un día con el Osasuna y ya nos entran ganas de decir las verdades. Esas verdades que todos guardamos en los puños para los días de la derrota, que siempre llegan. Y ahí largamos todo: que Agapito no tiene dinero, que Aimar es un bluf, que D'Alessandro debería estar colgado de los pulgares, que Diego Milito no está comprado, que la Champions es flor de un día, que Sergio García no mete una, que somos todos unos pringados y unos embusteros y unos falsos y unos incapaces. Somos todos así. Y uno no se excluye. Lo mejor nos parece imposible o innecesario. Por costumbre, por carácter, porque sí, coño... Y aquí estamos. Agarrados al botijo y mirando al cielo, por si cae sobre nuestras cabezas. Por si ese chavalito del barrio Oliver saca demasiado la cabeza y hay que darle un estacazo. Los gigantes del portón de la audiencia. Estacazo y que baje la cabecita. Y todos con él.

Revancha. En fin, vayamos al fútbol, porque la geografía social es la que es y el descreimiento no se corrige con cuatro líneas rabiosas. El partido contó mentiras y verdades y hay que separarlas con cuidado. El Racing compuso la figura contradictoria de un príncipe capado, con todas sus virtudes y la esbelta figura sometidas al juicio de lo incompleto. Hizo muchas cosas bien, algunas muy notables y otras más ocultas, pero igual de importantes. Sin embargo, le faltó siempre lo definitorio. La extrañeza del gol supone una imperfección demoledora. Un equipo de fútbol sin el gol, sin delanteros que terminen, sin alguien que haga lo decisivo, significa una llamada a la derrota frecuente. Más frecuente si al otro lado aguarda el Zaragoza, que siempre marca, con méritos o sin ellos.

El resultado tuvo una cierta crueldad con el Racing. Una cierta crueldad y mucha lógica. A veces la verdad resulta despiadada. El equipo de Portugal dio una primera parte magnífica, hizo bien todas esas pequeñas cosas que conforman el tejido óseo de un equipo: la presión, la salida rápida de la pelota, la combinación de esfuerzos en la defensa y en ataque. Tenía estudiado al Zaragoza y recitó cada capítulo con la seguridad de un escolar aplicado.

Sometido a ese rigor, el Zaragoza se quedó sin brillos. El medio campo reunía jabatos, gente como Colsa, Zapater o Ponzio, que hacen una pareja interesante, con peso. La guerra principal permanecía en suspenso. Magnífico ritmo y el Racing con un dinamismo endiablado, articulando una presión minuciosa en el medio campo, con dos o tres y hasta cuatro hombres rodeando cada pelota del Zaragoza en las bandas. Parecían los Seattle Supersonics de George Karl, con aquel sistema de traps en los lados. Todo eso hacía un partido vistoso al que le faltaba chicha. Nada por arriba. Ni el uno ni el otro. Fue un rondo divertido, pero sin porterías. En el Zaragoza nadie conectaba con el ataque y en el Racing, Balboa y Juanjo sucumbían a un doble marrón: la nostalgia de Zigic y Munitis, más el celo de los cuatro soldados que el Zaragoza tiene alineados atrás. El plan de Miguel Ángel Portugal era muy bueno, pero para ganar necesitaba un chispazo, algo más que la teoría. Mientras Rubén Castro levantaba al Nàstic en el Mediterráneo, al norte Juanjo hizo el único disparo y César echó cuerpo a tierra.

Aun sin imponerse con la pelota, el Zaragoza estaba haciendo dos cosas bien: se sostuvo en la inferioridad sin sufrimientos obvios -solvente ejercicio defensivo- y previó las debilidades que habrían de afligir tarde o temprano al Racing. Sabía que no podría sostener su ritmo de tambor batiente y que eso denunciaría aún más su falta de peligro. Esa lectura se reveló exacta. A los 10 minutos del segundo tiempo, Aimar escapó de la cárcel y el partido reventó. Primero, Diego Milito vio salir al ocho desde la puerta central del medio campo, en ese espacio en el que Aimar lo sabe todo. Mientras el Cai vaciaba el camino de rivales con su carrera en puntas de pie, Diego tiró el desmarque hacia fuera para encontrar el lado débil de la defensa. Al llegar a la frontal, el Cai hizo una descarga de temporizador suizo y Milito culminó la escena con un disparo imponente al palo contrario. Tras el 0-1, Lafita apareció para agregarle al Zaragoza su versatilidad. Le da cuajo al medio, llega arriba y atrás.Tiene el hambre intacta. En 25 minutos dejó un repertorio completo que derivó hacia la emoción: largó tres salidas de duelista por su banda, de uno contra dos o tres y ganador, luego Ponzio lo encontró en una salida y Lafita puso el 0-2 bajo las piernas del portero y bajo las piernas de la portería. Luego aún le sacó el penalti a Pinillos, que lo agarró impotente.

Ahí Diego Milito se dejó el primer puesto del Pichichi, pero ya había hecho lo sustantivo. Gol formidable y victoria, en un partido de felicidades finales. Este Zaragoza tiene memoria; este Zaragoza tiene un orgullo indispensable. Se acordaba del Osasuna y quería los tres puntos sin condiciones previas, jugando mejor o peor, con dos ocasiones o con cincuenta. Quería la Champions y sabía que los ejercicios de estilo no constituyen un fin; si acaso una fórmula, un método. Lo ha comprendido porque tiene cuatro defensas de inflexible seriedad. Lo ha comprendido, sobre todo, porque tiene a Diego Milito. Y Diego lo hace todo rabiosamente evidente.

Diario AS, 11 de diciembre de 2006
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12/12/2006 20:59 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Narciso se queda dormido

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Real Zaragoza, 1-Osasuna, 2

El Zaragoza se empachó de 'jogo bonito'- Diego hizo antes su décimo gol - Raúl García se aprovechó de la larga siesta - Cae al quinto puesto 

Narciso se quedó dormido y Raúl García, un jugador de rasgos cubistas, una señorita de Aviñón, un músico arlequinado, lo retrató pero bien en esa larga siesta. El Zaragoza nunca pensó en la derrota y sin embargo la derrota se vio anunciada todo el segundo tiempo, pero nadie acertó a verla venir salvo Osasuna, que fue sumando leves mejorías y terminó cantando su semana fantástica. El Zaragoza nunca tuvo un paso regular, e hizo un tránsito rarísimo: del barroquismo empalagoso a una patética simplicidad. Cayó dormido o se aburrió tanto de su hipotética belleza que lo atrapó el feísmo navarro. Osasuna mató despacio y al final, avisando, eso sí. Primero empató Raúl García a la salida de un córner; y luego, en un contraataque increíble, la derrota se hizo con un gol de Ponzio en propia meta. Pocas derrotas tienen el efecto depresivo de una derrota frente a Osasuna. Se escurre un poco la Champions.

El Zaragoza salió animoso, puso el balón tres veces en los alrededores de la portería de Ricardo con diagonales envenenadas y de una de ellas le nació el gol, el décimo de Diego y la sexta asistencia de Sergio García. Hasta ahí, todo bien. El problema vino después, porque el Zaragoza se entusiasmó con la noche, con la facilidad, con el anuncio constante de gol. Tanto que se puso barroco en vez de eficaz. Aun así siguió llegando. No fueron grandes oportunidades, cierto, pero sí esa sensación constante de que el Zaragoza sostenía muy viva la pelota y que iba a atropellar a un rival que se quedaba en todo lo intermedio pero terminaba nada. Osasuna no disparó hasta el minuto 39, y lo hizo como pidiendo perdón, con un tirito cruzado de David López que no fue nada.

En ese ratito el Zaragoza desplegó casi todo su repertorio. Casi todo, porque le faltaron actores principales. D’Alessandro resulta mortal en el área. En la segunda parte le hizo una terrible a Raúl García, una boba de vértigo que obligó al osasunista a segar hierba y carne. Pero el juego sobrador de Mandrake pierde sentido conforme más alejado está de la portería. Ayer, además, no le salía casi nada: todo se le quedó extraviado en un pasecito un poco corto, un control un poco largo, un regate inconcluso. Aimar, por su lado, jugó a un ritmo de pausa y salida que de cuando en cuando, y en posiciones de ventaja, queda resultón, pero que ayer terminó por denunciar una tarde insustancial del maravilloso argentino. A veces puso un cambio de ritmo, pero no alcanzó ni a su propia sombra de los mejores días. Y el Zaragoza lo necesita tanto...

Con la ausencia de las voces autorizadas, el partido quedó en manos de algunos artistas secundarios. Ponzio se hizo un titán en el medio, donde el partido se jugaba pero no se jugaba. Por allí sólo ocurría lo accesorio, pero nada de lo principal. En ese efecto de fuerza centrífuga, Diogo apareció sencillamente espectacular por afuera. Uno no sabía si admirar más el atrevimiento de sus recortes o esa energía demoledora del uruguayo, potencia de mecano industrial, ignorante de la piedad o el miedo. Todo reunido dio algunas salidas de zona en las que Diogo no parecía ya un soldado universal, sino un ejército completo. Así fue cuando dejó atrás consecutiva o alternativamente a Valdo, Nekounam y Corrales, que tuvo un rato de migraña terrorífica con ese uruguayo poderoso. Diogo varió el repertorio durante su camino: primero fue una pala excavadora y luego el lápiz afilado del delineante. Terminó el viaje con un pase a Sergio García que dejó medio vencida a la defensa, apurada en los cierres. García filtró la pelota para que Diego metiera con sutileza mortal su décimo gol.

Lo que ocurrió después ya se ha dicho. Demasiado merengue. La gente empezó aplaudiendo el espectáculo de bolillos y terminó por preguntarse si tanto jogo bonito tenía sentido. El fútbol se aplanó. Sin eficacia nada es bonito. Al equipo se le puso cara de empacho y terminó derretido en el sofá, como el que acaba de meterse una comilona; amodorrado en su lecho de laurel y Champions. Durante mucho tiempo el Osasuna estuvo verdaderamente vacío de contenido y eso valía, pero Ziganda —ejemplo del futbolista ajeno a la lírica— acertó a dárselo con sus cambios. El de Raúl García por Puñal resultó decisivo. García se puso el partido en la bota y lo fue dibujando hasta el final, con trazo seguro. Fino donde hacía falta, tosco donde cupiera. El Zaragoza equivocó por completo el camino de regreso, y del barroquismo derivó extrañamente a hacia una rústica ingenuidad. Fútbol simplón. Todo fueron pelotazos, un poco por falta de argumentos y otro poco porque Osasuna se venía cada vez con más sentido, dirigido por García y Juanfran.

Sergio García había tenido el 2-0 en un gol que literalmente le sacó de dentro Ricardo. Luego se fue, contrariado como D’Alessandro. Víctor trató de variar el destino poniendo a Óscar y a Lafita. Otros días lo ha logrado, ayer no. Tal vez Longás hubiera hecho un servicio más adecuado con su juego de seda, en este partido que había de ser de pierna fuerte. Quizás él hubiera tenido la pelota o encontrado orillas a las que arrimarse donde ya habían naufragado Movilla, Ponzio y los demás, todos en mar abierto y sometidos a la posibilidad de un golpe de ola. Fueron dos, en diez minutos. Raúl García de cabeza y un contraataque terrorífico a la vuelta de un córner que acabó Ponzio en su propia portería. Precisamente Ponzio, que había corrido más que nadie.

Diario AS, 4 de diciembre de 2006
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05/12/2006 18:57 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Diego contra el mundo

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[Nota: El Zaragoza sigue adelante y mis crónicas hacia atrás. Abandonado por mi amigo el velocista, un tipo vital y desenfadado al que no veo hace rato, este ejercicio dominical se sostiene apenas con métodos penosamente artesanales].

 

Rubinos se cargó la tarde con la roja a Zapater - El Príncipe marcó y pudo decidir en inferioridad - Con diez el Zaragoza bajó - Y César regaló el empate

Celta, 1-Real Zaragoza, 1 

Alguien debería inventar un sistema variable para cobrar los precios del fútbol por televisión: un cargo progresivo, por tramos o algo así, dependiendo de lo que pase por la pantalla. Si sale partidazo, se cobra más. Si Ronaldinho larga una chilena desde su planeta dentudo, sube el precio. Si los entrenadores ramonean, baja. Si hay fútbol, bronca fiera, goles o emoción, a pagar. Si Capello deja a Ronaldo en el banquillo y luego sale y hace un gol a pase de su sobrino, Robinho... sablazo. ¿Aimar? A pagar. Bueno, según. Y así todo. Claro, igual habría que aplicarlo al cine. O a los restaurantes: “El segundo plato estaba para echárselo a los perros, oiga usted. Me lo quita de la cuenta o la liamos”. Qué utopía tan tonta, pero uno piensa: pagar 12 doblones por pinchar con Balaídos y que después el árbitro se cargue el programa en un cuarto de hora... Algo no funciona bien. Habría que depurar responsabilidades. Depurar. Bonita y pérfida palabra: depurar al enemigo, al disidente. Honesta: depurar el idioma, depurar las aguas. Necesaria: depurar el arbitraje.

 

De verdad uno ya no sabe qué escribir acerca de la inepcia de los árbitros. Las palabras no alcanzan para la conjunción de problemas que hacen el problema. Habrá que concluir que los árbitros viven murallas adentro de la Federación, que es una ciudad —como la Orán de Camus— tomada por la peste bubónica del error, la corrupción de intereses, las ventajas bastardas y las listas negras. A menudo se alude al fallo humano, pero la cuestión no es esa. Hay un gravísimo problema de interpretación del juego, una falta de entendimiento infantil, un criterio volátil, un desconocimiento exhaustivo del fútbol y ningún discernimiento de lo sustancial. Eso sin entrar en detalles. Pero podemos entrar: la expulsión de Zapater en dos patadas inocuas, las que cobró Aimar sin que nadie dijera palabra, la primera tarjeta a Gabi Milito y el modo en que luego tuvo que indultarlo para ocultar su error. Rubinos Pérez y su relevo, Granda Barros: fueron lo mismo.

 

Uno ya no sabe si viven muy confundidos, muy mediatizados, muy utilizados, muy mal preparados o todo a la vez. La torpeza congénita tampoco se puede descartar. Entiéndase: el individuo progresa a través de la supervivencia de los mejores y, lógicamente, si los que medran en el escalafón lo hacen a través de méritos espurios y aptitud escasa, el modelo camina hacia la quiebra. Lo supo Darwin, y eso que el Beagle no llevaba televisor en las bodegas. Con eso, cuatro tortugas y un par de lagartos, Darwin desarrolló la teoría de la evolución. A Gustavo López lo echó más tarde el línea, figura de influencia creciente. Peligros de la evolución mal entendida. Lo echó por piarla. No se puede insultar, cierto, pero es que casi no se puede hablar. Los árbitros actúan a menudo como si los acechara un trauma infantil del que todos fuéramos responsables.

Empate amargo. A lo que vamos: Rubinos le quitó su valor al partido con la expulsión de Zapater. El partido verdadero duró eso, 13 minutos. Lo demás fue una larga mentira porque el Celta jamás le hubiera aguantado hora y media al Zaragoza si el Zaragoza está con once señores en el campo. En  seis minutos le metió uno, o sea que en 90 le hubieran caído 15. La regla de tres. Un decir. La mentira acabó 1-1. El punto dejó un regusto agrio, por ese letargo del Zaragoza a partir de la roja al jefecito. Jugar con diez implica una desventaja, también anímica, pero el equipo de Víctor alimentó los medianos argumentos del Celta al abandonar el territorio y, sobre todo, la pelota.

 

Habrá quien culpe al cambio de Sergio García, y lo cierto es que ese relevo mezcló la lógica estratégica con un mensaje cifrado de prudencia. Se puede interpretar, pero el cambio parece inevitable: con Aimar y D’Alessandro de volantes, el medio campo pesa poco. Víctor retiró a García para apuntalar con Movilla. No había otra. Por cierto que Movilla y Ponzio fueron de lo mejor del partido, salvo por Diego Milito. El problema del Zaragoza tuvo que ver con esa cierta flaccidez, un desmayo de agravio, de injusticia.

 

Menos mal que había desnudado al Celta en seis minutos con tres oportunidades y un gol. Aún antes de que Diego anotara el noveno, Pinto desvió arriba un tiro de García en diagonal, después de que D’Alessandro dejara sentados a dos defensas subido en la cornisa de la línea de fondo. Una de esas maniobras de goma del chico, que hizo por aquí para luego hacer por allá. El perrito y el columpio con el yoyo del balón, y salida por la puerta lateral dejando chuecos a los que vigilaban.  También pudo marcar el Cabezón y finalmente lo hizo Diego, para reunir toda la lógica de esos pocos minutos en un frentazo ventajoso en el área pequeña. La puso Pablito Aimar, que hizo sólo esa y luego una escapadita de fin de semana por el medio. Acabó derribado. Después alguien le tocó la rodilla y a Aimar se le dibujó el gesto melancólico, indefinible, del que tanto provecho han sacado sus críticos. El Payaso pasó por la tarde sin acabar de pisarla del todo. Si lo hizo, acabó mal: lo agarraron, lo manotearon, lo bajaron al piso, pero ni Rubinos ni Granda le hicieron justicia. A él y a Zapater. El Cai dejó el campo en el 54, sólo dos minutos después de que empatase el Celta. Entró Lafita y la verdad es que Lafita le puso algo más de carne al equipo.

 

La verdad es que el Celta debió empatar antes del descanso (dos ocasiones clamorosas de Placente y Baiano), pero lo hizo después, cuando César soltó en el suelo una pelota que era suya y Baiano palmeó el rebote como Luc Longley. También Longley hubiera hecho ese gol tan bobo. En realidad, el empate se construyó en pequeñas conquistas y batallas intermedias, con las que el Celta hizo una aproximación paulatina al área de César. El portero tenía una de esas tardes de mantequilla que le dan ahora con cierta frecuencia. Y acabó por resbalar.

 

Acuciado de nuevo, el Zaragoza se sacó la máscara como el caballero Enrique de Lagardère, de Paul Feval. Careta afuera y el acero al frente. Se acabó la pantomima. Quizás había olvidado que Diego Milito es uno pero vale por dos, lo que equilibraba la contienda. En realidad olvidó jugarle por abajo, combinando, y le tiró pelotazos. Así y todo, Diego fabricó él solito tres jugadas de gol, lo único memorable de un partido falso. Las negó Pinto. Luego ya el tiempo corrió veloz y las convicciones flaquearon. El Zaragoza iba pero sin empeño, salvo por ese arreón emotivo de Diego en su batalla frente al mundo: contra el empate, los árbitros, el Celta, Pinto y la cantada de César. Kafka anotó: “En la lucha de uno contra el mundo, hay que estar de parte del mundo”. Nadie sabe bien qué quiso decir, pero debía tener razón.

Diario AS, 27 de noviembre de 2006
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30/11/2006 17:04 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Aimar canta como Gardel

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Real Zaragoza, 3-Nàstic, 0

Golazo decisivo e inspirador del genio - Óscar sentenció en cinco minutos - Portillo y el Nàstic fallaron arriba - El Zaragoza sigue en Champions

Hubo un tiempo en que los grandes futbolistas eran grandes futbolistas, no sólo imágenes de marca, ensoñaciones mediáticas o comerciales. Un tiempo en que los jugones eran primos de los chupones, los embusteros y los mingafrías. Todo el mundo sabía distinguirlos de los jugadores formidables, los más grandes, esos que no se detenían en el ejercicio de estilo, que hacían lo accesorio y lo decisivo, lo bonito y lo determinante, lo intermedio y lo final. Aimar procede de ese tiempo aunque haya nacido en éste, aunque quizás nadie sepa dónde está su cielo y si alguna vez lo veremos alcanzarlo. O quizás lo hizo ya y no lo supimos.

Porque es un poco Bartleby, a veces, un jugador misterioso, al que no le va la rotundidad escénica. Discreto, atardecido en los gestos, pero tan bueno, pero tan tan bueno... A veces Aimar toca la pelota con esa insoportable levedad suya en zonas intermedias del campo, y parece que ese mínimo gesto no ha tenido mayor importancia, pero uno distingue en él un modo distinto de hacer las cosas, la naturalidad del fenómeno, que deja una solución que es al mismo tiempo una solución y un involuntario tratado de estética. A veces Aimar cruza un trecho del campo con la pelota hilvanada entre los pies y todo se hace silencio a su alrededor, incluso la alarma de los contrarios al verlo escapar. Una quietud de belleza. En otras ocasiones le sale un fogonazo, el balón hinchado de gol. Como dijo el relator acerca de Diego: todo roto, igual es Gardel.

Hacia el minuto 49, uno podría elevar cualquier hipótesis sobre lo que iba a pasar en este partido de necesidades contrarias. Algunas de esas hipótesis, desde luego, guardarían cierta esperanza para el Nàstic, que estaba haciendo muchas cosas para reventar su condición de equipo atrapado en una paradoja: juega bien y ordenado, planta cara, tiene estilo y carácter... pero no tiene gol. Aunque está Portillo, ese chico al que le decían Portigol (hablábamos de ensoñaciones mediáticas), al Nàstic le falta la suma final de todas las operaciones. Makukula en el banquillo, recuperándose de una lesión. Acaba de fichar a Rubén Castro, otro joven prodigio. Pero el Nàstic va a necesitar algo más que el reconocimiento de sus contrarios si quiere sobrevivir. Se trata de un equipo generoso pero vulnerable, el más goleado de la Liga. Y muy incierto cara al gol. Ayer contó hasta cuatro o cinco ocasiones bien nítidas en la segunda mitad. Mientras contaba, el Zaragoza decidió un partido que pudo ponerse incómodo y que acabó en rotunda goleada.

Lo resolvió Aimar, como cualquiera sabe, a los cuatro minutos del segundo tiempo, en una escena en la que el argentino pudo recordar a cualquiera de los grandes medios de todos los tiempos. Quizás a Schuster, a Breitner, a Alemao, a Maradona, a Arrúa, a Redondo, a Sócrates, a Señor. A todos o a cualquiera. A muchos más. Aimar robó con guante blanco y condujo en perpendicular. Siempre es igual: mientras lleva la pelota, su cuerpo anuncia posibilidades mentirosas y hace descartes a velocidad de crucero. Eso confunde a los defensas, que no saben si recular o bien entrarle a saco voltearlo. La vacilación de los chicos del Nàstic finalizó con un balonazo mortal desde el balconcillo del área, que Rubén vio pero no vio. Ni siquiera iba esquinado, pero tenía tanta mentira en el golpeo que el meta del Nàstic bizqueó. Sólo enfocó la pelota, con todos sus colores, cuando ya estaba dentro de la portería.

 

García por Ewerthon. Hasta entonces el fútbol del Zaragoza no había sido suficiente. Le faltaba algo en todas partes. Arriba, Diego vive ya sometido a unos rigores defensivos siberianos, vigilado por uno y por varios. El Nàstic tiró su defensa bien adelante, a 35 metros. Eso suponía un panal de miel para Ewerthon, pero el brasileño se lesionó en el minuto 36 y entró Sergio García, aclamado por la grada. Antes, todos incurrieron en un buen número de fueras de juego. El Nàstic tiene bien aprendidos algunos recursos. Lo favoreció el asistente de ese lado, que era de los de muelle flojo.

El Nàstic no jugó mal, sólo que jugó incompleto. En el primer tiempo César le negó abajo una a Pinilla; y en el segundo acumuló varias más. Sacó muchos córners, circunstancia que impulsó un argumento resignado de Luis César, su entrenador. Algo de razón no le faltaba, pero los saques de esquina sólo entusiasman en Inglaterra, donde la tradición ha convertido esos tiros en un anticipo de gol. Mientras el Nàstic se iba quedando en el molde generoso de sus buenas maneras, mientras acumulaba córners, Portillo o Gil cruzaban remates o Pinilla sacaba un gol (!), el Zaragoza hizo lo sustantivo: pegó y mató, en un juego de cuchillos voladores que también define a los conjuntos de Víctor Fernández. Uno empieza a creer que en estos años Víctor ha mejorado el tránsito que Cruyff le pedía a Laudrup hace años: de lo artístico a lo eficaz. Los equipos de Víctor juegan bien, sí, pero sobre todo juegan a ganar. Una diferencia vital o decisiva.

La resolución tuvo que ver con Aimar y con la aparición enérgica de Sergio García, que le pone a su juego una madurez de adolescente. Dicho burdamente, está que se sale y hay que darle carrete. Sobresalió incluso en un equipo creciente. Diego boqueaba en busca de aire en un partido sin oxígeno para él, pero atrás los zagueros rugían, Piqué y Sergio cabeceaban todo, Ponzio se dejaba la vida y ponía fútbol, Juanfran estaba agrandado, Movilla y Zapater crecían como una marea de tarde. Aimar ya era una maravilla constante. Todo eso quedó reunido cinco minutos, sólo cinco minutos después del golazo inspirador del Cai, cuando el Zaragoza subía ya como una pura oleada de espuma. Óscar acabó a placer en el segundo palo una jugada algo tumultuosa para firmar el segundo. Óscar suma tres goles, pero aún no sabe cómo celebrarlos. El pase lo cruzó de rastrón Movilla, desde el lado derecho del área. A esas horas había gente en todos los lados del campo. El tercero se demoraría un ratito, lo suficiente para perfeccionar la frustración del Nàstic. Lo trajo García subido en una bicicleta perversa, con la que retrató la ingenuidad del Nàstic. Luego la envió de fuera adentro y Piqué le puso la zurda con destreza rara para un defensa.

Y así se fue la tarde, otra tarde hacia la Champions. Así el otoño es menos. Caen las hojas y aguanta el Zaragoza. Aimar impregnó todo con su aroma de fútbol de siempre, de futbolista grande de toda la vida, y reunió en los titulares cada idiosincrasia argentina: Aimar fue Gardel, Aimar fue Maradona, Aimar fue Fangio, Vilas y Charly García. Aimar fue Carlitos Monzón con el puño de hierro. Aimar fue Evita y su rodete de cabello güero. Y su palabra: Pablo Aimar volvió y fue millones.

Diario As, 20 de noviembre de 2006
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22/11/2006 18:23 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

El misterio Aimar: un caso para Philip Marlowe

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[Este texto apareció publicado hace un par de semanas en la revista Mediapunta. Nació como un encargo algo abstracto y pronto derivó en un juego a medio camino entre el periodismo, la literatura y el fútbol. El cometido del periodista consistía en dar respuestas acerca de lo que llamaríamos el misterio Aimar: el presunto caso del futbolista diletante. Después de darle muchas vueltas, recurrí a esta fórmula algo arriesgada y aún más singular. No sé si los argumentos acaban por ser convincentes o si el texto enmascara esos defectos. A mí me pareció una honrosa rendición. Si no podemos dar respuestas, al menos podremos entretener. Quizás sólo me divirtiera yo mismo al escribirla. Se la dedico a Pablo Aimar, el genio de los domingos].

La otra tarde recibí una nota con un desafiante pedido del editor: “A ver si desenredas el misterio de Aimar”, decía. Pronto supe que éste sería un caso para Philip Marlowe, pero Marlowe no estaba en su oficina cuando lo telefoneé. Es sabido que atiende de 12.10 a 12.30 del mediodía, y que a esa hora casi siempre lo aguarda en la antesala del despacho una rubia liviana que viene a traerle problemas. Así que enfrenté el asunto de Pablito yo solo. El encargo asumía que hay de verdad un misterio Aimar, alguna clave enigmática que desentrañar en la figura del jugador número 8 del Zaragoza. Uno lo mira y observa a un jugador prolijo, casi transparente, en todos los aspectos. Su fútbol tiene una claridad cristalina, armónica, elevada en las formas pero despojada de artificios. El dorsal no ayuda: cualquier otro número permite una entrada y una salida, pero el 8 juega a hacer sobre sí mismo un bucle que, vuelto sobre un costado, dibuja el anagrama del infinito. Me quedé pensando y concluí que esos signos eran poco benevolentes. Anunciaban problemas.

Comencé por reunir algunos datos conocidos, los obvios. Marlowe lo hace. Sinteticé la ficha en unos pocos folios y, como suelo tener la nevera como una cueva, fui a comprar algo de comida china en el establecimiento de la esquina. Me recibió una muchacha de flequillo recto como una cortina, a la que no conocía. Los chinos siempre están cambiando de lugar. Mientras daba cuenta del cordero con salsa agria de soja en un recipiente de cartón plateado, leí que Pablo César Aimar había nacido en Riocuarto, en la provincia argentina de Córdoba, el 3 de noviembre de 1979. Su padre fue futbolista y él ha seguido esa pequeña tradición, primero en River Plate, luego en el Valencia, también con Argentina y ahora en el Zaragoza. Subrayé este mismo nombre a la izquierda de una gotita de salsa que había ahuecado el papel en fina transparencia, y le agregué una anotación en tinta roja: “¿Por qué el Zaragoza?”. Seguí leyendo...

Cuando desperté sobre el sofá tenía un regusto amargo en la boca, como de digestión inacabada. Los restos de la comida estaban aún en la mesa baja del centro del cuarto de estar y los papeles de Aimar habían resbalado sobre el piso, desordenados. La pieza olía como un recipiente de cartón plateado lleno de salsa. Debí de dormir al menos un par de horas. Me di una ducha y me aseé el rostro, mientras recordaba en el duermevela haber entrevisto a un Aimar campeón del mundo Sub-20, perseguido después, cuando se hacía algo más grande, por figuras informes que repetidamente le trituraban los tobillos o se reían de él con bocas muy grandes y con muchos dientes. De las gargantas surgían enjambres de moscas. La única imagen que reconozco como cierta es una tapa de El Gráfico en la que Aimar, luminoso con una sonrisa aniñada, posa vestido de River Plate junto a Javier Saviola. El título restalla como un neón intermitente y onírico: “La rompen, la rompen, la rompen, la rompen...”. En otra escena del sueño, Aimar permanece quieto en el centro de un escenario, bajo una luz demoledora. Frente a él está Maradona, que alternativamente lo abraza y luego, al separarse, alarga un amplio dedo y con él le apunta al pecho: después el Diez, con un movimiento mecánico, echa la cabeza atrás y se carcajea de Pablito. La escena tenía lugar frente a una muchedumbre en penumbra y Aimar trataba de escaparle al minucioso foco con un gesto de contrariedad no demasiado enfático. En mi cabeza el ruido crecía paulatinamente: unos gritaban que Aimar era una promesa mentirosa y otros lo idolatraban en voces conjugadas.

La estrella al revés
“Tienes que presentarme a Aimar”, me dijo una amiga con la que cené aquella noche. Y se mordió el labio inferior al repetir el nítido apellido. “Aimar... preséntamelo”. Había bebido demasiado, pero la petición me resultaba familiar. No era la primera vez. Pablito Aimar es atractivo para las rubias o las morenas. Durante las cuatro mañanas siguientes estacioné el coche bajo una sombra a la salida del entrenamiento del Zaragoza y lo observé. Un prodigio de discreción. Callado, taciturno a veces, su modo de vestir muestra a un chico medianamente joven, de esencial desenfado, sin molestos intereses estéticos. No se viste con ropas de la marca que lo patrocina, ni lleva camisetas de moda llamativas, ni se hace el extravagante. Unos vaqueros nada tendenciosos, una camiseta de algodón oscura, unas deportivas... así todo. Esos indicios me confirmaron que Pablo Aimar es la estrella sin énfasis, el ídolo invertido, libre de entusiasmos ni imposturas.

Lo había intuido el día de su presentación en Zaragoza, cuando ante miles de seguidores rebosantes de ilusión enseñó dos caras. Primero, la parquedad de un carácter tímido frente a un estadio que lo aclama. Segundo, la precisa inteligencia de un jugador de fútbol que escucha las preguntas y piensa bien (y rápido) antes de responder. Reflexioné sobre esto mientras tomaba un gimlet en el Gregory’s. Al segundo vaso anoté en mi libreta: “Si bien Aimar parece distante o bien desinteresado en las entretelas públicas del fútbol, no se permite la ligereza ni por un instante”.

Apoyé esta conclusión con una frase recogida en una entrevista reciente en la que le interrogaban acerca de la renuncia de Riquelme a la selección argentina: “Lo tratan como a un ladrón. Parece que en la Argentina es peor un futbolista que juega mal un Mundial que un político que roba. Para opinar sobre su decisión hay que estar en su piel. Gracias a Dios yo no vivo de opinar. Sólo lo echo de menos como persona”. Esas frases aproximan a Aimar, un muchacho honesto al que le duele el juego de Hollywood que es el fútbol. Bajo sus palabras asoma una educación de cierta estatura moral. Y hacia el final, se presenta indudable el Pablo Aimar sencillo, que preferiría escapar de algunas obligaciones y regresar al barrio con los amigos con los que jugaba al fútbol.

Bartleby, el centrocampista
Cualquier jugador que no se comporte de acuerdo a los cánones es acusado de nihilismo. El nihilista más adorable que conocí fue Marcos Vales, un futbolista de extrordinarios perfiles al que Aimar me recuerda un poco, aunque en otro nivel futbolístico. Marcos, un tipo fenomenal, parecía adoptar siempre de forma involuntaria la postura del Bartleby de Herman Melville: sí, podría ser un tipo que la rompiera, pero... parece que él preferiera no hacerlo. Ahora que se ha ido Riquelme, otro incomprendido, la Argentina vota por Aimar como su mejor sustituto. Pero el Payito desestima sin palabras cualquier misión de carácter mesiánico. No que prefiera no hacerlo, no; es que ese empeño en la heroicidad le parece innecesario.

Él sabe que no existe tal cosa en el fútbol. Aimar alcanzó su cima en los días del Mundial de Corea-Japón, cuando Argentina tenía su ritmo. Como todos los grandes jugadores argentinos del momento, su trayectoria describió un ascenso rapidísimo, jalonado por todo tipo de comparaciones maradonianas y exabruptos ditirámbicos bien raciales. Después llegó a España y comenzó el tobogán en Valencia. Entonces vinieron las preguntas. Las dudas. La esperanza incompleta. Ganó un par de ligas, una UEFA, una Supercopa... pero crecía la sombra sin remedio: lesiones, acusaciones de fragilidad, intermitencias con el banquillo. Claudio Ranieri lo dejó afuera más que nadie. Su idea se resume en este pensamiento atroz, que se atrevió a hacer declaración: “Aimar pesa 60 kilos. No puede jugar tres partidos seguidos”. Esa sentencia dejaba planteado el misterio Aimar, que se conformó hoja a hoja, con el paso de los días. Hasta hoy. Anoto: “Qué difícil es ser Maradona sin ser Maradona”.

Ahora Aimar se busca en Zaragoza. ¿Por qué Zaragoza? Digo: ¿Y por qué no? Un hombre suele querer una cierta paz interior y la felicidad no se alcanza sólo de un modo, o todos haríamos lo mismo. Vi a Aimar frente a España y me pareció raro que ahora, de repente, haya que llenar la imagen de Riquelme, un futbolista que en la albiceleste siempre pareció bajo sospecha. Ranieri no ponía a Aimar; Bielsa no ponía a Riquelme. Eso es todo. Todo el misterio. ¿O no?

Al llegar a casa encontré en el buzón un ejemplar gastado de un diario argentino, con una nota adherida en la portada: “Busca el reportaje a Aimar y entenderás...”. Pasé las hojas mientras aguardaba al ascensor. Subrayado con uno de esos rotuladores fosforescentes vi este diálogo entre el periodista y Pablito:

-En el barrio, de chico, ¿soñabas con jugar en River y con Argentina?

-Es que yo jamás soñé con jugar al fútbol. Hay gente que no me cree, pero es la pura verdad. Hoy vivo lo que me tocó vivir y no puedo decir que me haya desilusionado o sorprendido. Yo empecé a jugar en Río Cuarto porque lo hacían mis amigos y llegué a Buenos Aires porque vinieron algunos de ellos. Después, estando acá, me di cuenta de que podía jugar en un club grande y ganar plata.

Me pareció que esas frases resolvían el caso, si hubiera alguno. Al llegar arriba me tiré en el sofá. Examiné otra vez la nota de mi comunicador anónimo: no había ninguna firma en el post-it, pero me pareció que esa letra despareja era del bueno de Philip Marlowe. Con una media sonrisa, me serví un gimlet y prendí el televisor. Pasaban un partido de los Yankees. Aún no me puedo creer que el pitcher sea chino: eso sí que es un misterio.

octubre 2006
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21/11/2006 01:02 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 17 comentarios.

D'Alessandro paga esta ronda

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El Cabezón decidió igual que en la ida. Sólo Tote puso algo de inquietud en el Hércules. El Zaragoza creció tras el descanso. Y Ewerthon, otro golito

La trama de un partido como éste -la trama es la historia que corre oculta por debajo de la acción, digamos- tiene que ver con la consecución de un gol, y sobre todo con la forma en que cada equipo ejerce esa búsqueda. No hay más, y de ahí que los partidos tiendan a ponerse premiosos, porque los equipos saben que lo arbitrario acecha en la Copa. En la elección de si juego así o juego asá no interviene tanto el factor estético como otros valores algo más abstractos: la sinceridad, el cinismo, la necesidad, las percepciones del superior y el inferior, las singularidades matemáticas de una competición como ésta. Dicho en términos cotidianos: el Zaragoza tenía la obligación de manejar el partido y tal vez encontrar ese gol aludido en largas argumentaciones con la pelota. Enfrente, el Hércules aparecería dispuesto para una dialéctica de opuestos. Lo suyo sería encontrar una ocasión perdida en un partido al que antes obligaría hacia lo insustancial, jugándolo con un adormecedor rigor táctico y en la aplicación de todas esas virtudes con las que los equipos de menor tamaño tienden a compensar los desequilibrios. Así que, mientras el Zaragoza movía la pelota con un cierto ritmo que pronto entraría en decadencia, el Hércules aguardó a esa ocasión que todas las noches procuran.

Tuvo una. Tuvo dos. Las tuvo Tote, y se las fabricó él solito con destreza de artesano hippie, esa clase algo canalla que le ganó acusaciones de indolencia por tirar rabonas en el Bernabéu. Cosa para la que, según los delimitadores de las primaveras, no tenía edad. La fortuna o no de Tote como jugador, naturalmente, no tenía nada que ver con eso, sino con cuestiones algo más esenciales. En cualquier caso, Tote tuvo dos jugadas cuando más se aplanó el partido (una volea muy habilidosa y un cabezazo apenas peinado) que le debió sacar César en intervenciones estupendas. La del pelotazo picado a los pies, más que difícil. Y ahí se acabó la suerte o la esperanza del Hércules, que jugó un partido concienzudo pero no mucho más.


Lo mató la mano de piedra del Zaragoza, que consiguió en el descanso sacudirse el desmayo y vencer por nocáut. Apenas despierto por la serenísima agitación de Sergio García y un par de culebreos de Lafita, el Zaragoza empezó el encuentro animado, pero se almidonó sin remedio. Sólo Lafita y un zambombazo de Ponzio hicieron algo de ruido, pero en general el Hércules no padeció. Doblaba la vigilancia en los lados y sin la pelota practicaba un repliegue sin disimulos. El aburrimiento paulatino del Zaragoza le permitió ganar posiciones en el medio y avanzar un tanto, pero sin dispendios.

En realidad, el partido se acabó en un cuarto de hora de la segunda parte, cuando Víctor cambió de bandas a Lafita y D'Alessandro. Esa variación y una ligera subidita en los ritmos generaron una fila de desequilibrios que culminarían en el primer gol: un centro muy tocado, muy intencional, muy listo del creciente Lafita desde el flanco derecho, Agassa que se confundió en la salida y el rechace para D'Alessandro. Mandrake cazó la mosca al vuelo, la agitó en el aire y la disparó contra la red. Antes ya había pegado una volea inverosímil, hecha de efectos que Agassa conjuró como pudo.

Lo demás se jugó mirando al Camp Nou. Por ejemplo, el cambio de Diogo y Sergio García, que será titular en el Camp Nou a pesar de que Ewerthon hizo la suya cuando el Hércules se descosió. El brasileño interpretó otra vez su mejor papel, el del hombre invisible. Apareció en una indecisión de los centrales y clavó el segundo de disparo bamboleante. Otro golito. Otro argumento. Otra ronda de lo mismo. Paga D'Alessandro.

Diario AS, 9 de noviembre de 2006
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10/11/2006 03:45 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Díganme señor García

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La Romareda aclamó al joven Sergio - El catalán inspiró una trabajosa victoria - El Getafe cayó con 10 y con honor - Goles de Diogo, Diego y Ewerthon

Sergio García se fue del campo elevado en el clamor de la gente, ganada para la admiración de este futbolista diverso y profuso, al que sólo le falta el gol si es que le falta algo. Sergio no había firmado ninguno de los dos que en ese instante determinaban la victoria del Zaragoza, pero a veces la esencia no está contenida en la ficha, que es fútbol liofilizado en números, para consumo de esa ciencia tan rara que es la estadística. Los números no son la verdad, pero no se lo diga usted a su hijo si le importa que apruebe las Matemáticas. Eso sí, compense con algo de ficción imaginativa, póngale vídeos de Curro Romero, señale para sus ojos los pequeños detalles que componen la verdad íntima de las cosas. Algo habrá de quedar. Si no responde, habrá tenido usted un pedazo de madera, pero igualmente los chicos son adorables. En La Romareda la gente tuvo ese algo romántico para apreciar que, aunque los goles no llevaran el apellido de Sergio, la victoria lo tenía por padre putativo: estuvo en todo lo sustancial, hasta hacerse él mismo la sustancia. Y la grada le gritó el nombre al despedirlo: Sergio, Sergio, Sergio. Su partido parecía proclamar: ya no soy Sergio, el chico del pelo pintado. Ahora, díganme señor García.

Cualquier otro futbolista se hubiera confundido con esa suplencia táctica del Calderón, pero el señor García regresó a la titularidad con el mismo ímpetu con el que sale disparada una bola de cañón. Las bolas de cañón no tienen memoria. Lo suyo es el futuro, en el que siempre cabe un petardazo mortal. Sergio salió al campo y se puso a tirar desmarques hacia los lados y entre las bambalinas de la defensa, subido en la línea del fuera de juego, suspenso en la cuerda invisible como un funambulista, con la pértiga cruzada sobre el regazo.  Cuando huele el área, García larga la pértiga y cruza el espacio. En el camino siempre se le ocurre algo diferencial, a veces decisivo.

En el minuto 11, Sergio Fernández lo alcanzó a ver al otro lado, bamboleándose entre las torres del Getafe, temerario en la cuerda como un Bordini colgando feliz de la torre de La Seo. Le mandó la pelota al abismo y García fue a por ella sin pensarlo, y le propuso una carrera a Pulido, como haría un niño. El defensa del Getafe tenía ventaja, pero vio de lejos al Pato Abbondanzieri y le pareció que estaba más cerca, como si la escena se produjera bajo el agua. Así que cuando tuvo que darle el pase, las distancias reales se le mezclaron con los deseos y el aliento desbocado de García. Pulido tocó atrás y se quedó corto. Luego vio a García adelantarlo por la derecha, en explosiones sucesivas,  y comprendió que tendría que tirarlo porque ese chico enloquecido iba a madrugar al portero. Ese chico se iba a meter entero en el gol, con la pelota en los pies. Así que Pulido, derrotado, lo tiró al suelo. Y vio la roja.

Orden y juego. La Romareda había vivido un inicio febril, con el Zaragoza cruzado por el entusiasmo. En esa efervescencia, 80 minutos contra diez suponían una promesa de victoria, y la gente quiere más victorias cuantas más victorias tiene. Pero la tarde se quedó parada de pronto. Al Zaragoza se le hizo más difícil jugar frente a diez que frente a once, porque el Getafe mezcla orden y fútbol con una naturalidad en absoluto afectada. Obligado a forzar una mueca defensiva, perdió  iniciativa y posesión, pero se compuso tan bien que por momentos pareció que podría aguantar siempre. Tal vez lo animase una rara convicción: que también podría ganar con diez. Y la sostuvo con esa cierta pasividad mentirosa de los que piensan en emboscarte. Durante media hora, el Zaragoza trató de vencerlo con paciencia, ganando pequeñas batallas. Se vio que está más maduro y asume mejor los distintos partidos que hay dentro cada partido.
Ese largo periodo lo reventó el gol de Diogo. Y van dos. Dos golazos. El uruguayo es el soldado universal, un recluta de élite que hace de todo. Lo mismo pilota un avión que dirige una carga de infantería. Se maneja con arma automática o a bayoneta calada. Desmonta un contraataque a pelotazos o hace el sombrerito de Anoeta. O la volea de interior con la que puso en ventaja al Zaragoza ayer, a la salida de un córner. Víctor se había pasado el primer tiempo sacando gente del área en los saques de esquina para arrastrar defensas y hacer algo de vacío. En ese espacio neutro encontró Diogo el gol.

Pero tampoco esa desventaja sacó de sitio al Getafe, un conjunto adusto al que resulta imposible adivinarle las emociones o las debilidades. Víctor ya había sacado a calentar hacía rato a Longás, porque veía que eso que llaman repentización podría ser un valor principal. Toño Longás apareció justo con el 1-1, un penalti señalado a Diego Milito por jugar al churrová en el área con Belenguer. El del Getafe subido a la grupa del argentino. Turienzo pudo pitar lo que quisiera: churro, media manga o manga entera. Dijo manga entera, para no quedarse corto, y Manu, un grandón engañoso, le metió la manga entera a César.

Entonces salió Longás, que vino a sumar juego y acabó por multiplicarlo con su gloriosa naturalidad, hecha de privilegios técnicos e inteligencia. Todo licuado, da un pase, un corte por anticipación (el que acabaría en el gol de Ewerthon), una descarga para el otro lado, un ritmo armonioso de fútbol. Movilla había agitado el árbol, Óscar fue aquí y allá, Zapater respiraba por siete en el medio campo, Longás lo derribó con pases finísimos como hojas de afeitar. ¿Se puede tirar un árbol con una cuchillita? Se puede, sí señor. No hace falta un hacha. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Dadme tres (Sergio, D’Alessandro y Longás) y habrá tres goles. Todo se ordenó veloz: Sergio le filtró una pelota a Diego y Diego escapó. Su finalización al palo largo sirve para explicar qué es un gran goleador. Lo dijimos una vez: un tipo capaz de guardar el equilibrio y enhebrar el hilo en un tren desbocado que entra a un túnel en la noche. Diego la bajó de pecho y, pese a estar fatalmente desprendido a la izquierda, la puso en la cruz opuesta.

Quedaba un cuarto de hora. Mucho tiempo para un chico como Longás. Demasiado para el Getafe. Se fue García sobre el final, subido en un viento de idolatría, y surgió Ewerthon de la sombra. Pero no hay sombra para alguien como él. Antes de decir buenas noches tenga usted, Ewerthon convirtió un robo de Longás en el zapallazo que fue el tercero. Por si alguien había tenido la tentación de olvidarlo. Sigue siendo el tipo más rápido de nuestras vidas. Su aparición define al Zaragoza: una reunión de felicidades en franca y provechosa competencia.

Diario AS, 6 de noviembre de 2006
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08/11/2006 10:47 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

La otra cara de la luna

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El Zaragoza gana con un estilo distinto - Aguante, poco fútbol y un gol redentor de Óscar - César lo salvó antes - La victoria lo pone en Champions 

El partido nos enseñó que Víctor Fernández tiene más caras de las que le imaginábamos. Y también el Zaragoza, por extensión. También puede ganar, según vimos, quitándose fútbol, sin Aimar y con suerte. Cuando uno verdaderamente quiere llegar lejos en una competición, más allá del ejercicio de estilo, necesita este tipo de valores. El Atlético se quedó tieso. Es apenas un equipo industrioso, que parece ir extraviando ya todas sus convicciones. A los puntos, el encuentro era de poco fútbol y empate, pero esa otra cara del Zaragoza le rindió tres puntos que lo ponen en la Liga de Campeones. Champion-lí que diría Gil.

Las condiciones estaban dadas de antemano. Con el Atlético enfrente y el Zaragoza sin Celades ni Aimar, el centro del campo se convirtió en una mina a cielo abierto. Allí bajaban los hombres, las caras renegridas en infaustos ascensores, como un ejército educado en el silencio y la frustración. La lírica del esfuerzo no existe salvo por luminarias como Fritz Lang y su Metrópolis. Al rato de ver un partido de fútbol hecho de interrupciones y emboscadas en el medio campo, uno se pregunta sobre el sentido de todo aquello. Si no mandan las porterías y no hay algo de alegría, un niño que corra por el valle, algo, no hay nada. No queda nada.

Había dos niños, Lafita y Víctor Bravo, entre la montaña de hombrotes. También estaba D’Alessandro por el otro lado, y pleiteando, pero D’Alessandro viene a ser el Bola, uno de esos procaces de once años que derrapa errecincos trucados en las curvas de tierra del barrio. Y el Kun en el hospicio, como un expósito. Dos niños en la banda izquierda, que es la ciudad de los muchachos, buscando su sitio entre esos hombres de cabezas afeitadas o cabezas trapezoidales o cabezas con miradas amenazantes. Eran Costinha, Luccin, Maniche, Movilla, Zapater. Malcarados. Luego resulta que la peor patada la dio el Kun Agüero. Es la teoría del niño que delinque obligado por la sociedad. Pobre.

Naturalmente, la primera media hora tuvo un sentido meramente industrial. El Zaragoza salió a presionar bien arriba, con los dos medios hostigando y uno de los delanteros metido siempre entre los creadores del Atlético. No era una mala idea, tácticamente hablando: ese espacio que rodea al círculo del medio es donde se escribe la letra pequeña de los partidos. Lo raro era ver al Zaragoza en ese ejercicio de contrarios: esperar un poquito y dejarle al rival que venga, que se acueste un poco hacia delante. Mentirle un poco para después contarle la verdad.

Que Víctor Fernández se pusiera así no lo teníamos contemplado. ¿Víctor porfiando por un empate? Vamos a pensar que el tiempo y la edad corrigen o empeoran o matizan o mejoran. O lo que sea que hace el tiempo, que dicen que lo cura todo. Qué mentira tan conveniente. El caso es que de las intenciones del entrenador avisaba la inclusión de Ewerthon en la alineación titular. Víctor quería amagar al equipo en su campo y aprovecharse de los espacios. Alejar a los medios matraca de Aguirre y así someterlos a una discontinuidad que luego había que aprovechar. Pero nadie lo hizo hasta la segunda parte. El entrenador terminó calculando bien todas las coordenadas o la jugada le salió perfecta. El gol final de Óscar (otra redención pequeña para un hombre en horas bajas, limpiado ayer) favoreció el planteamiento de Víctor. Quizás el Calderón, sin Aimar, no era sitio para hacerse el simpático. En el Calderón había que ganar. Con un 0-1, todo lo extraño extraña menos.

Ni un tiro. Nadie hubiera dicho a esas horas en la mina que el Zaragoza encontraría cómo hacerlo. Constreñidos los dos equipos en las obligaciones intermedias, pronto quedó claro que el traje de este domingo le quedaba mejor al Atlético que al Zaragoza. Galletti se puso sinuoso como una chica peligrosa. Un remate suyo de cabeza ayudó a dibujar un prodigioso despeje a César. Luego el hombre de gris se tiraría en palomita a un disparo de falta de Antonio López, y la figura en el aire le resultó tan artística que recordó a aquélla de Miguel Ángel frente a Austria en el Mundial 78. Esa parada deberían pasarla una vez a la semana en los telediarios. Si no, los chicos crecen sin valores concretos.

Luego César estuvo también en lo menor, puños fuera y ese pleito con Costinha. Qué cara de malo tiene Costinha. Y qué mal juega. Era un partido disputado entre el grisú de la mina, y no hay quien haga fútbol con esos cascotes con linterna encima. Además, desaforados todos en el esfuerzo de horadar la tierra, nadie se acordó de que conviene de cuando en cuando ponerles un balón a los de arriba. Es verdad que los de arriba son unos vividores, pero la jerarquía es así. Manda el gol. El medio campo constituye un proletariado relativo. Hay que aceptar que en esas posiciones, el cuerpo está al servicio del club.

El Zaragoza no tiró en toda la primera parte y el Atlético apenas encontró a Torres ni sus amigos. Como no podía ser de otro modo, eso cambió después. Al final el fútbol, como el agua, regresa a los caminos naturales. Se hizo una cierta luz, corrió algo de viento fresco por el medio campo y la cosa empezó a moverse, con un cabezazo peinadito de Sergio que avisó al Atlético. Como los partidos tienden a acusar dinámicas pendulares, en ese cambio ganó el Zaragoza. Es raro que dos equipos estén contentos con el mismo partido. Al Atlético le tocó entonces ponerse a pensar y no encontró palabras. Y además, Aguirre hizo una de esas de entrenador al quitar al joven Víctor Bravo, un zurdo puntilloso, con un uso magnífico de los espacios y muy cariñoso con la pelota. Por la misma lógica de edad luego se fue Lafita, aunque éste pudo tener más razón porque había dejado un despliegue espectacular, un deseo adolescente que fue educando conforme pasaban los minutos. Cuando lo quitó Víctor, llevaba un rato siendo el mejor del Zaragoza en ataque, el más osado, echándose defensas a la cara. Le faltó terminar una, apenas...

En realidad, es lo único que le faltaba al Zaragoza, que poco a poco ganó la batalla de las impresiones. La impresión más clara decía que podía hacer un gol en cualquier momento. Ewerthon se perdió uno. Salió García para agitar la botella de gaseosa. Para cuando Óscar dio con esa combinación de Diego Milito en el portal del área, ya parecía que el encuentro quedaría sumido para siempre en el empate sin goles y que los hombres regresarían del trabajo con una mínima derrota de tristeza en la cara. Pero Óscar guardaba otra pequeña historia. Un gol, una pequeña redención.

Diario AS, 30 de octubre de 2006
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31/10/2006 07:20 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Diego dispara a la cabeza

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Real Zaragoza, 2-Betis, 1 

El Príncipe cazó al Betis y lanza al Zaragoza arriba - Robert descontó con un golazo - La lesión de Aimar dejó huérfano al equipo - Edu vio la roja 

Aimar camina por el campo de fútbol con un candil prendido en la mano, igual que Diógenes, buscando un hombre pero sin esa impostura filosófica del barril y la higiene desatenta. En general busca un hombre que lleve su misma camiseta, y lo busca para darle la pelota o, si acaso, darle un gol, que es la felicidad en este juego. A Diego Milito le entregó ayer el segundo del Zaragoza después de una jugada de fascinante punteo: primero lanzó el contraataque por el carril central, en una muestra más de su prodigiosa lectura de los espacios. Luego tiró una combinación con D’Alessandro, después entró al área por la puerta lateral, allí recogió la sutil pared y salió otra vez hacia fuera: dejó tirado a Rivera, luego a Nano y, de vuelta, le cambió el sentido el balón para cruzar entre la defensa un pase de gol. Milito hizo el 2-0.

Si se explica la jugada con ese detalle es por dos motivos. Primero porque, vista desde el punto de vista del Zaragoza o desde el punto de vista neutral, esa reunión de placeres que dibujó Aimar fue para encargar un marco y poner la jugada sobre la cómoda; mirarla por las noches y rezarle. Una fascinación tras otra, todas tan armónicas que duelen sólo de verlas. El otro motivo tiene un alcance más global, porque la luz de Aimar definió en buena medida el partido: sin el Cai, que se marchó lesionado en el descanso, el Zaragoza extravió el camino, y el Betis se despertó cuando nadie lo esperaba ya.

La verdad es que el Betis había empezado bien el partido. Tuvo pasajes prometedores y un primer pelotazo de Wagner que restalló en el lado de fuera de la malla como un aviso. Había salido bien dispuesto y supo por dónde encontrarle la vuelta al Zaragoza, que sin la pelota aún es un equipo medio esponjoso, sobre todo por el medio y por afuera. El balón de Robert al green que vigilaba Diogo lo encontró Wagner en ventaja. Se le pusieron los ojos como platos, pero la largó al lateral. Son las cosas de los equipos de Víctor Fernández, un entrenador que siempre prefiere pensar en lo que pasa más que en lo que pueda pasar. O sea que, puestos a priorizar, le importa lo que haga su equipo con la pelota, y no tanto lo que podrían hacerle sin ella. Es la diferencia con los cagones.

Lo cierto es que el Betis pudo hacer daño. Anunció un encuentro de detalles tácticos y peligro arriba, a pesar del presunto adelgazamiento de su ataque. Sin embargo, en el minuto 12 encajó el 1-0 en un balón medio tonto en el área, un balón que las defensas deberían pulverizar pero que fatalmente tocó Sergio de cabeza. Quedó blandito en el área y Diego Milito, de modo prosaico, un poco a la Gerd Müller, lo mandó al gol. En medio escorzo, y bien pegado al palo. Es esa cosa serial que tienen los goleadores, que enseguida se ponen golosos. Milito lleva ya siete goles en siete jornadas. En seis partidos, porque se dejó uno por lesión.

El tanto le arrancó todas sus convicciones al Betis, que se había visto tan bien... Se arrugó un cachito y eso incendió al Zaragoza, que se puso a jugar a velocidad de ángel. La velocidad de Aimar. Pablito vino al medio y desde ahí dobló el partido en tres amagues, dos fintas y cuatro pases, fabricó el 2-0 y se metió la noche en el bolsillo, hecho de fantasía. Cuando se quedó en el vestuario, llenó a los suyos de una duda que era pura melancolía. En ese hueco de los relojes se coló Robert para lanzar desde la izquierda un jugadón prodigioso: Robert escapó como un fantasma y acabó hecho carne en el balcón del área, desde donde clavó un globo de agua a la escuadra.

Hasta ahí, el Betis estaba con diez por la expulsión de Edu, acusado de un codazo medio invisible. Estaba confuso y con su medio campo hecho trizas, pero Irureta le dio cuerpo con Capi y Vogel; y Robert le agregó sentido con su golazo. El Betis desmintió todo lo anterior, tuvo al Zaragoza sedado y si no llegó a más fue por asfixia y porque el Zaragoza tenía atrás a Gabi Milito hecho un Tarzán. Otra vez con una impresión radicalmente contradictoria, el equipo aragonés se durmió en Europa. El Betis se había llenado de dignidad durante 45 minutos, pero la dignidad no puntúa. Contra los goles de Milito, es nada o casi. Es el infierno por abajo.

Diario As, 22 de octubre de 2006
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23/10/2006 17:09 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Diez cositas sobre el derby

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Últimamente no creo en casi nada, salvo en el estilo futbolín de Diego Milito: el cuerpo envarado y todas las pelotas a la caja. Lo aviso para el que observe demasiado escepticismo en estas diez consideraciones. O las que sean. Voy:

  • Xavi, Iniesta y Deco en el medio... La alineación de Franklin Rijkaard era para salir al campo, saludar desde el círculo e irse a casa sin jugar. Reunía tanta grandeza el gesto que no se lo podía someter al juicio de un partido. Lo que pasó les pasó por no irse.
  • Xavi no puede jugar de cinco, igual que Guardiola no podía jugar de diez. Iniesta me parece un pasmao, el niño de Los Otros. Creo que hace algo sustancial una vez cada seis meses, más o menos como yo. Alfonso me objeta que "siempre elige bien": lo animo a que lo lleve a concursar al Un, Dos, Tres.
  • Diarra es un petardo. Emerson, dos. La Liga española, que está hecha de cinco equipos principales y un largo batiburrillo pastiche, posee sin embargo un nivel medio tan alto que desnuda a muchos tipos como éstos, que han vivido emboscados en la atlética mediocridad que propicia el fútbol de hoy.
  • Lo mismo, multiplicado, vale para Gudjohnsen. Camacho lo tiene, dice, por un magnífico delantero, lo cual nos pone en guardia. Siempre dudé del privilegio que la liga inglesa reserva a los escandinavos. Los Hyppia, Solskjaer, Gudjohnsen, Bjarne Riise y tal. (¿Riise era lateral del Liverpool o era ciclista?).
  • Silogismo: que juegue Gudjohnsen y Saviola esté en el banquillo equivale a echar a Saviola y luego fichar a Maxi López.
  • Me crece la sospecha de que los italianos y asimilados son nostálgicos involuntarios. Los sacas de su medio natural y se quedan en la mitad: hablo de Zambrotta, Thuram y Cannavaro. Aquí y ahora, entre los tres no descalzan a Rafa Márquez.
  • A Van Nistelrooy lo tengo por una farola. Como tal, a las horas convenidas por el programa informático se ilumina y cae un gol. Pero no deja de ser una farola.
  • El Madrid no es ni la mitad de divertido sin Ronaldo. Y no hablo sólo del fútbol, hablo del teatrillo, del juego de Hollywood. Una de las imágenes más entrañables que puedo imaginar es ese banquillo de Capello con Ronaldo y Robinho, que parece su sobrino el pequeño, cascando pipas. Los veo y me dan ganas de que salgan y ganen ellos solos.
  • Uno de los milagros más consistentes del fútbol reciente es que el Barcelona ganase la Copa de Europa con Puyol y Oleguer de defensas, más Valdés en la portería. Si alguien me guarda una explicación no obvia (lo buenos que eran los del medio hacia arriba) que chifle.
  • El lunes pasado, con el cadáver de Getafe todavía caliente en la carretera, que diría García, anuncié en un programa de televisión que jamás será emitido que el Madrid ganaría el derby. Para que quede constancia de mi visión periférica, mañana lo recordaré en otro programa de televisión que jamás será emitido. En fin, la historia de mi vida...
  • Exclusiva demoledora de Manolo Lama en El Larguero: se ha suspendido el entierro de Raúl.

[Foto: Raúlo entró así anoche en casa a las tantas, con el resultado en la mano. Dicen que venía corriendo desde el Bernabéu con ese mismo gesto sostenido, sudoroso Castellana arriba, sin sacarse la camiseta ni nada].

23/10/2006 00:36 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

Puro Esnáider

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Esa mirada incesante que examina el fotógrafo Alfonso Reyes (sobraría la entrevista que sigue), tiende a variar los tonos como un mar, ocultando a la multitud de hombres que siempre hay en el mismo hombre. Franca o distante, nunca resultó fácil adivinar si tras ella había un tumulto interior o la lejana alegría de un goleador idolatrado. La vida de los futbolistas -vista por la gente, vista por la prensa- siempre es una versión incompleta de la verdad. Un profesional, creo, debe recordarlo para recordar que sus verdades nunca son absolutas, que el título de periodismo no otorga razones concluyentes. También la gente debería saberlo. Pero son cosas que se olvidan y luego vienen los dramatismos y las escenitas, que hacen de la trayectoria profesional de un futbolista, a menudo, el viaje repetido de un péndulo: los más queridos serán los más odiados. De todos los principales de la Recopa, Juan Esnáider fue el personaje más acabado y al que menos traté, pero esta conversación diez años después me ratificó algunas intuiciones y me permitió descubrir aspectos que ignoraba. En mi recuerdo, Esnáider está envuelto en un frío silencio de desinterés, roto por los gritos de gol o por los gritos que lo acusan de haberse ido primero y de haberse borrado después. Si a la vuelta de los años esta entrevista en AS reúne algún mérito, se debe al personaje, a su sinceridad, que hace revancha con aquellos pasajes que nunca quedaron bien explicados, o quedaron explicados con artera parcialidad. No es probable que quien tenga una idea ya hecha de Juan vaya a cambiarla. Pero es bueno escucharle. El tiempo pasa. 

Entrevista | Juan Eduardo Esnáider


"RETIRADO ZIDANE, EL JUGADOR
NÚMERO 1 DE LA LIGA ES AIMAR"

Juan Eduardo Esnáider. Gardel. Ventarrón. Ça va?
Bien, no nos podemos quejar. Estamos en una época de decisiones porque mi mujer y mis hijos quieren venirse a vivir a España, así que trato de ver qué puedo hacer. Lo nuevo fue vivir en Argentina, yo allá sólo estuve de adolescente...


Juan Esnáider está de paso en Zaragoza. Regresa al Hotel Romareda, que siempre fue su refugio. ¿Pasó el tiempo? Las chicas salen de la cocina a fotografiarse, en la recepción parece que lo vieron ayer mismo, el camarero le pregunta: "¿Sigues jugando, Juan?". Él se roza una leve panza: "¿Qué voy a jugar? ¿No ves que me metí 15 kilos en dos años?". Puede que se le hayan redondeado las facciones, pero sigue la mirada grisácea que lo define y el hoyuelo a lo Kirk Douglas. Va a hablar de antes, de ahora, de ese raro exilio que siente adentro... Bajo la mirada del tigre hay un hombre sensible, lo intuimos siempre.

¿Cómo surgió la romántica idea de comprar el club Cadetes de San Martín?
Es el club en el que yo jugué de chiquito. Empecé a echarles una mano, eso fue creciendo y a mí me interesó cada vez más como proyecto de vida. Ahora ya es un conocido en Argentina y está dando sus frutos. Hemos metido jugadores en clubes de Buenos Aires, alguno en el Atlético, van a venir más... Está creciendo mucho.

El otoño del futbolista no es siempre un estanque dorado. Después del Zaragoza, Esnáider jugó en el Oporto, en River, en el Murcia, en Newell's... Aquélla fue una vuelta extraña o inesperada en un jugador que hizo toda su carrera de este lado. "En River, hasta los nenes me dijeron burro", le contó una vez a un periódico. Eso resume el desarraigo.

¿Cómo fueron esos años?
Deportivamente, malos. O no como uno espera. Elegí volver a Argentina y nunca me adapté del todo al fútbol de allá. Soy argentino, pero futbolísticamente soy más español porque hice toda mi carrera en Europa, así que había cosas que allí eran normales y a mí no me gustaban. Y luego estaba el cansancio físico. No sé... era el momento. Si me hubiera quedado en España, habría seguido jugando. Aquí me hubiera sentido más protegido para seguir. Además, es indudable que soy mucho más respetado como futbolista en España.

Su último año en Zaragoza forma parte de un mito: apenas se entrenaba, y el domingo jugaba como los ángeles.
Sí, fue algo increíble. Cosas que pasan pocas veces en la vida. Yo me sentía muy bien, protegido... Sí, puede que no todos te quieran, pero siempre tuve algo especial con esta ciudad, y eso me ayudaba a superar todo. En Argentina no, al mínimo traspiés me venía abajo y eso me iba minando.

Hizo 11 goles en 17 partidos. Increíble. Y luego...
Me preguntaban si era el mejor momento de mi carrera y yo pensaba: 'Los tuve mejores'. Pero los goles marcan... Y era el momento. No me tendría que haber ido (hace una pausa y se ríe). Mi idea era no moverme de Zaragoza, retirarme aquí, pero...

Un final desagradable. La expulsión del Celta, aquel incidente. ¿Cómo lo recuerda?
Leí cosas que... Leí que me había autoexpulsado. Mira, a mí me han expulsado muchas veces, pero en mi cabeza no entra el concepto de autoexpulsión. No existe el jugador que haga eso. Después de los cinco meses que jugué, cómo lo hice, después de lo que sufrí físicamente... ¿me voy a autoexpulsar? ¡Noooo! Primero, que ese partido nunca debería haberlo jugado, porque yo estaba roto físicamente. Jugué con una rotura muscular, me quedó un hueco en la pierna que si lo ves te asustas. La gente no tiene por qué enterarse, si entras al campo es para jugar, pero no, yo nunca me quise autoexpulsar. Yo quería que nos salváramos. Lo dejé claro en un montón de partidos, ¿no?

...
También se dijo que me hice expulsar porque el presidente ya me había dicho que no iba a seguir. Eso es mentira. Después de ese partido yo seguía pensando que me quedaría. Hice lo posible para lograrlo: lo sabe mucha gente. Si en un club me ofrecí a jugar, incluso gratis, fue aquí. Le dije a Pedro Herrera: "Si queréis, yo juego gratis, y si al final me queréis pagar, me pagáis". No sé quién decidió que yo no siguiera, pero yo no fui. Pese a todo, nunca pensé en irme de aquí. Fue una decisión del club.

Hablemos de lo bueno, de lo histórico. Diego acaba de igualar sus cifras de gol al inicio de un campeonato.
Sí, buenísimo. Yo jamás fui de mirar las estadísticas. Jamás conté los goles que anoté, no sé ni cuántos hice. Siempre he pensado que tiene más importancia el trabajo, las ocasiones que generas, abrir espacios. Creo que Milito tiene muy buenas condiciones. Es el tipo de delantero que me gusta. Además, jugó en Racing y yo soy fanático de Racing. Así que aún lo quiero más.

¿Ve al Zaragoza?
No mucho, pero por los nombres me encanta. Conozco a los argentinos, jugué con D'Alessandro en River, con Aimar en la selección. Y Aimar me parece el top. Me gusta el equipo. No sé si se parece al nuestro, pero hay detalles similares: la poca marca por ejemplo... ¡Fíjate que en nuestro equipo marcaba Aragón!

Es el segundo mejor goleador.
Eso es típico de los equipos de Víctor: marcan y encajan. Igual que nosotros. Lo importante es meter uno más que el rival.

Cuando dice que Aimar es el top, ¿a qué se refiere exactamente?
Zidane era el mejor de la Liga española y Aimar, el segundo. Retirado Zidane, Aimar es el número 1. Aún no está al cien por cien, se tiene que adaptar... pero creo que va a andar muy bien aquí.

¿Qué da este club a jugadores de ese nivel?
Yo hablé con Pablo antes de que viniera, y le dije que aquí iba a encontrar mucho más cariño, que se iba a sentir más protegido que en Valencia. Y no porque sea un equipo más chico, sino por cómo son el club y la ciudad. Aquí cuando las cosas van bien y la gente te quiere se nota más que en otras ciudades. El año que nosotros ganamos la Recopa, ninguno se quería ir. Pero tenemos familias, hay que ganar dinero: yo tengo 33 años y ya no juego. Si no hubiera ganado dinero... ¿qué hacía ahora? Nunca nos quisimos ir. Queríamos ganar títulos, queríamos la Liga: es más, aquél era el año de hacerlo. Pero... así no vas a llegar nunca a hacer grande. Lo hizo el Valencia, lo hizo el Celta con Víctor Fernández. A los buenos hay que tenerlos. Y a nosotros, en nuestro mejor momento, nos separaron.

Esa era la política del club. Eso y culpar a los jugadores.
Claro, a mí me silbaron durante cinco años cada vez que regresaba acá. ¿Y por qué? ¿Por qué si yo aquí me lo dejé todo? ¿Si en ningún sitio di más? Hasta me ofrecí a jugar gratis. Y luego... Ojalá que todo eso haya cambiado. El tiempo pasa, el tiempo pasa.

Esnáider habla de los días de su adiós tras la Recopa como el apostador que habla de una estafa que ya no le duele. O sí. Pero ya aprendió a olvidarla. Es obvio que en la calma siempre vio como en tercera persona a aquel delantero tumultuoso que era él mismo. Ahora se ríe casi avergonzadamente.


No sé si me reconozco. Pero sí... mi papá me pitó de joven y me expulsaba, yo le decía cualquier cosa, siempre lo mismo. Luego no nos hablábamos en el autobús de vuelta. Me peleé con Juanmi, que era íntimo amigo, después del 4-4 con el Barcelona. Años después me disculpé, pero entré al vestuario tirando pelotas, dando golpes, gritando (risas). Me peleé hasta con Vellisca, que era un pan de Dios. Qué sé yo...

Nadie sabe. Era ese ventarrón del tango, que iba y venía sin aviso previo. Era el malevo cuyas hazañas todos aclamaban. Puro huevo. Puro Esnáider.

19/10/2006 11:47 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 10 comentarios.

Diego el Destripador

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Milito asesina despacito a la Real. El Príncipe es el máximo goleador, con Kanouté. La roja a Rivas dejó tiesos a los vascos. Diogo agregó un gol de virtuoso

Real Sociedad, 1-Real Zaragoza, 3

El Zaragoza le hizo a la Real un trabajo quirúrgico de autopsia en vivo, discreta pero atroz, como los asesinatos del Destripador en los zaguanes de Whitechapel. Hubo más y menos que eso: una Real moribunda que en media hora quedó en inferioridad numérica por expulsión de Diego Rivas y el Zaragoza en un contenido ejercicio de superioridad, ese tipo de comportamiento que sirve igual para el elogio que para la crítica. No fue un gran partido, claro, eso lo vio cualquiera; pero sí un partido ganado con una impresión de eficacia casi artera, sobradora. Era tan poquito la Real... Pero ojo, hemos visto encuentro con un contrario que era nada o menos, y no los ha ganado el Zaragoza. Ayer Diego Milito destripó sin prisas al rival con dos goles que confiscan otros muchos detalles. Hay que rescatarlos: el partido chispeante de Sergio García, que viene como un tren alegre, chiflando vía arriba; la sobria autoridad de Sergio y Gabi (ay si no le remataran arriba); el gobierno tranquilo de Celades y Zapater; la silenciosa gloria de Aimar, que late siempre bajo las verdades y las mentiras de un partido. Y ese gol de Diogo, el soldado universal: leve sutileza de barrio chico.

La verdad es que el Zaragoza tuvo pasajes de mucha contemplación y ramoneo, pero esas culpas parecen demasiado minuciosas para un equipo que gana 1-3 con un ensayo de superioridad indudable. Éste va a ser, ya lo es, un equipo generoso en el gol, y quizás no debiéramos olvidar que en los últimos años ese detalle capital ha constituido uno de los más graves problemas estructurales del Zaragoza. Lo que ocurre con los goles es lo que ocurre con el dinero, que cuando se tiene se da por supuesto, algo natural. Y no lo es, no.

Hay más cosas que mueven a la confianza o a un modesto festejo. Hay un entrenador que resuelve los dilemas por la vía del atrevimiento y no por la pacatería, y así puede dormir tranquilo porque al menos le es fiel a sus ideas. No hay que disparar aún los cohetes, claro. A estas alturas no podemos establecer verdades absolutas sobre este Zaragoza. Cualquier tendencia o conclusión puede ser revisada cada semana. Verbigracia: tanto hablar del juego por afuera... ayer D’Alessandro y Aimar se abrieron más a los lados cuando el Zaragoza tuvo la pelota y, sin embargo, eso jugó en contra del equipo. Demasiada lejanía entre la gente, conducciones excesivas, algo de extravío de esa alegría combinativa, veloz, burbujeante, que permite al Zaragoza pasar los medios campos rivales con gentil ingravidez. Si ayer no jugó con brillantez —y eso no es jugar mal— fue por inexactitudes propias, mínimos equívocos. Aun así, tiene ya un buen puesto a estas alturas, tiene a futbolistas en crecimiento, tiene un amplio margen de evolución... Esos no son valores despreciables.

Pase atrás. La Real Sociedad se adelantó por un penalti tontuelo de Juanfran a Kovacevic, otro de esos errores (van tres) que el Zaragoza comete con descuido y frecuencia. Un centro pasado y un agarroncito en el salto... La sentencia la pasó al papel Xabi Prieto con un par de paradinhas concéntricas, una dentro de otra o una detrás de otra, antes de rematar contra César. Esa figura de estilo previa al disparo tiene un doble filo de ventaja y riesgo. Prieto sujetó el tiempo un par de segundos en dos amagues larguísimos, César cayó a su izquierda y el otro le cruzó la pelota al riñón opuesto. Hay jugadores que no conocen el frío en la espina dorsal.

Sin esa concesión del Zaragoza, la Real tenía estrictamente nada. Uno salvaría a Garrido, el concienzudo lateral zurdo, pero vamos, por salvar algo. Bakero se quedó en la división de los espacios, lo que le sirvió para dividir al Zaragoza, fragmentarle el ataque y así limitarlo a una cierta intrascendencia: mucho pasecito atrás, algo de premiosidad. Bakero, que hizo del pase atrás un arte universal, sabe de eso. Pero esas leves victorias estratégicas no iban a tener peso en el partido. Lo que el Zaragoza valió o no lo debió a sí mismo.

Además, Ramírez Domínguez se cansó pronto de ver a Diego Rivas repartir cera caliente. Acerca de las dos tarjetas podríamos hablar horas. Lo cierto es que Rivas dedicó su media hora a serrar tobillos, sin disimulo, confiado en la moratoria del árbitro. Olvidó algo que debe saber cualquier medio centro: para que ese plan salga bien hay que ser Albelda. Ramírez no es buen árbitro, pero por lo visto es un señor sensible y por eso mandó a la ducha al duque de Rivas. Protestó todo el mundo, pero su decisión reposaba en la justicia poética: la deuda con Aimar y los futbolistas obligados a vivir entre cortadoras de césped desbocadas. Puede ser que Ramírez lea a Dylan Thomas...

Sintiéndose incompleto, poco después Ramírez subrayó con el pito un borroso penalti de Prieto a Gabi Milito, a la salida de un córner. ¿O fue una mano? Vaya a saber... Preguntar a los testigos no hubiera servido de mucho: los que vestían de blanquiazul se subieron por las paredes; los amarillos lo habían pedido a gritos, todos a la vez como un coro. Más drama para la Real: sobrio como pared de cal, Diego empató. Diego debe pensar que una paradinha supone una insustancialidad. Le pegó con el torso recto y los pies de frente, como hace cada vez, ocultando el decisivo engaño en ese envaramiento opaco del cuerpo.

Ahí, Bakero quitó a Darko y la Real se plegó como un bicho avisado de su hora final. En lo sucesivo trataría de esconder la muerte en cortinas repetidas de defensas. El Zaragoza le fue vaciando el piso con una larga rueda de peones, para confundirlo a capotazos como las cebras confunden a los leones con sus rayas, hasta agotarlos. El triunfo le llegaría por aplastamiento, por obligación, por fatiga, por cualquier motivo rutinario. Destripó al enemigo sin sombra de apremio, sin ponerle a la victoria más énfasis que la velocidad y la exactitud de Aimar, el fervor de García y la ley de punto final que es Diego Milito. Antes, una simpática frivolidad de Diogo definió el 1-2. En el área pequeña, Diogo le metió un medio sombrero al defensa y luego pasó la pelota bajo la alfombrilla de Riesgo. Apenas después, Aimar dejó uno de esos detalles que hacen del fútbol un retablo de pequeños placeres iluminados: su conducción en la contra del 1-3, y el pase a Sergio, de sencilla apariencia, pero ejecutado con delicadeza en el instante preciso. Hay un solo instante fugaz y hay que saberlo sin saberlo. Aimar lleva escrito ese tiempo en la cabeza. Se la dio a García y éste tiró un centro curvado, el hilo en la aguja. Allá fue el Príncipe: la empaló levemente y dejó a la nena durmiendo en casa. Calentita en el vientre de las redes.

Diario AS, 16 de octubre de 2006
www.as.com

17/10/2006 17:35 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Reacción suicida

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Real Zaragoza, 2-Levante, 2

 

El Zaragoza vuelve a la vida con tres defensas - El Levante ganaba 0-2 al descanso - Celades inspiró el empate - El equipo de López Caro perdonó todo

 

Aficionada a la paranoia, La Romareda vio un partido de cuatro caras: dos del Zaragoza y dos del Levante. Demasiado para una sola tarde. Cuatro caras, cuatro goles. Primero los del Levante, cuyo ejercicio de muralla articulada dejó al equipo aragonés como una piltrafa; después los del Zaragoza, que regresó a la vida de entre los muertos por una de esas iluminaciones que han hecho de Víctor Fernández un entrenador singular. Dejó tres atrás e invitó a los suyos a jugar a los héroes. ¿Y a quién no le gusta ser un héroe? Así que el partido se convirtió en un duelo entre la teoría aplicada de López Caro y la intuición animal de Víctor. Eran como Spassky y Bobby Fischer en Islandia, sólo que afeitados.

Como suele ocurrir en el fútbol, todo el mundo tuvo razón en algún momento. Eso determinó el empate. Primero se impuso el tratado de López Caro en el medio campo; y luego ese impulso casi artístico de Víctor. Desesperación obligada, sí, pero había que hacerlo gestionando el tremendismo y sabiendo que cabía la posibilidad del feliz suicidio. Desde luego, no resultaría justo olvidar que al empate contribuyó tanto la resurrección aragonesa (personificada en Celades, D’Alessandro y Sergio García), como el empeño del Levante en fallar goles cuando el Zaragoza iba al asalto como una pandilla de bandoleros embriagados.

Hay quien considera de forma peyorativa la teoría, que puede tomarse como mera especulación, vulgo milonga. Ponerse teórico en el fútbol siempre estuvo mal visto. En este juego no se acepta lo que no se ve, y eso que se puede ver cualquier cosa. Tampoco se acepta bien que uno se ponga religioso, o se acepta con una media sonrisa de conmiseración. López Caro es un hombre teórico y un hombre religioso. López Caro teoriza en el Levante con un grupo heterogéneo de buenos y musculados futbolistas. López Caro, el tío que se tragó el sapo del 6-1. Puede que entrenar al Madrid y entrenar al Levante sea lo mismo, en esencia; pero no es lo mismo dirigir al Madrid y dirigir al Levante. Dijo esta semana: “Sé la teoría para ganar el Zaragoza”. Y aunque nos dieron ganas de ironizar, de verdad López Caro sabía.

Se lo explicó a los suyos, le hizo un círculo rojo a Aimar sobre el nombre en tiza y el Levante le metió dos en 45 minutos a ese muerto de gominola que fue el Zaragoza. Había un personaje graciosísimo en París-Tombuctú, la película de Berlanga, un Juan Diego que hacía de desastrado agente de jugadores de regional y afirmaba despechado: “Me he pasado al mercado del este, porque los negros no defienden”. Esa broma canalla no vale para el Levante. Juega con vigor, disciplina y calidad. Si no se deshace por dentro, será un equipo muy interesante.

Golazos. En el primer tiempo hay que hablar del Levante para hablar del Zaragoza, lo que viene a explicar el partido. Las dos versiones del Levante no fueron en verdad tan distintas entre sí; había al menos un asentamiento teórico común, una idea. López Caro, claro. En la primera parte Camacho interrumpió a Aimar e hizo un golazo que, bueno... no le correspondía. Lo suyo era el trabajo sucio: interrumpir, cortar, pegar, patrullar el barrio con N’Diaye y pedir la identificación al que pasara. Pero vamos, fue un golazo. A Camacho le llovió un balón al borde del área y Camacho construyó esa volea memorable. El gol de Camacho es una historia que contar a los nietos cuando lleguen los días de la mantita en las piernas: “Chicos, un día maté a Aimar y además me puse estupendo y clavé un golazo. Pásame el optalidón...”.

Los demás también podrán contar que contribuyeron al apagón general de un Zaragoza contemplativo, al que apenas soportaba Zapater con un esfuerzo ascético en el medio campo. El segundo gol terminó por ser una consecuencia lógica, porque el Zaragoza se moría y además parecía que le daba cierto gusto: no acertaba a reaccionar y tampoco ponía mala cara, como de disgusto. Sin embargo, a los 25 minutos Víctor ya mandó a calentar a Óscar y Celades, y eso anunciaba el cambio de Ponzio. El argentino había largado un pelotazo fantasma a la línea, pero él y Aimar se llevaron la peor parte del día. Hay quien ya grita que el Zaragoza necesita más creatividad en La Romareda. Celades agregó razones, si l