contador de visitas
contador de visitas Viajes | Somniloquios

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Viajes.

15/04/2008

La batalla de Alexandras

20080415014745-polis.jpg


El fútbol en Grecia se presenta bajo la escenografía de una operación militar. Dos horas antes del partido, la policía antidisturbios cubre todos los flancos de la Avenida Alexandras, desplegada por los alrededores del estadio del Panathinaikos en sucesivos cinturones humanos. Autobuses enrejados clausuran las esquinas del desvencijado campo aprovechando la protectora estrechez de las calles adyacentes, urbanizadas con la abigarrada profusión típica de Atenas. Un entramado de vías angostas que se repiten en ángulos rectos. Resulta fácil imaginar las juergas que se deben correr por aquí los hinchas más violentos. El barrio es perfecto para la emboscada. Contra esa amenaza, los agentes interponen valladares mecánicos y cierran los huecos con sus cuerpos, para contener la circulación de aficionados de un flanco a otro del estadio mientras dura la tensa llegada de los equipos en sus autocares. Es la primera parte de la operación. El ambiente no es de fútbol, sino de maniobras militares de la infantería. Hay más uniformes que camisetas verdes.

Esta tarde de abril juegan el Aris de Salónica y el equipo local. Un largo tramo de la avenida está cerrada al tráfico y sólo el automóvil de algún residente sobrepasa el espacio de seguridad establecido por la policía. En la cercana estación de metro de Ambelokipi todo aparece tranquilo: un domingo por la tarde alejado del bullicio de los barrios turísticos, de los cafés de Plaka, de los restaurantes de Monastiraki, de los clubes de rebetika de Omonia, del mercadillo de cachivaches de Thiseio, del tráfico incesante en las avenidas que rodean el Pireo, de los restaurantes marineros y los cafés ambientados de R&B de Microlimano... En una ciudad que, como Atenas, glorifica la arqueología y el fárrago urbanístico, las modernas, limpias y funcionales estaciones de metro argumentan que el nuevo siglo comenzó en la ciudad con los Juegos de 2004. En la azotea de un moderno edificio de fachada simétrica, frente al campo, varias cámaras de televisión aparecen apostadas en la altura, como francotiradores. Las construcciones recuerdan la funcional arquitectura comunista, con sus líneas rectas y desnudas de artificios. Desde esa privilegiada posición los camarógrafos obtienen un magnífico tiro de cámara, es cierto. Pero también, y sobre todo, están a salvo. Un helicóptero sobrevuela el área y le proporciona a la tarde plomiza un ronquido en sordina. Es raro el silencio alejado de la nave. Es rara la tranquilidad aparente. La severidad policial recuerda que algo podría suceder en cualquier momento.

Estamos en la penúltima jornada del campeonato griego y ninguno de los dos equipos tiene nada en juego. El título ha quedado a medio camino entre otros dos clubes de la capital: el AEK de Atenas y el Olympiakos. Caminamos hacia la fachada del estadio y luego hacia el lado opuesto, al fondo donde está situada la infausta Gate 13, la puerta 13, donde se alojan los hinchas más violentos del Panathinaikos. Los policías fiscalizan cada paso, alineados aquí y allá. Miran, juzgan y calculan. Nosotros tenemos que entrar por la puerta 11, que está apenas a 50 metros de donde nos han detenido los guardias: "Por aquí no se puede pasar. Tendréis que dar la vuelta", dice uno, Los alrededores de la 13 son territorio comanche, y nadie quiere a un fotógrafo en territorio comanche, por múltiples motivos: esa acendrada generosidad de los agentes del orden siempre me ha llamado la atención. Parece que te dicen: "Sea usted prudente", pero al mismo tiempo, están diciendo: "No me cree usted problemas". Así que hay que dar otra vez la vuelta entera al campo. Sobre la esquina contraria, la agitación azulmarino crece por momentos. Un oficial con gorra de plato alza la voz una y otra vez, corrige las posiciones de sus hombres con un grito y luego con otro, después gesticula violentamente y exige velocidad. Quiere que se muevan y que se muevan rápido. Se dirige a ellos igual que lo haría a un equipo de fútbol de muchachos desobedientes o desganados. Los jóvenes agentes se miran entre sí, como si no entendieran la orden o como si las órdenes que llevan oyendo en la última hora y media se contradijeran unas con otras. Pero se apresuran a corregir su posición y seguir al jefe, que los advierte con otro bramido. Tiene motivo para la urgencia: al fondo de una de las calles laterales, precedido por varias motocicletas, asoma el autobús del Aris. La policía se cierra sobre los costados del vehículo. En ese instante, cualquier movimiento de los que estamos allí es reconvenido de inmediato. Sólo se puede retroceder o mirar sin más. El despliegue tiene un tono exagerado. Hay poca gente y casi nadie dice nada. Hoy no vienen aficionados visitantes. Ajenos al despliegue, varios hombres toman capuchino helado en una terracita sitiada por los policías. Capuccino freddo, una de las bebidas más populares en la bochornosa Atenas.

La llegada del autobús del equipo local resulta mucho más tensa, contra todo pronóstico. ¿Por qué? La afición local está decepcionada, y en Grecia la decepción equivale a una posibilidad de violencia: su equipo no ha luchado este año por ningún título, algo inadmisible de acuerdo al concepto que tienen de sí mismos. A la vista de su estadio, el Panathinaikos parece un equipo modesto, trasnochado frente al poder económico de sus dos rivales capitalinos. El AEK disputa sus encuentros en el Spyros Louis, el nuevo estadio olímpico. El campo del Olympiakos en los alrededores del puerto del Pireo se levanta entre modernos nudos de comunicaciones, al sur marítimo de la ciudad. El Panathinaikos dejó el estadio Apostolos Nikolaidis en 1984 para trasladarse al viejo olímpico, pero acabó regresando. Éste es el campo más tradicional del fútbol griego, aunque ya no puede defender esa condición. Bajo la curva este, un pabelloncito de 1.500 espectadores fue en 1959 la primera pista cubierta de baloncesto de Grecia: La Tumba India, lo bautizó un periodista para describir el ambiente opresivo de su interior. El Panathinaikos es un club polideportivo con 21 secciones diferentes. La de basket reúne las mayores glorias del club, pero el fútbol se tiene por el hermano mayor. Y en el fútbol la grandeza parece esquiva. El año pasado, Víctor Muñoz los llevó hasta la final de la Copa contra el Larissa, un equipo modesto del noroeste de la capital, pero perdieron. Este año ha sido un poco peor, suficiente para la escenificación ardorosa de tragedia griega que estamos presenciando... A la cabeza del autocar aparece un pelotón de antidisturbios de aspecto militar: los uniformes de campaña, la severidad de sus equipos, los cascos sobre la cabeza, el control disuasorio. Todo estudiado. Toman la zona como si desplegaran una fuerza de asalto. Ahora sí chilla la gente, los pocos que observan la escena, pero con un énfasis casi interior, sabiendo que la ira se va a perder en el aire de un grito. Los aficionados de fútbol suelen protestar así, conscientes de que sus quejas se pierden por el camino. Nadie puede tocar a las estrellas. En este caso, además, esa afirmación es literal: protegidos por una barrera de uniformes color tierra, cascos y escudos, los jugadores alcanzan la puerta de vestuarios sin novedad y sin bajas en ninguno de los dos bandos. Para acometer una acción contra ese autobús, considero rápidamente, hubiera hecho falta un comando terrorista.

Salimos de nuevo hacia Alexandras, que a esas horas se está convirtiendo ya en el escenario principal: cada vez hay más gente y, sobre todo, cada vez hay más policía. Digamos que el ejército regular multiplica a los rebeldes sin dificultad, pero están intranquilos. Los autobuses cierran ahora también las calles laterales al otro lado de la avenida, lo que crea una especie de zona cero en el frente de la fachada. Una foto gigante de Ferenc Puskas, posando al frente del Panathinaikos subcampeón de Europa  de 1971, observa la escena. El Panathinaikos se metió en la final tras remontar con un impensable 3-0 el rotundo 4-1 que el Estrella Roja se había traído de la ida en Belgrado. Siempre se pensó que la causa de aquella hecatombe yugoslava (hecatombe, por cierto, palabra de origen griego que hace referencia al sacrificio festivo de cien bueyes) estuvo en un sabotaje de los griegos, que habrían proporcionado a los jugadores rivales comida en mal estado. Sin embargo, la realidad era mucho más prosaica, y tanto más ilegal: Despina Gaspari, esposa del entonces dictador Giorgios Papadopoulos, reveló hace algún tiempo que aquel encuentro fue comprado. El Panathinaikos perdería la final por 2-0 frente al Ajax de Cruyff.

Ahora llega el coche del presidente del club, con el aspecto inequívoco del automóvil de un estadista: azulmarino, largo, brillante de cera y con la magnética tintura de los vidrios atrayendo al publico. Esa oscuridad aislante supone, en un escenario como este, una provocación indudable. Varios hombres se aproximan. Los policías toman posiciones, aunque con un cierto desorden. El chófer se baja primero del coche: su aspecto es el de un mercenario del este. Si uno apostase a que va armado y dispuesto a disparar, no se equivocaría lo más mínimo. No se trata de un prejuicio, es una descripción: su rostro está cortado por ese aire de violenta determinación tan previsible en algunos hombres. Llega más público, algunos increpan, otros se enzarzan en una acalorada discusión, a gritos, a la manera griega. En el remolino que circunda al automóvil y al atildado presidente, varios policías intentan mantener separados a un aficionado que está fuera de control y a un compañero de armas que intenta lanzarse contra él. Lo curioso es que no se trata de una maniobra de la autoridad frente a un individuo, como cabría suponer; se pelean verbalmente e intentar llegar a las manos como dos ciudadanos cualesquiera que dirimiesen alguna disputa personal. No se trata de la ley, se trata de la hombría.

Del fondo de la avenida llegan detonaciones y una humareda que se eleva en el aire, sobre la trinchera de camionetas policiales que compone el frente de la fuerza de choque. Son los ultras de la 13. ¿Cuántos? Imposible saberlo. No se les ve, solamente se oye el ruido informe de una turba. Lo único que se ve es policía. El ruido de las botas que se desplazan de aquí allá, tomando posiciones, abriendo arcos de seguridad, arrastrando a la gente a los lugares convenidos. Pero no hay tanta gente. Me llama la atención el tráfico escaso de aficionados. La Avenida Alexandras, donde la afición griega recibió a la selección campeona de Europa en junio de 2004, es un campo de batalla en el que un ejército de hombres combate una amenaza fantasma. Después de dos horas de tensión, entramos al campo. Está tan vacío como destartalado. Me paso el primer tiempo desentrañando la grafía de los nombres griegos en el marcador, un ejercicio que comencé nada más llegar a Atenas y que he perfeccionado con los días, hasta leer casi perfectamente la alineación de los dos equipos en griego: mi compañero de pupitre, un joven local, asiente con un leve gesto aprobatorio. Para cuando la tarde ya se ha desplomado, el empate a cero continúa. Afuera un grupo de policías miran el encuentro en la televisión de una de sus camionetas blindadas. Parecen aburridos o definitivamente cansados. Ni había batalla ni hay partido.

15/04/2008 03:55 Autor: Mario. #. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

11/04/2008

Acogedora como un viejo camino

20080411120843-akropolis.jpg


Viajar me entristece, supongo que por eso siempre comprendí aquel verso tan hermoso de Neruda, que conocí recitado por una boca muy roja: "Entristeces de pronto / como un viaje. / Acogedora como un viejo camino. / Te pueblan ecos y voces nostálgicas". En los viajes yo no me entristezco de forma súbita, sino de modo capicúa: a la ida y a la vuelta. Tengo un corazón sedentario y un espíritu contradictorio: cuando me voy quiero no ir; cuando regreso deseo quedarme. Es, reducido a su último o primer átomo, la fuente de la insatisfacción. La mañana o la tarde anterior al inicio de un viaje renunciaría siempre a hacerlo, para quedarme en mi casa rodeado de los libros, oyendo música, paseando, haciendo nada, dormir en mi colchón, tal vez. No me importaría perder lo que he pagado por los billetes porque el placer de hacer lo que a uno de verdad le apetece en cada momento no tiene precio. Así de simple. Luego, una vez puesto, estar en otro lugar se convierte en el mejor momento sin comparación. Siempre quiero estar en otro lugar. Es lo que hablamos...

Luego viene la fase de la tensión. A mí jamás me ha ocurrido ni lo más mínimo en un viaje, pero me pongo en guardia antes ya de salir de mi cuarto. De San Francisco a Las Vegas nos cruzamos en el transfer al aeropuerto con una pareja que enseguida comenzó a narrar, en busca de nuestra conmiseración, cómo les habían perdido las maletas en París, cómo habían tenido que irse a la tienda Levi’s y a la lencería tal y al Macy’s, a comprarse un poco de todo; cómo se retrasó el vuelo, las horas de espera en el aeropuerto, cómo tal y cómo cual. Yo me quedé tieso y aguanté la sonrisa mientras le preguntaba al conductor: "¿Y por dónde cae el estadio de los 49ers?". El cerebelo me estaba avisando de un peligro que habíamos de sortear sin contemplaciones. En cuanto pusimos pie en el aeródromo sanfranciscano, largué la orden: "A éstos hay que perderlos que son unos gafes y nos joden el viaje". Y aunque el argumento parezca arbitrario, y vosotros me tacharéis de exagerado, yo os digo esto: en cuanto llegamos a la zona para el control de acceso, los separaron a un lado a los dos y los pusieron en una fila reducida. ¿Afortunados? Ja. Acababan de condenarlos a la hilera de las inspecciones detalladas, con destinatarios elegidos más o menos al azar. Y los cogieron nada más verlos. Conforme nosotros superábamos el área sin novedad, nos giramos para mirar y a los tórtolos les estaban haciendo enseñar hasta los empastes de las muelas. En una ráfaga, imaginé al alegre bilbaíno doblando el espinazo sobre una mesa, mientras rendía su pálida trastienda a los minuciosos dedazos del agente Bull, el único miembro medianamente honorable de una familia desestructurada de Pensacola. Me ratifiqué: "Corre ahora que están ocupados y no mires atrás". El Señor os libre de los viajeros malhadados, amigos.

Hay que viajar porque la mente se abre y se cierra como un diafragma fotográfico. Hay que viajar para huir y regresar. En el vuelo de salida en Barcelona, una azafata ha dado las instrucciones previas al despegue en dos idiomas: el catalán y el inglés. A la llegada a Atenas, la misma azafata ha dado las instrucciones previas a la toma de tierra en dos idiomas: el español y el inglés. Si el pasaje era el mismo, me pregunto por qué el cambio. La distancia convierte algunos prejuicios en pura y llana estupidez, que revela lo innecesario de ciertos empeños tan de moda en España y sus alrededores. Viajar enseña muchas cosas.

Atenas sigue donde estaba la primera y la última vez que la vi. Si os digo que descorro la cortina de una modesta habitación y al frente se levanta la colina de la Acrópolis, con el perfil del Partenón, me vais a considerar un pequeño privilegiado. Recuerdo bien la primera vez que levanté la cabeza desde los cafés del área de Monastiraki, a donde he regresado, y vi los templos de mármol iluminados de ámbar. Esta tarde he paseado por ese Montparnasse cauto de refinamiento, en el que los hombres atenienses toman capuchinos fríos en vaso alto y los perros atenienses se desperezan al sol acostados sobre el cálido asfalto, o patrullan las callejuelas con un trote animoso de pandilla juvenil. En pocos días comienza la Pascua Ortodoxa, uno de los acontecimientos religiosos principales del país. Me encantan las iglesias ortodoxas y sus frescos bizantinos en los muros, las cúpulas muy redondas y el ladrillo de fuera, y las velas que ofrecen los fieles a la entrada, antes de santiguarse dos veces. Pienso meterme en todas las iglesias que encuentre.

Atenas sólo adquiere nobleza en la reconstrucción de su pasado clásico; y hermosura en el inabarcable horizonte de casitas que se extiende y observa desde las balconadas de la Acrópolis. La tengo por una ciudad repetida de encantos discretos, aunque formidable por su condición mítica y por algunos espacios que conforman la memoria colectiva de la cultura occidental; o la cultura occidental, a secas. Más allá de la antigüedad, me gustan los taxis amarillos y los taxistas que sobreponen una agradable conversación a ese aire pesaroso que los enmarca: en Atenas todos los taxistas parecen a punto de entristecer, como si no condujeran para deshacerse de alguna nostalgia. Mientras conducen, muchos hacen girar sobre sus dedos una especie de pequeño rosario que enroscan y desenroscan continuamente en el índice, en un juego de apariencia hipnótica por el que les he preguntado. Ese amuleto está en todas las partes, en todas las manos, girando sobre todos los dedos: se trata de un método tradicional, o tal vez cabalístico, contra el vicio del tabaco. Una forma de combatir la sugestión de la necesidad o del gesto adquirido. El griego está sin desbastar. Y eso me gusta.

Grecia no está entre mis lugares preferidos, pero me recuerda a la España de los 80 y me hace sentir en qué país tan avanzado y previsible nos hemos convertido. Si alguna vez consideramos que nuestra condición geográfica nos hacía diferentes y mejores, va siendo hora de advertir esto: somos cada vez menos mediterráneos.

11/04/2008 12:08 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 4 comentarios.

07/01/2008

Un amigo a mano

20080107013359-amigo2.jpg

En mis primeros días en Londres solía oír mucho Viva Hate, el mejor álbum que Morrissey ha hecho y hará. Me gustaba el aire decadente, nostálgico y culpable de sus canciones, seguramente porque de un modo muy poco esteticista yo me siento decadente, nostálgico y culpable. De ese disco me atraía la tristeza de los días perdidos en Late Night, Maudlin Street, porque yo me había ido de mi casa y la melancolía siempre se me ha dado muy bien. No tanto como la conservación de las amistades, que tiene algo de arte de la constancia que quizás yo no he sabido valorar bien, y por eso he dejado atrás etapas como he dejado atrás amigos que llenaban esas etapas. Como perdí mis juguetes de niño o las ropas de la adolescencia. Si algún día la señorita Freud alcanza esa profundidad de inmersión, me gustaría saber cómo se explica algo así en mí, que siempre he tenido pasión por mis amigos. Por eso había otra canción de ese disco de Moz, Break Up The Family, en la que celebraba con un grito la línea que dice: "Let me see all my old friends / Let me put my arms around them / 'cause I really do love them / Now... does that sound mad?".

He sabido la conveniencia de tener al menos un amigo argentino y otro inglés, porque te enseñan mucho acerca de la naturaleza de la amistad. Los argentinos practican una modalidad casi enfermiza, exigente, comprometida, arriesgada, pasional, duradera y gestual. Son proclives a decirte la verdad, pero nunca los crees porque está envuelta en una cantidad inagotable de bromas y excesos que desanudan la rigidez del conjunto. Así que no les crees ni les haces caso, pero te diviertes. Los ingleses están al otro lado: son amigos fiables pero contenidos, le ponen racionalidad a la relación, son honestos, formales, exigentes de otro modo, nada complacientes, escasamente físicos pero muy confiables porque actúan como una suerte de espejo de la verdad: a menudo te dicen lo que no quieres oír, como si no te conocieran de nada. Entonces te lo tomas en serio.

Cuando regreso a Londres me pregunto qué harán los amigos que tuve en Londres: Jose (sin acento porque él era franco-portugués o portugo-francés, yo qué sé), Tony, Dennis, Carl, Ebenezer, John, Carl o el gran Zack. La última noche reuní a algunos de ellos en mi apartamento de una habitación en Ridgeley Road. En viajes posteriores ("yo siempre vuelvo a Londres", les prometí) volví a verlos. Pero después pasé unos cuantos años sin regresar y se perdieron los teléfonos, decayeron las direcciones, se pelaron los cables del recuerdo, pasaron cosas peores o mejores que amontonaron el tiempo y el polvo a este lado. El otro día fui al hotel en el que trabajé y entré en la recepción para preguntar por alguno de ellos. El lobby me pareció pequeño, mucho más contenido de lo que yo lo recordaba, como si perteneciera a una imagen lejana de mi infancia, cuando el desequilibrio de las dimensiones varía nuestra percepción sobre el tamaño de las cosas. Dos portales más allá vivió Benny Hill. En el hotel conocí al señor Depas, un americano de ascendencia inconcreta que me ofreció visitarlo en su apartamento de Manhattan. Me pareció una posibilidad insuperable, aunque jamás hubiera sabido de qué hablar con él. A Depas le dio un paro cardíaco durante una de sus frecuentes estancias en el John Howard y se pasó varios meses ahí, recuperándose. El señor Depas dejaba buenas propinas y me trataba como trata un caballero a los empleados de su hotel de confianza: con cuidado afecto y cuidada exigencia. El señor O'Malley era otro habitual al que uno podía tenerle terror, y no porque no fuera amable. Pero en cierta ocasión trajo a su familia, incluidos un par de pequeñajos, y se clavó una semana o diez días pidiendo helado cada media hora para los niños. Literalmente cada media hora: saca la tarrina del arcón de congelación, peléate con el scoop para obtener dos hermosas bolas redondas de aquellos pedazos graníticos de hielo de colores, soporta la impaciencia de O'Malley (que soportaba a su vez la impaciencia de los churumbeles), barquillo de galleta, bandeja, sube, que no se derrita en el viaje, baja, guarda todo y... a los diez minutos vuelta a empezar. Hubo una tarde de domingo que pensé que O'Malley me quería gastar una broma pesada. No sé la cantidad de helado que debieron de comer esos niños zangolotinos, pero aún deben estar haciendo la digestión, los jodidos.

Esta vez no he encontrado a nadie, ninguno de mis amigos. Los he recordado, pero tampoco los he buscado. Llamé a Sean y contestó Sean, pero no era Sean. Era otro Sean. Casualidades telefónicas. ¿Dónde estará Sean? ¿Dónde estará Gaile? Dennis murió, con su incomprensible acento irlandés murmurado entre dientes, la cara apergaminada y el pelo con un tupé como de chico Gene Vincent en los 50. ¿Dónde estará Dennis O'Sullivan, el emigrante irlandés que sabía todo sobre Londres? El fin de año en Londres tiene el aspecto enloquecido del fin de año en cualquier gran ciudad, con riadas de gente que baja hacia el Támesis para ver el castillo de fuegos artificiales con el que el alcalde Livingstone (supongo) felicita a sus conciudadanos. El London Eye de fondo. Desde Bloomsbury, el barrio de los literatos, el distrito donde vivió Charles Dickens (cuya casa-museo se puede visitar), la noche de fuego del río se reflejaba en el cielo con un resplandor lejano, ocasional. En la distancia todo ocurre diferido, como si no fuera verdad. No es fin de año aquí porque no estás; no es fin de año allá porque no lo sientes. ¿Para qué el tiempo? Esta noche quiero ver a todos mis amigos, como Moz.

Casi daba por perdida la posibilidad de encontrar un pub en el que no celebrar el nuevo año con unas pintas. El de debajo y el de enfrente habían cerrado. Pero a la vuelta de una esquina de Russell Square apareció un local abierto, acostado sobre el lado sombrío de un callejón sin salida, animado pero sin aspavientos; uno de esos establecimientos atemporales en los que cualquier noche parece la misma noche, y si uno quiere puede serlo. El lugar está abierto desde 1735 y Oscar Wilde lo tenía por una de sus guaridas durante los seis años que pasó en la ciudad, pero eso lo he sabido después. Quizás aquí vació algunas cervezas (u otros licores transparentes o coloridos, más adecuados para un diletante como él) para ahogar el recuerdo dublinés de Florence. O tal vez, en el espacio que va entre un trago y otro, reparó en la condición intercambiable de la hermosura, que es un agregado de nuestra mirada, y se fijó en Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina Victoria con la que se casaría y tendría dos hijos. El lugar estuvo abierto hasta las tres de la mañana en punto. No hubo campanada, pero sí los gritos de aviso: "Drink up, lads... drink up!". El cartelón de fuera mostraba a un perro grandote, un San Bernardo con un barrilito bajo la papada. Con esa mirada triste que le recuerdo al señor Depas, de Manhattan. El sitio se llamaba Friend at Hand. Y fue un amigo a mano en medio de la noche.

07/01/2008 01:26 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 2 comentarios.

03/01/2008

La princesa diana

20080103113132-shepherd5.jpg

El inagotable espíritu pionero de los ingleses podemos advertirlo en sus hechos de guerra, en las salas del Museo Británico (el lugar más fascinante de todo Londres) y en la invención de los principales juegos y deportes practicados por el hombre moderno. Podemos agradecerles el fútbol y el rugby, por ejemplo, con el mismo entusiasmo con el que celebramos a Dickens, Wilde, Chesterton y el doctor Johnson. A la espalda de esos ingenios tan sonoros, tan populares, quedan otras prácticas típicamente inglesas que, de tan simples, resultan del todo crípticas para el observador de ultramar: me estoy refiriendo al cricket y sus monótonos partidos de cinco días (que a mí me gusta, de todos modos), el snooker (divertida variante del billar) y los dardos. La otra tarde estuve viendo la final del campeonato del mundo de dardos en Sky Sports, y me pregunté por qué estos tipos son capaces de convertir en espectáculo algo tan sencillo; sobre todo me pregunté a qué espera Aragón TV para montar, patrocinar, emitir en directo y narrar un campeonato del mundo de guiñote. Basta de deportes convencionales. Tú organizas un torneo de guiñote en cualquier bar de la ciudad y la gente se apunta como al roscón de San Valero en la plaza del Pilar. Así que sólo hay que buscar recinto y organizar una jerarquía. Esto lo dice uno de los tres aragoneses (no puede haber más) que jamás en su vida ha jugado una partida de guiñote. Aprendí las reglas un día de adolescencia en el colegio y a la mañana siguiente ya las había olvidado.

Es lo que ocurrió con los dardos. Que de ser un juego de pub se ha convertido en un deporte profesional del que me gusta todo. Pero todo, todo. Desde luego el ambiente de pub, que se mantiene: durante este campeonato, celebrado en el Alexandra Palace de Londres, se ha calculado una media de siete pintas diarias por persona y sesión. No está nada mal. Me gustan las camisolas enormes y los cuerpos de pera de la mayoría de jugadores (los hay flacos, pero componen una excepción), sus rostros a veces patibularios o de oronda amenaza. Me gusta la diversión del público, que desde las mesas come, bebe y rotula cartelitos de apoyo a su jugador preferido para exhibirlos frente a las cámaras, y los hay verdaderamente ingeniosos. Me gusta, mucho, el elemento que canta las puntuaciones con esa entonación tan especial, alargando las cifras y celebrándolas con un grito muy singular. Y me gusta la facilidad con la que los tipos meten triples 20, con la aparente naturalidad con la que clavan el dardo en el ojo de la aguja, y la velocidad mental con la que calculan de forma automática las combinaciones necesarias para cerrar en cero el juego al 501. Jugar a los dardos divierte a cualquiera. Pues a mí aún me gusta más ver los dardos.

Cuando vivía en Londres mi jugador preferido era un tiparraco con cara de malo, camisas hawaianas o con flamencos rosas estampados sobre negro: se llamaba y se llama Peter Manley, un mal perdedor al que durante años abuchearon en cada partido por haberse negado a darle la mano al tatuado Phil the power Taylor, uno de los popes del mundo de la diana, después de que el gran campeón le metiera entre pecho y espalda un doloroso 7-0 en una final del campeonato del mundo. Manley es un jugador sucio, puede que en más de un sentido. Tiene un cierto aspecto de higiene descuidada, para qué negarlo, y además no es raro que se líe en intercambios poco flemáticos con el otro jugador, como le ha ocurrido en varias ocasiones en el Las Vegas Desert Classic, un torneo mayor del circuito profesional. Cuando la gente lo increpó por su comportamiento, dijo aquello tan frontal: "Me importa muy poco lo que piense la gente de mí: lo que me importa son las 25.000 libras que me he metido al bolsillo". Encantador. Luego se casó en la capital del juego con una jugadora de dardos de su talla y aficiones. La primera vez que vi jugar a Manley a mediados de los noventa quedé prendado. No fue por nada; fue por un cartelón que levantó una chica rubia de entre el público, una chica de esas fronterizas, del tipo Dolly Parton. El cartel decía: "Peter, you're so Manley!". Un juego de palabras entre el apellido del jugador y el término manly (varonil). Pensé que la muchacha debía de tener el camión aparcado afuera.

En el pub en el que vi la final del otro día entre Kirk Shepherd, inglés, y John Part, canadiense y ya doble campeón del mundo, había indisimulado entusiasmo. Kirk Shepherd es un muchacho de 21 años que empezó a jugar a los dardos cuando tenía nueve, de la mano de su padre, y se quedó enganchado. A los 13 se lo tomó en serio, si es que alguien puede tomarse algo en serio a una edad tan impropia como los 13 años, que están a medio camino de todos los lugares de la vida. Al mismo tiempo se aficionó a otro deporte tan disímil como el karate y llegó lejos: es cinturón negro segundo dan. O sea, que si te agarra con una patada voladora te desenrosca la cabeza. Pero el joven Kirk había quedado atrapado por ese espíritu fondón y un poco tabernario de los dardos y siguió practicando y bebiendo, bebiendo y practicando. Conforme más le crecía la barriga, más afinaba la muñeca. Cuando entró en los 20 estaba lejos de los grandes circuitos. The Independent le dedicó las dos primeras páginas de su sección de Deportes del día de Año Nuevo y Shepherd reconocía estar harto de su trabajo. Es obrero del metal en una empresa de Kent. "Lo odio, si pudiera no volvería mañana", le dijo al periodista sin pedir el off the record. Shepherd, cenicienta de pelo pincho y camisola blanquinegra, ha vivido unos días de ensueño a fuerza de hacer volar dardo sobre dardo. Las casas de apuestas no contaban con él ni para repartirse las sobras, pero sorprendió a todo el mundo desde las fases clasificatorias hasta alcanzar la final del mundial. Antes de estos días de gloria era apenas el número 140 del mundo y quería ganar las 100.000 libras de premio del torneo para dejar el trabajo, vivir de la princesa diana y llevarse a sus padres y a su novia de vacaciones unos días (lo que no suele ser buena idea, pero eso aún no lo sabe porque tiene sólo 21). Cuando intentó calzarse el zapato de cristal, lo partió por el medio.

Todo sus anhelos juveniles se le vinieron encima en la final, en la que John Part no le dejó meter la cuchara. Lo derrotó por 7-2 y el chico Shepherd mostró al final la vulnerabilidad de unos nervios poco adultos. En un juego de precisión loca como los dardos, una duda interior significa la derrota. Kirk Shepherd lloró después de perder, se abrazó a sus padres, agradeció con palabras entrecortadas el jubiloso apoyo de los beodos que vieron la final en directo en el Ally Pally; y se metió al bolsillo, figuradamente, un cheque gigantesco de 45.000 libras. Con eso le da para las vacaciones. Si no acaba en Mallorca o en Tossa de Mar, ni bien ni mal. Después de hacer diana de esa manera no lo veo yo regresando a la fabrica de aceros. Sobre todo si su jefe lee el Independent o no le gustan los dardos...

[Foto: Kirk Shepherd celebra un puntazo bien dado. El tipo del fondo, el pelado de la cabeza granítica, es el speaker que canta las puntuaciones. Un fenomeno digno de la película Lock&Stock and two smoking barrels...].

03/01/2008 11:26 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 1 comentario.

31/12/2007

El ejército silencioso

20071231111117-japs2.jpg


Empecé a creer en los alienígenas durante mi conocida estancia en Londres entre 1994 y 1995, a raíz de algunos avistamientos en el bar del hotel en el que trabajaba. Bastaba observar el comportamiento de ciertos huéspedes estadounidenses para hacer esta constatación: los yanquis vienen de otro planeta paralelo al nuestro. Una realidad superpuesta a la del resto del mundo, digamos... Ahora, los que sí se puede decir que habitan en una dimensión ajena son los japoneses. Comencé a observarlos con detenimiento en las comidas que servíamos con frecuencia a grupos de turistas de aquel país en nuestro restaurante. El menú, cerrado y reiterativo, cumplía la misión de hacerlos sentir ciudadanos ingleses por un rato: ensalada de marisco, roast-beef con salsa de rábanos picantes y macedonia de frutas con crema. Naturalmente, lo único inglés del menú era el roast-beef, porque la gastronomía inglesa completa cabe en un solo plato; el entrante igualmente hubiera podido componerse de la gloriosa sopa al cuarto de hora que hace mi madre y el postre, un brownie con corona de helado de vainilla como el que manufacturan en el Vip's.

Lo primero que me llamó la atención de los japoneses fue su férreo sentido del tiempo. El tiempo es subjetivo en todas partes excepto en Japón, donde lo han objetivado con todas las de la ley. Cada instante ha de estar subrayado por su concurrencia con una hora y minuto concretos. Salirse de esos límites implica un drama, y no exagero. Esto lo explica de maravilla George Harrison (ya sé que se murió, pero de los Beatles hay que hablar siempre en tiempo presente) en la serie de dvds que componen la Beatles Anthology. Harrison relata con humor inglés el acerado programa de movimientos que los japoneses les tenían organizado durante su primera gira en Japón, cuando tocaron en el Budokan en julio de 1966: "Nos decían: a las 6.09 una persona de la organización llamará a la puerta de su habitación; a las 6.10 abandonarán la habitación; a las 6.12 tomaremos el ascensor; a las 6.14 el ascensor llegará al hall del hotel; a las 6.17 el coche saldrá de la puerta del establecimiento; a las 6.20...". George hace una pausa en el relato y entonces dice, con gesto inmutable: "Así que cuando a las 6.09 llamaron a la puerta de la habitación, decidimos no abrir...". Ese sencillo gesto o un mínimo retraso (tan occidental) supone para los japoneses una hecatombe difícil de solventar. No sé si han visto la serie de relojes reblandecidos de Dalí; si lo han hecho, no creo que la entiendan. Cuando uno recorre un lugar embutido en un grupo de japos (a mí me ha pasado, como contaré un poco más tarde) puede rozar la desesperación: si les dicen que tienen tres minutos para ver tal cosa, a los dos y medio ya están todos sentados de vuelta en el autobús. Dan ganas de pegarles un tsuki en la cabeza. Continuamente te hacen sentir un depravado occidental por querer robar tiempo para deleitarte en la maravilla que has ido a ver. A ellos eso no les interesa. Los japoneses no miran, los japoneses fotografían.

La otra condición más curiosa de los japoneses consiste en su facilidad para dormirse en cualquier lado. Pero literalmente en cualquier lado. Mientras repartía y retiraba servicios, en aquellos días del John Howard, me dí cuenta de que a menudo comían en absoluto silencio, incluso en una misma mesa. Jamás se hablaban unos a otros. Entre plato y plato, además, muchos rendían la cabeza mínimamente sobre el inicio del pecho, cerraban los ojicos y se quedaban sopas con una entereza gestual llamativa. Nosotros, los de este planeta, no podemos quedarnos dormidos en una silla y mantenernos rectos; o nos rompemos el cuello en una caída lateral o bien partimos la mesa de un frentazo en el momento de entrar en la fase REM del sueño. Los japoneses no. Los japoneses se quedan envarados en el sitio, sin zozobrar ni un centímetro para ningún lado. Al verlos yo pensaba que los tipos estarían meditando o concentrándose, porque los japoneses se concentran mucho y por eso tienen ese ojo rasgado, digo yo. Años después supe que no era eso: se duermen. Los tíos se duermen. Me han contado también la situación inversa, una comida de occidentales en Japón, en la que se observó que los propios camareros que están sirviendo la comida aprovechan los tiempos muertos del servicio para, de pie, cerrar los ojos y dormirse un rato.

Cuando nos subimos en aquella avioneta desde el Gran Cañón hasta Monument Valley y la vimos repleta del ejército silencioso japonés, yo me acolloné. Luego me pasé el vuelo en una emocionada ponderación de las hermosuras del Desierto Pintado visto desde arriba, y la emoción me inflamó al ver las mesas del Valle de los Monumentos. Todo ese tiempo, los japoneses durmieron. Pero no uno, dos o cuatro de los que iban, oye, que todo el mundo tiene derecho a haber pasado una mala noche y recuperar sueño en una esquina; no, se durmieron todos; pero todos, todos. En un momento dado el piloto sacó la cabeza por la portezuela de la cabina (el aparato era tan pequeño que podías hablar con él como si fueras en el 23 al Actur) y se encontró a una fila de japoneses amorosamente clapados unos al lado del otro. Sólo los dos occidentales le devolvimos la mirada. Lo más curioso es que se despiertan ellos solitos, sin que nadie los avise y sin necesidad de programar el Casio de siete melodías. Eso me parece lo más notable. Entran y salen de la modorra sin estadios intermedios. El doctor Reyes y yo nos dormimos ayer al regreso de Watford en el metro y luego anduvimos como zombis durante un buen tramo de la tarde, con una galvana que no acertábamos ni a descifrar las direcciones en el metro, distinguir el norte del sur o relacionar los nombres de las líneas con sus colores...

El último grito del viajero japonés que he observado estos días consiste en la incorporación del trípode fotográfico en el equipo de viaje. A los pies de la Torre de Londres, dos muchachas japonesas se hacían fotos con el automático y un trípode que les venía de miedo. Es obvio que el gran problema de las fotos self hacérselas consiste en dónde poner la cámara. Y como a los japs no les debe de gustar andar pidiéndole al primero que pasa el favor de que te dispare una placa, han resuelto tirar de trípode y olvidarse del problema. Siempre van por delante. La otra mañana se nos ocurrió ir a desayunar a Harrods sin caer en que estamos en tiempo de rebajas navideñas, y aquello parecía el zoco de Rabat en hora punta. Otra cosa no habría, pero japoneses... Habían tomado la sección de bolsos de Gucci al asalto y tenían sitiado al personal con una compra colectiva de artículos que llevaron a cabo con la misma convicción con la que hubiesen invadido Guadalcanal. Porque hay otra cosa: si uno de ellos (los hay con iniciativa propia, pero suelen ser unidades perdidas en el grupo) se compra un bolso Gucci, todos los demás van y se compran de inmediato un bolso Gucci. No es que se paseen por allí y decidan de forma individual, no; lo que hace uno, lo repiten todos. Es la seguridad que da el grupo. El gregarismo absoluto. Cuando en Monument Valley nos entraron a comer un clásico taco navajo, los japoneses se quedaron en la puerta mirando las mesas vacías. El guía japonés que dirigía el grupo se debía haber ido a mear un momento, o bien estaba tan americanizado que se le olvidó decirles a sus compatriotas dónde podían sentarse. La encargada del local dijo lo que diría cualquier occidental: "Siéntense donde quieran, no hay problema". Pero los japoneses se quedaron petrificados: ese 'donde quieran' significaba para ellos un precipicio sin fondo, un salto al vacío de la voluntad personal. Ninguno se movió. Es más, con pasitos cortos se fueron apretando unos contra otros hasta formar un cuerpo único, metafórico comportamiento, como si temiesen que alguien les pegara un manguerazo represivo. Nosotros agarramos la bandeja y avanzamos hasta la mesa. Detrás, ordenadamente, uno por uno, los chicos del sueño ligero se decidieron a ocupar todas las restantes. Les salvamos la vida con un arranque de decisión que debió alucinarlos.

Los japoneses son ese batallón callado (aunque los hay jóvenes, extravagantes y ruidosos), ese compañero de viaje que todos tenemos allá donde vayamos. Están por todas partes. En Hawaii no sólo están, como ya conté en otra ocasión, sino que se han quedado: componen el segundo núcleo de población más importante del estado, por detrás de los propios estadounidenses y muy por delante de los nativos hawaianos, de los que quedan más bien pocos. La llegada del hombre blanco y sus enfermedades los diezmaron de manera dramática. Me pareció muy curioso que fueran precisamente los japoneses quienes habían colonizado Hawaii con su callada presencia. Sólo ha habido un lugar de todos los que he estado en el que apenas vi japoneses: el puerto de Pearl Harbour. Y los que van se mantienen bien despiertos. Memoria sí tienen.

31/12/2007 11:11 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 7 comentarios.

30/12/2007

La ciudad de la luz

20071230110418-londres.jpg


Los nuevos palacios de cristal de Londres, vistos en un atardecer invernal. El Crystal Palace fue el símbolo central de la Exposición Universal que la ciudad celebró en 1851. Ahora, estos edificios traslúcidos iluminan la noche al sur de la City y confieren a Londres -que alberga varios proyectos de rascacielos en el área este- un aspecto desconocido durante décadas. Una nueva hermosura de futuro.

30/12/2007 11:04 Autor: Mario. #. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

Bravo Defensor

20071230031846-blur-parklife-large-1-.jpg


Jamás había puesto los pies en una casa de apuestas, que yo recuerde, y menos en una casa de apuestas en Londres. Hay otro lugar que tampoco había pisado: el interior del Tower Bridge, el puente de la torre, enseña permanente de Londres y tal vez uno de los monumentos que más hermosos me parecieron siempre en esta ciudad. Quizás el más hermoso. La otra tarde recorrimos la orilla sur del Támesis desde Westminster Bridge, a los pies del Big Ben, hasta Tower Bridge. Aunque pueda parecer increíble en un hombre que ha estado en Londres tantas veces antes, esa larga caminata que nos dejó molidos me permitió descubrir muchas cosas nuevas en el nuevo Londres, el que surgió en estos últimos años; un Londres remodelado para integrar la orilla sur del río en el mapa. El sur también existe. Era el hijo olvidado de esta ciudad. Primero la Tate Modern y luego el London Eye han equilibrado el centro de gravedad; bajo ese impulso, el portentoso National Film Theatre y los edificios acristalados que ahora iluminan las dos riberas a los pies de la City han tomado una nueva dimensión y se la han entregado a la ciudad. Los perfiles están variando. Londres ha multiplicado sus perspectivas.

Terminamos, decía, en el Tower Bridge. Me sorprendió el cambio que ha dado la zona de la Torre de Londres, a cuya espalda se levanta el Gherky, del que ya hablé, y nuevas arquitecturas diáfanas que mezclan en un mismo plano la fortaleza medieval y el nítido perfil de esos edificios que parecen sostenidos en el aire. Una pista de hielo en el foso de la torre completaba estos días el conjunto. Alegres destellos anaranjados de patines cuyas cuchillas trazan estrías, sobre el fondo de ese castillo que fue mazmorra, dependencia militar, acuartelamiento, sede institucional, complejo de tortura o cámara de ejecución. Y ahora cofre del tesoro real, las joyas de la corona Windsor, una exhibición kitsch sobre el lado más aburrido de la riqueza. Previo pago de seis libras, todas ellas esterlinas, las tripas del Tower Bridge revelan en una sencilla exposición la maravilla de ingeniería que significó la construcción del puente, concebido por Horace Jones para aliviar el tráfico rodado de finales del siglo XIX en la entrada y la salida hacia el Londres comercial. Los arquitectos e ingenieros hubieron de conjugar la solución para ese problema con la obligación de no cerrar el puerto al tráfico naval, entonces absolutamente vital para el crecimiento y desarrollo de la ciudad. De ahí el poderoso sistema hidráulico diseñado para elevar el tramo central del puente, sin interrumpir el posible tráfico de peatones gracias a las pasarelas superiores. Un ingenio rematado con la cobertura de conceptos arquitectónicos clásicos, lo que le otorga al Tower Bridge esa clara hermosura del granito traído desde Cornualles.

Pero yo no quería hablar de ingeniería, sino de juego. De William Hill, una de esas firmas en cuyos locales uno puede aligerar los bolsillos y la tarjeta de crédito con alegre facilidad. El doctor Reyes y el hombre somniloquio regresamos de un partido de no sé qué división en Brentford, al suroeste de Londres, y decidimos jugarnos unas libras a los perros. A las 6.16 de la tarde había carrera en Newcastle y en el televisor de la casa de apuestas. Cinco canes cinco, podencos afilados como cuchillos, eran conducidos por sus entrenadores hacia el cajón de salida. Los momentos así no están hechos para hombres irresolutos. En atención a mi desvirgamiento en el asunto del juego (yo pasé por Las Vegas sin meter una moneda a una sola máquina), Reyes me concedió el derecho de elegir el galgo sobre el que íbamos a depositar la esperanza de tomarnos unas pintas de gañote. Y quién sabe si también una cena. Era cosa de acertar. Necesitaba dos números de entre los cinco participantes. Examinados los nombres, no tuve dudas: el animal número tres: Brave Defender. Bravo Defensor. Sin dudarlo, le di la orden a Tchami: "Todo a Brave Defender... con ese nombre, ese perro tiene que tener dos cojones". Reyes, por su parte, amplió la apuesta con una segunda opción. Como no llevaba las gafas de lejos para examinarles los cuartos traseros a la jauría, eligió a ojo: "El número 2", dijo convencido. Traté de reconvenirlo: "Mira a ver, que ese se llama Lucy y Nora y con ese nombre es para desconfiar. A ver si va a ser medio maricón o de personalidad bipolar...", le advertí. Pero Reyes ya estaba en la ventanilla depositando la apuesta. Y los perros se agitaban en el cajón de salida. Bravo Defensor. Ese era el nuestro.

La salida fue desordenada. Ahora mismo no recuerdo cuál de todos tomó la cabeza, pero Brave Defender desde luego no estaba entre ellos. Claramente se trataba de un bicho con deficiente puesta en acción, pero eso no significa nada. También Tyson Gay tiene que mejorar su salto desde los tacos y luego es capaz de acelerar cuando a los demás los atrapa la fiebre del láctico, a partir de los setenta metros de carrera. "Brave Defender se paga cinco a uno... no está mal", consideró Reyes, mientras yo trataba de encontrar al muchacho en la pantalla del televisor. Los cinco perros cabeceaban en el esprint como una nave frente a la tempestad en alta mar, exhibiendo una combinación de motricidad anatómica fascinante. Mi abuelo solía llevarme de crío al canódromo de Miguel Servet, ahí donde ahora han hecho un parquecito a la orilla del Huerva. Nos pillaba tan cerca de su casa y era una manera tan entretenida de pasar una mañana, que las visitas a ese lugar (impensable hoy en esta ciudad tan previsible en la que se ha convertido Zaragoza) constituyen un recuerdo perdurable en mi memoria.

A la entrada de la primera curva, el Bravo Defensor llegó en el vagón de atrás, pero estaba todavía por mostrar su mejor versión. Si alguien le dio ese nombre no sería por nada. Tenía que ser uno de esos perros que no dan un balón perdido ni una hembra por imposible. Y sí, estábamos en lo cierto. Como el gran Michael Johnson, que mataba a sus contrincantes en la curva de los 200 lisos, Bravo Defensor apretó los cuartos traseros, cerró esfínteres y comenzó a recuperar terreno en el primer giro de la pista. Al mismo tiempo que metía un cambio de ritmo colosal, pude observar con emoción cómo en esa punta de velocidad enloquecida el perro variaba su trayectoria y se atrevía a iniciar una arriesgada maniobra. El jodido quería coger la cuerda. Un atajo. Lo vi rebasar a un rival y afrontar a otro. Antes de salir de la curva podía asomarse a la tercera posición, y mejorarla en los siguientes metros con la compensación de su nuevo lugar en la carrera. Me sentí orgulloso de Bravo Defensor: ese perro tenía algo en la cabeza, no se puede negar. Estaba corriendo con más inteligencia que Juan Carlos Higuero... El número 5, ahora lo vi con claridad, era el dominador de la prueba. El dorsal 1 venía detrás. Los otros tres -incluido el invertido que se hacía llamar Lucy y Nora- metían cuello como muchachos en celo para salir adelante y afrontar la recta en posición ventajosa.

Lo siguiente ocurrió muy rápido. Ya dije que la maniobra del bueno de Brave Defender tenía sus riesgos. Desgraciadamente, la valentía no se paga bien en las casas de apuestas. Conforme alargaba los músculos y equilibraba su lánguido cuerpo para la larga recta, Bravo Defensor se encontró con el destino. La potencia sin control no sirve de nada. El perro debió sentir un toque, si es que los perros sienten algo y menos a la velocidad que llevan esos bichos sobre la arena. Sintió un toque en las patas anteriores, tal vez sobre la rodilla. De inmediato se supo perdido, aunque quiero pensar conmiserativamente que no tuvo tiempo de darse cuenta de lo que había de ocurrirle. Pero ocurrió. Lo siguiente que vi fue a Bravo Defensor rodando por el suelo con esa violencia desaforada con la que ruedan las rocas cuando se desprenden ladera abajo. Mi Bravo Defensor ya no era un perro, era una bola de cañón hecha de carne prieta y pelo ralo, un guiñapo disparado a rastras por el suelo del canódromo de Newcastle. La carrera siguió adelante, el grupo alcanzó la siguiente curva y el número 5 impuso su musculoso final para llevarse la victoria. Un tipo de rasgos orientales gritó al otro lado del local, celebrando su triunfo: "Yeessssss!". En la repetición frontal de la llegada, pude ver en detalle el emotivo desempeño de Brave Defender: descabalado por el hostión que acababa de darse, aún tuvo pitera para ordenarse en pie sobre sus cuatro patas y terminar la carrera, echando el bofe y quizás vencido por un herbor de vergüenza, a diez o doce metros del resto. Un final patético. Ganar no ganó, oye, pero ese perro te digo yo que tenía un par de cojones...

[Foto: Parklife, el extraordinario primer álbum de Blur, tenía una portada inolvidable. Dejo la canción en el enlace para apreciar el deliberado acento londinense de Damon Albarn y aceitar el recuerdo del perro que rodó como una pelota, para vergüenza de toda la ciudad de Newcastle].

30/12/2007 03:18 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 1 comentario.

29/12/2007

Jack el Saltador

20071228102332-jack-2-.jpg

La primera vez que estuve en el pub The Ten Bells fue en el verano de 1995: no tenía otra referencia más allá de la leyenda que afirma que Jack el Destripador estuvo bebiendo en el lugar y allí coincidió al menos con un par de sus víctimas, y desde luego con la más tristemente célebre: la irlandesa Mary Jean Kelly. La muchacha, una prostituta treintañera que afrancesó su nombre para hacerse llamar Marie Jeannette Kelly y mejorar el rendimiento de su negocio (las putas irlandesas eran las últimas en el escalafón de tarifas y apreciación popular en aquellos días), solía hacer la calle a la salida de este establecimiento de Commercial Street. Aquella tarde en Whitechapel acudí con mi hermano a tomar una pinta al bar más popular en la ruta de Jack the Ripper. Mi hermano había venido a Londres comisionado por mi padre para repatriarme como fuera. Me habían hecho una oferta de trabajo en el mismo periódico que un año antes prescindió de mí y yo me resistía a abandonar la precaria felicidad juvenil que vivía en Londres, como si fuera la ultima ocasión de mi vida para ello. Mi hermano logró a medias su objetivo, si es que llegó a hacerlo suyo en algún momento. Eso sí, en el mientras tanto vacíamos cuantas pintas se pusieron en nuestro camino, vimos a Rob Andrew y a Jerry Guscott jugar al rugby en el campo del London Wasps y nos paseamos por Whitechapel, con un innegable acojono por su parte. El barrio no está tan mal, pero tiene esa aspereza del Londres residual. Yo no lo percibía; pero claro, a esas alturas yo vivía entre Kensal Green y Willesden, al noroeste, y estaba acostumbrado a ver maleantes de todas las edades en la parte alta de Harrow Road y sus alrededores.

El caso. Debidamente sugestionados por los carteles y recortes de periódicos sobre las andanzas de Jack que exhibe el bar en sus muros, aderezados con el relato de presuntas apariciones fantasmagóricas en la bodega donde se situaban, nos bebimos unas cuantas cervezas. De la micción ni hablamos: no nos atrevíamos a bajar las escaleras hacia las decimonónicas toilets. El Ten Bells se mantiene en pie desde 1752; debía de ser sórdido en un East End enfermo de pobreza y terror en 1888, cuando comenzaron los asesinatos de Jack. Hoy día, y cuando yo lo visité en 1995, mantiene ese aspecto desabrido en un local pequeño, trasnochado pero con un indudable sabor de verdad del tiempo. En un momento dado, con la vejiga ya bien apretada, me levanté a la barra y le dije al geezer del otro lado: "Ponnos lo mismo, chato". Mientras lo hacía, el tipo me habló. Y ocurrió una de esas cosas que siempre pueden ocurrirte en Inglaterra, incluso si hablas bien inglés y todavía más a este lado de Londres: que no entiendas nada de lo que te han dicho, o tal vez una parte mínima y poco aclaratoria de la frase. En mi caso, capturé al vuelo el final: "...así que vosotros decidís, por mí no hay problema, pero si os sentís molestos... Es cosa vuestra". No sabía de qué hablaba aquel tipo, pero con determinación muy propia del caso decidí: "Go ahead". O sea, pon las pintas y ya veremos...

Unos minutos después, entendí la advertencia. Apareció una muchacha alargada y seca como el pub, se retiró una gabardina hacia el final de la barra y, con un escaso tanga satinado por toda vestimenta, caminó con decisión hasta el centro de la sala y se aferró a una delgada columna mientras comenzaba a sonar la música. Debíamos estar cinco o seis personas en el pub. Como si bailara para una audiencia invisible, la chica empezó a moverse con ese estilo sinuoso pero vasto con la que se mueven las strippers de baja estofa. Sólo recuerdo que tenía la piel muy pálida. El barman se puso a leer un diario acodado sobre la barra; entre los parroquianos no hubo ningún movimiento sospechoso. Continuaron tomando su pinta a sorbos contenidos y mirando la luz grisácea que entraba por los ventanales. La lascivia británica es silenciosa, oculta, interior. La chica bailó un rato, fueron y vinieron las pintas en un espeso trasiego de miradas al vaso y a la carne fresca de la stripper, y cuando terminó se encerró en la gabardina, tal vez cruzó las piernas sobre una banqueta y pidió un combinado. La tarde seguía, sin más estridencias.

El jueves pasé de nuevo por la puerta del Ten Bells, entre un grupo de unas cien personas que seguíamos los pasos de Jack por las calles del East Eand, casi 120 años después del llamado Otoño del Terror. Al frente de la nube de curiosos, un inglés largo como una espiga y tocado por una gorra de lana en singular patchwork. London Walks organiza estos paseos sombríos a última hora de la tarde, por calles hoy remodeladas, salubres, habitables; nada que ver con las callejuelas y callejones, los alleys desde los que Jack asaltaba a las meretrices cuarentonas que subsistían en esa sopa de nacionalidades que era entonces el este de la ciudad. Los barcos llegaban al puerto de Londres y allí descargaban los restos de las guerras y el hambre, como ahora. Y los refugiados permanecían donde tocaban tierra. Londres nunca fue ni es ahora una ciudad generosa. Recibe pero no acoge.

A la espalda del famoso Destripador permanece otro personaje londinense que aterrorizó al Londres victoriano con una estrategia mucho menos sangrienta, pero tanto o más esquizofrénica. El individuo ha pasado a la historia local con el nombre de Spring-heeled Jack, lo que diríamos Jack el Saltador. Un tipo con atuendo y aspecto que sus víctimas calificaban de demoníaco y que, durante los años 30 del siglo XIX protagonizó fantasmagóricas apariciones y asaltos de orden sexual al sur del río Támesis, en la zona de Clapham. Los informes policiales subrayaban declaraciones con sonoras coincidencias: al sujeto le atribuían una mirada de fuego y la capacidad de escupir llamaradas azules or la boca. La sufrida Policía Metropolitana no sabía qué pensar. Contra toda lógica, el Saltador aparecía y desaparecía por sorpresa y a los brincos, elevándose de forma sobrehumana a alturas de tres y cuatro metros, para escapar de sus fechorías.

A los sucesos se les dieron, como suele ocurrir, explicaciones escépticas y sobrenaturales; se desarrollaron teorías de la conspiración y las autoridades trataron el caso en la asamblea de próceres. Como suele ocurrir, un noble con rango de marqués y depravadas aficiones entró en la baraja de sospechosos. Nunca se supo quien era el tipo de la mascara que se comportaba como un sucio Batman de barrio bajo, asustando a hombres y mujeres, atacando a jovencitas adolescentes con sus febriles trucos. Hubo detenidos que se salvaron del arresto porque las víctimas insistían en que su atacante escupía lenguas de azufre por la boca, y ninguno de los sospechosos pudo llevar a cabo  semejante efecto especial. Una coartada imbatible. Ahora parece una broma, pero en aquellos días el terror se apoderó de la ciudad. La leyenda del Saltador lo situó en diferentes areas de Londres y hay informes de asaltos posteriores hasta principios del siglo XX y en otras ciudades de Inglaterra. Es de suponer que le salieron imitadores. La prensa inflamó su popularidad y aparecieron historietas (los dreadful pennies) que hicieron ficción de la realidad mientras el misterioso Jack hacia realidad de la ficción.

Aún hoy muchos piensan que, cuando el Destripador envió su primera carta a la policía de Londres y decidió firmarla como Jack, tal vez estuviera tributando un retorcido homenaje al individuo que 50 años antes saltaba por los muros y echaba miradas de fuego en el sucio Londres de la reina Victoria.

29/12/2007 01:44 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 2 comentarios.

27/12/2007

El ojo de Londres

20071227094350-london-eye-at-dawn.jpg

En Londres no quedan ingleses. La frase la dijo hace hace unos años mi amigo Sean mientras caminábamos por Queensway hacia The Standard, curry house a la que ya me he referido hace poco. Es cada día más cierta. Supongo que hay que ir a buscarlos a la City, a los pubs sin música de los barrios, al Quiz Game de los domingos y tal vez a las casas de apuestas o a las películas de Woody Allen. En las zonas comunes constituyen una rareza en franca retirada. También resisten en los tradicionales taxis negros de la ciudad: para los foráneos hace tiempo que dejaron el minicab, servicio alternativo sin el cual la ciudad se derrumbaría. Ayer debían estar todos en el fútbol, creo, porque el Boxing Day es día de comidas en familia, arranque de las rebajas de fin de año, servicios públicos reducidos y deporte, sobre todo deporte; naturalmente, los ingleses permanecen en las gradas, porque en los campos ya ha quedado dicho que quedan pocos. Si acaso, en los equipos menores y en los últimos clasificados. El gran fútbol inglés ha reducido su singularidad a un desenfreno cosmopolita que, de forma paradójica, recuerda mejor que nunca el alma cosmopolita (otros preferirán decir imperialista, pero yo soy generoso y creo que con razón) que siempre iluminó a este pueblo.

Para encontrar ingleses hemos decidido obviar los partidos de la Premier League, que son un espectáculo liofilizado en el que uno ya no puede ni levantarse del asiento para animar a su equipo, y buscaremos la verdad en las categorías periféricas, las que se juegan en campos periféricos, donde Londres extravía el nombre y el London Tube se divide en ramales con trenes que serpentean a la luz del día bajo la grisalla. En esos campos no hay conservantes ni colorantes y algo así buscamos. Como los ingleses conservan un cierto atavismo tribal en su modo de relacionarse con el juego que ellos mismos inventaron, la pasión tiene las mismas formas en la primera división que en la quinta. Hay otro motivo: acreditarse para un partido de la Premiership en Inglaterra resulta más complicado que conseguir una bendición papal. A la vuelta de la tragedia de Heysel, los ingleses desarrollaron una conciencia definitiva de sus culpas y remodelaron el fútbol de arriba abajo. Una de las consecuencias laterales que han traído los años consiste en la exigencia de un carísimo seguro (hablamos de miles de libras) que la liga cobra a los medios de comunicación que quieren cubrir con regularidad sus competiciones. Si alguien aparece con una mano delante y otra detrás, como nosotros, ha de pasar por taquilla. Esa es la otra media verdad de nuestra decisión.

A estas horas ya ha amanecido en Londres, aunque con esa pereza con la que amanece aquí en invierno. Once benevolentes grados afuera, dice mi termómetro de Windows Vista. Y Ordinary People, del último Lp de Neil Young, de fondo, lo que contribuye a que todo comience despacio, a entrar en el día con cuidado, como en una piscina en calma. Ayer fue Boxing Day, fiesta nacional: aquí a una fiesta nacional le llaman Bank Holiday, que es también el título de una áspera y realista canción de Blur en su álbum Parklife. No hay fiestas provenientes del santoral, pero sí tradiciones que sostener. El Boxing Day es una de ellas: no es el día del boxeo, sino el día de los regalos. Desde la edad media y los tiempos feudales, los terratenientes concedían un día libre después del día de Navidad a los menesterosos miembros de su servicio, en compensación por su trabajo en el día de Navidad. Y les entregaban una caja (box) con regalos y sobras de la comida del día anterior para que compartieran con su familia una segunda comida de Navidad. De ahí que el Boxing Day haya quedado como día familiar, de entrega de regalos y lifaras compartidas. Pubs a media asta y una impresión equívoca acerca de la velocidad a la que se mueve este cuerpo mastodóntico.

"Londres es un pub", escribió Martin Amis a finales de los años 80. La afirmación parece ya discutible, porque el bebedor serio y silencioso de esta ciudad también hay que ir a buscarlo a los suburbios. "Todas las high streets son iguales", decía Damon Albarn, con mucha razón, en la canción referida arriba. Deberíamos subrayar con desmayo que, hoy en día, todas las ciudades son iguales y puede que hasta intercambiables, al menos su lado reciente. Los mismos comercios, las mismas cadenas de cafeterías, las mismas tiendas de ropa, las mismas franquicias de comida rápida o de comida lenta. El alma de las ciudades reside en lo que su pasado haya sido capaz de reunir y conservar, y en lo que su futuro haya sido capaz de inspirar: la curva arquitectura de Regent's Street (probablemente, la calle que más me fascinó y aún lo hace, desde que aparecí por primera vez en Londres), los memoriales de la guerra de Parliament Street, los leones que guardan a Nelson, los ribetes dorados de la torre en las Casas del Parlamento, los jardines de Kensington, los parquecitos en las plazas residenciales, los ratoncitos en equilibrio sobre las negras vías del metro, las máquinas de chocolate Cadbury's en los andenes, las librerías de Charing Cross Road... Esas y otras cosas.

Cuando yo vivía en Londres no existía el London Eye, esa noria gigante que observa el Big Ben y el distrito de Whitehall desde el otro lado del río. Ese ojo que todo lo ve como antes todo lo veía el almirante Nelson desde lo alto de su solemne columna en Trafalgar Square. Cuando yo vivía en Londres la Jubilee Line de metro era un agujero negro y polvoriento en inacabable reforma, y ayer salí en Westminster a una estación modernista, de aspecto industrial, que me hizo pensar en las chimeneas de la fábrica de Battersea Park; cuando yo vivía en Londres ni siquiera había alcalde de la ciudad, como ahora, y cada barrio tenía un ayuntamiento propio que regía su distrito con reminiscencias del pasado. Cuando yo vivía en Londres, ya no quedaban punkies en Picadilly Circus pero sí postales de cuando había punkies en Picadilly Circus: tengo que fijarme, pero me parece que eso también ha desaparecido. La ciudad vivía detenida en un círculo vicioso de pasados que ya no le correspondían. Ahora hay unos Juegos Olímpicos en el horizonte de cuatro años y un horizonte dominado por el Gherkin, ese edificio con silueta de supositorio o de dildo que emerge en los alrededores de Liverpool Street. Cuando yo vivía en Londres quedaban ingleses y aún deben de estar en algún lado, bebiendo cerveza en silencio, en pubs que no pertenecen a ninguna destilería, con cervezas propias, de nombres desconocidos y sabores variables: si te tirabas encima una gota, la mancha resistía varios detergentes. Productos orgánicos. Aunque siempre fue de algún modo así, ahora Londres se ha magnificado a sí misma y parece una síntesis del planeta, una especie de parque temático de las nacionalidades o de los flujos de migración que describirán los libros de historia. Venir a Londres supone ir un poco a todos los lados, a los países del este, al subcontinente asiático, al África negra, a las antípodas, a la Europa sin memoria y a la América silenciosa y deprimida... Londres pone el decorado y los demás miramos y actuamos, unos para otros, sobre un fondo de neones. Público y audiencia en un mismo cuerpo: leed Instrucciones para John Howell, de Cortázar. No faltarán calles por las que correr. Supongo que venimos a buscar a los ingleses o a buscar una ciudad franquicia del mundo, una ciudad que acoja a cualquiera con desdén y que esté dispuesta a escupir a cualquiera con desdén, y que ese cualquiera celebre la posibilidad de ser deglutido por el desorden general y luego arrojado a una orilla del escenario.

También mis amigos deben de estar en algún lado, ocultos del blitz post moderno. He recurrido a The Killers y su último Sawdust para saltar de la cama a la ducha. Londres es un ojo que lo ve todo. Una ciudad que lo ha visto todo y aún quiere ver más. Quiere verlo todo como si nada le importase.

27/12/2007 09:42 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 6 comentarios.

23/09/2007

Salónica, 2666

20070923131835-perros.jpg

Los mercados, dije yo. Es lo que más me gusta fotografiar de las ciudades. Los mercados y los cementerios, agregó José Miguel. Y lo dijo así de bien: "Lo que comen los vivos y cómo despiden a sus muertos". Salónica. Otra con J. M. Le pregunto medio en broma: "¿Te interesa el arte bizantino?". "Me interesa el arte bizarro". Lo bizantino es muy bizantino y un poco bizarro, visto desde este lado del tiempo. Salónica me pareció (con todos los juicios en cuarentena por lo presuroso del viaje) una ciudad bizarra en su casi molesta sencillez. Las casas parecen apartamentos de la playa, cuatro o cinco plantas y terrazas muy largas, para creer que uno puede mirar al mar o soñar que no va a regresar nunca al otoño. Ya es otoño y los perros duermen volcados sobre las costillas y contra el pie de los muros, como si los hubieran anestesiado fatalmente, con un cansancio casi metafísico. Los vi dormir en los portales como aquí los hombres duermen en los cajeros, desmayados de indolencia, ajenos al pudor. A pares o de cuatro en cuatro, en severas filas. A media mañana, como los desocupados, o en la primera hora de la noche, igual que los derrotados.

Puse en la maleta una novela interminable, 2666, de Roberto Bolaño. Me pareció adecuada para el ritmo de una competición que espero larga, la Copa UEFA. Dudé entre La Montaña Mágica y ésta y un par de Murakami. Me decidí por las enigmáticas fabulaciones de Bolaño, que levanta universos sin centro geográfico ni narrativo conocidos. Sus protagonistas andan siempre por la periferia de lo contado, escapando del foco como de un fuego. El Ratón dijo hace tiempo que una novela de más de 300 páginas le parece un abuso de confianza del autor contra el lector, y tiene razón: 2666 me enfrenta contra 1.125 en la edición de Anagrama. Este viaje ha de ser largo, aunque el 1-0 compromete todo el plan. Siempre queremos que cada viaje sea largo, y que nos ofrezca la dudosa posibilidad de no regresar. Hace un rato vi un documental sobre Byron Bay, el centro hippie de la costa este australiana, donde pasé unos cuantos días en el ya inencontrable año 2000. Allí un barbudo barrigón armó un psicodélico museo de la historia aborigen; es decir, de la aniquilación aborigen por el hombre blanco (anoto mentalmente que he de volver a Mark Twain y su viaje alrededor del Ecuador). Ese hombre abandonó el mercado bursátil de Londres diciéndose: "Tiene que haber algo más que esto". Y durante diez años viajó por la India. Es verdad, tiene que haber algo más que esto.

Poco que contar. Un bazar pequeño pero muy verdadero, en el que los carniceros sajan la carne, pendiente de un gancho, a machetazos. Caras arrugadas y otras muy tersas. Costados de piel dorada al aire, pocos perfiles griegos clásicos, iglesias del viejo Bizancio, cirios en hornacinas (encendimos uno pero fue 1-0), baños turcos de artesonados borrosos, tahonas primorosas y una Torre Blanca al borde del agua, como una torre del oro en Sevilla. La gente fuma donde quiere, casi nadie lleva casco en la cabeza y el cinturón de seguridad es una relajada obligación todavía. Europa pero aún no. España en 1990, tal vez. El yogurt griego, cremoso y amargo, y el recuerdo de aquél otro que me comí en el lado asiático de Estambul.

Bizancio, Constantinopla, Thessaloniki, Córdoba argentina (escribo para MediaPunta sobre Juan Domingo Cabrera, el primer hombre al que Maradona le hizo un caño), Ciudad Juárez o Santa Teresa, Antony and The Johnsons: The Atrocities. Quiero ir a Praga (el Sparta empató a cero), a Bucarest, a Moscú, a Kiev o volver a Sofia, por donde pasé camino de Constantinopla en el ya inenarrable 1989. Quiero llegar a Manchester en mayo y comerme un curry en Rusholme mientras escucho Rusholme Ruffians. ¿Cuánto tardaría en morirme si saltara desde la copa de un paracaídas?

Salónica, 2666. La búsqueda de Archimboldi ha comenzado.

23/09/2007 13:18 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 13 comentarios.

26/07/2007

La música, el tiempo

20070726012248-haight.jpg

Jesús Ordovás, el hombre de Diario Pop durante los últimos 25 años, es otro de los que toma la perversa vía Cafarell: jubilado a los 60, como otros cuatro mil empleados más de RTVE. La mujer que iba a regenerar la televisión pública, a darle el sentido verdadero y propio de su naturaleza, a convocar a un comité de sabios, será recordada apenas como la mujer que abrasó la memoria de espectadores y oyentes con un dictado masivo de prejubilaciones. Eso sí, hecha la operación, ya ejerce al frente del Instituto Cervantes. Su tránsito constituye un paradigma de lo que la propaganda y los méritos atribuidos por otros pueden hacer con una persona de exhaustiva incompetencia.

El caso, ahora que he soltado lastre, es que Jesús Ordovás fue homenajeado ayer en Discópolis por otro histórico de Radio 3, José Miguel López. Y yo pasaba por allí y me quedé a oír cómo Ordovás recordaba sus comienzos en la emisora, el nacimiento del legendario programa en el otoño de 1982, y la dirección y los micrófonos compartidos con otros nombres a los que reconozco como mis mejores (si bien no los únicos) educadores en el amor de la música: nombres como José María Rey, locutor adorablemente despiadado; Tomás Fernando Flores, faro de la modernidad desde Siglo XXI; Diego Manrique y ese crisol de sonidos llamado El Ambigú; Julio Ruiz, del sedoso y popero Disco Grande... y otros que no recuerdo ahora mismo pero a los que profeso la fe del discípulo. Para quienes preferimos la música radiofónica desprovista de jingles, locutores de artificio, efectos sonoros y listas, Radio 3 y todos estos muchachos han sido y son la compañía exacta durante muchos años.

Me gustó especialmente el recuerdo que Jesús Ordovás hizo de su descubrimiento de la música en una España de costuras apretadas. Sus temporales exilios juveniles a París, a Londres, a Rotterdam... Eran exilios interiores o búsquedas. Por eso, el joven melómano concluyó que ninguno de esos lugares había de ser el lugar. Y que el lugar estaba en California, donde había ocurrido todo. El vórtice del cambio si es que hubo algún cambio. Así que viajó a San Francisco, la ciudad por antonomasia en los finales sesenta, y allí conoció el desencanto. Ordovás se paseó por el cruce de Haight y Ashbury y sus alrededores, allá donde se produjo la primera sentada hippie en el verano del amor, en busca de una directriz o de una revelación o de un espíritu desde el que encontrarle sentido a todo lo demás. Fatigó las calles, las esquinas, los cafés, las tiendas de música. Enseguida descubrió que había llegado tarde. Ya habían muerto las tres jotas: Jimmie Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin, todos ahogados por su propio exceso de grandeza y droga. De la utopía apenas quedaban los nombres de las calles, el cartel en el cruce legendario y un buen número de jóvenes que serían mendigos, arrastrando los pies o desperdigados con sus guitarras por el parque.

Esos todavía estaban cuando llegué yo, casi cuarenta años más tarde que Jesús Ordovás. Cuatro décadas después y de modos muy distintos; pero al oírle ayer yo sentí que habíamos ido buscando en el fondo lo mismo, y que veníamos de un lugar, aunque con perspectivas y circunstancias bien diferentes. Diríamos que casi contrarias. Ya no estaba el ideario hippie y yo nunca tuve nada que ver con eso. Pero hay algo más, algo más al fondo de esos viajes y esos lugares. Están ellos, los hombres que salen de un tiempo inexistente como reclamando que ellos son el tiempo; están las tiendas de cachivaches, de propuestas esotéricas, de ropas alternativas, y sus colores estridentes en los muros. Pura psicodelia en la lata del tiempo. Eso que tan bien cuenta Chema Rey en sus especiales de la historia del movimiento psicodélico, Sunset Boulevard. Sobre todo está Amoeba, la bolera reconvertida en una gigantesca y hermosísima tienda de discos, como un supermercado de las canciones, las músicas, los sonidos y los ambientes. Un lugar sin tiempo. Y a eso voy. Están los murales de Hendrix, los Cadillacs en los aparcamientos, las librerías que todavía son librerías, las ardillas que abren nueces en el parque, los hombres que empujan carros de la compra repletos de ropas usadas y objetos sin uso. Sus gritos, las risas desaforadas, las melenas deshechas de suciedad, la mugre en los baños públicos... Cuando nos sentamos en aquel parque inmenso, nos rodeaban. Uno de ellos jugaba a mirar la hierba con una lupa que habría encontrado en algún cubo de basura de la ciudad. Otro hizo ademán de abrirse la bragueta, invitando al de la lupa con una voz áspera: "¡¡¡Mira a ver qué tal se ve esto que tengo aquí!!!". Todos se reían. Otros se reunían en grupos, diseminados por los bancos, formando círculos en la hierba alrededor del muchacho de ojos claros que tocaba la guitarra. Muchos pedían limosna con un comportamiento que uno consideraría decididamente digno. Sobre todo me impresionaban los ojos, relucientes en las caras renegridas, engastados como joyas al fondo de un rostro que rejuvenece en la proximidad. Esa es la América silenciosa, que como siempre digo canta a George Harrison, a Dylan, a Lennon, a Janis Joplin y lo que pueden de Hendrix...

La zona es tranquila, poco amenazante. Uno puede pasear arriba y abajo, detenerse bajo el cartel de Haight y Ashbury y recordar. Imaginar. Eso es todo, no hay más. La niebla que sube desde el océano y los cafés. Los despojos en el parque. Y sin embargo, en el cruce de las calles Haight y Ashbury hay algo suspendido en el aire, que no se puede definir pero que siempre está ahí. Mucho tiempo después de estar yo mismo, al escuchar el relato de Jesús Ordovás he advertido que ese algo es la música. La posibilidad de combatir todos los tiempos y las circunstancias con música, a la que considero algo parecido a una sustancia casi material del tiempo; un pensamiento sin soporte racional ni científico, sólo la impresión común de que una canción te lleva y te trae a escenarios que ya no son de hoy. Aunque llegues tarde. La música sería el tiempo sin tiempo. Sólo por eso, hay que pararse en la esquina entre Haight y Ashbury, como en tantos otros lugares del mundo... y escuchar. Y después cruzar a Amoeba, un poco más allá en dirección al Golden Gate Park. Agarrar una cesta metálica como aquéllas del viejo Spar y llenarla de esos pedacitos cuadrados de tiempo que llamamos discos. O música.

[Nota: la foto que ilustra el perfil del hombre somniloquio, en el margen derecho, fue tomada ante uno de los muros decorados de Amoeba, en San Francisco].

26/07/2007 11:13 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 8 comentarios.

21/03/2007

Más malos que el Sebo

20070321111137-celticpark.jpg


Un compañero me dijo el otro día que el fútbol inglés viene a ser como las películas de tiros o aventuras: ejercicios ligeros y en absoluto pretenciosos, concebidos y ejecutados con el único fin del entretenimiento. El razonamiento me llamó la atención, estuvo a punto de parecerme ajustado y puede que hasta brillante. Lo miro así porque el fútbol inglés siempre me ha fascinado precisamente por su vigor, por su capacidad para la diversión, por esa honestidad que lo asiste y que me lo presenta como un fútbol libre del pecado original, que tiene la forma de la vanidad del engaño y la egolatría de los futbolistas, sumado al empeño de los entrenadores por hacer del juego una pura medición cartesiana o cientifista. He admirado y disfrutado a muchos jugadores y equipos ingleses. Sin embargo ahora, desde hace años, observo el fútbol inglés con conmiseración. Les han colado una modernidad europeísta que ha trastocado la ingenuidad del modelo, y que mezcla mal. Sobre todo, les han llenado los equipos de futbolistas de todas las latitudes y los banquillos con entrenadores de fuera de las Islas. Y no se trata de xenofobia, cómo iba yo a ser xenófobo a favor de los ingleses... Lo que digo es que han absorbido el modelo a la inversa; antes eran los de fuera quienes se adaptaban al modo de juego británico; ahora, al ser ya tantos, la tendencia es la opuesta. El resultado, en mi modesta y afectuosa opinión hacia el fútbol de esos países, constituye un error: ahora en Inglaterra se juega al fútbol con pretensiones. Se ha atemperado en buena parte aquella velocidad, aquel denuedo, aquel estruendo competitivo que definía los partidos; pero los jugadores, el tipo de jugador, aún es el mismo. Es como vestir a un indio americano con chaqué: no está en su naturaleza. Se le nota la impostura.

Sigo viendo el fútbol inglés. Un algo por devoción, un mucho por deformación profesional. Ya no me divierte como solía hacerlo durante los años setenta y ochenta; o cuando pagaba entradas por los estadios de Londres (sobre todo el viejo Stamford Bridge, que me caía cerca) los sábados que tenía libres durante mi estancia en Londres. Por eso, cuando hace unos días fuimos a ver el derby de Glasgow, Celtic-Rangers, recuperé esa vieja expectación por ver el protofútbol que siempre se jugó en las Islas. Soy de los que piensa que el verdadero fútbol inglés ya no puede verse en Anfield, en Highbury o en Stamford Bridge. Está en el campo del West Ham (qué equipo el West Ham... es para morirse los dos partidos que le he visto últimamente por la televisión), tal vez un poco en Villa Park, y sobre todo más abajo, en los Nottingham Forest, en el Torquay, en el Barnet o igual en el mismo Milwall, qué sé yo. En esos campos de Dios en los que no está Dios (así definía mi tía Chilita, mi ejemplo familiar de viajero, las bellas iglesias y catedrales británicas: "Son preciosas... pero no está Dios"). ¿Estaría el fútbol británico en Celtic Park?

Estaba. Pero en su versión más pobre, claro. Si me vais a preguntar por el ambiente, lo digo de antemano: extraordinario. Emotivo, subyugante, conmovedor. Hubo un homenaje al gran Jimmy Johnstone en los vídeo marcadores realmente precioso. Y esa extraña incoherencia que a menudo muestra el fútbol británico: en este derby de connotaciones religiosas (católicos pro irlandeses frente a protestantes filobritánicos), los aficionados del Rangers caminan con mucha tranquilidad hacia el fondo que les corresponde en el estadio. Van a ser 4.000 y están perfectamente controlados... pero uno diría que no hace falta un control excesivo. Yo estuve viéndolos llegar y no había un atisbo de la violencia artera y peligrosa que he advertido en muchos campos españoles. No digamos en Sevilla, donde vimos uno de los últimos clásicos entre Betis y Sevilla hace un mes y poco. A Celtic Park vienen caminando, sin escolta policial, sólo un relativo y lógico control en los accesos al campo para que el área esté lo más limpia posible. No hay ningún tipo de agitación en la gente del Celtic, que va entrando hacia sus asientos con matinal calma (todos los partidos de riesgo se juegan en Gran Bretaña en horario matinal, para evitar la consumición de alcohol en los pubs). El fútbol británico está limpio. El peligro son los viajes al extranjero. Por lo demás, el fútbol constituye un entretenimiento familiar, tan seguro como ir al Radio City Music Hall de Nueva York a ver el especial de Navidad...

Del fútbol en sí no hay gran cosa que decir. El nivel medio del futbolista escocés ha descendido o está en el mismo lugar de toda la vida. El mejor jugador del Celtic sobre el campo era Gordon Strachan, el entrenador. Qué días aquéllos: Gordon Strachan, Archie Gemill (aquel pedazo de gol contra Holanda en el Mundial 78, que glosan en la película Trainspotting), Kenny Dalglish, Graeme Souness, desde luego Jimmy Johnstone... De los que aún tienen edad para jugar el más rescatable me pareció, de lejos, un zurdo con cara de niño que juega en la banda izquierda del Celtic: Aidan McGeedy. Tiene un cierto aire a Jimmy Johnstone, el rubio cabello enrulado, el caracoleo con la pelota... Pero no es él, claro. El resto eran para analizarlos. Los centrales de los dos equipos parecían muñecos sólo parcialmente articulados, siempre a punto de desganglillarse o de que se les saliese una pierna de su inserción con la cadera. El mejor de los cuatro era Ehiogu, el del Rangers, un africano interminable con muchos años encima, al que recuerdo haber visto en The Bridge frente al Chelsea en el año 94, cuando él acababa de llegar al Norwich City. Como para ratificarlo, se inventó un gol de media chilena a la salida de un córner, antes de la cual hubo hasta tres cabezazos verticales e inútiles en el área del Celtic. De horror. Con ese tanto, al Rangers le bastó para ganar. No hubiera podido meterlo de ninguna otra manera. Su delantero más idolatrado es un tal Sebo, ex del Austria Viena (me enferma recordar a ese equipo) al que la hinchada azul le canta el nombre con deleite: "Seeeeeebooooooo, Seeeeeeeeboooooooo". Es tan malo, pero tan malo, que hasta los aficionados del Celtic se ríen de él, en lugar de temerlo. Como cuando la grada del Real Madrid de baloncesto, en los viejos partidos contra el Barça en el pabellón de la Ciudad Deportiva, pedían a voz en grito que saliera Seara, aquel base que me recordaba al inspector Clouseau. Eso sí, Sebo da unas patadas de miedo; persigue a los defensas, los acosa, los hostiga, les mete el cuerpo, el codo, la cadera, la rodilla en el estómago si hace falta. Tiene esa cara de británico enredador tan conocida, la de Wayne Rooney. Con el "fuck off" siempre colgándole de la boca... Los momentos más emocionantes de este tipo de partidos no son los córners ni los goles; son los balones que se quedan sueltos y van dos rivales a disputarlos. Uno tiene ganas de llamar a la ambulancia antes de que lleguen, porque es como ver un choque frontal entre dos automóviles. Da miedo. Hay unas castañas de cárcel. Sebo es el primero de la fila: deja los pies colgando y siempre rasca hasta donde puede. Sebo es más malo que el sebo, pero al día siguiente la Prensa lo exaltaba por sus carreras desesperanzadas en pos de pelotas perdidas. Los escoceses (vale decir, los británicos) no puntúan a los futbolistas según criterios futbolísticos; los juzgan de acuerdo a consideraciones casi morales. No es de extrañar que Henrik Larsson se hiciera de oro en este fútbol: comparado con Sebo o con Miller, el punto del Celtic, el sueco era el mismo Dios, una forma superior de vida.

Gravesen no jugó. Y bien que lo sentí... Porque ahí debe ser el rey. Lo sustituía otro muchacho africano llamado Sno. La verdad es que las alineaciones parecían una fuga de vocales: Sno, Prso, Sebo. Nombres que más bien se dirían apodos para un chat. El partido de Sno fue demencial. A su lado, Lennon. Sólo faltaba McCartney, que no ha debido darle una patada a la pelota en su vida. Lennon (el jugador del Celtic) estaba gordo y tabernario. Hasta los suyos le dijeron de todo menos guapo. El único con un mínimo criterio en el medio campo era Barry Ferguson, del Rangers, al que por cierto vigiló muy de cerca el Zaragoza en el último mercado de invierno, cuando buscaba un mediocampista de paso. Acabó encontrando a Gustavo Nery, que en verdad ahora vemos que está de paso. En la segunda parte me gustó Nacho Novo, ex jugador de Huesca. Que un futbolista de nivel Segunda B en España sea el rey en la banda derecha del Rangers especifica sin necesidad de más matices cómo está el fútbol escocés. Eso sí, el ambiente es magnífico y volvería mañana. Se me ocurre que tanta canción es en realidad una forma de entretenerse, para olvidar lo de abajo. Pero no es así. La gente del Celtic, los británicos en general, aman el fútbol y a sus equipos de un modo ejemplar. Nunca voy a ser absolutamente cruel con ellos: les guardo el afecto enorme de la diversión que me han proporcionado.

[Foto: vi el partido al ladito de los comentaristas de la BBC en Escocia. Creo que era la BBC. No importa. Me encantó descubrir que todavía usan aquellos micrófonos de toda la vida, clásicos donde los haya, concebidos con esa plaquita superior que ayuda al locutor a mantener la distancia exacta con el micro. Detalle rancio que me pareció simbolizar lo que es el fútbol en estos lugares, una materia atemporal, un lugar en el que siempre se jugó más o menos igual. De las narraciones británicas me encanta la precisión con la que sitúan el juego, la perfecta vocalización y el "Yes!" de los goles].

21/03/2007 11:11 Autor: Mario. #. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

20/03/2007

El día del padre

20070320121513-tumba.jpg


A veces parece sencillo escribir una historia conmovedora. A veces parece imposible. A la espalda de Celtic Park, en Glasgow, caminamos por este viejo cementerio húmedo y gris. Entre lápidas caídas y oraciones olvidadas, encontré esta tumba. Contaba la historia de un Robert Graham. La inscripción tallada en la piedra decía:

"Erigido por Robert Graham
y su esposa Jane Young...
en memoria de sus hijos:

Robert, fallecido el 1 de febrero de 1863
a la edad de 1 año  y 6 meses

Bethia, fallecida el 7 de enero de 1865
a la edad de 1 año y 8 meses

Robert, fallecido el 21 de noviembre de 1865
a la edad de seis meses

John, fallecido el 28 de agosto de 1877
a la edad de 5 años y 8 meses

Y a la memoria de sus nietos
Adamine, Cameron y Anderson
fallecidos el 6 de febrero de 1899
(la fecha es borrosa)
a la edad de 18 meses

Bethia y Anderson
fallecidos el..."


La fotografía no me permite leer el resto de fechas. Un poco más abajo, el señor Robert Graham despide a su amada esposa Jane Young. La última línea registra la fecha del fallecimiento del señor Robert Graham.

A veces, es extraordinariamente sencillo, y terrible, escribir una historia conmovedora.

(Para mi padre; y para Pedro Luis... padres íntegros como piedra tallada).

20/03/2007 12:15 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 1 comentario.

18/03/2007

Escenas: el predicador Guthrie

20070318111407-guthrie.jpg


Allá donde voy me gusta fotografiar las estatuas, elementos inmóviles que parecen reclamar algo de vida en las fotografías, donde todo está falsamente detenido. Ésta pertenece al predicador y profesor universitario Thomas Guthrie, quien ingresó en la Universidad de Edimburgo a los 12 años. Ya adulto, su ministerio atendió a la pobreza de los más desfavorecidos, animado por la idea de que una buena educación salvaría a los niños de la delincuencia juvenil. Por eso Guthrie aparece inmortalizado en el borde de Prince's Street con un infante tomado por el hombro, en actitud paternal. Al fondo, sobre la roca negra desde la que guarda Edimburgo, el afamado castillo de la ciudad.

18/03/2007 11:14 Autor: Mario. #. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

16/03/2007

Tusitala, esquina Boswell

20070316011154-boswell.jpg

La tarde del sábado la dejé caer muy despacio. Desde Murrayfield, el estadio de rugby, tomé un autobús hasta Prince's Street, la arteria comercial de Edimburgo, y después rodeé las estatuas que jalonan la avenida, la pinacoteca nacional escocesa y el impresionante monumento a Walter Scott para ascender hacia la ciudad vieja. Durante horas caminé por las callejas de piedra, tomado por una placentera soledad. Edimburgo parece hecha para ese estado de ánimo, en el que uno se siente más cerca cuanto más alejado está. Un lugar ideal para deambular por las viejas calles del espíritu. Basta ir arriba y abajo de la Royal Mile. Visité el Museo de los Escritores, un espacio modesto pero de delicada sensibilidad, que rinde tributo a Robert Burns, el padre de la poesía escocesa, al poderoso Walter Scott y, desde luego, a Robert Louis Stevenson, mi preferido de los tres. Stevenson falleció joven, antes de los 50 años; en las imágenes que exhibe el museo se ve a un hombre flaco y de ojos prominentes, cabello liso peinado con raya a la derecha, y una afabilidad generosa en la mirada. Las fotografías, escritos y pensamientos de Stevenson, viajero vocacional, en los Mares del Sur me dejaron una profunda emoción que me acompañó toda la tarde. Los nativos de las islas del Pacífico le llamaban Tusitala (el narrador de historias). Seguí caminando despacio hasta el portón de entrada del castillo de Edimburgo, levantado sobre un viejo volcán. El viento soplaba con vehemencia. Unos pocos metros antes encontré este pasaje en el que una placa recuerda que aquí se conocieron, en una cena, James Boswell y el doctor Samuel Johnson. Ese encuentro propició la que tal vez sea la biografía más feliz que se ha escrito nunca, el recuento de conversaciones y horas que el joven escocés pasó con el escritor inglés: La Vida del Doctor Samuel Johnson. Un libro obligatorio para la educación del espíritu y el intelecto... si es que a alguien le importan una de esas dos cosas o las dos.

[Foto: El hombre somniloquio, frente al Boswell's Court, en la Royal Mile de Edimburgo... Fernando Savater anotó en su prólogo a la obra de Boswell la cita de Litton Strachey, que define así al autor de la biografía de Samuel Johnson: "Uno de los éxitos más notables de la historia de la civilización lo consiguió una persona que era un vago, un lascivo, un borracho y un snob". Un gran tipo, en definitiva. Cómo no vamos a querer a Boswell...].

16/03/2007 01:11 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 4 comentarios.

13/03/2007

Buena pinta

20070313115136-pub2.jpg


Nosotros somos gente de ley. El día que entró en vigor la ley que permitía a los pubs abrir todo el domingo entero fue un domingo, claro, allá por el verano del 95, y lo pasamos entero en un pub a la vuelta de Portobello Road, en Londres. Round table en una terraza en sombra. Once horas en un mismo pub podría parecer demasiado pero, una vez consumidas las tres primeras pintas, el cuerpo se hace cómodo, se almidona dulcemente en el acogedor banco de madera, y además, cada tanto se añaden nuevos contertulios y todos traen otra ronda. Los vasos caen vacíos como campanadas. La tarde resbala de forma conveniente sin que la adviertas. Conviene que sea así, porque la tarde de un domingo siempre tiene un cierto aire deprimente. Si eso os parece deprimente, es que no habéis visto la tarde de un domingo en las calles laterales de una ciudad británica. El pub es la terapia.

Ahora hay libertad de horarios y se han relajado las costumbres. Hemos ganado y hemos perdido, como siempre. Ha desaparecido el síndrome de la campana, pero también ese divertido ritual de pedir al menos un par de pintas o tres para bebértelas en apenas media hora y así conjurar la frustración de los horarios de guerra. Last orders... y la carrera general a la barra. Siempre me han gustado especialmente los pubs silenciosos, sin música, en los que tres o cuatro parroquianos beben sin decir palabra, sin mirarse a pesar de que han bebido a pocos metros unos de otros durante los últimos 35 años. Los pubs tan recogidos que casi resultan claustrofóbicos, recubiertos de madera, moqueta, revestimientos en las paredes y sillones de eskay. Ahí uno puede quedarse durante horas, ignorante de las bombas alemanas o la caída del gobierno conservador. Todo se oye. A veces entra un visitante nuevo y bromea con agudeza con el publican. Aunque nadie ha dicho nada, todos los presentes se ríen. En esa extraña comunión humorística reside todo su afecto.

Algo de eso hay en The Jolly Judge, pub de la Royal Mile en Edimburgo, en uno de esos maravillosos espacios interiores de piedra, a la espalda de la calle principal, que se encuentran aquí y allá. En una de las casas colindantes se encontraron por primera vez el doctor Samuel Johnson y su buen amigo Bosswell. Algo más arriba, en dirección contraria al castillo, está Deacon Brodie's, la taberna dedicada a la memoria del diácono de vida recta durante el día y licenciosa por la noche en el que se inspiró Robert Louis Stevenson, cuentan, para escribir El misterioso caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde. El sábado, después del rugby, el Brodies's fue un hervidero de kilts y cerveza toda la tarde... Hace años recuerdo, en Balloch, a la orilla del Loch Lomond, un pub de aldea extraordinario: me queda la quietud sombría del lugar y a los lugareños mirando a John Mayor en la televisión con aparente respeto para, de pronto, comentar una de sus frases con sorna y explotar en violentas risotadas conjuntas: "Ye fucking twat... ayeeee!".

De este viaje me quedo con The State, en Holland Street sobre la esquina con Sauchiehall Street, en Glasgow. Como para marcar el signo de los tiempos, en el piso de arriba hay una sala bien moderna, con música y desenfado; abajo, al final de las escaleras y a través de una puerta alternativa, escoceses desdentados beben en serio y en silencio. Sillones orejeros y libros en los estantes. Cálido y hogareño. No es el mejor pub del mundo, y no va a aparecer en ninguna guía... pero tiene esa modestia de los espacios inolvidables.

[Foto: veo ahora que la imagen ha adquirido el aspecto empastado de una pintura gracias a mis juegos experimentales con la luz, pero es una fotografía tomada el sábado por la tarde en el Ensign Ewart, en la Royal Mile de Edimburgo: allí vaciamos algunas pintas de Caledonian, estupenda bitter escocesa).

13/03/2007 11:51 Autor: Mario. #. Tema: Viajes Hay 2 comentarios.

El Oasis

20070313015420-eloasis.jpg


Desde Glasgow, la carretera A-82 serpentea entre lagos y valles sucesivos hasta las Highlands, la tierra mítica escocesa, conformadora de carácter, folklore, historia y leyendas. Algunas guías le dicen a esto autopista, pero sólo podría ser considerada autopista si uno viajara en triciclo. Dos carriles por sentido no caben entre esta aguas y montañas. De hecho, apenas caben dos coches en direcciones opuestas. Es lo que se dice una carretera peligrosamente hermosa, que parte de los suburbios al oeste de la ciudad y casi de inmediato ingresa en la belleza generosa de Loch Lomond, el primero de los diversos lagos de rizos plateados que llevan hacia el norte. En estos territorios, Escocia parece la mezcla antigua, desafinada, de dos modelos de diversa magnificencia: por momentos, entre laderas boscosas e inmensos estanques naturales, con montes coronados de nieve, parecería una Suiza aún en proyecto o a la que alguien le hubiese atemperado su perfección; en los remotos campos de brezo, en los árboles tomados por un musgo amarillento, en los colores ocres y las montañas de un mullido verde esponjado de agua, Escocia recuerda en cierto modo a Patagonia.

Esa indefinición entre los dos modelos explica el carácter variable de las Tierras Altas, paisaje en el que la aproximación a lo bucólico pronto queda corregida por un páramo inhóspito, que cruza una manta de agua formidable. La luz cambia, surge remota en un claro e ilumina con violencia una colina exacta de entre muchas. Después, el frente de la carretera se emborrona, engullido por una bruma minuciosa que deshilacha todos los contornos y corre una cortina en el paisaje. Aquí llueve sin graduaciones progresivas; se pasa de la calma a la tempestad de un segundo a otro, como en un cambio riguroso de escenario. Alf observó que, tal vez, a los lugareños no les importaría la posibilidad de que el cambio climático fuese cierto y dramático: por ejemplo, que Escocia se convirtiera en Hawai por algún tiempo, y que Hawai pasase a ser el norte de Escocia o la tundra de las islas Orcadas. Comer patatas asadas con haggis y tocar el ukelele. Ir a la playa con el kilt remangado y sentir entre esos muslos de leche pelirroja el cosquilleo de los mares del sur.

Si eso ocurriera, El Oasis caería sobre los jardines con palmeras que hay a la espalda de Waikiki, o en el inicio de la rampa que baja a la bahía de Hanauma, allá donde se hundió un volcán y quedó un feraz arrecife a cinco metros de la playa. Como el cambio climático, así entendido, aún no se ha dado, El Oasis continúa donde lo encontramos hoy: en el descansillo del sinuoso ascenso tendido que la A-82 inicia hacia las Highlands. El Oasis es una camioneta blanca con un toldo metálico en lugar de la pared lateral, detenida en esta carretera, en una revuelta de lluvia inmisericorde y vientos salvajes. La versión montaraz de las estaciones de servicio con nombre de petroleras. La atiende un tipo de cabello cano, mandil a rayas, camiseta negra ajustada y un gorro de tela blanca con rejilla superior. Las manos del tipo están hechas de roca cuidadosa: puede cebar un chocolate o partirle el cuello a un toro Hereford. En El Oasis uno encuentra todo lo que un ser humano puede necesitar para congraciarse con el universo, en ese instante en el que la naturaleza está a punto de llevárselo por delante: chocolate caliente, té hirviendo, café,  bebidas refrescantes, pasteles de carne, bizcochos, hamburguesas, perritos calientes, sándwiches, la sopa del día, pizza casera... El Oasis: un cartelito con el nombre sobre el fondo amarillento, el color de un sol abrasador. El Oasis. Del lateral exterior de la camioneta cuelga un termómetro: la columna encarnada del mercurio apenas se levanta de los cero grados. Un camionero descamisado, cubierto apenas por una chaquetita, se come una hamburguesa con queso de El Oasis con primaveral tranquilidad, mientras charla con el highlander del mandil rayado.

Al fondo de la escena, sobre los campos que se abren hacia montañas y valles, tres venados observan apenas a 20 metros de distancia y olisquean el aire. Al sentirse descubiertos inician un trotecillo de vuelta hacia la espesa pesadumbre de los campos, donde nadie en su sano juicio va a ir a buscarlos. La carretera sigue hacia el norte. Un cartelón da la bienvenida a las Highlands y abre la vasta hendidura que es el Great Glen, el valle que horada esta tierra en perpendicular y que acoge lagos sin cuenta, un brazo de mar, el valle Coen y el Nevis (escenarios felices, de película), las Tres Hermanas, la estación de esquí del Ben Nevis (la mayor elevación de Gran Bretaña), montañas sin nombre que se levantan del piso con la forma repentina de una ola, con sus largo faldón convexo y una cumbre que parece querer darse vuelta sobre sí misma. Y, desde luego, esta tierra acoge el inefable Loch Ness.

Hacia allá vamos. Uno no quiere tomarse el té ardiente de El Oasis. Quiere abrazarlo para calentarse. El camionero sigue inmóvil, almorzando bajo el viento y el aguanieve mientras conversa. Desconfiados, los cervatillos trotan despacio. Son animales avisados: de cuando en cuando, se detienen y comprueban que nadie los sigue.

13/03/2007 01:54 Autor: Mario. #. Tema: Viajes No hay comentarios. Comentar.

11/03/2007

El día que doblé el cabo de Hornos

20070311222217-reflejos.jpg


Hay pocos grupos tan notables como un grupo de ciudadanos británicos en cualquier lugar del mundo. Ellos no contemplan la disensión espacial que los rodea. Ellos mismos constituyen, a su manera, un país. Así que, donde ellos van, permanece ese país con todas sus circunstancias y condiciones. Se plantan como si plantasen una bandera en tierra extraña. No sé, yo los quiero, les tengo ese viejo afecto... Y me asombra que sigan en el más alegre desconocimiento del euro. La macroeconomía va que vuela en Europa. Puertas adentro, la gente murmulla: "¡Cómo nos cagaron con el euro!". Y los británicos ahí, tan panchos, pagando con su libra esterlina hasta en los aviones de vuelta de España. "Sterling, please"; "Egg and crest, por favor"; "and a cup'o'tea, darling...". Uh, ah, Daily Star!!!

John Lennon Airport. Liverpool. Scousers despreocupados bajan del avión. Voy a Glasgow vía Liverpool, a Glasgow para ver The Old Firm, el derby de Escocia. El fotógrafo Alfonso Reyes y yo viajamos desde hace unos meses para buscar por el mundo la historias que el fútbol no cuenta en las crónicas. Imagen y palabra, algo que rescate la inabarcable dimensión social, también la esencia si es que queda algo de ella, de lo que siempre fue este juego. ¿En qué se parece un partido de fútbol de chicos descalzos en un pedregal senegalés a la tienda de merchandising del Celtic de Glasgow? Esa pregunta deben responderla, con certeza o sin ella, las imágenes. En el mientras tanto, nos entretenemos. Al periodismo hay que buscarle la vuelta. Como dice el personaje de Primera Plana, la película de Billy Wilder. "No le digas a mamá que soy pe