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Somniloquios

Desaceleraciones

Desaceleraciones

Mi profesión y yo hemos alcanzado lo que en el buceo se llama flotabilidad neutra: una suspensión total en la que no te vas ni para arriba ni para abajo, la sensación ingrávida del astronauta. Dicho en términos vulgares: nos despreciamos el uno al otro lo suficiente como para no molestarnos demasiado. A veces nos montamos escenitas, pero en general somos un matrimonio viejo, de modo que podemos dejarnos de imposturas. A ratos nos ponemos románticos y yo me emociono y me pongo a recordar cuándo se me ocurrió ser periodista por primera vez, a los 11 años. Ya lo he dicho en algún otro lado: fue culpa de Enrique Blount y Alcides Jolivet, los periodistas de Julio Verne en Miguel Strogoff, que atravesaban estepas siberianas en paralelo o en perpendicular con el correo del zar, y pasaban las crónicas en el telégrafo y dialogaban en los largos trayectos en tren. Una ficción muy conveniente para un muchacho de ojos vidriosos como yo. El caso es que todavía hoy pienso si no será posible darle una voltereta completa a las cosas y probar algo del lado romántico o legendario de este oficio. Me da por pensar que, si uno sabe escribir medianamente y le gusta viajar, debería dedicarse a escribir y viajar, o viajar y escribir. Pero, ¿quién paga por eso? Toda la vida buscando el sentido de la vida y, cuando uno cree dar con él, resulta que nadie lo paga. Debería haber un ministerio dedicado a este tipo de cosas: el cheque bebé y ahora el cheque metafísico. No lo hay ni con Zapatero, tan atento a los detalles. Lo más lejos que he llegado yo son estos Somniloquios, una puta ensoñación mentirosa que me retira de las verdades cada tanto. Y gracias.

En general, como decía, no espero ya casi nada de mi profesión. Es obvio que la profesión no espera ya gran cosa de mí, salvo los textos de cada día, con fecha y hora. Así ha de ser. No hay reproche. Por el camino de la desconfianza mutua he logrado deshacerme de los mayores pesos del periodismo en los últimos tiempos. Mi capacidad para escaparme de la profesión, eso que ahora se llama de forma tan fea desconectar, se me da de maravilla. Me sorprende porque antes me costaba desconectar; ahora lo que me cuesta es conectar, directamente. Digamos que pego chispazos de cuando en cuando, leves intromisiones de la realidad por las que me dejo llevar y a las que le pongo todo el interés profesional del que soy capaz. He de decir que es mucho. Si me pongo, me pongo. Ahora... como esté de no ponerme la tenemos jodida. Soy más difícil que sacar a un pulpo de su agujero. Por fortuna, los años acumulados me permiten una serie de evasivos métodos que llamaremos recursos o, por darle algo más de cuerpo, conocer el oficio. Sin gran implicación emocional, en ocasiones obtengo resultados que calificaré de sobresalientes por comparación con el esfuerzo. No es vanidad, es conformismo. Tengo para mí que 15 años en un diario (o varios diarios) equivalen a unos 30 en un puesto de trabajo normal, sin competencia ni finalización diaria ni hora de cierre ni presión por la excelencia o el vacío de errores. Acabo de cumplir 17. O sea que ya voy bien...

Este somniloquio quería hablar de la desaceleración y ha terminado en el confesionario. Ahora voy con la desaceleración. Al inicio de las vacaciones leí una entrevista a un psicólogo que alegremente afirmaba que el tiempo es relativo y de cada uno. Eso que todos intuimos pero no podemos demostrar. Los maestros del tiempo, decía, son los niños, capaces de desacelerar su transcurso por pura acumulación constante de experiencias. Todo es un descubrimiento para ellos, descubrimientos al segundo, experiencias nuevas por minutos, un bombardeo de ilusiones y emociones indetenible. Por eso los veranos, argumentaba, les parecen eternos y nos parecen a todos mientras los recordamos. Digo yo que también porque duraban tres meses, al menos el triple de lo que duran ahora. Encima eran veranos uniformes, recuerdo: calor mortal y, a partir de agosto, denodadas tormentas por la tarde. Ahora uno no sabe ni en qué mes vive. O el día: ayer felicité a mi hermana por su cumpleaños, que era y es estrictamente hoy. Siempre lo ha sido. Me he desacelerado tanto que tengo la cabeza confundida, porque en realidad esto era una aceleración anticipatoria: una parte de mí había alcanzado el día 6. El resto anda por el 11 de agosto todavía, más o menos.

La receta del psicólogo era el constante descubrimiento adulto. Hacer muchas cosas, todo lo nuevas posibles. Ir a sitios, supongo; visitar lugares; conocer personas. Muy bonito. Pero cada uno es cada cual. He comprobado, contra lo que el psicólogo advertía, que a mí lo que me desacelera el tiempo es la estricta inactividad. Ni descubrimientos ni mandangas. Tengo una organización desorganizada del ocio tan bien hecha que, en cuanto llevo dos días sin trabajar, me faltan horas para no hacer nada. Cuando no hago nada los días se me quedan cortos. He encontrado tantas formas de no hacer nada, que no me llega con 24 horas. Necesitaría días de al menos sus buenas 28-30 horas. Por eso he dado como costumbre en acostarme tarde y dormir poco. Hay que no hacer nada a conciencia. Es agotador.

De entre los no hacer nada que desaceleran están los días enteros en la playa, hablando poco y mirando mucho, oyendo música o leyendo; el fondo de las piscinas desacelera mucho, como bien sabía Dustin Hoffmann en El Graduado; desacelera y aleja, binomio fun-da-men-tal para la supervivencia. La gente se tira de punta cabeza en las piscinas, pero no se debe hacer. Para desacelerar bien, hay que entrar en las piscinas despacito, nada de espasmos musculares: por unos escalones es lo ideal; o bien tomarse del borde de la pileta e ir ingresando los lomos poquito a poco. Luego uno llena los pulmones de aire y se deja hundir; tras varios segundos, se va soltando el aire por la nariz y comprobaremos cómo el cuerpo cae inerte hacia el fondo, muy suavemente. Ese ejercicio, repetido unas cuantas veces (saliendo a la superficie a rellenar, claro) desacelera de cojones.

También desacelera escuchar a Chet Baker al sol en una hamaca, después de una comida frugal, cantando con esa voz asexuada que ocultaba tantos desmanes interiores. El saxofón de Ben Webster también desacelera una barbaridad, y además el soplido del genio provoca una vibración aireada en el timpano que viene a ser como un masajito en los lóbulos de las orejas. Un masajito en los lóbulos de las orejas desacelera como un avión en el aterrizaje, a todo trapo, hasta con un poco de inercia para adelante que se debe compensar de algún modo, o uno va al suelo. Hay que sujetarse bien de los brazos de la hamaca para no irse adelante; si la hamaca no tuviera brazos, agárrense con fuerza los huevos. Ese ejercicio no anula la inercia pero despista mucho y, por comparación, el dolor consiguiente deja en un juego de niños lo de la inercia. Leer a Pete Dexter desacelera mucho; leer periódicos, no. Son fugaces. Perry Mason también acelera un poco. Bucear desacelera que te pierdes, por el mismo principio de El Graduado pero multiplicado por cien o mil. Los crucigramas y los autodefinidos, aunque parezca lo contrario, aceleran. Lo sé. Una tarde frente al mar agitado en La Caracola desacelera que te mueres. Unos jugando a las cartas y otros leyendo, parecíamos personajes de Woody Allen en Septiembre o un cierto rollo James Ivory o Los Amigos de Peter. Muerte en Venecia, pienso ahora; Dirk Bogarde dejándose ir en la hamaca, rodeado de la peste juvenil del efebo rubio, tapadito con mantas.

Somniloquios debería desacelerar. Si no lo hace, presentad una reclamación.

[Foto: Chet Baker, soplando la trompeta. Si os gusta que os acaricien las orejas con las yemas de los dedos, escuchad The Best Of Chet Baker Sings... O haced lo que queráis, chicos. Ya llamaréis con lo que sea].

El verano aún no ha acabado

El verano aún no ha acabado

Sólo hay algo más deprimente que el llamado síndrome post vacacional, y son los programas de radio y los psicólogos en televisión hablando del síndrome post vacacional. Somos estupidamente conspicuos en el empeño por crear y recrear y otorgarle complicadas naturalezas a fenómenos de lo más primario. Esto es simple: el que no aguante la depresión del regreso, el próximo año que no se vaya de vacaciones y listo. Verás cómo no era tan grave. Volver es una putada, nada más que eso; pero hay tantas a lo largo del año... Considerarlo un síndrome es tan grave como denominar curro al trabajo. ¿Quién inventaría la palabra curro y sus derivadas, currar, currelar, currelo? "¿Curras hoy?", me pregunta por ahí de vez en cuando algún/a indeseable. Yo no curro, perdone usted, yo trabajo. Y sí: desde el viernes empujo el molino del olvido, diríamos, imagen de esta semana en el sugerente (!) margen superior derecho de Somniloquios. El Zaragoza y yo estamos aún en el verano, de ahí el título de la primera crónica del año. La dejo a modo de saludo.

Real Zaragoza, 1-Racing, 1
2ª Jornada de Liga
Diario AS, 2 de septiembre de 2007

El Zaragoza sigue sin ponerse en marcha l Jugó a chispazos y reaccionó para empatar l Marcaron Serrano y Oliveira l Toño le sacó tres a Diego

El Racing dibujó un aviso frente al Barcelona y ayer lo corroboró en La Romareda, contra otro equipo de ritmo alto y variantes ofensivas alegres. A pesar de su debilidad en la delantera y de las ausencias, se las arregló para marcar el ritmo del partido y poner al Zaragoza contra las cuerdas con un ejercicio de repliegue y contraataque muy sutil. El Zaragoza se quedó a medio camino de todo. Aunque acumuló un buen número de claras oportunidades  -que Toño desactivó con un catálogo espectacular de manotazos ingrávidos- y trató de elevar el ritmo de su juego, la verdad es que parece aún atrapado en una evolución corta, como si el verano se le hubiera quedado pequeño para reunir y engrasar las piezas o las ideas. El camino que le queda es largo y el descanso le va a venir bien. Mientras el Racing se fue silbando bajito, el Zaragoza se queda rumiando las relativas ansiedades de su entorno: un punto en dos partidos le sabe muy poco al sexto club que más ha gastado este verano.

Marcelino manejó el partido, aun con errores que pudieron comprometer la ventaja del Racing. Primero nos fijaremos en los detalles laterales: su vistosa corbata verde estaba rematada con un nudo que era como un cogollo de Tudela, una floración clorofílica que le subrayaba el mentón y le daba preeminencia en la noche. Iba a juego con el césped esmeralda. Marcelino se pasó el partido gesticulando mucho, como si con sus manos pudiera tocar los costados de los jugadores o ponerlos en el campo con la misma exactitud cuidada con la que levantaría un frágil castillo de naipes. El cogollo del cuello no se le movía un ápice. Tampoco sus futbolistas. El lenguaje corporal de Víctor Fernández, por su parte, era más contenido y de agitaciones interiores. Víctor es uno de esos entrenadores a los que la ropa deportiva le queda ajena. Los trajes, sin embargo, le encajan como un guante. Pero como septiembre aún es verano, no luce corbata. Ese aire desenfadado lo negaba anoche con su tendencia a apretar los brazos sobre la boca del estómago, como si le estuviera naciendo ahí un agujero negro o una preocupación diferida. Y era así. Durante algún tiempo mantuvo compuesto el rostro, pero enseguida se le deshicieron las facciones porque su Zaragoza no encontraba la fórmula.

Aunque el partido nació vigoréxico y agitado, repleto de actividad como un hormiguero, enseguida se remansó, que es lo que preferían el Racing y su entrenador. Los dos equipos se lanzaron a toque de corneta, una hiperventilación excesiva que le dio al inicio de la noche un aire de Premiership inglesa. En ese ambiente, Oliveira hizo una sola y rotunda muestra de su autosuficiencia: él solito armó una jugada por el costado izquierdo y la concluyó con un derechazo fulgurante al larguero de Toño, que se retorció en la nada como una gamba. Fuera de ese latigazo, al Zaragoza el partido se le hizo bola en el gaznate muy pronto, y ya no encontró forma de digerirlo. La marcha de Gabi Milito ha dejado una considerable debilidad en la salida de la pelota. Ni Ayala ni Sergio -que jugaron un buen partido, en otros órdenes- tienen el desplazamiento del Mariscal. Tampoco Zapater participa demasiado de esa obligación; y aunque Gabi recorrió todos los caminos y preguntó en cada puerta, al Zaragoza le faltó el compás de tinta china de Matuzalem. En esas condiciones, el equipo de Víctor jugó a chispazos y con frecuencia se deshizo contra el rompeolas de Marcelino.

Disparos
Entre la ineficiencia del Zaragoza y la cortedad del Racing arriba, el choque se quedó mucho tiempo en las cosas secundarias. Eso delató sobre todo al equipo local. El Racing fue jugando su partido y haciéndolo cada vez más suyo. Se armó muy bien hacia atrás (hasta los delanteros incordiaban a los medios del Zaragoza, ejemplo de solidaridad o disciplina) y buscó la espalda de la zaga aragonesa con pelotas a Munitis e Iván Bolado, ayer dos delanteros de actividad frenética pero contenido menor. Bolado corrió tanto que a los diez minutos del segundo tiempo se había bebido el oxígeno de su organismo. Aun con esas carencias, el Racing tuvo el mando estático del encuentro, la tecla del ritmo. Siempre se jugó en la velocidad que más le convenía a él, lo que le otorgó cierta superioridad psicológica sobre un Zaragoza al que la impaciencia le fue creciendo igual que musgo entre las ideas.

Ganado el espacio y las dinámicas internas de la noche, el Racing se atrevió a invadir terrenos ajenos a menudo, y para ello envió a la segunda línea adelante. Colsa y Duscher eran el fuelle de ese acordeón. En lo ofensivo, el partido cántabro constituyó un ejercicio de puntería bastante pobre, pero definitivo: Jorge López, Duscher u Óscar probaron a disparar desde fuera del área, todos sin peligro concreto. Al principio parecía nada, un argumento gaseoso, pero venía a ser una prefiguración, un anticipo. En ese sentido, sólo en ese, el Zaragoza pudo reclamar una cierta injusticia pasajera, porque Diego Milito apareció ligero y venenoso en los remates y no obtuvo ningún premio. Toño le sacó dos goles de la garganta con un par de vuelos cartilaginosos, enroscándose en el aire, que de inmediato señalaron al portero como figura principal de la noche. Más tarde, Diego cruzó un tiro mal tocado; y luego le puso el filo de la cabeza a una de esas combas de niño demoniaco de D'Alessandro. Apenas la peinó, pero el balón era un mísil que Toño manoteó en otro ejercicio asombroso de levedad física. Y entonces, justo cuando se estaba viniendo el Zaragoza, entonces Óscar Serrano hizo diana. Fue de un tiro, claro, a la vuelta del rechace de un córner.

Con esa ventaja, Marcelino jugó al ajedrez y se enrocó. Más de la cuenta. Repobló primero el medio campo con Jordi, mientras el Zaragoza hacía lo contrario para ganar ligereza arriba con Sergio García. Nada se movió demasiado, sin embargo. El Zaragoza puso arrojo, desde luego. Faltaría más... Se fue a por el partido con decisión, pero apenas hay mérito en esa mera necesidad. Acabó por empatar también en un córner, para que el encuentro no se saliera de su contenida naturaleza. Ayala pegó un cabezazo demoledor, tras un salto rotundamente increíble, y Oliveira cazó la mariposa en el rechace. Fue todo. Marcelino reunió tres centrales, Víctor dejó volar los faldones de su americana y el Zaragoza apretó sin terminar de ahogar. Exactamente igual que el nudo de la corbata de Marcelino.

Puerta, con un niño en brazos

Puerta, con un niño en brazos


Creo que fue en marzo cuando viajamos con el fotógrafo Alfonso Reyes para ver un derbi sevillano en el estadio del Betis. Era otro episodio de nuestro proyecto de libro sobre el fútbol en el mundo (no encuentro forma de ponerle un epígrafe más concreto o cierto) y nos pareció que el clásico andaluz podía entregarnos alguna imagen que compusiera la imagen global que buscamos en las imágenes locales. Después de una tarde más bien tensa con los ultras del Betis en los alrededores del estadio -los fotógrafos poseen una naturaleza incauta, cuando no riesgosa, pensaba yo en medio del asedio de aquellos bravos muchachos...-, Alfonso se perdió en lo suyo nada más entrar al campo y yo me paseé despacio por la banda. Mirando, pero sin saber bien qué quería ver. En un momento dado me senté al pie del rectángulo, sobre el foso lateral, y me quedé observando distraído el rondo de los suplentes del Sevilla. Los ronditos siempre me han subyugado. Tienen un aquél.

Por mi posición, veía primero las piernas de los jugadores y luego, si miraba hacia arriba, el resto del cuerpo, las caras y más allá la creciente agitación del estadio, el borbotón de los hinchas, y los aleros de las tribunas que se hundían contra una noche presurosa. En el jueguecito con la pelota, los futbolistas del Sevilla se movían con gracia, tocaban, engañaban, vendían amagos al tipo del centro del círculo, bromeaban antes de tirar un caño y más aún después. De entre todos -y esto no lo digo ahora porque venga al caso, realmente era así-, de entre todos los pares de piernas que manejaban el balón en ese espacio mínimo de trileros, llamaba la atención una zurda. Existen jugadores de fútbol con una gracia especial para jugar los rondos. Mira que todos los profesionales tocan la pelota de un modo y a una velocidad especial cuando practican el juego favorito de los suplentes; pero algunos, insisto, parecen nacidos para jugar al fútbol y aún más para jugar al rondo. Recuerdo a Cani producirme una sensación similar en la pretemporada de 2002 en Holanda. Así que seguí esas piernas, esa zurda que describía los engaños como si los contara de palabra. Arriba de esas piernas, cuando levanté la cabeza, vi a Antonio Puerta. Quedón, canchero, sonriente, ventajista, riéndose a cada momento.

Por la mañana habíamos visitado el barrio de Nervión, horas antes del choque, cuando el Sevilla finalizaba su entrenamiento. Afuera aguardaban decenas de aficionados para obtener una fotografía, una firma o una palabra de los ídolos. La otra noche, cuando Puerta llevaba ya más de 48 horas en estado crítico, me fijé en la selección de fotografías que Alfonso Reyes ha hecho para exhibirlas en la gran exposición que Antón Castro prepara en el 75º Aniversario del Real Zaragoza. Nuestra partipación (sobre todo la de Alfonso, que es el artista del dúo) supondrá apenas un breve adelanto del volumen que estamos completando, y al que aún le quedan algunas etapas, algunos viajes; partidos, estadios, goles, hinchas, gestos, pasiones. En el combinado que extrajo Reyes hay imágenes desnudas de sol y sombra en Senegal, chicos descalzos, arena y porterías apenas dibujadas por maderos. También la fiera pasión argentina o la religiosidad laica con la que los británicos se relacionan con sus equipos preferidos. Y entre todas, una foto de aquellos dos días en Sevilla: en ella se ve a un futbolista que ha descendido de su automóvil para tomar a un bebé en sus brazos, a la salida del último entrenamiento del equipo sevillista; mientras el jugador sostiene al niño, lo fotografían el padre y varios aficionados más, con cámaras digitales y teléfonos. Enmarca la imagen, bien común, el estadio Sánchez Pizjuán, tomado con un objetivo angular que produce esa sensación de las fotos circulares, que integran todo el entorno. A simple vista, al mirarla la otra noche, me pareció que la silueta del futbolista era la de Antonio Puerta. Una de esas casualidades que alguien podría interpretar como morbosas. La selección de Alfonso es previa, por si hace falta decirlo. Amplié la imagen y, sí... era Antonio Puerta. Ahora ya muerto, mientras en el vientre de su madre lo sobrevive un hijo que ya no lo conocerá. Puerta, con un niño en brazos.

"¿Qué significado adquiere ahora esa foto?", le pregunté por mensaje a Alfonso Reyes. Me respondió: "A las fotos les da valor el tiempo y en ocasiones, la casualidad. Esa foto era la idolatría a un jugador; y ahora, ya ves...".

[Foto: Puerta, en un gesto de triunfo íntimo y colectivo. El equipo que ha ganado cinco títulos en 15 meses ha rodeado la leyenda para ingresar de manera trágica en los territorios del mito. Para siempre ya, por desgracia, este Sevilla portentoso de Juande Ramos será el Sevilla de los títulos y el Sevilla en el que murió Puerta, casi cuando jugaba un partido de fútbol. Este deporte no está hecho para el drama. Por eso las leyendas de dolor, victoria y muerte perduran hasta el simbolismo. Antonio Puerta será ya siempre un futbolista grande en el recuerdo y la leyenda lo enmarcará hasta mezclar realidades con promesas e hipótesis. Descanse en paz].

Catalonia is not Aragón

Catalonia is not Aragón

Yo sólo leo los periódicos cuando estoy de vacaciones. El resto del año apenas miro los periódicos. Y cuando salgo de la Inmortal, acostumbro a comprarme la prensa del lugar que visito. A este lado del Cinca siempre compro La Vanguardia, un diario escrito de modo muy ameno e inteligente. Lo prefiero por eso y supongo que por el sesgo político del resto, que me los presenta obsesivos e impresentables. También por el crucigrama de Fortuny, un fenómeno de las definiciones en sentidos figurados, muy ocurrentes y sugestivas. Con Fortuny me reto cada tarde en una batalla incruenta pero de algún modo feroz. Mientras resuelvo el entramado no se me puede ni preguntar la hora. Se me pone peor hostia que al ajedrecista Gari Kasparov, al que no le llamaban el ogro de Bakú por capricho. El crucigrama de La Vanguardia, para un ganador como yo (!) es una cosa seria. A veces la lucha se resuelve con cierta velocidad, las menos, bien a su favor o al mío; otras, se prolonga dos o más días. Por ahora voy ganando 2-1. Hoy me tocaría jugarme una cómoda ventaja o el empate... Pero esta mañana ha ocurrido algo y no sé si reanudaré el desafío. No sé si leeré más La Vanguardia, mira tú... uno de esos periódicos para los que me gustaría trabajar. Pero soy un aragonés sensible, pleonasmo evidente. Vulgo... no me gusta que me toquen los ous.

Lo que me pasa con La Vanguardia es que me entretienen las noticias, cualquier noticia, por el modo en que están redactadas y estructuradas. Y como me entretienen, las comprendo. El lenguaje periodístico tiende a la uniformidad y se deforma en dirección opuesta a la calidad. Pero ese es otro tema. A lo que voy. El año pasado, La Vanguardia y todos los demás escribían cada día sobre el Estatut, y este año llenan páginas y páginas con la polémica de las infraestructuras en Cataluña, problema de triple vértice: el apagón de Barcelona, el AVE que no llega a BCN y los proverbiales atascos en los peajes de las autopistas catalanas. Visto así, no les falta razón. ¿O sí? Advierto que en los últimos meses ha crecido en Cataluña una conciencia de agravio que ya no se alimenta con los asuntos de la identidad, tan pesados ellos, sino con cuestiones más prácticas y terrenales como éstas. Pero claro, a un aragonés estas cosas le tienen que hacer gracia por fuerza. A mí me la hacen. Más gracia que la puta mierda, me hacen. La misma de cuando el Real Madrid y el Barça se quejan de perjuicios arbitrales. A Manuel Pizarro, turolense para más señas, no sé si le hacen gracia o no estas ironías del destino, pero se ve que ayer acudió al Parlament a cuenta de las responsabilidades de Endesa en el apagón barceloní y les pegó un repaso soberano a todos los comisionados agosteños. Un baño de datos, realidades y hechos que la virtualidad de los discursos políticos apenas pudo rozar, y que venían a demostrar que el agravio no existe. Cierto que a los números se les puede estrangular hasta que digan exactamente lo que queremos, pero Pizarro dejó además un trazo grueso de subrayado cuando dijo esto: : "No se puede tener calidad alemana con precios tercermundistas", dijo Pizarro. No sé si la frase es cierta o no; pero dicha en el Parlamento catalán, donde me parece que todos se creen bastante listos, me encanta.

Así que Alfredo Abián editorializaba esta mañana en La Vanguardia sobre la comparecencia y ahí vino el desencuentro que puede provocar que yo no haga más el crucigrama de Fortuny, cosa que de seguro a Fortuny le va a importar un huevo. Abián, director adjunto del diario, juega a comparar a Pizarro con Jaime I el Conquistador -aquí Jaume I (el romano no se traduce al catalán, creo)- y a referirse al reino catalano-aragonés. El reino catalano-aragonés, anoto, lo tengo por un eufemismo (léase embuste) con el que el rodillo de la inteligentsia catalanista y alrededores envuelve en los últimos tiempos una vieja realidad que sólo tiene un nombre: la Corona de Aragón. Lo que no pensaba es que el discurso se hubiera extendido tanto como para tocar las orillas siempre bien comedidas de La Vanguardia. Tanto arraigo va tomando que incluso Aragón TV (a la que por cierto observo que todo el mundo llama Antena Aragón, uno de esos empeños fascinantes del vulgo...) se vio obligada a retirar temporalmente una serie documental sobre el Pirineo porque en el primer capítulo la productora (catalana) había colado el término reino catalano-aragonés para referirse a la Corona de Aragón, una de las varias coronas de la península ibérica en la Edad Media, como sabe cualquiera que haya estudiado antes de la llegada de la LOGSE y del deshueve educativo.

La verdad, comprendo que uno ha de fundamentar su identidad y conciencia en muchas verdades y alguna mentira. Todos nos las decimos frente al espejo cuando no se las contamos a los demás; de otra forma no habría modo de resistir ni de aguantarnos, porque casi todos somos fundamentalmente mediocres si nos miramos bien. Los aragoneses, por ejemplo, somos noblemente mediocres. Pero yo no trago que un editorial me hable de lo que jamás existió. Que en el reino de Aragón se integraran por razón de casamiento, como era natural, el condado y principado catalanes, es una cosa; que Jaime I se ganara el sobrenombre del Conquistador por su expansión mediterránea (las tomas de Valencia y Mallorca, ésta con una buena parte de héroes catalanes, por cierto, según los historiadores); que diera luego condición de reinos a estos dos últimos territorios, que crease cortes, que desplazara el centro gravitatorio de la corona hacia las tierras mediterráneas, que precisamente ayudara al alimento de las conciencias de cada uno de sus territorios y al impulso de sus culturas propias, o que estableciese la línea divisoria entre Aragón y Cataluña en el Cinca (precisamente), ayuda a explicar la consideración mítica que el rey Jaime tuvo y tiene en el arco mediterráneo (Abián lo llega a calificar de mito del pancatalanismo) pero no varía la verdad. Un editorial tampoco debería intentar hacerlo: esto no es revisionismo, es vulgar mentirosismo.

Añado, para los de argumento fácil que me puedan leer: a mí no me importa ir a comer al Restaurant Esquerra (grandiosas cigalas, soberbia fideuá...) y que la apetitosa carta esté sólo escrita en catalán y yo tenga que preguntar lo que no comprendo. Por cierto que a cuenta de ese cotidiano detalle mantuvimos en la mesa, y después, una bizantina discusión y yo estaba del lado del restaurante y de la carta en catalán. Me gustan los idiomas. Me gusta mucho el catalán y lo saben amigos y amigas catalanas con los que me he divertido ensayándolo. Desde ayer me gustan mucho las cigalas en catalán de casa Esquerra, y eso que las cigalas no me habían hecho gracia en ningún otro idioma antes. Juego a parlotear el catalán cuando pido en las tiendas estos días. A Jaime I también le gustaba y hasta dictó una crónica en este idioma. En fin, que cada uno en su casa habla la lengua de sus padres y no hay más historia. Lo que no admito es lo del reino catalano-aragonés, una broma pesada y manipulatoria. Se ve que Catalonia is not Spain y que, retrospectivamente, ahora también resulta que Catalonia was not Aragón. Pues muy bien... se acabó Fortuny. Creo. Veremos.

Pd: Encima se ponen ellos antes del guión, los muy perros: yo les cortaba la luz en el Monasterio de Poblet hasta que cambien los nombres de los sepulcros reales de los reyes ARAGONESES. Se lo diré a Honorio para que se lo diga a Pizarro... ¡¡¡Ay pitera, Manolo!!!

Perry Mansor y amigos

Perry Mansor y amigos

 

El hombre somniloquio se ha parapetado a medio camino de suave montaña y ancho mar, cerca de una frontera que no existe, con un equipo de supervivencia emocional que paso a detallar y someto a juicio, consideración o consejo de quienes tengan la curiosidad de interrogarlo. A saber:

  • Tres bañadores y siete camisetas (en ambos casos las cifras son aproximadas).
  • Un pantalón largo de algodón con muchos bolsillos.
  • Un pantalón corto de algodón con muchos bolsillos.
  • Un equipo completo de submarinismo (incluye gafas de ver de lejos con cristal al aire, y lentillas desechables).
  • El chico del periódico, estupenda novela de Pete Dexter, un tipo al que considero un paso por detrás de Richard Ford y varios por delante del decadente Paul Auster.
  • Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
  • La maldición de los Dain, de Dashiel Hammett.
  • El cuchillo, de Patricia Highsmith.
  • El asesinato del casino, de S.S. Van Dyne.
  • Una cuyo título no recuerdo (y no tengo ganas de levantarme a mirarlo), de P.D. James. Y, sobre todo, ...
  • ..seis o siete casos de Perry Mason, el genial abogado escrito por Erle Stanley Gardner. De lejos Perry Mansorrrr, que diría Chiquito, es el personaje del verano, como otras veces lo ha sido Sam Spade o Phillip Marlowe. Compré los libritos editados por Plaza&Janés en los años sesenta en la última feria del libro viejo. Me encantan. Están editados en tapa dura y con una sobrecubierta dibujada por un tal Álvaro. La letra tiene un ritmo tan desigual que parece que alguien se encargara de mecanografiar cada ejemplar.
  • Una bicicleta.
  • Unos binoculares.
  • Un mp3 cargado hasta las cejas, con cascos con reducción de sonido exterior, muy convenientes contra los niños que chapotean en la piscina, el oleaje, las conversaciones circundantes, los perros ladradores y la voz interior. Ayer leí que nunca hay que responder a la primera una voz que te llama por tu nombre: puede ser la muerte. Con mis noise reduction de Sony no hay tal posibilidad: si viene a buscarme la pálida, me encontrará ensordecido por Steve Earle, Patti Smith, Tanya Donelly, los Killers, Trembling Blue Stars, Neil Young, Tom Petty, los Traveling Wilburys, los Smiths, James o, más probablemente, alguno de los discos de Wilco que no oigo, sino rezo. Cuando oigo música, sólo quiero oír la música. Nada más.
  • Unos tapones de espuma, marca OtoTap, para los oídos: filosofía, la misma del noise reduction. Cuando uno sale de casa puede dar con un colchón desaprensivo o un muestrario de ruidos ajenos que incluyen desde Bisbal en una radio ilocalizable por las mañanas, a una colección de periquitos estridentes en el ventanal del otro lado. Por no hablar de los canes insomnes y las cotorras canoras de dos piernas que pasan el aspirador mientras ensayan coplas y gorgoritos. No conviene arriesgarse.
  • Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah.
  • Carlito's Way y Scarface, dos maravillas de Brian de Palma.
  • El golpe, de George Roy Hill
  • La serie completa de The Office, versión inglesa.
  • Un concierto de James, otro de los Rolling Stones, la película I am trying to break my heart, documental sobre Wilco y el extenuante proceso de creación de su álbum Yankee Hotel Foxtrot, una colección de vídeos de New Order...
  • ...y, sobre todo, una antología de las grandiosas películas del trío Fernando Esteso/Andrés Pajares/Mariano Ozores, que incluye las siguientes joyas: La Lola nos lleva al huerto; El hijo del cura; El liguero mágico; Los Autonómicos; Los chulos; Cuatro mujeres y un lío; Qué tía la CIA... Todas coronadas por dos de sus más reconocidas y deshuevantes obras, contra las que apenas admito críticas sin cruzar los puños: Al este del oeste y Los liantes.

Si tenéis alguna sugerencia, es la hora de darla. Hasta que no acabe con todo no vuelvo. Lo advierto.

[Foto: Perry Mason y Della Street, su chispeante secretaria, en los papeles interpretados para la serie de TV por Raymond Burr y Barbara Hale].

Somniverano

Somniverano

Summertime

Summertime and the livin’ is easy
Verano, y vivir es sencillo

Fish are jumpin’ and the cotton is high
Saltan los peces y crece el algodón

Oh your daddy’s rich and your ma is good lookin’
Oh, tu papá es rico y tu mamá bien parecida

So hush little baby, don’t you cry
Así que schussss mi niño, no llores

One of these mornings
Cualquier mañana

You’re goin’ to rise up singing
Te vas a levantar cantando

Then you’ll spread your wings
Extenderás tus alas

And you’ll take the sky
Y harás tuyo el cielo

But till that morning
Pero hasta que llegue esa mañana

There’s a nothin’ can harm you
Nada te puede hacer daño

With daddy and mammy standin’ by
Con papá y mamá a tu lado

Ps.: los días de verano me gustan así de morosos, como la voz de Ella Fitzgerald y la trompeta de Louis Armstrong en esta canción... Las horas sin hora y las tardes que resbalan por tu cuerpo como mermelada. O mejor, como lo escribió Cortázar: "El tiempo resbalaba como el tibio mar sobre la piel".

Ingmar Bergman (1918-2007)

Ingmar Bergman (1918-2007)


Antonius Block: ¿Quién eres? 
Muerte: Soy la Muerte.
Antonius Block: ¿Has venido a buscarme?
Muerte: Hace tiempo que camino a tu lado.
Antonius Block: Ya lo había advertido.
Muerte: ¿Estás preparado? 
Antonius Block: Mi cuerpo lo está... pero yo no.

(Diálogo de El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman, fallecido ayer en Faro).

Fontanarrosa: un cuento y unas (buenas) palabras

Fontanarrosa: un cuento y unas (buenas) palabras


El argentino Marlo fue comisionado por Somniloquios para la búsqueda de aquella conferencia sobre las malas palabras que el Negro Fontanarrosa improvisó en el Congreso de la Lengua, que se celebró años pasados en Rosario. Sin perjuicio de la holganza connatural a esta época del año (y aun a su propia condición), en este caso Marlo se ha mostrado obsesivo, ligero y minucioso en la búsqueda como un hurón, y raudo nos entrega un buen extracto de lo que fue la intervención del añorado escritor rosarino. El virrey Hernán apunta que él guarda la versión completa en papel, reproducida en el suplemento que Clarín publicó la pasada semana, tras el fallecimiento del Negro. Mientras, Marlo nos procura un encantador cuentito para pasar los días. Copio y pego.

 

 

Viejo con árbol

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo. Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos. Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.

—Ojo con la vía —alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No pasan trenes —casi tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No vino la hinchada? —ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo—. ¿No vino la barra brava? —Y se reían.

Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.

—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá —bromeó alguno.

—Por ahí es amigo del referí —dijo otro.

Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors. Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo. El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.

—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso.

El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.

—No —sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado—. Música —dijo después, mirándolo de nuevo.
—¿Algún tanguito? —probó el Soda.
—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.

El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.

—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.

El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.

—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.

El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.

—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...

El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.

—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.

Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.

—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...

El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.

—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...

El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.

—Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.

El Soda se tomó la cabeza.

—¿Qué cobró? —balbuceó indignado.

—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?

El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.

—...¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.

—Eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—... eso es el fútbol. 

Congreso de Lengua en Rosario
Tema de la mesa redonda: La internacionalización del lenguaje

"No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo —porque es como un test que han hecho.  Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio Escribano). Se nota que es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado "escribano" para que se controle todo lo que se dice en ella.  Es un aporte real en cuanto al intercambio. Me ha tocado vivir, cuando he tenido que acompañar a la Selección Argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían "come gatos" que es, estrictamente para los rosarinos, "un rosarinismo".

Un Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas. Yo, como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué? ¿Quién dice qué tienen las malas palabras? ¿O es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿O, cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral?  Obviamente, no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas.

Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo; entonces: hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.  El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas, que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza, está en la letra t.

Analicémoslo —anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTudo.  Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere; entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba. Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Indico.

En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos, se decía caracho; es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no? A veces hay periódicos que ponen: "El senador Fulano de Tal envío a la m... a su par". La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua. Voy a ir cerrando. Hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra "mierda", que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la r —anoten las docentes—, porque es mucho más débil como la dicen los cubanos: mieLda, que suena a chino, y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana— le quita posibilidades de expresividad.

Voy cerrando, después de este aporte “medular” que he hecho al lenguaje y al Congreso. Lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar".

Roberto Fontanarrosa