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Somniloquios

El espanto

El espanto


Esta imagen, de expresividad manierista, resume lo que está pasando mejor que cualquier crónica. La dejo tamaño Las Meninas para que no pierda ni un ápice del vigor que le otorga la contraposición de esos dos rostros de hombres desesperados, cada uno a su manera. El espanto toma formas muy diversas. Tomás Guasch la titularía, simplemente, El cagómetro.
[Foto: Reuters].

Suspicious Minds

Suspicious Minds

La sospecha compone una molesta característica que une a individuos muy disímiles. Esta mañana he ido a mi caja de ahorros a avisarles de que por cuarta vez en menos de un año se me han estropeado las tarjetas de crédito y débito, o como se llamen. He planteado el asunto y éstas han sido las respuestas, más bien preguntas:

-"¿Las llevas normalmente en algún sitio...?".
(Ha dejado los puntos suspensivos a mi interpretación... como para que yo añadiera el adjetivo: ¿Raro, inadecuado, prohibido, estrecho, mal ventilado? He mostrado el bolsillo interior de la chaqueta. El tipo, mirándome ceñudo, ha murmurado: "Es raro...".

-"¿Las llevas con el móvil al lado?".
(No. Tarjetas en un bolsillo, móvil en el otro. Izquierda, derecha. Arriba, abajo. Delante, detrás... No coinciden. "Qué raro", ha murmurado.)

-"¿Las llevas sueltas?".
(No, en un tarjetero de plástico que me dísteis vosotros. Respuesta: "Chico, raro sí es").

-"Yo siempre las meto en la cartera con la banda hacia abajo, para que así cuando las saco no toco con los dedos en la banda magnética. Es una tontería, pero...".
(Otra vez los puntos suspensivos. La oficina callada, al mediodía, cerca de la hora del cierre. 31 grados afuera. El joven cajero, la encantadora comercial, el director amiguete, el interrogador y yo. El interrogador ha sacado su cartera, de piel color whisky, ha extraído una tarjeta, con la banda magnética orientada hacia abajo, y ha detenido el gesto, lentamente, para subrayarme cómo los dedos quedaban efectivamente alejados de la banda magnética. He observado en grave silencio. Cinco minutos para cerrar).

-"A veces los bolsos con imanes las desmagnetizan... A las mujeres les pasa mucho".
(Me he mirado en el cristal pero, como yo temía y me parecía evidente a los ojos de cualquiera, sigo siendo un hombre y no acostumbro a llevar bolsos con cierre imantado. Yo comprendo que todo se ha desordenado mucho, pero en fin... "Qué cosa más rara", ha dicho. "¿Y te ha pasado ya varias veces?". "Sí").

-"¿Has abierto puertas con ellas?".
(Lo cuento como lo ha dicho: ¿Has abierto puertas con ellas? Me he acordado de Robert de Niro o Al Pacino abriendo la puerta de casa del sospechoso con una tarjeta de crédito. Digo yo: pero qué puertas. Las de los cajeros, me dice. Joder. No sé... ¿no eran esto tarjetas para sacar dinero de los cajeros? Con frialdad calculada, me ha dicho: "Las estropean mucho... Es raro").

Por última vez he tratado de defender mi inocencia y he buscado apoyo en la comercial, que tiene una mirada piadosa. Antes de que pudiera recuperarme, el otro me ha demolido con un incontestable golpe final:

-"Algunas personas tenéis mala suerte con las tarjetas".

A lo que el director de la oficina, ha agregado:

"En siete años, a mí no me han fallado ni una vez".

Me han dicho que me piden otras y que vuelva en un par de días, pero ahora ya he perdido la esperanza. Ahora ya sé por qué yo nunca hubiera llegado a director de banco. Siete años... contra unos escasos meses. Ahora ya lo sé. Ahora ya sé que no son las tarjetas... Soy yo. "Algunas personas teneís mala suerte con las tarjetas". ¡Puto determinismo de mierda!

[Foto: dejo al Elvis de los primeros 70, el que más me gusta de todos los que me gustan, el fascinante y sensual Elvis del crepúsculo. Y una poderosa versión de Suspicious Minds en un concierto de aquellos días: si yo pudiese mover las caderas y el cuello como Elvis, y hacer ese molinete del final de la canción... para rato me pasaban estas cosas].

El muerto, al bollo...

El muerto, al bollo...


Diego Maradona, dos días después de abandonar la clínica psiquiátrica en la que estaba ingresado y en la que por dos veces debió negar que había muerto: fumando habanos en el palco del campo de Tristán Suárez, en su partido frente a Central Córdoba, de la Primera Metropolitana de Argentina. Dos días antes había aparecido en el programa de Marcelo Tinelli y dijo sobre el gol de Messi: "Bah, exageraron, exageraron... El mío fue mucho más lindo".
(Foto: Gerard Julien, Getty Images).

Víctor sin victoria

Víctor sin victoria

Pasé el sábado por la tarde con un ojo en Grecia, donde el Panathinaikos que dirige Víctor Muñoz jugaba la final de la Copa frente al Larissa. El Larissa me hizo acordarme de Ángel Garisa, aquel extraordinario actor cómico. Víctor perdió (1-2), con gol artero en el minuto 83 de un tipo africano con nombre de fonética moderadamente innoble: Antchouet. Es la segunda final que pierde Muñoz en poco más de un año y, aquí, si pierde Muñoz perdemos un poco todos los que lo queremos. Aun a riesgo de ponernos sentimentales o de revelar algo obvio (que los periodistas tenemos debilidad por algunas de las personas que componen el negocio del fútbol), diré que yo soy uno de ellos. El ejercicio de este trabajo me ha enseñado que el único modo de enjuiciar debidamente a los entrenadores consiste en verlos trabajar cada día. Y aun así no es seguro que logremos ser justos. Víctor es de lo mejor, si no lo mejor, que yo he visto en el ejercicio diario de su profesión. Naturalmente que tiene defectos, muy evidentes para cualquiera, pero resulta extremadamente sencillo encontrárselos a casi todos los entrenadores, porque el oficio de dirigir una realidad tan volátil y cambiante como un partido de fútbol se antoja predestinado al desastre. El entrenador no juega el partido con la pelota, lo juega en su mente, un lugar donde todo es posible. A menudo todos queremos hacer coincidir nuestra voluntad o nuestras ideas con la realidad. Los técnicos de fútbol lo deben hacer todo el tiempo. Víctor, dada su obsesiva naturaleza perfeccionista y autoexigente, disputa cada partido un sinnúmero de veces. A veces su equipo está jugando uno y él ya está pensando en el siguiente... Ese rigorismo intelectual hacia el juego y la profesión, que son lo mismo, conforman esta paradoja: son al mismo tiempo su virtud más sobresaliente y su error más pernicioso. Con frecuencia, el fútbol trata con displicencia a este tipo de personajes.

Vale el ejemplo de la final de Copa del año pasado, que Víctor había prefigurado en su cabeza y en la pizarra con exactitud milimétrica. No se equivocó en nada de lo que podría ocurrir; el problema fue que ocurrió todo, y ocurrió enseguida. El Espanyol abrió fuego pronto, calcando una de las jugadas que Víctor había advertido en su estudio del partido. De ahí en adelante, el Zaragoza no encontró el paso adecuado. Intuyo que en la final de este sábado en Grecia debió suceder algo distinto pero con un fondo similar. Kozlej les encajó un gol en el minuto 3. Empató para el Panathinaikos Papadopoulos (creo que por ley hay un Papadopoulos en cualquier reunión de más de tres griegos) y luego dedicó la segunda parte a un dominio que no culminó, acumulando ocasiones de gol que fueron poniéndole el nudo alrededor del cuello. En el 83, el Larissa largó una contra y Antchouet decidió el partido.

La temporada acaba de esta forma algo triste, sin el único triunfo que aún le quedaba a Víctor al alcance de la mano. Cuando llegó en octubre al banquillo del Panathinaikos, los verdes habían acumulado una desventaja amplia con el Olympiakos, que es el gran rival como sabe cualquiera. Víctor reactivó a su equipo, le ganó el derbi a los rojiblancos (0-1), tuvo un periodo estupendo y llegó a ponerse a tres puntos del líder. No pudo sostener ese ritmo. Cayó en la UEFA, perdió tres partidos en casa, cedió la segunda plaza al AEK de Serra Ferrer (en Grecia van sólo los dos primeros a la Champions) y, ya ayer, se quedó sin título de Copa. El Panathinaikos no tiene un gran equipo y acabó por rendir las armas aquí y allá. Tan mal no lo debió hacer Víctor, porque el club lo ha querido renovar, al menos hasta ahora. La decisión está en el aire, sometida a una tensión muy habitual: el club quiere cerrar la continuidad del entrenador para luego armar el equipo; y Víctor desea tener una idea concreta del proyecto futuro para tomar una decisión. Se ha hablado de que el Panathinaikos podría fichar a Verón, que está de vuelta de su tercera vuelta. Así que la cosa no tiene buena pinta.

Lo más notable del año de Víctor en Grecia ha sido el descubrimiento de Sotirios Ninis, un muchacho que juega por la banda derecha y al que Víctor sacó literalmente del colegio con 16 años para que jugara con el primer equipo. A Ninis, nacido en la localidad albanesa de Himara, de etnia griega, le tuvieron que armar un curso a medida con clases por la tarde. Recuerdo que Víctor solía decir que el fútbol tiene tres puertas de entrada a la élite: una hacia el final de la adolescencia; otra cuando uno sale de juveniles y da el salto a los filiales; y la tercera a una edad ya tardía, pasados de largo los 20. Él lo definía muy bien; yo no acierto tanto. Ninis tomó la primera entrada, sin preguntar. Como Raúl, el sevillista Navas, Piqué o el mismo Zapater, que viene a ser un caso paralelo al de Ninis, salvando las distancias. El caso es que Ninis debutó en diciembre pasado, y en enero hizo un golazo al Egaleo y se convirtió en la sensación de la Liga griega, un lugar de pasiones desatadas y suspensión constante de la razón: descarado, vertical y elegante, Ninis cumplió 17 años el mes pasado. Ya para siempre será un nombre unido al de Víctor en Grecia.

Para terminar, una nota costumbrista: jamás vi a nadie aliñar las ensaladas con el sabroso y magistral esmero con que lo hace Víctor Muñoz. Las de escarola de La Bodega de Chema las dejaba para dar volteretas laterales.

El cuerpo del Rey

El cuerpo del Rey

Le he hecho un seguimiento moderado al asunto éste de la nieta del Rey. No es para menos. El despliegue informativo resulta enternecedor, portentoso, emocionante. Se trata de una gran noticia, como lo demuestran los titulares que he reunido en esta selección, hecha a voleo en un diario de referencia como es El Mundo. La muestra atiende a un desordenado orden cronológico, pero me parece notable:

  • "La segunda hija de los Príncipes se llama Sofía". (Ahí está el notición, sí señor; de ahí en adelante el resto del día -como dice el personaje de Kevin Spacey en 'American Beauty' mientras practica el onanismo matinal en la ducha-, de ahí en adelante el día va a peor).
  • "El cordón umbilical se quedará en Madrid" (un cordón umbilical con voluntad propia, ya era hora).
  • "El Príncipe cuenta cómo nació su hija Sofía". (El pormenorizado relato incluía dos detalles que eran para el primer párrafo de la información de libro: hubo cesárea y la niña se parecía "bastante" a su hermana Leonor).
  • "Sofía, un nombre de origen griego y cargado de referencias clásicas que significa 'sabiduría". (Para mí, este titular marca el inicio en este caso de lo que bien se ha dado en llamar 'periodismo de investigación').
  • "Consejos para que Leonor no pierda 'el trono". (Nótese que le agregan comilla simple al sintagma 'el trono': cosa de que el lector, que generalmente es un pelele sin entendimiento como bien sabemos todos los periodistas, se percate del sutil juego de palabras que el redactor ha querido introducir en su titular: el trono por lo de 'la trona'. Este titular es buen reflejo de que van pasando las horas en las redacciones y se viene la inevitable tormenta de ideas: cómo convertir un sms en un puñado de páginas. Y encima con el equipo del domingo, que es la redacción adelgazada a la mitad, más los becarios a los que han traído a lazo porque no se pueden negar, menos los de Deportes, que no quieren saber nada del mundo exterior hasta que Nadal y Federer no jueguen la 'batalla de las superficies' en Antena 3. El periodismo, ay, el periodismo).
  • "La infanta Elena: 'Sofía come muy bien". (Por fin un testimonio, joder, ya era hora: una foto de alguno de la familia llegando en su coche de gran cilindrada y sale la portada sola).
  • "El signo de Sofía". (Esta reflexión hay que leerla).
  • "El Rey visitará hoy a la infanta Sofía". (¿El rey? Ah, sí... el Rey. El del mensaje de Navidad y ese que sale en los documentales de recuerdo del 23-F. El Rey. ¿No jodas que no había venido el Rey aún? No. Ah. Que majo y qué próximo es ese hombre, ay).
  • "Leonor visita a su hermana". (No me digas que no es una monada).
  • "La infanta Leonor se escapa de la mano de su padre". (qué rica).
  • "El Príncipe dice que Letizia y Sofía saldrán de la clínica 'probablemente' el viernes". (Sobrio, directo, informativo, académico: un grandísimo titular se mire por donde se mire. Ni siquiera lo desmerece el 'probablemente' -los condicionales no se admiten en los titulares-, porque lo ha dicho Felipe, va entrecomillado y ahí es nada el tema).
  • "Leonor vuelve a visitar a Sofía". (Es igual que Alfonso XIII, mírala... ¿Leonor? No, Sofía. ¿La infanta? No, la madre).
  • "Paz Vega da a luz a su primer hijo y comparte protagonismo con la princesa Letizia" (en cuanto le zicatrize la zicatriz a Letizia, se va a enterar la Paz Vega esa de los cojones, robándole protagonismo a la prinzesa del pueblo.... Por cierto, que el hijo de Paz Vega se llama Orson, apunto: como un director de cine y muchos perros, pero creo que se lo ha debido poner por el director de cine. Porque esta chica es actriz, no sé si estáis en el tema...).
  • "El Rey: 'La niña es muy mona". (Como a menudo le ocurre a Hommer Simpson con Maggie, su niña pequeña y prescindible, podría ser que el Rey hubiera olvidado por un momento el nombre de 'la niña', dado el nivel de jet-lag con el que este hombre se presenta en los partos).

Se aderezan las noticias con reportajes y graciosos apuntes variados: 'Uno de ellos es 'Posibles novios para Sofía', recopilación de niños de baba azul, de su misma edad o parecida, que me pregunto yo para qué si esta familia hace rato que decidió ser uno más del pueblo pero sin el pueblo, y literalmente tirarse a la cama con quien les plazca y si es posible que no sea nadie de familia real ni parecido. Creo que fue Vicente Molina Foix el que hace años publicó en El País un formidable artículo que titulaba 'El cuerpo del Rey', como este Somniloquio, sobre aquel noviazgo de Felipe con Eva Sannum. En él, el autor advertía que los Borbones habían acabado por arrebatarnos el único privilegio que los ciudadanos teníamos con respecto a ellos: la posibilidad de elegir a quien queramos como esposo/a, sin someternos a la tradición monárquica ni a nada parecido. Y es verdad. Quizás simple pero muy cierto. La verdad es que si uno mira 'La Familia de Carlos IV' , de Goya, comprende que esta gente tenga necesidad de escapar de la endogamia y caiga en el balonmanista o el otro, que no sé qué era antes de ser el otro, ni después. Por cierto, que en este noticiario alternativo descubro que quizás hay otros arrebatamientos más materiales... Vuelvo a lo del cuerpo del Rey: yo mismo se lo dije a una amiga cuando salió lo de Letizia: "¿Me follo yo a princesas? No. Pues entonces que él deje en paz a las periodistas...". Claro, que he oído yo historias en las que el "¿me follo yo a princesas?" tenía una respuesta bien diferente. Pero vamos, que una mínima igualdad digo yo que habría que observar. Porque si ellos pueden ser nosotros, me pregunto yo por qué nosotros no podemos ser ellos.

Hace poco leí una reflexión bastante filosa del buen Kapuscinsky, quien escribió que la Historia suele atender a los periodos sonoros, en los que se hace mucho ruido, cuando los momentos más despiadados de la Humanidad a menudo se producen en un vasto silencio. Tirando de ese hilo me he dado cuenta que la única noticia de esta semana en la Clínica Ruber está en una línea o una frase que todos los periódicos, radios y televisiones han despachado de pasada, y yo creo que conscientemente: el Rey tardó tres días en visitar a la niña. Vengo fijándome varios partos ya y no falla: el Rey y el Príncipe siempre están "regresando de un viaje privado". Naturalmente Felipe se ha reformado ahora, después de aquella boda tan húmeda con Letizia, y anda casi siempre como un clavo. Pero el Rey, que lleva más mili que la cabra de la Legión, tarda siempre sus buenos dos-tres-cuatro días en aparecer cuando hay un alumbramiento. Si mi padre tarda tres días en aparecer en el nacimiento de un nieto, se arma en Casa Ornat la de Dios es Cristo. En uno de los nacimientos Borbón-Urdangarín, el Rey y su vástago el Príncipe tardaron no sé si cuatro o cinco días en regresar de donde estuvieran. Digo yo que debían estar en la Luna, por lo menos. ¿Desde dónde se tarda cuatro o cinco días en llegar a Madrid cuando uno tiene una fuerza aérea a su disposición en el patio de luces de casa? Pues oye, cuatro o cinco días. Y los medios ahí, agarrados a lo del "viaje privado".

Y tan privado... El pobre Paquirrín, con el padre muerto por un toro, una pa'dentro y otra pa'fuera doctor, par de cojones, la madre con el Cachuli (creo que se dice así), ese bigote (la madre, no el Cachuli, que también), encarcelada por Zapatero, y esa cara de breva amongolada... el pobre Paquirrín se va un día de putas, que ya me dirás tú qué hay más noble que pueda hacer ese muchacho con esa cara, se va de putas y el Jorge Javier y sus tetudas lo ponen de tomate hasta las trancas. O sea, el Jorge Javier puede salir en la tele sin gafas y echarse al macho en sus ratos libres, pero el pobre Paquirrín no se puede deslechar donde bien le dé la gana. Así está la Justicia en este país. Y el Rey, oye, con sus viajes privados y sus cositas. Y luego los hay que dicen que no querrían ser Reyes ni Príncipes, que es muy esclavo. Grandes estupideces. Como que es más saludable ducharse con agua fría y que se conduce mejor de noche... Lo mismo.

La niña es muy mona. Claro que sí. No va a ser mona... Se llama Sofía, Hommer.

Que se mueran los guapos

Que se mueran los guapos


Gennaro Gattuso juega al fútbol con los hombros cargados, pero de forma algo mitológica transporta su carga con una ligereza asombrosa. Si fuera por los demás, por muchos críticos, Gattuso apenas podría caminar por el campo o por la vida, aplanado por los prejuicios que convoca su figura de apretado gladiador, con la osamenta reconcentrada en un cuerpo nervioso, hecho de rabias divergentes. Cuantos más prejuicios recaen sobre un individuo, más me interesa el individuo. Cuanto más se empeñan los prejuiciosos en convertir al personaje en un espantapajaros, más me atrae el personaje. Los prejuicios se convocan unos a otros y se reúnen en afanosos grupos, como bolas de acero imantadas, que hacen mucho ruido y siempre se otorgan la razón sin discusión, con metálicos asentimientos. En ese sentido se parecen un poco a los elogios, que también tienden a la comunidad cacofónica y repetitiva. Cristiano Ronaldo representa la versión opuesta de Gattuso; el portugués es un tipo tan agraciado y de acabados tan finos que parece más de lo que es. A mí me lo parece. Le quedan exactas hasta las arrugas empapadas de la camiseta y los caracolillos bajo la lluvia. Uno es antónimo de otro: Gattuso acostumbra a parecer menos de lo que en realidad es. Su mueca ignora la ternura.

He oído a magníficos críticos de fútbol, a excelentes conocedores del mercado mundial del fútbol, a personas con un criterio irreprochable en el juicio analítico de los futbolistas, decir que Cristiano Ronaldo es ahora mismo el jugador más cotizado del mundo. No lo dudo. El mercado se comporta de acuerdo a muchas variables, en el fútbol y en todos los órdenes. Respecto a Cristiano Ronaldo yo siempre digo lo mismo: vamos a verlo fuera de Inglaterra. Porque lo he observado frente a los generosos defensas de la Premier y siempre me ha asaltado la tentación de pensar si haría lo mismo en España; y ya no digamos en Italia. Lo digo porque yo he visto llegar a Gullit con treintaimuchos años al Chelsea y, en su debut en Stamford Bridge, plantarse en el medio campo y jugar como si estuviera rodeado por niños de EGB, con una superioridad que iba más allá de la prestancia de un jugador que había sido extraordinario en el escenario más feroz y en todos los escenarios. Cristiano Ronaldo, un futbolista muy bonito, un muchacho muy hermoso, casi efébico con sus rizos de brillante carbón, su cara perfilada en porcelana, la depilación de las cejas, la precisa metrosexualidad de sus bicicletas y firuletes, ha pasado por el partido de esta noche en San Siro como una sombra acartonada, como un soldadito de plomo. En una de las últimas jugadas del encuentro, cuando el Manchester United no era ya más que un triste guiñapo bajo la lluvia y el Milan, me ha resultado patético ver a Ronaldo ensayando una de sus fútiles maravillas para morir emboscado por tres milanistas. Ronaldo no ha sido nadie; ni comparado consigo mismo ni comparado con Kaká, Seedorf, Pirlo o Gattuso.

No es que el ManU haya perdido por Cristiano. Ni que el Milan haya ganado por Gattuso. El United ha perdido porque le ha caído encima un equipo superlativo en Europa; y demoledor en un encuentro en el que ha sido superior en todos los órdenes: el físico, el táctico, el decisorio, en la calidad, en la experiencia, en los rendimientos individuales. Un 3-0 no precisa demasiadas explicaciones, aunque tal vez Enric González advierte algunas líneas de fuga interesantes en una primera crónica que ha dejado para El País, y que titula: "Un Milan diabólico devora al Manchester".  El United no ha encontrado respuesta, en ningún aspecto, en ningún lugar del campo, en ningún hombre. Hay varias fotos por ahí en las que aparecen sus jugadores sacando de centro bajo la lluvia y dan ganas de oír a Bob Dylan y su clásico: "A hard rain's gonna fall". Va a caer una buena... De un modo tan implacable como necesario, los grandes partidos, las ocasiones señaladas siempre exigen a los futbolistas que viven en la cúspide de la jerarquía. El juicio es sumario pero no definitivo, porque el fútbol concede reválidas: por el momento, Cristiano Ronaldo ha fracasado; mientras Seedorf y Kaka salen como triunfadores del partido. Nuestro personaje favorito, Gattuso, jugó con el entusiasmo habitual y mucho sentido del fútbol, a pesar de lo que se diga. Uno se pregunta qué tienen Albelda o Makelele que no sobrepase por diez pies Gattuso, y por qué con ellos caben los eufemismos (jugador necesario, trabajo sucio, hombre de equipo, pilar básico, columna maestra) mientras al italiano se le considera un cáncer, un atropello del juego, un asesinato del presunto canon. Yo veo en él a una víctima del pensamiento único, digámoslo con excesiva prosopopeya. Porque Gattuso es el primero que se mofa de su propio personaje, al que alimenta sin problemas. Enric González dejó una semblanza magnífica del milanista hace algunos días en sus Historias del Calcio: Gruñido. Y ahí contaba una anécdota excelente de Gattuso que define a este hombre.

Por lo demás, se repetirá en Atenas el encuentro de hace dos años: Milan-Liverpool. Dos de los grandes y con una cuenta pendiente. Una contienda de estilos y naturalezas contravenidas: por momentos el Liverpool de Rafa Benítez parece una versión edulcorada de algún equipo italiano; por momentos el Milan juega con el fragoroso entusiasmo de una escuadra británica. Nunca parecieron más ingleses que bajo la lluvia esta noche en San Siro. Buena parte de culpa la tiene Gattuso, el enemigo público. Un futbolista que concibe cada segundo del partido como un privilegio al que hay que devolverle la ofrenda del esfuerzo inteligente. Carlos Martínez ha dicho que sería un magnífico compañero de trinchera. Y es verdad, pero no sólo eso. Yo disfruto viéndolo jugar... Y que se mueran los guapos.

[Foto: la bella y la bestia, bajo la lluvia. Gattuso persigue concienzudo al grácil Ronaldo, una mariposa blanca bajo la lluvia].

Todos los caballos son del Barça

Todos los caballos son del Barça

Tengo dicho hace tiempo que si verdaderamente el Real Madrid quiere desmontar el garito azulgrana durante unos años, al modo en que lo hizo Florentino con el fichaje de Luiz Figo, debería fichar a Mourinho. Otra cosa es si la crítica soportaría la colección de tractores que el portugués despliega en cada partido, al menos en el Chelsea, donde unos jugadores se parecen mucho a otros y todos se hacen borrosos en el conjunto de un equipo que suele comportarse como un agujero negro: se traga todo el fútbol del contrario y lo reduce a polvo cósmico. No sé si eso funcionaría en un lugar en el que Capello ya es anatema; ignoro si Mourinho tiene más registros como entrenador. Pero su mezcla de agitación, enfrentamiento, denuncia, sospecha, psicología, ansiedad, competitividad, ambición y talento convertiría la rivalidad de estos cien últimos años entre Madrid y Barcelona en un juego de niños. Yo creo que el Barcelona no podría superar el martillo que supone Mourinho y se derrumbaría a la mínima. Pese al evidente dominio de las dos últimas décadas, de Cruyff aquí, a la imposición de un estilo que ha mejorado el fútbol español, a las victorias y a los jugadores, el Barcelona aún se siente menor, vulnerable, agraviado y, por qué no decirlo, perdedor. Es el peso de la historia. ¿Por qué los caballos son desconfiados y tienen los ojos en los lados de la cabeza? Porque durante miles de años de evolución natural fueron presa de otros bichos nada equitativos (precisamente), y permanece en ellos ese acollono atávico tan barcelonista. Conclusión: todos los caballos son del Barça.

Es buen momento para tentar a Mourinho, porque el Chelsea acaba de concluir que, de nuevo, no va a ganar la Champions. Su gran reto. Un desafío de proporciones históricas y naturales, porque el Chelsea nunca ganó una Copa de Europa (y mira que la ganaron el Nottingham Forest, el Aston Villa, desde luego el Liverpool y el Manchester United, y hasta el Celtic de Glasgow... que es escocés pero vale para explicar el caso), y cualquier ascenso a una clase superior, como el que ha protagonizado el equipo de la calle Fulham, precisa la sanción de una Copa de Europa:no basta con ser reconocido como uno de los equipos más potentes de Europa. Hay que llegar y ganarla. O al menos llegar. El Chelsea, equipo burgués por antonomasia en Inglaterra, se va a quedar sin la Champions, se va a quedar seguramente sin la Liga (el Man United le tomó cinco puntos de ventaja el sábado) y habrá que ver si gana la final de la Copa, también al United. Si completa el batacazo, va a arder el petróleo de Abramovich. Hay que decir algo antes de seguir: el Chelsea perdió a los penaltis contra Reina, pero no llegó ni a merecer una hipotética victoria. La lotería de los penaltis, como la llaman, es una mentira de primer orden: no hay lotería, hay talento y condiciones, capacidad, manejo de la ansiedad y del cansancio. En definitiva, que no es coincidencia que Reina, un portero explosivo, velocísimo, de intuiciones portentosas, detuviera dos penaltis. Y además hay que tirarlos bien. Guillem Balagué defiende esta alegre teoría mía con datos en el AS, no como yo: el Liverpool ha ganado diez de sus últimas once tandas de penaltis en Europa. Eso no es una lotería; como no es una lotería matar bien a un toro.

El Liverpool constituye el caso contrario del Chelsea. Con muchos menos recursos, Rafa Benítez lo ha situado un par de escalones o tres por encima de su valor real: dos finales de Copa de Europa en tres años, una de ellas ganada a un equipo mayor como el Milan. Espero estar en Atenas, en la final. Porque es el Liverpool -equipo preferido siempre- y porque es Atenas. Y ya lo explicaré si hace falta. Espero que sea contra el Mancheste United, por mi amigo Andy, porque el ManU me parece el mejor de los tres equipos ingleses (de lejos) y porque esa rivalidad vieja entre los dos grandes de Inglaterra quedaría preciosa en una final europea. El Liverpool ya está ahí, esperando. No jugó un gran partido, pero jugó una buena parte del partido necesario: el testicular. Su argumento fundamental estuvo en la energía, en la presión, en el ritmo, en la osadía, en la velocidad y el deseo. Fue un equipo inflamado al que, con el paso de los minutos, se le fue quedando al aire la escasez de medios. No encontró manera humana de meterle mano a la roca azul. Donde siempre estuvo soberbio fue atrás, aunque Mourinho y su Chelsea abandonaron a Drogba de forma excesiva. Zenden es un jugador flojito, ya lo sabemos; Pennant es además desordenado; Crouch y Kuyt no pudieron del todo y sus cambios fueron Bellamy, un loco de iluminaciones repentinas y ocasionales, y Robbie Fowler, que vive congestionado por el tiempo. Su mejor línea es el medio campo: Xabi Alonso, Mascherano (esfuerzo oceánico el suyo en este partido), Gerrard... Y la portería. Y sobre todo Benítez. No me gustan los equipos de autor, sobre todo cuando el autor viene a ser un entrenador de tendencias obsesivas al que el fútbol le cabe en un abecedario de gestos ininterpretables, al modo de las crípticas señas del béisbol. Pero le tengo que reconocer (y agradecer) a Rafa Benítez su conquista de Anfield con un manual de disciplina del deseo que ha sido capaz de sobreponerse a todas las imperfecciones de su equipo. Y lo mejor es que su equipo lo ha seguido. En el Liverpool, creer en la grandeza resulta sencillo.

[Foto: Mourinho, sobre el fondo de un banderón scouser. La foto es de Anita Maric, de Efe]

Chicago Bulls y el 'principio Riley'

Chicago Bulls y el 'principio Riley'


Yo soy hombre de playoffs, como Robert Horry, ese tipo indolente que despierta cada primavera como los osos, a tiempo para las canastas decisivas. Entiendo que lo menos que me he ganado después de casi 25 años de ver la NBA es el derecho a saltarme la Liga Regular e ir directamente a las eliminatorias. A modo de anotación histórico-personal diré que el primer partido de la NBA que vi jamás fue el séptimo de la final entre los Boston Celtics y Los Angeles Lakers en 1984: me la dejó grabada en vídeo Joaquín Ruiz y narraba el partido Héctor Quiroga; la Quina había guardado el partido a continuación de la victoria de Severiano Ballesteros en el Open Británico, ese mismo año. Lo vi tantas veces que acabé por aprenderme de memoria los planos. Al año siguiente yo mismo grabé el sexto y definitivo del triunfo de los Lakers en el Boston Garden, con aquel gancho del cielo que metió Kareem Abdul-Jabbar desde la esquina, desde la misma esquina. Y la ovación sostenida de la vieja cancha de los Celtics, con su tarima de cuadrados regulares y las paredes desconchadas de puro orgullo, cuando Kevin McHale hizo su sexta falta y se largó a casa derrotado pero con 36 puntos. Jabbar fue el MVP de aquel año. Yo creo que Jabbar es el mejor pivot que vi jamás, o el que más me impresionó de todos...

Así que durante el año miro la NBA de reojo y en abril me pongo en serio. Este año más que nunca, porque los Bulls han vuelto y los Bulls son mi equipo y lo han sido incluso durante esta larga travesía del desierto de la que ahora parecen surgir. Por fin, para aquéllos que fatigamos las madrugadas y los amaneceres durante el tiempo que duran seis anillos (guardo todos los vídeos de las finales), por fin un equipo del que podemos no sentir vergüenza. Los Bulls de Scott Skiles, un entrenador de aspecto improbable, un Rafa Benítez del baloncesto, se han llevado por delante 4-0 en la primera ronda de los playoffs al último campeón: Miami Heat. Verdad que Miami ha tenido un año de perros, marcado por lesiones en sus dos jugadores clave (Shaquille y D Wade), pero aún son Miami; el mismo equipo que arrasó a los excitantes Phoenix Suns en la última final. Un equipo con Jason Williams y Gary Payton de bases (ahora diremos que Williams es un loco y que Payton está de vuelta... pero el año pasado jugaron como ángeles); con Alonzo Mourning, Shaq y Antoine Walker por dentro; con Wade, Haslem o el francotirador Kapono por fuera; con secundarios como Posey... Y Pat Riley en el banquillo. El viejo y querido Riley, que ya salía en la cinta que yo vi en el 84, dirigiendo a los Lakers. Esos Miami Heat han sido devorados por la ola de Chicago, un equipo que cumple con el nuevo patrón de juego de la NBA: jugadores veloces, tiradores, atléticos, exteriores. Sobre todo exteriores. Luol Deng, Ben Gordon y Kirk Hinrich al frente. Un trío incontrolable, en el más amplio sentido de la palabra.

El patrón ha cambiado. La NBA ya no la ganan los grandes pivots, sino los jugadores exteriores, el baloncesto por afuera. El centro de gravedad del juego ha girado, y esto no lo digo yo. Lo dice el mismo Pat Riley, que fue campeón el año pasado con su decálogo de toda la vida + Wade, que hizo la diferencia: "Este juego se ha convertido en un juego de velocidad. Yo siempre he sido un entrenador orientado al juego interior, y el baloncesto me bendijo con la posibilidad de dirigir a cuatro de los mejores jugadores de todos los tiempos: Kareem (Abdul-Jabbar), Patrick (Ewing), Zo (Mourning) y Shaq (O'Neal). No sé hacerlo de otra manera". Riley hablaba de los Bulls, pero también de los Phoenix Suns (equipo al que tengo la esperanza de ver campeón, a no ser que lleguen contra los Bulls), de los New Jersey Nets (que viven de los enloquecidos Jason Kidd y Vince Carter), o de los emergentes Golden State Warriors (a los que aún no he visto pese a las vehementes recomendaciones de JSolans). Eliminado su equipo por las malas, la despedida de Pat Riley en la rueda de prensa fue de leyenda: "Nos vemos en algún lugar por el camino... o en la utopía". Sólo alguien como él puede decir algo como eso.

Así que ahí están los Bulls y yo lo celebro. Hacía siete años que ni yo ni nadie los veíamos pasar una sola ronda de playoffs: concretamente, desde aquella canasta final de Jordan frente a los Utah Jazz para el sexto anillo de la dinastía zen de Phil Jackson. El año pasado los Bulls dieron un aviso que observé con emoción, y acto seguido se llevaron un mangazo. En los últimos tiempos han fichado a Ben Wallace y a Nocioni, entre otros; no parecía suficiente pero, de acuerdo al principio Riley, era suficiente porque lo interesante había de hacerse por fuera: gente joven, vigorosa, atrevida, como Gordon, Deng o Hinrich, un base anotador, con tendencia a meter canastas arteras o rajarte de arriba abajo con velocidad y disparo. En algunos momentos recuerda al inagotable John Stockton con un par de velocidades más, las que Stockton había licuado en pura inteligencia y conocimiento. Con eso y algo más (Duhon, Sweetney, PJ Brown), los Bulls acaban de barrer a los Heat y jugarán la semifinal de conferencia contra un equipo de pellejo duro como Detroit Pistons, un equipo que tiene un poco de todo y un mucho de todo. Webber y Rasheed Wallace; Billups y Lindsay Hunter; Richard Hamilton (aquel jordanito de los Wizards que quería mandar más y tirar más que papá Jordan con 40 tacos), Carlos Delfino, el alargado Tayshaun Prince. Es decir, una roca.

Ahora que pienso en el principio Riley, pienso en que aquellos Bulls de Jordan ya eran el anticipo de una tendencia posterior: un equipo velocísimo, agraciado con un jugador sobrenatural como Jordan. Pero el principio ya estaba ahí. Los pivots siempre fueron secundarios encargados del trabajo sucio: Bill Wennington, Luc Longley, Horace Grant, Dennis Rodman o los viejos Charles Oakley o Bill Cartwright. El asunto de verdad se jugaba por afuera, en una defensa extraordinaria y sobre todo en las hipotenusas ocultas del triángulo ofensivo que había inventado Tex Winter, donde todo giraba en vórtice armónico en el que el centro de gravitación siempre era el mismo: John Paxson, Steve Kerr, Ron Harper, Toni Kukoc y desde luego Scottie Pippen. Todos en órbita con Michael Jordan...

Han vuelto los Bulls. Voy desempolvando las gorras de los días grandes, que llevan guardadas en una caja desde la madrugada en que Jordan hizo aquella paradita con suspensión con la que cualquier otro ser humano se hubiera reventado las rodillas.

[Foto: Luol Deng en actitud jordanesca: pasa por encima de Shaquille uno de los martillos exteriores de los Chicago Bulls, el jugador que ha tirado del equipo en esta victoria sobre el campeón Miami. En su tercer año en la NBA, Luol Deng se está consagrando a un nivel excelente].