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Somniloquios

Teoría alternativa

Teoría alternativa

Y yo me pregunto: ¿Para qué va a querer meterse en el costoso lío de la ACB un club que, estando en la LEB, se sostiene con una aportación mínima de sus dueños, mucho dinero del contribuyente, la cobertura inmoral de sus errores con el poder mediático y 11.000 chinos (que decía Comas) en la grada? Si el CAI verdaderamente quiere ascender, lo disimula muy bien. No hay modo más sibilino de perder un partido definitivo que poner poca intensidad en la defensa y el rebote, que son cuestiones capitales del juego; fallar un tiro libre detrás de otro y largarse triples y disparos pesimamente seleccionados: 22 de 48 de dos puntos; 6 de 25 de tres; 28 de 73 en tiros de campo; 17 de 29 en libres. Y 37 rebotes contra los 40 del León, un equipo notablemente inferior en el apartado físico. A mí el partido me pareció una broma. Los chicos del CAI fallaban hasta debajo de la canasta. Starosta, el único que los ha sostenido en el play-off, tiró ayer cuatro veces. No se la des, no sea que la meta.

Lo siento por los jugadores y el entrenador, sometidos a un papelón, aunque no me gusta mucho este CAI multinacional en el que el primer español (Corbacho) sale tres minutos al final; y que con los años se ha llevado por delante a quien lo inspiró y trabajó para reunir todas las voluntades mientras se agotaba su carrera profesional (Pepe Arcega) o al mejor valor de la cantera aragonesa en los últimos tiempos (Rodrigo Sanmiguel). Lo siento por la gente que va y llena el pabellón. Lo siento sobre todo por Joaquín Ruiz, segundo entrenador, amigo personal, a quien aprendí a admirar y querer de niños, mientras jugábamos juntos al basket en la cancha embaldosada del viejo colegio de los Maristas y en las pistas de Helios en verano. Sobre todo por él, pero sé que lo va a aceptar porque he conocido pocas personas con un sentido tan férreo de la ética del deporte. No lo siento en absoluto por el club, al que tengo por una desordenada reunión de arribistas siempre próximos al poder, a los que les gusta poner y quitar periodistas de los medios (lo han hecho e intentan seguir haciéndolo), manejar las conciencias si las hubiere y negar la evidencia de su ineptitud y su desahogo. José Luis Rubio también era duro con la Prensa crítica. Cada artículo era una llamada. Te la liaba por el teléfono o te invitaba a desayunar: cuando llegabas, tenía las fases duras del artículo subrayadas con rotulador fosforescente y te pedía argumentaciones. Con todo, esta pandilla no le llegan a la suela del zapato: el otro día me crucé con José Luis y sigue como un pincel. Éstos hacen el trabajo sucio sin invitarte a desayunar. Si acaso, invitan al de arriba, al de los despachos... el que tiene que decidir que tú escribas del CAI o no escribas. Si tu jefe es un desgraciado o bien un hijo de puta, date por muerto. Vas a la sección de Comarcas directo, a coger resultados de fútbol regional o, si hay connivencia suficiente con la Policía Local, a dirigir el tráfico en la Plaza España.

Dejo la crónica de Sergio Pérez en el Periódico, por amistad y devoción. Ahora los disparos se los lleva Chápuli como antes se los llevó Arcega. No de Sergio, de todos. Yo siempre he visto el problema más allá, pero en fin... con su pan se lo coman. A mí me gusta el baloncesto desde que nací. Este CAI no me gusta ni ver. Con la cantidad de entrenadores y jugadores que han traído y llevado, lo peor que se les puede decir no es que son una banda de fracasados. Es que son unos inútiles. Yo era del viejo CAI; me cuesta demasiado querer a este engendro de intereses embusteros.

Escenas: enamorados bajo la lluvia

Escenas: enamorados bajo la lluvia


Tengo dos lugares preferidos en Zaragoza: la espalda del ábside de La Seo al mediodía, cuando revienta el sol contra el artesonado mudéjar de los muros. Y el Paseo de la Constitución en su primer tramo, el más próximo a la Plaza Paraíso. Me gustan las copas enormes de los árboles que quieren arquearse sobre el bulevar central. Y sobre todo me gusta esta escena de los paseantes enamorados bajo la lluvia, que siempre me produce una borrosa nostalgia que me cuesta sacarme. Me gustan los anchos bajos del pantalón de él, la entallada gabardina, la mano que rodea la cintura de ella y la faldita mínima. El paraguas es una fuente. Los fotografié ayer, con el móvil, de espaldas para que los engullera esa luz mortecina del mediodía nublado. En los bancos del paseo se solazan mendigos que despliegan carros de la compra repletos de cachivaches. Uno de ellos almuerza un mendrugo de pan y les tira migas a un puñado de palomas. Los vecinos se han quejado de los olores, porque durante todo el año duermen y viven bajo los soportales de la acera más próxima a la Plaza de Aragón. Yo cruzo en diagonal para cobrar un talón en el banco de enfrente. Los dos enamorados están siempre igual; siempre igual de enamorados, siempre igual de jóvenes. Siempre bajo las copas de los árboles y esta lluvia que no acaba y este amor que no se moja.

Terapia

Terapia


Deja que sangre la herida
y mantén la cabeza alta.

Caretas de porcelana

Caretas de porcelana


Yo soy un abstencionista nato. No he votado en unas elecciones en mi vida y no sé si lo haré jamás, pero sospecho que no. Lo peor es que esa postura carece de argumentaciones o de una posición ideológica/moral/filosófica consolidada. No hay motivo. Simplemente, es una de esas cosas que no me llaman, como ir a esquiar, digamos. Juro que mi intención no es frivolizar sobre el asunto; tengo plena conciencia del significado, necesidad y logros de la democracia, pero no participo de "la gran fiesta", como le dicen. No trato de reventarla ni de mostrarme ajeno ni de poner palos en la rueda ni de despreciar a quienes participan ni nada de eso. Yo no voy y ya está. Y me molestan los entusiastas que me han tratado de convencer a lo largo del tiempo diciéndome que si no quiero votar, tendría que votar en blanco (aún no he entendido por qué, qué ventaja supone no para el sistema, sino para mí), o que si no voto no tengo derecho a quejarme. Yo no voy a acabar con la democracia, Dios me libre. Tampoco voy a esquiar y no por eso soy culpable de no contribuir al desarrollo de Aragón.

Supongo que a lo mejor la primera vez que tuve oportunidad de no votar y no voté lo hice por algún motivo justificado, pero no me acuerdo. Podría ser que no. En cualquier caso, después se me ha impuesto una mezcla de pereza, escepticismo y vergüenza: me produce cierta inquietud llegar al colegio electoral y que alguien se percate de que no sé cómo funciona el tema, un tío de mi edad. Así que los días de elecciones me gregarizo (mira que es fea la palabra ésta) y deposito mi confianza en la sabiduría y buen juicio del pueblo español, en el que confío a pesar de las pistas que me dan los índices de audiencia de las televisiones y todas esas cosas.

Las campañas me hacen gracia. Conozco pocos embustes presentados de forma al mismo tiempo tan burda y tan convincente. Todo el mundo es consciente de que hay un truco (algo patético, pero truco) en los discursos, en los políticos que hablan en mangas de camisa, en las recomendaciones de que las fotos de campaña sean "casuales y desenfadadas", en los arreglos de photoshop de las fotografías y, por ir algo más allá, en los incumplimientos de los programas, en las alianzas post parto, en todas esas cosas. Si los votos dependen de que un candidato salga en camisa o no, yo no sé qué pensar. Quiero creer que no es así, pero entonces... ¿por qué lo hacen? Nosotros no somos ingenuos, ellos saben que no somos ingenuos y, sin embargo, el invento funciona sobre la base de una ingenuidad tácita, como una cierta suspensión del orgullo del ciudadano o un sometimiento al juego democrático o no sé bien qué es. Los políticos prometen estos días, y nosotros ni siquiera escuchamos las promesas porque sabemos que se las va a llevar el viento de la conveniencia o los arreglos posteriores.

A mí me parece todo un poco raro, me parece que un tanto por ciento demasiado elevado de todo esto se sustenta o lo quieren apoyar en mensajes subliminales: la camisa sin chaqueta o sin corbata, la actitud correcta en los debates, que se inventó Kennedy contra Nixon, los rostros jóvenes en el fondo de la pantalla cuando hay mitin, los tonos cálidos y los fríos... O sea, una base movediza de la que no sé qué pensar. Es necesario, claro... eso debe ser. Pero un voto es cosa seria, ¿no? Y todo esto de las caritas/caretas/carotas de porcelana no parece muy serio. Yo por ejemplo ando asustado hace días con el lifting que le han hecho a Marcelino Iglesias en las fotos de campaña. Parece que lo hayan fotografiado poniéndole una cortinilla de gasa delante, como a la divina Garbo y las actrices de los viejos días. Marcelino, y otros, tienen un rostro de porcelana encendida. El caso de MI me resulta fascinante, porque a mi modo de ver resume Aragón: es el presidente invisible, el hombre que nunca estuvo allí. Y va para la tercera legislatura sin que nadie le haga frente. Hay quien lo llama "normalidad y sosiego político". Yo creo que es otra cosa: es la política de la liebre. En Aragón no se puede sacar la cabeza o te dan el hostiazo a toda prisa. Así que Iglesias gobierna amagado frente a los focos, como las liebres en el campo, sin que nadie lo advierta, sin dejarse notar. Y ahí reside su constante triunfo. Ni un gesto ni una palabra de más. El gobierno silencioso. Calculada naturalidad de un hombre al que siempre que veo le advierto un postizo de cuerpo entero.

Por cierto que El Mundo bucea en los arreglos fotográficos de los candidatos, que son chapuceros donde los haya. Pero aquí todo funciona o cumple un fin que justifica los medios. Por contra, alguien debería haber hecho algo con las fotos de campaña de Domingo Buesa y Gustavo Alcalde, que son mucho peores que las versiones reales de los dos candidatos del PP. Ser político no resulta fácil. Si de pronto yo me viera en cartelones de 10x10 en medio de las avenidas o en los autobuses de la ciudad, tendría que exiliarme. Bastante he hecho con acostumbrarme a encontrar mi cara en pequeñito en el periódico cuando escribo. Jamás he mirado un programa de televisión en los que aparezco (grabado, quiero decir, lo otro sería imposible...) aunque me han recomendado que lo haga. No quiero. Es como El exorcista: nunca he tenido huevos de ponerme a verla, no sea que descubra lo que no quiero saber.

Este Somniloquio electoral me parece patético. He de decirlo. Ustedes perdonen.

[Foto: Juan Alberto Belloch -sin la pianista- a cara descubierta en un mitin de campaña. Debidamente caracterizado, Belloch haría un magnífico Fu Manchu o también el cochero de Brácula. Al fondo, el rostro terso del presidente virtual: marcelinoiglesias.es].

El viejo desorden

El viejo desorden

Ahora que vuelven a reunirse una buena cantidad de grupos innecesarios (¿era preciso el reencuentro de The Police a estas horas, decidme...), New Order se largan a su casa. Lo anunció el bajista Peter Hook en una entrevista en XFM hace algunos días, así como quien no quiere la cosa, en un comentario al pasar. Por si alguien pensó que le había dado un calentón, lo ratificó algunos días después. Los chicos ya no están juntos. Para mí New Order aún suponen la posibilidad de sentirme falsamente joven mientras escucho sus canciones. Bizarre Love Triangle o Blue Monday, desde luego Regret o World In Motion son las canciones que me ponía muchos días antes de salir, bien altas, demoledoramente altas, para que me rodearan y tomaran la casa al asalto, por invasión salvaje, con la estridente maquinaria de sonidos de alta frecuencia. Ese efecto Dorian Gray tiene algo que ver con la leyenda, supongo, porque siempre se dijo que New Order habían vendido su alma al diablo para que triunfase su primer gran éxito, Blue Monday, el maxi más vendido de la historia de la música según leo en algún lado con considerable sorpresa. Debe de ser que en los ochenta aún había lugar para un cierto orden, nuevo orden, claro está. Ahora regresa el viejo desorden, la irrefrenable edad, el envejecimiento de los mitos efébicos. No me despido de New Order porque están en mi librería y los voy a poner cuando quiera. A mí aún me gustó bastante Get Ready, un trabajo que ya venía claramente fuera de hora, pero me pareció que bien defendido. He de reconocer que Waiting For The Sirens Call, su último elepé del 2005, anunciaba que el pacto con el demonio había caducado. Que decaía el rostro de Dorian Gray en el retrato que cuelga sobre el muro. Hoy es lunes. Monday. Blue Monday.

Construcción

Construcción

He estado con Alicia, otra vez en su lado del espejo, como me suele ocurrir. Alicia me da un beso y otro, con un esponjoso abrazo igual que siempre, y sin más intermedios me dice:

-Me tienes que contar muchas cosas de Hawai.
-Pero si ya te he contado todo -protesto.
-Pues otra vez.
-¿Qué quieres que te cuente?
-Lo del barco en el fondo del mar.

Desde que supo que íbamos a Hawai, Alicia quiso venir. Ocurrió en medio del apogeo de su periodo Lilo&Stitch, que había convertido Hawai en un territorio mágico y feliz para ella, un lugar al otro lado del espejo en el que todo sería posible. Le parecía raro que yo quisiera estar ahí; yo no podía ser un personaje de Lilo&Stitch porque ya no me corresponde. Algún día le explicaré que mi fascinación hawaiana proviene en parte de mi irresistible anhelo de viajar al lugar más alejado posible; y también de los relatos de viajes de dos héroes de la Literatura decimonónica: Twain y Stevenson. Alicia tiene un traje completo de bailarina hawaiana, con su corona de guirnaldas, que compramos allá. Le conté que había conocido a una chica que tenía la misma cara que Lilo (y era verdad, la camarera de una alegre pizzería en los bajos del Hilton Hawaian Village, en Waikiki), pero no le impresionó en absoluto esa coincidencia. Hay que decir que en Hawai apenas quedan lo que nosotros entendemos por hawaianos; si acaso un 10-12% de la población total después de haber sido diezmados por enfermedades y epidemias importadas del lejano continente americano (el archipiélago de Hawai es el punto de tierra firme más alejado de un continente). Lo que quedó fue una alegre mezcla compuesta por americanos ortodoxos, razas minoritarias y una colonia japonesa imponente. Sí... hay miles y miles de japoneses en Hawai. No de visita, no. Viven ahí. Otro día hablaré de eso. A Alicia tampoco le interesa que en Honolulu haya japoneses por todos los lados. Ella sabe bien lo que quiere oír. El relato del barco que reposaba en el fondo de la bahía.

-Cuéntame otra vez lo del barco.
-Era un barco hundido que bajamos a ver. Nos tiramos al agua y el capitán de nuestra embarcación descolgó el cabo del ancla por debajo. Yo iba con Jen. Hay que bucear en equipos de dos o tres personas, no más, y cada uno debe cuidar de su compañero en todos los casos.
-¿Había peces en el agua?
-No, al principio no. Nos agarramos del cabo del ancla y comenzamos a bajar. El agua estaba tan clara, como una piscina, que desde la superficie veíamos abajo, al fondo, la silueta gris del barco. Otros iban delante y su respiración se transformaba en burbujas traslúcidas que subían hacia nosotros, haciéndose cada vez más grandes,como enormes y hermosísimas setas transparentes, por el efecto inverso de la presión. Era todo muy azul, precioso. ¿Te gustaría bucear conmigo?
-Uhmm, sí... -dice sin mucha convicción, como sopesando los temores-. ¿Vísteis peces?
-Vimos peces y tortugas marinas enormes.
-¿Qué peces? -con Alicia las generalizaciones no valen; conoce el nombre de un buen número de peces que yo ignoro, y también el de muchos animales terrestres que los adultos no identificaríamos casi nunca. Como yo soy un asiduo de los documentales de bichos, estoy medianamente preparado para hacerle frente.
-Había peces payaso, un pez globo -esto me lo invento-, había frailecillos, y todo tipo de peces tropicales, de muchos colores.
-¿Qué son peces tropicales?
-Los peces que viven en las aguas de los países del trópico.
-¿Qué es el trópico?
-Una zona de la Tierra con temperaturas muy cálidas y estaciones cambiantes, una en la que llueve mucho y otra seca. Por eso hay selvas, mucha vegetación, muchos animales raros..
-¿Como en África?
-Más o menos.
-También me dijiste que habías visto una morena.
-Sí. Una pequeñita, un bebé. Apareció nadando de abajo arriba en una de las columnas de acero del barco hundido y se escondió por un hueco antes de que pudiéramos verla bien.
-¿Había pirañas? -aquí cambia la cara y pone esa mueca de miedo o asco o aprensión muy característica.
-Noooo, no hay pirañas en el mar. Las pirañas están en algunos ríos de Suramérica, como el Amazonas.
-No me gustan las pirañas. ¿Seguro que no había?
-No había.
-¿Y ballenas?
-Ballenas hay, pero no vi.
-Pero me dijiste que habías visto ballenas...
-No, eso fue en Argentina, en otro sitio.
-¿Eran ballenas como la de Pinocho?
-No sé qué tipo de ballena era la de Pinocho. Éstas eran ballenas jorobadas... Ya sabes que hay muchos tipos diferentes.
-Sí. Las ballenas me gustan, pero no me quiero bañar con ellas.
-Yo tampoco, son demasiado grandes. Pero son muy bonitas.
-¿Cómo son?
-Tienen la piel oscura, muy recia y con arrugas. Con costras y postillas por los parásitos que anidan en ellos. Son como verrugas. Tienen en la boca una cortinilla grande de pelos para retener el plancton y que salga el agua. Así se alimentan.
-¿Qué es el plancton?
-Bichitos y nutrientes que están en suspensión en el agua y de los que se alimentan las ballenas.
-Bichitos en el agua... -pondera.
-Pero no se ven.

Otra vez la cara de asco. Uno no quiere bichitos en el agua, está claro. Alicia quiso trabajar en un circo, ser domadora de caballos, y ahora ha decidido que se dedicará a la Veterinaria... aunque antes tendrá que sobreponerse a algunos temores más o menos superables. Por ejemplo, el miedo a los caracoles. Se ríe, pero yo siempre la apoyo. De niño yo tenía mucho miedo a las babosas. Además, Alicia dice con mucho tino:

-A los caracoles no hay que curarlos.

Alicia me ha dejado ver un dibujo coloreado que hizo en el colegio. Está en la foto. Tenía que dibujar una casa y a algunas personas. Me ha impresionado la forma medianamente abstracta y colorista de hacerlo. Le pido que me explique qué es lo que se ve:

-Esto es una construcción.
-¿Una casa?
-No, una construcción. ¿Es que no lo ves?
-Sí.
-Tiene casa, pero también es castillo -miro a las almenas y al arco cromático del frente, sobre el lado izquierdo-, y muchos ladrillos de colores.
-Me encantan los colores. ¿Quiénes son las personas que hay ahí?
-Ésta es mi amiga Alicia, ésta es mi amiga Teresa y ésta soy yoooooooooo -alarga el pronombre en un grito divertido.
-Y este humo que sale...
-Pues la chimenea. ¿Qué va a ser?

Me gusta la construcción de Alicia. Me gusta mucho. Con esa deriva de las formas, como en las casas de los cómics o de las películas de Tim Burton (me recuerda mucho a la de Charlie en Charlie y la fábrica de chocolate). También parece una locomotora disparada valle abajo, con la chimenea de carbón a todo meter. Y la mezcla rutilante de rojos, amarillos, naranjas, verdes que parece el recuerdo impreciso que Cortázar tenía de los baldosines del parque Güell... Alicia escribe y dibuja con cierto desinterés, como si anticipara que la letra suele deteriorarse con el paso del tiempo, por la distracción del cerebro en otros asuntos más acuciantes que enlazar las letras o terminar la 'o' con un lacito. Pero esta Construcción la ha colgado en la pared de su terraza y yo la cuelgo aquí.

No me gusta regresar del otro lado del espejo. Es un lugar del que no saldría nunca. Alicia va a cumplir seis años y camina con inconsciente decisión hacia los límites de ese mundo. Su cabecita me ha mostrado con este dibujo lo que yo interpreto como una emocionante capacidad de abstracción. Me gustaría que la conservase, para poder comunicarnos de un modo personal y privado como yo quiero creer que hacemos ahora. Una cabecita abstracta no sirve de nada en el día a día, yo lo sé bien; pero al menos solventa tardes ociosas porque uno se puede meter en casa mano a mano con sus abstracciones y sobrevivir lo que haga falta sin necesidad ni deseo de las cosas concretas y aburridas de la vida. Una cabeza abstracta ayuda también a demoler el silencio de las horas de soledad; aunque otras veces lo inflama hasta la agonía, como hace el viento con el fuego.

Me pregunto si esta larga guerra interior que sostengo (construcción sin almenas ni vivos colores) precisa de tantas víctimas. 

Hombres misteriosos

Hombres misteriosos


He pegado el oído a la sección Vivir de Cine de estos Somniloquios y me he dado cuenta de que suena a hueco como las tripas de un perro vagabundo. Últimamente voy entre poco y nada al cine, aunque no me preocupa mucho ni siquiera a mí, que he sido de ver cuatro películas por semana. Si este blog estuviera dedicado a la crítica sería peor, pero este blog no está dedicado a nada en particular, lo que lo hace muy cómodo. Hay quien piensa que debería intentar alojarlo en alguna página de referencia, la de un diario o algo así, para que lo leyera una cantidad impensable de gente y se pudieran enzarzar en los comentarios durante cientos y miles de respuestas y réplicas que yo aborrecería. Lo siento, pero no logro que me interese. Tampoco sé si le interesaría a alguien. Pero sospecho que si convirtiese Somniloquios en una obligación demasiado concreta, lo cerraría antes de que me devorase. Es así, vivo a medio camino entre la diletancia, la bohemia y la gilipollez, según opiniones. El caso es que voy poco al cine. En realidad, no voy mucho a ningún lado. Pero me da pena que el tema Vivir de cine luzca tan mal alimentado. Así que contaré que últimamente he visto ’Sunshine’, de Danny Boyle, y ’El buen pastor’, dirigida por Robert de Niro.

Parece claro que me rijo por el principio de autor instaurado por los muchachos de Cahiers du Cinema en los 70, cuando Truffaut y otros agudos comenzaron a reivindicar a los directores como auteurs. Danny Boyle (el genio detrás de ’Trainspotting’) cuenta en ’Sunshine’ la aventura de unos astronautas que viajan hasta el Sol porque el sol, amigos, se muere, se está apagando. Y el plan consiste en arrojar en esa piscina redonda de fuegos un par de bombas atómicas o algo así que lo reactiven y salven a la Tierra de la helada que se viene, que es para agarrarse. Contado de este modo, uno no tiene ganas de ir a ver la película ni en pintura. Pero la verdad es que ’Sunshine’ no tiene nada que ver con ’Armaggedon’ o ’Deep Impact’ o alguna de esas tonterías de héroes americanos que le ahorran al mundo un disgusto (a cambio, claro, de darle otros). No. ’Sunshine’ está más cerca del filo psicológico o filosófico o visual de ’2001. Una odisea del espacio’ o de ’Solaris’ (la de Andrei Tarkovski, no la revisión reciente de Steven Soderbergh), y en un momento dado gira hacia la órbita de ’Alien’. Hay quien ve de hecho en la película de Boyle un mero pastiche de otras películas. Depende de cómo se mire, pero puede ser. A mí no me importa que las películas recuerden o se parezcan a otras películas, siempre que sean buenas. ’Sunshine’ no es una película del espacio al uso y tiene un reborde de experiencia visual que me estimula bastante. Más allá de que uno sostenga una postura más o menos cínica y crédula con este tipo de historias de ciencia-ficción, más allá de la lógica de las cosas que se ven o se hacen en la narración, ’Sunshine’ me falló en el inexplicado tramo final, en el que un personaje espectral le hace un buen daño a la credibilidad y coherencia del resto de la trama. Pero a esta película le guardaré un agradable recuerdo, que no es lo de menos tal y como están los tiempos...

No me pasará lo mismo con ’El buen pastor’, que empezó con lío porque enchufaron la pantalla sin apagar antes las luces de la sala y yo, que estoy peleón últimamente, me fui directo contra el acomodado acomodador para decirle que, por favor, había empezado la película y que apagasen la iluminación de una puta vez; a lo que el acomodador, al que el chalequito azulón le subrayaba sus afectados movimientos, me contestó con indolencia femenina: "Ahí abajo está el encargado para que le proteste si quiere". Ya reinstaurado en mi butaca junto al resto de borregos a los que igual les hubiera dado que no apagasen las luces en toda la noche, vi ’El buen pastor’, la enrevesada historia del nacimiento de la CIA y de la ejecutoria de uno de sus fundadores, un agente encarnado por el impasible Matt Damon. Pronto me di cuenta de que el resto de espectadores no se habían molestado en lo de las luces porque no merecía la pena. ¿Cómo lo sabrían? Todo es interesante en esta película, menos la película. La historia, los conflictos interiores de los personajes, los actores, el elenco en general, la mano del director, la ambientación, el fondo musical, la trama... Todo bien, pero a Robert de Niro le han escrito una historia demasiado enrevesada como para defenderla con honor. Y aunque lo intenta, no lo consigue. Los actores no les encuentran ni el cuerpo ni el alma a sus personajes, las tramas se ramifican en subtramas que dibujan horribles meandros y dejan al espectador tirado en una cuneta en medio de ninguna parte; todo el conjunto viene y va y, por más que uno se concentre (cosa que yo no hago), poco a poco pierde pie y acaba por no importarle quién es quién y para qué. Dado que dura dos horas y media, lo bueno es que da tiempo en ocuparse de otras cosas. Como reflexionar en silencio, practicar los actos de contricción, resolver conflictos interiores si los hubiere, o decidir si es menos favorecedora la cara de Gustavo Alcalde o la de Domingo Buesa en la cartelería de campaña del PP; o tratar de encontrar un solo hecho concreto, real, del inexcrutable y melifluo Marcelino Iglesias que justifique su indiscutible reelección como presidente de Aragón.

Como yo no me dedico a esas cosas, me puse a pensar en el Hombre Misterioso, ese personaje de David Lynch que me acojonó tanto en ’Carretera Perdida’, en una de las escenas más aterradoras que yo, gran miedoso, haya visto jamás. A Mystery Man lo encarnaba Robert Blake, quien se pintó la cara de blanco y se hizo peinar como el abuelo de los Monster, más o menos, para darle a su personaje ese aspecto inquietante, diabólico, de conciencia demente. He encontrado la escenita en la fiesta en la que aparece por primera vez el Hombre Misterioso y sostiene ese diálogo atroz con el enloquecido protagonista de ’Carretera Perdida’, otra película de Lynch imposible de entender salvo que uno sea un esquizofrénico o un loco. Sin embargo, la mayoría resultan subyugadoras gracias a su delirante poder subconsciente y simbólico. Revisando ahora la escena ni me inmuto, pero si uno la ve enmarcada en la historia que David Lynch está empezando a contar, de verdad que te deja helado del canguelo. Yo no me salí del cine Renoir porque Pab me agarró del brazo. Le dije: "Chato, estoy acojonado". Y él contestó: "Yo también, pero ahí quieto". Dejo el enlace para quien desee verla ahí arriba y reproduzco el diálogo. 

Mystery Man: We’ve met before, havent’ we?
("Nos conocemos, ¿no?").

Fred Madison: I dont’t think so... Where you think we met?
("Me parece que no... (Pausa) ¿Dónde cree que nos conocimos?").

Mystery Man: At your house, don’t you remember
("En su casa, ¿no se acuerda?").

FM: No, no I don’t. Are you sure?
("No. ¿Está seguro?").

MM: Of course... As a matter of fact I’m there right now.
("Claro... De hecho, ahora mismo estoy allí").

FM: What you mean? You are where... right now?
("¿Qué quiere decir? Dónde dice que está... ahora mismo?").

MM: At your house...
("En su casa").

FM: That’s fucking crazy, man.-
("Eso es una locura, tío").

MM: Call me... Dial your number. Go ahead.
("Llámeme... Marque su número. Vamos").

MM (al otro lado): I told you I was here.
("Ya le dije que estaba aquí").

FM: How you did that?
("¿Cómo ha hecho eso?").

MM: Ask me.
("Pregúntemelo").

FM: How you get inside my house?
("¿Cómo ha entrado en mi casa?").

MM (al otro lado): You invited me. It is not my costume to go around not wanted to.
("Usted me invitó. No es mi costumbre ir donde no soy bien recibido").

FM: Who are you?
("¿Quién es usted?").

MM: jajajaja... (Y al otro lado): Give me back my phone... It’s been a pleasure talking to you.
("Jajajajaja.... Devuélvame mi teléfono. Ha sido un placer hablar con usted").

[Foto: Robert Blake, en el papel del Hombre Misterioso. A Robert Blake lo recordamos todos aun cuando no lo reconozcamos: era Tony Baretta en la famosísima serie policial de los setenta. Cinco años después de aparecer en este memorable y muy lynchiano papel (’Carretera perdida’ es de 1997), Robert Blake fue acusado de asesinar a su mujer Backley. La historia roza lo surreal. Backley era una cazadora de celebridades y sus fortunas que andaba liada con el hijo de Marlon Brando cuando se quedó embarazada. Resultó que el bebé no era de Brando Jr. sino de Robert Blake, que andaba culebreando fuera de la escena. Blake se casó con ella. Una noche, a la salida de Vitello’s, un restaurante italiano, Backley apareció con un disparo y Baretta no pudo explicar bien del todo por qué no había de ser el culpable. El largo y costoso juicio terminó con un veredicto de inocencia para el actor, que desde entonces cuida y educa amorosamente a su hija, dicen].

En algún lugar

En algún lugar


Aquí dejo Somewhere, una canción de amor desesperanzado, de esas que todo el mundo hace suyas alguna vez. Hace tiempo que la quería poner, desde que vi por última vez West Side Story. Personajes y canciones encantadoras para un Romeo y Julieta tan bien concebido, creo, que no permite que el tiempo se le meta a la película por las ranuras y la oxide. Los grandes musicales... Me encanta la versión de Tom Waits, áspera y cavernosa, delicadamente oscura. Sólo la encuentro en una breve versión en YouTube, montada sobre un vídeo de cierta organización contra el abandono de animales. El que la pueda recuperar, que lo haga. Yo la tengo en una vieja cinta de cassette y en versión digital... y siempre caigo en el cassette. Ahí va el grito de Tony y María... 

Somewhere

There's a place for us,
Hay un lugar para nosotros 
Somewhere a place for us
En alguna parte, un lugar para nosotros.
Peace and quiet and open air
La paz, la tranquilidad, el aire libre
Wait for us
Nos aguardan 
Somewhere
En algún lugar 

There's a time for us,
Hay un momento para nosotros 
Some day a time for us,
Algún día, un momento hecho para nosotros 
Time together with time spare,
Un momento para estar juntos, con tiempo de sobra 
Time to learn, time to care,
Con tiempo para aprender, con tiempo para cuidarnos 
Some day!
¡Algún día! 

Somewhere.
En algún lugar 
We'll find a new way of living,
encontraremos una nueva forma de vivir
We'll find a way of forgiving
encontraremos un modo de perdonar
Somewhere . . .
en algún lugar

There's a place for us,
Hay un sitio para nosotros 
A time and place for us.
Un momento y un lugar para nosotros 
Hold my hand and we're halfway there.
Toma mi mano y estaremos más cerca 
Hold my hand and I'll take you there
Toma mi mano y te llevaré hasta allí
Somehow,
De alguna manera 
Some day,
Algún día
Somewhere!
En algún lugar