Blogia

Somniloquios

País...

País...

La mitad del público rechaza el cine español por "intelectual".

Si la mitad de este país considera "intelectual" el cine español, lo que está muy jodido no es el cine español (que sí) sino sobre todo el público.

[Foto: El insoportable cartel de 'Volver', esa obra capital del pensamiento moderno figurada por el intelectual Pedro Almodóvar].

Melancolía de terciopelo

Melancolía de terciopelo

No encuentro mucho de lo que hablar, aunque pienso en muchas cosas. Estoy en desconexión emotivo-sensorial casi permanente. Para protegerme, me he vuelto concreto, camino mirando al suelo con el fin de no tropezar y organizo cada minuto al segundo, no sea que me salga de la baldosa enrejada en la que me toca estar durante un tiempo. Desde hace unos días oigo que Sunday Morning, de la Velvet Underground, suena en un anuncio de televisión. Siempre fue una música muy querida. Hay pocas canciones que expresen mejor la serena nostalgia que se nos va incrustando con el paso de los años. Los domingos muy de mañana siempre fueron terreno resbaladizo. Todo demasiado quieto y todo demasiado agitado, la caída de las emociones nocturnas por un tobogán ingrato. Recuerdo bien aquellos amaneceres en Londres, las cinco de la mañana, un sol apenas tibio y precoz, pero de claridad muy rotunda para esas horas. Sentados en las escaleras del patio trasero, mirando a los ojos a un gato (como miran los gatos a los ojos, con fijeza terrorífica) para vaciar la última lata de John Smith's Extra Smooth. El amanecer como metáfora del despertar, caer en la cuenta de que empieza otro día, otro momento, otro lugar. Que todo se va perdiendo y todo queda atrás. Y otras cosas delante. Y tú, en el medio.

Sunday Morning

Sunday morning, praise the dawning
Mañana de domingo, alaba este amanecer
It's just a restless feeling by my side
Es esa sensación de cansancio que me acompaña

Early dawning, Sunday morning
Amanecer temprano, mañana de domingo
It's just the wasted years so close behind
Son los años malgastados tan cerca, a tu espalda

Watch out the world's behind you
Cuidado, el mundo está a tu espalda
There's always someone around you who will call
Siempre hay alguien alrededor que llamará
It's nothing at all
No es nada

Sunday morning, and I'm falling
Mañana de domingo, y me estoy viniendo abajo
I've got a feeling I don't want to know
Siento algo... de lo que no me quiero enterar
Early dawning, Sunday morning
Amanecer temprano, mañana de domingo
It's all the streets you crossed, not so long ago
Son todas las calles por las que has cruzado, no hace tanto

Watch out the world's behind you
Cuidado, el mundo te persigue
There's always someone around you who will call
Siempre hay alguien alrededor que va a llamar
It's nothing at all
No pasa nada.

Sunday morning
Sunday morning
Sunday morning

Cumpleaños total

Cumpleaños total

 

Alicia cumplió el sábado seis años. Ansioso, la noche anterior la llamé por teléfono para hacernos una conversación previa de cumpleaños como mandaba el caso. Es decir: comentar qué tal le van a caer, cambios que prevea o haya podido observar de antemano en el paso de los cinco a los seis, qué espera del día, cómo y dónde lo vamos a celebrar... Ese tipo de cosas que uno comenta antes de un cumpleaños. He decidido que a partir de ahora Alicia y yo celebraremos juntos nuestros cumpleaños, aunque estén separados por diez meses de distancia y aunque nadie más lo sepa ni se entere. Esos detalles carecen de relevancia. A nadie le importa cuándo cumplo yo mis años y, en todo caso, a nadie le interesa celebrarlo. Ni siquiera a mí mismo. Pero he pensado que, si lo reúno imaginariamente con el de Alicia, me va a salir mejor. Con Alicia sí me apetece celebrarlo: delego en ella la alegría, la ilusión, el nerviosismo por los regalos y la fiesta. También lo de soplar las velas. Ella hace todo eso mucho mejor que yo.

-¿Qué te van a regalar? -le pregunto. Es como decir: ‘¿Qué nos van a regalar?'.

-Un telescopio para mirar las estrellas.

-¿De verdad?

-Sí. ¿Te gusta?

-Me encanta. Siempre había querido tener un telescopio para mirar las estrellas en las noches de verano.

Y es verdad que siempre lo había querido. Una noche muy clara en Hervey Bay, en la costa oeste de Australia, nos tumbamos con nuestras cervezas en unos jardines en plena calle y pasamos un buen rato mirando a las estrellas, a la Cruz del Sur, mientras alguien explicaba que en el Hemisferio Sur no se ven las mismas constelaciones que en el Norte. O al menos se ven algunas específicas. Yo no me moví: no tengo ni idea. Pero siempre me hubiera gustado tener un telescopio.

Está muy extendida la costumbre de mentirles a los niños, pero yo a Alicia no le miento jamás. Dado que me paso el tiempo engañándome a mí mismo, para ella reservo las verdades. El caso es que yo quería un telescopio pero de una forma muy leve, sin atreverme nunca a mencionarlo porque nunca creí poseer la inteligencia necesaria para mirar por un telescopio. Habrá quien diga que no hace falta ningún talento especial para poner el ojo en la mirilla y apuntar a alguna de las luches del techo solar, pero a mí no me llega para eso. Lo sé desde que metía 5 pesetas en los miradores azules que había en la ribera del Ebro, en el Paseo Echegaray, cuando era crío. Nunca veía nada si es que había algo que ver. Los catalejos azules han desaparecido. Levantaron el paseo y lo volvieron a dejar en su sitio, con un carril verde del lado del río, un carril para bicicletas por el que pasa una bicicleta cada tres días. Así las bicicletas pueden no circular pero al menos no circulan con toda comodidad, mientras los coches circulamos con toda incomodidad. Con el tiempo me he preguntado qué había que mirar en esos telescopios azules que con tierna ingenuidad pretendían hacer del paseo un paseo marítimo sobre el Ebro. Pero me gustaban. Aunque no viera nada.

-Me encanta el telescopio. ¿Me dejarás ver las estrellas?

-Claro. Las estrellas y los planetas. Porque también se ven planetas, ¿no?

-Bueno -trato de pensar rápido-, los planetas no sé si se ven... Están muy lejos. Sé que Venus sí se ve.

Lo sé porque se ve a simple vista: un punto de leche muy brillante, más grueso que una estrella, sobre la alfombra negra. Venus tilila con levedad mortal. Si es que es Venus...

-¿Se verá Marte? -insiste Alicia.

Dudo. No quiero decirle que vamos a ver Marte y que después Marte no se vea porque el telescopio no da más que para mirar a las vecinas, como hacía Hitchcock en Tinseltown: el señor Alfredo tenía el suyo entre las cortinas, apuntando a las ventanas de Grace Kelly al otro lado del valle (lo cuenta Kenneth Anger en Hollywood Babylonia).

-Marte no sé si se verá -reacciono-. Pero podemos ver la Luna con todo detalle, los cráteres y todo.

-Vale, la Luna está bien. Pero me gustaría ver Marte.

A quién no.

-Habrá que esperar a que no haya nubes. Si hay nubes no se ven los planetas ni las estrellas.

-¿Por qué? -se sorprende Alicia, como si hubiera un error en el sistema o incluso un fallo de fabricación, que ha detectado de antemano, en el telescopio que le van a regalar.

-Bueno, porque las nubes tapan el cielo. Si hay nubes, ¿sabes cuál será el único planeta que podrás ver?

-No.

-La cabeza de papá... que está llena de extraterrestres.

Alicia se ríe. Alicia se carcajea. Alicia se encana. No puede parar de reírse.

-Mañana se lo dices a papá.

-No, no... díselo tú.

-Se lo tienes que decir tú.

Y Alicia se lo dijo. Y se rió igual que por el teléfono, un poco descontroladamente, como si se le hubiera soltado el cable que sujeta la risa o le patinara. Pero hablábamos de Marte, y desde luego que vamos a ver Marte. Aunque estoy al otro lado de la mesa, Alicia me llama a gritos cuando le dan el telescopio de regalo:

-Mariooooo -es raro que no me añada el parentesco, pero me gustaría que no lo hiciera nunca-. ¡Marioooooo, el telescopio!.

Voy a verlo. Es precioso. Viene en una maleta gris plateada, rectangular, como una caja de herramientas enorme pero con un uso mucho más respetuoso con los vecinos, y desde luego infinitamente más interesante que hacerte una carretilla para transportar geranios con un par de tablones que te sobraron de la última obra. No es que sea precioso, es que es alucinante. Más aún que un caleidoscopio que me había enseñado la última vez (también quise tener siempre un caleidoscopio). El telescopio Viene con un libro-catálogo de estrellas, constelaciones, planetas, nebulosas, cometas, cuerpos y sucesos celestes con el que vamos a pasar horas mirando al cielo y leyendo los nombres y pensando lo lejos que están y explicándole a Nicolás -como hice aquella tarde que anochecía en el parque- por qué la Luna se ve más grande unas noches que otras, cómo lo que está lejos se ve pequeño y lo que está cerca se ve más grande. Le vamos a enseñar muchas más cosas.

Luego soplamos las velas, comimos tarta, nos pusimos los bañadores y nos bañamos los cuatro, con Isabel y Nico; yo le había regalado un pequeño equipo de buceo a Ali (otro regalo para mí mismo), pero no acertamos a ponérnoslo y mirar debajo del agua y respirar al mismo tiempo por el tubo, así que lo dejamos para otro día y nos pusimos a tirarnos los unos a los otros por el aire, volando para caer en el agua. La piscina era de 1.07 y Alicia hacía pie (tocaba). Hacía un poco de frío pero no queríamos salir. Después vino una tormenta, susurraban enfurecidos los árboles y tuvimos que salir corriendo del agua, secarnos rápido e ir a cubierto. Aún nos dio tiempo a jugar un poco al balón con Nicolás, que le pega con las dos piernas y bota muy bien con la izquierda. Enseguida se puso a llover y cayeron tres mil rayos sobre los montes del Cabezo de Buenavista o más allá, en ese lugar incierto en el que casi siempre están las tormentas.

De Alicia envidio su capacidad para desear cosas diferentes de forma constante y muy serena. Si no las consigue, razona la relativa importancia de la pérdida y se sobrepone de inmediato. Enseguida se le ocurre otra ilusión con la que sustituirla. Por ejemplo, yo sólo quise ser periodista y no se me ocurrió nada más, ni ahora ni antes. Alicia, sin embargo, primero quiso ser domadora en un circo, después veterinaria y ahora duda si hacerse astrónoma. Con una noche así, no pudimos mirar por el telescopio. Pero no importa. Lo habíamos pasado de miedo. Y aunque hoy también llueve, quedan muchas noches, muchas, muy largas, como mis noches de ahora, largas y un poco tristes si uno se descuida. Noches interminables para no dormir, para despertar llorando o para sentirnos bien en las horas intermedias y procurar que duren, aferrados a las esquinas del tiempo para que no se nos lleve el aire traicionero de las tormentas, que te puede dejar paralizado. Noches para mirar a las estrellas y los planetas con Alicia. Aunque yo no lo consiga, ella seguro que ve Marte.

Los días de El Elegido

Los días de El Elegido


Esta noche comienza la final de la NBA: LeBron James (los Cleveland Cavaliers) contra los San Antonio Spurs. Mitad verdad, mitad mentira. LeBron es un jugador embustero, que ha engañado como a chinos a los Detroit Pistons, los tipos más avisados del mundo desde los días de Billy Laimbeer. James los ha terminado sacando de sus casillas en la final de la Conferencia Este (4-2) y ahora el desafío se hace mayúsculo: embromar con su juego de despiste y el ritmo engañoso de su equipo, y los francotiradores ocultos, y los actores secundarios, al bloque de granito más impenetrable de la Liga, los San Antonio Spurs. James no es Jordan ni es Magic, pero permanece por ahora en algún punto intermedio entre ambos, lo que no es una mala acción ni una posibilidad sencilla de defender. Hace años que no veía a un jugador exterior con un baloncesto tan inteligente y variado, con una interpretación así de diversa del juego, con una elección tan precisa de las opciones. LeBron no es Jordan, ni Magic, tampoco un tirador como Bird, un atleta imparable como el Dr. J o un funambulista de lo imposible del tipo Kobe. Llevo tiempo mirándolo de cerca y aún no sé qué es LeBron James, salvo un juego de espejos de otros y de sí mismo. De aquí a las próximas horas, a los próximos días, vamos a analizarlo. A tratar de descubrir la verdad, si es que la hay.

LeBron disimula con notable habilidad su condición de súper estrella. Salvo por la liturgia de la nubecita de talco con la que inicia cada noche de partido, casi nada en él recuerda el exhibicionismo viril de los grandes jugadores de los últimos tiempos. No parece poca cosa ni escasa singularidad para alguien al que la publicidad comenzó a llamar Mesías o el Rey James mucho antes de su ingreso en la edad adulta; desde luego, mucho antes de su llegada a la NBA. Contra todo pronóstico, LeBron se comporta en la cancha con un lenguaje gestual y un modelo de juego ajeno a la ansiedad o el exceso ególatra. Un día gana el partido solo y al siguiente se oculta a medias en las entretelas de su equipo, y se deja llevar hasta los 20 puntos con un buen número de fallos y cierta sensación de inconsistencia. Sin embargo, mirado en detalle, resulta que ha terminado por ser el responsable principal del triunfo, aunque los números no lo digan. Michael Jordan alabó el otro día la presencia de James en la final y el logro que suponía. Entre otras cosas, la NBA está encantada de que todos hablemos del desafío de LeBron y no de las virtudes colectivas e individuales de un equipo de brillante sobriedad como San Antonio. Pero Jordan también apuntó: "A LeBron le falta consistencia: cuando uno es la estrella y tu equipo espera que ganes los partidos, no puedes meter 50 puntos una noche y desaparecer a la siguiente". Eso mismo pienso yo. La pregunta es ésta: ¿Su frecuencia alterna oculta un error en el sistema o se trata de una impostura deliberada?

La final con los Spurs puede revelar mucho a ese respecto. Los Spurs no permiten que el contrario juegue al escondite y raramente persiguen un cebo. Los Spurs te van a buscar en las grandes avenidas y en los callejones traseros. Son minuciosos e implacables. Hay una disensión en los ritmos que también será interesante observar. Los Spurs prefieren la velocidad, la decisión explosiva; los Cavaliers juegan al trote y prefieren ataques en medio campo. A Detroit lo confundieron tanto que los Pistons acabaron por correr, lo que no hacen nunca. En realidad, Detroit se pasó la Final de Conferencia dudando si atrapar a LeBron James en sucesivos dos contra uno o anticipar sus pases extra y las inversiones del juego al hombre libre del otro lado. En esa duda se les escapó la serie. A San Antonio le llega para atender a todo y a más. La nómina de cazadores de hombres que pueden defender a LeBron espanta a cualquiera: Bruce Bowen para empezar (quizás el defensor más conspicuo de la NBA); Michael Finley, Ginóbili, Brent Barry o el buscavidas llamado Robert Horry... Los hermanos Anglyn tenían más fácil escapar de Alcatraz que LeBron de esta encerrona. Interesante punto de partida para pasar en blanco unas cuantas noches de este junio sombrío.

Apéndice del partido 1: San Antonio, 85-LeBron Cavaliers, 76

  • Cambio con urgencia la foto, porque a James se le quedó esa cara: 14 puntos, 4 de 16 en tiros de campo, seis pérdidas de balón. El proceso de aprendizaje, que dice Daimiel, es así. Doblado o triplicado en defensa, los Spurs le cerraron todas las salidas y aun las entradas a las jugadas.
  • Para los de las comparaciones: Michael Jordan anotó 36 puntos a los Lakers en su primera final de la NBA. Después, se los merendó poco a poco.
  • Lo mejor de la noche: el bloqueo y continuación (pick and roll le dicen) de Duncan y Parker. 24 y 27 puntos respectivamente. A un mes de su boda con Eva Longoria, Tony Parker ha terminado el largo proceso de convencerme con su juego, cosa que le ha costado lo suyo. La que no me convence es Longoria.
  • Momento de la noche: el caño de Manu Ginóbili en contraataque a Gibson y posterior bandeja, activando el muellecito al final para dejarla junto al aro.
  • Dicho lo cual y una vez constatado que LeBron no podría con lo que se le viene encima a los Cavs, el partido derivó lento pero seguro hacia el coñazo. Dadas las circunstancias, activo la opción REC del dvd grabador al nivel naranja: esto es, los partidos con horario de la costa Oeste directamente los grabo. Benditas finales entre Utah y los Bulls... Aquello sí que exigía el insomnio.
  • Pd.: para el bahiense Marlo... mientras Ginóbili jugaba, el partido en la televisión lo comentaba Pancho Jasen, otro hijo Bahía Blanca. Creo que si no apareces de comentarista a lo largo de la serie es que no hay justicia ni orden.

[Foto: la cambio por motivos obvios. De la risita a esa mueca mirando el marcador o lo que fuera. Pese a lo que pueda parecer, sigo con LeBron].

Dedicatorias

Dedicatorias

Las dedicatorias acostumbran a envejecer tan mal como los amores que las inspiran. En 'El día de la Independencia' de Richard Ford (un libro que dejé hace tiempo y al que ahora he regresado, un libro irónico con amargura, y amargo de ironía, que leo despacio para retrasar su final), Frank Bascombe es un ex periodista deportivo y escritor de relatos retirado, que se dedica a la venta inmobiliaria. Separado, decide pasar el 4 de julio con su hijo, víctima de una trastornada adolescencia, y en el hotel rural en el que se alojan descubre por casualidad su primer y único libro sobre los estantes de una polvorienta biblioteca, en el salón de estar. El hallazgo lo ilusiona de un modo contradictorio. En las primeras páginas encuentra una dedicatoria. Éste es el extracto:

"No parece, de hecho, que hayan abierto nunca el libro (sólo fue expuesto a la lluvia). Paso a la página de la dedicatoria: 'A mis padres' (¿a quién si no?'), a la del título, dispuesto a disfrutar de las líneas 'Frank Bascombe', 'Melancólico Otoño' y '1969', compuestas en vigorosos caracteres Ehrhardt, tan atractivos, y notar la vieja sincronía extenderse hasta aquí y ahora. Lo que pasa es que lo que mi ojo encuentra, escrito en azul sobre la página del título, con una letra que no conozco, es: 'Para Esther, en recuerdo de aquel otoño realmente maravilloso contigo. Te quiere, Dwayne. Primavera de 1970', todo ello tachado con un pringoso lápiz de labios y debajo escrito: 'Dwayne. Recuerdos de dolor. Recuerdos de follar. Recuerdos del más grande error de mi vida. Con mi desprecio hacia ti y tus marranadas. Esther. Invierno de 1972'. Hay una gran huella de unos labios rojos debajo de la firma de Esther, unida con una flecha a las palabras 'Que te den por el culo', también con lápiz de labios. Es muy distinto de lo que esperaba".

[Foto: El escritor norteamericano Richard Ford, uno de mis héroes de los últimos tiempos, en grises y negros. Se puede decir sin exagerar que he sobrevivido en el desierto gracias a sus historias y la voz de Jeff Tweedy].

Mika: la pastilla de la felicidad

Mika: la pastilla de la felicidad

En estas horas absurdas hay que caminar despacio, pegados a la pared. Balón cortito y al pie. Los días se han llenado de socavones con pretensiones existenciales, lo que supone que uno puede levantarse de la cama y antes de llegar al baño (digamos, tres pasos) haber caído en la tristeza, que luego te tiene ya agarrado por los huevos todo el día y a ver quién se suelta sin desgraciarse. Basta una mala elección musical, un instante de debilidad, una palabra o un pensamiento fuera de sitio, una incoherencia, un paso en falso, para derrumbar el día. Así que mi reciente encuentro con Mika, tan improbable, constituye una revelación de primer orden. En realidad, casi todo parece improbable con Mika, el fenómeno musical del momento más allá de los especiales de Rocío Jurado: nacido en el Líbano, de padre estadounidense y madre libanesa (¿hará buenos falafel esa mujer?), emigrado con un año de edad a Gran Bretaña (¿y dónde si no?), Mika se ha proclamado campeón del verano que aún no ha comenzado sin bajarse del autobús. Lo ha hecho con un par de canciones como Grace Kelly y Lollipop, que son como la resultante de meter en una batidora a Freddie Mercury, Rufus Wainwright, George Michael y los Scissor Sisters, cuanto más maricones mejor, aderezar con unas pastis, un sobrecito de gaseosa El Tigre para darle la efervescencia exacta... y agitar bien. O sea, la sonrisa asegurada y el bailecito matinal para derramar el café sobre el teclado, un cheque en blanco de optimismo para unas cuantas horas, una píldora de la puta felicidad, visita urgente al doctor SiéntaseBien sin necesidad de contarle tus fantasmas, la certeza impagable de que eres Superman y ni este día ni cualquier otro te van a poder frenar. Aunque lo parezca, en Mika no todo son falsetes y voces de niños y niñas y cachondeo tierno; con Mika conviene no tomar la parte por el todo. Yo también he tenido la tentación inicial de pensar que tres días seguidos de Mika serían demasiado para cualquiera, y que había un error en el hecho de que esto me guste. Nada de eso. El disco es variadamente protéico. Al muchacho la voz le da para las volteretas laterales, el firulete, la profundidad y hasta para cantar, componer e interpretar temas muy apreciables en registros bien diversos. Firmemente recomendado para estados carenciales del organismo: Life In Cartoon Motion, se llama. Y si no os gusta, os aguantáis.

En cierta ocasión una chica me dijo que su felicidad era el polo de fresa que se comía de niña. Frank Bascombe, el personaje de Richard Ford en 'El día de la Independencia', dice: "¿Lo mejor? Es inútil buscarlo. Lo mejor es un concepto sin referencia desde que has tomado tu primer helado de plátano a los cinco años y descubres, una vez que lo has acabado, que podrías tomar otro". Más o menos eso es Mika ahora para mí. Lo mejor si es que existe: una piruleta de fresa, una tarrina de medio litro de helado (strawberry and cheesecake, de Haagen Dasz, desde luego). Y sobre todo, una onza de chocolate entre dos galletas Chiquilín. A veces la cosa es así de simple. Otras veces no llegas vivo al baño.

Un día cualquiera (A Day In The Life)

Un día cualquiera (A Day In The Life)

El Sargento Pimienta y su club de Los Corazones Solitarios cumplen hoy 40 años. Así que no hay otro modo de hacer las cosas que tomar el album entre los deditos, extraer con cuidado el cd (o el vinilo, si sigue por ahí el plato en el que lo pinchábamos), y agotarlo despacito una vez más, las que hagan falta. El Sergeant Pepper's de los Beatles, esos cuatro señores que reinventaron o inventaron todo con la misma tranquilidad con la que se hubieran comido un plato de aceitunas, cumple 40 años. Hubo un día en que sólo oía a los Beatles; de esos hubo muchos días. Mucho tiempo después, cuando ya les había dado tres mil vueltas a los discos, me gustaba ponérmelos mientras me dormía o cuando llegaba a casa con una cerveza de más. Porque hay un momento de conciencia superior en el que los sentidos parecen abrirse de par en par antes de despedirse del todo, hasta otro día; y en ese instante como de plena conciencia, en la que nada se interpone entre los sonidos y el cerebro, uno apreciaba en el duermevela la extraordinaria, la indecible belleza, variedad, profundidad y alcance de las canciones. Los coros, las segundas y terceras voces, las palmaditas, la sencilla complejidad de la perfección, la reunión de maravillosos detalles en canciones hermosísimas. No sé cómo hicieron para en tan poco tiempo, tan deprisa, y con tan firme convicción y facilidad, alcanzar ese grado de absoluta maestría que ilumina toda la obra. Me ha gustado y me gusta mucho la música, casi todas las músicas; nada me ha gustado ni me gustará tanto como los Beatles. Un día cualquiera, los vuelvo a oír (como hoy) y sigue siendo así. Creo que es ya en lo único en lo que me voy a reconocer toda la vida, sin ningún género de dudas.

[Foto: Ringo, George, Paul y John en la fiesta convocada por su manager Brian Epstein, para presentar a la prensa y los amigos el 'Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band', el disco que, cambió la historia de la música, dicen; el disco capaz de cambiar un día entero o media vida de cualquiera, digo yo (aunque quizás prefiero 'Revolver', no lo sé, porque cada día prefiero uno y cada vez prefiero una canción). La foto, y otras, se puede ver aquí. A splendid time is guaranteed for all..].

Visitante

Visitante

Me miró con severidad.

-¿Quién es usted y qué quiere?

-¿Puedo pasar?

-Por supuesto que no.

Mantuvo la puerta apenas entreabierta, sin retirar la cadena de seguridad. Miró hacia dentro y luego a la calle, más allá de mi hombro. Cerró un poco más. Por un instante me pareció nerviosa, pero no diría que tuviera miedo; yo sé que ella no tiene miedo.

-¿Quién es usted? Si no se marcha voy a llamar a mi marido.

-¿Su marido?

-¿Quién es usted? Me lo dice o se larga...

Su marido. Traté de sostenerme contra el marco de la puerta. Ella se apartó un poco más. Al fondo, a su espalda, se oyó la voz de un chico.

-¡Ahora voy, cariño, estaré contigo en un minuto! -le dijo ella, y su voz sonaba tranquilizadora. Siempre me dio calma.

Se giró de nuevo hacia mí y quedó en silencio. Reconocí la dureza de su rostro, a pesar de que el cabello era otro, más largo, y que aún los párpados se sostenían firmes en su relativa juventud. Al llegar, la visita me pareció ineludible, un modo desesperado de recuperarla más allá de su muerte, ya ocurrida. Ahora empezaba a ver el error. Sentí una punzada de nostalgia del futuro, aunque precisamente el futuro me aproximara a este instante que estaba del otro lado. Advertí la incoherencia de todos esos pensamientos y aun del mismo viaje. Que yo estuviera ahí, visitando a aquella mujer... La amaba. La había perdido. Y sin embargo en este momento ella no era aún mía.

-Yo... necesitaba verte -acerté a decir, solamente.

-¿Disculpe?

-Necesitaba...

Apretó los labios. Estaba a punto de perderla. Debería haberme limitado a observarla, pero llamar a su puerta estaba fuera de los límites. Ella no podría recordar algo que aún no sabía, pero yo albergué de forma estúpida la esperanza de que algún punto de su inconsciente ya me anticipara, y eso produjese un efecto. Nada de eso ocurrió.

-Esto es ridículo, lárguese o llamaré a la policía.

Completé tambaleante el camino de vuelta hasta el punto de contacto y allí cedí a un sueño agitado del que no me repuse hasta varias horas más tarde. Desde el punto de vista de un amante extraviado, la visita había resultado un completo fracaso, y empeoró mi estado. Al menos, los mandos quedarían conformes con el experimento. Yo lo había propuesto y ellos aceptaron porque les iba a servir para intereses menos complacientes que el mío. Como me habían anunciado, los detalles del encuentro comenzaron a desvanecerse a las pocas horas y en su lugar se abrió paso un intenso dolor, que partía del lóbulo occipital para extenderse hacia el frente de la cabeza. El proceso de olvido es angustioso, pero los protocolos se aseguran de que no guarde memoria alguna de esa tarde. Respecto a ella, yo provoqué el error y supongo que se ocuparían los equipos especiales. Prefiero no pensarlo: hacerle daño hubiera sido aún peor que lo que me esperaba por haberme saltado las reglas. Escribí como pude el informe de la misión y algunas anotaciones personales en mi diario, de las que extraigo estas líneas. Al anochecer salí a caminar sin rumbo. Luego volví a la cápsula y de forma metódica dispuse todo para el regreso.