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La profecía del taxista

La profecía del taxista


En estos cuatro años he escrito mucho sobre Gabriel Milito, por el que sentí indisimulada predilección desde antes de su llegada al Zaragoza. En Milito se da todo lo necesario en un jugador para hacerlo irresistible a la vista y la escritura: la prestancia de las formas, el carácter, eso que un amigo llama el poder de la argentinidad (tan apreciable para las descripciones de quien observa), el talento para competir y sobreponerse. Hay jugadores que son blandos, precisos para la semblanza y el elogio medido; otros resultan tan excesivamente perfectos que uno no puede hablar de ellos sin incurrir en el ditirambo o la promiscua exageración de floripondios. Diríamos que son más grandes que las palabras: ¿Cómo expresar a Maradona o a Michael Jordan? ¿Cómo añadirles matices a sus hechos, a su estilo, a las maravillas que frecuentan? ¿Qué decir de Ronaldinho o de Messi que no se haya dicho o suene a frase poética común? Con Milito no es así: se deja contar. Me gusta releer las cosas que he escrito de él, y eso no sucede ni con todos los futbolistas ni desde luego con todos los textos. Ahora que ya no pertenece al Zaragoza, siento por su marcha la misma nostalgia que he descubierto otras veces cuando se llevan a algunos futbolistas. No a todos. La primera vez me ocurrió con el Lobo Diarte, al que de niño nunca me gustó ver con las camisetas del Valencia o el Betis.

En estos cuatro años he conocido parcialmente a Gabriel Milito, con el que tuve una buena relación personal desde su llegada: siempre se portó de forma generosa conmigo en el día a día y cuando le pedí entrevistas que quería media España (literalmente), y él me las concedió. Más importante que eso es que ha jugado muy bien para el Zaragoza. Cuando uno trabaja tan cerca de los futbolistas, la relación se convierte en un extraño híbrido cambiante e imposible de descifrar. A Gabi yo lo he admirado como lo pueda admirar cualquier muchacho, con la misma ingenuidad, idéntico arrobo. Como despedida, voy a dejar consecutivamente un par de artículos de mi fondo de armario, los dos publicados en Heraldo. Este primero hace referencia a un pasaje personal: en el verano de 2003, mientras Gabi Milito era rechazado por el Madrid y luego venía al Zaragoza, estábamos en Buenos Aires. Bastaba nombrar Zaragoza para que todo el mundo nos hablase de Gabi Milito. Quizás este comienzo de su paso por el Zaragoza explique esa transferencia de afectos a la que me referí antes. Esta profecía de un taxista porteño quedó completa el día que el Zaragoza se enfrentó al Madrid galáctico en La Romareda y le empató en un choque vibrante en el que Milito estuvo formidable. Se cumplió a rajatabla y yo, rebasando los géneros, no me resistí a contarla.

La profecía del taxista  

El taxista de Buenos Aires era un visionario. Ni bien supo que veníamos de Zaragoza abrió fuego: "Aaaaah, Miliiiito... ¿Lo vieron jugar? ¡Pero es un jugadoraso!". Y ahí sin más, mientras le daba a la teclita del reloj -ese artilugio que en España, con afán anglosajón, llamamos taxímetro-, tomó por Alvear y anunció, como si no dijera nada: "El día que juegue contra Ronaldo le va a sacar todas. ¡Y guarda que no lo suba a un muro de alguna trompada...!". Era el pasado verano. Acabábamos de ver a Les Luthiers en el Teatro Coliseo de la capital argentina, o sea que traíamos la caja partida por el medio de tanto reír. Pero el tipo era un visionario, un sabio: aquel tachero era de no creer. En el largo camino hasta el 1.300 de Avenida Santa Fe comprendimos que su cabeza estaba vacía de fronteras, literalmente. Para empezar, él venía de padres italianos y su esposa, declaró, confesaba ascendencia polaca. Que un tipo así hubiera acabado conduciendo un taxi parecía una obligatoriedad del destino.

Esa misma convicción en el juego del Mariscal y en la atrocidad cometida por el Real Madrid al despacharlo la mostraron varios dependientes de tiendas de ropa deportiva, tres hippies que exponían cuadros en las mañanas de los sábados en Plaza Francia, el guardia jurado de la Recoleta que nos indicó cómo llegar a la tumba de Evita, un joven que oficiaba de mozo tras la barra de una despendolada fiesta de estudiantes -en una casa abandonada en la que un par de morochas bailaron la danza del vientre-, el del kiosko de los diarios, varios camareros en distintos establecimientos, un botones en el hotel de Península Valdés y el guía naturalista que nos explicó por qué las ballenas francas se reúnen en la playa del Doradillo. Y desde luego, todos los taxistas. (Todos no. Hubo uno -un tipo de 150 kilos que manejaba encajado entre el volante y el asiento- también italiano, loco por el automovilismo y que hinchaba por Ferrari. Podría haber sido el amigo grandote de Joe Pesci en Goodfellas. Otro, aún más increíble, confesó que no le gustaba el fútbol. Se confirma, así, que hay al menos una persona en toda la Argentina a la que no le importa la pelota...).

Pero al que nos ocupaba más arriba, sí. A pesar de su admiración por Milito, el tipo no era hincha de Independiente, no. Eso no es extraño. Para empezar, los taxistas argentinos nunca declaran de primeras su devoción. Es una táctica acabadísima. Usted les pregunta de qué equipo son e, invariablemente, la respuesta es ésta: "Del mejor equipo del mundo". Y se callan sin decir el nombre. De esa forma manifiestan de primeras su orgullo y, de paso, lo comprometen al cliente para dictaminar si sabe de fútbol o no sabe de fútbol. No hace falta decir que el juicio es subjetivo por demás: el tipo puede morir por Boca, River, San Lorenzo, Newell's (pronúnciese Ñuls), Olimpo, Temperley o Barda del Medio, digamos... pero si usted no acierta a-la-pri-me-ra, su credibilidad habrá quedado muy disminuida.

Me parece recordar que aquél apoyaba a Estudiantes. Podría ser, porque estaba tan loco como Bilardo y Verón juntos... Cuando enfilaba las últimas rectas de la avenida, esquivando autos de carril a carril como en un vídeojuego, nos contó su gran ocurrencia: construir un subterráneo desde Buenos Aires hasta Bariloche, el centro invernal de vacaciones por excelencia de Argentina, la Suiza de los Andes. Le hicimos notar algo que sin duda no ignoraba: la distancia entre un lugar y otro es como de 2.000 kilómetros. Su contestación aún me da vueltas en la cabeza: "¿Y? Piensen en el metro... Seguro que al tipo al que hace 150 años se le ocurrió que los trenes corrieran por debajo de las ciudades le dirían loco. Y ahora ya ve... un éxito. Además -apuntó-, cada 100 kilómetros podríamos montar centros comerciales donde se vendiera nafta y hubiese columpios para que jugaran los pibes". Ahí paró el reloj. Habíamos llegado.

Si la realidad tiene forma de espejo, como nos gustaría pensar, ese taxista le contará hoy a un cliente que Milito cumplió anteayer la profecía que él le hizo a un grupo de españoles. Le confirmo desde acá: "Maestro, el Gaby se las sacó todas a Ronaldo. Cuando lo vi arrojarse al suelo para impedirle un gol, pensé que lo subiría al alero de una trompada".

Sueños de fútbol

Sueños de fútbol


Llevo dos noches seguidas soñando que ficho por el Ajax de Amsterdam. Por extraño que os pueda parecer, la cosa va bien y es muy probable que los holandeses hagan una oferta en firme y se cierre en las próximas horas, como dirían en la prensa deportiva. Yo no sabía nada. La primera noticia que tuve, muy avanzada la madrugada del lunes, fue un llamado de cierto periodista de aquel país, con el que me entendí sorprendentemente bien teniendo en cuenta que yo jamás en mi vida he hablado neerlandés. Ya se sabe que el fútbol es un idioma universal. El tipo me preguntó si sabía algo del interés del Ajax por contratarme y, si bien me pilló por sorpresa (me extrañó que el hombre tuviera mi móvil, pero estos periodistas siempre consiguen el móvil de la gente), pronto me recompuse para decirle lo que se suele decir en estos casos:

-Mira, chato -me pareció que el tratamiento correspondía teniendo en cuenta lo altos y rubios que vienen siendo los holandeses-. Yo me debo al Zaragoza. Lo primero que tienen que hacer es hablar con mi club.
-¿Pero no te ha llamado nadie del Ajax?
-No, conmigo no ha hablado nadie. Yo sólo pienso en empezar la pretemporada con mi equipo y en clasificarnos el año que viene para la Champions... si hay pitera.

Quedamos en que me volvería a llamar. Mientras nos despedíamos, anoté mentalmente (de forma muy realista para un sueño) que he de buscarme representante, y qué mejor que el gran Petón, que hace unos contratos de ensueño. Si no, me fichará el Ajax por 2.000 euros mensuales en fijo discontinuo y no habremos mejorado casi nada. Y todos los veranos, al paro. Digo.

La segunda noche ya ha habido conversaciones más serias con el Ajax. El periodista me ha vuelto a llamar, y luego ya no les he cogido más el teléfono porque la cosa era de no parar y así no hay forma de dormir. Plf no me ha llamado y eso sí demuestra que todo era un sueño. La verdad es que al despertar esta mañana me acordaba de todos los detalles de la negociación, pero conforme la vigilia se ha impuesto, se me ha ido desvaneciendo la memoria y ahora no me acuerdo de nada. Pero sé que la cosa avanza. Advierto que vosotros y algún periodista borde os vais a preguntar cómo puede pretender el Ajax, un prodigio de trabajo con la cantera en todos los rincones del mundo, a un tipo (blanco) próximo a la crisis de la mediana edad (si no inmerso por completo en ella) y algo pasadito de peso. Os creéis muy listos. Llevo seis meses corriendo casi una hora por los alrededores de la Expo, he bajado 25 kilos en el último año y ahora hasta puedo montar en bicicleta sin que las rodillas me toquen las tetas. Además, si uno ha visto jugar a Jan Molby en sus últimos años en el Liverpool o a Esquerdinha a su paso por el Zaragoza, no sé por qué ha de dudarse que yo cumpla mi papel de volante tapón en ese equipo. Jaap Stam está más calvo que mi culo y ahí sigue, repartiendo leña.

Todo esto es verdad. Lo he soñado minuciosamente dos noches seguidas. Llevo mucho tiempo jugando partidos en sueños, de cuando en cuando, con el Real Zaragoza. Algunos días estoy lento de cojones y no llego a una sola de las pelotas que me da Zapater, pero no es la forma física, es el efecto desesperante de las pesadillas. En mis sueños Aimar juega igual que en la realidad, ingrávido y gentil, como si corriera sobre la punta de los pies.

Confieso que me da miedo dormirme esta noche: si firmo por el Ajax, voy a echar mucho de menos La Romareda. Pero Petón me ha razonado que éste puede ser el último gran contrato de mi vida deportivo-freudiana y que hay que aprovechar. Me diréis sibarita, pero el Ajax me da pereza. Si al menos me hubiera llamado el Manchester United, podría ir a Rusholme un par de veces por semana a apretarme un curry como manda Visnu. Pero es que pasé dos semanas en Holanda hace unos años en una concentración de nuestro R. Z. y aborrecí todas las formas del queso de bola, las ensaladas con dressing en sobre, los gin-tonics en vaso mini y el perfil llano del país. La adaptación no será sencilla, pero yo soy un profesional. En cuanto llegue les casco en la rueda de prensa que mi sueño (de verdad) siempre fue jugar en el Ajax. Lo dicen todos.

[Foto: idolatría juvenil en el día de mi presentación onírica con el Real Zaragoza. Las gafas de sol os llamarán la atención, pero era julio y no veas lo que pega Lorenzo sobre el césped de La Romareda. Yo tengo los ojos claros y me afecta mucho. Creeréis que se me ha ido la bola: esto se llama Síndrome Petón, o la patología del periodista de AS en época de fichajes. De acuerdo a la literatura médica cursa con llamadas obsesivas y diarias a los mismos números y las mismas personas, para hacer las mismas preguntas del día anterior y el siguiente sobre los mismos nombres de los mismos futbolistas que pretende el mismo equipo. Lo menos que puedo hacer es expulsar los demonios soñando que me voy al Ajax. Después de la negociación con los holandeses, he soñado que jugaba un partido de rugby -de suplente, ojo..., eso es lo que lo distingue de la realidad- con el Seminario de Tarazona. Aunque toda mi familia estaba viéndome y yo me sentía preparado para salir, Carmelo no me ha puesto. Luego me ha desaparecido el móvil, con el que andaba jugueteando en el banquillo de la suplencia, me he descentrado y ya no estaba yo para melés ni hostias. No sé ni cómo ha terminado el partido... si es que ha terminado].

Fin de la película

Fin de la película

Los Multicines Buñuel cerraron el viernes para no abrir nunca más. Hace tiempo que dejaron de ser rentables, cuentan; hace tiempo que eran pequeños e incómodos, contamos. Nos pondremos románticos por la pérdida de otro cine, pero uno ha visto desaparecer ya tantas salas (y otras muchas cosas) en la ciudad que acepta este penúltimo extravío como parte del proceso de demolición silenciosa de la Zaragoza de los setenta, la de mi infancia o de la adolescencia que venía. Con permiso, a mí me gustaba más aquella Zaragoza, como los muchachos de ahora preferirán la que tienen a la futura, supongo. Y si no, serán unos desgraciados sin sentimientos, posibilidad cada vez más probable.

Los cines significaban sólo una parte más de ese paisaje perdido, pero una parte principal porque en un cine ocurre literalmente de todo. En la pantalla y en el patio de butacas.  En ese tiempo todo me parecía posible. El pozo San Lázaro se tragaba autobuses enteros; contaban que comunicaba con Tortosa por un túnel largo y de aguas impenetrables; el oso giraba sobre sí mismo entre los barrotes en el parque Bruil; los Bordini descendían desde la torre de La Seo al centro de la plaza del Pilar, subidos en motos veloces, por un delgado cable de plata; en el edificio Trovador estaba Sementales y olíamos a los caballos desde lejos y mirábamos sus sombras moverse a través de los ventanucos cuadrados. Los sábados íbamos a patinar sobre hielo al Ibón, en Requeté Aragonés. Las ferias las ponían en Tenor Fleta, a la vuelta del colegio de los Agustinos. Y detrás sólo se veía ya la bendita huerta y el bendito tomate de Zaragoza. Lo diferencial de la Zaragoza de los setenta, como demuestran estas líneas, es que constituía un espacio privadamente ilusorio, innegable a pesar del tiempo, que juega a reforzar esa impresión en lugar de negarla con un barniz racional. Esa posibilidad mágica se manifestaba en los lugares más insospechados. Como en los los bancos: el Zaragozano, el Banco de España, el Central y el Hispano-Americano, todos en la plaza de España y sus alrededores. De muy niño, mi abuela Pilar me entraba a los bancos a primera hora de la mañana, antes de llevarme al colegio. Yo se lo pedía. Me gustaba la grandiosidad interior de los bancos y el trasiego de gente, las filas, el murmullo de las operaciones, el mármol de los suelos y las grandilocuentes fachadas. Esto me lo explico ahora, porque jamás he logrado entender esa fascinación irrecuperable. Ahora no entro en un banco ni a tiros. Me siento incómodo. No entiendo nada. Tengo miedo. Me animé un poco a mejorar la frecuencia tras coincidir con una cajera de prácticas que atendía con juvenil ternura en medio de un mundo como ese; pero un día la convirtieron en comercial, se recortó el flequillo recto y me empezó a insinuar operaciones con el dinero que tenía en las cuentas, cuyas cifras ponderó con mirada suculenta; después me dijo que su novio era Policía Local y, como yo tenía el coche mal aparcado, salí pitando...

Estaban los bancos pero también los coches en la calle Alfonso; aún no existía el afán peatonalizador y los ciudadanos del centro histórico todavía podíamos aparcar en algún lado. Funcionaban las churrerías, las papelerías especializadas, La Reina de las Tintas, los taxis negros con la banda amarilla, el 1.500 de mi padre, el apogeo feliz de Helios y Casa Blas en Ranillas, cuando Ranillas era Ranillas y detrás ya sólo estaban Kasan y la huerta. Ranillas era casi un barrio rural pegado a la ciudad, con casitas bajas, acequias y puertas de colores; nada que ver con esos edificios que levantan ahora, de a millón el metro cuadrado porque un poco más abajo, en el meandro, van a hacer una exhibición. Me gustaba la Zaragoza de la motonáutica en el río, los cabezudos corriendo de verdad, con trallas de verdad, no esa mariconada de ahora... Los días en que cada uno podía ir al colegio que le diera la gana a sus padres (y aun a él mismo); la de los carteles luminosos de Avecrem en la fachada del Tubo, la de Las Vegas 1 y 2, el Café Brasil, el chocolate con churros del Ceres, la caña con limón de Los Espumosos y el Casino Mercantil. Cuando el centro era el centro y se terminaba en la plaza de Aragón. Zaragoza era entonces una ciudad sencilla, cómoda en su provincianismo, imperfecta pero consciente de las obligaciones a las que forzaba esa imperfección: es decir, no estrangular a los ciudadanos, no cobrarles como cinco estrellas lo que todos sabíamos que era, y es, tres estrellas. No digo que fuera mejor. Pero sincera y románticamente digo que prefería aquello; que cada día aguanto peor esta mentira de grandeza expositiva y ventajista que nos atropella, que dispara los precios y las ínfulas y los beneficios y los billetes bajo mano a políticos de colegio privado y bicicleta ecológica. Ranillas siempre será Ranillas; a millón el metro cuadrado... pero Ranillas. Me pregunto cuándo empezó todo. Si fue cuando desaparecieron los jardines de la plaza del Pilar; en el momento en que alguien dibujó el ACTUR sobre un papel; cuando finalizó aquella guerra civil de cuatro días en la avenida de los Pirineos, una franja de Gaza por la que volaban el cierzo y las pelotas de goma, ardían contenedores, neumáticos, chabolas y armas de fuego. Decían que a los antidisturbios los reclutaban en Burgos, en Logroño y en Pamplona, y que salían de las camionetas drogados y en trance feroz, para reducir a cañonazos a aquella población embrutecida de alaridos y fuego.

Nuestro único centro comercial era el Caracol. Pero teníamos huerta, cines y tomate. Ahora han desaparecido los Buñuel como antes perdimos el Pax, el cine del arzobispado (donde veíamos de niños re estrenos de Disney, donde me enfurruñé porque me llevaron mis padres a ver Sonrisas y Lágrimas, cuando yo quería ir a Los Locos de Cannonball). O como perdimos el Cine Dorado (allí vi Sandokán, la película), el Cine Latino (Grease y, sobre todo, Rocky, dos películas que me marcaron y en las que repetí); el Cine Victoria, en el inicio de lo que entonces aún era la calle General Franco y ahora Conde de Aranda: una high-street de inmigración variada que deja caer las horas en las esquinas o recorre las aceras con paso insomne. Ese escenario me recuerda las ásperas avenidas centrales del barrio de Kilburn, en el norte de Londres. En el Cine Victoria mi hermano y yo veíamos todas las de kung-fu de la época, El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, Operación Dragón, Karate a Muerte en Bangkok: Bruce-Lee, Jackie Chan, Chuck Norris... esas cosas que componían el cine de Hong-Kong, antes de que Zhang Yimou y Tarantino se lo tomaran en serio y en plan trascendental y tuviéramos que comernos Tigre y Dragón, o La Casa de las Dagas Voladoras. Desapareció también el Cine Palacio, donde estrenaron una película que nunca vi pero que siempre me obsesionó, Holocausto Caníbal, un mito-leyenda urbana-documental sobre un grupo de periodistas empalados y devorados por una tribu de caníbales en alguna selva perdida. Ahora la imagen del empalamiento culero, con algunas caras de periodistas bien concretas, me resulta dichosa. En el Cine Arlequín, que estaba a la vuelta de casa y antes se había llamado Cine Fuenclara, me colaba furtivamente en la adolescencia para ver películas 'S', como la imperdible Fanny Hill.  Aunque también recuerdo allí El expreso de Chicago, con Gene Wilder y Richard Prior, una pareja de cárcel se mire por donde se mire. Perdimos el Cine Mola hace menos tiempo (tantas películas..., un patio de butacas largo, estrecho y de suelo convexo); nos quedamos sin el Quijote, que era un prodigio de modernidad en su tiempo, con su pantalla curvada y los asientos enormes y mullidos como butacas de avión de primera clase. Perdimos el Cine París (La Guerra de Papá, con aquel Lolo García); perdimos el Rex, el Cine Goya (vi Granujas a todo ritmo y luego, no sé por qué, recuerdo la dimisión de Adolfo Suárez, que ha sido el único presidente que me ha gustado, y mira que yo era un niño y no entendía nada, pero me fascinaba...); cerraron el Coliseo Equitativa (¿qué quería decir el Equitativa?), el trío Aragón-Iris-Actualidades, luego sólo Cines Aragón; hicieron del Roxy una Sala X y el Cine Norte murió bajo la piqueta después de haber muerto mucho antes. Perdimos el Fleta (que es un vacío negro y doloroso como una muela sin empaste), y el Argensola, del que casi ni me puedo acordar.

Nos quedan el Elíseos y el Cervantes. Y todo lo demás son multisalas de las que nunca sé bien qué pensar, porque se oye mejor, son más cómodas y a mí el cine me gusta en cualquier circunstancia y lugar. Lo que no soporto es tener que salir del centro para ir al centro comercial. Suelo recordar sin dificultad en qué cine y con quién vi una película cualquiera, si es que no fui solo. Y lo hago con bastante precisión. Durante estos últimos años yo también había dejado de visitar los Buñuel, donde precisamente conseguí al final ver Los Locos de Cannonball;  la última película que presencié allí, hace unos pocos meses, fue Little Miss Sunshine. Feliz despedida. El viernes hubo quien confundió la nostalgia y acudió a los Buñuel a decir adiós en la última sesión. Las empleadas que se van al paro y no pierden sólo un cine, sino también un trabajo en un cine, comentaban con amargura: "Ya podían haber venido antes, y así no los cerrarían". O tal vez sí los cerrarían, porque debe regir en el paso del tiempo un imperativo que obliga a la ciudad a devorarse a sí misma por falta de clientela o desinterés o demasiados intereses. Me jode mucho que los hayan cerrado. Me repatea que Buñuel ya no tenga unos cines con su nombre en mi ciudad. Querría que siguieran abiertos aunque no fuese nadie, ni yo mismo. Tampoco voy a los bancos, y ahí siguen...

[Foto: el cartelón de los Cines Goya, ya cerrados también. Nunca hasta ahora había reparado en cuánto me gusta...].

Desorden - Dsedoern

Desorden - Dsedoern

 

Sgeun un etsduio raeilazdo pro una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esetn ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee dseroedndas y la mnete hmauna aun srea cpaaz de lerelo sin pobrleams.

Etso se dbee a qeu nsuerto crebero no lee cada ltera por si msima, snio qeu lee lsa paalrbas cmoo un tdoo.

Fuego

Fuego

Estás oculta bien adentro, como una enfermedad que aún no ha sido revelada, como una conciencia que aguarda el día de su palabra. Eres cristal en el agua, una confusión de espejos enfrentados, sopa de letras en la que está escrita la verdad, pero desordenada por la implacable rutina de los hechos. Eres apenas un leve coleóptero de bellos colores que se mimetiza sobre una flor. Cuando aleteas para alejarte de mí, siento la rara obligación de diluirme en lluvia. Si te acercas quiero hacerte arder en una llama que dure siempre. Tengo preparada esta candela contra la tormenta, y para rezarte por mi salvación el día de la última batalla. La oración definitiva te la diré a ti, y morderé las letras de tu nombre una a una, como cuentas de un rosario entre los dedos. 

Esta noche hay fuego en el aire y hay fuego adentro, en cuerpos adosados y casas que se retuercen. Explosiones envueltas en un silbido gamberro y ascendente, petardos, trallas, humo; akelarre, magia y mentira; siete olas de fuego sobre las que saltar antes de que amanezca y hayamos ardido todos. La expiación de los pecados en una hoguera en la arena, una noche ruidosa y corta. Han pasado las diez y la oscuridad aún no se ha derramado completa. Han pasado años y no hay luz todavía. Las ventanas abiertas vomitan a Steve Earle cantando un blues y arde América de costa a costa en San Juan. Moras que danzan en el borde de los ibones, sombras entrecortadas frente a las llamas, dibujos de humo ascendente. Ominosas nubes hacen sombras blancas contra el cielo. Esta calma es mentira. Huelo la violencia en el aire y en algún lado, en alguna esquina, en un callejón enfermo... Yo mismo huelo a podrido. Y un cuchillo que deshace la carne en chispazos babeantes. Esta noche vamos a sudar. Esta noche vamos a luchar.

Memoria de Stevenson

Memoria de Stevenson

"Hay una fábula que casi toca el meollo de la vida: la fábula de un monje que se internó en el bosque, oyó a un pájaro entonar un canto, prestó oídos durante un par de trinos y se dio cuenta de que se había convertido en un extraño al volver a las puertas del monasterio, pues había estado fuera cincuenta años, y sólo uno de sus compañeros había sobrevivido para reconocerle. No sólo en los bosques entona su melodía ese hechicero, aunque puede que ése sea su lugar de origen. Canta en los lugares más oscuros. (...) Toda la vida que no es meramente mecánica está tejida con dos hilos: la búsqueda de ese pájaro y su escucha. Y precisamente eso hace que la vida sea tan difícil de valorar, y el goce de cada uno tan imposible de comunicar. Y saber eso y recordar esas horas afortunadas en las que el pájaro ha cantado para nosotros, es lo que nos produce tanto asombro cuando leemos a los realistas. En ellos, desde luego, hallamos una imagen de la vida que hace referencia a todo lo que que ésta tiene de barro y hierro viejo, deseos baratos y miedos baratos, los que nos avergüenza recordar y los que no nos importa olvidar; pero de la nota del ruiseñor que devora el tiempo no recibimos noticia".

('Los portadores de faroles', de Robert Louis Stevenson: incluido en el volumen 'Memoria para el olvido: los ensayos de R. L. Stevenson', Ed. Siruela)

[Ya he hablado de Robert Louis Stevenson, de largo uno de los autores preferidos y uno de los que con mayor facilidad me vuelve un muchacho mientras lo leo; como muchacho que disfruta, más feliz; como muchacho que escucha, más inteligente y sensible. Stevenson vivió desde niño acosado por la tuberculosis, y falleció demasiado pronto -a los 44 años- como para reclamar su existencia por modelo envidiable. Sin embargo, en ese largo paréntesis de dolor, Stevenson conoció algunos éxtasis irreductibles de la vida humana: los relatos temblorosos que su aya, la tierna Cummie, le contaba para espantar el dolor de la enfermedad con un miedo psicológico mucho más liviano; su amor por Fanny, norteamericana a la que conoció en un viaje por Francia y cuya añoranza no pudo doblegar: viajó a Estados Unidos y le pidió matrimonio; ella aceptó; su viaje por casi todo el mundo y especialmente por los mares del sur; su reconocimiento entre los aborígenes como un ciudadano más de sus islas; su dulce fallecimiento en Samoa -queremos imaginarlo dulce en ese entorno, aunque no lo fuera-, y la sepultura en una montaña que mira al inmenso océano, con este epitafio, extractado de un escrito suyo: "Aquí yace donde deseaba estar. / El marinero ha vuelto del mar. / Y el cazador ha vuelto del monte". Naturalmente, la mayor envidia es la textura cristalina y precisa, leve y perfecta, de sus cuentos, novelas y ensayos. A menudo he pensado en la felicidad irrecuperable de leer por primera vez 'La isla del tesoro'; lo hice el año pasado y, sí, fue como la primera porque hay que olvidar esos libros tan felices para que nos sea concedida la dicha de recuperarlos alguna vez. Ahora, acabado (por fin) el sombrío 'El Día de la Independencia' (largo, oscuro y precioso como el invierno) he recurrido a los ensayos de Stevenson. No podría haber hecho mejor elección. Esa sensación la conoció Stevenson en Marco Aurelio y nosotros en el autor escocés. Lo dice el prólogo y lo corroboro aquí, por reiteración: "Cuando lo has leído te llevas el recuerdo del hombre mismo; es como si hubieras asido una mano leal, fijado la vista en sus valientes ojos, y te hubieras hecho un noble amigo; de ahora en adelante, te atan otros nuevos lazos, sujetándote a la vida y al amor de la virtud". Exactamente eso es Robert Louis Stevenson: un amigo que regala nobleza, elevación del espíritu, dicha e inteligencia.

Diego, Príncipe de Europa

Diego, Príncipe de Europa


El velocista (ese otro yo que escribe las crónicas con rapidez y estilo, mientras la espada del cierre le cuelga sobre la cabeza) me abandonó hace tiempo. Está dormido o se largó, no lo sé, así que el recuento de este último partido del Zaragoza en Huelva y de muchos a lo largo del año me ha tenido por autor directo, sin mediaciones inconscientes. Se nota. Sin el velocista no es lo mismo. Espero que regrese a tiempo para la próxima temporada, cuando el equipo jugará en Europa y doblará el número de partidos tardíos y mi necesidad de hacerme aún más mecánicamente virtuoso en el borde del precipicio. Como sabéis, él lo logra con alegre facilidad; yo sufro como un perro y encima no lo consigo. El partido de Huelva cierra la temporada y lo hace con un éxito mayúsculo. Creo que la crónica quiere subrayar virtudes globales, más allá del mediocre partido de ayer, pero lo hace con torpeza; y no ocultar defectos, pero sí explicarlos. El Zaragoza ha alcanzado la orilla virtualmente exhausto, agarrado a la excelencia de un jugador como Diego Milito, que se vistió de héroe hasta el último día. Por fin, el argumento de fondo trata de establecer que el desarrollo de las cosas responde a la lógica; y que el final de esta Liga expone con claridad que el futuro exige redoblar la apuesta. Al menos se podrá hacer desde un magnífico punto de partida, la Copa de la UEFA. De todas formas, creo que es hora de que seamos generosos con el Zaragoza. Y el Zaragoza, consigo mismo.

Recreativo, 1-Real Zaragoza, 1
38ª Jornada de Liga


A pesar de lo cerca que estuvo el infarto, al final todas las piezas quedaron encajadas con lógica. El Zaragoza alcanzó el éxito irrebatible de la UEFA, y lo hizo con el sufrimiento propio en un equipo que ha llegado frito y diezmado al final. Esta temporada era excelente de todos modos, pero su defensa contra cualquier crítica o atisbo de frustración precisaba la culminación del camino. Cuanto más cerca está la gloria, peor se digiere un batacazo. Todo lo que ocurrió tiene explicación: la angustia de un equipo al que la Liga se le ha hecho larga, la merma de las ausencias, el estado físico de algunos, sobre todo de Diego Milito. Aun así, hasta el último día estableció el Príncipe su condición de Rey del año: héroe hasta el final, uno de los jugadores de la Liga. La pieza definitiva que encontró su sitio fue el respeto del desenlace a los méritos acumulados por el Zaragoza: con todas las deficiencias que se quieran, ha impuesto todo el año su virtud competitiva, para elevarse por encima de lo esperado. El regreso a la UEFA abre un nuevo periodo. El gol de Diego Milito es la llave de Europa y del futuro.

Del largo desenlace de la Liga hay que aprender. Es en los tramos finales donde se ganan y se pierden los grandes premios en un torneo de nueve meses. Lo demuestran el Villarreal y desde luego el Madrid. Tal aviso no se debe olvidar. La última noche fue de infarto. El Zaragoza no se manejó bien en casi ningún aspecto, y el Recreativo aplicó un muestrario completo de su repertorio, hasta que le llegó el cansancio o el despiste. Antes puso la excelencia física y técnica de Uche, la ratonería de Javi Guerrero, la armonización de los esfuerzos en el medio campo, la defensa adelantada... Quizás para el Zaragoza el problema no estuviera tanto en los principios fundamentales del juego del Recreativo, sino en su actitud. En esa levedad del que no se juega nada y se maneja por el campo ligero de equipajes psicológicos. Los andaluces jugaban ufanos, alegres, porque cualquier destino les era indiferente. Se pasaban la pelota como si dibujaran caracolas en la arena, con el entusiasmo con el que un pavo real enseña el abanico de su cola. Cuando uno se juega Europa frente a un rival así, que además mete un gol al empezar, la desesperación está asegurada.

Frustración
Exactamente ese camino iba a seguir el Zaragoza. Jugaba tres partidos y durante casi toda la noche perdió los tres. El propio lo empezó perdiendo casi al pisar el campo, en el minuto 2. Luego amplificó esa impresión fatalista que siempre comunica un gol tan veloz. Había mucho tiempo, pero había poco juego. Aimar, que recogía y llegaba... poco más. El factor de la prontitud permitió al Recre desplegar velas con Uche y Javi Guerrero. Siempre lo dijimos: las parejas improbables tienen el don de lo cómico o lo genial. El control de Uche sobre la banda izquierda en la jugada del 1-0 fue un regalo para la vista. Un regalo envenenado, pero de belleza innegable. La jugada tomó fuera de cacho a toda la zaga. Uche hizo la pausa y el recorte hacia fuera, puso un tiro raso que César sacó al área pequeña y Javi Guerrero encontró el gol en la puerta del agujero, ahí donde encuentran los ratones el queso.

El resto del partido fue un extenso pasaje de frustraciones. Para qué hacer inventario: al Zaragoza, un equipo preocupado siempre por el estilo, esta vez sólo le imporaba el resultado. Víctor buscó seda y cuchillo con Longás y Ewerthon, pero el Recre amenazaba con rotunda facilidad. El arranque de la segunda mitad abundó en las peores impresiones. Se pusieron a ganar el Villarreal y el Atlético. Durante más de un cuarto de hora el Zaragoza no salió de su lado y perdió a Piqué por un agarrón a Sinama, que había entrado por Uche. En esos cambios previstos, y en el aire de fiesta que tomó el estadio, respiraría el Zaragoza. El Recre se abrió por el lado izquierdo y Lafita alargó la zancada. Puso dos balones de gol que no terminó Diego. El tercero se lo regaló Longás, jugador visionario con un papel residual. Un artista de culto. Su pase liberó a Diego y Diego, roto físicamente, voleó a medias y a gol. El grito se oyó en toda Europa. Ha vuelto el Zaragoza.

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El reposo del 'centrojás'

El reposo del 'centrojás'

A estas horas, en un portal con número de cuatro cifras en alguna de esas extensas avenidas cambiantes de Buenos Aires, a estas horas velan a Néstor el Pipo Rossi: el centrojás por excelencia (centrojás es la versión argentina del término centre-half, el medio centro original). El número 5 de River guarda reposo. A él, que nunca calló en los campos, lo enmarca ya un reconcentrado silencio. En El partido del siglo, la serie de documentales sobre los once mejores de la historia en Europa contra los once mejores de la historia en América, armada por Jorge Valdano y Santiago Segurola, el episodio dedicado al Pipo Rossi fue uno de los que más me gustó. Rossi había brotado jovencito en aquel River Plate que era una reunión de caudillos a los que el imaginario popular, con mucho tiento para la posteridad, denominó La Máquina. Cualquiera que haya mirado atrás en el fútbol sabe de carrerilla la delantera millonaria de los años 40: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Frente a ese cuadro de leyendas, hacia el 44 surgió Rossi, un muchacho de naturaleza imperativa, y se puso a dirigir el juego y a los demás con una profunda e inagotable voz de mando. Lo relataba así él mismo: "Yo era un nene pero mandaba por encima de todos. Me palmeaba el pecho y les decía: 'La pelota aquí, a papá". Aún contándolo se tocaba la caja torácica, como si alguien le fuera a entregar el balón. De él dijo Muñoz: "Paraba la pelota y ya tenía una idea titular y dos suplentes". Algunas frases de Rossi son antológicas, sobre todo porque fueron dichas sobre el mismo campo de fútbol y quienes las oyeron sintieron la necesidad de contarlas: "El que no pasa la pelota al pie es una mala persona", se le escuchó decir. Dejo la necrológica de Clarín. Néstor Raúl Rossi tenía 82 años. Lo enterrarán en el cementerio de La Chacarita.