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Somniloquios

Los días

Juicio al hombre barbado

Juicio al hombre barbado

A estas alturas os supongo enterados de que Somniloquios no es, ni mucho menos, un esfuerzo individual. En el proceso toman parte al menos tres sujetos, aunque sólo dos de ellos se pueden considerar verdaderos autores de estas líneas: el Velocista, entidad incorpórea con la que ya estáis familiarizados, un tipo agraciado con el don de la repentización, el ingenio y la velocidad de escritura, al que Ornat recurre con frecuencia cada vez mayor para que le saque las castañas del fuego en época de crisis creativa o urgencia horaria. En segundo lugar está el Hombre Somniloquio, el verdadero origen, alma y razón de este diario inconstante. El Hombre Somniloquio es ese señor, oculto del otro lado, cuya negra conciencia se expresa en desaforados gritos nocturnos que rasgan la oscuridad de las habitaciones en las que yace, confundiéndose con rezongos guturales más o menos articulados, cuasi animales, exacta metáfora de su bizarra existencia. A consecuencia de esas mutaciones lo afecta una grave dificultad para distinguir entre la realidad y el sueño, entre lo onírico y lo cotidiano, al punto de intentar adueñarse de ambos lados. Tan penosa condición le confiere a estas líneas su carácter propio: al Hombre Somniloquio lo podemos considerar el verdadero responsable de los pasajes más sombríos y desencantados. También de los más iracundos o intelectualmente nítidos. Somniloquio posee la brillantez de lo oscuro. Él es la inspiración.

 

Finalmente, a la espalda de ellos, aparece el barbado Ornat, un parásito que no opera sino como mero instrumento de los otros dos, arrogándose prestigios que no le corresponden. Por ejemplo, el de la firma. Una manifiesta injusticia. Deben ustedes saber que Ornat apenas puede ser considerado un vehículo para la exposición de las habilidades y muy poco humanas penurias de los otros, que por celo hace suyas, para satisfacer mediante las historias que les sisa a los otros su propio y rudo afán exhibicionista, la desnudez hedionda de sus obsesiones. Somniloquio, el Hombre, es animalmente carnal o carnalmente animal, deslenguado y montaraz. El barbado (Ornat, siempre gustoso de llamar la atención, luce hoy por hoy hirsuto vello rojizo, desordenado desarreglo capilar, un agresivo descuido en las formas) es quien pone la cara y se encarga de los comentarios y debates con el público, si los hubiere. Poca virtud hay en esas tareas, pero él firma por todos.

 

A resultas de tan poco piadosa trinidad, Somniloquios deriva en formas diversas, desiguales y de escasa compensación estilística, formal o temática. O sea, que no hay por dónde cogerlo. Es un verdadero milagro que se mantenga en pie. Además rezuma flagrante incoherencia, por si los anteriores pecados se juzgaran pocos. No han faltado críticas a la selección musical hecha este verano por el barbado, que se las da de melómano (pero menos) siempre que puede, cuando en realidad no junta ni dos baldas de discos y a lo más que llegó de joven es a Boney M y la versión española de Jesucristo Superstar. ‘Nighflight To Venus’, del protéico y sugerente cuarteto germano, fue el primer elepé que sonó en su giradiscos. En aquellos días canturreaba todos los temas del andrógino Miguelito Bosé y hasta tenía un poster del cantante en la habitación que compartía con su respetable hermano. Ahora, con esa escasa estima por la moral que lo caracteriza, el bravucón barbado le grita a quien quiera oírlo que bien a gusto le daría una patada en los huevos al hijo del torero y la actriz. Que alguien como él, educado en la compra anual de ‘La Gran Premiere’, las recopilaciones de éxitos, pretenda ejercer ahora de faro estilístico de la escena pop-rock y aun de sus precedentes, ha de considerarse patético. El Hombre Somniloquio se lo recuerda siempre que puede.

 

Esa selección de canciones de amor (el mero epígrafe obliga a la conmiseración) no ha sido sino hija de la pereza veraniega del sujeto, todo hay que decirlo. Pereza veraniega que últimamente, hemos observado, va saltando estaciones. Se aproxima el otoño y el barbado continúa en letargo. De ahí su escasa, paupérrima producción de los últimos tiempos. Llegada está la hora de decir esta verdad y desenmascararlo: en cuanto el Hombre Somniloquio y el Velocista lo dejan solo, Ornat no junta tres letras ni a tiros. Que nadie os engañe. El barbado tiene presencia, puede ser, y esa fotito en el Amoeba de San Francisco que tan bien le sienta al blog. Pero ha tratado de reclamar en cada ocasión, a tiempo completo, la presencia de un generoso ingenio como es El Velocista, para que lo indulte de sus ineptitudes y le salve la cara. Por supuesto, el Velocista no se ha dejado engatusar, ni siquiera cuando Ornat le ofreció a cambio de sus servicios favores y prebendas que no podemos reproducir aquí por obligada consideración a las damas que se asoman hasta esta ventana. Sentimos la decepción, si ésta se produce, pero cuando hablamos de Ornat estamos hablando de un completo, verdadero, definitivo farsante. Si creíais que él mismo se había delatado en aquella entrada de hace un par de meses, estáis bien equivocados: ahora sabéis que fueron otros quienes lo obligaron a confesar. El embuste, sin embargo, siempre toma desprevenidos a algunos ingenuos: hace pocos días tuvimos ocasión de comprobar cómo alguien trataba a Ornat de “adalid de la cultura zaragozana”, por haber presentado un libro cuyo autor era y es, naturalmente, uno de sus desahogados amigotes. En lugar de deshacer el equívoco, Ornat (que por cierto a esa hora sudaba copiosamente, casi vergonzantemente, en su cotidiano e inútil esfuerzo por modelar su cuerpo en el abigarrado ambiente de un gimnasio), ese Ornat desasistido de toda dignidad, decimos, calló y concedió, como el torpe vanidoso que siempre ha sido. Calló. Otorgó. Cuando se le acusa, el barbado acostumbra a callar.

 

Como callará ahora, frente a esta abierta, justa, pública acusación. Era hora de que supiérais algunas verdades que se ocultan como miasma subterráneo bajo la amable apariencia de este Somniloquios… No esperéis del barbado una palabra de disculpa, un arrepentimiento mínimo, una concesión a la indecencia de su comportamiento. Callará.

 

Porque siempre calla, ese cobarde mariconzón con barba.

 

[Foto: El barbado Ornat, autorretrato con morena al fondo].

Las chicas de los libros

Las chicas de los libros

He pasado el verano en un triángulo escaleno de tres vértices: Bill Bufford (‘Heat’), Murakami (‘Kafka en la Orilla’, ‘Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol’), Richard Ford (‘Acción de Gracias’). Esta vez no ha habido espacio para las novelas negras, ni para Hammett ni para Chandler (aunque el verano siempre me trae alguna conversación, al menos, sobre Chandler), ni para Perry Mason y su secretaria, leve seductora entre líneas. Como no ha habido lugar para tantas otras cosas.

A menudo, en verano me acuerdo de Paula Lavalle, la argentina de cabello rojizo y sonrisa intelectual de ‘Los Premios’, de Cortázar. No puedo desanudar su nombre de una memoria dolorida de pérdida, como tampoco puedo despegarme el ansioso aroma sexual de Beula, de ‘Un Trozo de mi Corazón’, quizás mi novela preferida de Richard Ford. Ni olvido a Teresa, la chica en desventaja de ’La Insoportable Levedad del Ser’. Son casos diferentes, chicas de improbable conciliación. Pero no tenemos un tipo de chica preferida, y menos en los libros: Beula y Paula y Teresa son tan disímiles como Marilyn y Kim Novak y Joan Fontaine. Y sin embargo, podemos amar a todas o desear amar a todas o desearlas a secas. En el momento mismo de conocerla, uno comienza a perder a Paula, distante, inabordable aun en el estribo de esa extraña piscina, sobre la cubierta del barco en la que los personajes de la novela de Cortázar miran pasar el tiempo, o el tiempo los mira a ellos, sin saber a dónde va el tiempo ni a dónde van ellos, ni qué pasa en los camarotes ocultos, en las estancias asfixiantes del crucero. En Beula hay otro abismo más carnal, tan reconocible, tierno como la cara interna de los muslos, precipicio absoluto. Una puerta de entrada a la dimensión de las pasiones incontrolables. Teresa extiende un complejo de culpa envenenado, como un beso muy suave.

Ford y Murakami encarnan de manera precisa los límites opuestos de mis días, mis días ahora mismo. Los días casi como los libros, como sus personajes. Antagónicos, opuestos, irreconciliables. Personajes y estilos. Sentimentalmente descarnados, difusos a su modo, los de Ford, con el indecible Frank Bascombe a la cabeza. Mortalmente vulnerables, de engañosa ingenuidad, como la misma escritura japonesa, esa apariencia de simpleza que recubre una profundidad insondable... Así son los de Murakami: más aún ellas, casi siempre mujeres en fuga interior, dueñas de una belleza asolada por algún accidente íntimo, un error de medida, un desacuerdo de la mente, todas a punto de desfallecer. No me gusta hablar sobre libros, aunque a veces lo haga, como ahora. Pero no son los libros, son ellas. La esencia de la lectura me resulta tan íntima que no puedo exponerla en formas críticas o hilar argumentos académicos para una discusión. Si atiendo a la técnica de la escritura lo hago de modo casi inconsciente. Al escribir, sin embargo, estoy obligado a observarla un tanto más, aunque la escritura me venga dada ya en la cabeza, como una música interior que sólo hay que precipitar, con mínimos cambios, sobre el papel. El virtual papel. Un mecanismo muy extraño. Tan natural que rechaza ponderaciones demasiado serias o entusiastas.

Y así estamos: entre Ford y Murakami, entre el vacío y el sollozo. Programando canciones para conjurar memorias o futuros. La tenue realidad de Joan Fontaine mezclada con un sueño turbador en el que aparece, constante, Marilyn. Llevo días pensando que debería releer ‘La Insoportable Levedad del Ser’, un libro que afronté hace años, supongo que a destiempo. Creo que ahora, tan ingrávido como me siento (tan ingrávido como la otra tarde a 20 metros de profundidad en el Mediterráneo, rodeado de un espacio sombrío de agua que podría ser el espacio exterior o cualquier lugar indeterminado del Universo, feliz por esa conquista de los temores), ahora que estoy así tal vez deba examinar el espíritu frente al espejo de Kundera, y compadecerme (o tal vez ya no lo haga) de Teresa, de Tomás, de mí mismo. Querer ser Karenin, el perro, su felicidad inquebrantable, mínima, repetida cada mañana, cada día repetida en los días repetidos. Un eterno retorno inmediato.

No es que esté relajado, estoy alejado. Mi condición habitual desde hace meses. Asintomática salvo por la evidencia: todo se ve más lejos de lo que en realidad está. Algunos automóviles incorporan esta advertencia en los retrovisores: "Attention: objects are closer than they appear in the mirror". Podría ser una lección de vida: todo está más cerca de lo que parece en el espejo.

Eternamente dormido

Eternamente dormido

Marilyn está viva y lee este blog. O tal vez sólo lee el blog y porque lee el blog, porque me lo ha confesado esta noche, yo he querido deducir que también estaba viva. No es necesario estar vivo para anotar esta dirección en la barra de búsqueda; ni siquiera es necesario estar. Todos vamos pasando y vamos muriendo y aparecen nombres en los comentarios (pocos ahora, todos morimos algo más en verano...) o aparecen anónimos que pueden ser personas que pasaron o tal vez murieron o no, vuelven y dejan unas palabras incomprensibles para contestar a este diálogo sin voces, a esta virtualidad de apariencias diversas. Pasar y morir puede ser lo mismo. Veo mi propio funeral representado sobre el escenario en sombra, desde la primera fila de la platea, con un foco encarnado atrás, abajo, que proyecta luz en un cono ascendente. Los ingleses descubrieron hace mucho que pasar y morir era lo mismo: por eso dicen pass away, que significa eso mismo. Pasar, morir.

Marilyn está viva y la última noche me ha dejado una nota en la mesilla. Decía, escuetamente: "Leo tu blog. Espero que encuentres a tu gatito". Firmado, Marilyn. Después de recibirla he salido a la calle a caminar y el paseo Independencia era así, como en la foto, todavía hace 30 años, sin reforma, aún con ese aire desleído de las viejas imágenes y unas nubes rosáceas que lo cruzaban de lado a lado sin observar los semáforos. Por los porches se ocultaba alguien que quería ser conocido pero no lo lograba, el rostro tenía esa negación de los nombres que a menudo ocurre en los sueños. "Eras tú pero sin tu cara, tú pero sin ser tú". Era yo, pero sin ser yo. Estabas en huida entre los soportales, queriendo verme sin ser vista, y yo quería atraparte sin querer perseguirte. Yo deseaba huir pero tú lo hacías por mí. Sin ser tú.

Por la mañana, la nota de Marilyn no estaba ya sobre la mesilla. Quedaba una novela de Murakami que está  punto de morir como sus personajes, desdoblados en sucesivos pliegues de la realidad mientras hablan con los gatos. Y un par de llaves para abrir lugares inciertos. Marilyn está con Elvis. Bob también lo sabe. Yo no tengo ningún gatito.

Lo confieso: algunas mañanas son peores que otras.

 

Expo Borbón 2008

Expo Borbón 2008

Allí en la Puerta del Ebro deberían plantar un gran marcador que mostrara la evolución del duelo de visitas Reales (con mayúscula monárquica) a la Expo, que en este momento señala un flamante empate: La Reina y yo, 3-Pipe y la Flaca, 3. Venían en desventaja el heredero independizado y su chica, pero el miércoles empataron con una visita repleta de éxito y calor popular, repartiendo saludos y apretones de manos, con lo cual el pueblo ruso tiene algo que contar de su visita a la Expo aparte del hostión que se dio el del Hombre Vertiente, que eso tiene mala pinta, pobre, y el desconcierto que supone subirse 23 pisos hasta la cima de la Torre del Agua para luego no poder ni mear ni ver nada, que no sé para qué nos metemos semejante rampa, chico. El contento popular no tenía parangón, sin embargo, con el contento periodístico; porque oye, tres páginas de los apretones de manos ya te salen, con lo cara que está la información en la Expo que es que ya no saben ni qué contar; anda El Probador del Centenario ya probando cualquier cosa, que si el amor en la Expo, que si ahí se mete o no se mete, que si un termómetro de última generación para ratificar que a la sombra hace más fresco que al sol... A quién coño se le ocurriría que esto durase tres meses y encima de verano, que si no se incendia el tema ya no hay qué decir. Ahora la noticia es que ponen terrazas. La Expo está que lo tira: como para abrir periódicos.

Terminada la Eurocopa y conquistado Wimbledon, Felipe y Letizia regresaron de London así como con bajón, ¿no?, se nos ha quedado el verano marchito hasta los Juegos. Y eso de los Juegos habrá que verlo, chiqui, porque hay una humedad ahí del quince y tú sudar no me puedes sudar mucho, princesa, que se te viene el vahído al hueso a la mínima. El caso: no hay lugar menos acogedor que Londres un domingo, pero como alguien les había pasado una entradita para el palco de la Central, lo salvaron bien. Nadal ganó porque la Familia, incluso el separao Marichalao, da suerte y triunfo y bonanza. No como Zapatero. Y eso que en Wimbledon no son como aquí: la BBC no enfocó a los tórtolos de Viena en todo el partido, ni en las lluviosas interrupciones, hasta que Nadal fue a saludarlos al final para darles las gracias por esos passing shots que le habían inspirado. Cinco horas y pico de venga raquetazos y ni un plano de la BBC, bien porque son tipos serios en esa cadena, menos papanatas que nosotros, o bien para evitar las escenas de alto contenido erótico que Pipe y la Flaca protagonizaron en el palco del Prater durante la semifinal España-Rusia de la Eurocopa. Los herederos se fueron poniendo rijosos conforme caían los goles y esas sonrisas y ese cógeme la cintura que estoy que lo rompo y ese ayayay Pipe qué golazo, no dejes de traerme a la final por Carlos IV y María Luisa de Parma te lo pido. Esas muestras de euforia sexual fueron los primeros rasgos de humanidad que le vimos a Letizia desde que la enviaron a recoger chapapote al Nunca Mais. Le cayó todo ese agua en la boda y ya no se había dado un alegrón como éste la mujer, ya era hora que también tiene derecho, que le está pasando de todo: que si la Telma, que si lo otro, que si el Peñafiel, la abuela y que si mire usted con El Jueves. Si es que donde esté el fútbol...

Pero a la final se apuntaron la Reina y yo, como no podía ser de otra manera, para ratificar la jerarquía y asegurar la victoria contra los tanques alemanes. Y un poco quizás por bajar el termómetro libidinoso que los otros habían puesto por las nubes con su apasionamiento tan lacayo. La Reina y yo se agarran la cabeza, hacen comentarios jocosos, intercambian comentarios de corte institucional... pero tocarse ni se tocan. Gol de Torres: eh, quietecita ahí y que corra el aire. Casi ni se hablan. No sé si habrá algún documento en el que se les vea mezclar palabra. Y así no es de extrañar que Sofía no se haya quitado el acento borbóngrecia en todos estos años, y mira que ya sería hora. Le pasa como a Cruyff, Di Stéfano y Michael Robinson, gente arraigada en lo propio.

Perderse la final no debió de gustarles a Pipe y su doña, que como contestación se apuntaron primero a la historia en Wimbledon y luego decidieron empatar en la Expo. 3-3 va la cosa, ya te digo. Si no vienen más, es que tenían pase de tres días. Ahí sí que podemos vislumbrar una escena digna de casa real tan popular como ésta. Preguntaría Prince, indeciso: tú que sabes de estas cosas, Letizia, siendo herederos de la Corona, si es que se nos puede llamar así, ¿nos conviene más pase temporada o el nocturno?. El nocturno no que Froilán duerme mal y hay que estar en palacio prontito, repuso Letizia. Joder, que te tengo dicho que Froilán es el de mi hermana, que vaya tostada llevas con los nombres de los críos... Lo que sea, insistió Letizia. Y se puso a mirar la agenda del móvil: espera que digo yo que alguien nos conseguirá una acreditación de periodistas, me parece que ahí en Antena Aragón conocía yo a alguien... Aragón Televisión, mujer, que ya hicieron la Autonómica, que no te enteras. Yo es que desde que quitaron el programa del Chesus y el Valeriano no la veo, dijo como para sí Letizia. De forma que Pipe no se fió y bien que hizo, porque luego había que recoger las acreditaciones haciendo fila con los empleados, y el populismo sí, pero controlado, sin pasarnos. No vamos a estar ahí Letizia con los de los quioscos y el voluntariado, tú con esos vestidos color hueso de Audrey Hepburn que gastas no te puedes exponer de esa manera. Pero si yo soy muy llana. Quita, quita. Así que mandó el Príncipe valiente al chambelán que les sacara pase tres días por si acaso, déjate que yo no me la juego que esta Expo no me la pierdo, tú. Con telecabina, para asegurar todas las opciones. Ale, a la cola. Y gracias a eso empataron a tres.

Ahora hacen un alto todos para irse a Marivent a ponerse las bermudas y la camisa polo, que ya vale ya de pasar calor con los trajes y las americanas de tonos fríos. Y luego ya se verá en septiembre. Si Belloch o bien la pianista han puesto en orden para entonces la cosa de la navegabilidad del Ebro, igual se vienen aguas arriba vía Tortosa-Flix-Quinto de Ebro con el Bribón del Rey. El barco, ojo. Marichalao ha dicho que si eso, él se coge la moto de agua del hermano y se llega en un momento a pagar una ronda y cenita picoteo en el Café del Mar para desengrasar un poco con los suegros y ver a los chicos. Pero que a ver si refresca un poco porque él sin bufanda no sale de casa.

[Foto: Letizia, justo antes de meterse en la cama, pensando a quién podría llamar ella para agenciarse una acreditación de esas de la Expo...].

La gafa

La gafa

Han vuelto las Ray Ban de pera. Os lo digo por si os habíais quedado ciegos en los últimos días o bien os sacásteis los ojos (ellos) para no caer derrotados por la exhibiciones veraniegas de ellas. Las Ray Ban de pera, sí. Las del cristalito verde, la varilla dorada, las de los años 70, finales, las de Top Gun... Naturalmente Ray Ban no las llama las Ray Ban de pera, sino Ray Ban Aviator y de ahí que Tom Maverick Cruise y sus chicos se las pusieran en cuanto bajaban del cazabombardero. Porque son gafas de piloto de guerra, hechas sin embargo para que las luzca el común de los mortales si hay huevos. Y además unisex, lo mismo se las pone Brad Pitt que Angelina Jolie, lo mismo la Vanessa que el Ignacio. Y salen ellas ahí a las calles ardientes de la ciudad con sus flequillos rectos, o bien cruzados en diagonal sobre la frente, que esa es otra, y los pantaloncitos cortos a calentar el muslo; si son largos, entonces han de ser muy pitillos, pero pitillos pitillos. Ellos enseñan el calzón o bien llevan cada pelito colocado en su sitio con abundante goma efecto mojado, y las cejas depiladas porque ahora el hombre es un hombre que no quiere que se note mucho que es hombre o lo que sea, o bien una deconstrucción capilar de fugas variadas, en las que no se sabe dónde empieza el peine y dónde acaba la higiene.

A mí me gustaría deconstruirme la cabeza, lo juro que sí, y no tener que peinarme un solo día, pero soy un antiguo peinado con raya. Y desconcierto, porque yo siempre pensé que me estaba haciendo raya a un lado, el izquierdo, pero en cuanto dejó de peinarme con colonia mi madre, y mi abuelo consideró que me había hecho hombre suficiente para arreglarme solo el cartón, la raya se me desmandó, tomó vida propia en algún instante y comenzó su tranquilo, imperceptible ascenso hacia el centro de la cabeza. Y cuando veo a Aznar con ese surco tan subrayado en el lado del corazón pienso: eso es un presidente y un hombre a la derecha y una raya a la izquierda, claro que sí, desprendida sobre la oreja de ese flanco. Y no lo mío. Deconstruirme la cabeza, eso es lo que me gustaría a mí. Pero de verdad: el interior, los sesos. Confuso, últimamente he estado un par de veces a punto de pedirle al psicólogo que me hiciera un corte a la moda mientras con el barbero nos dedicábamos a la terapia cognitiva. Lo que de verdad me gustaría es quedarme calvo del todo y no saber nada, salvo recitar textos y no tropezarme con los muebles; parecerme a Yul Brynner con su mirada eslava y ser flaco como Tim Booth y Michael Stipe, el de James y el de REM. Si fuera tan sencillo... En vez de eso incurrí en la melena, animado por los muchachos que generosamente me dicen que me doy un aire a Russell Crowe en sus malos ratos. Ellas nunca están de acuerdo, lógico. Los que más acertaron, como siempre, fueron mis amigos del rugby, que a la vista de melena y barba me decían alternativamente Jeremías Johnson o Pocholo, cuando me cogía una coleta para poder ver por dónde me venían los balones y las hostias. Por Pocholo Martínez Bordiú, aquel fenómeno de la comunicación oral.

Las Ray Ban Aviator las recuerdo yo que evolucionaron más tarde hacia el negro completo y antes o después al cristal de espejo. El cristal de espejo hizo furor en un tiempo: me acuerdo yo de probarme unas en el Gay de la calle Alfonso y verme espejo contra espejo y decir, con mucho afán de autocrítica: "Jesusito de mi vida, eres niño como yo...". Las de cristal de espejo son de guardia carcelario en La Leyenda del Indomable, cuando los convictos salen a limpiar las carreteras y los vigilan hombretones con rifle a punto y gafa espejo para que no se sepa si miran a un lado o al contrario. Los reos piden permiso hasta para respirar: "Jefe, ¿puedo beber agua, jefe?". "Bebe agua", contesta la gafa. "Jefe, ¿puedo quitarme la camisa, jefe?", "Quítate la camisa". "Jefe, ¿puedo ir a orinar, jefe?". Una tensa pausa: "Ve".

Luego las de pera se pasaron de moda. Las de espejo duraron aún menos. Cuando se rayaban asomaba un negro de azogue oculto y envejecían cuarteadas, con una caducidad muy hostil a la recuperación vintage, que se dice ahora. La gafa primero se hizo pequeña, de pastas oscuras, también de colores aunque mandaba el marrón. El rosa y el blanco tenían un aire como de King Creole y las chicas sólo se las ponían si comían piruletas en forma de corazón o bien bailaban a Gene Vincent con faldas de vuelo y calceltinitos blancos. Luego vino la patilla anchota, esa que al Pele y a Acón les costó tanto quitarse, que la llevaban hasta hace cuatro días. En un momento indeterminado, la gafa empezó a crecer y a hinchar los oculi in vitro, que decía el asombrado monje en El Nombre de la Rosa, o sea las lupas. Las lupas se iban inflando como un globo y a ser más grandes y después aún más grandes, de forma que al final casi tapaba la cara toda y así hasta la Pantoja, que llevaba unos vídeos de pantalla gigante como para ver la final de la Eurocopa en la plaza del Pilar, hasta la Pantoja parecía estar buena con la gafa y su barba y todo. Porque la gafa negra y grande iguala los rostros al ocultar el epicentro de la expresión, que son los ojos y su alrededor, donde generalmente se define la belleza facial. Hay, así, una simulación general muy conveniente en ellas, que se plantan las gafisus y están todas que lo rompen. Luego, si se las quitas las dejas desnudas y, ay, todo puede ser. No habérselas quitado. Con la Ray Ban pera eso no pasa, porque hay una verdosa transparencia que muestra todo. Lo raro ahí es estar guapo si no eres Maverick o Topper. Son aditamentos muy concretos, muy para cuerpos y caras preparados. Una vez me compré una cazadora tipo piloto y la profesora de de Historia del Arte de la universidad, además de suspenderme a mí y a cuatro más, literalmente, de 200 alumnos, y obligarnos a ir a su despacho a recoger la nota, al verme con la cazadora aquella mujer si es que se la puede llamar así me dijo: "Oiga, ¿usted de qué va disfrazado?". En la Universidad de Navarra eran así de respetuosos. Además de sacarle a tu familia las entrañas para pagar un plan de estudios lamentable con unos profesores en general pésimos, se permitían consideraciones estéticas antes de entregarte el suspenso. Dios los tenga en su gloria a todos.

Yo juraría que tenemos unas Ray Ban de pera guardadas por ahí en alguna caja, eran de mi abuelo. Y mi madre me las ofreció una vez, hace años, con visión profética, y le dije: "Pero mamá...". Y ahora, mira. No sé si buscarlas o dejarme el flequillo recto, tú.

La desesperación del farsan(te)

La desesperación del farsan(te)

A veces doy en considerarme un teórico de la pereza, un pensador del no hacer nada. Podré hablar de viajes, hazañas, éxitos o regalos que mi profesión aún no me ha hecho, pero mi único sueño indudable, cierto, duradero e inquebrantable es éste: no trabajar. Así de simple: no tener una sola obligación, ni un solo día. Me diréis que ese es el sueño de cualquiera, que todos suscribís y os adscribís a semejante anhelo tan común. Y no lo negaré yo. Pero cuidado que luego me sé la historia: que mire usted que me aburro, que si ahora no sé qué hacer, que si vaya coñazo todos los días sin ir a ningún lado, que en la televisión no ponen nada, que si tuviera dinero me iría de viaje pero así no hay manera, que en esta ciudad no pasa nunca nada interesante, que no puedo quedar con nadie porque todo el mundo está trabajando... He ahí la trampa: para ser un teórico de la pereza laboral hay que tener entereza, valga la cacofonía. Independencia de ánimo y un catálogo de actividades de corto alcance a las que uno se pueda dar sin ceder un instante al gran enemigo, llamémoslo la abulia o su masculino el aburrimiento. Ahí es donde reside mi gran baza: yo no me aburro jamás. Lo digo en serio y lo tengo comprobado. Cuando no trabajo, me faltan horas en el día para no hacer nada. Yo donde me aburro es trabajando. Cada día más. Por más que la gente piense que el periodismo es creativo, una nueva aventura diaria, a mí me parece siempre lo mismo, repetido con levísimos matices que no se diferencian en nada del resto de trabajos. Escribir páginas de periódicos me termina por parecer igual que rellenar albaranes o hacer informes. Cambia el tema, pero el fondo de la cuestión es el mismo. Me diréis que no se parece en nada. Puede ser. Os invito a perseguir fichajes por los veranos y entonces me contáis...

Como sólo soy un teórico, también soy un fracasado. Soy un teórico pésimo, porque en este último año he tenido cuatro trabajos diferentes. Cuatro. No está mal para alguien cuyo sueño consiste en no hacer nada: ahí queda resumido el imbécil que soy. Cuatro trabajos, que detallo: el diario en el AS, o sea el diario AS; la colaboración semanal con MediaPunta, que tantas alegrías me da, y esto lo digo en serio; los viajes ocasionales con el doctor Reyes para el libro de fotografía de fútbol que estamos haciendo y que nos ocupa algunos tiempos muertos; y, para culminar, un proyecto de Comunicación de una empresa patrocinadora de la Eurocopa que me cayó cierta mañana de febrero, sin saber bien de dónde, y en la que me han aclamado triunfador en la misma medida en la que yo me consideraba un farsante redomado que no sabía ni lo que estaba haciendo. Sumadle el alimento de Somniloquios, que tanto ha decaído últimamente, y tendréis la foto completa.

La condición de farsante me persigue en los últimos tiempos. Cada día crece la culpabilidad del farsante, contradictoria porque yo creo que el farsante, si algo no conoce, es precisamente la culpa. El engaño deliberado no conoce remordimientos. Además, el farsante se las lleva crudas, digámoslo: todos conocemos alguno. Yo he conocido muchos que no dejan de subir escalones. Yo aún no he subido ninguno. Mario Ornat, periodista de AS, esa es mi presentación más común. No sé por qué, a mí me suena rarísimo. Ignoro el motivo. Soy redactor, como el primer día que llegué al Stadio Sport en septiembre de 1990. Redactor, escribiente, reportero, periodista de calle, la verdad y la mentira de la profesión. Espero que cuando se me lleve la guadaña, nadie me haga un obituario en el que se diga que fui "periodista de raza". Que me cago en el catafalco, lo advierto. Sólo quiero que suene mucha música, ya lo sabéis: In My Life, de los Beatles, la primera. There’s a Light that Never Goes Out, de los Smiths, otra; y Love Will Tear Us Apart, de Joy Division. Esa que no falte. Como cualquier día.

Todo este monólogo quería ser una imposible justificación. El farsante hombre somniloquio, en el colmo de la desfachatez, ha sido invitado a presentar esta tarde La desesperación del té. (27 veces Pepín Bello), el libro de conversaciones con el Bartleby de la Generación del 27 que José Antonio Martín Otín, a la sazón Petón, acaba de publicar. Al acto me lleva, mérito indudable, la generosa amistad de los otros dos actores del acto: Luis Alegre y, desde luego, el autor. Los tres conversaremos acerca del libro y de sus protagonistas. Le doy las gracias por su amabilidad en la invitación a Eva, anfitriona del lugar, antes de que repare en el fraude. Espero no traicionar su contento por contar conmigo, expreso en la llamada del pasado viernes. Haré lo que pueda. Aunque admiro a Buñuel (sobre todo al mexicano y algo del francés) yo no conocí jamás a Pepín Bello y nunca he sido lector de los poetas del 27, tema que me caía mal en las clases de Literatura en las que tan convincentes notas sacaba, me parece. Los del 27, la Literatura Latinoamericana (a la que luego me he entregado, mirá vos) y el Descubrimiento en Historia siempre se me cruzaron. No tanto como las derivadas, las integrales, el logaritmo y la tabla de los elementos, no, pero vamos... Pereza total. Y ahí estoy yo. Presentando un libro sobre los recuerdos de los héroes del 27 en animada conversación. Si eso no es un farsante, ya me diréis...

 Pd.: Será a las 20:30, esta tarde, en la recogida y felicísima librería Los Portadores de Sueños (calle Blancas, 4... ahí al ladito del Bar Circo, donde hacen la mejor tortilla de patata y ensaladilla rusa que ha conocido esta ciudad, he dicho). Estáis invitados. Os ruego consideración con el autor y el acto. La paliza por farsante me la podéis dar luego en alguno de los callejones entre el Coso y la calle San Miguel. Prometo no llevar gafas para que no os sintáis mal.

La Expo: ¿Qué es? ¿Y dónde está?

La Expo: ¿Qué es? ¿Y dónde está?

El mismo sábado de la inauguración me fui a la Expo por la noche a darme el clásico paseo zaragozano. En el tema del paseo yo soy zaragozano decimonónico o así. Es decir: que paseo por la calle Alfonso y por el Paseo Independencia, hasta la Plaza Aragón y vuelta por la acera contraria. Si voy más allá de la Plaza Paraíso, ya siento que me estoy saliendo de Zaragoza y eso ya no es paseo sino caminata. Faltarían una cervecita con limón en Los Espumosos o bien el añorado chocolate con churros del Ceres, pero aquellos días se fueron y en cien años todos calvos, qué le vamos a hacer. Yo aún conservo buena mata de pelo, brillante y saludable con la nueva fórmula de Garnier Fructis, pero ay... menudean aquéllos que a mi edad y aun antes ya no pueden pasarse el cepillo sin rascarse el cartón.

Así que me fui a la Expo a pasearme. A tomar algo un rato, sentarme mirando los edificios de la nueva ciudad, mirar el río. Fui en el fondo a ver qué era eso, dado que nadie me lo ha sabido explicar o bien yo no he atendido lo suficiente. ¿Qué es la Expo?, me he preguntado todos estos meses. Sigo sin tener ni idea porque la Expo por la noche es una explanada de edificios más o menos armónicos y cerrados a partir de las diez. Fuera, un algo inhóspito, poco acogedor, con vasos que la gente lleva de un lado a otro sin saber dónde dejarlos, escaramuzas en los restaurantes, camareros fastidiados, cajas que cierran con 25 personas en la cola. ¿Suena negativo? Bueno, ya compensaremos. A la Expo hay que ir a ver, aún no sé bien qué porque hay que ir de día, pero a ver. No a comer ni a beber, porque para eso no da la cosa del fast-food. Y otra cosa: ¿Dónde coño está la Expo? ¿Es eso aún Zaragoza, propiamente dicha? A la espalda de la Torre del Agua, hermosísima, nos asomamos al espacio abierto, el Parque Metropolitano: y no hubo forma de orientarnos. Yo si no veo el Pilar o la torre de Pikolin, me mareo. Pero volvamos atrás...

Buscando respuestas a mi curiosidad, y en pos de una borrachera firme, la velada de la inauguración vimos los fuegos artificiales desde la gloriosa terraza de casa Peredita, a un par de cuadras de la estratosfera. El lugar viene a ser una especie de ventoso castillo al norte de la urbe, desde el que mi afamado amigo podría gobernar la ciudad a poco que se lo propusiera. Allá arriba más o menos tiene controlados a todos sus habitantes. Lo que pasa es que mi amigo anda poseído por ese relativismo del buen vino y la diversidad de las músicas, tan conveniente, y no se va a andar ocupando de menudencias como esa. Digamos que delega. Pero el que manda en la ciudad es él, lo sabe cualquiera.

Desde Le Chateau Per no sólo vimos los fuegos de la Expo sino que además vimos los fuegos de Alagón, que le hicieron baturra competencia a los otros. Disparaban sus salvas multicolores Béloc y la pianista en el meandro... y allá, en la diagonal contraria del horizonte, se levantaba de pronto una orgullosa seta policromada desde Alagón. Naturalmente, nos pusimos del lado de Alagón de inmediato. Allá estaban de fiestas y mucho que les importaba a ellos la inauguración de los cacharros esos del río. Luego, cuando faltaba hielo para las copas, atravesamos la profunda noche del Actur Norte y acabamos en un barecito chino donde dos subalternos barrían el piso en oriental silencio, el jefe vigilaba y en la televisión una señorita se dejaba hacer la caidita de Roma por un fornido muchacho, con zoom del operador de cámara sobre las húmedas cavernas donde se abisman los muslos, y ordenados gemidos y ronroneos que los chinos vigilaban con ese reojo chino tan bien concebido por la naturaleza. Cada tanto, contenían el escobón y apoyaban los ojos en la pantalla, como si fueran a decir: "Cómo le está gustando a esa pajara". Pajara, no pájara. Pero el mandarín no tiene esas flexiones gloriosas, mala suerte, y los chinos masticaban los gemidos sin decir palabra. Hielo sí tenían, anunció el jefe. Y era el clásico tormo aragonés. Uno de los que barría me miró con fijeza: tuve ganas de salir corriendo.

El clásico tormo aragonés es un rotundo paralelogramo de hielo macizo que enfría las copas a todo meter, no esa tomadura de pelo en forma de estrellitas o cuartos de luna del Ikea. La modernidad sueca es capaz de vender hielo que no enfría. Pensaba en el tormo aragonés cuando vi el ensayo del grandilocuente espectáculo del iceberg de brillante cartón blanco, que se parece a un iceberg lo mismo que yo a un ala-pivot de la Universidad de UCLA. La prosopopeya del espectáculo, o del ensayo que vi, me sonó a angustia post existencial digna de Metrópolis, aquel programa sobre la conceptualización del arte o el arte de la conceptualización que ponían a cualquier hora de la noche. Dicho rapidito: un coñazo con ínfulas. Algo similar le ocurre al Pabellón Puente, construcción vanidosa con un interior que sólo adquirirá sentido si una banda de émulos de Alex y los macarras de La Naranja Mecánica instalan allí un bar y se dedican a beber moloko y apalear viandantes. Es lo que parece, un lugar post moderno de inspiración espacial. Blanco y curvado. Dan ganas de salirse de él a toda prisa. Hay más interés en las aguas oscuras del Ebro, tan rápidas y dinámicas y vivas. Las aguas del Ebro son lo mejor de la Expo junto al elegantísimo puente del Tercer Milenio. De lejos. Y las vistas del Pilar en la distancia, con su vibrante iluminación, atropellados sus perfiles por la violenta perspectiva de la Pasarela del Voluntariado. Y los cocodrilos del Acuario Fluvial, insisten los niños cuando los entrevistan en las televisiones. Los cocodrilos son lo mejor. Ay, los cocodrilos del aquarius...

 Yo ya dejé dicho que los cocodrilos habrían de ser clave en la Expo. Cualquiera lo sabe. Pero déjenme quejarme: los animales en piscinas vidriera ya no se llevan. Son como los zoos, lugares un poco depravados por antinaturales. Oceanográficos y acuarios hay ya por todas partes, no nos engañemos. Novedad cero. Y un aquarius sin tiburones ni caballito de mar, no sé. Me deja frío. Le haré una revisión un día de éstos que me vaya en bicicleta hasta allá. Yo creo que ahora se lleva la naturaleza en estado salvaje y extremo: observar a las ballenas en una barcaza sobre la bahía, alimentar a los tiburones a pecho descubierto en las Bahamas, recorrer los hielos norteños en busca del oso polar, ver a los cocodrilos saltar del agua en los ríos del Territorio Norte australiano, sacando el cuerpo entero en vertical... Unas nutrias al otro lado del cristal no pueden emocionarnos por más urbanitas que seamos. El National Geographic llega a todas las casas  y sabemos más del Suricato que de la gallina ponedora o la vaca lechera. Insisto en que hemos perdido una gran oportunidad. Con mi propuesta de Expo salvaje en campo abierto hubiera habido bajas humanas, sí, puede ser, y peligro de estampida de rumiantes enloquecidos María Zambrano arriba o en los abigarrados exteriores de la tele autonómica. También lo admito; pero la Naturaleza es así, oyes, de algo hay que morir, y en el mundo salvaje si te mueres es para equilibrar el sistema. ¿No querían sostenibilidad? Además, de algún concejal nos hubiéramos librado por la vía del caimán, como ya expliqué el otro día: yo votaba por el de Movilidad, a ver si el susto lo ablandaba y permitía algún giro a la izquierda en esta ciudad. Pero no.

Si me hubieran hecho caso estaría la Expo ribereña a reventar. Se han empeñado en una Expo arquitectónica, todo concepto y líneas en fuga, y los visitantes no alcanzan la media por ahora. Hoy decía un mandamás que la escasa ocupación de los aparcamientos no les importaba, porque los habían construido con precios disuasorios (sic), a 12 euros por día tarifa plana, para que no fuera nadie en coche a la Expo. Es decir, que nos hemos gastado en dos aparcamientos para que nadie aparque. Aparcamientos para no aparcar es como iceberg de cartón piedra. Digo yo: ¿No habría sido más fácil, directamente, no hacer aparcamientos? Pregunto, eh, pregunto...

En fin... que seguiremos informando.

[Foto: el pabellón puente de Zaha Hadid: cuando se acabe la Expo será como el paso a nivel de las Delicias, a ver quién tiene huevos de atravesarlo de noche].

El Ebro, con dos cojones


Para quien lo pudiera dudar, el Ebro ha dejado claro y sin posible refutación que es un río aragonés. Los hidrólogos (o hidrógrafos o hidrófilos ... como quiera que se llamen) lo definen como un río temperamental. O sea, un río con dos cojones. Que lo mismo se vacía y enseña las tripas como se lleva por delante las riberas y lo que se le ponga en los mismísimos. Es el caso que nos ocupa: ¿Qué río podría pegar una crecida como la actual y ponerle los ous por corbata a la Expo a semana y media de la inauguración? Un río aragonés, ninguno más. Que la Expo del agua esté amenazada de inundación me parece un rasgo muy propio de esta tierra, donde todos somos nobles tocahuevos. Incluido el río. Dado que hemos firmado un pacto no escrito para no decir ni mu contra la muestra, si es que hubiera algo que decir, al Ebro se le han terminado de hinchar las riberas, harto de que le toquen los meandros, y ha actuado por sí solo. ¿Barquitos por el Ebro? Sí, hombre, sí... A ver si tienen pelotas de levantar el azud de Vadorrey.

A resultas del fenómeno hidrológico del siglo -salvada la célebre riada de Nochevieja del año 1962, cuando el Ebro subió siete metros por lo menos y arrasó lo que hoy es el ACTUR (que por cierto, ya le llegará su hora, avisa José Ramón Marcuello en Agua Va, el espacio matinal de Radio Ebro), en la ciudad del viento se ha revelado un fenómeno notorio. Igual que ahora todo el mundo entiende de combustibles, neumáticos de lluvia, alerones y trócolas con el fenómeno Fernando Alonso, hoy por hoy todo zaragozano que se precie, incluidos los nuevos aragoneses de Timisoara, todos nos sabemos ya al dedillo cuántos metros cúbicos por segundo descarga el Ebro a su paso por el Pilar en estos días; y que con más de 400 no hay quien levante el azud; y que si en Castejón se anuncian 2.000 o más, los tendremos aquí mañana, con lo que eso supone. Y las palabras estiaje y tal están a la orden del día, en los colmados y puestos de detallistas del Mercado Central, que por cierto doy fe de que sigue oliendo como siempre por más reformas que le hagan. Lo remodelaría Calatrava, tan arqueado y tan nítido y tan limpio de líneas, y a los cinco minutos no se podría pasar por los alrededores. Una joya de la arquitectura funcional novecentista, el Mercado Central. Y del hedor secular...

En fin, que yo estoy emocionado con el Ebro, sinceramente. Qué pitera, Dios. A la Expo no le tengo un gran cariño; tampoco estoy en contra, a ver si nos entendemos. Digamos que no he desarrollado una opinión al respecto. Escéptico entusiasmo, le diría yo. Eso sí, para dejar anotada mi disfuncionalidad razonadora, me he acreditado como periodista, porque la Expo es un acontecimiento deportivo de primer orden en nuestra ciudad. Si no lo veis, ahora os lo explico: aceptado que yo jamás voy a ir a como periodista a una Eurocopa, un Mundial de fútbol, uno de atletismo ni desde luego unos Juegos Olímpicos (salvo que haga Somniloquios de pago y me lo patrocine usted, amable lector), aceptado que mi destino consiste en cíclicas desapariciones de clubes de baloncesto y descensos del Real Zaragoza con frecuencia sin precedentes históricos (uno acaba por sentirse culpable) he resuelto acreditarme para la Expo del agua como Bob Dylan. Porque en la Expo triunfamos seguro, digo yo. Y porque si están Bob, Celine Dion y una noria siria, tengo que estar yo, no cabe discusión. Yo no sé cuánto sabe Roque Gistau acerca del Ebro, pero yo me he hecho persona, o lo que sea, a orillas del Ebro, en el glorioso Centro Natación Helios, donde sigo refugiándome. El otro día fui a revisar las obras y afecciones derivadas de la magna muestra que nos aguarda. Cierto que la Expo se nos ha llevado un buen cacho del Centro, para construir esas riberitas asfaltadas con farolas verdes más feas que feas, pero lo aceptamos. El chatarrero sigue en su sitio: merecería aparecer en las postales que venden en El Mañico y tiendas similares, en lugar de aquel baturro que caminaba con su borrico por la vía del tren y le decía al ferrocarril aquello de "Chufla, chufla... que como no te apartes tú". Yo, en todo caso, estoy preocupado por la familia de patos que habitaban en los cañaverales crecidos a los pies de la piscina de las gradas. Quiero pensar que los habrán recolocado en algún juncal VPO de Valdespartera, un poco más arriba de las exclusas del Canal o algo.

Yo me imaginaba la Expo como algo mucho más salvaje y directo. Nada de pabellones. La Expo en el río: flamencos rosas de Miami donde el Náutico, hipopótamos en los alrededores del puente de Santiago, alimañas felinas y gacelas Thompson habitando las riberas y los campos de la huerta, que bajaran a abrevar al río mezclados con los bañistas; icebergs reales traídos desde las riberas del Lago Argentino en la Patagonia, para hacerlos descender en pleno agosto desde Boquiñeni hasta más allá del puente de las Fuentes, a ver cuánto duraba ese témpano en la Zaragoza estival; una familia de ornitorrincos, esos animales de otro mundo, esquiva miscelánea de pájaro, pato, mamífero y pez que habita los arroyos australianos y hace las delicias de los biólogos; y por supuesto, un buen grupito de cocodrilos de agua marina apostados aquí y allá, con una manada de ñúes del Masai Mara cruzando cada tarde de un lado a otro del Ebro, para que los niños de todas las nacionalidades y culturas puedan observar el hábil comportamiento de la Naturaleza extrema en vivo y en directo. Si los ñúes se avivasen al tercer o cuarto día de Expo y negáranse al cruce, entonces se activaría un plan de alimentación alternativo, sin perder la clave de espectáculo que debe presidir la muestra: se destinaría, por turnos rigurosamente sorteados, a los concejales de Chunta, Izquierda Unida y el PAR en el Ayuntamiento de la ciudad a alimentar con mano firme a los voraces lagartos con gallináceos y otras aves volátiles menores, para solaz del pueblo. Si una desgracia ocurriera, la ley electoral lo tiene todo previsto, tranquilos: los concejales supervivientes podrían reunirse para formar doliente grupo mixto. La ciudad ganaría mucho... Con lo del espectáculo animal, digo, no seáis mal pensados.

En fin, pero nadie me ha consultado, así que la Expo va de pabellones, funiculares e icebergs de cartón piedra a los que ahora le han puesto sacos terreros los buceadores de Bomberos, que vaya días les están dando, para que no se los lleve la corriente. O sea que sólo me queda la salida de la acreditación. Y así lo he hecho, porque tengo ya la Expo por el único acontecimiento deportivo internacional que me queda para salpimentar un tanto mi vida profesional. No fui a los Jocs Olimpics ni cuando los hicieron aquí en el país de al lado, donde la tubería del trasvase. Organizaría el conde Belloch -el cochero de Drácula- unos Juegos Olímpicos en Valdespartera y yo no iría, estad seguros.

Así que ya he enviado una fotito, mi carnet de identidad escaneado por los dos lados y el número de filiación de la Seguridad Social (que tuve que consultar qué narices era porque yo sobre la realidad legal entiendo más bien poco) y pienso presentarme este verano en el meandro cada vez que no tenga nada que hacer. Lo que suele ser frecuente. Sabéis que Belloch (pronúnciese Bé-loc, con acento prosódico, que no tilde, en la primera sílaba... Nota para los hijos de la LOGSE: sílaba es cada una de las divisiones fonológicas en que se divide una palabra. O sea, la B y la E, chavales)... Decía, sabéis que Béloc ha nombrado a Domingo Buesa cronista oficial de la Expo, y Buesa le ha prometido que será objetivo en sus consideraciones. El juramento no tiene mayor relevancia. Lo que debería haber prometido es que no será aburrido. Me imagino ese porte ágil y dinámico de Buesa contando el concierto de Celine Dion y tenemos una definición del aburrimiento digna de entrada enciclopédica... ¿A quién coño se le ocurriría sacar a Celine Dion de su dorado retiro en el Caesar’s Palace de Las Vegas, donde estaba felizmente recluida en espectáculo nocturno después de que todos sobreviviéramos al hundimiento del Titanic? Sólo una Expo aragonesa podría haber hecho algo así. Esperemos que se la lleve una avenida en la noche programada. Y el que la eligió, a alimentar a los feroces caimanes del Mara, por lo menos.

De modo que para compensar, puede que Somniloquios aporte una crónica ni mucho menos diaria del acontecimiento deportivo que se nos viene. No es seguro, eh. El hombre somniloquio es temperamental y arbitrario, como el Ebro. Yo al generoso Béloc no le prometo objetividad. Cuanto menos objetivo, más divertido.