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Leonor cumple cien años

Leonor cumple cien años


Al cabo de un internamiento de un mes, a finales del pasado octubre, mi abuela Leonor recibió el alta médica y con silencioso escepticismo, tal vez extrañado escepticismo, se dejó llevar de vuelta a la residencia. La acompañaban su hijo, que le había guardado el sueño recurrente, desordenado, apático de esos 30 días, ese sueño desconcertante de la vejez, y un informe médico de cinco folios, preciso en las consignas del tratamiento como en los acuerdos de una capitulación. Yo, tal vez todos los que habíamos ingresado en ese trance con la convicción de que había de ser el último, sentí al verla recuperarse que mi abuela cumpliría cien años. Le interpuse al sentimiento casi una orden de deseo: tenía que cumplirlos. Mi abuela quizás pensó, temió, que si no se había muerto después de ese mes, podría ser que ya no se muriera nunca.

Nadie hubiera dicho que esa posibilidad le interesara. Bien al contrario, desde hace años (¿cuántos años ya?) Leonor confiesa un profundo abatimiento cada día más señalado, el cansancio obstinado pero incompleto de quien no se puede dormir. Desde aquellos días de mascarillas de oxígeno (que pugnaba desmayadamente por quitarse, como un gesto de rebeldía que olvidaba que la rebeldía es para la juventud y para cuando uno aún vive su propia vida y no los restos de su vida); aquellos días de vapores y revisiones, aquellos días de insuficiencia respiratoria, doble neumonía bronquial, pulmones encharcados, desde aquellos días de piel relegada contra los huesos y de los huesos contra la cama del hospital, mi abuela ha cumplido otro año. El 5 de octubre que pasó en la cama le dije: "Más vale que te pongas bien porque tienes que cumplir cien años". La abuela, presa todavía de una relativa lucidez (digo presa porque hay una indudable condena en conciencia tan exacta), desde ese territorio en el que se van imponiendo los olvidos y te abandonan hasta las palabras, me tomó la mano (ese nunca fue para ella un gesto dramático, sino el resumen de la proximidad extraviada) y con toda sinceridad me preguntó: "¿Y para qué?".

Hoy, 5 de octubre de 2007, mi abuela Leonor cumple 100 años. Yo quería que los cumpliera porque me parece que alguien que cumple 100 años alcanza una dimensión mítica para quienes la hemos tenido y aún la tenemos (¿nos tiene ella a nosotros?), también para quienes la miran; un poder legendario de personaje de García Márquez, una presencia imborrable y merecida, una victoria definitiva sobre la existencia. La vida parece en ocasiones la acumulación de recuerdos que después habremos de perder o bien desechar; la reunión modesta de algunas felicidades que primero de todo hay que saber comprender. Cien años son un siglo, una medida sobrehumana, una irreparable suma de pérdidas menos ganancias. Cien años pueden ser a veces un epílogo demasiado largo e incomprensible, una sucesión de imágenes que se repiten enmarcadas en la ventana que da a un jardín, una montaña de horas muertas, un océano de días que vienen y van sin otros rigores que la espera. Siempre que la veo le pregunto lo mismo: "¿Qué tal estás, yaya?". "Aquí, esperando...". Antes terminaba la frase ("esperando que el Señor decida llevarme con él"); desde hace mucho (todo hace ya mucho) ni siquiera la acaba. Suspende la espera en los puntos suspensivos y los puntos suspensivos en su mirada, y su mirada en la mía y la mía en este tiempo lleno de asuntos tan incomprensibles.

Al marcharme de las visitas siempre me parece poco tiempo contra el tiempo que pasa sola, sola en la compañía de algunas "vulgares", como ella piensa y dice a veces. No hay tregua en los salones de la vejez. Se vigilan entre sí con los ojos entrecerrados. Unas lloran, otras cantan con desorden, otras murmuran. Me pregunto qué pensará mi abuela todo ese tiempo. En qué ocupará la memoria. Si hará desordenados recuentos de sus cien años o soportará con estoicismo las inversiones fantásticas del tiempo. Que esta edad final se parezca a la primera, y no sólo en la inocencia, también en el escenario. Leonor quedó huérfana de su padre militar (y músico) a los ocho años, en Granada. Eran cinco hermanos y todos fueron trasladados a la Escuela Militar de Toledo, los varones, y a un internado religioso de Aranjuez las tres hermanas. Allí permaneció mi abuela hasta los 20 años, y allí estudió la carrera de piano y el oficio de bordadora a máquina. La educaron en una religiosidad antigua, impermeable, constructiva, mientras ella domesticaba el espíritu en la diligencia para la música de sus manos delgadas y largas, fundición de porcelana y seda y venas como ríos desbordantes. Las manos nunca se olvidan. Parecen las de una figura de loza. Manos de pianista delicadas dedicadas a bordar. Y tal vez en esas horas pensativas que ahora transcurren frente a ella, mi abuela habrá de recordar los minuciosos detalles de esa larguísima infancia de tocas y hábitos, que se le mezclará con la informe argamasa de larguísima ancianidad de tocas y hábitos. Cierto día las monjas la animaron y ella interpretó al piano la Marcha Real, después de tantísimos años de comprometer en las obligaciones de la vida el talento ponderado por algunos de sus maestros de entonces. Renuncias.

Entre medias, una vida en la calle Lavapiés, en Madrid. La muerte de un hijo; la lejanía del otro; la muerte de un nieto; la lejanía de los otros. Los abuelos de Madrid. Esa realidad tan cotidiana de la infancia que he tratado de conciliar después, en la edad adulta. La extensa ausencia de Valeriano, al que sobrevive desde hace ya más de 27 años. El tiempo le ha ido quitando las cosas que quita el tiempo, la trama perfecta de la vida entre los tuyos y con los tuyos. En cierto modo, siento que su longevidad ha servido para devolverle algo de todo lo que las circunstancias se habían ocupado de negar. También le ha restado aquella presencia imperativa; nada de su dulzura se ha perdido por el camino. El oído está ya casi clausurado, se ha cerrado de forma veloz en los últimos meses, agotado. La memoria resiste. La ironía también. La inteligencia y la formación permanecen prendidas en una llama que aún sorprende. Lo comprobé cierto día, no hace mucho, con una prueba íntima y de significado inagotable  para nosotros. Sin aviso previo me la quedé mirando y de pronto le dije: "De la noche en los crespones se ven entre oscuros reflejos el estrecho, allá a lo lejos, y enfrente Sierra Bullones...". Ahí me quedé callado. Ella me miró y le fue naciendo una sonrisa que no era otra cosa que la divertida aceptación del juego, y quizás la misma vieja alegría que sentí yo. Sin asomo de temblor o duda, recitó las frases siguientes: "Al tronar de los cañones y entre el humo de la gloria, aún recuerda mi memoria como una algazara extraña: son los soldados de España, que van cantando victoria". Seguimos recitando juntos, hasta el final. Mi abuela me repetía cien mil veces esos versos cuando yo era niño, y nunca he sabido de dónde vienen ni qué cuentan: la historia de un soldado herido que muere llamando a su madre. Ella, con cien años casi, los recordaba igual que yo.

Le han regalado una misa al punto de la mañana. Ha hecho las ofrendas. Le han regalado unos hermososos pendientes, un centro de flores, fresca colonia para su piel de papel y un collar con un colgante que mostraba cada pocos minutos ("¡las monjas se han destapado!", me decía, no sin algo de sorna); ha soplado dos veces las velas, ayudada por sus bisnietos, y ha comido un poquito de tarta de frutas y un par de bombones sin azúcar, para prevenir su diabetes. Como si hubiera ya algo que prevenir. Por la tarde la hemos rodeado su hijo, nuera, nietos y bisnietos. Espectadores de un tiempo inverso que nos mira a nosotros. El orgullo de saber que los Ornat Ornat Morcillo Lerín Jarne Vela Fontenla Torralba y Rodrigo hemos vencido a la vida ya para siempre, porque tenemos a una abuela de 100 años; que hemos sido capaces de sobrevivir en toda nuestra imperfección y de reunir a cuatro generaciones en el 5 de octubre de 2007. Mira Ali, la yaya viequica cumple 100 años. Y Eduardito y Cayetana apenas pasan de uno.

Yaya, ¿ves cómo no éramos tan delicaditos?

Desaceleraciones (2)

Desaceleraciones (2)

Han pasado casi cuatro meses antes de que yo empezase a leer una línea o atender en las noticias al asunto de la desaparición de la niña Madeleine McCann. Para los que disfrutasteis o bien os pareció curioso el somniloquio sobre la desaceleración, ahí va este otro dato: cuatro meses. Podríamos decir que esa es mi velocidad de conexión con la realidad.

Esa disfunción se manifiesta de muchos modos, cada vez peores. Últimamente no respondo apenas a los emails y empiezo a pasar por alto muchas llamadas telefónicas. Incluso del trabajo. No pretendo aislarme, es que juego falsamente a liberarme. Por primera vez se abre en mi cabeza la idea de abandonar el móvil. No puedo dejarlo, claro, porque es de la empresa y los periodistas tenemos un plus de libre disponibilidad que antes era papel mojado pero, con la telefonía móvil, ha tomado una encarnación llamada terminal. Te pueden llamar cuando quieras y tienes que atender. Empiezo a saltarme las reglas. Si no os contesto, no os inquietéis. En cuanto haga chispa con la realidad os devuelvo la llamada. Uno no puede interrumpir un pensamiento bien hilado, o una lectura, o una conversación, o un recuerdo, o el concurso con otra mirada, para responder a un mero impulso eléctrico de luz y sonido. Salvo que el sonido conecte con un rumor interior, lo que ocurre pocas veces. Para empezar, como una primera medida, ahora lo llevo siempre en silencio. Si no lo oyes, es como si no hubiera sonado. "Perdona, no te he oído la llamada". Aunque lean esto, jamás podrán demostrar que la oí. Ayer estaba pensando en todo esto, agarré el móvil y se me cayó al suelo y se apagó. No  podía encenderlo. Cuando lo hice, la luz de la pantalla vacilaba débilmente. El color se fue. Según como apretaba las teclas, el Nokia incurría en un desvanecimiento muy poco sueco para mi gusto. El móvil se me cae cada muy poco al suelo. A veces lo controlo con el pie con habilidad de virguero, la que no tuve con la pelota, y le amortiguo la caída. La carcasa se abrió hace mucho y de cuando en cuando le miro las tripas forzando la tapa, jugando con la posibilidad de que haga kataklinsman y me lo cargue. Me importa poco.

Nunca abro los recibos del banco cuando llegan. Los guardo en un cajón bien seguros en sus sobres, hasta que se amontonan o bien la realidad se empeña en acosarme y debo buscar una factura o un documento concreto. Entonces los saco todos de vez. Rasgo los sobres e interrogo a los papelitos con notable aprensión. Como un estúpido, les atribuyo una característica humana: la de la memoria selectiva. De forma inconsciente confío en que si yo no les hago caso durante un tiempo, ellos acabarán por olvidarse de mí, como ocurre a veces con las personas. Los recibos del banco son como balas disparadas; si los abres en los primeros días, te pueden reventar la piel, su plomo arde y conservan intacta la muy humana capacidad de herirte o infundirte temor, capacidad que hay que negarles como sea; con el paso de las semanas, de los meses, pierden fuerza y al final casi ni te importa lo que ponga en ellos. En su momento tal vez te hubiera afectado. Un tiempecito a la sombra y se vuelven unos mierdas pusilánimes. Tú estás por encima porque ese dolor diferido resulta sencillo de dominar: "Esto es de hace cuatro meses: ya no puede ni tocarme". Si hubo una crisis en tu cuenta corriente, mejor no saberlo. Esto se suele juzgar una irresponsabilidad, con razón; a mí me parece que la irresponsabilidad es enterarte de cosas así. Pueden ser muy turbadoras.

Con las multas es lo mismo. Si quieren cobrarlas, que pasen un recibo al banco. Usan las multas como si fuera otro impuesto, al menos en la Inmortal, y eso no lo aguanto. Que me metan la mano en el bolsillo no lo aguanto. ¡Basta de policía, déjennos respirar! Cuando los coches oficiales no aparquen en la zona peatonal, yo dejaré de subirme a la acera. Aquella vez que Rudi avisó en toda la prensa que embargaría las cuentas para recaudar las multas, pensé: "Coño, eso sí es la realidad". Me fui a la plaza Roma. Había una fila de mil demonios. Aguanté con heroísmo. Llegué al mostrador. "Sáqueme la cuenta de mis multas". La mujer, supongo que cagándose en la Rudi, sumó en el ordenador. Tanto. "¿Puedo pagar con tarjeta?" (el dinero es demasiado real). "No, sólo al contado". No llevaba ni un hierro. Otro día vuelvo. No volví jamás. ¿Si me han embargado la cuenta? Creo que sí, no estoy seguro. Me parece una amenaza menor. Con tal de no abrir los recibos a tiempo, basta. Lo que no se ve no se siente. No tengo ni idea cuánto pagamos de la hipoteca. Nunca supe cuánto valía una de las decenas de pintas que me bebía. Últimamente miro más el dinero, es cierto. Lo miro pero no veo nada. Lo miro y si acaso sólo veo libros, música, viajes, una buhardilla insonorizada en la que entren el sol y el silencio por un ventanuco; un sillón; una televisión gigante para ver películas; las paredes forradas de libros. Sobre todo veo viajes. Más viajes. Sólo viajes. Tengo casi enumerados los lugares que no puedo dejar de visitar. He tachado algunos ya. Me quedan otros. No soy un inconsciente: los elegidos no son tantos. La hazaña es perfectamente realizable, salvo por la cima del Everest donde he delegado en Sebastián Álvaro y su tropa. Eso sí: documentales de ascensiones me los he visto todos. Y me leo a Reinhold Messner con gusto. Al fondo del mar ya he llegado. La Antártida me falta, pero desde Ushuaia cruza un barco. Tal vez el próximo verano. Y los mares del sur...

Yo, como leí en cierta biografía de Luis García Berlanga, aspiro a pasar por la vida sin que la vida me toque demasiado. Estos aspectos de la vida, digamos. Los recibos, las obligaciones, los compromisos, la convención de las cosas, las realidades demasiado concretas, el trabajo. Soy débil y ese es mi modo de hacerme fuerte. Por lo demás, me dejo rozar y hasta voltear por otros muchos aspectos de la vida. Físicamente soy cauto; sentimental y sensorialmente soy todo lo contrario. He querido y quiero comprobar el fondo de todas las sensaciones, me ha gustado y me gusta caminar sin saberlo por el precipicio de lo interior. Soy un cobarde con una demoledora valentía emocional. Estoy muy dotado para sentir. Cuando alguien me habla de la sensibilidad femenina como de un canon o una certeza, me carcajeo.

Jamás respondo al teléfono en casa ni abro la puerta cuando llaman. Una empresa de esas que llaman a casa me persiguió un tiempo, pero llamaban a casa de mis padres. Una vez el sr. Ornat, en un rapto de genialidad nada inhabitual, les dio esta explicación: "Se ha marchado a Australia y hemos perdido todo el contacto con él". Le pidieron una dirección si no me acuerdo mal. Dio una com-ple-ti-ta y totalmente inventada. No han vuelto a llamar. Supongo que seguirán buscándome, que no le creyeron, pero hay mentiras irrebatibles y ese cansancio final de un trabajo. ¿Y a mí qué me importa dónde esté este lerdo, si está en Australia o en la luna? Si llegan a encontrarme en casa, no abriré. Yo no abro. No me importa si los del otro lado, quien haya en el rellano, me oye caminar hasta la mirilla y examinarlo. Me da igual que venda enciclopedias, el Duo de Telefónica o pañuelos de papel. Me da igual que sea un vecino o el portero que avisa de que van a cortar el agua. Antes me ducho con agua fría que abrir o responder. Me da igual que me oigan y me hablen desde el rellano, que me pidan que abra o que se den cuenta de que tengo la música o la televisión puestas. No abro. No respondo. Mi silencio es su oscura duda. Si es la policía, jamás podrá demostrar que estaba dentro, salvo que tiren la puerta abajo. Si lo hacen, declararé que acabo de llegar. ¿Por dónde ha entrado? Y a usted qué coño le importa.

Una vez me quedé solo en casa con mi hermana, siendo niños. Mi madre había salido veloz e intranquila a la esquina para volver corriendo; no éramos bebés; no éramos los McCann. No recuerdo cuántos años tenía pero no fue una irresponsabilidad. Lo que fue una irresponsabilidad fue abrir la puerta. Llamaron. Caminé hasta ella con mi hermana detrás. Abrí. Era una gitana con un par de niños. Tal vez uno solo. Me pidió un vaso de agua. Mientras mi hermana iba a llenarlo, yo me quedé con la puerta entornada. Ni mucho ni poco, para que no percibiese lo evidente: que estaba cagado. Ya sabía que no debería haber abierto. Me temblaban las piernas. No era ella, era la concreción tan patente de la realidad, aunque entonces aún no alcancé a interpretarlo. De muy niño solía preguntarle a mi padre: "Papá, ¿qué son los gitanos?".  Y mi padre me respondía: "Otra raza, nada más". "¿Cómo otra raza? ¿Qué es otra raza?". En la plaza San Felipe, en el viejo Casco Viejo, vivían muchos gitanos y a muchos los conocía de verlos allí. Nunca tuve un solo problema con ninguno. Si los tuve fue en otro lugar de la ciudad. Volvió mi hermana, le dimos el vaso de agua. Ella sabía que estábamos solos. "¿Y si me quedo el vaso?", me preguntó. La puta realidad. Ya no sé qué respondí. Al final me lo devolvió. Sólo tenía sed, aunque le debieron cruzar por la mente varias posibilidades que sólo alcanzó a expresar en su deseo de llevarse el vaso. Mi madre se disgustó a su regreso y yo no volví a abrir jamás.

Sería burdo/absurdo decir que es un trauma y que por eso no abro nunca. De eso nada. No abro porque no me pasa por los cojones.

Desaceleraciones

Desaceleraciones

Mi profesión y yo hemos alcanzado lo que en el buceo se llama flotabilidad neutra: una suspensión total en la que no te vas ni para arriba ni para abajo, la sensación ingrávida del astronauta. Dicho en términos vulgares: nos despreciamos el uno al otro lo suficiente como para no molestarnos demasiado. A veces nos montamos escenitas, pero en general somos un matrimonio viejo, de modo que podemos dejarnos de imposturas. A ratos nos ponemos románticos y yo me emociono y me pongo a recordar cuándo se me ocurrió ser periodista por primera vez, a los 11 años. Ya lo he dicho en algún otro lado: fue culpa de Enrique Blount y Alcides Jolivet, los periodistas de Julio Verne en Miguel Strogoff, que atravesaban estepas siberianas en paralelo o en perpendicular con el correo del zar, y pasaban las crónicas en el telégrafo y dialogaban en los largos trayectos en tren. Una ficción muy conveniente para un muchacho de ojos vidriosos como yo. El caso es que todavía hoy pienso si no será posible darle una voltereta completa a las cosas y probar algo del lado romántico o legendario de este oficio. Me da por pensar que, si uno sabe escribir medianamente y le gusta viajar, debería dedicarse a escribir y viajar, o viajar y escribir. Pero, ¿quién paga por eso? Toda la vida buscando el sentido de la vida y, cuando uno cree dar con él, resulta que nadie lo paga. Debería haber un ministerio dedicado a este tipo de cosas: el cheque bebé y ahora el cheque metafísico. No lo hay ni con Zapatero, tan atento a los detalles. Lo más lejos que he llegado yo son estos Somniloquios, una puta ensoñación mentirosa que me retira de las verdades cada tanto. Y gracias.

En general, como decía, no espero ya casi nada de mi profesión. Es obvio que la profesión no espera ya gran cosa de mí, salvo los textos de cada día, con fecha y hora. Así ha de ser. No hay reproche. Por el camino de la desconfianza mutua he logrado deshacerme de los mayores pesos del periodismo en los últimos tiempos. Mi capacidad para escaparme de la profesión, eso que ahora se llama de forma tan fea desconectar, se me da de maravilla. Me sorprende porque antes me costaba desconectar; ahora lo que me cuesta es conectar, directamente. Digamos que pego chispazos de cuando en cuando, leves intromisiones de la realidad por las que me dejo llevar y a las que le pongo todo el interés profesional del que soy capaz. He de decir que es mucho. Si me pongo, me pongo. Ahora... como esté de no ponerme la tenemos jodida. Soy más difícil que sacar a un pulpo de su agujero. Por fortuna, los años acumulados me permiten una serie de evasivos métodos que llamaremos recursos o, por darle algo más de cuerpo, conocer el oficio. Sin gran implicación emocional, en ocasiones obtengo resultados que calificaré de sobresalientes por comparación con el esfuerzo. No es vanidad, es conformismo. Tengo para mí que 15 años en un diario (o varios diarios) equivalen a unos 30 en un puesto de trabajo normal, sin competencia ni finalización diaria ni hora de cierre ni presión por la excelencia o el vacío de errores. Acabo de cumplir 17. O sea que ya voy bien...

Este somniloquio quería hablar de la desaceleración y ha terminado en el confesionario. Ahora voy con la desaceleración. Al inicio de las vacaciones leí una entrevista a un psicólogo que alegremente afirmaba que el tiempo es relativo y de cada uno. Eso que todos intuimos pero no podemos demostrar. Los maestros del tiempo, decía, son los niños, capaces de desacelerar su transcurso por pura acumulación constante de experiencias. Todo es un descubrimiento para ellos, descubrimientos al segundo, experiencias nuevas por minutos, un bombardeo de ilusiones y emociones indetenible. Por eso los veranos, argumentaba, les parecen eternos y nos parecen a todos mientras los recordamos. Digo yo que también porque duraban tres meses, al menos el triple de lo que duran ahora. Encima eran veranos uniformes, recuerdo: calor mortal y, a partir de agosto, denodadas tormentas por la tarde. Ahora uno no sabe ni en qué mes vive. O el día: ayer felicité a mi hermana por su cumpleaños, que era y es estrictamente hoy. Siempre lo ha sido. Me he desacelerado tanto que tengo la cabeza confundida, porque en realidad esto era una aceleración anticipatoria: una parte de mí había alcanzado el día 6. El resto anda por el 11 de agosto todavía, más o menos.

La receta del psicólogo era el constante descubrimiento adulto. Hacer muchas cosas, todo lo nuevas posibles. Ir a sitios, supongo; visitar lugares; conocer personas. Muy bonito. Pero cada uno es cada cual. He comprobado, contra lo que el psicólogo advertía, que a mí lo que me desacelera el tiempo es la estricta inactividad. Ni descubrimientos ni mandangas. Tengo una organización desorganizada del ocio tan bien hecha que, en cuanto llevo dos días sin trabajar, me faltan horas para no hacer nada. Cuando no hago nada los días se me quedan cortos. He encontrado tantas formas de no hacer nada, que no me llega con 24 horas. Necesitaría días de al menos sus buenas 28-30 horas. Por eso he dado como costumbre en acostarme tarde y dormir poco. Hay que no hacer nada a conciencia. Es agotador.

De entre los no hacer nada que desaceleran están los días enteros en la playa, hablando poco y mirando mucho, oyendo música o leyendo; el fondo de las piscinas desacelera mucho, como bien sabía Dustin Hoffmann en El Graduado; desacelera y aleja, binomio fun-da-men-tal para la supervivencia. La gente se tira de punta cabeza en las piscinas, pero no se debe hacer. Para desacelerar bien, hay que entrar en las piscinas despacito, nada de espasmos musculares: por unos escalones es lo ideal; o bien tomarse del borde de la pileta e ir ingresando los lomos poquito a poco. Luego uno llena los pulmones de aire y se deja hundir; tras varios segundos, se va soltando el aire por la nariz y comprobaremos cómo el cuerpo cae inerte hacia el fondo, muy suavemente. Ese ejercicio, repetido unas cuantas veces (saliendo a la superficie a rellenar, claro) desacelera de cojones.

También desacelera escuchar a Chet Baker al sol en una hamaca, después de una comida frugal, cantando con esa voz asexuada que ocultaba tantos desmanes interiores. El saxofón de Ben Webster también desacelera una barbaridad, y además el soplido del genio provoca una vibración aireada en el timpano que viene a ser como un masajito en los lóbulos de las orejas. Un masajito en los lóbulos de las orejas desacelera como un avión en el aterrizaje, a todo trapo, hasta con un poco de inercia para adelante que se debe compensar de algún modo, o uno va al suelo. Hay que sujetarse bien de los brazos de la hamaca para no irse adelante; si la hamaca no tuviera brazos, agárrense con fuerza los huevos. Ese ejercicio no anula la inercia pero despista mucho y, por comparación, el dolor consiguiente deja en un juego de niños lo de la inercia. Leer a Pete Dexter desacelera mucho; leer periódicos, no. Son fugaces. Perry Mason también acelera un poco. Bucear desacelera que te pierdes, por el mismo principio de El Graduado pero multiplicado por cien o mil. Los crucigramas y los autodefinidos, aunque parezca lo contrario, aceleran. Lo sé. Una tarde frente al mar agitado en La Caracola desacelera que te mueres. Unos jugando a las cartas y otros leyendo, parecíamos personajes de Woody Allen en Septiembre o un cierto rollo James Ivory o Los Amigos de Peter. Muerte en Venecia, pienso ahora; Dirk Bogarde dejándose ir en la hamaca, rodeado de la peste juvenil del efebo rubio, tapadito con mantas.

Somniloquios debería desacelerar. Si no lo hace, presentad una reclamación.

[Foto: Chet Baker, soplando la trompeta. Si os gusta que os acaricien las orejas con las yemas de los dedos, escuchad The Best Of Chet Baker Sings... O haced lo que queráis, chicos. Ya llamaréis con lo que sea].

Puerta, con un niño en brazos

Puerta, con un niño en brazos


Creo que fue en marzo cuando viajamos con el fotógrafo Alfonso Reyes para ver un derbi sevillano en el estadio del Betis. Era otro episodio de nuestro proyecto de libro sobre el fútbol en el mundo (no encuentro forma de ponerle un epígrafe más concreto o cierto) y nos pareció que el clásico andaluz podía entregarnos alguna imagen que compusiera la imagen global que buscamos en las imágenes locales. Después de una tarde más bien tensa con los ultras del Betis en los alrededores del estadio -los fotógrafos poseen una naturaleza incauta, cuando no riesgosa, pensaba yo en medio del asedio de aquellos bravos muchachos...-, Alfonso se perdió en lo suyo nada más entrar al campo y yo me paseé despacio por la banda. Mirando, pero sin saber bien qué quería ver. En un momento dado me senté al pie del rectángulo, sobre el foso lateral, y me quedé observando distraído el rondo de los suplentes del Sevilla. Los ronditos siempre me han subyugado. Tienen un aquél.

Por mi posición, veía primero las piernas de los jugadores y luego, si miraba hacia arriba, el resto del cuerpo, las caras y más allá la creciente agitación del estadio, el borbotón de los hinchas, y los aleros de las tribunas que se hundían contra una noche presurosa. En el jueguecito con la pelota, los futbolistas del Sevilla se movían con gracia, tocaban, engañaban, vendían amagos al tipo del centro del círculo, bromeaban antes de tirar un caño y más aún después. De entre todos -y esto no lo digo ahora porque venga al caso, realmente era así-, de entre todos los pares de piernas que manejaban el balón en ese espacio mínimo de trileros, llamaba la atención una zurda. Existen jugadores de fútbol con una gracia especial para jugar los rondos. Mira que todos los profesionales tocan la pelota de un modo y a una velocidad especial cuando practican el juego favorito de los suplentes; pero algunos, insisto, parecen nacidos para jugar al fútbol y aún más para jugar al rondo. Recuerdo a Cani producirme una sensación similar en la pretemporada de 2002 en Holanda. Así que seguí esas piernas, esa zurda que describía los engaños como si los contara de palabra. Arriba de esas piernas, cuando levanté la cabeza, vi a Antonio Puerta. Quedón, canchero, sonriente, ventajista, riéndose a cada momento.

Por la mañana habíamos visitado el barrio de Nervión, horas antes del choque, cuando el Sevilla finalizaba su entrenamiento. Afuera aguardaban decenas de aficionados para obtener una fotografía, una firma o una palabra de los ídolos. La otra noche, cuando Puerta llevaba ya más de 48 horas en estado crítico, me fijé en la selección de fotografías que Alfonso Reyes ha hecho para exhibirlas en la gran exposición que Antón Castro prepara en el 75º Aniversario del Real Zaragoza. Nuestra partipación (sobre todo la de Alfonso, que es el artista del dúo) supondrá apenas un breve adelanto del volumen que estamos completando, y al que aún le quedan algunas etapas, algunos viajes; partidos, estadios, goles, hinchas, gestos, pasiones. En el combinado que extrajo Reyes hay imágenes desnudas de sol y sombra en Senegal, chicos descalzos, arena y porterías apenas dibujadas por maderos. También la fiera pasión argentina o la religiosidad laica con la que los británicos se relacionan con sus equipos preferidos. Y entre todas, una foto de aquellos dos días en Sevilla: en ella se ve a un futbolista que ha descendido de su automóvil para tomar a un bebé en sus brazos, a la salida del último entrenamiento del equipo sevillista; mientras el jugador sostiene al niño, lo fotografían el padre y varios aficionados más, con cámaras digitales y teléfonos. Enmarca la imagen, bien común, el estadio Sánchez Pizjuán, tomado con un objetivo angular que produce esa sensación de las fotos circulares, que integran todo el entorno. A simple vista, al mirarla la otra noche, me pareció que la silueta del futbolista era la de Antonio Puerta. Una de esas casualidades que alguien podría interpretar como morbosas. La selección de Alfonso es previa, por si hace falta decirlo. Amplié la imagen y, sí... era Antonio Puerta. Ahora ya muerto, mientras en el vientre de su madre lo sobrevive un hijo que ya no lo conocerá. Puerta, con un niño en brazos.

"¿Qué significado adquiere ahora esa foto?", le pregunté por mensaje a Alfonso Reyes. Me respondió: "A las fotos les da valor el tiempo y en ocasiones, la casualidad. Esa foto era la idolatría a un jugador; y ahora, ya ves...".

[Foto: Puerta, en un gesto de triunfo íntimo y colectivo. El equipo que ha ganado cinco títulos en 15 meses ha rodeado la leyenda para ingresar de manera trágica en los territorios del mito. Para siempre ya, por desgracia, este Sevilla portentoso de Juande Ramos será el Sevilla de los títulos y el Sevilla en el que murió Puerta, casi cuando jugaba un partido de fútbol. Este deporte no está hecho para el drama. Por eso las leyendas de dolor, victoria y muerte perduran hasta el simbolismo. Antonio Puerta será ya siempre un futbolista grande en el recuerdo y la leyenda lo enmarcará hasta mezclar realidades con promesas e hipótesis. Descanse en paz].

Catalonia is not Aragón

Catalonia is not Aragón

Yo sólo leo los periódicos cuando estoy de vacaciones. El resto del año apenas miro los periódicos. Y cuando salgo de la Inmortal, acostumbro a comprarme la prensa del lugar que visito. A este lado del Cinca siempre compro La Vanguardia, un diario escrito de modo muy ameno e inteligente. Lo prefiero por eso y supongo que por el sesgo político del resto, que me los presenta obsesivos e impresentables. También por el crucigrama de Fortuny, un fenómeno de las definiciones en sentidos figurados, muy ocurrentes y sugestivas. Con Fortuny me reto cada tarde en una batalla incruenta pero de algún modo feroz. Mientras resuelvo el entramado no se me puede ni preguntar la hora. Se me pone peor hostia que al ajedrecista Gari Kasparov, al que no le llamaban el ogro de Bakú por capricho. El crucigrama de La Vanguardia, para un ganador como yo (!) es una cosa seria. A veces la lucha se resuelve con cierta velocidad, las menos, bien a su favor o al mío; otras, se prolonga dos o más días. Por ahora voy ganando 2-1. Hoy me tocaría jugarme una cómoda ventaja o el empate... Pero esta mañana ha ocurrido algo y no sé si reanudaré el desafío. No sé si leeré más La Vanguardia, mira tú... uno de esos periódicos para los que me gustaría trabajar. Pero soy un aragonés sensible, pleonasmo evidente. Vulgo... no me gusta que me toquen los ous.

Lo que me pasa con La Vanguardia es que me entretienen las noticias, cualquier noticia, por el modo en que están redactadas y estructuradas. Y como me entretienen, las comprendo. El lenguaje periodístico tiende a la uniformidad y se deforma en dirección opuesta a la calidad. Pero ese es otro tema. A lo que voy. El año pasado, La Vanguardia y todos los demás escribían cada día sobre el Estatut, y este año llenan páginas y páginas con la polémica de las infraestructuras en Cataluña, problema de triple vértice: el apagón de Barcelona, el AVE que no llega a BCN y los proverbiales atascos en los peajes de las autopistas catalanas. Visto así, no les falta razón. ¿O sí? Advierto que en los últimos meses ha crecido en Cataluña una conciencia de agravio que ya no se alimenta con los asuntos de la identidad, tan pesados ellos, sino con cuestiones más prácticas y terrenales como éstas. Pero claro, a un aragonés estas cosas le tienen que hacer gracia por fuerza. A mí me la hacen. Más gracia que la puta mierda, me hacen. La misma de cuando el Real Madrid y el Barça se quejan de perjuicios arbitrales. A Manuel Pizarro, turolense para más señas, no sé si le hacen gracia o no estas ironías del destino, pero se ve que ayer acudió al Parlament a cuenta de las responsabilidades de Endesa en el apagón barceloní y les pegó un repaso soberano a todos los comisionados agosteños. Un baño de datos, realidades y hechos que la virtualidad de los discursos políticos apenas pudo rozar, y que venían a demostrar que el agravio no existe. Cierto que a los números se les puede estrangular hasta que digan exactamente lo que queremos, pero Pizarro dejó además un trazo grueso de subrayado cuando dijo esto: : "No se puede tener calidad alemana con precios tercermundistas", dijo Pizarro. No sé si la frase es cierta o no; pero dicha en el Parlamento catalán, donde me parece que todos se creen bastante listos, me encanta.

Así que Alfredo Abián editorializaba esta mañana en La Vanguardia sobre la comparecencia y ahí vino el desencuentro que puede provocar que yo no haga más el crucigrama de Fortuny, cosa que de seguro a Fortuny le va a importar un huevo. Abián, director adjunto del diario, juega a comparar a Pizarro con Jaime I el Conquistador -aquí Jaume I (el romano no se traduce al catalán, creo)- y a referirse al reino catalano-aragonés. El reino catalano-aragonés, anoto, lo tengo por un eufemismo (léase embuste) con el que el rodillo de la inteligentsia catalanista y alrededores envuelve en los últimos tiempos una vieja realidad que sólo tiene un nombre: la Corona de Aragón. Lo que no pensaba es que el discurso se hubiera extendido tanto como para tocar las orillas siempre bien comedidas de La Vanguardia. Tanto arraigo va tomando que incluso Aragón TV (a la que por cierto observo que todo el mundo llama Antena Aragón, uno de esos empeños fascinantes del vulgo...) se vio obligada a retirar temporalmente una serie documental sobre el Pirineo porque en el primer capítulo la productora (catalana) había colado el término reino catalano-aragonés para referirse a la Corona de Aragón, una de las varias coronas de la península ibérica en la Edad Media, como sabe cualquiera que haya estudiado antes de la llegada de la LOGSE y del deshueve educativo.

La verdad, comprendo que uno ha de fundamentar su identidad y conciencia en muchas verdades y alguna mentira. Todos nos las decimos frente al espejo cuando no se las contamos a los demás; de otra forma no habría modo de resistir ni de aguantarnos, porque casi todos somos fundamentalmente mediocres si nos miramos bien. Los aragoneses, por ejemplo, somos noblemente mediocres. Pero yo no trago que un editorial me hable de lo que jamás existió. Que en el reino de Aragón se integraran por razón de casamiento, como era natural, el condado y principado catalanes, es una cosa; que Jaime I se ganara el sobrenombre del Conquistador por su expansión mediterránea (las tomas de Valencia y Mallorca, ésta con una buena parte de héroes catalanes, por cierto, según los historiadores); que diera luego condición de reinos a estos dos últimos territorios, que crease cortes, que desplazara el centro gravitatorio de la corona hacia las tierras mediterráneas, que precisamente ayudara al alimento de las conciencias de cada uno de sus territorios y al impulso de sus culturas propias, o que estableciese la línea divisoria entre Aragón y Cataluña en el Cinca (precisamente), ayuda a explicar la consideración mítica que el rey Jaime tuvo y tiene en el arco mediterráneo (Abián lo llega a calificar de mito del pancatalanismo) pero no varía la verdad. Un editorial tampoco debería intentar hacerlo: esto no es revisionismo, es vulgar mentirosismo.

Añado, para los de argumento fácil que me puedan leer: a mí no me importa ir a comer al Restaurant Esquerra (grandiosas cigalas, soberbia fideuá...) y que la apetitosa carta esté sólo escrita en catalán y yo tenga que preguntar lo que no comprendo. Por cierto que a cuenta de ese cotidiano detalle mantuvimos en la mesa, y después, una bizantina discusión y yo estaba del lado del restaurante y de la carta en catalán. Me gustan los idiomas. Me gusta mucho el catalán y lo saben amigos y amigas catalanas con los que me he divertido ensayándolo. Desde ayer me gustan mucho las cigalas en catalán de casa Esquerra, y eso que las cigalas no me habían hecho gracia en ningún otro idioma antes. Juego a parlotear el catalán cuando pido en las tiendas estos días. A Jaime I también le gustaba y hasta dictó una crónica en este idioma. En fin, que cada uno en su casa habla la lengua de sus padres y no hay más historia. Lo que no admito es lo del reino catalano-aragonés, una broma pesada y manipulatoria. Se ve que Catalonia is not Spain y que, retrospectivamente, ahora también resulta que Catalonia was not Aragón. Pues muy bien... se acabó Fortuny. Creo. Veremos.

Pd: Encima se ponen ellos antes del guión, los muy perros: yo les cortaba la luz en el Monasterio de Poblet hasta que cambien los nombres de los sepulcros reales de los reyes ARAGONESES. Se lo diré a Honorio para que se lo diga a Pizarro... ¡¡¡Ay pitera, Manolo!!!

Perry Mansor y amigos

Perry Mansor y amigos  

El hombre somniloquio se ha parapetado a medio camino de suave montaña y ancho mar, cerca de una frontera que no existe, con un equipo de supervivencia emocional que paso a detallar y someto a juicio, consideración o consejo de quienes tengan la curiosidad de interrogarlo. A saber:

  • Tres bañadores y siete camisetas (en ambos casos las cifras son aproximadas).
  • Un pantalón largo de algodón con muchos bolsillos.
  • Un pantalón corto de algodón con muchos bolsillos.
  • Un equipo completo de submarinismo (incluye gafas de ver de lejos con cristal al aire, y lentillas desechables).
  • El chico del periódico, estupenda novela de Pete Dexter, un tipo al que considero un paso por detrás de Richard Ford y varios por delante del decadente Paul Auster.
  • Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
  • La maldición de los Dain, de Dashiel Hammett.
  • El cuchillo, de Patricia Highsmith.
  • El asesinato del casino, de S.S. Van Dyne.
  • Una cuyo título no recuerdo (y no tengo ganas de levantarme a mirarlo), de P.D. James. Y, sobre todo, ...
  • ..seis o siete casos de Perry Mason, el genial abogado escrito por Erle Stanley Gardner. De lejos Perry Mansorrrr, que diría Chiquito, es el personaje del verano, como otras veces lo ha sido Sam Spade o Phillip Marlowe. Compré los libritos editados por Plaza&Janés en los años sesenta en la última feria del libro viejo. Me encantan. Están editados en tapa dura y con una sobrecubierta dibujada por un tal Álvaro. La letra tiene un ritmo tan desigual que parece que alguien se encargara de mecanografiar cada ejemplar.
  • Una bicicleta.
  • Unos binoculares.
  • Un mp3 cargado hasta las cejas, con cascos con reducción de sonido exterior, muy convenientes contra los niños que chapotean en la piscina, el oleaje, las conversaciones circundantes, los perros ladradores y la voz interior. Ayer leí que nunca hay que responder a la primera una voz que te llama por tu nombre: puede ser la muerte. Con mis noise reduction de Sony no hay tal posibilidad: si viene a buscarme la pálida, me encontrará ensordecido por Steve Earle, Patti Smith, Tanya Donelly, los Killers, Trembling Blue Stars, Neil Young, Tom Petty, los Traveling Wilburys, los Smiths, James o, más probablemente, alguno de los discos de Wilco que no oigo, sino rezo. Cuando oigo música, sólo quiero oír la música. Nada más.
  • Unos tapones de espuma, marca OtoTap, para los oídos: filosofía, la misma del noise reduction. Cuando uno sale de casa puede dar con un colchón desaprensivo o un muestrario de ruidos ajenos que incluyen desde Bisbal en una radio ilocalizable por las mañanas, a una colección de periquitos estridentes en el ventanal del otro lado. Por no hablar de los canes insomnes y las cotorras canoras de dos piernas que pasan el aspirador mientras ensayan coplas y gorgoritos. No conviene arriesgarse.
  • Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah.
  • Carlito's Way y Scarface, dos maravillas de Brian de Palma.
  • El golpe, de George Roy Hill
  • La serie completa de The Office, versión inglesa.
  • Un concierto de James, otro de los Rolling Stones, la película I am trying to break my heart, documental sobre Wilco y el extenuante proceso de creación de su álbum Yankee Hotel Foxtrot, una colección de vídeos de New Order...
  • ...y, sobre todo, una antología de las grandiosas películas del trío Fernando Esteso/Andrés Pajares/Mariano Ozores, que incluye las siguientes joyas: La Lola nos lleva al huerto; El hijo del cura; El liguero mágico; Los Autonómicos; Los chulos; Cuatro mujeres y un lío; Qué tía la CIA... Todas coronadas por dos de sus más reconocidas y deshuevantes obras, contra las que apenas admito críticas sin cruzar los puños: Al este del oeste y Los liantes.

Si tenéis alguna sugerencia, es la hora de darla. Hasta que no acabe con todo no vuelvo. Lo advierto.

[Foto: Perry Mason y Della Street, su chispeante secretaria, en los papeles interpretados para la serie de TV por Raymond Burr y Barbara Hale].

Fuego

Fuego

Estás oculta bien adentro, como una enfermedad que aún no ha sido revelada, como una conciencia que aguarda el día de su palabra. Eres cristal en el agua, una confusión de espejos enfrentados, sopa de letras en la que está escrita la verdad, pero desordenada por la implacable rutina de los hechos. Eres apenas un leve coleóptero de bellos colores que se mimetiza sobre una flor. Cuando aleteas para alejarte de mí, siento la rara obligación de diluirme en lluvia. Si te acercas quiero hacerte arder en una llama que dure siempre. Tengo preparada esta candela contra la tormenta, y para rezarte por mi salvación el día de la última batalla. La oración definitiva te la diré a ti, y morderé las letras de tu nombre una a una, como cuentas de un rosario entre los dedos. 

Esta noche hay fuego en el aire y hay fuego adentro, en cuerpos adosados y casas que se retuercen. Explosiones envueltas en un silbido gamberro y ascendente, petardos, trallas, humo; akelarre, magia y mentira; siete olas de fuego sobre las que saltar antes de que amanezca y hayamos ardido todos. La expiación de los pecados en una hoguera en la arena, una noche ruidosa y corta. Han pasado las diez y la oscuridad aún no se ha derramado completa. Han pasado años y no hay luz todavía. Las ventanas abiertas vomitan a Steve Earle cantando un blues y arde América de costa a costa en San Juan. Moras que danzan en el borde de los ibones, sombras entrecortadas frente a las llamas, dibujos de humo ascendente. Ominosas nubes hacen sombras blancas contra el cielo. Esta calma es mentira. Huelo la violencia en el aire y en algún lado, en alguna esquina, en un callejón enfermo... Yo mismo huelo a podrido. Y un cuchillo que deshace la carne en chispazos babeantes. Esta noche vamos a sudar. Esta noche vamos a luchar.

Memoria de Stevenson

Memoria de Stevenson

"Hay una fábula que casi toca el meollo de la vida: la fábula de un monje que se internó en el bosque, oyó a un pájaro entonar un canto, prestó oídos durante un par de trinos y se dio cuenta de que se había convertido en un extraño al volver a las puertas del monasterio, pues había estado fuera cincuenta años, y sólo uno de sus compañeros había sobrevivido para reconocerle. No sólo en los bosques entona su melodía ese hechicero, aunque puede que ése sea su lugar de origen. Canta en los lugares más oscuros. (...) Toda la vida que no es meramente mecánica está tejida con dos hilos: la búsqueda de ese pájaro y su escucha. Y precisamente eso hace que la vida sea tan difícil de valorar, y el goce de cada uno tan imposible de comunicar. Y saber eso y recordar esas horas afortunadas en las que el pájaro ha cantado para nosotros, es lo que nos produce tanto asombro cuando leemos a los realistas. En ellos, desde luego, hallamos una imagen de la vida que hace referencia a todo lo que que ésta tiene de barro y hierro viejo, deseos baratos y miedos baratos, los que nos avergüenza recordar y los que no nos importa olvidar; pero de la nota del ruiseñor que devora el tiempo no recibimos noticia".

('Los portadores de faroles', de Robert Louis Stevenson: incluido en el volumen 'Memoria para el olvido: los ensayos de R. L. Stevenson', Ed. Siruela)

[Ya he hablado de Robert Louis Stevenson, de largo uno de los autores preferidos y uno de los que con mayor facilidad me vuelve un muchacho mientras lo leo; como muchacho que disfruta, más feliz; como muchacho que escucha, más inteligente y sensible. Stevenson vivió desde niño acosado por la tuberculosis, y falleció demasiado pronto -a los 44 años- como para reclamar su existencia por modelo envidiable. Sin embargo, en ese largo paréntesis de dolor, Stevenson conoció algunos éxtasis irreductibles de la vida humana: los relatos temblorosos que su aya, la tierna Cummie, le contaba para espantar el dolor de la enfermedad con un miedo psicológico mucho más liviano; su amor por Fanny, norteamericana a la que conoció en un viaje por Francia y cuya añoranza no pudo doblegar: viajó a Estados Unidos y le pidió matrimonio; ella aceptó; su viaje por casi todo el mundo y especialmente por los mares del sur; su reconocimiento entre los aborígenes como un ciudadano más de sus islas; su dulce fallecimiento en Samoa -queremos imaginarlo dulce en ese entorno, aunque no lo fuera-, y la sepultura en una montaña que mira al inmenso océano, con este epitafio, extractado de un escrito suyo: "Aquí yace donde deseaba estar. / El marinero ha vuelto del mar. / Y el cazador ha vuelto del monte". Naturalmente, la mayor envidia es la textura cristalina y precisa, leve y perfecta, de sus cuentos, novelas y ensayos. A menudo he pensado en la felicidad irrecuperable de leer por primera vez 'La isla del tesoro'; lo hice el año pasado y, sí, fue como la primera porque hay que olvidar esos libros tan felices para que nos sea concedida la dicha de recuperarlos alguna vez. Ahora, acabado (por fin) el sombrío 'El Día de la Independencia' (largo, oscuro y precioso como el invierno) he recurrido a los ensayos de Stevenson. No podría haber hecho mejor elección. Esa sensación la conoció Stevenson en Marco Aurelio y nosotros en el autor escocés. Lo dice el prólogo y lo corroboro aquí, por reiteración: "Cuando lo has leído te llevas el recuerdo del hombre mismo; es como si hubieras asido una mano leal, fijado la vista en sus valientes ojos, y te hubieras hecho un noble amigo; de ahora en adelante, te atan otros nuevos lazos, sujetándote a la vida y al amor de la virtud". Exactamente eso es Robert Louis Stevenson: un amigo que regala nobleza, elevación del espíritu, dicha e inteligencia.