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Dedicatorias

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Las dedicatorias acostumbran a envejecer tan mal como los amores que las inspiran. En 'El día de la Independencia' de Richard Ford (un libro que dejé hace tiempo y al que ahora he regresado, un libro irónico con amargura, y amargo de ironía, que leo despacio para retrasar su final), Frank Bascombe es un ex periodista deportivo y escritor de relatos retirado, que se dedica a la venta inmobiliaria. Separado, decide pasar el 4 de julio con su hijo, víctima de una trastornada adolescencia, y en el hotel rural en el que se alojan descubre por casualidad su primer y único libro sobre los estantes de una polvorienta biblioteca, en el salón de estar. El hallazgo lo ilusiona de un modo contradictorio. En las primeras páginas encuentra una dedicatoria. Éste es el extracto:

"No parece, de hecho, que hayan abierto nunca el libro (sólo fue expuesto a la lluvia). Paso a la página de la dedicatoria: 'A mis padres' (¿a quién si no?'), a la del título, dispuesto a disfrutar de las líneas 'Frank Bascombe', 'Melancólico Otoño' y '1969', compuestas en vigorosos caracteres Ehrhardt, tan atractivos, y notar la vieja sincronía extenderse hasta aquí y ahora. Lo que pasa es que lo que mi ojo encuentra, escrito en azul sobre la página del título, con una letra que no conozco, es: 'Para Esther, en recuerdo de aquel otoño realmente maravilloso contigo. Te quiere, Dwayne. Primavera de 1970', todo ello tachado con un pringoso lápiz de labios y debajo escrito: 'Dwayne. Recuerdos de dolor. Recuerdos de follar. Recuerdos del más grande error de mi vida. Con mi desprecio hacia ti y tus marranadas. Esther. Invierno de 1972'. Hay una gran huella de unos labios rojos debajo de la firma de Esther, unida con una flecha a las palabras 'Que te den por el culo', también con lápiz de labios. Es muy distinto de lo que esperaba".

[Foto: El escritor norteamericano Richard Ford, uno de mis héroes de los últimos tiempos, en grises y negros. Se puede decir sin exagerar que he sobrevivido en el desierto gracias a sus historias y la voz de Jeff Tweedy].

Escenas: enamorados bajo la lluvia

Escenas: enamorados bajo la lluvia
Tengo dos lugares preferidos en Zaragoza: la espalda del ábside de La Seo al mediodía, cuando revienta el sol contra el artesonado mudéjar de los muros. Y el Paseo de la Constitución en su primer tramo, el más próximo a la Plaza Paraíso. Me gustan las copas enormes de los árboles que quieren arquearse sobre el bulevar central. Y sobre todo me gusta esta escena de los paseantes enamorados bajo la lluvia, que siempre me produce una borrosa nostalgia que me cuesta sacarme. Me gustan los anchos bajos del pantalón de él, la entallada gabardina, la mano que rodea la cintura de ella y la faldita mínima. El paraguas es una fuente. Los fotografié ayer, con el móvil, de espaldas para que los engullera esa luz mortecina del mediodía nublado. En los bancos del paseo se solazan mendigos que despliegan carros de la compra repletos de cachivaches. Uno de ellos almuerza un mendrugo de pan y les tira migas a un puñado de palomas. Los vecinos se han quejado de los olores, porque durante todo el año duermen y viven bajo los soportales de la acera más próxima a la Plaza de Aragón. Yo cruzo en diagonal para cobrar un talón en el banco de enfrente. Los dos enamorados están siempre igual; siempre igual de enamorados, siempre igual de jóvenes. Siempre bajo las copas de los árboles y esta lluvia que no acaba y este amor que no se moja.

Caretas de porcelana

Caretas de porcelana


Yo soy un abstencionista nato. No he votado en unas elecciones en mi vida y no sé si lo haré jamás, pero sospecho que no. Lo peor es que esa postura carece de argumentaciones o de una posición ideológica/moral/filosófica consolidada. No hay motivo. Simplemente, es una de esas cosas que no me llaman, como ir a esquiar, digamos. Juro que mi intención no es frivolizar sobre el asunto; tengo plena conciencia del significado, necesidad y logros de la democracia, pero no participo de "la gran fiesta", como le dicen. No trato de reventarla ni de mostrarme ajeno ni de poner palos en la rueda ni de despreciar a quienes participan ni nada de eso. Yo no voy y ya está. Y me molestan los entusiastas que me han tratado de convencer a lo largo del tiempo diciéndome que si no quiero votar, tendría que votar en blanco (aún no he entendido por qué, qué ventaja supone no para el sistema, sino para mí), o que si no voto no tengo derecho a quejarme. Yo no voy a acabar con la democracia, Dios me libre. Tampoco voy a esquiar y no por eso soy culpable de no contribuir al desarrollo de Aragón.

Supongo que a lo mejor la primera vez que tuve oportunidad de no votar y no voté lo hice por algún motivo justificado, pero no me acuerdo. Podría ser que no. En cualquier caso, después se me ha impuesto una mezcla de pereza, escepticismo y vergüenza: me produce cierta inquietud llegar al colegio electoral y que alguien se percate de que no sé cómo funciona el tema, un tío de mi edad. Así que los días de elecciones me gregarizo (mira que es fea la palabra ésta) y deposito mi confianza en la sabiduría y buen juicio del pueblo español, en el que confío a pesar de las pistas que me dan los índices de audiencia de las televisiones y todas esas cosas.

Las campañas me hacen gracia. Conozco pocos embustes presentados de forma al mismo tiempo tan burda y tan convincente. Todo el mundo es consciente de que hay un truco (algo patético, pero truco) en los discursos, en los políticos que hablan en mangas de camisa, en las recomendaciones de que las fotos de campaña sean "casuales y desenfadadas", en los arreglos de photoshop de las fotografías y, por ir algo más allá, en los incumplimientos de los programas, en las alianzas post parto, en todas esas cosas. Si los votos dependen de que un candidato salga en camisa o no, yo no sé qué pensar. Quiero creer que no es así, pero entonces... ¿por qué lo hacen? Nosotros no somos ingenuos, ellos saben que no somos ingenuos y, sin embargo, el invento funciona sobre la base de una ingenuidad tácita, como una cierta suspensión del orgullo del ciudadano o un sometimiento al juego democrático o no sé bien qué es. Los políticos prometen estos días, y nosotros ni siquiera escuchamos las promesas porque sabemos que se las va a llevar el viento de la conveniencia o los arreglos posteriores.

A mí me parece todo un poco raro, me parece que un tanto por ciento demasiado elevado de todo esto se sustenta o lo quieren apoyar en mensajes subliminales: la camisa sin chaqueta o sin corbata, la actitud correcta en los debates, que se inventó Kennedy contra Nixon, los rostros jóvenes en el fondo de la pantalla cuando hay mitin, los tonos cálidos y los fríos... O sea, una base movediza de la que no sé qué pensar. Es necesario, claro... eso debe ser. Pero un voto es cosa seria, ¿no? Y todo esto de las caritas/caretas/carotas de porcelana no parece muy serio. Yo por ejemplo ando asustado hace días con el lifting que le han hecho a Marcelino Iglesias en las fotos de campaña. Parece que lo hayan fotografiado poniéndole una cortinilla de gasa delante, como a la divina Garbo y las actrices de los viejos días. Marcelino, y otros, tienen un rostro de porcelana encendida. El caso de MI me resulta fascinante, porque a mi modo de ver resume Aragón: es el presidente invisible, el hombre que nunca estuvo allí. Y va para la tercera legislatura sin que nadie le haga frente. Hay quien lo llama "normalidad y sosiego político". Yo creo que es otra cosa: es la política de la liebre. En Aragón no se puede sacar la cabeza o te dan el hostiazo a toda prisa. Así que Iglesias gobierna amagado frente a los focos, como las liebres en el campo, sin que nadie lo advierta, sin dejarse notar. Y ahí reside su constante triunfo. Ni un gesto ni una palabra de más. El gobierno silencioso. Calculada naturalidad de un hombre al que siempre que veo le advierto un postizo de cuerpo entero.

Por cierto que El Mundo bucea en los arreglos fotográficos de los candidatos, que son chapuceros donde los haya. Pero aquí todo funciona o cumple un fin que justifica los medios. Por contra, alguien debería haber hecho algo con las fotos de campaña de Domingo Buesa y Gustavo Alcalde, que son mucho peores que las versiones reales de los dos candidatos del PP. Ser político no resulta fácil. Si de pronto yo me viera en cartelones de 10x10 en medio de las avenidas o en los autobuses de la ciudad, tendría que exiliarme. Bastante he hecho con acostumbrarme a encontrar mi cara en pequeñito en el periódico cuando escribo. Jamás he mirado un programa de televisión en los que aparezco (grabado, quiero decir, lo otro sería imposible...) aunque me han recomendado que lo haga. No quiero. Es como El exorcista: nunca he tenido huevos de ponerme a verla, no sea que descubra lo que no quiero saber.

Este Somniloquio electoral me parece patético. He de decirlo. Ustedes perdonen.

[Foto: Juan Alberto Belloch -sin la pianista- a cara descubierta en un mitin de campaña. Debidamente caracterizado, Belloch haría un magnífico Fu Manchu o también el cochero de Brácula. Al fondo, el rostro terso del presidente virtual: marcelinoiglesias.es].

El cuerpo del Rey

El cuerpo del Rey

Le he hecho un seguimiento moderado al asunto éste de la nieta del Rey. No es para menos. El despliegue informativo resulta enternecedor, portentoso, emocionante. Se trata de una gran noticia, como lo demuestran los titulares que he reunido en esta selección, hecha a voleo en un diario de referencia como es El Mundo. La muestra atiende a un desordenado orden cronológico, pero me parece notable:

  • "La segunda hija de los Príncipes se llama Sofía". (Ahí está el notición, sí señor; de ahí en adelante el resto del día -como dice el personaje de Kevin Spacey en 'American Beauty' mientras practica el onanismo matinal en la ducha-, de ahí en adelante el día va a peor).
  • "El cordón umbilical se quedará en Madrid" (un cordón umbilical con voluntad propia, ya era hora).
  • "El Príncipe cuenta cómo nació su hija Sofía". (El pormenorizado relato incluía dos detalles que eran para el primer párrafo de la información de libro: hubo cesárea y la niña se parecía "bastante" a su hermana Leonor).
  • "Sofía, un nombre de origen griego y cargado de referencias clásicas que significa 'sabiduría". (Para mí, este titular marca el inicio en este caso de lo que bien se ha dado en llamar 'periodismo de investigación').
  • "Consejos para que Leonor no pierda 'el trono". (Nótese que le agregan comilla simple al sintagma 'el trono': cosa de que el lector, que generalmente es un pelele sin entendimiento como bien sabemos todos los periodistas, se percate del sutil juego de palabras que el redactor ha querido introducir en su titular: el trono por lo de 'la trona'. Este titular es buen reflejo de que van pasando las horas en las redacciones y se viene la inevitable tormenta de ideas: cómo convertir un sms en un puñado de páginas. Y encima con el equipo del domingo, que es la redacción adelgazada a la mitad, más los becarios a los que han traído a lazo porque no se pueden negar, menos los de Deportes, que no quieren saber nada del mundo exterior hasta que Nadal y Federer no jueguen la 'batalla de las superficies' en Antena 3. El periodismo, ay, el periodismo).
  • "La infanta Elena: 'Sofía come muy bien". (Por fin un testimonio, joder, ya era hora: una foto de alguno de la familia llegando en su coche de gran cilindrada y sale la portada sola).
  • "El signo de Sofía". (Esta reflexión hay que leerla).
  • "El Rey visitará hoy a la infanta Sofía". (¿El rey? Ah, sí... el Rey. El del mensaje de Navidad y ese que sale en los documentales de recuerdo del 23-F. El Rey. ¿No jodas que no había venido el Rey aún? No. Ah. Que majo y qué próximo es ese hombre, ay).
  • "Leonor visita a su hermana". (No me digas que no es una monada).
  • "La infanta Leonor se escapa de la mano de su padre". (qué rica).
  • "El Príncipe dice que Letizia y Sofía saldrán de la clínica 'probablemente' el viernes". (Sobrio, directo, informativo, académico: un grandísimo titular se mire por donde se mire. Ni siquiera lo desmerece el 'probablemente' -los condicionales no se admiten en los titulares-, porque lo ha dicho Felipe, va entrecomillado y ahí es nada el tema).
  • "Leonor vuelve a visitar a Sofía". (Es igual que Alfonso XIII, mírala... ¿Leonor? No, Sofía. ¿La infanta? No, la madre).
  • "Paz Vega da a luz a su primer hijo y comparte protagonismo con la princesa Letizia" (en cuanto le zicatrize la zicatriz a Letizia, se va a enterar la Paz Vega esa de los cojones, robándole protagonismo a la prinzesa del pueblo.... Por cierto, que el hijo de Paz Vega se llama Orson, apunto: como un director de cine y muchos perros, pero creo que se lo ha debido poner por el director de cine. Porque esta chica es actriz, no sé si estáis en el tema...).
  • "El Rey: 'La niña es muy mona". (Como a menudo le ocurre a Hommer Simpson con Maggie, su niña pequeña y prescindible, podría ser que el Rey hubiera olvidado por un momento el nombre de 'la niña', dado el nivel de jet-lag con el que este hombre se presenta en los partos).

Se aderezan las noticias con reportajes y graciosos apuntes variados: 'Uno de ellos es 'Posibles novios para Sofía', recopilación de niños de baba azul, de su misma edad o parecida, que me pregunto yo para qué si esta familia hace rato que decidió ser uno más del pueblo pero sin el pueblo, y literalmente tirarse a la cama con quien les plazca y si es posible que no sea nadie de familia real ni parecido. Creo que fue Vicente Molina Foix el que hace años publicó en El País un formidable artículo que titulaba 'El cuerpo del Rey', como este Somniloquio, sobre aquel noviazgo de Felipe con Eva Sannum. En él, el autor advertía que los Borbones habían acabado por arrebatarnos el único privilegio que los ciudadanos teníamos con respecto a ellos: la posibilidad de elegir a quien queramos como esposo/a, sin someternos a la tradición monárquica ni a nada parecido. Y es verdad. Quizás simple pero muy cierto. La verdad es que si uno mira 'La Familia de Carlos IV' , de Goya, comprende que esta gente tenga necesidad de escapar de la endogamia y caiga en el balonmanista o el otro, que no sé qué era antes de ser el otro, ni después. Por cierto, que en este noticiario alternativo descubro que quizás hay otros arrebatamientos más materiales... Vuelvo a lo del cuerpo del Rey: yo mismo se lo dije a una amiga cuando salió lo de Letizia: "¿Me follo yo a princesas? No. Pues entonces que él deje en paz a las periodistas...". Claro, que he oído yo historias en las que el "¿me follo yo a princesas?" tenía una respuesta bien diferente. Pero vamos, que una mínima igualdad digo yo que habría que observar. Porque si ellos pueden ser nosotros, me pregunto yo por qué nosotros no podemos ser ellos.

Hace poco leí una reflexión bastante filosa del buen Kapuscinsky, quien escribió que la Historia suele atender a los periodos sonoros, en los que se hace mucho ruido, cuando los momentos más despiadados de la Humanidad a menudo se producen en un vasto silencio. Tirando de ese hilo me he dado cuenta que la única noticia de esta semana en la Clínica Ruber está en una línea o una frase que todos los periódicos, radios y televisiones han despachado de pasada, y yo creo que conscientemente: el Rey tardó tres días en visitar a la niña. Vengo fijándome varios partos ya y no falla: el Rey y el Príncipe siempre están "regresando de un viaje privado". Naturalmente Felipe se ha reformado ahora, después de aquella boda tan húmeda con Letizia, y anda casi siempre como un clavo. Pero el Rey, que lleva más mili que la cabra de la Legión, tarda siempre sus buenos dos-tres-cuatro días en aparecer cuando hay un alumbramiento. Si mi padre tarda tres días en aparecer en el nacimiento de un nieto, se arma en Casa Ornat la de Dios es Cristo. En uno de los nacimientos Borbón-Urdangarín, el Rey y su vástago el Príncipe tardaron no sé si cuatro o cinco días en regresar de donde estuvieran. Digo yo que debían estar en la Luna, por lo menos. ¿Desde dónde se tarda cuatro o cinco días en llegar a Madrid cuando uno tiene una fuerza aérea a su disposición en el patio de luces de casa? Pues oye, cuatro o cinco días. Y los medios ahí, agarrados a lo del "viaje privado".

Y tan privado... El pobre Paquirrín, con el padre muerto por un toro, una pa'dentro y otra pa'fuera doctor, par de cojones, la madre con el Cachuli (creo que se dice así), ese bigote (la madre, no el Cachuli, que también), encarcelada por Zapatero, y esa cara de breva amongolada... el pobre Paquirrín se va un día de putas, que ya me dirás tú qué hay más noble que pueda hacer ese muchacho con esa cara, se va de putas y el Jorge Javier y sus tetudas lo ponen de tomate hasta las trancas. O sea, el Jorge Javier puede salir en la tele sin gafas y echarse al macho en sus ratos libres, pero el pobre Paquirrín no se puede deslechar donde bien le dé la gana. Así está la Justicia en este país. Y el Rey, oye, con sus viajes privados y sus cositas. Y luego los hay que dicen que no querrían ser Reyes ni Príncipes, que es muy esclavo. Grandes estupideces. Como que es más saludable ducharse con agua fría y que se conduce mejor de noche... Lo mismo.

La niña es muy mona. Claro que sí. No va a ser mona... Se llama Sofía, Hommer.

El hombre

El hombre


Hablar bien de un amigo constituye un hecho redundante. Hablar bien de Javi Hernández supone apenas subrayar lo obvio. Hacerlo sería ingresar en la literatura barata e innecesaria, así que me limito a presentarlo. En el enlace va el reportaje que el programa Fiebre Maldini, de Canal+, emitió el pasado lunes sobre el (aún) periodista de AS: las imágenes lo dejan todo dicho. Ayer supe que ya estaba en YouTube. Hoy traigo el enlace a Somniloquios para romper un silencio demasiado largo y algo sombrío. Es una alegría hacerlo de esta forma: con Javier Hernández, el hombre. El gran Hernán, como le decimos los que trabajamos a su lado cada día.

Foto: el hombre, con Gabriel Milito, sobre el césped de Montjuïc, nada más darse la vuelta olímpica al estadio con los campeones de Copa. El Zaragoza acababa de ganarle al Real Madrid (3-2) en uno de los partidos más portentosos que yo haya visto a este equipo. Juro que bajé con Javi camino del césped porque yo también quería estar ahí. Hasta el día de hoy no sé cómo lo hizo: de pronto lo perdí de vista y  a continuación me choqué con una fila de vigilantes que me impidieron pasar al campo. Cuando regresé a la tribuna y miré abajo, ahí estaba Hernán, con la camiseta colgada del cuello, hecho un campeón más.

El ojo de Kevin Carter

El ojo de Kevin Carter


Los fotógrafos suelen ser gente temeraria. Quizás ellos sólo se consideren a sí mismos valerosos o consecuentes. Tal vez los más atrevidos, de entre los famosos, fueran estos muchachos surafricanos: Gregg Marinovich, Joao Silva, Ken Oosterbroek y Kevin Carter. A principios de los años 90, sobre el fondo de un país que liberaba a Nelson Mandela y preparaba el violento desalojo físico y moral del apartheid, estos cuatro resolvieron unirse para documentar la ocasión. Durante varios años fotografiaron la muerte y la destrucción, en sus acepciones más atroces. Suráfrica despertó de la feroz represión afrikaaner con la conciencia embriagada por una maraña de odios diversos, igualados por su esencial brutalidad. Marinovich, Silva, Oosterbroek y Carter salían a la calle antes del amanecer, cargados de café y de rollos de película. Esas horas inciertas eran las más violentas, las más terribles. Y ellos siempre estaban ahí, midiendo luces y sombras, artistas extremos de la vileza. Eran socios, eran amigos, eran libres, eran buenos. Fotografiaron linchamientos, fotografiaron balazos, fotografiaron refriegas, fotografiaron el fuego que consumía todo. Marinovich ganó el premio Pulitzer por la foto de un hombre que corría envuelto en llamas. Lo habían quemado vivo: "Huía del dolor", explicó.

Desde mucho antes ya se les conocía como el Bang Bang Club. Cuando Nelson Mandela alcanzó el poder en 1994, su leyenda había volado en cualquier dirección y en todas a la vez. Publicaban en los medios más prestigiosos, eran amigos, célebres y elitistas. No dejaban participar de su estilo ni de su experiencia a ningún fotógrafo ajeno a su cerrado círculo. En el fondo de sus fotografías había una humanidad exacerbada, tanto que había transgredido los límites hasta tomar la forma de un severo interrogante. Kevin Carter era, de los cuatro, el más inestable y tal vez por eso el más próximo a la genialidad. Sobre el borroso fondo de la tragedia externa pululaba la interior. Esa intimidad con la destrucción lo aproximaba al drama ajeno y de algún modo lo situaba por encima, lo suficiente para imponer el disparo a cualquier otro impulso. Pero esa batalla se fue cobrando prisioneros y víctimas invisibles, al tiempo que ordenaba en su conciencia un ejército de preguntas cada vez más sonoro. En 1993, agobiado por lo que creía una carrera estancada, Carter decidió visitar los campos de refugiados de Sudán, país sometido a una hambruna implacable. Joao Silva viajó con él y juntos retrataron el horror. Cierto día, Carter se acercó a Silva, excitado, y le contó: "Le estaba sacando fotos a una niña arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y después espanté al buitre". Cuando trató de mostrarle el lugar, el animal ya no estaba por ninguna parte. Pero la niña seguía ahí, vencida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros.

La foto de la niña y el buitre acechante se hizo mundialmente famosa. La publicó el New York Times y miles de lectores se comunicaron con el diario para conocer el destino de la famélica niña y qué había hecho el fotógrafo para auxiliarla. Kevin Carter hubo de reconocer que no había hecho nada: "Supongo que alcanzó el comedor de alguna forma", fue todo lo que acertó a contestar. Pocos días después, a su amigo Ken Oosterbroek lo alcanzó una bala perdida en Thokoza, el suburbio más peligroso de toda Suráfrica. Joao Silva fotografió su agonía. Marinovich escribió: "No podía hacer otra cosa. A Ken le hubiera gustado ver las fotos al otro día. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás". Oosterbroek murió camino del hospital. El ejército interior de Carter había quedado completo. Ganó el premio Pulitzer por la foto del buitre y la niña. Cuando se lo comunicaron estaba tan colgado de Pipa Blanca, una fatal mezcla de mandrax y marihuana a la que era adicto desde hacía años, que ni siquiera entendió lo que le decía la voz al otro lado del tubo. Cuando se repuso del cóctel psicotrópico, anunció: "Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella. No me gusta verla, la odio". Sólo cuatro meses después, el 27 de julio, Kevin Carter redactó una nota de ocho folios, ató una manguera al tubo de escape de su camioneta, introdujo el otro lado en la cabina, y conectó simultáneamente su walkman en los oídos y la llave de contacto del vehículo. En la nota se leía: "Voy a reunirme con Ken... si puedo". Tenía 33 años.

Canal+ recuerda estos días la historia en el documental La muerte de Kevin Carter, que aún no he visto. Hay un segundo documento aún más valioso... Marinovic y Silva registraron sus experiencias por escrito. El resultado es Snapshots from a hidden war ('Instantáneas de una guerra oculta'). Manic Street Preachers le tributaron una canción de su soberbio álbum Everything Must Go, quizá el mejor de su carrera. El tema se llama, simplemente, Kevin Carter. Antes de la música una voz en off dice: "The eye... it cannot choose but see". El ojo no puede elegir, sólo ve.

Ceremonias de interior

Ceremonias de interior
"Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa".

(‘Instrucciones para dar cuerda al reloj', de Julio Cortázar)


Esta tarde era un domingo para no moverse de casa, un domingo para inventar ceremonias de interior, como anotó Julio Cortázar. No he conocido los domingos como él no conocía las noches, escribió, hasta una larga convalecencia que le obligaba a acostarse temprano. Si los conocí alguna vez, los he venido a olvidar con despreocupación, y eso supone una práctica ventaja para alguien como yo. Mira que venir a conocerlos ahora... Éste era un domingo para caminar por París, para tomar un café al abrigo del sol de marzo en Montmartre, mirando a los pintores, para anotar la tarde que se desprende en una habitación de un barrio gris en Viena, para bailar el tango en San Telmo, Buenos Aires, para sortear a sus anticuarios, para demorar un té en el moroso crepúsculo del Támesis, en Londres, para aguardar el amor o una lectura en un parque de la gran Nueva York. En el pequeño parque modesto bajo mi casa me he detenido al mediodía; niños y jóvenes padres; parque gris de invierno, reverso pardo del verano. Fútbol en la cancha que es una jaula. El oso del parque no está y no sé dónde ni cuándo estuvo. Este domingo es distinto: para escribir en una habitación fría, vestido con un abrigo y una bufanda de lana deshilachada, en el París del XIX, como los escritores bohemios, cafés tuberculosos, artistas muertos. No soy nada de eso. Yo estoy vivo.

Mis domingos quizás son los domingos de todos los demás, pero desde el otro lado: una mañana vacía, un almuerzo sin sobremesa, un partido de fútbol, la obligación presurosa de un artículo que ha de ser (yo quiero que sea) el mejor de la semana. Casi nada más. Esta mañana era un domingo con una hora de menos. La madrugada suprimió una hora y yo aguardé despierto ese traspaso del tiempo, esa hora extraviada, ese vacío decidido en los relojes. Entre las dos y las tres no hubo nada salvo la noche repetida. Nada existió. De golpe, todo quedó suprimido en un angustioso reset inaudible, antes de regresar a la vida sin atisbo de variación, en el segundo siguiente, quizás en la décima o la centésima de segundo consecutiva. Yo no vi nada, no advertí nada, aunque permanecía atento. Todo me pareció igual antes y después. Todo me pareció. Entonces, un comercial de televisión me trajo la voz imperfecta de Cortázar, tan perfecta, el resbalón sobre las erres cuando habla del reloj. Como a Borges, como a Hawking, como a Cortázar, a mí también me fascina el tiempo en los relojes, esa convención tan bella, ese pequeño infierno florido, esa cadena de rosas, ese calabozo de aire. A Borges lo fascinaban los relojes de arena; a Cortázar, los relojes de pulsera; a Hawking, los relojes cósmicos, vacíos y profundos y oscuros, que contienen todos los tiempos el tiempo.

Hace tiempo que sueño un cuento que en el sueño se titula La hora extraviada. En la frontera de los días, en la línea de la hora, en medio del océano Pacífico, donde comienzan los husos horarios, se pierde un hombre. En ese espacio impreciso que he interrogado en las enciclopedias, en los cuadernos de bitácora, en el recuerdo de los navegantes. Un hombre se pierde en ese espacio impreciso, tal vez cerca o lejos de las Islas Cook, tal vez en un accidente aéreo o en el naufragio de un barco. En su desesperación por la supervivencia, desfallece sostenido por un salvavidas y transgrede en repetidas ocasiones la línea del tiempo. Naturalmente, a estas alturas es fácil imaginarlo, cuando despierta en tierra, señalado por un sol muy alto que lo ciega y lo abrasa, descubre que ha retrocedido a una edad imprecisa. A partir de ahí, aguardan párrafos que no he modelado ni siquiera en este sueño despierto de las palabras: el descubrimiento y la angustia primera de un robinsón, la supervivencia, la nostalgia, un pueblo que lo acoge a su pesar, un amor; dos islas, la propia y otra que corrige la rutina del horizonte azul, una expedición solitaria y desesperada y esta paradoja: la otra isla permanece en el tiempo actual, el que fue suyo, el que extravió el hombre. Y el dilema que aún debo resolver para que él lo resuelva: el amor, ahora inflamado de forma decisiva y vital, o el regreso a su tiempo, a los suyos, a sí mismo.

Para escribir hay que pensar. Leer y pensar. Leer y pensar, con pesadumbre, como Cortázar en la imagen. A media tarde, el sol iluminaba una mariposa de madera china que le compré a Alicia y que nunca le regalé, porque ella no la quiso, no le gustan las mariposas. No le gusta su aleteo demasiado veloz para advertirlo, la imprevisible dirección, los dibujos coloridos que a veces dibujan formas monstruosas: un par de ojos, un tótem indio, un abstracto temor. Y ese cuerpo alargado de mosquito atroz, el horror oculto en el cromatismo exagerado y hermoso. Mi mariposa aguarda quieta, prendido su cuerpo de una larga varilla de metal que enterré en la tierra húmeda que sustenta un pequeño tronco de Brasil. Para volar me precisa. Sin mí no es nada. Necesita que mi mano la agite en vertical y así sus alas golpean en el aire, arriba y abajo, y sueña que vuelo o yo imagino que lo hace. Es amarilla y rosada y violeta y encarnada. Esta tarde de domingo, un muelle se ha desprendido levemente de su lugar y mi mariposa de madera exhibe un torpe aleteo torcido y desigual.

[Foto: Cortázar en acción].

Escribir para el olvido

Escribir para el olvido

"Yo no he leído un periódico en toda mi vida -decía Borges-. En un diario, por lo general, se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria". Eso pensó Borges. No quiero imaginarme lo que opinaría de los blogs si hubiera llegado a conocerlos. Somniloquios regresa después de una semana perdido: un fallo en el Hal-9000 de blogia nos dejó sin él y a mí casi me deja sin vida. No era sólo la imposibilidad de escribir (aquí, claro), sino sobre todo la posibilidad de extraviar toda la producción de este tiempo. De pronto me sentí desnudo y solo y me acordé de las frases de Borges sobre el periodismo. Afortunadamente, los humanos de blogia han recuperado un 98% de mis somniloquios (el porcentaje no es exacto, sino simbólico), porque hacen lo que yo mismo no he hecho hasta ahora: conservar copias de seguridad. El método, amigos, el método. En la implosión del servidor se han perdido los textos de los últimos 15 días. Entre ellos, y lo siento de veras, Los Días de la Metralleta. Ahora sé que estaba destinado al olvido, a pesar de que a mí me gustara tanto y del homenaje a Plf, muy justo: se perdió la primera versión y se ha volatilizado la segunda en la nada digital. Ya no puedo escribir una tercera. Sería como intentar detener el tiempo. Escribimos para el olvido... Yo mismo no recuerdo si se ha extraviado algún texto más.

Para celebrar el regreso de estas líneas, transcribo un pasaje de la conversación entre los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en 1975, en un encuentro literario propiciado por el periodista Orlando Barone.

Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia a las noticias cotidianas, fugaces.

Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo... al día siguiente.

Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.

Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: "El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América". Título a ocho columnas.

Borges: (sonriendo) Sí... creo que sí.

Sábato: ¿Cómo puede haber hechos trascendentes cada día?

Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.

Sábato: ¿Quién?

Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios.

[Foto: Jorge Luis Borges, contra un cielo agitado de negruras y símbolos. Siempre me ha gustado esta imagen, tal vez porque interpreto en ese cielo veloz el inaprensible tiempo que lo rebasa a Borges. Borges pensó y escribió con frecuencia acerca de esa materia tan extraña que es el tiempo, dominador silencioso de nuestras vidas].