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Somniloquios

Los días

Un día cualquiera

Un día cualquiera


Sé que a estas horas ya debería dormir, pero no puedo. Hace tiempo que decidí agotar los días hasta que ellos me agotasen a mí. Ésta es una lucha desigual, pero debo decir sin vanidad que voy ganando.

Un día cualquiera. Un día cualquiera ganas o pierdes. La derrota es este silencio final de la noche, que puede vencerte o no, porque ya no hay palabras a las que aferrarte. Estos días no hay palabras. Yo he estado a punto de perder, de ceder a las pequeñas locuras, a las debilidades que acechan a quienes a estas horas no se han abandonado al sueño. A ellos no les importa la victoria o la derrota, quiero pensar, o tal vez ya tienen la victoria asegurada a la hora de dormir. Yo sigo aquí, peleando. Iba perdiendo. Luego, una palabra muy lejana, silenciosa, pero segura, me ha rescatado. Sólo una: "Precioso". Lejana pero tan próxima. Ahí estaba.

A veces el silencio me acoge y me protege. Otras veces el silencio me estrangula, como está a punto de hacer esta noche. Me aprisiona, me condena. Recuerdo largos días de silencio en horas oscuras, en los que la salvación era apenas una palabra lejana, como esta noche, o una llamada de teléfono que nunca acababa de llegar a tiempo, o me sobrepasaba. No llegaba ella o no llegaba yo. Era difícil encontrarse. Los pequeños silencios son apenas insectos en la pared, puedes aplastarlos con un dedo o meterles una fregona en la cabeza para que ya ni alienten. Si los silencios llegan a crecer, dan unos gritos horribles y pueden volverte loco. Hay demasiados silencios que ya no rellenan una sonrisa, una palabra, una brizna de luz, una caricia. El silencio nos está venciendo. Hemos confiado en él y nos puede matar. El silencio está sólo adentro. Fuera no existe. Fuera adquiere la forma de una tela transparente que te envuelve, un plastico flexible que no ves. La soledad es silenciosa como un huevo vacío.

He salido cuando la mañana estaba cediendo al mediodía, mi hora preferida. He caminado bajo la lluvia perezosa, una lluvia que bajaba arrastrándose por el aire, pegándose a las paredes. De camino he leído a Mark Twain y sus Viajes Siguiendo la Línea del Ecuador. Podría haber salido con música, como suelo hacer, pero este silencio se me ha metido ya en los huesos y apenas lo rellenan las músicas de cada día, no alcanzan a combatirlo. Son agua y aceite. Estamos callados hace días. Ya no sé cuántos. Ya no recuerdo mi propia voz. "Díme, ¿quién cojones soy?". "Otis". Tal vez tenga razón. Yo era Otis entonces, hace años. Era fácil ser Otis como era fácil todo lo demás. Meterla para abajo con las ruedas de las canastas en el canalillo de los desagües, por ejemplo. Eso era fácil. Tenemos una conversación transoceánica de silencios, a estas horas de la madrugada, y se está colando mientras escribo. Vuelvo a este día cualquiera. Estoy leyendo tres libros de forma simultánea: El Día de la Independencia, de Richard Ford; Luna de Lobos, de Julio Llamazares; y los viajes de Mark Twain. No tiene ningún merito, se trata de pura dispersión, ansiedad, indecisiones, huidas. Con Twain he hecho las transiciones de este día, me ha llevado de un episodio a otro sin que yo lo advirtiese.

He visitado a la doctora pero la doctora no estaba. Su consulta tenía la luz encendida pero nada más, no había nadie. Vacío. Vacía. Había una disensión en ese fluorescente que no iluminaba a nadie, como había una discordancia en la nota: Miércoles 30, 13 horas. No había miércoles 30, 13 horas. Había martes 30, 13 horas, y espero que haya miércoles 31, 13 horas. Tal vez yo estuviese en ese momento en un pliegue distinto de la realidad en el que era miércoles 30, 13 horas. Si ha sido así, dos niños chillones me han descubierto. Uno de ellos era rubio, otro moreno. El rubio gritaba congestionado y sudoroso para combatir la disciplina de su madre. Sus gritos tenían el perfil de los gritos del finado James Brown: cortos, estridentes, repetidos, como los de una comadreja encerrada en un armario. Un animal terrorífico. He escapado a la calle y seguía lloviendo. Hemos caminado, hemos comido, hemos tomado un café. He regresado a casa a primera hora de la tarde. Todo ese tiempo llovía la misma lluvia. Llovía el mismo silencio.

Me hubiera gustado dejar pasar la tarde mirando llover sobre el parque, desde el amplio ventanal de mi salón, con una taza de té en la mano. Pero mi ventanal mira sobre un amplio patio interior de muros encalados y ventanas que se repiten. Un gato inmóvil tras el cristal, una japonesa inmóvil tras el cristal, un hombre que escribe inmóvil tras el cristal, iluminado por la pantalla de un ordenador, un cristal que me refleja inmóvil tras el cristal. He pegado los dedos al cristal, llamando a alguien. A veces ella me pregunta: "¿Qué has hecho?". Y respondo: "Nada". Sabe que en ese paréntesis de nada hay en realidad muchas cosas, pero ninguna explicable, como este mismo texto. Esta tarde la he pasado viendo vídeos de Morrissey y los Smiths, una entrevista en la CBS americana a Morrissey, una vieja entrevista de 1985, hecha por Tony Wilson a los Smiths. He oído, he visto There's A Light That Never Goes Out, he visto This Charming Man, Suedehead (me encanta el vídeo de Suedehead), First of The Gang To Die, Girlfriend in a ComaHow Soon Is Now, uno increíble de Rusholme Ruffians, Headmaster Ritual, Hand In Glove y That Joke Isn't Funny Anymore, todas en un concierto en directo en Madrid. Definitivamente, internet va ya muy por delante de la televisión porque ofrece lo que parecía imposible: yo decido qué veo, nadie programa mi día por mí.

He hecho eso y he pensado en una historia que he de escribir para MediaPunta, sobre regates clásicos del fútbol y sus inventores. A última hora, muy tarde, he salido a correr por la ciudad, que ya había desfallecido. A la vuelta me he quedado mirando la noche en el parque, donde todo ocurre. Los árboles desnudos parecían escobones invertidos, que barrían una luz muy triste. Eran más de las once de la noche y aún estaba lejos de la frontera. El día había sido un día cualquiera. Todavía lo es. Hecho de silencio y lluvia que va pegándose a las paredes.

Un día cualquiera, ganas o pierdes, pero no lo sabes hasta el final.

Somniloquio universitario

Somniloquio universitario

Este año he ido un par de veces a la universidad, de donde salí en 1992 o1995. La duda en la fecha se explica fácilmente: debería haber terminado la carrera en el 92, año mágico, de acuerdo a mi promoción; pero me colgaron materias de los bolsillos hasta tres años más tarde, porque desde septiembre de 1990 me entregué a la licenciosa vida del periodista profesional y acabar la carrera a distancia, en un lugar como la Universidad de Navarra, requiere un esfuerzo adicional y el sorteo de murallas bien construidas. En general, a la Universidad no le gustaba que la gente comenzara a trabajar antes de acabar la carrera, y a mí no me gustaba la Universidad. Ellos pretendían que fuéramos estudiantes profesionales (pagando, claro) y ahora los periódicos le dan la vuelta a esa perversión y llenan sus redacciones de becarios profesionales. Es lo que hay. Así que agarré por la calle del medio, regresé a Zaragoza después de tres años full time en Pompaelus... y así me fue. Suspendí incluso Teología (sí, estudiábamos Teología, amigos), arrastré Economía hasta donde fui capaz, con la Empresa Informativa y el Derecho de la Información me metí en un atasco tremendo, no sé cómo conseguí sacar adelante Epistemología (sigo teniendo que mirar al diccionario para recordar de qué iba aquello) y apenas recuerdo qué hice en el proyecto de fin de carrera. Me rescató un buenísimo chaval de Lérida que estaba en el mismo caso que yo, trabajaba en La Mañana, íbamos y veníamos juntos a Pamplona y me llevó como de la mano a los despachos de los profesores para ir sacando adelante el asunto. Porque yo no pisaba el despacho de un profesor ni a tiros. En esa actitud tan poco universitaria había una mezcla de timidez y orgullo. Mi razonamiento siempre fue el mismo: si no apruebo, ya aprobaré; no hay nadie con 90 años tratando de sacar todavía la carrera, así que... algún día aprobaré. Era un silogismo de lo más burdo, pero a mí me tranquilizaba. Y no iba a rogar ni un 0,25 a un despacho. A pesar de que soy sospechoso habitual de tristeza y pesimismo, en realidad yo me tengo por un optimista emboscado, porque aun en las peores circunstancias tiendo a pensar que no me va a pasar nada malo. Acabé aprobando cuando ya había ejercido el periodismo durante cuatro años, incluidas dos paradas en el paro y un trabajo en el que repartía bandejas de desayunos por las habitaciones de un hotel de Londres. Afortunadamente, esa sucesión de acontecimientos me permitió ver la final de París en la grada, sin obligaciones periodísticas. Sí, me perdí la celebración en la plaza del Pilar al día siguiente, pero me asistió otro privilegio notable: volar el 11 de mayo del 95 de vuelta a Londres en un avión con muchos seguidores del Arsenal. La belleza, ay, la belleza de los momentos.

Así que el hombre somniloquio regresó a la universidad ayer, a la Universidad San Jorge para más señas, donde participamos en una charla-coloquio sobre Periodismo Deportivo con la que el centro celebraba el patrón de los periodistas: San Francisco de Sales. Un santo periodista se me hace raro, pero sí. Estaban también Chema González (de Radio Zaragoza), Sergio Melendo (Aragón TV), Miguel Mur (de márketing del CAI) y Andoni Cedrún, reputado (re)portero y showman de registros variados. Antes de cinco minutos ya le habíamos recordado su célebre cantada en aquel gol de Albacete, algo obligado siempre que uno se cruza con el gran Ando. Me extrañó que me invitaran a mí, sobre todo después de que una noche dijera en Avispas&Tomates que no ir a clase en la universidad me parece uno de los comportamientos más nobles que existen. Naturalmente, aquello consistía en una broma sobre mí mismo, quizás demasiado privada como para que los demás la tomaran por el lado correcto, así que hay gente que se pasa el tiempo recordándomela. Para mi presencia en la Facultad ayer me impongo una explicación poco vanidosa: tengo varios buenos amigos, alguno principal, trabajando en la USJ.

El caso es que me encantó ir a la facultad a hablar de Periodismo, porque en el Periodismo pocas veces se reflexiona sobre el Periodismo; se habla mucho y casi siempre mal, con despojo o desprecio sobre las noticias ajenas y las propias, sobre los periódicos, el poder, las filtraciones. Las filtraciones son las noticias que dan los demás; las propias no son filtraciones, son exclusivas. Hay que manejar la nomenclatura. La charla estuvo bien, bueno, guitarreamos ahí lo mejor que pudimos y hasta hubo algún momento divertido. Yo lo pasé de maravilla, y me encantó el nivel de las preguntas (y el modo de articularlas) que hicieron los alumnos. Vi a uno con el AS al fondo, sobre el pasillo central, y otro me interrogó directamente sobre una información que habíamos publicado el día anterior. Pequeñas felicidades de la guerra de guerrillas. En los chicos advertí, de verdad, materia prima y buena preparación, lo cual me reconforta porque en estos últimos años iba perdiendo un poco la esperanza sobre los valores que deben construir este oficio, que parecen extraviarse un tanto en la masificación del periodismo como opción universitaria. Me hace moderadamente feliz también que la gente de Aragón pueda estudiar esta carrera en su propia casa, aunque admito que estudiar fuera (incluso en Pamplona) supone una de las mejores experiencias que he tenido. Hay que empujar adelante a aragoneses que conozcan, vivan, sientan, se identifiquen con lo aragonés en los medios de aquí. No se trata de ser fundamentalistas, pero la identidad hay que defenderla; o mejor que defenderla, cuidarla. Pululan por ahí mercenarios de la palabra escrita cuya única sensibilidad consiste en la defensa de su estulticia.

[Foto: aquel discurso de Maradona en Oxford fue la demostración de que la universidad es una institución generosa. ¡Viva el Diego!... con perdón].

Fago: nieve y silencio

Fago: nieve y silencio

 

Un buen amigo me pide que reconsidere el somniloquio que le dediqué a la muerte en Fago, un poco más abajo. Como a él, a mí también me parece que el ruido mediático ha prejuzgado a los vecinos del lugar, y lo ha hecho además de un modo generalizador y casuístico, sin señalar a nadie pero extendiendo una sospecha apoyada en cuitas más o menos llamativas. Es el modo de los medios de comunicación, el único modo posible. A mí siempre me ha sorprendido que el periodismo se tenga tanta confianza y se observe a sí mismo como fiscal reputado de la realidad, infalible en muchos casos. Porque me parece que cuando uno maneja verdades parciales (y las del periodismo a menudo son verdades parciales, contadas por terceras personas, a veces teñidas de interés, o de partidismo, o de mala baba), digo que cuando uno maneja verdades parciales al menos hay que observar la posibilidad del error como posibilidad cierta. Y no digo que el periodismo deba renunciar a su función, no sagrada pero sí fundamental; lo que digo es lo que me digo yo mismo cada día: debemos hacerlo con un compromiso individual y colectivo de rigor máximo, todo el rigor que sea posible. Y con una humildad mayor, mucho mayor de lo habitual. El periodismo acostumbra a ser demasiado vanidoso. Cualquiera suscribirá este ingenuo desiderátum: todos sabemos que la premura informativa de cada día es un monstruo que hay que alimentar como sea. A veces, a costa de muchos principios. No nos hagamos los vivos.

En la última semana he seguido leyendo las noticias que llegan desde Fago. Cada vez más silenciosa, como si las cubriera la nieve que ya cae con un algo de pereza otoñal sobre las montañas de Aragón. Se van retirando los periodistas de las calles porque los detalles escasean. Leo en Heraldo sobre el efecto que la presión mediática está teniendo en el pueblo; se mantienen apenas una veintena de informadores en Fago y en Ansó. Posada Magoría, imagino, regida por Enrique Ipas Ornat... alcalde de Ansó y uno de los varios Ornat que permanecen allí. Debemos ser familia lejana, concluimos en cierta visita, pero cualquiera sabe dónde se reúnen las ramas de un árbol tan frondoso. Ese es otro tema. Posada Magoría o en casa de la Mari, el Hostal Kimboa, donde solemos comer cuando vamos allá. Ensalada y carne asada, claro. En esos lugares paran los periodistas que vigilan Fago desde Ansó. Creo que es María José Cabrera quien ha opinado estos días en alguna columna que el foco sobre Fago tiene que ver con el clima de enfrentamiento político entre el Partido Popular y el PSOE. Yo creo que el asunto se debe más al gusto por la víscera (extendido a los telediarios), a la conversión de los sucesos, de las noticias policiales, en tema principal informativo. Y desde luego, al morbo que tiene Fuenteovejuna como posibilidad. "En esta muerte en Fago hay más sospechosos que en una novela de Agatha Christie", escribió alguien. Y aunque suene frívolo, esa es la historia que se ha contado. Yo le veo ahí la lógica periodística, nada más.

Pero está claro que la información remite porque los investigadores se cierran sobre sí mismos, protegidos por el sumario del caso. Cae la nieve sobre el valle (pienso en El Perjurio de la Nieve, el cuento de Bioy Casares) y se va depositando un silencio creciente en los medios, que hablan apenas del proceso de elección de un nuevo alcalde o de que ahora la investigación apunta al entorno inmediato del asesinado, Miguel Grima. Las últimas tiras de una información que se apaga. Y de si la pareja que se cruzó por la escena del crimen vio a una o a dos personas. En realidad, ese fortuito encuentro fue lo que me impulsó a escribir sobre Fago. Ese pliegue de la realidad que no casa con la realidad. Esa impresión que tenemos de que hay algo que no cuadra en lo que vemos, o en lo que oímos. Un engaño, una impostura de la verdad. Todo eso y la similitud cinematográfica del nombre con la película de los hermanos Cohen. Ya dije en ese somniloquio, como le expliqué a mi amigo, que no creía en la versión de Fuenteovejuna y que traté de explicar ese escepticismo al decir que me resultaba una hipótesis inconcebible. En los últimos días he oído, sotto voce, al menos tres hipótesis paralelas que explicarían el crimen. Ninguna ha aparecido aún en los medios. Y no las voy a contar ahora porque son eso, hipótesis, y aquí importa la verdad, no las presunciones periodísticas o somnilocas.

Escribí sobre Fago y mientras lo hacía me rodeó una cierta tristeza atávica, de alguien que quiere el valle de modo lejano; también con algo de rencor contra mí mismo, por rodear una muerte (hecho tan concreto) con la abstracta transparencia de las palabras ajenas.

Fa(r)go

Fa(r)go

"Ha corrido la sangre, Jerry".
(Carl Showalter, interpretado por Steve Buscemi, en Fargo)

Yo mismo, que por desgracia no soy un gran viajero de lo aragonés, he estado varias veces en Fago, porque Fago está al ladito de Ansó. Mi familia y mi apellido proceden de Ansó. Yo apenas he ido de visita a Ansó, pero el nombre y el lugar poseen para mí una fuerza casi mítica, adquirida en las historias que he oído en casa desde siempre; así que lo siento como un mínimo paraíso al que referir mi raigambre, yo que nunca he tenido pueblo (ni lo he echado de menos) como lo tienen la mayoría de las familias en Zaragoza. Cerca de ese lugar adánico, en alguna de esas carreteras de Aragón olvidado en las que yo me he detenido para deleitarme con la belleza del lugar, en una de esas carreteras que lleva a Fago mataron hace unos pocos días a Miguel Grima. A estas horas la historia la conoce todo el mundo y Fago se ha convertido en el silencioso epicentro de una historia negra. La otra noche, noche de este invierno que no alcanza a invierno, el alcalde de Fago volvía en su automóvil de una reunión con alcaldes de la comarca. En medio del camino se encontró con unas piedras sobre el piso y salió a apartarlas para continuar la ruta. Al poner pie en tierra, le dispararon sobre el pecho con una escopeta de postas. Después de la emboscada, el asesino (o los asesinos) arrastró el cuerpo al lado derecho de la carretera y lo arrojó por una ladera. Sobre la cuneta quedaron un par de anteojos que debieron ser testigos de los sinceros detalles de la muerte, como en Extraños en un tren. Una pareja pasó por el lugar cuando en la escena el crimen aún no estaba concluido, y vio el coche y a una persona con un casco de espeleólogo, cuenta hoy el Periódico de Aragón, que los invitó a seguir adelante sin parar. Habían reconocido el coche del alcalde, pero siguieron porque, como los personajes de las películas que van a morir, uno no se detiene ante las extrañezas, no acierta a interpretar esos pliegues raros de la realidad, que son como una frase que no corresponde en el guión. Luego, el asesino escondió el automóvil en un encinar de Berdún, bajo una carrasca y envuelto en altos matorrales de boj. Unos días después, encontraron el cadáver y más tarde el vehículo. Sobre el asiento delantero del Mercedes, dos barras de pan que Miguel Grima había comprado de vuelta a casa, y su teléfono móvil.

Las crónicas, el despecho con el que los vecinos hablan de Grima, las referencias a su modo despótico de regir el pueblo, la negativa a hacer un padrón y a la llegada de forasteros, o los cobros abusivos (400 euros por instalar una terraza en el Bar Marieta: "Fago no es New York", decía un cartelón colgado por los dueños del establecimiento como queja pública); algunos anónimos, el relato del propio muerto (ahora desvelado por un amigo de partido) de que los frenos de su coche fueron manipulados hace un par de años... Todo eso alimenta las hipótesis de una venganza comunitaria que parece increíble. Un brutal Fuenteovejuna que nadie concibe. La Guardia Civil ha requisado todas las armas de los cazadores de la zona para investigarlas, y está tomando declaración a cada uno de los 29 vecinos de Fago. En uno de esos lugares donde nunca ocurre nada... Cámaras, micrófonos, detectives, policías, noticiarios y chismes. En Fago, el rumor de una muerte violenta quiebra el silencio de este invierno que no llega o que tal vez ya haya pasado, sin que nadie advirtiese lo que estaba viendo en realidad. Como un asesino en la noche. Como una frase que no corresponde.

Tránsitos: de peluquera a presa, de presa a portada

Tránsitos: de peluquera a presa, de presa a portada

"Fame, fame, fatal fame /
It can play hideous tricks on your brain /
But still I'd rather be famous /
Than righteous or holy /
Any day, any day, any day..."
(Frankly Mr. Shankly, de The Smiths)

A Ana María Ríos la tuvieron detenida una semana (o dos, no sé, no atiendo nunca a estas cosas...) cuando iba a salir de Cancún a la vuelta de su luna de miel, porque le encontraron en la maleta balas y un detonador. A la vuelta la entrevistó Ana Rosa Quintana, siempre atenta (como una buena parte de la generación actual de periodistas) a esa entrevista de tipo humano que tanto se lleva ahora. Y esta semana, Ana María Ríos aparece en despreocupada pelota sobre la portada de Interviú, con las medias de fútbol blancas que usaba Arconada. A mí la concatenación de los hechos me fascina. Veo a la peluquera de Arcade despreocupada, sí, porque ella ahora vive "para las próximas 24 horas", como le dijo a AR con sobrevenido sentido filosófico de la vida. Es una preocupación a tiempo límite, muy conveniente, porque en 24 horas no caben ni una mínima parte de las preocupaciones que caben en toda una vida. Mejor la mirada corta. Ana María Ríos vive despreocupada como sus pechos, que se ven así un poco lánguidos, como si hubieran somatizado la mirada lánguida de su dueña, como ese huevo frito que no acaba de ser el huevo frito que queremos, no tiene las puntillas ni la lozanía de los grandes huevos fritos. La peluquera en luna de miel emergió del infierno con una humilde coletita y los ojos hundidos como avellanas en un fondo de arena. Una sombra de brillante maquillaje le perfila ahora la cara porcelanosa, para borrar del rostro la ceniza de la celda mexicana.

A veces pienso que las cosas les ocurren a las personas adecuadas. Salir de la cárcel y posar en Interviú a cambio de 90.000 euros suponen ahora hechos correspondientes en la vida de Ana María Ríos. Una cosa lleva a la otra. Esto no pretende ser una reflexión moralizante, claro, lo que me sorprende es la tramoya que mueve este país, en el que uno va a la cárcel en Cancún por un delito ajeno (presupongo) y luego sale y luego las revistas le ofrecen posar, y después ella acepta y en las líneas que acompañan a esas fotos del cuerpo derramado dice, o le hacen decir: "Me dio más vergüenza que me vieran detenida que posar desnuda". Buen razonamiento. Pero no se trata de la vergüenza, ni de la moral, ni siquiera del desnudo. Me extraña la valentía que reúne la gente para venderse. Yo no tengo sentido del negocio, ni valentía. No sé si esta chica piensa que su vida volverá a ser la misma después de esto; no sé si lo pretende siquiera. Supongo que no. Tal vez su vida cambió tanto con la experiencia en Cancún que ha logrado relativizar cualquier decisión, cualquier acto, y desde luego todas y cada una de sus consecuencias. Yo no quiero juzgarla, lo que querría es comprender cómo funciona la cosa humana en este país, porque cada vez entiendo menos, y mira que no me entiendo ni conmigo mismo. A mí vino a buscarme una vez la revista Interviú y me deshice de ellos a toda velocidad, porque entreví que esa visita incluía un peligro que no estaba dispuesto a correr, ni yo ni nadie cercano. El chivatazo lo dio una elementa que trabajaba en el mismo sitio que yo, una señorona a la que en cierta ocasión pillé haciendo de voyeur en su balcón de forja, mientras yo me sentaba abajo, en unos bancos próximos, a tomar un helado con una chica a la que quería. Los hechos se corresponden, el voyeurismo y el soplo, digo. Vinieron los de Interviú y no me buscaban a mí, en realidad buscaban a una persona próxima en cuya vida pretendían hurgar. Mi hermano y yo le dijimos al periodista lo que había. O sea, que no había nada. Que volviera por donde había venido. A veces uno se alegra de tener una figura relativamente disuasoria.

De aquel episodio permanece la deuda con un desgraciado que -a lo mejor como Ana María Ríos- se hizo más notorio que famoso. En privado ya resultaba notorio por su cretinismo. Formó parte de este cuadro de patéticas vanidades que han pintado las televisiones, como ahora forma parte la cara de loza morena de Ana María Ríos. La peluquera de Arcade. La casada en luna de miel. La presa de Cancún. La chica en Interviú.

Nuevos radares fijos

Nuevos radares fijos

 

Olvidaros de las ingenuas cajitas. El ordenancista Pere Navarro (el plasta de la DGT) sigue sin poder conducir por nosotros, el pobre, así que ahora ha conseguido estas nuevas maquinitas para extender su insaciable brazo sancionador hasta nuestros bolsillos. Si seguimos así, al final logrará que los automóviles traigan un radar fijo de serie sobre el salpicadero, directamente conectado a la DGT. No hay que tomárselo a broma porque, si le siguen dando cuartelillo, a Pere Navarro lo que de verdad le gustaría es controlar el mercado. Se le ve el plumero: "En el entorno en el que nos movemos, AUNQUE EL MERCADO ES LIBRE, comprarse coches de 200 caballos parece absurdo".  

Dice Pere Navarro: "Vamos a tener que suspender o retirar miles y miles de permisos de conducir; por eso pedimos ayuda a los ciudadanos, para no tenerlo que hacer". Ese tono paternalista de moral intachable me pone enfermo. Casi tanto como el anuncio de los payasos de Iberia, que me parece una desfachatez.  El problema radica en que este señor habla del resto de los conductores como si viviera investido de una inmutable superioridad ética, mientras él elude algún juicio que otro.

Líbranos de este santurrón sheriff de Nottingham, oh Lord!

La Navidad

La Navidad

 

De la Navidad hay que hablar a toro pasado siempre, como del fútbol. Si no, corres el peligro de pasarte de listo y quedar expuesto. La Navidad puede ser muy traicionera, no hay que tocarle las bolas del árbol. A mi entender, la Navidad contiene en su inevitable simbolismo el simbolismo más feroz: el paso del inconcreto tiempo, extraña materia, y sus bien concretas consecuencias sobre nuestras vidas. La Navidad ayuda a pensar qué narices hacemos por aquí todos, ayuda a comprender los sufrimientos, a fortalecerte en las pérdidas... Ese tipo de cosas tan divertidas. Su juego consiste en, cuando eres niño, armarte alrededor un fantástico Belén en el que participa todo el mundo al que quieres; después, conforme vas creciendo y aun antes, van desapareciendo todas y cada una de las figuritas de ese precioso Belén... y te quedas tú solo poco a poco. Si tienes los huevos suficientes, entonces el Belén lo armas tú para los que vienen por detrás, regateando la conciencia de lo que habrán de extrañar en el futuro. En eso consiste crecer y hacerse adulto. Las demás zarandajas (la barriga, la caída del pelo, las arrugas, el trabajo y tal) quedan en cuestiones menores. Por si fuera poco con lo propio, a veces te crece también la conciencia de las desesperanzas variadas del mundo. Si sucumbes a eso, como dicen los argentinos, cagaste hermano. Ya no levantas la Navidad.

Esta Navidad, ahora hablando ya en serio, contiene dos pérdidas irreparables: la de los Reyes Magos, que vamos superando como podemos, y la de Stella Warren, la nena que hacía de Caperucita en el anuncio de los lobos de Channel nº5. Ahí sí que se viene uno de esos traumas bien jodidos. No creo tanto en los traumas infantiles como en los de adulto. Cuando uno es niño tiene el cerebro de chicle, y la memoria fofa. Lo que sobra se almacena en el insconsciente, que es un trastero a conveniencia, menos jodido que el consciente y los recuerdos, tan constantes para un adulto. Yo siempre llego a la Navidad con zozobra, pero cuando reparé en que Channel había jubilado el anuncio de Caperucita y el Lobo para clavar en su lugar a Nicole Kidman en su empalagoso mundo Moulin Rouge, me derrumbé.

Paso a detallar el ranking de las DIEZ cosas que no me han gustado de esta Navidad.

  • La Navidad.
  • El anuncio de Channel: Nicole me parece tan exacta, tan fría, tan lejana, tan porcelanosa, tan perfecta actriz, tan amenábar y tan von trier, que me resulta indiferente.
  • El mensaje del Rey, las fotos de sus niños y la escapadita de esa familia de alegres desahogados a esquiar (actividad que este garante de la democracia parlamentaria no interrumpe ni aunque se derrumbe la T-4 sobre un par de ecuatorianos trágicamente amodorrados).
  • Los especiales navideños de Little Britain: flojitos. Como era de esperar, se resquebraja mi entusiasmo.
  • El partido de Aragón: mimetismo provinciano.
  • La vaciedad de la prensa deportiva, la televisión deportiva y la radio deportiva en estos días, aún superiores a la habitual vaciedad de la prensa deportiva, la televisión deportiva y la radio deportiva el resto del año. ¿Por qué no cierran todos una semana?
  • Los mensajes de los móviles, soy así de amargo. El del cepillo de dientes, el del simulacro de amor y paz, el de los 365 días de sexo y no sé qué, el de su puta madre... Al final se acaba por agradecer la sinceridad de un simple "Feliz Año, cariño", "Feliz Año, amigo mío", "Feliz Año, os quiero".
  • El final de 2006 y el inicio de 2007. Los años enteros. El concepto del paso de los años. Los años en sí. Todo.
  • La explicación de cuándo empiezan los cuartos y cuándo empiezan las campanadas. ¿Hay esperanza para un país que precisa detallado esclarecimiento anual de un proceso tan simple?
  • El regreso de Sorpresa, Sorpresa y su asqueroso lagrimeo televisado. Llorar es un proceso tan íntimo que jamás debería ser mostrado, salvo a quienes están dispuestos a llorar por ti o contigo.

Cumpleloquios

Cumpleloquios

 

Prefacio: La paradoja del cumpleaños establece que si hay 23 personas reunidas hay una probablidad del 50,7% de que al menos dos personas de ellas cumplan años elmismo día. Para 60 o más personas la probabilidad es mayor del 99%. Obviamente, el 100% para 367 personas (teniendo en cuenta los años bisiestos). En sentido estricto esto no es una paradoja, ya que no es una contradicción lógica. Es una paradoja en el sentido de que es una verdad matemática que contradice la común intuición. Mucha gente piensa que la probabilidad es mucho más baja, y que hacen falta muchas más personas para que se alcance la probabilidad del 50%.

Amigos (espero que se os pueda llamar así...) Somniloquios cumple hoy un año. La paradoja de este cumpleaños es que el blog nació en realidad hace casi dos, pero fue un 4 de enero cuando tomó vida real, tal y como ahora la conocemos. En ese tiempo intermedio se mantuvo en letargo, esperando a mi convicción o a tomar por sí mismo una forma convincente. Ni siquiera tuvo nombre desde el principio: el nombre lo encontré durante un periodo en el que hablaba continuamente en sueños. Hablar en sueños es lo que llaman un somniloquio. La palabra me pareció atractiva. Pensé en modificarla para convertirla en somnilocos, pero no... Ahora está a punto de cambiar o de reproducirse, si se puede decir así: estoy considerando dedicar otro blog paralelo sólo al deporte y a mi producción periodística, que asoma por aquí de cuando en cuando. No sé si lo haré, veremos... Somniloquios ha terminado por demandarme una feliz dedicación que me hace planteármelo, pero los comentarios deportivos suelen ser los que mayor respuesta merecen desde el otro lado. Opinad si queréis.

No sé si en esta reunión de aire e impulsos eléctricos somos 23, 60 o 367. No sé si habrá coincidencias que apoyen la divertida teoría de arriba. No me preocupa, aunque prefiero sentirme acompañado que solo. Si nadie comenta nada, tiendo a pensar que lo escrito ha fracasado, en cierto modo, aunque eso parece erróneo o injusto. Sé de algunas personas que nunca comentan nada pero siempre leen. A diario, dicen: no saben cuánto emociona oír eso. Además, a veces no hay nada que comentar. Escribo para mí mismo y para los que miren, sean los que sean, cuatro amigos o un estadio entero. Supongo que escribo para sentirme libre y explicarme ante el espejo. De cualquier modo, los del otro lado sois quienes le dáis sentido a esto. Escribía antes y guardaba lo escrito: como me dijo Marlo en cierta ocasión, si escribes y nadie te lee acabas por convertirte en un loco, con el cajón repleto de fantasmas. Escribo para huir y para quedarme. Para iluminar mínimos placeres cotidianos. Sobre todo escribo, como le oí decir una vez a Bioy, para no aburrir: ese sí es un reto mayúsculo. No aburriros. No aburrirme.

Abrazos.

pd: la foto es nostálgica y no sé qué significa. Me gusta, sin más.