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Somniloquios

Los días

Fin de año, Wilco

Fin de año, Wilco

No me gustan ni el fin de año ni el principio de año. Demasiado concretos. Demasiado exactos. No me gustan el fin de año ni el tráfago de las uvas en el gaznate. Yo necesito los difusos días intermedios, los que no tienen significados generales que todo el mundo conozca de antemano. Ah, los días. Los días. La sucesión de los días con sus fragorosas noches, lo que a mí más me gusta. Leves conexiones con la realidad. Me acosté pronto. Y a falta de somníferos somniloquios -mi modo de habitación oscura, aislada de la luz y de los contactos con la realidad- embutido en sábanas blancas hice oscuridad alrededor y me entregué a una película documental: I Am Trying To Break Your Heart (Intento Romperte El Corazón). Registro de la vida de Wilco, mi banda de rock preferida aquí y ahora, mientras graban o paren o vomitan o escupen o lo que sea, pero doloroso, jodidamente doloroso... mientras se arrancan de dentro su album de 2003, Yankee Hotel Foxtrot. Aunque en La Sexta ponían un concierto de U2 en el Giuseppe Meazza, preferí la noche de Wilco. Sé que ha de ser así: los vi en la Oasis en una noche de marzo de 2005; los vi por televisión, en una cabaña a las orillas del Gran Cañón, en una noche de septiembre. Fin de año era Wilco. Me acosté antes que nunca, me dormí tan tarde como siempre.

Entremedias vi un Chicago pálido, hostil, de luz grumosa, nevado y ausente. Sam Jones filma en blanco y negro. Wilco está en medio, en el terrible proceso de creación. Entre las migrañas de Tweedy, sus vómitos, la música camino de la deconstrucción sonora (o sónica, buen término), la tensión en el estudio. Tweedy en la luna de las canciones, ajeno, a veces atormentado, próximo a un silencioso delirio interior. Incapaz de reunir un discurso comprensible para la prensa que, tras uno de sus conciertos en solitario, le pregunta por el disco que están construyendo. Tweedy habla en frases hechas de agujeros. "Estoy ido", termina por disculparse... y se marcha. Las tenues conexiones con la realidad. Wilco escribe su música así, con sonidos matizados pero demoledores, de potencia atroz, letras deshilachadas, una poética maldita, delicada y brutal. Hay otros elementos de drama documental: la presión creciente desde su discográfica para que den el salto, para que pasen a ser un grupo rentable, para que abandonen esa condición de artistas obsesivos de dos cabezas, Tweedy y el multiinstrumentista Jay Bennett. La gélida expulsión del grupo de Jay Bennett, a cargo de Tweedy. Con el tiempo y A Ghost Is Born vendría el guitarrista Nels Cline, que no es sólo un guitarrista, sino también un salvaje. En esa dirección va Wilco, cada día mejor, cada día más sucio y más brillante. Bajo la amable fachada de los días corre un río de mierda que se consume a sí misma en música desatada, ruido armónico, feroz. Escuchad At Least That's What You Said en directo. Eso es Wilco.

PD: Su compañía, Reprise Records, terminaría por rescindirles el contrato, porque pensaron que Yankee Hotel Foxtrot no merecía ser editado. Lo publicó tiempo después su nueva firma, Nonesuch Records. Ahora está considerado un album clásico, el mejor de su carrera.

Murió Pinochet, resiste Fidel

Murió Pinochet, resiste Fidel


Dios existe. ¿Será de izquierdas?

Sideways: de lado a lado

Sideways: de lado a lado

Si uno se pasa tres días caminando entre viñedos, tiende a pensar en Sideways (Entre copas), en el personaje de Paul Giamatti, en la mediana edad, en la naturaleza de las relaciones, en el significado de la amistad y sus formas. Son cosas que uno piensa o dice o no dice mientras pasea entre viñedos, y el cielo parece una suave manta de terciopelo gris, iluminada allá al fondo por el sol que quiere asomar y vigilada por una sierra de montañas oscuras. Esos detalles en el escenario pueden anular el patetismo de las confesiones, que jamás deberían ser expresadas o bien deberían ser expresadas solamente en la forma de una novela como El Día de la Independencia (Richard Ford) o en discos como The Healing Game o No Guru, No Method, No Teacher (Van Morrison los dos). Sin querer he descubierto, he creído descubrir, que el único modo de combatir el otoño consiste en el único modo de combatir el resto de las cosas de la vida: ir de cara contra él y sus circunstancias, aprovecharse de su lado vulnerable, dormirse en un lecho de hojas caídas o ver llover al otro lado de la ventana en la media tarde. Estas sensaciones resultan más desesperadas que poéticas, o sea que si a alguien le parece que hay algo de poesía no es mi culpa. O sí: será que no acierto a expresar la desesperación con un mínimo de eficacia.

Richard Ford sí lo hace. Lo hace cuando su ex mujer llama al protagonista de la novela, Frank Bascombe, para comunicarle que se va a casar de nuevo, esta vez con Charley O'Dell. Charley O'Dell... parecía tan inofensivo el hijo de puta. Esa noticia desmonta el desesperado equilibrio en el que Bascombe o cualquiera se apoya después de una ruptura; si alguien te ha querido siempre cabe la posibilidad de que esté dispuesto a cuidar de ti en los peores momentos, los más oscuros, un poco por piedad y un poco por sentido de culpa. La culpa es un invento muy poco generoso, lo dice la canción. Si esa otra persona se casa (equivale a comenzar otra relación, a lo que sea), se acabaron la piedad y el sentimiento de culpa, si alguna vez existieron. Como escribe Richard Ford, como piensa Frank Bascombe, lo siguiente es un largo vacío, hasta que un día Charley O'Dell te envía una nota en la que te comunica que tu ex mujer ha fallecido. Puede que hayan pasado 30 años, pero el vacío se mantiene. Y te da el pésame. El vacío. Ves a tus hijos hechos hombres y a ti mismo hecho un mierda, igual que te sentiste en ese momento en el que ella te dijo que se casaba o que estaba viendo a otro, y tu única respuesta fue pensar, de un modo estúpido, que si le decías que aún la querías y que se casase contigo, volvería a hacerlo. Se quedaría. No es así. Pero uno no puede evitar pensar tonterías.

Leí esos párrafos después de caminar entre viñedos, después de desayunar un par de tostadas de pan de pueblo, untadas con aceite de oliva, tomate y un poquito de sal. Mientras me vestía oí The Healing Game y escapé del otoño de afuera, que me pareció magnífico, en un automóvil gris hacia el otoño de adentro, bastante más oscuro, sin esas hojas de un rojo ocre y esas otras amarillentas, y esas uvas arrugadas y ese vino que te llena la boca de vino. No me he recuperado, pero sigo leyendo. Es como decir: no me he recuperado, pero sigo viviendo.

Ruge el león

Ruge el león

 

A mí el zarpazo de Van Morrison me ha durado diez años, desde que lo vi en el otoño del 96, creo que era otoño o en mi cabeza lo era, y Van Morrison ofreció en el Príncipe Felipe un recital que me pareció memorable. Recuerdo a Georgie Fame a un lado del escenario, un espacio cubierto por músicos apretados en una big band con todos los registros posibles. Los conciertos de este fin de semana han presentado a un Van Morrison de músicas más intimistas y energía contenida a veces, pero incontenible después. En ambos casos, en todos los tiempos, los espacios instrumentales me sonaron hermosísimos, muy nítidos, sugerentes y llenos de esa sensualidad tan propia de la música de este genial norirlandés. Música capaz de salvar un día algo gris. La voz de Van Morrison, tan blanca, tan negra. Había instantes, como me dijo Andy, para cerrar los ojos y escuchar esos instrumentos que parecen voces y esas voces que suenan como instrumentos. Cuando Van Morrison se pone estupendo, agita el brazo derecho, como si únicamente esa articulación tuviera vida. Y con ese brazo reparte juego, da entradas y salidas, marca los tiempos. Por lo demás, es un poste de luz sobre el escenario, pero tiene ese algo negro que tanto me gusta: el sombrero fedora, las gafas de transparencias irisadas, la palidez del rostro, el traje opaco... En ocasiones, o mirando a Van Morrison, uno quisiera tocarse con un sombrero fedora y no parecer un fantoche.

En diez años, desde la última visita de Van Morrison, han pasado muchas cosas. Van Morrison ha publicado una cantidad enorme de discos y los hemos ido escuchando y confundiendo, y las personas han ido y han venido a nuestro alrededor, como otoños. Lo pensé mientras el león rugía Brown Eyed Girl y marcaba el ritmo a los demás con golpes sincopados de su tronco a cada lado. Me veo bajando por Harrow Road con Hymns to the silence en el walkman, cuando el día aún no se había levantado del todo y el motocarro del repartidor de leche traqueteaba en el semáforo, camino de Portobello y el centro. Brown Eyed Girl sonaba alegremente en Ridgeley Road, al noroeste de Londres, con cierta frecuencia. Una canción de recuerdos lavados por el tiempo. "¿Te acuerdas de cuando cantábamos? Sha la la la lala lala". Por los viejos días y los buenos días, vuelvo a cantarla. Siempre que la oigo.

Uno de los nuestros

Uno de los nuestros

 

La muerte quizás no sea más que la demostración final del paso del tiempo. Once años aún son pocos para tener ya un campeón muerto. Sergi López, vencedor de la Recopa en París, fallecido el sábado en la violentísima circunstancia de una decisión. Sergi tenía 39 años y tal vez nadie ganó la Recopa de París o la victoria del 94 sobre el Celta más de lo que lo hizo él. Porque Sergi nunca fue un futbolista al uso, siempre lo asistió una conciencia que los futbolistas sólo alcanzan en rarísimas ocasiones: el significado de su ejercicio cotidiano para los aficionados. Sergi no era exactamente un jugador de fútbol, o no era solamente eso. Más que nada, su naturaleza correspondía a la de un hincha en camiseta de jugar, un hincha de corto que durante la semana se entrenaba con el equipo y los domingos salía a la cancha, quizás lamentando la imposibilidad de ser al mismo tiempo uno de la grada y uno de los que aclama la grada. Cualquiera se ha soñado jugando con su equipo. Sergi alimentaba el anhelo inverso. Y así, en cada victoria encontraba dos victorias: la del futbolista y la del aficionado. Cuando los triunfos se hicieron enormes, él reunió sus dos condiciones íntimas en el balcón del ayuntamiento o en el autobús descapotado que recorría las calles.

"Se ha ido el alma de la Recopa", me resumió Xavi Aguado en un mensaje entristecido del móvil. Hace año y medio, el día en que se cumplían diez años de la noche de París, Nayim me relató quién era Sergi en aquel vestuario de amigos campeones. Recordó la larga madrugada del 10 de mayo del 95, que Sergi pasó cantando en el vestuario tras el partido, en la cena de campeones, en la fiesta por París, en los pasillos del hotel, en la terminal del aeropuerto a la mañana siguiente, en el avión, en el autobús sin techo, en la balconada frente a la gente. Cantaba a través de un megáfono e interminablemente repetía: "Fu, fu, fu, Cafú, Cafú, Cafú". Sus compañeros terminaron exhaustos del grave bufido gamberro del instrumento. Para Sergi, la alegría de la victoria tenía esa forma irreverente. Él era uno de los nuestros: "Somos los hinchas más radicales / somos los ultras más fieles y leales / el Zaragoza, hoy va a ganar / y el fondo norte no para de cantar...".

Demasiadas lesiones para un cuerpo frágil, para un cuerpo de estilista, para una mente insegura. Y muchas más cosas que desconocemos y no nos incumben ni solucionarían el enigma final de su partida. En el campo lo acechó la desgracia en formas muy concretas. Afuera lo aguardaba un rumor de oscuridad incomprensible, abstracta como la tristeza o la alegría. En los últimos años parecía fácil imaginarlo en Buenos Aires, donde residía, mezclado con los monos en las tribunas más bullangueras y crueles del planeta. Sergi en un cantito aprendido sin dificultad, Sergi agitando rítmicamente las manos entre la muchedumbre de manos repetidas, Sergi impostando el seseo para entonar las letras como todos esos muchachos, Sergi a pecho descubierto rompiéndose el cuello en cada grito. Sergi, por fin, en una avalancha de gol. Reventado de felicidad.

[Foto: el zaragocismo en París, en la noche de los campeones].

El día del velocista

El día del velocista

Algunos días me siento un velocista.

Son los días en los que el fútbol viene tarde. Y en silencio, durante toda la jornada, dispone su trampa para el escritor de fútbol. El escritor de fútbol nocturno es un velocista cruzado entre los hechos, su narración y la hora. Como el velocista, pasa el día huyendo de la carrera de la noche para no correrla varias veces. Basta una. Si la corre dos, va desgastado. Si pasa a correrla tres, está muerto. En esa única carrera se juega todo. El velocista escritor dispone su cuerpo en la salida como tantas otras veces. Luego escucha el disparo de aire, un silbido, y sale en estampida sin saber cómo ni a dónde. Lo espantan frases que no atrapa y palabras que no suenan bien con otras palabras; acecha una repetición, un olvido, el detalle ingrávido que no alcanzas. Si algo se pierde por el camino, se pierde todo.

El día no tiene nada que ver con esa explosión última, y eso es lo peor. Ahí queda compuesta la maraña de la que hay que salir airoso. La mañana no existe, no hay nada que hacer, nada que pensar, salvo lo cotidiano: desayunar sin prisa, ir a la peluquería, hacer una visita, mirar al cielo, comer tarde. Pueden agregarse o restar estas y otras alternativas. No importa: durante esas convenientes rutinas, el velocista va interrogando a su cuerpo y espera respuestas en voz baja; contestaciones que, si han de ser desfavorables, al menos incluyan la posibilidad de una reparación. Como "tengo una molestia en el cuádriceps". O bien... "hoy no tengo ganas de escribir". Puede que el dolor sólo signifique un residuo del sueño. Puede que a lo largo de las horas ocurra algo que despierte el deseo de contar y contar bien.

Antes de escribir un partido veloz, vuelven siempre estas preguntas y otras que ahora no encuentro: “¿Seré tan rápido como puedo ser, serán mis piernas tan fuertes como pueden ser, seré tan agresivo como quiero ser, seré tan automático, exacto y preciso como puedo ser, seré el que quiero ser? Siempre igual. Soy yo contra yo mismo, contra mi propia y ajena expectativa. En esa competencia, lo sé bien, dependo de ese a quien yo llamo 'el otro'. El otro. Un tipo que me habita y me ignora. Un tipo que viene y va de mis días. A veces él aparece y escribe una magnífica crónica para mí, sin que le pesen el esfuerzo, la hora, la carrera, la presión, los hechos objetivos del partido. Sin esfuerzo los registra todos y sin esfuerzo teje una historia que me gusta o me hace reír o me parece inteligente o directa como un disparo. A veces comete errores, o un gran error global, pero incluso ese error posee la fluidez de lo instantáneo. Cuando él viene, le dicta al papel y en el papel se ilumina algo. Yo miro y le presto los dedos. Yo sé bien, durante estas horas de guardia lo sé, que estoy en sus manos. Estoy en su voluntad. Si no aparece, me quedaré solo y entonces tendré que buscar en el oficio, en la costumbre, en el coraje, en la matemática inexacta de las palabras, lo que no me entregue su presencia. El otro es notablemente mejor que yo. Yo soy un torpe metódico. El otro es un velocista de cojones.

En esas esperanzas mínimas, dejé que la tarde fuera derivando en noche, sin apenas mover un músculo ni afectar a la mente, que va a disponer el resultado de esta nueva prueba. Leí a Richard Ford. Cuando leo a Richard Ford no quiero hacer absolutamente nada más que leer a Richard Ford. Escuché viejas canciones de Neil Young y de Wilco. Cuando escucho a Neil Young y a Wilco no quiero hacer absolutamente nada más que escuchar a Neil Young y a Wilco. Nada que interfiera. Todo empieza y acaba ahí. Desde luego, no quiero escribir un partido subido en un tren desbocado que ingresa a un túnel. Pero hay que hacerlo. En la última hora, justo antes del silbido a filas, compré algunos libros que me ayudarán a superar este otoño y me llevarán al invierno. Los guardé bajo el brazo y partí a la salida. Con ellos en el costado me sentí seguro, pensé que algo me darían. Repetí estas mismas frases como un mantra. Richard Ford y la voluptuosa Beuna. Wilco y Neil Young. Crazy Horse.

El disparo me estalló junto a la cabeza.

Anoche el velocista no vino.

Domingos de trócolas

Domingos de trócolas

De entre las cosas que uno no aguanta del domingo, en las más altas posiciones aparecen los alegres mítines de los políticos en mangas de camisa y las carreras de coches y motos.

De los políticos... Por suerte (ganada durante años de infinita paciencia democrática, digo yo), en nuestros domingos ya no aparece Arzallus, uno de los seres humanos más intelectual y físicamente detestables que hayamos encontrado jamás, con ese verbo untuoso de cura redimido, las facciones blandas y la carne trémula de fanatismo en los discursos. Eso sí, había una (señalemos sólo una) diferencia esencial entre Arzallus y los chicos de ahora: los inevitables Mr. Rajoy y Mr. Zapatero. Arzallus decía algo. Algo. Barrabasadas, normalmente, tantas y tan seguidas que el rosbif dominical se te cruzaba en el gaznate al oírlo, y luego había que meterse ración doble de sorbete de limón al cava para aceitar eso. Pero bueno... mensaje tenía. Por su lado, Rajoy y Zp componen la pareja de políticos de discurso más inane posible, cada uno a su manera. Lo de Rajoy tiene mérito (lo del otro, más), porque fatiga el imposible absoluto: la izquierda, ventajista como nunca, lo tiene agarrado por los ous, y los propios le sierran el piso bajo los pies como monos iluminados al mando de un cortador de césped. Así que Rajoy tiene que quedarse (o sólo puede quedarse) en esa metafórica oratoria suya, de leve retranca galaica, que va muy bien para el Parlamento pero se pierde por el aire en los estadios de los mítines mañaneros del domingo. El PP debería desaparecer, digo yo, como los 4.400 de la serie aquélla, y volver a la vida reconvertido en cualquier otra cosa, silbando bajito, a ver si no se daban cuenta. No sé, esto no lo refunda ni el aflautado Hernández Mancha. En este momento, dada la finísima estrategia del aislamiento a la que ha sido sometido, su discurso es vaciado de un momento a otro con la misma simpatía con la que se desguaza a un toro recién lidiado. Por su parte, Zapatero representa al hombre indecible, el que nunca estuvo allí ni en ningún otro lugar. Es Emilio Butragueño, pero en presidente. Nadie sabe de qué manera, pero todos coinciden en la boba genialidad de sus actos. Naturalmente, los contrarios quieren matarlo: no se puede ser tan hábil (ya no digamos inteligente) con esa cara tan nimia. El tipo sabe lo que hace. Pero... ¿sabe por qué? Sus modos componen un grácil artilugio de palabras etéreas que en cualquier otro tiempo y circunstancia habrían puesto al presidente contra la pared; pero no a Zapatero, que es el campeón de la futilidad zurda triunfal.

(Yo no sé qué hago de analista político, la verdad. Con lo que razonaba Norman Mailer para hablar de las convenciones demócratas de Kennedy y lo facilón que lo hago yo todo...).

En realidad, yo quería hablar de Alonso, el virtual campeón del mundo de Fórmula 1 después de su victoria en Japón. Lo correcto sería alegrarse de este nuevo triunfo del deporte español (tontería importante, claro...), pero es que, además de que Alonso me parece un tío tan engreído y antipático como español, tropiezo con una cuestión semántica: el automovilismo no es un deporte, para mí. Y ojo que digo para mí, así que admito las disensiones pero no entro en debates. No lo es. Ni el automovilismo, ni el motociclismo, ni el rallyismo ni el resto de ismos. Y no me cuenten que están muy bien preparados físicamente (que sí, como los toreros y los astronautas), y que pierden dos kilos por semana en la carrera: también yo, y sin subirme al coche. Las carreras son competiciones, nada más. Falta la belleza estética del esfuerzo, que resulta sustituida por esa belleza algo atroz de la mecánica y la ingeniería. Competiciones. Como competiciones son las competencias de caracoles o grillos, el lanzamiento de boñiga de rumiante, el campeonato de ingestión de salchichas de frankfurt en Coney Island (gracias, JCuartero) o el Saber y Ganar. No digo yo que no resulte emocionante, disputado, adrenalínico (qué estupidez de palabra), fascinante, yo qué sé. Pero chico... A mí me deja frío la emoción de las ruedas, las revoluciones, el reglaje, los cilindros y todo eso. Como razonó mi sabio padre cuando se quedó con el modestito Fiat Punto: "A mí ya no me seduce la velocidad".

Hace cierto tiempo me crucé con un conocido que necesitaba que le pusiera en marcha su coche conectándolo al mío por las míticas pinzas. Gustoso, le abrí el capó de mi auto y lo invité: "Mi motor es todo tuyo. Si tú sabes dónde está, conéctalas... y a conducir como papá". Así lo hizo. Me he visto forzado a cubrir algunas competiciones de free style, triales indores y carreras de karts, cuyas crónicas afronté con acabada tristeza existencial. El periodismo es así, una trampa mortal, niños. Si un señor mayor os invita a cruzar la calle y os aconseja estudiar Periodismo, desconfiad: pedidle rápidamente que os dé caramelos. En fin, aquellas noches... Cuando los tíos se ponían a quemar la rueda y dibujaban humeantes círculos negros de goma incandescente, el rugido general me producía vergüenza ajena. Y eso que hay algo en las motos que me llama, algo muy lateral: el relato Los Ángeles del Infierno, de Hunter S. Thompson, que recomiendo con fervor; las Harleys, las chopper de Easy Rider Hopper, esos cromados, tal y tal; los diarios de motocicleta de Noa por Ingerland. Sí, amigos: a mí también me encantaría conducir una motocicleta con chupa negra de piel como la del doctor Gregg House... Pero lo anotó Joseph Conrad: "El hombre nació cobarde. Es una dificultad".

¿Y Alonso? Bueno, ahí está. Dos veces campeón del mundo. Innegable como el sol. Me repugna, sin embargo, el empeño en defender que cuando gana, es un genio, y cuando no gana, un tipo afligido por la ineptitud de todos los que lo rodean. Como no entiendo nada del tema, no me meto más. Me pregunto si Alonso se convertirá en el próximo, y pesadísimo, Carlos Sainz: bicampeón del mundo durante muchos años, y luego acumulador de toda suerte de vicisitudes para no ganar nunca más. Alguien debería reunirlas en un libro: las mil y una conspiraciones del Universo contra el tercer Mundial de Carlos Sainz. Pero hablo de un libro riguroso, documentado, enciclopédico, no de hacernos los graciosos. Carrera por carrera, desde el segundo mundial. Cada accidente del destino, un capítulo, con diagramas explicativos de cómo funciona el elemento en cuestión, en qué consiste, cómo ocurrió, el build up hasta el desastre de ese día concreto, culpables, responsables, casuística. Una cosa seria. Ya digo, a capítulo por derrota: el equilibrado, el navegador, la tapa del delco, la servodirección, el libro de ruta, las vacas flacas del Serengeti, la gasolina, el tuercas, la junta de la trócola, la meta unos metros más allá, la liebre peluda que se cruzó, la inmarchitable mala suerte, la conspiración global contra el español... ¿Los rivales? Qué dice usted, ahí no hay capítulo: contra los españoles nunca ganan los rivales, perdemos nosotros o nos derrotan las circunstancias. Los históricos elementos. Los aros italianos, la presión, el enfrentamiento intestino. Lógicamente, el mejor título para ese libro maravilloso no escrito (salvo opinión contraria del profuso Javi Hernández) sería el que todos sabemos: "¡Trata de arrancarlo, Carlos!". No descubro nada.

pd: Hablando de conspiraciones. Lean Mi amigo Mickey, el maravilloso cuentito de Roberto Fontanarrosa sobre el empeño en una conspiración universal contra la Argentina.

Hazte amigos para esto...

Hazte amigos para esto...

 

Hoy venía en el diario esta noticia. La reproduzco sin tocar una línea, y reflexiono que ya nadie valora las buenas amistades:

"El ex campeón mundial de los pesos pesados Mike Tyson está tan agobiado por sus deudas que ha iniciado una gira de exhibición por EE UU para hacerlas (sic) frente. Tyson no atraviesa su mejor momento, y ha asegurado que ignora por qué la gente todavía está dispuesta a pagar por verle pelear. "No creo que sea merecedor de la gente que viene a verme, pero lo siguen haciendo", ha manifestado. El púgil ha reconocido que está en pésima condición física y apenas es capaz de pelear unos tres o cuatro asaltos".

pd: Con lo que nosotros queremos al Acero Tyson en este pueblo... Por mí mira, que haga lo que quiera. Pero veo ahí a Lupita (se hizo la foto justo antes que yo y ha de llamarse Lupita) y de verdad... que no, oye, que no. Que no hay derecho. La próxima vez que me lo eche a la cara al Mike se lo pienso decir. A tres asaltos igual me atrevo.