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Los días

El simple arte de Chandler

El simple arte de Chandler

De las incontables veces que he visto El sueño eterno, la primera que recuerdo tiene que ver con una apagada tarde londinense en un cine de arte y ensayo, que programaba un feliz ciclo sobre Bogart. Inevitable. En Londres, para cualquier cosa hay que quedar una hora y media antes de la hora. No importa si vas al fútbol, al cine, a dar un paseo o a ningún lado: esa hora y media reglamentaria corresponde al tiempo preciso para la necesaria visita al pub y el par de pintas de rigor. Así que quedamos a la una y media, con Pablo desde luego, tomamos al menos el par y luego nos metimos al cine a ver El sueño eterno. Esa película resume a Raymond Chandler, el autor de la novela: uno sabe que apenas va a comprender la trama, que va a extraviarse seguro en la maraña de villanos que se superponen a otros villanos y que llevan a otros villanos. Que a partir de la visita de Marlowe al general Sternwood todo va a resultar confuso pero, sin embargo, emocionante, vigoroso, divertido, chispeante... ¿Misterioso? A quién le importa el misterio. Así es la novela de Chandler. Así es la escritura de Chandler. El sabio guión de William Faulkner (!) acentuó esas virtudes.

Ya he mencionado en alguna ocasión anterior que el exilio voluntario de agosto siempre exige la novela negra, los policiacos. Y que en la selección anual de la maleta siempre va incluida una de las novelas de Ray Chandler para su relectura. No sé cuántas veces habré leído cada una de ellas, pero vuelvo a hacerlo cada vez y con idénticos resultados. Este año le ha tocado a El sueño eterno, que no me parece la mejor ni es la que más me gusta. Adoro El largo adiós, que es mi campeona del mundo. Me encanta La dama del lago. Y las demás. Pero El largo adiós no admite comparación. Es tan negra, tan melancólica, tan disparatada, tan confusa, tan querible como Marlowe, el detective. Puede que Marlowe, de paso, sea uno de mis personajes favoritos de novela en toda la la Literatura. Puede que Chandler sea uno de mis autores favoritos. Y eso que a Borges y Bioy, que son un canon más que respetable, no les interesaba mucho y preferían a otros autores más cerebrales, de misterios más finos, más intelectuales. Chesterton por encima de todos. Quién va a enmendar a B y B, claro, y menos contra Chesterton. Pero Chandler me divierte tanto...

Transcribo algunas anotaciones propias acerca de la lectura de El sueño eterno estos días. Frases, costumbres literarias, métodos, pensamientos, diálogos. Si tienen algún valor será el de la admiración y el anhelo imposible de escribir así. Para quien comparta esa comezón, recomiendo con fervor la lectura de El simple arte de escribir, epistolario formidable de Chandler. Ahi van los fragmentos de El sueño eterno:

"El mayordomo se alejó a través de las abominables plantas. El general volvió a hablar, utilizando su energía tan cuidadosamente como una corista sin trabajo cuida su último par de medias nuevas".

"Encendí un cigarrillo y le eché una bocanada de humo, que él olfateó como un terrier el agujero de una rata".

"El anciano inclinó la cabeza como si el cuello estuviese asustado del peso de ésta".

"Ninguna de las dos personas que había en la habitación hicieron caso alguno a la forma en que había entrado, aunque solamente una de ellas estaba muerta".

Chandler aporta formidables descripciones físicas y morales de sus personajes:
"Un hombre de ojos fríos, con cara de cuchillo, tan flaco como una calavera y tan duro como el director de una casa de préstamos". "Tenía los dedos largos y nerviosos de un hombre con mente ágil. Parecía estar listo para una pelea".

También de los escenarios. Las comparaciones de las que Chandler se vale para ello son deliberadamente hiperbólicas, pero muy vivaces: "Había estanterías bajas y una gruesa alfombra china de color rosa, en la cual una ardilla podía pasar una semana sin asomar la nariz por encima de la lana".

La escritura de Chandler posee un singular vigor que define ese estilo negro en el que la trama no importa tanto como los arquetipos, el diálogo, las circunstacias, el fondo (negro) contra el que se proyecta la historia:
"Al día siguiente leí los tres periódicos de la mañana mientras comía huevos con jamón. El relato de lo sucedido se acercaba a la realidad lo que los relatos periodísticos suelen aproximarse: tanto como Marte se aproxima a Saturno".

Los diálogos brillan como joyas:
-Es pintoresco en los asuntos policiacos observar cómo una vieja mirando por una ventana puede ver a un individuo corriendo e identificarlo entre varios seis meses más tarde. Sin embargo, mostramos a los empleados de un hotel una buea fotografía y no están seguros al pedirles que lo identifiquen.
-Ese es uno de los requisitos precisos para los buenos empleados de hotel.

Villoro: pasión inteligente

Villoro: pasión inteligente

A modo de epílogo o conclusión de lo que fue la charla del pasado miércoles en la Fnac, si se me permite dejo la recomendación de este libro: Dios es redondo, del mexicano Juan Villoro (Crónicas/Anagrama). Un volumen de anotaciones con perspectiva variable, siempre de sutil y cuidadosa inteligencia, que tienen como línea de fuga el hecho futbolístico, rodeado de circunstancias y protagonistas. Su estructura, fragmentada en artículos o bloques de artículos, permite picotear sin rigor cronológico y pasear en la dirección que cada cual prefiera. Cualquiera es buena, incluso la línea recta. Hago la sugerencia en rabioso directo; o sea, mientras yo mismo lo leo. Los artículos de Villoro poseen el valor de la palabra bien escrita, pero además se imponen de un modo u otro la obligación de la inteligencia, la viveza, la lucidez o el ingenio. No aspiran al lirismo descriptivo sino a la eficacia de lo contado y el discernimiento de lo que no aparece tan evidente a simple vista, de forma que a veces derivan hacia el relato y otras caminan de puntillas, alumbrando ideas o atreviéndose al riesgo de una conjetura que los aproxima al ensayo. Villoro tiene una forma nítida, bella, de escribir de fútbol y aquí la expresa con fluidez, con naturalidad. Su pasión no quiere justificarse a través de floridos ditirambos, sino tomándose este deporte como lo que es: un juego, pero un juego que (como todos los juegos infantiles) hay que afrontar muy en serio. La pasión no elude la razón.

La tapa de la edición que ha hecho Anagrama posee además la felicidad de una imagen de Cartier-Bresson: un par de chicos se disputan la pelota al borde de una campa de césped alborotado. El balón aparece vivo, suspendido a un palmo del piso. Y sobre la línea de cemento que delimita la banda, el mundo externo a ese partido, una larguísima fila de jóvenes religiosos de sotana se abotonan unos sobre otros y mezclan en la neblina las faldas de sus hábitos. Ninguno le quita ojo a la pelota, que en ese instante ejerce la poderosa atracción del mismo centro del Universo.

El fútbol y los libros

El fútbol y los libros

"Pronto aprendí que la pelota no viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha".
Albert Camus, guardameta y Premio Nobel de Literatura. 

 

Yo llegué al fútbol primero y a los libros después, creo que mucho más tarde. Uno fue cosa de la infancia y los otros de ese tiempo incierto y detenido que hace de bisagra entre la adolescencia y la primera edad adulta, que aún es juventud. El fútbol me salía naturalmente en el patio del colegio, en las canchitas de tierra que armábamos en Helios en el parque infantil, en el frontón donde me pasaba el tiempo golpeando el balón contra la pared y escuchando el sonido metálico del hormigón, en los torneos entre clases que tanta felicidad y diversión me proporcionaron. Los libros siempre estuvieron, pero de un modo latente. Pasé a jugar federado, como se decía, y el fútbol casi ocupaba la totalidad de las horas libres: cuatro días a la semana de entrenamiento y los partidos. Fútbol en el recreo. Fútbol en los veranos. Se lo dijo la parlanchina delegada de clase a mis padres en una reunión del colegio: "¿Mario? Uy, a ese no le hablen de chicas ni de nada. Con una pelota tiene bastante...". Mis padres temieron lo peor, supongo. Yo también.

Por esas cosas que uno no sabe cómo son, si casualidad o destino, he terminado escribiendo de fútbol todo el tiempo, como antes jugaba al fútbol todo el tiempo. Creo, me parece, que se me da un poco mejor escribir que jugar. En la cortina de la memoria entreveo a un chico rubio y crecido antes de hora, que ponía un empeño de proporciones éticas por serle fiel al juego. O sea, que corría cuanto era capaz, entraba y salía de las jugadas a tambor batiente, cortaba, metía... Nunca aprendí a pegarle con la izquierda. Corría y trabajaba. Técnicamente era correcto, más o menos, pero mi trayectoria en el campo me delata: empezaron poniéndome de seis, o sea... siendo el inteligente del campo. Pero pronto derivé a la banda derecha y luego al lateral y finalmente al puesto de libre, y mi presunta inteligencia quedó reservada para otras cuestiones. Me hicieron marcador y agoté la paciencia de unos cuantos jugadores contrarios, a los que ahora observo conmiserativo. Lo dejé pronto, terminada la edad juvenil o aun antes. Dejó de gustarme el fútbol desde dentro. Me gustaba la pelota, pero no tanto como para aguantar lo demás. Entonces vino la universidad, los libros y todo esto que soy ahora.

Que la Fnac me seleccione para hablar de fútbol y libros, con Miguel Pardeza y Sergio López, me parece la sorprendente culminación de esa convergencia. Lo haremos en la tienda de la plaza España, mañana miércoles a las 19.30, dentro del ciclo 'Once contra once': no sé si hablaremos de libros, de fútbol, de futbolibros o de qué. Me sorprenderá gratamente que a alguien pueda interesarle lo que tenemos que decir. Al menos yo. Miguel ha sido futbolista, como sabe cualquiera, y fecundo escritor de artículos deportivos y culturales en un sinnúmero de publicaciones; Sergio López es periodista y escritor, autor de 'Palabra de Bioy', editor de la obra del autor argentino para Planeta-Emecé y colaborador a mi lado en un buen número de aventuras conjuntas, siempre de mano ajena. La última en 'Mediapunta', esa revista que es un reducto del fútbol visto desde otro punto de vista. Así que el único que no ha jugado profesionalmente al fútbol o escrito un libro he sido yo... Yo soy periodista, que como dijo Borges es lo mismo que escribir para el olvido. Por eso, cuando me llamaron de la Fnac, me apresuré a preguntar: ¿Por qué yo? Pero ya dijo Camus que la pelota nunca viene por donde uno la espera...

Foto: Este hombre que tiene un aire de Bogart descuidado es en realidad Albert Camus, el guardameta durante años de la Universidad de Argel y Premio Nobel de Literatura. Se hizo portero para evitar los azotes de su imperativa abuela, quien no le permitía regresar a casa con las suelas de los zapatos gastadas. Así se convirtió, cuentan, en un extraordinario guardameta de contención: por costumbre infantil de inmovilidad obligada, aguantaba tanto el disparo a los delanteros rivales que en ese desconcierto ya comenzaba a ganarles el duelo. Leí 'La peste' al poco de dejar el fútbol. Un libro doloroso como la derrota.

Nostalgia de Kafka

Nostalgia de Kafka

Terminar la lectura de un libro puede a veces ser terrible, un anticlimax descorazonador. Yo siempre procuro tener un buen remanente de posibilidades en la estantería, para asegurarme todas las opciones. No se trata de que use un método estricto en la adquisición, no tomo los libros como medicinas preventivas, pero sí que pierdo tiempo en la elección del siguiente para intentar sostener el encanto del anterior o romper con una mala experiencia. Eso me procura a veces un desasosiego con el que me peleo a ciegas: uno no puede errar, existen pocas frustraciones más desagradables que abandonar un libro recién empezado... Escoger supone un descarte que conlleva riesgos. Yo vigilo diferentes variables: mi estado de ánimo, el tono que le intuyo a la obra que acometo, la apetencia, el volumen de páginas, el género. Cruzo todos esos datos y entonces... Así que hay algunos libros que pueden pasarse años sin que los elija, porque su momento se pasa o nunca llega.

Ese estrés se multiplica cuando acometo un viaje o unas vacaciones. ¿Qué selección hacer? Uno no puede llevarse la biblioteca en la maleta, ni siquiera los libros que quedan por leer. El verano pasado me ocurrió... y qué mal lo pasé. Calculamos a la baja los días de ausencia e hice corto de lecturas. Además, en verano yo me entrego a la novela negra, la policiaca, y si salgo de ahí es para meterme en los clásicos de aventuras. Las dos estupendas colecciones de esos géneros que editó hace un par de años El País son compañeros inseparables de esos días. Además de las novelitas de Ray Chandler y Dashiell Hammett, que siempre andan a mano... Esos tienen puesto fijo en la hamaca.

El caso es que hace un año tuve que acudir a por refuerzos con gesto desesperado. Dar con librerías mínimamente serias en la costa española resulta complicadísimo. Hay best sellers, novelas rosas, las últimas novedades y la cosa de la autoayuda (que no me va nada, porque yo soy poco generoso conmigo mismo) o la colección de monólogos del gracioso/a de turno en la tele. También suele aparecer Agatha Christie, pero eso no es de lo que yo hablo... Estuve a punto varias veces de hincar una rodilla derrotada y comprar Porno, de Irving Welsh, en la tiendecita de los periódicos. Era salirme por completo de los límites, sólo con el fin de chutarme en vena algo de escritura potente, un disparo de palabras, justo lo que yo preciso en vacaciones para compensar la hibernación corporal en la que me sumerjo. Cuando ya daba por perdido el caso y estaba a punto de practicar la apnea suicida, topé en un supermercado playero con una modestísima colección de policiales amontonados en una gran cesta de alambre. Casi caigo redondo de la emoción. Ahí estaban Chester Himes (Por el pasado llorarás, un drama carcelario de primera), El secuestro de Miss Blandish, El caso de los hermanos siameses... Hadley Chase y compañía, Nicholas Blake. Ansioso, compré todos los que componían el lote, que me pareció caído del cielo: tapita blanda y el filo de las páginas teñido de rojo. Todo bien sangriento. Babeaba como Hommer con los aros de cebolla.

Recojamos el hilo. Acabar un libro también puede derivar en angustia melancólica por otro motivo aún más patológico: la confusión de realidad y ficción, la confusión de fronteras. Me ocurre con los cuentos de Cortázar (que regresan cada año por septiembre, sin falta). Y me pasó con su novela Los Premios, en la que me enamoré con extraña nitidez del personaje de Paula Lavalle. He dicho mal: no fue del personaje, fue de la misma Paula Lavalle. Ahora se repite el caso. Acabo de finalizar Conversaciones con Franz Kafka, un libro maravilloso que ya he mencionado en Somniloquios anteriores. Los paseos y diálogos del joven aspirante a poeta Gustav Janouch con el genio de La Metamorfosis. Aforismos dichos al pasar, pero con la humanidad de una voz dolorida como la de Kafka. Juicios sobre el tiempo, comentarios de arte, de literatura, de política, de la vida... Afirmaciones intemporales, trazos de la condena interior de Kafka, el desprecio hacia su propia literatura, pero un desprecio cortés, sincero, no destructivo o impostado. Menos mal que existió Max Brod. Así, paseaoms junto a un hombre atormentado al que Janouch muestra bajo la luz de una sabia piedad que lo convierte en un ser vital, necesario, imprescindible. Me dolió de un modo exagerado terminar el libro; era como separarme del muchacho y de su guía espiritual, al que en cierto modo hice también mío hace ya años. Pasear con Kafka por Praga había supuesto retomar la mano de un viejo amigo y editar de nuevo su voz, guardada en algún rincón atestado de la memoria. Luego me sentí huérfano, un poco (no pretendo compararme) como Janouch al conocer la muerte del frágil escritor. Para olvidarme de la pena, he elegido ahora una novela de Richard Ford (preludio del verano y sus oscuridades), pero no sé si voy a acertar. En realidad, lo que ocurre es que extraño al doctor Kafka.

Foto: la portada del libro, una melancólica imagen de Franz Kafka en 1922, ante la fachada del edificio en el que habitaba con su familia en Praga. Me gusta el empedrado del piso y el sombrero de K. El corte del abrigo, la pulcritud de la línea recta de los pantalones y la forma abombada de los zapatos.

Verano

Verano

Del verano prefiero el mes de julio, y de cada mes los días rotundamente azules. Me gusta acostarme entre sol y sombra de un grupo de árboles y mirar cómo su brillo atraviesa las hojas y las matiza con brillos de trasluz. Me gusta mirar al borde de las copas que se recortan con el cielo y llenarme de ese contraste, verde sobre azul, los dos muy vivos. Me gustan los parques en verano. Me gusta el paseo arbolado en el que una estatua imita a dos enamorados que caminan reunidos por un paraguas, bajo la lluvia. Y el frondoso muro que entreverando los ramajes se levanta hasta la altura de varios pisos. Hay que mirarlo desde un punto exacto de la avenida. Bajo el edificio de cristales de color repetido, en diagonal y hacia arriba. Y el paseo, si ignoramos los automóviles y la calzada, tiene la profundidad repentina de un bosque. A veces dos novios detienen la tarde para arrullarse en un banco y mirar a los enamorados de la estatua, a los que la lluvia nunca alcanza.

El verano es eso y es el río exhausto con la tripa abierta como un animal, sin caudal que le cubra los pedregales. Parece moroso en los meandros y recto, dignificado y sereno cuando entra en la ciudad desplegando el lecho como en un desfile. Tiene carácter. He visto balones que se perdían veloces en sus aguas y los hemos perseguido hasta donde daba la orilla, pidiendo que el viento los aproximara. A veces lo rescataba un piragüista, otras muchas veíamos esa pelota, embebida en la corriente, alcanzar en segundos los puentes y más allá, menguando hasta ser invisible. Un balón perdido en el río suponía una pequeña tragedia cotidiana del verano. Había otras. He visto gente salir muerta y con color de barro, los miembros atribulados de rigidez, o con una pierna negra como un madero quemado. He visto ahogados. He visto gente caminando sobre los barandillas de los puentes, quizás jugando al suicida redimido. El río es un vivir para mirarlo siempre cambiante e igual, o un morir premioso o repentino: entrar a nadar en sus aguas, sentir un tirón sin sentirlo, algo que te lleva abajo y te aferra sin tocarte. El río se ha tragado a personas en apenas segundos y ahogado sus gritos en barro y maleza. Y los ha devuelto 30 metros más abajo cuando le ha dado la gana.

El verano me hace alegre melancólico. Cada día me parece una culminación de todas las posibilidades de la vida y un atardecer de la esperanza, todo en muy pocas horas. El verano es resplandor en las piscinas, ardientes de una luz que se contorsiona sobre las ondas de la superficie. No sé por qué esa imagen siempre tiene para mí el rostro de una mujer inconcreta y una música que la enmarca. Es el túnel del tiempo: mirar a los adolescentes saltando gritones al agua frente a ellas, que miran y retiran la mirada, juegan a la goma del cortejo, como todos hemos hecho. Pasar la tarde en el césped, cambiar miradas y encontrar significados. Dormir arrollado por un sol tranquilo y vehemente a la vez. Y después la fanfarria nocturna, las chicharras, los grillos, el zumbido del agua, el susurro de los árboles, las voces en sordina que hablan en el porche, sentadas en hamacas o en un balancín quejoso. Nadie quiere acostarse y yo tampoco quiero. En el parque suenan músicas que no acaban. La noche lenta y preciosa. En la montaña, una vez me senté frente al valle en el mirador del viejo pueblo, y el cielo derramó estrellas sin fin contra la ladera inmensa, haces de luz que se desprendían de un telón que oculta la tramoya del universo. De niño, algunas veces acampábamos en la tienda de unos amigos. Unas esterillas hacían de camas, y yo me hundía en el sueño escuchando al otro lado de la tela azul a los animales, y el cuchicheo de los mayores que fumaban y hablaban, sentados en sillas de tela en forma de aspa. Entonces no existía el cansancio. Nos despertábamos en bañador y salíamos a jugar y a tirarnos en la piscina. Y luego, a tomar el desayuno. El día era enorme comparado con nuestro tamaño. El verano terminaba, sí, pero lo hacía muy despacio, como todo lo demás cuando uno es niño.

Del verano me gustan las tormentas lejanas que cruzan campos arrasados de sol, los rayos verticales sobre un fondo gris, el dramático teatro silencioso. El olor de la tierra mojada. El rumor del trueno que llega como muchedumbre de una caballería remota. Las cuatro torres de la basílica en silueta contra el cielo, sobre todo cuando las iluminan. Los mosquitos afanados en su locura bajo las farolas del puente. Me gustan los atardeceres anaranjados en la cabecera del río, el ábside de la catedral, las calles heladas de sombra en agosto, aunque huelan a orín. Prefiero pensar en esta ciudad cuando era ciudad de palacios y casas solariegas, rodeada de campos y limitada con portones de piedra. La torre de mi calle que marca la hora de la ciudad. La medianoche blanca de la siesta, que anotó Capote. Me gusta la primera noche del verano, que es ésta, cuando el cielo no se ha apagado del todo y aún guarda en su tono algo de este día, un color que la luna mezcla despacio. Entonces prefiero las nubes que dan energía al contraste, matices violáceos, opacos. Hoy las he visto como trazos cuarteados de un lapicero blanco usado con destreza, y luego difuminadas con el índice. Recuerdo una tarde larguísima frente al Cantábrico y otra similar al sur, donde se angosta el Mediterráneo. Una noche hecha con despiadado añil que cruzaba el cielo de los cabos y bahías; nació turquesa y murió negra. En esa variación yo traspasé el éxtasis de la mirada y la vacié de lado a lado del horizonte.

Me gusta caminar con música y mirar a la gente, darle a la ciudad el ritmo de mis oídos. Irme y regresar. Me gusta el momento exacto en el que por primera vez, a lo lejos, distingo los perfiles de los edificios, la confusión de calles, las agujas que se levantan y son el nombre del lugar. Me gusta mirar al sol en la última hora de la tarde, como moneda de oro licuada en la perpendicular de los puentes. Deberías haberla visto. Siempre es la misma tarde si es verano. La miro y vuelvo a casa y comienza la noche, la primera. Entonces repaso de una vez todas las cosas que me gustan, y siempre encuentro las mismas o agrego otras.

Foto: Mi abuelo Mario, en la piscina de las gradas en Helios, en una imagen de verano de otro tiempo que se repite incesante y casi exacta. El verano es también él, tomando café en el poyete junto a la palmera, aguardando a verme llegar sudoroso de otro partido. O en su terraza en las últimas semanas, protegido por los toldos frente a una asfixia que él ni siquiera advertía, porque su cuerpo se le había hecho una lengua de hielo. Apagándose en la luz del último verano, pero sin ceder ni un ápice de ese brillo suyo que le sobrevive.

Las milongas del amigo Andrelo

Las milongas del amigo Andrelo

La tarde ha variado de colores al menos en tres ocasiones, antes de plegarse en ese contraste de añiles que rescata la última luz en los días que casi son de lluvia. Hemos regresado a la ciudad rodeados por la voz pedregosa de Andrés Calamaro. Raro que Andrelo no haya asomado antes a esta ventana, porque yo suelo alzarme a las suyas con frecuencia para vigilar qué hay ahí, qué está pasando. En los últimos años Calamaro ha cruzado largas temporadas en silencio, lo que entendemos por silencio público o musical, y entonces yo cada cierto tiempo consultaba a mis fuentes argentinas para saber si andaba bien, si estaba de este lado o del otro (en todos los sentidos), si alguien lo oyó o supo algo o vio un reportaje en alguna revista o si encontró una breve referencia a algún proyecto futuro. Con Calamaro me ocurre algo que no me ocurre con casi ningún grupo o cantante, y eso que la lista de predilectos es larga y variada: lo sigo como seguiría a un buen amigo, a un amigo íntimo. Resulta difícil de explicar: me parece que lo conociera de siempre, y podría deberse a que le he oído cantar tantas frases exactas que me invade la tonta impresión de que muchas las debe haber escrito pensando en mí. Se trata de un argumento imposible y casi estúpido, desde luego. Sin embargo, no hay refutación. A Calamaro lo siento aquí al lado no porque yo me haya aproximado a él a través de la idolatría o la admiración o la sensibilidad o el gusto musical. Más bien el proceso funcionó a la inversa: el que se aproximó a mí como si quisiera cuidarme fue él con sus temas.

Así que veníamos conduciendo en hilera dominical densa, y nos cercaba el minucioso sonido de Tinta Roja en el aparato de música. Tinta Roja es el último Lp de Andrelo, un cancionero de tangos revisados en clave pseudotradicional, que Calamaro adereza con la compañía de músicos cercanos al flamenco. No se trata de fusión, sino de interpretación. El coche no es el mejor lugar para oír un disco así, porque está musicado con detalle y finura que uno no debe perder, pero con el volumen bien alto puede rescatarse algo. La hora y la grisura final sí le iban bien al tono melancólico inherente al tango. La soledad de un living en la última respiración del día me parece el escenario más adecuado, dejándolo que se llene con la voz de Calamaro, cuidada en un cierto dramatismo milonguero, pero sin excesos; la subrayan guitarras, saxos, armónicas o palmas. No se oye un bandoneón en este disco de tangos que se hacen otra cosa sin abandonar del todo su naturaleza. En ese espacio de impresiones entreveradas reside, me parece, el interés y la alegría de este trabajo. Yo no entiendo de tangos, aunque me gustan y mucho. Y Tinta Roja, en cuanto a disco de Calamaro, me gusta al modo que me gustó El Cantante. Algo más, porque llega donde quizá aspiró a llegar el otro: a un planteo honesto y sin concesiones de su autor, decidido a arriesgar la pérdida ("ya sé que una crítica unánime en Argentina será imposible", advirtió Calamaro), o a que le recuerden que en sus últimos tres discos sólo aparecieron tres temas propios. Yo también me acuerdo de eso, pero me parece un arma demasiado burda e insincera con este disco.

De cualquier modo Calamaro sigue virando el rumbo sin perder el rumbo. Yo prefiero esos hits suyos de siempre, que tan bien y con tanta ligereza le salen, o el tono canalla de El Salmón. Me gusta más el lado Dylan y el lado Rodríguez y el lado Los Abuelos de la Nada y el lado Honestidad Brutal que este viaje a las tradiciones que Calamaro quiere compartir con quienes le escuchamos diga lo que diga, aunque sea una pavada como dirían allá. Veo que ese impulso de Tinta Roja es también el que anima, por ejemplo, estas líneas: donde quizás muchos esperen fútbol o deporte yo busco que se oiga también la otra voz que tengo dentro, y que son estos Somniloquios, voces en sueños o sueños hechos voz, generalmente palabras escritas en la madrugada. De ese mismo modo, Tinta Roja es el otro Calamaro. Así que le voy a encontrar momentos para dejar que me resbale por adentro esta voz querida de barrio y almacén. Siempre se hacen buenos los ratos entre amigos. Y Andrelo es un amigo cojonudo.

Profecilia

Profecilia

Hace algún tiempo, en plena legalización del matrimonio gay, y tras una acalorada comida con amigos periodistas (sí, los hay... aunque en la mesa no estoy seguro de que todos lo fueran), se suscitó el asunto en animada discusión pseudoetílica de sobremesa. Mi ladino argumento fue que si todo se defiende como opción sexual, pasado el tiempo (quizás mucho tiempo, pensaba yo) alguien sostendría que la pedofilia también es una opción sexual, lo que abriría el camino hacia su eventual aceptación a manos de un creciente relativismo que  no admite la posibilidad de los límites éticos. Dije pedofilia pero luego añadí zoofilia, desde luego. Y cualquier otra de las posibilidades infinitas del sexo, llamémoslas perversiones o llamémoslas equis.

La discusión ganó ritmo enseguida. Casi todos disparábamos hacia el mismo lado o eso pareció. Hice una defensa encendida del trío y abogué por esa fórmula de matrimonio. Pedro Luis, en su estilo de refutación completa de los razonamientos hechos y, sobre todo, los por hacerse, fue más allá: ¿Por qué uno no puede casarse con su perro?, preguntó. Y escenificó la cuestión, como suele hacer: "Oiga, que yo quiero casarme con mi perro". "¿Cómo?" (imposta la voz para simular al sorprendido interlocutor). "Sí, sí, con mi perro. Que nos queremos mucho". A partir de ahí, lógicamente, la discusión se murió sola por incomparecencia de ningún argumento medianamente sostenible.

Por la noche, porque yo repienso por la noche los partidos, atribulado me dio por considerar si no me habría excedido. Yo verdaderamente sentía lo que dije, pero... me pareció que no iba a acertar a defenderlo con un mínimo de rigor y que cualquiera podría fácilmente tirar abajo mi tesis. Conclusión: la mía había sido una comparación maximalista, aventajada e inválida. O sea, una baladronada con sabor a pacharán. El tiempo ha pasado y esta tarde he visto este teletipo que copio abajo.

Diré antes de nada que Holanda me parece un país de tipos muy altos y rarísimos (salvo Paul Knaap, desde luego). Diez días de estancia por trabajo redujeron enormemente mi consideración hacia un lugar que originalmente me parecía inocuo, pero del que ya sospeché cuando, hace once años, conocí en Londres a dos recepcionistas holandesas que medían metro ochentaicinco y me daban terror, pero en serio. No era sólo la estatura. Eran su voz y un involuntario gesto imperativo que ni siquiera la más amable sonrisa podía impedir. Es notable que a mí la dirección del hotel no me permitía entrar a solas en lo que llamaban la convention room (una sala para reuniones de cualquier tipo). Cuando tenía que montar la alargada mesa de trabajo para algún grupo, siempre me debía acompañar una de estas recepcionistas holandesas para que yo no me manejara por mi cuenta en el armario del material: yo era el latino y por lo tanto susceptible o sospechoso de querer robar algo. El material era de lo más inrobable (lapiceros, folios, gomas de borrar, bolígrafos cualesquiera...), pero aun así, ellas me acompañaban y vigilaban mientras yo, humillado como pocas veces me voy a sentir, me acordaba de la educación recibida de mis padres y repartía los lapiceros sobre la mesa. El director del hotel, por cierto, era indio. Más que indio era un gilipollas, en verdad. Su asistente, un jamaicano imposible, un tipo estirado como junco de carbón, vestido con corbatas de seda y trajes de alpaca, modales exquisitos (un hijo de su puta madre, pero exquisito) y acento impostado de Eton. Todo esto lo voy a contar despacio algún día. Pero nos dice algo sobre la concepción del orden europeo desde el punto de vista británico y puede que también acerca de la multilateralidad (que se dice ahora) del racismo.

Pero volvamos a Holanda. Una visita a Amsterdam hizo el resto. Tal vez injustamente, porque la conocí de forma rápida y parcial, Amsterdam me pareció una ciudad decadente y profundamente uninteresting, que dirían los ingleses, dándole la vuelta al calcetín de las palabras. Será porque no me interesan las drogas, los canales, los barrios rojos ni las chicas detrás de un cristal. O al menos no me interesan así, con esa escenificación tan distante. Mano a mano es otra cosa, pero las prostitutas en el escaparate me produjeron un temor muy similar al de aquellas dos recepcionistas del John Howard Hotel. Por más irreprochables que fueran sus tetas, a mí me parecían maniquíes articulados entrados en vida, con un punto de cuento de terror. Además, esos tipos desalmados que viven en el país llamado Holanda sirven los gin-tonics en unos tubicos bajitos y con el alcohol medido en una especie de dedal que yo aprendí a utilizar en London, con horror, para servir copas en la barra del bar. Terrible. Tan terrible como freír un huevo con mantequilla. A esos vasos les llamaba Muñoz enanos ("ponme un enano, Gene"). Eran el digestivo, el colirio (término acuñado por Miguelón), con el que pasábamos la cena en El Emir. Sería por todo eso o sería porque no estuve en el museo de Van Gogh, que es mi pintor más querido por razones tan inconcretas como irreversibles. Pero el caso es que lo mejor que vi en Amsterdam, y lo recuerdo claramente, fue un documental de la televisión sobre Elvis Presley la última noche que estuve allá. Tema bien holandés, como el queso de bola.

Bueno, pues precisamente en Holanda un grupo de pedófilos perfectamente organizados van a formar un partido político para pedir que la pedofilia venga a ser otra opción sexual. Considerada como tal. Y también la zoofilia. Ahora todo el mundo los toma por dementes insensatos o por una recua de hijos de puta sin ninguna gracia. Pero ahí están. Todo suele empezar así, de modo que no haré más profecías. Por cierto, el detalle final de los billetes de tren me ha parecido tiernísimo. Viene a demostrar que estos tipos tienen conciencia y programa. Como Gaspar Llamazares, joder.

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(PD/Agrencias).- Pedófilos holandeses van a lanzar un partido político para presionar por la reducción de la edad legal para mantener relaciones sexuales de 16 a 12 años y para legalizar la pornografía infantil y el sexo con animales. El partido Caridad, Libertad y Diversidad (NVD) dijo en su página web que se registraría oficialmente el miércoles, proclamando: "¡Vamos a sacudir a La Haya para que despierte!".  La formación dijo que quería reducir la edad legal para las relaciones sexuales a los 12 años y eventualmente eliminar todos los límites. "Una prohibición sólo hace que los niños sientan curiosidad", dijo Ad van den Berg, uno de los fundadores del partido, al diario Algemeen Dagblad (AD). "Queremos hacer de la pedofilia un objeto de discusión", añadiendo que el tema había sido tabú desde que en 1996 el abuso infantil de Marc Dutroux escandalizara la vecina Bélgica."Hemos sido silenciados. La única forma es a través del Parlamento". Holanda ya tiene políticas liberales en drogas blandas, prostitución, matrimonio homosexual, pero es muy improbable que el NVD consiga apoyos, dijeron expertos consultados por el AD. "Salen ahí fuera como si quisieran más derechos para los niños. Pero su posición es que a los niños se les debería permitir tener contacto sexual a partir de los 12 años, por supuesto, sólo en su propio interés", dijo la activista anti-pedofilia, Ireen van Engelen al diario. El partido dijo que la posesión de pornografía infantil debería estar permitida aunque se debería prohibir la comercialización de ese material. La emisión de pornografía debería permitirse en el horario diurno de televisión, y sólo limitar a las horas nocturnas la pornografía violenta.   Los niños más pequeños deben recibir educación sexual y los jóvenes de 16 en adelante deberían poder participar en películas pornográficas y prostituirse. El sexo con animales debe estar permitido, no así el abuso a los animales, defiende el NVD. La formación también dijo que a todo el mundo debería permitírsele ir desnudo en público. El programa del partido también incluye ideas para otras áreas de la política, como la legalización de todas las drogas, tanto blandas como duras, o los billetes de tren gratuitos para todos.

Foto: Son el desastrado Serge Gainsbourg y Jane la interminable Birkin, pareja que cantó 'Je t'aime, moi non plus...', compuesta para la voz de la Bardot y que la jovencísima Birkin hizo suya con una desconocida forma de ventriloquía en la cual la voz salía directamente no de la glotis, sino del lado interno y reblandecido de los muslos. Podría haber puesto a la Lolita de Kubrick y su piruleta en forma de corazón, pero resultaba demasiado obvia. Y además, esta imagen de lascivia de la edad perdida me fascina. Pero me fascina de verdad. ¡Grande Gainsbourg!

La vida es breve...

"La vie est brève
un peu d'amour
un peu de rêve
et puis... bonjour.

La vie est brève
un peu d'espoir
un peu de rêve
et puis... bonsoir"-

Dejo en el aire un poema que no es un poema, pero que a mí me suena a poema. Tal vez una canción o una brizna de una canción francesa con la que me he tropezado mientras leía algunas notas sobre Juan Carlos Onetti. Un poco de amor, un poco de esperanza, un poco de sueño... y luego, adiós.