Blogia
Somniloquios

Los días

Madre

Le llevo a mi madre unos cascos inalámbricos para que pueda oír la televisión sin elevar violentamente el volumen. Le he prometido también que le regalaré unos anteojos porque quiere tenerlos nuevos para ver mi casamiento, aunque luego los abandona en cualquier lado, olvida dónde los dejó y a la búsqueda le agrega una divertida incertidumbre. Para este día ha cocinado arroz con salchichas porque sabe, ella siempre sabe... Asume el riesgo de no dar con el punto deseado y dice que el arroz nunca le quedó bien, pero a mí esa certeza me extraña, jamás me pareció así. Si le sale mal protesta y se enfada y levanta la voz como si nos hubiera traicionado a todos. La espalda se le ha encorvado pero aún posee la incomprensible fuerza, heredada de su madre, para sobreponerse a un nuevo deber, una última obligación, que quizás tiene que ver con sus nietos, su marido o sus hijos. Quizás con algún familiar más o menos próximo. De dónde procede esa energía lo desconozco, pero posee un combustible de generosidad inaplazable que me asombra. Parece que el mundo entero pasara a través de ella o no pasara. De lo demás, de lo íntimo, no puedo hablar: los dos entendemos. Advierto lo que está haciendo el tiempo. Aunque yo trate de contenerlo, el proceso avanza hacia ninguna parte. Maldito, inconsciente y mortal. En sus fotografías de joven mi madre me recuerda un poco a Joan Fontaine.

El espíritu del Rey Lagarto

El espíritu del Rey Lagarto

 

En Discópolis de Radio 3, mi emisora musical de cabecera desde la juventud, me he enterado de que los Doors ofrecen un par de recitales en España. Nunca he sido gran aficionado a la lisergia de los Doors, lo cual será fácilmente rebatible por cualquiera que conozca bien su obra, pero desde luego admito que las grandes canciones son grandes canciones. En el caso de los Doors, hermosas canciones. Hipnóticas canciones. A veces impertinentes canciones. Tampoco estoy tan seguro de que Jim Morrison fuera exactamente un poeta, pero me vale con el hecho de que aspirara a ello y con algunas líneas verdaderamente redondas de sus temas. Además, murió en París y está enterrado en Père Lachaise... Quiso parecerse a Rimbaud. Se borró a los 27 años. Y su novia Pamela Susan (ese nombre...) se fue rapidito bajo tierra persiguiendo al Rey Lagarto cual culebra atormentada, como si la hubiera atrapado esa puta conciencia trascendente de los colgados más célebres. El que pueda refutar la enferma lírica de estos acontecimientos que levante la mano. La poesía no son sólo versos.

El caso es... iba yo pensando de qué forma armar la febril 2-3 del AS cuando caí en la cuenta como en una piscina helada. Pero... ¿están vivos los Doors? Más bien habría que rodearlo de exclamaciones, porque me espanté: ¡Están vivos los Doors! Paso por ser el periodista más desinformado y el peor lector de diarios de mi distrito, pero no saber que los Doors habían seguido en la carretera todo este tiempo... Pues sí, están vivos, sostiene José Miguel López, que cada día a la una de la tarde te invita a un viaje cosmopolita por el mundo musical. Eso dice la promo del espacio. Yo tenía para mí que los Doors andaban enterrados con el cadáver invisible de Morrison, que nadie vio salvo Pamela Susan Courson, quien lo guardó en una bañera tintada de sangre hasta que llegó el cajón. Dicen que murió por causas naturales, una hemorragia inexplicada, después de pasar la tarde en su apartamento en París con Pamela, merendar con Pamela, aspirar heroína con Pamela. Dicen que ese mismo día o el anterior Nico, una vieja amiga, una joven amante, lo vio pasar en el asiento trasero de un auto negro que bajaba la Avenida de la Opera, en una imagen como de un sueño. Nadie sabía que deambulaba por la ciudad. Dicen que lo mató la China Blanca, un purísimo corte de heroína que ese verano del 71 hizo furor en el París desmayado; dicen que si acaso se la fumaría o se la metería por algún agujero, porque sus amigos recuerdan que nunca soportó la idea de pincharse una aguja sobre el cuerpo. Dicen que le hizo vudú desde el otro lado del Atlántico una vieja hechizera. Dicen que sólo Pamela vio el cadáver, atribuido de una quebradiza paz final que tendría los acordes de The End, el último corte del primer disco, la última canción que oyese Morrison antes de vomitar sangre. Dicen que murió en circunstancias extrañas. Digo que la muerte es una extraña circunstancia. Dicen que lo último que se escuchó en el departamento parisino fue la voz de Jim desde el baño, llamando a su chica: "¿Estás ahí, Pam? Pam... ¿estás ahí?". Nadie lo escuchó. Dicen que lo vieron en el desierto australiano hará unos cinco años, en las colinas de Los Angeles hace diez, en cualquier lado en cualquier tiempo...

Los Doors actuaron en Madrid anoche y hoy en Barcelona (Riviera y Razzmatazz). Discopolis aclara que son los llamados Doors del Siglo XXI, reunidos en septiembre de 2002, variación del grupo original corregida por el tiempo y la memoria. Persisten en la formación Ray Manzarek, amigo de Morrison en los días de la facultad de cinematografía de UCLA, y Robby Krieger. Interpreta los temas de los Doors, las poesías concéntricas de Mr. Mojo Rising, el señor Ian Astbury. Se parece al original, sí, pero el espectáculo no está armado alrededor de la alegre necrofilia de los rasgos, sino en la relectura de letras y músicas que Astbury subraya de un modo respetuosamente personal, sin absurdas imitaciones. La radio emite una versión de LA Woman bien animada; y otra de Good Rockin’ Tonight, un rock&roll clásico que interpretan con cuidada energía. En el aleph virtual averiguo más tarde que ni siquiera se llaman ya los Doors del Siglo XXI, porque John Densmore (batería y miembro fundador de la banda) interpuso una demanda y se les prohibió el uso de ese nombre. Les hizo un favor. "El futuro es incierto y el final llega en cualquier momento", dijo Jim Morrison. Las puertas que se cierran se abren pero vuelven a cerrarse, digo yo.

Así que ahora se presentan como Riders of The Storm, los Jinetes de la Tormenta, en homenaje conveniente al último tema grabado por Morrison con los Doors. El caso es que el espíritu del Rey Lagarto sigue vivo y coleando. No en las leyendas, en las que también hay algo de poesía popular. Ni en la orgía de las palabras que enredan su lápida en el cementerio parisino. Sobre todo en la música, su verdadero espacio.

Foto: Morrison, Manzarek, Krieger y Densmore, en los días del Lagarto. Manzarek, Krieger y el morrisoniano Astbury: veteranos de la tormenta.

Ser punk a los 50 (y no parecerlo)

Ser punk a los 50 (y no parecerlo)

Quien haya visto 24 Hour Party People, la estupenda y emocionante película (claro... emocionante si a uno le emociona Love will tear us apart, de Joy Division) recordará la escena en la que se recrea el primer concierto de los Sex Pistols fuera de Londres, en el Lesser Free Trade Hall de Manchester. Es junio de 1976. Pete Shelley y Howard Devoto, creadores de los Buzzcocks e impulsores de ese concierto, están entre el público. Ya han sido teloneros de de los Pistols antes. También asiste Steve Diggle, al que incorporarían a su grupo como bajista. También Bernard Sumner y Peter Hook, dos de los miembros fundacionales de Joy Division. Tras el suicidio de su inspirador cantante, Ian Curtis, serían New Order (el paso de oruga a crisálida más espectacular que pueda recordarse. La frase con la que John Peel anunció por la radio la muerte de Curtis evoca el espíritu de aquellos días: “Bad news lads... “. Malas noticias, chicos. El epiléptico genio se había colgado del techo). Volvamos a aquel concierto de Manchester. También estaba Tony Wilson, el presentador de Granada TV. Con Rob Gretton y Martin Hannett, crearía Factory Records y el club The Haçienda: vivero de un sinfín de grupos, catedral del Madchester feliz de los ochenta, lugar de nacimiento del clubbing. Wilson describió aquella tarde de guitarras desbocadas como “algo próximo a una epifanía”. La explosión del No Future de los Pistols fue un Big Bang que reventó en múltiples direcciones, hasta inventar todas las formas de la música popular que ha llegado hasta nuestros días. Algunas, muy devotas de la original. Eso que ahora se llama power pop o post punk. O sea, que sí había futuro.

Hoy llega el producto original. Esta noche los Buzzcocks tocan en La Casa del Loco. Es lo más cerca que uno puede estar ahora mismo de todo aquello, exceptuando la gira Marky Ramone and Friends que ha formado el brother menos autorizado de los Ramone (al resto se los llevó en cuatro días un rayo como un guitarrazo).  Buzzcocks son los supervivientes de la trinidad nada santa del punk británico: Sex Pistols, The Clash y ellos. Rotten y los suyos querían acabar con todo y empezaron por acabar rapidito consigo mismos, como en una canción de tres minutos. The Clash se sacaron el traje del nihilismo para crecer en una conciencia política culminada en Sandinista! Buzzcocks eran tal vez el punk hecho con los temas del pop: por qué no las chicas, por qué no el amor (y sobre todo el desamor). De los primeros días sin tregua permanecen Shelley, frontman y guitarrista, y Diggle. Howard Devoto se largó pronto para formar Magazine. Como todo sucedía rápido, todos se separaron en 1981. Luego volvieron. Devoto no. Se quedó ahí, en la leyenda y las biografías.

Buzzcocks han publicado este año Flatpack Philosophy, pero en los conciertos revisitan sus días de pollas zumbadoras, adictos al orgasmo, coches rápidos, mentiras de amor y el alguna vez te has enamorado de alguien (de quien no deberías enamorarte)? Ahora que uno puede escuchar London Calling por el hilo musical mientras compra un jersey en Zara, merece la pena enfrentarse a esta agitación anacrónica. "Siempre me ha parecido que, después de nuestro primer disco, alguien nos ha regalado todo este tiempo", ha dicho Pete Shelley últimamente. No vamos a ver qué queda de los Buzzcocks, no, eso sería demasiado hipócrita. En realidad vamos a ver qué queda de nosotros mismos.

Foto: Arriba los Buzzcocks originales (¿quién inventó las crestas coloreadas?) en su primer LP. Abajo, lo que queda del día...

¡Victoria!

¡Victoria!

 

 

 

 

El argentino López y Victoria. Con ese nombre y en año de Mundial...

Victoria. Alicia se la regaló al mundo el 26 de marzo a las nueve de la mañana, en Madrid, horas antes de un Boca-River que se jugó al otro lado. Sangre argentina, sangre aragonesa.

¡Hasta la Victoria siempre!

pd.: Lo dijo el Gordo: se acabó la joda.

Lluvia

Lluvia
Ha llovido y en el final de la tarde el suelo reluce de agua, y el día se va con un fulgor gris de irrealidad. Aún no es de noche, aún es sólo un día desfallecido de lluvia y pena. En el paseo alguien canta con voz de violín y ese compás entristecido le da a la escena la lentitud devoradora de un sueño.

 

Recuerdos de Bahía Onelli

Recuerdos de Bahía Onelli Al despertar esta mañana venía de un tristísimo sueño que no recuerdo, con las mejillas húmedas y en el pecho una opresión de abandono, demasiado familiar como para ignorarla. En mis pesadillas suelo llorar: si veo a mi abuelo, al que tanto extraño, o cuando algo le ocurre a Alicia. He de zambullirme en el día a toda prisa para abandonar la tristeza, pero a veces me cuesta y paso las primeras horas en un temblor íntimo. He leído el artículo de Sebastián Álvaro, el envidiado director de Al filo de lo imposible, sobre su largo viaje por la Antártida: hablaba de buceo bajo el hielo, de las peligrosas focas tigre, de las orcas, de pingüinos, de la oscuridad del mar, de lo posible y lo imposible. He pensado en Bahía Onelli.

 

Estuve en Bahía Onelli, en un extremo del Lago Argentino, al suroeste de Patagonia, hace tres veranos. Es una de las paradas rutinarias en el crucero por los glaciares; y de todos los lugares, el que me dejó más fascinado. Y esa zona (y ese viaje) constituyeron una fascinación permanente. Bahía Onelli es apenas un golfito de tierra entre escarpados picos, un brazo recóndito del Lago Argentino sobre el que confluyen cinco glaciares que se pierden laderas arriba como una lengua recogida. Un lugar extrañísimo en el que una capa de cristal helado recubre el agua, y los témpanos quedan detenidos como visitantes. A veces cae de arriba la niebla deshilachada. A veces, como cuando yo estuve, los cóndores planean altísimos, en círculos tangentes con las cumbres. Había llevado unos prismáticos y emocionado miré el vuelo del cóndor. Y luego el raro y silencioso teatro helado de Bahía Onelli frente a mí. Sabía que jamás me iba a ir de ese lugar.

 

El barco había atracado en un apeadero sobre la costa del lago argentino y atravesamos un bosque formidable. Un bosque encantado, de sauces patagónicos ganados por lo que allí llaman barbas de viejo: un musgo que se descuelga de los árboles y les proporciona un aspecto de magia deslizante, irreal. Había charcas inmutables, barro de hojarasca, troncos retorcidos, caminos que interrumpían plantas de nombres que no recuerdo, pero que anoté en una libretita que les había comprado en el subte de Buenos Aires a unos orgullosos y desesperados veteranos de Malvinas. No la tengo a mano pero esos días están ahí, dibujados en letra indecisa, en hojitas mínimas. Atravesamos ese bosquecillo y al otro lado se abrió Bahía Onelli. No sé si pude filmarlo. Reuní cuatro o cinco, o seis horas de cintas grabadas en Argentina, pero creo recordar que en Bahía Onelli se me habían terminado las dos baterías llevadas para el día, agotadas en los témpanos que se disgregan de los glaciares y descienden el Lago Argentino con eterna parsimonia. Así que Bahía Onelli tiene la forma de un sueño. La tendría de cualquier modo.

 

Pasamos tres días en los glaciares. Supe enseguida que el hielo azulado tenía la silueta del recuerdo más duradero. En cualquiera de esos momentos decidí volver e ir más allá. A Ushuaia, a Tierra del Fuego, al fin del mundo. Y más allá. Sé que no tengo huevos para quebrantar los límites, para levantarme y mirar al fondo de un acantilado, para jugarme un paso en un lugar desconocido. A veces ni me atrevo a caminar por la ciudad de noche. Soy un jodido cobarde y eso me fastidia casi existencialmente. Miro ensimismado los documentales sobre el Everest, los de selvas centroamericanas, los de lagos enmarañados de medusas inofensivas en el sureste asiático, los de jaulas en el Pacífico Sur (en el que he nadado) frente al tiburón blanco; he oído los relatos de viajes al Polo Norte, que flota en un mar a la deriva; he leído los recuerdos de descensos cruzados por alucinaciones que trae la falta de oxígeno.

 

En Bahía Onelli me sentí vivo aunque no había ningún mérito aventurero. A la mañana siguiente el avión se levantó desde el aeródromo de El Calafate y mientras virábamos hacia el norte adiviné que iba a llorar, como si regresara de un sueño: "¿Sabes dónde me gustaría ir?", le dije. Ella contestó: "Yo querría ir a la Antártida". Me sorprendió que dijera lo que yo iba a decir.

 

*Foto: Bahía Onelli, un rincón detenido del Lago Argentino, en la Patagonia. El día está nublado y cae un velo sobre los témpanos.

 

 

 

Anotaciones de Carver

Anotaciones de Carver

Cada tanto debo regresar a Ray Carver como regreso a otro Ray, Chandler, o a Capote, o a Faulkner, o a Hammett o a Hunter S. Thompson. No los igualo, pero de algún modo unos me llevan a otros y mi gusto por una escritura descarnada, hecha de palabras como disparos, los agrupa en cierta forma en la memoria, quizás sin demasiado motivo. He añadido al grupo a Richard Ford, otro americano que escribe bajo la luz mortecina de las ciudades. Y desde luego a Pete Dexter, autor cuyo estilo actúa también como tragaluz para una realidad sombría. Me fascina el modo americano, que para mí es casi un canon o el canon deseado.  Estos días, a Carver le he leído esta frase en el medio de un breve relato titulado, escuetamente, Leña:

"El vacío es el principio de todas las cosas”.

La pronuncia Myers, un escritor en la frontera entre dos pasajes contradictorios de su vida. Lo acaba de abandonar su mujer para largarse con su amigo, un tipo de proyectos tan o más indecisos que los suyos. La persona a la que amas no te abandona por un ideal, te abandona por cualquier motivo, por nimio que parezca. Para Myers, para cualquiera, la ruptura significa un trauma silencioso que hay que combatir minuto a minuto. Reinventar las horas y los pensamientos. Los actos. Myers abandona la ciudad para perderse en otro lugar y quizás ser otro o desearlo. En la primera noche de su recién nacida existencia, anota: “El vacío es el principio de todas las cosas”. La escritura no le salva, al menos no por el momento. Antes habrá de salvarse él a sí mismo. En otra tarde limpia de memoria o anhelo, agrega en su cuaderno una sola palabra: “Nada”.

Resulta quizás aclaratoria esta anotación de Carver:

"Casi todos los personajes de mis historias llegan al punto en que se dan cuenta de que el compromiso que les dieron juega un rol muy importante en sus vidas. Entonces, en un único momento de revelación, cambian la rutina de sus días. Es un fugaz momento en el que no quieren más el compromiso. Y después de todo, ellos comprenden que nada cambió realmente".

Carver escribe sobre los instantes falsamente vacíos. Escribe desde o sobre esos momentos que son zanjas, fundidos en negro, hojas en blanco que separan capítulos, canales de agua helada en el ártico indeciso. Con su deslumbrante laconismo alumbra lo que siempre supimos pero nunca alcanzamos.

 

 

 

 

Una tarde con Bart Davenport (y con ella)

Una tarde con Bart Davenport (y con ella)

Cuando termino de escribir me gusta poner música y dejarme llevar. Entregarme a la piel del sillón, bajar la palanca y reclinar el respaldo. Mirar a la pared, mirar a los libros, mirar a las películas, mirar a los estantes que aguardan más libros (ahora aguardan unas conversaciones con Kafka), mirar los libros que no he leído, mirar el cuadro de John Lennon que le compré a Perico Fernández, mirar mi sombra imprecisa en la pared, mirar por la ventana y sentir que la tarde ha sido modificada por estas pequeñas maravillas siempre añoradas, no siempre obtenidas.

Entonces ella ha venido con un té con leche. El té con leche es siempre de algún modo Ridgeley Road, al norte de Londres, en 1995. Las tardes detenidas de lluvia lenta en el cristal, como una canción, el mug de Tetley’s humeante. Un clásico del cine hacia las dos en la BBC, el partido de rugby después, la taza sobre la moqueta burdeos y Gavin Hastings anotando un golpe de castigo desde más allá de 50 metros, bajo la nieve que abruma Edimburgo. Ella ha venido con una taza de té con leche en la mano y yo había terminado de escribir y oía a Bart Davenport. Nacer en Berkeley en los sesenta suponía un imperativo: Bart Davenport nació en Berkeley en los sesenta. En la camioneta de sus padres hippies, quizás. Había una camioneta y unos padres hippies, eso es seguro. De todas las cosas que Bart Davenport podría haber llegado a ser, nos quedamos con la que es: músico exacto para esta tarde de invierno (y para esta taza de té caliente), primero frontman de The Loved Ones y luego frontman de sí mismo y de su guitarra. En sus canciones se advierte de cuando en cuando el chasquido de una variación en el trasteo.

Ella ha venido con una taza de té con leche, dándole forma a un mínimo sueño de vigilia que le conté en cierta ocasión: en él, yo escribía en una tarde de invierno y afuera llovía, y ella se acercaba silenciosa con una taza de té para darme descanso, y tal vez hacíamos el amor entregados en la piel del sillón, el respaldo reclinado. Le dije que eso, o algo parecido, era la vida o lo que yo entendía por la vida. Así que de alguna manera ella ha cumplido el contrato inexistente de ese sueño y ha venido con una taza de té, reuniendo todas estas maravillas en una escena modesta, y luego se ha marchado. La he visto ir y he vuelto a mirar mi sombra redonda en la pared, los libros que no he leído, John Lennon visto por Perico Fernández, y he mirado a Bart Davenport asomado a una ventana de invierno, rodeado por su música. Después he salido para mirarla a ella, que leía en el otro cuarto, y he anhelado que todas las tardes fueran ésta o mínimas, dulces variaciones de ésta. Al menos una vez; apenas un cambio de dedos en las cuerdas de la guitarra, pero esta misma canción. En silencio la he mirado, envuelta en una burbuja, y he querido no tocarla. Para que así esta tarde resbale por todos y cada uno de nuestros días, como un tibio sol de invierno que muy despacio se oculta en el parque.