Blogia
Somniloquios

Los días

El sentido (inverso) de la vida

A menudo pienso que los hechos y los pensamientos no se corresponden en el tiempo, y que a veces se desordenan, les falta ajuste, como si el cerebro quisiera avisarnos de algo. Pasé días ahogado en una tristeza sin explicaciones durante el mes de abril de hace algunos años. No había ningún motivo. Justo en el final de ese sombrío pasaje, una mañana cualquiera mi abuela se murió temprano. Madrugar para morirse parece la culminación de una costumbre, de un modo de ser. ¿Por qué no? Si uno se muere durmiendo consideramos que se ha ido en paz; pareciera que la muerte le esté reconociendo los méritos de una existencia sencilla con esa última recompensa. En el instante en que falleció mi abuela, entreví que mi tristeza de tantos días se correspondía con ese suceso posterior, que de algún modo mi cerebro hubiera anticipado. Hace pocos días me quedé mirando un libro de Rafael Azcona durante algunos minutos: Memorias de un hombre bajito. Nunca había pensado en comprarlo, pero de pronto me pareció necesario. Unos días después, el formidable guionista murió, como ya sabemos en Somniloquios. Me quedé pensando...

Desde luego no hay nada sobrenatural en estas coincidencias. Soy yo quien les atribuye cierta magia porque me gusta hacer esas cosas, una posibilidad de modesta literatura de la vida diaria. Algo parecido hay en este corto de Alex Pastor, titulado con un palíndromo: La Ruta Natural. En él, Pastor propone una revisión de la vida en sentido inverso, de la muerte al nacimiento. Hubo quien quiso ver en ese orden alterado de la existencia una alternativa más dichosa, por cuanto el nacimiento tiene la consideración de suceso feliz y la muerte constituye su opuesto, la tristeza y la desaparición. Naturalmente, ese concepto sólo es una magia que nuestro cerebro le atribuye a la realidad, un problema de mera perspectiva. Con un hermoso atisbo de inteligencia sensible, Pastor refuta en diez minutos el sentido de la vida, un palíndromo innegable.

 

Morir al sol

Morir al sol


El mundo se acaba, lo leí ayer en El País. Otros diarios también traían la noticia del fin del mundo, pero ni siquiera la llevaron a portada. No diré yo que el fin del mundo sea una noticia como para tirar la portada de El País a cinco columnas, pero sí al menos una llamadita ahí al lado, ¿no? A mí -que escribí un microrrelato titulado El Fin del Mundo en el que no ocurre absolutamente nada- me pareció muy interesante saber cuándo se va a terminar este asunto, aunque en realidad ahora mismo me encuentro en un momento de concepciones vitales tan lánguidas que no me importa gran cosa si el mundo se acaba la semana que viene o dentro de 7.590 millones de años. Pero en todo caso, teniendo en cuenta el optimismo general que ha dejado la nueva derrota de Rajoy, me parece que la noticia ha sido tratada con frialdad entomológica; relegada a secciones posteriores de los diarios. Si no firma Iker Jiménez, ya nadie se cree nada. Yo sin embargo no me trago una de Iker. Yo soy del doctor Jiménez del Oso, ya lo he dicho alguna vez. Jiménez del Oso, Rodríguez de la Fuente, Emiliano/Buscató y Gaby/Fofó/Miliki... esos han sido los pilares de mi educación. No toquemos las pelotas con mileniotres ni no sé qué. Por cierto que hace algún tiempo que El País ha barajado las secciones y ayer, cuando lo leí después de varios meses, me hice un lío y me pareció que a cualquier cosa le dicen rediseño y que en todo caso es un rediseño muy poco acogedor, con ese tipo de letra adelgazado que parece como que le ha quitado cuerpo a las indudables verdades. Por otro lado, esas contraportadas en las que desayunan o almuerzan con personajes y luego lo cuentan con precios y señales, sólo me sirven para constatar que hoy en día, en algunos lugares, da lo mismo desayunar que cenar: todo vale entre 45 y 60 euros. Sin hacerse el gracioso con el vino, claro...

Me estaba tomando yo una apreciativa cerveza sin alcohol en el Bull McCabe’s cuando leí lo del fin del mundo. Sería la una y cuarto de la tarde, pongamos. A esas horas el Bull tiene el aire adormilado, inconfundible de los pubs verdaderos. Hay silencio musical y una claridad matizada que se cuela por los ventanales; si afuera luce el sol, ilumina franjas de polvo suspenso que rebotan contra las mesas de madera o contra la tarima del piso. Las réplicas españolas de los pubs incurren en un error garrafal que les impide alcanzar el profundo significado emocional de los pubs británicos: falta el silencio, la quietud, la suspensión del polvo en el aire. En España el silencio está mal visto, no tiene consideración social. En España ya ni en los cafés se puede pensar, lo invade todo la FM ruidosa como si aquello fuera un gimnasio y no un café. Y luego está el ruido humano, que es atronador. En los Starbucks anglosajones hay un aromático silencio que se recuesta en los sillones y en las mesas, apenas peinado por el paso de las hojas de los periódicos y la única música que se iguala en armonía al silencio, que es el jazz antiguo; y acariciado por esa quietud pacífica uno puede ir ahí a pasar un rato sentado con su libro, con su no libro, con su tristeza diferida o con un mirada que atraviese los ventanales hasta la lluvia o el anhelo de lluvia de afuera; y hasta el café parece café. Y mira que a mí no me interesa el café ni como hecho social ni casi como posibilidad sensorial, salvo por el aroma del café molido y el de una tienda de café en la calle Ossaú, donde me gustaba entrar de niño con mi madre y empaparme de los olores y oír a las señoras nombrar una palabra de sonoridad excelente, que aún me encanta: torrefacto. Jamás me he animado a mirarla en el diccionario porque una palabra que suena y huele así, a la fuerza debe carecer de un significado a la altura de su físico.

Pero esos Starbucks londinenses o neoyorquinos o glasgowianos, con sus muffins y sus pastelitos de zanahoria y las galletas con pintas de chocolate, con esos falsos wifis que pagas luego en la caja a la chica polaca, esos lugares me encantan. Y el café, sorpréndase usted, está bastante rico. Sin embargo, una tarde en la que iba camino de la exposición del fotógrafo Don McCullin en Madrid me colé en un Starbucks español y fallecí abrumado bajo el escándalo de damas de todas las edades que compartían café a gritos. Varias personas me pisotearon la cabeza para pasar a su asiento (y eso que afané uno cerca del ventanal) y en las mesas uno podía desgranar el catálogo de lo que habían tomado las tres o cuatro generaciones anteriores del clientes del establecimiento. Además, el café era asqueroso. Si ahora resulta que el café es mejor en Londres que en Madrid, es que todo se está yendo a la mierda.

Y así es, en efecto, aunque a nadie le importa. La noticia del fin del mundo, con su carga de absoluta fugacidad, no conmueve. Dirán que la espiritualidad está pasada en esta España laicista y aconfesional, pero si llega a anunciar el fin del mundo el Papa Ratzinger, aun sin fecha, te digo yo que sale en portada seguro. Se pongan como se pongan, la Religión pega más que la Ciencia, siempre con sus vericuetos y sus alternativas y sus teorías y esa capacidad para proyectar los posibles más allá de los probables. Yo mismo le he seguido dando tragos a la cerveza sin mayor entusiasmo mientras leía que, dentro de 7.590 millones de años, el Sol se expandirá camino de su muerte y en ese proceso tan desconsiderado se llevará por delante varios planetas y entre ellos la Tierra. La teoría la han elaborado entre una universidad mexicana de nombre fronterizo y la de Sussex en Inglaterra, donde todo el mundo parece muy inquieto y con ganas de descubrir. De cómo unos mexicanos y unos ingleses han podido ponerse de acuerdo acerca de la hora del fin del mundo, uno puede pensar muchas cosas. La profecía no impide que acontecimientos precedentes puedan anticipar un desenlace dramático debido a cualquier otro motivo. Internet está lleno de apuestas al respecto, con una amplia gama de posibilidades. Es decir, que en el mejor de los casos nos quedan 7.590 millones de años.

Naturalmente, los científicos no se atreven a afirmar que la Humanidad seguirá para entonces aquí como ahora, viva y coleando, pero tampoco sostienen lo contrario. Ni confirman ni desmienten, que se dice en el periodismo tramposo. En todo caso y para que nadie los señale por incompetentes sin imaginación, proponen colonizar antes planetas o galaxias alternativas. Un plan ambicioso que requerirá máxima concentración. Es de esperar que para entonces se haya apagado la cosa del matrimonio gay y esté resuelta la igualdad total de la mujer en el mercado laboral, porque si no vamos daos. Supongo que no se olvidarán de construir vivienda protegida en ese nuevo destino. De hecho, me he interesado por esta futura muerte al sol y he visto que la teoría no es nueva, pero van afinando las fechas. Hay quien ya ha propuesto la posibilidad de, unos cuantos años antes (no sé si un par o varios millones) trasladar la Tierra de su ubicación actual en el Universo a unas coordenadas (!) donde estaría a salvo del paso arrasador del Sol camino del cementerio. ¿Cómo se hace eso? Pues así, versión divulgativa: capturando un asteroide gigantesco y haciéndolo orbitar alrededor del Planeta y unas cuantos cuerpos celestes más, durante un tiempo determinado (largo, eh, largo) y así de vuelta y venga para aquí y venga para allá y al final, oye, que la Tierra se sale de su sitio y se va para el otro lado y zafa del infierno solar. Naturalmente, la Ciencia se ha apresurado a aclarar que ahora mismo no disponemos de la tecnología necesaria para hacer algo así, aun cuando el mp3 haya cumplido ya diez años, diez, quién lo diría... pero la idea y las sumas y restas y tal ya las han hecho en pizarrón y da que sí. Y esperan que dentro de varios millones de años el Hombre (y su Mujer, sobre todo) hayan evolucionado tanto como para desarrollarla y lograrlo. Así que ya pueden estudiar o ellos verán...

Como yo no puedo hacerme cargo de la Humanidad, me preocupo de los Ornat. Tal y como van las cosas, parece obvio que quedarán pocos o ningún Ornat y aún menos probable parece que sean Ornat de primer apellido, que es lo que marca y diferencia. Ese asunto está por resolver. De todos modos no hay que ponerse dramáticos: están ustedes leyendo, en cuanto a modelos de Ornat se refiere, a un representante de la culminación del apellido: dos veces Ornat. A partir de nosotros, todo es declive.

Y así, hasta el fin del mundo.

Todas las mañanas

Todas las mañanas

Es poco probable que yo me levante de la cama con sueño; es mucho más probable que lo haga con pena. Una lástima informe que a veces relleno con seis galletas de fibra o que me limpio en la ducha cruzando las palmas de las manos bajo las axilas, para dejarle un descenso liso al agua de la cabeza a los pies, y una ruta de huida hacia el desagüe redondo y de ahí al centro de la Tierra. Si eso no basta, como ayer, entonces pruebo a salir a la calle y caminar despacio. En días así no sé ir a ningún lado si no es a una librería. Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno, leí hace años en un libro hermoso y oí en una película hermosa, en la que Depardieu acababa por morirse bajo un sol cuarteado por las copas de los árboles, a trompicones, con una conciencia artificial de la belleza del instante y una música antigua de marco. Hace años que no sé nada de ese libro. He sospechado a menudo que los libros te abandonan como te abandonan otras cosas. O me abandonan. Algunas mañanas pienso en ellos con melancolía, miro de reojo a los estantes y me doy cuenta de que se marcharon hace mucho tiempo. No he vuelto a saber nada de ese libro, que tal vez me soñó leyéndolo.

Ayer me fui a pasar la mañana a una librería. No pensaba comprar nada. Sólo quería esconderme. Las librerías tienen libros y tienen asientos duros de espuma para ojearlos, y en algunos casos tienen recodos acogedores y silenciosos en los que uno puede ocultarse medianamente del tráfico insaciable de la ciudad. En la calle San Miguel han construido una casa del libro, con minúsculas, con una chica de pelo muy tirante al mostrador. Una casa del libro es como una casa de muñecas. Esa chica le habla a los libros como si los libros tuvieran interés en escucharla. La primera vez le pregunté por La Ciudad Automática, de Julio Camba, y ella se fue hacia la C hablando sola y preguntando: "A ver, ¿dónde está usted señor Camba? No se me esconda. Señor Camba, señor Camba...", lo llamaba. "Pero si lo había visto yo por aquí". Yo le dije: "Mira que ya me he fijado por aquí y no lo he visto" (al señor Camba, debí agregar, pero me dio reparo la familiaridad o bien una locura tan amable); pero entonces ella hizo así, alargó una mano como si fuera a tomar en ella un pajarillo y no un libro, y siguiendo la línea de sus dedos vi que frente a nosotros aparecía el señor Camba en su ciudad automática. "Aquí está...", le dijo ella al libro, no a mí. Y me lo entregó. Y le faltó advertir: "Cuídelo usted, el señor Camba requiere atenciones. Se conserva bien en interiores y peor al sol, salvo en los primeros días de marzo hacia el mediodía". O bien: "Que se tome dos optalidones con el café con leche después de cada comida; el café con leche en vaso, eh... Al señor Camba no le gustan las tazas de loza ni los vinos sin sabor". No me dijo nada, sin embargo. Y entonces le pregunté por Josep Pla. El señor Pla, el señor Pla, repitió ella. Otra vez lo mismo. Mira que yo no lo he visto por aquí, por la P. Y el mismo milagro. Como las madres, que siempre encuentran en su sitio y a la primera lo que nosotros no habíamos visto en su sitio y a la cuarta.

Ayer la chica no estaba. Había otra dos mucho más silenciosas y con el pelo liberado, a las que preferí no preguntarles nada. Resbalé por las estanterías con el iPod a toda pastilla, vi el atril que le habían preparado a Javier Tomeo y un pequeño hemiciclo de asientos de espuma verde. Presentaba el volumen Javier Gurruchaga. La Literatura es una cosa muy rara. Leí las primeras páginas de Los Amantes de Silicona, su última novela, y luego me dejé caer hacia los rincones, atravesé pasillos de poesía, traspuse el retablo de las novelas negras y caí sobre la ventanilla de los viajes. Los libros exhaustivos no me gustan, pero me atraen como si quisieran gustarme. En Charing Cross me hundí en una librería de novela sólo negra, asesinatos, muertes, misterios, casquería, casos sin resolver, matanzas históricas, detectives de todas las calañas. Pero salí sin nada porque era todo tan exhaustivo que, no sé. De todas formas siempre hay que comprar algo. Ayer, en un recodo donde renacía la Literatura Española e Hispanoamericana en versión de bolsillo, allí me quedé. No me gustan los libros de tapa porque no te puedes acostar sobre ellos, tienen la textura de un colchón duro. En cambio los de bolsillo proponen un espacio mullido para la cabeza, en el que puedes meter la frente, guardar papelitos, hacer un rulo, educar una flor, parir una memoria. Nunca doblar las esquinas de las páginas.

Apoyado sobre la espalda, mirando al techo pero con las piernas del otro lado, sobre la almohada, encontré al señor James, don Henry. Un librito de recuerdos de su llegada a Londres en el invierno de 1876 y en los inviernos y veranos sucesivos. Se titula así, Londres; e igual se titulaba uno de Virginia Woolf que compré en otra casa de muñecas, en Madrid, hace algunas semanas o meses, no me acuerdo. Una colección breve de retratos costumbristas sobre un Londres evaporado, de casitas repetidas. Se llama igual: Londres. Sólo eso. Me senté un rato con él. A esa esquina venía poca gente. Me dejaron tranquilo. Yo estaba en Modo Aleatorio, un desorden ordenado. Sonaba la Creedence y a continuación Ian Brown y después Death Cab for Cutie, Placebo, incluso Wombats o Patti Smith. Pasaron por allí un par de chicas que no me vieron ni yo a ellas.

Después de un rato me arrastré por el suelo para salir. Tropecé con Doctor Pasavento y me detuve en la esquina de Vila-Matas, donde me incorporé. Herman Hesse también estaba allí, acechante como siempre, desde que me atreví con su Lobo Estepario y con Demian y Siddharta siendo demasiado niño y demasiado temeroso. Ahora ni siquiera tengo cojones de abrir su Cuentos de Amor. Hesse también escapó hace años de mi librería. De aquel grupo sólo permanece Kafka, un hombre generoso. Sabe que si se marcha dejaría un hueco tan grande que yo no podría sobrevivir.

Compré una libretita para hacer anotaciones de viajes o de nada, con una tapa en la que aparece una imagen antigua de Times Square, en Nueva York. Todo muy sugerente. Tiene una goma para cerrar el conjunto y que no se escape ni una letra. Aún me queda pendiente la tarea de robar Tortilla Flat, de Steinbeck. Fue una conjura que hicimos una noche de hace muchos años en el Malevaje, inspirada por Carretero: "Si no es robado, no se puede leer", dijo él. Y le dio un trago muy cuidadoso a la cerveza. Yo miré el submarino oscuro de bourbon en mi jarra y supe que nunca cumpliría. No lo he hecho y por eso no soy un hombre. Ayer lo tuve en la mano y lo pensé, pero nadie comete una violación en una casa de muñecas. Salí a la calle y me senté en un banco del paseo a mirar a la gente pasar. Yo seguía con el estómago vacío, abrí la libreta pero nadie había escrito nada. Y todos me ignoraron de forma minuciosa, aunque caminaban muy bien al ritmo de la música. Siempre he envidiado esa armonía de las personas que no conozco.

[Foto: el señor Henry James: un americano en Londres].

El debate

El pueblo me pide que entre en campaña y, aunque Somniloquios no tiene vocación de gramola, por una vez lo haré. Lo haré a mi manera, claro. Nada de razonamientos o juicios porque me saldrían demasiado amargos, creedme. Yo soy de los que cada cierto tiempo, coincidente con este tipo de ocasiones y con el repunte de ciertos debates políticos y sociales, considero seriamente la posibilidad del exilio. Y hablo en serio. Respecto al debate, resumiré en dos puntos metafóricos el estado de situación en la España de hoy, donde la estulticia rebaja su precio de forma inversamente proporcional al del pollo y las gasolinas (1); y mi impresión sobre el cara a cara entre el Cejas y el Sopas (2), que vi poco y salteado, para no saturarme. He decir que no comprendo bien el concepto salud democrática ni el concepto ganar un debate. Y diré más: para ofrecer semejantes niveles de discurso, formas y recursos dialécticos, por mí que se queden otros 15 años sin celebrarlo. Podremos resistirlos si se trata de perder de vista a Campo Vidal... Voy al análisis en imágenes. Los clips, para los despistados que por aquí no creo que los haya, pertenecen a aquella obra maestra del humor y la inteligencia que se llamó La Vida de Brian.

1 El estado de la cosa político-social, sobre todo en la rica periferia nacionalista.

 

2. El debate en sí mismo: la escena es la misma, sólo que en la versión original, y ahora ampliamos el campo de visión incluyendo a los dos contendientes. Sobre la arena de la Academia de Televisión, un moderador al que podríamos identificar con el de los trompetones, dándose importancia y fanfarria para después no moderar nada. En la arena, dos gladiadores: el enmascarado sería el Sopas; y el peludo, el Cejas. Las patéticas actitudes de cada uno de ellos están bien reflejadas. Mi impresión sobre ganadores y perdedores también se corresponde con el desenlace del singular combate. Un poco de calma y no  os perdáis la celebración final, que también tiene mucho que ver con lo que yo creo que, por dentro, hace un presidente del Gobierno cuando gana unas elecciones. Y no a su contrincante político, precisamente. En la escena aparecen otros personajes entre el público y sus alrededores. Cada uno que les otorgue el nombre adecuado. Yo propongo que la que recoge las vísceras bien pudiera ser María Antonia Iglesias, ese cuerpo de Qator con cabeza de Medusa y verbo hecho ventriloquía socialista. Es sólo un ejemplo, pero hay muchos en los dos lados: el militante periodismo español, con sus argumentaciones de cámara, está entre lo más patético del famoso debate.

Placebo*

Yo empecé a escribir a los once años y el disparo me salió torcido desde el primer momento. En aquellos días no paraba de leer novelitas de Keith Luger sobre individuos de una pieza que enderezaban pueblos olvidados en el oeste americano, o en esos lugares de tránsito entre la civilización urbana y afrancesada del este del país y la brutalidad del otro lado, el que cae más allá del medio oeste, digamos Texas, Arizona, Utah, la soleada California. Aquellas novelitas pulp, los bolsilibros de Bruguera, eran mis novelas de caballería quijotescas, porque si a algo he jugado yo ha sido a vaqueros e indios, aunque tuve mis perversiones de cuando en cuando y a veces también jugaba a Tarzán y Boy o, en un periodo aún más concreto y desconcertante, a Curro Jiménez y su banda: de esto último tuvo la culpa el modelo de navaja albaceteña tamaño natural en réplica de plástico que sacó a sus mostradores Comercial Aurora, una felicísima tienda de juguetes, tan sobria como rica, que había junto a mi colegio, en la esquina de San Jorge con la plaza San Pedro Nolasco, si es que podemos considerar que una plaza tenga esquinas.

He de decir que yo nunca fui el protagonista principal en aquellos juegos. Tenía un amigo al que le gustaba mandar mucho más que a mí, cosa que me sucede de forma recurrente desde hace siglos y por eso nunca he llegado a nada. Yo soy el héroe del pueblo, como el Che pero sin balear a nadie en nombre de la Revolución. Así que en el reparto de papeles, de niño, siempre salía perdiendo. Yo no lo tomaba como una derrota: ser el ayudante del sheriff me parecía muy noble; en el peor de los casos también podía hacer de indio, raza por la que tenía y tengo predilección. En territorio navajo, en la frontera entre Utah y Arizona, me compré un tomahawk artesanal y un arco en miniatura, y aún estoy pensando qué hago con ellos. Si llego a ver antes No es País Para Viejos, me compro la bombona y el cañón de aire comprimido para derribar reses, que hace agujeros perfectamente esféricos en la frente ajena. Comercial Aurora ya no existe: plantaron allí un café de nombre decimonónico e inspiración parisina, tal vez, y me parece que se lo llevó el río en alguna crecida. Nadie fue al entierro.

Finalmente, en nuestra simulación de Curro Jiménez me tenía que quedar con el Algarrobo. Ahora os parecerá ridículo, pero en aquellos días el Algarrobo tenía mucho predicamento porque era el tipo noble, directo y desarrapado del grupo. Todos queríamos ser alguna vez como el Algarrobo, dulcemente brutales, dueños de una fidelidad a prueba de franceses o de señoras con las tetas en bandeja. Y no me habléis del Estudiante como alternativa. El Estudiante apareció después. En el mismo capítulo pero después, que de esa no sé si os acordáis.

Volvamos atrás. En la novela pulp me introdujo un amigo que leía a Keith Luger y me dijo que era mucho mejor que Marcial Lafuente Estefanía, que siempre escribía lo mismo. Yo estuve de acuerdo porque soy así, tiendo a estar de acuerdo, bastantes cosas tengo yo que pensar como para andar en desacuerdos rutinarios. Además, aquel chico dibujaba vaqueros con Stetson de ala ancha, negros, y corría como si cabalgase, igual que un centauro, atizándose a sí mismo en los cuartos traseros con saña, y cabeceando un poco al galope. Luego me di cuenta de que Keith Luger también escribía siempre lo mismo, una novela por semana, dicen, pero a mí también me gustaba más que Lafuente Estefanía. Así que la primera ficción que escribí, a los once añitos, quedó a medias entre la recreación de una historieta pulp de Keith Luger (un español que en realidad se llamaba Miguel Olivero Tovar) y un western que debí ver por aquellos días y que nunca he sabido cuál era, tal vez Centauros del Desierto. Había una matanza inicial y una larga venganza posterior, dirigida por la memoria precisa y fiel de un perro. Una cosa terrible, en todos los sentidos.

Sin embargo, un niño escritor ofrece siempre la posibilidad de avergonzar a alguien mientras se trata con mucho cariño de ponerlo como ejemplo social. Un niño escritor tiene algo de personaje terrorífico o con el cual hay que tener cuidado. No es tan temible como un niño que toca el piano, otro que juega al ajedrez o el que hace gorgoritos con la voz,  pero… Un niño así anuncia cosas que nadie queremos: tiende a confiar en los disparates de la imaginación y no se centra en las verdades concretas de la existencia. Cierto día, por sorpresa, la profesora de Lenguaje me sentó a su lado en la mesa durante una clase, sacó los folios en los que yo había mecanografiado con pueril lentitud el relato y, después de decir mirad lo que ha escrito Mario, todos calladitos y a ver si aprendéis, manga de lerdos (le faltó agregar) comenzó a leerlo para toda la clase, mientras yo miraba al suelo y notaba que las gotas de sudor me bajaban en animada procesión de a uno por la espina dorsal, en aquel entonces tenía yo una espina dorsal de lo más tierna. Si me salvé de la patada general del alumnado canalla debió de ser porque, al poco tiempo, la señora descubrió a otro niño que cantaba jotas con timbre de infantico descapullado, además de interpretar una versión estupenda de aquel tema de Pedrito Fernández, La de la Mochila Azul, con el cual hacía temblar los baldosines de los muros. La de veces que oiríamos La de la Mochila Azul… Aún se me ponen los vellos como escarpias metálicas.

El episodio me provocó un sonrojo tan profundo que dejé a medias mi segunda aventura literaria, otro relato pulp, pero esta vez en el campo de los misterios y titulado, con letra inclinada del lado derecho, El Detective de la Pinkerton. Apenas pasé de cuatro o cinco cuartillas escritas a bolígrafo (intento de convicciones mucho más modestas, por tanto) y comenzaba con una persecución automovilística por las calles de la ciudad, derribando cubos de basura, puestos de manzanas y carritos con hot-dogs. Eso me ponía en camino de encontrarme tiempo y tiempo después con Dashiell Hammett y el señor Chandler, entre otros. Pero marcado por el episodio del aula, hasta los 18 no volví a escribir. Cuando lo intenté –torpes tentativas poéticas en las noches universitarias de estudio- me pasó como con el baloncesto: al abandonarlo había interrumpido el crecimiento y, cuando regresé unos años después, ya no era más que un base pequeñajo que no se acordaba de botar con la izquierda. Entonces fue cuando empecé a beber. Eso me ponía en el camino del señor Carver, entre otros.

Ahora que escribo todos los días, tengo la mano blanda como Chicho Sibilio y el cerebro desguarnecido, de modo que camino por las calles construyendo frases en mi cabeza. Al mediodía andaba yo por esas rondas del Tubo y me ha dado por pensar cómo algunas calles poseen conciencia de sí mismas, mientras que otras parece que están ahí puestas por el Ayuntamiento, literalmente, y carecen de personalidad o de los recursos precisos para obtenerla. Ni les importa. No hay oposiciones a la personalidad, uno la tiene o no la tiene; la belleza está más al alcance, hay técnicas. Pero la personalidad… esas cositas. No. Las que se saben calles tienen algo que no se puede intercambiar, tal vez un sabor o un olor, que permite reconocerlas y reconocerse.  Yo camino por esas vías periféricas rizadas de obras y hombres y no entiendo, no sé dónde estoy, hay una incoherencia tan obvia que casi me duele. Zaragoza ha debido de cambiar mucho, dicen. Ahora resulta que el adoquinado lo hacen con una plantilla que cuartea el asfalto en forma de pequeños sillares, pero ya no hay moreno que junte un adoquín con otro. Así, o se levanta todo el conjunto o ahí no se mueve nada. Son los pequeños descubrimientos que permite la Expo. En las obras se aprende lo que falta por saber de la vida, por eso todos los abuelos pasan ahí las mañanas, al sol, o bien apostando perras gordas a las chapas en los claros del Cabezo. Por las noches, una hilera de coches dormita entre los árboles. Ocurren cosas, pero no sabemos cuáles. Hay vidas paralelas.

Dicen que Zaragoza cambia, pero yo la veo siempre igual. Hay una ciudad fantasma que permanece fuera de la lógica circundante: callejones que nadie recorre porque no llevan a ningún sitio, paradas de taxi en las que jamás se detiene un taxi, rotondas que aparecen y desaparecen, se transforman y reviven. Tiene zonas erróneas como las mías, como las del libro del doctor Wayne Dyer, que es un best-seller de la psicología que después de 30 años o 40 sigue en todos los divanes, aguardando a que los hombres vengan a buscarlo para leerlo. “Cariño, ¿te has olvidado de tomarte las pastillas?”. Libros en pastillas, mucho más efectivos. Cuando a uno le gusta leer de modo compulsivo, extravía el placer de hacerlo; incurre en la feroz urgencia de leerlo todo, todo lo que se ha escrito, todos los autores, al menos todos los importantes, al menos en todos los idiomas. Y eso, amigos, es imposible. Así que no fomentemos la lectura. Es una trampa mortal.

En la vida nada ocurre en vano. Está demostrado por los científicos. Y no hay pastilla que no se pueda tragar con algo de rock y un poco de poesía.

[Pd: Baby... did you forget to take your meds?]

*[placebo.

(Del lat. placebo, 1.ª pers. de sing. del fut. imperf. de indic. de placēre).

1. m. Med. Sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción].

Los alegres artistas

Siempre me he preguntado cómo fue que al hombre se le ocurrió hacer fuego. Se dice que el hombre descubrió el fuego, lo que implicaría que lo vio en algún lado y trató de reproducirlo; de otro modo no me puedo explicar ese impulso inicial de inventar algo que no conocía. O sucedió así o bien tuvo una repentina iluminación que Kubrick, en su 2001, simbolizó con el famoso monolito que tantos dolores de cabeza nocturnos le traía a Carlos Pumares. La otra noche yo recibí uno de esos rayos fugaces. Pegué un respingo porque llevaba meses mirando cómo hacerlo y de repente me vino a la cabeza solo, como si alguien me lo hubiera soplado. Estoy hablando de colgar vídeos en Somniloquios. Un pequeño paso para la informática pero un gran paso para mí. Deberíais haber presenciado la patética lucha que durante meses he sostenido yo solo para lograrlo. Somniloquios audiovisual constituyó siempre uno de mis anhelos. Naturalmente, mi descubrimiento no puede ni descalzar al del fuego, pero para mí fue importante. Además, sobre estas cosas hay opiniones. Tengo un conocido que suele decir que los tres grandes inventos de la historia de la Humanidad son éstos y por este orden: la cama, la rueda y la braguita tanga. La aparición de la rueda en la segunda posición siempre me ha fascinado...

Así que yo quería celebrar con un gran y significativo vídeo este avance, y durante días he madurado cuál podría ser. Finalmente, he decidido que inauguro con la ridícula canción que cuatro o cinco artistas han decidido dedicar a Zapatero. Ellos se llaman PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero), pero creo que en realidad es un acrónimo de Pandillica de Apoyo a Zapatero. La verdad, sólo se les puede calificar de pandillica. La canción resulta lastimosa y demuestra una grave incapacidad musical unida a un peligroso y sectario desapego a los problemas reales sobre los que trata o debe decidir la política. Sobre todo, insisto, transmiten una ridícula imagen de mensaje vacío y acabado. Creo que, si continúan esta línea de acierto, estos chicos pueden hacer más por la candidatura de Mariano Rajoy de lo que ellos mismos piensan. A mí están a punto de movilizarme para votar... yo que no me he acercado a una urna jamás. Ahí dejo el vídeo.

 

 

 

Al otro lado, sin embargo, son capaces de hacer cosas como ésta que sigue: no sé qué propone ni qué quiere Obama, pero el vídeo transmite la idea de un segundo Martin Luther King, un político de oratoria convincente y enfática: "Con entonación y trucos de la oratoria sagrada, la que se fragua en las numerosas iglesias evangélicas", como muy bien escribió Lluis Bassets en El País. Me parece que el contraste entre los dos vídeos demuestra el salto de modernidad necesario en ciertos sectores en España. A ver si va a resultar que los más inmovilistas y trasnochados son los que se creen más avanzados y progresistas... Yes, We Can. En apoyo de Barack Obama, candidato demócrata.

 

 

Pd: Además, ellos tienen a Kareem Abdul-Jabbar y nosotros no pasamos de Fernandito Romay...

El otro

El otro


Un día fui al Opencor a comprar gazpacho Alvalle (una de las bases fundamentales de mi alimentación) y salí con Infiltrados, de Martin Scorsese. El gazpacho también me lo llevé. Creo que, en lo que va de mayo de 2006 a hoy, debo haberme metido al cuerpo aproximadamente tres mil o cuatro mil kilos de tomate, divididos entre tomate en ensalada cada noche sobre una mullida cama de canónigos, más los tomates que asesine Alvalle para hacer los  tetrabrik que me bebo. Con el gazpacho pasé de la normalidad consumidora al progresivo embrutecimiento: primero me ponía un vasito para acompañar la comida, de forma que me rellenara los vacíos que dejaban en el estómago los 125 gramos de judía verde o la gran ensalada con una nostálgica cucharada de aceite de oliva. Después, el gazpacho fue ganando espacio; primero pasé a las dos tazas y ahora lo bebo a morro y el litro apenas me dura un par de empentones. Me falta echarlo en bota o botijo y beberlo al alto haciéndolo restallar contra mi labio superior, que no tiene tantos adeptos ni el prestigio que sí se ha ganado mi celebrado labio inferior.

Hablando de botijos... El Gobierno sigue trabajando en el asunto de las tallas, que no hay quien se haga con él. Ahora acaba de clasificar a las damas españolas de todas las edades y condiciones en tres tipos, según las veleidades de su silueta. Todos muy sugerentes: la mujer cilindro (pecho, caderas y cintura iguales), la mujer diábolo (pecho y caderas más anchos que la cintura) y la mujer campana (pecho y cintura iguales, cadera en expansión, como el Universo). Y cuentan que tuvieron un soberbio debate sobre si al segundo tipo lo llamaban diábolo o guitarra. Guitarra les parecía más español, pero al mismo tiempo no cumplía con el rigor porque la guitarra, avisó alguien puesto en cuestiones musicales, es más estrecha por el lado del mástil que por abajo. Así que optaron por diábolo. "É un diavolo!", debió gritar alguna de las concurrentes pensando en el silbante Mariano Rajoy o en aquel anuncio de Banderas. Y en diábolo quedóse. Qué gusto da ver razonar a esa gente, oye.

Ustedes perdonarán, amigos y sobre todo amigas si las hubiere, pero nosotros para entendernos con las morfologías femeninas vamos a seguir utilizando la nomenclatura PLF, mucho más gráfica y precisa porque incluye mayor cantidad de variaciones, que es al fin y al cabo de lo que se trata. De acuerdo a PLF el muy diverso e inaprensible género femenino se divide, en escala decreciente, en estas categorías:

  • La Madre de sus Hijos: a la que debemos considerar, desde luego, hors categorie como el Tourmalet.
  • Jugador de Diez: el clásico pibón o monumento, aunque no hay acuerdo general sobre los cánones.
  • Buen Jugador: reunión de muchas virtudes físicas y aun espirituales.
  • Las escayolistas: no sé a qué se debe el término, pero tengo claro que las de este gremio no son para casarse con ellas y que más que un tallaje físico, hablamos de una etiquetación casi moral. Gente de buena estantería metálica y que, como decía un amigo mío, en la cama no dan un balón por perdido.
  • Majica: la deliberada benevolencia del término ya lo explica todo; muy matrimoniable "porque no te va a crear problemas, dentro de que todas te los crean", razona el autor de la clasificación.
  • Esa Fea: muy obvio.
  • Tajo Bajo o Carne de Pescuezo: tipo muy de las periferias urbanas, gente que digamos no ha comprado nunca el jamón york en Montal.
  • Tanque Ruso y/o Soviético: demoledora fuerza de choque en las campañas invernales.
  • Para Echarla al Pozo San Lázaro: ésta última es la gradación mínima, aunque a veces se le agrega un último apéndice, que oiremos en la voz del referido: "La echas al Pozo San Lázaro y la escupe".

El caso es que iba yo a por Alvalle y me puse a mirar la estantería de los duvedés. Ahí estaba Infiltrados. Ya sabéis que Marty Scorsese no podrá jamás pagarme lo que yo hice en su día por el Oscar de Infiltrados, pero no se lo voy a tener en cuenta. Pero llevarme Infiltrados no iba a resultar tan sencillo... El lineal enrejado del Opencor se presentó ante mí como la caja fuerte de la Reserva Federal Americana, allá en Fort Knox. Cuántas veces he querido ser Frank Abagnale Jr. ante una situación como ésta, que requiere el funcionamiento de la pura intuición. Pregunté en la caja: "Sí, no hay más que sacarla", dijo una de las niñas. Volví al estante. El cuerpo se me puso duro como la primera vez que me enfrenté a una ducha en Inglaterra. He visto pocas cosas con un aspecto más enigmático que una ducha en Inglaterra: con lo obvio que resulta el doble grifo con H y C, F y C o, para mentes avanzadas, el Rojo y el Azul. Recurrí otra vez a las niñas de la Caja. La de seguridad se ofreció a acompañarme, sonriente. Qué chico tan majo pero que limitadico se le ve, debió de pensar. Me indicó: sólo había que coger y sacarla. Así. Coger y sacarla. Nada más. Jajaja, rieron todas las niñas.

Qué poco sabíamos, ellas y yo, el drama que en ese mismo instante comenzaba a tomar forma.

Al volver a la caja para pagar me crucé con un cajón de duvedés en oferta: dos por 19.99. Comencé a trastear y encontré enseguida una edición especial de La Gran Evasión y otra de Taxi Driver... Creo que de la emoción debí hasta dar un gritito ahogado, muy maricón pero perfectamente comprensible en una situación como esa: documentales y más documentales en los extras, otro túnel de evasión de la realidad. Las eché a la cesta. Así que regresé a casa con tres litros de Alvalle en una mano y tres películas en la otra, para equilibrar el peso en la bodega de carga. Unos días más tarde repetí la escena, sólo que esta vez me fui directo al cajón de las ofertas. Entonces se materializó la tragedia: ahí estaba Infiltrados, pero en una edición de dos duvedés, relación calidad-precio imbatible y con documentales sobre la historia de la mafia de Boston y todo el monario. Estuve a punto de caer largo. Me fui mascullando el error cometido la primera vez. Después de unos días sucedió lo previsible: la volví a comprar. En alguna ocasión ya he comprado dos veces una película, pero sin acordarme de que la tenía. Esta vez era plenamente consciente. Para sacar partido a la oferta me llevé también Pequeña Miss Sunshine. Ese cajón era la puta felicidad. Al llegar a casa las puse en la librería junto a las otras, la segunda temporada de Los Soprano y Paralelo 42, la novela de John Dos Passos, para que se fueran familiarizando. Con una combinación como esa en apenas 20 centímetros de anaquel, no comprendo cómo se sostiene el antiamericanismo.

Un día cualquiera decidí abrir Infiltrados. Entonces ocurrió: la rimbombante caja de la edición para coleccionistas estaba rota. La pestaña circular que sujeta los discos había perdido barritas y los discos patinaban por el habitáculo interior enloquecidos, de un lado a otro, y chocaban contra las paredes como en la Casa Magnética del Parque de Atracciones. Probé a cerrarla y ver si se sujetaban en su centro, pero nada. La agité y sonaba como una lata de galletas. Compungido me fui al baño, me puse frente al espejo y miré a los ojos al hombre del otro lado. Con gesto familiar, el otro me dijo, muy clarito: "Yo eso no me lo quedo". "No me jodas...", protesté con un hilo de voz. "Que no", insistió. Así que me puse a buscar el ticket. No estaba. Ni aquí, ni allá, ni en un bolsillo u otro. Dejé pasar unos días, como si estuviera ensayando en mi interior la escena o empapándome del personaje que debería interpretar llegado el momento. Y llegó: un día cualquiera se acabó el Alvalle. Agarré la edición especial de Infiltrados y me fui para el Opencor. Era tarde y en la calle me acogió un tenso silencio.

La escena fue así. Supermercado, interior, noche. Dos niñas con el uniforme corporativo pipando en el exterior del establecimiento. Me acerco a la cajera. Le explico el caso:

-Uy, voy a preguntar pero me parece a mí que... Ya hablo con la encargada. Si fueran las películas aún, pero la caja... -y dándole la espalda a mi perplejidad, se fue al micro de la megafonía, en el que anunció-: Señorita Tal, Señorita Tal, acuda a Caja.

Señorita Tal vino. Cilindro según Bernat Soria. En la hiperrealidad peleefesca, Tajo Bajo con ortodoncia en curso. Le expliqué el caso con toda la amabilidad esquemática de la que fui capaz:

-Compro, pago, llevo, abro, rota, vuelvo, ¿otra?

-Uy, ya voy a preguntar, pero me parece a mí que... -y se fue para un teléfono al otro lado del mostrador, para dialogar algunos segundos con un tipo al otro lado del hilo.

Yo miré a la cajera. Se le había puesto cara de se-le-dije-yo-que-esto-no-iba-a-poder-ser-porque-las-pelis-las-cambian-pero-las-cajas-no. Esa sería su cantinela durante los próximos minutos. Oí cómo la encargada explicaba en el teléfono el compra, paga, lleva, abre, rota, vuelve, ¿otra?, pero con ese timbre de voz con el que las niñas quedan en la puerta del Vips, hala en la puerta del Vips no tíaaaa que me rayo mogollón. Por lo alto yo le echaba 17 años, pero debía ser mentira.

Mientras volvía hacia mí, consideré la situación. Eran tres contra uno. La cajera del principio, que asentía mientras la otra me hablaba, diciendo en voz perfectamente audible: "Ya se le decía yo"; más la de Seguridad, que cumpliendo el protocolo de actuación se había situado a distancia vigilante, con una postura de académica actitud disuasoria. La miré de reojo. Aquí voy a ser sincero: la seguridad privada es un concepto que no admito bien. Y además yo llevo unas semanitas con la mala hostia de rebajas. Así que al verla ahí plantada, como a dos o tres metros de mí y sin perder ripio del diálogo, voy a ser honesto, pensé: ¿Cuáles son las condiciones físicas necesarias para ingresar en un aparato de seguridad así? Y a continuación: ¿Si esto se torciera, dónde la pondría con un puñetazo bien dado? Porque si ella lleva porra, revólver y esposas, y adopta ese aire de "yo estoy aquí para advertirte de que frente a ti tienes a un cuerpo y fuerza de seguridad del estado paralelo y me han destinado al Opencor y yo defiendo este Opencor como si fuera la puerta de mi casa"; y si ella presupone que hay algo problemático en el hecho de que yo pida que me cambien una película que me han dado con la caja rota después de pagar 20 euros; si todo eso ocurre yo tengo derecho a pensar hipotéticamente dónde la pongo si le planto un tortazo en la quijada con la mano abierta, y cuántos días tardaría en levantarse.

Además del trío al frente de la tienda estaba el del teléfono, personaje en la sombra al que imaginé tirando monedas al aire para decidir, como Anton Chigurh en No Es País Para Viejos: "Call it! Head or tails...".

Resumiré el desenlace. Yo soy Ornat. Esto es... que no llevo bien las tonterías. El asunto del ticket no tardó en salir a la palestra. El asunto del ticket a mí me hace mucha gracia. Qué ticket ni ticket. Me parece muy bien que os hayáis inventado la prueba irrefutable del ticket, pero aquí hay una razón superior que apela al contrato tácito, irrebatible, entre un vendedor y su cliente: si yo pago, tú me das el producto que he pagado. Si el producto no aparece en el estado que le corresponde, entonces TÚ no estás cumpliendo, amigo. Si yo no te doy billetes falsos, tú no me des la caja rota. Y luego no me vengas con la mandanga del ticket. ¿Hay que archivar millones de papelitos diarios? ¿Me quieres decir que el código de barras y toda la tecnología no sirve para nada? No lo sé, no me importa. Y además, esto: ¿Queréis que la próxima vez que me vendáis una caja de leche caducada en un pack me presente en Comisaría? Aquí el caso empieza y termina en esta verdad: yo te pagué 20 euros y tú me has dado el producto roto. ¿Sí o no? "Es que sin el ticket..". ¿Sí o no? "El ticket...". No hay ticket. ¿Sí o no? Fin. End of the story.

Fue no. Guardé silencio. Me quedé mirando a la chica. El algoritmo del bofetón a la de Seguridad aún me daba vueltas en la cabeza. A mí no me gusta que me amenacen ni que me miren con gesto disuasorio. Yo me llamo Ornat. Tampoco me gusta que me traten como si andara con trucos para quedarme con una caja que no me corresponde. "Enseguida lo vais a entender", pensé.

Retrocedí hacia la salida, como en un travelling invertido. Les dije que no volvería. Seguí retrocediendo. Salí a la calle. Al pisar la acera el hervor me alcanzó del todo. Arrojé la caja contra el piso con toda la violencia, se partió en dos, di un paso adelante para que se abriera la puerta automática de la tienda y grité: "Ahí tenéis vuestra puta caja". Y la lancé como si fuera un freesbee. A pesar de lo precario de su estado aún completó un vuelo bastante digno. Se mantuvo unos metros a media altura, atravesando el espacio de los periódicos, y luego tomó una leve curva lateral hacia la derecha, mientras iniciaba su desplome. Fue a dar en un expositor de no sé qué, con el consiguiente ruido y caída de productos al suelo. Me metí los duvedés al bolsillo pensando que aún me quedaba la caja de la primera versión de Infiltrados que compré. Ahí vais a estar muy bien. Lo último que vi antes de entrar en el coche, a través del cristal, fue a la de Seguridad: arrodillada, recogía lo que se había caído y con cuidado volvía a ponerlo en su sitio.

Pd: Regalo duvedé de Infiltrados sin caja.

Christmas Curry

Christmas Curry


El 4 de diciembre de 1994 llegué a Londres sin otro plan que la supervivencia y la diversión. Unos meses antes, en verano, me había caído de la silla en la que había trabajado durante los tres años anteriores, haciendo más o menos lo mismo que hago hoy en día, puede que un poco peor... o un poco mejor, hay opiniones. El caso: alguien hizo cuentas en un despacho, cruzó datos, comparó márgenes, se sacó un moco de la nariz y llamó a su secretaria: "Pásame la Texas Instrument que me parece que nos cargamos a alguno...". Y sí, con el arrobo profesional que algunas secretarias profesan a sus jefes, y viceversa, salió la cuenta y en Deportes sólo cabían cuatro contratos. Luego llamaron a otro y ese otro llamó a otro, y otro llamó al siguiente y el siguiente contó con los deditos de una mano, mirando a mi sección: "Uno, dos, tres, cuatro... y Ornat, cinco". Cinco menos Ornat: cuatro. Miró a la secretaria, que asintió como con desgana, vigilándose el estado de las cutículas desde la última manicura Forever French. Volvieron al despacho y la conversación digo yo que sería así: "¿Se lo dices tú o se lo digo yo?". "Lo echamos a los chinos...". "No me jodas, díselo tú, que a mí me da la risa". Vale. "Ornat, vamos al Ocean".

Que fuera en el Ocean me jodió, porque anda que no me habré metido yo barquillas de ensaladilla rusa a mediodía en el Ocean y, sobre todo, tazones de chocolate con churros al alba en el Ocean. Ahora que lo pienso no es raro porque también me ficharon en el Ocean. Y, unos años después, el mismo director me confirmaría mi renovación mientras los dos orinábamos en el baño (¿quién se niega a una renovación contractual con el jilguero entre los dedos?... apuntad la estrategia, es posición desventajosa para el empleador fijo). Pero sí, ahí en el Ocean me dijeron que habían contado y que sobraba, por desgracia, porque era el mejor, claro, cuando te vas siempre eres el mejor, pero sobraba porque, joder, los deditos no mienten: "Uno, dos, tres, cuatro... y Ornat, en el meñique, cinco". Lo habían confirmado con la Texas Instrument de la otra, así que la ciencia estaba de su lado. Es lo que tiene llegar el último a un sitio, que siempre cabe la posibilidad de que te largues el primero. Si esto es así entre nosotros, imagínate cómo será la cosa en las familias reales con lo de la sucesión. Así que agarré a la chica (al menos me quedó ese triunfo como de Oficial y Caballero, que la chica se largó por su propio pie conmigo) y unos meses después hicimos una mochila con ropa, el poster de los Smiths en el Salford Lad's Club y el ghetto blaster con algunos cedés... y salimos para Londres vía San Sebastián, Francia, Calais, Canal de la Mancha, los acantilados blancos de Dover y Victoria Station.

No me extenderé sobre el capítulo del encuentro con un grupo de jóvenes italianos que debían recogernos e instalarnos. Ahora que lo veo, parecían Chris Moltisanti y sus amigos de la empresa de inversiones sucias en Los Soprano. Ponerse en manos de un grupo así después de 24 horas de autobús tenía sus riesgos y los pagamos con algunas de las horas más angustiosas de mi vida. Luego nos llevaron a que viviéramos en una casa en semi ruina arquitéctónica y decidida barrena moral, en algún lugar del hermoso barrio de Maida Vale. De esa tarde recuerdo la atronadora música reggae que venía de la casa de al lado, pero que parecía salir del interior de las mismas paredes: como si un obrero rastafari con demasiada marihuana en las vías respiratorias se hubiera olvidado un radio-cassette emparedado entre los muros. Como era imposible dormir la siesta, salí de allí pitando esa misma noche, después de haber llorado varias jarras de llanto agotador y antes de vaciar unas cuantas pintas espesas de alegría por el reencuentro con Pabs, que ya vivía allí. Todo esto lo cuento porque 20 días después, cuando ya estábamos moderadamente instalados y habíamos dado con un trabajo, celebramos la Nochebuena de la manera menos cristiana posible, aunque muy devota en el fondo: dando gracias a Visnu y sus adláteres con la deglución de un ardoroso curry en The Standard (off Queensway) que venía a inaugurar el ya tradicional y cada vez más querido Christmas Curry.

Aquella cena ha sido la única ocasión en mi vida en que he cenado fuera de mi casa en Nochebuena. Pero también una de las más felices porque constituía, en el fondo y aun sin saberlo entonces, una celebración de la victoria sobre el miedo, la superación, la melancolía y el paro. También la conclusión de un largo anhelo que perdura: yo siempre he querido vivir lejos y siempre he querido vivir cerca, lo que quizás explique muchas cosas. Pasé apenas un año en Londres y me ocurrió un poco de todo, pero de Londres me traje aprendida la extraña materia de la que se compone eso tan complejo que damos en llamar felicidad: querer exactamente lo que tenemos. Es extraño que ocurriese mientras repartía bandejas de desayunos por un hotel, perseguía cucarachas bajo los manteles, soportaba los abusos racistas de dignatarios africanos hospedados en el hotel, y los del director del hotel (indio, para más señas), y los del atildado gerente del hotel (jamaicano, para más señas), y mientras discutía por el teléfono con la hija bulímica de otro dignatario africano que quería tres club sandwiches cada diez minutos, y mientras era capaz de robar un billete de cinco libras de las propinas porque cinco libras me permitían hacer cosas que no podía hacer, y mientras me enamoraba con la levedad debida de Gaile, una preciosa recepcionista de ascendencia india (también) que vivía en Wimbledon y a la que recuerdo pidiéndome un baile muy tierno en algún local demasiado grande de Brixton, mientras su novio miraba y, supongo, calculaba con los deditos de la mano su tamaño y el mío, o si el que sobraba era yo, como en el Ocean, o era él... Sobraba yo, desde luego. Vengo sobrando hace rato.

Por eso, desde aquel año, todos los años, reúno a unos pocos amigos y nos comemos un curry por Navidad. El mejor curry de Zaragoza, sin discusión alguna, lo prepara mi amigo Andy cada tanto para los más allegados, en su casa. Pero hoy, día del Christmas Curry 2007, nos lo comeremos en El Sabor de la India, donde siempre lo hemos hecho. Para celebrar algo o para no celebrar nada. Porque soy un nostálgico hasta de las nostalgias.