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12/09/2007

Escena de cama

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Ella se aproximó a mi hombro. Sentí que el bronce de sus pechos me rozaba la espalda al preguntarme.

-¿Qué te pasa?
-Nada –hice una pausa y me volví hacia ella-. Sólo la costumbre de la tristeza, de la indefinida melancolía. Nostalgia del hombre que no he sido, del que no habré de ser. De infinitos amores incompletos o ignorados.
-Vete a la mierda –me contestó.

Se vistió y no volví a verla más.

12/09/2007 14:15 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

31/05/2007

Visitante

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Me miró con severidad.

-¿Quién es usted y qué quiere?

-¿Puedo pasar?

-Por supuesto que no.

Mantuvo la puerta apenas entreabierta, sin retirar la cadena de seguridad. Miró hacia dentro y luego a la calle, más allá de mi hombro. Cerró un poco más. Por un instante me pareció nerviosa, pero no diría que tuviera miedo; yo sé que ella no tiene miedo.

-¿Quién es usted? Si no se marcha voy a llamar a mi marido.

-¿Su marido?

-¿Quién es usted? Me lo dice o se larga...

Su marido. Traté de sostenerme contra el marco de la puerta. Ella se apartó un poco más. Al fondo, a su espalda, se oyó la voz de un chico.

-¡Ahora voy, cariño, estaré contigo en un minuto! -le dijo ella, y su voz sonaba tranquilizadora. Siempre me dio calma.

Se giró de nuevo hacia mí y quedó en silencio. Reconocí la dureza de su rostro, a pesar de que el cabello era otro, más largo, y que aún los párpados se sostenían firmes en su relativa juventud. Al llegar, la visita me pareció ineludible, un modo desesperado de recuperarla más allá de su muerte, ya ocurrida. Ahora empezaba a ver el error. Sentí una punzada de nostalgia del futuro, aunque precisamente el futuro me aproximara a este instante que estaba del otro lado. Advertí la incoherencia de todos esos pensamientos y aun del mismo viaje. Que yo estuviera ahí, visitando a aquella mujer... La amaba. La había perdido. Y sin embargo en este momento ella no era aún mía.

-Yo... necesitaba verte -acerté a decir, solamente.

-¿Disculpe?

-Necesitaba...

Apretó los labios. Estaba a punto de perderla. Debería haberme limitado a observarla, pero llamar a su puerta estaba fuera de los límites. Ella no podría recordar algo que aún no sabía, pero yo albergué de forma estúpida la esperanza de que algún punto de su inconsciente ya me anticipara, y eso produjese un efecto. Nada de eso ocurrió.

-Esto es ridículo, lárguese o llamaré a la policía.

Completé tambaleante el camino de vuelta hasta el punto de contacto y allí cedí a un sueño agitado del que no me repuse hasta varias horas más tarde. Desde el punto de vista de un amante extraviado, la visita había resultado un completo fracaso, y empeoró mi estado. Al menos, los mandos quedarían conformes con el experimento. Yo lo había propuesto y ellos aceptaron porque les iba a servir para intereses menos complacientes que el mío. Como me habían anunciado, los detalles del encuentro comenzaron a desvanecerse a las pocas horas y en su lugar se abrió paso un intenso dolor, que partía del lóbulo occipital para extenderse hacia el frente de la cabeza. El proceso de olvido es angustioso, pero los protocolos se aseguran de que no guarde memoria alguna de esa tarde. Respecto a ella, yo provoqué el error y supongo que se ocuparían los equipos especiales. Prefiero no pensarlo: hacerle daño hubiera sido aún peor que lo que me esperaba por haberme saltado las reglas. Escribí como pude el informe de la misión y algunas anotaciones personales en mi diario, de las que extraigo estas líneas. Al anochecer salí a caminar sin rumbo. Luego volví a la cápsula y de forma metódica dispuse todo para el regreso.

31/05/2007 12:29 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

17/11/2006

Pequeño cuento de cumpleaños

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"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado volar, y...".
Wendy se levantó y encendió la luz: él lanzó un grito de dolor... ».

[Peter Pan, de James Matthew Barrie]

Nicolás ha cumplido tres años. Soñaba con una guitarra y le contó su sueño a mamá convirtiéndolo a la realidad, con inmediatez y sin dudas. "Mamá, quiero una guitarra". Mamá lo llevó a ver una guitarra, porque los sueños se cumplen, porque todos los sueños los cumple mamá. Por ahora. Luego vendrá la vida. Ahora todo es verdad y es mentira y no es nada de eso, no importa, todo es igual. Nada. Niño de agua y sal. Niño de Aire. Nicolás cumple tres años y se quedó mirando fijamente la guitarra en la tienda, hace unos días, sin separarse de ella, mirándola despacio como para darle una forma propia y hacerla corresponder con la guitarra de sus sueños. Quizás jugaba a adivinar que la realidad siempre adquiere formas distintas a las de los sueños o no exactamente las de los sueños. ¿Sabrá reconocerla?

Mamá le regaló esta mañana la guitarra. Nicolás, al verla, quedó extrañado y preguntó: "¿Y esto qué es, mamá?". "Una guitarra", le dijo mamá. "Una guitarra como la que tú querías". Nicolás se quedó en silencio, interrogando al sueño, la guitarra y el deseo. Mamá lo sacó de ese atolladero como a un pequeño animalito y se colgó la guitarra para tocarla. Nicolás la miró divertido. Luego vino la yaya y Nicolás le pidió a la yaya que se colgara la guitarra y la tocara. Nicolás la miró divertido. Más tarde, Nicolás le pidió a papá que se colgara la guitarra y la tocara. Lo miró divertido. Por fin, vino la tata y Nicolás le pidió a la tata que se colgara la guitarra y la tocara. Luego Nicolás se fue al colegio y la guitarra se quedó en casa a esperar, con las notas colgando. Nicolás se llevó el sueño a la escuela. Sus tres años. Y el triángulo de felicidades inconexas para darle vueltas interminablemente. Cuando vuelva por la tarde, quizás los dos lados (su deseo y la guitarra en casa) se tocarán y harán una perfección infantil sin vacilaciones. Para asegurarse, Nicolás les pedirá a todos que se cuelguen la guitarra para él, y la toquen. Y así la guitarra le hará olvidar el deseo de una guitarra. Todos los niños saben completar este juego y así en ellos no cabe ninguna tristeza de otoño ni nada parecido. Basta ajustar un poco las cosas con ayuda de mamá y los demás y la guitarra que descansa en la habitación será el deseo soñado. Por la noche, cuando todos se hayan ido, Nicolás se quedará la guitarra en su cama, y la dormirá y volverá a soñarla y a desearla, y a cumplir tres años. Dormirá y despertará en los ojos de mamá, como si ella nunca se hubiera movido de ahí. Y al levantarse por la mañana, él solo se colgará la guitarra para tocarla. Luego echará a volar y nosotros lo miraremos absortos y encantados, con los pies bien pegados al suelo.

17/11/2006 16:15 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

27/10/2006

Partida

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Fue precisamente Carlos quien propuso jugar al parchís. Los niños apuraban el comienzo de la noche correteando por el jardín y lanzándose a la piscina en la oscuridad. Carlos se asomó al porche a mirarlos. No sé quién los va a convencer para ir a la cama hoy, dijo como para sí mismo, y se metió al otro lado de la estrecha cocina americana para rellenar los vasos. Clara puso el tablero encima de la mesa y elegimos colores. Marta agitó su cubilete rojo en mi oído, para fastidiarme, luego hizo girar el vaso de anís en su mano y le dio un largo trago. El ruido del dado y el del hielo se parecían un poco. “Te voy a machacar, cariñito”. Me hizo reír. Estaba borracha o lo estaría pronto, y le advertí sobre las consecuencias del día siguiente. Durante la partida Carlos le anuló varias veces sus fichas. Hacía girar el dado y el número lo llevaba otra vez a la casilla de Marta, y Marta... vuelta a casa y a sacar un cinco para jugar de nuevo. No estaba en condiciones de organizar una defensa o un ataque, ni se preocupaba por ello. En cierto momento se dejó caer contra el respaldo y miraba con la cabeza desmayada mientras Carlos se comía otra de sus fichas. Estaba divina en el contraluz. Lo pasamos bien aquella noche, aunque tuve que llevarme a Marta a empujones hasta nuestro bungalow. Acosté a los niños y ella se dejó caer en los sillones del porche. Cuando salí, Marta terminaba de liar un canuto. Levantó apenas los ojos mientras repartía saliva sobre el borde del papel, y después de cerrarlo con sus suaves dedos lo encendió con la cabeza doblada sobre el hombro izquierdo. La vi entornar los ojos frente a la llama. Sonreía como si estuviera sola o en otro lugar. Antes de pasármelo me dio un beso larguísimo, mezclando en mis labios un fluido de saliva alcohólica y humo de marihuana. Me excitó. Tomé uno de sus muslos blancos y le pasé los dedos entre las piernas, por debajo de las bragas de algodón. Las rodillas se le doblaron levemente y arqueó el culo. Mucho tiempo después de dejarme, cuando pensó que ya no me haría daño saberlo, Marta me confesó que aún no comprendía cómo había ocurrido aquello. No sabía si fue algún gesto de Carlos, no sabía si la risa, no sabía bien qué, pero recordaba con claridad que en un momento de esa partida empezó todo entre ellos dos. Lo demás no les costó demasiado.

27/10/2006 09:10 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

05/08/2006

Cruzamos la noche

La verdad que tenía una sonrisa inalcanzable y yo lo supe desde el principio, pero cómo no vaciar la noche admirándola, para hilvanar en el pensamiento una mínima advertencia de lo que podría ser tenerla. Tener esa sonrisa, para mí solo. Ella había quedado sentada así, de frente a la calle suspendida en la madrugada, hueca como un escenario. Así, los pies en el siguiente escalón de piedra, las rodillas dobladas y los brazos sobre ellas. Yo me acosté contra el muro, que en realidad le hacía de pedestal a la efigie de un prócer de la medicina, y desde ahí la miré, vadeando esa distancia corta pero intensa. Extrajo del bolso un recipiente chiquito, con un círculo azul y otro blanco, se sacó las lentes de contacto y las cambió por unos anteojos de pasta oscura. Se puso hermosa pero ya no encontraba más formas de decírselo. A cada atisbo ella le clavaba a mis palabras o a las conversaciones unos largos silencios que parecían definitivos, como si al segundo siguiente fuera a decir:

-Mira, yo estoy cansada, mejor me voy a casa.

Y sin embargo, ahí estábamos. A la espera de un milagro, como diría el Tete. La melena caoba le caía sobre los hombros en un remanso de volúmenes, y en lo alto de la frente se había hecho un bucle aplastado hacia atrás, que sujetó con un pasador. Eso le despejó la mirada como un cielo de verano y pensé en decírselo.

-¿Te gusta la noche? -pregunté.
-Por supuesto, mucho más que el día.
-Las de verano son las mejores.
-Sí -dijo ella-. Perfectas para cualquier ocasión.

Me quedé pensando en las ocasiones perfectas.

-La noche es mi territorio. -Hice una pausa-. Lo que me gusta es que por la mañana parece un sueño. Así que cualquier cosa puede ocurrir o parecer que ha ocurrido...

Ella asintió sin decir nada ni mover la cabeza. Asintió, o yo creí que lo hacía, con uno de sus silencios. Pudiera ser que no.

-Y sin embargo, aquí estamos -tanteé.
-Sip.

Dijo así: sip, como si quisiera que la afirmación le quedara dentro de la garganta, envuelta en nada.

-¿Qué haces, dónde estás ahora?

Se volvió para mirarme e inició una sonrisa. Luego dijo no con la cabeza, despacio, sin quitarme los ojos de encima. No, dijo moviendo la cabeza, muy claro pero en silencio otra vez. Nítido. No.

-¿Cruzamos la noche? -preguntó después.
-Crucemos la noche... pero, ¿a dónde?
-No sé -dijo poniéndose de pie, y se limpió la suciedad de los pantalones con unos manotazos-. Crucemos...

Me incorporé.
-...al otro lado. ¿Te parece?

Echó a andar enseguida, cuando aún estaba terminando de preguntarme si me parecía, con ese tono burocrático ("¿te parece?"), y yo me dispuse a seguirla. "Me apetece un chocolate frío y espeso", dijo en voz muy alta, como aniñada. Dejé que se adelantara unos metros y me detuve para mirarla caminar. Serenamente bajó la avenida y pronto la vi mezclarse con la gente que ya ganaba las calles, hasta que su figura entró blanda en la claridad inicial del día, el sueño y la mañana.

05/08/2006 04:19 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 3 comentarios.

07/04/2006

Samuel Beckett en bicicleta

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Creo que fotografié a Samuel Beckett en el verano de 1998, posibilidad ciertamente improbable. Habíamos pasado la noche en la granja de Gregg en Wicklow, cerca de Dublín, durmiendo en un ala polvorienta del caserón en cuyas estancias amplísimas permanecía detenido, en mitad de julio, el frío de varios inviernos. A la mañana siguiente salimos a conducir por los alrededores, antes de zambullirnos en la capital, en busca de algunos asentamientos de la Edad de Bronce. Al rato Andrew detuvo el coche en un cruce de caminos que dominaba una loma y me alejé del automóvil para caminar por el arcén de la carretera, entre los inmensos campos verdes que con suavidad irlandesa se deslizaban en valles y arroyos, hacia unas casas situadas a un lado, donde tal vez hubiera un pub con una mesa junto a la ventana. Si el sol se colaba por entre los cristales, podría pedir una buena pinta de Guinness y sentarme a releer poesías de Juan Luis Panero, como hacía en el Finnegan’s Wake de Gloucester Road. Mientras me dirigía allá, en la lejana curva perpendicular al sol apareció la silueta inconfundible del autor de Esperando a Godot, pedaleando sobre una vieja bicicleta. Lo reconocí de inmediato y sin duda. Cualquiera puede imaginar con facilidad el aspecto de Beckett sobre una vieja bicicleta irlandesa. Venía en dirección opuesta a la mía y al llegar al borde de la cuesta, como si jugara, se dejó caer por el extremo de la uve que perfilaba la carretera, con los pies apoyados en los pedales a media altura. Hice visera con una mano y me detuve para mirarlo bien. Era un encuentro increíble. Me giré para comunicarles mi descubrimiento a Andy y Pabs. Si querían verlo debían darse prisa, pero los dos se habían dejado caer entre la hierba y el sol que entraba y salía de las nubes, recortando claroscuros en las colinas. Dispuestos a ignorar a Beckett una vez más. Sospecho que ya lo habían hecho antes y que quizás aquella despreciativa actitud debería haberme alertado contra el delirio. En la radio del coche, mitigada por la distancia, sonaban los Smiths, creo que Hotel California, un tema que nunca interpretaron. A alguien tendría que contarle lo que estaba ocurriendo, porque era bastante extraño: cruzarme de esta manera con Beckett, que ya llegaba al ángulo de la rampa e iba a iniciar la parte jodida de la uve, la de subida hacia donde me encontraba yo. Saqué del bolsillo la cámara fotográfica que me había regalado unos días antes Maggie y preparé el encuadre. Lo vi a través del objetivo, pero estaba a una distancia aún lejana para disparar porque el aparato carecía de zoom y de casi todo, salvo del disparador y un sistema medianamente automático con el que rebobinar la película. Beckett, por su parte, había ganado velocidad en la bajada; en el falso llano se le agitó un poco el manillar, pero alcanzó a sujetarlo con cansancio y aprovechó el impulso para iniciar el ascenso. Luego pedaleó sin prisa, como si moliera pienso para el ganado. Lo enfoqué. Metido en el cuadradito que sirve para situar la imagen en el foco, la cara de Beckett me gustó aún más de lo habitual. Igual podría ser un palurdo que el ganador del premio Nobel de Literatura. Llevaba gorra de cazador y por los lados le asomaba un relámpago de cabello blanquecino en fuga. Él también me miró, jadeante por el esfuerzo, con las arrugas hechas canalillos sudorosos. Mantuvo la cara arriba y cuando se acercó lo suficiente, gemía la bicicleta con un ritmo apagado, le disparé. Beckett entornó los ojos en la forma de una tormenta, dos haces fulgurantes que me traspasaron. Tuve miedo y decidí no bajar la cámara, para simular que fotografiaba el paisaje y no a él. Beckett pasó a mi lado y contuvo un instante el sobrealiento envejecido para insultarme: “Fucking cunt!”. Me lo había ganado, por impertinente. Por eso nunca me ha gustado aquella foto. Cuando la revelé, Beckett ya no parecía Beckett. Lo miré bien pero... era sólo un viejo cualquiera camino de alguna hacienda, del que quise aprovecharme para imitar esas postales en las que un fragoroso anciano irlandés en bicicleta compone la pintoresca imagen del país. Desaproveché una gran ocasión, sabía que Samuel Beckett y yo no volveríamos a vernos. Él había muerto en diciembre de 1989 y yo ando demasiado ocupado.

07/04/2006 16:27 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

16/03/2006

Te olvidaré siempre

20060318005221-venecia.jpgHe recordado la historia de cierto luchador de esgrima al que un florete le atravesó un ojo y le arrebató la memoria. El espadín cruzó sin ruido la malla protectora del casco y entró en el cerebro del hombre como en un melocotón. Al tocar el hueso agujereado del cráneo se arqueó levemente y luego salió hacia atrás, llevando consigo una baba sanguinolenta que debía ser la sustancia fisiológica de los recuerdos. El hombre no murió, volvió a nacer en más de un sentido. Tras varios meses en coma despertó sin recordar nada, ni su propia identidad. Su mujer lo había velado todo ese tiempo pero él la desconoció. Los médicos avisaron que algo así podía ocurrir, pero la esposa quedó destrozada. Cuando se rehízo, inició un juego de cariño para aquel hombre sin sensaciones que aún era su esposo, porque la memoria del amor es mutua o no es nada: si tú no me reconoces yo jamás podré reconocerte a ti. De cualquier modo la mujer venció sus dudas y en largos monólogos frente a su cama, tomándole de la mano, acariciándole la frente mientras él dormía, le habló sin descanso, en el intento de que vibrase algún tejido remoto de recuerdo, pasajes, espacios comunes en los que pudiera darse una correspondencia que desencadenase el complejo proceso. El hombre le devolvió las atenciones algo pesaroso. Agradecía, pero sin encontrarle significado al despliegue de ella. Hacia el final de los días la fatiga lo acosaba con violencia. La primera vez ella le pidió un beso porque pensó que tal vez las sensaciones de la piel pudieran obrar el milagro; quizá la mente no la recordara pero el cuerpo sí... Los doctores observaron conmiserativos y le pidieron que lo dejara reposar, que mañana estaría mejor. Él aceptó besarla. Al hacerlo no advirtió nada distinto pero no se lo dijo. Al día siguiente, sin embargo, el hombre había olvidado de nuevo todo, incluida la mujer, el lugar en el que estaba, su historia, por qué había llegado allí, las circunstancias del accidente, las palabras amables de quienes lo atendían. Su mismo nombre. Y todo lo que aprendió en las siguientes horas se desvaneció al despertar otra vez en otra jornada. Y así con todas. Cada mañana era una aparición en un perfecto vacío sin lados, sin referencias, que los médicos observaban con espanto y el hombre, con extrañada naturalidad, porque para él cada vez era la primera, sin antecedentes, sin conciencia de su propia inconsciencia. La mujer no cedió en el empeño y en cada nuevo día lo cubrió de atenciones crecientes. Prefería ignorar la evidencia del olvido y levantar ante ella un desesperado muro de confianza. Tras varias semanas de proceso repetido, de diálogos de un solo lado, de contenciones, el enfermo atisbó el cansancio definitivo, que le llegó espoleado por las migrañas. Miró a la mujer con desaprobación, sin decir nada, a través de ese sable que lo laceraba entre los ojos, la habitación envuelta en un filtro de luminoso veneno centelleante. De repente le molestó que ella le hablara como a un niño y le dijo que no la conocía, pero no sólo eso; le dijo que le resultaba imposible aceptar que alguna vez la hubiera amado, como ella insistía en repetir cada día. Que igualmente podría haber amado a cualquiera de las enfermeras que se asomaban cada tanto al borde de su cama. El reproche creció a un grito cuando ella trató de envolverle el rostro en una caricia. Desechó la mano con furia e hizo volar la bandeja de la cena. Después pugnó por arrancarse los goteros y casi la golpeó. Ella se retiró temblorosa, en un inicio de llanto que contuvo el puño cerrado sobre la boca. Dos enfermeras llegaron para inocular un sedante. Fueron insultos, fue desprecio, fue una crueldad acumulada a lo largo de las interminables horas de ese mismo día, fue la violencia de la que sólo un desconocido sería capaz. Pero a ella le dolía más que nada esa batalla sin fronteras. Se marchó a casa. Durmió apenas, ensimismada en la tristeza, en el abandono. A la mañana siguiente resolvió volver. Olvidar lo ocurrido y volver. Al llegar lo encontró sonriente, porque él tampoco recordaba nada.
16/03/2006 13:29 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 2 comentarios.

15/03/2006

Consejos para el vuelo de los hombres

20060315114454-pajarohombre.jpgYo soy el hombre que aprendió a volar. Volar es sencillo. Igual que amar, comer o dormir, tiene que ver con nuestra voluntad. No son necesarias especiales condiciones físicas ni morales. Únicamente se precisa el deseo de hacerlo, y respetar algunas normas básicas. Dando por hecho que usted siente la irreprimible necesidad metafísica de volar y sin que importen los motivos para ello, le diré cómo hacerlo: junte los dos pies por los talones, de modo que dibujen entre sí un ángulo de unos 45 grados. Mantenga el cuerpo erguido y los hombros relajados pero firmes, las manos abiertas con los dedos separados y las palmas mirando al suelo. Después, comience a batir, al principio de forma muy leve, sólo las manos, aprovechando las articulaciones de la muñeca. Este movimiento es el más importante y debe realizarse de forma veloz, constante y acompasada, para que el cuerpo se eleve poco a poco y sin perder el equilibrio. Cuando eso ocurra, extienda los brazos muy poco a poco, con cuidado de no perder el equilibrio, y siga batiéndolos, cada vez con más fuerza, concentrándose en el rigor de ese aleteo. Es importante. Tal y como advierten los cuadernos de aeronáutica, si se disminuye la velocidad de una de las extremidades o se eleva la de la otra, si el movimiento no es perfectamente simétrico, se corre el peligro de una elevación desigual e incontrolada, y ahí el hombre que aspira a volar se arriesga a un accidente fatal. En cualquier caso, a mí nunca me ha ocurrido. Después de volar durante años puedo asegurar que el hombre está natural y genéticamente dotado para esta actividad, que pertenece a su singular naturaleza. Una vez que se alcance una altitud de dos a tres metros del suelo, lo suficiente para perderse del alcance del resto de los hombres, tiéndase el cuerpo en posición decúbito supino, adelantando la barbilla para favorecer la aerodinámica, sin perder el control de los movimientos. Para iniciar el vuelo propiamente dicho se deberán extender los brazos alejándolos por completo del tronco y batirlos de acuerdo a la velocidad deseada, al mismo tiempo que se separan las piernas ligeramente, a modo de timón. De ese modo se ganará destreza en el vuelo, y hasta podrá usted, vencidas las primeras y lógicas inseguridades, planear elegantemente sobre los edificios.

 

Yo vuelo desde hace años. Descubrí esta facultad maravillosa por puro azar o por necesidad, una tarde en la que me perseguían por las calles varios desconocidos que querían darme muerte por causas que ignoro. Para defenderme intenté primero golpearlos, pero sin éxito porque las fuerzas me abandonaban en el instante del contacto y mi puño se ablandaba y hundía en el estómago de mis rivales. Se rieron con bocas enormes y aprovechando ese momento decidí escapar... Doblé trabajosamente la primera esquina en la huida. Para avivar mi avance me acostumbré a tomar impulso en los muros o las personas, usándolos a modo de convenientes pértigas. Aún así mi velocidad resultaba insuficiente y mis agresores seguían ganando terreno, aunque incomprensiblemente sin alcanzarme del todo.Fue entonces, apurado por la necesidad de una locomoción más efectiva, cuando inconscientemente me lancé sobre el suelo con el cuerpo recto y paralelo a las baldosas y, apoyando con vigor y de forma alterna las dos palmas sobre el piso, avancé como lo hacen los niños cuando juegan a la carretilla con un amigo que los toma por las piernas... La diferencia era que las mías no las sujetaba nadie, y sin embargo yo no apoyaba los pies en el suelo. Por algún motivo, mis extremidades inferiores se habían vuelto ingrávidas y descansaban cómodamente a media altura, como sostenidas por un hilo invisible. Gané velocidad mientras intentaba comprender este fenómeno, hasta que el ritmo de palmetazos sobre el suelo se hizo tan exigente que me fue imposible mantenerlo. Apenas me acordaba ya del peligro que me acechaba y que parecía definitivamente alejado, y como el cuerpo no me pesaba sentí que podría avanzar batiendo simplemente contra el aire. Retiré las palmas del piso y así, ajeno a todas las leyes de la física, quedé suspendido a dos palmos de la tierra y comencé a dar brazadas como si nadara. Ligero, me alejé de mis perseguidores. Estaba salvado. Fue una sensación extraordinaria de plenitud.

 

De ahí en adelante repetí el método cada vez que me vi en peligro, y cada vez pude salvarme sin dificultad y ahorrarme la angustia inicial de la lucha y la penosa huida. Lo sigo haciendo. Tan pronto como advierto la posibilidad de una amenaza salto sobre el torso, me acolcha el aire, y yo nado y nado hasta la salvación y ante el asombro de los transeúntes. Después de acumular varias de esas experiencias y perfeccionar el método reparé en que lo que en verdad hacía no era nadar, porque tal actividad exigía el agua y el torpe comportamiento del cuerpo en ese medio ajeno. Lo que yo hacía iba más allá, constituía en verdad la primaria realización de un viejo anhelo: estaba volando. A ras de suelo y de modo heterodoxo, tal vez de una forma menor, aún demasiado humana o temerosa, sin elevarme excesivamente para rebajar los peligros. Pero era volar, innegablemente, y el logro exigía un paso adelante.

 

Fue así como aspiré fugaz y convencidamente a lo que ahora hago: volar con gran regularidad, casi a diario, como las mismas aves, superando la torpeza y el miedo iniciales hasta conseguir un absoluto control de mis movimientos: vuelvo ligeramente el cuerpo en los virajes, detengo el movimiento de los brazos para planear, los agito si quiero remontar una corriente de aire, y reproduzco el majestuoso y pausado aleteo de los grandes pájaros al cruzar los valles y surcar de curvas su cielo. Generalmente son vuelos cortos, o al menos yo tengo esa impresión, aunque me resulta imposible decir por cuánto tiempo se prolongan y me parece que esa puede ser una pista de la irrealidad, de la sensación de éxtasis en la que me sumerjo al volar. Hacerlo ya supone para el hombre una experiencia de intensidad extraordinaria, por la propia dinámica de esa actividad y por las implicaciones filosóficas que tiene el cumplimiento pleno, consciente y definitivo de una aspiración antiquísima que yo he superado. Además, volando he conocido lugares ignorados y he disfrutado de una libertad inimaginable: he rodeado con mi cuerpo las agujas de las catedrales y los estrechos andadores que comunican sus torres sobre las cúpulas; he atravesado nubes en un picado invertido para ver el sol a su misma altura, de frente como a cualquier otro rostro del mundo; y he sobrevolado los mares variando los ángulos hasta lograr que el agua fuera mi cielo, o un muro gris que se levanta vertical y oblicuo sobre mí, amenazante, poderoso y tímido.

 

No sé si yo soy el único hombre que vuela o si alguien me ha visto hacerlo alguna vez. Jamás me he cruzado en el aire con un congénere y, aunque estoy convencido de que volar es un sueño al alcance de cualquiera, intuyo por mi experiencia que se trata de una actividad íntima. Sé que algunos dirán que miento o me llamarán loco, pero yo sé que he volado y que esta noche volveré a hacerlo. No hay forma de negar mi memoria y la conciencia pleno de lo percibido: en mi cerebro están grabados el terror inicial de la altura y el miedo posterior a ser abatido. Cuando vuelo me siento feliz, y cuando revivo la experiencia mi cuerpo y mi cabeza se llenan de ese mismo gozo. Cierro los ojos y veo con claridad los lugares que sobrevolé anoche. Al dejar el apoyo siempre hay unos metros iniciales de caída libre y después comienza el planeo, y el cuerpo remonta sobre ese extraño algodón de aire hasta pasar por encima de la siguiente azotea, sobre los campanarios, siempre hacia arriba.

Esa superación del miedo, y el mismo miedo, son tan nítidos ahora mismo, cuando en la vigilia anoto estas impresiones en mi diario, tan precisos y tan informes como el terror que sentí en los bordes espumosos de un acantilado, frente al viento atlántico y el confín de la isla. Podrán negarme los hombres, pero yo soy capaz de evocar sin dudas el ladrillo rojo que dibuja formas geométricas en las balconadas, y la celosía en las ventanas con arcos que sobrevolé otras noches. Veo las luces que recortan las almenas del castillo hasta el que volé, cruzando una noche de ceniza y edificios del color de la arena. En estos días la temperatura desciende al caer el sol, y cuando vuelo el viento me abre los ojos como si quisiera desgarrarlos, y las lágrimas resbalan por mi rostro, veloces como el agua sobre los ventanales de aquella tarde de plata y amor tras la lluvia, en una tierra de montañas y verdes hondonadas. Todo eso lo reconozco con tanta viveza y seguridad como reconocen los cachorros el aliento exacto de su madre, que les impide extraviarse. Como recuerdo yo el gesto detenido y marrón, como estatua de barro, de aquel ahogado que arrancaron al lecho del río.

 

Si así lo desean, sigan pensando que un hombre no puede volar. Yo les replico con un vertiginoso picado: algo así sólo lo dirán quienes aún no lo lograron.
 
Post Scriptum: He anotado arriba que en el despegue vertical debe tomarse una altura suficiente para evitar ser alcanzado por los hombres que observan la acción, si los hubiera. Téngase en cuenta que, por motivos diversos, si usted intenta volar se verá inmediatamente asediado por gentes de toda condición que desaconsejarán que lo haga y que tratarán de retenerlo en el suelo. Puede que usted no quiera escucharlos y que su convicción reúna mayores fuerzas que las razones de ellos. Pero sepa que aun así estará en peligro: mientras puedan tocarlo serán capaces de interrumpir su despegue; un mero contacto es suficiente, y sólo con el roce de un hombre caerá usted al suelo y se verá obligado a regresar a la posición inicial. No es sólo la derrota moral lo que le dolerá entonces. También resulta costoso recuperar después el impulso conseguido en el primer intento. Es aconsejable, así, que usted intente echar a volar siempre en soledad, cuando nadie pueda verle.

15/03/2006 11:44 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 4 comentarios.

15/01/2006

Un día para Linda

Esta noche te he soñado, Linda. Al despertar te sentía tan próxima que me he girado en la cama para abrazarte, pero en tu lugar he encontrado a mi mujer. Abrazarla a ella cuando eras tú la que me ocupaba me ha dejado enfermo. A veces te quiero y te deseo más que a ella, y a ella la odio por ocupar tu lugar, por ocupar el lugar de cualquiera otra de las que podrían haber estado ahí. Ella lo ha logrado y sé que yo lo deseé. Sé que tú como las otras te marchaste, pero no os habéis ido. Estáis en la memoria y en las sensaciones que deja un sueño. Siempre los sueños acosándome, me parezco a un tango.
            Me he levantado. Es temprano y tú estarás tomando un café sobre la mesa desordenada de tu cocina. Tomas un café y fumas el primer cigarrillo de la mañana. Si tienes sueño, si estás cansada, entonces harás todo eso distraídamente y levantarás un muro frente a los pensamientos que buscan apresarte desde la primera hora, con los ojos detenidos en un punto cualquiera del aire o del humo. O puede que hayas despertado triste (a veces lo haces, aún lo sé) y en la soledad gris y pegajosa recordarás fugazmente algo o a alguien. Un momento, un lugar de antes. Mirando por la ventana, como yo lo hago, vas a reunir todas las imágenes que inauguran el día en una sola figura que encaje con tu pensamiento. Me gustaría imaginar que te acuerdas de mí, que yo soy ese dibujo en tu memoria, pero eso ya no será posible. Sólo mirarás afuera y recordarás un tramo de ti misma, de todos estos años.
            Otra vez llueve. Sabes, ahora llueve casi todos los días en esta ciudad lastimosa en la que casi nunca solía hacerlo. En la avenida resplandecen los adoquines al pie del edificio, silban los automóviles y el cielo no se decide, está detenido en algún punto de ofuscación. Yo también he tomado un café pero mi mesa está ordenada y yo no fumo. Mi mujer aún duerme y ahora que estamos tú y yo solos en esta mañana en medio del mundo voy a escribirte unas palabras que nunca te enviaré. Un absurdo poema:
 
Día gris y quieto
Luz sin sombra
Una tarde lenta
Como mermelada
 
Un corazón frágil le protesta
A la lluvia
Un alma mojada se dobla en dos
Se parte en una
 
            Si pudiera tocarte un segundo y seguir vivo después para recordarlo, Linda... Te me has hecho oculta en la memoria y ya casi eres más la memoria que la mujer que veo algunos días. Esta noche te he tenido cerca pero no he llegado a tu piel blanca, sólo me he asomado. “Versos que recorran la línea de los huesos / y oír en el pecho el rasgueo de la palabra en tu piel. / Suenas a violín lejano, / a silbido de cornamusa, / a hoguera que se apaga”. Voy a repasar mis libros en busca de esos versos. Si los encuentro, significará que esta noche contigo –que yo atribuyo cómodamente a un sueño- ha sido cierta, verdadera, que ha existido y forma parte de la mitad de mi vida que llamamos auténtica. Esas líneas sobre un papel jugarán de pasadizo entre un lado y otro y tú estarás en ambos. Un poema como la flor de Coleridge, para demostrar que en ese sueño estuve más vivo que ahora y que tú verdaderamente me amas.
         Del sueño me queda clavada en esta mañana la impresión clara de tus ojos, muy grandes, y algo más que no decido pero que está ahí. Algo de ternura que se ha agarrado, puede que a unas palabras o a un beso, no lo sé, no lo sé. No recuerdo todo. Apareces tú recortada de la circunstancia, ajena. Imprecisa y quiero tocarte con mis palabras. A veces pienso que te alcanzo, a veces pienso que es posible que todo esto que digo logre un significado cuando se una con tu nombre, que también tú sientas algo en esta mañana y aún haya una posibilidad. ¿Y entonces qué haré con ella? ¿Qué haré con la mujer que me sueña teniéndome a su lado? No lo sé, lo sabré mañana. La querré mañana. Ella tiene todos los días, pero éste es tuyo. Aún llueve, Linda, y mis palabras te están rozando en la ducha y limpiándote para el nuevo día. Mañana la amaré otra vez a ella, cuando despierte, si eso es lo que debo hacer. Hoy te quiero a ti, te quiero a ti.

 

 

 

15/01/2006 05:04 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 1 comentario.

11/01/2006

Cuento de fútbol

Este ’Cuento de fútbol’ fue publicado en Heraldo de Aragón como contracrónica de un partido Sevilla-Zaragoza (3-2), de ahí la inconcreción del título y algunas realidades demasiado obvias. Pero siempre lo preferí como una ficción intuida en las entretelas de una lluviosa tarde de fútbol. Y así lo recupero ahora, con muy leves correcciones respecto al original periodístico. Con el tiempo, me parece que ha tomado la forma que siempre debió tener o con la que se presentó ante mí: un inconsciente homenaje al inasible virtuosismo de Carlos Lapetra, el mejor futbolista que jamás ha vestido la camiseta del Real Zaragoza).

Heraldo de Aragón, 8 de diciembre de 2003

¿Podría ser esa paloma el espíritu de Carlos Lapetra?

Nos gustaría jugar a un pequeño milagro mientras el fútbol va y viene, mientras ocurre algo o no ocurre nada. Antes del partido la vimos volar en vertical como una bengala, para ocultarse bajo una de las vigas de hierro que soportan la cubierta del Sánchez Pizjuán. Le prestamos a la escena una atención difusa, como a cualquiera de los otros detalles casuales de la tarde. Pero después, cuando empezó el juego, la paloma apareció en todas las jugadas de ataque del Zaragoza... y tenía actitud de extremo derecho consumado. Ahí fue cuando empezamos a observarla. No... no es que nos despistáramos; en realidad, es que a la paloma había que mirarla por obligación, porque formaba parte del encuentro igual que cualquiera de los 22 jugadores o el bendito Megía Dávila, el árbitro. Y atraía la vista su comportamiento indolente, como de un Ronaldo. Al alejarse la pelota, tomaba la forma estricta de un ave y se ponía a picotear el suelo girando en redondo, desdeñosa, sin importarle el partido. Pero cada vez que el balón aparecía por su lado en los ataques del Zaragoza, levantaba el vuelo para enredarse entre las piernas de Galletti, abriéndose en zig zag frente a los defensas, aplacando el aleteo para una pausa, planeando para buscarles el hueco. Por ejemplo, a David lo mató en la jugada del gol de Galletti: el defensa vio el centro del argentino, interpretó la comba del pie... pero la paloma voló hacia fuera mientras el balón iba hacia dentro. Confundido, David dudó entre pluma y cuero, tocó mal y la metió en su portería. Galletti abrió los brazos y la paloma subió el cuerpo gris inflamado de alegría por el aire.

Alguien dijo: “Tendrá forma de paloma, pero parece un futbolista”. Un siete rápido, ingenioso y genial. La culminación del modelo. De todos modos Garrincha fue un pájaro antes de ser uno de los jugadores más felices de Brasil. Ahora es primero el 7 y luego el ave. Así que intuimos que en este partido podríamos estar viendo otra cosa. Que esa escena contenía un cuento de fútbol o un guiño de eternidad. Apostado en la esquina del campo, el fotógrafo recibió una llamada: “¿Te has fijado en la paloma? -le dijeron-. Yo creo que podría ser el espíritu de Carlos Lapetra”. La contestación ratificó la posibilidad del imposible: “ Le vengo disparando hace un rato... pero no sé si la tengo”. Eran un par de dudas con sentido: ¿Pueden fotografiarse los espíritus? Y... ¿sería éste el de Carlos Lapetra?

Interrogamos a la memoria. ¿Por qué Sevilla? ¿Por qué ayer? ¿Había algún significado oculto en esa aparición, alguna señal? “¿Lapetra y Sevilla? Nada especial. En los 60, el Zaragoza acostumbraba a perder aquí”, apuntaron en la cabina de prensa. La paloma picaba distraída el verde, como si supiera que hablábamos de ella. Viéndola pensamos: ¿Y si no hay un motivo? Podestá había hecho el primero. Fastidiado, recordé que un amigo inglés me había hablado del fantasma familiar de un conocido suyo. Mi amigo es un tipo racional, ilustrado, nada sospechoso de alucinaciones. Y aseguró haber visto ese fantasma corporizado en la biblioteca, una noche en la que visitó la casa. “No parecía un fantasma, nada raro; era igual que una persona –contó-, tanto que estuve a punto de saludarlo. Acompañaba por las noches a la madre en algunas tareas comunes fuera de la finca, protegiéndola en la oscuridad”. Eso demostraría que los espíritus no requieren grandes motivos para manifestarse. Pueden aparecer por nada. Por espíritu protector. O por divertirse un rato en el fútbol.

Pero saberlo era imposible. El partido avanzaba extraño. Al marcar Villa, el pájaro ni lo celebró, se quedó quieto. Era una contradicción notable. Pero luego vino otra, la principal, admitida a regañadientes: Lapetra fue extremo izquierdo. Así que esa paloma, que subía por la derecha, no podía ser él. ¿Sería Juanito Ruiz? ¿O Canario? No, Canario aún está con nosotros. La vimos elevarse en el diluvio sobrevenido, volar por el aire de la tribuna. Alguien intentó atraparla, pero se le esfumó en un giro y después... ya no estaba. No la vimos más. Podestá había empatado. Más tarde, al cerrarse la farragosa cortina de agua, pareció que volvíamos de un sueño: había caído la noche, el Zaragoza era uno menos. Y el Sevilla había ganado el partido.

11/01/2006 12:32 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 2 comentarios.

06/01/2006

Arco iris

20060106203049-arco-iris.jpgEn cierto rincón exacto de mi casa he descubierto un arco iris, finísimo. Si siempre estuvo allí, yo nunca lo había visto hasta ayer, cuando se me hizo visible al cruzar de una esquina a la contraria la página del libro que me ocupa estos días. Y eso que yo tengo por costumbre sentarme precisamente en ese rincón todas las mañanas, a leer un ratito. Es extraño un arco iris sobre un libro; pero más extraño es un arco iris sobre un libro en esa habitación, que comunica a un patio interno enredado de tuberías, demasiado estrecho para que el sol se descuelgue por él. Apenas recibe luz natural, salvo la de las habitaciones contiguas. Si el arco iris original es el que cruza los campos en la indecisión entre el sol y la lluvia, y su infinita repetición en lugares y escenas, el arco iris de mi libro es pues enteramente artificial. Y por eso, aún más extraordinario. En cada ocasión que me siento ahí y me dispongo a la lectura, la palidez de la hoja se ilumina con un rayo delgado de siete colores. Vuelvo la página y el arco iris salta también a la siguiente. Seguro, luminoso, indudable, tiene el grosor preciso de una sílaba, y las alumbra todas de un lado a otro en una diagonal radiante. He intentado componer alguna palabra con las que se destacaban entre los colores, por si hubiera un signo oculto en esta pequeña magia, pero ninguna adquiría sentido. Mañana probaré con un libro de poesía lírica.

 

06/01/2006 20:30 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 2 comentarios.

05/01/2006

Donde también llovieron hombres

20060105123255-parque3.jpg

Invierno de 2005 

La niebla se posó sobre la ciudad durante días sin cuenta, y desaparecieron en la bruma las torres de las iglesias y las aguas del río, y se oían campanas invisibles en el cielo y un rumor de aguas abajo, donde una vez quizás estuvo la cuenca aunque los hombres ya no lo recuerdan porque la niebla emborronó sus memorias y los días se parecían tanto unos a otros que el tiempo perdió sentido y significado, y vino el nuevo Año pero no vino el sol, ni una luz mínima que diera algo de calor, y las rosas perdieron sus colores y los árboles extendían brazos fantasmagóricos en los paseos, y las farolas parecían altísimos hombres de luz débil en el cerebro, que se tragaba la niebla; y la niebla se hizo más y más intensa y se alimentó a sí misma y creció y se hizo más densa. Y los hombres caminaron por la ciudad sin rumbo y descubrieron nuevos senderos sin saberlo. Creyendo que caminaban los antiguos, algunos no volvieron jamás, otros se acomodaron en casas que no eran las suyas, pero quizás encontraron dentro a alguien solo o triste que bien hacía en recibir el regalo que era una persona perdida que había encontrado su casa. Y muchas familias quedaron mezcladas, ignorantes de ese ensueño, y muchos niños fueron huérfanos porque los padres cruzaban los puentes y no regresaban jamás, o lo hacían por un puente equivocado que desembocaba en otra avenida, y volvían a cruzar entrelazando caminos durante horas y horas, de orilla a orilla, hasta que su desorientación hacía ya imposible saber de qué lado del río habían quedado. Y algunos hombres y mujeres se entristecieron por no verse ya nunca, por no volver a escuchar esa voz que en la memoria ganaría matices falsos y perdería los verdaderos, aunque eso no importa porque sólo es verdad algo si lo recordamos y no importa de qué modo lo recordemos. Así, la ciudad se hizo presa de un pesimismo desconocido por no ver más el sol, y del cielo añorado, porque ya no había Cielo ni Tierra, llovieron cuerpos de hombres que surgían fugazmente de una nube y fugazmente se perdían otra vez en el vaho con un estruendo callado de huesos que se quiebran en sinfonía. Y la gente tropezaba con los cadáveres invisibles, porque invisible era el suelo y los hombres no veían el principio ni el final de sus propios cuerpos ni de sus propias existencias, sólo una mancha intermedia donde se aloja el estómago y cabe una oración que pida misericordia. Y conforme avanzaban los días y nadie acertaba ya a saber cuánto tiempo había pasado desde que esa niebla infame se posó sobre la Inmortal y antiquísima ciudad, conforme avanzaban los días la niebla se cerró aún más poderosamente alrededor de los cuerpos y los objetos, y la ciudad careció de límites porque toda ella era un espacio sin principio ni final, como el esqueleto de los humanos, y se perdían amigos y se desconocía a los enemigos. Ya nadie era nadie ni quería serlo, el pasado se había diluido, confundido con el futuro y con el ahora. Ya no importaban los nombres ni las identidades, sólo los olores, los aromas, y los hombres y las mujeres se husmeaban como bestias y por el olor decidían y hablaban, sí, se hablaban, pero de un modo que jamás conocieron antes porque las caras eran apenas una bruma cambiante y la honestidad podía ser o no ser, de forma que todo y todo hombre estaba autorizado por el silencio de los ojos a decir la verdad o una verdad conveniente. Y puede que así los hombres se hicieran mejores, o no, eso ya nunca se va a saber. Y se detuvo el tráfico cuando las autoridades prohibieron la exhalación de humos de los vehículos porque la polución, dijeron los políticos, empeoraba la niebla porque atrapaba los gases en la burbuja gris de los días, alimentando esa nube indecente que había tragado a la ciudad, y además hubo un día en que nadie veía lo suficiente para circular, aunque eso sólo se supo después de que los hombres constataran una gran cantidad de muertos por atropellos, y autobuses que habían desviado su línea para tropezar con puertas de piedra o caer al río y ser engullidos por un pozo antiguo e insaciable. Todo fue quedando poco a poco detenido y en la ciudad ganó un silencio hueco y una luz intermedia que no era día ni oscuridad, sino un duermevela de sol que no se acuesta ni se levanta, y así pasaron las noches y las mañanas y a cualquier hora las personas dormían o despertaban en perfecto desacuerdo, de forma que pronto caminaba con pasos silenciosos para no ser advertido, y apenas podía uno distinguir sollozos ocultos que venían del interior de algunas casas, y por las ventanas y las puertas abiertas saltaban al algodón ciego de la calle. Hubo robos, violaciones, latrocinios, coimas, asesinatos, saqueos, asaltos, pederastia y exhibicionismo, un festín de inmoralidad ingenua, salvada por la desgracia que todos habían padecido bajo esa niebla infame. Y sólo los amantes alcanzaron a tener un instante de felicidad quizás, si supieron buscarlo, y protegidos por la niebla opaca desnudaron sus cuerpos libremente e hicieron el amor silenciosos en el mismo lugar en el que un día, cuando la ciudad era limpieza y sol y cielo azul, se conocieron o rozaron por primera vez sus manos o sus labios quisieron encontrarse, y en ese lugar inconcreto que pudo ser un banco o una espalda contra la pared o el zaguán de una casa o la madera mellada de un banco, en ese lugar los amantes recogieron uno contra otro lo que restaba de sus cuerpos extraviados y se introdujeron uno en el otro con gozo sin igual, y quizás descubrieron que en el mismo banco y a la misma hora o en esa esquina exacta un roce de hombro desnudo contra hombro desnudo venía a significar que ese espacio no era sólo suyo, sino también de otros amantes que igualmente habían decidido recordarse en silencio mutuo y encontrar en el tacto lo que la vista ya no les diera. Y pasaron los días, y pasaron los meses, y pasó un tiempo indefinido y vinieron niños, hijos de la niebla, que apenas vieron los ojos grises de sus padres. Y crecieron y la niebla se retiró, y volvió la vida, y volvió el sol una mañana, sin que nadie supiera por qué entonces o por qué no antes o después. Y entonces todos quedaron ciegos a la vista de ese sol repentino disparado a raudales que negó sus retinas en una mañana despechada, pero a nadie le importó esa nube de leche que quedó bañándoles los ojos porque qué era si no niebla, como la misma niebla de todo ese tiempo que nadie supo o pudo o acertó o le importó contabilizar, y qué importaba si ellos ya se habían acostumbrado a aceptar esa nueva forma de existencia, y qué era esa ceguera sino la posibilidad interminable de seguir amándose y perdiéndose y encontrándose libremente como en esos días largos sin cuenta en los que la niebla retuvo la ciudad en suspenso. Un viento devorador había arrastrado la niebla y les había devuelto las esquinas, los límites, el contorno exacto y conocido de su ciudad, justo antes de enfurecerse inhumanamente y levantar esa misma ciudad por los aires, desgajando día a día las piedras, sacando las puertas de sus goznes, derribando piedras de la muralla como si fueran guijarros, revoleando las campanas de las torres que las guardaban. Finalmente, en un furor despiadado, vació la cuenca de los ríos que atraviesan la ciudad y se llevó en andas a los hombres que en vano se aferraban unos a otros y ascendían en abigarrados grupos chillones, hasta algún otro lugar de esta Tierra, donde también llovieron hombres cuando el viento se detuvo. Y regresó la niebla. Y volvió el ruido ahogado de huesos que en sinfonía se quiebran invisibles contra el suelo.

05/01/2006 12:31 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones Hay 1 comentario.

04/01/2006

El ídolo cojo

20060104175308-idolo-cojo.jpgYo sé que ahora es fácil hablar mal de él, pero en aquellos días adorábamos a Montero. El Cojo Montero jugaba en el medio, parado en el círculo, y desde ahí ordenaba el tráfico y todos parecían sus hijos. Le decían Cojo irónicamente, porque su izquierda era tan poderosa como inútil la derecha. No la tocaba con la derecha ni para dar un pasecito de dos metros. Pero cuando pateaba con la zurda, que era un martillo de carne, la cara se le hacía madera. Si hubiera existido un aparato para determinar la fiereza con la que le sacudía, a Montero el medidor se lo deberían haber puesto entre las muelas.

 

Pero además de un magnífico futbolista, Montero era un caudillo peligroso. Un día le metieron a negociar las primas y ahí empezó la guerra, porque Montero había oído de refilón al Che y su primo era cura guerrillero en la selva. Todo eso, batido en su cabeza primitiva, daba que el presidente merecía un puñetazo o que le pegaran fuego al despacho con el viejo dentro. Eso le dijo a la prensa, y desde entonces al presidente se le torcía la sonrisa con cada gol de Montero o si la afición le cantaba el nombre. “Que piense menos en el dinero y aprenda a jugar con las dos piernas”, bramó una vez. Montero le replicó: “Óiganme: mi mejor pierna es la derecha. La entreno para patear culos”. El Cojo terminó multado y en el banquillo, pero el equipo se puso de su lado a la japonesa, jugando todo el año como si les fuera la vi da. Ganaban y se lo dedicaban a Montero. Así nos llevaron a la final.

El destino quiso que el Cojo la jugara porque su relevo se lesionó. El presidente lo autorizó sólo después de tomarse una caja de digestivos. El partido fue apretadito, de esos en los que no se hace un claro ni aunque llueva la bomba atómica, pero hacia el final el Nene Sánchez, que era una motocicleta, se escapó y el portero lo tuvo que voltear. Penalti, un penalti inolvidable. Yo lo vi desde el fondo atestado del Bernabéu. Vi a Montero y supe que seríamos campeones, porque el Cojo no fallaba ni con los ojos vendados. Supe que el mundo era nuestro.

Entonces, aquel hombre echó a andar hacia la pelota. El portero lo vio venir y voló ansioso, aguardando el tiro cruzado. Sin embargo la pelota fue al otro lado y pasó por encima del larguero, antes de perderse en el quilombo de nuestra tribuna, blanca y azul. La gente se llevó las manos a la cabeza. A mi lado un tipo se desmayó y lo agarraron entre varios que masticaban insultos. Montero la había mandado arriba. Pensé que no podía ser, que soñaba, que había muerto. Comprendí al oír los gritos: “¡Cojo de mierda! ¡Lo ha tirado con la derecha, el muy hijo de putaaaa! ¡Lo ha tirado con la derecha!”. No recuerdo más. Luego confirmé que en la prórroga nos habían metido tres, y que el Cojo dejó el estadio disfrazado de policía. Ahora es fácil insultarlo, sí. Pero la verdad es que en aquellos días todos adorábamos a Montero.

 

Mediapunta, Mayo de 2005
www.mediapunta.es

 

 

 

04/01/2006 17:53 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

Dèjá vu

20060104114210-time-f.jpgEn ese preciso instante, tres imágenes aisladas habían confluido en una sola. En la pantalla del televisor, un escritor revisaba las virtudes morales del protagonista de su novela, editada años antes. Su voz era antigua y falsamente joven. También las palabras, que en realidad fueron dichas en otro tiempo, pero que ahora pronunciaba con total actualidad, como si ese momento se hubiera trasladado al presente. Sonó el teléfono y yo alargué la mano para contestar, anticipando quién me esperaba al otro lado. Busqué en vano: en la habitación de ese hotelito aislado de montaña no había aparato. Y, sin embargo, el timbre insistía. Pensé: “Si contesto, él me reclamará la compensación establecida en aquel pacto: habló de tres señales que yo sabría reconocer”. Volví a mirar a la televisión para aguardar el inmediato momento en el que el entrevistador interrumpiría el discurso del otro; y repetí sus palabras, exactas, segundos antes de que él las dijera. El escritor me miró a los ojos desde la pantalla y quedó en silencio, esperando un desenlace, cansado de interpretar una escena repetida de teatro. Las tres piezas se habían encajado y componían una escena horriblemente familiar, que de algún modo yo había visto antes. El teléfono insistía y afuera estaba oscureciendo. Me tomó una inquietud fatal y, patéticamente, traté de dilucidar el significado de todo aquello. Apenas entreví que las imágenes eran anteriores a mí y que designaban un final próximo.

 

 

 

04/01/2006 11:42 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.


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