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04/07/2008

La gafa

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Han vuelto las Ray Ban de pera, os lo digo por si os habíais quedado ciegos en los últimos días o bien os sacásteis los ojos (ellos) para no caer derrotados por la exhibiciones veraniegas de ellas. Las Ray Ban de pera, sí. Las del cristalito verde, la varilla dorada, las de los años 70, finales, las de Top Gun, sí, porque naturalmente Ray Ban no las llama las Ray Ban de pera, sino Ray Ban Aviator y de ahí que Tom Maverick Cruise y sus chicos las llevaran en cuanto se bajaban del cazabombardero. Porque son gafas de piloto de guerra para que las lleve el común de los mortales, y además unisex, lo mismo se las pone Brad Pitt que Angelina Jolie, lo mismo la Vanessa que el Ignacio; y salen ahí a las calles ardientes de la ciudad con sus flequillos rectos, o bien cruzados en diagonal sobre la frente, que esa es otra, y los pantaloncitos cortos, y si son largos entonces han de ser muy pitillos, pero pitillos pitillos; ellos enseñan el calzón o bien llevan cada pelillo colocado en su sitio con abundante goma efecto mojado, y las cejas depiladas porque ahora el hombre es un hombre que no quiere que se note mucho que es hombre o lo que sea, o bien una deconstrucción capilar que no se sabe dónde empieza el peine y dónde acaba la higiene.

A mí me gustaría deconstruirme la cabeza, lo juro que sí, y no tener que peinarme ni un solo día, pero soy un antiguo, peinado con raya y desconcierto, porque yo siempre pensé que me estaba haciendo raya a un lado, el izquierdo, pero en cuanto dejó de peinarme mi madre con colonia y mi abuelo vio que me había hecho hombre suficiente para hacerlo solo, la raya se me desmandó, tomó vida propia en algún instante y comenzó su tranquilo, imperceptible ascenso hacia el centro de la cabeza. Y cuando vi a Aznar con ese surco tan subrayado en el lado del corazón me dije: eso es un presidente y un hombre a la derecha y una raya a la izquierda, claro que sí, cayendo sobre la oreja de ese flanco; y no lo mío. Deconstruirme la cabeza, eso es lo que me gustaría a mí. Pero de verdad: el interior, los sesos. Confuso, últimamente he estado un par de veces a punto de pedirle al psicólogo que me hiciera un peinado a la moda mientras con el barbero nos dedicábamos a la terapia cognitiva. Lo que de verdad me gustaría es quedarme calvo del todo y no saber nada, salvo recitar textos y no tropezarme con los muebles; parecerme a Yul Brynner con su mirada eslava y ser flaco como Tim Booth y Michael Stipe, el de REM. Si fuera tan sencillo... En vez de eso caí en la melena, animado por los muchachos que generosamente me dicen que me doy un aire a Russel Crowe en sus malos ratos. Ellas nunca están de acuerdo, lógico. Los que más acertaron, como siempre, fueron mis amigos del rugby, que a la vista de melena y barba me decían alternativamente Jeremías Johnson o Pocholo, cuando me cogía una coleta para poder ver por dónde me venían los balones y las hostias. Por Pocholo Martínez Bordiú, aquel fenómeno de la comunicación oral.

Las Ray Ban Aviator las recuerdo yo que evolucionaron más tarde hacia el negro completo y antes o después al cristal de espejo. El cristal de espejo hizo furor en un tiempo: me acuerdo yo de probarme unas en el Gay de la calle Alfonso y verme espejo contra espejo y decir, con mucho afán de autocrítica: "Jesusito de mi vida, eres niño como yo...". Las de cristal de espejo son de guardia carcelario, las veo yo un poco en La Leyenda del Indomable, cuando los convictos salen a limpiar las carreteras y los vigilan hombretones con rifle a punto y gafa espejo para que no se sepa si miran a un lado o al contrario. Los reos piden permiso hasta para respirar: "Jefe, ¿puedo beber agua, jefe?". "Bebe agua", contesta la gafa. "Jefe, ¿puedo quitarme la camisa, jefe?", "Quítate la camisa". "Jefe, ¿puedo ir a orinar, jefe?". Una tensa pausa: "Ve".

Luego las de pera se pasaron de moda. Las de espejo duraron menos. Cuando se rayaban asomaba un negro de azogue oculto y se envejecían cuarteadas. La gafa primero se hizo pequeña, de pastas oscuras, también colores; vino la patilla anchota, esa que al Pele y a Acón les costó tanto quitarse, hasta hace cuatro días. Finalmente, la gafe empezó a crecer, a ser más grande y después aún más grande, de forma que al final hasta la Pantoja, que llevaba unos vídeos de pantalla gigante como para ver la final de la Eurocopa en la plaza del Pilar, hasta la Pantoja parecía estar buena con la gafa y su barba. Porque la gafa negra y grande iguala los rostros al ocultar el epicentro de la expresión, que son los ojos y su alrededor, donde generalmente se define la belleza facial. Hay, así, una simulación general muy conveniente en ellas, que se plantan las gafisus y están todas que lo rompen. Luego, si se las quitas las dejas desnudas y, ay, todo puede ser. No habérselas quitado. Con la Ray Ban pera eso no pasa, porque hay una verdosa transparencia que muestra todo. Lo raro ahí es estar guapo si no eres Maverick o Topper. Una vez me compré una cazadora tipo piloto y la profesora de de Historia del Arte de la universidad, además de suspenderme a mí y a cuatro más, literalmente, de doscientos, y obligarnos a ir a su despacho a recoger la nota, al verme con la cazadora piloto me dijo: "Oiga, ¿usted de qué va disfrazado?". En la Universidad de Navarra eran así de respetuosos. Además de sacarle a tu familia las entrañas para pagar un plan de estudios lamentable con unos profesores en general pésimos, se permitían consideraciones estéticas antes de entregarte el suspenso. Dios los tenga en su gloria a todos.

Yo juraría que tenemos unas Ray Ban de pera guardadas por ahí en alguna caja, eran de mi abuelo. Y mi madre me las ofreció una vez, hace años, con visión profética, y le dije: "Pero mamá...". Y ahora, mira. No sé si buscarlas o dejarme el flequillo recto, tú.

04/07/2008 12:29 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 4 comentarios.

01/07/2008

La desesperación del farsan(te)

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A veces doy en considerarme un teórico de la pereza, un pensador del no hacer nada. Podré hablar de viajes, hazañas, éxitos o regalos que mi profesión aún no me ha hecho, pero mi único sueño indudable, cierto, duradero e inquebrantable es éste: no trabajar. Así de simple: no tener una sola obligación, ni un solo día. Me diréis que ese es el sueño de cualquiera, que todos suscribís y os adscribís a semejante anhelo tan común. Y no lo negaré yo. Pero cuidado que luego me sé la historia: que mire usted que me aburro, que si ahora no sé qué hacer, que si vaya coñazo todos los días sin ir a ningún lado, que en la televisión no ponen nada, que si tuviera dinero me iría de viaje pero así no hay manera, que en esta ciudad no pasa nunca nada interesante, que no puedo quedar con nadie porque todo el mundo está trabajando... He ahí la trampa: para ser un teórico de la pereza laboral hay que tener entereza, valga la cacofonía. Independencia de ánimo y un catálogo de actividades de corto alcance a las que uno se pueda dar sin ceder un instante al gran enemigo, llamémoslo la abulia o su masculino el aburrimiento. Ahí es donde reside mi gran baza: yo no me aburro jamás. Lo digo en serio y lo tengo comprobado. Cuando no trabajo, me faltan horas en el día para no hacer nada. Yo donde me aburro es trabajando. Cada día más. Por más que la gente piense que el periodismo es creativo, una nueva aventura diaria, a mí me parece siempre lo mismo, repetido con levísimos matices que no se diferencian en nada del resto de trabajos. Escribir páginas de periódicos me termina por parecer igual que rellenar albaranes o hacer informes. Cambia el tema, pero el fondo de la cuestión es el mismo. Me diréis que no se parece en nada. Puede ser. Os invito a perseguir fichajes por los veranos y entonces me contáis...

Como sólo soy un teórico, también soy un fracasado. Soy un teórico pésimo, porque en este último año he tenido cuatro trabajos diferentes. Cuatro. No está mal para alguien cuyo sueño consiste en no hacer nada: ahí queda resumido el imbécil que soy. Cuatro trabajos, que detallo: el diario en el AS, o sea el diario AS; la colaboración semanal con MediaPunta, que tantas alegrías me da, y esto lo digo en serio; los viajes ocasionales con el doctor Reyes para el libro de fotografía de fútbol que estamos haciendo y que nos ocupa algunos tiempos muertos; y, para culminar, un proyecto de Comunicación de una empresa patrocinadora de la Eurocopa que me cayó cierta mañana de febrero, sin saber bien de dónde, y en la que me han aclamado triunfador en la misma medida en la que yo me consideraba un farsante redomado que no sabía ni lo que estaba haciendo. Sumadle el alimento de Somniloquios, que tanto ha decaído últimamente, y tendréis la foto completa.

La condición de farsante me persigue en los últimos tiempos. Cada día crece la culpabilidad del farsante, contradictoria porque yo creo que el farsante, si algo no conoce, es precisamente la culpa. El engaño deliberado no conoce remordimientos. Además, el farsante se las lleva crudas, digámoslo: todos conocemos alguno. Yo he conocido muchos que no dejan de subir escalones. Yo aún no he subido ninguno. Mario Ornat, periodista de AS, esa es mi presentación más común. No sé por qué, a mí me suena rarísimo. Ignoro el motivo. Soy redactor, como el primer día que llegué al Stadio Sport en septiembre de 1990. Redactor, escribiente, reportero, periodista de calle, la verdad y la mentira de la profesión. Espero que cuando se me lleve la guadaña, nadie me haga un obituario en el que se diga que fui "periodista de raza". Que me cago en el catafalco, lo advierto. Sólo quiero que suene mucha música, ya lo sabéis: In My Life, de los Beatles, la primera. There’s a Light that Never Goes Out, de los Smiths, otra; y Love Will Tear Us Apart, de Joy Division. Esa que no falte. Como cualquier día.

Todo este monólogo quería ser una imposible justificación. El farsante hombre somniloquio, en el colmo de la desfachatez, ha sido invitado a presentar esta tarde La desesperación del té. (27 veces Pepín Bello), el libro de conversaciones con el Bartleby de la Generación del 27 que José Antonio Martín Otín, a la sazón Petón, acaba de publicar. Al acto me lleva, mérito indudable, la generosa amistad de los otros dos actores del acto: Luis Alegre y, desde luego, el autor. Los tres conversaremos acerca del libro y de sus protagonistas. Le doy las gracias por su amabilidad en la invitación a Eva, anfitriona del lugar, antes de que repare en el fraude. Espero no traicionar su contento por contar conmigo, expreso en la llamada del pasado viernes. Haré lo que pueda. Aunque admiro a Buñuel (sobre todo al mexicano y algo del francés) yo no conocí jamás a Pepín Bello y nunca he sido lector de los poetas del 27, tema que me caía mal en las clases de Literatura en las que tan convincentes notas sacaba, me parece. Los del 27, la Literatura Latinoamericana (a la que luego me he entregado, mirá vos) y el Descubrimiento en Historia siempre se me cruzaron. No tanto como las derivadas, las integrales, el logaritmo y la tabla de los elementos, no, pero vamos... Pereza total. Y ahí estoy yo. Presentando un libro sobre los recuerdos de los héroes del 27 en animada conversación. Si eso no es un farsante, ya me diréis...

 Pd.: Será a las 20:30, esta tarde, en la recogida y felicísima librería Los Portadores de Sueños (calle Blancas, 4... ahí al ladito del Bar Circo, donde hacen la mejor tortilla de patata y ensaladilla rusa que ha conocido esta ciudad, he dicho). Estáis invitados. Os ruego consideración con el autor y el acto. La paliza por farsante me la podéis dar luego en alguno de los callejones entre el Coso y la calle San Miguel. Prometo no llevar gafas para que no os sintáis mal.

01/07/2008 11:38 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 10 comentarios.

18/06/2008

La Expo: ¿Qué es? ¿Y dónde está?

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El mismo sábado de la inauguración me fui a la Expo por la noche a darme el clásico paseo zaragozano. En el tema del paseo yo soy zaragozano decimonónico o así. Es decir: que paseo por la calle Alfonso y por el Paseo Independencia, hasta la Plaza Aragón y vuelta por la acera contraria. Si voy más allá de la Plaza Paraíso, ya siento que me estoy saliendo de Zaragoza y eso ya no es paseo sino caminata. Faltarían una cervecita con limón en Los Espumosos o bien el añorado chocolate con churros del Ceres, pero aquellos días se fueron y en cien años todos calvos, qué le vamos a hacer. Yo aún conservo buena mata de pelo, brillante y saludable con la nueva fórmula de Garnier Fructis, pero ay... menudean aquéllos que a mi edad y aun antes ya no pueden pasarse el cepillo sin rascarse el cartón.

Así que me fui a la Expo a pasearme. A tomar algo un rato, sentarme mirando los edificios de la nueva ciudad, mirar el río. Fui en el fondo a ver qué era eso, dado que nadie me lo ha sabido explicar o bien yo no he atendido lo suficiente. ¿Qué es la Expo?, me he preguntado todos estos meses. Sigo sin tener ni idea porque la Expo por la noche es una explanada de edificios más o menos armónicos y cerrados a partir de las diez. Fuera, un algo inhóspito, poco acogedor, con vasos que la gente lleva de un lado a otro sin saber dónde dejarlos, escaramuzas en los restaurantes, camareros fastidiados, cajas que cierran con 25 personas en la cola. ¿Suena negativo? Bueno, ya compensaremos. A la Expo hay que ir a ver, aún no sé bien qué porque hay que ir de día, pero a ver. No a comer ni a beber, porque para eso no da la cosa del fast-food. Y otra cosa: ¿Dónde coño está la Expo? ¿Es eso aún Zaragoza, propiamente dicha? A la espalda de la Torre del Agua, hermosísima, nos asomamos al espacio abierto, el Parque Metropolitano: y no hubo forma de orientarnos. Yo si no veo el Pilar o la torre de Pikolin, me mareo. Pero volvamos atrás...

Buscando respuestas a mi curiosidad, y en pos de una borrachera firme, la velada de la inauguración vimos los fuegos artificiales desde la gloriosa terraza de casa Peredita, a un par de cuadras de la estratosfera. El lugar viene a ser una especie de ventoso castillo al norte de la urbe, desde el que mi afamado amigo podría gobernar la ciudad a poco que se lo propusiera. Allá arriba más o menos tiene controlados a todos sus habitantes. Lo que pasa es que mi amigo anda poseído por ese relativismo del buen vino y la diversidad de las músicas, tan conveniente, y no se va a andar ocupando de menudencias como esa. Digamos que delega. Pero el que manda en la ciudad es él, lo sabe cualquiera.

Desde Le Chateau Per no sólo vimos los fuegos de la Expo sino que además vimos los fuegos de Alagón, que le hicieron baturra competencia a los otros. Disparaban sus salvas multicolores Béloc y la pianista en el meandro... y allá, en la diagonal contraria del horizonte, se levantaba de pronto una orgullosa seta policromada desde Alagón. Naturalmente, nos pusimos del lado de Alagón de inmediato. Allá estaban de fiestas y mucho que les importaba a ellos la inauguración de los cacharros esos del río. Luego, cuando faltaba hielo para las copas, atravesamos la profunda noche del Actur Norte y acabamos en un barecito chino donde dos subalternos barrían el piso en oriental silencio, el jefe vigilaba y en la televisión una señorita se dejaba hacer la caidita de Roma por un fornido muchacho, con zoom del operador de cámara sobre las húmedas cavernas donde se abisman los muslos, y ordenados gemidos y ronroneos que los chinos vigilaban con ese reojo chino tan bien concebido por la naturaleza. Cada tanto, contenían el escobón y apoyaban los ojos en la pantalla, como si fueran a decir: "Cómo le está gustando a esa pajara". Pajara, no pájara. Pero el mandarín no tiene esas flexiones gloriosas, mala suerte, y los chinos masticaban los gemidos sin decir palabra. Hielo sí tenían, anunció el jefe. Y era el clásico tormo aragonés. Uno de los que barría me miró con fijeza: tuve ganas de salir corriendo.

El clásico tormo aragonés es un rotundo paralelogramo de hielo macizo que enfría las copas a todo meter, no esa tomadura de pelo en forma de estrellitas o cuartos de luna del Ikea. La modernidad sueca es capaz de vender hielo que no enfría. Pensaba en el tormo aragonés cuando vi el ensayo del grandilocuente espectáculo del iceberg de brillante cartón blanco, que se parece a un iceberg lo mismo que yo a un ala-pivot de la Universidad de UCLA. La prosopopeya del espectáculo, o del ensayo que vi, me sonó a angustia post existencial digna de Metrópolis, aquel programa sobre la conceptualización del arte o el arte de la conceptualización que ponían a cualquier hora de la noche. Dicho rapidito: un coñazo con ínfulas. Algo similar le ocurre al Pabellón Puente, construcción vanidosa con un interior que sólo adquirirá sentido si una banda de émulos de Alex y los macarras de La Naranja Mecánica instalan allí un bar y se dedican a beber moloko y apalear viandantes. Es lo que parece, un lugar post moderno de inspiración espacial. Blanco y curvado. Dan ganas de salirse de él a toda prisa. Hay más interés en las aguas oscuras del Ebro, tan rápidas y dinámicas y vivas. Las aguas del Ebro son lo mejor de la Expo junto al elegantísimo puente del Tercer Milenio. De lejos. Y las vistas del Pilar en la distancia, con su vibrante iluminación, atropellados sus perfiles por la violenta perspectiva de la Pasarela del Voluntariado. Y los cocodrilos del Acuario Fluvial, insisten los niños cuando los entrevistan en las televisiones. Los cocodrilos son lo mejor. Ay, los cocodrilos del aquarius...

 Yo ya dejé dicho que los cocodrilos habrían de ser clave en la Expo. Cualquiera lo sabe. Pero déjenme quejarme: los animales en piscinas vidriera ya no se llevan. Son como los zoos, lugares un poco depravados por antinaturales. Oceanográficos y acuarios hay ya por todas partes, no nos engañemos. Novedad cero. Y un aquarius sin tiburones ni caballito de mar, no sé. Me deja frío. Le haré una revisión un día de éstos que me vaya en bicicleta hasta allá. Yo creo que ahora se lleva la naturaleza en estado salvaje y extremo: observar a las ballenas en una barcaza sobre la bahía, alimentar a los tiburones a pecho descubierto en las Bahamas, recorrer los hielos norteños en busca del oso polar, ver a los cocodrilos saltar del agua en los ríos del Territorio Norte australiano, sacando el cuerpo entero en vertical... Unas nutrias al otro lado del cristal no pueden emocionarnos por más urbanitas que seamos. El National Geographic llega a todas las casas  y sabemos más del Suricato que de la gallina ponedora o la vaca lechera. Insisto en que hemos perdido una gran oportunidad. Con mi propuesta de Expo salvaje en campo abierto hubiera habido bajas humanas, sí, puede ser, y peligro de estampida de rumiantes enloquecidos María Zambrano arriba o en los abigarrados exteriores de la tele autonómica. También lo admito; pero la Naturaleza es así, oyes, de algo hay que morir, y en el mundo salvaje si te mueres es para equilibrar el sistema. ¿No querían sostenibilidad? Además, de algún concejal nos hubiéramos librado por la vía del caimán, como ya expliqué el otro día: yo votaba por el de Movilidad, a ver si el susto lo ablandaba y permitía algún giro a la izquierda en esta ciudad. Pero no.

Si me hubieran hecho caso estaría la Expo ribereña a reventar. Se han empeñado en una Expo arquitectónica, todo concepto y líneas en fuga, y los visitantes no alcanzan la media por ahora. Hoy decía un mandamás que la escasa ocupación de los aparcamientos no les importaba, porque los habían construido con precios disuasorios (sic), a 12 euros por día tarifa plana, para que no fuera nadie en coche a la Expo. Es decir, que nos hemos gastado en dos aparcamientos para que nadie aparque. Aparcamientos para no aparcar es como iceberg de cartón piedra. Digo yo: ¿No habría sido más fácil, directamente, no hacer aparcamientos? Pregunto, eh, pregunto...

En fin... que seguiremos informando.

[Foto: el pabellón puente de Zaha Hadid: cuando se acabe la Expo será como el paso a nivel de las Delicias, a ver quién tiene huevos de atravesarlo de noche].

18/06/2008 05:45 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 3 comentarios.

03/06/2008

El Ebro, con dos cojones


Para quien lo pudiera dudar, el Ebro ha dejado claro y sin posible refutación que es un río aragonés. Los hidrólogos (o hidrógrafos o hidrófilos ... como quiera que se llamen) lo definen como un río temperamental. O sea, un río con dos cojones. Que lo mismo se vacía y enseña las tripas como se lleva por delante las riberas y lo que se le ponga en los mismísimos. Es el caso que nos ocupa: ¿Qué río podría pegar una crecida como la actual y ponerle los ous por corbata a la Expo a semana y media de la inauguración? Un río aragonés, ninguno más. Que la Expo del agua esté amenazada de inundación me parece un rasgo muy propio de esta tierra, donde todos somos nobles tocahuevos. Incluido el río. Dado que hemos firmado un pacto no escrito para no decir ni mu contra la muestra, si es que hubiera algo que decir, al Ebro se le han terminado de hinchar las riberas, harto de que le toquen los meandros, y ha actuado por sí solo. ¿Barquitos por el Ebro? Sí, hombre, sí... A ver si tienen pelotas de levantar el azud de Vadorrey.

A resultas del fenómeno hidrológico del siglo -salvada la célebre riada de Nochevieja del año 1962, cuando el Ebro subió siete metros por lo menos y arrasó lo que hoy es el ACTUR (que por cierto, ya le llegará su hora, avisa José Ramón Marcuello en Agua Va, el espacio matinal de Radio Ebro), en la ciudad del viento se ha revelado un fenómeno notorio. Igual que ahora todo el mundo entiende de combustibles, neumáticos de lluvia, alerones y trócolas con el fenómeno Fernando Alonso, hoy por hoy todo zaragozano que se precie, incluidos los nuevos aragoneses de Timisoara, todos nos sabemos ya al dedillo cuántos metros cúbicos por segundo descarga el Ebro a su paso por el Pilar en estos días; y que con más de 400 no hay quien levante el azud; y que si en Castejón se anuncian 2.000 o más, los tendremos aquí mañana, con lo que eso supone. Y las palabras estiaje y tal están a la orden del día, en los colmados y puestos de detallistas del Mercado Central, que por cierto doy fe de que sigue oliendo como siempre por más reformas que le hagan. Lo remodelaría Calatrava, tan arqueado y tan nítido y tan limpio de líneas, y a los cinco minutos no se podría pasar por los alrededores. Una joya de la arquitectura funcional novecentista, el Mercado Central. Y del hedor secular...

En fin, que yo estoy emocionado con el Ebro, sinceramente. Qué pitera, Dios. A la Expo no le tengo un gran cariño; tampoco estoy en contra, a ver si nos entendemos. Digamos que no he desarrollado una opinión al respecto. Escéptico entusiasmo, le diría yo. Eso sí, para dejar anotada mi disfuncionalidad razonadora, me he acreditado como periodista, porque la Expo es un acontecimiento deportivo de primer orden en nuestra ciudad. Si no lo veis, ahora os lo explico: aceptado que yo jamás voy a ir a como periodista a una Eurocopa, un Mundial de fútbol, uno de atletismo ni desde luego unos Juegos Olímpicos (salvo que haga Somniloquios de pago y me lo patrocine usted, amable lector), aceptado que mi destino consiste en cíclicas desapariciones de clubes de baloncesto y descensos del Real Zaragoza con frecuencia sin precedentes históricos (uno acaba por sentirse culpable) he resuelto acreditarme para la Expo del agua como Bob Dylan. Porque en la Expo triunfamos seguro, digo yo. Y porque si están Bob, Celine Dion y una noria siria, tengo que estar yo, no cabe discusión. Yo no sé cuánto sabe Roque Gistau acerca del Ebro, pero yo me he hecho persona, o lo que sea, a orillas del Ebro, en el glorioso Centro Natación Helios, donde sigo refugiándome. El otro día fui a revisar las obras y afecciones derivadas de la magna muestra que nos aguarda. Cierto que la Expo se nos ha llevado un buen cacho del Centro, para construir esas riberitas asfaltadas con farolas verdes más feas que feas, pero lo aceptamos. El chatarrero sigue en su sitio: merecería aparecer en las postales que venden en El Mañico y tiendas similares, en lugar de aquel baturro que caminaba con su borrico por la vía del tren y le decía al ferrocarril aquello de "Chufla, chufla... que como no te apartes tú". Yo, en todo caso, estoy preocupado por la familia de patos que habitaban en los cañaverales crecidos a los pies de la piscina de las gradas. Quiero pensar que los habrán recolocado en algún juncal VPO de Valdespartera, un poco más arriba de las exclusas del Canal o algo.

Yo me imaginaba la Expo como algo mucho más salvaje y directo. Nada de pabellones. La Expo en el río: flamencos rosas de Miami donde el Náutico, hipopótamos en los alrededores del puente de Santiago, alimañas felinas y gacelas Thompson habitando las riberas y los campos de la huerta, que bajaran a abrevar al río mezclados con los bañistas; icebergs reales traídos desde las riberas del Lago Argentino en la Patagonia, para hacerlos descender en pleno agosto desde Boquiñeni hasta más allá del puente de las Fuentes, a ver cuánto duraba ese témpano en la Zaragoza estival; una familia de ornitorrincos, esos animales de otro mundo, esquiva miscelánea de pájaro, pato, mamífero y pez que habita los arroyos australianos y hace las delicias de los biólogos; y por supuesto, un buen grupito de cocodrilos de agua marina apostados aquí y allá, con una manada de ñúes del Masai Mara cruzando cada tarde de un lado a otro del Ebro, para que los niños de todas las nacionalidades y culturas puedan observar el hábil comportamiento de la Naturaleza extrema en vivo y en directo. Si los ñúes se avivasen al tercer o cuarto día de Expo y negáranse al cruce, entonces se activaría un plan de alimentación alternativo, sin perder la clave de espectáculo que debe presidir la muestra: se destinaría, por turnos rigurosamente sorteados, a los concejales de Chunta, Izquierda Unida y el PAR en el Ayuntamiento de la ciudad a alimentar con mano firme a los voraces lagartos con gallináceos y otras aves volátiles menores, para solaz del pueblo. Si una desgracia ocurriera, la ley electoral lo tiene todo previsto, tranquilos: los concejales supervivientes podrían reunirse para formar doliente grupo mixto. La ciudad ganaría mucho... Con lo del espectáculo animal, digo, no seáis mal pensados.

En fin, pero nadie me ha consultado, así que la Expo va de pabellones, funiculares e icebergs de cartón piedra a los que ahora le han puesto sacos terreros los buceadores de Bomberos, que vaya días les están dando, para que no se los lleve la corriente. O sea que sólo me queda la salida de la acreditación. Y así lo he hecho, porque tengo ya la Expo por el único acontecimiento deportivo internacional que me queda para salpimentar un tanto mi vida profesional. No fui a los Jocs Olimpics ni cuando los hicieron aquí en el país de al lado, donde la tubería del trasvase. Organizaría el conde Belloch -el cochero de Drácula- unos Juegos Olímpicos en Valdespartera y yo no iría, estad seguros.

Así que ya he enviado una fotito, mi carnet de identidad escaneado por los dos lados y el número de filiación de la Seguridad Social (que tuve que consultar qué narices era porque yo sobre la realidad legal entiendo más bien poco) y pienso presentarme este verano en el meandro cada vez que no tenga nada que hacer. Lo que suele ser frecuente. Sabéis que Belloch (pronúnciese Bé-loc, con acento prosódico, que no tilde, en la primera sílaba... Nota para los hijos de la LOGSE: sílaba es cada una de las divisiones fonológicas en que se divide una palabra. O sea, la B y la E, chavales)... Decía, sabéis que Béloc ha nombrado a Domingo Buesa cronista oficial de la Expo, y Buesa le ha prometido que será objetivo en sus consideraciones. El juramento no tiene mayor relevancia. Lo que debería haber prometido es que no será aburrido. Me imagino ese porte ágil y dinámico de Buesa contando el concierto de Celine Dion y tenemos una definición del aburrimiento digna de entrada enciclopédica... ¿A quién coño se le ocurriría sacar a Celine Dion de su dorado retiro en el Caesar’s Palace de Las Vegas, donde estaba felizmente recluida en espectáculo nocturno después de que todos sobreviviéramos al hundimiento del Titanic? Sólo una Expo aragonesa podría haber hecho algo así. Esperemos que se la lleve una avenida en la noche programada. Y el que la eligió, a alimentar a los feroces caimanes del Mara, por lo menos.

De modo que para compensar, puede que Somniloquios aporte una crónica ni mucho menos diaria del acontecimiento deportivo que se nos viene. No es seguro, eh. El hombre somniloquio es temperamental y arbitrario, como el Ebro. Yo al generoso Béloc no le prometo objetividad. Cuanto menos objetivo, más divertido.

03/06/2008 12:11 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 3 comentarios.

23/05/2008

Apagón litúrgico

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Han quitado del Pilar los cirios que prendíamos con otros cirios, para hacerle una ofrenda a la Virgen. Pocas noticias me han producido una nostalgia tan precisa como ésta, con la que yo sinceramente hubiera abierto los diarios de la ciudad de arriba abajo. Con los cirios del Pilar me une cierta relación sentimental que no tengo, por ejemplo, con las obras de arte sacro por las que guerrean los medios de comunicación de aquí contra los medios de comunicación de allá. De cuando en cuando iba uno ahí a encender un cirio y ratificar que nuestro escepticismo está matizado por una fe sin quiebra en la Virgen del Pilar. En Dios no sé si creemos, pero en la Virgen del Pilar sí, oiga usted. Los zaragozanos estamos por encima de la incoherencia teológica. Y los cirios... Los cirios ya no están. Ahora sólo hay que apretar un botón y se ilumina con apático entusiasmo eléctrico una velita, alineada con otras decenas de velas chicas en un mueble que recuerda a un enorme escritorio de abadía medieval. Han quitado los cirios por si afectasen a las obras de arte de la basílica, que parece que las hubieran puesto ayer. El pueblo reniega que lo que quieren es echarse unos duros al cepillo. Espero que no quieran hacerse los modernos, que sería la peor de todas las posibilidades.

Ha remitido la magia de la liturgia, que forma parte también de los patrimonios sentimentales, esa cosa tan arbitraria. Ya no importan demasiado, pero vuelve la misa en latín y de espaldas. La ciudad se desboca hacia una contemporaneidad muy discutible. Están quitando también los azulejos con los nombres de las calles en las esquinas sombrías, donde uno podía enterarse de que la calle del Temple homenajea el convento templario que acogiera el lugar, o que Jorge Coci fue un impresor alemán llegado a Zaragoza en el siglo XV, o que Sanclemente se llamaba Felipe, pongamos por caso. Cambiar esa información por los números de la manzana delimitada por los nuevos rulos azulados parece una pérdida indiscutible. Han inaugurado una exposición de obras maestras del arte moderno, con lo que a mí me gusta el arte moderno, pero yo quería ver a Goya. Me he convencido casi definitivamente de algo que ya sospechaba: que Goya es pintor de Madrid y que Madrid lo sabe y lo dice. ¿Y los Sitios? Apenas un recuerdo parcial de dos siglos, incómodo para los fastos internacionales del verano, supongo. Asunto de cuatro exhibicionistas con casaca y fusiles de ánima lisa, que teatralizan visitas a los lugares cruentos de la guerra.

Así está la ciudad: sin cirios, sin Sitios y desde hace unos días también sin las gaviotas de Mariano Gistaín, al que le diré cuatro cosas otro día. Cualquier tarde nos cuentan que la Campana de los Perdidos de San Miguel de los Navarros no volverá a tocar por contaminación acústica, y entonces ya se habrá acabado todo. Los hombres nos perderemos de vuelta a casa en la niebla, porque aquí todos somos hijos de la niebla, el viento y el polvo, igual que los personajes innombrados de aquel relatito de Boris Vian, El amor es ciego; nos perderemos por las brumas como se extravíaban los menesterosos que salían a recaudar haces de leña en los bosques feraces de más allá del Huerva, para luego venderlos en la entrada de la ciudad. Si regresaban tarde o los sorprendía la boira, perecían de frío, enredados los cuerpos para darse calor en los cañaverales, incapaces de encontrar el camino de vuelta. Con tal fin comenzó a tañer la Campana de los Perdidos y un faro terrestre en la torre de la iglesia largaba un haz de luz y de auxilio, pero duró cuatro días porque lo revoleó el viento. Cuando todo eso ocurra, la ciudad será ultramoderna y del pasado sólo nos quedarán el cierzo, el roscón y el cementerio, donde cada vez hay menos osamentas y más cenizas. Cualquier día se nos lleva por delante a todos la puta modernidad.

23/05/2008 11:21 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 9 comentarios.

19/05/2008

Primavera en el infierno

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Me extraña cómo pueden parecerse tanto los días a los recuerdos de otros días. El 6 de mayo de 2002 llovía con gris lentitud como hoy, 19 de mayo de 2008. Nos protegimos del agua bajo el tejadillo de lata del aparcamiento de la Ciudad Deportiva, y ahí escuchamos las últimas declaraciones de Savo Milosevic como zaragocista. La noche anterior el equipo había descendido a Segunda División en Villarreal, Láinez se pegó o bien le pegó a un aficionado que lo había agredido saltando al campo, Acuña derribó a otro tras una persecución tabernaria, de un zarpazo, como hacen los felinos en la sabana con las gacelas Thompson. Finalmente Milosevic, en medio de la furia desatada y el caos, retrató de un manotazo a Oliver Duch, fotógrafo y amigo del Heraldo, cuando éste lo intentó retratar a su salida del campo.

Aquella fue una mañana muy triste y la lluvia se me quedó grabada en la memoria como una postal metafórica. Esa noche, en Villarreal, escribí con una rabia avergonzada, agresiva y revanchista. El domingo por la noche, cuando relaté este nuevo descenso del Zaragoza, me di cuenta de que me estoy haciendo un periodista mayor o algo veterano, o bien resabido, o bien un poco más sabio, o tal vez desencantado, puede ser que sereno, o puede que sólo escribiera protegido del efecto terrible de lo que estaba contando por otros problemas más acuciantes; o bien, como creo yo, simplemente porque tenía asimilado el descenso hace semanas, muchas semanas. Creo que la primera vez que dije "nos vamos a Segunda" lo dije con absoluta convicción, sabiendo que no se trataba de la lástima reactiva a una goleada o a otro partido lamentable del Zaragoza; era una conciencia absoluta, indudable, de cuál iba a ser el desenlace. Eso ocurrió en la jornada 25, con trece aún por jugarse, en el descanso del partido Sevilla-Zaragoza. Lo puse en un sms que envié a una amiga que me preguntaba qué le pasaba al equipo. Unos días después me encontré por la calle con Charlie Cuartero y él me preguntó qué pensaba que iba a ocurrir. Le repetí mi triste convicción (esos días estaba verdaderamente triste, por esto y por más), y él me vaciló: "Entonces, cuando nos salvemos te la envainarás y escribirás que no confiabas en este equipo". Desde luego, le dije. Esa misma semana me había disculpado por un artículo bastante desagradable contra los futbolistas y le dije que un periodista que se disculpa en público está dispuesto a envainársela y a lo que haga falta. Por desgracia, no tendré la oportunidad de hacerlo.

Cuando tenga un rato dejaré la crónica de hoy en AS, que más que una crónica del partido viene a ser un juicio con el que cada cual estará más o menos de acuerdo. No puede ser de otra manera. Probablemente esta noche. Siento todo esto por la afición, y esto no es demagogia populista. En Villarreal recuerdo haber llorado cuando vi llegar a la gente del Zaragoza al estadio, cantando, sosteniendo las últimas esperanzas de un equipo que se iba, que se fue. Siempre he tenido en cuenta que los periodistas, en cuanto al Real Zaragoza, estamos por obligación uno o dos escalones por debajo de sus socios y aficionados. Lo nuestro (con sentimientos por el medio, porque muchos sentimos al equipo como el que más) tiene un inevitable lado profesional; el fútbol es y siempre será de la gente que lo mira, lo quiere, lo siente y lo paga. Sobre todo, la que lo paga. Parece una anécdota pero se trata de una diferencia esencial, definitiva. Al menos, para mí lo es.

Por eso, hoy que leo los diarios, me pregunto si muchos de los analistas que han florecido en esta lluvia primaveral, con los puños cargados de verdades, soportarían que alguien escribiera una, dos, tres o cuatro páginas analizando los resultados económicos y editoriales de cada medio; las crónicas, la gramática, la sintaxis de sus frases, la valía profesional de sus periodistas y por supuesto sus sueldos, sobre todo sus sueldos. Me pregunto qué se podría decir de la pérdida masiva de lectores, de los resultados en las oleadas del Estudio General de Medios, de la marcha en fila de profesionales punteros en sus áreas, de los modelos redaccionales, de las noticias que se dan y no se dan, o de los resultados publicitarios y de ventas. Sería interesante. Sobre todo puede que fuera divertido. Más que nada, sería justo. Sería justo que alguna vez nos diéramos cuenta de que nuestra posición no nos otorga la plenipotencia de un deus ex machina para construir patíbulos, que en muchos casos deberían incluirnos. Habría que pensarlo. Resulta bastante higiénico hacerlo, al menos para compensar esa costumbre tan entretenida de pedir que dimitan todos los demás, especialmente los que nos caen mal o nos miran con recelo o no se fían de nosotros.

El cinismo no hace periodistas. Naturalmente, yo soy un loco y seguramente también un cínico ocasional Yo mismo voy a tener que escribir alguno de esos análisis y ya lo he hecho alguna vez. Pero lo que de verdad me gustaría es escribir los otros, lo juro. Los de los periodistas y nuestros periódicos, radios y televisiones. Eso sí que me daría placer profesional y sobre todo personal. Con el punto final, por descontado, iría a pedir el finiquito. Afortunadamente no pertenezco a ninguna asociación, para así poder hacer lo que me dé la gana sin que nadie me expulse del cuerpo corporativo corporizado. Con la cifra que me metiera al bolsillo, me compraría un billete a la Antártida y desde allí os contaría semana por semana el flujo de las mareas, el catálogo de estrellas del hemisferio contrario y la frecuencia de las banquisas de hielo en los canales del fin del mundo. Y recordaría que mi vida profesional me proporcionó en 1995 una oportunidad impagable: quedarme en el paro de mi trabajo de periodista y poder ver a mi equipo ganar la Recopa como lo hace un zaragocista de verdad, pagando un pasaje en clase turista, la entrada más cara del Parque de los Príncipes y zorro como un canasto después de haberme pasado el día cantándole al vino y al Zaragoza por las calles de París.

19/05/2008 16:11 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 15 comentarios.

16/05/2008

La redención de Bartleby

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Yo nunca fui espectador de teatro, siempre lo fui antes y después del cine. Creo que una cierta modestia, un prejuicio interior contra mí mismo, me aleja de las artes máximas aun cuando les profeso una generosísima admiración. Digamos que observo la música, la pintura, el teatro e incluso la literatura y el cine, que me son tan familiares, en planos lejanos a mi alcance. No fui nunca espectador de teatro aunque haya una línea teatral que cruce de Norte a Sur a mi familia, que disfrutó de un palquito en el Principal, de una afición sencilla pero bien guardada, que perdura más o menos oculta. En cierta ocasión, yo hice de apóstol, sin nombre ni frase, en el montaje anual de Jesucristo Superstar en mi colegio. Mi gloria se redujo a los ensayos, donde podía asumir cualquier papel porque me sabía todas las canciones, todas. Algo parecido le había ocurrido a mi padre mucho antes. Una vez le arrebató el puesto a un apuntador que había salido a aliviarse al excusado en medio de un ensayo. El apuntador no podía esperar y el director, tampoco. Así que le pidió al sr. Ornat que sustituyese al otro y leyera para los actores; y el sr. Ornat cumplió la tarea con un sentido tan exacto del tiempo demaclatorio que, cuando regresó de sus abluciones, el apuntador titular resultó destinado de inmediato a otra empresa.

La noche del martes me fui al teatro a Huesca. Creo que antes sólo estuve una vez en el teatro, en Zaragoza, para ver La Importancia de Llamarse Ernesto, del diletante Oscar Wilde. De tan improbable alternativa para una noche de martes y 13 cruzada de lluvia tuvo la culpa, bendita, el tal Petón. Un amigo: como dijo Groucho, creo que se le podrá llamar así. Petón, otro diletante, me invitó al estreno mundial -subrayado- de 27 veces Hamlet, homenaje al finado Pepín Bello en lo que hubiera sido, en lo que fue de hecho, su 104º cumpleaños. La Gran Enciclopedia Aragonesa asegura que Buñuel habría montado ese Hamlet surrealista "con un grupo de amigos en el «Café Select» de Montparnasse", pero la verdad es que la GEA también me incluye a mí, el hombre somniloquio, en una entrada dedicada a la crítica cinematográfica, lo que condiciona de forma severa su credibilidad... y la mía.

En fin, que Petón conoció a Bello en los últimos años de vida del que fuera amigo, inspirador y fotógrafo ágrafo de la Generación del 27; de sus poetas y sobre todo de esa terna tan maravillosamente improbable formada por García Loca, Dalí y Buñuel. Ambos agotaron tardes o bien horas de conversación, hasta el fallecimiento del vitalista Pepín Bello en enero pasado. "El Bartleby -escritor sin obra- más longevo del mundo", tal y como lo definió Enrique Vila-Matas. Tras el deceso, el diario Milenio de México escribió un titular increíble, tan desparejo que revienta de hermosura. Decía: "Dormido encontró la muerte a Pepín Bello a los 103 años". Como ese epígrafe mexicano, Petón tiende hacia la Literatura. Pero, aún más que la escrita, lo suyo de verdad es la Literatura oral. Estamos ante un extraordinario generador de relatos de toda condición, extraordinarios cuanto más inciertos, inciertos cuanto más extraordinarios. Un verdadero arquitecto de la palabra en el aire, si me admite el ditirambo, que recoge sentidos de ida y vuelta, uno en serio y otro en broma. Gran contador, Petón propuso y dejó que Pepín Bello fuera el que contase recuerdos y consideraciones acerca de sus días en la Residencia de Estudiantes. Acaso ni siquiera lo propuso, sólo ocurrió. El resultado de aquellos intercambios tomará la forma de un libro de conversaciones con Pepín Bello, cuya publicación creo que es inminente. Pero también confluyó en el osado germen de una redención: la que había de ser la redención del Bartleby aragonés. Pepín Bello, el artista del 27 sin obra publicada, había escrito en realidad una absurda versión del Hamlet de Shakespeare, a cuatro manos (quién sabe si a cuatro patas) con su amigo Luis Buñuel. Cuando Petón le prometió que la montaría y estrenaría en Huesca, Pepín Bello se descojonó. El verbo es literal. Se descojonó: "¡Es irrepresentable!", le conminaba a Petón.

Petón la ha puesto en pie. Y la estrenó el martes en Huesca en la forma de dos cuerpos unidos por el hilo conductor de una promesa: un original, inteligente, bien trabajado homenaje escenográfico a Pepín Bello; más el 27 veces Hamlet, la astracanada "irrepresentable", la descojonación de dos aragoneses. Las promesas, incluso las hechas al prójimo, contienen un algo de vanidoso capricho interno, pero luego hay que defenderlas. Petón lo hizo, vaya que sí. A teatro lleno (hermosísimo el Olimpia de Huesca... reluciente con ese algo indefinible de los teatros), con un estupendo elenco de actores (el magnífico Jorge Usón, Toni Alcalde, "que es igual que Pepín cuando tenía 28 años", anota Petón, Ricardo Vicente y Arantxa Martín), dirigidos por Lola Baldrich. Baldrich adaptó algunos textos de las conversaciones de Petón con Pepín Bello, le sumó medidas y sugerentes efusiones líricas de los poetas del 27, una interpretación de generosa expresividad y la escenografía de Pepe Cerdá. Todo sobre el lecho de un moroso piano y al vapor de una flauta, lánguida y travesera como lánguida y travesera fuese la dama que la alentaba. Un marco estupendo. El compendio resultó en una emotiva pieza de una hora, que recrea la amistad, las vivencias, las pulsiones interiores de aquellos jóvenes genios convocados por el destino en la Residencia de Estudiantes.

Yo no soy espectador de teatro, pero perdura la emoción y la velada me hizo preguntarme si deberé revisar esa desconfianza mutua. Del Hamlet posterior no se puede decir nada. Hay que verlo. Ni siquiera Petón o Bello o Buñuel hubieran podido explicarlo: es un descojono. Literal. La redención de Bartleby, por Petón, merece mucho más que una noche de gloria. Fue 27 veces bello... con minúscula.

[Foto: Los poetas de la Generación del 27, reunidos en el Ateneo de Sevilla para homenajear a Góngora: la imagen la tomó Pepín Bello, de modo metafórico].

16/05/2008 03:35 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 1 comentario.

12/05/2008

Je t'aime

Alberto Fernández-Salido, el director de MediaPunta, me atribuye haber publicado la que podría ser la verdad más rotunda (confiemos en que no la única) de todo el año en la prensa deportiva. Sería esta frase: "Al fútbol le sobran explicaciones". Desde luego la sentencia no es mía, sino de Pablo Aimar. Mi mérito discutible consistiría en haberla aislado en la memoria cuando Pablo la pronunció en medio de una rueda de prensa, hace algunas semanas, oculta entre un buen número de interesantes consideraciones acerca de la situación del Zaragoza. Al agregarla en un artículo que escribí para la revista sobre los desastres de nuestro equipo (¿Por qué se deprimen los leones?), yo le estaba otorgando al Cai mi acuerdo absoluto. Claro que sería un acuerdo de converso sin posible redención, porque si al fútbol le sobran explicaciones puede que entonces también le sobren los relatos, con lo cual los periodistas quedamos en el centro mismo de la diana: seríamos prescindibles, por no decir abiertamente innecesarios. El fútbol, como defiende Alberto en su artículo, fue hecho para ser jugado y tal vez para ser visto. Podemos creer que también para ser contado... Pero desde luego en muchos momentos rechaza las explicaciones. Que dos periodistas hagan semejante declaración es como para rebajarlos de la profesión. O no.

Anoche, mientras veíamos el partido contra el Real Madrid (el partido más desconcertante que jamás vi en mi vida, he de confesarlo), nos acordamos por motivos obvios de esta historia: hace años el Valladolid jugó al final del campeonato un encuentro decisivo frente a un rival del que no guardo la identidad. Como a ambos les valía el empate para asegurar sus últimos objetivos, jugaron el partido al empate y lo empataron, de modo inevitable. Dicho en una sola palabra: los 90 minutos constituyeron una pantomima o una farsa. Al día siguiente el diario El Mundo, en su edición de Valladolid, respondió así: dejó vacío el espacio de la página dedicado al choque. Donde debían aparecer un titular y un subtítulo, sólo había dos cajas de texto en blanco. En las varias columnas en las que el lector aguardaba la crónica del choque, más vacío, más blanco. Sólo una foto y la ficha del encuentro daban noticia del juego. No es que nosotros pensáramos viendo al Zaragoza con el Madrid que lo que estaba ocurriendo merecía ese tratamiento, pero sí nos asaltaba la desasosegante impresión de que íbamos a incurrir en algunas falsedades a la hora de escribir. Lo que ocurría contaba con una tramoya oculta en la trasera. A ese partido le sobraban explicaciones. Quedó todo tan claro, pero tan dolorosa y quizás vergonzosamente claro, que no queda nada que decir.

Sinceramente, ya no sé qué pensar. Mi equipo de rugby murió el sábado en la orilla de un ascenso muy deseado, a la vuelta del partido más hermoso que yo haya jugado nunca. De esa tarde lluviosa del sábado, de ese monzón de rugby y hierba y carne y tacos metálicos y cuerpos empapados en sudor, en agua y en lágrimas, de esa tarde inolvidable me quedan golpes sin número, repartidos en orden asimétrico por la carne y el alma. Un labio abierto, un hombro derecho hecho papilla, una sirga dura de dolor que asciende por el lateral diestro del cuello, dos líneas rosadas de carne viva sobre la tibia derecha, unos ligamentos de la rodilla izquierda tensos como la cuerda de una guitarra, varios cardenales moteados de amarillo en la cara interna de los antebrazos, un dedo meñique inflamado, tumefacto y de aspecto nicotínico, otro dedo meñique que cruje en la torsión y una nostálgica tristeza porque se me está acabando el tiempo. Me queda el aplauso emocionado que me dieron mis jugadores después de que yo les escribiera unas palabras de sentido ánimo para esa hora decisiva. Muchas cosas se me van de las manos y tengo una plena conciencia de ello. Hasta el Zaragoza se va por el desagüe y yo me veo obligado a pensar y admitir que no es, ni de cerca, la más importante de las cosas que estoy perdiendo. Me he pasado la mañana escuchando Je t’aime... moi non plus, la erótica canción de Sèrge Gainsbourg y su amante Jane Birkin, hecha de susurros y gemidos, de palabras sugerentes, una escena de sexo de amor sin amor, pero con tremendo amor y un sexo tremendo de puro amor al sexo. Contra su intención libidinosa, en mí sólo despierta una nítida añoranza de no sé bien qué. Una extrañeza sin rostros, nombres ni fechas. Un titular vacío y un subtítulo en blanco y la crónica sin palabras.

A la vida, como al fútbol, le sobran explicaciones.

12/05/2008 16:00 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 10 comentarios.

18/04/2008

La bufanda

 

Muchachos... llegada esta hora, no queda mucho por hacer. Sólo imaginar o recordar, que a veces viene a ser lo mismo. Después, ir al campo y, qué sé yo, mirar lo que pase y concluir que estamos por encima de lo que ocurra. Siempre por encima. Yo no soy nada supersticioso, pero en en el maletero de mi coche llevo siempre un amuleto: una bufanda del Wisla-Zaragoza comprada en Cracovia, claro, en aquel día infausto. Dado el desastre, y con una lógica nada severa, pienso que un objeto de memoria tan nefasta va a protegerme frente a cualquier circunstancia: entre la bufandita y las dos cintas blanca/azul de la columna de la Virgen, mantengo mi carnet de puntos intacto y todo lo que he abollado el coche ha sido el rasponcito clásico en la columna del aparcamiento... Mi otro amuleto zaragocista, ya lo advierto, va a salir mañana del cajón e ir al estadio. Una bufanda comprada en la final de Copa del 94 contra el Celta, que desde entonces viene conmigo a la tribuna de prensa, o donde sea, en todos los partidos importantes. La guardo sin lavar desde que le derramé todo el vino que no me cayó gaznate abajo en el largo día de la Recopa en París. Hasta ahora siempre ha venido en días de finales y semifinales. De aquí a lo que queda de esta Liga, la voy a sacar a pasear. Hasta el 12 de abril de 2006 en el Bernabéu, esa bufanda estaba rotundamente imbatida. Una final siempre se puede perder, no lo vamos a negar. Yo sigo creyendo en ella.

Todo lo que se me ha ocurrido es este vídeo, rescatado en YouTube, del 6-1 al Real Madrid (gracias a los chicos de aupazaragoza.com, creo que les corresponde la autoría). La noche más grande de Diego Milito, que mañana nos va a faltar. Ya sé que no está bien, lo sé todo; lo veo cada día, todas las mañanas, lo veré dentro de un ratito: pero yo en Diego creo como se cree en Dios, a pesar de las guerras, los incendios, el hambre y la destrucción. Por encima de un atisbo de agnosticismo. Porque lo echaré de menos mañana y porque ya lo estoy extrañando en el futuro. Gran jugador, magnífica persona, excelente goleador. Un zaragocista comprometido. Por cierto: en ese vídeo el hombre somniloquio tiene la relativa gloria de aparecer celebrando (puño apretado, puño en lo alto, festejo grande... diría Víctor Hugo) el sexto gol, el de Ewerthon: sobre el minuto 2:43, toma desde la espalda de la tribuna, en el centro preciso de la imagen y en pleno éxtasis. Qué felices éramos cuando éramos felices.

No sé. Esto es todo lo que nos queda. Lennon versionado y la esperanza. Papá, esta noche hay partido... 

18/04/2008 10:56 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 4 comentarios.

16/04/2008

Bibiana tenía un blog

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Bibiana Aído tenía un blog y ahora tiene un ministerio. Temporalmente hablando, ambos hechos son casi consecutivos. Creó el blog en febrero, durante la campaña electoral de las últimas elecciones, y dos meses y medio más tarde Zapatero ha creado un ministerio que la tiene por señora ministra, que no es poco. Lo he estado ojeando y he terminado enseguida. El blog, no el ministerio, sobre el cual no tengo opinión. En cuanto a blog, como ocurre con una gran mayoría de los blogs que pueblan el infinito alephico de Internet, resulta obvio y prescindible. Somniloquios también lo es, no vaya a pensar nadie que aquí hablamos desde la vanidad. Sólo yo considero imprescindible Somniloquios, mi terapia cognitiva de andar por casa. Supongo que para Bibiana también su Amanece en Cádiz (título almibarado para un blog sobre política o propaganda personal, salvo que ensaye una metáfora ideológica...) será imprescindible. Ahora que tiene que regular la igualdad nacional, veremos cuánto. Nada es imprescindible. Decir que algo o alguien lo somos supone una generosa exageración.

Yo acababa de crear Somniloquios de modo furtivo cuando una noche, durante una cena con amigos, el Licenciado observó: "Ahora todo el mundo tiene un blog... y nada que decir en él". La severidad de la afirmación me corrió por la espina dorsal un momento, pero con un hilo de voz me atreví a replicar: "Yo acabo de crear uno". A lo que el Licenciado, sonriente, contestó: "Pero aportarás algo...". Ahí estaba la presión de un lector de calidad, sí señor. Seguí adelante y no sé si aporto nada, pero me entretengo. Bibiana Aído apenas reunía uno o dos comentarios en algunas de las hieráticas entradas de su Amanece en Cádiz. El día que la hicieron Ministra de Igualdad (que no en igualdad) coleccionó 140 apostillas a su refrito de un artículo de El País acerca de, claro, la igualdad. Algo sobre el uniforme de las mujeres, muy mal traído y muy mal llevado. O sea, mal escrito y razonado sobre un lecho de lugares comunes del feminismo, filosofía necesaria pero con un argumentario poco evolutivo, digamos. La ministra no era la autora, pero le había encantado. Lo que la hace cómplice en mi forma de ver las cosas. Naturalmente, de los 140 comentarios calculo que unos 130 eran meras enhorabuenas por el nombramiento. Comentarios sobre el tema en sí había pocos. Yo nunca he logrado 140 comentarios, aunque tengo por ahí en los archivos un post casi tan hierático como los de Bibi y va ya camino de los cien. Es el récord somniloquios, con gran ventaja sobre el segundo clasificado. Desde luego, esos comentarios se han reunido en mucho más tiempo que los coleccionados por la ministra, que en pocas horas tuvo 35.000 visitas en su página. Otra diferencia estriba en el tono de los participantes: si en Amanece en Cádiz menudean los parabienes, el "felicidades, compañera" y esas cosas, en el mío vuelan los cuchillos dialécticos suramericanos, centroamericanos y latinoamericanos, todo a cuenta de una humilde referencia mía a la película Million Dollar Baby. Encendió la mecha un muchacho que me insultaba por desconocer el gaélico y la traducción o la grafía exactas de una frase nombrada en aquella cinta de Clint Eastwood. Y desde entonces parece un concurso a ver quién la dice más gorda.

Antes los dos teníamos un blog. Bibiana y yo, digo. Ella además tenía un cargo en no sé qué de desarrollo del flamenco, pero con todo el respeto yo no puedo tener en cuenta un cargo así. En términos de envidia, me refiero. Ella tenía un cargo de desarrollo del flamenco y yo soy capitán de mi equipo de rugby: para mí constituyen hechos equivalentes. Cualquiera daría algo por poder arengar a los muchachos en el vestuario cada sábado como yo lo hago; y someterlos a la liturgia de la ducha antes de cada partido, todos agarrados y saltando juntos y gritando y embruteciéndonos antes de salir al campo. Ahora ella tiene un ministerio y un blog y yo sólo un blog y la capitanía del Seminario. Ahí la comparación ya se cae. Eso sí, con orgullo desconfiado puedo decir que, antes del nombramiento, yo le ganaba en comentarios a Bibiana pero de lejos. Mérito de ustedes, no mío, pero da un cierto gusto, no te creas. ¿Es envidia?, preguntaréis. Sí. Lo que no sé es qué envidio: yo no sabría qué hacer con un ministerio. Tal vez lo que envidio es no conseguir que Bibiana me envidie a mí. Que diga: "Joder, yo no sabría qué hacer con un blog". Pero sí sabía, vaya que si sabía. Por cierto: ¿Se puede decir joder en un Ministerio de Igualdad? Porque joder implica, en el fondo, una dominación del masculino sobre el femenino, una violación de los deseos, una perversión del lenguaje como tantas otras. Hacer el amor constituye un acto mutuo; follar también, pero aleja a los actores porque uno trata de follar(se) al otro, o sea de estar por encima y si es posible de estar encima, de dominar el acto o el placer del acto. Joder ya es, directamente, un ejercicio de indudable sumisión implícita. Cuando alguien dice "¡No jodas!", el de enfrente advierte: "No te agaches". Viene toda esta digresión porque a Bibiana el lenguaje le importa, a su manera: es de las que se salta el obstáculo de los géneros por medio de la arroba, e integra el todos y el todas en tod@s. Lo que me pone muy nervioso. Para serenarme, me demoro en su foto de arriba y me gusta esa mirada tan ambigua: si reparo en la línea de su cabello, retirado levemente sobre el lado izquierdo, con ese pendiente barroco que apoya sobre el hombro, me parece confiable y plácida; por el contario, el mechón del otro lado, iluminado de sol ("albriciado de luz", que diría Borges), y el ojo que se entorna, desvelan la posibilidad de una perfidia calculada. Una sospecha admonitoria. En cierta ocasión, Bibiana le reprobó a un periodista de ABC de Andalucía su espíritu crítico: "Eres muy joven para escribir esas cosas que escribes", dice él que le dijo ella. A los 31 años, no es que Bibiana sea joven o no para hacer de ministra en un ministerio de igualdad; pero es muy joven para escribir cosas tan aburridas como las de su lírico Amanece en Cádiz. O muy mayor, no lo sé. Con la edad todo tiende a la subjetividad.

Para terminar, regreso a la complicidad de la que hablé antes. Hoy se ha presentado la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, el autor de La Sombra del Viento, ese libro que la gente leía en el autobús, en la fila del banco, en el vagón del subterráneo, en la bicicleta estática. El nuevo se llama El Ángel de no sé qué... da igual. Once millones de libros vendidos. Once millones de cómplices. Me baso en el (im)prescindible blog de Arcadi Espada en elmundo.es para razonar la acusación. Publicaron en el diario un extracto de la novela de CRZ y dice así:

"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable.

 --Está caliente.

Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."

El párrafo revela una prosa escolar y lastimosa. Eso no es lo peor, y aquí citaré al agudo Arcadi, irónico y certero cuando dice:

"La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito".

Una de esas modernísimas columnistas del NYTimes sostenía hace algunos días en un artículo la despiadada importancia que las preferencias literarias tienen en las relaciones de pareja: "No eres tú, son tus libros", lo titulaba. La biblioteca personal puede determinar la posibilidad de éxito de una relación, venía a decir. Alguien cuyo libro de cabecera sea América, de Kafka, no puede cruzar bien con un cómplice de Ruiz Zafón, sostenía la autora. No estoy en absoluto de acuerdo. Alguien puede querer a un consumidor compulsivo de Literatura aunque el uso que él mismo haga de los libros no sea otro que decorar la estantería según los colores de los lomos o bien calzar alguna mesita que cojea. Y viceversa. Hace tiempo una chica me preguntó, con interés tópico: "¿Te gusta leer?". Claro, respondí. Mucho... Siguió: "¿Cuál es tu libro preferido?". Me quedé tieso. Me resulta imposible contestar a una pregunta así. Vi por dónde venía, así que le planteé la disyuntiva que siempre interpongo ante una situación tan apurada: "¿A ti te gustan los libros o la Literatura?", la interrogué. Como se negaba a aceptar la diferencia (que no incluye un menosprecio por mi parte, ni mucho menos), se protegió con otra pregunta: "¿Cuál es el último libro que has leído?". Nombré el que fuera, no me acuerdo. "Ni idea", fue su comentario.. ¿Y tú?, contraataqué yo: "Los Pilares de la Tierra", aseguró con orgullo. "¿Lo has leído?". No, dije yo. Ni pienso. Consideración ante la cual ella agregó, implacable: "Pues no leer Los Pilares de la Tierra es un crimen". Por lo visto, ella sí hubiera estado de acuerdo con el artículo del NYTimes. De modo que me protegí regresando a mi argumento original: "A mí me gusta la Literatura; los best-sellers, salvo excepciones, no se me dan bien".

Su respuesta final cerró la conversación para siempre: "¿Sabes qué te digo?". Dime, maña, dime: "Que yo prefiero los libros, porque la Literatura no hay quien se la trague".

Como diría Arcadi Espada... buenos días.

16/04/2008 16:44 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 11 comentarios.

10/04/2008

El fragor continuo

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La redondez de la tierra no se puede creer. Es un truco inexplicable, una sugestión colectiva. ¿A quién se le iba a ocurrir esa circularidad tan maciza? De niño yo preguntaba por el fin del mundo como por muchas otras cosas, por preguntar. "¿Dónde está el fin del mundo?", preguntaba yo. Y mi hermano, si le venía al caso y por hacerse el interesante, respondía: "En el Polo Norte". Con lo cual yo me imaginaba una extensión esteparia cruzada por un vendaval salvaje de ventisca y allá, al fondo del todo, un desigual muro de sillares blancos con un cartelón que anunciaba, en perfecto español porque para algo es un idioma noble: "Fin del mundo. No pasar". ¿Y al otro lado, qué hay?, me inquietaba yo, angustiado por la posibilidad de un abismo recto hacia abajo. Y mi padre decía, muy serio, como reconviniéndome por la torpeza del pensamiento: "Mario, el mundo no se acaba". No lo entendí hasta que un día agarró una naranja y un flexo con una bombilla blanca, me sentó en el sofá, se incorporó hacia el borde del sillón orejero balancín y me explicó el giro del planeta, el curso de los días y las noches, la cara oculta de la luna y algún concepto primordial más del sistema solar y de la vida. Así armé yo mi cosmogonía particular.

Con los años he admitido la doctrina de Galileo, pero sin convicción, afectado por una leve sospecha infantil. A menudo me comporto con pueril descreimiento, supongo que en parte por deformación profesional: uno enseguida intuye que no es lo mismo la realidad que la actualidad. Hay que aceptar esos términos para poder soportar el periodismo desde cualquiera de sus lados, el de autor o el de lector. De otro modo, uno corre serio peligro de confundir titulares con verdades. Estos días, la suspicaz China ha organizado un concurso mundial de agencias de comunicación para refutar la imagen de país bárbaro que se ha extendido al paso de la antorcha por la redondez del mundo. Grandes firmas pugnan ya por hacerse con ese filón de propaganda que consistirá en decirle al mundo que China no es lo que todos sabemos que es. A los medios de comunicación, esta dialéctica les ha de encantar. Veremos si vence la guerrilla urbana o el mensaje.

Leyendo por la mañana la Prensa, antes de hacer una maleta de cuatro días, he encontrado en una crónica del paso de la antorcha por San Francisco un término emocionante: fragor continuo. A menudo en la escritura uno topa con palabras que se empeñan en la reiteración; a la segunda que uno las repite, provoca un efecto de campanilla en la cabeza del lector. La concurrencia del mismo vocablo para designar la misma realidad se hace muy evidente. Entonces uno busca sinónimos... La antorcha se puede convertir en el fuego olímpico; y el fuego olímpico, en la llama eterna. Pero la llama eterna suena algo rimbombante, muy impostado, así que el periodista se largó otro de un lirismo conmovedor: el fragor continuo. Una hermosura de sinónimo.

Estoy volcado con esos muchachos que persiguen el fragor continuo para hacerlo alterno. Este boicot contra China me gusta, me gusta mucho. No es que yo tenga nada contra el chino, no señor; yo soy de los que compra en Alimentación Lin-Lin siempre que haga falta. Ayer mismo entré: "Oiga usted, una botella de Granini naranja he encontrado. ¿Tendría usted dos?". El Lin-Lin es ya Lin-Lin de la cuarta dinastía (el ultramarinos chino cambia de tenderos/as con frecuencia, todos lo sabemos); se fue para el fondo del establecimiento y anduvo zarzeando varios minutos hasta confirmar que no había otro Granini de naranja. "Tomate frito", lo reté. Orientalmente raudo, Lin-Lin señaló al estante de la izquierda. Ahí estaba Orlando, lata o tetra-brik. Lata. Tanto. Ahí tienes. Gracias. Mientras yo pagaba entró un desarrapado, se cogió una caja de galletas y Lin-Lin, que se olía la tostada, le preguntó: "¿No dinelo?". Y el otro, que está versado en la vida fronteriza, le dijo: "No hay dinero". Y se fue. Y Lin-Lin se quedó tan ancho. Lo que demuestra que Lin-Lin es un tipo pragmático que no se va a complicar la existencia por una caja de galletas. Estos tíos son unos maestros del control mental; pura filosofía de Oriente.

Así que no es por los chinos. La verdad es que principios tengo pocos, si acaso tengo más finales; por eso intenté colarme en la selección de AS para los Juegos Olímpicos en Pekín. Yo quería convertir Somniloquios en un foco de denuncia desde el mismo corazón de la cosa, pero no lo conseguí, claro. Así que después de dos décadas infructuosas de periodismo en cuanto a los Juegos Olímpicos (lo único que de verdad me gustaría hacer en esta profesión, aparte de lograr la última entrevista que dé Mohammed Ali en vida), he decidido pasar a la acción y voy a boicotear les Jeux Olympiques. Ojo a lo que estoy diciendo: hablo de no ver ni una prueba. Ni el 1.500, ni los 100 lisos (¿habrá moratoria?), ni el torneo de baloncesto ni a Alison Stokke si va y salta a la pértiga. Cuidadito que el órdago tiene lo suyo. Pero yo estoy con el Tibet. Y no por el Dalai Lama, no, que me parece un mardano; por David Carradine cuando era el Pequeño Saltamontes en Shao Lin, que no era el Tibet, ya sé, pero a esos tíos los tengo yo por unos resistentes de primera; y por Lobsang Rampa, que de adolescente me comí al menos tres o cuatro libros de sus reencarnaciones kármicas, cosa que no hace cualquiera sin asumir terribles consecuencias psicológicas... A la vista está. Con los años resultó que el tal Rampa era un electricista inglés con mucha imaginación, que no había salido de Essex en su vida. Con lo cual lo admiré ya de por vida.

En fin, que acepto con aconfesional resignación que lo más cerca que voy a estar de los Juegos son estos próximos días en Atenas, adonde nos lleva o nos trae el fútbol, deporte generoso. Como el Paseo Independencia se ha convertido en un barrio griego por culpa del Gyros de la calle Cádiz -cuyo aroma impregna la avenida toda-, creo que voy preparado. La pituitaria trabaja en conexión directa con el subconsciente, cualquiera lo sabe. La cultura clásica. Me llevo algunos libros para los ratos libres que no haya, la tercera temporada de los Soprano y en el iPod un par o tres de discos por desmenuzar: Dig, Lazarus, Dig!!!, de Nick Cave y los Bad Seeds; Accelerate, de REM; y una segunda oportunidad que les voy a conceder a Muse antes de descatalogarlos. El nuevo de James aún no lo he agarrado, pero tengo oído un tema en Radio 3 y suena muy James, próximo al himno, alegre y subrayado por esa trompeta que tan fácil resulta identificar. Sin libros y música no hay viajes, eso lo tengo sabido. De camino, he pasado por Barcelona una noche a mirar la Champions, que toma un aspecto muy pálido si no juegan los ingleses. Eso sí es un fragor continuo. Nos espera la Antártida; será vía Atenas.

10/04/2008 02:50 Autor: Mario. #. Tema: Los días No hay comentarios. Comentar.

01/04/2008

Plan de evasión

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Si queréis saberlo y no os atrevíais a preguntar, os lo adelanto: hace semanas que pienso que el Zaragoza va a bajar a Segunda División. Pero aviso que no estoy convencido. Es decir, que no he razonado mi postura. Se trata de simple pereza, porque mi pensamiento opera de modo negligente y pragmático: me resulta mucho más sencillo encontrar argumentos para esa conjetura que para su contraria. Pero estoy dispuesto a revisarla a la mínima oportunidad.

En el fondo, comprendo la fatal determinación que se oculta bajo los hechos. Era todo demasiado perfecto como para durar. Me refiero al trabajo. Todo demasiado bonito: la cordialidad general, la multiplicación de los lectores, el crecimiento, la comodidad de los horarios, la lógica de los planteamientos, la distancia de los mandos, las revisiones salariales, la eficacia en las gestiones... No podía ser que el Pele y yo, los dos gallardos más tontos de la información zaragocista, hubiéramos acertado el día que decidimos que el periodismo era más importante que las intrigas cortesanas en un palacio de cristal que se quiebra. Tampoco parecía probable que una profesión tan avara se comportase con esta generosidad. En el AS se está de coña, oyes... pero de coña. Ahora que iba todo tan bien, va el Zaragoza y lo jode.

El Oso dice que hay que ir contracorriente y dar siempre el paso inesperado, el que te separa de lo previsible. Es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que haría cualquiera en tu misma posición. Para mantener una teoría tan burda y deshilachada como esa, apela a la más célebre de sus decisiones: cuando se quedó en el paro no sólo no pensó en vender su Audi, sino que lo revendió para comprarse un BMW. En el mismo sentido, nada más oler la crisis inmobiliaria resolvió ejecutar el contrato de un inquilino que tenía rentado y puso el inmueble a la venta. Cuando yo me quedé sin trabajo en 1994, fui al INEM a preguntar si me podían pagar el subsidio de una sola vez y la concienciada funcionaria me dijo que no, lo cual acepté, para a continuación agregar: "Aquí no le pagamos las vacaciones a nadie". ¿No, eh?, pensé yo. Me fui a casita, apreté un puñado de pantalones y camisetas en una mochila roja, metí mi aparato de música, dejé que mi hermano se hiciera pasar por mí donde fuera preciso y me largué a Londres por tiempo indefinido. Volví con veinte kilos más y los bolsillos vacíos, pero aun sigo escribiendo de aquello... A eso le llamo yo especular con la realidad. Me niego a que la realidad me agarre por los huevos, así que hay que mostrarle desapego y ningún temor. El Pele lleva semanas increpándonos de lado a lado de la mesa porque, según él, estamos "tan panchos" mientras presenciamos el hundimiento del Titanic. Su opinión es que el Titanic nos va a arrastrar de algún modo en su torbellino, pero yo me niego de forma rotunda a ligar ni un gramo de mi destino al rendimiento de Pavón, pongamos por caso; y ya no digamos mi felicidad; ni siquiera deseo que al muchacho se le pase por la cabeza el mínimo atisbo de responsabilidad en ese aspecto. Bastante tiene con ocuparse de Pavone el domingo.

Mientras tanto yo diseño mi plan, que pondré en práctica cuando ya nada me ate aquí. Queda tanto por hacer, y tan poco tiempo... Tengo pendiente pisar la Antártida, cruzar el subcontinente indio en un tren escuchando a los Kinks, asistir al cruce del río Mara en la migración anual de los ñus africanos mientras aguardan los cocodrilos, mirar de frente a un tiburón blanco metido en una jaula en el océano, pasar un invierno en Alaska y trasponer la línea del tiempo en dirección este-oeste a bordo de un velero, para saltarme un día completo, que jamás habré vivido. Al atardecer de ese día inexistente atracaremos en las Islas Cook y me envenenaré de alcohol en los tugurios del puerto. Espero conocer al patrón de alguna nave en misión comercial que me deposite en una isla remota, no importa cuál. Me llamaréis soñador, pero allí pienso vivir de un sueldo modesto o morir de una enfermedad generosa. Mientras, pensaré en Robert Louis Stevenson y sus años dichosos en Samoa, recitaré al aventurero Conrad y evocaré los días en que mi padre me llevaba a jugar al billar y cuando siendo muy niño mi madre me remojaba en la piscina introduciéndome en el agua colgando de sus muñecas... Tengo miedo a la distancia, a veces a la soledad y puede que también a los huracanes estacionales de aquellas latitudes. Pero creo que con los libros y con lo que escriba podré superarlo.

Trataré de actualizar Somniloquios siempre que me sea posible.

01/04/2008 01:24 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 18 comentarios.

28/03/2008

El sentido (inverso) de la vida

A menudo pienso que los hechos y los pensamientos no se corresponden en el tiempo, y que a veces se desordenan, les falta ajuste, como si el cerebro quisiera avisarnos de algo. Pasé días ahogado en una tristeza sin explicaciones durante el mes de abril de hace algunos años. No había ningún motivo. Justo en el final de ese sombrío pasaje, una mañana cualquiera mi abuela se murió temprano. Madrugar para morirse parece la culminación de una costumbre, de un modo de ser. ¿Por qué no? Si uno se muere durmiendo consideramos que se ha ido en paz; pareciera que la muerte le esté reconociendo los méritos de una existencia sencilla con esa última recompensa. En el instante en que falleció mi abuela, entreví que mi tristeza de tantos días se correspondía con ese suceso posterior, que de algún modo mi cerebro hubiera anticipado. Hace pocos días me quedé mirando un libro de Rafael Azcona durante algunos minutos: Memorias de un hombre bajito. Nunca había pensado en comprarlo, pero de pronto me pareció necesario. Unos días después, el formidable guionista murió, como ya sabemos en Somniloquios. Me quedé pensando...

Desde luego no hay nada sobrenatural en estas coincidencias. Soy yo quien les atribuye cierta magia porque me gusta hacer esas cosas, una posibilidad de modesta literatura de la vida diaria. Algo parecido hay en este corto de Alex Pastor, titulado con un palíndromo: La Ruta Natural. En él, Pastor propone una revisión de la vida en sentido inverso, de la muerte al nacimiento. Hubo quien quiso ver en ese orden alterado de la existencia una alternativa más dichosa, por cuanto el nacimiento tiene la consideración de suceso feliz y la muerte constituye su opuesto, la tristeza y la desaparición. Naturalmente, ese concepto sólo es una magia que nuestro cerebro le atribuye a la realidad, un problema de mera perspectiva. Con un hermoso atisbo de inteligencia sensible, Pastor refuta en diez minutos el sentido de la vida, un palíndromo innegable.

 

28/03/2008 13:16 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 1 comentario.

13/03/2008

Morir al sol

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El mundo se acaba, lo leí ayer en El País. Otros diarios también traían la noticia del fin del mundo, pero ni siquiera la llevaron a portada. No diré yo que el fin del mundo sea una noticia como para tirar la portada de El País a cinco columnas, pero sí al menos una llamadita ahí al lado, ¿no? A mí -que escribí un microrrelato titulado El Fin del Mundo en el que no ocurre absolutamente nada- me pareció muy interesante saber cuándo se va a terminar este asunto, aunque en realidad ahora mismo me encuentro en un momento de concepciones vitales tan lánguidas que no me importa gran cosa si el mundo se acaba la semana que viene o dentro de 7.590 millones de años. Pero en todo caso, teniendo en cuenta el optimismo general que ha dejado la nueva derrota de Rajoy, me parece que la noticia ha sido tratada con frialdad entomológica; relegada a secciones posteriores de los diarios. Si no firma Iker Jiménez, ya nadie se cree nada. Yo sin embargo no me trago una de Iker. Yo soy del doctor Jiménez del Oso, ya lo he dicho alguna vez. Jiménez del Oso, Rodríguez de la Fuente, Emiliano/Buscató y Gaby/Fofó/Miliki... esos han sido los pilares de mi educación. No toquemos las pelotas con mileniotres ni no sé qué. Por cierto que hace algún tiempo que El País ha barajado las secciones y ayer, cuando lo leí después de varios meses, me hice un lío y me pareció que a cualquier cosa le dicen rediseño y que en todo caso es un rediseño muy poco acogedor, con ese tipo de letra adelgazado que parece como que le ha quitado cuerpo a las indudables verdades. Por otro lado, esas contraportadas en las que desayunan o almuerzan con personajes y luego lo cuentan con precios y señales, sólo me sirven para constatar que hoy en día, en algunos lugares, da lo mismo desayunar que cenar: todo vale entre 45 y 60 euros. Sin hacerse el gracioso con el vino, claro...

Me estaba tomando yo una apreciativa cerveza sin alcohol en el Bull McCabe’s cuando leí lo del fin del mundo. Sería la una y cuarto de la tarde, pongamos. A esas horas el Bull tiene el aire adormilado, inconfundible de los pubs verdaderos. Hay silencio musical y una claridad matizada que se cuela por los ventanales; si afuera luce el sol, ilumina franjas de polvo suspenso que rebotan contra las mesas de madera o contra la tarima del piso. Las réplicas españolas de los pubs incurren en un error garrafal que les impide alcanzar el profundo significado emocional de los pubs británicos: falta el silencio, la quietud, la suspensión del polvo en el aire. En España el silencio está mal visto, no tiene consideración social. En España ya ni en los cafés se puede pensar, lo invade todo la FM ruidosa como si aquello fuera un gimnasio y no un café. Y luego está el ruido humano, que es atronador. En los Starbucks anglosajones hay un aromático silencio que se recuesta en los sillones y en las mesas, apenas peinado por el paso de las hojas de los periódicos y la única música que se iguala en armonía al silencio, que es el jazz antiguo; y acariciado por esa quietud pacífica uno puede ir ahí a pasar un rato sentado con su libro, con su no libro, con su tristeza diferida o con un mirada que atraviese los ventanales hasta la lluvia o el anhelo de lluvia de afuera; y hasta el café parece café. Y mira que a mí no me interesa el café ni como hecho social ni casi como posibilidad sensorial, salvo por el aroma del café molido y el de una tienda de café en la calle Ossaú, donde me gustaba entrar de niño con mi madre y empaparme de los olores y oír a las señoras nombrar una palabra de sonoridad excelente, que aún me encanta: torrefacto. Jamás me he animado a mirarla en el diccionario porque una palabra que suena y huele así, a la fuerza debe carecer de un significado a la altura de su físico.

Pero esos Starbucks londinenses o neoyorquinos o glasgowianos, con sus muffins y sus pastelitos de zanahoria y las galletas con pintas de chocolate, con esos falsos wifis que pagas luego en la caja a la chica polaca, esos lugares me encantan. Y el café, sorpréndase usted, está bastante rico. Sin embargo, una tarde en la que iba camino de la exposición del fotógrafo Don McCullin en Madrid me colé en un Starbucks español y fallecí abrumado bajo el escándalo de damas de todas las edades que compartían café a gritos. Varias personas me pisotearon la cabeza para pasar a su asiento (y eso que afané uno cerca del ventanal) y en las mesas uno podía desgranar el catálogo de lo que habían tomado las tres o cuatro generaciones anteriores del clientes del establecimiento. Además, el café era asqueroso. Si ahora resulta que el café es mejor en Londres que en Madrid, es que todo se está yendo a la mierda.

Y así es, en efecto, aunque a nadie le importa. La noticia del fin del mundo, con su carga de absoluta fugacidad, no conmueve. Dirán que la espiritualidad está pasada en esta España laicista y aconfesional, pero si llega a anunciar el fin del mundo el Papa Ratzinger, aun sin fecha, te digo yo que sale en portada seguro. Se pongan como se pongan, la Religión pega más que la Ciencia, siempre con sus vericuetos y sus alternativas y sus teorías y esa capacidad para proyectar los posibles más allá de los probables. Yo mismo le he seguido dando tragos a la cerveza sin mayor entusiasmo mientras leía que, dentro de 7.590 millones de años, el Sol se expandirá camino de su muerte y en ese proceso tan desconsiderado se llevará por delante varios planetas y entre ellos la Tierra. La teoría la han elaborado entre una universidad mexicana de nombre fronterizo y la de Sussex en Inglaterra, donde todo el mundo parece muy inquieto y con ganas de descubrir. De cómo unos mexicanos y unos ingleses han podido ponerse de acuerdo acerca de la hora del fin del mundo, uno puede pensar muchas cosas. La profecía no impide que acontecimientos precedentes puedan anticipar un desenlace dramático debido a cualquier otro motivo. Internet está lleno de apuestas al respecto, con una amplia gama de posibilidades. Es decir, que en el mejor de los casos nos quedan 7.590 millones de años.

Naturalmente, los científicos no se atreven a afirmar que la Humanidad seguirá para entonces aquí como ahora, viva y coleando, pero tampoco sostienen lo contrario. Ni confirman ni desmienten, que se dice en el periodismo tramposo. En todo caso y para que nadie los señale por incompetentes sin imaginación, proponen colonizar antes planetas o galaxias alternativas. Un plan ambicioso que requerirá máxima concentración. Es de esperar que para entonces se haya apagado la cosa del matrimonio gay y esté resuelta la igualdad total de la mujer en el mercado laboral, porque si no vamos daos. Supongo que no se olvidarán de construir vivienda protegida en ese nuevo destino. De hecho, me he interesado por esta futura muerte al sol y he visto que la teoría no es nueva, pero van afinando las fechas. Hay quien ya ha propuesto la posibilidad de, unos cuantos años antes (no sé si un par o varios millones) trasladar la Tierra de su ubicación actual en el Universo a unas coordenadas (!) donde estaría a salvo del paso arrasador del Sol camino del cementerio. ¿Cómo se hace eso? Pues así, versión divulgativa: capturando un asteroide gigantesco y haciéndolo orbitar alrededor del Planeta y unas cuantos cuerpos celestes más, durante un tiempo determinado (largo, eh, largo) y así de vuelta y venga para aquí y venga para allá y al final, oye, que la Tierra se sale de su sitio y se va para el otro lado y zafa del infierno solar. Naturalmente, la Ciencia se ha apresurado a aclarar que ahora mismo no disponemos de la tecnología necesaria para hacer algo así, aun cuando el mp3 haya cumplido ya diez años, diez, quién lo diría... pero la idea y las sumas y restas y tal ya las han hecho en pizarrón y da que sí. Y esperan que dentro de varios millones de años el Hombre (y su Mujer, sobre todo) hayan evolucionado tanto como para desarrollarla y lograrlo. Así que ya pueden estudiar o ellos verán...

Como yo no puedo hacerme cargo de la Humanidad, me preocupo de los Ornat. Tal y como van las cosas, parece obvio que quedarán pocos o ningún Ornat y aún menos probable parece que sean Ornat de primer apellido, que es lo que marca y diferencia. Ese asunto está por resolver. De todos modos no hay que ponerse dramáticos: están ustedes leyendo, en cuanto a modelos de Ornat se refiere, a un representante de la culminación del apellido: dos veces Ornat. A partir de nosotros, todo es declive.

Y así, hasta el fin del mundo.

13/03/2008 04:02 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 14 comentarios.

08/03/2008

Todas las mañanas

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Es poco probable que yo me levante de la cama con sueño; es mucho más probable que lo haga con pena. Una lástima informe que a veces relleno con seis galletas de fibra o que me limpio en la ducha cruzando las palmas de las manos bajo las axilas, para dejarle un descenso liso al agua de la cabeza a los pies, y una ruta de huida hacia el desagüe redondo y de ahí al centro de la Tierra. Si eso no basta, como ayer, entonces pruebo a salir a la calle y caminar despacio. En días así no sé ir a ningún lado si no es a una librería. Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno, leí hace años en un libro hermoso y oí en una película hermosa, en la que Depardieu acababa por morirse bajo un sol cuarteado por las copas de los árboles, a trompicones, con una conciencia artificial de la belleza del instante y una música antigua de marco. Hace años que no sé nada de ese libro. He sospechado a menudo que los libros te abandonan como te abandonan otras cosas. O me abandonan. Algunas mañanas pienso en ellos con melancolía, miro de reojo a los estantes y me doy cuenta de que se marcharon hace mucho tiempo. No he vuelto a saber nada de ese libro, que tal vez me soñó leyéndolo.

Ayer me fui a pasar la mañana a una librería. No pensaba comprar nada. Sólo quería esconderme. Las librerías tienen libros y tienen asientos duros de espuma para ojearlos, y en algunos casos tienen recodos acogedores y silenciosos en los que uno puede ocultarse medianamente del tráfico insaciable de la ciudad. En la calle San Miguel han construido una casa del libro, con minúsculas, con una chica de pelo muy tirante al mostrador. Una casa del libro es como una casa de muñecas. Esa chica le habla a los libros como si los libros tuvieran interés en escucharla. La primera vez le pregunté por La Ciudad Automática, de Julio Camba, y ella se fue hacia la C hablando sola y preguntando: "A ver, ¿dónde está usted señor Camba? No se me esconda. Señor Camba, señor Camba...", lo llamaba. "Pero si lo había visto yo por aquí". Yo le dije: "Mira que ya me he fijado por aquí y no lo he visto" (al señor Camba, debí agregar, pero me dio reparo la familiaridad o bien una locura tan amable); pero entonces ella hizo así, alargó una mano como si fuera a tomar en ella un pajarillo y no un libro, y siguiendo la línea de sus dedos vi que frente a nosotros aparecía el señor Camba en su ciudad automática. "Aquí está...", le dijo ella al libro, no a mí. Y me lo entregó. Y le faltó advertir: "Cuídelo usted, el señor Camba requiere atenciones. Se conserva bien en interiores y peor al sol, salvo en los primeros días de marzo hacia el mediodía". O bien: "Que se tome dos optalidones con el café con leche después de cada comida; el café con leche en vaso, eh... Al señor Camba no le gustan las tazas de loza ni los vinos sin sabor". No me dijo nada, sin embargo. Y entonces le pregunté por Josep Pla. El señor Pla, el señor Pla, repitió ella. Otra vez lo mismo. Mira que yo no lo he visto por aquí, por la P. Y el mismo milagro. Como las madres, que siempre encuentran en su sitio y a la primera lo que nosotros no habíamos visto en su sitio y a la cuarta.

Ayer la chica no estaba. Había otra dos mucho más silenciosas y con el pelo liberado, a las que preferí no preguntarles nada. Resbalé por las estanterías con el iPod a toda pastilla, vi el atril que le habían preparado a Javier Tomeo y un pequeño hemiciclo de asientos de espuma verde. Presentaba el volumen Javier Gurruchaga. La Literatura es una cosa muy rara. Leí las primeras páginas de Los Amantes de Silicona, su última novela, y luego me dejé caer hacia los rincones, atravesé pasillos de poesía, traspuse el retablo de las novelas negras y caí sobre la ventanilla de los viajes. Los libros exhaustivos no me gustan, pero me atraen como si quisieran gustarme. En Charing Cross me hundí en una librería de novela sólo negra, asesinatos, muertes, misterios, casquería, casos sin resolver, matanzas históricas, detectives de todas las calañas. Pero salí sin nada porque era todo tan exhaustivo que, no sé. De todas formas siempre hay que comprar algo. Ayer, en un recodo donde renacía la Literatura Española e Hispanoamericana en versión de bolsillo, allí me quedé. No me gustan los libros de tapa porque no te puedes acostar sobre ellos, tienen la textura de un colchón duro. En cambio los de bolsillo proponen un espacio mullido para la cabeza, en el que puedes meter la frente, guardar papelitos, hacer un rulo, educar una flor, parir una memoria. Nunca doblar las esquinas de las páginas.

Apoyado sobre la espalda, mirando al techo pero con las piernas del otro lado, sobre la almohada, encontré al señor James, don Henry. Un librito de recuerdos de su llegada a Londres en el invierno de 1876 y en los inviernos y veranos sucesivos. Se titula así, Londres; e igual se titulaba uno de Virginia Woolf que compré en otra casa de muñecas, en Madrid, hace algunas semanas o meses, no me acuerdo. Una colección breve de retratos costumbristas sobre un Londres evaporado, de casitas repetidas. Se llama igual: Londres. Sólo eso. Me senté un rato con él. A esa esquina venía poca gente. Me dejaron tranquilo. Yo estaba en Modo Aleatorio, un desorden ordenado. Sonaba la Creedence y a continuación Ian Brown y después Death Cab for Cutie, Placebo, incluso Wombats o Patti Smith. Pasaron por allí un par de chicas que no me vieron ni yo a ellas.

Después de un rato me arrastré por el suelo para salir. Tropecé con Doctor Pasavento y me detuve en la esquina de Vila-Matas, donde me incorporé. Herman Hesse también estaba allí, acechante como siempre, desde que me atreví con su Lobo Estepario y con Demian y Siddharta siendo demasiado niño y demasiado temeroso. Ahora ni siquiera tengo cojones de abrir su Cuentos de Amor. Hesse también escapó hace años de mi librería. De aquel grupo sólo permanece Kafka, un hombre generoso. Sabe que si se marcha dejaría un hueco tan grande que yo no podría sobrevivir.

Compré una libretita para hacer anotaciones de viajes o de nada, con una tapa en la que aparece una imagen antigua de Times Square, en Nueva York. Todo muy sugerente. Tiene una goma para cerrar el conjunto y que no se escape ni una letra. Aún me queda pendiente la tarea de robar Tortilla Flat, de Steinbeck. Fue una conjura que hicimos una noche de hace muchos años en el Malevaje, inspirada por Carretero: "Si no es robado, no se puede leer", dijo él. Y le dio un trago muy cuidadoso a la cerveza. Yo miré el submarino oscuro de bourbon en mi jarra y supe que nunca cumpliría. No lo he hecho y por eso no soy un hombre. Ayer lo tuve en la mano y lo pensé, pero nadie comete una violación en una casa de muñecas. Salí a la calle y me senté en un banco del paseo a mirar a la gente pasar. Yo seguía con el estómago vacío, abrí la libreta pero nadie había escrito nada. Y todos me ignoraron de forma minuciosa, aunque caminaban muy bien al ritmo de la música. Siempre he envidiado esa armonía de las personas que no conozco.

[Foto: el señor Henry James: un americano en Londres].

08/03/2008 14:21 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 13 comentarios.

28/02/2008

El debate

El pueblo me pide que entre en campaña y, aunque Somniloquios no tiene vocación de gramola, por una vez lo haré. Lo haré a mi manera, claro. Nada de razonamientos o juicios porque me saldrían demasiado amargos, creedme. Yo soy de los que cada cierto tiempo, coincidente con este tipo de ocasiones y con el repunte de ciertos debates políticos y sociales, considero seriamente la posibilidad del exilio. Y hablo en serio. Respecto al debate, resumiré en dos puntos metafóricos el estado de situación en la España de hoy, donde la estulticia rebaja su precio de forma inversamente proporcional al del pollo y las gasolinas (1); y mi impresión sobre el cara a cara entre el Cejas y el Sopas (2), que vi poco y salteado, para no saturarme. He decir que no comprendo bien el concepto salud democrática ni el concepto ganar un debate. Y diré más: para ofrecer semejantes niveles de discurso, formas y recursos dialécticos, por mí que se queden otros 15 años sin celebrarlo. Podremos resistirlos si se trata de perder de vista a Campo Vidal... Voy al análisis en imágenes. Los clips, para los despistados que por aquí no creo que los haya, pertenecen a aquella obra maestra del humor y la inteligencia que se llamó La Vida de Brian.

1 El estado de la cosa político-social, sobre todo en la rica periferia nacionalista.

 

2. El debate en sí mismo: la escena es la misma, sólo que en la versión original, y ahora ampliamos el campo de visión incluyendo a los dos contendientes. Sobre la arena de la Academia de Televisión, un moderador al que podríamos identificar con el de los trompetones, dándose importancia y fanfarria para después no moderar nada. En la arena, dos gladiadores: el enmascarado sería el Sopas; y el peludo, el Cejas. Las patéticas actitudes de cada uno de ellos están bien reflejadas. Mi impresión sobre ganadores y perdedores también se corresponde con el desenlace del singular combate. Un poco de calma y no  os perdáis la celebración final, que también tiene mucho que ver con lo que yo creo que, por dentro, hace un presidente del Gobierno cuando gana unas elecciones. Y no a su contrincante político, precisamente. En la escena aparecen otros personajes entre el público y sus alrededores. Cada uno que les otorgue el nombre adecuado. Yo propongo que la que recoge las vísceras bien pudiera ser María Antonia Iglesias, ese cuerpo de Qator con cabeza de Medusa y verbo hecho ventriloquía socialista. Es sólo un ejemplo, pero hay muchos en los dos lados: el militante periodismo español, con sus argumentaciones de cámara, está entre lo más patético del famoso debate.

28/02/2008 13:26 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 1 comentario.

22/02/2008

Placebo*

Yo empecé a escribir a los once años y el disparo me salió torcido desde el primer momento. En aquellos días no paraba de leer novelitas de Keith Luger sobre individuos de una pieza que enderezaban pueblos olvidados en el oeste americano, o en esos lugares de tránsito entre la civilización urbana y afrancesada del este del país y la brutalidad del otro lado, el que cae más allá del medio oeste, digamos Texas, Arizona, Utah, la soleada California. Aquellas novelitas pulp, los bolsilibros de Bruguera, eran mis novelas de caballería quijotescas, porque si a algo he jugado yo ha sido a vaqueros e indios, aunque tuve mis perversiones de cuando en cuando y a veces también jugaba a Tarzán y Boy o, en un periodo aún más concreto y desconcertante, a Curro Jiménez y su banda: de esto último tuvo la culpa el modelo de navaja albaceteña tamaño natural en réplica de plástico que sacó a sus mostradores Comercial Aurora, una felicísima tienda de juguetes, tan sobria como rica, que había junto a mi colegio, en la esquina de San Jorge con la plaza San Pedro Nolasco, si es que podemos considerar que una plaza tenga esquinas.

He de decir que yo nunca fui el protagonista principal en aquellos juegos. Tenía un amigo al que le gustaba mandar mucho más que a mí, cosa que me sucede de forma recurrente desde hace siglos y por eso nunca he llegado a nada. Yo soy el héroe del pueblo, como el Che pero sin balear a nadie en nombre de la Revolución. Así que en el reparto de papeles, de niño, siempre salía perdiendo. Yo no lo tomaba como una derrota: ser el ayudante del sheriff me parecía muy noble; en el peor de los casos también podía hacer de indio, raza por la que tenía y tengo predilección. En territorio navajo, en la frontera entre Utah y Arizona, me compré un tomahawk artesanal y un arco en miniatura, y aún estoy pensando qué hago con ellos. Si llego a ver antes No es País Para Viejos, me compro la bombona y el cañón de aire comprimido para derribar reses, que hace agujeros perfectamente esféricos en la frente ajena. Comercial Aurora ya no existe: plantaron allí un café de nombre decimonónico e inspiración parisina, tal vez, y me parece que se lo llevó el río en alguna crecida. Nadie fue al entierro.

Finalmente, en nuestra simulación de Curro Jiménez me tenía que quedar con el Algarrobo. Ahora os parecerá ridículo, pero en aquellos días el Algarrobo tenía mucho predicamento porque era el tipo noble, directo y desarrapado del grupo. Todos queríamos ser alguna vez como el Algarrobo, dulcemente brutales, dueños de una fidelidad a prueba de franceses o de señoras con las tetas en bandeja. Y no me habléis del Estudiante como alternativa. El Estudiante apareció después. En el mismo capítulo pero después, que de esa no sé si os acordáis.

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