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Somniloquios se marcha...

Somniloquios se marcha... pero no demasiado lejos. Se va para quedarse, para ser otra cosa siendo lo mismo. En realidad, se trata únicamente de un cambio de dirección (para vosotros) y de servidor (para mí). Somniloquios (la versión 2.0, digamos) estará ahora en esta otra dirección: ornat.wordpress.com. Y estará siempre aquí, por supuesto, porque los cientos de páginas de estos años permanecerán en este mismo lugar, mientras dure blogia. Si cambio se debe a motivos prácticos, a problemas en la edición de los textos, a una búsqueda de mayores medios para darle forma a lo que quiero hacer, y a las dificultades de carga que muchos me habéis manifestado a veces. Todo esto apenas constituye una queja. El diseño quizás parezca algo más moderno, pero se trata de una simple cuestión de búsqueda de plantillas: también aquí lo hubiera podido cambiar. Me siento obligado a agradecer la hospitalidad de blogia, por ser un proyecto maravilloso y darle forma a una aspiración muy personal que siempre tuve y nunca pude cumplir en mis diferentes puestos de trabajo: escribir cada día de lo que yo quisiera, sin estrecheces de disponibilidad, ni de temas, ni de formas. No estaría bien que yo escribiera de cine en una crónica del Zaragoza en AS, aunque he bordeado y tratado de violentar siempre los límites. No sabéis hasta qué punto Somniloquios satisface todos esos sucios deseos íntimos...
Espero, porque lo necesito, encontraros a todos en el nuevo Somniloquios. Y que sigáis comentando con el mismo calor y la misma inteligencia y sensibilidad y afecto de siempre. Seguidme... por favor.
Vivir dormido

La otra noche soñé a Jorge Luis Borges, el célebre autor argentino, comentando la jornada de fútbol en un programa de televisión. La imagen contenía esa lógica deshilachada que distingue a los sueños. Borges no estaba solo, lo acompañaban otros comentaristas. Sus rostros eran imprecisos, aunque pienso que debieran resultarme conocidos a la fuerza. Como si quisiera subrayar la disonancia de su aparición en ese contexto, Borges estaba sentado en una butaca elevada, como de mostrador de bar, separado de la mesa y de los otros; también su dibujo era mucho más exacto que el resto: aparecía mayor, notablemente ciego, como el Borges que conocemos, y jugaba con un bastón cuyo asidero hacía girar entre las manos al escuchar a sus contertulios con la barbilla elevada (debe de ser que el sonido de las voces se escapa hacia arriba y para hacerse con ellas hay que ir a buscarlas allá, antes de que lleguen al techo). Sonreía un poco, con la inseguridad de quien teme ser observado sin saberlo, o tal vez porque se le quedó ese gesto reflejo al extraviar la vista. Tal reunión de severidades corporales desembocaban en una inevitable coincidencia: el Borges de mi sueño componía el mismo perfil que le viera en sus entrevistas con Soler Serrano.
La mayor parte del tiempo permanecía callado. Me pareció normal, no puedo pensar en nadie más ajeno al deporte (más ajeno y próximo a todo) que Borges: "Yo creo que habría que inventar un juego en el que nadie ganara", se le oyó recomendar en alguna ocasión. Cierto que escribieron con Bioy Casares aquel formidable cuento de fútbol, titulado Esse est percipi (Ser es Ser Percibido). A partir del principio fundamental del Idealismo Subjetivo de Berkeley, construyeron un relato que desvelaba la total desaparición del fútbol e incluso de los estadios donde se jugara. Ya no había partidos, sólo transmisiones radiofónicas de partidos. Todas las jugadas, los goles, las circunstancias, las clasificaciones, el nombre de los protagonistas, sus biografías, desde luego los resultados, los componía la narración en los transistores de los domingos: la interpretación, rigurosa y entusiasta, de un guión acordado de antemano. La realidad del balompié había sido suplantada por una recreación y su percepción. El hombre al que se le ocurrió esa divertida monstuosidad estaba en el televisor de mi inconsciente, haciendo consideraciones a los goles del Numancia. En un momento dado alguien ofreció un dato que no recuerdo, algo como que tal o cual equipo consiguió ese mismo número de puntos en año remoto a estas alturas de la temporada. Lo dijo con absoluta seguridad, con esa absoluta seguridad que autoriza la ignorancia del resto (los que acompañan, los que escuchan, los que ven y los que presentan), que dan por bueno el dato. Entonces, en ese preciso instante, cortando el lugar en dos mitades, Borges regresó de su ciego silencio y dijo, en voz perfectamente segura y audible: "Disculpe usted que le corrija, pero ese equipo fue el Segovia". Y yo, dormido, me puse a reír como un poseso. Y fui corriendo al teléfono a contarle a López la última ocurrencia de Borges. ¡El Segovia!
Si vuelvo a los sueños es porque no tengo nada más que contar. Podría hablar de que he terminado una (otra) demoledora novela de Emmanuel Carrère, que me perturba, o de cómo me divertí y luego me aburrí con John Fante, del libro del genial Roberto Miranda, de la cena de los 15 años del Zaragoza Celtic, de Ashes of American Flags, de Wilco, o del concierto que iré a ver en junio a Barcelona... Pero hablo de sueños porque se han apropiado de la realidad al asalto, una realidad cada día más adelgazada. La languidez hacia la que ha resbalado este espacio en los últimos tiempos tiene que ver con mi propia languidez. Cada vez más a menudo pienso en clausurarlo, en quedar callado, en que no tengo nada más que decir o puedo decirlo de otro modo, sin exponerlo aquí, en este "vasto círculo de amigos invisibles". Ya no divierto, ya no me divierto. Sueño al dormir y al despertar duermo. Cada mañana me pregunto qué día es y sólo a veces logro responderme de inmediato. Por lo general, me toma unos cuantos minutos establecer relaciones suficientes en la luz, el silencio de afuera o la tramoya del día anterior. Se trata de un ejercicio tan inconsciente como perfectamente inútil. En pocos minutos, la singularidad del día queda ahogada por el invariable vacío de todos los días. No es culpa de los días, es mi culpa. Soy yo quien los ha vaciado de contenido. Vaciarlos es mi forma de desactivarlos de significado, de importancia, de valor y de verdad. Hago más cosas que nunca (escribo a veces, leo, oigo música, pienso en música, voy a ver el ciclo de Buñuel en la Filmoteca, miro partidos de rugby, juego partidos de rugby, voy a entrenar, estudio los manuales de batería, salgo a tomar fotos, a veces trabajo...) y por el contrario siento los días más vacíos que nunca. Búsquese actividades, distráigase, frecuente sus aficiones, ha de haber un montón de cosas que a usted le alegren, suelen decirte los médicos. Yo lo he hecho, aun sin diagnóstico previo, y por ese camino lo que he logrado ha sido despojar cada día de su pesada cuota de realidad. Supongo que se trataba precisamente de eso. De ser uno más, tal vez. Ahora que casi todos los días son mentira, casi todas las noches son verdad. Puede que tú hayas terminado con el pasado, pero el pasado no ha terminado contigo. Por suerte, aprendí a negar el influjo de los sueños en la arquitectura sentimental de las mañanas, a diluir en la primera evacuación la amargura diferida que es su sedimento, como una olvidada canción que se repite. Despierto y niego los sueños como niego todo lo demás. O los escribo aquí. "La Literatura no es otra cosa que un sueño dirigido", anotó Borges. Caliento la leche, disuelvo café, mojo unas galletas y cuelo en un trago la química redondeada de cada mañana. Una pastilla me llena de vacío.
El ocelote

Estos días me acosan sueños diversos, lo que supongo variaciones arbitrarias de otros miedos, algún recuerdo distorsionado o un presente con máscaras. Rostros barajados o anticipos de un probable futuro por cuenta ajena. Como estos mismos somniloquios a los que les prestaron el nombre, esas imágenes inconexas -tan bien urdidas- provienen de fuentes variadas y mueren exactamente en el mismo vacío, que es la mañana. He añadido horas de sueño a las que siempre tuve por habituales. Ahora duermo más y vivo menos, y por ese hueco de tiempo entregado a la noche (rendido, supongo que debería decir) se han colado estos accidentes oníricos que me relatan múltiples posibilidades alternativas a la vida que llevo. Y ninguna, he de decirlo, es más ventajosa que la real. Ni más feliz. De algún modo he advertido que casi todas las resoluciones adoptadas en mis sueños me son desfavorables. Mis sueños debe manejarlos alguien que no me quiere. Quizás yo mismo.
Estas últimas noches ha venido a visitarme un ocelote. Han sido unas cuantas, todas consecutivas, y siempre el mismo animal. Fui tomando conciencia de la insistencia del sueño después de varias mañanas, cuando pude comenzar a reconstruirlo. Después ha continuado unos días más y ya no sé cuándo ni cómo termina. La aparición del ocelote en mi vida careció de anuncio. Sin más, un día cualquiera él estaba paseando de lado a lado de la terraza y yo lo entreveía sin querer mirarlo del todo, ignorándolo igual que ignoraría a un gorrión en el alféizar de la ventana. Vienen, picotean y se van. Pero el ocelote no se iba. Cuando me asomé la primera vez a observarlo, preguntándome con mucha lógica qué hacía un ocelote en mi terraza, el animal me miró a mí con la misma fijeza que yo a él, tal vez preguntándose qué hacía un hombre en el living de su casa. Quizás nos estábamos soñando mutuamente, de una manera borgiana.
Traté de ignorarlo. Pasó otro día. Volví a dormir. Ahí estaba de vuelta el ocelote, altivo, ligero y con una mirada en la que uno podía interpretar cualquier cosa. En los sucesivos episodios del sueño les pedí a algunas personas, a las que ahora no identifico en el recuerdo, que viniesen a ver al ocelote que paseaba de lado a lado de mi balcón, allá afuera, con ese tranco de vaivén amenazante con el que mueven sus cuartos traseros los felinos cuando caminan despacio. La gente venía y miraba. Preguntaban: "¿Ese ocelote es tuyo?". Qué coño va a ser mío un ocelote, me indignaba yo, rebasado por la coherencia de la pregunta... Pasaba otra noche. Volvía el ocelote, siempre de un extremo a otro. "Vas a tener que dejarlo entrar", propuso alguien. Ni hablar, dije con firmeza. El ocelote se paró en seco y me miró. No le podía sostener los ojos, tenía ese poder disuasorio de las pupilas inflamadas a la luz.
A la tercera o cuarto noche, dignamente enojado, resolví que el asunto no iba conmigo, por más que fuera mi propio cerebro el promotor de la existencia de ese animal. Me propuse no pensar más en el dichoso ocelote. Ya se pasaría. Bastaba con dejar de soñarlo y a mí no se me da mal manejar mis sueños. ¿Qué hacía un ocelote en el balcón onírico de mis noches? Para proteger mis argumentos, comencé a razonar -esto lo hago a menudo- como espectador del sueño que yo mismo protagonizaba. Parecerá extraño, pero yo sueño con rotunda conciencia de que estoy soñando, y muchas veces trato de dirigir la secuencia, como si mirara a un escenario y les hiciera indicaciones a los actores. A veces lo consigo. En ese estado intermedio de conciencia, me pregunté por qué un ocelote y no un felino más rotundo, con más prestigio, digamos: un león, un tigre, tal vez un guepardo, no digamos un puma o un jaguar si es que había de ser un tigrillo suramericano... ¿A santo de qué un ocelote?
A continuación traté de dirimir si ocelote se escribe con ce o con zeta. Pensé en los zelotes. La misma pregunta. Luego recordé, siempre soñando pero con mucho acierto, aquellos documentales sobre los servicios de protección contra alimañas que tienen en lugares en los que los núcleos urbanos han invadido terrenos animales. Una especie de cazadores de ciudad, que salen al cruce de encuentros inesperados: caimanes que acuden a bañarse en la piscina ajardinada de una casa en Florida, serpientes mocasín en el marco de la ventana de un hogar en Nueva Gales del Sur, osos polares que cruzan la calle en algunos pueblos de Alaska, mapaches peligrosamente enloquecidos por el miedo en los armaritos de la despensa... ¿Pero quién iba a gestionarme a mí en este país el asunto del ocelote? ¿Debería llamar a la Guardia Civil, a los Bomberos, al Seprona, al Encantador de Perros?
Finalmente, una de esas noches me rendí a la evidencia: el ocelote no se iba a ir. Estaba allí para que yo abriera la puerta de la terraza y lo dejase entrar. Sus intenciones, desde luego, resultaban del todo imprevisibles. ¿Usted permitiría a semejante animal pasar a su salón y tomar asiento en la chaisse-longue? Digamos que yo tampoco, ¡ni en sueños! Sin embargo, me vi obligado a hacerlo. Me aproximé a la puerta de la terraza y el bicho se sentó al otro lado, con el pecho erguido y en calmada actitud de espera. Cuando le franqueé el paso, apenas me miró. Envarado, aguardé a que se me tirase al cuello para asfixiarme o me mordiera uno de mis sabrosos muslos, pero algo me dijo que no lo haría. No lo hizo. Entró en la habitación y, cuando hube cerrado el balcón, el ocelote me dijo como si no hubiera ninguna otra posibilidad: "He venido para quedarme contigo". No respondí. Bastante era ya que el ocelote hablase; el contenido del mensaje me pareció incalificable. No importa que hablemos de un sueño: esa intención de quedarse conmigo me pareció un exceso en toda regla.
Ahora nos paseamos juntos por el parque. Cuando oye las explosiones guturales de advertencia de las cotorras argentinas que aletean sobre los aligustres, se pone tenso. Para no despertar temores, lo llevo atado con un collar blanco de piel y una cadena. En libertad, el ocelote se alimenta de pequeños vertebrados, aunque tiene envergadura suficiente para hacer sucumbir un venado en sus fauces. Pienso que tal vez debería incorporarlo a una patrulla de FCC y ayudaría a la limpieza de las plagas ribereñas del Huerva. Tal vez así conseguiría que le otorgaran una medalla de Defensor de Los Sitios, como a Fernández de la Vega. Creo que mi ocelote debe estar tan interesado como ella en ese tipo de distinciones. Durante el día se muestra somnoliento y aprovecho su pereza para acariciar, no sin temeroso deleite, su bello pelaje, trenzado de dibujos. Cuando comemos, observo con disimulo sus colmillos, y al verlo alimentarse de la enrojecida carne cruda que me separa el carnicero, despierta en mí un terror muy concreto. De algún modo, él sabe que lo temo y no se molesta en aliviar esa inferioridad mía.
He leído que el ocelote es animal de hábitos nocturnos. Saber que está despierto y alerta mientras yo duermo me genera una profunda inquietud. Presiento que cualquiera de estas noches puede ceder a la llamada de su naturaleza salvaje. El sueño se ha repetido durante más de una semana, pero confío en que estas líneas lograrán, de algún modo, conjurarlo.
El hijo tonto

No sé si mis padres alguna vez llegaron a pensar que tendrían un hijo director de un periódico. Si la conjetura me incluía a mí, a estas horas se habrán convencido ya de que estaban equivocados. Ahora queda claro quién era aquí el listo y, sobre todo, quién es el tonto. Hay que decir que, pese a las apariencias, el destino ha respetado de forma escrupulosa no sólo ese, sino otros órdenes naturales: para empezar, el del primogénito, que acarrea su indudable peso; y, aún más importante, el que quedó establecido en esta historia desde el principio. El primero que quiso ser periodista en casa fue mi hermano; digamos que yo le seguí y que, si mi hermano mayor había tomado esa posibilidad como la preferida, bien había de estar. Seríamos periodistas, cada cual a su manera. Es obvio que debí desarrollar mi espíritu crítico mucho antes o bien dirigirlo a los asuntos adecuados. Con su resolución de ser periodista me estaba arrastrando a un bosque en el que iba a saber desenvolverse mucho mejor que yo, el tunante. Mi padre debió tomar cartas en el asunto, pero los buenos padres no hacen ese tipo de cosas, aun a su pesar. El resultado es éste: el Nan ha atravesado el laberinto y yo doy vueltas sobre mí mismo. Como siempre digo, para mí el periodismo es un trabajo temporal a la espera de algo mejor. Una trampa de la mente. Como no sé hacer nada más, ahora me dedico a aprender a tocar la batería, en la frívola esperanza de retirarme como miembro (secundario) de una banda de rock o bien escarbar aún más abajo en mi bohemia vida interior formando parte de un ignorado grupo de jazz.
Así, mientras yo hago fotografías de jilgueros por los parques y a lo más que alcanzo es a capitán sobrevenido de mi equipo de rugby, ahí está el Nan, con su traje gris y su corbata naranja, con el nudo cuidadoso, amplio y florecido bajo el cuello. Director de periódico. Los Ornat sabemos por herencia que unos zapatos baratos o sucios arruinan cualquier traje por elegante que sea; y que el vuelo del terno por encima de la media depende del nudo de la corbata. El nudo no se hace para sujetar la corbata sino para sostener al hombre. No se trata de un mero formulismo, es una definición, el subrayado preciso: a pesar de esa mirada de pánfilo escéptico que trata de quitarle importancia al pie de foto y a la situación que define la imagen, este hombre de corbata naranja es el nuevo director de Equipo. Tengo que consultarle a Ali cuál es su opinión al respecto.
Un periódico en la calle

Mientras en uno o varios despachos alguien decide quién de ellos se irá al paro, los muchachos de Equipo permanecen firmes en su ejercicio diario de periodismo, actividad que -en el mejor de los casos- consiste en enfrentarse a la realidad con una estrategia a medio camino entre la esgrima y la lucha libre. También los de el Periódico de Aragón, que resisten la misma amenaza, y no me voy a olvidar de ellos porque a ese diario le debo un tanto por ciento elevadísimo de lo que sé de periodismo. Pero hablaré de Equipo. Porque el Equipo de hoy constituye uno de los más acabados ejemplos de heroísmo periodístico que yo haya contemplado jamás; y, como todos sabemos, las heroicidades se desarrollan en modesto silencio y no están animadas por voluntades trascendentales, sino por el simple y casi rutinario cumplimiento de un deber moral.
Estoy seguro de que ninguno de los chicos precisó una reunión matinal o vespertina para considerar, votar y resolver que el periódico que hoy debía salir a la calle había de ser un gran periódico, porque el día informativo (que es una mentira con ruedas) reunió ayer tal intensidad que había que responder como en los grandes días. O al menos intentarlo. Equipo lo hizo, en mi modesta opinión, mejor que nadie. Y lo hizo sin necesidad de cónclaves, sin ese proceso que sin embargo sí es necesario para armar una cacerolada de protesta a las puertas de la empresa o expresar la frustración con silbidos o, en el peor de los casos, dejar los brazos caídos y las máquinas paradas en un día de huelga. Nada de todo eso hace falta para construir un gran periódico, un periódico que se aproxime tanto a la precisa realidad (esa imposible meta del periodismo diario) como lo hace Equipo en su edición de hoy; un periódico que quiera entretener y servir; un periódico que quiera el rigor, la opinión, la información, la valentía y la entrega a un oficio, y que consiga todo eso de modo paradigmático; un periódico que defienda de modo tan extraordinario la inquebrantable voluntad de prestigio personal y colectivo que un informador persigue a diario: con su nombre por delante, matiz que casi todo el mundo pierde de vista y que constituye una diferencia crucial en la forma de enfrentarse a la jornada laboral. Un periodista es su firma. No es nada más. Una firma. Un nombre. Un hombre.
A cualquiera le parecerá que no hay gran mérito en este tipo de cosas. El mérito mayor no es ese. Está aquí, en otra perspectiva que ahora alumbraré: a estas alturas, en la circunstancia bajo la cual trabajan cada día en Equipo desde hace algunos meses, con una guillotina colgando del techo (y maldita sea la puta metáfora), en cualquier otro lugar habría corrido la sangre con la que los mediocres sacian de forma anónima la sed que les infunde el terror de su propio espejo, al que pretenden engañar todas las mañanas del mundo. Habrían volado los cuchillos ocultos entre telones, correrían las ratas por cubierta y en la aséptica mentira acristalada de los despachos se ocultarían grupos de portentosos estúpidos que descuartizarían el atribulado prestigio del tipo que se sienta en la mesa de enfrente, en la de al lado, la de atrás o en el piso de abajo. Para los que están acostumbrados a comportarse en un diario como se comportarían en la representación de una tragicomedia palaciega, para los que desconocen la gallardía de la sinceridad, para los tristes supervivientes del día a día, para los becarios de su propia existencia (qué bien dicho quedó aquello cuando fue escrito), para todos esos resultaría imposible entender por qué Equipo (que no es una cabecera, es la gente que lo piensa, lo hace, lo escribe, le da forma y lo pone en la calle) permanece inmutable en su convicción de que la amistad es la materia fundamental de la vida, y que todas las demás posibilidades derivan de ella.
Nadie premiará el ejemplar que Equipo ha publicado hoy. Ninguna asociación observará que no hace falta destapar un escándalo financiero o político para ejercer esta profesión con grandeza cotidiana. Nadie aguardaría anoche a la salida del trabajo a todos esos muchachos para darles un abrazo o un beso por lo que acababan de hacer, algo que era sin duda distintivo siendo igual. Y hoy ese diario lo comprarán o lo habrán comprado más o menos los mismos lectores que lo compran cualquier otro día o que lo han comprado todos estos años. Nadie reconsiderará las decisiones que ya están tomadas o las que se tomarán, porque esa posibilidad ingresa en los territorios de la utopía y de la utopía, que es quizás el alma que oculta el motor del Periodismo con mayúsculas, las empresas no saben ni quisieron jamás saber casi nada. No habrá un final feliz para esta historia, sea cual sea el final. Sólo habrá -un día más, como cualquier otro día, como todos los días- lo que siempre hubo y habrá mientras sea posible: un periódico en la calle.
¿Por qué no se callan?

En 1993 hice un viaje desde Orense a La Coruña en el coche del narrador y el técnico de Antena 3 Radio. El CAI había jugado, y ganado, unos cuartos de final de la Copa del Rey a Estudiantes en la primera ciudad, pero debía trasladarse a La Coruña para las semifinales con el Joventut. Cruce que perdería, pero eso no importa mucho. Lo que importa es que, por intermediación de Mario Pesquera, me colé en el auto de los de Antena 3 Radio. Eso me permitió conocer a Andrés Montes, una voz que conformaba con Gaspar Rosety y Siro López la que para mí constituía la Santa Trinidad de la narración deportiva en aquellos días, sobre todo en los partidos de baloncesto. Montes, a quien saludé el año pasado en La Romareda y le recordé aquel viaje, era y es un tipo de trato excepcional. Es exactamente el tipo que parece en las narraciones, más allá de que a uno le guste o le repela su estilo. No voy a eso. Pero es divertido, ocurrente, muy riguroso y mucho más preciso en sus juicios de lo que deja entrever el singular desenfado de su forma de narrar. Sobre todo, Andrés Montes es un melómano, y ahí vamos.
Durante todo aquel viaje condujo el técnico (como es de ley) y Montes iba a su lado. Yo atrás. Montes me trató como si me conociera de toda la vida (como hizo el año pasado en La Romareda, aunque no me recordase ni a mí ni recordase el viaje que hicimos juntos), me hizo reír, hablamos de baloncesto y de música. Su profética obsesión de esos días era la invasión de la palabra en la FM. Durante todo el viaje buscó incansable la música en el dial del aparato de radio del coche, quejándose de la palabra, la palabra: en la FM, la banda que nació para las fórmulas musicales, la palabra estaba tomando el mando de forma silenciosa (contradicción estratégica) e implacable. Estos días me acuerdo de Montes. Pongo Radio 3, pruebo a poner Radio 3 muchas mañanas, y compruebo que la palabra ha invadido de modo definitivo el penúltimo reducto que le quedaba a la música (a la música, no a las cancioncitas, diferencia fundamental...). Y además no es la palabra precisa, sino la palabra dirigida. La última reforma de Radio 3 y la desaparición de algunos de sus históricos presentadores habían erosionado mi larguísima fascinación por esta emisora, en la que me eduqué y crecí musicalmente desde los primeros días en la Universidad. Con esta invasión panfletaria, ya no sólo ha muerto la fascinación sino, peor aún, la costumbre de abrir un ojo y ponerla al mismo tiempo que ponía el primer pie en el día. Y pasar con ella toda la mañana y los ratos libres.
Primero fue el reordenamiento de los programas, costumbre que hemos resistido durante años. Luego desaparecieron los locutores y, ahora, se bate en retirada la música como primera condición de las emisiones. La palabra interrumpe constantemente. Se diría que ahora hay música entre las palabras, demasiadas palabras; y demasiados mensajes con un aroma de propaganda de unos valores que no me parecen ni bien ni mal, pero que siempre van hacia el mismo lado. Una cosa era que Radio 3 ejerciera de ventana a iniciativas artísticas o sociales, lo que me parecía perfecto, y otra que de ventana haya pasado a altavoz. Parece que quiera impartir la asignatura de Educación para la Ciudadanía en versión adultos. Esta mañana he puesto Hoy Empieza Todo. Enseguida he sentido nostalgia de Música por Tres, de El Bulevar de Chema Rey y sus descorteses cortes en los concursos de oyentes; de El Ambigú, donde resiste a otras horas el magnífico Diego Manrique, de los días en que no me perdía ni una sola emisión de Diálogos 3, de otro narrador genial de baloncesto y rugby, Ramón Trecet; el Discópolis, el Flor de Pasión, el Disco Grande de los sábados por la tarde, El Diario Pop, el insustituible Área Reservada, la versión clásica de Siglo XXI de Tomás Fernando Flores... No sé, esos son los programas que me han forjado un oído musical, a mí y a mucha gente. Y los que me han entretenido, por encima de todo. Ahora Radio 3 me aburre. Y me molesta. Me molesta que me aburra tanto y me molesta que me moleste con consignas. El único aleccionamiento posible en esa emisora fue siempre la introducción del locutor al siguiente tema, en la que uno siempre podía aprender algo.
Esta mañana, después de la primera canción, una voz ha empezado a hablar de la LOE y de los colegios con separación de sexos y de la posibilidad de que las administraciones elijan no subvencionar a los colegios que discriminan por sexos; y luego, enseguida, han glosado el dato de que en la Comunidad de Valencia hay cinco de esos y que todos son del Opus Dei y no sé qué y que, en fin, he apagado y ya no volveré a encender. Porque cuando no es una cosa es otra, pero están todo el día con la matraca. Y la verdad, yo no tengo ánimo para más matraca y menos en Radio 3. Así que bye, bye. Se acabó la paciencia y se acabó Radio 3. Que catequizen a otro. Es una pérdida sentimentalmente grave, pero a partir de ahora (y mientros sigo buscando más alternativas, que seguro que las hay) quedo adscrito a mi propia discoteca (la digital y la material) y a AccuRadio, emisora de internet en la que no hay palabra, nada de palabra, y puedes elegir entre un sinfín de estilos musicales, del jazz al pop de los 60, del swing al hip-hop, del dance a la música clásica, o del rock alternativo o el R&B, pasando por todo lo actual y lo reciente. Ahí nadie habla. Al menos, por ahora.
[Foto: Jesús Ordovás, héroe y maestro -aunque suene excesivo- del Diario Pop. La foto está tomada de su web, donde la nostalgia suena a buena música].
La soledad del corredor de pollos

El día 31, a las seis de la tarde, me corrí la primera popular urbana de mi vida, la San Silvestre de Zaragoza. Versión reducida, ojito, porque un diez mil me hubiera impresionado sobremanera y ya no tengo edad para emociones fuertes. Así que salimos ahí al Paseo Independencia a despedir el año con otros 2.000 desocupados. Decía la animosa publicidad: “No hay mejor forma de despedir el año que haciendo deporte”. Y yo, que me gusta tanto el deporte, pensaba: si sabré yo que hay maneras mejores de despedir el año... Pero ésta es la que toca esta vez. Y a gusto, oye. Con deportividad. Mallas apretadas, la camiseta del portero aragonés, que calienta y estiliza mucho, y un cabezal ligerito. Ojo que vas a pasar calor, me advirtió Angelito, veterano de la prueba. Quita, quita, que yo soy de mucho abrigarme para el deporte, lo tranquilicé.
La primera dificultad fue colgarme el dorsal 1.540 que me había entregado la organización de la prueba. ¿Cómo se pone uno el dorsal, co?, le pregunté a César, que me había embaucado sin confianza en el asunto. Imperdibles, contestó. Claro, eso ya lo suponía: la cosa es... yo soy un hombre sin imperdibles en su domicilio. Aunque levanté varios cajones y les di vuelta, no fui capaz de encontrar uno. Me resigné a hacer todo el recorrido en patética y poco diligente postura, con la mano agarrando el dorsal contra el pecho, como un moderno caballero del Greco. Menos esbelto, eso sí. Sentí un cierto vértigo escénico, la gente señalándome, el tipo de la megafonía comentando el sucedido por los altavoces en el Paseo Independencia: “Ahí va Ornat, sin imperdibles señores, no se lo pierdan que hace falta ser lerdo: se nota que lo más que ha corrido este cantamañanas es para coger el autobús... Y bueno, señoras y señoreeeeees, cinco minutos más para la cuenta atrás”. Afortunadamente, gentes de buena voluntad me prestaron unos imperdibles con los que me agarré el 1.540 al pecho.
Aun así, ya no me pude quitar los nervios en buena parte de la carrera. No me digáis por qué, pero yo estaba nervioso. Llevaba toda la mañana pensando en la subidita de San Vicente de Paúl, donde calculaba yo que iba a cascar el huevo, con lo que me quedaría un buen tramo todavía, como de milqui o algo así, en el que echar el bofe para solaz del pueblo zaragozano que no tuviera otra cosa que hacer que apostarse en las veredas a mirar la carrera del día de Nochevieja. En fin, con esos pensamientos y un chip prodigioso en el cordón de la zapatilla derecha para registrar mi tiempo por métodos electrónicos que me superan, nos situamos entre los 2.000 participantes. Alguien dio la salida. Venga que vamos. Nadie se movió. Bueno sí, supongo que los de delante, Eliseo, la Macías (yo jugué con su hermano al rugby hace tres o cuatro siglos, que se sepa), Larraga, el Benarafa, Chamalen, Cram, Ovett y Nourredine Morceli, qué sé yo: todos esos salieron como una instalación, según vi luego en la tele y las fotografías. Nosotros tardamos unos segundos, como en los semáforos. Si irían rápido esa gente que antes de que nos pudiéramos mover, ya habían girado en el monumento del Justicia y bajaban pateando el asfalto hacia la Plaza de España como si fueran a quitar las calles, oye. Entonces empezamos a movernos nosotros.
El trío de la bencina nos situamos por la derecha y partimos como el Renault aquél de Alonso, adelantando a todo meter y además por el lado de la acera, para que el pueblo nos pudiera jalear. Yo tomé la retaguardia desde el primer momento. En esos primeros metros la carrera se pone muy perra y no me convenía ir largo al suelo como Zola Budd, aquella que corría descalza. Uno tiene un leve prestigio que mantener. Aun así, apreté los esfínteres cuanto pude y les seguí el ritmo a los otros. Versado atleta y buen conocedor de las calles de la ciudad, Angelito avisó: “Vamos a agarrar la cuerda por el otro lado que hay que dar el giro”. Y eso que nos ahorramos, pensé yo. Como buen deportista, sostuve un breve diálogo conmigo mismo: “Ornat, tú no te cebes que no te conviene una carrera rápida. Tú a la marchica, a la marchica”. Así que bajé Independencia, pasé la contrameta donde estaban todos los fotógrafos, giramos en el Coso, Fnac y afrontamos la calle Alfonso, donde me sentí grande porque oye, uno ha nacido ahí como quien dice, así que en la esquinita con Torre Nueva casi levanto los brazos para saludar, pero no había nadie a quien saludar. Gente sí, gente había, pero ni un solo Ornat: andaban preparando el rape con langostinos.
El adoquinado de la zona de las Murallas se lo hubiera colado en el orto ahí mismo a Béloc, insigne munícipe, pero lo salvé medio subiéndome a la acera, bordeando la cinta de la Policía Local. Salimos a Echegaray en pentacampeones. El ritmo era superior a lo que yo mismo me podía permitir, eso estaba claro: presa del entusiasmo y la inercia de la masa, recuerdo haber pensado claramente: “En San Vicente de Paúl pliego, tú”. Ya no había remedio. Mucha gente mirando, uno no puede desfallecer. Efectivamente, en el puente de Piedra se me vinieron de vez el láctico y la deuda de oxígeno, dos términos que siempre me han encantado. ¿Quién me mandaba haber pasado la mañana jugando al pádel? No sirve como excusa: si te quedas tirado sin llegar y alguien te pregunta y dices: “Sabes qué pasa, co, es que me he pasado la mañana jugando al pádel, co”... Suena patético. Ahí pasado el puente se me escapó definitivamente César, que yo creo que venía concediéndome una moratoria hacía rato. Llegó la temida cuesta de San Vicente y, sí, qué bien se va en coche a todas partes, señores. La subí porque otra cosa no, pero orgullo los Ornat tenemos el que haga falta. Y huevos mucho gordos. Y luego me dije: chato, recupera un poco porque si no vas a dar un espectáculo lamentable en el paseo y eso no puede ser. La estrategia es básica en el medio fondo, tú. Si caes muerto frente a los ventanales del Heraldo, fíjate qué planchazo...
Entonces fue cuando un tipo me faltó al respeto. Y creo que era de la organización, porque estaba de este lado de la cinta y con atuendo corporativo. Me vio venir. Yo no lo voy a negar, ahí iba sufriendo sí, tratando de recuperar un poco después de la subida, pero vamos que no arrastraba los pies ni nada parecido. Sin embargo, cuando pasé por delante del elemento en cuestión, me dijo: “Venga, que ya estás”. Así, sin más. Venga, que ya estás. Lo dijo sin énfasis, como sin ganas, igual que si alguien lo hubiera programado para decir “venga, que ya estás”, maquinalmente, al que pasara por delante. Yo me fui muy dolido, tengo que decirlo. ¿Se lo decía ese hombre a todo quisque? ¿Tanto me vio sufrir? ¿No se daba cuenta de que llevaba a cosa de 1.200 personas más por detrás? ¿Movía mi estampa a semejante conmiseración?
Con esos pensamientos descentrándome, alcancé el Coso y el tramo definitivo. Iba haciendo grupo con chicos y chacos que me pasaban o los pasaba, y a veces las dos cosas porque los ritmos fluctuaban bastante. Aguanté el tipo y entré en el paseo digamos que jodido, para qué nos vamos a engañar. En el reloj daban las seis y cuarto: ¿será posible sufrir tanto en un solo cuarto de hora de carrera? Será. El paseo parece corto en un día cualquiera, pero cuando uno ha de correrlo, oye, como que se alarga. Calculando si echaría el bofe o no, sentí la soledad del corredor de pollos y ese apretoncito blando que se apodera del vientre en este tipo de situaciones, pero me dije: “Ornat, si aflojas un poco más se te van a subir los caracoles a la pija, mira a ver si tal...”.
Al tomar la última curva, oí que un chico y una chica que iban bastante cuadrados se daban referencias: “Ahora son 20 minutos, así que nos quedan cinco para entrar en los 25”. Calculé y vi que la resta estaba bien hecha. 25 menos 20: Cinco. Clavao. Del Justicia a la Cai, donde estaba la meta, me dije que cinco minutos no me podía costar en la vida. Entonces mi lado menos coherente entró en acción. Y, contra todo pronóstico, ataqué a la salida de la curva. ¿A quién ataqué? Lo primero, a la pareja de la suma y la resta, que no sé por qué dije: a estos los dejo yo de rueda pero ya. Pero sobre todo me ataqué a mí mismo, como luego se vería. Y me puse en un ritmo tremendo de llegador consumado, tratando de no cabecear mucho y dispuesto a sostener mi larga y desconsiderada ofensiva. En ese fugaz pasaje de gloria recogí unos cuantos cadáveres... A punto estuve de recoger también el mío propio. A mitad de recta me pareció que la meta estaba en Cuenca. ¿La estarían moviendo para abajo esos cabrones? La pareja de los 25 minutos me adelantó por la izquierda. Vaya cambio de habas que había metido. Pero no era momento de venirse abajo sino de proclamar la gloria del triunfador, porque el triunfo está en terminar, dicen. Eso dicen, a mí no me miréis. Con el sentido del dramatismo que me caracteriza, pensé componer una estampa en la llegada como la de Sebastian Coe en la foto, pero no había nadie para inmortalizarme. Así que entré en meta en un honroso 755º puesto, en 23:24 minutos, a algo más de once minutos del ganador de la prueba, el tal Eliseo. Once minutos no es tanto, no me jodas: es lo que llego yo siempre tarde a cualquier sitio que vaya. Me dieron una bolsa con un plátano, unos conguitos, una botellita de agua y una camiseta conmemorativa verde pistacho que para dormir no te digo yo que no vaya a hacer su papel. El jamón del sorteo no me tocó.
Shoe Terror
Anotaciones:
1) Buena esquiva de Doble Uve: sin mover los pies del suelo, apenas se ladea un tanto hacia su colega iraquí y evita el proyectil.
2) Wishful Thinking: si en lugar de Doble Uve ahí está el robótico McCain, lo retrata seguro. De Obama no sabemos: sospechamos que, visto de canto, Obama desaparece, lo cual es muy conveniente para un mandatario. A Aznar le hubiera pasado por arriba. A Zapatero le hubiera dado en la mano porque estaría moviendo los brazos seguro. Es un presidente de mucho mover los brazos y las manos, lo que acostumbra a ser un signo de vaciedad discursiva: he visto yo directores adjuntos que hacían mucho aire con las extremidades. La otra posibilidad es que Zapatero estuviera con las manicas bajo los puños de la camisa, gesto que le gusta mucho y le sale sin querer.
3) Los diarios españoles titularon: "Iraq despide a Bush a zapatazos". Una sinécdoque de libro, muy lograda y habitual. La NBC, de la que proceden las imágenes, fue a los hechos... o casi. Su epígrafe reparte méritos entre el agresor y la habilidad corporal de Doble Uve: "El presidente Bush, obligado a esquivar los zapatos que le lanzó un periodista iraquí". Como se ve, la realidad incluye muchos puntos de vista.
3) ¿Qué le hubiera pasado al periodista si los zapatos se los tira al finado Saddam?
4) Según la lógica medieval de la Ley del Talión o como se llame, ¿sería condenado a esquivar un par de zapatos?
5) Respecto al segundo zapato, Doble Uve no lo esquiva sino que apenas se mueve y levanta el antebrazo derecho para protegerse, como si fuera Batman. Es emotivo el gesto de Nuri al Maliki, el primer ministro de Irak, que hace como un amago incompleto de intentar cazar el zapato al vuelo.
6) Una vez lanzado el segundo zapato, surge de la segunda fila un tipo de seguridad de pelo entrecano que se va a situar junto a Doble Uve y éste le hace un gesto como diciendo: "Tate ahí que está todo controlado". Si llegan tarde a dos zapatos, a qué hora llegarían a un balazo...
7) ¿Será por esto que los musulmanes se quitan los zapatos antes de entrar a sus templos?
8) Declaración posterior de Doble Uve: "Todo lo que puedo decirles es que era un 43".
9) Reflexión periodística de Arcadi Espada sobre el zapatazo y acerca de la naturaleza de los diarios digitales: pinche aquí y verá París.
10) El grito de Mountazer al-Zaïdi, el periodista de Al-Baghdadia que salió descalzo y apaleado de la rueda de prensa: "Ahí tienes tu beso de despedida, pedazo de perro". Es frase del año seguro.
Proyectos alternativos: Pele TV

Me soplan que la tertulia de los guapos es el programa más visto de la televisión autonómica y no me sorprende. Porque a la gente le interesa el fútbol y lo que los periodistas tengan que decir sobre el fútbol, cosa que a mí me sucede muy de cuando en cuando. Yo siempre empiezo a ver la tertulia de los guapos, a.k.a. La Jornada, los domingos por la noche, hasta que me doy cuenta (cada vez más rápido) de esta evidencia: que sobre el Zaragoza de Segunda División no hay mucho que decir ni que opinar; sólo dejar que pase el tiempo. Y, luego, pienso que en realidad los contertulios están todos de acuerdo o casi, y ni siquiera se molestan en adoptar papeles; me doy cuenta de que Esnáider y Petón se dedican mayormente a chinchar al Pele, al tiempo que advierto que el Pele o bien se contiene (así como resignado por el ventajismo de los otros) o bien se desmanda y entra a largar topetazos, mientras el único que se toma todo en serio, como siempre se ha tomado todo en serio, es César Láinez. Estos cuatro componen el grupo de los guapos. Luego están otros menos guapos, desde luego, que van de cuando en cuando y que no alcanzan ni de lejos el porte de los primeros, pero contienen algunos valores diversos que tal vez salpimentan la tertulia: el mejor de todos es Isidro Oliván y sus razonamientos imprevisibles. Isidro debería estar siempre, por ley y porque los mejores momentos de la televisión aragonesa los ha proporcionado su eterno desencuentro con el Pele, tan divertido que divertía a los propios compañeros de mesa que no metían baza sólo para darles tiempo a agotar su desesperada discusión; divertían a Pedro, el presentador, a los cámaras y a los regidores. Sin Oliván, la intensidad emotiva del Pele disminuye. Otros días va el Oso, cuyo lugar en realidad jamás debería ser una tertulia de fútbol sino una de Economía y Cosas de la Vida, porque ahí es donde el Oso puede desplegar con el ritmo adecuado, su morosa locuacidad, las pautas vitales y trucos ingeniosos de microeconomía y comportamiento social que han dirigido y aún lo hacen una trayectoria de ribetes ejemplares. Si una pareja pudo jamás hacerle frente a la dupla Oliván/Pele sólo fue la que conducía aquel recordado programa de Antena Aragón: el Oso y el Pirata Jarné. Cuando uno ha visto a Valeriano subirse los calcetines en plano medio en mitad del programa, todo lo demás le parece una impostura del guión. Por último, los guapos se ponen a hablar del Huesca y entonces todos disimulan lo que de verdad les gustaría decir, salvo tal vez Láinez, y reúnen maravillas sobre el Huesca. A esa parte yo casi nunca llego. En realidad, cada día lo dejo antes. Yo es que lo estoy dejando todo. No es culpa de ellos, es culpa mía.
Últimamente me han hecho tres propuestas diferentes de programas. Una el propio Pele que, como conté otro día, tropezó con mi ya crónica desgana; otra, un proyecto que le corre por la cabeza a César Láinez y del que no sé detalles aún, sólo que el gran César me lo quiere contar y yo le atiendo a todo al portero y además me pongo para entrenar la ajustadísima elástica negra que me regaló. El último proyecto es otro programa de radio-tertulia para el que me quiere convencer Andrelo, que se compromete a salir a buscar publicidad por las frías calles de la crisis si yo presento el proyecto a alguna emisora. La cosa consistiría en leer la prensa y comentarla. Pero bien, dice Andrelo. Yo sonrío. Yo tengo mis propios proyectos alternativos y los llevo en la cabeza hace años. El primero, una transmisión de fútbol mano a mano con mi amigo el argentino López. Desde que yo mismo me narraba los partidos de SubButeo en casa cuando jugaba en solitario (antes de aquella divertida rivalidad de bocadillo de chorizo y ron-cola que desarrollé con el sr. Guerra) he sabido que sería un buen narrador radiofónico. Oportunidad que, desde luego, nadie me ha ofrecido ni yo he propuesto, faltaría más. Es una convicción interna. Muchas veces, en el fútbol, narro por lo bajo los partidos como forma de concentrarme en el juego y de ir desgranando ideas sobre lo que veo. Si no, me descubro mirando a Arizmendi y pensando en cuánto valdrá una pinta de Guinness, cosa de la que jamás en mi vida he tenido idea y mira que me las he bebido a pares...
El tándem Ornat-López en narración de los partidos es un formato alternativo y barato. Yo estaría en el campo y López en su casa, por el teléfono. La particularidad más notable es que López ni siquiera vería el partido conforme lo comenta. Yo creo que un comentarista que no ve el partido compone ya de por sí una figura interesante, mucho más interesante que los comentaristas que sí ven el partido. Los comentaristas que sí ven el partido son, por lo general, comentaristas de lo obvio. Hay pocos que te descubran algo, así que, si no puedes contar con uno de ellos, mejor contar con un argentino capaz de hacerte reír o contar algo interesante mientras sigues viendo el partido. Y a López le sobra para eso. Cada día haríamos la misma pantomima al empezar: yo le preguntaría a López si logró sintonizar con el partido y él me daría una peregrina explicación sobre las dificultades que tuvo para hacerlo. A partir de ahí, disculpándonos sentidamente ante nuestros oyentes, nos veríamos obligados a comenzar la narración a pesar de las circunstancias. Yo cuento lo que pasa y López improvisa sobre la marcha. Nuestra arma está en su capacidad para el caso y el acento argentino, que haría el resto. Otra posibilidad es adaptar ese mismo formato a un programa de cine, algo que también me corre por la cabeza. Yo vería las películas y López, no. En ocasiones no las veríamos ninguno pero dejaríamos a alguien que la hubiera visto llamar y contárnoslas. Y a comentarlas, medio en serio medio en broma. Además, el argentino podría hacer una reseña al pedo de las películas que pusieran cada día en la televisión. Naturalmente, el peso de la invención recae en López, así que él se llevaría la parte suculenta de los salarios. Eso por descontado. Ricos no nos haríamos, che, pero lo que nos íbamos a divertir.
El otro invento de éxito garantizado es sería un reality show de esos de conexión a full: 24 horas con Pele de único y total protagonista. Se llamaría, desde luego, Pele TV, y consistiría nada más y nada menos que en seguir a Pele y su agitado mundo interior todo el día y a todas las horas. Excepción hecha de los ratos que se va a la hemeroteca, eso sí. Con atención especial a sus peleas con el ordenador y el téléfono o a veces con el ordenador y el teléfono al mismo tiempo. Estamos hablando del hombre desactualizado por antonomasia, en cuestiones tecnológicas. Así que hay que atender a sus desencuentros con la modernidad. Técnicamente el programa no sería difícil: fundamental una pantalla que vaya mostrando a los espectadores el contenido de los mensajes de móvil que envía el Pele a todas las horas. Yo podría aportar un testimonio contando el día en que le enseñé a enviar sms, despertando el insaciable monstruo que llevaba dentro. Y que la cámara le siguiera de cerca en el trabajo, en casa, en los partidos de fútbol de su hijo, en las conversaciones telefónicas, en los partidos del Zaragoza, en el imperdible proceso de confección de una noticia, en la escritura, mientras pinta soldados, cuando pronuncia espontáneas conferencias a la hora del café sobre las guerras napoleónicas, cuando se encuentra a un abuelo o a su nieto que le dice que su tío o su padre o vaya usted a saber jugó en cierta ocasión con el Real Zaragoza o con el Barcelona de Pepe Samitier... Y ese tenso momento, que todos hemos vivido, en el que Pele le interroga por el nombre del presunto jugador. Y ese sujeto que dice el nombre, ya medio entre dientes porque Pele no se ha quedado en la mera admiración, en el “¿no me digas?”, sino que quiere el nombre y lo quiere ya, lo pide de forma imperativa para cotejarlo con la enciclopedia que lleva entre oreja y oreja... Y ese abuelo que ya se siente con la espalda en la pared, desprotegido, ese abuelo al que yo he visto ya vacilante, pronunciar el nombre, “fulanito de tal” y poner ya excusas porque, increíblemente, a ver si va a resultar que el tal Pele va y se conoce a los ochocientos y pico jugadores de la historia del equipo; y Pele que antes de dos segundos ha procesado la información y sin compasión ninguna ni piedad le dice al embustero: “Su abuelo de usted no ha jugado en el Barcelona NUNCA”. Recalcando lo de nunca con una alteración aguda de la voz. La explicación posterior: “Bueno, entrenó con ellos alguna vez y tiene una foto con Samitier, espera que llamo a mi tía abuela para que la mande”. Y ese epitafio del Pele, que viene a ser una roca sobre la cabeza: “Que sí, que sí... pero que en el Barcelona no jugó, amigo”. Ese simpático sadismo...
Puede que al principio Pele se cortara un poco de tener una cámara atendiéndole 24 horas al día, como le pasaba las primeras veces que íbamos a ZTV. Pero ahora que ya se comporta en plató como en realidad es (doblando tapes de boli y rascando paredes cuando habla por teléfono), se ha convertido en un animal televisivo implacable y yo vaticino que Pele TV supondría un éxito sin precedentes en la autonómica. Porque yo he visto cómo engatusa con su impulsiva dialéctica a audiencias variadas, desde comerciales de la radio a activistas de UGT, dueños de bar, entrenadores de fútbol, periodistas o escritores. Y lo atienden así, con entusiasmo, porque no deja de ser un espectáculo la mezcla de agitación verbal, conocimiento, velocidad, memoria y torrencial locura que despliega el Pele para tratar los asuntos más peregrinos. Porque lo que ahora parece una tragedia, luego queda en anécdota. Déjate de Aragoneses por el Mundo (¿quién colaría ese programa, señor?)... En una semana Zaragoza entera repetiría como una letanía el catálogo entero de frases habituales del Pele, que pasarían al habla común pronunciadas del mismo modo obsesivo que les agrega su autor. Cosas como “Vitín de diez”, “Tú eres un gran demócrata”, “Jodo, tú no morirás de cornada de burro”, "Oye, que yo soy aragonés", “¿Qué dice la Petonina?”, "Llama al ruso", “¿Y Monchito Ribot?”, "Estoy muy dolido contigo", “No tiras puntada sin hilo”, “A mí no me cuentes películas”, “Aquí estamos, trabajando a lomo caliente para que tú puedas cobrar la jubilación”, “Buen jugador”, “Jugador de diez”, “Carne de pescuezo”, "El mongol del Levi’s blanco", "Ese gachó le cuca el ojo a mi mujer", “Este filete es carnuza”, “Ponnos unas olivicas”, “Jodo, Pirata, cómo te estás poniendo de jamoncico...”, "A ver si les metemos cinco a los del hilo de cobre" (a.k.a., el Numancia), "Fenomenal, fenomenal", "Está sensacional", "A tú no te he punchao", “Doctor, que tú eres amigo mío”, “Tranquilo que entre bomberos no vamos a pisarnos la manguera”, "¿Has leído a Azarías?", “¿Pero vienes o no?” (ésta con mucha urgencia en la voz), “No llames, no” (cuando te llama siete veces en un minuto y medio y no contestas), "Coll de Taula", "Llama a Kings Moon" (nuestro fotógrafo, Alfonso, que se apellida Reyes Luna), “Tú sí que eres de diez”, "Nada el pájaro, vuela el pez", "No sabes lo que me pasó anoche" (cuando por casualidad localiza algún dato que le faltaba para su libro de trayectorias de jugadores del Zaragoza), “Bum bum bum bum, bum bum bum bum, barrita Tantor en Camerún”, "¿Puedo ir contigo, Vitín?", “¿Qué dice Torcaz?”, y las clásicas de su periodo de estudiante en Barcelona: “Al voltant dels mitjans de comunicació”, “Amics oidors de Catalunya Radio”, “Anem tots cap el rectorat”... Más los pormenorizados relatos de la despedida de soltero, el palomo cojo al que emplumaron con colacao en una fiesta en el piso de la universidad, aquella otra de Sami de "yo voy a darte lo que tú necesitas" antes de buscarle pelea con el más grande del bar a un amigote muy reñidor que celebraba su despedida de soltero... Más el anecdotario completo de Biscarrués: la primera vez que pusieron una porno en el casino, cuando aquél le dijo a su mujer, que le había pedido un Kas de limón, eso de "Tú no tienes sed", cuando raparon a dos turistas rubicos que habían tenido la mala idea de pasar por allí, las peleas en las fiestas de Almudévar... Más el ascenso al refugio en el que se jugó los pies para dejar de rueda a su jefe en el Heraldo y cuando sacó de la cama a Moncín, el fotógrafo, a las seis de la mañana en una concentración del Zaragoza, diciéndole por teléfono que bajara corriendo que se llevaban a no sé qué jugador a con apendicitis aguda...
En fin. Que lo tengan ahí en la tertulia de los guapos es una pérdida de tiempo. Se están perdiendo un reventón de audiencias y a un fenómeno social de primer orden. A veces pienso si en realidad no lo conocen.
Lennon zafa del infierno

Yo nací unos meses después de que John Lennon y Yoko Ono se metieran durante siete días en la cama de una suite en el Hilton de Amsterdam, para decir que la paz mundial no era una utopía, sino una posibilidad real, dependiente de la voluntad. Los días del “give peace a chance” y “grow your hair”, una campaña propagandística de dimensiones incalculables para los periodistas que visitaron a la pareja y trataron, seguramente sin conseguirlo, de entender de qué iba todo aquello de hacer declaraciones entre las sábanas, dejarse crecer el pelo o dar una rueda de prensa hechos un ovillo tras la blanca opacidad de una frazada. Lo que se llamaba baggism. Con doce o trece años, mi hermano les pidió a mis padres un tocadiscos estereofónico que sustituyera al giradiscos de maleta en el que escuchábamos los cuentos infantiles. A mí me impresionaba El Soldadito de Plomo, sobre todo en la escena en que el pobre muchacho se iba por el sumidero de la ciudad y conocía los bajos fondos del alcantarillado, con sus enormes ratas habladoras. En aquellos días, por increíble que parezca, mis padres vivían ligeramente preocupados por la insociabilidad del Nan, que apenas iba a ningún lado ni se veía con amigos ni los traía a casa. Su explicación fue ésta: “Es que aquí no podemos oír música”. De las incontables y muy bien recubiertas mentiras que le he oído a ese hombre a lo largo de nuestra vida en común, la de la música y el tocadiscos tal vez sea la que más me ha asombrado siempre. A mi hermano jamás le ha interesado lo más mínimo la música entendida como modo de expresión juvenil, ni entonces ni ahora. Mis padres compraron el tocadiscos y el Lp “Nightflight to Venus”, de Boney M, para acompañar. La fecha de publicación de aquel álbum revela que hablamos de 1978. Poco después, a mi hermano lo cambiaron de colegio. Un día apareció con un single de Tequila, la única vez que le he visto comprar un disco en toda mi vida. Otro día apareció con un muchacho alto y burlón llamado Toño Maza. Otro día apareció con una chica de ojos claros y un pantalón con peto de algodón y rayas azules y blancas, muy finas. Otro día salió y, casi literalmente, ya no volvió a entrar. Y el resto, como se suele decir, es historia.
Ausente el hermano, quedó el tocadiscos, con el que supongo que me ayudé a vadear la edad preadolescente. La primera noticia que tuve de los Beatles fue un recopilatorio de 1979: “Los 20 Éxitos de Oro”. Me gustaba escucharlo pero no me decía nada que no supiera. La segunda noticia que tuve de los Beatles fue el asesinato de John Lennon, en diciembre de 1980: lo busqué en la carátula del Lp y era el de las gafitas y el pelo en doble cortina sobre un rostro alargado. La tercera noticia que tuve de los Beatles fue un documental en dos capítulos en la segunda cadena. Y eso, como cantaría Silvio Rodríguez, fue una luz cegadora, un disparo de nieve. Lo guardé grabado en VHS y aún debe estar por casa. Lo vi un número no inferior a treintamil veces. Al mismo tiempo, antes o después, conocí en clase al señor Guerra, que quería hacer el amor y no su apellido. Se sabía todas las canciones y podía distinguir cuál de los cuatro cantaba cada tema. Y el resto, como se suele decir, es literatura.
Del documental mencionado me impresionó la interminable profundidad del catálogo de los Beatles, cuya música se me empezó a hacer rotundamente concéntrica: por más que agotara todos los discos y todas las canciones, cada escucha suponía un descubrimiento. Éste supone un suceso común para cualquiera que escuche con cuidado a los Beatles. La creciente complejidad de los álbumes contribuía a esa impresión de laberinto sensorial del que aún no he salido y espero no salir. Si acaso, estoy aguardando fuera a que Ali pase el periodo lactante de beatlemaniaca en el que se encuentra y cumpla la edad para iniciarla en las oscuras maravillas del grupo interminable.
Todo este afán memorístico viene a cuento de una sola noticia. De aquel documental me fascinaba el capítulo dedicado a las célebres declaraciones de Lennon en 1966: “Somos más populares que Jesucristo”. Y la respuesta en los estados del sur, en Alabama, en Tenessee, donde pasaron de quemar negros a quemar discos y fotos de los Beatles, animados por locutores radiofónicos que difundían los puntos de recogida de la basura scouser. El paroxismo llegó a tal punto que con alegría inconfundible las televisiones pedían su consolidada opinión a indistintos miembros del Ku Klux Klan. Solícitos, éstos se levantaban la careta de su capuchón blanco y, sobre un fondo de cruces ardientes en la noche, condenaban la frase del músico.
Más de 42 años después de que Lennon la pronunciara, casi 28 después de su fallecimiento a las puertas del edificio Dakota en Nueva York, la Iglesia ha hecho público su perdón por aquel desliz dialéctico tan inteligente. No está mal. Galileo Galilei hubo de esperar más de 300 años en su polvorienta tumba para que se le conmutara la condenación a la que fue sometido por descubrirle al mundo el orden del Cosmos, cuando el mundo no estaba preparado para ello. Ambos tuvieron un problema de timing, diría Ian Curtis ("is my timing that flawed...", de Love Will Tear Us Apart). El día de su absolución, el diario Página 12 de Buenos Aires tituló en su gozosa primera página un titular inolvidable: “Galileo zafa del infierno”. Para una institución sostenida en el proceloso mar del dogma de la eternidad, 42 o 300 años suponen nada, apenas un instante de aliento interrumpido en la maquinaria extensa del espacio-tiempo. La justicia eclesial anda como un tiro. Para celebrarlo, anoche vi la película "The U.S. vs. John Lennon", interesante recuento sobre el lado activista de Lennon a su llegad a Nueva York y uno de los lados oscuros del oscuro presidente Richard Nixon. También estoy pensando en comprarme un tocadiscos, a ver si salgo más de casa.
Just Gimme Some Truth, de John Lennon.
La Historia
A las 6:21 de la mañana me he despertado sintiendo un opresivo desasosiego en el rizado promontorio del pubis, agitado por un violento sueño en el que la presa Hoover reventaba y se desbordaban las aguas por mi cama, poniendo perdidas mis sábanas. Recuperada la consciencia en esa rotunda primera vigilia que uno sufre cuando despierta a horas intempestivas, me he dicho: "Meándome estoy. Y mucho: señal que ha ganado Obama". Con el sentido histórico en guardia, he salido al excusado. Descalzo e involuntariamente erecto frente al Cambio. Tras aliviarme, he prendido el televisor y ahí estaba Obama, proclamando con el sentido dramático habitual en un pueblo educado por el cinematógrafo: “If there is anyone out there who still doubts that America is a place where all things are possible, who still wonders if the dream of our founders is alive in our time, who still questions the power of our democracy, tonight is your answer". Al oírlo me rasqué ahí en lugares que no se nombran; y no por falta de respeto, sino porque la Historia sucede así: en Estados Unidos surge el primer presidente negro después de 43 presidentes y, en su casa, un tipo como yo puede hurgarse la nariz en el mientras tanto. Si la Historia es un momento, completo, con todas sus esquinas, que los historiadores sepan esto: "While America was deciding to follow Obama across the racial divide, I was scratching my balls".
Neil Young llamaba ya a su Mesías en 2006:
"Buscamos a un líder Que ponga a nuestro país a salvo Que reunifique el rojo, el blanco y el azul Antes de que se conviertan en piedra Buscamos a alguien Lo suficientemente joven para enfrentarse a ello A la limpieza de la corrupción Al reto de darle fuerza a la nación Ahí fuera, entre nuestros conciudadanos Hay alguien recto y con la energía necesaria Para rescatarnos de la desolación Y de un mundo destruido, equivocado Alguien camina entre nosotros Y espero que escuche la llamada Puede que sea una mujer O un hombre negro, después de todo Sí, puede que sea Obama Pero él aún se ve demasiado joven Tal vez sea Colin Powell Para corregir lo que hizo mal America tiene un líder Pero no está en la Casa Blanca Se oculta entre nosotros Y tenemos que encontrarlo Sí, tenemos el poder de decidir Pero la corrupción también actúa Necesitamos una victoria limpia Para recuperar la confianza America es hermosa Pero tiene un lado horrendo Buscamos un líder A lo largo y ancho de este país Buscamos un líder Que tenga al gran espíritu de su lado Alguien camina entre nosotros Y espero que oiga la llamada Puede que sea una mujer O un negro, después de todo".
[Looking for a Leader, de Neil Young]
La noche de un fauno

Lo más extraño fue el orden de los hechos, que tal vez revela a un hombre o el estado de ese hombre. Ese hombre tal vez sea yo, pero no necesariamente. Y aquí no hay un vanidoso intento literario de sustituir la primera persona por un genérico ficticio, sino un deseo (torpe, puede ser, pero desde luego honesto) de establecer la distancia entre lo que uno es (lo que uno es ahora, lo que siente ahora, lo que hace ahora) y lo que querría o debería ser, si es que hay imperativos como éste dignos de consideración. Lo más extraño fue el orden. Por qué el hombre pedaleó en su bicicleta hasta el trabajo, si nunca lo hace. Por qué resolvió hacerlo precisamente un sábado, cuando se había vestido con una combinación de ropas más decidida para la incursión nocturna en los lugares de moda que para el activismo urbano. Unos tejanos ajustados, un calzado entre deportivo y elegante, negro, en combinación de pieles; una camisa azul marino, una cazadora negra entallada; una liviana bufandita del mismo tono. Tomó en zigzag la calle Alfonso, por donde todo el mundo parece siempre caminar en dirección contraria a la suya. Subió por el Coso hacia Independencia, pasó de largo, cruzó el semáforo con los peatones y agarró la calzada de Isaac Peral hasta el cruce con Constitución. Dejó el vehículo apoyado en el muro derecho de la recepción, sobre un hueco amplio y muy adecuado. Subió, escribió, más bien veloz, sin gran brillo pero ligero. Al final de la tarde, que ya era noche, consultó la cartelera. Quemar después de leer. Muchos textos deberían arder antes.
Salió a la calle. Aún no llovía, eso había de ser a la mañana siguiente, pero aun así resolvió volver más tarde a por la bicicleta. Después de la película. Y pedalear de madrugada. En un cálido guariche de la calle Moneva pidió un durum de ternera, con salsa blanca y picante. Lo comió en un momento. Pensó si debería tomar otro, éste es el fin de semana de la alimentación relajada. Miró la hora, apuró la coca cola zero, se lavó las manos (qué molesta la insistencia de ese olor alimenticio) y salió para los cines. En la escalinata coincidió con un grupo de chicas que le hicieron sospechar sobre la conveniencia de entrar al cine un sábado por la noche. Faltaban diez minutos para la película. En lo alto de la escalera, la fila rodeaba el vestíbulo, retorcida sobre sí misma. No estaba acostumbrado: el cine siempre fue una sala casi vacía en la que no hace falta esperar para entrar. Dejó la fila. Entró en un bar conocido, pero no había nada conocido. O sí. En la planta inferior, una flaca pelirroja lo miró desde lo alto de una mesa sobre la que bailaba con otras flacas de cabellos distintos. Ninguna con flequillo. Unos brazos lo abrazaron desde atrás. Se giró. No era ella. Era él. Hablaron del partido perdido, de la expulsión innecesaria, del Liverpool, de una hipotética fiesta de conmemoración de la llegada del tipo a la ciudad, 15 años atrás. ¿Se preguntó cómo sería vivir 15 años en una ciudad que no es la propia?
Salió por la escalera contraria, volvió a la calle, entró en otro bar, pidió otro durum de ternera. Debieron ser dos, se animó. Siempre son dos. Vino pronto. Lo trajo una chica morena por el lado de fuera de la barra, aunque él se había sentado ahí, en un alto taburete, para no perder tiempo. A unos metros, la chica, algo gruesa, le llamó la atención por el lunar sobre el lado superior izquierdo de los labios. Al acercarse, el hombre confirmó que no lo era: la muchacha llevaba un piercing, un alfiler de cabeza negra. “Salsa blanca y salsa picante”, dijo el encargado desde el lado opuesto de la barra, poniendo dos botellitas de plástico sobre el mostrador. Mala opción: en cada mordisco hay que ir rellenando la copa del durum con salsa, para sazonar la carne. Incómodo. Excesivo. En el otro lado extienden la salsa blanca sobre el pita, añaden varias tiras de lechuga juliana y una delgada rodaja de tomate natural. Luego, con el borde de una bandejita de hojalata, el muchacho traza una línea vertical, de lado a lado del panecillo, como un reguero de sangre ácida sobre el blanco lechoso. Le llamó la atención ese cuidadoso detalle. Pensó en recorrer todos los garitos de kebab de la ciudad y hacer un preciso estudio. Volvió a la calle, caminó hasta la oficina, tomó la bicicleta por el cuello y luego se sentó sobre ella. Pedaleó por las aceras, la temperatura era perfecta, en la calle Alfonso todo el mundo caminaba en dirección contraria, como de costumbre. Le apeteció un helado. Sujetó la bicicleta a un barrote, en paralelo a otras bicicletas que pasaban allí el sábado por la noche: “Strawberry and cheesecake”. “¿Cuántas bolas?”. “Dos”. “¿Cobertura de chocolate?”. “Sí”. “¿Con leche o negro?”. “Negro”. “¿Para tomar o para llevar?”. Duda. “Para llevar”.
Un hombre solo en una heladería parece una escena de película italiana melancólica. Un hombre solo en un banco de piedra en la calle, tomando un helado, recobra algo de dignidad personal. Afuera, se sentó en un banco de piedra. Durante la tarde consideró un par de veces la posibilidad de salir por los bares, pero las desechó pronto. Ahora, le parecía mentira. El chocolate líquido, al contacto con las bolas de helado, forma una fina capa de bombón negro que se cuartea bajo la cuchara, siempre tan apetecible, crujiente, y si alguna gota alcanza las curvas inferiores forma grumos en los que uno se puede detener y perder la razón. Grumos de bombón negro. El cielo. Lo tomó despacio. Por las calles laterales salía gente del Tubo, grupos cenados de fritos y platos de jamón, champiñones a la plancha y montados de queso batido. Dos chicas con rostro cadavérico se habían sentado en el banco de enfrente. Cutis blanco y ojos con un aura oscura. Es Halloween. Es noche de Todos los Santos y había pasado la mañana escuchando a Johnny Cash.
Subió a casa. Tomó un vaso de agua helada. Buscó si por casualidad en Internet había una posibilidad de saltarse las filas de la entrada del cine. La había. Quemar después de leer. Una muy floja película, sí, pero a un sábado así no se le deben hacer exigencias. Sólo dos medias sonrisas con el personaje de Brad Pitt, una tierna exageración. De nuevo el despiadado canto a los lerdos de la sociedad moderna, típico de los Coen. Parecen odiar a sus personajes. En eso coincidieron con el hombre. Desinterés creciente. Cuando llegó el final ya no estaba atendiendo. Esos chicos nos han hecho pasar buenos ratos, consideró, y seguirán haciéndolo, pero nunca serán grandes. Son curiosos. Son un estilo estilizado, una visión recurrente, lo absurdo de la verdad. Fargo, El Gran Lebowski, El Hombre que No Estuvo Allí, No Es País Para Viejos… Eso va a quedar. El sombrero volando sobre la hojarasca en Muerte Entre las Flores, el hulla-hop rodando por las calles hasta caer a los pies del chico que le da vida, en El Gran Salto; la barcaza que se lleva la basura del mundo bajo el puente en la desembocadura del río, en Ladykillers. No está mal.
Se fue a dormir. A lo largo de la noche soñó que era un hombre que no era un hombre durmiendo en un banco que no era un banco, sino una obra de arte realista en un museo de historia. Los niños lo temían y los más osados querían despertarlo. Para completar la mentira, él mismo se creyó un fauno. No un ser mitológico de los bosques, no, sino el modesto hombre lascivo de Bioy. En el sueño tal vez pronunció nombres que nadie escucharía. En un momento, alguien se apiadó de él y dejó caer un par de monedas sobre la piedra del asfalto: el tintineo metálico lo despertó. Fastidiado, se arrebujó en la bolsa de lona roja y apretó con fuerza el saco que le hacía de almohada.
El extraño

Yo entro en las librerías como paso por la vida: sin intenciones concretas. Incapaz de imaginar un proyecto en plazo futuro o de pensar un título con antelación. Sólo entro y empiezo a dar vueltas. Desconfío de la estantería de novedades y de los volúmenes de tapa dura, como desconfío de los hombres que dan la mano blanda y de los que nunca gritan. En muy raras ocasiones compro un libro con las tapas duras. Me gusta la edición de cubierta blanda, el paperback; y cuanto menor el tamaño, más me gusta. No soporto los libros que no caben en las estanterías, salvo si se trata de una antología fotográfica. Me molesta tener que tumbarlos en el estante o apoyarlos, inclinándolos más de lo que se inclina la cabeza que ansía un hombro. La tapa blanda me ofrece una serenidad que yo solo no alcanzo. Cuando entro en una librería no entro estrictamente a comprar libros, aunque a menudo salgo con cuatro bajo el brazo. Puede que sólo quiera sentirme rodeado por la noble materia, sentir que estoy a cubierto e imaginarme menos solo. En cierta ocasión tuve esta epifanía durante una de mis visitas a Los Portadores de Sueños: ser dueño y atender mi propia librería quizás pudiera gustarme. Me quedé pensándolo. En la mesita, con un ordenador portátil como éste, tal vez haciendo anotaciones como éstas, con un fondo de música de jazz o viejos temas de rock guitarrero, Johnny Cash, Cassandra Wilson, Lisa Ekhdal, infusiones de pop suave (pienso en Trembling Blue Stars, en Jack Johnson, en Elliott Smith, desde luego en Teenage Fanclub o en Belle and Sebastian), recomendarle a un aficionado a Cortázar que lea los cuentos inaugurales de La Otra Orilla, porque ahí está el Cortázar en potencia, con una fantasía mucho más decidida, menos esponjosa que la de sus genialidades posteriores, con un estilo de menor serenidad, pero con una prestancia inconfundible. Leer a Cortázar pensando que no parece Cortázar. Podría hablarles de esas u otras cosas. Como hago aquí. Pasar los mediodías en silencio, almorzar solo si no viene nadie. A las ocho cerraría, dejaría dormir a los libros, bajaría la persiana y saldría con mi bolsa al hombro (tal vez debiera llevar unas gafas de pasta negra) para irme a jugar al rugby. Vendería cedés, sí, pero sólo cedés escogidos, unos pocos. El que sonara en ese momento estaría de pie sobre la mesita con un cartelito que avisara: "Ahora Suena... Now Playing". Disimular la estantería de las novedades. Leer. Releer. Esperar. Pasar las horas. Pensé que sí, que una librería propia me haría feliz. Pero qué sé yo de librerías. De gestionar librerías. "Un negocio ruinoso", se apresuraron a decirme. En las librerías también hay facturas, pedidos, órdenes de la realidad quizás imposibles para alguien como yo, que jamás abre los recibos.
La vida sí que es un negocio ruinoso.
La otra tarde me llamó el Ratón y hablamos de libros y de fútbol, poco, porque no quiero hablar de fútbol. Me he aburrido del fútbol. Es pasajero, supongo, creo. El Pele me proponía ayer un programa de televisión sobre fútbol. Ya ha tejido el fondo, el ambiente, una tertulia en penumbra, como tomando un café. Una lástima, porque el entusiasmo generoso de su idea se estrellaba contra mi cansancio. Hablamos con el Ratón de lo que hace él, de lo que hago yo. Por las mañanas escribe, luego sale a correr, después prepara algo de comida, por la tarde tal vez lee o pasea o sale a tomar algo. Pensé que podría adscribirme de inmediato a ese proyecto de vida. Añadirle algunas expediciones fotográficas de aficionado, esas que hago ahora mientras el doctor Reyes, con esa pedagógica paciencia suya, me explica cómo calcular las relaciones de luminancia entre unas zonas y otras de la imagen que quiero fotografiar. Con el Ratón hablamos de la escritura cotidiana, del hábito de escribir, unas horas cada día, porque es a lo que ahora se dedica. Generalmente por la mañana. Si es temprano, mejor. ¿Con música, me pregunté sin decirlo? No. Ya dije que yo no puedo escribir con música, pero este mismo instante lo está negando porque tengo a Bunbury en el fondo, con un volumen que no es de fondo. Y escribo. Hablamos de los últimos libros que ha leído o está a punto de leer: nombró dos y me provocó la necesidad inmediata de entrar en la librería más próxima y comprarlos. Y lo hice: 31 Canciones, de Nick Hornby. El Adversario, de Emmanuel Carrère. Le agregué Dietario Voluble, de Enrique Vila-Matas, que arranca, por cierto, con el autor en su función matinal y diaria de escribir, con Be My Baby, de las Ronettes, de fondo. Suena el timbre de la puerta de casa y Vila-Matas sale a abrir. Yo no saldría. Tampoco aguardo llamadas. No hay llamadas inesperadas y tampoco las esperadas. Las hay supuestas, si acaso. Pero ninguna hace ruido. Mi teléfono continúa en Silencio. También compré After Dark, de Murakami, éste para regalo. Hablamos del Borges de Bioy, de sus agudas observaciones, del riesgo de la monotonía. Con Lopecito también hablamos del Borges, nos reímos de algunas citas, de muchas citas. Hablamos de Maradona, nos reímos; hablamos de las cosas tristes que han pasado, de otras alegres que han pasado, hablamos de las cosas que no han pasado. Hace tiempo que el Ratón me dijo que un libro de más de 150 páginas le parece un abuso de confianza por parte del autor. Cuelgo. Salgo de casa. Voy directo a la librería.
En contradicción con esa imagen de parapeto anímico, he de decir que las librerías me ofrecen la agradable posibilidad, inexplicable, de sentirme extraño en un lugar conocido. No puedo evitar ese deseo, manifiesto en el anhelo de caminar por ciudades ajenas, lejanas. Cuanto más grandes, mejor. Cuanto más lejanas, más grandes. A González Sáinz le preguntaron por qué vivía en Trieste. Respondió: “Más quisiera yo saberlo. (…) Me siento extraño aquí, extranjero, distante, y sentirse extranjero en el mundo creo que es una de las condiciones de la escritura, habitar el mundo de una forma un poco esquinada”. (Dietario Voluble, de Vila-Matas). Yo también necesito sentir que no pertenezco y que estoy de paso, en éste o en cualquier lado. En un lugar desconocido esa impresión resulta harto más sencilla. Mejor si es de noche y en invierno, aunque no un invierno demasiado melancólico. Mejor si es de noche, en invierno y hay una librería en la que entrar. A veces pienso en tomar un autobús en mi propia ciudad y dejarlo que me lleve hasta al final de la línea y luego seguir caminando en dirección a los campos. Esta mañana me he detenido en esos lugares, aquellos días en los que me he sentido extraño en un lugar desconocido y he tenido que admitir que me hacía feliz. Me he parado en la memoria de una tarde de marzo que resbalaba muy despacio hacia la noche en Edimburgo; una temprana mañana dominical en un café de Glasgow; las veredas de la avenida Santa Fe en Buenos Aires; la Sexta camino de Times Square y Broadway en Nueva York; la sombra recortada en niebla de la sede del San Francisco Chronicle; los rascacielos luminosos de Sydney a la espalda de la bahía; Harrow Road camino del noroeste de Londres, cualquier amanecer, todas las noches, los teatros en el West End, una tarde completa en Charing Cross; la Sofía nítida, aún comunista, de hermosa claridad ordenada; un café en Plovdiv, hecho vapor como un sueño; las callejas atenienses, el capuccino freddo. Lo que pasa cuando no pasa nada, sólo las calles.
No faltarán calles por las que correr. No faltarán calles en las que acordarse de lo necesario que sigue siendo olvidar.
Nota: Se ve que mi conciencia me conoce demasiado bien. Mucho mejor que yo a ella, en todo caso. También sospecho que no le caigo simpático o que me reclama cuentas pendientes que no se van a resolver solas. Suele hacerlo en sueños tan concretos que no parecen sueños sino humores de la memoria. En ocasiones logra hacer coincidir esos sueños con la fecha precisa en que se produjeron los hechos soñados. Eso sí que me parece un exceso de confianza, sobre todo con alguien que, como yo, carece de intenciones concretas cuando entra en una librería o cuando cada mañana, como ésta, ingresa en el día siguiente.
Poluciones nocturnas
Hay que tener mucho cuidado con lo que se escribe, porque alguien podría leerlo. Lo que se escribe, en el momento en que queda sobre papel, deja de ser una polución nocturna y se convierte en hecho incontrovertible. Una prueba en cualquier juicio. En cierta ocasión, Miguel Pardeza publicó en un diario un cuentito en el cual el protagonista aprovechaba la oscuridad del paseo nocturno para romperle dulcemente el cuello a su perro. En la siguiente asamblea de socios del Real Zaragoza, le pidieron al presidente del club su inmediata destitución: era una vergüenza que una entidad de la solera y raigambre del Zaragoza sostuviera en su organigrama a un matador de perros, se dijo en voz alta. Y además lo contaba en un periódico. Exhibicionismo asqueroso. Y de noche. Agravante. El presidente le hizo notar al socio que tal vez, sólo tal vez, Miguel Pardeza no hubiera asesinado de verdad a su perro. Pudo explicarle, de la mejor manera posible, o de la más sencilla, que la ficción y la realidad no son a veces la misma cosa. A veces. Otras sí. Se intercambian, diríamos, se intercambian los cánones, y dan en parecerse la una a la otra, al punto de generar confusiones metafísicas del tipo: “¿Es la ficción la que imita a la realidad o viceversa?”. Pudo decirle eso, pero en tono paternalista trató de arrancarle esa espina dolorosa de duda con una indulgente explicación que no era tal. Era una disculpa. Un error. Una debilidad: “Yo no creo que nuestro director deportivo vaya por ahí haciendo esas cosas. Seguro que hay una explicación”, intentó tranquilizar el presidente a su atribulado socio. Éste consideró que el presidente se estaba cayendo de un guindo o bien consentía y aun aprobaba los oscuros instintos de su fichador de delanteros centros, lo cual bien considerado podría incluso señalarlo como cómplice al menos intelectual. Y le hizo notar dos pruebas definitivas, como apiadándose de su desconocimiento e indulgencia: Pardeza relataba la muerte en estricta primera persona (lo cual no permitía vacilaciones acerca de la autoría); y, además, hacía su confesión en la prensa y sin que nadie le preguntase.
Y en un suplemento veraniego, pensé yo, con el espanto que ese tipo de deshumanización contra los animales provoca en el bañista de Salou.
Luego pensé: “Éstos también votan”. Pero no dudé de la democracia, eso nunca eh. Ni en broma. En España, de la democracia y de la Familia Royal no se puede dudar ni en broma, porque vienen a ser la misma cosa aun siendo cosas tan antagónicas en su misma naturaleza, creo yo, que no he leído ‘El Príncipe’ de Maquiavelo ni interés que tengo. Hablando de votar, la otra noche me quedé despierto hasta tarde viendo a Dexter y luego enganché con el último debate entre Obama y McCain, que me gustó mucho ya sólo por la edad y prestancia del moderador, Bob Schieffer. Un clásico comentarista político de la CBS. Me quedé pensando en los comentaristas políticos de este lado y sólo se me aparecían esbirros o paniaguados, gente como Carlos Carnicero, Losantos, Enric Sopena, Miguel Ángel Aguilar, Urdaci o María Antonia Iglesias, ese extraño ser hecho de curvas retorcidas. Desde el momento inicial, yo fui con el moderador. A muerte.
Durante el debate, cuando los oía hablar sobre medidas fiscales, sobre Joe el Fontanero de Ohio o sobre el nivel educativo en Washington DC, me pregunté por qué exactamente nos interesa tanto la presidencia de Estados Unidos si ninguna de esas cosas nos van a afectar. Gervasio Sánchez agitó aún más mis dudas cuando, en una entrevista con Luis del Val, confirmó lo que cualquiera sospecha fácilmente: “Da igual que salga Obama o McCain: Estados Unidos no va a cambiar su política exterior”. Yo a Gervasio le tengo una fe sin reservas desde que compartimos espacio y tiempo en la redacción, porque una vez me giré y le dije: “Gervasio, el periodismo está muerto”. A lo que él, corresponsal de guerra, me contestó muy cordobésmente: “Hace mucho de eso, macho”. Y después nos pusimos a hablar de ‘Mystic River’.
Los dos candidatos me parecieron mediocres, pero eso siempre me pasa porque a mí, por definición y salvo excepciones, los políticos y los periodistas con cargo me suelen parecer mediocres. McCain se comportó como un púgil aspirante, a medio camino entre la obligación de parecer desesperado, agresivo, y el desinterés de hacerlo. Obama tiene el don de la elocuencia y sobre esa base le han construido una campaña extraordinaria, hasta convertirlo en un arquetipo con ribetes míticos. Su discurso, sin embargo, me pareció de una palmaria oquedad. McCain se atropella al hablar y tiene el cuerpo envarado de una manera extraña, como si siempre sufriera de contracturas en el cuello o no le hubieran activado todas las articulaciones. Aun así se las arregló para sacarle la careta a Obama con la frase de la noche: “Deje de hablarme de Bush, señor Obama. Yo no soy Bush: si usted quería competir con él, haberse presentado hace cuatro años”. El Mundo tituló su primera crónica de madrugada con esa frase. Yo también lo hubiera hecho, de lejos. El País dijo que McCain se había dedicado a atacar personalmente a Obama. Los republicanos son mala gente.
Arcadi asegura hace tiempo que va a ser el próximo presidente de los Estados Unidos, y ni siquiera el Efecto Bradley lo apea de esa convicción. Ni a él ni a nadie. Bradley fue un alcalde de Los Ángeles que se presentó a gobernador de California en el inicio de los años 80. Era de raza negra. Todas las encuestas lo señalaban como ganador, sin lugar a dudas. Y perdió. De lo cual los estudiosos dedujeron que el electorado miente en las encuestas para que nadie lo acuse de racista por elevación, pero luego va a la urna y vota al más clarito de los candidatos. Tienen estimado en un 3% la cuantía del Efecto Bradley y en un 2%, más o menos, el índice de error de las encuestas. Así que a Obama le queda ventaja para rato.
Me pregunté por qué no habían ganado las primarias Hillary Clinton y Rudolph Giuliani. Me pregunté qué ruido hace el cuello de un perro al romperse. Me pregunté si Miguel Bosé y Bimba Bosé no serán la misma persona, uno el travestido del otro, no sé cuál de cuál. Es que se parecen tanto, en todo... Supuse que llevarían haciéndolo años. Luego me quedé dormido mientras escuchaba a Neil Young...
Impugnemos al Presidente por mentiroso
Y por engañar al país para ir a la guerra
Abusando de todo el poder que pusimos en sus manos
Por llevarse nuestro dinero por la gatera
¿Quién es el hombre que contrató a los criminals?
¿Quiénes las sombras de la Casa Blanca que se ocultan puertas adentro?
Manipulan los hechos para que se ajusten a sus argumentos
De por qué tenemos que enviar a nuestros hombres a luchar
Impugnemos al Presidente por espiar
A nuestros ciudadanos en sus propias casas
Por transgredir todas las leyes del país
Pinchando nuestros ordenadores y teléfonos
¿Qué pasaría si Al Qaeda hubiera volado los diques?
¿Es que hubiera estado Nueva Orleans más segura?
¿Protegida bajo el escudo de nuestro Gobierno?
¿O es que simplemente ese día alguien no estaba haciendo su trabajo?
Flip
(“Todo lo que les puedo decir es que Osama Bin Laden es el principal sospechoso…”)
Flop
(“No sé dónde está… Para no mentir, no me preocupo demasiado de él”)
Flip
(“Lo quiero detenido. Quiero justicia”)
Flop
(“Vivo o muerto”).
Flip
(“Saddam Hussein ayuda y protege a terroristas”)
Flop
(“Incluidos miembros de Al Qaeda”)
Flip
(“Nunca dije que hubiera una conexión directa entre el 11 de septiembre…”)
Flop
(“…y Saddam Hussein”)
Flip
(“La Guerra es mi última opción”)
Flop
(“Vamos a freírlos… Que vayan pasando”)
Flip
(“Si piensa en el Acta Patriótica… las garantías constitucionales están aseguradas”).
Flop
(“Para pinchar un teléfono se necesita una orden judicial”)
Flip
(“Saddam Hussein tiene en su poder armas de destrucción masiva”)
Flop
(“Sin embargo, no hemos encontrado armas de destrucción masiva”)
Flip
(“Es cierto que la mayoría de las informaciones de Inteligencia eran erróneas”)
Flop
(“Ahora nadie puede poner en duda la palabra de América”).
Vamos a impugnar al presidente por secuestrar
Nuestra religión y usarla para salir elegido
Dividiendo nuestro país por colores
Y aun así abandonando a su suerte a la gente negra
Gracias a Dios va a acabar con los esteroides
Dado que ha vendido su viejo equipo de baseball
Hay un montón de gente con problemas
Pero, desde luego, nuestro presidente está limpio
Gracias a Dios...
(Let's Impeach the President, de Neil Young).
Inmortal y bella

La abuela no habla porque tal vez no tenga nada más que decir. Porque le basta hacerse entender de una forma cuidadosamente primaria o bien porque ha aprendido la síntesis de los sentimientos y necesidades. A mí me besó las manos, tomándolas entre las suyas; me las besó con dulzura religiosa, con un amor devoto. Qué hermoso gesto. A sus bisnietos los miraba y sonreía de un modo en el que yo quise ver algo de ironía, de asombro por la distancia, por la fenomenal agitación con la que contribuían a la escena. Alicia había escrito una pequeña cuartilla en la que le decía felicidades, yaya, espero que estés bien, este verano he estado en Laredo y he montado a caballo, te quiero mucho. Alicia tiene la gozosa necesidad de expresarse por escrito. Imposible no reconocerse, a la distancia, en esa tentativa íntima frente al mundo. En el vano intento por modelar los sentimientos de los demás a través de los propios. Veremos si persiste. Quería leérsela pero al final no lo hizo. A Alicia le gusta la interpretación de los textos, las canciones, los bailes, en público. La nota tenía el sentido de la lectura frente a ese pequeño auditorio familiar. Después, se la regaló al abuelo para que él la guardara. Afuera, los pequeños corrían. Afuera hay un jardín soleado de parterres y figuras tranquilizadoras. Y una galería corrida, con un generoso aire del novecientos, orientada de modo que conserva todo el calor de las mañanas, aun si fuera mínimo. El lugar subraya la repetición intachable de los días, salvo por los detalles. Suprime todo lo accesorio de la vida, que va quedando en una raspa desnuda de horas y esperas, adormecimientos cruzados por un recuerdo o un sueño muy lejano, mañanas de visita, algún fallecimiento sin mayor significado, la noche, la mañana, las tardes, la comida, la temprana cena, los pasillos, los salones, la visita al servicio, el sol. La abuela ha pasado un año en silencio. Aún sonríe, claro que sí, aunque no puede evitar una mirada extrañada a su alrededor. No es confusión, es sabia economía, conciencia plena del tiempo. Sus manos conservan la finura delgada de la piel y tiene los labios cálidos cuando besa. Maneja su pequeño mundo interminable con una agilidad de ilusionismo que nosotros ni siquiera entrevemos. En cierta ocasión, poco después de su centenario, vio en mí a un sobrino suyo. Al principio me entristeció, tomé la confusión por un signo de decadencia nada sorprendente, pero siempre odioso. Luego comprendí que ese teatro mágico, ese juego de equívocos de la memoria, podía ser un último regalo que hacerle, acaso el más precioso porque ampliaba las posibilidades de su existencia como un espejo multiplicador. Más allá del jardín soleado, de las habitaciones, de la rutina, los días insistentes, el tiempo, la memoria, los espacios. Ese prodigio la convertía en inmortal. Inmortalmente bella. Capaz de habitar cualquier rincón de su minucioso recuerdo, cualquier instante de su vida, y recrearlo a su gusto. Cualquier tiempo. Me sentí feliz de poder encarnar ante sus ojos al sobrino que ella quisiera ver en esa precisa mañana. Ser todas las personas que la cuidaron o la acompañaron durante años en su casa en Lavapiés; a los que ahora, en este epílogo tan felizmente largo, ha tenido lejos. Representar para ella cualquier escena de su vida. Al hacernos la fotografía, todos sonreímos. La abuela, siempre en silencio, primero apartó la vista con un aire melancólico. La luz del día entró a reflejarse en sus gafas. Después, tranquilamente cerró los ojos.
Este año, 5 de octubre, la abuela no dijo nada. Su modo de comunicarse aún contiene una extraordinaria viveza de gestos: asentimientos, sonrisas, miradas. Pensé que tal vez se está despojando de forma natural, inevitable, de todos los pequeños o grandes lazos que ha establecido durante sus 101 años de vida. Sospecho que en el final sólo quedará una última mirada, equivalente a la primera mirada del nacimiento, y un hervor interior, el último pensamiento, la punzada final de silenciosa conciencia que habrá de sustituir al que fue el primer llanto de aquel bebé, que vino al mundo en Granada para conocer un siglo.
Yo soñé esta mañana que me moría
La otra mañana ponderaba mis laberintos y pensé en Borges, una cómoda asociación nada fatigosa, como cualquiera sabe. Aún no he soñado un laberinto o no lo recuerdo, todo puede ser, pero me he propuesto soñarlo una de estas noches. Y sé que lo haré. Como otras personas se proponen el imposible olvido, yo imposiblemente me propongo sueños para luego recrearme en ellos. Todos estamos en desventaja: los que pretenden decidir lo que olvidan (yo no aspiro a ello, no sé hacerlo) y los que pretendemos decidir lo que soñamos. Releí algunos textos del Viejo sobre el simbólico espacio del laberinto y me abandoné a sus conversaciones con Joaquín Soler Serrano, tan generosas. Escuché a una muchacha declamar con atractiva serenidad el intrigante relato 'El Otro'. En él, un joven Borges se sienta cierta mañana en Ginebra en un banco frente al Ródano mientras, muchos años después, un anciano Borges se sienta cierta mañana en Cambridge en un banco frente al Charles. El banco se encuentra en una intersección de tiempos y lugares levemente convergentes. Ambos dialogan sobre la extraña naturaleza del encuentro, conscientes de que tal vez se sueñan (y quién sueña a quién, razonan) o de que cualquiera de los dos ha de ser, a la fuerza, el otro. Pensé en los otros, en mis otros, con los que me encuentro aquí mismo.
He vuelto a Cortázar en septiembre, como solía hacer. En una noche y apenas una mañana, la mañana en que ponderaba mis laberintos, leí ’La Otra Orilla’, colección de relatos prematuros del autor argentino, virados hacia la intromisión de lo fantástico (lo mágico, diría Borges) en la realidad cotidiana. Si algo me atrae hacia Cortázar es la admirable proximidad de su prosa, un engaño de proximidad, quise decir. Parece que cualquiera pudiera acceder a ella, incluso yo. En ’La Otra Orilla’, sin embargo, Cortázar aún no se ha quitado esa primera piel de limpia vanidad en su escritura. Parece extraño: resulta más fácil el artificio que la sobriedad. A pesar de la molestia inicial, los cuentos resultan fascinantes, oníricos e irónicos. Casi sin detenerme tomé del estante ’El Otoño en Pekín’, de Boris Vian, una terrible deriva hacia el absurdo que explica un periodo en el que todo es posible. Hace dos veranos releí ’Escupiré sobre vuestra tumba’, despiadada, atroz novela negra de Boris Vian, una de las mejores que leí. Lo mejor de Vian, autor que me divertía mucho al poco de cumplir los 20 años y al que dejé atrás sin querer. ’El Otoño en Pekín’ no tiene nada que ver con el otoño ni se desarrolla en Pekín, lo que explica a Boris Vian, si eso es posible. Veamos:
"Amadís se aproximaba, aproximadamente, a las ocho veintinueve. Le quedaba un minuto para llegar a la parada, lo cual representaba exactamente sesenta pasos de un segundo, pero Amadis daba cinco pasos cada cuatro segundos y el cálculo, demasiado complicado, se esfumaba en su cabeza. En consecuencia y como era normal, el cálculo fue expulsado con la orina, haciendo toc contra la loza. Pero eso fue mucho tiempo después".
Y todo así.
Mientras sueño laberintos, alegrías o tristezas (mucho más sencillas de recordar, las alegrías no persisten), esta noche soñé con David Villa y con Michael Phelps. Con el primero tomábamos algo en un bar y al segundo le hacía una enrevesada pregunta sin sentido que disimulaba entender y contestaba mucho mejor de lo esperado. Por la mañana, en los diarios he visto que Villa marcó anoche dos goles, lo que tal vez haya conspirado a favor de mi indeciso sueño; y encontré también unas declaraciones de Phelps: "A veces no sé en qué día vivo". Notable. No logro fijar su respuesta a mi pregunta, que bien pudo ser esa.La otra mañana soñé completa la enérgica melodía de ’Born on the Bayou’. Al despertar, recordé que ya la había escrito John Fogerty, imaginando para sí mismo una infancia sureña que jamás vivió. Molesto por que se me hubiera adelantado la Creedence Clearwater Revival, mojé la mañana en café con leche instantáneo, como los personajes parisinos de Cortázar, escuchando el Doble Rojo de los Beatles.
En mi cabeza, 'Born on the Bayou' sonaba exactamente así.
Juicio al hombre barbado

A estas alturas os supongo enterados de que Somniloquios no es, ni mucho menos, un esfuerzo individual. En el proceso toman parte al menos tres sujetos, aunque sólo dos de ellos se pueden considerar verdaderos autores de estas líneas: el Velocista, entidad incorpórea con la que ya estáis familiarizados, un tipo agraciado con el don de la repentización, el ingenio y la velocidad de escritura, al que Ornat recurre con frecuencia cada vez mayor para que le saque las castañas del fuego en época de crisis creativa o urgencia horaria. En segundo lugar está el Hombre Somniloquio, el verdadero origen, alma y razón de este diario inconstante. El Hombre Somniloquio es ese señor, oculto del otro lado, cuya negra conciencia se expresa en desaforados gritos nocturnos que rasgan la oscuridad de las habitaciones en las que yace, confundiéndose con rezongos guturales más o menos articulados, cuasi animales, exacta metáfora de su bizarra existencia. A consecuencia de esas mutaciones lo afecta una grave dificultad para distinguir entre la realidad y el sueño, entre lo onírico y lo cotidiano, al punto de intentar adueñarse de ambos lados. Tan penosa condición le confiere a estas líneas su carácter propio: al Hombre Somniloquio lo podemos considerar el verdadero responsable de los pasajes más sombríos y desencantados. También de los más iracundos o intelectualmente nítidos. Somniloquio posee la brillantez de lo oscuro. Él es la inspiración.
Finalmente, a la espalda de ellos, aparece el barbado Ornat, un parásito que no opera sino como mero instrumento de los otros dos, arrogándose prestigios que no le corresponden. Por ejemplo, el de la firma. Una manifiesta injusticia. Deben ustedes saber que Ornat apenas puede ser considerado un vehículo para la exposición de las habilidades y muy poco humanas penurias de los otros, que por celo hace suyas, para satisfacer mediante las historias que les sisa a los otros su propio y rudo afán exhibicionista, la desnudez hedionda de sus obsesiones. Somniloquio, el Hombre, es animalmente carnal o carnalmente animal, deslenguado y montaraz. El barbado (Ornat, siempre gustoso de llamar la atención, luce hoy por hoy hirsuto vello rojizo, desordenado desarreglo capilar, un agresivo descuido en las formas) es quien pone la cara y se encarga de los comentarios y debates con el público, si los hubiere. Poca virtud hay en esas tareas, pero él firma por todos.
A resultas de tan poco piadosa trinidad, Somniloquios deriva en formas diversas, desiguales y de escasa compensación estilística, formal o temática. O sea, que no hay por dónde cogerlo. Es un verdadero milagro que se mantenga en pie. Además rezuma flagrante incoherencia, por si los anteriores pecados se juzgaran pocos. No han faltado críticas a la selección musical hecha este verano por el barbado, que se las da de melómano (pero menos) siempre que puede, cuando en realidad no junta ni dos baldas de discos y a lo más que llegó de joven es a Boney M y la versión española de Jesucristo Superstar. ‘Nighflight To Venus’, del protéico y sugerente cuarteto germano, fue el primer elepé que sonó en su giradiscos. En aquellos días canturreaba todos los temas del andrógino Miguelito Bosé y hasta tenía un poster del cantante en la habitación que compartía con su respetable hermano. Ahora, con esa escasa estima por la moral que lo caracteriza, el bravucón barbado le grita a quien quiera oírlo que bien a gusto le daría una patada en los huevos al hijo del torero y la actriz. Que alguien como él, educado en la compra anual de ‘La Gran Premiere’, las recopilaciones de éxitos, pretenda ejercer ahora de faro estilístico de la escena pop-rock y aun de sus precedentes, ha de considerarse patético. El Hombre Somniloquio se lo recuerda siempre que puede.
Esa selección de canciones de amor (el mero epígrafe obliga a la conmiseración) no ha sido sino hija de la pereza veraniega del sujeto, todo hay que decirlo. Pereza veraniega que últimamente, hemos observado, va saltando estaciones. Se aproxima el otoño y el barbado continúa en letargo. De ahí su escasa, paupérrima producción de los últimos tiempos. Llegada está la hora de decir esta verdad y desenmascararlo: en cuanto el Hombre Somniloquio y el Velocista lo dejan solo, Ornat no junta tres letras ni a tiros. Que nadie os engañe. El barbado tiene presencia, puede ser, y esa fotito en el Amoeba de San Francisco que tan bien le sienta al blog. Pero ha tratado de reclamar en cada ocasión, a tiempo completo, la presencia de un generoso ingenio como es El Velocista, para que lo indulte de sus ineptitudes y le salve la cara. Por supuesto, el Velocista no se ha dejado engatusar, ni siquiera cuando Ornat le ofreció a cambio de sus servicios favores y prebendas que no podemos reproducir aquí por obligada consideración a las damas que se asoman hasta esta ventana. Sentimos la decepción, si ésta se produce, pero cuando hablamos de Ornat estamos hablando de un completo, verdadero, definitivo farsante. Si creíais que él mismo se había delatado en aquella entrada de hace un par de meses, estáis bien equivocados: ahora sabéis que fueron otros quienes lo obligaron a confesar. El embuste, sin embargo, siempre toma desprevenidos a algunos ingenuos: hace pocos días tuvimos ocasión de comprobar cómo alguien trataba a Ornat de “adalid de la cultura zaragozana”, por haber presentado un libro cuyo autor era y es, naturalmente, uno de sus desahogados amigotes. En lugar de deshacer el equívoco, Ornat (que por cierto a esa hora sudaba copiosamente, casi vergonzantemente, en su cotidiano e inútil esfuerzo por modelar su cuerpo en el abigarrado ambiente de un gimnasio), ese Ornat desasistido de toda dignidad, decimos, calló y concedió, como el torpe vanidoso que siempre ha sido. Calló. Otorgó. Cuando se le acusa, el barbado acostumbra a callar.
Como callará ahora, frente a esta abierta, justa, pública acusación. Era hora de que supiérais algunas verdades que se ocultan como miasma subterráneo bajo la amable apariencia de este Somniloquios… No esperéis del barbado una palabra de disculpa, un arrepentimiento mínimo, una concesión a la indecencia de su comportamiento. Callará.
Porque siempre calla, ese cobarde mariconzón con barba.
[Foto: El barbado Ornat, autorretrato con morena al fondo].
Las chicas de los libros

He pasado el verano en un triángulo escaleno de tres vértices: Bill Bufford (‘Heat’), Murakami (‘Kafka en la Orilla’, ‘Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol’), Richard Ford (‘Acción de Gracias’). Esta vez no ha habido espacio para las novelas negras, ni para Hammett ni para Chandler (aunque el verano siempre me trae alguna conversación, al menos, sobre Chandler), ni para Perry Mason y su secretaria, leve seductora entre líneas. Como no ha habido lugar para tantas otras cosas.
A menudo, en verano me acuerdo de Paula Lavalle, la argentina de cabello rojizo y sonrisa intelectual de ‘Los Premios’, de Cortázar. No puedo desanudar su nombre de una memoria dolorida de pérdida, como tampoco puedo despegarme el ansioso aroma sexual de Beula, de ‘Un Trozo de mi Corazón’, quizás mi novela preferida de Richard Ford. Ni olvido a Teresa, la chica en desventaja de ’La Insoportable Levedad del Ser’. Son casos diferentes, chicas de improbable conciliación. Pero no tenemos un tipo de chica preferida, y menos en los libros: Beula y Paula y Teresa son tan disímiles como Marilyn y Kim Novak y Joan Fontaine. Y sin embargo, podemos amar a todas o desear amar a todas o desearlas a secas. En el momento mismo de conocerla, uno comienza a perder a Paula, distante, inabordable aun en el estribo de esa extraña piscina, sobre la cubierta del barco en la que los personajes de la novela de Cortázar miran pasar el tiempo, o el tiempo los mira a ellos, sin saber a dónde va el tiempo ni a dónde van ellos, ni qué pasa en los camarotes ocultos, en las estancias asfixiantes del crucero. En Beula hay otro abismo más carnal, tan reconocible, tierno como la cara interna de los muslos, precipicio absoluto. Una puerta de entrada a la dimensión de las pasiones incontrolables. Teresa extiende un complejo de culpa envenenado, como un beso muy suave.
Ford y Murakami encarnan de manera precisa los límites opuestos de mis días, mis días ahora mismo. Los días casi como los libros, como sus personajes. Antagónicos, opuestos, irreconciliables. Personajes y estilos. Sentimentalmente descarnados, difusos a su modo, los de Ford, con el indecible Frank Bascombe a la cabeza. Mortalmente vulnerables, de engañosa ingenuidad, como la misma escritura japonesa, esa apariencia de simpleza que recubre una profundidad insondable... Así son los de Murakami: más aún ellas, casi siempre mujeres en fuga interior, dueñas de una belleza asolada por algún accidente íntimo, un error de medida, un desacuerdo de la mente, todas a punto de desfallecer. No me gusta hablar sobre libros, aunque a veces lo haga, como ahora. Pero no son los libros, son ellas. La esencia de la lectura me resulta tan íntima que no puedo exponerla en formas críticas o hilar argumentos académicos para una discusión. Si atiendo a la técnica de la escritura lo hago de modo casi inconsciente. Al escribir, sin embargo, estoy obligado a observarla un tanto más, aunque la escritura me venga dada ya en la cabeza, como una música interior que sólo hay que precipitar, con mínimos cambios, sobre el papel. El virtual papel. Un mecanismo muy extraño. Tan natural que rechaza ponderaciones demasiado serias o entusiastas.
Y así estamos: entre Ford y Murakami, entre el vacío y el sollozo. Programando canciones para conjurar memorias o futuros. La tenue realidad de Joan Fontaine mezclada con un sueño turbador en el que aparece, constante, Marilyn. Llevo días pensando que debería releer ‘La Insoportable Levedad del Ser’, un libro que afronté hace años, supongo que a destiempo. Creo que ahora, tan ingrávido como me siento (tan ingrávido como la otra tarde a 20 metros de profundidad en el Mediterráneo, rodeado de un espacio sombrío de agua que podría ser el espacio exterior o cualquier lugar indeterminado del Universo, feliz por esa conquista de los temores), ahora que estoy así tal vez deba examinar el espíritu frente al espejo de Kundera, y compadecerme (o tal vez ya no lo haga) de Teresa, de Tomás, de mí mismo. Querer ser Karenin, el perro, su felicidad inquebrantable, mínima, repetida cada mañana, cada día repetida en los días repetidos. Un eterno retorno inmediato.
No es que esté relajado, estoy alejado. Mi condición habitual desde hace meses. Asintomática salvo por la evidencia: todo se ve más lejos de lo que en realidad está. Algunos automóviles incorporan esta advertencia en los retrovisores: "Attention: objects are closer than they appear in the mirror". Podría ser una lección de vida: todo está más cerca de lo que parece en el espejo.
Eternamente dormido

Marilyn está viva y lee este blog. O tal vez sólo lee el blog y porque lee el blog, porque me lo ha confesado esta noche, yo he querido deducir que también estaba viva. No es necesario estar vivo para anotar esta dirección en la barra de búsqueda; ni siquiera es necesario estar. Todos vamos pasando y vamos muriendo y aparecen nombres en los comentarios (pocos ahora, todos morimos algo más en verano...) o aparecen anónimos que pueden ser personas que pasaron o tal vez murieron o no, vuelven y dejan unas palabras incomprensibles para contestar a este diálogo sin voces, a esta virtualidad de apariencias diversas. Pasar y morir puede ser lo mismo. Veo mi propio funeral representado sobre el escenario en sombra, desde la primera fila de la platea, con un foco encarnado atrás, abajo, que proyecta luz en un cono ascendente. Los ingleses descubrieron hace mucho que pasar y morir era lo mismo: por eso dicen pass away, que significa eso mismo. Pasar, morir.
Marilyn está viva y la última noche me ha dejado una nota en la mesilla. Decía, escuetamente: "Leo tu blog. Espero que encuentres a tu gatito". Firmado, Marilyn. Después de recibirla he salido a la calle a caminar y el paseo Independencia era así, como en la foto, todavía hace 30 años, sin reforma, aún con ese aire desleído de las viejas imágenes y unas nubes rosáceas que lo cruzaban de lado a lado sin observar los semáforos. Por los porches se ocultaba alguien que quería ser conocido pero no lo lograba, el rostro tenía esa negación de los nombres que a menudo ocurre en los sueños. "Eras tú pero sin tu cara, tú pero sin ser tú". Era yo, pero sin ser yo. Estabas en huida entre los soportales, queriendo verme sin ser vista, y yo quería atraparte sin querer perseguirte. Yo deseaba huir pero tú lo hacías por mí. Sin ser tú.
Por la mañana, la nota de Marilyn no estaba ya sobre la mesilla. Quedaba una novela de Murakami que está punto de morir como sus personajes, desdoblados en sucesivos pliegues de la realidad mientras hablan con los gatos. Y un par de llaves para abrir lugares inciertos. Marilyn está con Elvis. Bob también lo sabe. Yo no tengo ningún gatito.
Lo confieso: algunas mañanas son peores que otras.
Expo Borbón 2008

Allí en la Puerta del Ebro deberían plantar un gran marcador que mostrara la evolución del duelo de visitas Reales (con mayúscula monárquica) a la Expo, que en este momento señala un flamante empate: La Reina y yo, 3-Pipe y la Flaca, 3. Venían en desventaja el heredero independizado y su chica, pero el miércoles empataron con una visita repleta de éxito y calor popular, repartiendo saludos y apretones de manos, con lo cual el pueblo ruso tiene algo que contar de su visita a la Expo aparte del hostión que se dio el del Hombre Vertiente, que eso tiene mala pinta, pobre, y el desconcierto que supone subirse 23 pisos hasta la cima de la Torre del Agua para luego no poder ni mear ni ver nada, que no sé para qué nos metemos semejante rampa, chico. El contento popular no tenía parangón, sin embargo, con el contento periodístico; porque oye, tres páginas de los apretones de manos ya te salen, con lo cara que está la información en la Expo que es que ya no saben ni qué contar; anda El Probador del Centenario ya probando cualquier cosa, que si el amor en la Expo, que si ahí se mete o no se mete, que si un termómetro de última generación para ratificar que a la sombra hace más fresco que al sol... A quién coño se le ocurriría que esto durase tres meses y encima de verano, que si no se incendia el tema ya no hay qué decir. Ahora la noticia es que ponen terrazas. La Expo está que lo tira: como para abrir periódicos.
Terminada la Eurocopa y conquistado Wimbledon, Felipe y Letizia regresaron de London así como con bajón, ¿no?, se nos ha quedado el verano marchito hasta los Juegos. Y eso de los Juegos habrá que verlo, chiqui, porque hay una humedad ahí del quince y tú sudar no me puedes sudar mucho, princesa, que se te viene el vahído al hueso a la mínima. El caso: no hay lugar menos acogedor que Londres un domingo, pero como alguien les había pasado una entradita para el palco de la Central, lo salvaron bien. Nadal ganó porque la Familia, incluso el separao Marichalao, da suerte y triunfo y bonanza. No como Zapatero. Y eso que en Wimbledon no son como aquí: la BBC no enfocó a los tórtolos de Viena en todo el partido, ni en las lluviosas interrupciones, hasta que Nadal fue a saludarlos al final para darles las gracias por esos passing shots que le habían inspirado. Cinco horas y pico de venga raquetazos y ni un plano de la BBC, bien porque son tipos serios en esa cadena, menos papanatas que nosotros, o bien para evitar las escenas de alto contenido erótico que Pipe y la Flaca protagonizaron en el palco del Prater durante la semifinal España-Rusia de la Eurocopa. Los herederos se fueron poniendo rijosos conforme caían los goles y esas sonrisas y ese cógeme la cintura que estoy que lo rompo y ese ayayay Pipe qué golazo, no dejes de traerme a la final por Carlos IV y María Luisa de Parma te lo pido. Esas muestras de euforia sexual fueron los primeros rasgos de humanidad que le vimos a Letizia desde que la enviaron a recoger chapapote al Nunca Mais. Le cayó todo ese agua en la boda y ya no se había dado un alegrón como éste la mujer, ya era hora que también tiene derecho, que le está pasando de todo: que si la Telma, que si lo otro, que si el Peñafiel, la abuela y que si mire usted con El Jueves. Si es que donde esté el fútbol...
Pero a la final se apuntaron la Reina y yo, como no podía ser de otra manera, para ratificar la jerarquía y asegurar la victoria contra los tanques alemanes. Y un poco quizás por bajar el termómetro libidinoso que los otros habían puesto por las nubes con su apasionamiento tan lacayo. La Reina y yo se agarran la cabeza, hacen comentarios jocosos, intercambian comentarios de corte institucional... pero tocarse ni se tocan. Gol de Torres: eh, quietecita ahí y que corra el aire. Casi ni se hablan. No sé si habrá algún documento en el que se les vea mezclar palabra. Y así no es de extrañar que Sofía no se haya quitado el acento borbóngrecia en todos estos años, y mira que ya sería hora. Le pasa como a Cruyff, Di Stéfano y Michael Robinson, gente arraigada en lo propio.
Perderse la final no debió de gustarles a Pipe y su doña, que como contestación se apuntaron primero a la historia en Wimbledon y luego decidieron empatar en la Expo. 3-3 va la cosa, ya te digo. Si no vienen más, es que tenían pase de tres días. Ahí sí que podemos vislumbrar una escena digna de casa real tan popular como ésta. Preguntaría Prince, indeciso: tú que sabes de estas cosas, Letizia, siendo herederos de la Corona, si es que se nos puede llamar así, ¿nos conviene más pase temporada o el nocturno?. El nocturno no que Froilán duerme mal y hay que estar en palacio prontito, repuso Letizia. Joder, que te tengo dicho que Froilán es el de mi hermana, que vaya tostada llevas con los nombres de los críos... Lo que sea, insistió Letizia. Y se puso a mirar la agenda del móvil: espera que digo yo que alguien nos conseguirá una acreditación de periodistas, me parece que ahí en Antena Aragón conocía yo a alguien... Aragón Televisión, mujer, que ya hicieron la Autonómica, que no te enteras. Yo es que desde que quitaron el programa del Chesus y el Valeriano no la veo, dijo como para sí Letizia. De forma que Pipe no se fió y bien que hizo, porque luego había que recoger las acreditaciones haciendo fila con los empleados, y el populismo sí, pero controlado, sin pasarnos. No vamos a estar ahí Letizia con los de los quioscos y el voluntariado, tú con esos vestidos color hueso de Audrey Hepburn que gastas no te puedes exponer de esa manera. Pero si yo soy muy llana. Quita, quita. Así que mandó el Príncipe valiente al chambelán que les sacara pase tres días por si acaso, déjate que yo no me la juego que esta Expo no me la pierdo, tú. Con telecabina, para asegurar todas las opciones. Ale, a la cola. Y gracias a eso empataron a tres.
Ahora hacen un alto todos para irse a Marivent a ponerse las bermudas y la camisa polo, que ya vale ya de pasar calor con los trajes y las americanas de tonos fríos. Y luego ya se verá en septiembre. Si Belloch o bien la pianista han puesto en orden para entonces la cosa de la navegabilidad del Ebro, igual se vienen aguas arriba vía Tortosa-Flix-Quinto de Ebro con el Bribón del Rey. El barco, ojo. Marichalao ha dicho que si eso, él se coge la moto de agua del hermano y se llega en un momento a pagar una ronda y cenita picoteo en el Café del Mar para desengrasar un poco con los suegros y ver a los chicos. Pero que a ver si refresca un poco porque él sin bufanda no sale de casa.
[Foto: Letizia, justo antes de meterse en la cama, pensando a quién podría llamar ella para agenciarse una acreditación de esas de la Expo...].
La gafa

Han vuelto las Ray Ban de pera. Os lo digo por si os habíais quedado ciegos en los últimos días o bien os sacásteis los ojos (ellos) para no caer derrotados por la exhibiciones veraniegas de ellas. Las Ray Ban de pera, sí. Las del cristalito verde, la varilla dorada, las de los años 70, finales, las de Top Gun... Naturalmente Ray Ban no las llama las Ray Ban de pera, sino Ray Ban Aviator y de ahí que Tom Maverick Cruise y sus chicos se las pusieran en cuanto bajaban del cazabombardero. Porque son gafas de piloto de guerra, hechas sin embargo para que las luzca el común de los mortales si hay huevos. Y además unisex, lo mismo se las pone Brad Pitt que Angelina Jolie, lo mismo la Vanessa que el Ignacio. Y salen ellas ahí a las calles ardientes de la ciudad con sus flequillos rectos, o bien cruzados en diagonal sobre la frente, que esa es otra, y los pantaloncitos cortos a calentar el muslo; si son largos, entonces han de ser muy pitillos, pero pitillos pitillos. Ellos enseñan el calzón o bien llevan cada pelito colocado en su sitio con abundante goma efecto mojado, y las cejas depiladas porque ahora el hombre es un hombre que no quiere que se note mucho que es hombre o lo que sea, o bien una deconstrucción capilar de fugas variadas, en las que no se sabe dónde empieza el peine y dónde acaba la higiene.
A mí me gustaría deconstruirme la cabeza, lo juro que sí, y no tener que peinarme un solo día, pero soy un antiguo peinado con raya. Y desconcierto, porque yo siempre pensé que me estaba haciendo raya a un lado, el izquierdo, pero en cuanto dejó de peinarme con colonia mi madre, y mi abuelo consideró que me había hecho hombre suficiente para arreglarme solo el cartón, la raya se me desmandó, tomó vida propia en algún instante y comenzó su tranquilo, imperceptible ascenso hacia el centro de la cabeza. Y cuando veo a Aznar con ese surco tan subrayado en el lado del corazón pienso: eso es un presidente y un hombre a la derecha y una raya a la izquierda, claro que sí, desprendida sobre la oreja de ese flanco. Y no lo mío. Deconstruirme la cabeza, eso es lo que me gustaría a mí. Pero de verdad: el interior, los sesos. Confuso, últimamente he estado un par de veces a punto de pedirle al psicólogo que me hiciera un corte a la moda mientras con el barbero nos dedicábamos a la terapia cognitiva. Lo que de verdad me gustaría es quedarme calvo del todo y no saber nada, salvo recitar textos y no tropezarme con los muebles; parecerme a Yul Brynner con su mirada eslava y ser flaco como Tim Booth y Michael Stipe, el de James y el de REM. Si fuera tan sencillo... En vez de eso incurrí en la melena, animado por los muchachos que generosamente me dicen que me doy un aire a Russell Crowe en sus malos ratos. Ellas nunca están de acuerdo, lógico. Los que más acertaron, como siempre, fueron mis amigos del rugby, que a la vista de melena y barba me decían alternativamente Jeremías Johnson o Pocholo, cuando me cogía una coleta para poder ver por dónde me venían los balones y las hostias. Por Pocholo Martínez Bordiú, aquel fenómeno de la comunicación oral.
Las Ray Ban Aviator las recuerdo yo que evolucionaron más tarde hacia el negro completo y antes o después al cristal de espejo. El cristal de espejo hizo furor en un tiempo: me acuerdo yo de probarme unas en el Gay de la calle Alfonso y verme espejo contra espejo y decir, con mucho afán de autocrítica: "Jesusito de mi vida, eres niño como yo...". Las de cristal de espejo son de guardia carcelario en La Leyenda del Indomable, cuando los convictos salen a limpiar las carreteras y los vigilan hombretones con rifle a punto y gafa espejo para que no se sepa si miran a un lado o al contrario. Los reos piden permiso hasta para respirar: "Jefe, ¿puedo beber agua, jefe?". "Bebe agua", contesta la gafa. "Jefe, ¿puedo quitarme la camisa, jefe?", "Quítate la camisa". "Jefe, ¿puedo ir a orinar, jefe?". Una tensa pausa: "Ve".
Luego las de pera se pasaron de moda. Las de espejo duraron aún menos. Cuando se rayaban asomaba un negro de azogue oculto y envejecían cuarteadas, con una caducidad muy hostil a la recuperación vintage, que se dice ahora. La gafa primero se hizo pequeña, de pastas oscuras, también de colores aunque mandaba el marrón. El rosa y el blanco tenían un aire como de King Creole y las chicas sólo se las ponían si comían piruletas en forma de corazón o bien bailaban a Gene Vincent con faldas de vuelo y calceltinitos blancos. Luego vino la patilla anchota, esa que al Pele y a Acón les costó tanto quitarse, que la llevaban hasta hace cuatro días. En un momento indeterminado, la gafa empezó a crecer y a hinchar los oculi in vitro, que decía el asombrado monje en El Nombre de la Rosa, o sea las lupas. Las lupas se iban inflando como un globo y a ser más grandes y después aún más grandes, de forma que al final casi tapaba la cara toda y así hasta la Pantoja, que llevaba unos vídeos de pantalla gigante como para ver la final de la Eurocopa en la plaza del Pilar, hasta la Pantoja parecía estar buena con la gafa y su barba y todo. Porque la gafa negra y grande iguala los rostros al ocultar el epicentro de la expresión, que son los ojos y su alrededor, donde generalmente se define la belleza facial. Hay, así, una simulación general muy conveniente en ellas, que se plantan las gafisus y están todas que lo rompen. Luego, si se las quitas las dejas desnudas y, ay, todo puede ser. No habérselas quitado. Con la Ray Ban pera eso no pasa, porque hay una verdosa transparencia que muestra todo. Lo raro ahí es estar guapo si no eres Maverick o Topper. Son aditamentos muy concretos, muy para cuerpos y caras preparados. Una vez me compré una cazadora tipo piloto y la profesora de de Historia del Arte de la universidad, además de suspenderme a mí y a cuatro más, literalmente, de 200 alumnos, y obligarnos a ir a su despacho a recoger la nota, al verme con la cazadora aquella mujer si es que se la puede llamar así me dijo: "Oiga, ¿usted de qué va disfrazado?". En la Universidad de Navarra eran así de respetuosos. Además de sacarle a tu familia las entrañas para pagar un plan de estudios lamentable con unos profesores en general pésimos, se permitían consideraciones estéticas antes de entregarte el suspenso. Dios los tenga en su gloria a todos.
Yo juraría que tenemos unas Ray Ban de pera guardadas por ahí en alguna caja, eran de mi abuelo. Y mi madre me las ofreció una vez, hace años, con visión profética, y le dije: "Pero mamá...". Y ahora, mira. No sé si buscarlas o dejarme el flequillo recto, tú.
La desesperación del farsan(te)

A veces doy en considerarme un teórico de la pereza, un pensador del no hacer nada. Podré hablar de viajes, hazañas, éxitos o regalos que mi profesión aún no me ha hecho, pero mi único sueño indudable, cierto, duradero e inquebrantable es éste: no trabajar. Así de simple: no tener una sola obligación, ni un solo día. Me diréis que ese es el sueño de cualquiera, que todos suscribís y os adscribís a semejante anhelo tan común. Y no lo negaré yo. Pero cuidado que luego me sé la historia: que mire usted que me aburro, que si ahora no sé qué hacer, que si vaya coñazo todos los días sin ir a ningún lado, que en la televisión no ponen nada, que si tuviera dinero me iría de viaje pero así no hay manera, que en esta ciudad no pasa nunca nada interesante, que no puedo quedar con nadie porque todo el mundo está trabajando... He ahí la trampa: para ser un teórico de la pereza laboral hay que tener entereza, valga la cacofonía. Independencia de ánimo y un catálogo de actividades de corto alcance a las que uno se pueda dar sin ceder un instante al gran enemigo, llamémoslo la abulia o su masculino el aburrimiento. Ahí es donde reside mi gran baza: yo no me aburro jamás. Lo digo en serio y lo tengo comprobado. Cuando no trabajo, me faltan horas en el día para no hacer nada. Yo donde me aburro es trabajando. Cada día más. Por más que la gente piense que el periodismo es creativo, una nueva aventura diaria, a mí me parece siempre lo mismo, repetido con levísimos matices que no se diferencian en nada del resto de trabajos. Escribir páginas de periódicos me termina por parecer igual que rellenar albaranes o hacer informes. Cambia el tema, pero el fondo de la cuestión es el mismo. Me diréis que no se parece en nada. Puede ser. Os invito a perseguir fichajes por los veranos y entonces me contáis...
Como sólo soy un teórico, también soy un fracasado. Soy un teórico pésimo, porque en este último año he tenido cuatro trabajos diferentes. Cuatro. No está mal para alguien cuyo sueño consiste en no hacer nada: ahí queda resumido el imbécil que soy. Cuatro trabajos, que detallo: el diario en el AS, o sea el diario AS; la colaboración semanal con MediaPunta, que tantas alegrías me da, y esto lo digo en serio; los viajes ocasionales con el doctor Reyes para el libro de fotografía de fútbol que estamos haciendo y que nos ocupa algunos tiempos muertos; y, para culminar, un proyecto de Comunicación de una empresa patrocinadora de la Eurocopa que me cayó cierta mañana de febrero, sin saber bien de dónde, y en la que me han aclamado triunfador en la misma medida en la que yo me consideraba un farsante redomado que no sabía ni lo que estaba haciendo. Sumadle el alimento de Somniloquios, que tanto ha decaído últimamente, y tendréis la foto completa.
La condición de farsante me persigue en los últimos tiempos. Cada día crece la culpabilidad del farsante, contradictoria porque yo creo que el farsante, si algo no conoce, es precisamente la culpa. El engaño deliberado no conoce remordimientos. Además, el farsante se las lleva crudas, digámoslo: todos conocemos alguno. Yo he conocido muchos que no dejan de subir escalones. Yo aún no he subido ninguno. Mario Ornat, periodista de AS, esa es mi presentación más común. No sé por qué, a mí me suena rarísimo. Ignoro el motivo. Soy redactor, como el primer día que llegué al Stadio Sport en septiembre de 1990. Redactor, escribiente, reportero, periodista de calle, la verdad y la mentira de la profesión. Espero que cuando se me lleve la guadaña, nadie me haga un obituario en el que se diga que fui "periodista de raza". Que me cago en el catafalco, lo advierto. Sólo quiero que suene mucha música, ya lo sabéis: In My Life, de los Beatles, la primera. There’s a Light that Never Goes Out, de los Smiths, otra; y Love Will Tear Us Apart, de Joy Division. Esa que no falte. Como cualquier día.
Todo este monólogo quería ser una imposible justificación. El farsante hombre somniloquio, en el colmo de la desfachatez, ha sido invitado a presentar esta tarde La desesperación del té. (27 veces Pepín Bello), el libro de conversaciones con el Bartleby de la Generación del 27 que José Antonio Martín Otín, a la sazón Petón, acaba de publicar. Al acto me lleva, mérito indudable, la generosa amistad de los otros dos actores del acto: Luis Alegre y, desde luego, el autor. Los tres conversaremos acerca del libro y de sus protagonistas. Le doy las gracias por su amabilidad en la invitación a Eva, anfitriona del lugar, antes de que repare en el fraude. Espero no traicionar su contento por contar conmigo, expreso en la llamada del pasado viernes. Haré lo que pueda. Aunque admiro a Buñuel (sobre todo al mexicano y algo del francés) yo no conocí jamás a Pepín Bello y nunca he sido lector de los poetas del 27, tema que me caía mal en las clases de Literatura en las que tan convincentes notas sacaba, me parece. Los del 27, la Literatura Latinoamericana (a la que luego me he entregado, mirá vos) y el Descubrimiento en Historia siempre se me cruzaron. No tanto como las derivadas, las integrales, el logaritmo y la tabla de los elementos, no, pero vamos... Pereza total. Y ahí estoy yo. Presentando un libro sobre los recuerdos de los héroes del 27 en animada conversación. Si eso no es un farsante, ya me diréis...
Pd.: Será a las 20:30, esta tarde, en la recogida y felicísima librería Los Portadores de Sueños (calle Blancas, 4... ahí al ladito del Bar Circo, donde hacen la mejor tortilla de patata y ensaladilla rusa que ha conocido esta ciudad, he dicho). Estáis invitados. Os ruego consideración con el autor y el acto. La paliza por farsante me la podéis dar luego en alguno de los callejones entre el Coso y la calle San Miguel. Prometo no llevar gafas para que no os sintáis mal.
La Expo: ¿Qué es? ¿Y dónde está?

El mismo sábado de la inauguración me fui a la Expo por la noche a darme el clásico paseo zaragozano. En el tema del paseo yo soy zaragozano decimonónico o así. Es decir: que paseo por la calle Alfonso y por el Paseo Independencia, hasta la Plaza Aragón y vuelta por la acera contraria. Si voy más allá de la Plaza Paraíso, ya siento que me estoy saliendo de Zaragoza y eso ya no es paseo sino caminata. Faltarían una cervecita con limón en Los Espumosos o bien el añorado chocolate con churros del Ceres, pero aquellos días se fueron y en cien años todos calvos, qué le vamos a hacer. Yo aún conservo buena mata de pelo, brillante y saludable con la nueva fórmula de Garnier Fructis, pero ay... menudean aquéllos que a mi edad y aun antes ya no pueden pasarse el cepillo sin rascarse el cartón.
Así que me fui a la Expo a pasearme. A tomar algo un rato, sentarme mirando los edificios de la nueva ciudad, mirar el río. Fui en el fondo a ver qué era eso, dado que nadie me lo ha sabido explicar o bien yo no he atendido lo suficiente. ¿Qué es la Expo?, me he preguntado todos estos meses. Sigo sin tener ni idea porque la Expo por la noche es una explanada de edificios más o menos armónicos y cerrados a partir de las diez. Fuera, un algo inhóspito, poco acogedor, con vasos que la gente lleva de un lado a otro sin saber dónde dejarlos, escaramuzas en los restaurantes, camareros fastidiados, cajas que cierran con 25 personas en la cola. ¿Suena negativo? Bueno, ya compensaremos. A la Expo hay que ir a ver, aún no sé bien qué porque hay que ir de día, pero a ver. No a comer ni a beber, porque para eso no da la cosa del fast-food. Y otra cosa: ¿Dónde coño está la Expo? ¿Es eso aún Zaragoza, propiamente dicha? A la espalda de la Torre del Agua, hermosísima, nos asomamos al espacio abierto, el Parque Metropolitano: y no hubo forma de orientarnos. Yo si no veo el Pilar o la torre de Pikolin, me mareo. Pero volvamos atrás...
Buscando respuestas a mi curiosidad, y en pos de una borrachera firme, la velada de la inauguración vimos los fuegos artificiales desde la gloriosa terraza de casa Peredita, a un par de cuadras de la estratosfera. El lugar viene a ser una especie de ventoso castillo al norte de la urbe, desde el que mi afamado amigo podría gobernar la ciudad a poco que se lo propusiera. Allá arriba más o menos tiene controlados a todos sus habitantes. Lo que pasa es que mi amigo anda poseído por ese relativismo del buen vino y la diversidad de las músicas, tan conveniente, y no se va a andar ocupando de menudencias como esa. Digamos que delega. Pero el que manda en la ciudad es él, lo sabe cualquiera.
Desde Le Chateau Per no sólo vimos los fuegos de la Expo sino que además vimos los fuegos de Alagón, que le hicieron baturra competencia a los otros. Disparaban sus salvas multicolores Béloc y la pianista en el meandro... y allá, en la diagonal contraria del horizonte, se levantaba de pronto una orgullosa seta policromada desde Alagón. Naturalmente, nos pusimos del lado de Alagón de inmediato. Allá estaban de fiestas y mucho que les importaba a ellos la inauguración de los cacharros esos del río. Luego, cuando faltaba hielo para las copas, atravesamos la profunda noche del Actur Norte y acabamos en un barecito chino donde dos subalternos barrían el piso en oriental silencio, el jefe vigilaba y en la televisión una señorita se dejaba hacer la caidita de Roma por un fornido muchacho, con zoom del operador de cámara sobre las húmedas cavernas donde se abisman los muslos, y ordenados gemidos y ronroneos que los chinos vigilaban con ese reojo chino tan bien concebido por la naturaleza. Cada tanto, contenían el escobón y apoyaban los ojos en la pantalla, como si fueran a decir: "Cómo le está gustando a esa pajara". Pajara, no pájara. Pero el mandarín no tiene esas flexiones gloriosas, mala suerte, y los chinos masticaban los gemidos sin decir palabra. Hielo sí tenían, anunció el jefe. Y era el clásico tormo aragonés. Uno de los que barría me miró con fijeza: tuve ganas de salir corriendo.
El clásico tormo aragonés es un rotundo paralelogramo de hielo macizo que enfría las copas a todo meter, no esa tomadura de pelo en forma de estrellitas o cuartos de luna del Ikea. La modernidad sueca es capaz de vender hielo que no enfría. Pensaba en el tormo aragonés cuando vi el ensayo del grandilocuente espectáculo del iceberg de brillante cartón blanco, que se parece a un iceberg lo mismo que yo a un ala-pivot de la Universidad de UCLA. La prosopopeya del espectáculo, o del ensayo que vi, me sonó a angustia post existencial digna de Metrópolis, aquel programa sobre la conceptualización del arte o el arte de la conceptualización que ponían a cualquier hora de la noche. Dicho rapidito: un coñazo con ínfulas. Algo similar le ocurre al Pabellón Puente, construcción vanidosa con un interior que sólo adquirirá sentido si una banda de émulos de Alex y los macarras de La Naranja Mecánica instalan allí un bar y se dedican a beber moloko y apalear viandantes. Es lo que parece, un lugar post moderno de inspiración espacial. Blanco y curvado. Dan ganas de salirse de él a toda prisa. Hay más interés en las aguas oscuras del Ebro, tan rápidas y dinámicas y vivas. Las aguas del Ebro son lo mejor de la Expo junto al elegantísimo puente del Tercer Milenio. De lejos. Y las vistas del Pilar en la distancia, con su vibrante iluminación, atropellados sus perfiles por la violenta perspectiva de la Pasarela del Voluntariado. Y los cocodrilos del Acuario Fluvial, insisten los niños cuando los entrevistan en las televisiones. Los cocodrilos son lo mejor. Ay, los cocodrilos del aquarius...
Yo ya dejé dicho que los cocodrilos habrían de ser clave en la Expo. Cualquiera lo sabe. Pero déjenme quejarme: los animales en piscinas vidriera ya no se llevan. Son como los zoos, lugares un poco depravados por antinaturales. Oceanográficos y acuarios hay ya por todas partes, no nos engañemos. Novedad cero. Y un aquarius sin tiburones ni caballito de mar, no sé. Me deja frío. Le haré una revisión un día de éstos que me vaya en bicicleta hasta allá. Yo creo que ahora se lleva la naturaleza en estado salvaje y extremo: observar a las ballenas en una barcaza sobre la bahía, alimentar a los tiburones a pecho descubierto en las Bahamas, recorrer los hielos norteños en busca del oso polar, ver a los cocodrilos saltar del agua en los ríos del Territorio Norte australiano, sacando el cuerpo entero en vertical... Unas nutrias al otro lado del cristal no pueden emocionarnos por más urbanitas que seamos. El National Geographic llega a todas las casas y sabemos más del Suricato que de la gallina ponedora o la vaca lechera. Insisto en que hemos perdido una gran oportunidad. Con mi propuesta de Expo salvaje en campo abierto hubiera habido bajas humanas, sí, puede ser, y peligro de estampida de rumiantes enloquecidos María Zambrano arriba o en los abigarrados exteriores de la tele autonómica. También lo admito; pero la Naturaleza es así, oyes, de algo hay que morir, y en el mundo salvaje si te mueres es para equilibrar el sistema. ¿No querían sostenibilidad? Además, de algún concejal nos hubiéramos librado por la vía del caimán, como ya expliqué el otro día: yo votaba por el de Movilidad, a ver si el susto lo ablandaba y permitía algún giro a la izquierda en esta ciudad. Pero no.
Si me hubieran hecho caso estaría la Expo ribereña a reventar. Se han empeñado en una Expo arquitectónica, todo concepto y líneas en fuga, y los visitantes no alcanzan la media por ahora. Hoy decía un mandamás que la escasa ocupación de los aparcamientos no les importaba, porque los habían construido con precios disuasorios (sic), a 12 euros por día tarifa plana, para que no fuera nadie en coche a la Expo. Es decir, que nos hemos gastado en dos aparcamientos para que nadie aparque. Aparcamientos para no aparcar es como iceberg de cartón piedra. Digo yo: ¿No habría sido más fácil, directamente, no hacer aparcamientos? Pregunto, eh, pregunto...
En fin... que seguiremos informando.
[Foto: el pabellón puente de Zaha Hadid: cuando se acabe la Expo será como el paso a nivel de las Delicias, a ver quién tiene huevos de atravesarlo de noche].
El Ebro, con dos cojones
Para quien lo pudiera dudar, el Ebro ha dejado claro y sin posible refutación que es un río aragonés. Los hidrólogos (o hidrógrafos o hidrófilos ... como quiera que se llamen) lo definen como un río temperamental. O sea, un río con dos cojones. Que lo mismo se vacía y enseña las tripas como se lleva por delante las riberas y lo que se le ponga en los mismísimos. Es el caso que nos ocupa: ¿Qué río podría pegar una crecida como la actual y ponerle los ous por corbata a la Expo a semana y media de la inauguración? Un río aragonés, ninguno más. Que la Expo del agua esté amenazada de inundación me parece un rasgo muy propio de esta tierra, donde todos somos nobles tocahuevos. Incluido el río. Dado que hemos firmado un pacto no escrito para no decir ni mu contra la muestra, si es que hubiera algo que decir, al Ebro se le han terminado de hinchar las riberas, harto de que le toquen los meandros, y ha actuado por sí solo. ¿Barquitos por el Ebro? Sí, hombre, sí... A ver si tienen pelotas de levantar el azud de Vadorrey.
En fin, que yo estoy emocionado con el Ebro, sinceramente. Qué pitera, Dios. A la Expo no le tengo un gran cariño; tampoco estoy en contra, a ver si nos entendemos. Digamos que no he desarrollado una opinión al respecto. Escéptico entusiasmo, le diría yo. Eso sí, para dejar anotada mi disfuncionalidad razonadora, me he acreditado como periodista, porque la Expo es un acontecimiento deportivo de primer orden en nuestra ciudad. Si no lo veis, ahora os lo explico: aceptado que yo jamás voy a ir a como periodista a una Eurocopa, un Mundial de fútbol, uno de atletismo ni desde luego unos Juegos Olímpicos (salvo que haga Somniloquios de pago y me lo patrocine usted, amable lector), aceptado que mi destino consiste en cíclicas desapariciones de clubes de baloncesto y descensos del Real Zaragoza con frecuencia sin precedentes históricos (uno acaba por sentirse culpable) he resuelto acreditarme para la Expo del agua como Bob Dylan. Porque en la Expo triunfamos seguro, digo yo. Y porque si están Bob, Celine Dion y una noria siria, tengo que estar yo, no cabe discusión. Yo no sé cuánto sabe Roque Gistau acerca del Ebro, pero yo me he hecho persona, o lo que sea, a orillas del Ebro, en el glorioso Centro Natación Helios, donde sigo refugiándome. El otro día fui a revisar las obras y afecciones derivadas de la magna muestra que nos aguarda. Cierto que la Expo se nos ha llevado un buen cacho del Centro, para construir esas riberitas asfaltadas con farolas verdes más feas que feas, pero lo aceptamos. El chatarrero sigue en su sitio: merecería aparecer en las postales que venden en El Mañico y tiendas similares, en lugar de aquel baturro que caminaba con su borrico por la vía del tren y le decía al ferrocarril aquello de "Chufla, chufla... que como no te apartes tú". Yo, en todo caso, estoy preocupado por la familia de patos que habitaban en los cañaverales crecidos a los pies de la piscina de las gradas. Quiero pensar que los habrán recolocado en algún juncal VPO de Valdespartera, un poco más arriba de las exclusas del Canal o algo.
Yo me imaginaba la Expo como algo mucho más salvaje y directo. Nada de pabellones. La Expo en el río: flamencos rosas de Miami donde el Náutico, hipopótamos en los alrededores del puente de Santiago, alimañas felinas y gacelas Thompson habitando las riberas y los campos de la huerta, que bajaran a abrevar al río mezclados con los bañistas; icebergs reales traídos desde las riberas del Lago Argentino en la Patagonia, para hacerlos descender en pleno agosto desde Boquiñeni hasta más allá del puente de las Fuentes, a ver cuánto duraba ese témpano en la Zaragoza estival; una familia de ornitorrincos, esos animales de otro mundo, esquiva miscelánea de pájaro, pato, mamífero y pez que habita los arroyos australianos y hace las delicias de los biólogos; y por supuesto, un buen grupito de cocodrilos de agua marina apostados aquí y allá, con una manada de ñúes del Masai Mara cruzando cada tarde de un lado a otro del Ebro, para que los niños de todas las nacionalidades y culturas puedan observar el hábil comportamiento de la Naturaleza extrema en vivo y en directo. Si los ñúes se avivasen al tercer o cuarto día de Expo y negáranse al cruce, entonces se activaría un plan de alimentación alternativo, sin perder la clave de espectáculo que debe presidir la muestra: se destinaría, por turnos rigurosamente sorteados, a los concejales de Chunta, Izquierda Unida y el PAR en el Ayuntamiento de la ciudad a alimentar con mano firme a los voraces lagartos con gallináceos y otras aves volátiles menores, para solaz del pueblo. Si una desgracia ocurriera, la ley electoral lo tiene todo previsto, tranquilos: los concejales supervivientes podrían reunirse para formar doliente grupo mixto. La ciudad ganaría mucho... Con lo del espectáculo animal, digo, no seáis mal pensados.
En fin, pero nadie me ha consultado, así que la Expo va de pabellones, funiculares e icebergs de cartón piedra a los que ahora le han puesto sacos terreros los buceadores de Bomberos, que vaya días les están dando, para que no se los lleve la corriente. O sea que sólo me queda la salida de la acreditación. Y así lo he hecho, porque tengo ya la Expo por el único acontecimiento deportivo internacional que me queda para salpimentar un tanto mi vida profesional. No fui a los Jocs Olimpics ni cuando los hicieron aquí en el país de al lado, donde la tubería del trasvase. Organizaría el conde Belloch -el cochero de Drácula- unos Juegos Olímpicos en Valdespartera y yo no iría, estad seguros.
Así que ya he enviado una fotito, mi carnet de identidad escaneado por los dos lados y el número de filiación de la Seguridad Social (que tuve que consultar qué narices era porque yo sobre la realidad legal entiendo más bien poco) y pienso presentarme este verano en el meandro cada vez que no tenga nada que hacer. Lo que suele ser frecuente. Sabéis que Belloch (pronúnciese Bé-loc, con acento prosódico, que no tilde, en la primera sílaba... Nota para los hijos de la LOGSE: sílaba es cada una de las divisiones fonológicas en que se divide una palabra. O sea, la B y la E, chavales)... Decía, sabéis que Béloc ha nombrado a Domingo Buesa cronista oficial de la Expo, y Buesa le ha prometido que será objetivo en sus consideraciones. El juramento no tiene mayor relevancia. Lo que debería haber prometido es que no será aburrido. Me imagino ese porte ágil y dinámico de Buesa contando el concierto de Celine Dion y tenemos una definición del aburrimiento digna de entrada enciclopédica... ¿A quién coño se le ocurriría sacar a Celine Dion de su dorado retiro en el Caesar’s Palace de Las Vegas, donde estaba felizmente recluida en espectáculo nocturno después de que todos sobreviviéramos al hundimiento del Titanic? Sólo una Expo aragonesa podría haber hecho algo así. Esperemos que se la lleve una avenida en la noche programada. Y el que la eligió, a alimentar a los feroces caimanes del Mara, por lo menos.
De modo que para compensar, puede que Somniloquios aporte una crónica ni mucho menos diaria del acontecimiento deportivo que se nos viene. No es seguro, eh. El hombre somniloquio es temperamental y arbitrario, como el Ebro. Yo al generoso Béloc no le prometo objetividad. Cuanto menos objetivo, más divertido.
Apagón litúrgico

Han quitado del Pilar los cirios que prendíamos con otros cirios, para hacerle una ofrenda a la Virgen. Pocas noticias me han producido una nostalgia tan precisa como ésta, con la que yo sinceramente hubiera abierto los diarios de la ciudad de arriba abajo. Con los cirios del Pilar me une cierta relación sentimental que no tengo, por ejemplo, con las obras de arte sacro por las que guerrean los medios de comunicación de aquí contra los medios de comunicación de allá. De cuando en cuando iba uno ahí a encender un cirio y ratificar que nuestro escepticismo está matizado por una fe sin quiebra en la Virgen del Pilar. En Dios no sé si creemos, pero en la Virgen del Pilar sí, oiga usted. Los zaragozanos estamos por encima de la incoherencia teológica. Y los cirios... Los cirios ya no están. Ahora sólo hay que apretar un botón y se ilumina con apático entusiasmo eléctrico una velita, alineada con otras decenas de velas chicas en un mueble que recuerda a un enorme escritorio de abadía medieval. Han quitado los cirios por si afectasen a las obras de arte de la basílica, que parece que las hubieran puesto ayer. El pueblo reniega que lo que quieren es echarse unos duros al cepillo. Espero que no quieran hacerse los modernos, que sería la peor de todas las posibilidades.
Ha remitido la magia de la liturgia, que forma parte también de los patrimonios sentimentales, esa cosa tan arbitraria. Ya no importan demasiado, pero vuelve la misa en latín y de espaldas. La ciudad se desboca hacia una contemporaneidad muy discutible. Están quitando también los azulejos con los nombres de las calles en las esquinas sombrías, donde uno podía enterarse de que la calle del Temple homenajea el convento templario que acogiera el lugar, o que Jorge Coci fue un impresor alemán llegado a Zaragoza en el siglo XV, o que Sanclemente se llamaba Felipe, pongamos por caso. Cambiar esa información por los números de la manzana delimitada por los nuevos rulos azulados parece una pérdida indiscutible. Han inaugurado una exposición de obras maestras del arte moderno, con lo que a mí me gusta el arte moderno, pero yo quería ver a Goya. Me he convencido casi definitivamente de algo que ya sospechaba: que Goya es pintor de Madrid y que Madrid lo sabe y lo dice. ¿Y los Sitios? Apenas un recuerdo parcial de dos siglos, incómodo para los fastos internacionales del verano, supongo. Asunto de cuatro exhibicionistas con casaca y fusiles de ánima lisa, que teatralizan visitas a los lugares cruentos de la guerra.
Así está la ciudad: sin cirios, sin Sitios y desde hace unos días también sin las gaviotas de Mariano Gistaín, al que le diré cuatro cosas otro día. Cualquier tarde nos cuentan que la Campana de los Perdidos de San Miguel de los Navarros no volverá a tocar por contaminación acústica, y entonces ya se habrá acabado todo. Los hombres nos perderemos de vuelta a casa en la niebla, porque aquí todos somos hijos de la niebla, el viento y el polvo, igual que los personajes innombrados de aquel relatito de Boris Vian, El amor es ciego; nos perderemos por las brumas como se extravíaban los menesterosos que salían a recaudar haces de leña en los bosques feraces de más allá del Huerva, para luego venderlos en la entrada de la ciudad. Si regresaban tarde o los sorprendía la boira, perecían de frío, enredados los cuerpos para darse calor en los cañaverales, incapaces de encontrar el camino de vuelta. Con tal fin comenzó a tañer la Campana de los Perdidos y un faro terrestre en la torre de la iglesia largaba un haz de luz y de auxilio, pero duró cuatro días porque lo revoleó el viento. Cuando todo eso ocurra, la ciudad será ultramoderna y del pasado sólo nos quedarán el cierzo, el roscón y el cementerio, donde cada vez hay menos osamentas y más cenizas. Cualquier día se nos lleva por delante a todos la puta modernidad.
Primavera en el infierno

Me extraña cómo pueden parecerse tanto los días a los recuerdos de otros días. El 6 de mayo de 2002 llovía con gris lentitud como hoy, 19 de mayo de 2008. Nos protegimos del agua bajo el tejadillo de lata del aparcamiento de la Ciudad Deportiva, y ahí escuchamos las últimas declaraciones de Savo Milosevic como zaragocista. La noche anterior el equipo había descendido a Segunda División en Villarreal, Láinez se pegó o bien le pegó a un aficionado que lo había agredido saltando al campo, Acuña derribó a otro tras una persecución tabernaria, de un zarpazo, como hacen los felinos en la sabana con las gacelas Thompson. Finalmente Milosevic, en medio de la furia desatada y el caos, retrató de un manotazo a Oliver Duch, fotógrafo y amigo del Heraldo, cuando éste lo intentó retratar a su salida del campo.
Aquella fue una mañana muy triste y la lluvia se me quedó grabada en la memoria como una postal metafórica. Esa noche, en Villarreal, escribí con una rabia avergonzada, agresiva y revanchista. El domingo por la noche, cuando relaté este nuevo descenso del Zaragoza, me di cuenta de que me estoy haciendo un periodista mayor o algo veterano, o bien resabido, o bien un poco más sabio, o tal vez desencantado, puede ser que sereno, o puede que sólo escribiera protegido del efecto terrible de lo que estaba contando por otros problemas más acuciantes; o bien, como creo yo, simplemente porque tenía asimilado el descenso hace semanas, muchas semanas. Creo que la primera vez que dije "nos vamos a Segunda" lo dije con absoluta convicción, sabiendo que no se trataba de la lástima reactiva a una goleada o a otro partido lamentable del Zaragoza; era una conciencia absoluta, indudable, de cuál iba a ser el desenlace. Eso ocurrió en la jornada 25, con trece aún por jugarse, en el descanso del partido Sevilla-Zaragoza. Lo puse en un sms que envié a una amiga que me preguntaba qué le pasaba al equipo. Unos días después me encontré por la calle con Charlie Cuartero y él me preguntó qué pensaba que iba a ocurrir. Le repetí mi triste convicción (esos días estaba verdaderamente triste, por esto y por más), y él me vaciló: "Entonces, cuando nos salvemos te la envainarás y escribirás que no confiabas en este equipo". Desde luego, le dije. Esa misma semana me había disculpado por un artículo bastante desagradable contra los futbolistas y le dije que un periodista que se disculpa en público está dispuesto a envainársela y a lo que haga falta. Por desgracia, no tendré la oportunidad de hacerlo.
Cuando tenga un rato dejaré la crónica de hoy en AS, que más que una crónica del partido viene a ser un juicio con el que cada cual estará más o menos de acuerdo. No puede ser de otra manera. Probablemente esta noche. Siento todo esto por la afición, y esto no es demagogia populista. En Villarreal recuerdo haber llorado cuando vi llegar a la gente del Zaragoza al estadio, cantando, sosteniendo las últimas esperanzas de un equipo que se iba, que se fue. Siempre he tenido en cuenta que los periodistas, en cuanto al Real Zaragoza, estamos por obligación uno o dos escalones por debajo de sus socios y aficionados. Lo nuestro (con sentimientos por el medio, porque muchos sentimos al equipo como el que más) tiene un inevitable lado profesional; el fútbol es y siempre será de la gente que lo mira, lo quiere, lo siente y lo paga. Sobre todo, la que lo paga. Parece una anécdota pero se trata de una diferencia esencial, definitiva. Al menos, para mí lo es.
Por eso, hoy que leo los diarios, me pregunto si muchos de los analistas que han florecido en esta lluvia primaveral, con los puños cargados de verdades, soportarían que alguien escribiera una, dos, tres o cuatro páginas analizando los resultados económicos y editoriales de cada medio; las crónicas, la gramática, la sintaxis de sus frases, la valía profesional de sus periodistas y por supuesto sus sueldos, sobre todo sus sueldos. Me pregunto qué se podría decir de la pérdida masiva de lectores, de los resultados en las oleadas del Estudio General de Medios, de la marcha en fila de profesionales punteros en sus áreas, de los modelos redaccionales, de las noticias que se dan y no se dan, o de los resultados publicitarios y de ventas. Sería interesante. Sobre todo puede que fuera divertido. Más que nada, sería justo. Sería justo que alguna vez nos diéramos cuenta de que nuestra posición no nos otorga la plenipotencia de un deus ex machina para construir patíbulos, que en muchos casos deberían incluirnos. Habría que pensarlo. Resulta bastante higiénico hacerlo, al menos para compensar esa costumbre tan entretenida de pedir que dimitan todos los demás, especialmente los que nos caen mal o nos miran con recelo o no se fían de nosotros.
El cinismo no hace periodistas. Naturalmente, yo soy un loco y seguramente también un cínico ocasional Yo mismo voy a tener que escribir alguno de esos análisis y ya lo he hecho alguna vez. Pero lo que de verdad me gustaría es escribir los otros, lo juro. Los de los periodistas y nuestros periódicos, radios y televisiones. Eso sí que me daría placer profesional y sobre todo personal. Con el punto final, por descontado, iría a pedir el finiquito. Afortunadamente no pertenezco a ninguna asociación, para así poder hacer lo que me dé la gana sin que nadie me expulse del cuerpo corporativo corporizado. Con la cifra que me metiera al bolsillo, me compraría un billete a la Antártida y desde allí os contaría semana por semana el flujo de las mareas, el catálogo de estrellas del hemisferio contrario y la frecuencia de las banquisas de hielo en los canales del fin del mundo. Y recordaría que mi vida profesional me proporcionó en 1995 una oportunidad impagable: quedarme en el paro de mi trabajo de periodista y poder ver a mi equipo ganar la Recopa como lo hace un zaragocista de verdad, pagando un pasaje en clase turista, la entrada más cara del Parque de los Príncipes y zorro como un canasto después de haberme pasado el día cantándole al vino y al Zaragoza por las calles de París.
La redención de Bartleby

Yo nunca fui espectador de teatro, siempre lo fui antes y después del cine. Creo que una cierta modestia, un prejuicio interior contra mí mismo, me aleja de las artes máximas aun cuando les profeso una generosísima admiración. Digamos que observo la música, la pintura, el teatro e incluso la literatura y el cine, que me son tan familiares, en planos lejanos a mi alcance. No fui nunca espectador de teatro aunque haya una línea teatral que cruce de Norte a Sur a mi familia, que disfrutó de un palquito en el Principal, de una afición sencilla pero bien guardada, que perdura más o menos oculta. En cierta ocasión, yo hice de apóstol, sin nombre ni frase, en el montaje anual de Jesucristo Superstar en mi colegio. Mi gloria se redujo a los ensayos, donde podía asumir cualquier papel porque me sabía todas las canciones, todas. Algo parecido le había ocurrido a mi padre mucho antes. Una vez le arrebató el puesto a un apuntador que había salido a aliviarse al excusado en medio de un ensayo. El apuntador no podía esperar y el director, tampoco. Así que le pidió al sr. Ornat que sustituyese al otro y leyera para los actores; y el sr. Ornat cumplió la tarea con un sentido tan exacto del tiempo demaclatorio que, cuando regresó de sus abluciones, el apuntador titular resultó destinado de inmediato a otra empresa.
La noche del martes me fui al teatro a Huesca. Creo que antes sólo estuve una vez en el teatro, en Zaragoza, para ver La Importancia de Llamarse Ernesto, del diletante Oscar Wilde. De tan improbable alternativa para una noche de martes y 13 cruzada de lluvia tuvo la culpa, bendita, el tal Petón. Un amigo: como dijo Groucho, creo que se le podrá llamar así. Petón, otro diletante, me invitó al estreno mundial -subrayado- de 27 veces Hamlet, homenaje al finado Pepín Bello en lo que hubiera sido, en lo que fue de hecho, su 104º cumpleaños. La Gran Enciclopedia Aragonesa asegura que Buñuel habría montado ese Hamlet surrealista "con un grupo de amigos en el «Café Select» de Montparnasse", pero la verdad es que la GEA también me incluye a mí, el hombre somniloquio, en una entrada dedicada a la crítica cinematográfica, lo que condiciona de forma severa su credibilidad... y la mía.
En fin, que Petón conoció a Bello en los últimos años de vida del que fuera amigo, inspirador y fotógrafo ágrafo de la Generación del 27; de sus poetas y sobre todo de esa terna tan maravillosamente improbable formada por García Loca, Dalí y Buñuel. Ambos agotaron tardes o bien horas de conversación, hasta el fallecimiento del vitalista Pepín Bello en enero pasado. "El Bartleby -escritor sin obra- más longevo del mundo", tal y como lo definió Enrique Vila-Matas. Tras el deceso, el diario Milenio de México escribió un titular increíble, tan desparejo que revienta de hermosura. Decía: "Dormido encontró la muerte a Pepín Bello a los 103 años". Como ese epígrafe mexicano, Petón tiende hacia la Literatura. Pero, aún más que la escrita, lo suyo de verdad es la Literatura oral. Estamos ante un extraordinario generador de relatos de toda condición, extraordinarios cuanto más inciertos, inciertos cuanto más extraordinarios. Un verdadero arquitecto de la palabra en el aire, si me admite el ditirambo, que recoge sentidos de ida y vuelta, uno en serio y otro en broma. Gran contador, Petón propuso y dejó que Pepín Bello fuera el que contase recuerdos y consideraciones acerca de sus días en la Residencia de Estudiantes. Acaso ni siquiera lo propuso, sólo ocurrió. El resultado de aquellos intercambios tomará la forma de un libro de conversaciones con Pepín Bello, cuya publicación creo que es inminente. Pero también confluyó en el osado germen de una redención: la que había de ser la redención del Bartleby aragonés. Pepín Bello, el artista del 27 sin obra publicada, había escrito en realidad una absurda versión del Hamlet de Shakespeare, a cuatro manos (quién sabe si a cuatro patas) con su amigo Luis Buñuel. Cuando Petón le prometió que la montaría y estrenaría en Huesca, Pepín Bello se descojonó. El verbo es literal. Se descojonó: "¡Es irrepresentable!", le conminaba a Petón.
Petón la ha puesto en pie. Y la estrenó el martes en Huesca en la forma de dos cuerpos unidos por el hilo conductor de una promesa: un original, inteligente, bien trabajado homenaje escenográfico a Pepín Bello; más el 27 veces Hamlet, la astracanada "irrepresentable", la descojonación de dos aragoneses. Las promesas, incluso las hechas al prójimo, contienen un algo de vanidoso capricho interno, pero luego hay que defenderlas. Petón lo hizo, vaya que sí. A teatro lleno (hermosísimo el Olimpia de Huesca... reluciente con ese algo indefinible de los teatros), con un estupendo elenco de actores (el magnífico Jorge Usón, Toni Alcalde, "que es igual que Pepín cuando tenía 28 años", anota Petón, Ricardo Vicente y Arantxa Martín), dirigidos por Lola Baldrich. Baldrich adaptó algunos textos de las conversaciones de Petón con Pepín Bello, le sumó medidas y sugerentes efusiones líricas de los poetas del 27, una interpretación de generosa expresividad y la escenografía de Pepe Cerdá. Todo sobre el lecho de un moroso piano y al vapor de una flauta, lánguida y travesera como lánguida y travesera fuese la dama que la alentaba. Un marco estupendo. El compendio resultó en una emotiva pieza de una hora, que recrea la amistad, las vivencias, las pulsiones interiores de aquellos jóvenes genios convocados por el destino en la Residencia de Estudiantes.
Yo no soy espectador de teatro, pero perdura la emoción y la velada me hizo preguntarme si deberé revisar esa desconfianza mutua. Del Hamlet posterior no se puede decir nada. Hay que verlo. Ni siquiera Petón o Bello o Buñuel hubieran podido explicarlo: es un descojono. Literal. La redención de Bartleby, por Petón, merece mucho más que una noche de gloria. Fue 27 veces bello... con minúscula.
[Foto: Los poetas de la Generación del 27, reunidos en el Ateneo de Sevilla para homenajear a Góngora: la imagen la tomó Pepín Bello, de modo metafórico].
Je t'aime
Alberto Fernández-Salido, el director de MediaPunta, me atribuye haber publicado la que podría ser la verdad más rotunda (confiemos en que no la única) de todo el año en la prensa deportiva. Sería esta frase: "Al fútbol le sobran explicaciones". Desde luego la sentencia no es mía, sino de Pablo Aimar. Mi mérito discutible consistiría en haberla aislado en la memoria cuando Pablo la pronunció en medio de una rueda de prensa, hace algunas semanas, oculta entre un buen número de interesantes consideraciones acerca de la situación del Zaragoza. Al agregarla en un artículo que escribí para la revista sobre los desastres de nuestro equipo (¿Por qué se deprimen los leones?), yo le estaba otorgando al Cai mi acuerdo absoluto. Claro que sería un acuerdo de converso sin posible redención, porque si al fútbol le sobran explicaciones puede que entonces también le sobren los relatos, con lo cual los periodistas quedamos en el centro mismo de la diana: seríamos prescindibles, por no decir abiertamente innecesarios. El fútbol, como defiende Alberto en su artículo, fue hecho para ser jugado y tal vez para ser visto. Podemos creer que también para ser contado... Pero desde luego en muchos momentos rechaza las explicaciones. Que dos periodistas hagan semejante declaración es como para rebajarlos de la profesión. O no.
Anoche, mientras veíamos el partido contra el Real Madrid (el partido más desconcertante que jamás vi en mi vida, he de confesarlo), nos acordamos por motivos obvios de esta historia: hace años el Valladolid jugó al final del campeonato un encuentro decisivo frente a un rival del que no guardo la identidad. Como a ambos les valía el empate para asegurar sus últimos objetivos, jugaron el partido al empate y lo empataron, de modo inevitable. Dicho en una sola palabra: los 90 minutos constituyeron una pantomima o una farsa. Al día siguiente el diario El Mundo, en su edición de Valladolid, respondió así: dejó vacío el espacio de la página dedicado al choque. Donde debían aparecer un titular y un subtítulo, sólo había dos cajas de texto en blanco. En las varias columnas en las que el lector aguardaba la crónica del choque, más vacío, más blanco. Sólo una foto y la ficha del encuentro daban noticia del juego. No es que nosotros pensáramos viendo al Zaragoza con el Madrid que lo que estaba ocurriendo merecía ese tratamiento, pero sí nos asaltaba la desasosegante impresión de que íbamos a incurrir en algunas falsedades a la hora de escribir. Lo que ocurría contaba con una tramoya oculta en la trasera. A ese partido le sobraban explicaciones. Quedó todo tan claro, pero tan dolorosa y quizás vergonzosamente claro, que no queda nada que decir.
Sinceramente, ya no sé qué pensar. Mi equipo de rugby murió el sábado en la orilla de un ascenso muy deseado, a la vuelta del partido más hermoso que yo haya jugado nunca. De esa tarde lluviosa del sábado, de ese monzón de rugby y hierba y carne y tacos metálicos y cuerpos empapados en sudor, en agua y en lágrimas, de esa tarde inolvidable me quedan golpes sin número, repartidos en orden asimétrico por la carne y el alma. Un labio abierto, un hombro derecho hecho papilla, una sirga dura de dolor que asciende por el lateral diestro del cuello, dos líneas rosadas de carne viva sobre la tibia derecha, unos ligamentos de la rodilla izquierda tensos como la cuerda de una guitarra, varios cardenales moteados de amarillo en la cara interna de los antebrazos, un dedo meñique inflamado, tumefacto y de aspecto nicotínico, otro dedo meñique que cruje en la torsión y una nostálgica tristeza porque se me está acabando el tiempo. Me queda el aplauso emocionado que me dieron mis jugadores después de que yo les escribiera unas palabras de sentido ánimo para esa hora decisiva. Muchas cosas se me van de las manos y tengo una plena conciencia de ello. Hasta el Zaragoza se va por el desagüe y yo me veo obligado a pensar y admitir que no es, ni de cerca, la más importante de las cosas que estoy perdiendo. Me he pasado la mañana escuchando Je t’aime... moi non plus, la erótica canción de Sèrge Gainsbourg y su amante Jane Birkin, hecha de susurros y gemidos, de palabras sugerentes, una escena de sexo de amor sin amor, pero con tremendo amor y un sexo tremendo de puro amor al sexo. Contra su intención libidinosa, en mí sólo despierta una nítida añoranza de no sé bien qué. Una extrañeza sin rostros, nombres ni fechas. Un titular vacío y un subtítulo en blanco y la crónica sin palabras.
A la vida, como al fútbol, le sobran explicaciones.
La bufanda
Muchachos... llegada esta hora, no queda mucho por hacer. Sólo imaginar o recordar, que a veces viene a ser lo mismo. Después, ir al campo y, qué sé yo, mirar lo que pase y concluir que estamos por encima de lo que ocurra. Siempre por encima. Yo no soy nada supersticioso, pero en en el maletero de mi coche llevo siempre un amuleto: una bufanda del Wisla-Zaragoza comprada en Cracovia, claro, en aquel día infausto. Dado el desastre, y con una lógica nada severa, pienso que un objeto de memoria tan nefasta va a protegerme frente a cualquier circunstancia: entre la bufandita y las dos cintas blanca/azul de la columna de la Virgen, mantengo mi carnet de puntos intacto y todo lo que he abollado el coche ha sido el rasponcito clásico en la columna del aparcamiento... Mi otro amuleto zaragocista, ya lo advierto, va a salir mañana del cajón e ir al estadio. Una bufanda comprada en la final de Copa del 94 contra el Celta, que desde entonces viene conmigo a la tribuna de prensa, o donde sea, en todos los partidos importantes. La guardo sin lavar desde que le derramé todo el vino que no me cayó gaznate abajo en el largo día de la Recopa en París. Hasta ahora siempre ha venido en días de finales y semifinales. De aquí a lo que queda de esta Liga, la voy a sacar a pasear. Hasta el 12 de abril de 2006 en el Bernabéu, esa bufanda estaba rotundamente imbatida. Una final siempre se puede perder, no lo vamos a negar. Yo sigo creyendo en ella.
Todo lo que se me ha ocurrido es este vídeo, rescatado en YouTube, del 6-1 al Real Madrid (gracias a los chicos de aupazaragoza.com, creo que les corresponde la autoría). La noche más grande de Diego Milito, que mañana nos va a faltar. Ya sé que no está bien, lo sé todo; lo veo cada día, todas las mañanas, lo veré dentro de un ratito: pero yo en Diego creo como se cree en Dios, a pesar de las guerras, los incendios, el hambre y la destrucción. Por encima de un atisbo de agnosticismo. Porque lo echaré de menos mañana y porque ya lo estoy extrañando en el futuro. Gran jugador, magnífica persona, excelente goleador. Un zaragocista comprometido. Por cierto: en ese vídeo el hombre somniloquio tiene la relativa gloria de aparecer celebrando (puño apretado, puño en lo alto, festejo grande... diría Víctor Hugo) el sexto gol, el de Ewerthon: sobre el minuto 2:43, toma desde la espalda de la tribuna, en el centro preciso de la imagen y en pleno éxtasis. Qué felices éramos cuando éramos felices.
No sé. Esto es todo lo que nos queda. Lennon versionado y la esperanza. Papá, esta noche hay partido...
Bibiana tenía un blog

Bibiana Aído tenía un blog y ahora tiene un ministerio. Temporalmente hablando, ambos hechos son casi consecutivos. Creó el blog en febrero, durante la campaña electoral de las últimas elecciones, y dos meses y medio más tarde Zapatero ha creado un ministerio que la tiene por señora ministra, que no es poco. Lo he estado ojeando y he terminado enseguida. El blog, no el ministerio, sobre el cual no tengo opinión. En cuanto a blog, como ocurre con una gran mayoría de los blogs que pueblan el infinito alephico de Internet, resulta obvio y prescindible. Somniloquios también lo es, no vaya a pensar nadie que aquí hablamos desde la vanidad. Sólo yo considero imprescindible Somniloquios, mi terapia cognitiva de andar por casa. Supongo que para Bibiana también su Amanece en Cádiz (título almibarado para un blog sobre política o propaganda personal, salvo que ensaye una metáfora ideológica...) será imprescindible. Ahora que tiene que regular la igualdad nacional, veremos cuánto. Nada es imprescindible. Decir que algo o alguien lo somos supone una generosa exageración.
Yo acababa de crear Somniloquios de modo furtivo cuando una noche, durante una cena con amigos, el Licenciado observó: "Ahora todo el mundo tiene un blog... y nada que decir en él". La severidad de la afirmación me corrió por la espina dorsal un momento, pero con un hilo de voz me atreví a replicar: "Yo acabo de crear uno". A lo que el Licenciado, sonriente, contestó: "Pero aportarás algo...". Ahí estaba la presión de un lector de calidad, sí señor. Seguí adelante y no sé si aporto nada, pero me entretengo. Bibiana Aído apenas reunía uno o dos comentarios en algunas de las hieráticas entradas de su Amanece en Cádiz. El día que la hicieron Ministra de Igualdad (que no en igualdad) coleccionó 140 apostillas a su refrito de un artículo de El País acerca de, claro, la igualdad. Algo sobre el uniforme de las mujeres, muy mal traído y muy mal llevado. O sea, mal escrito y razonado sobre un lecho de lugares comunes del feminismo, filosofía necesaria pero con un argumentario poco evolutivo, digamos. La ministra no era la autora, pero le había encantado. Lo que la hace cómplice en mi forma de ver las cosas. Naturalmente, de los 140 comentarios calculo que unos 130 eran meras enhorabuenas por el nombramiento. Comentarios sobre el tema en sí había pocos. Yo nunca he logrado 140 comentarios, aunque tengo por ahí en los archivos un post casi tan hierático como los de Bibi y va ya camino de los cien. Es el récord somniloquios, con gran ventaja sobre el segundo clasificado. Desde luego, esos comentarios se han reunido en mucho más tiempo que los coleccionados por la ministra, que en pocas horas tuvo 35.000 visitas en su página. Otra diferencia estriba en el tono de los participantes: si en Amanece en Cádiz menudean los parabienes, el "felicidades, compañera" y esas cosas, en el mío vuelan los cuchillos dialécticos suramericanos, centroamericanos y latinoamericanos, todo a cuenta de una humilde referencia mía a la película Million Dollar Baby. Encendió la mecha un muchacho que me insultaba por desconocer el gaélico y la traducción o la grafía exactas de una frase nombrada en aquella cinta de Clint Eastwood. Y desde entonces parece un concurso a ver quién la dice más gorda.
Antes los dos teníamos un blog. Bibiana y yo, digo. Ella además tenía un cargo en no sé qué de desarrollo del flamenco, pero con todo el respeto yo no puedo tener en cuenta un cargo así. En términos de envidia, me refiero. Ella tenía un cargo de desarrollo del flamenco y yo soy capitán de mi equipo de rugby: para mí constituyen hechos equivalentes. Cualquiera daría algo por poder arengar a los muchachos en el vestuario cada sábado como yo lo hago; y someterlos a la liturgia de la ducha antes de cada partido, todos agarrados y saltando juntos y gritando y embruteciéndonos antes de salir al campo. Ahora ella tiene un ministerio y un blog y yo sólo un blog y la capitanía del Seminario. Ahí la comparación ya se cae. Eso sí, con orgullo desconfiado puedo decir que, antes del nombramiento, yo le ganaba en comentarios a Bibiana pero de lejos. Mérito de ustedes, no mío, pero da un cierto gusto, no te creas. ¿Es envidia?, preguntaréis. Sí. Lo que no sé es qué envidio: yo no sabría qué hacer con un ministerio. Tal vez lo que envidio es no conseguir que Bibiana me envidie a mí. Que diga: "Joder, yo no sabría qué hacer con un blog". Pero sí sabía, vaya que si sabía. Por cierto: ¿Se puede decir joder en un Ministerio de Igualdad? Porque joder implica, en el fondo, una dominación del masculino sobre el femenino, una violación de los deseos, una perversión del lenguaje como tantas otras. Hacer el amor constituye un acto mutuo; follar también, pero aleja a los actores porque uno trata de follar(se) al otro, o sea de estar por encima y si es posible de estar encima, de dominar el acto o el placer del acto. Joder ya es, directamente, un ejercicio de indudable sumisión implícita. Cuando alguien dice "¡No jodas!", el de enfrente advierte: "No te agaches". Viene toda esta digresión porque a Bibiana el lenguaje le importa, a su manera: es de las que se salta el obstáculo de los géneros por medio de la arroba, e integra el todos y el todas en tod@s. Lo que me pone muy nervioso. Para serenarme, me demoro en su foto de arriba y me gusta esa mirada tan ambigua: si reparo en la línea de su cabello, retirado levemente sobre el lado izquierdo, con ese pendiente barroco que apoya sobre el hombro, me parece confiable y plácida; por el contario, el mechón del otro lado, iluminado de sol ("albriciado de luz", que diría Borges), y el ojo que se entorna, desvelan la posibilidad de una perfidia calculada. Una sospecha admonitoria. En cierta ocasión, Bibiana le reprobó a un periodista de ABC de Andalucía su espíritu crítico: "Eres muy joven para escribir esas cosas que escribes", dice él que le dijo ella. A los 31 años, no es que Bibiana sea joven o no para hacer de ministra en un ministerio de igualdad; pero es muy joven para escribir cosas tan aburridas como las de su lírico Amanece en Cádiz. O muy mayor, no lo sé. Con la edad todo tiende a la subjetividad.
Para terminar, regreso a la complicidad de la que hablé antes. Hoy se ha presentado la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, el autor de La Sombra del Viento, ese libro que la gente leía en el autobús, en la fila del banco, en el vagón del subterráneo, en la bicicleta estática. El nuevo se llama El Ángel de no sé qué... da igual. Once millones de libros vendidos. Once millones de cómplices. Me baso en el (im)prescindible blog de Arcadi Espada en elmundo.es para razonar la acusación. Publicaron en el diario un extracto de la novela de CRZ y dice así:
"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable.
--Está caliente.
Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."
El párrafo revela una prosa escolar y lastimosa. Eso no es lo peor, y aquí citaré al agudo Arcadi, irónico y certero cuando dice:
"La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito".
Una de esas modernísimas columnistas del NYTimes sostenía hace algunos días en un artículo la despiadada importancia que las preferencias literarias tienen en las relaciones de pareja: "No eres tú, son tus libros", lo titulaba. La biblioteca personal puede determinar la posibilidad de éxito de una relación, venía a decir. Alguien cuyo libro de cabecera sea América, de Kafka, no puede cruzar bien con un cómplice de Ruiz Zafón, sostenía la autora. No estoy en absoluto de acuerdo. Alguien puede querer a un consumidor compulsivo de Literatura aunque el uso que él mismo haga de los libros no sea otro que decorar la estantería según los colores de los lomos o bien calzar alguna mesita que cojea. Y viceversa. Hace tiempo una chica me preguntó, con interés tópico: "¿Te gusta leer?". Claro, respondí. Mucho... Siguió: "¿Cuál es tu libro preferido?". Me quedé tieso. Me resulta imposible contestar a una pregunta así. Vi por dónde venía, así que le planteé la disyuntiva que siempre interpongo ante una situación tan apurada: "¿A ti te gustan los libros o la Literatura?", la interrogué. Como se negaba a aceptar la diferencia (que no incluye un menosprecio por mi parte, ni mucho menos), se protegió con otra pregunta: "¿Cuál es el último libro que has leído?". Nombré el que fuera, no me acuerdo. "Ni idea", fue su comentario.. ¿Y tú?, contraataqué yo: "Los Pilares de la Tierra", aseguró con orgullo. "¿Lo has leído?". No, dije yo. Ni pienso. Consideración ante la cual ella agregó, implacable: "Pues no leer Los Pilares de la Tierra es un crimen". Por lo visto, ella sí hubiera estado de acuerdo con el artículo del NYTimes. De modo que me protegí regresando a mi argumento original: "A mí me gusta la Literatura; los best-sellers, salvo excepciones, no se me dan bien".
Su respuesta final cerró la conversación para siempre: "¿Sabes qué te digo?". Dime, maña, dime: "Que yo prefiero los libros, porque la Literatura no hay quien se la trague".
Como diría Arcadi Espada... buenos días.
El fragor continuo

La redondez de la tierra no se puede creer. Es un truco inexplicable, una sugestión colectiva. ¿A quién se le iba a ocurrir esa circularidad tan maciza? De niño yo preguntaba por el fin del mundo como por muchas otras cosas, por preguntar. "¿Dónde está el fin del mundo?", preguntaba yo. Y mi hermano, si le venía al caso y por hacerse el interesante, respondía: "En el Polo Norte". Con lo cual yo me imaginaba una extensión esteparia cruzada por un vendaval salvaje de ventisca y allá, al fondo del todo, un desigual muro de sillares blancos con un cartelón que anunciaba, en perfecto español porque para algo es un idioma noble: "Fin del mundo. No pasar". ¿Y al otro lado, qué hay?, me inquietaba yo, angustiado por la posibilidad de un abismo recto hacia abajo. Y mi padre decía, muy serio, como reconviniéndome por la torpeza del pensamiento: "Mario, el mundo no se acaba". No lo entendí hasta que un día agarró una naranja y un flexo con una bombilla blanca, me sentó en el sofá, se incorporó hacia el borde del sillón orejero balancín y me explicó el giro del planeta, el curso de los días y las noches, la cara oculta de la luna y algún concepto primordial más del sistema solar y de la vida. Así armé yo mi cosmogonía particular.
Con los años he admitido la doctrina de Galileo, pero sin convicción, afectado por una leve sospecha infantil. A menudo me comporto con pueril descreimiento, supongo que en parte por deformación profesional: uno enseguida intuye que no es lo mismo la realidad que la actualidad. Hay que aceptar esos términos para poder soportar el periodismo desde cualquiera de sus lados, el de autor o el de lector. De otro modo, uno corre serio peligro de confundir titulares con verdades. Estos días, la suspicaz China ha organizado un concurso mundial de agencias de comunicación para refutar la imagen de país bárbaro que se ha extendido al paso de la antorcha por la redondez del mundo. Grandes firmas pugnan ya por hacerse con ese filón de propaganda que consistirá en decirle al mundo que China no es lo que todos sabemos que es. A los medios de comunicación, esta dialéctica les ha de encantar. Veremos si vence la guerrilla urbana o el mensaje.
Leyendo por la mañana la Prensa, antes de hacer una maleta de cuatro días, he encontrado en una crónica del paso de la antorcha por San Francisco un término emocionante: fragor continuo. A menudo en la escritura uno topa con palabras que se empeñan en la reiteración; a la segunda que uno las repite, provoca un efecto de campanilla en la cabeza del lector. La concurrencia del mismo vocablo para designar la misma realidad se hace muy evidente. Entonces uno busca sinónimos... La antorcha se puede convertir en el fuego olímpico; y el fuego olímpico, en la llama eterna. Pero la llama eterna suena algo rimbombante, muy impostado, así que el periodista se largó otro de un lirismo conmovedor: el fragor continuo. Una hermosura de sinónimo.
Estoy volcado con esos muchachos que persiguen el fragor continuo para hacerlo alterno. Este boicot contra China me gusta, me gusta mucho. No es que yo tenga nada contra el chino, no señor; yo soy de los que compra en Alimentación Lin-Lin siempre que haga falta. Ayer mismo entré: "Oiga usted, una botella de Granini naranja he encontrado. ¿Tendría usted dos?". El Lin-Lin es ya Lin-Lin de la cuarta dinastía (el ultramarinos chino cambia de tenderos/as con frecuencia, todos lo sabemos); se fue para el fondo del establecimiento y anduvo zarzeando varios minutos hasta confirmar que no había otro Granini de naranja. "Tomate frito", lo reté. Orientalmente raudo, Lin-Lin señaló al estante de la izquierda. Ahí estaba Orlando, lata o tetra-brik. Lata. Tanto. Ahí tienes. Gracias. Mientras yo pagaba entró un desarrapado, se cogió una caja de galletas y Lin-Lin, que se olía la tostada, le preguntó: "¿No dinelo?". Y el otro, que está versado en la vida fronteriza, le dijo: "No hay dinero". Y se fue. Y Lin-Lin se quedó tan ancho. Lo que demuestra que Lin-Lin es un tipo pragmático que no se va a complicar la existencia por una caja de galletas. Estos tíos son unos maestros del control mental; pura filosofía de Oriente.
Así que no es por los chinos. La verdad es que principios tengo pocos, si acaso tengo más finales; por eso intenté colarme en la selección de AS para los Juegos Olímpicos en Pekín. Yo quería convertir Somniloquios en un foco de denuncia desde el mismo corazón de la cosa, pero no lo conseguí, claro. Así que después de dos décadas infructuosas de periodismo en cuanto a los Juegos Olímpicos (lo único que de verdad me gustaría hacer en esta profesión, aparte de lograr la última entrevista que dé Mohammed Ali en vida), he decidido pasar a la acción y voy a boicotear les Jeux Olympiques. Ojo a lo que estoy diciendo: hablo de no ver ni una prueba. Ni el 1.500, ni los 100 lisos (¿habrá moratoria?), ni el torneo de baloncesto ni a Alison Stokke si va y salta a la pértiga. Cuidadito que el órdago tiene lo suyo. Pero yo estoy con el Tibet. Y no por el Dalai Lama, no, que me parece un mardano; por David Carradine cuando era el Pequeño Saltamontes en Shao Lin, que no era el Tibet, ya sé, pero a esos tíos los tengo yo por unos resistentes de primera; y por Lobsang Rampa, que de adolescente me comí al menos tres o cuatro libros de sus reencarnaciones kármicas, cosa que no hace cualquiera sin asumir terribles consecuencias psicológicas... A la vista está. Con los años resultó que el tal Rampa era un electricista inglés con mucha imaginación, que no había salido de Essex en su vida. Con lo cual lo admiré ya de por vida.
En fin, que acepto con aconfesional resignación que lo más cerca que voy a estar de los Juegos son estos próximos días en Atenas, adonde nos lleva o nos trae el fútbol, deporte generoso. Como el Paseo Independencia se ha convertido en un barrio griego por culpa del Gyros de la calle Cádiz -cuyo aroma impregna la avenida toda-, creo que voy preparado. La pituitaria trabaja en conexión directa con el subconsciente, cualquiera lo sabe. La cultura clásica. Me llevo algunos libros para los ratos libres que no haya, la tercera temporada de los Soprano y en el iPod un par o tres de discos por desmenuzar: Dig, Lazarus, Dig!!!, de Nick Cave y los Bad Seeds; Accelerate, de REM; y una segunda oportunidad que les voy a conceder a Muse antes de descatalogarlos. El nuevo de James aún no lo he agarrado, pero tengo oído un tema en Radio 3 y suena muy James, próximo al himno, alegre y subrayado por esa trompeta que tan fácil resulta identificar. Sin libros y música no hay viajes, eso lo tengo sabido. De camino, he pasado por Barcelona una noche a mirar la Champions, que toma un aspecto muy pálido si no juegan los ingleses. Eso sí es un fragor continuo. Nos espera la Antártida; será vía Atenas.
Plan de evasión

Si queréis saberlo y no os atrevíais a preguntar, os lo adelanto: hace semanas que pienso que el Zaragoza va a bajar a Segunda División. Pero aviso que no estoy convencido. Es decir, que no he razonado mi postura. Se trata de simple pereza, porque mi pensamiento opera de modo negligente y pragmático: me resulta mucho más sencillo encontrar argumentos para esa conjetura que para su contraria. Pero estoy dispuesto a revisarla a la mínima oportunidad.
En el fondo, comprendo la fatal determinación que se oculta bajo los hechos. Era todo demasiado perfecto como para durar. Me refiero al trabajo. Todo demasiado bonito: la cordialidad general, la multiplicación de los lectores, el crecimiento, la comodidad de los horarios, la lógica de los planteamientos, la distancia de los mandos, las revisiones salariales, la eficacia en las gestiones... No podía ser que el Pele y yo, los dos gallardos más tontos de la información zaragocista, hubiéramos acertado el día que decidimos que el periodismo era más importante que las intrigas cortesanas en un palacio de cristal que se quiebra. Tampoco parecía probable que una profesión tan avara se comportase con esta generosidad. En el AS se está de coña, oyes... pero de coña. Ahora que iba todo tan bien, va el Zaragoza y lo jode.
El Oso dice que hay que ir contracorriente y dar siempre el paso inesperado, el que te separa de lo previsible. Es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que haría cualquiera en tu misma posición. Para mantener una teoría tan burda y deshilachada como esa, apela a la más célebre de sus decisiones: cuando se quedó en el paro no sólo no pensó en vender su Audi, sino que lo revendió para comprarse un BMW. En el mismo sentido, nada más oler la crisis inmobiliaria resolvió ejecutar el contrato de un inquilino que tenía rentado y puso el inmueble a la venta. Cuando yo me quedé sin trabajo en 1994, fui al INEM a preguntar si me podían pagar el subsidio de una sola vez y la concienciada funcionaria me dijo que no, lo cual acepté, para a continuación agregar: "Aquí no le pagamos las vacaciones a nadie". ¿No, eh?, pensé yo. Me fui a casita, apreté un puñado de pantalones y camisetas en una mochila roja, metí mi aparato de música, dejé que mi hermano se hiciera pasar por mí donde fuera preciso y me largué a Londres por tiempo indefinido. Volví con veinte kilos más y los bolsillos vacíos, pero aun sigo escribiendo de aquello... A eso le llamo yo especular con la realidad. Me niego a que la realidad me agarre por los huevos, así que hay que mostrarle desapego y ningún temor. El Pele lleva semanas increpándonos de lado a lado de la mesa porque, según él, estamos "tan panchos" mientras presenciamos el hundimiento del Titanic. Su opinión es que el Titanic nos va a arrastrar de algún modo en su torbellino, pero yo me niego de forma rotunda a ligar ni un gramo de mi destino al rendimiento de Pavón, pongamos por caso; y ya no digamos mi felicidad; ni siquiera deseo que al muchacho se le pase por la cabeza el mínimo atisbo de responsabilidad en ese aspecto. Bastante tiene con ocuparse de Pavone el domingo.
Mientras tanto yo diseño mi plan, que pondré en práctica cuando ya nada me ate aquí. Queda tanto por hacer, y tan poco tiempo... Tengo pendiente pisar la Antártida, cruzar el subcontinente indio en un tren escuchando a los Kinks, asistir al cruce del río Mara en la migración anual de los ñus africanos mientras aguardan los cocodrilos, mirar de frente a un tiburón blanco metido en una jaula en el océano, pasar un invierno en Alaska y trasponer la línea del tiempo en dirección este-oeste a bordo de un velero, para saltarme un día completo, que jamás habré vivido. Al atardecer de ese día inexistente atracaremos en las Islas Cook y me envenenaré de alcohol en los tugurios del puerto. Espero conocer al patrón de alguna nave en misión comercial que me deposite en una isla remota, no importa cuál. Me llamaréis soñador, pero allí pienso vivir de un sueldo modesto o morir de una enfermedad generosa. Mientras, pensaré en Robert Louis Stevenson y sus años dichosos en Samoa, recitaré al aventurero Conrad y evocaré los días en que mi padre me llevaba a jugar al billar y cuando siendo muy niño mi madre me remojaba en la piscina introduciéndome en el agua colgando de sus muñecas... Tengo miedo a la distancia, a veces a la soledad y puede que también a los huracanes estacionales de aquellas latitudes. Pero creo que con los libros y con lo que escriba podré superarlo.
Trataré de actualizar Somniloquios siempre que me sea posible.
El sentido (inverso) de la vida
A menudo pienso que los hechos y los pensamientos no se corresponden en el tiempo, y que a veces se desordenan, les falta ajuste, como si el cerebro quisiera avisarnos de algo. Pasé días ahogado en una tristeza sin explicaciones durante el mes de abril de hace algunos años. No había ningún motivo. Justo en el final de ese sombrío pasaje, una mañana cualquiera mi abuela se murió temprano. Madrugar para morirse parece la culminación de una costumbre, de un modo de ser. ¿Por qué no? Si uno se muere durmiendo consideramos que se ha ido en paz; pareciera que la muerte le esté reconociendo los méritos de una existencia sencilla con esa última recompensa. En el instante en que falleció mi abuela, entreví que mi tristeza de tantos días se correspondía con ese suceso posterior, que de algún modo mi cerebro hubiera anticipado. Hace pocos días me quedé mirando un libro de Rafael Azcona durante algunos minutos: Memorias de un hombre bajito. Nunca había pensado en comprarlo, pero de pronto me pareció necesario. Unos días después, el formidable guionista murió, como ya sabemos en Somniloquios. Me quedé pensando...
Desde luego no hay nada sobrenatural en estas coincidencias. Soy yo quien les atribuye cierta magia porque me gusta hacer esas cosas, una posibilidad de modesta literatura de la vida diaria. Algo parecido hay en este corto de Alex Pastor, titulado con un palíndromo: La Ruta Natural. En él, Pastor propone una revisión de la vida en sentido inverso, de la muerte al nacimiento. Hubo quien quiso ver en ese orden alterado de la existencia una alternativa más dichosa, por cuanto el nacimiento tiene la consideración de suceso feliz y la muerte constituye su opuesto, la tristeza y la desaparición. Naturalmente, ese concepto sólo es una magia que nuestro cerebro le atribuye a la realidad, un problema de mera perspectiva. Con un hermoso atisbo de inteligencia sensible, Pastor refuta en diez minutos el sentido de la vida, un palíndromo innegable.
Morir al sol

El mundo se acaba, lo leí ayer en El País. Otros diarios también traían la noticia del fin del mundo, pero ni siquiera la llevaron a portada. No diré yo que el fin del mundo sea una noticia como para tirar la portada de El País a cinco columnas, pero sí al menos una llamadita ahí al lado, ¿no? A mí -que escribí un microrrelato titulado El Fin del Mundo en el que no ocurre absolutamente nada- me pareció muy interesante saber cuándo se va a terminar este asunto, aunque en realidad ahora mismo me encuentro en un momento de concepciones vitales tan lánguidas que no me importa gran cosa si el mundo se acaba la semana que viene o dentro de 7.590 millones de años. Pero en todo caso, teniendo en cuenta el optimismo general que ha dejado la nueva derrota de Rajoy, me parece que la noticia ha sido tratada con frialdad entomológica; relegada a secciones posteriores de los diarios. Si no firma Iker Jiménez, ya nadie se cree nada. Yo sin embargo no me trago una de Iker. Yo soy del doctor Jiménez del Oso, ya lo he dicho alguna vez. Jiménez del Oso, Rodríguez de la Fuente, Emiliano/Buscató y Gaby/Fofó/Miliki... esos han sido los pilares de mi educación. No toquemos las pelotas con mileniotres ni no sé qué. Por cierto que hace algún tiempo que El País ha barajado las secciones y ayer, cuando lo leí después de varios meses, me hice un lío y me pareció que a cualquier cosa le dicen rediseño y que en todo caso es un rediseño muy poco acogedor, con ese tipo de letra adelgazado que parece como que le ha quitado cuerpo a las indudables verdades. Por otro lado, esas contraportadas en las que desayunan o almuerzan con personajes y luego lo cuentan con precios y señales, sólo me sirven para constatar que hoy en día, en algunos lugares, da lo mismo desayunar que cenar: todo vale entre 45 y 60 euros. Sin hacerse el gracioso con el vino, claro...
Me estaba tomando yo una apreciativa cerveza sin alcohol en el Bull McCabe’s cuando leí lo del fin del mundo. Sería la una y cuarto de la tarde, pongamos. A esas horas el Bull tiene el aire adormilado, inconfundible de los pubs verdaderos. Hay silencio musical y una claridad matizada que se cuela por los ventanales; si afuera luce el sol, ilumina franjas de polvo suspenso que rebotan contra las mesas de madera o contra la tarima del piso. Las réplicas españolas de los pubs incurren en un error garrafal que les impide alcanzar el profundo significado emocional de los pubs británicos: falta el silencio, la quietud, la suspensión del polvo en el aire. En España el silencio está mal visto, no tiene consideración social. En España ya ni en los cafés se puede pensar, lo invade todo la FM ruidosa como si aquello fuera un gimnasio y no un café. Y luego está el ruido humano, que es atronador. En los Starbucks anglosajones hay un aromático silencio que se recuesta en los sillones y en las mesas, apenas peinado por el paso de las hojas de los periódicos y la única música que se iguala en armonía al silencio, que es el jazz antiguo; y acariciado por esa quietud pacífica uno puede ir ahí a pasar un rato sentado con su libro, con su no libro, con su tristeza diferida o con un mirada que atraviese los ventanales hasta la lluvia o el anhelo de lluvia de afuera; y hasta el café parece café. Y mira que a mí no me interesa el café ni como hecho social ni casi como posibilidad sensorial, salvo por el aroma del café molido y el de una tienda de café en la calle Ossaú, donde me gustaba entrar de niño con mi madre y empaparme de los olores y oír a las señoras nombrar una palabra de sonoridad excelente, que aún me encanta: torrefacto. Jamás me he animado a mirarla en el diccionario porque una palabra que suena y huele así, a la fuerza debe carecer de un significado a la altura de su físico.
Pero esos Starbucks londinenses o neoyorquinos o glasgowianos, con sus muffins y sus pastelitos de zanahoria y las galletas con pintas de chocolate, con esos falsos wifis que pagas luego en la caja a la chica polaca, esos lugares me encantan. Y el café, sorpréndase usted, está bastante rico. Sin embargo, una tarde en la que iba camino de la exposición del fotógrafo Don McCullin en Madrid me colé en un Starbucks español y fallecí abrumado bajo el escándalo de damas de todas las edades que compartían café a gritos. Varias personas me pisotearon la cabeza para pasar a su asiento (y eso que afané uno cerca del ventanal) y en las mesas uno podía desgranar el catálogo de lo que habían tomado las tres o cuatro generaciones anteriores del clientes del establecimiento. Además, el café era asqueroso. Si ahora resulta que el café es mejor en Londres que en Madrid, es que todo se está yendo a la mierda.
Y así es, en efecto, aunque a nadie le importa. La noticia del fin del mundo, con su carga de absoluta fugacidad, no conmueve. Dirán que la espiritualidad está pasada en esta España laicista y aconfesional, pero si llega a anunciar el fin del mundo el Papa Ratzinger, aun sin fecha, te digo yo que sale en portada seguro. Se pongan como se pongan, la Religión pega más que la Ciencia, siempre con sus vericuetos y sus alternativas y sus teorías y esa capacidad para proyectar los posibles más allá de los probables. Yo mismo le he seguido dando tragos a la cerveza sin mayor entusiasmo mientras leía que, dentro de 7.590 millones de años, el Sol se expandirá camino de su muerte y en ese proceso tan desconsiderado se llevará por delante varios planetas y entre ellos la Tierra. La teoría la han elaborado entre una universidad mexicana de nombre fronterizo y la de Sussex en Inglaterra, donde todo el mundo parece muy inquieto y con ganas de descubrir. De cómo unos mexicanos y unos ingleses han podido ponerse de acuerdo acerca de la hora del fin del mundo, uno puede pensar muchas cosas. La profecía no impide que acontecimientos precedentes puedan anticipar un desenlace dramático debido a cualquier otro motivo. Internet está lleno de apuestas al respecto, con una amplia gama de posibilidades. Es decir, que en el mejor de los casos nos quedan 7.590 millones de años.
Naturalmente, los científicos no se atreven a afirmar que la Humanidad seguirá para entonces aquí como ahora, viva y coleando, pero tampoco sostienen lo contrario. Ni confirman ni desmienten, que se dice en el periodismo tramposo. En todo caso y para que nadie los señale por incompetentes sin imaginación, proponen colonizar antes planetas o galaxias alternativas. Un plan ambicioso que requerirá máxima concentración. Es de esperar que para entonces se haya apagado la cosa del matrimonio gay y esté resuelta la igualdad total de la mujer en el mercado laboral, porque si no vamos daos. Supongo que no se olvidarán de construir vivienda protegida en ese nuevo destino. De hecho, me he interesado por esta futura muerte al sol y he visto que la teoría no es nueva, pero van afinando las fechas. Hay quien ya ha propuesto la posibilidad de, unos cuantos años antes (no sé si un par o varios millones) trasladar la Tierra de su ubicación actual en el Universo a unas coordenadas (!) donde estaría a salvo del paso arrasador del Sol camino del cementerio. ¿Cómo se hace eso? Pues así, versión divulgativa: capturando un asteroide gigantesco y haciéndolo orbitar alrededor del Planeta y unas cuantos cuerpos celestes más, durante un tiempo determinado (largo, eh, largo) y así de vuelta y venga para aquí y venga para allá y al final, oye, que la Tierra se sale de su sitio y se va para el otro lado y zafa del infierno solar. Naturalmente, la Ciencia se ha apresurado a aclarar que ahora mismo no disponemos de la tecnología necesaria para hacer algo así, aun cuando el mp3 haya cumplido ya diez años, diez, quién lo diría... pero la idea y las sumas y restas y tal ya las han hecho en pizarrón y da que sí. Y esperan que dentro de varios millones de años el Hombre (y su Mujer, sobre todo) hayan evolucionado tanto como para desarrollarla y lograrlo. Así que ya pueden estudiar o ellos verán...
Como yo no puedo hacerme cargo de la Humanidad, me preocupo de los Ornat. Tal y como van las cosas, parece obvio que quedarán pocos o ningún Ornat y aún menos probable parece que sean Ornat de primer apellido, que es lo que marca y diferencia. Ese asunto está por resolver. De todos modos no hay que ponerse dramáticos: están ustedes leyendo, en cuanto a modelos de Ornat se refiere, a un representante de la culminación del apellido: dos veces Ornat. A partir de nosotros, todo es declive.
Y así, hasta el fin del mundo.
Todas las mañanas

Es poco probable que yo me levante de la cama con sueño; es mucho más probable que lo haga con pena. Una lástima informe que a veces relleno con seis galletas de fibra o que me limpio en la ducha cruzando las palmas de las manos bajo las axilas, para dejarle un descenso liso al agua de la cabeza a los pies, y una ruta de huida hacia el desagüe redondo y de ahí al centro de la Tierra. Si eso no basta, como ayer, entonces pruebo a salir a la calle y caminar despacio. En días así no sé ir a ningún lado si no es a una librería. Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno, leí hace años en un libro hermoso y oí en una película hermosa, en la que Depardieu acababa por morirse bajo un sol cuarteado por las copas de los árboles, a trompicones, con una conciencia artificial de la belleza del instante y una música antigua de marco. Hace años que no sé nada de ese libro. He sospechado a menudo que los libros te abandonan como te abandonan otras cosas. O me abandonan. Algunas mañanas pienso en ellos con melancolía, miro de reojo a los estantes y me doy cuenta de que se marcharon hace mucho tiempo. No he vuelto a saber nada de ese libro, que tal vez me soñó leyéndolo.
Ayer me fui a pasar la mañana a una librería. No pensaba comprar nada. Sólo quería esconderme. Las librerías tienen libros y tienen asientos duros de espuma para ojearlos, y en algunos casos tienen recodos acogedores y silenciosos en los que uno puede ocultarse medianamente del tráfico insaciable de la ciudad. En la calle San Miguel han construido una casa del libro, con minúsculas, con una chica de pelo muy tirante al mostrador. Una casa del libro es como una casa de muñecas. Esa chica le habla a los libros como si los libros tuvieran interés en escucharla. La primera vez le pregunté por La Ciudad Automática, de Julio Camba, y ella se fue hacia la C hablando sola y preguntando: "A ver, ¿dónde está usted señor Camba? No se me esconda. Señor Camba, señor Camba...", lo llamaba. "Pero si lo había visto yo por aquí". Yo le dije: "Mira que ya me he fijado por aquí y no lo he visto" (al señor Camba, debí agregar, pero me dio reparo la familiaridad o bien una locura tan amable); pero entonces ella hizo así, alargó una mano como si fuera a tomar en ella un pajarillo y no un libro, y siguiendo la línea de sus dedos vi que frente a nosotros aparecía el señor Camba en su ciudad automática. "Aquí está...", le dijo ella al libro, no a mí. Y me lo entregó. Y le faltó advertir: "Cuídelo usted, el señor Camba requiere atenciones. Se conserva bien en interiores y peor al sol, salvo en los primeros días de marzo hacia el mediodía". O bien: "Que se tome dos optalidones con el café con leche después de cada comida; el café con leche en vaso, eh... Al señor Camba no le gustan las tazas de loza ni los vinos sin sabor". No me dijo nada, sin embargo. Y entonces le pregunté por Josep Pla. El señor Pla, el señor Pla, repitió ella. Otra vez lo mismo. Mira que yo no lo he visto por aquí, por la P. Y el mismo milagro. Como las madres, que siempre encuentran en su sitio y a la primera lo que nosotros no habíamos visto en su sitio y a la cuarta.
Ayer la chica no estaba. Había otra dos mucho más silenciosas y con el pelo liberado, a las que preferí no preguntarles nada. Resbalé por las estanterías con el iPod a toda pastilla, vi el atril que le habían preparado a Javier Tomeo y un pequeño hemiciclo de asientos de espuma verde. Presentaba el volumen Javier Gurruchaga. La Literatura es una cosa muy rara. Leí las primeras páginas de Los Amantes de Silicona, su última novela, y luego me dejé caer hacia los rincones, atravesé pasillos de poesía, traspuse el retablo de las novelas negras y caí sobre la ventanilla de los viajes. Los libros exhaustivos no me gustan, pero me atraen como si quisieran gustarme. En Charing Cross me hundí en una librería de novela sólo negra, asesinatos, muertes, misterios, casquería, casos sin resolver, matanzas históricas, detectives de todas las calañas. Pero salí sin nada porque era todo tan exhaustivo que, no sé. De todas formas siempre hay que comprar algo. Ayer, en un recodo donde renacía la Literatura Española e Hispanoamericana en versión de bolsillo, allí me quedé. No me gustan los libros de tapa porque no te puedes acostar sobre ellos, tienen la textura de un colchón duro. En cambio los de bolsillo proponen un espacio mullido para la cabeza, en el que puedes meter la frente, guardar papelitos, hacer un rulo, educar una flor, parir una memoria. Nunca doblar las esquinas de las páginas.
Apoyado sobre la espalda, mirando al techo pero con las piernas del otro lado, sobre la almohada, encontré al señor James, don Henry. Un librito de recuerdos de su llegada a Londres en el invierno de 1876 y en los inviernos y veranos sucesivos. Se titula así, Londres; e igual se titulaba uno de Virginia Woolf que compré en otra casa de muñecas, en Madrid, hace algunas semanas o meses, no me acuerdo. Una colección breve de retratos costumbristas sobre un Londres evaporado, de casitas repetidas. Se llama igual: Londres. Sólo eso. Me senté un rato con él. A esa esquina venía poca gente. Me dejaron tranquilo. Yo estaba en Modo Aleatorio, un desorden ordenado. Sonaba la Creedence y a continuación Ian Brown y después Death Cab for Cutie, Placebo, incluso Wombats o Patti Smith. Pasaron por allí un par de chicas que no me vieron ni yo a ellas.
Después de un rato me arrastré por el suelo para salir. Tropecé con Doctor Pasavento y me detuve en la esquina de Vila-Matas, donde me incorporé. Herman Hesse también estaba allí, acechante como siempre, desde que me atreví con su Lobo Estepario y con Demian y Siddharta siendo demasiado niño y demasiado temeroso. Ahora ni siquiera tengo cojones de abrir su Cuentos de Amor. Hesse también escapó hace años de mi librería. De aquel grupo sólo permanece Kafka, un hombre generoso. Sabe que si se marcha dejaría un hueco tan grande que yo no podría sobrevivir.
Compré una libretita para hacer anotaciones de viajes o de nada, con una tapa en la que aparece una imagen antigua de Times Square, en Nueva York. Todo muy sugerente. Tiene una goma para cerrar el conjunto y que no se escape ni una letra. Aún me queda pendiente la tarea de robar Tortilla Flat, de Steinbeck. Fue una conjura que hicimos una noche de hace muchos años en el Malevaje, inspirada por Carretero: "Si no es robado, no se puede leer", dijo él. Y le dio un trago muy cuidadoso a la cerveza. Yo miré el submarino oscuro de bourbon en mi jarra y supe que nunca cumpliría. No lo he hecho y por eso no soy un hombre. Ayer lo tuve en la mano y lo pensé, pero nadie comete una violación en una casa de muñecas. Salí a la calle y me senté en un banco del paseo a mirar a la gente pasar. Yo seguía con el estómago vacío, abrí la libreta pero nadie había escrito nada. Y todos me ignoraron de forma minuciosa, aunque caminaban muy bien al ritmo de la música. Siempre he envidiado esa armonía de las personas que no conozco.
[Foto: el señor Henry James: un americano en Londres].
El debate
El pueblo me pide que entre en campaña y, aunque Somniloquios no tiene vocación de gramola, por una vez lo haré. Lo haré a mi manera, claro. Nada de razonamientos o juicios porque me saldrían demasiado amargos, creedme. Yo soy de los que cada cierto tiempo, coincidente con este tipo de ocasiones y con el repunte de ciertos debates políticos y sociales, considero seriamente la posibilidad del exilio. Y hablo en serio. Respecto al debate, resumiré en dos puntos metafóricos el estado de situación en la España de hoy, donde la estulticia rebaja su precio de forma inversamente proporcional al del pollo y las gasolinas (1); y mi impresión sobre el cara a cara entre el Cejas y el Sopas (2), que vi poco y salteado, para no saturarme. He decir que no comprendo bien el concepto salud democrática ni el concepto ganar un debate. Y diré más: para ofrecer semejantes niveles de discurso, formas y recursos dialécticos, por mí que se queden otros 15 años sin celebrarlo. Podremos resistirlos si se trata de perder de vista a Campo Vidal... Voy al análisis en imágenes. Los clips, para los despistados que por aquí no creo que los haya, pertenecen a aquella obra maestra del humor y la inteligencia que se llamó La Vida de Brian.
1 El estado de la cosa político-social, sobre todo en la rica periferia nacionalista.
2. El debate en sí mismo: la escena es la misma, sólo que en la versión original, y ahora ampliamos el campo de visión incluyendo a los dos contendientes. Sobre la arena de la Academia de Televisión, un moderador al que podríamos identificar con el de los trompetones, dándose importancia y fanfarria para después no moderar nada. En la arena, dos gladiadores: el enmascarado sería el Sopas; y el peludo, el Cejas. Las patéticas actitudes de cada uno de ellos están bien reflejadas. Mi impresión sobre ganadores y perdedores también se corresponde con el desenlace del singular combate. Un poco de calma y no os perdáis la celebración final, que también tiene mucho que ver con lo que yo creo que, por dentro, hace un presidente del Gobierno cuando gana unas elecciones. Y no a su contrincante político, precisamente. En la escena aparecen otros personajes entre el público y sus alrededores. Cada uno que les otorgue el nombre adecuado. Yo propongo que la que recoge las vísceras bien pudiera ser María Antonia Iglesias, ese cuerpo de Qator con cabeza de Medusa y verbo hecho ventriloquía socialista. Es sólo un ejemplo, pero hay muchos en los dos lados: el militante periodismo español, con sus argumentaciones de cámara, está entre lo más patético del famoso debate.
Placebo*
Yo empecé a escribir a los once años y el disparo me salió torcido desde el primer momento. En aquellos días no paraba de leer novelitas de Keith Luger sobre individuos de una pieza que enderezaban pueblos olvidados en el oeste americano, o en esos lugares de tránsito entre la civilización urbana y afrancesada del este del país y la brutalidad del otro lado, el que cae más allá del medio oeste, digamos Texas, Arizona, Utah, la soleada California. Aquellas novelitas pulp, los bolsilibros de Bruguera, eran mis novelas de caballería quijotescas, porque si a algo he jugado yo ha sido a vaqueros e indios, aunque tuve mis perversiones de cuando en cuando y a veces también jugaba a Tarzán y Boy o, en un periodo aún más concreto y desconcertante, a Curro Jiménez y su banda: de esto último tuvo la culpa el modelo de navaja albaceteña tamaño natural en réplica de plástico que sacó a sus mostradores Comercial Aurora, una felicísima tienda de juguetes, tan sobria como rica, que había junto a mi colegio, en la esquina de San Jorge con la plaza San Pedro Nolasco, si es que podemos considerar que una plaza tenga esquinas.
He de decir que yo nunca fui el protagonista principal en aquellos juegos. Tenía un amigo al que le gustaba mandar mucho más que a mí, cosa que me sucede de forma recurrente desde hace siglos y por eso nunca he llegado a nada. Yo soy el héroe del pueblo, como el Che pero sin balear a nadie en nombre de la Revolución. Así que en el reparto de papeles, de niño, siempre salía perdiendo. Yo no lo tomaba como una derrota: ser el ayudante del sheriff me parecía muy noble; en el peor de los casos también podía hacer de indio, raza por la que tenía y tengo predilección. En territorio navajo, en la frontera entre Utah y Arizona, me compré un tomahawk artesanal y un arco en miniatura, y aún estoy pensando qué hago con ellos. Si llego a ver antes No es País Para Viejos, me compro la bombona y el cañón de aire comprimido para derribar reses, que hace agujeros perfectamente esféricos en la frente ajena. Comercial Aurora ya no existe: plantaron allí un café de nombre decimonónico e inspiración parisina, tal vez, y me parece que se lo llevó el río en alguna crecida. Nadie fue al entierro.
Finalmente, en nuestra simulación de Curro Jiménez me tenía que quedar con el Algarrobo. Ahora os parecerá ridículo, pero en aquellos días el Algarrobo tenía mucho predicamento porque era el tipo noble, directo y desarrapado del grupo. Todos queríamos ser alguna vez como el Algarrobo, dulcemente brutales, dueños de una fidelidad a prueba de franceses o de señoras con las tetas en bandeja. Y no me habléis del Estudiante como alternativa. El Estudiante apareció después. En el mismo capítulo pero después, que de esa no sé si os acordáis.
Volvamos atrás. En la novela pulp me introdujo un amigo que leía a Keith Luger y me dijo que era mucho mejor que Marcial Lafuente Estefanía, que siempre escribía lo mismo. Yo estuve de acuerdo porque soy así, tiendo a estar de acuerdo, bastantes cosas tengo yo que pensar como para andar en desacuerdos rutinarios. Además, aquel chico dibujaba vaqueros con Stetson de ala ancha, negros, y corría como si cabalgase, igual que un centauro, atizándose a sí mismo en los cuartos traseros con saña, y cabeceando un poco al galope. Luego me di cuenta de que Keith Luger también escribía siempre lo mismo, una novela por semana, dicen, pero a mí también me gustaba más que Lafuente Estefanía. Así que la primera ficción que escribí, a los once añitos, quedó a medias entre la recreación de una historieta pulp de Keith Luger (un español que en realidad se llamaba Miguel Olivero Tovar) y un western que debí ver por aquellos días y que nunca he sabido cuál era, tal vez Centauros del Desierto. Había una matanza inicial y una larga venganza posterior, dirigida por la memoria precisa y fiel de un perro. Una cosa terrible, en todos los sentidos.
Sin embargo, un niño escritor ofrece siempre la posibilidad de avergonzar a alguien mientras se trata con mucho cariño de ponerlo como ejemplo social. Un niño escritor tiene algo de personaje terrorífico o con el cual hay que tener cuidado. No es tan temible como un niño que toca el piano, otro que juega al ajedrez o el que hace gorgoritos con la voz, pero… Un niño así anuncia cosas que nadie queremos: tiende a confiar en los disparates de la imaginación y no se centra en las verdades concretas de la existencia. Cierto día, por sorpresa, la profesora de Lenguaje me sentó a su lado en la mesa durante una clase, sacó los folios en los que yo había mecanografiado con pueril lentitud el relato y, después de decir mirad lo que ha escrito Mario, todos calladitos y a ver si aprendéis, manga de lerdos (le faltó agregar) comenzó a leerlo para toda la clase, mientras yo miraba al suelo y notaba que las gotas de sudor me bajaban en animada procesión de a uno por la espina dorsal, en aquel entonces tenía yo una espina dorsal de lo más tierna. Si me salvé de la patada general del alumnado canalla debió de ser porque, al poco tiempo, la señora descubrió a otro niño que cantaba jotas con timbre de infantico descapullado, además de interpretar una versión estupenda de aquel tema de Pedrito Fernández, La de la Mochila Azul, con el cual hacía temblar los baldosines de los muros. La de veces que oiríamos La de la Mochila Azul… Aún se me ponen los vellos como escarpias metálicas.
El episodio me provocó un sonrojo tan profundo que dejé a medias mi segunda aventura literaria, otro relato pulp, pero esta vez en el campo de los misterios y titulado, con letra inclinada del lado derecho, El Detective de la Pinkerton. Apenas pasé de cuatro o cinco cuartillas escritas a bolígrafo (intento de convicciones mucho más modestas, por tanto) y comenzaba con una persecución automovilística por las calles de la ciudad, derribando cubos de basura, puestos de manzanas y carritos con hot-dogs. Eso me ponía en camino de encontrarme tiempo y tiempo después con Dashiell Hammett y el señor Chandler, entre otros. Pero marcado por el episodio del aula, hasta los 18 no volví a escribir. Cuando lo intenté –torpes tentativas poéticas en las noches universitarias de estudio- me pasó como con el baloncesto: al abandonarlo había interrumpido el crecimiento y, cuando regresé unos años después, ya no era más que un base pequeñajo que no se acordaba de botar con la izquierda. Entonces fue cuando empecé a beber. Eso me ponía en el camino del señor Carver, entre otros.
Ahora que escribo todos los días, tengo la mano blanda como Chicho Sibilio y el cerebro desguarnecido, de modo que camino por las calles construyendo frases en mi cabeza. Al mediodía andaba yo por esas rondas del Tubo y me ha dado por pensar cómo algunas calles poseen conciencia de sí mismas, mientras que otras parece que están ahí puestas por el Ayuntamiento, literalmente, y carecen de personalidad o de los recursos precisos para obtenerla. Ni les importa. No hay oposiciones a la personalidad, uno la tiene o no la tiene; la belleza está más al alcance, hay técnicas. Pero la personalidad… esas cositas. No. Las que se saben calles tienen algo que no se puede intercambiar, tal vez un sabor o un olor, que permite reconocerlas y reconocerse. Yo camino por esas vías periféricas rizadas de obras y hombres y no entiendo, no sé dónde estoy, hay una incoherencia tan obvia que casi me duele. Zaragoza ha debido de cambiar mucho, dicen. Ahora resulta que el adoquinado lo hacen con una plantilla que cuartea el asfalto en forma de pequeños sillares, pero ya no hay moreno que junte un adoquín con otro. Así, o se levanta todo el conjunto o ahí no se mueve nada. Son los pequeños descubrimientos que permite la Expo. En las obras se aprende lo que falta por saber de la vida, por eso todos los abuelos pasan ahí las mañanas, al sol, o bien apostando perras gordas a las chapas en los claros del Cabezo. Por las noches, una hilera de coches dormita entre los árboles. Ocurren cosas, pero no sabemos cuáles. Hay vidas paralelas.
Dicen que Zaragoza cambia, pero yo la veo siempre igual. Hay una ciudad fantasma que permanece fuera de la lógica circundante: callejones que nadie recorre porque no llevan a ningún sitio, paradas de taxi en las que jamás se detiene un taxi, rotondas que aparecen y desaparecen, se transforman y reviven. Tiene zonas erróneas como las mías, como las del libro del doctor Wayne Dyer, que es un best-seller de la psicología que después de 30 años o 40 sigue en todos los divanes, aguardando a que los hombres vengan a buscarlo para leerlo. “Cariño, ¿te has olvidado de tomarte las pastillas?”. Libros en pastillas, mucho más efectivos. Cuando a uno le gusta leer de modo compulsivo, extravía el placer de hacerlo; incurre en la feroz urgencia de leerlo todo, todo lo que se ha escrito, todos los autores, al menos todos los importantes, al menos en todos los idiomas. Y eso, amigos, es imposible. Así que no fomentemos la lectura. Es una trampa mortal.
En la vida nada ocurre en vano. Está demostrado por los científicos. Y no hay pastilla que no se pueda tragar con algo de rock y un poco de poesía.
[Pd: Baby... did you forget to take your meds?]
*[placebo.
(Del lat. placebo, 1.ª pers. de sing. del fut. imperf. de indic. de placēre).
1. m. Med. Sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción].
Los alegres artistas
Siempre me he preguntado cómo fue que al hombre se le ocurrió hacer fuego. Se dice que el hombre descubrió el fuego, lo que implicaría que lo vio en algún lado y trató de reproducirlo; de otro modo no me puedo explicar ese impulso inicial de inventar algo que no conocía. O sucedió así o bien tuvo una repentina iluminación que Kubrick, en su 2001, simbolizó con el famoso monolito que tantos dolores de cabeza nocturnos le traía a Carlos Pumares. La otra noche yo recibí uno de esos rayos fugaces. Pegué un respingo porque llevaba meses mirando cómo hacerlo y de repente me vino a la cabeza solo, como si alguien me lo hubiera soplado. Estoy hablando de colgar vídeos en Somniloquios. Un pequeño paso para la informática pero un gran paso para mí. Deberíais haber presenciado la patética lucha que durante meses he sostenido yo solo para lograrlo. Somniloquios audiovisual constituyó siempre uno de mis anhelos. Naturalmente, mi descubrimiento no puede ni descalzar al del fuego, pero para mí fue importante. Además, sobre estas cosas hay opiniones. Tengo un conocido que suele decir que los tres grandes inventos de la historia de la Humanidad son éstos y por este orden: la cama, la rueda y la braguita tanga. La aparición de la rueda en la segunda posición siempre me ha fascinado...
Así que yo quería celebrar con un gran y significativo vídeo este avance, y durante días he madurado cuál podría ser. Finalmente, he decidido que inauguro con la ridícula canción que cuatro o cinco artistas han decidido dedicar a Zapatero. Ellos se llaman PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero), pero creo que en realidad es un acrónimo de Pandillica de Apoyo a Zapatero. La verdad, sólo se les puede calificar de pandillica. La canción resulta lastimosa y demuestra una grave incapacidad musical unida a un peligroso y sectario desapego a los problemas reales sobre los que trata o debe decidir la política. Sobre todo, insisto, transmiten una ridícula imagen de mensaje vacío y acabado. Creo que, si continúan esta línea de acierto, estos chicos pueden hacer más por la candidatura de Mariano Rajoy de lo que ellos mismos piensan. A mí están a punto de movilizarme para votar... yo que no me he acercado a una urna jamás. Ahí dejo el vídeo.
Al otro lado, sin embargo, son capaces de hacer cosas como ésta que sigue: no sé qué propone ni qué quiere Obama, pero el vídeo transmite la idea de un segundo Martin Luther King, un político de oratoria convincente y enfática: "Con entonación y trucos de la oratoria sagrada, la que se fragua en las numerosas iglesias evangélicas", como muy bien escribió Lluis Bassets en El País. Me parece que el contraste entre los dos vídeos demuestra el salto de modernidad necesario en ciertos sectores en España. A ver si va a resultar que los más inmovilistas y trasnochados son los que se creen más avanzados y progresistas... Yes, We Can. En apoyo de Barack Obama, candidato demócrata.
Pd: Además, ellos tienen a Kareem Abdul-Jabbar y nosotros no pasamos de Fernandito Romay...
El otro

Un día fui al Opencor a comprar gazpacho Alvalle (una de las bases fundamentales de mi alimentación) y salí con Infiltrados, de Martin Scorsese. El gazpacho también me lo llevé. Creo que, en lo que va de mayo de 2006 a hoy, debo haberme metido al cuerpo aproximadamente tres mil o cuatro mil kilos de tomate, divididos entre tomate en ensalada cada noche sobre una mullida cama de canónigos, más los tomates que asesine Alvalle para hacer los tetrabrik que me bebo. Con el gazpacho pasé de la normalidad consumidora al progresivo embrutecimiento: primero me ponía un vasito para acompañar la comida, de forma que me rellenara los vacíos que dejaban en el estómago los 125 gramos de judía verde o la gran ensalada con una nostálgica cucharada de aceite de oliva. Después, el gazpacho fue ganando espacio; primero pasé a las dos tazas y ahora lo bebo a morro y el litro apenas me dura un par de empentones. Me falta echarlo en bota o botijo y beberlo al alto haciéndolo restallar contra mi labio superior, que no tiene tantos adeptos ni el prestigio que sí se ha ganado mi celebrado labio inferior.
Hablando de botijos... El Gobierno sigue trabajando en el asunto de las tallas, que no hay quien se haga con él. Ahora acaba de clasificar a las damas españolas de todas las edades y condiciones en tres tipos, según las veleidades de su silueta. Todos muy sugerentes: la mujer cilindro (pecho, caderas y cintura iguales), la mujer diábolo (pecho y caderas más anchos que la cintura) y la mujer campana (pecho y cintura iguales, cadera en expansión, como el Universo). Y cuentan que tuvieron un soberbio debate sobre si al segundo tipo lo llamaban diábolo o guitarra. Guitarra les parecía más español, pero al mismo tiempo no cumplía con el rigor porque la guitarra, avisó alguien puesto en cuestiones musicales, es más estrecha por el lado del mástil que por abajo. Así que optaron por diábolo. "É un diavolo!", debió gritar alguna de las concurrentes pensando en el silbante Mariano Rajoy o en aquel anuncio de Banderas. Y en diábolo quedóse. Qué gusto da ver razonar a esa gente, oye.
Ustedes perdonarán, amigos y sobre todo amigas si las hubiere, pero nosotros para entendernos con las morfologías femeninas vamos a seguir utilizando la nomenclatura PLF, mucho más gráfica y precisa porque incluye mayor cantidad de variaciones, que es al fin y al cabo de lo que se trata. De acuerdo a PLF el muy diverso e inaprensible género femenino se divide, en escala decreciente, en estas categorías:
- La Madre de sus Hijos: a la que debemos considerar, desde luego, hors categorie como el Tourmalet.
- Jugador de Diez: el clásico pibón o monumento, aunque no hay acuerdo general sobre los cánones.
- Buen Jugador: reunión de muchas virtudes físicas y aun espirituales.
- Las escayolistas: no sé a qué se debe el término, pero tengo claro que las de este gremio no son para casarse con ellas y que más que un tallaje físico, hablamos de una etiquetación casi moral. Gente de buena estantería metálica y que, como decía un amigo mío, en la cama no dan un balón por perdido.
- Majica: la deliberada benevolencia del término ya lo explica todo; muy matrimoniable "porque no te va a crear problemas, dentro de que todas te los crean", razona el autor de la clasificación.
- Esa Fea: muy obvio.
- Tajo Bajo o Carne de Pescuezo: tipo muy de las periferias urbanas, gente que digamos no ha comprado nunca el jamón york en Montal.
- Tanque Ruso y/o Soviético: demoledora fuerza de choque en las campañas invernales.
- Para Echarla al Pozo San Lázaro: ésta última es la gradación mínima, aunque a veces se le agrega un último apéndice, que oiremos en la voz del referido: "La echas al Pozo San Lázaro y la escupe".
El caso es que iba yo a por Alvalle y me puse a mirar la estantería de los duvedés. Ahí estaba Infiltrados. Ya sabéis que Marty Scorsese no podrá jamás pagarme lo que yo hice en su día por el Oscar de Infiltrados, pero no se lo voy a tener en cuenta. Pero llevarme Infiltrados no iba a resultar tan sencillo... El lineal enrejado del Opencor se presentó ante mí como la caja fuerte de la Reserva Federal Americana, allá en Fort Knox. Cuántas veces he querido ser Frank Abagnale Jr. ante una situación como ésta, que requiere el funcionamiento de la pura intuición. Pregunté en la caja: "Sí, no hay más que sacarla", dijo una de las niñas. Volví al estante. El cuerpo se me puso duro como la primera vez que me enfrenté a una ducha en Inglaterra. He visto pocas cosas con un aspecto más enigmático que una ducha en Inglaterra: con lo obvio que resulta el doble grifo con H y C, F y C o, para mentes avanzadas, el Rojo y el Azul. Recurrí otra vez a las niñas de la Caja. La de seguridad se ofreció a acompañarme, sonriente. Qué chico tan majo pero que limitadico se le ve, debió de pensar. Me indicó: sólo había que coger y sacarla. Así. Coger y sacarla. Nada más. Jajaja, rieron todas las niñas.
Qué poco sabíamos, ellas y yo, el drama que en ese mismo instante comenzaba a tomar forma.
Al volver a la caja para pagar me crucé con un cajón de duvedés en oferta: dos por 19.99. Comencé a trastear y encontré enseguida una edición especial de La Gran Evasión y otra de Taxi Driver... Creo que de la emoción debí hasta dar un gritito ahogado, muy maricón pero perfectamente comprensible en una situación como esa: documentales y más documentales en los extras, otro túnel de evasión de la realidad. Las eché a la cesta. Así que regresé a casa con tres litros de Alvalle en una mano y tres películas en la otra, para equilibrar el peso en la bodega de carga. Unos días más tarde repetí la escena, sólo que esta vez me fui directo al cajón de las ofertas. Entonces se materializó la tragedia: ahí estaba Infiltrados, pero en una edición de dos duvedés, relación calidad-precio imbatible y con documentales sobre la historia de la mafia de Boston y todo el monario. Estuve a punto de caer largo. Me fui mascullando el error cometido la primera vez. Después de unos días sucedió lo previsible: la volví a comprar. En alguna ocasión ya he comprado dos veces una película, pero sin acordarme de que la tenía. Esta vez era plenamente consciente. Para sacar partido a la oferta me llevé también Pequeña Miss Sunshine. Ese cajón era la puta felicidad. Al llegar a casa las puse en la librería junto a las otras, la segunda temporada de Los Soprano y Paralelo 42, la novela de John Dos Passos, para que se fueran familiarizando. Con una combinación como esa en apenas 20 centímetros de anaquel, no comprendo cómo se sostiene el antiamericanismo.
Un día cualquiera decidí abrir Infiltrados. Entonces ocurrió: la rimbombante caja de la edición para coleccionistas estaba rota. La pestaña circular que sujeta los discos había perdido barritas y los discos patinaban por el habitáculo interior enloquecidos, de un lado a otro, y chocaban contra las paredes como en la Casa Magnética del Parque de Atracciones. Probé a cerrarla y ver si se sujetaban en su centro, pero nada. La agité y sonaba como una lata de galletas. Compungido me fui al baño, me puse frente al espejo y miré a los ojos al hombre del otro lado. Con gesto familiar, el otro me dijo, muy clarito: "Yo eso no me lo quedo". "No me jodas...", protesté con un hilo de voz. "Que no", insistió. Así que me puse a buscar el ticket. No estaba. Ni aquí, ni allá, ni en un bolsillo u otro. Dejé pasar unos días, como si estuviera ensayando en mi interior la escena o empapándome del personaje que debería interpretar llegado el momento. Y llegó: un día cualquiera se acabó el Alvalle. Agarré la edición especial de Infiltrados y me fui para el Opencor. Era tarde y en la calle me acogió un tenso silencio.
La escena fue así. Supermercado, interior, noche. Dos niñas con el uniforme corporativo pipando en el exterior del establecimiento. Me acerco a la cajera. Le explico el caso:
-Uy, voy a preguntar pero me parece a mí que... Ya hablo con la encargada. Si fueran las películas aún, pero la caja... -y dándole la espalda a mi perplejidad, se fue al micro de la megafonía, en el que anunció-: Señorita Tal, Señorita Tal, acuda a Caja.
Señorita Tal vino. Cilindro según Bernat Soria. En la hiperrealidad peleefesca, Tajo Bajo con ortodoncia en curso. Le expliqué el caso con toda la amabilidad esquemática de la que fui capaz:
-Compro, pago, llevo, abro, rota, vuelvo, ¿otra?
-Uy, ya voy a preguntar, pero me parece a mí que... -y se fue para un teléfono al otro lado del mostrador, para dialogar algunos segundos con un tipo al otro lado del hilo.
Yo miré a la cajera. Se le había puesto cara de se-le-dije-yo-que-esto-no-iba-a-poder-ser-porque-las-pelis-las-cambian-pero-las-cajas-no. Esa sería su cantinela durante los próximos minutos. Oí cómo la encargada explicaba en el teléfono el compra, paga, lleva, abre, rota, vuelve, ¿otra?, pero con ese timbre de voz con el que las niñas quedan en la puerta del Vips, hala en la puerta del Vips no tíaaaa que me rayo mogollón. Por lo alto yo le echaba 17 años, pero debía ser mentira.
Mientras volvía hacia mí, consideré la situación. Eran tres contra uno. La cajera del principio, que asentía mientras la otra me hablaba, diciendo en voz perfectamente audible: "Ya se le decía yo"; más la de Seguridad, que cumpliendo el protocolo de actuación se había situado a distancia vigilante, con una postura de académica actitud disuasoria. La miré de reojo. Aquí voy a ser sincero: la seguridad privada es un concepto que no admito bien. Y además yo llevo unas semanitas con la mala hostia de rebajas. Así que al verla ahí plantada, como a dos o tres metros de mí y sin perder ripio del diálogo, voy a ser honesto, pensé: ¿Cuáles son las condiciones físicas necesarias para ingresar en un aparato de seguridad así? Y a continuación: ¿Si esto se torciera, dónde la pondría con un puñetazo bien dado? Porque si ella lleva porra, revólver y esposas, y adopta ese aire de "yo estoy aquí para advertirte de que frente a ti tienes a un cuerpo y fuerza de seguridad del estado paralelo y me han destinado al Opencor y yo defiendo este Opencor como si fuera la puerta de mi casa"; y si ella presupone que hay algo problemático en el hecho de que yo pida que me cambien una película que me han dado con la caja rota después de pagar 20 euros; si todo eso ocurre yo tengo derecho a pensar hipotéticamente dónde la pongo si le planto un tortazo en la quijada con la mano abierta, y cuántos días tardaría en levantarse.
Además del trío al frente de la tienda estaba el del teléfono, personaje en la sombra al que imaginé tirando monedas al aire para decidir, como Anton Chigurh en No Es País Para Viejos: "Call it! Head or tails...".
Resumiré el desenlace. Yo soy Ornat. Esto es... que no llevo bien las tonterías. El asunto del ticket no tardó en salir a la palestra. El asunto del ticket a mí me hace mucha gracia. Qué ticket ni ticket. Me parece muy bien que os hayáis inventado la prueba irrefutable del ticket, pero aquí hay una razón superior que apela al contrato tácito, irrebatible, entre un vendedor y su cliente: si yo pago, tú me das el producto que he pagado. Si el producto no aparece en el estado que le corresponde, entonces TÚ no estás cumpliendo, amigo. Si yo no te doy billetes falsos, tú no me des la caja rota. Y luego no me vengas con la mandanga del ticket. ¿Hay que archivar millones de papelitos diarios? ¿Me quieres decir que el código de barras y toda la tecnología no sirve para nada? No lo sé, no me importa. Y además, esto: ¿Queréis que la próxima vez que me vendáis una caja de leche caducada en un pack me presente en Comisaría? Aquí el caso empieza y termina en esta verdad: yo te pagué 20 euros y tú me has dado el producto roto. ¿Sí o no? "Es que sin el ticket..". ¿Sí o no? "El ticket...". No hay ticket. ¿Sí o no? Fin. End of the story.
Fue no. Guardé silencio. Me quedé mirando a la chica. El algoritmo del bofetón a la de Seguridad aún me daba vueltas en la cabeza. A mí no me gusta que me amenacen ni que me miren con gesto disuasorio. Yo me llamo Ornat. Tampoco me gusta que me traten como si andara con trucos para quedarme con una caja que no me corresponde. "Enseguida lo vais a entender", pensé.
Retrocedí hacia la salida, como en un travelling invertido. Les dije que no volvería. Seguí retrocediendo. Salí a la calle. Al pisar la acera el hervor me alcanzó del todo. Arrojé la caja contra el piso con toda la violencia, se partió en dos, di un paso adelante para que se abriera la puerta automática de la tienda y grité: "Ahí tenéis vuestra puta caja". Y la lancé como si fuera un freesbee. A pesar de lo precario de su estado aún completó un vuelo bastante digno. Se mantuvo unos metros a media altura, atravesando el espacio de los periódicos, y luego tomó una leve curva lateral hacia la derecha, mientras iniciaba su desplome. Fue a dar en un expositor de no sé qué, con el consiguiente ruido y caída de productos al suelo. Me metí los duvedés al bolsillo pensando que aún me quedaba la caja de la primera versión de Infiltrados que compré. Ahí vais a estar muy bien. Lo último que vi antes de entrar en el coche, a través del cristal, fue a la de Seguridad: arrodillada, recogía lo que se había caído y con cuidado volvía a ponerlo en su sitio.
Pd: Regalo duvedé de Infiltrados sin caja.
Christmas Curry

El 4 de diciembre de 1994 llegué a Londres sin otro plan que la supervivencia y la diversión. Unos meses antes, en verano, me había caído de la silla en la que había trabajado durante los tres años anteriores, haciendo más o menos lo mismo que hago hoy en día, puede que un poco peor... o un poco mejor, hay opiniones. El caso: alguien hizo cuentas en un despacho, cruzó datos, comparó márgenes, se sacó un moco de la nariz y llamó a su secretaria: "Pásame la Texas Instrument que me parece que nos cargamos a alguno...". Y sí, con el arrobo profesional que algunas secretarias profesan a sus jefes, y viceversa, salió la cuenta y en Deportes sólo cabían cuatro contratos. Luego llamaron a otro y ese otro llamó a otro, y otro llamó al siguiente y el siguiente contó con los deditos de una mano, mirando a mi sección: "Uno, dos, tres, cuatro... y Ornat, cinco". Cinco menos Ornat: cuatro. Miró a la secretaria, que asintió como con desgana, vigilándose el estado de las cutículas desde la última manicura Forever French. Volvieron al despacho y la conversación digo yo que sería así: "¿Se lo dices tú o se lo digo yo?". "Lo echamos a los chinos...". "No me jodas, díselo tú, que a mí me da la risa". Vale. "Ornat, vamos al Ocean".
Que fuera en el Ocean me jodió, porque anda que no me habré metido yo barquillas de ensaladilla rusa a mediodía en el Ocean y, sobre todo, tazones de chocolate con churros al alba en el Ocean. Ahora que lo pienso no es raro porque también me ficharon en el Ocean. Y, unos años después, el mismo director me confirmaría mi renovación mientras los dos orinábamos en el baño (¿quién se niega a una renovación contractual con el jilguero entre los dedos?... apuntad la estrategia, es posición desventajosa para el empleador fijo). Pero sí, ahí en el Ocean me dijeron que habían contado y que sobraba, por desgracia, porque era el mejor, claro, cuando te vas siempre eres el mejor, pero sobraba porque, joder, los deditos no mienten: "Uno, dos, tres, cuatro... y Ornat, en el meñique, cinco". Lo habían confirmado con la Texas Instrument de la otra, así que la ciencia estaba de su lado. Es lo que tiene llegar el último a un sitio, que siempre cabe la posibilidad de que te largues el primero. Si esto es así entre nosotros, imagínate cómo será la cosa en las familias reales con lo de la sucesión. Así que agarré a la chica (al menos me quedó ese triunfo como de Oficial y Caballero, que la chica se largó por su propio pie conmigo) y unos meses después hicimos una mochila con ropa, el poster de los Smiths en el Salford Lad's Club y el ghetto blaster con algunos cedés... y salimos para Londres vía San Sebastián, Francia, Calais, Canal de la Mancha, los acantilados blancos de Dover y Victoria Station.
No me extenderé sobre el capítulo del encuentro con un grupo de jóvenes italianos que debían recogernos e instalarnos. Ahora que lo veo, parecían Chris Moltisanti y sus amigos de la empresa de inversiones sucias en Los Soprano. Ponerse en manos de un grupo así después de 24 horas de autobús tenía sus riesgos y los pagamos con algunas de las horas más angustiosas de mi vida. Luego nos llevaron a que viviéramos en una casa en semi ruina arquitéctónica y decidida barrena moral, en algún lugar del hermoso barrio de Maida Vale. De esa tarde recuerdo la atronadora música reggae que venía de la casa de al lado, pero que parecía salir del interior de las mismas paredes: como si un obrero rastafari con demasiada marihuana en las vías respiratorias se hubiera olvidado un radio-cassette emparedado entre los muros. Como era imposible dormir la siesta, salí de allí pitando esa misma noche, después de haber llorado varias jarras de llanto agotador y antes de vaciar unas cuantas pintas espesas de alegría por el reencuentro con Pabs, que ya vivía allí. Todo esto lo cuento porque 20 días después, cuando ya estábamos moderadamente instalados y habíamos dado con un trabajo, celebramos la Nochebuena de la manera menos cristiana posible, aunque muy devota en el fondo: dando gracias a Visnu y sus adláteres con la deglución de un ardoroso curry en The Standard (off Queensway) que venía a inaugurar el ya tradicional y cada vez más querido Christmas Curry.
Aquella cena ha sido la única ocasión en mi vida en que he cenado fuera de mi casa en Nochebuena. Pero también una de las más felices porque constituía, en el fondo y aun sin saberlo entonces, una celebración de la victoria sobre el miedo, la superación, la melancolía y el paro. También la conclusión de un largo anhelo que perdura: yo siempre he querido vivir lejos y siempre he querido vivir cerca, lo que quizás explique muchas cosas. Pasé apenas un año en Londres y me ocurrió un poco de todo, pero de Londres me traje aprendida la extraña materia de la que se compone eso tan complejo que damos en llamar felicidad: querer exactamente lo que tenemos. Es extraño que ocurriese mientras repartía bandejas de desayunos por un hotel, perseguía cucarachas bajo los manteles, soportaba los abusos racistas de dignatarios africanos hospedados en el hotel, y los del director del hotel (indio, para más señas), y los del atildado gerente del hotel (jamaicano, para más señas), y mientras discutía por el teléfono con la hija bulímica de otro dignatario africano que quería tres club sandwiches cada diez minutos, y mientras era capaz de robar un billete de cinco libras de las propinas porque cinco libras me permitían hacer cosas que no podía hacer, y mientras me enamoraba con la levedad debida de Gaile, una preciosa recepcionista de ascendencia india (también) que vivía en Wimbledon y a la que recuerdo pidiéndome un baile muy tierno en algún local demasiado grande de Brixton, mientras su novio miraba y, supongo, calculaba con los deditos de la mano su tamaño y el mío, o si el que sobraba era yo, como en el Ocean, o era él... Sobraba yo, desde luego. Vengo sobrando hace rato.
Por eso, desde aquel año, todos los años, reúno a unos pocos amigos y nos comemos un curry por Navidad. El mejor curry de Zaragoza, sin discusión alguna, lo prepara mi amigo Andy cada tanto para los más allegados, en su casa. Pero hoy, día del Christmas Curry 2007, nos lo comeremos en El Sabor de la India, donde siempre lo hemos hecho. Para celebrar algo o para no celebrar nada. Porque soy un nostálgico hasta de las nostalgias.
Leonor cumple cien años

Al cabo de un internamiento de un mes, a finales del pasado octubre, mi abuela Leonor recibió el alta médica y con silencioso escepticismo, tal vez extrañado escepticismo, se dejó llevar de vuelta a la residencia. La acompañaban su hijo, que le había guardado el sueño recurrente, desordenado, apático de esos 30 días, ese sueño desconcertante de la vejez, y un informe médico de cinco folios, preciso en las consignas del tratamiento como en los acuerdos de una capitulación. Yo, tal vez todos los que habíamos ingresado en ese trance con la convicción de que había de ser el último, sentí al verla recuperarse que mi abuela cumpliría cien años. Le interpuse al sentimiento casi una orden de deseo: tenía que cumplirlos. Mi abuela quizás pensó, temió, que si no se había muerto después de ese mes, podría ser que ya no se muriera nunca.
Nadie hubiera dicho que esa posibilidad le interesara. Bien al contrario, desde hace años (¿cuántos años ya?) Leonor confiesa un profundo abatimiento cada día más señalado, el cansancio obstinado pero incompleto de quien no se puede dormir. Desde aquellos días de mascarillas de oxígeno (que pugnaba desmayadamente por quitarse, como un gesto de rebeldía que olvidaba que la rebeldía es para la juventud y para cuando uno aún vive su propia vida y no los restos de su vida); aquellos días de vapores y revisiones, aquellos días de insuficiencia respiratoria, doble neumonía bronquial, pulmones encharcados, desde aquellos días de piel relegada contra los huesos y de los huesos contra la cama del hospital, mi abuela ha cumplido otro año. El 5 de octubre que pasó en la cama le dije: "Más vale que te pongas bien porque tienes que cumplir cien años". La abuela, presa todavía de una relativa lucidez (digo presa porque hay una indudable condena en conciencia tan exacta), desde ese territorio en el que se van imponiendo los olvidos y te abandonan hasta las palabras, me tomó la mano (ese nunca fue para ella un gesto dramático, sino el resumen de la proximidad extraviada) y con toda sinceridad me preguntó: "¿Y para qué?".
Hoy, 5 de octubre de 2007, mi abuela Leonor cumple 100 años. Yo quería que los cumpliera porque me parece que alguien que cumple 100 años alcanza una dimensión mítica para quienes la hemos tenido y aún la tenemos (¿nos tiene ella a nosotros?), también para quienes la miran; un poder legendario de personaje de García Márquez, una presencia imborrable y merecida, una victoria definitiva sobre la existencia. La vida parece en ocasiones la acumulación de recuerdos que después habremos de perder o bien desechar; la reunión modesta de algunas felicidades que primero de todo hay que saber comprender. Cien años son un siglo, una medida sobrehumana, una irreparable suma de pérdidas menos ganancias. Cien años pueden ser a veces un epílogo demasiado largo e incomprensible, una sucesión de imágenes que se repiten enmarcadas en la ventana que da a un jardín, una montaña de horas muertas, un océano de días que vienen y van sin otros rigores que la espera. Siempre que la veo le pregunto lo mismo: "¿Qué tal estás, yaya?". "Aquí, esperando...". Antes terminaba la frase ("esperando que el Señor decida llevarme con él"); desde hace mucho (todo hace ya mucho) ni siquiera la acaba. Suspende la espera en los puntos suspensivos y los puntos suspensivos en su mirada, y su mirada en la mía y la mía en este tiempo lleno de asuntos tan incomprensibles.
Al marcharme de las visitas siempre me parece poco tiempo contra el tiempo que pasa sola, sola en la compañía de algunas "vulgares", como ella piensa y dice a veces. No hay tregua en los salones de la vejez. Se vigilan entre sí con los ojos entrecerrados. Unas lloran, otras cantan con desorden, otras murmuran. Me pregunto qué pensará mi abuela todo ese tiempo. En qué ocupará la memoria. Si hará desordenados recuentos de sus cien años o soportará con estoicismo las inversiones fantásticas del tiempo. Que esta edad final se parezca a la primera, y no sólo en la inocencia, también en el escenario. Leonor quedó huérfana de su padre militar (y músico) a los ocho años, en Granada. Eran cinco hermanos y todos fueron trasladados a la Escuela Militar de Toledo, los varones, y a un internado religioso de Aranjuez las tres hermanas. Allí permaneció mi abuela hasta los 20 años, y allí estudió la carrera de piano y el oficio de bordadora a máquina. La educaron en una religiosidad antigua, impermeable, constructiva, mientras ella domesticaba el espíritu en la diligencia para la música de sus manos delgadas y largas, fundición de porcelana y seda y venas como ríos desbordantes. Las manos nunca se olvidan. Parecen las de una figura de loza. Manos de pianista delicadas dedicadas a bordar. Y tal vez en esas horas pensativas que ahora transcurren frente a ella, mi abuela habrá de recordar los minuciosos detalles de esa larguísima infancia de tocas y hábitos, que se le mezclará con la informe argamasa de larguísima ancianidad de tocas y hábitos. Cierto día las monjas la animaron y ella interpretó al piano la Marcha Real, después de tantísimos años de comprometer en las obligaciones de la vida el talento ponderado por algunos de sus maestros de entonces. Renuncias.
Entre medias, una vida en la calle Lavapiés, en Madrid. La muerte de un hijo; la lejanía del otro; la muerte de un nieto; la lejanía de los otros. Los abuelos de Madrid. Esa realidad tan cotidiana de la infancia que he tratado de conciliar después, en la edad adulta. La extensa ausencia de Valeriano, al que sobrevive desde hace ya más de 27 años. El tiempo le ha ido quitando las cosas que quita el tiempo, la trama perfecta de la vida entre los tuyos y con los tuyos. En cierto modo, siento que su longevidad ha servido para devolverle algo de todo lo que las circunstancias se habían ocupado de negar. También le ha restado aquella presencia imperativa; nada de su dulzura se ha perdido por el camino. El oído está ya casi clausurado, se ha cerrado de forma veloz en los últimos meses, agotado. La memoria resiste. La ironía también. La inteligencia y la formación permanecen prendidas en una llama que aún sorprende. Lo comprobé cierto día, no hace mucho, con una prueba íntima y de significado inagotable para nosotros. Sin aviso previo me la quedé mirando y de pronto le dije: "De la noche en los crespones se ven entre oscuros reflejos el estrecho, allá a lo lejos, y enfrente Sierra Bullones...". Ahí me quedé callado. Ella me miró y le fue naciendo una sonrisa que no era otra cosa que la divertida aceptación del juego, y quizás la misma vieja alegría que sentí yo. Sin asomo de temblor o duda, recitó las frases siguientes: "Al tronar de los cañones y entre el humo de la gloria, aún recuerda mi memoria como una algazara extraña: son los soldados de España, que van cantando victoria". Seguimos recitando juntos, hasta el final. Mi abuela me repetía cien mil veces esos versos cuando yo era niño, y nunca he sabido de dónde vienen ni qué cuentan: la historia de un soldado herido que muere llamando a su madre. Ella, con cien años casi, los recordaba igual que yo.
Le han regalado una misa al punto de la mañana. Ha hecho las ofrendas. Le han regalado unos hermososos pendientes, un centro de flores, fresca colonia para su piel de papel y un collar con un colgante que mostraba cada pocos minutos ("¡las monjas se han destapado!", me decía, no sin algo de sorna); ha soplado dos veces las velas, ayudada por sus bisnietos, y ha comido un poquito de tarta de frutas y un par de bombones sin azúcar, para prevenir su diabetes. Como si hubiera ya algo que prevenir. Por la tarde la hemos rodeado su hijo, nuera, nietos y bisnietos. Espectadores de un tiempo inverso que nos mira a nosotros. El orgullo de saber que los Ornat Ornat Morcillo Lerín Jarne Vela Fontenla Torralba y Rodrigo hemos vencido a la vida ya para siempre, porque tenemos a una abuela de 100 años; que hemos sido capaces de sobrevivir en toda nuestra imperfección y de reunir a cuatro generaciones en el 5 de octubre de 2007. Mira Ali, la yaya viequica cumple 100 años. Y Eduardito y Cayetana apenas pasan de uno.
Yaya, ¿ves cómo no éramos tan delicaditos?
Desaceleraciones (2)

Han pasado casi cuatro meses antes de que yo empezase a leer una línea o atender en las noticias al asunto de la desaparición de la niña Madeleine McCann. Para los que disfrutasteis o bien os pareció curioso el somniloquio sobre la desaceleración, ahí va este otro dato: cuatro meses. Podríamos decir que esa es mi velocidad de conexión con la realidad.
Esa disfunción se manifiesta de muchos modos, cada vez peores. Últimamente no respondo apenas a los emails y empiezo a pasar por alto muchas llamadas telefónicas. Incluso del trabajo. No pretendo aislarme, es que juego falsamente a liberarme. Por primera vez se abre en mi cabeza la idea de abandonar el móvil. No puedo dejarlo, claro, porque es de la empresa y los periodistas tenemos un plus de libre disponibilidad que antes era papel mojado pero, con la telefonía móvil, ha tomado una encarnación llamada terminal. Te pueden llamar cuando quieras y tienes que atender. Empiezo a saltarme las reglas. Si no os contesto, no os inquietéis. En cuanto haga chispa con la realidad os devuelvo la llamada. Uno no puede interrumpir un pensamiento bien hilado, o una lectura, o una conversación, o un recuerdo, o el concurso con otra mirada, para responder a un mero impulso eléctrico de luz y sonido. Salvo que el sonido conecte con un rumor interior, lo que ocurre pocas veces. Para empezar, como una primera medida, ahora lo llevo siempre en silencio. Si no lo oyes, es como si no hubiera sonado. "Perdona, no te he oído la llamada". Aunque lean esto, jamás podrán demostrar que la oí. Ayer estaba pensando en todo esto, agarré el móvil y se me cayó al suelo y se apagó. No podía encenderlo. Cuando lo hice, la luz de la pantalla vacilaba débilmente. El color se fue. Según como apretaba las teclas, el Nokia incurría en un desvanecimiento muy poco sueco para mi gusto. El móvil se me cae cada muy poco al suelo. A veces lo controlo con el pie con habilidad de virguero, la que no tuve con la pelota, y le amortiguo la caída. La carcasa se abrió hace mucho y de cuando en cuando le miro las tripas forzando la tapa, jugando con la posibilidad de que haga kataklinsman y me lo cargue. Me importa poco.
Nunca abro los recibos del banco cuando llegan. Los guardo en un cajón bien seguros en sus sobres, hasta que se amontonan o bien la realidad se empeña en acosarme y debo buscar una factura o un documento concreto. Entonces los saco todos de vez. Rasgo los sobres e interrogo a los papelitos con notable aprensión. Como un estúpido, les atribuyo una característica humana: la de la memoria selectiva. De forma inconsciente confío en que si yo no les hago caso durante un tiempo, ellos acabarán por olvidarse de mí, como ocurre a veces con las personas. Los recibos del banco son como balas disparadas; si los abres en los primeros días, te pueden reventar la piel, su plomo arde y conservan intacta la muy humana capacidad de herirte o infundirte temor, capacidad que hay que negarles como sea; con el paso de las semanas, de los meses, pierden fuerza y al final casi ni te importa lo que ponga en ellos. En su momento tal vez te hubiera afectado. Un tiempecito a la sombra y se vuelven unos mierdas pusilánimes. Tú estás por encima porque ese dolor diferido resulta sencillo de dominar: "Esto es de hace cuatro meses: ya no puede ni tocarme". Si hubo una crisis en tu cuenta corriente, mejor no saberlo. Esto se suele juzgar una irresponsabilidad, con razón; a mí me parece que la irresponsabilidad es enterarte de cosas así. Pueden ser muy turbadoras.
Con las multas es lo mismo. Si quieren cobrarlas, que pasen un recibo al banco. Usan las multas como si fuera otro impuesto, al menos en la Inmortal, y eso no lo aguanto. Que me metan la mano en el bolsillo no lo aguanto. ¡Basta de policía, déjennos respirar! Cuando los coches oficiales no aparquen en la zona peatonal, yo dejaré de subirme a la acera. Aquella vez que Rudi avisó en toda la prensa que embargaría las cuentas para recaudar las multas, pensé: "Coño, eso sí es la realidad". Me fui a la plaza Roma. Había una fila de mil demonios. Aguanté con heroísmo. Llegué al mostrador. "Sáqueme la cuenta de mis multas". La mujer, supongo que cagándose en la Rudi, sumó en el ordenador. Tanto. "¿Puedo pagar con tarjeta?" (el dinero es demasiado real). "No, sólo al contado". No llevaba ni un hierro. Otro día vuelvo. No volví jamás. ¿Si me han embargado la cuenta? Creo que sí, no estoy seguro. Me parece una amenaza menor. Con tal de no abrir los recibos a tiempo, basta. Lo que no se ve no se siente. No tengo ni idea cuánto pagamos de la hipoteca. Nunca supe cuánto valía una de las decenas de pintas que me bebía. Últimamente miro más el dinero, es cierto. Lo miro pero no veo nada. Lo miro y si acaso sólo veo libros, música, viajes, una buhardilla insonorizada en la que entren el sol y el silencio por un ventanuco; un sillón; una televisión gigante para ver películas; las paredes forradas de libros. Sobre todo veo viajes. Más viajes. Sólo viajes. Tengo casi enumerados los lugares que no puedo dejar de visitar. He tachado algunos ya. Me quedan otros. No soy un inconsciente: los elegidos no son tantos. La hazaña es perfectamente realizable, salvo por la cima del Everest donde he delegado en Sebastián Álvaro y su tropa. Eso sí: documentales de ascensiones me los he visto todos. Y me leo a Reinhold Messner con gusto. Al fondo del mar ya he llegado. La Antártida me falta, pero desde Ushuaia cruza un barco. Tal vez el próximo verano. Y los mares del sur...
Yo, como leí en cierta biografía de Luis García Berlanga, aspiro a pasar por la vida sin que la vida me toque demasiado. Estos aspectos de la vida, digamos. Los recibos, las obligaciones, los compromisos, la convención de las cosas, las realidades demasiado concretas, el trabajo. Soy débil y ese es mi modo de hacerme fuerte. Por lo demás, me dejo rozar y hasta voltear por otros muchos aspectos de la vida. Físicamente soy cauto; sentimental y sensorialmente soy todo lo contrario. He querido y quiero comprobar el fondo de todas las sensaciones, me ha gustado y me gusta caminar sin saberlo por el precipicio de lo interior. Soy un cobarde con una demoledora valentía emocional. Estoy muy dotado para sentir. Cuando alguien me habla de la sensibilidad femenina como de un canon o una certeza, me carcajeo.
Jamás respondo al teléfono en casa ni abro la puerta cuando llaman. Una empresa de esas que llaman a casa me persiguió un tiempo, pero llamaban a casa de mis padres. Una vez el sr. Ornat, en un rapto de genialidad nada inhabitual, les dio esta explicación: "Se ha marchado a Australia y hemos perdido todo el contacto con él". Le pidieron una dirección si no me acuerdo mal. Dio una com-ple-ti-ta y totalmente inventada. No han vuelto a llamar. Supongo que seguirán buscándome, que no le creyeron, pero hay mentiras irrebatibles y ese cansancio final de un trabajo. ¿Y a mí qué me importa dónde esté este lerdo, si está en Australia o en la luna? Si llegan a encontrarme en casa, no abriré. Yo no abro. No me importa si los del otro lado, quien haya en el rellano, me oye caminar hasta la mirilla y examinarlo. Me da igual que venda enciclopedias, el Duo de Telefónica o pañuelos de papel. Me da igual que sea un vecino o el portero que avisa de que van a cortar el agua. Antes me ducho con agua fría que abrir o responder. Me da igual que me oigan y me hablen desde el rellano, que me pidan que abra o que se den cuenta de que tengo la música o la televisión puestas. No abro. No respondo. Mi silencio es su oscura duda. Si es la policía, jamás podrá demostrar que estaba dentro, salvo que tiren la puerta abajo. Si lo hacen, declararé que acabo de llegar. ¿Por dónde ha entrado? Y a usted qué coño le importa.
Una vez me quedé solo en casa con mi hermana, siendo niños. Mi madre había salido veloz e intranquila a la esquina para volver corriendo; no éramos bebés; no éramos los McCann. No recuerdo cuántos años tenía pero no fue una irresponsabilidad. Lo que fue una irresponsabilidad fue abrir la puerta. Llamaron. Caminé hasta ella con mi hermana detrás. Abrí. Era una gitana con un par de niños. Tal vez uno solo. Me pidió un vaso de agua. Mientras mi hermana iba a llenarlo, yo me quedé con la puerta entornada. Ni mucho ni poco, para que no percibiese lo evidente: que estaba cagado. Ya sabía que no debería haber abierto. Me temblaban las piernas. No era ella, era la concreción tan patente de la realidad, aunque entonces aún no alcancé a interpretarlo. De muy niño solía preguntarle a mi padre: "Papá, ¿qué son los gitanos?". Y mi padre me respondía: "Otra raza, nada más". "¿Cómo otra raza? ¿Qué es otra raza?". En la plaza San Felipe, en el viejo Casco Viejo, vivían muchos gitanos y a muchos los conocía de verlos allí. Nunca tuve un solo problema con ninguno. Si los tuve fue en otro lugar de la ciudad. Volvió mi hermana, le dimos el vaso de agua. Ella sabía que estábamos solos. "¿Y si me quedo el vaso?", me preguntó. La puta realidad. Ya no sé qué respondí. Al final me lo devolvió. Sólo tenía sed, aunque le debieron cruzar por la mente varias posibilidades que sólo alcanzó a expresar en su deseo de llevarse el vaso. Mi madre se disgustó a su regreso y yo no volví a abrir jamás.
Sería burdo/absurdo decir que es un trauma y que por eso no abro nunca. De eso nada. No abro porque no me pasa por los cojones.
Desaceleraciones

Mi profesión y yo hemos alcanzado lo que en el buceo se llama flotabilidad neutra: una suspensión total en la que no te vas ni para arriba ni para abajo, la sensación ingrávida del astronauta. Dicho en términos vulgares: nos despreciamos el uno al otro lo suficiente como para no molestarnos demasiado. A veces nos montamos escenitas, pero en general somos un matrimonio viejo, de modo que podemos dejarnos de imposturas. A ratos nos ponemos románticos y yo me emociono y me pongo a recordar cuándo se me ocurrió ser periodista por primera vez, a los 11 años. Ya lo he dicho en algún otro lado: fue culpa de Enrique Blount y Alcides Jolivet, los periodistas de Julio Verne en Miguel Strogoff, que atravesaban estepas siberianas en paralelo o en perpendicular con el correo del zar, y pasaban las crónicas en el telégrafo y dialogaban en los largos trayectos en tren. Una ficción muy conveniente para un muchacho de ojos vidriosos como yo. El caso es que todavía hoy pienso si no será posible darle una voltereta completa a las cosas y probar algo del lado romántico o legendario de este oficio. Me da por pensar que, si uno sabe escribir medianamente y le gusta viajar, debería dedicarse a escribir y viajar, o viajar y escribir. Pero, ¿quién paga por eso? Toda la vida buscando el sentido de la vida y, cuando uno cree dar con él, resulta que nadie lo paga. Debería haber un ministerio dedicado a este tipo de cosas: el cheque bebé y ahora el cheque metafísico. No lo hay ni con Zapatero, tan atento a los detalles. Lo más lejos que he llegado yo son estos Somniloquios, una puta ensoñación mentirosa que me retira de las verdades cada tanto. Y gracias.
En general, como decía, no espero ya casi nada de mi profesión. Es obvio que la profesión no espera ya gran cosa de mí, salvo los textos de cada día, con fecha y hora. Así ha de ser. No hay reproche. Por el camino de la desconfianza mutua he logrado deshacerme de los mayores pesos del periodismo en los últimos tiempos. Mi capacidad para escaparme de la profesión, eso que ahora se llama de forma tan fea desconectar, se me da de maravilla. Me sorprende porque antes me costaba desconectar; ahora lo que me cuesta es conectar, directamente. Digamos que pego chispazos de cuando en cuando, leves intromisiones de la realidad por las que me dejo llevar y a las que le pongo todo el interés profesional del que soy capaz. He de decir que es mucho. Si me pongo, me pongo. Ahora... como esté de no ponerme la tenemos jodida. Soy más difícil que sacar a un pulpo de su agujero. Por fortuna, los años acumulados me permiten una serie de evasivos métodos que llamaremos recursos o, por darle algo más de cuerpo, conocer el oficio. Sin gran implicación emocional, en ocasiones obtengo resultados que calificaré de sobresalientes por comparación con el esfuerzo. No es vanidad, es conformismo. Tengo para mí que 15 años en un diario (o varios diarios) equivalen a unos 30 en un puesto de trabajo normal, sin competencia ni finalización diaria ni hora de cierre ni presión por la excelencia o el vacío de errores. Acabo de cumplir 17. O sea que ya voy bien...
Este somniloquio quería hablar de la desaceleración y ha terminado en el confesionario. Ahora voy con la desaceleración. Al inicio de las vacaciones leí una entrevista a un psicólogo que alegremente afirmaba que el tiempo es relativo y de cada uno. Eso que todos intuimos pero no podemos demostrar. Los maestros del tiempo, decía, son los niños, capaces de desacelerar su transcurso por pura acumulación constante de experiencias. Todo es un descubrimiento para ellos, descubrimientos al segundo, experiencias nuevas por minutos, un bombardeo de ilusiones y emociones indetenible. Por eso los veranos, argumentaba, les parecen eternos y nos parecen a todos mientras los recordamos. Digo yo que también porque duraban tres meses, al menos el triple de lo que duran ahora. Encima eran veranos uniformes, recuerdo: calor mortal y, a partir de agosto, denodadas tormentas por la tarde. Ahora uno no sabe ni en qué mes vive. O el día: ayer felicité a mi hermana por su cumpleaños, que era y es estrictamente hoy. Siempre lo ha sido. Me he desacelerado tanto que tengo la cabeza confundida, porque en realidad esto era una aceleración anticipatoria: una parte de mí había alcanzado el día 6. El resto anda por el 11 de agosto todavía, más o menos.
La receta del psicólogo era el constante descubrimiento adulto. Hacer muchas cosas, todo lo nuevas posibles. Ir a sitios, supongo; visitar lugares; conocer personas. Muy bonito. Pero cada uno es cada cual. He comprobado, contra lo que el psicólogo advertía, que a mí lo que me desacelera el tiempo es la estricta inactividad. Ni descubrimientos ni mandangas. Tengo una organización desorganizada del ocio tan bien hecha que, en cuanto llevo dos días sin trabajar, me faltan horas para no hacer nada. Cuando no hago nada los días se me quedan cortos. He encontrado tantas formas de no hacer nada, que no me llega con 24 horas. Necesitaría días de al menos sus buenas 28-30 horas. Por eso he dado como costumbre en acostarme tarde y dormir poco. Hay que no hacer nada a conciencia. Es agotador.
De entre los no hacer nada que desaceleran están los días enteros en la playa, hablando poco y mirando mucho, oyendo música o leyendo; el fondo de las piscinas desacelera mucho, como bien sabía Dustin Hoffmann en El Graduado; desacelera y aleja, binomio fun-da-men-tal para la supervivencia. La gente se tira de punta cabeza en las piscinas, pero no se debe hacer. Para desacelerar bien, hay que entrar en las piscinas despacito, nada de espasmos musculares: por unos escalones es lo ideal; o bien tomarse del borde de la pileta e ir ingresando los lomos poquito a poco. Luego uno llena los pulmones de aire y se deja hundir; tras varios segundos, se va soltando el aire por la nariz y comprobaremos cómo el cuerpo cae inerte hacia el fondo, muy suavemente. Ese ejercicio, repetido unas cuantas veces (saliendo a la superficie a rellenar, claro) desacelera de cojones.
También desacelera escuchar a Chet Baker al sol en una hamaca, después de una comida frugal, cantando con esa voz asexuada que ocultaba tantos desmanes interiores. El saxofón de Ben Webster también desacelera una barbaridad, y además el soplido del genio provoca una vibración aireada en el timpano que viene a ser como un masajito en los lóbulos de las orejas. Un masajito en los lóbulos de las orejas desacelera como un avión en el aterrizaje, a todo trapo, hasta con un poco de inercia para adelante que se debe compensar de algún modo, o uno va al suelo. Hay que sujetarse bien de los brazos de la hamaca para no irse adelante; si la hamaca no tuviera brazos, agárrense con fuerza los huevos. Ese ejercicio no anula la inercia pero despista mucho y, por comparación, el dolor consiguiente deja en un juego de niños lo de la inercia. Leer a Pete Dexter desacelera mucho; leer periódicos, no. Son fugaces. Perry Mason también acelera un poco. Bucear desacelera que te pierdes, por el mismo principio de El Graduado pero multiplicado por cien o mil. Los crucigramas y los autodefinidos, aunque parezca lo contrario, aceleran. Lo sé. Una tarde frente al mar agitado en La Caracola desacelera que te mueres. Unos jugando a las cartas y otros leyendo, parecíamos personajes de Woody Allen en Septiembre o un cierto rollo James Ivory o Los Amigos de Peter. Muerte en Venecia, pienso ahora; Dirk Bogarde dejándose ir en la hamaca, rodeado de la peste juvenil del efebo rubio, tapadito con mantas.
Somniloquios debería desacelerar. Si no lo hace, presentad una reclamación.
[Foto: Chet Baker, soplando la trompeta. Si os gusta que os acaricien las orejas con las yemas de los dedos, escuchad The Best Of Chet Baker Sings... O haced lo que queráis, chicos. Ya llamaréis con lo que sea].
Puerta, con un niño en brazos

Creo que fue en marzo cuando viajamos con el fotógrafo Alfonso Reyes para ver un derbi sevillano en el estadio del Betis. Era otro episodio de nuestro proyecto de libro sobre el fútbol en el mundo (no encuentro forma de ponerle un epígrafe más concreto o cierto) y nos pareció que el clásico andaluz podía entregarnos alguna imagen que compusiera la imagen global que buscamos en las imágenes locales. Después de una tarde más bien tensa con los ultras del Betis en los alrededores del estadio -los fotógrafos poseen una naturaleza incauta, cuando no riesgosa, pensaba yo en medio del asedio de aquellos bravos muchachos...-, Alfonso se perdió en lo suyo nada más entrar al campo y yo me paseé despacio por la banda. Mirando, pero sin saber bien qué quería ver. En un momento dado me senté al pie del rectángulo, sobre el foso lateral, y me quedé observando distraído el rondo de los suplentes del Sevilla. Los ronditos siempre me han subyugado. Tienen un aquél.
Por mi posición, veía primero las piernas de los jugadores y luego, si miraba hacia arriba, el resto del cuerpo, las caras y más allá la creciente agitación del estadio, el borbotón de los hinchas, y los aleros de las tribunas que se hundían contra una noche presurosa. En el jueguecito con la pelota, los futbolistas del Sevilla se movían con gracia, tocaban, engañaban, vendían amagos al tipo del centro del círculo, bromeaban antes de tirar un caño y más aún después. De entre todos -y esto no lo digo ahora porque venga al caso, realmente era así-, de entre todos los pares de piernas que manejaban el balón en ese espacio mínimo de trileros, llamaba la atención una zurda. Existen jugadores de fútbol con una gracia especial para jugar los rondos. Mira que todos los profesionales tocan la pelota de un modo y a una velocidad especial cuando practican el juego favorito de los suplentes; pero algunos, insisto, parecen nacidos para jugar al fútbol y aún más para jugar al rondo. Recuerdo a Cani producirme una sensación similar en la pretemporada de 2002 en Holanda. Así que seguí esas piernas, esa zurda que describía los engaños como si los contara de palabra. Arriba de esas piernas, cuando levanté la cabeza, vi a Antonio Puerta. Quedón, canchero, sonriente, ventajista, riéndose a cada momento.
Por la mañana habíamos visitado el barrio de Nervión, horas antes del choque, cuando el Sevilla finalizaba su entrenamiento. Afuera aguardaban decenas de aficionados para obtener una fotografía, una firma o una palabra de los ídolos. La otra noche, cuando Puerta llevaba ya más de 48 horas en estado crítico, me fijé en la selección de fotografías que Alfonso Reyes ha hecho para exhibirlas en la gran exposición que Antón Castro prepara en el 75º Aniversario del Real Zaragoza. Nuestra partipación (sobre todo la de Alfonso, que es el artista del dúo) supondrá apenas un breve adelanto del volumen que estamos completando, y al que aún le quedan algunas etapas, algunos viajes; partidos, estadios, goles, hinchas, gestos, pasiones. En el combinado que extrajo Reyes hay imágenes desnudas de sol y sombra en Senegal, chicos descalzos, arena y porterías apenas dibujadas por maderos. También la fiera pasión argentina o la religiosidad laica con la que los británicos se relacionan con sus equipos preferidos. Y entre todas, una foto de aquellos dos días en Sevilla: en ella se ve a un futbolista que ha descendido de su automóvil para tomar a un bebé en sus brazos, a la salida del último entrenamiento del equipo sevillista; mientras el jugador sostiene al niño, lo fotografían el padre y varios aficionados más, con cámaras digitales y teléfonos. Enmarca la imagen, bien común, el estadio Sánchez Pizjuán, tomado con un objetivo angular que produce esa sensación de las fotos circulares, que integran todo el entorno. A simple vista, al mirarla la otra noche, me pareció que la silueta del futbolista era la de Antonio Puerta. Una de esas casualidades que alguien podría interpretar como morbosas. La selección de Alfonso es previa, por si hace falta decirlo. Amplié la imagen y, sí... era Antonio Puerta. Ahora ya muerto, mientras en el vientre de su madre lo sobrevive un hijo que ya no lo conocerá. Puerta, con un niño en brazos.
"¿Qué significado adquiere ahora esa foto?", le pregunté por mensaje a Alfonso Reyes. Me respondió: "A las fotos les da valor el tiempo y en ocasiones, la casualidad. Esa foto era la idolatría a un jugador; y ahora, ya ves...".
[Foto: Puerta, en un gesto de triunfo íntimo y colectivo. El equipo que ha ganado cinco títulos en 15 meses ha rodeado la leyenda para ingresar de manera trágica en los territorios del mito. Para siempre ya, por desgracia, este Sevilla portentoso de Juande Ramos será el Sevilla de los títulos y el Sevilla en el que murió Puerta, casi cuando jugaba un partido de fútbol. Este deporte no está hecho para el drama. Por eso las leyendas de dolor, victoria y muerte perduran hasta el simbolismo. Antonio Puerta será ya siempre un futbolista grande en el recuerdo y la leyenda lo enmarcará hasta mezclar realidades con promesas e hipótesis. Descanse en paz].
Catalonia is not Aragón

Yo sólo leo los periódicos cuando estoy de vacaciones. El resto del año apenas miro los periódicos. Y cuando salgo de la Inmortal, acostumbro a comprarme la prensa del lugar que visito. A este lado del Cinca siempre compro La Vanguardia, un diario escrito de modo muy ameno e inteligente. Lo prefiero por eso y supongo que por el sesgo político del resto, que me los presenta obsesivos e impresentables. También por el crucigrama de Fortuny, un fenómeno de las definiciones en sentidos figurados, muy ocurrentes y sugestivas. Con Fortuny me reto cada tarde en una batalla incruenta pero de algún modo feroz. Mientras resuelvo el entramado no se me puede ni preguntar la hora. Se me pone peor hostia que al ajedrecista Gari Kasparov, al que no le llamaban el ogro de Bakú por capricho. El crucigrama de La Vanguardia, para un ganador como yo (!) es una cosa seria. A veces la lucha se resuelve con cierta velocidad, las menos, bien a su favor o al mío; otras, se prolonga dos o más días. Por ahora voy ganando 2-1. Hoy me tocaría jugarme una cómoda ventaja o el empate... Pero esta mañana ha ocurrido algo y no sé si reanudaré el desafío. No sé si leeré más La Vanguardia, mira tú... uno de esos periódicos para los que me gustaría trabajar. Pero soy un aragonés sensible, pleonasmo evidente. Vulgo... no me gusta que me toquen los ous.
Lo que me pasa con La Vanguardia es que me entretienen las noticias, cualquier noticia, por el modo en que están redactadas y estructuradas. Y como me entretienen, las comprendo. El lenguaje periodístico tiende a la uniformidad y se deforma en dirección opuesta a la calidad. Pero ese es otro tema. A lo que voy. El año pasado, La Vanguardia y todos los demás escribían cada día sobre el Estatut, y este año llenan páginas y páginas con la polémica de las infraestructuras en Cataluña, problema de triple vértice: el apagón de Barcelona, el AVE que no llega a BCN y los proverbiales atascos en los peajes de las autopistas catalanas. Visto así, no les falta razón. ¿O sí? Advierto que en los últimos meses ha crecido en Cataluña una conciencia de agravio que ya no se alimenta con los asuntos de la identidad, tan pesados ellos, sino con cuestiones más prácticas y terrenales como éstas. Pero claro, a un aragonés estas cosas le tienen que hacer gracia por fuerza. A mí me la hacen. Más gracia que la puta mierda, me hacen. La misma de cuando el Real Madrid y el Barça se quejan de perjuicios arbitrales. A Manuel Pizarro, turolense para más señas, no sé si le hacen gracia o no estas ironías del destino, pero se ve que ayer acudió al Parlament a cuenta de las responsabilidades de Endesa en el apagón barceloní y les pegó un repaso soberano a todos los comisionados agosteños. Un baño de datos, realidades y hechos que la virtualidad de los discursos políticos apenas pudo rozar, y que venían a demostrar que el agravio no existe. Cierto que a los números se les puede estrangular hasta que digan exactamente lo que queremos, pero Pizarro dejó además un trazo grueso de subrayado cuando dijo esto: : "No se puede tener calidad alemana con precios tercermundistas", dijo Pizarro. No sé si la frase es cierta o no; pero dicha en el Parlamento catalán, donde me parece que todos se creen bastante listos, me encanta.
Así que Alfredo Abián editorializaba esta mañana en La Vanguardia sobre la comparecencia y ahí vino el desencuentro que puede provocar que yo no haga más el crucigrama de Fortuny, cosa que de seguro a Fortuny le va a importar un huevo. Abián, director adjunto del diario, juega a comparar a Pizarro con Jaime I el Conquistador -aquí Jaume I (el romano no se traduce al catalán, creo)- y a referirse al reino catalano-aragonés. El reino catalano-aragonés, anoto, lo tengo por un eufemismo (léase embuste) con el que el rodillo de la inteligentsia catalanista y alrededores envuelve en los últimos tiempos una vieja realidad que sólo tiene un nombre: la Corona de Aragón. Lo que no pensaba es que el discurso se hubiera extendido tanto como para tocar las orillas siempre bien comedidas de La Vanguardia. Tanto arraigo va tomando que incluso Aragón TV (a la que por cierto observo que todo el mundo llama Antena Aragón, uno de esos empeños fascinantes del vulgo...) se vio obligada a retirar temporalmente una serie documental sobre el Pirineo porque en el primer capítulo la productora (catalana) había colado el término reino catalano-aragonés para referirse a la Corona de Aragón, una de las varias coronas de la península ibérica en la Edad Media, como sabe cualquiera que haya estudiado antes de la llegada de la LOGSE y del deshueve educativo.
La verdad, comprendo que uno ha de fundamentar su identidad y conciencia en muchas verdades y alguna mentira. Todos nos las decimos frente al espejo cuando no se las contamos a los demás; de otra forma no habría modo de resistir ni de aguantarnos, porque casi todos somos fundamentalmente mediocres si nos miramos bien. Los aragoneses, por ejemplo, somos noblemente mediocres. Pero yo no trago que un editorial me hable de lo que jamás existió. Que en el reino de Aragón se integraran por razón de casamiento, como era natural, el condado y principado catalanes, es una cosa; que Jaime I se ganara el sobrenombre del Conquistador por su expansión mediterránea (las tomas de Valencia y Mallorca, ésta con una buena parte de héroes catalanes, por cierto, según los historiadores); que diera luego condición de reinos a estos dos últimos territorios, que crease cortes, que desplazara el centro gravitatorio de la corona hacia las tierras mediterráneas, que precisamente ayudara al alimento de las conciencias de cada uno de sus territorios y al impulso de sus culturas propias, o que estableciese la línea divisoria entre Aragón y Cataluña en el Cinca (precisamente), ayuda a explicar la consideración mítica que el rey Jaime tuvo y tiene en el arco mediterráneo (Abián lo llega a calificar de mito del pancatalanismo) pero no varía la verdad. Un editorial tampoco debería intentar hacerlo: esto no es revisionismo, es vulgar mentirosismo.
Añado, para los de argumento fácil que me puedan leer: a mí no me importa ir a comer al Restaurant Esquerra (grandiosas cigalas, soberbia fideuá...) y que la apetitosa carta esté sólo escrita en catalán y yo tenga que preguntar lo que no comprendo. Por cierto que a cuenta de ese cotidiano detalle mantuvimos en la mesa, y después, una bizantina discusión y yo estaba del lado del restaurante y de la carta en catalán. Me gustan los idiomas. Me gusta mucho el catalán y lo saben amigos y amigas catalanas con los que me he divertido ensayándolo. Desde ayer me gustan mucho las cigalas en catalán de casa Esquerra, y eso que las cigalas no me habían hecho gracia en ningún otro idioma antes. Juego a parlotear el catalán cuando pido en las tiendas estos días. A Jaime I también le gustaba y hasta dictó una crónica en este idioma. En fin, que cada uno en su casa habla la lengua de sus padres y no hay más historia. Lo que no admito es lo del reino catalano-aragonés, una broma pesada y manipulatoria. Se ve que Catalonia is not Spain y que, retrospectivamente, ahora también resulta que Catalonia was not Aragón. Pues muy bien... se acabó Fortuny. Creo. Veremos.
Pd: Encima se ponen ellos antes del guión, los muy perros: yo les cortaba la luz en el Monasterio de Poblet hasta que cambien los nombres de los sepulcros reales de los reyes ARAGONESES. Se lo diré a Honorio para que se lo diga a Pizarro... ¡¡¡Ay pitera, Manolo!!!
Perry Mansor y amigos
El hombre somniloquio se ha parapetado a medio camino de suave montaña y ancho mar, cerca de una frontera que no existe, con un equipo de supervivencia emocional que paso a detallar y someto a juicio, consideración o consejo de quienes tengan la curiosidad de interrogarlo. A saber:
- Tres bañadores y siete camisetas (en ambos casos las cifras son aproximadas).
- Un pantalón largo de algodón con muchos bolsillos.
- Un pantalón corto de algodón con muchos bolsillos.
- Un equipo completo de submarinismo (incluye gafas de ver de lejos con cristal al aire, y lentillas desechables).
- El chico del periódico, estupenda novela de Pete Dexter, un tipo al que considero un paso por detrás de Richard Ford y varios por delante del decadente Paul Auster.
- Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
- La maldición de los Dain, de Dashiel Hammett.
- El cuchillo, de Patricia Highsmith.
- El asesinato del casino, de S.S. Van Dyne.
- Una cuyo título no recuerdo (y no tengo ganas de levantarme a mirarlo), de P.D. James. Y, sobre todo, ...
- ..seis o siete casos de Perry Mason, el genial abogado escrito por Erle Stanley Gardner. De lejos Perry Mansorrrr, que diría Chiquito, es el personaje del verano, como otras veces lo ha sido Sam Spade o Phillip Marlowe. Compré los libritos editados por Plaza&Janés en los años sesenta en la última feria del libro viejo. Me encantan. Están editados en tapa dura y con una sobrecubierta dibujada por un tal Álvaro. La letra tiene un ritmo tan desigual que parece que alguien se encargara de mecanografiar cada ejemplar.
- Una bicicleta.
- Unos binoculares.
- Un mp3 cargado hasta las cejas, con cascos con reducción de sonido exterior, muy convenientes contra los niños que chapotean en la piscina, el oleaje, las conversaciones circundantes, los perros ladradores y la voz interior. Ayer leí que nunca hay que responder a la primera una voz que te llama por tu nombre: puede ser la muerte. Con mis noise reduction de Sony no hay tal posibilidad: si viene a buscarme la pálida, me encontrará ensordecido por Steve Earle, Patti Smith, Tanya Donelly, los Killers, Trembling Blue Stars, Neil Young, Tom Petty, los Traveling Wilburys, los Smiths, James o, más probablemente, alguno de los discos de Wilco que no oigo, sino rezo. Cuando oigo música, sólo quiero oír la música. Nada más.
- Unos tapones de espuma, marca OtoTap, para los oídos: filosofía, la misma del noise reduction. Cuando uno sale de casa puede dar con un colchón desaprensivo o un muestrario de ruidos ajenos que incluyen desde Bisbal en una radio ilocalizable por las mañanas, a una colección de periquitos estridentes en el ventanal del otro lado. Por no hablar de los canes insomnes y las cotorras canoras de dos piernas que pasan el aspirador mientras ensayan coplas y gorgoritos. No conviene arriesgarse.
- Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah.
- Carlito's Way y Scarface, dos maravillas de Brian de Palma.
- El golpe, de George Roy Hill
- La serie completa de The Office, versión inglesa.
- Un concierto de James, otro de los Rolling Stones, la película I am trying to break my heart, documental sobre Wilco y el extenuante proceso de creación de su álbum Yankee Hotel Foxtrot, una colección de vídeos de New Order...
- ...y, sobre todo, una antología de las grandiosas películas del trío Fernando Esteso/Andrés Pajares/Mariano Ozores, que incluye las siguientes joyas: La Lola nos lleva al huerto; El hijo del cura; El liguero mágico; Los Autonómicos; Los chulos; Cuatro mujeres y un lío; Qué tía la CIA... Todas coronadas por dos de sus más reconocidas y deshuevantes obras, contra las que apenas admito críticas sin cruzar los puños: Al este del oeste y Los liantes.
Si tenéis alguna sugerencia, es la hora de darla. Hasta que no acabe con todo no vuelvo. Lo advierto.
[Foto: Perry Mason y Della Street, su chispeante secretaria, en los papeles interpretados para la serie de TV por Raymond Burr y Barbara Hale].
Fuego

Estás oculta bien adentro, como una enfermedad que aún no ha sido revelada, como una conciencia que aguarda el día de su palabra. Eres cristal en el agua, una confusión de espejos enfrentados, sopa de letras en la que está escrita la verdad, pero desordenada por la implacable rutina de los hechos. Eres apenas un leve coleóptero de bellos colores que se mimetiza sobre una flor. Cuando aleteas para alejarte de mí, siento la rara obligación de diluirme en lluvia. Si te acercas quiero hacerte arder en una llama que dure siempre. Tengo preparada esta candela contra la tormenta, y para rezarte por mi salvación el día de la última batalla. La oración definitiva te la diré a ti, y morderé las letras de tu nombre una a una, como cuentas de un rosario entre los dedos.
Esta noche hay fuego en el aire y hay fuego adentro, en cuerpos adosados y casas que se retuercen. Explosiones envueltas en un silbido gamberro y ascendente, petardos, trallas, humo; akelarre, magia y mentira; siete olas de fuego sobre las que saltar antes de que amanezca y hayamos ardido todos. La expiación de los pecados en una hoguera en la arena, una noche ruidosa y corta. Han pasado las diez y la oscuridad aún no se ha derramado completa. Han pasado años y no hay luz todavía. Las ventanas abiertas vomitan a Steve Earle cantando un blues y arde América de costa a costa en San Juan. Moras que danzan en el borde de los ibones, sombras entrecortadas frente a las llamas, dibujos de humo ascendente. Ominosas nubes hacen sombras blancas contra el cielo. Esta calma es mentira. Huelo la violencia en el aire y en algún lado, en alguna esquina, en un callejón enfermo... Yo mismo huelo a podrido. Y un cuchillo que deshace la carne en chispazos babeantes. Esta noche vamos a sudar. Esta noche vamos a luchar.
Memoria de Stevenson

"Hay una fábula que casi toca el meollo de la vida: la fábula de un monje que se internó en el bosque, oyó a un pájaro entonar un canto, prestó oídos durante un par de trinos y se dio cuenta de que se había convertido en un extraño al volver a las puertas del monasterio, pues había estado fuera cincuenta años, y sólo uno de sus compañeros había sobrevivido para reconocerle. No sólo en los bosques entona su melodía ese hechicero, aunque puede que ése sea su lugar de origen. Canta en los lugares más oscuros. (...) Toda la vida que no es meramente mecánica está tejida con dos hilos: la búsqueda de ese pájaro y su escucha. Y precisamente eso hace que la vida sea tan difícil de valorar, y el goce de cada uno tan imposible de comunicar. Y saber eso y recordar esas horas afortunadas en las que el pájaro ha cantado para nosotros, es lo que nos produce tanto asombro cuando leemos a los realistas. En ellos, desde luego, hallamos una imagen de la vida que hace referencia a todo lo que que ésta tiene de barro y hierro viejo, deseos baratos y miedos baratos, los que nos avergüenza recordar y los que no nos importa olvidar; pero de la nota del ruiseñor que devora el tiempo no recibimos noticia".
('Los portadores de faroles', de Robert Louis Stevenson: incluido en el volumen 'Memoria para el olvido: los ensayos de R. L. Stevenson', Ed. Siruela)
[Ya he hablado de Robert Louis Stevenson, de largo uno de los autores preferidos y uno de los que con mayor facilidad me vuelve un muchacho mientras lo leo; como muchacho que disfruta, más feliz; como muchacho que escucha, más inteligente y sensible. Stevenson vivió desde niño acosado por la tuberculosis, y falleció demasiado pronto -a los 44 años- como para reclamar su existencia por modelo envidiable. Sin embargo, en ese largo paréntesis de dolor, Stevenson conoció algunos éxtasis irreductibles de la vida humana: los relatos temblorosos que su aya, la tierna Cummie, le contaba para espantar el dolor de la enfermedad con un miedo psicológico mucho más liviano; su amor por Fanny, norteamericana a la que conoció en un viaje por Francia y cuya añoranza no pudo doblegar: viajó a Estados Unidos y le pidió matrimonio; ella aceptó; su viaje por casi todo el mundo y especialmente por los mares del sur; su reconocimiento entre los aborígenes como un ciudadano más de sus islas; su dulce fallecimiento en Samoa -queremos imaginarlo dulce en ese entorno, aunque no lo fuera-, y la sepultura en una montaña que mira al inmenso océano, con este epitafio, extractado de un escrito suyo: "Aquí yace donde deseaba estar. / El marinero ha vuelto del mar. / Y el cazador ha vuelto del monte". Naturalmente, la mayor envidia es la textura cristalina y precisa, leve y perfecta, de sus cuentos, novelas y ensayos. A menudo he pensado en la felicidad irrecuperable de leer por primera vez 'La isla del tesoro'; lo hice el año pasado y, sí, fue como la primera porque hay que olvidar esos libros tan felices para que nos sea concedida la dicha de recuperarlos alguna vez. Ahora, acabado (por fin) el sombrío 'El Día de la Independencia' (largo, oscuro y precioso como el invierno) he recurrido a los ensayos de Stevenson. No podría haber hecho mejor elección. Esa sensación la conoció Stevenson en Marco Aurelio y nosotros en el autor escocés. Lo dice el prólogo y lo corroboro aquí, por reiteración: "Cuando lo has leído te llevas el recuerdo del hombre mismo; es como si hubieras asido una mano leal, fijado la vista en sus valientes ojos, y te hubieras hecho un noble amigo; de ahora en adelante, te atan otros nuevos lazos, sujetándote a la vida y al amor de la virtud". Exactamente eso es Robert Louis Stevenson: un amigo que regala nobleza, elevación del espíritu, dicha e inteligencia.
Dedicatorias

Las dedicatorias acostumbran a envejecer tan mal como los amores que las inspiran. En 'El día de la Independencia' de Richard Ford (un libro que dejé hace tiempo y al que ahora he regresado, un libro irónico con amargura, y amargo de ironía, que leo despacio para retrasar su final), Frank Bascombe es un ex periodista deportivo y escritor de relatos retirado, que se dedica a la venta inmobiliaria. Separado, decide pasar el 4 de julio con su hijo, víctima de una trastornada adolescencia, y en el hotel rural en el que se alojan descubre por casualidad su primer y único libro sobre los estantes de una polvorienta biblioteca, en el salón de estar. El hallazgo lo ilusiona de un modo contradictorio. En las primeras páginas encuentra una dedicatoria. Éste es el extracto:
"No parece, de hecho, que hayan abierto nunca el libro (sólo fue expuesto a la lluvia). Paso a la página de la dedicatoria: 'A mis padres' (¿a quién si no?'), a la del título, dispuesto a disfrutar de las líneas 'Frank Bascombe', 'Melancólico Otoño' y '1969', compuestas en vigorosos caracteres Ehrhardt, tan atractivos, y notar la vieja sincronía extenderse hasta aquí y ahora. Lo que pasa es que lo que mi ojo encuentra, escrito en azul sobre la página del título, con una letra que no conozco, es: 'Para Esther, en recuerdo de aquel otoño realmente maravilloso contigo. Te quiere, Dwayne. Primavera de 1970', todo ello tachado con un pringoso lápiz de labios y debajo escrito: 'Dwayne. Recuerdos de dolor. Recuerdos de follar. Recuerdos del más grande error de mi vida. Con mi desprecio hacia ti y tus marranadas. Esther. Invierno de 1972'. Hay una gran huella de unos labios rojos debajo de la firma de Esther, unida con una flecha a las palabras 'Que te den por el culo', también con lápiz de labios. Es muy distinto de lo que esperaba".
[Foto: El escritor norteamericano Richard Ford, uno de mis héroes de los últimos tiempos, en grises y negros. Se puede decir sin exagerar que he sobrevivido en el desierto gracias a sus historias y la voz de Jeff Tweedy].
Escenas: enamorados bajo la lluvia

Tengo dos lugares preferidos en Zaragoza: la espalda del ábside de La Seo al mediodía, cuando revienta el sol contra el artesonado mudéjar de los muros. Y el Paseo de la Constitución en su primer tramo, el más próximo a la Plaza Paraíso. Me gustan las copas enormes de los árboles que quieren arquearse sobre el bulevar central. Y sobre todo me gusta esta escena de los paseantes enamorados bajo la lluvia, que siempre me produce una borrosa nostalgia que me cuesta sacarme. Me gustan los anchos bajos del pantalón de él, la entallada gabardina, la mano que rodea la cintura de ella y la faldita mínima. El paraguas es una fuente. Los fotografié ayer, con el móvil, de espaldas para que los engullera esa luz mortecina del mediodía nublado. En los bancos del paseo se solazan mendigos que despliegan carros de la compra repletos de cachivaches. Uno de ellos almuerza un mendrugo de pan y les tira migas a un puñado de palomas. Los vecinos se han quejado de los olores, porque durante todo el año duermen y viven bajo los soportales de la acera más próxima a la Plaza de Aragón. Yo cruzo en diagonal para cobrar un talón en el banco de enfrente. Los dos enamorados están siempre igual; siempre igual de enamorados, siempre igual de jóvenes. Siempre bajo las copas de los árboles y esta lluvia que no acaba y este amor que no se moja.
Caretas de porcelana

Yo soy un abstencionista nato. No he votado en unas elecciones en mi vida y no sé si lo haré jamás, pero sospecho que no. Lo peor es que esa postura carece de argumentaciones o de una posición ideológica/moral/filosófica consolidada. No hay motivo. Simplemente, es una de esas cosas que no me llaman, como ir a esquiar, digamos. Juro que mi intención no es frivolizar sobre el asunto; tengo plena conciencia del significado, necesidad y logros de la democracia, pero no participo de "la gran fiesta", como le dicen. No trato de reventarla ni de mostrarme ajeno ni de poner palos en la rueda ni de despreciar a quienes participan ni nada de eso. Yo no voy y ya está. Y me molestan los entusiastas que me han tratado de convencer a lo largo del tiempo diciéndome que si no quiero votar, tendría que votar en blanco (aún no he entendido por qué, qué ventaja supone no para el sistema, sino para mí), o que si no voto no tengo derecho a quejarme. Yo no voy a acabar con la democracia, Dios me libre. Tampoco voy a esquiar y no por eso soy culpable de no contribuir al desarrollo de Aragón.
Supongo que a lo mejor la primera vez que tuve oportunidad de no votar y no voté lo hice por algún motivo justificado, pero no me acuerdo. Podría ser que no. En cualquier caso, después se me ha impuesto una mezcla de pereza, escepticismo y vergüenza: me produce cierta inquietud llegar al colegio electoral y que alguien se percate de que no sé cómo funciona el tema, un tío de mi edad. Así que los días de elecciones me gregarizo (mira que es fea la palabra ésta) y deposito mi confianza en la sabiduría y buen juicio del pueblo español, en el que confío a pesar de las pistas que me dan los índices de audiencia de las televisiones y todas esas cosas.
Las campañas me hacen gracia. Conozco pocos embustes presentados de forma al mismo tiempo tan burda y tan convincente. Todo el mundo es consciente de que hay un truco (algo patético, pero truco) en los discursos, en los políticos que hablan en mangas de camisa, en las recomendaciones de que las fotos de campaña sean "casuales y desenfadadas", en los arreglos de photoshop de las fotografías y, por ir algo más allá, en los incumplimientos de los programas, en las alianzas post parto, en todas esas cosas. Si los votos dependen de que un candidato salga en camisa o no, yo no sé qué pensar. Quiero creer que no es así, pero entonces... ¿por qué lo hacen? Nosotros no somos ingenuos, ellos saben que no somos ingenuos y, sin embargo, el invento funciona sobre la base de una ingenuidad tácita, como una cierta suspensión del orgullo del ciudadano o un sometimiento al juego democrático o no sé bien qué es. Los políticos prometen estos días, y nosotros ni siquiera escuchamos las promesas porque sabemos que se las va a llevar el viento de la conveniencia o los arreglos posteriores.
A mí me parece todo un poco raro, me parece que un tanto por ciento demasiado elevado de todo esto se sustenta o lo quieren apoyar en mensajes subliminales: la camisa sin chaqueta o sin corbata, la actitud correcta en los debates, que se inventó Kennedy contra Nixon, los rostros jóvenes en el fondo de la pantalla cuando hay mitin, los tonos cálidos y los fríos... O sea, una base movediza de la que no sé qué pensar. Es necesario, claro... eso debe ser. Pero un voto es cosa seria, ¿no? Y todo esto de las caritas/caretas/carotas de porcelana no parece muy serio. Yo por ejemplo ando asustado hace días con el lifting que le han hecho a Marcelino Iglesias en las fotos de campaña. Parece que lo hayan fotografiado poniéndole una cortinilla de gasa delante, como a la divina Garbo y las actrices de los viejos días. Marcelino, y otros, tienen un rostro de porcelana encendida. El caso de MI me resulta fascinante, porque a mi modo de ver resume Aragón: es el presidente invisible, el hombre que nunca estuvo allí. Y va para la tercera legislatura sin que nadie le haga frente. Hay quien lo llama "normalidad y sosiego político". Yo creo que es otra cosa: es la política de la liebre. En Aragón no se puede sacar la cabeza o te dan el hostiazo a toda prisa. Así que Iglesias gobierna amagado frente a los focos, como las liebres en el campo, sin que nadie lo advierta, sin dejarse notar. Y ahí reside su constante triunfo. Ni un gesto ni una palabra de más. El gobierno silencioso. Calculada naturalidad de un hombre al que siempre que veo le advierto un postizo de cuerpo entero.
Por cierto que El Mundo bucea en los arreglos fotográficos de los candidatos, que son chapuceros donde los haya. Pero aquí todo funciona o cumple un fin que justifica los medios. Por contra, alguien debería haber hecho algo con las fotos de campaña de Domingo Buesa y Gustavo Alcalde, que son mucho peores que las versiones reales de los dos candidatos del PP. Ser político no resulta fácil. Si de pronto yo me viera en cartelones de 10x10 en medio de las avenidas o en los autobuses de la ciudad, tendría que exiliarme. Bastante he hecho con acostumbrarme a encontrar mi cara en pequeñito en el periódico cuando escribo. Jamás he mirado un programa de televisión en los que aparezco (grabado, quiero decir, lo otro sería imposible...) aunque me han recomendado que lo haga. No quiero. Es como El exorcista: nunca he tenido huevos de ponerme a verla, no sea que descubra lo que no quiero saber.
Este Somniloquio electoral me parece patético. He de decirlo. Ustedes perdonen.
[Foto: Juan Alberto Belloch -sin la pianista- a cara descubierta en un mitin de campaña. Debidamente caracterizado, Belloch haría un magnífico Fu Manchu o también el cochero de Brácula. Al fondo, el rostro terso del presidente virtual: marcelinoiglesias.es].
El cuerpo del Rey

Le he hecho un seguimiento moderado al asunto éste de la nieta del Rey. No es para menos. El despliegue informativo resulta enternecedor, portentoso, emocionante. Se trata de una gran noticia, como lo demuestran los titulares que he reunido en esta selección, hecha a voleo en un diario de referencia como es El Mundo. La muestra atiende a un desordenado orden cronológico, pero me parece notable:
- "La segunda hija de los Príncipes se llama Sofía". (Ahí está el notición, sí señor; de ahí en adelante el resto del día -como dice el personaje de Kevin Spacey en 'American Beauty' mientras practica el onanismo matinal en la ducha-, de ahí en adelante el día va a peor).
- "El cordón umbilical se quedará en Madrid" (un cordón umbilical con voluntad propia, ya era hora).
- "El Príncipe cuenta cómo nació su hija Sofía". (El pormenorizado relato incluía dos detalles que eran para el primer párrafo de la información de libro: hubo cesárea y la niña se parecía "bastante" a su hermana Leonor).
- "Sofía, un nombre de origen griego y cargado de referencias clásicas que significa 'sabiduría". (Para mí, este titular marca el inicio en este caso de lo que bien se ha dado en llamar 'periodismo de investigación').
- "Consejos para que Leonor no pierda 'el trono". (Nótese que le agregan comilla simple al sintagma 'el trono': cosa de que el lector, que generalmente es un pelele sin entendimiento como bien sabemos todos los periodistas, se percate del sutil juego de palabras que el redactor ha querido introducir en su titular: el trono por lo de 'la trona'. Este titular es buen reflejo de que van pasando las horas en las redacciones y se viene la inevitable tormenta de ideas: cómo convertir un sms en un puñado de páginas. Y encima con el equipo del domingo, que es la redacción adelgazada a la mitad, más los becarios a los que han traído a lazo porque no se pueden negar, menos los de Deportes, que no quieren saber nada del mundo exterior hasta que Nadal y Federer no jueguen la 'batalla de las superficies' en Antena 3. El periodismo, ay, el periodismo).
- "La infanta Elena: 'Sofía come muy bien". (Por fin un testimonio, joder, ya era hora: una foto de alguno de la familia llegando en su coche de gran cilindrada y sale la portada sola).
- "El signo de Sofía". (Esta reflexión hay que leerla).
- "El Rey visitará hoy a la infanta Sofía". (¿El rey? Ah, sí... el Rey. El del mensaje de Navidad y ese que sale en los documentales de recuerdo del 23-F. El Rey. ¿No jodas que no había venido el Rey aún? No. Ah. Que majo y qué próximo es ese hombre, ay).
- "Leonor visita a su hermana". (No me digas que no es una monada).
- "La infanta Leonor se escapa de la mano de su padre". (qué rica).
- "El Príncipe dice que Letizia y Sofía saldrán de la clínica 'probablemente' el viernes". (Sobrio, directo, informativo, académico: un grandísimo titular se mire por donde se mire. Ni siquiera lo desmerece el 'probablemente' -los condicionales no se admiten en los titulares-, porque lo ha dicho Felipe, va entrecomillado y ahí es nada el tema).
- "Leonor vuelve a visitar a Sofía". (Es igual que Alfonso XIII, mírala... ¿Leonor? No, Sofía. ¿La infanta? No, la madre).
- "Paz Vega da a luz a su primer hijo y comparte protagonismo con la princesa Letizia" (en cuanto le zicatrize la zicatriz a Letizia, se va a enterar la Paz Vega esa de los cojones, robándole protagonismo a la prinzesa del pueblo.... Por cierto, que el hijo de Paz Vega se llama Orson, apunto: como un director de cine y muchos perros, pero creo que se lo ha debido poner por el director de cine. Porque esta chica es actriz, no sé si estáis en el tema...).
- "El Rey: 'La niña es muy mona". (Como a menudo le ocurre a Hommer Simpson con Maggie, su niña pequeña y prescindible, podría ser que el Rey hubiera olvidado por un momento el nombre de 'la niña', dado el nivel de jet-lag con el que este hombre se presenta en los partos).
Se aderezan las noticias con reportajes y graciosos apuntes variados: 'Uno de ellos es 'Posibles novios para Sofía', recopilación de niños de baba azul, de su misma edad o parecida, que me pregunto yo para qué si esta familia hace rato que decidió ser uno más del pueblo pero sin el pueblo, y literalmente tirarse a la cama con quien les plazca y si es posible que no sea nadie de familia real ni parecido. Creo que fue Vicente Molina Foix el que hace años publicó en El País un formidable artículo que titulaba 'El cuerpo del Rey', como este Somniloquio, sobre aquel noviazgo de Felipe con Eva Sannum. En él, el autor advertía que los Borbones habían acabado por arrebatarnos el único privilegio que los ciudadanos teníamos con respecto a ellos: la posibilidad de elegir a quien queramos como esposo/a, sin someternos a la tradición monárquica ni a nada parecido. Y es verdad. Quizás simple pero muy cierto. La verdad es que si uno mira 'La Familia de Carlos IV' , de Goya, comprende que esta gente tenga necesidad de escapar de la endogamia y caiga en el balonmanista o el otro, que no sé qué era antes de ser el otro, ni después. Por cierto, que en este noticiario alternativo descubro que quizás hay otros arrebatamientos más materiales... Vuelvo a lo del cuerpo del Rey: yo mismo se lo dije a una amiga cuando salió lo de Letizia: "¿Me follo yo a princesas? No. Pues entonces que él deje en paz a las periodistas...". Claro, que he oído yo historias en las que el "¿me follo yo a princesas?" tenía una respuesta bien diferente. Pero vamos, que una mínima igualdad digo yo que habría que observar. Porque si ellos pueden ser nosotros, me pregunto yo por qué nosotros no podemos ser ellos.
Hace poco leí una reflexión bastante filosa del buen Kapuscinsky, quien escribió que la Historia suele atender a los periodos sonoros, en los que se hace mucho ruido, cuando los momentos más despiadados de la Humanidad a menudo se producen en un vasto silencio. Tirando de ese hilo me he dado cuenta que la única noticia de esta semana en la Clínica Ruber está en una línea o una frase que todos los periódicos, radios y televisiones han despachado de pasada, y yo creo que conscientemente: el Rey tardó tres días en visitar a la niña. Vengo fijándome varios partos ya y no falla: el Rey y el Príncipe siempre están "regresando de un viaje privado". Naturalmente Felipe se ha reformado ahora, después de aquella boda tan húmeda con Letizia, y anda casi siempre como un clavo. Pero el Rey, que lleva más mili que la cabra de la Legión, tarda siempre sus buenos dos-tres-cuatro días en aparecer cuando hay un alumbramiento. Si mi padre tarda tres días en aparecer en el nacimiento de un nieto, se arma en Casa Ornat la de Dios es Cristo. En uno de los nacimientos Borbón-Urdangarín, el Rey y su vástago el Príncipe tardaron no sé si cuatro o cinco días en regresar de donde estuvieran. Digo yo que debían estar en la Luna, por lo menos. ¿Desde dónde se tarda cuatro o cinco días en llegar a Madrid cuando uno tiene una fuerza aérea a su disposición en el patio de luces de casa? Pues oye, cuatro o cinco días. Y los medios ahí, agarrados a lo del "viaje privado".
Y tan privado... El pobre Paquirrín, con el padre muerto por un toro, una pa'dentro y otra pa'fuera doctor, par de cojones, la madre con el Cachuli (creo que se dice así), ese bigote (la madre, no el Cachuli, que también), encarcelada por Zapatero, y esa cara de breva amongolada... el pobre Paquirrín se va un día de putas, que ya me dirás tú qué hay más noble que pueda hacer ese muchacho con esa cara, se va de putas y el Jorge Javier y sus tetudas lo ponen de tomate hasta las trancas. O sea, el Jorge Javier puede salir en la tele sin gafas y echarse al macho en sus ratos libres, pero el pobre Paquirrín no se puede deslechar donde bien le dé la gana. Así está la Justicia en este país. Y el Rey, oye, con sus viajes privados y sus cositas. Y luego los hay que dicen que no querrían ser Reyes ni Príncipes, que es muy esclavo. Grandes estupideces. Como que es más saludable ducharse con agua fría y que se conduce mejor de noche... Lo mismo.
La niña es muy mona. Claro que sí. No va a ser mona... Se llama Sofía, Hommer.
El hombre

Hablar bien de un amigo constituye un hecho redundante. Hablar bien de Javi Hernández supone apenas subrayar lo obvio. Hacerlo sería ingresar en la literatura barata e innecesaria, así que me limito a presentarlo. En el enlace va el reportaje que el programa Fiebre Maldini, de Canal+, emitió el pasado lunes sobre el (aún) periodista de AS: las imágenes lo dejan todo dicho. Ayer supe que ya estaba en YouTube. Hoy traigo el enlace a Somniloquios para romper un silencio demasiado largo y algo sombrío. Es una alegría hacerlo de esta forma: con Javier Hernández, el hombre. El gran Hernán, como le decimos los que trabajamos a su lado cada día.
Foto: el hombre, con Gabriel Milito, sobre el césped de Montjuïc, nada más darse la vuelta olímpica al estadio con los campeones de Copa. El Zaragoza acababa de ganarle al Real Madrid (3-2) en uno de los partidos más portentosos que yo haya visto a este equipo. Juro que bajé con Javi camino del césped porque yo también quería estar ahí. Hasta el día de hoy no sé cómo lo hizo: de pronto lo perdí de vista y a continuación me choqué con una fila de vigilantes que me impidieron pasar al campo. Cuando regresé a la tribuna y miré abajo, ahí estaba Hernán, con la camiseta colgada del cuello, hecho un campeón más.
El ojo de Kevin Carter

Los fotógrafos suelen ser gente temeraria. Quizás ellos sólo se consideren a sí mismos valerosos o consecuentes. Tal vez los más atrevidos, de entre los famosos, fueran estos muchachos surafricanos: Gregg Marinovich, Joao Silva, Ken Oosterbroek y Kevin Carter. A principios de los años 90, sobre el fondo de un país que liberaba a Nelson Mandela y preparaba el violento desalojo físico y moral del apartheid, estos cuatro resolvieron unirse para documentar la ocasión. Durante varios años fotografiaron la muerte y la destrucción, en sus acepciones más atroces. Suráfrica despertó de la feroz represión afrikaaner con la conciencia embriagada por una maraña de odios diversos, igualados por su esencial brutalidad. Marinovich, Silva, Oosterbroek y Carter salían a la calle antes del amanecer, cargados de café y de rollos de película. Esas horas inciertas eran las más violentas, las más terribles. Y ellos siempre estaban ahí, midiendo luces y sombras, artistas extremos de la vileza. Eran socios, eran amigos, eran libres, eran buenos. Fotografiaron linchamientos, fotografiaron balazos, fotografiaron refriegas, fotografiaron el fuego que consumía todo. Marinovich ganó el premio Pulitzer por la foto de un hombre que corría envuelto en llamas. Lo habían quemado vivo: "Huía del dolor", explicó.
Desde mucho antes ya se les conocía como el Bang Bang Club. Cuando Nelson Mandela alcanzó el poder en 1994, su leyenda había volado en cualquier dirección y en todas a la vez. Publicaban en los medios más prestigiosos, eran amigos, célebres y elitistas. No dejaban participar de su estilo ni de su experiencia a ningún fotógrafo ajeno a su cerrado círculo. En el fondo de sus fotografías había una humanidad exacerbada, tanto que había transgredido los límites hasta tomar la forma de un severo interrogante. Kevin Carter era, de los cuatro, el más inestable y tal vez por eso el más próximo a la genialidad. Sobre el borroso fondo de la tragedia externa pululaba la interior. Esa intimidad con la destrucción lo aproximaba al drama ajeno y de algún modo lo situaba por encima, lo suficiente para imponer el disparo a cualquier otro impulso. Pero esa batalla se fue cobrando prisioneros y víctimas invisibles, al tiempo que ordenaba en su conciencia un ejército de preguntas cada vez más sonoro. En 1993, agobiado por lo que creía una carrera estancada, Carter decidió visitar los campos de refugiados de Sudán, país sometido a una hambruna implacable. Joao Silva viajó con él y juntos retrataron el horror. Cierto día, Carter se acercó a Silva, excitado, y le contó: "Le estaba sacando fotos a una niña arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y después espanté al buitre". Cuando trató de mostrarle el lugar, el animal ya no estaba por ninguna parte. Pero la niña seguía ahí, vencida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros.
La foto de la niña y el buitre acechante se hizo mundialmente famosa. La publicó el New York Times y miles de lectores se comunicaron con el diario para conocer el destino de la famélica niña y qué había hecho el fotógrafo para auxiliarla. Kevin Carter hubo de reconocer que no había hecho nada: "Supongo que alcanzó el comedor de alguna forma", fue todo lo que acertó a contestar. Pocos días después, a su amigo Ken Oosterbroek lo alcanzó una bala perdida en Thokoza, el suburbio más peligroso de toda Suráfrica. Joao Silva fotografió su agonía. Marinovich escribió: "No podía hacer otra cosa. A Ken le hubiera gustado ver las fotos al otro día. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás". Oosterbroek murió camino del hospital. El ejército interior de Carter había quedado completo. Ganó el premio Pulitzer por la foto del buitre y la niña. Cuando se lo comunicaron estaba tan colgado de Pipa Blanca, una fatal mezcla de mandrax y marihuana a la que era adicto desde hacía años, que ni siquiera entendió lo que le decía la voz al otro lado del tubo. Cuando se repuso del cóctel psicotrópico, anunció: "Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella. No me gusta verla, la odio". Sólo cuatro meses después, el 27 de julio, Kevin Carter redactó una nota de ocho folios, ató una manguera al tubo de escape de su camioneta, introdujo el otro lado en la cabina, y conectó simultáneamente su walkman en los oídos y la llave de contacto del vehículo. En la nota se leía: "Voy a reunirme con Ken... si puedo". Tenía 33 años.
Canal+ recuerda estos días la historia en el documental La muerte de Kevin Carter, que aún no he visto. Hay un segundo documento aún más valioso... Marinovic y Silva registraron sus experiencias por escrito. El resultado es Snapshots from a hidden war ('Instantáneas de una guerra oculta'). Manic Street Preachers le tributaron una canción de su soberbio álbum Everything Must Go, quizá el mejor de su carrera. El tema se llama, simplemente, Kevin Carter. Antes de la música una voz en off dice: "The eye... it cannot choose but see". El ojo no puede elegir, sólo ve.
Ceremonias de interior

"Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa".
(‘Instrucciones para dar cuerda al reloj', de Julio Cortázar)
Esta tarde era un domingo para no moverse de casa, un domingo para inventar ceremonias de interior, como anotó Julio Cortázar. No he conocido los domingos como él no conocía las noches, escribió, hasta una larga convalecencia que le obligaba a acostarse temprano. Si los conocí alguna vez, los he venido a olvidar con despreocupación, y eso supone una práctica ventaja para alguien como yo. Mira que venir a conocerlos ahora... Éste era un domingo para caminar por París, para tomar un café al abrigo del sol de marzo en Montmartre, mirando a los pintores, para anotar la tarde que se desprende en una habitación de un barrio gris en Viena, para bailar el tango en San Telmo, Buenos Aires, para sortear a sus anticuarios, para demorar un té en el moroso crepúsculo del Támesis, en Londres, para aguardar el amor o una lectura en un parque de la gran Nueva York. En el pequeño parque modesto bajo mi casa me he detenido al mediodía; niños y jóvenes padres; parque gris de invierno, reverso pardo del verano. Fútbol en la cancha que es una jaula. El oso del parque no está y no sé dónde ni cuándo estuvo. Este domingo es distinto: para escribir en una habitación fría, vestido con un abrigo y una bufanda de lana deshilachada, en el París del XIX, como los escritores bohemios, cafés tuberculosos, artistas muertos. No soy nada de eso. Yo estoy vivo.
Mis domingos quizás son los domingos de todos los demás, pero desde el otro lado: una mañana vacía, un almuerzo sin sobremesa, un partido de fútbol, la obligación presurosa de un artículo que ha de ser (yo quiero que sea) el mejor de la semana. Casi nada más. Esta mañana era un domingo con una hora de menos. La madrugada suprimió una hora y yo aguardé despierto ese traspaso del tiempo, esa hora extraviada, ese vacío decidido en los relojes. Entre las dos y las tres no hubo nada salvo la noche repetida. Nada existió. De golpe, todo quedó suprimido en un angustioso reset inaudible, antes de regresar a la vida sin atisbo de variación, en el segundo siguiente, quizás en la décima o la centésima de segundo consecutiva. Yo no vi nada, no advertí nada, aunque permanecía atento. Todo me pareció igual antes y después. Todo me pareció. Entonces, un comercial de televisión me trajo la voz imperfecta de Cortázar, tan perfecta, el resbalón sobre las erres cuando habla del reloj. Como a Borges, como a Hawking, como a Cortázar, a mí también me fascina el tiempo en los relojes, esa convención tan bella, ese pequeño infierno florido, esa cadena de rosas, ese calabozo de aire. A Borges lo fascinaban los relojes de arena; a Cortázar, los relojes de pulsera; a Hawking, los relojes cósmicos, vacíos y profundos y oscuros, que contienen todos los tiempos el tiempo.
Hace tiempo que sueño un cuento que en el sueño se titula La hora extraviada. En la frontera de los días, en la línea de la hora, en medio del océano Pacífico, donde comienzan los husos horarios, se pierde un hombre. En ese espacio impreciso que he interrogado en las enciclopedias, en los cuadernos de bitácora, en el recuerdo de los navegantes. Un hombre se pierde en ese espacio impreciso, tal vez cerca o lejos de las Islas Cook, tal vez en un accidente aéreo o en el naufragio de un barco. En su desesperación por la supervivencia, desfallece sostenido por un salvavidas y transgrede en repetidas ocasiones la línea del tiempo. Naturalmente, a estas alturas es fácil imaginarlo, cuando despierta en tierra, señalado por un sol muy alto que lo ciega y lo abrasa, descubre que ha retrocedido a una edad imprecisa. A partir de ahí, aguardan párrafos que no he modelado ni siquiera en este sueño despierto de las palabras: el descubrimiento y la angustia primera de un robinsón, la supervivencia, la nostalgia, un pueblo que lo acoge a su pesar, un amor; dos islas, la propia y otra que corrige la rutina del horizonte azul, una expedición solitaria y desesperada y esta paradoja: la otra isla permanece en el tiempo actual, el que fue suyo, el que extravió el hombre. Y el dilema que aún debo resolver para que él lo resuelva: el amor, ahora inflamado de forma decisiva y vital, o el regreso a su tiempo, a los suyos, a sí mismo.
Para escribir hay que pensar. Leer y pensar. Leer y pensar, con pesadumbre, como Cortázar en la imagen. A media tarde, el sol iluminaba una mariposa de madera china que le compré a Alicia y que nunca le regalé, porque ella no la quiso, no le gustan las mariposas. No le gusta su aleteo demasiado veloz para advertirlo, la imprevisible dirección, los dibujos coloridos que a veces dibujan formas monstruosas: un par de ojos, un tótem indio, un abstracto temor. Y ese cuerpo alargado de mosquito atroz, el horror oculto en el cromatismo exagerado y hermoso. Mi mariposa aguarda quieta, prendido su cuerpo de una larga varilla de metal que enterré en la tierra húmeda que sustenta un pequeño tronco de Brasil. Para volar me precisa. Sin mí no es nada. Necesita que mi mano la agite en vertical y así sus alas golpean en el aire, arriba y abajo, y sueña que vuelo o yo imagino que lo hace. Es amarilla y rosada y violeta y encarnada. Esta tarde de domingo, un muelle se ha desprendido levemente de su lugar y mi mariposa de madera exhibe un torpe aleteo torcido y desigual.
[Foto: Cortázar en acción].
Escribir para el olvido

"Yo no he leído un periódico en toda mi vida -decía Borges-. En un diario, por lo general, se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria". Eso pensó Borges. No quiero imaginarme lo que opinaría de los blogs si hubiera llegado a conocerlos. Somniloquios regresa después de una semana perdido: un fallo en el Hal-9000 de blogia nos dejó sin él y a mí casi me deja sin vida. No era sólo la imposibilidad de escribir (aquí, claro), sino sobre todo la posibilidad de extraviar toda la producción de este tiempo. De pronto me sentí desnudo y solo y me acordé de las frases de Borges sobre el periodismo. Afortunadamente, los humanos de blogia han recuperado un 98% de mis somniloquios (el porcentaje no es exacto, sino simbólico), porque hacen lo que yo mismo no he hecho hasta ahora: conservar copias de seguridad. El método, amigos, el método. En la implosión del servidor se han perdido los textos de los últimos 15 días. Entre ellos, y lo siento de veras, Los Días de la Metralleta. Ahora sé que estaba destinado al olvido, a pesar de que a mí me gustara tanto y del homenaje a Plf, muy justo: se perdió la primera versión y se ha volatilizado la segunda en la nada digital. Ya no puedo escribir una tercera. Sería como intentar detener el tiempo. Escribimos para el olvido... Yo mismo no recuerdo si se ha extraviado algún texto más.
Para celebrar el regreso de estas líneas, transcribo un pasaje de la conversación entre los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en 1975, en un encuentro literario propiciado por el periodista Orlando Barone.
Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia a las noticias cotidianas, fugaces.
Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo... al día siguiente.
Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.
Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: "El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América". Título a ocho columnas.
Borges: (sonriendo) Sí... creo que sí.
Sábato: ¿Cómo puede haber hechos trascendentes cada día?
Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.
Sábato: ¿Quién?
Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios.
[Foto: Jorge Luis Borges, contra un cielo agitado de negruras y símbolos. Siempre me ha gustado esta imagen, tal vez porque interpreto en ese cielo veloz el inaprensible tiempo que lo rebasa a Borges. Borges pensó y escribió con frecuencia acerca de esa materia tan extraña que es el tiempo, dominador silencioso de nuestras vidas].
Un día cualquiera

Sé que a estas horas ya debería dormir, pero no puedo. Hace tiempo que decidí agotar los días hasta que ellos me agotasen a mí. Ésta es una lucha desigual, pero debo decir sin vanidad que voy ganando.
Un día cualquiera. Un día cualquiera ganas o pierdes. La derrota es este silencio final de la noche, que puede vencerte o no, porque ya no hay palabras a las que aferrarte. Estos días no hay palabras. Yo he estado a punto de perder, de ceder a las pequeñas locuras, a las debilidades que acechan a quienes a estas horas no se han abandonado al sueño. A ellos no les importa la victoria o la derrota, quiero pensar, o tal vez ya tienen la victoria asegurada a la hora de dormir. Yo sigo aquí, peleando. Iba perdiendo. Luego, una palabra muy lejana, silenciosa, pero segura, me ha rescatado. Sólo una: "Precioso". Lejana pero tan próxima. Ahí estaba.
A veces el silencio me acoge y me protege. Otras veces el silencio me estrangula, como está a punto de hacer esta noche. Me aprisiona, me condena. Recuerdo largos días de silencio en horas oscuras, en los que la salvación era apenas una palabra lejana, como esta noche, o una llamada de teléfono que nunca acababa de llegar a tiempo, o me sobrepasaba. No llegaba ella o no llegaba yo. Era difícil encontrarse. Los pequeños silencios son apenas insectos en la pared, puedes aplastarlos con un dedo o meterles una fregona en la cabeza para que ya ni alienten. Si los silencios llegan a crecer, dan unos gritos horribles y pueden volverte loco. Hay demasiados silencios que ya no rellenan una sonrisa, una palabra, una brizna de luz, una caricia. El silencio nos está venciendo. Hemos confiado en él y nos puede matar. El silencio está sólo adentro. Fuera no existe. Fuera adquiere la forma de una tela transparente que te envuelve, un plastico flexible que no ves. La soledad es silenciosa como un huevo vacío.
He salido cuando la mañana estaba cediendo al mediodía, mi hora preferida. He caminado bajo la lluvia perezosa, una lluvia que bajaba arrastrándose por el aire, pegándose a las paredes. De camino he leído a Mark Twain y sus Viajes Siguiendo la Línea del Ecuador. Podría haber salido con música, como suelo hacer, pero este silencio se me ha metido ya en los huesos y apenas lo rellenan las músicas de cada día, no alcanzan a combatirlo. Son agua y aceite. Estamos callados hace días. Ya no sé cuántos. Ya no recuerdo mi propia voz. "Díme, ¿quién cojones soy?". "Otis". Tal vez tenga razón. Yo era Otis entonces, hace años. Era fácil ser Otis como era fácil todo lo demás. Meterla para abajo con las ruedas de las canastas en el canalillo de los desagües, por ejemplo. Eso era fácil. Tenemos una conversación transoceánica de silencios, a estas horas de la madrugada, y se está colando mientras escribo. Vuelvo a este día cualquiera. Estoy leyendo tres libros de forma simultánea: El Día de la Independencia, de Richard Ford; Luna de Lobos, de Julio Llamazares; y los viajes de Mark Twain. No tiene ningún merito, se trata de pura dispersión, ansiedad, indecisiones, huidas. Con Twain he hecho las transiciones de este día, me ha llevado de un episodio a otro sin que yo lo advirtiese.
He visitado a la doctora pero la doctora no estaba. Su consulta tenía la luz encendida pero nada más, no había nadie. Vacío. Vacía. Había una disensión en ese fluorescente que no iluminaba a nadie, como había una discordancia en la nota: Miércoles 30, 13 horas. No había miércoles 30, 13 horas. Había martes 30, 13 horas, y espero que haya miércoles 31, 13 horas. Tal vez yo estuviese en ese momento en un pliegue distinto de la realidad en el que era miércoles 30, 13 horas. Si ha sido así, dos niños chillones me han descubierto. Uno de ellos era rubio, otro moreno. El rubio gritaba congestionado y sudoroso para combatir la disciplina de su madre. Sus gritos tenían el perfil de los gritos del finado James Brown: cortos, estridentes, repetidos, como los de una comadreja encerrada en un armario. Un animal terrorífico. He escapado a la calle y seguía lloviendo. Hemos caminado, hemos comido, hemos tomado un café. He regresado a casa a primera hora de la tarde. Todo ese tiempo llovía la misma lluvia. Llovía el mismo silencio.
Me hubiera gustado dejar pasar la tarde mirando llover sobre el parque, desde el amplio ventanal de mi salón, con una taza de té en la mano. Pero mi ventanal mira sobre un amplio patio interior de muros encalados y ventanas que se repiten. Un gato inmóvil tras el cristal, una japonesa inmóvil tras el cristal, un hombre que escribe inmóvil tras el cristal, iluminado por la pantalla de un ordenador, un cristal que me refleja inmóvil tras el cristal. He pegado los dedos al cristal, llamando a alguien. A veces ella me pregunta: "¿Qué has hecho?". Y respondo: "Nada". Sabe que en ese paréntesis de nada hay en realidad muchas cosas, pero ninguna explicable, como este mismo texto. Esta tarde la he pasado viendo vídeos de Morrissey y los Smiths, una entrevista en la CBS americana a Morrissey, una vieja entrevista de 1985, hecha por Tony Wilson a los Smiths. He oído, he visto There's A Light That Never Goes Out, he visto This Charming Man, Suedehead (me encanta el vídeo de Suedehead), First of The Gang To Die, Girlfriend in a Coma, How Soon Is Now, uno increíble de Rusholme Ruffians, Headmaster Ritual, Hand In Glove y That Joke Isn't Funny Anymore, todas en un concierto en directo en Madrid. Definitivamente, internet va ya muy por delante de la televisión porque ofrece lo que parecía imposible: yo decido qué veo, nadie programa mi día por mí.
He hecho eso y he pensado en una historia que he de escribir para MediaPunta, sobre regates clásicos del fútbol y sus inventores. A última hora, muy tarde, he salido a correr por la ciudad, que ya había desfallecido. A la vuelta me he quedado mirando la noche en el parque, donde todo ocurre. Los árboles desnudos parecían escobones invertidos, que barrían una luz muy triste. Eran más de las once de la noche y aún estaba lejos de la frontera. El día había sido un día cualquiera. Todavía lo es. Hecho de silencio y lluvia que va pegándose a las paredes.
Un día cualquiera, ganas o pierdes, pero no lo sabes hasta el final.
Somniloquio universitario

Este año he ido un par de veces a la universidad, de donde salí en 1992 o1995. La duda en la fecha se explica fácilmente: debería haber terminado la carrera en el 92, año mágico, de acuerdo a mi promoción; pero me colgaron materias de los bolsillos hasta tres años más tarde, porque desde septiembre de 1990 me entregué a la licenciosa vida del periodista profesional y acabar la carrera a distancia, en un lugar como la Universidad de Navarra, requiere un esfuerzo adicional y el sorteo de murallas bien construidas. En general, a la Universidad no le gustaba que la gente comenzara a trabajar antes de acabar la carrera, y a mí no me gustaba la Universidad. Ellos pretendían que fuéramos estudiantes profesionales (pagando, claro) y ahora los periódicos le dan la vuelta a esa perversión y llenan sus redacciones de becarios profesionales. Es lo que hay. Así que agarré por la calle del medio, regresé a Zaragoza después de tres años full time en Pompaelus... y así me fue. Suspendí incluso Teología (sí, estudiábamos Teología, amigos), arrastré Economía hasta donde fui capaz, con la Empresa Informativa y el Derecho de la Información me metí en un atasco tremendo, no sé cómo conseguí sacar adelante Epistemología (sigo teniendo que mirar al diccionario para recordar de qué iba aquello) y apenas recuerdo qué hice en el proyecto de fin de carrera. Me rescató un buenísimo chaval de Lérida que estaba en el mismo caso que yo, trabajaba en La Mañana, íbamos y veníamos juntos a Pamplona y me llevó como de la mano a los despachos de los profesores para ir sacando adelante el asunto. Porque yo no pisaba el despacho de un profesor ni a tiros. En esa actitud tan poco universitaria había una mezcla de timidez y orgullo. Mi razonamiento siempre fue el mismo: si no apruebo, ya aprobaré; no hay nadie con 90 años tratando de sacar todavía la carrera, así que... algún día aprobaré. Era un silogismo de lo más burdo, pero a mí me tranquilizaba. Y no iba a rogar ni un 0,25 a un despacho. A pesar de que soy sospechoso habitual de tristeza y pesimismo, en realidad yo me tengo por un optimista emboscado, porque aun en las peores circunstancias tiendo a pensar que no me va a pasar nada malo. Acabé aprobando cuando ya había ejercido el periodismo durante cuatro años, incluidas dos paradas en el paro y un trabajo en el que repartía bandejas de desayunos por las habitaciones de un hotel de Londres. Afortunadamente, esa sucesión de acontecimientos me permitió ver la final de París en la grada, sin obligaciones periodísticas. Sí, me perdí la celebración en la plaza del Pilar al día siguiente, pero me asistió otro privilegio notable: volar el 11 de mayo del 95 de vuelta a Londres en un avión con muchos seguidores del Arsenal. La belleza, ay, la belleza de los momentos.
Así que el hombre somniloquio regresó a la universidad ayer, a la Universidad San Jorge para más señas, donde participamos en una charla-coloquio sobre Periodismo Deportivo con la que el centro celebraba el patrón de los periodistas: San Francisco de Sales. Un santo periodista se me hace raro, pero sí. Estaban también Chema González (de Radio Zaragoza), Sergio Melendo (Aragón TV), Miguel Mur (de márketing del CAI) y Andoni Cedrún, reputado (re)portero y showman de registros variados. Antes de cinco minutos ya le habíamos recordado su célebre cantada en aquel gol de Albacete, algo obligado siempre que uno se cruza con el gran Ando. Me extrañó que me invitaran a mí, sobre todo después de que una noche dijera en Avispas&Tomates que no ir a clase en la universidad me parece uno de los comportamientos más nobles que existen. Naturalmente, aquello consistía en una broma sobre mí mismo, quizás demasiado privada como para que los demás la tomaran por el lado correcto, así que hay gente que se pasa el tiempo recordándomela. Para mi presencia en la Facultad ayer me impongo una explicación poco vanidosa: tengo varios buenos amigos, alguno principal, trabajando en la USJ.
El caso es que me encantó ir a la facultad a hablar de Periodismo, porque en el Periodismo pocas veces se reflexiona sobre el Periodismo; se habla mucho y casi siempre mal, con despojo o desprecio sobre las noticias ajenas y las propias, sobre los periódicos, el poder, las filtraciones. Las filtraciones son las noticias que dan los demás; las propias no son filtraciones, son exclusivas. Hay que manejar la nomenclatura. La charla estuvo bien, bueno, guitarreamos ahí lo mejor que pudimos y hasta hubo algún momento divertido. Yo lo pasé de maravilla, y me encantó el nivel de las preguntas (y el modo de articularlas) que hicieron los alumnos. Vi a uno con el AS al fondo, sobre el pasillo central, y otro me interrogó directamente sobre una información que habíamos publicado el día anterior. Pequeñas felicidades de la guerra de guerrillas. En los chicos advertí, de verdad, materia prima y buena preparación, lo cual me reconforta porque en estos últimos años iba perdiendo un poco la esperanza sobre los valores que deben construir este oficio, que parecen extraviarse un tanto en la masificación del periodismo como opción universitaria. Me hace moderadamente feliz también que la gente de Aragón pueda estudiar esta carrera en su propia casa, aunque admito que estudiar fuera (incluso en Pamplona) supone una de las mejores experiencias que he tenido. Hay que empujar adelante a aragoneses que conozcan, vivan, sientan, se identifiquen con lo aragonés en los medios de aquí. No se trata de ser fundamentalistas, pero la identidad hay que defenderla; o mejor que defenderla, cuidarla. Pululan por ahí mercenarios de la palabra escrita cuya única sensibilidad consiste en la defensa de su estulticia.
[Foto: aquel discurso de Maradona en Oxford fue la demostración de que la universidad es una institución generosa. ¡Viva el Diego!... con perdón].
Fago: nieve y silencio

Un buen amigo me pide que reconsidere el somniloquio que le dediqué a la muerte en Fago, un poco más abajo. Como a él, a mí también me parece que el ruido mediático ha prejuzgado a los vecinos del lugar, y lo ha hecho además de un modo generalizador y casuístico, sin señalar a nadie pero extendiendo una sospecha apoyada en cuitas más o menos llamativas. Es el modo de los medios de comunicación, el único modo posible. A mí siempre me ha sorprendido que el periodismo se tenga tanta confianza y se observe a sí mismo como fiscal reputado de la realidad, infalible en muchos casos. Porque me parece que cuando uno maneja verdades parciales (y las del periodismo a menudo son verdades parciales, contadas por terceras personas, a veces teñidas de interés, o de partidismo, o de mala baba), digo que cuando uno maneja verdades parciales al menos hay que observar la posibilidad del error como posibilidad cierta. Y no digo que el periodismo deba renunciar a su función, no sagrada pero sí fundamental; lo que digo es lo que me digo yo mismo cada día: debemos hacerlo con un compromiso individual y colectivo de rigor máximo, todo el rigor que sea posible. Y con una humildad mayor, mucho mayor de lo habitual. El periodismo acostumbra a ser demasiado vanidoso. Cualquiera suscribirá este ingenuo desiderátum: todos sabemos que la premura informativa de cada día es un monstruo que hay que alimentar como sea. A veces, a costa de muchos principios. No nos hagamos los vivos.
En la última semana he seguido leyendo las noticias que llegan desde Fago. Cada vez más silenciosa, como si las cubriera la nieve que ya cae con un algo de pereza otoñal sobre las montañas de Aragón. Se van retirando los periodistas de las calles porque los detalles escasean. Leo en Heraldo sobre el efecto que la presión mediática está teniendo en el pueblo; se mantienen apenas una veintena de informadores en Fago y en Ansó. Posada Magoría, imagino, regida por Enrique Ipas Ornat... alcalde de Ansó y uno de los varios Ornat que permanecen allí. Debemos ser familia lejana, concluimos en cierta visita, pero cualquiera sabe dónde se reúnen las ramas de un árbol tan frondoso. Ese es otro tema. Posada Magoría o en casa de la Mari, el Hostal Kimboa, donde solemos comer cuando vamos allá. Ensalada y carne asada, claro. En esos lugares paran los periodistas que vigilan Fago desde Ansó. Creo que es María José Cabrera quien ha opinado estos días en alguna columna que el foco sobre Fago tiene que ver con el clima de enfrentamiento político entre el Partido Popular y el PSOE. Yo creo que el asunto se debe más al gusto por la víscera (extendido a los telediarios), a la conversión de los sucesos, de las noticias policiales, en tema principal informativo. Y desde luego, al morbo que tiene Fuenteovejuna como posibilidad. "En esta muerte en Fago hay más sospechosos que en una novela de Agatha Christie", escribió alguien. Y aunque suene frívolo, esa es la historia que se ha contado. Yo le veo ahí la lógica periodística, nada más.
Pero está claro que la información remite porque los investigadores se cierran sobre sí mismos, protegidos por el sumario del caso. Cae la nieve sobre el valle (pienso en El Perjurio de la Nieve, el cuento de Bioy Casares) y se va depositando un silencio creciente en los medios, que hablan apenas del proceso de elección de un nuevo alcalde o de que ahora la investigación apunta al entorno inmediato del asesinado, Miguel Grima. Las últimas tiras de una información que se apaga. Y de si la pareja que se cruzó por la escena del crimen vio a una o a dos personas. En realidad, ese fortuito encuentro fue lo que me impulsó a escribir sobre Fago. Ese pliegue de la realidad que no casa con la realidad. Esa impresión que tenemos de que hay algo que no cuadra en lo que vemos, o en lo que oímos. Un engaño, una impostura de la verdad. Todo eso y la similitud cinematográfica del nombre con la película de los hermanos Cohen. Ya dije en ese somniloquio, como le expliqué a mi amigo, que no creía en la versión de Fuenteovejuna y que traté de explicar ese escepticismo al decir que me resultaba una hipótesis inconcebible. En los últimos días he oído, sotto voce, al menos tres hipótesis paralelas que explicarían el crimen. Ninguna ha aparecido aún en los medios. Y no las voy a contar ahora porque son eso, hipótesis, y aquí importa la verdad, no las presunciones periodísticas o somnilocas.
Escribí sobre Fago y mientras lo hacía me rodeó una cierta tristeza atávica, de alguien que quiere el valle de modo lejano; también con algo de rencor contra mí mismo, por rodear una muerte (hecho tan concreto) con la abstracta transparencia de las palabras ajenas.
Fa(r)go

"Ha corrido la sangre, Jerry".
(Carl Showalter, interpretado por Steve Buscemi, en Fargo)
Yo mismo, que por desgracia no soy un gran viajero de lo aragonés, he estado varias veces en Fago, porque Fago está al ladito de Ansó. Mi familia y mi apellido proceden de Ansó. Yo apenas he ido de visita a Ansó, pero el nombre y el lugar poseen para mí una fuerza casi mítica, adquirida en las historias que he oído en casa desde siempre; así que lo siento como un mínimo paraíso al que referir mi raigambre, yo que nunca he tenido pueblo (ni lo he echado de menos) como lo tienen la mayoría de las familias en Zaragoza. Cerca de ese lugar adánico, en alguna de esas carreteras de Aragón olvidado en las que yo me he detenido para deleitarme con la belleza del lugar, en una de esas carreteras que lleva a Fago mataron hace unos pocos días a Miguel Grima. A estas horas la historia la conoce todo el mundo y Fago se ha convertido en el silencioso epicentro de una historia negra. La otra noche, noche de este invierno que no alcanza a invierno, el alcalde de Fago volvía en su automóvil de una reunión con alcaldes de la comarca. En medio del camino se encontró con unas piedras sobre el piso y salió a apartarlas para continuar la ruta. Al poner pie en tierra, le dispararon sobre el pecho con una escopeta de postas. Después de la emboscada, el asesino (o los asesinos) arrastró el cuerpo al lado derecho de la carretera y lo arrojó por una ladera. Sobre la cuneta quedaron un par de anteojos que debieron ser testigos de los sinceros detalles de la muerte, como en Extraños en un tren. Una pareja pasó por el lugar cuando en la escena el crimen aún no estaba concluido, y vio el coche y a una persona con un casco de espeleólogo, cuenta hoy el Periódico de Aragón, que los invitó a seguir adelante sin parar. Habían reconocido el coche del alcalde, pero siguieron porque, como los personajes de las películas que van a morir, uno no se detiene ante las extrañezas, no acierta a interpretar esos pliegues raros de la realidad, que son como una frase que no corresponde en el guión. Luego, el asesino escondió el automóvil en un encinar de Berdún, bajo una carrasca y envuelto en altos matorrales de boj. Unos días después, encontraron el cadáver y más tarde el vehículo. Sobre el asiento delantero del Mercedes, dos barras de pan que Miguel Grima había comprado de vuelta a casa, y su teléfono móvil.
Las crónicas, el despecho con el que los vecinos hablan de Grima, las referencias a su modo despótico de regir el pueblo, la negativa a hacer un padrón y a la llegada de forasteros, o los cobros abusivos (400 euros por instalar una terraza en el Bar Marieta: "Fago no es New York", decía un cartelón colgado por los dueños del establecimiento como queja pública); algunos anónimos, el relato del propio muerto (ahora desvelado por un amigo de partido) de que los frenos de su coche fueron manipulados hace un par de años... Todo eso alimenta las hipótesis de una venganza comunitaria que parece increíble. Un brutal Fuenteovejuna que nadie concibe. La Guardia Civil ha requisado todas las armas de los cazadores de la zona para investigarlas, y está tomando declaración a cada uno de los 29 vecinos de Fago. En uno de esos lugares donde nunca ocurre nada... Cámaras, micrófonos, detectives, policías, noticiarios y chismes. En Fago, el rumor de una muerte violenta quiebra el silencio de este invierno que no llega o que tal vez ya haya pasado, sin que nadie advirtiese lo que estaba viendo en realidad. Como un asesino en la noche. Como una frase que no corresponde.
Tránsitos: de peluquera a presa, de presa a portada

"Fame, fame, fatal fame /
It can play hideous tricks on your brain /
But still I'd rather be famous /
Than righteous or holy /
Any day, any day, any day..."
(Frankly Mr. Shankly, de The Smiths)
A Ana María Ríos la tuvieron detenida una semana (o dos, no sé, no atiendo nunca a estas cosas...) cuando iba a salir de Cancún a la vuelta de su luna de miel, porque le encontraron en la maleta balas y un detonador. A la vuelta la entrevistó Ana Rosa Quintana, siempre atenta (como una buena parte de la generación actual de periodistas) a esa entrevista de tipo humano que tanto se lleva ahora. Y esta semana, Ana María Ríos aparece en despreocupada pelota sobre la portada de Interviú, con las medias de fútbol blancas que usaba Arconada. A mí la concatenación de los hechos me fascina. Veo a la peluquera de Arcade despreocupada, sí, porque ella ahora vive "para las próximas 24 horas", como le dijo a AR con sobrevenido sentido filosófico de la vida. Es una preocupación a tiempo límite, muy conveniente, porque en 24 horas no caben ni una mínima parte de las preocupaciones que caben en toda una vida. Mejor la mirada corta. Ana María Ríos vive despreocupada como sus pechos, que se ven así un poco lánguidos, como si hubieran somatizado la mirada lánguida de su dueña, como ese huevo frito que no acaba de ser el huevo frito que queremos, no tiene las puntillas ni la lozanía de los grandes huevos fritos. La peluquera en luna de miel emergió del infierno con una humilde coletita y los ojos hundidos como avellanas en un fondo de arena. Una sombra de brillante maquillaje le perfila ahora la cara porcelanosa, para borrar del rostro la ceniza de la celda mexicana.
A veces pienso que las cosas les ocurren a las personas adecuadas. Salir de la cárcel y posar en Interviú a cambio de 90.000 euros suponen ahora hechos correspondientes en la vida de Ana María Ríos. Una cosa lleva a la otra. Esto no pretende ser una reflexión moralizante, claro, lo que me sorprende es la tramoya que mueve este país, en el que uno va a la cárcel en Cancún por un delito ajeno (presupongo) y luego sale y luego las revistas le ofrecen posar, y después ella acepta y en las líneas que acompañan a esas fotos del cuerpo derramado dice, o le hacen decir: "Me dio más vergüenza que me vieran detenida que posar desnuda". Buen razonamiento. Pero no se trata de la vergüenza, ni de la moral, ni siquiera del desnudo. Me extraña la valentía que reúne la gente para venderse. Yo no tengo sentido del negocio, ni valentía. No sé si esta chica piensa que su vida volverá a ser la misma después de esto; no sé si lo pretende siquiera. Supongo que no. Tal vez su vida cambió tanto con la experiencia en Cancún que ha logrado relativizar cualquier decisión, cualquier acto, y desde luego todas y cada una de sus consecuencias. Yo no quiero juzgarla, lo que querría es comprender cómo funciona la cosa humana en este país, porque cada vez entiendo menos, y mira que no me entiendo ni conmigo mismo. A mí vino a buscarme una vez la revista Interviú y me deshice de ellos a toda velocidad, porque entreví que esa visita incluía un peligro que no estaba dispuesto a correr, ni yo ni nadie cercano. El chivatazo lo dio una elementa que trabajaba en el mismo sitio que yo, una señorona a la que en cierta ocasión pillé haciendo de voyeur en su balcón de forja, mientras yo me sentaba abajo, en unos bancos próximos, a tomar un helado con una chica a la que quería. Los hechos se corresponden, el voyeurismo y el soplo, digo. Vinieron los de Interviú y no me buscaban a mí, en realidad buscaban a una persona próxima en cuya vida pretendían hurgar. Mi hermano y yo le dijimos al periodista lo que había. O sea, que no había nada. Que volviera por donde había venido. A veces uno se alegra de tener una figura relativamente disuasoria.
De aquel episodio permanece la deuda con un desgraciado que -a lo mejor como Ana María Ríos- se hizo más notorio que famoso. En privado ya resultaba notorio por su cretinismo. Formó parte de este cuadro de patéticas vanidades que han pintado las televisiones, como ahora forma parte la cara de loza morena de Ana María Ríos. La peluquera de Arcade. La casada en luna de miel. La presa de Cancún. La chica en Interviú.
Nuevos radares fijos

Olvidaros de las ingenuas cajitas. El ordenancista Pere Navarro (el plasta de la DGT) sigue sin poder conducir por nosotros, el pobre, así que ahora ha conseguido estas nuevas maquinitas para extender su insaciable brazo sancionador hasta nuestros bolsillos. Si seguimos así, al final logrará que los automóviles traigan un radar fijo de serie sobre el salpicadero, directamente conectado a la DGT. No hay que tomárselo a broma porque, si le siguen dando cuartelillo, a Pere Navarro lo que de verdad le gustaría es controlar el mercado. Se le ve el plumero: "En el entorno en el que nos movemos, AUNQUE EL MERCADO ES LIBRE, comprarse coches de 200 caballos parece absurdo".
Dice Pere Navarro: "Vamos a tener que suspender o retirar miles y miles de permisos de conducir; por eso pedimos ayuda a los ciudadanos, para no tenerlo que hacer". Ese tono paternalista de moral intachable me pone enfermo. Casi tanto como el anuncio de los payasos de Iberia, que me parece una desfachatez. El problema radica en que este señor habla del resto de los conductores como si viviera investido de una inmutable superioridad ética, mientras él elude algún juicio que otro.
Líbranos de este santurrón sheriff de Nottingham, oh Lord!
La Navidad

De la Navidad hay que hablar a toro pasado siempre, como del fútbol. Si no, corres el peligro de pasarte de listo y quedar expuesto. La Navidad puede ser muy traicionera, no hay que tocarle las bolas del árbol. A mi entender, la Navidad contiene en su inevitable simbolismo el simbolismo más feroz: el paso del inconcreto tiempo, extraña materia, y sus bien concretas consecuencias sobre nuestras vidas. La Navidad ayuda a pensar qué narices hacemos por aquí todos, ayuda a comprender los sufrimientos, a fortalecerte en las pérdidas... Ese tipo de cosas tan divertidas. Su juego consiste en, cuando eres niño, armarte alrededor un fantástico Belén en el que participa todo el mundo al que quieres; después, conforme vas creciendo y aun antes, van desapareciendo todas y cada una de las figuritas de ese precioso Belén... y te quedas tú solo poco a poco. Si tienes los huevos suficientes, entonces el Belén lo armas tú para los que vienen por detrás, regateando la conciencia de lo que habrán de extrañar en el futuro. En eso consiste crecer y hacerse adulto. Las demás zarandajas (la barriga, la caída del pelo, las arrugas, el trabajo y tal) quedan en cuestiones menores. Por si fuera poco con lo propio, a veces te crece también la conciencia de las desesperanzas variadas del mundo. Si sucumbes a eso, como dicen los argentinos, cagaste hermano. Ya no levantas la Navidad.
Esta Navidad, ahora hablando ya en serio, contiene dos pérdidas irreparables: la de los Reyes Magos, que vamos superando como podemos, y la de Stella Warren, la nena que hacía de Caperucita en el anuncio de los lobos de Channel nº5. Ahí sí que se viene uno de esos traumas bien jodidos. No creo tanto en los traumas infantiles como en los de adulto. Cuando uno es niño tiene el cerebro de chicle, y la memoria fofa. Lo que sobra se almacena en el insconsciente, que es un trastero a conveniencia, menos jodido que el consciente y los recuerdos, tan constantes para un adulto. Yo siempre llego a la Navidad con zozobra, pero cuando reparé en que Channel había jubilado el anuncio de Caperucita y el Lobo para clavar en su lugar a Nicole Kidman en su empalagoso mundo Moulin Rouge, me derrumbé.
Paso a detallar el ranking de las DIEZ cosas que no me han gustado de esta Navidad.
- La Navidad.
- El anuncio de Channel: Nicole me parece tan exacta, tan fría, tan lejana, tan porcelanosa, tan perfecta actriz, tan amenábar y tan von trier, que me resulta indiferente.
- El mensaje del Rey, las fotos de sus niños y la escapadita de esa familia de alegres desahogados a esquiar (actividad que este garante de la democracia parlamentaria no interrumpe ni aunque se derrumbe la T-4 sobre un par de ecuatorianos trágicamente amodorrados).
- Los especiales navideños de Little Britain: flojitos. Como era de esperar, se resquebraja mi entusiasmo.
- El partido de Aragón: mimetismo provinciano.
- La vaciedad de la prensa deportiva, la televisión deportiva y la radio deportiva en estos días, aún superiores a la habitual vaciedad de la prensa deportiva, la televisión deportiva y la radio deportiva el resto del año. ¿Por qué no cierran todos una semana?
- Los mensajes de los móviles, soy así de amargo. El del cepillo de dientes, el del simulacro de amor y paz, el de los 365 días de sexo y no sé qué, el de su puta madre... Al final se acaba por agradecer la sinceridad de un simple "Feliz Año, cariño", "Feliz Año, amigo mío", "Feliz Año, os quiero".
- El final de 2006 y el inicio de 2007. Los años enteros. El concepto del paso de los años. Los años en sí. Todo.
- La explicación de cuándo empiezan los cuartos y cuándo empiezan las campanadas. ¿Hay esperanza para un país que precisa detallado esclarecimiento anual de un proceso tan simple?
- El regreso de Sorpresa, Sorpresa y su asqueroso lagrimeo televisado. Llorar es un proceso tan íntimo que jamás debería ser mostrado, salvo a quienes están dispuestos a llorar por ti o contigo.
Cumpleloquios

Prefacio: La paradoja del cumpleaños establece que si hay 23 personas reunidas hay una probablidad del 50,7% de que al menos dos personas de ellas cumplan años elmismo día. Para 60 o más personas la probabilidad es mayor del 99%. Obviamente, el 100% para 367 personas (teniendo en cuenta los años bisiestos). En sentido estricto esto no es una paradoja, ya que no es una contradicción lógica. Es una paradoja en el sentido de que es una verdad matemática que contradice la común intuición. Mucha gente piensa que la probabilidad es mucho más baja, y que hacen falta muchas más personas para que se alcance la probabilidad del 50%.
Amigos (espero que se os pueda llamar así...) Somniloquios cumple hoy un año. La paradoja de este cumpleaños es que el blog nació en realidad hace casi dos, pero fue un 4 de enero cuando tomó vida real, tal y como ahora la conocemos. En ese tiempo intermedio se mantuvo en letargo, esperando a mi convicción o a tomar por sí mismo una forma convincente. Ni siquiera tuvo nombre desde el principio: el nombre lo encontré durante un periodo en el que hablaba continuamente en sueños. Hablar en sueños es lo que llaman un somniloquio. La palabra me pareció atractiva. Pensé en modificarla para convertirla en somnilocos, pero no... Ahora está a punto de cambiar o de reproducirse, si se puede decir así: estoy considerando dedicar otro blog paralelo sólo al deporte y a mi producción periodística, que asoma por aquí de cuando en cuando. No sé si lo haré, veremos... Somniloquios ha terminado por demandarme una feliz dedicación que me hace planteármelo, pero los comentarios deportivos suelen ser los que mayor respuesta merecen desde el otro lado. Opinad si queréis.
No sé si en esta reunión de aire e impulsos eléctricos somos 23, 60 o 367. No sé si habrá coincidencias que apoyen la divertida teoría de arriba. No me preocupa, aunque prefiero sentirme acompañado que solo. Si nadie comenta nada, tiendo a pensar que lo escrito ha fracasado, en cierto modo, aunque eso parece erróneo o injusto. Sé de algunas personas que nunca comentan nada pero siempre leen. A diario, dicen: no saben cuánto emociona oír eso. Además, a veces no hay nada que comentar. Escribo para mí mismo y para los que miren, sean los que sean, cuatro amigos o un estadio entero. Supongo que escribo para sentirme libre y explicarme ante el espejo. De cualquier modo, los del otro lado sois quienes le dáis sentido a esto. Escribía antes y guardaba lo escrito: como me dijo Marlo en cierta ocasión, si escribes y nadie te lee acabas por convertirte en un loco, con el cajón repleto de fantasmas. Escribo para huir y para quedarme. Para iluminar mínimos placeres cotidianos. Sobre todo escribo, como le oí decir una vez a Bioy, para no aburrir: ese sí es un reto mayúsculo. No aburriros. No aburrirme.
Abrazos.
pd: la foto es nostálgica y no sé qué significa. Me gusta, sin más.
Fin de año, Wilco

No me gustan ni el fin de año ni el principio de año. Demasiado concretos. Demasiado exactos. No me gustan el fin de año ni el tráfago de las uvas en el gaznate. Yo necesito los difusos días intermedios, los que no tienen significados generales que todo el mundo conozca de antemano. Ah, los días. Los días. La sucesión de los días con sus fragorosas noches, lo que a mí más me gusta. Leves conexiones con la realidad. Me acosté pronto. Y a falta de somníferos somniloquios -mi modo de habitación oscura, aislada de la luz y de los contactos con la realidad- embutido en sábanas blancas hice oscuridad alrededor y me entregué a una película documental: I Am Trying To Break Your Heart (Intento Romperte El Corazón). Registro de la vida de Wilco, mi banda de rock preferida aquí y ahora, mientras graban o paren o vomitan o escupen o lo que sea, pero doloroso, jodidamente doloroso... mientras se arrancan de dentro su album de 2003, Yankee Hotel Foxtrot. Aunque en La Sexta ponían un concierto de U2 en el Giuseppe Meazza, preferí la noche de Wilco. Sé que ha de ser así: los vi en la Oasis en una noche de marzo de 2005; los vi por televisión, en una cabaña a las orillas del Gran Cañón, en una noche de septiembre. Fin de año era Wilco. Me acosté antes que nunca, me dormí tan tarde como siempre.
Entremedias vi un Chicago pálido, hostil, de luz grumosa, nevado y ausente. Sam Jones filma en blanco y negro. Wilco está en medio, en el terrible proceso de creación. Entre las migrañas de Tweedy, sus vómitos, la música camino de la deconstrucción sonora (o sónica, buen término), la tensión en el estudio. Tweedy en la luna de las canciones, ajeno, a veces atormentado, próximo a un silencioso delirio interior. Incapaz de reunir un discurso comprensible para la prensa que, tras uno de sus conciertos en solitario, le pregunta por el disco que están construyendo. Tweedy habla en frases hechas de agujeros. "Estoy ido", termina por disculparse... y se marcha. Las tenues conexiones con la realidad. Wilco escribe su música así, con sonidos matizados pero demoledores, de potencia atroz, letras deshilachadas, una poética maldita, delicada y brutal. Hay otros elementos de drama documental: la presión creciente desde su discográfica para que den el salto, para que pasen a ser un grupo rentable, para que abandonen esa condición de artistas obsesivos de dos cabezas, Tweedy y el multiinstrumentista Jay Bennett. La gélida expulsión del grupo de Jay Bennett, a cargo de Tweedy. Con el tiempo y A Ghost Is Born vendría el guitarrista Nels Cline, que no es sólo un guitarrista, sino también un salvaje. En esa dirección va Wilco, cada día mejor, cada día más sucio y más brillante. Bajo la amable fachada de los días corre un río de mierda que se consume a sí misma en música desatada, ruido armónico, feroz. Escuchad At Least That's What You Said en directo. Eso es Wilco.
PD: Su compañía, Reprise Records, terminaría por rescindirles el contrato, porque pensaron que Yankee Hotel Foxtrot no merecía ser editado. Lo publicó tiempo después su nueva firma, Nonesuch Records. Ahora está considerado un album clásico, el mejor de su carrera.
Murió Pinochet, resiste Fidel

Dios existe. ¿Será de izquierdas?
Sideways: de lado a lado

Si uno se pasa tres días caminando entre viñedos, tiende a pensar en Sideways (Entre copas), en el personaje de Paul Giamatti, en la mediana edad, en la naturaleza de las relaciones, en el significado de la amistad y sus formas. Son cosas que uno piensa o dice o no dice mientras pasea entre viñedos, y el cielo parece una suave manta de terciopelo gris, iluminada allá al fondo por el sol que quiere asomar y vigilada por una sierra de montañas oscuras. Esos detalles en el escenario pueden anular el patetismo de las confesiones, que jamás deberían ser expresadas o bien deberían ser expresadas solamente en la forma de una novela como El Día de la Independencia (Richard Ford) o en discos como The Healing Game o No Guru, No Method, No Teacher (Van Morrison los dos). Sin querer he descubierto, he creído descubrir, que el único modo de combatir el otoño consiste en el único modo de combatir el resto de las cosas de la vida: ir de cara contra él y sus circunstancias, aprovecharse de su lado vulnerable, dormirse en un lecho de hojas caídas o ver llover al otro lado de la ventana en la media tarde. Estas sensaciones resultan más desesperadas que poéticas, o sea que si a alguien le parece que hay algo de poesía no es mi culpa. O sí: será que no acierto a expresar la desesperación con un mínimo de eficacia.
Richard Ford sí lo hace. Lo hace cuando su ex mujer llama al protagonista de la novela, Frank Bascombe, para comunicarle que se va a casar de nuevo, esta vez con Charley O'Dell. Charley O'Dell... parecía tan inofensivo el hijo de puta. Esa noticia desmonta el desesperado equilibrio en el que Bascombe o cualquiera se apoya después de una ruptura; si alguien te ha querido siempre cabe la posibilidad de que esté dispuesto a cuidar de ti en los peores momentos, los más oscuros, un poco por piedad y un poco por sentido de culpa. La culpa es un invento muy poco generoso, lo dice la canción. Si esa otra persona se casa (equivale a comenzar otra relación, a lo que sea), se acabaron la piedad y el sentimiento de culpa, si alguna vez existieron. Como escribe Richard Ford, como piensa Frank Bascombe, lo siguiente es un largo vacío, hasta que un día Charley O'Dell te envía una nota en la que te comunica que tu ex mujer ha fallecido. Puede que hayan pasado 30 años, pero el vacío se mantiene. Y te da el pésame. El vacío. Ves a tus hijos hechos hombres y a ti mismo hecho un mierda, igual que te sentiste en ese momento en el que ella te dijo que se casaba o que estaba viendo a otro, y tu única respuesta fue pensar, de un modo estúpido, que si le decías que aún la querías y que se casase contigo, volvería a hacerlo. Se quedaría. No es así. Pero uno no puede evitar pensar tonterías.
Leí esos párrafos después de caminar entre viñedos, después de desayunar un par de tostadas de pan de pueblo, untadas con aceite de oliva, tomate y un poquito de sal. Mientras me vestía oí The Healing Game y escapé del otoño de afuera, que me pareció magnífico, en un automóvil gris hacia el otoño de adentro, bastante más oscuro, sin esas hojas de un rojo ocre y esas otras amarillentas, y esas uvas arrugadas y ese vino que te llena la boca de vino. No me he recuperado, pero sigo leyendo. Es como decir: no me he recuperado, pero sigo viviendo.
Ruge el león

A mí el zarpazo de Van Morrison me ha durado diez años, desde que lo vi en el otoño del 96, creo que era otoño o en mi cabeza lo era, y Van Morrison ofreció en el Príncipe Felipe un recital que me pareció memorable. Recuerdo a Georgie Fame a un lado del escenario, un espacio cubierto por músicos apretados en una big band con todos los registros posibles. Los conciertos de este fin de semana han presentado a un Van Morrison de músicas más intimistas y energía contenida a veces, pero incontenible después. En ambos casos, en todos los tiempos, los espacios instrumentales me sonaron hermosísimos, muy nítidos, sugerentes y llenos de esa sensualidad tan propia de la música de este genial norirlandés. Música capaz de salvar un día algo gris. La voz de Van Morrison, tan blanca, tan negra. Había instantes, como me dijo Andy, para cerrar los ojos y escuchar esos instrumentos que parecen voces y esas voces que suenan como instrumentos. Cuando Van Morrison se pone estupendo, agita el brazo derecho, como si únicamente esa articulación tuviera vida. Y con ese brazo reparte juego, da entradas y salidas, marca los tiempos. Por lo demás, es un poste de luz sobre el escenario, pero tiene ese algo negro que tanto me gusta: el sombrero fedora, las gafas de transparencias irisadas, la palidez del rostro, el traje opaco... En ocasiones, o mirando a Van Morrison, uno quisiera tocarse con un sombrero fedora y no parecer un fantoche.
En diez años, desde la última visita de Van Morrison, han pasado muchas cosas. Van Morrison ha publicado una cantidad enorme de discos y los hemos ido escuchando y confundiendo, y las personas han ido y han venido a nuestro alrededor, como otoños. Lo pensé mientras el león rugía Brown Eyed Girl y marcaba el ritmo a los demás con golpes sincopados de su tronco a cada lado. Me veo bajando por Harrow Road con Hymns to the silence en el walkman, cuando el día aún no se había levantado del todo y el motocarro del repartidor de leche traqueteaba en el semáforo, camino de Portobello y el centro. Brown Eyed Girl sonaba alegremente en Ridgeley Road, al noroeste de Londres, con cierta frecuencia. Una canción de recuerdos lavados por el tiempo. "¿Te acuerdas de cuando cantábamos? Sha la la la lala lala". Por los viejos días y los buenos días, vuelvo a cantarla. Siempre que la oigo.
Uno de los nuestros

La muerte quizás no sea más que la demostración final del paso del tiempo. Once años aún son pocos para tener ya un campeón muerto. Sergi López, vencedor de la Recopa en París, fallecido el sábado en la violentísima circunstancia de una decisión. Sergi tenía 39 años y tal vez nadie ganó la Recopa de París o la victoria del 94 sobre el Celta más de lo que lo hizo él. Porque Sergi nunca fue un futbolista al uso, siempre lo asistió una conciencia que los futbolistas sólo alcanzan en rarísimas ocasiones: el significado de su ejercicio cotidiano para los aficionados. Sergi no era exactamente un jugador de fútbol, o no era solamente eso. Más que nada, su naturaleza correspondía a la de un hincha en camiseta de jugar, un hincha de corto que durante la semana se entrenaba con el equipo y los domingos salía a la cancha, quizás lamentando la imposibilidad de ser al mismo tiempo uno de la grada y uno de los que aclama la grada. Cualquiera se ha soñado jugando con su equipo. Sergi alimentaba el anhelo inverso. Y así, en cada victoria encontraba dos victorias: la del futbolista y la del aficionado. Cuando los triunfos se hicieron enormes, él reunió sus dos condiciones íntimas en el balcón del ayuntamiento o en el autobús descapotado que recorría las calles.
"Se ha ido el alma de la Recopa", me resumió Xavi Aguado en un mensaje entristecido del móvil. Hace año y medio, el día en que se cumplían diez años de la noche de París, Nayim me relató quién era Sergi en aquel vestuario de amigos campeones. Recordó la larga madrugada del 10 de mayo del 95, que Sergi pasó cantando en el vestuario tras el partido, en la cena de campeones, en la fiesta por París, en los pasillos del hotel, en la terminal del aeropuerto a la mañana siguiente, en el avión, en el autobús sin techo, en la balconada frente a la gente. Cantaba a través de un megáfono e interminablemente repetía: "Fu, fu, fu, Cafú, Cafú, Cafú". Sus compañeros terminaron exhaustos del grave bufido gamberro del instrumento. Para Sergi, la alegría de la victoria tenía esa forma irreverente. Él era uno de los nuestros: "Somos los hinchas más radicales / somos los ultras más fieles y leales / el Zaragoza, hoy va a ganar / y el fondo norte no para de cantar...".
Demasiadas lesiones para un cuerpo frágil, para un cuerpo de estilista, para una mente insegura. Y muchas más cosas que desconocemos y no nos incumben ni solucionarían el enigma final de su partida. En el campo lo acechó la desgracia en formas muy concretas. Afuera lo aguardaba un rumor de oscuridad incomprensible, abstracta como la tristeza o la alegría. En los últimos años parecía fácil imaginarlo en Buenos Aires, donde residía, mezclado con los monos en las tribunas más bullangueras y crueles del planeta. Sergi en un cantito aprendido sin dificultad, Sergi agitando rítmicamente las manos entre la muchedumbre de manos repetidas, Sergi impostando el seseo para entonar las letras como todos esos muchachos, Sergi a pecho descubierto rompiéndose el cuello en cada grito. Sergi, por fin, en una avalancha de gol. Reventado de felicidad.
[Foto: el zaragocismo en París, en la noche de los campeones].
El día del velocista

Algunos días me siento un velocista.
Son los días en los que el fútbol viene tarde. Y en silencio, durante toda la jornada, dispone su trampa para el escritor de fútbol. El escritor de fútbol nocturno es un velocista cruzado entre los hechos, su narración y la hora. Como el velocista, pasa el día huyendo de la carrera de la noche para no correrla varias veces. Basta una. Si la corre dos, va desgastado. Si pasa a correrla tres, está muerto. En esa única carrera se juega todo. El velocista escritor dispone su cuerpo en la salida como tantas otras veces. Luego escucha el disparo de aire, un silbido, y sale en estampida sin saber cómo ni a dónde. Lo espantan frases que no atrapa y palabras que no suenan bien con otras palabras; acecha una repetición, un olvido, el detalle ingrávido que no alcanzas. Si algo se pierde por el camino, se pierde todo.
El día no tiene nada que ver con esa explosión última, y eso es lo peor. Ahí queda compuesta la maraña de la que hay que salir airoso. La mañana no existe, no hay nada que hacer, nada que pensar, salvo lo cotidiano: desayunar sin prisa, ir a la peluquería, hacer una visita, mirar al cielo, comer tarde. Pueden agregarse o restar estas y otras alternativas. No importa: durante esas convenientes rutinas, el velocista va interrogando a su cuerpo y espera respuestas en voz baja; contestaciones que, si han de ser desfavorables, al menos incluyan la posibilidad de una reparación. Como "tengo una molestia en el cuádriceps". O bien... "hoy no tengo ganas de escribir". Puede que el dolor sólo signifique un residuo del sueño. Puede que a lo largo de las horas ocurra algo que despierte el deseo de contar y contar bien.
Antes de escribir un partido veloz, vuelven siempre estas preguntas y otras que ahora no encuentro: “¿Seré tan rápido como puedo ser, serán mis piernas tan fuertes como pueden ser, seré tan agresivo como quiero ser, seré tan automático, exacto y preciso como puedo ser, seré el que quiero ser? Siempre igual. Soy yo contra yo mismo, contra mi propia y ajena expectativa. En esa competencia, lo sé bien, dependo de ese a quien yo llamo 'el otro'. El otro. Un tipo que me habita y me ignora. Un tipo que viene y va de mis días. A veces él aparece y escribe una magnífica crónica para mí, sin que le pesen el esfuerzo, la hora, la carrera, la presión, los hechos objetivos del partido. Sin esfuerzo los registra todos y sin esfuerzo teje una historia que me gusta o me hace reír o me parece inteligente o directa como un disparo. A veces comete errores, o un gran error global, pero incluso ese error posee la fluidez de lo instantáneo. Cuando él viene, le dicta al papel y en el papel se ilumina algo. Yo miro y le presto los dedos. Yo sé bien, durante estas horas de guardia lo sé, que estoy en sus manos. Estoy en su voluntad. Si no aparece, me quedaré solo y entonces tendré que buscar en el oficio, en la costumbre, en el coraje, en la matemática inexacta de las palabras, lo que no me entregue su presencia. El otro es notablemente mejor que yo. Yo soy un torpe metódico. El otro es un velocista de cojones.
En esas esperanzas mínimas, dejé que la tarde fuera derivando en noche, sin apenas mover un músculo ni afectar a la mente, que va a disponer el resultado de esta nueva prueba. Leí a Richard Ford. Cuando leo a Richard Ford no quiero hacer absolutamente nada más que leer a Richard Ford. Escuché viejas canciones de Neil Young y de Wilco. Cuando escucho a Neil Young y a Wilco no quiero hacer absolutamente nada más que escuchar a Neil Young y a Wilco. Nada que interfiera. Todo empieza y acaba ahí. Desde luego, no quiero escribir un partido subido en un tren desbocado que ingresa a un túnel. Pero hay que hacerlo. En la última hora, justo antes del silbido a filas, compré algunos libros que me ayudarán a superar este otoño y me llevarán al invierno. Los guardé bajo el brazo y partí a la salida. Con ellos en el costado me sentí seguro, pensé que algo me darían. Repetí estas mismas frases como un mantra. Richard Ford y la voluptuosa Beuna. Wilco y Neil Young. Crazy Horse.
El disparo me estalló junto a la cabeza.
Anoche el velocista no vino.
Domingos de trócolas

De entre las cosas que uno no aguanta del domingo, en las más altas posiciones aparecen los alegres mítines de los políticos en mangas de camisa y las carreras de coches y motos.
De los políticos... Por suerte (ganada durante años de infinita paciencia democrática, digo yo), en nuestros domingos ya no aparece Arzallus, uno de los seres humanos más intelectual y físicamente detestables que hayamos encontrado jamás, con ese verbo untuoso de cura redimido, las facciones blandas y la carne trémula de fanatismo en los discursos. Eso sí, había una (señalemos sólo una) diferencia esencial entre Arzallus y los chicos de ahora: los inevitables Mr. Rajoy y Mr. Zapatero. Arzallus decía algo. Algo. Barrabasadas, normalmente, tantas y tan seguidas que el rosbif dominical se te cruzaba en el gaznate al oírlo, y luego había que meterse ración doble de sorbete d