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David Carradine (1936-2009)
Bill: Hello, kiddo.
The Bride: How did you find me?
Bill: I’m the Man.
(Bill y La Novia se reencuentran con mutuo temor en Kill Bill Vol.2).
Todos los hombres, el hombre
Gran Torino, de Clint Eastwood
Contra mi propia convicción estilística, me referiré a lo general en primera persona. La base de mis juicios sobre cualquier película es simple: a un lado, las que tengo suficiente con haber visto una vez, aunque me hayan gustado o incluso me hayan gustado mucho; al otro, las que volvería a ver nada más terminar de verlas o a los pocos días. Aunque no vuelva a mirarlas jamás. Como cualquier otra forma del arte, como la literatura, como la música, como los momentos inolvidables, como las pasiones, las derrotas y la soledad, las películas tienen menos de entretenimiento huero que de experiencia vital. Las hay vacías, las hay inservibles, las hay alimenticias, las hay liberadoras, catárticas, dolorosas o definitivas. Creo que están ahí para cumplir la inexcusable misión de completar la realidad con la magia parcial de una existencia paralela que nos mejora y nos hace más enteros. La realidad basta para sobrevivir. Es la ficción de nuestros pensamientos lo que nos permite existir en definitiva libertad. Las películas no son sino ficciones de pensamientos ajenos, como cualquier actividad creativa. Ensayos de humanismo, en el mejor de los casos. De entre los directores que mejor forma han sabido darle a esa tentativa de descripción del hombre, Clint Eastwood aparece en el grupo de cabeza. Su obra ha trazado a lo largo de los años una modesta enciclopedia sobre esa materia que somos nosotros mismos. Como los grandes maestros de la síntesis, ha descrito lo general por medio de lo particular. A la manera de John Ford, ha explotado las contradicciones interiores de sus personajes para convertir en héroes dignos de modesta admiración a antihéroes conformados por despreciables pulsiones. En cada hombre ha convocado a muchos hombres.
En Gran Torino están todos reunidos en uno solo: Walt Kowalsky. Quizás el último, si creemos a Clint Eastwood cuando dice que este personaje supone su efectiva despedida como actor. Walt Kowalsky es un ex combatiente de la guerra de Corea dispuesto únicamente a confesar que no tiene ningún interés en confesarse. Viudo y anciano, vive acompañado de un perro, toma cerveza en su porche presidido por una bandera de los Estados Unidos, conserva y abrillanta un preciado Ford Gran Torino del 68, discute sardónicamente con el joven sacerdote de su parroquia y larga salivazos mientras observa con indisimulado rencor la emigración oriental instalada en su vecindario.
Gran Torino no tiene tanto de peripecia argumental como de representación icónica. Es un resumen de Clint Eastwood por el propio Clint Eastwood, cineasta con una inteligente conciencia, bien detallada, de los arquetipos que ha creado su obra y del efecto que han tenido y aún tienen en el público. También, desde luego, de lo que representan. Eastwood posee el nervio y la maestría precisas para abordar una conclusión sobre su propio modelo, hacerlo con humor, sensibilidad y energía. Hay otro elemento decisivo en el valor de este director. De un lado, su empeño en explicar al hombre, causa fundamental del cine que a menudo olvidan de forma conveniente los directores de hoy. No hay que culparlos: cualquiera no vale para algo así. Por otra parte, Eastwood no rehúye ninguno de los conflictos modernos y se le agradece esa valentía. Pasando por encima de la corrección política, trata de atender las discrepancias internas que en cualquiera de nosotros provoca la sociedad moderna. Por ejemplo, como en este caso, la no siempre edificante deriva de la geografía humana.
Esta película cuenta una historia humilde pero suficiente, y cumple los ciclos que tanto y tan bien le gusta bordear a Clint Eastwood: de la comedia a la tragedia con parada en todas las estaciones intermedias. Kowalsky sintetiza a todos los grandes personajes del hombre de Malpaso, un tipo al que no recordamos encarnando a un imberbe, un pazguato o un inocente. Todas las debilidades las reservó para su larguísima y enérgica tercera edad, desde el William Muni de Sin Perdón hasta el Walt Kowalsky de Gran Torino. Como los Ethan Edwards de la era clásica del western, sus personajes habitaban la pantalla en esencial soledad interior. Ahora, camino de los ochenta, en esta segunda inocencia que da el no creer en nada, los hombres de Clint Eastwood buscan asideros en los que reposar sus extenuaciones vitales. Lo hacen, desde luego, a su manera: en el desencuentro con sus propios hijos y la adopción sentimental de otros ajenos; en un dolorido escepticismo religioso que combaten con el ejercicio de su propia y muy piadosa moral; en actos de apariencia descarnada repletos de dramática generosidad; en un conflicto irresoluble con el concepto de la muerte. Todos los fuera de la ley que resumía Josie Wales mataban sin hacer preguntas; los hombres reunidos en Walt Kowalsky están dispuestos a morir para hallar todas las respuestas.
Cuando uno entra a ver una película de Clint Eastwood, puede estar seguro de algo: al final de la historia, sus personajes se han convertido en mejores personas; cuando se enciendan las luces y abandone la sala, el espectador también lo será.
Perro millonario

Jackman ha triunfado en la primera parte de la presentación con un número de inspiración musical clásica, veta que la ceremonia va a explotar mucho este año. Eso y el humor fino, por lo que se ve, ya que han salido Tina Fey (la Sarah Palin del Saturday Night Live y la serie esa que tampoco he visto nunca, sí, sí, esa con Alec Baldwin...) y Steve Martin. Han hilado un par de chistes muy en su línea, sin cambiar la cara, y por el mismo precio le han dado el Oscar al Mejor Guión Adaptado a Milk (puaj), y el Mejor Guión Original a Slumdog Millionaire, que ya os avisé que iba a llevarse hasta los abrigos del guardarropa en esta gala. ¿Os lo avisé o no os lo avisé? Espera, igual sólo lo pensé. Bueno, es lo mismo. La ceremonia avanza a buen ritmo y yo ando retrasado. Han salido Jennifer Aniston y Jack Black (que rima con Black Jack y Rat Pack) y andan repartiendo premios entre los dibujos animados. Wall-E y tal. Esta pareja es aún peor que la de Loki y Mickey. Jack Black y Jen Anniston: que no, joder, que no. Que hay que esmerarse un poco más a la hora de juntar a la gente... Llegados a este punto, hay que decir que, efectivamente, la señorita Penélope Cruz se ha llevado el Oscar de marras. Como diría Pumares, ahora ya se le puede considerar oficialmente guapa y buena actriz. Era el primero y no lo he podido dar en directo; no sé si queréis que insistamos en el tema o no. Yo se lo hubiera dado a Marisa Tomei por sus strip-tease en The Wrestler (compárese vía YouTube con el de Pe en Chromophobia y señalen las ocho diferencias) y porque no se me ocurre ninguna posibilidad mejor. Las otras nominadas es que casi ni tienen tiempo de competir: Amy Adams en La Duda pues sí, está bien de monja floja y sosa, pero no alcanza para tanto; Viola Davis levanta el vuelo en la misma película, pero sale tan poco que, en fin, no da tiempo a armarle una coartada con la que enfrentarla a Raimunda. Algo parecido ocurre con Taraji P. Henson en El Curioso Caso de Benjamin Button, esa película tan bonita tan bonita que molesta de bonita que es. Como no había rival, porque lo de Marisa tampoco es para romperse la camisa (pareado), pues se lo lleva Penélope. Qué os voy a decir que no sepáis. Se lo ha entregado un combo de cinco premiadas anteriores, con Tilda Swinton, Angelica Huston y otras actrices no acabadas en Nton. Entre ellas Goldie Hawn, recién levantada siempre de la cama tras una mala noche, a la vista de su peinado. Naturalmente, Pe ha nombrado a Pedroooooo Almodóvar, a Trueba, a Bigas Luna, a Alcobendas y a "toda la gente en España que considere suyo este premio". Que no sé yo si los hay, porque foro donde me meto, foro donde están despedazando a esta muchacha acusándola de todo y nada. Pero bueno, que oye, como diría Angels Barceló, "ya tenemos otro Oscar", aunque ese plural mayestático me da a mí temor y no sé bien a quién se refiere, si a los españoles, a los amigos de Penélope, a los oyentes de la Ser o a los tres de la mesa, que todo puede ser. La gente salta y festeja en una sala madrileña donde se han reunido para tal ocasión. Y digo que yo sólo se me ocurre una perversión equiparable a ésta, que consiste en reunirse para ver si Rosa ganaba Eurovisión con el Celebration aquél. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. A las 3:17 de la madrugada, hora local en mi casa, El Curioso Caso de Benjamin Button (película en la que a ninguno de los personajes le parece suficientemente curioso el caso, porque todos se comportan como si fuera de lo más normal), decía que Button se acaba de apuntar su primer Oscar: la Dirección Artística, que es un concepto así como muy de manual. La Dirección Artística. El que no sepa de qué va, puede acudir a Google, donde está todo lo necesario y mucho más de lo innecesario. Aquí tenemos suficiente con mantenernos despiertos, vive dios. ¿Esta gente no piensa hacer descansos? Se ve que, por ahora, no... Ha debido haber alguno pero se me ha pasado. Anda Sarah Jessica Parker del brazo de Daniel Craig por el escenario, presentando el premio al vestuario (cómo no, claro) para The Duchess, y menos mal que los han puesto juntos porque estos dos son personas que, de pie uno encima del otro, alcanzan a duras penas el metro ochentaicinco... Carrie Bradshaw lleva un vestido muy vaporoso y Craig va disfrazado de Bond. El mismo traje, la misma cara de amenaza e idéntica nerviosa inmovilidad, así que parece el guardaespaldas de la otra. Y no apostaríamos que no le apeteciera darle un tortazo a alguno de los presentes, pongamos al presentador. Tal y como está la cosa, eso animaría mucho. Eso o alguna inconveniencia por parte de Mickey Rourke, la esperanza blanca de la noche. Hugh Pac-Man ya le ha advertido, graciosamente, de que la ceremonia va al aire con siete segundos de retraso, pero que la van a poner en un par de minutos de demora si él sube a recoger el premio de Mejor Actor. Lo mejor para decir una verdad es recubrirla con una broma. Es como mantequilla en el culo, con perdón por lo de mantequilla. Tengo que decir, ahora que la cosa se ha parado un poco, que The Wrestler ha sido mi película preferida de esta edición, seguida a una distancia considerable por Slumdog Millionaire y La Boda de Rachel, que la he visto esta misma noche. Y, a pesar de que en esta última Jonathan Demme se ha puesto en plan dogma, moviendo mucho la cámara y tal y con violentos conflictos familiares que recuerdan La Celebración de Thomas Vintenberg, resulta que Anne Hathaway está fantástica en su filosa languidez. La película y yo hemos mantenido una enconada batalla por no gustarnos mutuamente, pero al final nos hemos entendido, no sé cómo, al punto de echarla de menos en las nominaciones, en el lugar de películas con fecha de caducidad inmediata como El Lector o La Duda o la misma Milk si me apuran un poco. Yo divido las películas entre las que vería otra vez y las que no vería. Y The Wrestler la vería. El resto, pues no. Pero el caso es que el factor Penélope este año viene a ser terrible: o sea, nivel bajo. Desde ya aviso que mis preferidos para los premios de actores son Anne Hathaway (La Boda de Rachel) entre ellas y Frank Langella (Frost/Nixon) en el apartado macho. Por si a alguien le importa, que no creo. Esperad que voy a escuchar un poco a Angels, que está parlamentando... (Pausa en tiempo real). Bueno, pues no era para tanto. El trío ha estado contenido, reflexionando de forma elocuente sobre la escenografía de la ceremonia, muy variada y original, con ritmo más vivo que de costumbre. Pero bueno... que ponernos a hablar de esto a tales horas, qué sé yo. Es la diferencia entre ellos, que van al meollo, y nosotros, que somos gente ávida de digresión. En el mientras tanto, acaba de salir la reina Amidala a presentar un Oscar, toda vestida de fresa y, con perdón, el premio a la señorita de la noche se lo van a disputar entre ella y Freida Pinto, la nena de Slumdog Millionaire, salvo que aparezca Jessica Alba ya dada a luz y nos alumbre. Je. Natalie Portman le da el premio a la Cinematografía a Slumdog, o sea que en estos momentos la cosa va empate a dos entre Button y los indios. ¿Os hablé el año pasado de la camisa con puños de chorreras de Angels? Pues ahí está otra vez. No digo yo que sea la misma, Dios me libre. Hoy la remata con chaleco negro, que viste mucho, como bien sabía Juan Tamarit. Bueno, acaba de saltar la sorpresa: ya pueden retirarse Amidala y Freida Pinto, porque acaba de aparecer en escena la señorita Beyonce Knowles con sus dos muslos al frente y aquí el que suscribe está dando vueltas sobre el lomo en el suelo como un alegre perrillo, porque la muchacha ésta ha redefinido el concepto de cuádriceps y reivindica la cadera como forma de vida superior y posibilidad de desaforada religión laica. Me he acordado de cuando mi madre me dejaba pollo asado en el horno y regresaba yo de una larga curda post-adolescente y así, con todo el morao, me peleaba contra esos muslos grasientos mientras afuera rayaba el alba, y me ponía de jugo y carne como un auténtico vikingo, como para ducharme antes de ir a dormir. Qué muslos, dios qué muslos, Beyonce y ese pollito a la cerveza. Juro que cuando ha salido (para hacer un número de homenaje al musical con Hugh Jackman a su lado) hacía tres segundos que el hombre somniloquio había pensado: "Esta ceremonia no puede ser nada si no aparece Be". Porque Be y Pe son bilabiales las dos y resuenan mucho. Y ha sido pensarlo y zas. Perdonadme que me calle un rato porque voy a pedir tres deseos, ahora que tengo la capacidad anticipatoria más acusada que el propio Marcelino, que dijo el viernes que el sábado el Zaragoza tenía muchas opciones de perder, y el Zaragoza le hizo caso y perdió. Y diréis que adivinar tal cosa no resultaba tan complicado, porque el Zaragoza siempre pierde fuera. Ya. A vosotros lo que os pasa es que queréis echar a Marcelino, pájaros. Que se os ve el plumero. Y aquí estamos, de tontada en tontada hemos alcanzado las cuatro de la mañana. Hora en que le van a dar el premio al Mejor Actor Secundario: Josh Brolin por Milk, Robert Downey Jr. en Tropic Thunder (¡¡¡vamos Bobby, siempre Bobby!!!!), el dudoso Philip Seymour Hoffmann en La Duda, Michael Shannon el breve por Revolutionary Road y el difunto Heath Ledger en ya sabéis cuál...Se diría que no hacía falta que vinieran el resto, pero el que no ha venido, obviamente, es Heath Ledger, que andará paseando al chihuahua de Mickey Rourke si es que Cancerbero se deja. Y se lo han dado a Heath Ledger, claro. Si sirve de algo decir que no estoy de acuerdo, oye, yo lo digo. No me gustó El Caballero Oscuro más de la cuenta ni Heath Ledger más que Jack Nicholson. Pero bueno, yo no entiendo nada. Durante el discurso de la familia del finado han puesto un plano de Adrian Brody, que hacía una cara como de dolorida contrición, igual que si alguien le estuviera apretando los huevos por debajo del asiento. Puede que estuviera emocionado por lo de Heath Ledger o bien pensando en lo que hará mañana por la mañana, pero siempre tiene la misma cara, un gesto de lástima expresionista que a Ninette le gustó mucho, dicen, porque a esa chica lo mismo le gusta el arte que las motos, mire usted. La gente ésta se ha puesto ahora con los documentales, que bien podría presentarlos Pedro Erquicia y la cosa ganaría mucho. Ha habido en la historia del hombre poca gente más envarada que Erquicia, cuya anatomía se compone de cuello almidonado, gafas prominentes y un tronco seco como taco de madera. Un espectáculo de gracilidad, no digáis que no. Os voy a ahorrar la emoción de la lista de nominados y premiados en estas categorías. Los chicos del Plus agregan ahora una nota interesante de color, sobre quién se quedará el Oscar que le ha tocado a Heath Ledger. Porque la legalidad de los Oscars, si el juez Garzón no indica lo contrario, establece que no se puede delegar en nadie para recogerte el premio. Y donde podía esperarse al director de la película, cosa habitual, ha aparecido la familia Ledger. Según el derecho de sucesión que rige en el Teatro Kodak de Los Ángeles, la estatuilla la debe heredar la hija de Heath Ledger, una niña de 12 o 13 años llamada Michelle. "Veremos qué deciden los padres de Heath Ledger", apunta, suspicaz, Angels. ¿Querrán los yayos birlarle el premio a la nieta? Qué cosas, oye... Como ahora están con los premios técnicos, me he puesto a hacer zapping y en Sportmania están poniendo voleibol féminas, que te digo yo que ojo con ese tema. Pero de verdad. Hay una sacadora que pega unos samugazos de miedo, da terror pensar si esa muchacha te larga un bofetón por llegar tarde cualquier noche de salida con los amigotes... Otra vez muslos de pollo a la cazadora, vaya noche llevamos. Espera que muevo un poco a ver. Me he ido a Teledeporte y nada más ponerlo, hala, un plano de Diego Milito con el Genoa, que me dan ganas de llorar o de salir volando para la Antártida. Vuelvo a la cosa que nos ocupa: Mezcla de Sonido para Slumdog Millionaire. En realidad lo que mezcla bien esa película son los arquetipos narrativos: un rato parece que la película quiere ser un drama social con la India de fondo, después gira hacia el cine de mafias y malevos de poca monta y mucha perversidad, y termina por desembocar en un cuento de hadas para adultos, recubierto de una luminosidad adorable y de un celofán muy bien puesto para filtrar la inverosimilitud de todo el tema. El Montaje también se lo ha llevado Slumdog Millionaire, dicho sea de paso. Lo que no es poca cosa porque la estructura de la narración, con continuos flashbacks explicativos que le van dando el sentido último a la historia, no es sencilla. De hecho, hay un ratito al principio en que uno duda si esa discontinuidad no se llevará por delante tantas otras virtudes de la película, en la que la ciudad de Bombay, los colores, olores, sabores y sonidos de la India, componen un poderoso personaje que le hace de manto acogedor a la sórdida historia. Van cuatro. He de decir que me estoy aburriendo. No sé si se nota, pero me aburro. No por la gala, que está bien: es la falta de emociones interiores, que me tiene de esta manera frente al mundo, como si me hubiera dejado la riada, tú. Lo que no tengo es sueño porque yo soy así de desordenado. Le han dado el Oscar humanitario a Jerry Lewis, el profesor chiflado, lo que no deja de ser un acto de generosidad. Más generoso es lo de Pe, aunque ese es otro tema, no nos vayamos del asunto. Se lo ha entregado Eddie Murphy, y se me ocurre pensar si dentro de cincuenta años no veremos (o verán, crucemos los dedos) a Eddie Murphy recoger un Oscar honorífico a toda su carrera o como reconocimiento a sus obras sociales, cual ha sido el caso de Jerry Lewis. Porque desde luego, dárselo por alguna película está complicado si no cambia mucho la cosa. A ver cómo va el voleibol, espera: mecachis que se ha terminado. Ahora ponen la Liga Indoor de fútbol, ese invento para veteranos. Real Madrid-Athletic, mira tú... Con Buyo en la portería y José Emilio Amavisca, que aún no se ha cortado el pelo ni ha engordado un gramo. Qué tío seco, eh... La Banda Sonora Original se la ha llevado... decidlo vosotros que a mí me da la risa: sí, Slumdog Millionaire. Están el escenario y la platea que revientan de indios, oye. Parece Brick Lane. Menos mal que el sábado, con acerado espíritu anticipatorio, nos trapiñamos un curry. Si no, a estas horas me estaría subiendo por las paredes. Y espera porque ahora viene la Canción Original y de las tres nominadas dos son de Slumdog y la otra de Wall-E. Me voy a escanciar un vaso de leche en lo que las cantan. He aprovechado para cambiarle el agua al canario, que ya era hora, y en fin, que las cancioncitas se las traen: si se presentan Nena Daconte o La Oreja de Van Gogh yo creo que mojan. Un día de éstos hablaremos de la tragedia que para la canción ligera española ha supuesto la separación de Amaia Montero y los otros, porque si ya era terrible aguantar una oreja, ahora resulta que hay dos orejas, porque todos cantan lo mismo o parecido. No os digo quién ha ganado este Oscar, por cierto, pero son los de siempre. Una cosa de locos. Bollywood revienta, chico. Y a Danny Boyle, el director, le va a dar un chungo en cualquier momento. Y que no enfocan a Freida ni a tiros, eh... ¡Para un momento, que si antes hablo!: ahora sale a presentar, justo. Estoy que lo clavo esta noche. Ahí está Freida, cogida del brazo de Liam Neeson, luminosa sonrisa, y premio para Japón. Es impagable escuchar a un japonés hablando inglés, con esa dicción a martillazos. Sorpresón, dicen Angels y sus dos cortesanos. Imágenes de Pe en el backstage después del premio. Ha hecho historia, insisten. El fútbol es así. Las 5:14, tú. A ver si alguien dice qué queda por delante porque mi motivación es mínima: ah, los cuatro grandes anuncia en este momento Angels. Actor/Actriz, Película y Director. Yo creo que si le dan el Oscar a Rourke, ahí me retiro. O no. Igual tendría que aguantar, que soy un profesional del amague y la mentira del área. Insisto en mis preferencias, que son un brindis al sol: se los daría a Frank Langella, Anne Hathaway, The Wrestler (que no está nominada, así que apuesto por Slumdog) y Danny Boyle (con Jonathan Demme, tampoco nominado, muy cerca por La Boda de Rachel). A ver cuántos acierto. Allá vamos. Va primero el director: Danny Boyle. Toma ya. ¿Será que sé de esto? Ni papa, tú, pero ya dije que aparezco como crítico de cine en la Gran Enciclopedia de Aragón, a ver si revisan la cosa esa o si acaso que me incluyan como jugador de rugby en franca progresión con la edad. A lo que vamos: Danny Boyle ha hecho una película muy adorable en sus variados registros, y un trabajo de embellecimiento fílmico de la mierda muy apreciable. No lo intentéis en casa que no os saldrá. Ahora va el de la actriz. Todo el mundo apunta a Kate Winslet, pero a mí El Lector no me pareció nada tan especial: la segunda parte me resultó tópica y negó todo lo que me había gustado de la primera. Debe de ser porque en ese tramo manda Ralph Fiennes, un señor que me amarga cualquier película con su expresión de perenne deglutidor de limones; y ella, una de mis favoritas, me gustó mucho más en Revolutionary Road, digo. Ese maquillaje del personaje envejecido le hace mucho daño a su implacable credibilidad. Meryl Streep le pone a su ordenancista monja de La Duda una maestría muy clásica, intemporal, pura academia. Y el Oscar es para... Kate Wislet, claro. Sexta nominación al Oscar, primer premio. Quince nominaciones tiene ya Meryl Streep, que viene a ser como Borges con el Nobel. ¿Nombrará Winslet a su Alcobendas inglesa, conocida como Reading? Veremos... es falseta en los discursos (no te cuento la otra), ya me percaté en los Globos, pero parece que no. Minuto y resultado: Alcobendas 1-Reading 0. ¿Nos dice esto algo? Opinen ustedes. Toca el actor principal. Si apuesto por Langella es porque su Nixon no incurre en la imitación física (digamos, el de Anthony Hopkins), sino en la recreación interior, en la humanización visceral de un monstruo con enorme sutileza y habilidad, una fusión tremenda. Sean Penn es Meryl Streep pero mejorada, un animal interpretativo de voracidad brutal: devora los personajes y las películas. El Button de Brad Pitt es un tipo que ni siente ni padece, eso sí que resulta un caso curioso. La vida lo traspasa en dirección contraria al tiempo normal, pero él parece desprendido de cualquier lazo con su mundo interior y exterior. Lo menos interesante de Benjamin Button (una película intachable en muchos aspectos) es, precisa y fatalmente, Benjamin Button. Y respecto a Mickey Rourke y su luchador, bueno... la realidad y la ficción se intercambian de forma literal y metafórica. The Wrestler está definida por la pedregosa tos de deportista decadente con la que se abre la película. Esa tos es la historia resumida y seguramente el mejor momento, fugaz, de toda la cinta. Uno puede imaginarse fácilmente a Mickey Rourke expectorando igual cualquier mañana de estos últimos años. ¿Y quién ha ganado? Sean Penn. Bueno, su personaje era poderoso, la película mucho menos. No creo que se aproxime a Mystic River, su otro Oscar. Es obvio que resulta más adecuado elegir a un activista gay asesinado que a un ex presidente tramposo y aún vivo, ahora en la carne de Doble Uve Bush. Queda la película, anuncia Spielberg y lo digo rápido: Slumdog Millionaire. Ocho de diez. La vida es un cuento de hadas para adultos... sólo a veces. Mickey se ha quedado sin perro y sin Oscar. Frase de cierre de Sean Penn en sus agradecimientos: "Mickey Rourke resucita de nuevo y él es mi hermano". Del chihuahua (perro millonario fallecido a los 18) no se acordó. A ese no lo resucita ya ni el muslo de Beyonce.
Y sí, ha pasado un año y aquí estamos de vuelta con los Oscars. Puede que seamos los mismos pero eso nunca se sabe. Sin ir más lejos, por ejemplo Jaume Figueras ha desaparecido de la mesa de comentaristas en la que reina esa mujer nacida para arrollar y contarlo, Angels Barceló, que se hace acompañar esta vez de dos muchachos a los que no tengo el gusto, pero ya me enteraré quién son antes de que se los devore la dama. La verdad es que no los veo haciéndole frente a Angels sino tocando las maracas, un poco como los dos morenos que acompañaban por la playa a la crepuscular Ava Gardner de La Noche de la Iguana. En fin, que la noche de los Oscars va, ya está en el tema. Los Oscars, la alfombra roja y Penélope Cruz, todo en uno. El hombre somniloquio no está muy fino ni del humor preciso para afrontar lo que viene, advertido queda: a ver si nos centramos porque me da a mí que ésta no va a ser la noche, pero en fin... Ahí vamos. Presenta Hugh Jackman, el australiano de Australia. No es primo de Gene Hackman ni de Larry Haghman, pero podría. Hackman es socarrón; Haghman era un cabrón y Jackman es un pibón: alto, guapo y bien plantado, trabajador y sobre todo muy limpio, no hay más que verlo. Se cepilla los dientes no menos de tres veces al día, no hace pelotillas en público y ya querrían muchos llevar la cara como él lleva el culo. Dicho sea esto sin señalar porque acaban de poner en pantalla a Mickey Rourke, al que se le ha muerto uno de los perros que lo sacó del infierno ("Mis perros me salvaron", se le oyó decir), y digo yo que ese perro había de llamarse Cerbero, porque no podía ser sino el guardián del averno de Dante. Lo han entrevistado en la alfombra roja (a Mickey, no a su perro) y el estirado periodista (que se parecía a Franz Beckenbauer, pero con el pelo caoba y una pluma más larga que la del indio Black and Decker) le ha jurado que todos estaríamos pensando esta noche en Loki, que así se llamaba el bicho. Cualquiera pensará que para sacar a Mickey del infierno bien haría falta un pit-bull de dos metros de envergadura o Kim Basinger con un plato de fresas con nata, pero el animal en cuestión era un chihuahua, ojo al dato. Y un chihuahua viejete mal pelo. Qué escenas tan inconvenientes seríamos capaces de imaginar entre el infortunado Loki y el terrible Mickey... En fin, pasemos a otra cosa.
Un hombre en San Francisco
Mi nombre es Harvey Milk, de Gus van Sant (2008)
En las empinadas calles de San Francisco, una ordenanza municipal obliga a los residentes a aparcar sus coches con las ruedas viradas hacia la acera, para evitar que se vayan cuesta abajo o se crucen en la calzada si falla el hombre o el freno de mano del hombre. En San Francisco hay una bahía neblinosa de aguas frías, una prisión legendaria sobre la roca de un islote, un puente para su jubilación, una tienda de discos con miles de metros cuadrados, una calle con catorce curvas y un amplio café que sobrevuela Union Square y en el que se pueden tomar trescientas clases diferentes de tarta de queso. También, al otro lado de la bahía, está Berkeley, la universidad donde nació el movimiento estudiantil de finales de los sesenta, la esquina de Haight y Ashbury, en la que los hippies inauguraron el verano del amor con una sentada, y el barrio residencial de Castro, donde los homosexuales izaron hace más de 30 años la bandera del movimiento gay y dispararon la revolución hacia el reconocimiento de sus derechos civiles. San Francisco es a Estados Unidos lo que París a Europa: la penetrante conciencia de una civilización.
Harvey Milk había nacido al otro lado del país, en Long Island, Nueva York, hijo de una familia de inmigrantes lituanos cuyo apellido, Milch, derivó como tantos otros hacia un inglés más acomodado. Durante su juventud y primera edad adulta, Milk se trasladó dos veces a esa ciudad tan contradictoriamente adorable que es San Francisco. La segunda, a partir de los 40 años y mediados de los setenta, es la que le interesa a la película llamada Milk, aquí re titulada Mi nombre es Harvey Milk. Sospecho que si tuviéramos la oportunidad de dialogar un buen rato con quienes toman este tipo de decisiones (cómo se llamará aquí una película que allá se llama otra cosa), aprenderíamos mucho acerca del márketing, la psicología de las masas o la imaginación de los desocupados. A mí que me gusta tanto preguntar y preguntarme, me encantaría saber por qué Slumdog Millionaire se va a llamar así mismo, sin traducción, mientras que Frost/Nixon acaba rebautizada El Desafío: Frost contra Nixon, o esta Milk pasa a ser Mi nombre es Harvey Milk, lo que la convierte en una presunta secuela de Mi Nombre es Joe, con la que no tiene, claro, nada que ver. En todo caso, y poniéndonos minuciosos, habrá que decir que "mi nombre es Harvey Milk" es la frase con la que el personaje inicia sus discursos callejeros y que cualquier traductor preferiría "me llamo Harvey Milk" como versión española del "my name's Harvey Milk". De hecho, en la versión doblada se dice "me llamo Harvey Milk". Piénsenlo. ¿Los españoles decimos me llamo tal o decimos mi nombre es tal? Pues eso.
Aclarado lo cual hay que señalar que el anti énfasis con el que Gus van Sant, el director, pretende subrayar la relevante figura de Harvey Milk no pesa tanto como inteligente recurso de estilo (que no estaría mal si logra que el biopic no derive en empalagosa hagiografía), sino que aparece como debilidad de la película, cuyos personajes secundarios están apenas dibujados en un fondo poroso del que no logran escaparse los dos mejores, los que hacen James Franco y Josh Brolin. Y esa indefinición tampoco enmarca al carácter principal. En Milk no se subrayan más de la cuenta sus grandezas ni se indaga mucho en las contradicciones, los aspectos brillantes ni los oscuros. Y además se nos presenta con un anti énfasis contradictorio porque, por un lado, la narración comienza revelando el final de Harvey Milk (que es conocido porque forma parte de la historia del atribulado movimiento gay) y, por otro, introduce en Milk una deliberada conciencia anticipatoria de su destino, lo que de inmediato lo convierte en un mártir voluntario. No tengo claro que algo así acabe de ser cierto, dado que el desenlace lo provoca alguien que parece más movido por su propia frustración política que por un ideario radical contra los homosexuales. Una cosa es ponerle objeciones al matrimonio gay (cosa que ocurría entonces y ocurre ahora), otra negar los derechos civiles de los gays y, una última, matar a uno de ellos. A veces da la impresión de que la corrección política, y esta película, quiera establecer arriesgadas equivalencias entre esas tres posibilidades. En fin, que hablar de todo esto sin desvelar los detalles de la trama resulta algo confuso.
El caso es que Van Sant retrata a Milk (el primer político gay en pisar cierto poder en Estados Unidos) siempre desde una media distancia algo fría, y si consigue algún matiz de relieve que nos haga aproximarnos a él lo logra gracias a la convincente interpretación de Sean Penn, elevado a una categoría superior desde que se puso aquellos rizos y aquellas patillas en Atrapado por su pasado ("¡¡¡¡suéltame, pasado!!!!", gritaban Les Luthiers en una de sus actuaciones), película más conocida como Carlito's Way. Desde entonces, Sean Penn no ha dejado de elevarse, aunque aquí hay más de mímesis que de construcción interpretativa, y yo lo prefiero en Acordes y Desacuerdos de Woody Allen o, por supuesto, en el Mystic River de Clint Eastwood. Como cualquiera puede sospechar y como ocurría de forma dramática en Acordes y Desacuerdos, el doblaje rebaja mucho a Sean Penn. Se diría que el doblaje no encontró el modo de matizar la meliflua voz sin incurrir en la caricatura, así que descarta ese poderoso matiz.
La película ni molesta ni asombra. Es un buen alegato a favor de la esperanza de un colectivo y una convincente reconstrucción de un tiempo y un espacio. Yo la vi a gusto pero me he descubierto olvidando demasiado pronto el racimo de detalles que la conforman. En mi impreciso cerebro, dejó apenas un par o tres de ideas de menor peso: primero, que el Oscar a la Mejor Película de este año está barato, porque el nivel de las contendientes no reclama mayor memoria. segundo, que tengo muchas ganas de volver a San Francisco y hasta de quedarme probando las 300 tartas de queso, si fuera preciso; y tercero, y en referencia directa a Harvey Milk, confirmamos que un hombre basta para defender una idea, pero no alcanza para salvar una película.
Dilo tú, Carlitos...
La afición (!) me pide que hable de los Goya, que dé mi opinión sobre los Goya, que cuente los Goya, que haga un cronicórum bien opinativo de los Goya. Aparecen comentarios alusorios en somniloquios previos y hasta por teléfono lo solicitan, como hacían muchachos y damas con los discos dedicados en la radio, de eso hace siglos. Seamos claros: la afición lo que quiere es descojonarse de los Goya y convertirme a mí en medium posibilista para su solaz. O sea, que los deshaga yo para así deshacerlos ellos. Y pasar un buen rato todos. En algún caso, la afición incluso pretende que yo, humilde mediador, les explique el caso Penélope, como si ese caso tuviera explicación o como si yo pudiera acceder a los ocultos entresijos de un misterio tan elevado. A mí sólo se me ocurre una torpe comparación con Beckham, un futbolista de nivel medio al servicio de un estratosférico aparato de publicidad. Hay dos diferencias invertidas: una, que el fútbol no le concede premios individuales a Beckham, lo que invita a pensar que el fútbol se toma a sí mismo mucho más en serio que el cine; dos, que nadie en el cine hace películas tituladas Quiero ser como Penélope y, en cambio, sí hay quien hace Quiero ser como Beckham, lo que invita a pensar que el cine se toma más en serio a sí mismo que al fútbol.
Dije ya que jamás he visto una gala de los Goya y me parece altamente improbable que lo haga alguna vez. No se trata de una decisión, es simplemente que nunca me han interesado: si paso canales y los veo, sigo pasando como si no hubiera visto nada, igual que paso los programas esos de Callejeros o las tertulias rosas o el House (ya vale ya con el lupus ese, que no sé qué coño de enfermedad es pero que sale en uno de cada dos episodios), y los telediarios de Antena 3 y las carreras de Fórmula 1. Usted, amigo, preguntará: ¿Qué ve este hombre en la televisión? Eso mismo pienso yo. Documentales de bichos y programas de deportes o partidos de deportes, creo. El resto es internet... Así que con los Goya no hay posición ideológica ni prejuicio. Nunca los he visto. De hecho, cuando conocí a gente que los veía como yo había visto los Oscars toda mi vida, me resultó muy sorprendente, y hasta me extrañé de mi extrañeza porque pensé que ser aficionado al cine y ver los Goya tenía su lógica, tal vez, lo que revelaría mi incoherente apatía. Aún me fascinan más los índices de audiencia que recogen los Goya, pero supongo que en el fondo el ejercicio de ver los Goya viene a equivaler al ejercicio de ver Aída. Luego hay otro problema: son en domingo, los Goya y Aída; y uno en domingo anda dedicado al fútbol. A esas mismas horas están El Día del Fútbol con Noemí y Club de Fútbol, con Vitín. Por si faltaba algo, este domingo además ponían al señor Brad y la señora Angelina mano a mano, en esa magnífica película, ideal para verla sin sonido, que es lo que hice (medio rato). Tenía las orejas ocupadas con los programas deportivos de la radio, que visito de uno en uno en riguroso y aburrido zapeo hasta que apago y busco jazz o bien engancho el último disco que me he bajado (en este caso, Morrissey, oiga usted). Mezclado todo con el tomate más canónigos y los cien gramos de mortadela de pavo. Miren... lo siento pero a todo no llega uno.
Por si todo esto fuera poco, buscando no sé qué, encontré esa misma noche el videoblog de Carlos Pumares, al que ya soy adicto reconcentrado como lo fui de su inmemorial Polvo de Estrellas. Así que... ¿para qué voy a seguir hablando? Carlitos, dilo tú que a mí me da la risa:
La carcoma
Revolutionary Road, de Sam Mendes (2008)
La conjetura sería ésta: si Leonardo di Caprio no se hubiera ahogado en el Atlántico Norte, habría terminado viviendo en Revolutionary Road con Kate Winslet, que se quedó viuda por anticipación, para convertirse en aquella abuela malos pelos que se trepaba descalza a la proa de los buques. Se trata de una hipótesis sencilla para definir el fondo de la película de Sam Mendes, un ensayo de lo que diríamos hiperrealismo psicológico, o radiografía de una crisis muy común en la edad madura: la vida que tenía pensada no era esto. De jóvenes, soñamos; de adultos, vivimos. El desajuste temporal de esas dos posibilidades contempla un drama. El que no sepa de lo que estamos hablando, que levante la mano. Se la volaremos de un disparo.
En general, la vida no tiene piedad con los soñadores o no tiene tanta piedad como tienen los soñadores consigo mismos. Tampoco en Revolutionary Road hay lugar para la utópica disculpa. Los Wheeler (Frank y April, Leo y Kate) viven en un área residencial del Connecticut de los años 50. Su latente aspiración consiste en salirse del carril por el que la vida conduce a la clase media, no dejarse atrapar por las convenciones y rebatir la uniformidad. No renunciar a la vida, tal y como lo dice April, si es que todo eso tiene algún significado. Cuando llega el momento, Frank duda si dar el paso; April está decidida a probar. Mudarse a París, ciudad soñada, y pensar que en otro lugar serán otras personas, las personas que quisieron ser, exactamente. Se trata de un asunto de perspectivas: lo próximo no genera estímulos; lo inalcanzable dibuja un anhelo. El patio trasero de mi casa es el cotidiano patio trasero de mi casa y, al mismo tiempo, un lugar exótico para un viajero del otro lado del mundo. Frank entrevé esa paradoja y su vía de escape consiste en la infidelidad, lugar común de la ausencia de estímulos en la mediana edad. April desea combatir y la desigual parábola de su intento es la que impulsa la historia.
Esa tensión de interiores (el interior de un hogar y el interior de las personas) resume una multitud de tensiones interiores equivalentes. La película (basada en una novela de Richard Yates) se ambienta en un periodo concreto de los Estados Unidos, muy conveniente por cuanto predomina un modelo por convicción y necesidad, que Sam Mendes expresa en el tapiz de sombreros y trajes repetidos que toman el tren y desembocan en una estación cada mañana, camino de las oficinas. Pero tanto el contexto como su pretendida refutación de lo que llamamos el sueño americano constituyen representaciones de un afán universal, sin nacionalidad. Tampoco el sueño americano la tiene: cualquiera, en cualquier lugar, puede identificarse con su generoso fondo. El foco de Sam Mendes opera casi exclusivamente sobre el progresivo deterioro que la carcoma infunde en el matrimonio de los Wheeler. Los dos hijos no tienen presencia. No es un error, es un modo de explicar el obsesivo laberinto emocional de una pareja (sobre todo de una madre y esposa que fue joven y desenfadada aspirante a actriz) extraviada en su propia vida. Kate Winslet le pone a su April el formidable vuelo dramático de la que es capaz esta actriz inglesa, que en mi opinión forma parte de una trinidad de personales favoritas, junto a la inaccesible Susan Sarandon y la creciente Cate Blanchett. Di Caprio posee un registro muy amplio y aquí vuelve a proclamarlo.
Frente a los Wheeler y su ruidoso conflicto de puertas adentro, la película propone a varios interlocutores: el propio espejo y el otro lado de la cama, desde luego. Más un convencional matrimonio amigo y el desequilibrado hijo de sus vecinos, un matrimonio mayor. Ese último personaje (John Givings, que interpreta Michael Shannon) aparece apenas en tres escenas pero supone uno de los grandes hallazgos de la película. Posee una fuerza reveladora vital para el equilibrio de los argumentos y para que el director ejerza una deliberada equidistancia entre todos los personajes. Hay quien entiende que, en realidad, este director acostumbra a practicar un cruel distanciamiento con los antihéroes de sus obras. Es opinable. En American Beauty permitía a sus personajes derivar hacia las diversas obsesiones que los atrapaban, de un modo casi cómico pero con generosidad, para después rescatarlos uno a uno en el giro final de la historia. Esta vez, Sam Mendes abandona a los Wheeler a su suerte, que será diversa. Como la propia vida, sus dos soñadores no le merecen ningún tipo de piedad.
Bobos de oro
Por un momento estuve tentado de escribir una crónica en directo de los Globos de Oro, al estilo de aquélla de los Oscars que tan buena noche me hizo pasar, pero supongo que esta vez no me dio el humor para tanto. Vi un ratito la ceremonia, que no tiene casi nada que ver con los Oscars salvo por los protagonistas. Aquí los premios caen como las bolas en la Lotería de Navidad, a todo trapo y sin consideraciones agregadas. Al final resulta que la prosopopeya constituye la verdadera esencia del asunto Oscar; sin ella, queda todo como desleído. Verdaderamente los Globos de Oro sí que son una reunión de vecinos de Hollywood que se hacen los gamberros y cuentan en el escenario sus veleidades alcohólicas, si viene al caso, o hacen chistes con la cocaína. Todo cargado a la cuenta de un anfitrión con ínfulas que se los lleva a cenar a un hotel de lujo mientras oculta en el sótano de casa a su familia disfuncional. Después de leer este artículo sobre la reunión de alegres diletantes, más o menos desocupados, que conforman la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, mi desconfianza se multiplicó.
Si me asomé al tema creo que debió ser para tranquilizar mi conciencia o bien para afirmarla, y me explicaré: no hubiera podido digerir otro premio a la "radiante" y "guapísima" Penélope, que no ganó. Ganó Kate Winslet, portentosa actriz de Reading. Y ganó dos veces, lo que me pareció muy de ley. Y no es que le desee yo a Penélope que no gane porque, oiga usted: aunque ella no lo sepa, esa chica y yo tenemos al menos un amigo en común. Y eso sin echar mano de la teoría de los seis grados de separación. No le deseo derrotas a Penélope, ya digo, y no voy a decir algunas cosas que dice la gente anónima por ahí. Pero me remueve mis convicciones eso de que la vean tan maravillosa en papeles en que yo la aprecio tan limitada. Y me molesta porque me importa el cine, supongo. Porque me gusta. Porque yo sí que soy un desocupado que gasta un buen tiempo de su vida en ver películas y pensar sobre esas películas. La diferencia es que yo lo hago a cambio de nada. Por responsable diversión. Sin prejuicios, sin obligaciones.
Si digo que lo de Winslet fue muy de ley, lo digo porque este año llego muy preparado a la temporada de premios, os lo aviso. Podéis preguntar lo que queráis, que como siempre os responderé lo que me dé la gana. Preparado no sé para qué, pero que me lo he visto casi todo. Y sin salir de casa apenas. Las salas de cine son como el mundo: un lugar potencialmente maravilloso, que nos vemos obligados a compartir con incómodos desconocidos. Así que en mi cómodo sillón he visto las de Clint Eastwood: la emotiva ‘El Intercambio', cine enorme; y ‘Gran Torino', el último papel de Clint Eastwood según Clint Eastwood. Y más Clint Eastwood que nunca si eso es posible, con un veterano de Corea que parece un compendio de todos sus duros personajes. He visto ‘Revolutionary Road' (amarga reflexión acerca de las insatisfacciones vitales de la edad adulta, ojo que hay que mirar ésta con cuidado si uno no ve clara su existencia), ‘Slumdog Millionaire' (hábil y vibrante cuento de hadas sobre un perro callejero que se hace multimillonario, o no, en un concurso de televisión). ‘El Curioso Caso de Benjamin Button', o ‘Frost/Nixon' (en España llamada ‘El Desafío', no sea que alguien no conozca a Richard Nixon y ya no digamos al periodista David Frost).
También he visto la descarnada y árida ‘Gomorra' (que está muy de moda decir lo buena que es, aunque me resultó demasiado cruda en el fondo y en la forma); y ‘El Divo' (que no está de moda decir lo buena que es pero te digo yo que es también italiana y también buenísima y, para mi gusto, mucho mejor que la otra). O ‘Appaloosa', un western bastante estimulante, tal y como se ha puesto el kilo de western a estas alturas, con engendros como ese de ‘El Tren de las 3:10': ¿Desde cuándo los malos de los westerns se arrepienten y se hacen buenos? ¿Desde cuando los buenos sufren traumas sentimentales porque no pueden ser héroes para sus hijos?
He visto tantas películas en tan poco tiempo que de algunas me cuesta hasta acordarme del final. Me parecieron insustanciales ‘Quemar después de leer' (los Cohen son divertidos pero ya sabemos que nunca serán grandes, aunque tengan grandísimos momentos), ‘Vicky, Raimunda, Barcelona' (ya lo dije) y ‘Quantum of Solace'. Me gustó tan poco Bond (con lo mucho que me había gustado el anterior Bond) que para compensar y de seguido decidí mirar otra de Bond, de los setenta: ‘Vive y Deja Morir', con el estirado Roger Moore y la explosiva canción del señor Paul McCartney. Me gustó ver por fin ‘Marathon Man', una de esas películas de los años 70 que jamás había visto, pero que me quedó en la memoria inconsciente una mañana lejanísima en que mi abuelo me llevó al Cine Dorado a ver una matinal de Sandokán, y yo me obsesioné pensando que se había confundido al comprar las entradas y nos meteríamos en la que no era. Como si alguien pudiera confundir a Dustin Hoffman con Kabir Bedi. He visto ‘Funny Games', del inquietante Michael Haneke; ‘Wall-E' y ‘Bolt'; hasta el ‘Rock and Roll Circus' de los Rolling me vi, una de esas noches en la que necesitaba clavarme en la vena la aguja de un giradiscos. Y me quedé colgado de la tremebunda versión del Sympathy for the Devil que hacen ahí los chicos.
Y pensé que tengo que hablar de la biografía de Ron Wood y de un episodio en el que Ron Wood y yo estuvimos juntos cierta noche tomando yo vino y él vodka a samugazos. Y hasta aquí puedo leer porque eso es un somniloquio aparte y no voy a reventarlo. Hago un inciso: es notable que, siendo periodista, los tres o cuatro encuentros más llamativos con mitos vivientes que he tenido en mi vida fueron casuales y no tuvieron (casi) nada que ver con el periodismo. Detallo: el referido con Ron Wood, el día que le estreché la mano a Mike Tyson, la noche en que me invitó a cenar Hunter Davies, el biógrafo oficial de los Beatles, para luego contar su conversación conmigo en uno de sus libros. Y, por fin, aquella otra velada en la que los Buzzcocks, ídolos del proto punk mundial, nos pidieron que los lleváramos de bares por la ciudad y nos quedamos en blanco sin saber dónde decirles. Y me regalaron una bolsa de plástico con no menos de 50 latas de Guinness para que pasara la noche calentito. Como no sabía a dónde ir con esa carga del todo ilegal, la abandoné en el backstage de La Casa del Loco.
En fin, que vi los Globos de Oro. Que Mickey Rourke ha regresado del infierno con muy mal aspecto, pero con una película llamada The Wrestler, sobre una crepuscular estrella de la lucha libre americana, que no pinta mal. La veo esta noche y ya os llamaré con lo que sea. La triunfadora de los premios fue Slumdog Millionaire, resultona aunque un poco tramposa, como casi siempre ocurre con Danny Boyle (quien por cierto parece el fantasma redivivo de Terenci Moix). Pero una estupenda película, ya digo, quizás mi favorita. Bonita, emocionante, terrible en algunos aspectos, colorista, con una fotografía hermosísima que rescata la belleza incluso en la miseria. El premio a la canción se lo llevó Bruce Springsteen, una irresponsabilidad porque en la sala estaba, nominada, Beyonce Knowles, y habría que haberla sacado a que hiciera el bailecito de Single Ladies (Put A Ring On It), que desde que lo vi os juro que vivo subido a un árbol. Pero claro, con Springsteen en competición la única posibilidad de derrota sería que se enfrentase a Bob Dylan, y no era el caso. El premio lo entregó Sting, tan aceitunado de piel (¿no era un inglés este hombre?, digo) y tan barbudo, con una barba tan cerrada como una alfombra persa: que si no dice el anunciador que es Sting, yo me creo que se ha colado ahí José Manuel Parada. El momento genial de la noche fue un chiste del inglés Rick Gervais sobre el premio a Winslet y las películas sobre el Holocausto... animal, desternillante. Sacha Baron Cohen (el de Borat) intentó después estar a la altura de Gervais, pero ese muchacho tiene la gracia donde ponía Marlon Brando la mantequilla.
Y eso os cuento. Como nota de color, porque sé que las apreciáis, os diré que Demi Moore está más joven que cuando hizo 'Ghost' (mientras Patrick Swayze va ya camino del camposanto, el pobre); y algo parecido ocurre con Tom Cruise: cuando estrenaron Top Gun él tenía 24 años y yo, poco más de 15. Ahora yo paso de los 39 y él se ha quedado en los 32 como mucho. Y de ahí no se mueve desde 'Entrevista con el Vampiro'.
Pd: Estuve pensando poner una foto de la "guapísima" Penélope u otra de Freida Pinto, la adorable actriz india que nos arranca el corazón en su personaje de Latika en 'Slumdog Millionaire'. Porque a mí el canon indio me va tanto como el curry indio, desde siempre, y esta chica es canon pero canon, como el detective Cannon. Y porque si me dicen que Pe es guapísima, que hay opiniones, no sé yo cómo calificar a la tal Pinto exactamente, o a Eva Mendes, que hay que ver cómo se ha puesto esa chica en cuatro días. Compararlas viene a ser como decir que yo juego al mismo deporte que los All Blacks. En el fondo, yo me quedo con el aire de madura dipsomaníaca que va adquiriendo con los años Drew Barrymore, cada día más parecida a Ann Margret en sus mejores mañanas. Al final, os regalo ese vídeo resumen, con la canción de Springsteen para The Wrestler de fondo. Y como decía siempre John Wayne... 'so long my friends!'.
Vicky, Raimunda y Woody Allen
Con un cómodo retraso, como tantas otras, anoche vi Vicky, Cristina, Barcelona: el título siempre me pareció estúpido; la película, ni mal ni bien sino todo lo contrario. Woody Allen no deja de ser un americano que, pese a haber visto y admirado mucho cine europeo, sabe de Europa lo mismo que yo de la formación de los minerales en Marte, y la mira con los ojos romanticones con que los americanos miran a ciertas ciudades de Europa, con el mismo artificial deleite con el que beben vino. En realidad, debo confesar algo: me he cansado del señor Allen, antes Woody. Lo digo ahora pero ocurrió hace ya unas cuantas películas. Le había concedido la bula del amigo, el privilegio debido. Es más, diré que El Sueño de Cassandra o Melinda & Melinda me gustaron bastante más que a la media. Pero ya no se trata de las películas. Lo que me ha cansado es el personaje. Me ha agotado el cliché Woody Allen, el concepto de la película por año, las estupendas chicas de sus filmes, los lugares comunes de los actores que las interpretan, la inevitabilidad de Scarlett Johansson haciendo el mismo papel cuatro veces y todas ellas de modo admirablemente olvidable, la recreación oral de la genialidad del hombre por boca de otros y no por su actual trabajo.
Bardem está bien, pero sin exagerar: le llega para levantar y sostener en pie al Juan Antonio éste y recubrir de cierta credibilidad a un personaje que rebosa tópicos bohemios. Sobre el fenómeno de Penélope Cruz y su María Elena (qué nombres para los personajes, señor, qué nombres)... en fin, sobre esta moza ya no sé qué pensar. Es una actriz a la que sinceramente he de rendirme, porque somete a su favor los juicios de tanta gente de forma tan frecuente que a mí no me llega para negarla. Serán más listos que yo, seguro. Lleva una carrera en la que será raro que nos encontremos salvo casualidad, porque de cada diez películas que hace me interesa media. La inestabilidad emocional de su María Elena me parece igual que aquella rabia interior hecha dignidad de la tal Raimunda. Si Pe y Bardem están nominados para los Globos de Oro, enhorabuena a los premiados y compruebo una vez más que no están iguales todas las cabezas. O será que a Rebecca Hall ya se lo han dado de antemano, porque la mire por donde la mire en esta película sólo se salva Rebecca Hall en el papel de Vicky, el único personaje que no es un boceto o un racimo de tópicos. Y de lejos, la más hermosa de las tres mujeres. Y la única que no aparece en el cartel anunciador de la película, siendo que la película es ella y las paridas de los demás. En fin: para inestabilidades emocionales en el universo de Woody Allen, véanse algunos papeles de Mia Farrow, Anjelica Huston y, sobre todo, Judy Davis, una de sus grandes secundarias, en Maridos y Mujeres.
Para alguien que, como yo, considera Annie Hall una de las más hermosas películas de amor de todos los tiempos, esto supone arrancarse un pedazo del corazón y echárselo a los perros. Hay tres o cuatro personas a las que jamás conoceremos pero que son capaces de salvarnos la vida una o varias veces, incluso por sorpresa. Uno puede esperar el próximo álbum de Wilco y la próxima gira de Wilco y, en la relajada tensión de esa espera, discurrir por los días sin tropezarse. Uno puede entrar una tarde en la Fnac y descubrir que Richard Ford ha publicado en España su última novela, y reparar en que aún quedan novelas de Richard Ford por leer, y que eso le da algo de sentido a todo este asunto tan extraño de pasar los días, y dormir y luego despertar otra vez, como si regresáramos de alguna muerte pasajera, y otra vez dormir y entre medias comer pero con cuidado, y luego amar o no amar, pensar o no pensar, sentir o no sentir, acertar, equivocarse, decir hola, decir adiós, ver trenes que pasan, días que van, gente perdida, la niebla, el viento, el sol, la lluvia. Pero entonces compras la novela de Richard Ford... La compras y sales a la calle con ganas de contarle a alguien ese hecho tan pequeño: Richard Ford ha publicado una novela, yo no lo sabía, y entonces he ido a la tienda a ramonear y la he visto y... bueno, ahora soy feliz. No sé por qué, soy feliz.
La vida es un largo proceso de sumas y restas con decimales muy opinables. Es verdad que ya no van a volver Ian Curtis ni Joy División. Es verdad que sólo existe una primera vez en la que leer El Amor en los Tiempos del Cólera, El Sueño de los Héroes, El Muerto, Rayuela o El Perseguidor. Ya no podemos correr con el coche por las noches escuchando a los Clash. Ya no hay una primera vez para ver El Graduado ni Centauros del Desierto o Manhattan... Pero está Clint Eastwood, un tipo fiable. Está Bob Dylan, que no saluda ni se hace el simpático, pero no falla. Excluyo a los Beatles de toda consideración temporal: siempre jóvenes y haciéndonos jóvenes, en perfecto estado de descomposición genial. El estimado señor Allen era uno de esos pilares sobre los que uno construye su quebradizo edificio de días y noches. Pero todo acaba así, de forma abrupta. O admites que se terminó hace tiempo y que el drama sólo ha sido diferido a esta hora concreta. Un día el compañero de pupitre te dice que los Reyes Magos son los padres. Y 33 años después, encuentras una terrible convergencia entre Woody Allen y Almodóvar, vía Penélope, la Scarlett, Cristina y Raimunda.
A Woody Allen y a mí, como acostumbra a ocurrir con los viejos amigos, nos separan unas mujeres. Caído ese muro antes infranqueable, me quedo pensando que no hay nada que pensar ni motivos para hacerlo. Y a partir de ahí oigo la voz de Kipling que me dice: entonces serás un hombre, hijo mío, pero un hombre escéptico para los restos. Lo cual me permite darle vueltas a una duda que nunca me atreví a poner sobre la mesa con mi propio plato de comida y que estos días me corroe, después de escuchar varias veces con mucha atención Beggars Banquet y Exile on Main Street: ¿De verdad son tan buenos los Rolling Stones?
Pastel de arándanos con crema
My Blueberry Nights, de Wong Kar Wai (2007)
Las películas de Wong Kar Wai están hechas con la sugerente levedad del celofán. Son deliciosas en el sentido gastronómico del término. No poseen la consistencia alimenticia de un solomillo de ternera cocinado al gusto, pero procuran ese placer visual y gustativo de un bizcocho de frutas cubierto de crema, los helados de fresa y tarta de queso coronados con chocolate negro, un bombón de dulce de leche. No alimentan, pero engordan el espíritu, lo rellenan de la gozosa caloría de lo irresistible. Su naturaleza no tiene que ver con la construcción de una trama, sino con la transmisión de emociones.
My Blueberry Nights son noches de pastel de arándanos y la búsqueda o el encuentro del amor por el camino más largo. O su pérdida absoluta por el sendero más corto. Tres mujeres y tres hombres (el último de ellos elidido, sólo nombrado, sin presencia corpórea en ningún plano) cuyas historias se entrelazan muy levemente, apenas se rozan, a lo largo de un delgadísimo hilo argumental cuya línea de fuga ha de ser, inevitablemente, un círculo. El personaje de Norah Jones, el que vertebra lo que hay de historia en la película, apenas agrega matices a su punto de partida, pero de algún modo misterioso, mágico diremos, se sostiene en ese esmerado lecho de hermosuras que le procura el director; Jude Law levanta con destreza al suyo, que es la otra mitad del que hace Norah Jones; David Strathairn le otorga en su rostro una convincente carga de desesperación al policía dipsómano fatalmente enamorado de Rachel Weisz, mujer hecha de porcelana en permanente tensión, siempre a punto de quebrarse y desencadenar un terremoto; por fin, Natalie Portman vuelve a domesticar un papel en rotunda negación de su apariencia física: una buscavidas del poker a la que le asoman las costuras del extravío. Para una actriz a la que siempre recordaremos como la niña de Leon, el Profesional y, sobre todo, como la adolescente Marty de Beatiful Girls, supone un logro nada desdeñable, ya obtenido en Closer. En cualquier caso, ninguno de los personajes de My Blueberry Nights reclama memoria alguna. A menudo bordean los tópicos. Y sin embargo...
Los protege la cámara de Wong Kar Wai, que los filma con sumo cuidado protector, como si no quisiera incomodarlos: con frecuencia los vemos al otro lado de persianas, de cristaleras rotuladas, de paredes tras las que el director asoma muy despacio su cámara, con un amoroso barrido horizontal. Visualmente, este director chino construye un sostenido elogio del desenfoque, expresividad visual que resalta, sobre un fondo de terciopelo multicolor, a un puñado de personajes abrasados de nostalgia. Es el elegante manierismo de Wong Kar Wai. El amor en color, forma y sabores. Esta película se levanta sobre la dulzura movediza de un beso con crema y el hueco silencio de un adiós sin disparo. En esos terrenos tan livianos asienta WKW trenes sobre un paso elevado, reflejos de neón en los cristales, noches de azul marino casi negro, un café en Nueva York (¿qué hay más cálido que un café en Nueva York), la voz musical de Cat Power, llaves que abren puertas que se cierran, hombres y mujeres vistos en huida por carreteras hacia el interior.
Lo que In The Mood For Love se expresaba con silencios -esa dramática imposibilidad de amar-, se convierte aquí en palabras entreveradas de ausencia. La necesidad de conjurar el dolor con un trago o un pastel, y alguien al otro lado de la barra. La fatalidad de Wong Kar Wai, que tan dulcemente nos amenaza. Ésta no es una obra maestra, ni mucho menos. Si acaso, un hermoso ensayo sin conclusiones acerca del esperanzado (des)amor; de la muy humana y pasajera (in)felicidad.
Los Tenenbaum
No supe si buscar Los Tenenbaum en el estante de Comedias o rastrearlo en el de Dramas. Por un momento me quedé pensando qué decisión hubiera tomado si yo fuese el chico o la muchacha que hubo de clasificar la película de Wes Anderson. Nadie se ha visto aún en esa tesitura: no está editada.
Wes Anderson ha dirigido cinco largos. Todas de una singularidad narrativa, estructural y formal que define su cine y que, como les ocurre a todos los creadores que levantan un mundo propio, puede fascinar al espectador o bien resultarle insoportable. Anderson construye pequeños universos un poco estrafalarios, sí, pero en general muy bien acabados. Todos repletos de personajes que se mueven en una tímida frontera entre el absurdo y la genialidad, entre el ridículo y la eminencia, entre la tristeza y una vitalidad tan extrema como quebradiza. Yo he visto tres, en orden invertido a su año de producción: Viaje a Darjeeling, Life Aquatic y Los Tenembaum. El mundo de las películas de Wes Anderson, suavemente kitsch, deliciosamente pop, posee una elegante extravagancia de personajes, cosas y frases. Life Aquatic quizá sea la más excéntrica e irregular de sus películas, una irónica visión de la vida de un oceanógrafo con vagas reminiscencias de Jacques Cousteau y el rostro ajeno a la realidad de Bill Murray. Viaje a Darjeeling puede verse como la menos estrambótica, quizá la que con más decisión entra en la comedia, aunque subyace en el fondo (en la historia de tres hermanos que se reúnen para un envidiable recorrido en tren por la India) esa aguja de la soledad, la desestructurada herencia de una familia rota, el reencuentro, las deudas del pasado, el amor platónico, los objetos simbólicos que nos anclan al tiempo perdido. Los Tenenbaum me ha parecido adorable, en todos los sentidos: una culminación invertida de las intenciones expresivas de Wes Anderson. A menudo ocurre: uno acierta en su primera tentativa (aunque en realidad era la tercera) y luego va perdiendo el toque, ese punch, y las historias no se cierran o se concluyen con el mismo acierto. Amarga y divertida, poblada de músicas y objetos y personajes y necesidades. Así es la familia Tenenbaum. La música, en las películas de Wes Anderson, forma parte de la historia. En Los Tenenbaum suena Elliott Smith, los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan, The Clash, Jackson Browne, Paul Simon o The Ramones. Y suenan exactamente donde deben y como deben. Coloristas, melancólicos, estimulantes o sombríos, según el caso.
El arranque de la historia, cinco minutos en los que se explica la perdida lucidez de la familia Tenenbaum, las razones del extravío emocional de sus miembros, la decadencia de tres hijos superdotados, geniales como niños, desamparados como adultos, esos cinco minutos sobre la versión orquestada de Hey Jude, de los Beatles, me parecen una gloria perdurable del último cine. La película resulta dolorosamente emotiva. No hay gran mérito en la maestría sostenida con la que Gene Hackman, Anjelica Huston, Bill Murray o Danny Glover construyen sus personajes. Más sorpresa me ha deparado el descubrimiento de que puedo querer a un personaje interpretado por Gwyneth Paltrow, siempre tan poco interesante para mí, artística y personalmente; y aquí, sin embargo, admirable como Margot Tenenbaum, la hija adoptada de la familia. En la escena de mayor carga dramática, la mejor escena, Luke Wilson (el joven campeón de tenis que abandonó su carrera en medio de un partido porque no soportaba ver que su hermana adoptada le hubiera partido el corazón casándose con un hombre mayor) se encierra en el baño y frente al espejo aparta los grandes anteojos oscuros que han ocultado durante años su triste mirada, deja a un lado la cinta de tenista campeón adolescente que llevó desde niño, rasura su cabeza y la poblada barba. Suena Needle in the Hay, tenso himno maldito del suicida Elliott Smith, cantautor pop que se clavó dos veces un cuchillo de sierra en el abdomen cuando su novia se encerró una tarde en el baño. Luke Wilson mira a los ojos al hombre del cristal y le confiesa: “I’m gonna kill myself tomorrow”. De inmediato, toma entre los dedos la cuchilla con la que se acaba de afeitar y se raja los dos brazos. Más adelante, Margot (con la que de niños se escaparon de casa para vivir bajo un mostrador en el ala de fauna africana de la biblioteca de la ciudad) le preguntará: "¿Lo hiciste por mí?". "Sí, pero no es culpa tuya".
Pese a lo que pueda parecer, ésta es una película feliz. En todos los sentidos. Tiene un extraño realismo que no existe en las formas sino en el fondo de las vidas de sus personajes. Si los Tenenbaum tuvieran que buscar la historia de su existencia en los estantes de una tienda de películas, tampoco sabrían si dirigirse al drama o a la comedia. Probablemente ninguno de nosotros sabríamos en qué género clasificar nuestras propias vidas.
Reggie Dunlop y los hermanos Hanson
Si los diarios no lo anunciaran, podríamos sin duda vivir convencidos de que los actores jamás se mueren. Ese es el mayor milagro del cine, por encima de cualquier otro de los muchos que procura: la vigencia permanente de sus personajes. Para demostrarlo, a menudo me quedo pensando si tal o cual actor están aún vivos o no. A menudo me equivoco. El cine posibilita una inmortalidad o una juventud casi eterna. Yo hubiera querido ser dos o tres actores en alguna de sus películas, tipos cool sin miedo a nada y tocados por una moral individualista y, sin embargo, en cierto modo inatacable. Esos actores fueron en primer lugar Steve McQueen, luego Bruce Willis en Pulp Fiction, el trompetista que interpreta Denzel Washington en Mo' Better Blues (y soplar por la boquilla sobre los pechos en sombra de Clarke) y, desde luego, varios de los personajes de Paul Newman en muchas de sus películas. Como siempre hago, cuando muere un actor o un director, compro alguna de sus películas, generalmente la que más me gusta de él. No necesariamente la mejor, de esto ya hemos hablado. Ayer fui a comprarme El Castañazo, la menos apreciada de las tres que George Roy Hill dirigió con el rubio en el papel protagonista: las otras fueron El Golpe, que ya tengo, y Dos Hombres y un Destino.
El Castañazo la veíamos cada tanto en casa cuando los Ornat tuvimos nuestro primer reproductor de vídeo. En aquellos días íbamos a General Sueiro a alquilar en el Vídeo Club Alvarado, y vimos muchas de Jean Paul Belmondo, quizás la serie completa de sus violentas aventuras de maduro. Yo siempre me acuerdo de dos películas que me divirtieron de una manera fuera de lo común, y no eran de Belmondo: Serpico, con un joven Al Pacino. Y El Castañazo. Por desgracia, El Castañazo está descatalogada, aunque la chica de la tienda me aseguró ayer que cualquier día la reeditarán (una conjetura muy amable de su parte) porque cada tanto aparece por allí alguien como yo preguntando por El Castañazo. Somos legión quienes recordamos a Reggie Dunlop, el personaje de Paul Newman, capitán de un equipo de hockey en ruina que decide entregarse a la violencia para atraer público, con considerable éxito. La película es desigual, como suele pasar con las películas preferidas, pero se ha convertido en eso que llaman una obra de culto. Y no sólo por el extraordinario vestuario años setenta que luce Reggie Dunlop (imperdibles sus pantalones de cuadros y ese abrigo de piel con cuello peludo), sino sobre todo por la aparición de los hermanos Hanson. La película no es una extraordinaria película, pero sí una comedia muy eficaz que atiende muy bien a los personajes (asunto clave) y que filma un deporte tan singular como el hockey hielo con enorme habilidad.
No podría dejar pasar la ocasión de revisar la inolvidable secuencia del fichaje de los Hanson por los Charleston Chiefs y su debut, después de que al tabernario Dave El Asesino Carlson lo retiren del partido con la boca partida. Más la escena de su pelea en el calentamiento de otro partido. No sé por qué los doblajes pervierten el texto original. Los Hanson fascinan a Reggie Dunlop desde su misma aparición en la pista, pero algunos suplentes lamentan la violencia gratuita con la que enardecen al público. En un momento dado, cuando los tres animales emboscan a un rival contra el muro y lo reducen a fosfatina, uno de los Chiefs murmura en el banquillo: "Ese tío es una vergüenza". El doblaje cambia la frase por "ese tipo es una apisonadora". Después, donde uno de los hermanos replica al árbitro: "Cállate, estoy escuchando el himno", en realidad debería decir "cállate, estoy oyendo la puta canción". Igualmente, las escenas volvieron a hacerme reír. Larga vida a Reggie Dunlop... y a los hermanos Hanson.
Paul Newman (1925-2008)

Luke: Yo puedo comerme 50 huevos.
(Paul Newman, tirado en la cama y rodeado de compañeros de prisión, formula una apuesta de proporciones legendarias en La Leyenda del Indomable).
Memories...
Casi todo el mundo quiere hablar conmigo de fútbol, y yo me paso el tiempo intentando hablar de otras cosas, la mayoría mucho menos importantes todavía que el fútbol. La otra noche quedamos a cenar con un par de amigos para hablar de fútbol; o quedamos a hablar de fútbol para cenar. El orden resulta indiferente. Cuando llegué, claro, ya estaban hablando de fútbol, así que me fui al baño a enjabonarme las manos, porque para hablar de fútbol y para cenar hay que tener las manos bien limpias, y luego subí y me senté y aproveché un hueco en la defensa para clavar mi pregunta, la que me interesaba a mí:
¿Cuál es la mejor película de Sidney Pollack?
El Pele dijo Memorias de África, un brindis al sol clarísimo porque todos sabemos que el Pele no ha podido ver Memorias de África de ninguna de las maneras. No es una película que se adapte a sus parámetros cinematográficos, que podemos resumir en este breve decálogo:
- Mejor actor español de la historia: Fernando Esteso.
- Mejor actor mundial de la historia: Errol Flynn.
- Mejor película española de la historia: Cuatro Mujeres y un Lío.
- Mejor película de la historia: La Carga de la Brigada Ligera.
De lo que se deduce su adagio sobre el arte de la interpretación:
"Si un actor no ha se ha subido a un caballo, no es un actor".
Así que dijo Memorias de África probablemente porque oyó en el telediario del mediodía que se había muerto Sidney Pollack y la locutora nombró el melodrama. Tampoco hay que subestimar la memoria de Pele, bien al contrario: si en algún momento de su vida registró esos dos datos y los relacionó entre sí, jamás va a extraviarlos y siempre los tendrá a punto, gracias a su prodigioso automatismo memorístico. El mismo que le autoriza para relatarte el doloroso fallecimiento del mariscal Lannes, el que robó el joyero de la Virgen del Pilar, después de que una bola de cañón perdida le seccionara la pierna; o para hablar de un partido del Real Zaragoza jugado en noviembre de 1943 con la misma nitidez expositiva con la que te contará el de la semana pasada. Puede que incluso más, de hecho...
Luisito y Pepico nombraron Tootsie. Lo dijo Luisito, que cree en la comedia como género mayor, y lo ratificó Pepico con un asentimiento. En El País organizaron una de esas alegres encuestas de Internet en las que el lector opina, y cerca de 3.000 personas han votado que la mejor es Memorias de África. En segundo puesto aparece Tootsie. El resto de candidatas son: Danzad, Danzad, Malditos; La Tapadera; y Otras... Yo he de confesar que jamás he visto Memorias de África completa, creo que porque Meryl Streep nunca me ha caído bien del todo, vaya usted a saber por qué. Hay dos actrices que me sepultan el interés en las películas: Barbra Streisand y Meryl Streep, seguidas muy de cerca por Michelle Pfeiffer y Jane Fonda; y un poco más allá, Nicole Kidman. A la mayoría las dirigió Sidney Pollack y con Kidman coincidió en Eyes Wide Shut. Eso sí, su preferencia por Robert Redford explica buena parte de la conquista que su cine ha ejercido sobre mí. Por otro lado, el tipo me caía bien por el mismo motivo que Meryl Streep y las otras me caen mal: por sus interpretaciones. El Sidney Pollack actor siempre me ha encantado: en Tootsie, en Maridos y Mujeres de Woody Allen, en Eyes Wide Shut... Tenía un fascinante aire de corrupción interior, enmascarada en ese aspecto intachable de burgués de clase alta. Kubrick tal vez me comprendió mejor que nadie.
A mí la que más me gusta de Pollack es Las Aventuras de Jeremiah Johnson, de lejos, aunque le tengo un cariño extraordinario a Tal Como Éramos y a El Jinete Eléctrico, desiguales las dos pero muy tiernas, románticamente perdedoras... Tal Como Éramos contiene una esplendorosa escena final que se emparenta con otro gran, inolvidable plano que en mi opinión constituye la cima del romanticismo en el cine tal y como yo lo entiendo: esa colección de recuerdos en imágenes con los que Alvy Singer evoca sus días (tan contradictorios entonces, tan felices ahora que están perdidos) con Annie Hall. Es obvio que para mí Annie Hall constituye, mucho más que una comedia, una prodigiosa historia de amor que me emociona siempre que le echo el ojo. Por esa conversación final, sólo por eso, llegué a la cena directo de la tienda, de comprar la última copia disponible de Tal Como Éramos y de oír cómo la dependienta me decía que Jeremiah Johnson no está en dvd, cosa que no sé si me dijo porque estábamos, ella y yo, a cinco minutos del cierre. O tal vez porque era la verdad. Las dos posibilidades me hubieran dolido de manera equivalente. Tuve grabada Jeremiah Johnson en alguno de los cientos de vídeos vhs que guardé quién sabe en cuál de las siete puertas bajo las que se oculta el llamado cajón de los fantasmas, bajo llave y madera, un sillón orejero y varios cachivaches. No me atrevo a buscarla porque soy cobarde y me da miedo cruzarme con fotografías de espectros, dimensiones paralelas y felicidades de otro tiempo. Barbra tenía razón cuando cantaba, después de que Katie se despidiera de Hubble retirándole el flequillo rubio de la frente, esos versos que cierran la película: Los recuerdos / pueden ser hermosos; Y sin embargo... / Lo que nos duele / elegimos olvidarlo / Así que lo que recordaremos / es la felicidad / Cuando nos recordemos / Tal como éramos... Tal como éramos.
Yo también soy un magnífico perdedor.
Rafael Azcona (1926-2008)
"No es bueno reírse de todo, pero no reírse de nada es terrible".
Rafael Azcona, guionista, en una entrevista en 2005 en ABC.
La noche del flequillo asesino

Tengo en la pantalla a Angels Barceló que en estos momentos mastica con saña un buen pedazo de Jaume Figueras, su compañero de mesa, al que lleva unos años devorándose vivo durante el programa de los Oscars. Antes, con Ana García Siñeriz, Jaume ocupaba un buen pedazo de pantalla, pero ahora como que no le da tiempo o bien no cabe; como si hubieran estrechado los encuadres y ahí sólo cupiera Angels, la del fútbol y los secuestros en Brasil. Esta mujer sí que camina profesionalmente sobre una alfombra roja. Ejem. Estoooo… que van a empezar los Oscars y eso. Que llueve en Los Angeles pero no se nota nada. Y que cada medio minuto aparece Anton Chigurh / Javier Bardem en pantalla en alguna escena, que ya no sé si no se lo dan qué va a pasar aquí. Pero yo creo que se lo dan… todos creemos que se lo dan. Y la verdad, se lo merece. Bardem, el insoportable, está inmenso en No Es País Para Viejos.
Yo lo veo sin sonido. Últimamente tiendo a ver sin sonido casi todo, incluido el fútbol. El motivo parecerá extraño, pero es que no entiendo que nadie me cuente lo que estoy viendo si tengo los datos suficientes como para verlo yo solo. Debo de estar volviéndome loco. Para un momento que he subido el volumen, cuando ha salido Bardem con la morena de la televisión americana en la entrevista previa a la ceremonia, va y le pregunta por el peinado de la película. Así que corriendo la he bajado. Somniloquios transmite en riguroso directo, amigos. Hasta que apriete el sueño. ¡Acaba de aparecer Mickey Rooney! No, el delantero del Manchester United no. Mickey, el actor, aquél de la cara de niño, ese pequeñajo de la seta redonda sobre los hombros. El que se casó ocho veces, una de ellas con Ava Gardner, aunque todos sabemos que la ciencia negó hace siglos esa posibilidad. Ese. La alfombra roja es como los estudios de TVE, que de pronto aparece gente que no veías desde hacía 44 años y dices: “¡Hostias, aún anda ésta por ahí!”. Por ejemplo, Elena Sánchez, que rebrotó en pantalla en cuanto entró el gobernador ZP. Pues los Oscars son igual. Ahora, por ejemplo, el pavo del pelo caoba de la ABC –tipo Trevor Brookman el de los Simpsons- entrevista a una abuelita de amarillo y cabello plateado, que sonríe dentífrica y ancianamente. Diría que entre los dos no bajan de los 230 años…
Los habitantes de Hollywood se van sentando en sus butacas. Es una especie de reunión de vecinos con premios y borrachera posterior, a todo lujo. La alfombra ha estado sosota. Sí, Cameron Díaz y George Clooney, pero no sé, poca cosa. Laura Linney, que me va mucho en sus papeles; la mujer de Ben Affleck en su condición indudable de mujer de Ben Affleck; Casey Affleck y acompañante (que aprovechaba la inclinación de la entrevistadora del Plus para mirarle la curva de las posaderas y calcular cuánto le tiraba la sisa del vestido, sin ningún disimulo), la inevitable Penélope siempre deshaciendo el ovillo… Daniel Day Lewis porta dos aretes dorados, uno por oreja, y a una dama pelirroja como una calabaza. Soy mucho de Daniel Day Lewis, digámoslo, pero no me lo creo tan exagerado en Pozos de Ambición. Y a la película le sobra frialdad y le falta algo de conflicto externo a la ambición obsesiva del personaje, un antagonista que eleve nuestra implicación en el pozo de mierda concéntrico que es el magnate del petróleo al que encarna Daniel Day Lewis. Artísticamente grande, la película me parece descompensada. Y con un desenlace muy mal resuelto, sin encontrar el tono preciso. En cuestión de locos egocéntricos despiadados, me quedo con El Aviador de Leo di Caprio en la película de Scorsese. Por nombrar uno cercano. Y si nombramos al lejano o paradigmático, a la cumbre, está clara: Ciudadano Kane.
Bueno, que empieza la cosa. Aguanto hasta que llegue el sueño. Lo demás lo leéis donde siempre. De momento me lo he puesto en inglés… Notable que no hay nadie haciéndole de intérprete a Angels en la televisión americana, no me lo puedo creer. Sin embargo, su voz se cuela en la versión americana, también. Qué mujer, dios mío, qué pedazo de mujer. Traspasa los muros. Bardem está sentado a la izquierda del padre, Jack Nicholson, y delante del padrino, Tommy Lee Jones, y un poco más atrás están los Coen. Gasol no juega esta noche pero Jack lleva los mismos anteojos oscuros de siempre en el Staples Centre. Ellen Page, la niña de Juno, acaba de cumplir años y ha dicho que se iba a tomar “un par de copas”. Hay que vigilar a esa niña… Juno me ha parecido simpática y poco más; un cruce diferido entre Café Irlandés y Beautiful Girls, y muy lejos de las dos. Simpática, eso es todo. Es como cuando se le dice a la novia que está muy graciosa. O está guapa o no está guapa, pero graciosa no puede estar. Es un eufemismo cruel. Anotadlo. Graciosa. Juno me gusta, pero vamos a hablar de películas en serio, si es que hablamos de Oscars. Buena frase del presentador Jon Stewart sobre Barack Obama: “Todas las veces que hemos visto a un presidente americano negro ha sido porque un meteorito gigante estaba a punto de derribar la Estatua de la Libertad”.
Alexandra Byrne, la diseñadora de vestuario de Elizabeht, the Golden Age, se lleva el primero de la noche. Enfocan a Cate Blanchett… coleccionista de nominaciones, y no es extraño porque la señorita Byrne parece una mezcla desafortunada entre Betty Boop y Paquita Ors, con unas gafas robadas a Isabel Coixet. A Angels se le ha movido un poco la cortina de la melena y le asoma por el parietal derecho una oreja muy desabrochada. Entra George Clooney al escenario. Jesús cómo me gusta este hombre. Yo voy siempre con Clooney, nuestro Cary Grant de estos días: presenta un montaje de los 80 años de Oscars en la pantalla del escenario. Gran frase de un presentador que cito para ustedes: “Veo muchas caras nuevas por aquí… especialmente entre las caras más viejas”. Estupendo clip de las clásicas y recientes glorias. Para montar algo así no hace falta ir a Harvard, desde luego. Incluye a John Wayne en sus últimos días, reducido a la mitad por el cáncer que estaba a punto de acabarlo: su hija cuenta en cierto documental que se puso como ropa interior un traje de neopreno, para rellenar el chaqué. Todos pensaron que caería largo. El Duque era ya todo retroceso de pellejo y un organismo en huida. Pero tenía un par de huevos. Hablando de comida: Oscar para Ratatouille. Yo desde que vi el tráiler, una rata en una cocina, me cambié la sortija de mano, como mi madre, para acordarme de no ir a verla. Y no me acordé. La rubia de Anatomía de Grey entrega no sé qué Oscar a La Vie en Rose. Lloriquea una morena muy porcelanosa en las butacas. Pondera Angels: “Por segundo año consecutivo el Oscar de Maquillaje viaja de Estados Unidos a Europa… y eso es una gran noticia”. Toma ahí perspectiva periodística y toque a los putos yanquis. Que no se crean que van a ganar todo esos mongoles. ¡Vamos Europa, hostias! Enhorabuena a los premiados.
Son las 3:00, amigos. Somniloquios transmitiendo en riguroso directo, aunque lo vais a leer con un diferido de seguridad de varias horas por si en un momento dado me rasco un huevo o algo. Para que dé tiempo a montarlo y eso; desde que Janet se sacó una teta en la Superbowl, los americanos toman todo tipo de precauciones. Canción nominada. Hora de cerveza. Mierda, no hay… ¿Un bitter sin? Pssscccchhh…Efectos especiales. Y justo al Plus se le descoyunta el sonido, las voces se redoblan a sí mismas y se montan unas sobre otras. ¡Y ninguna es la de Angels, mecachis! La Bruja Dorada se impone a Piratas del Caribe XV y a Transformers. Estando Nicole Kidman, otra ganadora nata, no había duda. Oscar a la Dirección Artística para un matrimonio italiano my desigual (rubia estirada ella, calvorota él) por Sweeney Todd. Y ahora le toca a Bardem… creo.
Ojo que si no se lo dan cortan la emisión. La escenita de la moneda, otra vez, en las presentaciones. Ya es un clásico. Ojo a Tom Wilkinson, pero vamos, que gana Bardem. Creo yo. Espera. Quieto ahí. Tate. Ahí van. Tres, dos, uno: ¡Bardem! Angels no se podía perder un momento histórico, claro que no. Ay esa orejilla otra vez asomando… Bardem habla muy rápido en inglés y luego en español se lo dedica a su madre, a sus abuelos, a los cómicos de España y a la dignidad del oficio. Y se marcha. Y menos mal porque en un momento ese chico salta al mitin o arma una bicifestación y no hay modo de detenerlo. Los Coen le escribieron un papel demoledor y él lo ha reventado de músculo interpretativo. Yo la vi en versión original y su simulación del acento del sur de Texas es portentosa. A mí este tipo –y todo el ambiente de la película- sí que me da miedo. Y no El Orfanato o esa de REC. No es País Para Viejos es el penúltimo western sin ser un western, pero es el western moderno. Una película que yo no diría tal vez la mejor de los hermanos, pero le pega al palo. Descarnada, brutal, negra, tremenda como una frontera, donde los límites suponen apenas una convención.
Me estoy empezando a aburrir. Ahora viene el dilema interior, hermanos, cuando tiro por la ventana todo el trabajo hecho hasta ahora y me largo a dormir. Dejo esta crónica a medias e incumplo el compromiso conmigo mismo. Es lo que pasa con estas cosas: como nadie obliga, nada obliga. Cuántas veces, durante una lifara antes de ir al campo en algún partido del Zaragoza fuera de casa, hemos pensado: “Ojalá ahora mismo suspendieran el partido y nos pudiéramos ir a dormir la siesta toda la tarde al hotel, dormir a pierna suelta, con pérdida grave de conciencia y masa encefálica por babeo”. Pero nunca lo suspendían. Y si lo suspendían, había que contar que lo suspendían. Pero Somniloquios es mío, así que hago lo que quiero. Voy a hacer una ronda a ver qué hay por ahí en los otros canales. Espera… Actriz Secundaria. No puedo contextualizar mucho porque no he visto ninguna. Ni pena, oye. Por mí que gane Bob Dylan. O sea, Cate Blanchett. A veeer: Tilda Swinton por Michael Clayton. O Michael Clayton por Tilda Swinton. Yo qué sé. Tiene pinta de holandesa, de no haberse maquillado y de que el vestido se le cayó encima en lugar de ponérselo. Pero después de ver a las chicas de los Goya, la verdad, está elegantísima. Ah, mira, es escocesa. La que salía en Narnia. Aaahhh, jate que me sonaba su cara… ¡Hostias, espera que le han dado otro a Bardem! Ah no, para, que es la repetición. Los highlights de Angels eran.
Señores, acaba de salir una morocha a presentar un premio que no sé quién es ni qué espera de la vida, pero está como un cañón de artillería. ¡Servicio de documentación, Juan María Alfarooooooo! Pipipipipipipipipipipipi… Pero si era Jessica Alba, amigos: bien embarazada y con un escote espumillón palabra de honor. No se le veían las ballenas, como a Natalia Verbeke en los Goya. Las ballenas son el forro interior de las copas del vestido, cerdos. Mal pensados. Jess me ha levantado la moral y os doy media horita más de crónica. Pero ahora que he recopilado información me siento sucio: espera gemelos. En fin. Oscar por el Guión Adaptado para los Coen: formidable. Ya he dicho que la película es un prodigio de escritura que ha trasladado y potenciado una novela vigorosa como siempre de Cormack McCarthy, del que no he leído nada. De esta novela, apenas unas líneas, lo que ya me confiere autoridad moral de sobra para juzgarla como una gran adaptación. Leída la primera escena en el libro y vista en la película, me quedo con la película. Me queda un poco de bitter sin después de tirarlo por el suelo. Me lo acabo. Otra canción nominada: voy a hacerme sesenta flexiones.
Las 4:01, chicos. El Zaragoza entrena mañana a las diez y media (hoy para el lector), con ese 5-0 y esa alegría, y yo aquí con el Oscar al Mejor Montaje de Sonido, como si tuviera 15 años. Os cuento que premian a El Ultimátum de Bourne. Joder, ¿competía en este año? Un poco más y se lo dan a Titanic, ¿no? La ceremonia va ligerita. Ahora, la Mejor Mezcla de Sonido. Si queréis saber la diferencia entre el montaje de sonido y la mezcla de sonido, llamáis a Pumares, chatos. Mira, también compite Bardem. Y Ratatouille. Y Transformers, que no te creas que no cunde y aún no ha rascado una. A ver: El Ultimátum de Bourne gana también éste, claro. Es que era el mismo, en el fondo. En fin. Lo que os decía de la mezcla y el montaje. Si es que el sentido común es el sentido común. ¿Sí o no?
Recuperamos tono con la Mejor Actriz. Están nominadas Penélope, que sigue esperando el suyo desde el año pasado y sólo se ha movido del asiento para cambiar de novio y agarrar a otro camino del éxito, y cuatro o cinco pelanas más. Os las nombro a título informativo pero vamos, que la más elegante es Penélope de lejos: compiten Cate Blanchett (yet again), Julie Christie, no sé quien disfrazada de Edith Piaf, la estupenda Laura Linney (ahí pongo yo mi ficha, ojito) y Ellen Page, alias Juno. Lo va a decir Forest Whitaker… Jódete: Edith Piaf. O sea, Marion Cotillard, que acabo de leerlo en el rótulo. Terrible tener que oír a una francesa hablando inglés. Ahí está la chica, al borde del colapso emocional. Al menos no es tan estirada como Juliet Binoche. Oye, y que no está nada mal, eh, ahora que la miro, tampoco os vayáis a creer. Es decir, la película en Somniloquios no vamos a ir a verla porque en Somniloquios no somos mucho del tema del biopic, pero eso: Marion Cotillard. Bien amueblada. Acordáos del nombre, por si algún día tenéis un blog.
En la TVE, mientras, están con el informativo 24 Horas, que como mucho puedes verlo 24 segundos antes de que se repita una información. Raúl Castro, con sus gafas de 24 quilates, arengando a la Asamblea Nacional de Cuba y hablando muy bien de su hermano mayor, Fidel. Cómo no. Ahora vienen los goles. El dientes está que se sale otra vez y en Madrid hay cagazo. El gol de Uche ha sido de circo. La chica que da los goles tiene los ojos muy grises. Debe de ser por la hora. Ahora, en rápido compacto, todos los tantos de la jornada… Me vuelvo al Kodak Theatre que lo de Luis Fabiano ya me lo sé, chico.
Tras un impás, aquí seguimos. El Ultimátum de Bourne suma otro, el del Mejor Montaje. Tres de tres. Como la serie me gusta tantísimo, son pequeñas alegrías colaterales en una noche más bien descafeinada, te digo. Ya no sé cómo aguanto, pero aún estoy en mis horarios habituales, por otro lado siempre desbaratados. Como nota de color os diré que Figueras ha recuperado terreno con respecto a Angels y su blusa hippie de pedrería en el escote. La camisa color vino de Jaume hace lo que puede. Ahora mismo se están largando una conversación mano a mano que me he perdido, pero presenta el próximo, el de la Mejor Película Extranjera, nada menos que Pe, y ahí doy el respingo porque la Cruz es siempre rabiosa actualidad. Pe presenta rápido y sin florituras, con un inglés muy hispano, y se lo entrega a The Counterfeiters, de Austria. Yo se lo hubiera dado otra vez a La Vida de los Otros, oye. Penélope escolta el discurso y una azafata de piel olivácea escolta a Penélope. Le saca cuello y medio y un par de cabezas, a pesar de que Penélope se ha subido el frente del peinado como si se hubiera metido un transportador bajo el flequillo. La verdad, pobre Pe: en California no es azafata cualquiera. La morena está para jugar al waterpolo con ella y vaciar la piscina a barrigazos.
Ha salido John Travolta, que casi se come el atril. Después de Colin Farrell, es el segundo que resbala ahí y el chaval de la mopa sin ocuparse del asunto. Ya verás cómo al final salimos en los papeles. Travolta ha ingresado ya en ese periodo de los actores/actrices en el que uno no sabría decir si tienen 42 años u 86. Luego, repentinamente, aparecen envejecidos y a continuación se mueren. Más o menos, por resumir. La línea del cabello de Danny Tzuko está en franco retroceso y la cara es como si no fuera suya, como si le hubieran esculpido una nueva en cera y la llevase encima de la real. Le han dado el Oscar a la mejor canción a una de Encantada. Pues encantados.
Según mis cálculos, ahora viene lo bueno. Son las 4:56 de la mañana. Lo bueno serían el Guión Original, el Mejor Actor, el Mejor Director y la Mejor Película. Lo demás ya no interesa mucho. La Banda Sonora, el Corto Documental y qué sé yo. ¿Sabéis qué? Que me voy a la cama. Que yo si no están nominados Scorsese, Woody Allen o Clint Eastwood casi me da igual. Los Coen me caen muy bien, me han divertido mucho, pero… Eso sí, espero que ganen porque su película es la mejor. Tengo la duda por Tommy Lee Jones, que está entre esos tipos a los que quiero ver ganar. Pero como creo que no lo voy a ver ganar, en cuanto termine Cameron Díaz lo que tiene entre manos, me largo. Pozos de Ambición se lleva el primero, a la Cinematografía. ¿Qué es la cinematografía? Y qué sé yo. Yo estoy pensando en lo mío: en que Cameron Díaz sí hubiera derrotado a la azafata del waterpolo. Ahora rezo tres avemarías por ella.
Señores, ha sido un placer. Como diría John Wayne: So long!
[Pd: la cinematografía es lo que nosotros llamamos la fotografía. Es decir... eso. La fotografía].
Roy Scheider (1932-2008)

Jefe Brody: Vas a necesitar un barco más grande.
[Roy Scheider hace cálculos en Tiburón].
Lo que yo te diga...

He descubierto que puedo leer mientras escucho música. He intentado escribir con música, pero no puedo escribir con música (ni siquiera acariciado por el dúo Stan Getz/Chet Baker) ni desde luego escribir música. Aunque Ali trató de explicarme el otro día qué es una corchea y me definió los tipos y los sonidos, tuvo el mismo éxito que cuando intentan explicarme cómo vuelan los aviones o en qué consiste la operación acordeón del Zaragoza o cómo se blanquea dinero a través de un billete de lotería o del fichaje de un jugador de fútbol. Ali ha empezado a estudiar piano y ballet, lo que prolonga -por vía de ascendencia materna- la cierta relación que mi familia ha mantenido con la música: mi abuela tocaba el piano y bordaba, mi tía Micaela tocaba el piano y ejercía de mezzosoprano y viajaba, mi cuñada estudió piano y mi sobrina, ahora, aprende lo que son las corcheas y me lo explica con mínimo éxito. Yo apenas alcancé a tocar el tambor, lo que requiere una mediana habilidad con la mano izquierda (que es la clave de un buen redoble). Siempre pensé que estaría capacitado para aporrear la batería, pero lo que de verdad quise y quiero aprender es a trastear la guitarra. Montar una banda de rock y ser la voz: vocals and supporting guitar... el Tanque Ornat, yeah!
Hablando de música... por algún motivo que ignoro me interesan más las elecciones estadounidenses que las españolas. No se trata de que yo tenga o practique una mirada geoestratégica. Tal vez lo mío tenga que ver con la pura diversión y con el hecho pervertido de que observo el mundo como el que mira a un escenario con personajes; o mejor una pantalla de cine con personajes. Y los personajes de aquí me aburren y los de allá me divierten. Por eso yo iba con Rudy Giuliani, el más reconocible de todos salvo por la cornuda consentida y conveniente por la que tengo a Hillary. De Obama no sé qué pensar. Salió muy fuerte pero le han pegado cuatro mordiscos y no sé si tiene la dentadura afilada como la señora Clinton, que para empezar montó su oficina hace rato en un Harlem que ya no tiene casi nada que ver con los días de Shaft. Por otro lado, tengo grandes esperanzas en que McCain, el que parece que va a ganar en el lado republicano, se convierta en un gran personaje. Con ese nombre de marca de pa'atas anuncia muchas posibilidades.
Los republicanos me gustan no por su ideario, que no sé cuál es, sino porque soliviantan mejor y más rápido al antiamericanismo tópico de este lado, y a mí eso me pone mucho. En ese aspecto, Giuliani no hubiera tenido rival. El propio Enric González lo definió, en su maravilloso Historias de Nueva York (libro que recomiendo como la mejor guía turística posible de la Ciudad), como un "tipo duro, carca y racista". La vehemencia de esa reunión de adjetivos se me cruza con la cantidad de juicios entusiastas que reuní en NY acerca de la personalidad del ex alcalde de la ciudad, admirado, valorado sobre todo por la eficacia de su limpieza. Y también con su fracaso en las primarias republicanas, donde había reunido más dinero que ninguno de los otros candidatos. Aquí los sabedores de todo y especialistas de nada que son los contertulios multimediáticos dicen que se ha pasado de ego y que su retirada se debe a esa estrategia suicida de presentarse sólo a las primarias del supermartes (el próximo) y poco más; pero yo leo el NY Times, tíos, yo soy la hostia, y en el Times analizaban el otro día la cosa desde una perspectiva mucho más próxima: si Giuliani ha fracasado no es por eso, aunque algo ha influido porque ha permitido a sus rivales engordar sus nombres en las sucesivas votaciones; Giuliani estaba destinado al fracaso porque, razonan allá los analistas, no es lo suficientemente conservador para las gentes de su partido, y porque su campaña no se ha ocupado de rebajar ese perfil liberal que le acompaña. América desconfía de Nueva York; la América republicana no se fía de un tipo liberal como Giuliani, al que aquí tenemos por un emigrante conservador italiano de segunda generación que limpió la Nueva York del crack de los 80 a base de juego sucio, paradoja que explica muchas cosas. El caso es que uno no se acuerda ni de su padre cuando goza la posibilidad de pasearse por Times Square y por Manhattan a cualquier hora del día o de la noche con esa impresión de tranquilidad tan reconocible.
Tal vez ese prejuicio antiliberal-antineoyorquino-antiintelectual lo emparente de una forma muy extraña con gente como Woody Allen o Paul Haggis, elementos que procuran a Estados Unidos una redención intelectual a través del cine. Lo que a Estados Unidos no le interesa demasiado, puede ser, pero tal vez si algo distingue a los americanos de fuera de Nueva York es que, en general, dudan poco de sí mismos. En el Valle de Elah propone una reflexión poliédrica que plantea muchas cuestiones sin juzgarlas del todo, sin exponer una tesis de solución o de juicio. Desconozco si Paul Haggis duda o prefiere, en su condición de canadiense, no emitir un juicio resolutivo, o bien si opta por un inteligente relativismo que no lo es, o por permitir a los espectadores hacerse un juicio propio o bien ningún juicio apriorístico. O tal vez a Haggis sólo le interesa contar una buena historia, opción que yo siempre preferiré. El caso es que lo logra y al mismo tiempo tal vez logra muchas conclusiones diferentes, lo que funciona de maravilla contra el pensamiento único. No será una película redonda, pero sí una película mayor, hecha con sensibilidad muy coherente, logro que al que contribuyen de forma decisiva Tommy Lee Jones y Susan Sarandon y también, desde el personaje con la subtrama más débil, Charlize Theron. Tommy Lee Jones es un tío cojonudo, además de un actor cojonudo. Las dos cosas son la misma en mi cerebro. A Susan Sarandon la considero sin paliativos la mejor actriz de los últimos 30 años, a la altura de las clásicas más grandes. Y ojo que estoy diciendo las más grandes, que yo no me ando con mandangas. Con unas pocas escenas le basta para levantar un personaje de una pieza, rotundo de matices, y agraciar varias escenas terribles. Su conversación por teléfono con Tommy Lee Jones y la visita a la morgue militar encarnan la Pasión según Paul Haggis.
Respecto a Charlize Theron, esa muchacha liviana posee la virtud de la naturalidad compositiva. En los personajes excesivos se arregla para darles una dimensión precisa, lejos de las sobreactuaciones; en los contenidos, como el de esta terrenal policía madre de familia, la actriz interpreta con sencillez a una antiheroína de ambiciones muy naturales: "Yo no tengo una carrera, tengo un empleo", le dice a un superior que la acusa de arribista. Una frase para hacer un cartel en la oficina, en muchas oficinas. Ahora pienso que Theron ya anunciaba esos niveles en su primera aparición que yo recuerde, en la Celebrity de Woody Allen, cuando representaba a una supermodelo que decía cosas como "yo obtengo mucho placer de mi propio cuerpo", mientras fumaba un cigarrillo tipo More. Si alguien es capaz de dotar a un personaje así de la gracia correcta, es que algo hay. La he estado viendo y me recuerda a la Pam que hace Shelley Duvall en Annie Hall, cuando después de follar con Alvy Singer/Woody Allen da rienda suelta a su afán pijotrascendentalista y dice: "Alvy, el sexo contigo es una experiencia kafkiana... y eso es un cumplido". Su adjetivo preferido era transpléndido.
Advierto ya que a Los Crímenes de Oxford y a El Amor en los Tiempos del Cólera no voy a ir. Respecto a la segunda, sé de antemano que el lenguaje de García Márquez no se puede llevar al cine. El nudo de mágicas eufonías y la fluidez de las frases -que jugaron un papel básico en mi educación sentimental- me parece imposible de transponer. Tal vez si Garci fuera colombiano caribeño...Pero ni aun así. Respecto a Los Crímenes... tengo dos motivos de peso. El primero sucedió una noche que aguardaba un semáforo en la entrada del Paseo Independencia y un lector de Somniloquios, y sin embargo amigo, me saludó al grito de "¡No vayas a ver Los Crímenes de Oxford!". No hay peligro, lo tranquilicé. El segundo motivo es que Álex de la Iglesia parece muy interesado en no interesarme nada. Lo considero un caso notable de talento muy bien desaprovechado. Primo de Julio Medem.
Eso sí, yo siempre digo que lo que menos hay que tenerles en cuenta a los directores españoles son sus películas. ¿O nos juzgan ellos a nosotros por nuestro trabajo? A Fernando León de Aranoa lo llevé una noche en mi auto porque tenemos un amigo común, y en el corto trayecto me pareció un tío muy majo, de una sobria simpatía. También David Trueba, que tenía todos los boletos para lo contrario, me cayó muy bien el día que coincidí y me lo presentaron (Luisito Alegre otra vez, siempre, por supuesto); claro que no pude atenderle mucho porque yo había bajado para conocer a López de Ayala, Pilar; y, aunque ajena y vaporosa como una ninfa, me quedé sordo repentino pensando en aquellos besos que daba en los días felices en que ella era Carlota en Al Salir de Clase; unos mordiscos que quitaban el hipo a cambio de provocar varias contracturas inguinales. Ahora, mi director preferido en España es Agustín Díaz Yanes, de lejos. Lo conocí una larga noche en medio de una mesa de desarrapados beodos que zozobraban peligrosamente entre los manteles; Tano, así le dicen sus amigos y yo, no estaba entre ellos. Se mantuvo siempre erguido como buen atlético que es. Nos despedimos con un abrazo sentido en el Paseo de las Damas (calle zaragozana de hermosísimo nombre) y desde entonces yo, en las cosas del cine, voy siempre con Díaz Yanes. Él ya no se acordará de mí y yo no he visto ni una sola película suya, pero lo que yo te diga: Tano es un tío cojonudo. Pero cojonudo, eh.Una abuela en camisón

Hay dos o tres sitios donde el silencio es una ley: los hospitales, las salas de cine y el tenis. Pero sólo en el tenis se respeta. Los hospitales ya sabemos, no hay más que ver el ruidito de fondo siempre en Hospital Central, esa serie... Y respecto al cine, las salas se preocupan mucho de poner anuncios para que apaguemos el móvil y enchufemos el contestatario automático que llevamos dentro (patrocinado por las compañías telefónicas, claro), pero nadie se preocupó jamás de vigilar el silencio humano, que es mucho más molesto y habitual que los politonos. Estuve a punto de liarla la otra noche con una parejita que se pasó la película hablando. Pero no de ratito en ratito, no. Toda la película. O sea, la hora y media completa. Venga a cascar de sus cositas, en ese tono medio que tan bien estudiado tienen estos hijos de puta, ese tono medio que viene a ser como un zumbido de fondo monocorde, sin estridencias gamberras, muy cuidado, muy en su sitio, muy profesional. Ese volumen que te permite oír la película como para que no tengas argumentos, como para que tu razón de protesta parezca exagerada, hija de un maniático obsesionado por los que hablan en el cine. Lo hacen así. Luego se irán a tomar algo a un bar y se quedarán en silencio, los desgraciados. Estuve a punto de ir a buscar a un acomodador, pero cualquiera encuentra un acomodador hoy en día en un cine. La verdad, yo pondría guardias civiles patrullando los pasillos de la sala. En serio. Guardias civiles no te digo yo con ametralladora, pero sí con la capa antigua y el tricornio de charol endurecido, las botas y los correajes bien negros de betún rutilante, y paseándose arriba y abajo despacio, que se les oyeran los pasos pero muy de fondo, en el volumen exacto de una advertencia. A ver si tenían huevos de hablar entonces, a ver. Pero no, en los cines ya no hay autoridad.
En fin, que me metí a ver [REC], cumpliendo ese código de vida que me impuse hace ya algún tiempo y que consiste en hacer primero las cosas que más miedo me dan. En realidad no sé por qué fui a verla; y después de verla, aún lo sé menos. Lo voy a decir rapidito para que no queden dudas: [REC] me pareció una cosa ridícula. Tres días después me sigo preguntando qué es lo que se supone que da terror de esta película, y ya no digo terror sino un poquito de miedo. Me pareció todo tan primario, tan simple y tan previsible como la cueva del terror de las ferias. Esa abuela ensangrentada en camisón al fondo del pasillo, la verdad... era de risa. Pero no hacía ninguna gracia. La escena final con los infrarrojos y la peluda anoréxica me recordó a los momentos definitivos de El Silencio de los Corderos, cuando Buffalo Bill tiene encerrada en casa a Clarice Starling en la más completa oscuridad. Esa escena sí que me dio miedo y aún me produce una impresión angustiosa cuando la veo, y la he debido de ver cien veces. Me acollona la mirada desvariada del asesino y Jodie Foster me hace sentir el terror de alguien que sabe que está a punto de morir en un sótano oscuro, a manos de un depravado sin conciencia de la realidad. Tal vez la diferencia esté en los actores, en las miradas, en su capacidad para interpretar el miedo. Para convencerme del miedo y clavármelo dentro no basta con que aparezca una vieja sin sujetador y el pelo hecho un desastre o con que el guión nos lo diga. Hay que comunicarlo. Hay que transmitirlo. Los actores de [REC] (porque a personajes no llegan; y por cierto, hay otro de esos policías increíbles de los que ya hablé) gritan mucho, gritan todo el rato. Desconocen el peso y el valor de los silencios. El silencio es como las elipsis, un arte fugaz que no todos los realizadores y guionistas pueden alcanzar. El peso y el valor de los silencios están perfectamente explicados en La Delgada Línea Roja, una película de guerra y destrucción (a todos los niveles) en la que nadie levanta la voz durante tres horas; una maravilla de Terrence Malick que aún me parece portentosa y que a casi todo el mundo le pareció un coñazo. Será el alma de poeta. [Inciso: la foto de arriba a la derecha pertenece a Malas Tierras, precisamente de Malick. Uno no se puede morir sin verla, en serio. Yo ya la he visto, así que estoy salvado... Además, estudié en la universidad del Opus, mis padres ya pagaron la cuota para que yo zafe del infierno].
Sinceramente, estoy preocupado. Creo que mi escepticismo vital ha alcanzado tales niveles que soy ya directamente incapaz de creerme este tipo de historias. Los actores gritan mucho y dan mucho susto, pero de lo mal que funciona todo. Me importa un huevo lo que les pase a sus personajes, incluida la periodista listilla que compone un tópico muy habitual de esos directores que quieren "criticar la telerrealidad y los excesos del periodismo". "Vimos que para que el espectador viviera el miedo desde dentro, lo mejor era prescindir de las convenciones, el montaje y la música, y fue entonces cuando pensamos en la televisión", Algún día un director debería hacer una película que criticara los excesos de egolatría e importancia que se dan estos directores tan discursivos, siempre tan pendientes de diseccionar la realidad que los circunda en lugar de hacer películas con un mínimo decoro, orden y concierto. Siempre con la palmadita en la espalda de los propios periodistas, que jalean sus conclusiones y las dan por buenas. El productor del filme, Julio Fernández, se pone aún más estupendo y asegura que "Balagueró y Plaza utilizan el terror para lanzar una crítica al tratamiento que hacen algunos medios de las noticias, para reflexionar sobre hasta dónde pueden llegar las televisiones, que eso sí es terrorífico".
Chatos, lo que es terrorífico es pagar seis dracmas o más por ver estas cositas que os sacáis de la facultad de cine o no sé de dónde. Lo terrorífico es que os dais más importancia que una mierda en un solar. La televisión es gratis, amigos: uno puede cambiar sobre la marcha y hasta apagar. Con vosotros no hay remedio, te tienes que quedar. La guardia civil se os debería llevar con la parejita de loros de allá a la izquierda. Con tricornio y capa. Con dos cojones.
En serio: da más miedo el tren de la bruja. Si a la abuela de la foto la subes al tren de la bruja, ahí sí, puede ser. En una pantalla de cine, no. Que no.
Tomasín y sus amigos

A falta de referencias críticas válidas o aceptables, con el cine acostumbro a valerme de los prejuicios, que son una fórmula muy conveniente basada en la experiencia y el aprendizaje, maestros incontestables. Yo creo que cuando hablamos de pagar seis euros más los extras (entiéndase productos del ambigú o patadas en el respaldo de la butaca), uno tiene derecho al prejuicio, a cuidarlo y matizarlo, a ejercerlo y engordarlo. Incluso tiene derecho, y obligación, a revisarlo de cuando en cuando. Los prejuicios han de ser reversibles. Mi prejuicio más severo tiene que ver con el cine español de los años 80 acá; tengo otro con los genios jóvenes de la realización; otro con las películas sobre la guerra civil y sus alrededores, los thrillers nacionales y las películas de terror; uno muy acusado con los exitazos de taquilla, los premios Goya y las aclamaciones de la crítica nacional; y otro aún mayor con los guionistas de la sorpresa, la originalidad y la presunción. A menudo todos esos prejuicios tan generosos se reúnen en una sola cinta o personaje. Creo que ha ocurrido una vez y se llama Amenábar: Tesis, Abre los ojos o Los Otros. A Mar Adentro ya no llegué. A mí de la Ramona sólo me interesaba aquella canción de Esteso.
El Orfanato me parecía carne de prejuicio clarísimo, pero me he ablandado. Me tranquiliza leer que a Boyero no le impresionó la película, porque a mí no sólo no me ha impresionado sino que me ha dejado por completo indiferente. Yo he sido un miedoso horrible de chico, tanto que recuerdo haberme metido en la cama con mis dos hermanos y mi madre -dos de cada lado- una noche que vimos, hace muchos años, un capítulo de aquéllos de Alfred Hitchcock presenta... Jamás he tenido huevos de ponerme a ver El Exorcista, me inquietan mucho películas como El Corazón del Ángel y se me ocurrió mirar un rato The Ring por devoción a Naomi Watts: cuando apareció la china en el televisor me subí en la pared como una salamanquesa. Un rato después bajé a rastras para cambiar de canal. Pero lo que más canguelo me ha dado, no sé si alguien lo vería, fue un documental titulado El Secreto de M. Night Shyamalan, en el que un equipo de televisión descubría cosas que uno no querría saber sobre la muy especial sensibilidad del director de El Sexto Sentido. Si de verdad era un documental, me quedé petrificado; si era un truco de falsa verdad, funcionaba como la película de terror más devoradora que me haya cruzado.
O me he vuelto ya tan escéptico que ni el terror me da terror, o lo de El Orfanato es un terrorcillo de habas. O me he hecho mayor y ahora ya debería atreverme a subir en la noria de las ferias... No sé. Todo lo que he leído y oído sobre esta película me parece una patraña de buenas voluntades. Lo mejor que puedo decir de ella es que huele a ópera prima de un director joven y que uno siempre ha de practicar la condescendencia con quien debuta, es de ley. Puede que haya buenas trazas pero yo no estoy aquí para juzgar las posibilidades futuras de Bayona (¿se llamaba Bayona el director?; ni me acuerdo del nombre, perdón); digo que El Orfanato me ha parecido una película de terror que como película está repleta de clichés y como terror da menos miedo que La Pantera Rosa. Al menos a mí, que pasé años sin poder ver otra vez Poltergeist. No es que sea aburrida. No es ni aburrida ni todo lo contrario. Se ve que el guión quiere cerrar los círculos, pero con un epílogo muy molesto, como si todos fuéramos tontos para que el director y su guionista sean muy listos. Hay un pastiche de referencias que alguien ha resumido muy bien en una de esas feroces críticas de desconocidos que corren por internet: "Es una especie de Los Otros mezclado con Peter Pan y Destino Final. Clavado, oiga... eso es manejar recursos y bibliografía.
Lo peor son lo huecas que suenan tantas y tantas frases a lo largo de la película, dificultad habitual en las series de televisión nacionales y en muchos filmes. Saben hacer lo espectacular, pero no lo cotidiano, lo rutinario. En El Orfanato hay diálogos de la estatura de los que salen en Hospital Central, de esos que no los pondría en pie ni Luisito Varela haciendo de don Gregorio en Camera Café. La médium que defiende Charlotte Chaplin es para agarrarse las bolas con una prensa; el mentalista con acento extranjero está más trillado que trillado; y salen en un momento dado cuatro guardias civiles que los ves y dices: mira esos tíos disfrazados de guardias civiles. La imposibilidad de la ficción patria para hacer creíbles a los policías en la pantalla resulta proverbial. Los más creíbles que he visto eran aquél de Farmacia de Guardia, de cuyo nombre no puedo acordarme, y sobre todo Barrilete, el policía municipal de pueblo que salía en Verano Azul. Escribir bien es difícil, muy difícil. Pero no celebremos la mediocridad. No hace falta haber estudiado cine para darse cuenta de cuándo algo no va y no va. Basta con haber educado el juicio y la sensibilidad. Cuando a lo largo de una película adivino unos cuantos planos o secuencias pienso que o bien yo mismo puedo dirigir una película, o bien el director no puede hacerlo. Como el director y yo no podemos ser lo mismo, queda claro cuál es la opción correcta. Pero no hace falta ponerse académico. Si mi madre escribiera críticas de películas, sobre ésta diría: una tontada como un piano.
Tomasín y sus amigos, sí. Y el tonto Simón, que diría Juan Perro. La pandilla basura. Yo sí que estoy hecho un huérfano: ni al cine puedo ir ya.
Fernando Fernán-Gómez (1921-2007)

Antes de morir, Fernán-Gómez debió escribir esta última escena que le permitiera lo imposible que siempre deseamos: observar nuestro fallecimiento en tercera persona. El Fenómeno dejó imaginada una pieza final en la que sus amigos, admiradores, conocidos y queridos, desde luego amados, toman un último café con él. Para representarla en el teatro. En la foto, Fernán-Gómez cumple por transmisión a un fotógrafo (¿por qué ven lo que los demás no vemos?) ese último deseo que nos desborda: contemplarse muerto. En la pantalla, mira directamente hacia el féretro que lo contiene, observa su última representación y nada impide imaginar por su gesto que lo hace con ironía. De todo lo que me gustó de Fernán-Gómez lo que más me gustó fue su versátil mirada cinematográfica, imponente en todos los registros. Todos. Y esa barba atrabiliaria que responde al final de una costumbre: afeitarse supone la inútil tentativa de descontar los días que ocurren. Así que... ¡a la mierda!
Deborah Kerr (1921-2007)

Karen Holmes: Si va buscando al capitán... no está aquí.
Sargento Warden: (mirando a Karen con lascivia) ¿Y si no estoy buscando al capitán?
Karen Holmes: Entonces, el capitán sigue sin estar aquí.
[Deborah Kerr y Burt Lancaster, en De Aquí a la Eternidad, aprovechan la ausencia del capitán para darse un baño].
Wild Man Blues

A una hora oscura y apacible, estoy viendo Wild Man Blues, ese excelente documental en el que la directora Barbara Kopple retrata a Woody Allen de gira con su grupo de música dixie, el jazz primigenio de la querida, y aún desconocida, Nueva Orleans (lo que hace la música: sentí la tragedia de Nueva Orleans como si fuera un habitual visitante de Nueva Orleans... y aún no la he pisado en mi vida). Contra una opinión muy extendida, yo siempre he pensado que los personajes de Woody Allen sólo se parecen tangencialmente a Woody Allen, pese a la inevitable identificación entre unos y otros. Creo que en los caracteres que escribe no hay de él más que el pensamiento y la sensibilidad para trascender ese pensamiento y convertirlo en preocupaciones universales, desde una perspectiva tan irónica como brillante. En algún sentido todo arte se parece al artista, pero esa semejanza no implica una copia autobiográfica. Para mí, Allen es un mayúsculo autor, quizás uno de los tres mejores y más consistentes y variados de los últimos 30 años (Clint Eastwood, Woody Allen, Martin Scorsese). Puede dar la impresión de que todas sus películas hablen de lo mismo en formas parecidas, pero nunca se repiten los temas y si lo hacen es porque algunos temas tienden a repetirse en la propia vida. Son la sustancia de la vida. A la manera de los pintores, Allen crea series de pinturas con líneas de fuga o trazos o técnicas o personajes de fondos coincidentes, pero nada más. En ocasiones, esas pinturas quedan en meros bocetos y entonces uno advierte que hay un rasgo de genialidad latente, pero que la película ha quedado incompleta (Scoop compone un ejemplo perfecto para esta burda teoría mía). Decir que todas sus películas son iguales es como decir que toda la serie negra de Goya es igual. Wild Man Blues, absolutamente recomendable -si te gusta un poco el jazz, magnífica- abunda en la impresión de que Woody y sus personajes podrían ser la misma persona. Pero viéndola yo aún lo niego con mayor convicción. De la revisión de anoche me interesa una escena en la fiesta que sigue a un concierto de la banda en Venecia. En medio del desconcertante ambiente de una recepción en la que todos conocen a Allen y Allen no conoce a nadie, una entusiasta admiradora lo interpela. El diálogo siguiente opone la amable admiración por parte de ella y una considerada timidez del lado del director.
Ella: Qué contenta estoy, tenía tantas ganas de conocerle...
Allen: Muchas gracias, muchas gracias...
Ella: Tiene usted tanto sentido del humor, es tan inteligente...
Allen: ¡Continúe, continúe!
Ella: De verdad, es usted muy inteligente, es un gran placer conocerle.
Allen: Dígame, ¿es usted de Venecia?
Ella: No, de Ancona.
(Woody Allen duda, como si no hubiera entendido el nombre o bien ignorase la situación de la ciudad o incluso su misma existencia).
Ella: Ancona... en el centro, junto al Mar Adriático.
Allen: Ajá... Ancona.
Ella: Pero usted sabe tanto de tantas cosas...
Allen: (Riéndose nervioso mientras busca apoyos) A veces la inteligencia es una carga, una gran responsabilidad.
Ella: ¡Debe usted ser tan feliz siendo tan inteligente...!
Allen: No crea, señora, en la cima hace mucho frío.
Hitch

Hace años tuve lo que llamaríamos un periodo Hitchcock, que empecé leyéndome el libro de entrevistas de Truffaut a Hitchcock (probablemente, el mejor libro jamás escrito sobre cine, y eso que debe haber varios cientos de miles que ignoro) y terminé comprando todo lo que pude encontrar sobre el director inglés en un par de librerías digitales de Inglaterra y Estados Unidos. Naturalmente, he olvidado casi todo lo que leí entonces. Tengo muy buena memoria pero soy poco memorioso. Es decir, tengo una memoria antojadiza. En ese tiempo también vi cuantas películas de Hitchcock alcancé, primerizas y últimas, y desde entonces cada cierto tiempo me paro a pensar cuál es la mejor. Porque a veces uno precisa este tipo de pensamientos clasificatorios e inútiles, que lo disponen para momentos estelares entre amigos y conocidos. La gente es exigente. Hoy, por ejemplo, caminaba yo por la calle con una chaqueta de punto de color verde y me he cruzado con un completo desconocido, un hombre ya mayor que al pasar por mi lado, sin levantar la cabeza ni mirarme siquiera, como un loco que hablara para sí, me ha dicho: "De verde no; de blanco y azul...". Primero he pensado que no me decía a mí. Luego he comprendido y me he vuelto a mirarlo. Seguía caminando sin levantar la cabeza.
Así que nunca se sabe cuándo alguien te puede preguntar esas cosas que pregunta la gente sin aviso previo, y con exigencia de respuesta inmediata. Por ejemplo: ¿Tan bueno es Chabal? O bien... ¿Qué pasará este año con el R. Z.? O, por ejemplo, ¿según tú cuál es la mejor película de Hitchcock? Ahí uno no se puede parar a pensar, no puede empezar a divagar y nombrar una, luego corregir, meter otra, incurrir en algún olvido espectacular... No. Hay que tener preparado un titular y al menos dos suplentes; y si la cosa se pone brava (cuando el oponente te intenta colar su preferida) tener argumentos para rebatirlo. Después de años de desajustada especulación, no he llegado a saber cuál me parece la mejor de Hitch. Debe de estar en algún punto intermedio entre Psicosis, Vértigo, La Ventana Indiscreta y Con la muerte en los talones. Y generalmente pienso que más cerca de ésta última que de ninguna otra. Otras veces pienso que se acerca más a La Ventana Indiscreta. Pero se admiten opiniones: quizás sólo son mis favoritas, concepto distinto pero aún más defendible. Finalicé mi periodo Hitchcock con la elaboración de un sentido artículo que nadie publicó jamás y que ni siquiera yo debo de guardar. No lo sé. Lo tendré que buscar por curiosidad, a ver qué decía. Como otro que escribí sobre Reyes (el ahora futbolista del Atlético) cuando se marchó del Sevilla al Arsenal, para el que no había razón ni encargo alguno: me apeteció escribirlo y para hacerlo aún más singular, lo escribí en inglés. ¿Para qué? Paraguayo.
Esta noche he visto Con la muerte en los talones, otra vez. Y me ha divertido como siempre. Ver Con la muerte en los talones constituye una de esas actividades que uno siempre disfruta como el primer día. Es lo mismo que oír In My Life, de los Beatles, un recuerdo sin desgaste. Los artificios visuales de Hitchcock me encantan; el uso estilizado de la cámara; esa forma de tratar a los actores "como ganado", dirigiéndoles cada gesto e insertando él los planos para que el conjunto adquiera sentido; el tipo de cosas que Cary Grant supo entender e interpretar como nadie. La recurrente escena de la avioneta fumigadora no se ha hecho clásica porque sí; en verdad resulta subyugante por más que vuelvas a verla mil veces. El plano desde la altísima grúa con el que se inicia la secuencia, con el autobús que deja a Cary Grant en medio de ninguna parte, resulta espectacular. El juego con las miradas del actor puntea todo la escena y la rellena de comicidad y una extrañada tensión. Los personajes principales de Hitchcock casi siempre fueron hombres comunes enredados en circunstancias que los rebasan o no comprenden o no pueden dominar, y los convierten en seres con una tenacidad de hierro para enderezar la realidad. Desde luego, James Stewart y Cary Grant daban el perfil exacto para esos papeles. Lo de las rubias lo sabe todo el mundo. Por encima de esa fijación, Hitchcock era un fenómeno construyendo en sus películas escenas superpuestas que terminaban por fundirse. Lo que al principio parece casual o un simple contexto, acaba por constituir el centro de la acción. Con la muerte en los talones está llena de esos juegos tan particulares. James Mason y Martin Landau (con unos ojos profundamente malvados) hacen unos villanos estupendos. La película viene a integrar un thriller semi cómico con plena conciencia y disfrute de esa paradójica condición. Tal vez los diálogos nunca fueron más chispeantes en Hitchcock como los que sostienen aquí Cary Grant y Eva Marie Saint. Así:
-"¿Qué le hace a una chica como tú ser una chica como tú?".
-"La suerte, supongo".
Por otro lado, titular Con la muerte en los talones una película llamada North by Northwest, me parece un indudable rasgo o rapto de genialidad, que merecía el Oscar para el tipo que parió el nombrecito en la distribuidora española.
[Pd.: Esto es lo que se llama escribir un somniloquio en vano].
Ingmar Bergman (1918-2007)

Antonius Block: ¿Quién eres?
Muerte: Soy la Muerte.
Antonius Block: ¿Has venido a buscarme?
Muerte: Hace tiempo que camino a tu lado.
Antonius Block: Ya lo había advertido.
Muerte: ¿Estás preparado?
Antonius Block: Mi cuerpo lo está... pero yo no.
(Diálogo de El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman, fallecido ayer en Faro).
Fin de la película

Los Multicines Buñuel cerraron el viernes para no abrir nunca más. Hace tiempo que dejaron de ser rentables, cuentan; hace tiempo que eran pequeños e incómodos, contamos. Nos pondremos románticos por la pérdida de otro cine, pero uno ha visto desaparecer ya tantas salas (y otras muchas cosas) en la ciudad que acepta este penúltimo extravío como parte del proceso de demolición silenciosa de la Zaragoza de los setenta, la de mi infancia o de la adolescencia que venía. Con permiso, a mí me gustaba más aquella Zaragoza, como los muchachos de ahora preferirán la que tienen a la futura, supongo. Y si no, serán unos desgraciados sin sentimientos, posibilidad cada vez más probable.
Los cines significaban sólo una parte más de ese paisaje perdido, pero una parte principal porque en un cine ocurre literalmente de todo. En la pantalla y en el patio de butacas. En ese tiempo todo me parecía posible. El pozo San Lázaro se tragaba autobuses enteros; contaban que comunicaba con Tortosa por un túnel largo y de aguas impenetrables; el oso giraba sobre sí mismo entre los barrotes en el parque Bruil; los Bordini descendían desde la torre de La Seo al centro de la plaza del Pilar, subidos en motos veloces, por un delgado cable de plata; en el edificio Trovador estaba Sementales y olíamos a los caballos desde lejos y mirábamos sus sombras moverse a través de los ventanucos cuadrados. Los sábados íbamos a patinar sobre hielo al Ibón, en Requeté Aragonés. Las ferias las ponían en Tenor Fleta, a la vuelta del colegio de los Agustinos. Y detrás sólo se veía ya la bendita huerta y el bendito tomate de Zaragoza. Lo diferencial de la Zaragoza de los setenta, como demuestran estas líneas, es que constituía un espacio privadamente ilusorio, innegable a pesar del tiempo, que juega a reforzar esa impresión en lugar de negarla con un barniz racional. Esa posibilidad mágica se manifestaba en los lugares más insospechados. Como en los los bancos: el Zaragozano, el Banco de España, el Central y el Hispano-Americano, todos en la plaza de España y sus alrededores. De muy niño, mi abuela Pilar me entraba a los bancos a primera hora de la mañana, antes de llevarme al colegio. Yo se lo pedía. Me gustaba la grandiosidad interior de los bancos y el trasiego de gente, las filas, el murmullo de las operaciones, el mármol de los suelos y las grandilocuentes fachadas. Esto me lo explico ahora, porque jamás he logrado entender esa fascinación irrecuperable. Ahora no entro en un banco ni a tiros. Me siento incómodo. No entiendo nada. Tengo miedo. Me animé un poco a mejorar la frecuencia tras coincidir con una cajera de prácticas que atendía con juvenil ternura en medio de un mundo como ese; pero un día la convirtieron en comercial, se recortó el flequillo recto y me empezó a insinuar operaciones con el dinero que tenía en las cuentas, cuyas cifras ponderó con mirada suculenta; después me dijo que su novio era Policía Local y, como yo tenía el coche mal aparcado, salí pitando...
Estaban los bancos pero también los coches en la calle Alfonso; aún no existía el afán peatonalizador y los ciudadanos del centro histórico todavía podíamos aparcar en algún lado. Funcionaban las churrerías, las papelerías especializadas, La Reina de las Tintas, los taxis negros con la banda amarilla, el 1.500 de mi padre, el apogeo feliz de Helios y Casa Blas en Ranillas, cuando Ranillas era Ranillas y detrás ya sólo estaban Kasan y la huerta. Ranillas era casi un barrio rural pegado a la ciudad, con casitas bajas, acequias y puertas de colores; nada que ver con esos edificios que levantan ahora, de a millón el metro cuadrado porque un poco más abajo, en el meandro, van a hacer una exhibición. Me gustaba la Zaragoza de la motonáutica en el río, los cabezudos corriendo de verdad, con trallas de verdad, no esa mariconada de ahora... Los días en que cada uno podía ir al colegio que le diera la gana a sus padres (y aun a él mismo); la de los carteles luminosos de Avecrem en la fachada del Tubo, la de Las Vegas 1 y 2, el Café Brasil, el chocolate con churros del Ceres, la caña con limón de Los Espumosos y el Casino Mercantil. Cuando el centro era el centro y se terminaba en la plaza de Aragón. Zaragoza era entonces una ciudad sencilla, cómoda en su provincianismo, imperfecta pero consciente de las obligaciones a las que forzaba esa imperfección: es decir, no estrangular a los ciudadanos, no cobrarles como cinco estrellas lo que todos sabíamos que era, y es, tres estrellas. No digo que fuera mejor. Pero sincera y románticamente digo que prefería aquello; que cada día aguanto peor esta mentira de grandeza expositiva y ventajista que nos atropella, que dispara los precios y las ínfulas y los beneficios y los billetes bajo mano a políticos de colegio privado y bicicleta ecológica. Ranillas siempre será Ranillas; a millón el metro cuadrado... pero Ranillas. Me pregunto cuándo empezó todo. Si fue cuando desaparecieron los jardines de la plaza del Pilar; en el momento en que alguien dibujó el ACTUR sobre un papel; cuando finalizó aquella guerra civil de cuatro días en la avenida de los Pirineos, una franja de Gaza por la que volaban el cierzo y las pelotas de goma, ardían contenedores, neumáticos, chabolas y armas de fuego. Decían que a los antidisturbios los reclutaban en Burgos, en Logroño y en Pamplona, y que salían de las camionetas drogados y en trance feroz, para reducir a cañonazos a aquella población embrutecida de alaridos y fuego.
Nuestro único centro comercial era el Caracol. Pero teníamos huerta, cines y tomate. Ahora han desaparecido los Buñuel como antes perdimos el Pax, el cine del arzobispado (donde veíamos de niños re estrenos de Disney, donde me enfurruñé porque me llevaron mis padres a ver Sonrisas y Lágrimas, cuando yo quería ir a Los Locos de Cannonball). O como perdimos el Cine Dorado (allí vi Sandokán, la película), el Cine Latino (Grease y, sobre todo, Rocky, dos películas que me marcaron y en las que repetí); el Cine Victoria, en el inicio de lo que entonces aún era la calle General Franco y ahora Conde de Aranda: una high-street de inmigración variada que deja caer las horas en las esquinas o recorre las aceras con paso insomne. Ese escenario me recuerda las ásperas avenidas centrales del barrio de Kilburn, en el norte de Londres. En el Cine Victoria mi hermano y yo veíamos todas las de kung-fu de la época, El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, Operación Dragón, Karate a Muerte en Bangkok: Bruce-Lee, Jackie Chan, Chuck Norris... esas cosas que componían el cine de Hong-Kong, antes de que Zhang Yimou y Tarantino se lo tomaran en serio y en plan trascendental y tuviéramos que comernos Tigre y Dragón, o La Casa de las Dagas Voladoras. Desapareció también el Cine Palacio, donde estrenaron una película que nunca vi pero que siempre me obsesionó, Holocausto Caníbal, un mito-leyenda urbana-documental sobre un grupo de periodistas empalados y devorados por una tribu de caníbales en alguna selva perdida. Ahora la imagen del empalamiento culero, con algunas caras de periodistas bien concretas, me resulta dichosa. En el Cine Arlequín, que estaba a la vuelta de casa y antes se había llamado Cine Fuenclara, me colaba furtivamente en la adolescencia para ver películas 'S', como la imperdible Fanny Hill. Aunque también recuerdo allí El expreso de Chicago, con Gene Wilder y Richard Prior, una pareja de cárcel se mire por donde se mire. Perdimos el Cine Mola hace menos tiempo (tantas películas..., un patio de butacas largo, estrecho y de suelo convexo); nos quedamos sin el Quijote, que era un prodigio de modernidad en su tiempo, con su pantalla curvada y los asientos enormes y mullidos como butacas de avión de primera clase. Perdimos el Cine París (La Guerra de Papá, con aquel Lolo García); perdimos el Rex, el Cine Goya (vi Granujas a todo ritmo y luego, no sé por qué, recuerdo la dimisión de Adolfo Suárez, que ha sido el único presidente que me ha gustado, y mira que yo era un niño y no entendía nada, pero me fascinaba...); cerraron el Coliseo Equitativa (¿qué quería decir el Equitativa?), el trío Aragón-Iris-Actualidades, luego sólo Cines Aragón; hicieron del Roxy una Sala X y el Cine Norte murió bajo la piqueta después de haber muerto mucho antes. Perdimos el Fleta (que es un vacío negro y doloroso como una muela sin empaste), y el Argensola, del que casi ni me puedo acordar.
Nos quedan el Elíseos y el Cervantes. Y todo lo demás son multisalas de las que nunca sé bien qué pensar, porque se oye mejor, son más cómodas y a mí el cine me gusta en cualquier circunstancia y lugar. Lo que no soporto es tener que salir del centro para ir al centro comercial. Suelo recordar sin dificultad en qué cine y con quién vi una película cualquiera, si es que no fui solo. Y lo hago con bastante precisión. Durante estos últimos años yo también había dejado de visitar los Buñuel, donde precisamente conseguí al final ver Los Locos de Cannonball; la última película que presencié allí, hace unos pocos meses, fue Little Miss Sunshine. Feliz despedida. El viernes hubo quien confundió la nostalgia y acudió a los Buñuel a decir adiós en la última sesión. Las empleadas que se van al paro y no pierden sólo un cine, sino también un trabajo en un cine, comentaban con amargura: "Ya podían haber venido antes, y así no los cerrarían". O tal vez sí los cerrarían, porque debe regir en el paso del tiempo un imperativo que obliga a la ciudad a devorarse a sí misma por falta de clientela o desinterés o demasiados intereses. Me jode mucho que los hayan cerrado. Me repatea que Buñuel ya no tenga unos cines con su nombre en mi ciudad. Querría que siguieran abiertos aunque no fuese nadie, ni yo mismo. Tampoco voy a los bancos, y ahí siguen...
[Foto: el cartelón de los Cines Goya, ya cerrados también. Nunca hasta ahora había reparado en cuánto me gusta...].
País...

La mitad del público rechaza el cine español por "intelectual".
Si la mitad de este país considera "intelectual" el cine español, lo que está muy jodido no es el cine español (que sí) sino sobre todo el público.
[Foto: El insoportable cartel de 'Volver', esa obra capital del pensamiento moderno figurada por el intelectual Pedro Almodóvar].
Hombres misteriosos

He pegado el oído a la sección Vivir de Cine de estos Somniloquios y me he dado cuenta de que suena a hueco como las tripas de un perro vagabundo. Últimamente voy entre poco y nada al cine, aunque no me preocupa mucho ni siquiera a mí, que he sido de ver cuatro películas por semana. Si este blog estuviera dedicado a la crítica sería peor, pero este blog no está dedicado a nada en particular, lo que lo hace muy cómodo. Hay quien piensa que debería intentar alojarlo en alguna página de referencia, la de un diario o algo así, para que lo leyera una cantidad impensable de gente y se pudieran enzarzar en los comentarios durante cientos y miles de respuestas y réplicas que yo aborrecería. Lo siento, pero no logro que me interese. Tampoco sé si le interesaría a alguien. Pero sospecho que si convirtiese Somniloquios en una obligación demasiado concreta, lo cerraría antes de que me devorase. Es así, vivo a medio camino entre la diletancia, la bohemia y la gilipollez, según opiniones. El caso es que voy poco al cine. En realidad, no voy mucho a ningún lado. Pero me da pena que el tema Vivir de cine luzca tan mal alimentado. Así que contaré que últimamente he visto ’Sunshine’, de Danny Boyle, y ’El buen pastor’, dirigida por Robert de Niro.
Parece claro que me rijo por el principio de autor instaurado por los muchachos de Cahiers du Cinema en los 70, cuando Truffaut y otros agudos comenzaron a reivindicar a los directores como auteurs. Danny Boyle (el genio detrás de ’Trainspotting’) cuenta en ’Sunshine’ la aventura de unos astronautas que viajan hasta el Sol porque el sol, amigos, se muere, se está apagando. Y el plan consiste en arrojar en esa piscina redonda de fuegos un par de bombas atómicas o algo así que lo reactiven y salven a la Tierra de la helada que se viene, que es para agarrarse. Contado de este modo, uno no tiene ganas de ir a ver la película ni en pintura. Pero la verdad es que ’Sunshine’ no tiene nada que ver con ’Armaggedon’ o ’Deep Impact’ o alguna de esas tonterías de héroes americanos que le ahorran al mundo un disgusto (a cambio, claro, de darle otros). No. ’Sunshine’ está más cerca del filo psicológico o filosófico o visual de ’2001. Una odisea del espacio’ o de ’Solaris’ (la de Andrei Tarkovski, no la revisión reciente de Steven Soderbergh), y en un momento dado gira hacia la órbita de ’Alien’. Hay quien ve de hecho en la película de Boyle un mero pastiche de otras películas. Depende de cómo se mire, pero puede ser. A mí no me importa que las películas recuerden o se parezcan a otras películas, siempre que sean buenas. ’Sunshine’ no es una película del espacio al uso y tiene un reborde de experiencia visual que me estimula bastante. Más allá de que uno sostenga una postura más o menos cínica y crédula con este tipo de historias de ciencia-ficción, más allá de la lógica de las cosas que se ven o se hacen en la narración, ’Sunshine’ me falló en el inexplicado tramo final, en el que un personaje espectral le hace un buen daño a la credibilidad y coherencia del resto de la trama. Pero a esta película le guardaré un agradable recuerdo, que no es lo de menos tal y como están los tiempos...
No me pasará lo mismo con ’El buen pastor’, que empezó con lío porque enchufaron la pantalla sin apagar antes las luces de la sala y yo, que estoy peleón últimamente, me fui directo contra el acomodado acomodador para decirle que, por favor, había empezado la película y que apagasen la iluminación de una puta vez; a lo que el acomodador, al que el chalequito azulón le subrayaba sus afectados movimientos, me contestó con indolencia femenina: "Ahí abajo está el encargado para que le proteste si quiere". Ya reinstaurado en mi butaca junto al resto de borregos a los que igual les hubiera dado que no apagasen las luces en toda la noche, vi ’El buen pastor’, la enrevesada historia del nacimiento de la CIA y de la ejecutoria de uno de sus fundadores, un agente encarnado por el impasible Matt Damon. Pronto me di cuenta de que el resto de espectadores no se habían molestado en lo de las luces porque no merecía la pena. ¿Cómo lo sabrían? Todo es interesante en esta película, menos la película. La historia, los conflictos interiores de los personajes, los actores, el elenco en general, la mano del director, la ambientación, el fondo musical, la trama... Todo bien, pero a Robert de Niro le han escrito una historia demasiado enrevesada como para defenderla con honor. Y aunque lo intenta, no lo consigue. Los actores no les encuentran ni el cuerpo ni el alma a sus personajes, las tramas se ramifican en subtramas que dibujan horribles meandros y dejan al espectador tirado en una cuneta en medio de ninguna parte; todo el conjunto viene y va y, por más que uno se concentre (cosa que yo no hago), poco a poco pierde pie y acaba por no importarle quién es quién y para qué. Dado que dura dos horas y media, lo bueno es que da tiempo en ocuparse de otras cosas. Como reflexionar en silencio, practicar los actos de contricción, resolver conflictos interiores si los hubiere, o decidir si es menos favorecedora la cara de Gustavo Alcalde o la de Domingo Buesa en la cartelería de campaña del PP; o tratar de encontrar un solo hecho concreto, real, del inexcrutable y melifluo Marcelino Iglesias que justifique su indiscutible reelección como presidente de Aragón.
Como yo no me dedico a esas cosas, me puse a pensar en el Hombre Misterioso, ese personaje de David Lynch que me acojonó tanto en ’Carretera Perdida’, en una de las escenas más aterradoras que yo, gran miedoso, haya visto jamás. A Mystery Man lo encarnaba Robert Blake, quien se pintó la cara de blanco y se hizo peinar como el abuelo de los Monster, más o menos, para darle a su personaje ese aspecto inquietante, diabólico, de conciencia demente. He encontrado la escenita en la fiesta en la que aparece por primera vez el Hombre Misterioso y sostiene ese diálogo atroz con el enloquecido protagonista de ’Carretera Perdida’, otra película de Lynch imposible de entender salvo que uno sea un esquizofrénico o un loco. Sin embargo, la mayoría resultan subyugadoras gracias a su delirante poder subconsciente y simbólico. Revisando ahora la escena ni me inmuto, pero si uno la ve enmarcada en la historia que David Lynch está empezando a contar, de verdad que te deja helado del canguelo. Yo no me salí del cine Renoir porque Pab me agarró del brazo. Le dije: "Chato, estoy acojonado". Y él contestó: "Yo también, pero ahí quieto". Dejo el enlace para quien desee verla ahí arriba y reproduzco el diálogo.
Mystery Man: We’ve met before, havent’ we?
("Nos conocemos, ¿no?").
Fred Madison: I dont’t think so... Where you think we met?
("Me parece que no... (Pausa) ¿Dónde cree que nos conocimos?").
Mystery Man: At your house, don’t you remember
("En su casa, ¿no se acuerda?").
FM: No, no I don’t. Are you sure?
("No. ¿Está seguro?").
MM: Of course... As a matter of fact I’m there right now.
("Claro... De hecho, ahora mismo estoy allí").
FM: What you mean? You are where... right now?
("¿Qué quiere decir? Dónde dice que está... ahora mismo?").
MM: At your house...
("En su casa").
FM: That’s fucking crazy, man.-
("Eso es una locura, tío").
MM: Call me... Dial your number. Go ahead.
("Llámeme... Marque su número. Vamos").
MM (al otro lado): I told you I was here.
("Ya le dije que estaba aquí").
FM: How you did that?
("¿Cómo ha hecho eso?").
MM: Ask me.
("Pregúntemelo").
FM: How you get inside my house?
("¿Cómo ha entrado en mi casa?").
MM (al otro lado): You invited me. It is not my costume to go around not wanted to.
("Usted me invitó. No es mi costumbre ir donde no soy bien recibido").
FM: Who are you?
("¿Quién es usted?").
MM: jajajaja... (Y al otro lado): Give me back my phone... It’s been a pleasure talking to you.
("Jajajajaja.... Devuélvame mi teléfono. Ha sido un placer hablar con usted").
[Foto: Robert Blake, en el papel del Hombre Misterioso. A Robert Blake lo recordamos todos aun cuando no lo reconozcamos: era Tony Baretta en la famosísima serie policial de los setenta. Cinco años después de aparecer en este memorable y muy lynchiano papel (’Carretera perdida’ es de 1997), Robert Blake fue acusado de asesinar a su mujer Backley. La historia roza lo surreal. Backley era una cazadora de celebridades y sus fortunas que andaba liada con el hijo de Marlon Brando cuando se quedó embarazada. Resultó que el bebé no era de Brando Jr. sino de Robert Blake, que andaba culebreando fuera de la escena. Blake se casó con ella. Una noche, a la salida de Vitello’s, un restaurante italiano, Backley apareció con un disparo y Baretta no pudo explicar bien del todo por qué no había de ser el culpable. El largo y costoso juicio terminó con un veredicto de inocencia para el actor, que desde entonces cuida y educa amorosamente a su hija, dicen].
La seductora

Halle Berry pasó hace unos días por Madrid para presentar su última película, que ni me acuerdo cómo se llama ni creo que me importe. A su paso dejó el rastro viscoso de todas las seductoras. La crónica de ABC refería aquel pensamiento del cómico Jerry Seinfeld: "Un escote es como el Sol, mejor no mirarlos de frente o te puedes hacer daño". En cierta ocasión, Halle Berry trató de suicidarse inhalando monóxido de carbono en su automóvil. Su primer matrimonio se había ido al garete: no completó la maniobra, confiesa en una entrevista, porque en el último instante imaginó a su madre en el terrible momento de hallar su cuerpo fallecido. Ya le dijo Adofo Bioy Casares al argentino López que, tal vez, en el fondo la crueldad no sea sino pura falta de imaginación: no pensar en los demás.
Esta imagen que traigo hoy compone una felicitación de vacaciones tan buena como cualquier otra, y me sirve para cerciorarnos de lo lejos que están las modelos del modelo apetecible, así como anotar de nuevo la velocidad del ojo de las cámaras y sus manipuladores. Creo que se les puede llamar así, felizmente, y me explico... Mirando a Halle Berry con el cuerpo entornado y esa mirada juguetona, de benévola displicencia, uno pensaría que se quedó así cinco minutos para que todo el mundo tomara buena nota de lo bien que lucen los soles morenos. Pero no. El vídeo de Halle Berry ante la prensa española muestra que su voluptuosa comparecencia no duró más de 30 segundos; y que ese saludo final, como comprobará quien lo vea, fue apenas una leve inclinación velocísima en la que cabía poco más que una desacostumbrada cortesía. Pero a las cámaras digitales de hoy día, y a los supersónicos dedos de los fotógrafos, no les hace falta más para revelar el impulso último, el interior. La verdad. Lo dijo en un comentario por aquí José Miguel, fotógrafo reflexivo: "No hay casualidad en el acto fotográfico; vemos lo que queremos ver". Vista la escena completa, concluyo: la imagen es una maravilla, en todos los aspectos. Por cierto, la película se llama "Seduciendo a un extraño".
Inteligencia artificial

El Mundo publica hoy una entrevisa de Il Corriere della Sera a Arthur C. Clarke, el visionario inglés que escribió 2001. Una Odisea del Espacio junto a Stanley Kubrick, a partir de su cuento El Centinela. Clarke dice con su inteligencia artificial, con ese despojo de énfasis tan propio de los hombres de ciencia, el tipo de cosas que uno prefiere no pensar. Me ha encantado esta respuesta, que revela su alma verdadera:
2001 me fascina. Siempre lo ha hecho. Me encanta la voz de Hal 9000, el pérfido y enloquecido ordenador, en sus conversaciones con los astronautas. Me gusta muchísimo la escena en la que Hal juega al ajedrez: su voz mientras describe la jugada con la que termina el mate y el agradecimiento posterior, falso, artificial, cortés y, sin embargo, mecánicamente sincero: "Thank you for a very enjoyable game". El silencio del espacio, la simetría de los planos de Kubrick (una constante en muchas de sus películas), la rotación de la nave en la que viajan los cosmonautas, la respiración de Dave cuando lo desconecta (maravilloso hallazgo de Kubrick), y la cancioncita infantil con la que el guión simboliza el derrumbe de la feroz inteligencia de Hal, el automatismo de las voces que llegan en transmisión desde la Tierra y el viaje a través de la puerta interestelar, intertemporal, que vive el protagonista cuando alcanza el monolito de Jupiter... Desde luego, me encantaban aquellos programas que Carlos Pumares dedicaba a explicar el significado del monolito. Un clásico de la radiodifusión española en los 80. Veo 2001 siempre que me la encuentro en algún canal. No me interesa tanto entenderla como experimentarla.
Si alguien quiere una hipótesis (bastante razonable), en Wikipedia siempre hay alguien dispuesto a darla.
¡Yes!

Sí. Marty. Infiltrados. Sí. Por fin. ¡¡¡¡Grandísimo!!!!!
En tiempo real voy a ir agregando a este somniloquio algunas apreciaciones posteriores que se me ocurren conformo leo y oigo reacciones en torno a los Oscar.
- Hablar de cine, saber de cine... ¿En qué consiste exactamente eso? El cine, y los Oscar en concreto, constituyen el caso más similar que conozco del célebre fenómeno de "todos somos entrenadores y tenemos nuestro propio equipo", tan clásico en el fútbol. Me fascina la cantidad de opiniones diferentes que genera un jugador y la cantidad de sensaciones distintas que deja una película. Ya no voy a decir entre nosotros, los movie-goers de la calle. No, también entre los críticos... Carlos Boyero dice sobre Infiltrados: "Yo no dormía pensando en verla. Durante los 15 primeros minutos creí con inmenso placer que Uno de los nuestros y Casino iban a tener una continuación a su altura. Mi desencanto fue grande. Me parece liosa, fría, ninguno de sus personajes consigue hipnotizarme, no aguanto a Nicholson. Pero es probable que yo tuviera un mal día o que no me enterara de nada. A los amigos que la han visto les fascina. Y le juro que tenía más ganas que nadie de enamorarme de Infiltrados". Oti la considera "la mejor película de Scorsese desde Casino, y tal vez desde alguna antes". Jordi Costa, en El País, la contraponía con interés peyorativo al original de Hong-Kong, Infernal Affairs, y acusaba a Scorsese de ocultar con cierta deliberación esa referencia. El demoledor último párrafo de su ensayo-reportaje, dice así: "Infiltrados marca las distancias con el original desde su hipertrófico metraje: 151 minutos ante los concisos 97 del original. Los primeros 10 minutos de la película -con Jack Nicholson desgranando el credo mafioso de Frank Costello- anuncian un resultado capaz de medirse con Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995), pero la promesa se incumple pronto. Infiltrados acaba siendo una versión hinchada de Infernal affairs, en la que Nicholson se desmanda, los dos personajes femeninos se funden en la figura de la psiquiatra y el desenlace esquiva la perturbadora amoralidad del original. Quizá porque, en la figura de ese mafioso infiltrado que decide ser policía, el cineasta intuyó una premonición de sí mismo: alguien que iba a triunfar guardando unos cuantos esqueletos (cinéfilos) en el armario". Se podría pensar que es animadversión, pero generosamente yo me inclino por la honestidad. En cualquier caso... generoso hostión, vive Dios.
- Sobre Marty. Yo ya había proclamado mi deseo de que Scorsese ganara. Pero ahora lo pienso dos veces y me duele que haya ganado con una película que me gusta, y mucho, pero que no alcanza ni de cerca a mis dos favoritas de este director: Taxi Driver y Goodfellas (Uno de los nuestros), que en mi opinión constituyen sus cumbres, seguidas muy de cerca por Casino y Toro Salvaje y algo más allá por El Color del Dinero. Acabo de leer en La Vanguardia (estupendo suplemento de 16 páginas sobre los Oscar) que se pasó el obsesivo y accidentado rodaje de Toro Salvaje escuchando a The Clash encerrado en su caravana... Formidable. Ya he dicho también que considero Gangs of New York y El Aviador dos películas soberbias, un tanto incomprendidas y un tanto contrahechas. Fallidas, pero grandes. Para quien quiera considerarlas obras menores en la filmografía de Scorsese, que recuerde Al límite (que aún estoy intentando comprender) y Kundun. Y no me bajo de la burra: No direction home, su documental sobre los primeros años de la carrera de Bob Dylan, está entre lo más grande que ha hecho.
- La clase del 70. Coppola, Spielberg y Lucas le entregaron el Oscar a Scorsese. Foto gloriosa de cuatro hombres que han hecho, con Clint Eastwood y seguramente Woody Allen, lo mejor del cine en los últimos 35 años.
- Iñárritu y Arriaga, en la Torre de Babel. Leo que el director y el guionista han partido peras, animosos por educadas rencillas artístico-autorales. El maldito parné o su alter ego, la pérfida fama. Dejan tras de sí una trilogía (Amores Perros, 21 gramos y Babel) que agita corazón y conciencia en el mismo puchero. A medio camino entre el artificio narrativo y la verdad argumental, las películas de esta pareja han redefinido la posición del cine hispano (generalización ventajosa en el mejor de los casos, y magnánima en el mejor) y el modo de relatar las minuciosas derrotas morales del hombre moderno. La frase ha quedado ampulosa, pero ciertas cosas no se pueden decir con sencillez sin caer en lo burdo. Para el futuro le deseo a Iñárritu una narración lineal, a ver qué tal le sale...
- El papanatismo. La imagen de Penélope Cruz casi gritándoles a los periodistas en una rueda de prensa "¡Que no os empeñéis, que no me lo van a dar!" define el estado de papanatismo de los medios en los últimos días. ¿Los abduce a todos Almodóvar o qué les pasa? Eduardo Mendicutti proclamaba ayer en una febril Carta a Penélope (con copia a Pedro Almodóvar): "Luego, nuestro Oscar se lo llevó la señora Mirren. Bueno, no es que la señora Mirren se colase contigo en la toilette y, en un descuido tuyo, te birlase la estatuilla, como una choriza cualquiera. Pero sí que ha tenido algo de azarosa cleptomanía el hecho de que tu Oscar, nuestro Oscar, lo haya ganado otra". Me pregunto a quién convoca el "nuestro". ¿A Penélope y Mendicutti? ¿A los dós más Almodóvar? ¿A la España toda?
- El papanatismo II. Como los españoles (los pocos que quedamos) siempre tenemos que ganar aunque no ganemos, nos apuntamos sin lugar a dudas la victoria de la elegancia: Penélope fue la mejor vestida. Faltaría más. Y eso que sacó el Versace suplente por una cuestión de cremalleras del titular (cuenta Mendicutti, siempre atento al detalle), que si saca el titular, las demás ni van. A mí esta parte de las crónicas de los Oscar me pone enfermo, pero vamos... yo soy un inadaptado. El Oscar de la alfombra roja, he llegado a leer. Si fuera andrajosa diríamos que ole ahí la espontaneidad de Raimunda. Somos los grandes campeones de la victoria moral.
- El papanatismo III. A todo el mundo le encantó la transmisión de los Oscar de Angels Barceló, Jaume Figueras y un afectado colaborador cuyo nombre no recuerdo. En el instante en el que Angels pronunció Ariadna Llill el nombre de la risueña Ariadna Gil, busqué si Canal+ daba la opción de escuchar la transmisión original de la ABC americana. Pero no. Me pasé a la radio corriendo y los chicos de Lo Que Yo Te Diga me calmaron como un valium. Yo soy primario, oiga usted. Las relaciones bilaterales (que pronto serán unilaterales, en cuanto les den cinco minutos) no las llevo bien.
- Hijos de la Logse. Me sorprendió que El Mundo abriese su información sobre los Oscar con los premios a la dirección artística y el maquillaje. El motivo, que eran españoles. No y no. Sólo veo un enfoque posible (el doble triunfo de Scorsese) y dos probables (las derrotas de Penélope y Babel). Lo otro recae en el vicio Logse, a saber: que en Cataluña se estudie un descubrimiento de América en el que el protagonista ya no es Cristóbal Colón, sino un marinero de Mollerusa y otro de Villafranca del Penedés que se enrolaron en la tripulación de La Niña. Ejemplo tan figurado como real.
- Los actores. Billy Wilder decía que los actores que aspiran a un Oscar "deberían cojear o bien hacer de retrasados porque los académicos nunca ven al actor que se esfuerza al máximo y hace que parezca fácil". Forest Whitaker (actor formidable, por otro lado) y Helen Mirren prolongan la leyenda. Los personajes excesivos o históricos son los que triunfan. Nada es rotundamente cierto ni falso. Alfred Hitchcock consideraba a Gary Cooper el mejor actor posible porque era capaz de transmitir todas las emociones sin variar de forma sustancial la expresión de su rostro. Un mínimo ademán de la mirada le era suficiente. Ganó dos Oscar por El sargento York y Solo ante el peligro... Cary Grant, otro ejemplo palmario de la sencillez (más matizada, porque la comedia casi exige gestualidad, Buster Keaton aparte), está considerado por muchos como el mejor actor de la historia en cualquier orden. Lo nominaron por un par de papeles serios y, claro... no ganó.
- Maribel. Este año llegué muy poco preparado a los Oscar, de ahí que las reflexiones se prolonguen más de la cuenta. Anteanoche vi El Laberinto del Fauno. Es bonita, pero ninguna de sus dos caras me fascina: ni la fantástica ni la realista. Lo más perdurable es la interpretación de Maribel Verdú, que levanta con un trazo finísimo un personaje que apenas constituye un boceto. Lo mejor es que lo hace sin grandes alardes compositivos. Viéndola he sufrido una epifanía casi violenta de tan rotunda: me he dado cuenta de que Maribel Verdú es la mejor actriz española de su generación y las siguientes, con varios cuerpos de ventaja. Y que con los años, cuando vaya redondeando su carrera y la atrape ese estado de gracia advertida por los demás (generalmente conocida por madurez) habremos de admitirla como una de las más importantes de todos los tiempos en este país. Y lo habrá hecho sin dar un ruido, sin un solo énfasis fuera de lugar, sin reclamar ningún tipo de notoriedad más allá de la pantalla. Puede que mi epifanía resulte exagerada, pero yo la veo clarísima.
- Rayito de sol. Little Miss Sunshine es esa película que nunca se olvida. Pequeña maravilla perfecta. Cuando uno quiere encontrarle debilidades, se da cuenta de que la propia búsqueda es una trampa. Claro que podría ser más grande y claro que a veces parece facilona, pero no sería mejor ni aumentando de tamaño sus miras ni metiéndole más complejidad. Entonces sería otra cosa. Así, tal y como es, está perfecta. Tiene el tamaño adecuado para formar parte de nuestras vidas.
(continuará... o no. Ya no lo sé)
Las cosas que escribían los hombres que lucharon

Hay un par de cosas que nunca he hecho y cuya generalizada práctica me produce una gran extrañeza: ver la gala de los Goya por televisión y hacer quinielas de los Oscar. Ah, no, eran tres: la otra es esquiar, pero de esa ya no debo preocuparme porque la nieve sólo existe en los telediarios, ha desaparecido como hecho social y aun meteorológico. He razonado que el motivo de mi desafecto con goyas y oscars resulta común. No me interesan los premios ni los méritos desgranados de las películas, sino el necesario acto de justicia poética de la industria con los hombres que han hecho del cine una de las posibilidades de felicidad -y digo felicidad, no entretenimiento- más sencillas del mundo. En el cine yo no busco pasar una tarde, gastar un rato, ver a una tía buena o encontrar un par de argumentos para la próxima cena. Yo busco directamente la felicidad. Dado que esa es mi forma de ver los Oscar, los Goya no me interesan para nada. Ni como premios, ni como actos de justicia poética. Salvo que Berlanga, Luis Ciges, José Luis López Vázquez, Manolo Gómez Bur, Manuel Alexandre, Lola Gaos, Florinda Chico y Paco Martínez Soria se presentaran todos los años. ¿Paco Martínez Soria? Sí. Un grande y se lo rebato al que haga falta. Me he dejado a Fernando Esteso: por Esteso cruzo yo acero con quien tenga huevos en la arboleda de Macanaz (como ocurría cuando esta ciudad era noble; o sea, antes de que Belloch y la pianista hicieran de alcalde).
Así que no voy a hacer una quiniela de los Oscar. Entre otras cosas porque no he visto todas las películas y ya no me interesa verlas. Lo voy a decir claro y rápido para que no haya dudas: yo quiero que gane Martin Scorsese. Y quiero que gane Martin Scorsese, Infiltrados, por justicia poética y también cinematográfica. Porque me parecen la mejor película (potente, trepidante, emotiva, oscura, jodida, violenta, interpretada con grandeza, real y si no es real es una estupenda mentira mejor aún que la realidad, devoradora, malditamente poética) y el mejor director. Por razón de simpatía y de verdad. Y sobre todo porque de las otras sólo he visto Babel y Cartas desde Iwo Jima. Sólo hay otra película de este año que me haya puesto al borde del asiento, y fue United 93. Y la historia de la chica japonesa en Babel. Si Babel fuera sólo la historia de la japonesa sordomuda, se lo daba. Pero no, hay más. Así que Infiltrados (The Departed, título mucho mejor) y Scorsese. Y si acaso, que el de mejor director se lo den a Paul Greengrass, de United 93. Porque ese hijo de puta me proporcionó la experiencia de cine más intensa de los últimos años. Ves la película y no estás viendo la película, una recreación de una de las tragedias del 11-S. Estás viendo la verdad. Y ver la verdad es horrible pero, como cine, resulta maravilloso. Porque cuando sientes que has de llamar hijo de puta a alguien con plena admiración, es que te ha arrebatado. (Inciso: cuando volví la última página de El amor en los tiempos del cólera, cerré el libro y le dediqué tres "¡hijo de puta!" exclamatorios a Gabriel García Márquez).
Antes veía siempre los Oscar. Ahora ya no los veo porque ya no creo. Porque no puedo soportar la cantidad de películas olvidables que han ganado. Y no es que hayan ganado, es que se han pasado la justicia poética por la entrepierna. Se han descojonado de mi felicidad. Y yo eso no lo admito. No puedo aguantar que Shakespeare Enamorado, inane globo de celofán, le ganara a La Delgada Línea Roja, uno de los versos más hermosos, profundos, extensos y largos (sobre todo largos, y ojalá durase 16 horas) que se hayan filmado sobre la guerra. Nadie recuerda Shakespeare Enamorado. Nadie recuerda Chicago. Y no puedo soportar que Chicago venciera a Gangs of New York. Nadie recordará Chicago, pero Gangs of New York formará parte de la historia del cine aunque tenga que lograrlo yo solo, y eso que a Scorsese se le fue de las manos y le quedó contrahecha. Pero hay más cine y más grandeza y más felicidad en un solo minuto de Gangs of New York que en todo el metraje de Chicago. Un musical entretenido derrotando a una epopeya de mirada excelsa, dónde se ha visto eso. Lo raro es hacer un musical coñazo, claro. Si el año pasado llega a ganar la acaramelada Brokeback Mountain me da algo. Menos mal que salió Crash. La historia de los Oscar está llena de injusticias y películas olvidables. Gandhi, Carros de Fuego, Amadeus... Todas excelentes sí pero... ¿las verías un par de veces por semana? Yo vería un par de veces por semana Infiltrados y United 93. Million Dollar Baby, Mistyc River, Annie Hall y Centauros del desierto. Casablanca la vería hasta tres o cuatro veces por semana, según como cayeran los días libres... Después de mucho pensar sobre el cine, he llegado a la simplificación total: las mejores películas son las que vería tres veces por semana sin inmutarme. Y no me hablen de nada más. A la mierda la cinefilia. El apartamento. El graduado. Vería ese tipo de cosas. Cuatro, cinco veces por semana. El hombre tranquilo, casi todos los días. El tercer hombre... las que hiciera falta. ¿Cartas desde Iwo Jima? No, mire... déjeme descansar unos días. ¿Brokeback Mountain? Estoooo... me he dejado un grifo abierto. Más injusticias: Charlie Chaplin, Orson Welles, Stanley Kubrick o Alfred Hichtcock nunca ganaron el Oscar. Paso de consultar mi enciclopedia para ver quién se llevó los premios en los años en que estuvieron nominados. No es necesario. Sé de sobra que un segundo de Orson Welles en Sed de Mal basta para derrotar al 80% de la historia del cine, pero... Sólo por eso, le deberían haber entregado un Oscar con cualquier excusa. No uno de esos honoríficos, no. Uno a cualquier basura de película que hiciese. Si es que la hay, que no la encuentro.
Anexo: Respecto a Clint Eastwood y sus iwojimas, las he visto las dos. Desde luego le sale mucho mejor la japonesa, pero no sé si es que yo estoy algo reseco por dentro últimamente o qué pasa. Ninguna de las dos me ha convencido plenamente, aunque a su manera las dos son muy grandes porque explican lo que siempre me pareció más terrible de las guerras: que no hay razones íntimas para ir a la guerra. Que no hay héroes. Que no hay gloria. Esa simpleza supone la gran tragedia del hecho bélico, bien rescatada por el cine en los últimos 30 o 40 años, con ejemplos que menudean. Recomiendo leer Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993), una extraordinaria historia del soldado Tim O'Brien sobre la valentía y la cobardía, la equivocación de esos dos términos y las tragedias íntimas de los hombres que van a la batalla. Para mí, Cartas desde Iwo Jima se podría llamar Las cosas que escribieron los hombres que lucharon. Le recortaría el prólogo y parte del nudo, que se me empastan un poco, y mira que a mí es difícil que se me haga larga una película. Lo haría bajo la conciencia de esta contradicción que tal vez anula mi juicio: todas las escenas parecen necesarias, todas dan la impresión de contar una verdad ineludible. El guión defiende el lado más débil, menos fuerte, de una película grande como ésta. El tramo final me parece absolutamente formidable. Los dos protagonistas, el general Kuribayashi y Saigo, el recluta patoso, están magníficos.
Clint Eastwood tiene una mirada soberbia, distinta. Ya lo he dicho antes. El más grande de la actualidad en todos los órdenes. Pero por favor, que gane Scorsese. Por mi pequeña felicidad...
Corazones en penumbra

Jack: You know, I don't want to be somewhere else anymore. I'm not waiting for anything new to happen... not looking around the next corner, no the next hill. Here now. That's enough.
Sabes… ya no quiero estar en ningún otro lugar. No espero que ocurra nada nuevo... no miro lo que hay a la vuelta de la esquina, o detrás de esa colina. Aquí, ahora. Eso me basta.
Joy: That's your kind of happy, isn't it?
Eso es la felicidad para ti, ¿no?
Jack: Yes. Yes, it is.
Sí. Eso es.
Joy: It's not going to last, Jack.
No va a durar, Jack.
Jack: We shouldn't think about that now. Let's not spoil the time we have.
No deberíamos pensar en eso ahora. No estropeemos el tiempo que nos queda.
Joy: It doesn't spoil it. It makes it real… Let me just say it before this rain stops and we go back.
No lo estropea. Lo hace real... Déjame decirlo antes de que deje de llover y regresemos.
Jack: What is there to say?
¿Qué hay que decir?
Joy: That I'm going to die. And I want to be with you then too. The only way I can do that is if I'mable to talk to you about it now.
Que voy a morir. Y que quiero seguir contigo cuando eso ocurra. El único modo que tengo de hacerlo es hablarte de ello ahora.
Jack: I'll manage somehow. Don't worry about me.
Saldré adelante, como sea. No te preocupes por mí.
Joy: No… I think it can be better than that. I think it can be better than just managing. What l’m... What I'm trying to say is... the pain then is part of the happiness now. That's the deal.
No… creo que puede ser mejor que eso. Mejor que salir adelante. Lo que... lo que intento decir es... que la felicidad de ahora será el dolor de entonces. Es así.
Jack: Yes. That's good.
Sí. Está bien.
Shadowlands (1993), de sir Richard Attenborough. La escena en el campo, bajo la lluvia. Debra Winger y Anthony Hopkins. Uno de los momentos más bellos y dolorosos del cine en los últimos tiempos. Tierras de penumbra, una pena en observación. La naturaleza del amor, la pérdida, la muerte, la añoranza. La recuerdo unida a Los Amigos de Peter y Go Now. No tienen nada que ver entre sí, salvo en mi memoria. Recuerdo las películas, los lugares, las personas y los momentos. Vi Los Amigos de Peter con ella y aún no estábamos juntos, pero casi. Le mostré un reloj que me había comprado. En Tierras de Penumbra ya éramos pareja y pudimos lamentar a gusto la terrible historia de C. S. Lewis, el escritor irlandés al que interpreta Anthony Hopkins con su distante maestría. Para cuando vimos Go Now en los Renoir ya nos habíamos separado y salimos del cine envueltos en una discusión rabiosa. La vida son tres películas o una tarde bajo la lluvia, junto a un río, hablando de lo que pasará o no. La felicidad de hoy es el dolor de mañana. Y viceversa. Es así, es el trato.
Háblame, cielo

Brad Pitt me parece uno de los grandes. Y ojo... que digo UNO DE LOS GRANDES. Pero de Babel siempre me voy a quedar con Rinko Kikuchi, actriz de gestos maravillosos en un maravilloso papel: el de joven adolescente sordomuda, ansiosa por amar y ser amada. Un prodigio de silenciosa expresividad. Uno de esos personajes de los que te puedes enamorar con secreta pasión: como la Natalie Portman de Beautiful Girls; como la Scarlett Johanson de Lost In Traslation, o la Rachel Weisz de El Jardinero Fiel, o Naomi Watts en Mulholland Drive... por citar algunos incendios recientes. Te enamoras y alegre decides rebañarte como un cerdo en la lástima, la pena, la compasión, el puro y desdichado amor de lo inalcanzable, el que precisan las almas perdidas, a las que sabes que resulta inútil intentar salvar porque no se dejan, no pueden dejarse, no saben y no quieren. La derrota también es costumbre. Adoro la precisa soledad de esa mirada, y los labios entreabiertos en una espera interrogativa. Esa imagen bastaría para presidir muchos días y defenderlos a capa y espada, contra cualquier amenaza de una felicidad despreocupada. Sería un precioso estandarte al que rendir todas las armas. Adoro la perdición del deseo que no satisface, la indefensión de sentirse ajena e impropia. La honestidad del llanto liberador, casi informe pero bellísimo, el más desgarrado que he visto en una pantalla en mucho tiempo. He temido por ella hasta el segundo final. Y cada vez que salía de la pantalla deseaba que regresase y me hablara a mí... con esos ojos.
Babel me ha ganado muy despacio, muy poco a poco. Desconfío de las películas que reiteran estructuras narrativas pretendidamente singulares, como las de González-Iñárritu, pero ese truco no se le acaba todavía a este director. Es como los regates preferidos de algunos futbolistas, que siempre funcionan pese a que los defensas se los sepan de memoria. Más aún, diría que pierde importancia en cada película y que acabará por desprenderse de esa obligación para ir aproximándose a un relato más lineal, aun sin saberlo ni quererlo. En Babel las transiciones carecen de importancia. No hay nada decisivo en los nexos de las historias; por sí mismas y de forma independiente, tendrían idéntico valor. Quizás esta película quiera hablar de la incomunicación, pero uno puede hacerla hablar de muchas cosas, todas las que desee. Hay películas que proponen una historia y la terminan con el encendido de las luces; hay otras que te cambian, que son las jodidas, las imposibles de olvidar porque se convierten en una cosa rarísima: algo así como una experiencia vital, un suceso de tu existencia. Se te pegan al cuerpo y se meten adentro con su explosiva carga de ambivalencias terribles, de triunfo y pérdida, de dicha y horror, de puro deseo implacable de volver a ella y un miedo atroz de pasar otra vez por lo mismo.
Yvonne de Carlo (1922-2007)

Marilyn: "Díme, ¿cómo es Ramone?".
Lily: (Con gesto de disgusto) "Uhmm, se parece un poco a Cary Grant... el pobre".
Listas y listos: Woody Allen

Nos estábamos tomando una apreciativa cerveza en el Bar Bacharah, relojeando a los concurrentes y a las camareras como es costumbre, cuando Pab me preguntó: "¿Qué te pareció Match Point?". Pensando que me preguntaba por Scoop, le dije: "Muy flojita". Me miró raro. Entonces el cerebro me rebobinó y caí en el error: "Ah, Match Point... bastante buena". Y maticé: película resultona, gracias a ese redondo truco del guión, la pelota y el anillo. Pero no una de las mejores películas de Woody Allen. Rick me había recomendado hacer listas en Somniloquios y someterlas a consideración. Un poco a la manera de Alta Fidelidad. "Las listas funcionan", dijo él. Así que reté a Pab: "Match Point no la considero entre las cinco mejores películas de Woody". Le dio un trago a la Paulaner rojiza que se estaba trapiñando, en un vaso que parecía la Copa de Europa de campeones de Liga, y asintió. Subí la apuesta: "No está ni siquiera entre las diez mejores". Pab dejó la Paulaner sobre la mesita blanca con estudiada lentitud, subió un pinrel al puff tapizado de leopardo y se puso a pensar...
En un momento le recité la clasificación y fuimos razonando. Aquí va la primera lista de Somniloquios. Las diez mejores películas de Woody Allen, que pueden ser once o doce o más de acuerdo a mi descuidado criterio. Y Match Point no está entre ellas:
- Annie Hall: no sé si es la mejor, no me importa. Es la que más me gusta ver, la que más me divierte, la que más me emociona. Me gusta tener la carátula del dvd de pie y de frente en la mesita del televisor, para mirarla siempre que quiera con un leve movimiento de los ojos. Ese discretísimo ejercicio me mantiene joven.
- Hannah y sus hermanas: irreprochable, hermosa, sugerente. Me encanta la escena en la que Elliott (Michael Caine), el hombre enamorado, observa a su amada Lee (Barbara Hershey), mientras ella se mueve ajena entre los asistentes a una fiesta. Ella es la hermana de su mujer.
- Delitos y Faltas: profunda y terrible como un agujero negro. Oscura como una culpa.
- Manhattan: la ciudad y la magia de los que buscan el amor.
- Acordes y Desacuerdos: la recreación genial de un genio obsesivo, recreado de forma genial por otro genio: Sean Penn. Por eso, ineludible verla en versión original.
- Misterioso Asesinato en Manhattan: en mi molesta opinión, una de las mejores comedias de la historia del cine. Y mira que hay...
- Maridos y Mujeres: victorias y derrotas de la edad adulta, tratadas con inteligencia y una fórmula narrativa que podría parecer manierista, pero que define la sutileza de Woody Allen con su resistencia al paso del tiempo.
- Desmontando a Harry: ejercicio de superioridad intelectual hecho cine, y un relleno de humor de falsa brocha gorda, sabroso como el relleno de un pollo guisado.
- Broadway Danny Rose: pequeña joya magnífica.
- Zelig: la originalidad de una broma estupenda.
- Días de Radio: maravillosa y delicada caja de música.
- La Rosa Púrpura del Cairo: el cine, la ilusión. ¿Qué puede haber mejor?
Ahí queda eso. Lo siento por Scarlett, pero en estos últimos meses se ha puesto tan pesada como Bisbal y James Blunt. Todo mi amor se lo dejo para Lost in Translation.
El mito de Bond

La primera noticia que tuve de Daniel Bond Craig fue una página web intitulada craignotbond.co.uk, en la cual die-hard fans de la serie (traducido, tontolabas que se pasan todo el tiempo pensando en James Bond) argumentaban contra la elección: Craig no es Bond, sostenía la página, por la dureza de su rostro patibulario, por ser rubio y de ojos azules y un poquito bajo; como si el rostro patibulario, ser rubio y de ojos azules y un poquito bajo constituyesen una extrañeza en Inglaterra. Craig sustituye a Pierce Brosnan, quien nunca dejará de ser Remington Steele. Roger Moore era el Santo y Brosnan, Remington Steele. Mucho tiempo después he visto Casino Royale, la película, y ha sido precisamente Daniel Craig lo que más me ha gustado de ella.
Yo no soy un admirador reconcentrado de las películas de Bond. Ni siquiera he visto todas, aunque tengo unas cuantas: las primeras con Sean Connery, De Dr. No a Sólo se vive dos veces. Ésta y Desde Rusia con Amor son las que más me gustan... de las que he visto. Sólo se vive dos veces es más Bond; Desde Rusia... me parece más una película de intriga o suspense, que por momentos me recuerda a Con la muerte en los talones, y no sé bien por qué. Quizás las escenas en el tren. Me gusta también Goldfinger y esas palmadas en el culo de las chicas en bañador, que constituían la esencia Bond y que la corrección política se ha llevado por delante. Me gusta el malo de Goldfinger. Me gusta MUCHO Pussy Galore (la espectacular Honor Blackman). Me gusta Oddjob, el despiadado mayordomo japonés con sombrero hongo y dedos hidráulicos. Me gustan los nombres de los malos: Ernst Stavros Blofeld (el genial Donald Pleasance), Tiburón (Richard Kiel), Francisco Skaramanga (Christopher Lee), John Largo. Cuando viajaba por el país del fútbol con Plf y Oliver, pasábamos mucha parte del tiempo en el coche hablando de las películas de Bond, del lado más divertido de las películas de Bond, de esos nombres, de sus frases, de las réplicas... En alguna ocasión nos llevamos dvds de las de Sean Connery para verlos en el hotel, y lamentábamos la pérdida de carácter del personaje. Sean Connery no era el mejor Bond; ERA Bond. Los otros sufrieron esa maldición comparativa. George Lazenby "tenía la misma capacidad de actuación que un huevo cocido", se dijo de él, aunque su único Bond conserva buen aprecio entre los grandes seguidores; el flemático y arrugado Roger Moore era más inglés que el cricket y el Ford Cortina, pero excesivamente atildado; Timothy Dalton regresó al Bond más físico, pero siempre pareció a punto de largar un monólogo de Hamlet, de esos que interpretaba en los teatros. La serie descarriló ahí y en el juego de cejas del relamido Remington, Bond al que uno no podía evitar imaginar, como escribió alguien, desayunando zumo de naranja con muesli. Anteayer, camino de Casino Royale, me crucé precisamente con Plf, que resumió al nuevo Bond: "Demasiado violento a veces, pero por lo menos es un hombre". De eso se trata.
Como película de acción, Casino Royale me parece pálida e irregular. Demasiado plot point contravenido. Larga partida de poker que no añade gran cosa, y una partida de poker tiene que añadir grandes cosas a cualquier película que pierda media hora en explicarla: The Cincinatti Kid, El golpe, incluso Rounders... las hay a decenas. La trama de Casino Royale supone un inmenso McGuffin (hay muchos malos haciendo cosas malas, pero uno no sabe bien en qué orden) y algo compleja, pero eso lo voy a decir con la boca pequeña porque yo, desentrañando tramas, soy más torpe que las piedras. Lo demás está bien: la mediana oscuridad del nuevo Bond, el regreso a la primera aventura según la cronología Fleming, para que así el reset general no chirríe tanto, el modo de introducir los tópicos del personaje sin someterse a ellos. Cuando pide su clásico Martini y da la receta. Cuando después le pregunta el barman: "¿Mezclado o agitado?". Y Bond le da la vuelta a su clásica línea y dice: "¿Tengo cara de que me importe?".
Me gusta que Bond se haya hecho una película más orgánica, más ocasionalmente brutal, más humana a pesar de la violencia explícita, porque el lado naif de los últimos Bond me molestaba bastante: veía a Remington ajustándose el nudo de la corbata en medio de una persecución en una lancha y quería irme del cine; veía a Halle Berry amenazada por un láser cortante que en vez de quemarla directamente hace un recorrido por los alrededores para que al otro le dé tiempo a llegar y... en fin. Me gusta que en Casino Royale el villano siente a Bond desnudo en una silla sin asiento y le reviente las pelotas. Así, sin suspensos ni intermedios explicativos. Las películas de Bond nunca fueron grandes películas, pero sí entretenimientos muy bien hechos que vivían de la guerra fría. "¡Cómo echo de menos la Guerra Fría!", se queja M. La cosa ha cambiado, y sin embargo los espías aún mueren envenenados lentamente (una de las mejores escenas de Casino Royale tiene que ver con eso). Ahora el problema de Bond no son los misiles de ESPECTRA, sino la ingenuidad en la que había caído, frente a lo que la rodea: sobre todo Bourne, la serie que ha tomado en su mano el magnífico Paul Greengrass, con Matt Damon en la carne del despiadado agente Jason Bourne. El mayor problema de Bond es Tarantino y su revolución de las escenas de lucha física y psicológica. Tal vez el problema sea John Woo, aunque a mí ese estilo Hong-Kong me espanta, salvo en los Kill Bill, que me divierten como a un niño. O Misión Imposible. O Michael Mann y su sobrecogedora persecución a tiros a la salida del banco en Heat: llegué a creer que el cine Don Quijote se venía abajo.
Esa búsqueda constituye ahora el reto de la serie en estos tiempos de guerra televisada y cerocerosietes muertos con polvo de polonio. El Bond de Craig aún no alcanza al Bourne de Greengrass, pero si en el futuro le escriben tramas algo más equilibradas (¿cuántas frases de Casino Royale firma el genial Paul Haggis? ¿Dos?), quizás pueda lograrlo. No es seguro: el camino más previsible, y ocurrió, era la caricatura. Si hay alguna esperanza reside exactamente en Daniel Craig, capaz de darle al personaje un buen pedazo del perfil de Fleming: "Irónico, frío y en ocasiones brutal". Un agente del MI6 no puede ser ni una hermanita de la caridad ni un playboy internacional. Y los malos ya no pueden estar hechos como personajes de cómic que viven en palacios de hielo en el Polo Norte, con diamantes engastados en el rostro. Le Chiffre (gran nombre) llora sangre y tiene el párpado agrietado como Blofeld, pero no aspira a dominar el mundo. Lo que quiere es ganar pasta y que ningún gobierno le toque la cuenta de beneficios. Como cualquiera. El signo de los tiempos.
Cine desadjetivado

De los críticos de cine ya he hablado antes. No creo en su fiabilidad, pero eso no significa que no me fíe de ellos. ¿Que no lo entendéis? Yo tampoco. No leo a los críticos para decidir o para estar de acuerdo o no. Los leo estrictamente para leerlos. Me gustan Oti Rodríguez Marchante y Carlos Boyero. Me gusta cómo escriben. La inteligencia feroz de Boyero, esa brutalidad que puede expandirse en todas las direcciones (y principalmente contra sí mismo, como a mí me gusta hacer); y el cariño al cine que le intuyo a Oti, que ordena las palabras y las ideas con naturalidad, con frescura. Del cine habría que hablar así, sin artificio, y desde luego escribir, porque el fin del cine consiste precisamente en ocultar el artificio para que queden al frente la historia y los personajes, lo único que importa. Por eso los críticos que prefiero son directores de cine: Scorsese hablando de la historia del cine americano en esa maravillosa serie documental; Cameron Crowe entrevistándolo; Truffaut en conversación con Hitchcock; y desde luego Peter Bogdanovich en el despliegue de su lúcida mirada sobre la pantalla y sus alrededores. Ahora ha reunido pensamientos y conversaciones con las estrellas en un libro imperdible, que aún no he comprado porque este mes casi no he hecho más que comprar libros.
Lo que no soporto son las conversaciones de cine, ni desde luego las críticas, que incurren en el delirio conceptual. Como ésta con la que he tropezado hoy, y que parece una broma barroca, con su retorcimiento léxico y sintáctico a propósito de Lo que sé de Lola: una película que no debe ser la mitad de críptica de lo que parece en el texto que sigue. No lo sé. Después de leer esta revisión, continúo sin saber nada. Ignoro también quién les dijo que escribir así era escribir bien.
"Lo que sé de Lola' es una película de gestos con vocación minimalista e imagen industrial que evade sustancialmente la explicación discursiva. La historia se cuenta casi a través de una sucesión de planos fijos, con un acento puesto más en los objetos que en los personajes (más bien en el carácter emocional de los personajes), como pactando una especie de desadjetivación en la narración. Quizás esto haga que la película adopte un carácter anónimo o universal susceptible de darse en cualquier lugar del mundo donde haya soledades...".
Desadjetivación. Con dos cojones.
Jack Palance (1919-2006)

-Hey, Curly, ¿has matado ya a alguien?
-Aún queda día por delante.
Peliculita

Me he pasado la mañana leyendo críticas americanas sobre Scoop, la última película de Woody Allen. ¿Y por qué ese ejercicio tan fútil? Creo que porque no deseaba decir yo mismo lo que hay que decir en estos casos. No lo voy a decir... aunque me doy cuenta de que no hace falta que lo diga. Todo es muy obvio a estas alturas. Pero rescato algunas frases que me han parecido inteligentes, y sobre todo justas, y con las que tal vez iluminemos una perspectiva válida acerca de esta peliculita (y el diminutivo no es casual):
"Puede que el destino sólo reserve un determinado número de buenos chistes para cada hombre; y Allen, de 70 años, agotó su lote hace tiempo. Sin embargo, sigue tirando de la fórmula mucho después de haber perdido la aptitud necesaria para ello".
(Richard Corliss, en Time).
"Si Woody Allen fuese un pintor, muchos de sus trabajos serían considerados estudios para posteriores obras. Scoop tiene el aspecto de ser un intento de borrador para Match Point, aunque al revés en el tiempo".
"Reírse a estas alturas con una frase como "yo fui educado en el Judaísmo, pero después me convertí al Narcisismo" parece, más que nada, un simple acto reflejo del cuerpo".
(Carina Chocano, Los Angeles Times... Y esa es la mejor, la única frase de la película).
"George Bush no se alía con los talibanes; Woody Allen no debería cruzar el East River".
(Bill Gallo, en The Village Voice... No puedo estar más de acuerdo, aunque el problema no es geográfico, como demuestran Hollywood Ending o Anything Else).
"Puede que simplemente fuera demasiado pronto. Después de regresar con tanta fuerza el año pasado con un thriller moral como Match Point, Woody Allen se debería haber tomado un par de años libres. Haberse dedicado a retomar sus lecturas, cuidar de su jardín... lo que fuera".
(Chris Barsanti, de Filmcritic.com).
"La peor película que ha hecho Woody Allen".
(El rotundo Stephen Hunter, en el rotundo Washington Post. Esto es muy discutible: Hollywood Ending y Anything Else, insisto, están ahí. Y ojo con Celebrity).
Pasado el rato, agrego algunas visiones españolas, para hacer patria.
"Un Woody Allen menor. (...) un entretenimiento para pasar agradable e inteligentemente un rato".
(M. Torreiro: Diario El País. Advierto en Torreiro la resignación del crítico sometido a las nimiedades cotidianas del cine español. Entre la Juani y esto, lo inteligente es ir a ver esto. Entre Los Infiltrados y esto... pues Los infiltrados).
"Un Allen menor. Se diría que Scoop presume de su falta de pretensión: es un divertimento, una intriga, un desahogo, incluso un gozo en el que el espectador no ha de hacer esfuerzo alguno."
(E. Rodríguez Marchante, en ABC. Bien por Oti. Yo agregaría que esas presunciones no pertenecen en concreto a Scoop, sino al actual Woody Allen).
Los idiotas y yo

Acabo de darme cuenta de que la diferencia entre el hombre somniloquio de los noventa y el hombre somniloquio de los dosmiles está sostenida en esta rutinaria situación: el somniloquio’98 pagó una entrada por ir al cine a ver Los idiotas, de Lars von Trier, y pasó varios días buscándole una explicación que giraba entre las consideraciones lírico-estéticas, la moral, el arte como contenedor de ideas, la resistencia social y no me acuerdo qué más. Era joven aunque nunca fui entusiasta. El somniloquio’06 jamás hubiera hecho algo así. Al somniloquio’06 le parece que Lars von Trier es un tipo muy coñazo, que se da más importancia que una mierda en un solar, con sus apariciones por videoconferencia en los festivales y todo eso. Ninguno de los somniloquios fue jamás o pensó en ir a un festival de cine. Al somniloquio el fundamentalismo no le va. Si le hablan tres veces seguidas de lo mismo, sospecha. Aviso que la voy a pagar con Trier y el tío no tiene la culpa de nada, la verdad, porque he visto fascinantes películas suyas. Lo uso como arquetipo. Nada personal. Sólo un arquetipo que me permita hacerme entender. Porque Almodóvar no me alcanza para arquetipo. Almodóvar sólo me parece un fantoche que ni con cientos de millones ha logrado superar sus traumas de reprimido. Algún día voy a sacar del armario de los fantasmas las críticas a sus películas en los años 80 en medios nacionales, y compararemos con lo que se dice ahora. Tengo por ahí un dossier demoledor: la memoria histórica y tal. Almodóvar pose una gracia especial para generar imágenes sugerentes, eso sí. Para arquetipo no alcanza: es zafio y banal. Von Trier es perfecto. El tío tiene forma y fondo.
Me caen mal los cinéfilos. Ahora están a punto de caerme mal los críticos, salvo Oti Rodríguez Marchante, que además sabe escribir con la naturalidad del que sabe escribir. En algún momento yo debo haber sido uno de ellos (un cinéfilo, desde luego no un crítico aunque sí un crítico de broma) y ahora no me extrañan las caras que me ponían algunos amigos cuando me iba a ver una película de chinos. Nunca me he puesto pesado, eso no. Digamos que yo tomaba esos actos de cinefilia como una posibilidad de satisfacción privada, que no resultaba necesario comunicar. Nunca he tratado de convencer a nadie. Enseguida me veía en tercera persona, como si adquiriese la capacidad de ser el que estaba escuchando y me diera cuenta de las gilipolleces que podría llegar a decir si me ponía demasiado serio. Eso me sigue pasando con casi todo. Inseguridad, supongo que lo llaman. Creo que si me examinara la señorita Freud me diría eso. Me subyugan las señoritas Freud. La primera noche que pasé en un bar con mi chica hace ya cinco años, me pidió que le contara todo, porque ella quería y podía ayudarme, porque su gran anhelo incumplido había sido la psicología. Naturalmente no le conté nada, pero aquí estamos. Soy débil.
En los noventa yo iba al cine fundamentalmente solo. Por necesidad y por convicción (ja). Ahora me parece que aquella soledad dibujaba a un tipo de patéticas certezas. Retrospectivamente, creo que empecé a sospechar que algo iba mal el día que ya no me apeteció ir solo al cine (ahora o voy con alguien o no voy; con un amigo cojonudo o con chicas.... las demás combinaciones no me interesan. Y desde luego no voy a ver Los idiotas). Lo supe definitivamente durante el ciclo de Bergman al que ya aludí en algún Somniloquio anterior: la mitad lo pasé durmiendo en la Filmoteca. Supe que era un farsante al observar que no me interesaba nada Pasolini. Que admitía a regañadientes la sobriedad de Dreyer. Que me amuermaban algunas películas fundamentales de Griffith. Fui un farsante porque, encima, durante un tiempo jugué a hacerme el crítico de cine en un diario, y me ponía discursivo para fundamentar el movimiento Dogma, que ahora recuerdo como una astracanada con muchas ínfulas y ninguna gracia. Y eso que Celebración, de Thomas Vintenberg, me gustó. Pero vamos, que si la hubiera rodado con luz, me hubiera gustado igual o más. Y con música, la hostia. El somniloquio'06 ha de reconocer que Pumares dio en la diana cuando, juzgando al Dogma, dijo: "A mí me parecen muy bien esas ideas y ese intento de rescatar lo esencial del cine, pero... ¿por qué hacer el cine así de feo?". Dudé de Pumares, algo que jamás debería hacer alguien que se educó oyendo sus programas en la adolescencia. Alta traición.
En realidad, en mi opinión el cine nunca pretendió una esencia de fealdad. El cine nunca se miró tanto el ombligo. El cine se dedicó a esa estilización de la realidad que, en cierto modo, debe ser el arte. Igual no, no lo sé (advierto que el somniloquio'06 ha sustituido el patetismo de sus certezas de antes por una confusa duda general). Y el cine fue girando alrededor de eso a través de las décadas, describiendo una órbita desigual: unos se aproximaban más a lo real, otros menos. Me caen mal los cinéfilos y su empeño en pedirle al cine todo lo que no es puro cine: ideas y realidad. Desde luego, ideas que casen con su moral, la moral progresista, claro. La Moral con eme mayúscula. Están la moral progresista y el fascismo retrógrado. Entre medias no hay nada. Y la realidad que se deriva de esa moral, desde luego. Eso es lo que debe reflejar el cine, esa es su única posibilidad de contar. Pero, ¿por qué pedirle ideas al cine? Mejor: ¿Por qué negar una película a causa de sus ideas? Los idiotas debía de exponer una idea extraordinaria, con una estatura ética inquebrantable. Yo no la encontré. Y además a mí las ideas no me interesan tanto como las películas. Me interesa la narración y sus circunstancias. No me incomoda el realismo. Es más, me gusta. Pero no lo exijo. No es condición indispensable. No hay Venecia más irreal que la Venecia de Sombrero de copa. Y sin embargo, todo lo que ocurre en su muelle encerado resulta maravilloso. No hay género más estilizado y ajeno a la verdad que el musical. Pero que nadie toque el musical. Me gusta hasta el musical realista. Bailando en la oscuridad me dejó boquiabierto una semana. A pesar de Björk, el tipo de artista conceptual que me saca de mis casillas. Como soy un baboso, tengo discos suyos. Aquella película la dirigía... Lars von Trier. Soy un baboso.
Aun así, pienso en el hombre somniloquio modelo 95 y subsiguientes y me parece un tipo detestable. Al de 06, sin embargo, lo tengo por un tío macanudo. A pesar de escribir estas reflexiones tan vagas, medio seniles, pero al menos no es un farsante. Ya no va a ver a Ken Loach, Julio Medem le parece un coñazo concéntrico y las series de la televisión no le gustan. El somniloquio'06 se cansa pronto de todo. Se cansó de Mujeres Desesperadas, de Perdidos y hasta de House. Nunca se cansa de Centauros del desierto ni de La casa de Asterión. Hubo un momento en su vida en que sólo vio House, a todas las horas. Ahora ni eso traga ya. Prison Break, ni digamos: pastiche con pretensiones. En cinco minutos la desautoricé. En este momento somniloquio'06 acaba de descubrir Little Britain y piensa aferrarse a eso unos meses hasta que se harte. Advierte que se viene un post bien entusiasta sobre el absurdo británico y su larga tradición, que desemboca en Little Britain. Ya avisaremos.
(pd: El cambio de la primera a la tercera persona resulta presuntuoso o algo peor que eso: torpe. En realidad, todo lo de arriba es una mierda rellena de contradicciones. Pero es sincero).
[Foto: Lou y Andy, dos de los personajes de la serie inglesa Little Britain. Un caprichoso minusválido falso y su adocenado cuidador. La imagen podría ser de Los idiotas, ya lo sé... ese efecto es totalmente deliberado y corre de mi cuenta. La pone Canal+ pero aún no sé cuándo. La vi anoche a las cuatro de la madrugada en una redifusión y las carcajadas se debieron oír en la Azucarera del Arrabal].Mia y Scarlett

Estas fotos me hacen pensar en Vertigo, la de Hitchcock. Madeleine y Judy (Kim Novak las dos veces). Mia y Scarlett, Zelig y Scoop. James Stewart y Woody Allen.
Clint Eastwood en Iwo Jima

El pasado fin de semana se estrenó en Estados Unidos la última película de Clint Eastwood, Flags of our fathers. Las banderas de nuestros padres, diríamos con literalidad ecuatoriana. Mayormente, en el primer fin de semana de exhibición los americanos encontraron actividades más decorosas que ir a ver esa película. La prensa enseguida subrayó las cifras del relativo fracaso: la prensa es tan hábil y veloz para desnudar los números ajenos como lo es para emboscar los propios. Pero ese es otro tema. En América es octubre y viene noviembre, como aquí. Pero en ese planeta alternativo, la coincidencia temporal supone dos cosas que nosotros pasamos por alto con vil ligereza: están en marcha las finales de béisbol y se acerca Halloween. Como para ir a ver lo de Iwo Jima, tú.
Lo del béisbol está que arde. Kenny Rogers, pitcher (lanzador) de los Detroit Tigers, ha dividido al país. Kenny pasó el domingo tirándoles bolas a los bateadores de los Cardinals, y éstos sólo tuvieron pitera de batearle un par de ellas a lo largo de ocho entradas (turnos de bateo). Es decir, una pila de lanzamientos y sólo dos veces el otro conectó el bate con la pelota. Venga de bolas y no había quien le cazara la mosca a Kenny. Así que Detroit ganó. Pero amigo... a mitad de la segunda entrada un desocupado locutor de televisión le descubrió a Kenny Rogers una mancha ocre sobre la palma de su mano zurda, y lanzó la acusación: "¡Resina de pino!", bramó el tipo. La resina de pino es anatema en el béisbol. No se puede usar porque, dicen, deteriora o agudiza los efectos de las bolas, que ya de por sí son un etéreo galimatías de giros, velocidad, caídas y ángulos. El entrenador de los Cardinals, Tony LaRussa (un nombre formidable) protestó a los jueces y éstos examinaron la manita del pitcher. Pero todo sin gran entusiasmo, como si no fuera para tanto. Rogers arguyó que la mancha no era resina sino simple suciedad, barrito, porquería desatenta. La limpió y siguió a lo suyo. Ni aun así le batearon, de forma que el pobre LaRussa no dijo ya ni pío y ahora le están dando todas en la prensa de su ciudad por pusilánime. Que es un mierda, vamos. Preguntado acerca del pegote nicotínico en su zurda, Kenny estuvo veloz: "La verdad, no sé para qué iba a servir usar resina de pino en la mano, salvo para tirar la bola varios metros más corta". Dí que sí, machote.
Y en eso anda el país, mientras Clint lanza a los cocodrilos su última obra. No nos sorprendamos del asunto de la resina porque aquí pasamos semanas hablando del estado del césped en los campos de fútbol cuando viene una de esas crisis de tepex tan habituales en el invierno. Hay otro factor que juega contra la película de Eastwood. El americano, a cuatro días de Difuntos, quiere muertos pero de pacotilla, muertos de gañote y no esos dramas personales tan concéntricos que son los dramas de la guerra. Para Halloween, la gente devora las películas de carnicería barata. Motosierra V y tal, casquería banal. Por otro lado, y en un nivel analítico más avanzado, la coincidencia en cartel de The Departed (la nueva de Scorsese, que aquí se estrena este viernes con el título de Los infiltrados... y ya estoy casi en la fila del cine) y Flags of our fathers no favorece a ninguno de los dos genios. Demasiada táctica para esta época del año. Ese tipo de películas quedan bien para la campaña de los Oscars, que es cuando la gente acepta las introspecciones de los divos. Pero ahora, no.
Flags of our fathers cuenta la invasión de la isla de Iwo Jima por los aliados en 1945, en el tramo final de la II Guerra Mundial. El episodio tiene fama por el significado estratégico de la conquista en la prolija batalla del Pacífico y, más aún, por la fotografía que Joe Rosenthal, profesional de Associated Press, tomó a tres soldados americanos cuando trabajosamente plantaban la bandera estadounidense en lo alto de una colina. Eastwood divide la película en antes y después de la bandera. Antes la batalla, memoriosa en detalles, rica en sangrienta tragedia, meticulosa en el espectáculo de la muerte. Me gusta (por las fotos que he visto) la neutralidad cromática con la que ha tratado Clint la guerra, que es uno de los acontecimientos más pálidos que puedan imaginarse. Esa fuga de colores hacia un virtual blanco y negro que no lo es limpia la pantalla como un bombazo; la despoja de cualquier generosidad o concesión y hace por un relato descarnado. Después de la bandera está el resto de la vida, la existencia atormentada de los héroes, definitivamente fuera de sus ejes. Ahí hay metafísica, obsesiva tristeza, desarraigo, la intimidad silenciosa de la tragedia que no termina.
Las críticas que he leído disparan para todos los lados. Hay una desigual aceptación del filme, juzgado con la severidad con la que se juzga a los genios. No está mal que sea así, pero me extrañaría que Clint Eastwood incurriese en un error excesivo con este clásico género. Además, no está solo: escribe Paul Haggis (guionista de Million Dollar Baby y director de la formidable Clash, apoyado, como siempre, en un libro sobre el que elevar el edificio de la historia; producen Paramount/Dreamworks, y el mismo Spielberg. Los actores son desconocidos, rasgo de naturalismo deliberado por parte del hombre de Malpaso. En la guerra, los rostros son barro confundido. La guerra no acaba nunca, como saben los que la pelearon y como sabemos todos desde que Spielberg la resucitó con Salvar al soldado Ryan y Terrence Malick hiciera en La delgada línea roja una lectura de Guadalcanal de lírica emoción. Con esta película, después de dos cimas como Mystic River y Million dollar..., Clint Eastwood continúa la minuciosa construcción de una obra que alcanza ya las estaturas inabordables de los clásicos.
Con el permiso de ustedes, de Woody Allen, de Spielberg, de los irregulares Scorsese y Oliver Stone, desaparecido Wilder, hierático y ausente Coppola y frente al extravío de Zhang Yimou, proclamo a Clint Eastwood el director vivo más grande y profundo del cine actual. Aunque esta vez la bandera no se le tenga en pie.
WTC: visiones del ángel exterminador

Enterrados en un túmulo funerario hecho de escombros, dos policías conversan para espantar a la muerte. Tenemos a la muerte por un bicho silencioso y oscuro, un animal de la mente que aguarda sentado en una silla a la extenuación de la carne, con la guadaña en medio saludo militar y una caperuza negra que demora su perfil de esqueleto final. Los hombres hablan con otros hombres mientras mueren, y hay que recordar que se están muriendo desde que nacen. Si en algún momento advierten que los acecha la hora definitiva, hablan más que nunca o bien ingresan en un silencio aburrido de espera. Bergman jugaba al ajedrez con la muerte en un campo de batalla. Woody Allen escribió un relato mortal en el que el bicho entraba por la ventana del apartamento del sentenciado, pero éste se defendía con una cháchara hipnótica que ponía a la muerte en dudas sobre su propio destino. World Trade Center, la última película de Oliver Stone, son dos policías lloricas en trance de expiración bajo los escombros de las Torres Gemelas. El cazafantasmas americano habla de la muerte de 3.000 personas a través de la supervivencia de sólo dos. Al portero de noche del Hotel Metro esa disensión no le parecía nada bien. Resumía a la América que ha visto esta película con aprensión. La crítica del New York Times decía: "Imposible no emocionarse". Bueno, pues por este lado no sólo no emociona (en general), sino que es tenida por una intrascendente historia sensiblera de aburridas familias angustiadas, policías de conversación irrisoria bajo las piedras y marines alucinados de patriotismo. No hay política y aquí queremos política, o sea... la política previsible: explicaciones previsibles, culpables previsibles, cabezas cortadas previsibles. Más bien queremos una previsible crítica incesante al gobierno del arbusto Bush, pero para eso tendría que haberla rodado Michael Moore. Y puede que a Moore le salgan bien sus habilidosos docudramas, con algunas escenas demoledoras y otras de argumento ventajista. Pero por ahora Michael Moore no ha rodado nada que se aproxime a WTC. Ni siquiera el WTC que ha querido y ha rodado Oliver Stone, un (discutible) homenaje a las pequeñas verdades insignificantes de cada víctima del atentado. Vimos Wolrd Trade Center en un cine de seis plantas y 25 salas en la calle 42 de NY. Lo digo porque ahora pienso si en mi indulgente consideración de la película no participaría el contexto, el lugar, la visita de unos días antes a la zona cero... Será porque me parece rara la acusación de sensiblería cuando he visto cómo funciona la angustia en casos así (en la mañana del 11 de marzo de 2004, salí en un tren hacia Atocha justo a la hora en que comenzaba la tragedia. Cuando dos horas después mi móvil recuperó la cobertura en Guadalajara, 50 llamadas perdidas y dos docenas de mensajes me demostraron los ilógicos razonamientos que induce el terror). En WTC está narrada esa confusión, que culmina en una frase enorme después de la salvación de los dos policías: "Aquí dentro había miles de personas... ¿dónde está toda esa gente?". Sólo fueron rescatados 20 supervivientes bajo la montaña. Cinco años después, leo en el NYTimes, se han identificado apenas el 50% de las decenas de miles de restos humanos recuperados. Y eso es muchísimo. Son pedazos, no cuerpos. Será esta conciencia o que yo mismo soy un estúpido sensible. O que no tengo muy avanzado el prejuicio antiamericano, la verdad. Una cosa son las disensiones políticas y otra los prejuicios. Las imágenes reales del 11-S proponen una ficción atroz que ningún filme podrá emular jamás. O pasarán muchos años antes de que alguien lo consiga y no en su totalidad, acaso parcialmente. Oliver Stone me parece valiente (extraordinariamente valiente) por acometer la tarea hercúlea de contar el 11-S y hacerlo antes que nadie, cuando cualquiera anticipa que la dimensión inconcebible de los hechos exige en estos momentos una película sin fin, imposible. Es el mismo valor que le otorgo a Scorsese en Gangs of New York, otra obra demolida: también una película de errores, cierto, pero en mi memoria la redime la grandeza de su mirada y el denodado intento por resumir una epopeya grandiosa en dos o tres horas de cine. El western precisó un género completo (y una enciclopedia de cientos y cientos de películas) para contar la odisea de la construcción de un país. Eso explica la dificultad de la tarea. Pero la sombra del avión que se dirige a las torres es un retrato preciso de la sombra del ángel exterminador, el perfil lírico de la muerte. Ese fugaz plano de Oliver Stone vale por un ciento de otras películas muy aplaudidas o premiadas, al menos para mí. Esos dos tipos pasaron un día enterrados en vida y uno de ellos vio a Cristo llamándolo con una botella de agua mineral en la mano. Es cierto que eso no funciona bien en la pantalla, que parece un instante del David Lynch enloquecido de Corazón Salvaje. Pero debió ser así y Stone lo quiso así. A dos de los terroristas que pilotaron los aviones los vemos estos días en un vídeo publicado por el Sunday Times, en animada conversación, sonriendo como beatíficos hijos de puta antes de sembrar la muerte. Para la cinematografía, no hay nada interesante en esa representación naturalista del hombre asesino; salvo la terrorífica verdad, que es una verdad inasible. Algo parecido, con todas sus equivocaciones, sucede en World Trade Center.
Glenn Ford (1916-2006)

-¿Es que no te importa ser una mujer casada?
-Lo que quiero saber es... ¿te importa a ti?
Vamos a casa, Ethan

Apenas se le reconoce. La mitad de su expresión queda oculta bajo el ala del sombrero, en una negrura de tormenta interior que viene a tragarse el sol. La primera vez que lo vemos, sin embargo, aparece perfilado en un rectángulo de aguda y cromática luz, a punto de ingresar al espacio sombrío de una casa que lo acoge, si bien no lo espera. Nadie lo espera. Al final, lo veremos hacer el trayecto opuesto. La otra mitad del rostro, la que sí advertimos, compone una mueca de desprecio resumida en una boca enfermiza, que convoca en un insulto emergente al mundo entero, a todos y cada uno de sus personajes; a las nubes, a las bestias, al sol, los arroyos, la montaña, el desierto, la pobreza, la guerra, el amor, los uniformes, la familia, la tierra, las razas, los afectos... Un odio minucioso que alcanza a todas y cada una de las cosas. Nada escapa, ni siquiera él mismo.
Apenas se le reconoce pero el hombre bajo el sombrero se llama Ethan Edwards. No es John Wayne haciendo de Ethan Edwards; es Ethan Edwards, un bastardo adorable al que, no sabemos bien por qué, John Wayne se le parece remotamente. Ethan vuelve de ningún lugar y a ningún lugar habrá de volver cuando haya vencido a su obsesión. En verdad no hay regreso, únicamente un tránsito que ni siquiera aspira a redimir. Sólo un hombre cuya forma temida se recorta en el umbral soleado del desierto, la mano sobre el antebrazo contrario, a la orilla de una deriva que está a punto de desatarse y que lo empuja a buscar a Debbie, la sobrina raptada por el indio Scar. Va a correr la sangre, aun si ha de ser la sangre de los propios. Como Kurtz, el coronel de Apocalypse Now, el Ethan Edwards de Centauros del desierto también ha visto demasiadas cosas. Demasiado atroces. Y quien ve demasiado ya no ve más. Queda ciego por inversión. Ciego o cegado como un pozo. Ethan es un pozo, un desperdicio irredento que ha extraviado su lugar. Perdido y ajeno, su misión será encontrar. Encontrar la derrota en cualquiera de sus formas.
Centauros del desierto (The Searchers) acaba de cumplir 50 años. En pocos días (demasiados para la espera) va a ser reeditada en dvd con documentales de apoyo, y con el formato y tratamiento de la imagen que tuvo en su origen. Ese ingenio tecnológico que llamaban VistaVision, y que Ford usó para darle a su cámara una profundidad fascinante. Lo demás, la hondura de lo ocurrido y lo contado, de cada personaje, lo hacía su ojo. El que no iba tapado con el parche y también el otro. Cruzaría el río a nado por su lado más ancho para ver Centauros en un cine. A lo más que he llegado es a la filmoteca, pero quiero pantallón. Quiero la VistaVision en casa. Y la quiero ya. Esos planos, la voz, Ward Bond, el grandísimo Ward Bond, el encuadre, la viveza de los colores, el cuerpo menudo de Debbie. Quiero a Debbie bajando la duna de oro a la espalda de Ethan, para advertirles de que no va a volver, que se marchen, que ella es india, que no hay regreso posible a la vida que ya no existe; quiero a Ethan encañonándola en una terrible amenaza, quiero oír a Martin cruzarse ante esa boca de fuego que le grita y le ordena: "Stand aside" (apártate), arrastrando las palabras, haciéndolas goma como un chicle en la boca, voy a matarla porque ya no es Debbie sino una india, una salvaje, una bestia. Pero tan bella. Quiero ver la persecución última y a Ethan levantándola en el aire como una pluma bajo ese dosel de piedra. El poderoso y temible Ethan que se hace agua con ella en los brazos: "Let's go home, Debbie". Vamos a casa, Ethan.
La cumbre del cine, tal y como yo lo entiendo y lo siento. En septiembre pasaré por Monument Valley, uno de esos pocos lugares en el mundo en los que siempre he sabido que debería estar, costase lo que costase. Polvo rojo y carretas en la memoria. Territorio navajo. Nada en realidad: piedras que se miran en silencio. Todo lo que pasó ya ha pasado, pero regresa. Las películas. En el Punto John Ford, un mirador que tributa al genio sobre la arena de Arizona, pensaré en Ethan, el hombre hecho de violentos contraluces. Ahora voy a hacer la inversa: pondré la película en esta pantalla y pensaré en Monument Valley.
Tarde de perros, noche de genios

Me gusta que las películas aparezcan así de repente, que se pongan ante mí sin aviso previo. Que no haya mucho que hacer, nada que ver, un poco de sueño y entonces, resbalando por el mando a distancia... zas, Tarde de Perros. Las películas de atracos me gustan mucho, sirven para definir mi concepto de diversión en el cine. Atracos de bancos, sí, o robos a gran escala minuciosamente planeados: Atraco Perfecto, Ocean’s Eleven, Reservoir Dogs, Heat, El Golpe... Algunas que me vienen a la cabeza sobre la marcha. Tipos que convierten el robo en un ejercio de contundencia psicológica y en una partida de ajedrez de las mentes. Me gustan sobre todo los ladrones educados, los profesionales inmaculados del ramo, que van y hacen su trabajo con la misma asepsia con la que otro rellena informes en la oficina. Idéntica moralidad. Esos que si el vigilante de la sucursal trata de hacerse el héroe lo golpean limpiamente, sabiendo dónde le pegan, y luego le dan un consejo: "Mantenga la cabeza hacia atrás y deje que sangre, la hemorragia parará pronto...". Todos comprendemos que no le quedaba otro remedio. Había que atizarle. Y ese hombre lo hace tan bien...
Hace unos días vi Plan Oculto, la última de Spike Lee, un director que casi siempre me ha interesado y al que veo ahora maduro, visitando nuevos territorios sin abandonar la esencia social o próxima, streetwise, de su cine. Reivindico La Última Noche como una de las mejores películas de los últimos años, aunque no es seguro que nadie la recuerde. En Plan Oculto, un atraco sin las convenciones de este pseudo género, Clive Owen se comporta un poco de ese modo, ladrón de altos valores morales, aunque con matices. Los matices explican la historia, que tiene mucha miga y no es cosa de reventarla. Robert de Niro también es así en Heat. Miguel Pardeza me recordaba el otro día esa frase concluyente en la que De Niro establece el inamovible rango de prioridades en la vida del ladrón profesional: "No pongas nada en tu vida que no puedas abandonar en 10 minutos si la poli te pisa los talones". Qué felices deben ser los guionistas cuando se les viene a la cabeza una frase así. Yo diría que De Niro en Heat, con George Clooney en alguna otra, son el arquetipo moderno del personaje al que me refiero. Bueno... pues Tarde de Perros no se parece en nada a ninguna de estas cosas ni a otras películas que yo haya visto sobre atracos.
En resumen, como atraco es un atraco miserable. Los personajes componen una galería de arquetipos a la inversa. Los rehenes no quieren salir del banco ("¿Qué dice usted? Yo me vuelvo adentro...", dice una de las secuestradas cuando asoma a la calle con Pacino... y se deja entrevistar encantada con la celebridad). El policía antagonista tiene una humanidad quebradiza. Como el director del banco. Parece que van a ser amigos todos en cualquier momento, aunque esa es una de las maravillosas mentiras de esta película. El único que se hace el hijo de puta desde el primer momento es el elemento del FBI, pero claro, ahí hablamos del estado federal, nada de mandangas, la esclerosis de los sentimientos: deberes y privilegios, nada más. De los dos caracteres principales, Al Pacino compone un antihéroe maravilloso y querible. Pacino siempre se parece a Pacino sin ser Pacino. Puede ser decenas de personajes y no extraviar la esencia que hace del actor un personaje en sí mismo. O sea, un clásico. John Cazale, su apocado amigo en el robo, cumple exactamente con el papel de John Cazale: el villano frágil por antonomasia, nacido con rostro de secundario inolvidable, como si hubiera sido concebido únicamente para las películas en las que actuó. Y puede que haya sido así porque murió pronto, a los 42 años, en marzo de 1978, pero... ojo a su porcentaje de tiro: en seis años participó en las dos primeras de El Padrino, hizo La Conversación también con Coppola, hizo El Cazador e hizo Tarde de Perros a las órdenes de Sidney Lumet. Cinco joyas. Casi cinco obras maestras. Todas competidoras por los Oscar. Desde luego, cinco películas que podrían en muchos órdenes vertebrar el singular y excelente cine de los setenta.
Yo no había visto Tarde de Perros hasta esta noche, y ya me he dado cuenta de que la tardanza ocultaba un error mayúsculo. En mi enciclopedia de cine de Taschen aparece entre las grandes de 1975. Luego veo que se jugó el Oscar con Tiburón, Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco, Barry Lyndon y Nashville. Casi nada la cosecha del 75. Ganó el cuco de Nicholson y Milos Forman, pero Tarde de Perros queda sin esfuerzo en la memoria. Una película que se explica con su guión, que camina entre el ingenio y el rigor y los entremezcla de forma que, cuando la acción parece destinada a rebozarse en el absurdo de sus personajes, escapa en otra dirección para seguir creciendo. El trío de atracadores se queda en dúo a la primera de cambio. Pacino y Cazale se confunden en todo. Son perdedores, sólo que lúcidos. Son lúcidos, sólo que torpes. Van a ser héroes y luego bastardos de la audiencia televisiva. Para que un drama en que el atracador tiene por esposa a un transexual no derive en pastiche hay que escribir muy bien y dirigir muy bien. Es lo que no soporto de Almodóvar, que seamos los demás los que hayamos de ponernos generosos con su indudable genio para salvar la coherencia que pierden sus historias con esas boutades. Pero ese es otro asunto. En Tarde de Perros, siempre que la acción se aproxima a la parodia, Lumet da una pincelada que recompone el drama y le da espesor. Salva a todos sus personajes sin juzgarlos, y por esa vía les otorga la dignidad propia de cualquier persona. Su grandeza. De forma inevitable en la película va ganando la angustia poco a poco, como una mancha de aceite, expresa en los cuencas cárdenas y en retroceso de Pacino, en el sudor asfixiante de policías, ladrones y rehenes. Termina del único modo posible, pero eso no se advierte hasta el final. Uno sólo lo adivina al ver la última mirada del protagonista a su alrededor. Él ya lo sabía.
Alida Valli... caen las últimas hojas en el cementerio

Durante un largo plano de un minuto y 33 segundos, Anna Schmidt atraviesa el paseo arbolado del cementerio de Viena. La aguarda a la izquierda del encuadre Holly Martins. Va a despegar el vuelo que debía llevarlo de regreso a Estados Unidos, pero él ha decidido que su obligación es perderlo. "I can’t just leave...", le ha dicho a Calloway. No se puede marchar, así sin más. Su espera a un lado del camino significa la última pregunta ineludible. Los pasos de ella van a ser la respuesta. Ha muerto Harry Lime, el amigo, el amante, y de los árboles desgarrados caen las últimas hojas. Anna pasa de largo. Martins busca en su bolsillo un poco de tabaco que fumar.
Alida Valli falleció el sábado, a los 85 años. Hoy van a celebrarse sus exequias en el ayuntamiento de Roma. He metido el dvd de El Tercer Hombre en el aparato y he vuelto a ver la escena y a dejarme ir en la nostálgica cítara de Anton Karas. Pocas veces dos actores se han mirado con tantos matices y tanta intensidad como Orson Welles y Joseph Cotten en esta película. Pocas veces los ojos de una mujer han sido imperativos, huidizos y distantes como los de Alida Valli en la Viena ocupada. En una película pródiga en maravillosos planos, esta culminación posee la portentosa y serena belleza de lo sublime.
Mo cuishle

Sobre el fondo de uno de los veloces y simpáticos ko’s de Maggie Fitzgerald, el Hojalata Eddie Dupris reflexiona:
"El cuerpo sabe algo que los boxeadores desconocen: cómo protegerse. El cuello sólo gira hasta un punto determinado. Si lo llevas más allá, el cuerpo dice: ’Eh, ya me encargo yo, está claro que tú no sabes lo que haces. Ahora échate y descansa. Ya hablaremos cuando te recuperes".
En ese momento, Maggie derriba a otra contrincante poniéndole el cuello del revés. Y la voz concluye:
"Se llama mecanismo del ko".
(*) Foto: Maggie Fitzgerald, encarnada en la sombra de Hilary Swank, en ’Million Dollar Baby’. Un monumental clásico que va a perdurar."Mo cuishle significa mi amor, mi sangre". La he visto por tercera vez en pocos días y aún espero que el último combate termine de modo distinto.
Buenas noches y buena suerte, señor Clooney
A George Clooney le importa el cine. De otro modo jamás habría rodado una historia como la de ‘Buenas Noches y Buena Suerte’, y desde luego no la habría rodado como lo ha hecho. Con tal austeridad, de un modo tan seco, con ese minimalismo narrativo y emocional, poblándola de un voluntario énfasis a la inversa, de héroes hieráticos. La película es de una intensidad entre adusta y nula, lo que a mí me la rebaja considerablemente. Mira que me gusta George Clooney, al que considero un actor magnífico (lo cual no tiene mérito por mi parte) y sugerente, lo suficientemente apuesto para ser un galán, lo suficientemente versátil para ser un cómico, lo suficientemente sólido para hacer casi cualquier tipo de protagonista. Mira que le tengo afecto a Robert Downey Jr., ese calavera adorable, sobre todo desde una entrevista en un talk-show inglés en la que entre risas suyas y de los demás lo confesó todo: lo que se metía, lo que se bebía, lo que se tiraba... Yo a los tipos imperfectos, a los que no se gustan frente al espejo, a los que recuerdan con su presencia excesiva que la corrección política es una mierda de hipocresía, yo a esos los quiero más que a mi vida. Y bueno, mira que me gusta Jeff Daniels...También me gusta David Strathairn, desde luego, en esta película. Él, en el papel de E. R. Murrow, legendario presentador televisivo (en los Estados Unidos, claro), y el senador Joseph McCarthy son la película. Dos antagonistas en un memorable debate sobre las libertades, sobre qué era ’un buen americano’, sobre la libertad de pensamiento, sobre los derechos civiles, sobre los recortes legales en tiempos de miedo, de guerras frías, sobre el poder y los recursos para controlarlo, sobre la entereza de un país y sus ciudadanos, sobre el papel de la televisión, sobre la dignidad de las empresas informativas... Mira que me gustan todas esas cosas, y el blanco y negro, y la inserción de algunas sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas, y el humo que enmarca a los personajes (Murrow fumaba siempre en sus emisiones y fallecería por un cáncer de pulmón), y la mirada de acero Strathairn, y el modo en que Clooney filma los interiores, porque en la película todo son interiores.
Mira que me gustan esos hombres y sus convicciones (pero no se les juzga a ellos, sino a la película). Y me gusta la cantante negra que subraya cada transición interpretando piezas formidables, canciones de esos años sombríos y luminosos. Me gusta hasta el metraje, 90 minutos escasos, como las grandes de Woody Allen. Admito películas más largas, pero cuando me enfrento a una no puedo evitar acordarme de aquella frase de George Roy Hill, el director de ‘El Golpe’: “Si tu película va a durar más de dos horas, más te vale ser David Lean”. Bueno, pues a pesar de lo que me gustan todas esas cosas, a pesar de que estoy dispuesto a admitirle a George Clooney un buen número de méritos, a pesar de las nominaciones y el academicista aplauso de la crítica, yo me pongo en plan Robert Downey Jr., igual de calavera, y proclamo que mi recuerdo de ‘Buenas Noches y Buena Suerte’ va a ser mejor que la impresión que tuve mientras la veía y al terminar. Que estuvo cerca del aburrimiento.
Es una película poco convencional. Entendamos por 'poco convencional' un adjetivo favorable, salvo cuando se aplica a Almodóvar. Es casi un documental dramatizado. Yo le echo en falta emoción y emotividad. Le echo en falta intensidad en la narración: hay dos pasajes dramáticos (sobre el fondo de un argumento intenso pero no tenso) que uno ve como vería llover. También los personajes lo hacen. Hay momentos en que esos personajes parecen un decorado y nada más, la periferia descuidada de un guión. Sé que Robert Downey Jr. y Jeff Daniels están en la película, sí, aparecen ahí de cuando en cuando; los veo a ellos, pero no a sus personajes. Y echo de menos algo más de contexto en el episodio: “Está hecha para los americanos que se saben la historia de aquellos días al detalle”, dijo ella mientras caminábamos hacia el coche en medio de una noche helada. Tenía razón. Esto es como los titulares en prensa, que han de explicar todo porque no se puede dar por supuesto que el lector ya conoce el asunto. Puede haber llegado de otra ciudad u otro país, regresar de una amnesia de 15 años, haber caído esa mañana desde Marte... ¿Quién es ese señor que le enmienda la plana al canino McCarthy en el Comité de Actividades Antiamericanas? ¿Vencieron solos los periodistas de la CBS al senador de Wisconsin? Tenía más dudas pero ya no me acuerdo.
Le admito a Clooney la contención, si esa fue su voluntad, y le admito esta tesis: que los momentos históricos carecen de énfasis; que no están señalados por una partitura musical que los engrandezca; que a los grandes hombres no se les pone cara de grandes hombres cuando se convierten en uno de ellos por una palabra, por un acto, por un pensamiento. Siguen siendo normales, lo mismo que antes de ese cambio decisivo. Que mientras Joseph Kafka escribía sobre unas cuartillas las frases que confluyeron en la obra llamada ‘La metamorfosis’, nadie se detuvo en las calles de Praga a pensarlo, nadie lo supo, ni siquiera K., y probablemente alguien en su casa apartó con fastidio esas hojas desordenadas para limpiar el polvo de la habitación del genio cuando éste salió a merendar.
Sí, quizás la realidad fuera así, como la quiere Clooney. Yo prefiero un poco de artificio, y que me aspen por pedir algo así a una película como ésta o a cualquier película. Es que nunca me ha acabado de gustar que el cine sea como la realidad.
pd.: La película está nominada a Mejor Director y Mejor Película, entre otras categorías que ni recuerdo ni voy a mirar en internet. No querría que se llevara el segundo pero, como yo soy un aficionado antojadizo, ojalá le den el de Mejor Director. Total, Clint Eastwood ya lo tiene, Billy Wilder está muerto y a Woody le toca sesión de clarinete. Cualquiera menos Wayne Wang. Lo siento pero no le disculpo ’Tigre y Dragón’. Así que... buenas noches y buena suerte, señor Clooney.
(*) Foto: El señor David Strathairn, en su humeante papel de E. R. Murrow, el azote televisivo de Joe McCarthy desde su programa de la CBS ’Véalo Ahora’. La película es tan adusta como el actor.
Dormir, tal vez soñar
Pocas películas me fascinan como Mulholland Drive. Me hipnotiza de forma similar a como lo hace 2001, por el onírico magnetismo de sus imágenes, por su aséptica o terrible capacidad de sugestión. Y me gusta más en la oscuridad de las interpretaciones (aunque fueran erróneas, qué importa eso) que en la luz de la razón. A Lynch jamás le ha interesado ese matiz. La primera vez, la película se hace ciertamente incomprensible. Al menos para mí, que soy perezoso como ya ha quedado dicho. La volví a ver el jueves, repuesta por La 2, mucho tiempo después de haberla disfrutado en el cine, y reuní los cabos sueltos. En realidad, la historia es más sencilla de lo que parece: sólo tiene un pliegue que desdobla personajes, situaciones y caminos. A cada uno de los lados están Betty/Diane (maravillosa Naomi Watts), y Rita/Camilla (Laura Harring). Creo haber intuido después de la primera visión que no importaba el misterio, que era mejor no descubrir el truco: se trataba de dejarse llevar a una noción narrativa distinta y entregarse a la posibilidad de lo inasible, otras vidas propuestas por un sueño o un anhelo, las que quedaron en nada, las que interrumpió una elección propia o ajena, la suerte, el destino. En fin, no desechar los caminos extinguidos. Creer en la redención de un sueño frente a la pesadilla de una vida, como quiere creer Diane. Ahora que he descubierto el truco desaparece parte de la ilusión porque, racionalizada, la película queda desnuda de su sentido y de su formidable potencia evocadora. Cuando soñamos no sabemos cuánto dura ese sueño. Pero sabemos que, en el lapso de tiempo en el que duró, tenía perfecto y exacto sentido.
David Lynch utiliza un truco minúsculo (un sueño intrigante, un sueño relativamente dichoso, que se interpone a una realidad dramática) para construir una narración sin coordenadas, confusa en su esquizofrenia. Para Lynch la realidad no es más cierta que los sueños; de acuerdo a esa conjetura, ambos constituirían percepciones irrefutables, coherentes en sí mismas y acaso sólo relativamente independientes. ¿Por qué un sueño no concluye absolutamente al ser interrumpido por la vigilia? ¿Por qué arrastra un residuo de amargura, de felicidad, quizás una manifestación física? ¿Por qué un hombre despierta llorando a la vuelta de una pesadilla que no puede recordar? En Mulholland Drive, Lynch resuelve abrir las puertas que comunican un lado y otro y permitir que ambos se confundan. Porque ciertamente se confunden. Porque la vida no es sólo la vida concreta que sucede, nos sucede, cada día, sino también un sinfín de discordias que resolvemos en nuestro interior, en un oscuro escenario de soledades a veces más contundentes que el sol.
Esa puerta es una minúscula cajita azul que se abre con una minúscula llave azul. Es el interior de la oreja seccionada y recorrida de hormigas de Blue Velvet; es la desierta carretera oscura y la repetición de una línea discontinua blanca sobre el piso de asfalto en Carretera Perdida; es el fuego incesante de Corazón Salvaje. A Lynch le fascinan los símbolos y los recrea como nadie. El sueño es un teatro de silencios, en el que uno es al mismo tiempo actor y público; una pompa frágil cuyas fronteras pueden reventar en cualquier instante, como liberación o condena, para autorizar: la extraña certeza de, mientras uno aún duerme, saber que está soñando. A partir de esa conciencia, la vigilia aguarda sólo un instante más allá. Betty se aproxima a ese camino en el sugerente club del silencio. En el club del silencio (un hallazgo de guión, de escritura y puesta en escena de David Lynch), Betty experimenta la conmoción física y llora ante una imagen que se desvanece frente a ella, revelando su imposibilidad, y de la que perdura el sonido como representación de aquello que ha de traspasar la conciencia. El llanto, un despertar de amargura, una excitación carnal, un sombrío temor. En el club del silencio no hay orquesta, no hay banda, no hay actores, no hay nada. Todo es una grabación. Todo es una memoria sin orden en el subconsciente. Todo es silencio. Sueño.
(*) Naomi Watts y Laura Harring, en un cartel promocional de Mulholland Drive, de David Lynch (2001).
Dormir de cine
Debo de ser un extraño cinéfilo: desde siempre me ha resultado notable mi facilidad para dormir largamente en la butaca. No se trata de aprensión o aburrimiento. Simplemente me duermo, aunque la película me esté pareciendo fascinante. En ocasiones, sólo unos minutos. En otras, apenas una ligera cabezada a la que cedo amablemente, para luego recuperarme a tiempo y no extraviar el nudo del argumento. Las menos, duermo como un bebé y sólo despierto a poco del final: de entre éstas no olvido El dorado, el aventurero drama de Carlos Saura, que convertí en una siesta implacable en los Cines Golem de Pamplona. Aunque lo intenté decenas de veces, no logré despertarme hasta los títulos de crédito. Cada vez que abría el ojo, alguien estaba matando a otro alguien en medio de gritos desgarrados en un río selvático. Luego, veía fugazmente a Inés Sastre niña y volvía a dormir. El sueño se comporta sin respeto. Hace unos años asistí a un ciclo antológico de la obra de Bergman en la Filmoteca de Zaragoza. Acudía allí todas las tardes con cinéfilo denuedo, a saldar una de esas cuentas pendientes que tengo (tenía) con el cine. Con frecuencia pasé esas tardes durmiendo. El manantial de la doncella, estrictamente, es una película que no he visto... aunque estuve en su proyección. Por extraño que suene, resistí El silencio sin asomo de modorra. De El séptimo sello me queda la partida de ajedrez en un descarnado páramo de batalla. Las fresas salvajes jamás se me olvidará, todavía me cuesta pegar ojo si pienso en ella. Tampoco borro del recuerdo el rostro de cal de Ingrid Thulin, la nitidez de sus facciones, como una mano blanca en una pared oscura.
Me he dormido a tiro limpio en clásicos del cine negro, en vigorosos westerns de John Ford, en obras maestras de Wilder, en graciosas intrigas de Woody Allen... De forma que la historia del cine me cuesta al menos dos revisiones. No es cosa sólo de la sala oscura, porque en casa también me ocurre. No es raro que alquile una película más de una vez, porque en la primera intentona me dormí. Tan desgraciada facilidad tiene que ver, creo, con el estado de inconsciencia o suspensión que me produce el cine.
Esa condición se manifiesta de otro modo. Mientras veo una película, soy incapaz de los más mínimos razonamientos lógicos, de forma que en las de misterio intrincado abandono el hilo de la trama en la primera esquina, y ya no lo recupero. Al menos, no con toda claridad. Me quedan hilos colgando que desdeño o reúno cuando la película ya ha finalizado. En verdad no me importa, porque la historia supone apenas un pequeño tanto por ciento de las cosas que puedo disfrutar del cine. Si todo lo demás (alguna escena, un plano, una mirada, un actor o actriz, una música) me hace suficientemente feliz, puedo olvidar el argumento o entregarme a su desenredo con la misma despreocupación con la que un niño desciende por un tobogán. En las películas de guerra me ahogo con frecuencia en el barro de los nombres y los uniformes. Soy incapaz de reconocer a los personajes por su apellido.
No me parece extraño que esa abstracción lleve, en ocasiones, al sueño.
En cierta ocasión fui a unos multicines con un amigo. Antes de entrar a la proyección (íbamos a ver El ojo público) nos encontramos con una pareja conocida. Ellos tenían localidad para otra de las salas, pero de pronto la chica, resuelta, aseguró que ella prefería ver nuestra película. No recuerdo bien cómo, pero al segundo siguiente había intercambiado su entrada con la de mi amigo y dijo que ella se metía conmigo. El otro no supo qué cara poner. Yo no supe a dónde mirar. Mientras buscábamos la butaca en la penumbra y al sentarnos, un reposabrazos para dos brazos, dudé si aquello tenía algún significado oculto o sólo el evidente. También traté de resolver a toda velocidad cuál sería el oculto y cuál el evidente. Este tipo de dudas me han perseguido toda mi vida. Ella era una chica sin inhibiciones, como me permitió descubrir algún tiempo después. Vimos la película, sin tocarnos ni nada parecido. Pero en mi recuerdo, toda aquella escena compone uno de los momentos más sugerentes que he vivido. Al salir, nos encontramos con los otros y preguntaron: "¿Os ha gustado?". A ella le había encantado. Yo ratifiqué: "Está muy bien".
Entonces, ella se volvió hacia mí y torciendo la cabeza en tono de gracioso reproche, exclamó: "¡Tú no mientas, que te has pasado la película durmiendo!".
(*) Alejandro Amenábar, en el centro, durante el rodaje de "Los otros". La leyenda dice que echaba una siesta en un descanso del rodaje y que alguien le hizo una foto que luego aparece en la película, en uno de los albumes de muertos que se encuentran en la casa.