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Somniloquios

La leyenda de los Héroes

La leyenda de los Héroes

Anoche, subida en el viento, la voz de Enrique Bunbury bajaba inflamada por las calles de la ciudad y llegaba nítida hasta la Avenida Goya, sobrevolándola, planeando más allá, camino de la Puerta del Carmen. No es una metáfora. Era cierto. Era el cierzo, que la traía de sur a norte, de La Romareda hacia el centro, apoderándose de la ciudad de un modo, repito, metafórico. Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes del Silencio; yo fui un coetáneo que en aquellos días igual se encontraba por los bares de la zona -en algunas tardes muy largas- a Enrique Bunbury o al Príncipe Felipe. Recuerdo a Bunbury en un bar del que no recuerdo ni el nombre. Subida en el viento, anoche su voz se imponía en oleadas. Sólo vi a los Héroes una vez en concierto, y aún no eran los Héroes tal y como los conocimos después. Eran un grupo emergente, sí, pero no los Héroes de la leyenda que ahora todo el mundo da por hecha, sabida y vivida. Y si recuerdo aquella noche, que era también una noche del Pilar de mediados de los años ochenta, es por la imagen y no por la música. La imagen no se me ha borrado nunca y nunca he sabido por qué: Bunbury muy joven, en un escenario en Independencia, con su melena entre rubia y caoba. acumulada sobre un lado de la cabeza muy al modo de los ochenta, pero suspendida en el azote del viento; y él cruzando la marea del cierzo con una voz grave que aún no tenía esa grandilocuencia en la dicción que tanto me molestaría después, que penetraba la noche sin ninguna dificultad, y ahí quedaba suspendida. Tampoco estaba el exceso escenográfico que es la marca del personaje, no sé si de la persona y no me importa. La exactitud teatral de los movimientos, las poses, el engolamiento muy singular y muy estudiado. Ignoro por qué nada de esto me gustaba y ahora me gusta.

Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes. Prefiero decirlo porque es la verdad. Me gustó su primer disco (que compré y aún tengo amontonado, supongo, en algún sitio) y luego empecé a desechar su evolución. Cuanto más famosos les hacía su lado oscuro, cuanto más se ensuciaban las guitarras, menos me interesaban a mí. Hasta que dejaron de hacerlo por completo. Yo quería entonces más pop y mi lado oscuro tenía otras formas, expresas en fondos igual de negros pero de lados más nítidos. A la vuelta de mi año en Engerland (por cierto que los Héroes tocaron ese verano en Londres y yo no los vi...) fui a admirar y escuchar a Gene en la sala En Bruto. Entonces Gene (¿alguien recuerda a Gene?... supongo que sí) acababan de aparecer y, aunque serían efímeros, eran fantásticos y se nos parecían algo a los Smiths, y puede que eso fuera suficiente; pero además hicieron un par de discos estupendos y soñadores y nostálgicos, llenos de ese pop íntimo y universal de los oscuros lúcidos. Luego se desvanecieron lentamente, como una canción o un viaje. Mientras aguardábamos su salida al escenario, pusieron Avalancha en los altavoces, un rato largo, Iberia Sumergida y todo eso. Rick se acordará bien, que estaba a mi lado. Con sinceridad, los Héroes en esos días me resultaban cargantes o aburridos. El modo de cantar de Bunbury me agotaba. Y sin embargo...

...sin embargo mañana estaré en el concierto. Creo que se debe, más que nada, a Bunbury. A sus discos en solitario, que me fueron ganando de unos años a esta parte, muy poco a poco y de modo por completo inesperado para mí. No está mal redimirse (si queremos interpretarlo así) en la comprensión o el aprendizaje de otras formas. Ensanchar los límites por dentro. Los discos de Bunbury (sobre todo Flamingos y aún más El viaje a ninguna parte) obraron un efecto inverso: aproximarme primero a él y luego otra vez a los Héroes. En estos tiempos en que tener un disco no cuesta nada, sólo el sosegante trabajo de escucharlo, he ido acumulando algunos álbumes de entonces de los Héroes, que no oigo demasiado pero oigo a veces, cuando siento que necesito agitar o combatir algunas nostalgias de entonces o de ahora. Sigo prefiriendo los primeros años, de canciones y acordes más planos, y aquella imagen del cantante joven subido en el viento a mediados de los ochenta. Eso sí me gusta y me gusta recordarlo. Puede que lo que busque sea la imagen ideal de aquellos días en que ellos y nosotros éramos casi igual de adolescentes. O puede que yo me haya puesto oscuro hasta encontrarme con sonidos que entonces no me interesaron. Ha ocurrido con otros grupos y otras músicas. Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes, voy a decirlo por última vez, pero ahora pienso que tal vez sólo nos cruzamos en un tiempo equivocado que hoy admite matices. Eso pasa. Con hechos y con personas. También con la música. Me alegro de que hayan vuelto. Por toda la gente que sí los quiso en su momento. Especialmente por César Láinez, que fue y es uno de ellos. Y porque en el fondo siento que todo debería volver, un poco.

La jota del día

Al zapatero no vayas
a dale ningún mal rato
que yo sé mejor que nadie
ande te aprieta el zapato.

Alegrías y miserias: dos crónicas

Alegrías y miserias: dos crónicas

Para los seguidores del velocista, si los tuviera, dejo las crónicas de los dos últimos partidos. Lo hago con cierta aprensión, por lo que cuentan y por otros motivos. La búsqueda de Archimboldi seguirá en terrenos domésticos, nada de viajes por Europa. He perdido dos ilusiones paralelas: la de ser campeón europeo y la de visitar lugares. Lo mejor de los dramas y las alegrías del fútbol es que son relativos y pasajeros. Algunos traumáticos, sí, para qué lo vamos a negar, pero muchas veces he pensado, he sentido la tentación de pensar, que del fútbol hay que hablar un poco en broma siempre, porque si no puedes ingresar en territorios patéticos. No podemos evitar que nos importe, aunque sabemos que no es especialmente importante, comparado con las cosas importantes de la vida. En ese sentido hay que considerarlo como el trabajo, cosa que me llama mucho la atención: el trabajo no es lo más importante de la vida, desde luego, pero ocupa tanto tiempo e impide tantas cosas que hay que considerarlo por fuerza como la cosa más molesta de la vida, y una cosa muy molesta termina por ser importante de cualquier modo. Lo que ocurre en mi caso es que el fútbol es al mismo tiempo para mí el fútbol y el trabajo, la misma cosa o una sola cosa, de forma que las consideraciones al respecto se enredan y me paso noches pensando o noches mirando partidos. Vengo a decir con toda esta desordenada digresión que últimamente miro los partidos con una cierta distancia, que no es desprecio sino lejanía interior. Del fútbol, de muchas cosas. El velocista es un tío íntegro y resistente, pero aun así nos profesamos mutuo afecto y él también está afectado. Se le nota. Sobre todo en la última, la del Levante. Nunca van a faltar partidos que ver, ganar, perder y escribir. Leed y olvidad.

Real Zaragoza, 3-Levante, 0
7ª jornada de Liga
 

Aspirina efervescente 

El Zaragoza olvida la UEFA con fútbol animado y tres goles l Sergio García, titular, y Oliveira terminaron a un Levante inofensivo l Abel se queda en el alero

La depresión es una gripe del alma. Las hay ocasionales como la del Zaragoza, que sufre la enfermedad del primer mundo, la de los ricos, la del eliminado de UEFA; y las hay crónicas, como la que amenaza a este Levante de Abel, equipo menesteroso abandonado ya por la Liga. El partido sólo presentaba una igualdad por ese lado: la circunstancia de la necesidad, el acecho de las impaciencias, que acostumbran a hacer estragos. Aunque moralmente no haya forma de defenderla, la arbitrariedad va en el sueldo. Por lo demás, el Zaragoza está tres cuerpos o diez puntos por encima del Levante. Más allá de los detalles que fueron tejiendo el partido, sobre el fondo de la tarde prevaleció la sensación de que el Zaragoza ganaría por recursos, contundencia, acumulación de juego y oportunidades. Y así fue.

Necesitaba un bálsamo y cierta efervescencia para reconciliarse consigo mismo y el entorno.Y logró las dos cosas en un encuentro de fútbol generoso para la vista, desmedido de oportunidades pero incompleto hasta que en el minuto 62 García abrió la cuenta. Luego todo fluyó. Víctor gestionó así el espinoso asunto de los puntas. Primero relevó a Oliveira de la alineación. Podemos interpretar que Diego tiene los galones merecidos por sus 23 goles del año pasado. Metió a Sergio, necesario por justicia y fútbol; y luego quitó a Diego para que entrase el brasileño. La jugada era tan diplomática como justa. Y funcionó al milímetro: Diego dio un pase y jugó un partidazo, aun sin el gol; Sergio anotó el tercero en tres partidos; y Oliveira dejó doble impacto de matador. Uno con un desmarque inesperado entre los dos centrales del Levante, Álvaro y Cirillo, que Óscar interpretó de vicio. Un baloncito perfectamente redondo, exacto de velocidad y con el espacio medido con precisión de cuento. Esos balones que le salen del pie a Óscar como la seda a los gusanos. Luego, Oliveira puso el tercero en un cuadro. La naturaleza imperfecta también fabrica arte. Tuvo esa arrancada que lo define, el egoísmo para saltarse un pase cantado a García y la clase para el remate colosal al ángulo.

Entregado. En realidad, el Levante falleció al primer disparo. Encontró pocos argumentos a los que agarrarse durante todo el partido, así que cuando encajó el 1-0 se desvaneció. Los equipos que quedan expuestos tan pronto comunican una lástima indudable. Aún más el Levante, porque no hay nada deshonesto en su actitud. El Levante muere con generosidad muy taurina, pero nada pragmática. No se comporta como un equipo desesperado, se comporta como un equipo retratado por todos los parámetros: es el equipo con menos goles de la Liga, el más goleado, el peor colista de las principales ligas europeas. Abel está en el alero y puede ser destituido hoy, pero el Levante necesita mucho más que un entrenador. Por ejemplo, gol. Por ejemplo, solvencia en sus dos centrales, que ayer bordearon la calamidad. Por ejemplo, un Savio que se parezca a Savio.  Las circunstancias no son nada generosas con un equipo así. Rigano cabeceó antes del primer minuto un balón de Juanma, lo más operativo del equipo azulgrana, y no entró por pulgadas. Tuvo otras opciones, sobre todo dos de Riga. ¿Qué hubiera sido el Levante con ese tanto del italiano? Cabe preguntárselo, pero no sirve de nada.

El Zaragoza lo arrolló con una energía de juego que no había mostrado, al menos no con esa constancia y variedad, en todo el campeonato. Reacciones como la del equipo aragonés cuestionan todas las sospechas extendidas entre la crítica: el sistema, los hombres, la preparación física, los estados de forma...  Después de tocar fondo el jueves, ayer jugó muy bien, aun con las rebajas que se le quieran poner por el estado del Levante. Jugaron muy bien casi todos, los sospechosos y los que no lo eran. Aimar y D'Alessandro por afuera, Sergio y Diego arriba, los centrales atrás, los medios en el medio... Sus goles pudieron llegar de mil maneras y por cien caminos. Con goles uno olvida todo, pero hay que conservar la memoria. La memoria siempre sirve para algo.

Diario AS, 8 de octubre de 2007
www.as.com
 

 

 

Real Zaragoza, 2-Aris, 1
1ª Ronda de la Copa UEFA, vuelta
 

Tragedia griega 

El Zaragoza fracasa y se va de Europa a la primera l El equipo estuvo mediocre, sin fútbol ni llegada l Javito anuló los goles de Oliveira y Sergio García

Las aficiones ayudan mucho, pero nadie ha visto jamás al público meter un gol. Hoy por hoy, la hinchada del Zaragoza está por encima de su equipo y eso no es motivo de orgullo ni felicitación. No bastaba con el ánimo y el entusiasmo. Al fútbol ganan los futbolistas. La eliminación de ayer supone el carpetazo a este tramo tan indeciso del Zaragoza, que anda jugando con fuego porque no le alcanza para jugar con el balón. El Aris, un rival escaso, bastó para eliminarlo. Esta eliminatoria no era cuestión del contrario, era cuestión de la altura que fuese capaz de alcanzar el Zaragoza, que ahora mismo está para vuelos cortitos y sencillos. Para poco más. No hay fútbol ni fuerzas. Europa, aún en las versiones más modestas como las del Aris, no perdona la mediocridad.

Como suele ocurrirle últimamente con frecuencia, el Zaragoza llegó antes al gol que al fútbol. No es un mal asunto cuando uno juega por eliminatorias o tiene que remontar el marcador. No es un mal asunto en ningún caso. El gol posee una utilidad obvia; el marcador tiene la potestad de suprimir o aplazar los juicios sobre las cuestiones de fondo, pero hay que ir a ellas: el Zaragoza no tiene ritmo en las piernas ni en la pelota como para jugar a lo que le gustaría jugar. Ni en rombo ni en triángulo escaleno. Un resumen transversal sería éste: el Aris entregó en poco rato la pelota, el campo y un gol; y el Zaragoza se encontró que tenía demasiados balones para sus pocas ideas. Los griegos sabían que un tanto podía bastar frente a un enemigo tan confuso y pesado de movimientos. Y bastó.

El equipo de Víctor ganó la pelota con velocidad y la usó con lentitud y reiteración de recursos. En el apartado estadístico de la posesión, eso que tanto se lleva ahora, cabrían tres conceptos: tanto por ciento de posesión del Aris, tanto por ciento de posesión del Zaragoza y... tanto por ciento de posesión de D'Alessandro. El argentino la buscó y la tuvo mucho rato. Una vez que agotó sus comunicativos artificios, el equipo entró en el tranco de todos los días. Sobre el fútbol de Mandrake y la capacidad goleadora de García podríamos discutir un mes, pero ahora mismo ellos reparan apenas la media catatonia del Zaragoza. El otro ariete ese rato fue Juanfran, que recorrió su banda hasta el fondo contrario un millón de veces. Por desgracia, no acabó ninguna con una pelota comprometedora. El valenciano estuvo y está tan generoso como impreciso.

Aun así, y volvemos al argumento de arranque, bastó una combinación entre Diego Milito y Oliveira para que el Zaragoza aspirase de un golpe la ventaja del Aris. Oliveira acabó la fugaz jugada con un pelotazo raso al palo del portero. Chalkias tal vez esperaba lo que todos, mayor contundencia. O un disparo cruzado al uso. Ya lo decía Shankly: "Si estás en el área, primero mete el gol y luego ya discutiremos las alternativas". Es lo que hizo Oliveira. Dio la impresión de que Chalkias cubría el espacio con provechosa negligencia. Eso o que el brasileño le pegó justo al agujero de los ratones...

El drama. La segunda parte fue un giradiscos enloquecido. El gol de Javito, bastante increíble en su forma, dejó a Juanfran en muy mal lugar. Y al Zaragoza, jugando al poker sobre el precipicio, como esos australianos que salieron ayer en todos los telediarios. Víctor acababa de poner a Sergio García por Oliveira, y ese cambio supuso un acierto tardío o prematuro, según se mire. García tenía que jugar y lo demostró rápido, cuando cazó de cabeza un balón que D'Alessandro le envolvió en celofán con un centro insultante por preciso. Iba donde fue. Al coco de García y al gol.

Durante los últimos 18 minutos, Luccin (oceánico en su esfuerzo todo el partido) obligó a Chalkias a salvar a su equipo. Lo demás fue la frustración. El drama creciente. El Aris era un enemigo menor, pero suficiente ahora mismo para echar al Zaragoza de Europa. Así estamos.

Diario AS, 4 de octubre de 2007
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Leonor cumple cien años

Leonor cumple cien años


Al cabo de un internamiento de un mes, a finales del pasado octubre, mi abuela Leonor recibió el alta médica y con silencioso escepticismo, tal vez extrañado escepticismo, se dejó llevar de vuelta a la residencia. La acompañaban su hijo, que le había guardado el sueño recurrente, desordenado, apático de esos 30 días, ese sueño desconcertante de la vejez, y un informe médico de cinco folios, preciso en las consignas del tratamiento como en los acuerdos de una capitulación. Yo, tal vez todos los que habíamos ingresado en ese trance con la convicción de que había de ser el último, sentí al verla recuperarse que mi abuela cumpliría cien años. Le interpuse al sentimiento casi una orden de deseo: tenía que cumplirlos. Mi abuela quizás pensó, temió, que si no se había muerto después de ese mes, podría ser que ya no se muriera nunca.

Nadie hubiera dicho que esa posibilidad le interesara. Bien al contrario, desde hace años (¿cuántos años ya?) Leonor confiesa un profundo abatimiento cada día más señalado, el cansancio obstinado pero incompleto de quien no se puede dormir. Desde aquellos días de mascarillas de oxígeno (que pugnaba desmayadamente por quitarse, como un gesto de rebeldía que olvidaba que la rebeldía es para la juventud y para cuando uno aún vive su propia vida y no los restos de su vida); aquellos días de vapores y revisiones, aquellos días de insuficiencia respiratoria, doble neumonía bronquial, pulmones encharcados, desde aquellos días de piel relegada contra los huesos y de los huesos contra la cama del hospital, mi abuela ha cumplido otro año. El 5 de octubre que pasó en la cama le dije: "Más vale que te pongas bien porque tienes que cumplir cien años". La abuela, presa todavía de una relativa lucidez (digo presa porque hay una indudable condena en conciencia tan exacta), desde ese territorio en el que se van imponiendo los olvidos y te abandonan hasta las palabras, me tomó la mano (ese nunca fue para ella un gesto dramático, sino el resumen de la proximidad extraviada) y con toda sinceridad me preguntó: "¿Y para qué?".

Hoy, 5 de octubre de 2007, mi abuela Leonor cumple 100 años. Yo quería que los cumpliera porque me parece que alguien que cumple 100 años alcanza una dimensión mítica para quienes la hemos tenido y aún la tenemos (¿nos tiene ella a nosotros?), también para quienes la miran; un poder legendario de personaje de García Márquez, una presencia imborrable y merecida, una victoria definitiva sobre la existencia. La vida parece en ocasiones la acumulación de recuerdos que después habremos de perder o bien desechar; la reunión modesta de algunas felicidades que primero de todo hay que saber comprender. Cien años son un siglo, una medida sobrehumana, una irreparable suma de pérdidas menos ganancias. Cien años pueden ser a veces un epílogo demasiado largo e incomprensible, una sucesión de imágenes que se repiten enmarcadas en la ventana que da a un jardín, una montaña de horas muertas, un océano de días que vienen y van sin otros rigores que la espera. Siempre que la veo le pregunto lo mismo: "¿Qué tal estás, yaya?". "Aquí, esperando...". Antes terminaba la frase ("esperando que el Señor decida llevarme con él"); desde hace mucho (todo hace ya mucho) ni siquiera la acaba. Suspende la espera en los puntos suspensivos y los puntos suspensivos en su mirada, y su mirada en la mía y la mía en este tiempo lleno de asuntos tan incomprensibles.

Al marcharme de las visitas siempre me parece poco tiempo contra el tiempo que pasa sola, sola en la compañía de algunas "vulgares", como ella piensa y dice a veces. No hay tregua en los salones de la vejez. Se vigilan entre sí con los ojos entrecerrados. Unas lloran, otras cantan con desorden, otras murmuran. Me pregunto qué pensará mi abuela todo ese tiempo. En qué ocupará la memoria. Si hará desordenados recuentos de sus cien años o soportará con estoicismo las inversiones fantásticas del tiempo. Que esta edad final se parezca a la primera, y no sólo en la inocencia, también en el escenario. Leonor quedó huérfana de su padre militar (y músico) a los ocho años, en Granada. Eran cinco hermanos y todos fueron trasladados a la Escuela Militar de Toledo, los varones, y a un internado religioso de Aranjuez las tres hermanas. Allí permaneció mi abuela hasta los 20 años, y allí estudió la carrera de piano y el oficio de bordadora a máquina. La educaron en una religiosidad antigua, impermeable, constructiva, mientras ella domesticaba el espíritu en la diligencia para la música de sus manos delgadas y largas, fundición de porcelana y seda y venas como ríos desbordantes. Las manos nunca se olvidan. Parecen las de una figura de loza. Manos de pianista delicadas dedicadas a bordar. Y tal vez en esas horas pensativas que ahora transcurren frente a ella, mi abuela habrá de recordar los minuciosos detalles de esa larguísima infancia de tocas y hábitos, que se le mezclará con la informe argamasa de larguísima ancianidad de tocas y hábitos. Cierto día las monjas la animaron y ella interpretó al piano la Marcha Real, después de tantísimos años de comprometer en las obligaciones de la vida el talento ponderado por algunos de sus maestros de entonces. Renuncias.

Entre medias, una vida en la calle Lavapiés, en Madrid. La muerte de un hijo; la lejanía del otro; la muerte de un nieto; la lejanía de los otros. Los abuelos de Madrid. Esa realidad tan cotidiana de la infancia que he tratado de conciliar después, en la edad adulta. La extensa ausencia de Valeriano, al que sobrevive desde hace ya más de 27 años. El tiempo le ha ido quitando las cosas que quita el tiempo, la trama perfecta de la vida entre los tuyos y con los tuyos. En cierto modo, siento que su longevidad ha servido para devolverle algo de todo lo que las circunstancias se habían ocupado de negar. También le ha restado aquella presencia imperativa; nada de su dulzura se ha perdido por el camino. El oído está ya casi clausurado, se ha cerrado de forma veloz en los últimos meses, agotado. La memoria resiste. La ironía también. La inteligencia y la formación permanecen prendidas en una llama que aún sorprende. Lo comprobé cierto día, no hace mucho, con una prueba íntima y de significado inagotable  para nosotros. Sin aviso previo me la quedé mirando y de pronto le dije: "De la noche en los crespones se ven entre oscuros reflejos el estrecho, allá a lo lejos, y enfrente Sierra Bullones...". Ahí me quedé callado. Ella me miró y le fue naciendo una sonrisa que no era otra cosa que la divertida aceptación del juego, y quizás la misma vieja alegría que sentí yo. Sin asomo de temblor o duda, recitó las frases siguientes: "Al tronar de los cañones y entre el humo de la gloria, aún recuerda mi memoria como una algazara extraña: son los soldados de España, que van cantando victoria". Seguimos recitando juntos, hasta el final. Mi abuela me repetía cien mil veces esos versos cuando yo era niño, y nunca he sabido de dónde vienen ni qué cuentan: la historia de un soldado herido que muere llamando a su madre. Ella, con cien años casi, los recordaba igual que yo.

Le han regalado una misa al punto de la mañana. Ha hecho las ofrendas. Le han regalado unos hermososos pendientes, un centro de flores, fresca colonia para su piel de papel y un collar con un colgante que mostraba cada pocos minutos ("¡las monjas se han destapado!", me decía, no sin algo de sorna); ha soplado dos veces las velas, ayudada por sus bisnietos, y ha comido un poquito de tarta de frutas y un par de bombones sin azúcar, para prevenir su diabetes. Como si hubiera ya algo que prevenir. Por la tarde la hemos rodeado su hijo, nuera, nietos y bisnietos. Espectadores de un tiempo inverso que nos mira a nosotros. El orgullo de saber que los Ornat Ornat Morcillo Lerín Jarne Vela Fontenla Torralba y Rodrigo hemos vencido a la vida ya para siempre, porque tenemos a una abuela de 100 años; que hemos sido capaces de sobrevivir en toda nuestra imperfección y de reunir a cuatro generaciones en el 5 de octubre de 2007. Mira Ali, la yaya viequica cumple 100 años. Y Eduardito y Cayetana apenas pasan de uno.

Yaya, ¿ves cómo no éramos tan delicaditos?

Descubrimiento

Descubrimiento


En el fondo no hay nada.

D'Alessandro y su bala de plata

D'Alessandro y su bala de plata


Real Zaragoza, 2-Sevilla, 0
6ª Jornada de Liga

 

El argentino apareció para matar al Sevilla l Los andaluces fallaron todo l Sergio hizo un 2-0 de lujo

En el estado en que llegó el Zaragoza a este partido, ganarlo jugando mal era mucho más importante que perderlo jugando bien. Y eso hizo. Entró por la puerta que le abrió el Sevilla, empeñado en el error hasta la derrota. El equipo aragonés alcanzó la victoria con más desconcierto que fútbol, gracias a un prolongado arrebato de fortuna coronado por dos golazos. Ya querrían una noche así, con todas sus imperfecciones, los equipos que se asoman a una crisis. El Sevilla, que desechó todos los goles que fue capaz de concebir, no menos de cinco o seis. Salió del banquillo D'Alessandro con una bala y pasaportó al equipo de Juande. Sergio García lo acabó de vaselina. El Sevilla cayó frente a un rival desconcertante y de efectividad fatal.

A la media hora el Zaragoza se encontró jugando frente a tres rivales: el Sevilla, su propio público y el espejo, que le devolvía una imagen distorsionada y sin embargo, muy reconocible. Para un equipo en el estado de imprecisión ideológica en el que anda metido el Zaragoza (al que lo que le vale un día no le sirve al siguiente, ya sean el dibujo táctico o los jugadores), jugar contra un rival como el Sevilla ya era suficiente problema. Jugar contra tres suponía una dramática esquizofrenia.

El Sevilla tuvo menos pelota pero más idea. Hizo un primer tiempo sin grandes virtudes (en proporción a lo que le hemos visto en estos últimos años) pero con una ligereza envidiable para llegar arriba. Hay tres o cuatro en este equipo que juegan subidos en el viento. El primero en asomarse fue Koné, que ha abierto ya de par en par la ventana de casa para que el fútbol español lo mire bien. Es un jugador de fantástico exhibicionismo. No corre, revienta. En el minuto 3 largó una cabalgada desde el medio campo hasta la entrada del área y luego le filtró a Luis Fabiano, otro jinete del aire, un pasecito en ventaja. El brasileño escapó de César por afuera, pero la salida del portero salvó indirectamente al Zaragoza porque Luis Fabiano se quedó sin ángulo en su maniobra y tiró la pelota contra la red exterior.

El Sevilla esparció su peligro por todo el primer periodo y parte del segundo, hasta que Juande decidió quitar a Navas y Koné y buscar la vía directa, con Poulsen y Kanouté. Sólo en el primer tiempo, Navas voleó una pelota cruzada por Alves a media altura, de lado a lado del área. Y Adriano apareció una vez por el carril opuesto al esperado y sacó un pelotazo que César manoteó a córner, mientras se acordaba de su defensa a voces. Navas también probó puntería y se le fue arriba y Koné cabeceó con más hueso que carne. Fuera.  Esas demostraciones incompletas del Sevilla soliviantaron al público zaragocista. Víctor Fernández había retocado el medio, en forma y fondo: dos pivotes (Luccin y Zapater) y dos por afuera (Gabi y Aimar). El hilo de juego se le partió muchas veces antes de empezar a hablar. Le caía la pelota a Pavón en el fondo con demasiada frecuencia. Una vez quiso tocar en largo y casi la lía. Como enseguida la gente empezó a murmurar y a 30.000 que murmuran se les oye muy bien, Pavón decidió que tocaría todos los balones atrás. Así que el organizador de juego del Zaragoza ese rato terminó por ser, Dios lo bendiga, el portero César.

Pavón se centró en la segunda parte. Y Víctor encontró que la respuesta no estaba en el doble pivote ni en el rombo, sino en quitar a uno de sus dos flamantes puntas. El mundo al revés. Entró D'Alessandro y el Zaragoza formó en 4-2-3-1. De forma inopinada, llegó mejor y se protegió más. El Sevilla siguió fallando goles. El de Koné fue el gol de Abreu en versión Maradona, combinación muy vendible. Una diagonal a la vuelta del descanso que abrió a fuego la defensa del Zaragoza y volcó los bocadillos que ya mecía el pueblo en sus barrigas. Contra cualquier lógica, después de limpiar el camino de rivales Koné la cruzó fuera. ¿Por qué la mató? Porque era suya. Si uno hace semejante jugadón tiene derecho a tirar la pelota donde le dé la gana.

Entró Kanouté y nada más salir agarró una pelota cocinada por la indecisión zaragocista y en ventaja la largó fuera. Juande miró al cielo y le preguntó al cielo si se iba o se quedaba. Se quedó. Vio la falta maravillosa de D'Alessandro, el pasecito mortal de Óscar y la vaselina de García. Tres sospechosos habituales ganaron el partido. Sospechosos de virguería, vacuidad o desapego. El fútbol que hicieron los tres subrayó sus nombres, como quiso D'Alessandro al celebrar su gol. Que diga la ciencia lo que quiera: hay vida en otros planetas.

El amor...

El amor...

...según André y Dorine Gorz

El filósofo vienés Andre Gorz y su esposa Dorine se conocieron hace casi sesenta años, en un baile en Saint Sulpice, en París. Nacido en Viena en el seno de una familia judía, Gorz conoció el rechazo, el desarraigo, el destierro. Conoció también a Sartre y el existencialismo. Conoció a Dorine y durante 58 años vivió pensando, escribiendo y amándola, protegido por la indudable consideración de un amor que ambos mantuvieron intacto a través de seis décadas. En 2006, ya ambos ancianos octogenarios, Gorz escribió Carta a D. Historia de un amor. La iniciaba con estas palabras dedicadas a Dorine:

"Tú vas a cumplir 82 años. Has menguado seis centímetros, no pesas más de 45 kilos y aún eres bella, graciosa y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Siento de nuevo en lo más profundo de mi pecho un vacío devorador que sólo puede calmar el calor de tu cuerpo contra el mío...". Años antes, le había dicho: "Si tú mueres, estoy muerto". Y ambos firmaron, quizás con una mirada, tal vez con un beso, o dejando las palabras flotar en el aire, un pacto también formulado en Carta a D. Historia de un amor: "Nos gustaría no sobrevivir a la muerte del otro. Nos hemos dicho muchas veces que, si tuviésemos que vivir otra vida, querríamos vivirla juntos, siempre juntos".

El pasado lunes, en el otoño inmediato de París, André y Dorine aparecieron muertos, sus cuerpos tendidos uno junto al otro. En alguna ocasión, Gorz anotó: "Para vivir hace falta tener ganas; para morir es necesario tener valor". Al pie de los cadáveres alguien recogió una nota con esta última sugerencia: "Avisen a la Gendarmería".

...según Bienvenida Pérez

Bienvenida Pérez nació en Valencia hace casi medio siglo. Conoció el desarraigo ("una niñez inestable y sin el apoyo de unos padres", dicen las crónicas) y vivió durante dos décadas en Londres. Después de trabajar en el Colegio de Médicos, en la Mercedes Benz, en una empresa de arquitectura, en la Liga de Países Árabes y en Scotland Yard (según su propia versión), Bienvenida se casó tres veces entre los 33 y los 42 años. La primera, con el diputado conservador Sir Anthony Buck. La prensa descubrió que, al mismo tiempo, sostenía una aventura con el jefe del Estado Mayor de la Defensa, Sir Peter Harding, que se vio obligado a dimitir a causa del escándalo. Ahora está casada pero "sólo porque él prefiere que sea así". Hace tiempo que no vive con su marido y comparte su casa en Londres con dos perros.  Bienvenida Pérez publica en un par de semanas su segundo libro, titulado Hazte Valer, que nace bajo este deseo: "Yo no voy a estar aquí toda la vida, por eso quiero transmitir mis experiencias y conocimientos a las mujeres, creo que puedo serles de gran ayuda". Estos días hablaba así en una entrevista previa a la edición con El Mundo:

-"Me han regalado muchísimas cosas, aunque a largo plazo. Siempre que un hombre te hace un gran regalo o te da dinero, hay que cogerlo. No hay nada malo en que quiera agradecerte tu compañía. Si lo rechazas, pensará que lo que buscas es el matrimonio y saldrá corriendo.
-¿Cómo se reconoce si un hombre es el adecuado?
-Tres meses es tiempo más que suficiente para saberlo. Siempre me he considerado una empresa: lo menos que puede hacer un marido es abrir una cuenta conjunta; cartas de amor y flores no son regalos suficientes".
-¿Se ha casado alguna vez por amor?
-Nunca. El amor es una enfermedad. Hay que pensar con la cabeza; casarse es algo muy serio y que puede traer consecuencias muy graves, especialmente cuando hay hijos. Por eso nunca tuve hijos.

-Siempre ha elegido hombres ricos pero mucho mayores que usted...
-Requieren menos mantenimiento.
-¿Cómo?
-Está claro: necesitan menos atenciones sexuales, así que es un trabajo que te ahorras. En realidad, el sexo nunca ha tenido un papel importante en mi vida.
-¿Qué ha sido para usted el sexo?
-Algo que hay que hacer para contribuir a una relación, porque para los hombres es fundamental, lo necesitan.
-¿Qué opina de la infidelidad?
-No me importa. Lo que le hagan otras a tu pareja es un trabajo que te ahorras.
-¿Cuánto dura el amor?
-Máximo, seis meses.
-¿Y una relación apasionada?
-Lo que tardes en ir a por un traje Chanel o a por una joya a Cartier. Como mucho, año y medio, después todo declina.

[Foto: André Gorz y su esposa Dorine, en una imagen de hace varias décadas: enamorados y muertos en París].

News from Minnesota

News from Minnesota

Forever Young

May God bless and keep you always,
May your wishes all come true,
May you always do for others
And let others do for you.
May you build a ladder to the stars
And climb on every rung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.

May you grow up to be righteous,
May you grow up to be true,
May you always know the truth
And see the lights surrounding you.
May you always be courageous,
Stand upright and be strong,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.

May your hands always be busy,
May your feet always be swift,
May you have a strong foundation
When the winds of changes shift.
May your heart always be joyful,
May your song always be sung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.

[Estos días vivo agarrado a la música como a un árbol de la ciencia o como se aferraría el náufrago a un tronco. La situación no es desesperada, claro, pero requiere canciones, muchas canciones. El viernes lo pasé, casi entero, oyendo música. Luego me fui a ver un partido de rugby. Vi a mis amigos y bebí demasiado. Pero tranquilos... descubrí que, bebida de un trago, la pinta de Guinnness no engorda. Me arrastré como una culebra por el sábado, le encargué al velocista la crónica del Sevilla y el domingo recupero un hermoso mail que me envió Marlo hace algunos días. En él, Bob Dylan me saludaba personalmente y me anunciaba la próxima publicación de Everything Except Compromise. His Greatest Songs (versión 1 cd y 3 cds con todo tipo de extras: canciones de siempre remasterizadas... aunque yo las hubiera preferido recantadas por Dylan con su voz apergaminada de ahora). En cualquier caso, otro cd que poner en el altar. El divertido juego del envío lo podéis hacer vosotros mismos en esta dirección: dylanmessaging. Yo he intentado traerlo a la portada de Somniloquios pero este tipo de cosas no me están permitidas, porque soy casi un perfecto inútil colgando música o similares. Tengo que hablar con el señor blogia un día de éstos. Porque no pienso abrirme un MySpace... A cambio, dejo el enlace clásico a una versión bastante bonita (un concierto en 1987 en Birmingham, no sé si la Birmingham inglesa o la Birmingham de Alabama) de Forever Young, canción apropiada para los que caminamos por el borde de la mediana edad y no le encontramos la gracia. Se la dedico a Marlo. Me parece que alguna vez la oímos en silencio parados dentro de un coche...