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Somniloquios

Un poco de todo y de nada

Un poco de todo y de nada

RENFE suprime trenes y los junta de dos en dos. Yo ando en servicios mínimos hasta nueva orden, así que no encadeno una sino tres crónicas, las últimas del Zaragoza, aunque sólo sea por entretener el tiempo (el mío y el de quien las lea). Hay un poco de todo y de nada. En el Zaragoza y en Somniloquios... Una victoria exuberante contra el Villarreal, otra práctica frente al Almería y esa 'boutade' tan del Zaragoza que constituyó el partido con el Valladolid, por otro lado un equipo estupendo. Algún día de éstos iré al cine o veré una película en la televisión o leeré una línea en algún libro que pueda recomendar. De hecho, estoy a punto de hablar de tres libros. Mientras no tenga mucho que decir, como ocurre ahora mismo, seguiré más o menos callado. 

Real Zaragoza, 2-Real Valladolid, 3
11ª Jornada de Liga 

La vida son seis minutos

Víctor mató al Zaragoza del 27' al 33' l Empató el gol de Oliveira, sumó otro y Álvaro puso el 1-3 l Diego Milito recortó tarde l Fin a 11 meses invicto en casa

Sobre este Zaragoza no se pueden hacer afirmaciones absolutas. Como las cajas de regalo envueltas con un lazo, a veces ilusiona a su gente pensar en la grandeza de lo que tiene dentro; en otras ocasiones empuja a pensar que hay una orfandad en el fondo de su fachada. Ese hueco sombrío alterna con principios de luz rutilantes. A un equipo se le juzga el 30 de junio. El resto del año tratamos de interpretarlo a la vista de los resultados y de un amplio puñado de condiciones contextuales. Pero este Zaragoza no se deja interpretar. Ayer cumplió ese principio de infidelidad a sí mismo con terrible empeño: comenzó rápido, solidario, hecho un equipo, pero se descentraron sus delanteros por una chupada de Oliveira y el resto se lo llevó por delante Víctor, pequeño gran hombre del Valladolid. En seis minutos volteó el partido.

Voló la puerta de Europa, volaron los once meses de invicto de La Romareda, voló la línea de crecimiento, voló la credibilidad. Ese último problema puede ser grave o no; en el fútbol se cree con el corazón, no con la cabeza. Buscar la verdad de la derrota requiere tacto. Demasiadas bajas atrás obligaron a Zapater a hacer de lateral izquierdo y el partido se lo llevó por delante. Triste e injusto. Uno puede defenderse y ha de ser juzgado en su terreno. Cuando se le llama para una misión especial en tierra ajena, al menos un honor lo salvaguarda: el de la valentía para asumirla. Pero Kome le hizo a Zapater y a Chus Herrero, que salió también muy mal parado, una calamidad decisiva en la suerte del encuentro. La otra verdad es que el Zaragoza podía ganar 3-0 a los 20 minutos. Y que en el desplome posterior cayeron muchos: Oliveira, autor del 1-0 y cambiado en el descanso; Luccin, tocado en un gemelo y hundido por Álvaro. Sólo Óscar hizo algo de luz; y Diego Milito puso generosidad sin correspondencia. Última verdad: Ayza Gámez negó dos goles (uno de Óscar y otro de Diego) con fueras de juego discutibles. Y un penalti de Rafa a Sergio García. Aun siendo cierto, nada de esto explica la suerte del partido.

Leer en diagonal
El fútbol de hoy produce con frecuencia el molesto zumbido industrial de la modernidad, mareante hasta el punto de confundir lo mediocre con lo necesario. Pero cuando en el campo de juego aparece un futbolista como Víctor, con esa fisonomía corta que representa una consciente huida de la mecanización, entonces sabemos que todo sigue en su sitio; que el fútbol es lo mismo de siempre, que conserva intacta la factura de un juego ingobernable, molesto y fascinante por igual. Depende sólo del lado en el que se produzca el milagro. Esta vez, el lado del Valladolid.

Víctor volteó el partido, que venía de un 1-0 y en seis minutos se había convertido en 1-3 para el Valladolid. Mendilíbar lo puso en el campo en el minuto 24 por Sisi. Un cambio prematuro mueve a la sospecha, pero el entrenador del Valladolid sólo usaba una de esas condiciones extraordinarias que se dan en algunos individuos. Kennedy leía en diagonal. Devoraba renglones y páginas con vertiginosa ligereza. Eso hizo Mendilíbar: leer el partido en diagonal. Víctor entró a dividir las líneas, Kome cayó a la derecha y entre los dos hicieron papilla la banda que defendía Zapater y resguardaba Chus Herrero. Del 27' al 33', Víctor firmó dos goles y Álvaro -hijo de la Ciudad Deportiva- consagró su vuelta, medianamente anónima, con un tercero excelso. Otro que lee en diagonal.

El Zaragoza quedó desnudo en la calle. Ya no se recuperaría, ni con Aimar, ni con D'Alessandro, ni con las apariciones dulcemente protéicas de Óscar. Protestó al árbitro las jugadas aludidas, Aimar cabeceó arriba una vez y Diego Milito redujo hacia el final la derrota. Sólo hubo circunstancias, pero no fútbol. El contraataque que se chupó Oliveira, mientras Milito aguardaba para el gol, rompió el frágil principio de solidaridad y Víctor se llevó por delante el resto. El Zaragoza debería recordar aquella frase de Lennon en una canción para su hijo: la vida es lo que te ocurre mientras haces otros planes. Donde dijo vida, pudo decir fútbol.

Almería, 0 - Real Zaragoza, 1
10ª Jornada de Liga
 

Una victoria como un parto

El Zaragoza gana fuera después de nueve meses l El Almería, con pasajes estupendos, sólo se rindió por un penalti l Cobeño tiró a Óscar y lo anotó Diego Milito

Al Zaragoza le ha costado nueve meses ganar fuera de casa, un parto doloroso que no puede permitirse ningún equipo que aspire a Europa. El partido cayó de su lado por un penalti, pero  no hay engaño en el triunfo: era merecido. Sin embargo, varias contradicciones quedaron entrecruzadas a lo largo de la noche. El Almería tuvo la pelota en los pies y al Zaragoza en sus manos en el primer tiempo, cuando mostró un desempeño magnífico en todos los órdenes salvo en el gol. Si Negredo u Ortiz hubieran acertado en el arranque, el Almería hubiera podido volar, porque estaba para todo frente a un Zaragoza encadenado a sus temores por las bajas en la defensa. Pero el Almería no atinó y dejó que el Zaragoza se acomodara un tanto; que comprobase que a Goni hay que encontrarle un espacio lógico entre la Tercera División y la élite; y despertó a Óscar, que escenificó otro capítulo de su renacimiento. Esas sumas concluyeron en el penalti de Cobeño que Diego Milito transformó en el minuto 73 en la victoria aragonesa.

Fue un choque de valores más morales que futbolísticos, puede ser, también por eso hermoso: los dos tiraron guantes, valientes y honestos. Y tuvo que ser la jugada más ventajosa del fútbol la que decidiera. El Almería adornó la noche con un pasaje inicial de ligereza de ideas y ejecución fascinantes. Será un recién ascendido, pero niega la convención con ideas y jugadores estupendos embozados en nombres de rango medio. En una plaza en la que cualquiera se excusaría para jugar a la supervivencia, Unai Emery prefiere jugar al fútbol de verdad, sin prejuicios. Un entrenador para la esperanza.

Hasta el área del Zaragoza llegaban todos los del Almería y alguno más. Parecía que jugaran con 15 y varios balones. Llegaban antes y por cualquier lado: Bruno por afuera, Corona en la mezcla, Felipe Melo con su fisonomía, Ortiz por el flanco, Negredo en su obsesión episódica del delantero. El equipo aragonés no podía sacudirse esa brisa tan saludable de fútbol, porque el Almería le ganaba la pelota con energía y después le daba un uso nítido, armonía de pelota y espacio. Jugaba de memoria y movía algún recuerdo atrevido: antigua: ¿Era el Almería o el Ajax de Rinus Michels? Entiéndase la hipérbole: la verdad reside en las ideas.

Contraataque
Enfrente, el Zaragoza tenía una ensaimada por boina en la cabeza, como aquel Cordobés de Arús. Carlos García y Acasiete le remataron con limpieza dos o tres veces en el claro de una zaga reunida a lazo para la ocasión, como si sus componentes se acabaran de conocer un rato antes. En cierto modo, era así: Sergio se lesionó a los tres minutos, Goni venía del filial sin estaciones intermedias, Chus regresaba de una lesión y del olvido, y Paredes no había sido titular desde el Getafe. Como no ganaba balones en las zonas intermedias, decidió protegerse en grupo y probar el contraataque. Fue un gesto tribal de salvaguardia. Necesario y puede que hasta inteligente. Su validez la completó la salida de Óscar desde la izquierda hacia el carril central, al punto de enganche, desde donde sacudió las debilidades al Almería. En tres contras sin término (Oliveira, Diego Milito, el propio Óscar) el Zaragoza dibujó su aviso.

El Almería tomó nota, pero no se acobardó. Siguió buscando y tiró de su catálogo de convicciones. Tuvo hasta un libre indirecto en el área que negó César, actor principal de la segunda parte. Sin embargo, el Zaragoza cada vez parecía más próximo al gol. A veces eso no tiene nada que ver. A veces sí. Luccin mezcló la pluma y la espada y reconquistó el medio campo para los suyos. Óscar hizo el resto del desequilibrio con varios pases hermosos como un vientre en celo. Su admirable control en el penalti de Cobeño, que lo tiró, iba a culminar el partido. ¿Era injusto que un equipo tan honorable como el Almería cayese por una sutileza así? Podría ser... Como si quisiera anular esa duda, Diego Milito (recién estrenado papá) estampó la pelota en la red sin miramientos: nueve meses después, su gol alumbró un triunfo del Zaragoza fuera.


Real Zaragoza, 4-Villarreal, 1
9ª Jornada de Liga

Óscar al mejor partido

El salmantino inspiró una goleada brillante l Ayer el Zaragoza puso energía, fútbol y goles l Anotaron Oliveira, Óscar, Diego y García l Pires recortó al final

En estos tiempos en que la más burda estupidez puede hace fortuna, conocíamos el paint-ball, el derribo de hoteles, el tai-chi y la curda colectiva. Pero no teníamos contemplada la bronca y la implosión de un vestuario como posibilidad terapéutica. Se ve que el club de la lucha tenía su lógica. Como al fútbol ya no lo entiende ni la madre que lo parió, que fueron cuatro ingleses bebiendo cerveza, ahora va a resultar que decirse las verdades (a la peor hora y del peor modo) funciona como estrategia. O eso sugiere el encomiable partido del Zaragoza ayer: el Villarreal, equipo de moda, se llevó cuatro goles y cuando Pires recortó, en el 82, ya era tarde para todo. Fue un encuentro repleto de detalles que indican que la crisis era en verdad ininterpretable: a estas alturas nos atrevemos a pensar que el Zaragoza será lo que quiera ser, si quiere algo Porque no hay fórmula matemática ni ley universal que explique cómo un equipo arrastra el vientre en el Calderón y, varias broncas después, hace el mejor partido de la Liga.

Éste fue uno de esos encuentros que no deberían contarse, porque la letra no alcanza para descifrar los detalles. Es un partido para verlo y revisarlo y descubrirle, como ocurre con las películas maestras o las canciones de los Beatles, nuevas perspectivas, matices inesperados, sonidos ocultos, maravillas concéntricas. Hubo cuatro goles, pero hubo muchas más cosas; el avance de la defensa para juntar al equipo, el esfuerzo de los de arriba en la presión, el pulmón incesante de Zapater y algunas lecturas magníficas del juego, la exhibición de Ayala por tierra, mar y aire, la compostura de Pavón, la solidaridad, el orgullo bien entendido, hecho fútbol con la pelota y sin ella. Por encima de todo, hubo un Óscar portentoso, un jugador mayúsculo que desde su banda izquierda (la del ausente Aimar) hizo un partido y varios partidos, todos en uno. Todos exactos. Todos precisos. Todos perfectos. Todos hermosos. Todos preñados de una visión privilegiada del juego. El catálogo de virtudes resulta imposible de precisar sin incurrir en la exageración. Será merecida. Óscar hizo memoria de su fútbol y olvidó su perfil antojadizo de ciclotimias.

Mucho ritmo
Pellegrini opinó al final del encuentro que el marcador no correspondía con la historia del partido. Esa revisión se antoja como mucho una verdad a medias, la mitad que corresponde al primer tiempo. Porque Pellegrini fue responsable también de ocultar virtudes de su equipo para dibujar un partido riguroso en el medio; darle la pelota al Zaragoza, pero acotándole los espacios Lo consiguió durante un rato. Pires elegía siempre bien, mandaba Senna y Cani invadía espacios ajenos con una interpretación estupenda de la movilidad con balón y sin él. A la vista, el partido tenía un ritmo intenso. Mucha industria, con esa hermosura rara de la competitividad y el anuncio de que algo podía pasar. Pero no hubo mucho: un gol cantado que no alcanzó Diego Milito y varias faltas untadas en veneno por Marcos Senna... Hasta que Oliveira picó con la cabeza un centro muy sutil de Zapater. 1-0. Tomasson rozó el empate tras el descanso, pero tenía los pies torcidos.

Ahí comenzó la mitad que desmiente a Pellegrini. Animado por la desventaja, cosas de los entrenadores, el ingeniero permitió a su equipo romper filas y lo abrió en un 4-4-2. Le agregó el bullicio disuasorio de Rossi y Nihat. Tomasson sólo había sido un semáforo. El Zaragoza anudó con un Ayala portentoso y Pavón atento a cualquier minucia; en el medio, Zapater y Luccin patrullaron día y noche, esquinas y avenidas. Luego añadió a Gabi. Y hasta a D'Alessandro. Ya valía todo. El equipo hizo de cada pelota una delicia. Óscar tiró del hilván hasta dejar al Villarreal en marianos. Repartió juego como si llenase copas de champán. Firmó el segundo en un regalo de Capdevila. Diego sumó el tercero de penalti. Y Óscar coronó su memorable tarde con un pase de dibujos animados que García coloreó en el cuarto. Fue tan hermoso que parecía una broma. Después de una semana de guerra civil, goleada al equipo de moda. Eso es una transición y no la del 78.

La lluvia gris

La lluvia gris


Martina Hingis anuncia su retirada del tenis por un positivo de cocaína.
No me importan la verdad ni la condena.
Prefiero la lluvia gris en el cristal de los ojos.

Deborah Kerr (1921-2007)

Deborah Kerr (1921-2007)


Karen Holmes: Si va buscando al capitán... no está aquí.
Sargento Warden: (mirando a Karen con lascivia) ¿Y si no estoy buscando al capitán?
Karen Holmes: Entonces, el capitán sigue sin estar aquí.

[Deborah Kerr y Burt Lancaster, en De Aquí a la Eternidad, aprovechan la ausencia del capitán para darse un baño].

Radiografía del cáncer

Radiografía del cáncer

Juro que estoy absolutamente desconcertado con el Zaragoza. Una de las tareas más ingratas del periodismo, por ilógica, es la búsqueda de culpables y la inflación permanente de análisis. Cada lunes hay que contar y recontar un partido como si ese partido estableciese una línea absoluta de razones y argumentos; como si un partido diera todas las respuestas acerca de los problemas o las virtudes de un equipo, igual que si expusiera todos los síntomas y permitiera vislumbrar cada solución necesaria. Y no es así. La cuestión Real Zaragoza me parece intrincada. Uno puede apreciar los síntomas con cierta facilidad; lo verdaderamente difícil es diagnosticar la enfermedad subyacente. Cuando alguien me pregunta qué le pasa al Zaragoza, estos días contesto: qué es lo que no le pasa. Pero luego llego al AS y tengo que contestar a la pregunta en la forma de una página. Algo así traté de hacer ayer. No sé con qué resultado, porque yo soy escéptico. A lo mejor sirve al menos para debatir.

Demasiados problemas en muy poco tiempo

  • El equipo inexplicable El Zaragoza está en condiciones ahora mismo de enviarnos al diván a todos los que lo observamos. Se comporta de modo tan errático, comunica un grado de inconsistencia o de desorientación tan evidente, se parece tan poco a la idea que nos habíamos hecho de él, que cualquier juicio parte del desconcierto. No se trata de qué le pasa al Zaragoza; en realidad, la pregunta hay que reformularla desde el lado contrario: ¿Qué es lo que no le pasa?
  • Recuperar valores La temporada se ha torcido muy pronto. Hay problemas de rendimiento, de funcionamiento colectivo, de solidaridad, de actitud, de entendimiento entre futbolistas, problemas en la elección de los jugadores, problemas de disposición física, de ritmo de juego, de velocidad de la pelota, problemas de orden táctico, problemas de fragilidad mental y problemas de declaraciones altisonantes. En resumen: metástasis en toda regla, una proliferación de disfunciones que da para un catálogo. Demasiados problemas en tan poco tiempo, pero mucho margen para solventarlos. El equipo y su entrenador deben recuperar valores que están ahí, aunque parezcan olvidados: honestidad, autocrítica, amor al Zaragoza, serenidad, menos orgullo en los micrófonos y más vísceras en el campo. Unidad. Mucho análisis de puertas adentro. Disciplina en los modos y en la búsqueda de los objetivos. Lógica en las decisiones. Esas cosas no se logran con una valla contra la Prensa; lo que hace falta es un espejo en el vestuario.
  • El fútbol sin la pelota El Zaragoza siempre quiere la pelota, pero debe aprender a jugar sin ella. En realidad, ha de acordarse cómo hacerlo, porque el año pasado lo hacía. El principio de Víctor sigue siendo el mismo, pero el rigor en su aplicación ha decaído de modo fatal. Los puntas no molestan, los de afuera no ayudan a los mediocentros (ni hacen de interiores ni hacen de extremos), que reman en campo abierto; y los laterales se van mucho, pierden pelotas y regresan con escaso celo. En manos de un rival veloz, el Zaragoza es un muro de flan. El equipo tiene problemas de contención y balance defensivo graves. Aparece estirado, laxo y lento. Necesita juntarse más desde el fondo, y eso es cosa de los centrales. La escena de un balón ventajoso a la espalda de la zaga o la llegada en estampida del contrario son habituales. Lo retrataron el Barcelona, el Atlético y el Sevilla, aun a pesar de la victoria.
  • Cambios obligados El equipo precisa una catarsis animada por este principio: un problema intrincado también puede atacarse con soluciones de apariencia simple. Por ejemplo, no tocar lo que funciona (Sergio García y D'Alessandro) y revisar lo que no anda. Media alineación está en entredicho, y no sin motivos. Víctor debería pensar en el cambio de los laterales: Juanfran y Diogo fueron formidables el año pasado, cuando marcaban la diferencia en los rangos intermedios, ahí donde los buenos equipos se distancian de los apañados. Ahora su efervescencia la niegan la imprecisión y el desorden. Habría que preguntarse también por el perfil de los centrales: no es seguro que Ayala fuera a mejorar en el lado izquierdo, pero sí parece obvio que Sergio lo haría en el derecho, donde hizo un año pasado excepcional. Con Aimar todo es opinable. Uno cree que si no juega de media punta los argumentos para su titularidad adelgazan, pero Aimar siempre nos va a parecer más una solución que un problema. Arriba, por fin, hay que hacer algo y en serio. Hoy por hoy, lo más serio es que juegue Sergio García. Y de lo demás ya hablaremos.

23 de octubre de 2007
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Wild Man Blues

Wild Man Blues


A una hora oscura y apacible, estoy viendo Wild Man Blues, ese excelente documental en el que la directora Barbara Kopple retrata a Woody Allen de gira con su grupo de música dixie, el jazz primigenio de la querida, y aún desconocida, Nueva Orleans (lo que hace la música: sentí la tragedia de Nueva Orleans como si fuera un habitual visitante de Nueva Orleans... y aún no la he pisado en mi vida). Contra una opinión muy extendida, yo siempre he pensado que los personajes de Woody Allen sólo se parecen tangencialmente a Woody Allen, pese a la inevitable identificación entre unos y otros. Creo que en los caracteres que escribe no hay de él más que el pensamiento y la sensibilidad para trascender ese pensamiento y convertirlo en preocupaciones universales, desde una perspectiva tan irónica como brillante. En algún sentido todo arte se parece al artista, pero esa semejanza no implica una copia autobiográfica. Para mí, Allen es un mayúsculo autor, quizás uno de los tres mejores y más consistentes y variados de los últimos 30 años (Clint Eastwood, Woody Allen, Martin Scorsese). Puede dar la impresión de que todas sus películas hablen de lo mismo en formas parecidas, pero nunca se repiten los temas y si lo hacen es porque algunos temas tienden a repetirse en la propia vida. Son la sustancia de la vida. A la manera de los pintores, Allen crea series de pinturas con líneas de fuga o trazos o técnicas o personajes de fondos coincidentes, pero nada más. En ocasiones, esas pinturas quedan en meros bocetos y entonces uno advierte que hay un rasgo de genialidad latente, pero que la película ha quedado incompleta (Scoop compone un ejemplo perfecto para esta burda teoría mía). Decir que todas sus películas son iguales es como decir que toda la serie negra de Goya es igual. Wild Man Blues, absolutamente recomendable -si te gusta un poco el jazz, magnífica- abunda en la impresión de que Woody y sus personajes podrían ser la misma persona. Pero viéndola yo aún lo niego con mayor convicción. De la revisión de anoche me interesa una escena en la fiesta que sigue a un concierto de la banda en Venecia. En medio del desconcertante ambiente de una recepción en la que todos conocen a Allen y Allen no conoce a nadie, una entusiasta admiradora lo interpela. El diálogo siguiente opone la amable admiración por parte de ella y una considerada timidez del lado del director. 

Ella: Qué contenta estoy, tenía tantas ganas de conocerle...
Allen: Muchas gracias, muchas gracias...
Ella: Tiene usted tanto sentido del humor, es tan inteligente...
Allen: ¡Continúe, continúe!
Ella: De verdad, es usted muy inteligente, es un gran placer conocerle.
Allen: Dígame, ¿es usted de Venecia?
Ella: No, de Ancona.
(Woody Allen duda, como si no hubiera entendido el nombre o bien ignorase la situación de la ciudad o incluso su misma existencia).
Ella: Ancona... en el centro, junto al Mar Adriático.
Allen: Ajá... Ancona.
Ella: Pero usted sabe tanto de tantas cosas...
Allen: (Riéndose nervioso mientras busca apoyos) A veces la inteligencia es una carga, una gran responsabilidad.
Ella: ¡Debe usted ser tan feliz siendo tan inteligente...!
Allen: No crea, señora, en la cima hace mucho frío.

Hitch

Hitch


Hace años tuve lo que llamaríamos un periodo Hitchcock, que empecé leyéndome el libro de entrevistas de Truffaut a Hitchcock (probablemente, el mejor libro jamás escrito sobre cine, y eso que debe haber varios cientos de miles que ignoro) y terminé comprando todo lo que pude encontrar sobre el director inglés en un par de librerías digitales de Inglaterra y Estados Unidos. Naturalmente, he olvidado casi todo lo que leí entonces. Tengo muy buena memoria pero soy poco memorioso. Es decir, tengo una memoria antojadiza. En ese tiempo también vi cuantas películas de Hitchcock alcancé, primerizas y últimas, y desde entonces cada cierto tiempo me paro a pensar cuál es la mejor. Porque a veces uno precisa este tipo de pensamientos clasificatorios e inútiles, que lo disponen para momentos estelares entre amigos y conocidos. La gente es exigente. Hoy, por ejemplo, caminaba yo por la calle con una chaqueta de punto de color verde y me he cruzado con un completo desconocido, un hombre ya mayor que al pasar por mi lado, sin levantar la cabeza ni mirarme siquiera, como un loco que hablara para sí, me ha dicho: "De verde no; de blanco y azul...". Primero he pensado que no me decía a mí. Luego he comprendido y me he vuelto a mirarlo. Seguía caminando sin levantar la cabeza.

Así que nunca se sabe cuándo alguien te puede preguntar esas cosas que pregunta la gente sin aviso previo, y con exigencia de respuesta inmediata. Por ejemplo: ¿Tan bueno es Chabal? O bien... ¿Qué pasará este año con el R. Z.? O, por ejemplo, ¿según tú cuál es la mejor película de Hitchcock? Ahí uno no se puede parar a pensar, no puede empezar a divagar y nombrar una, luego corregir, meter otra, incurrir en algún olvido espectacular... No. Hay que tener preparado un titular y al menos dos suplentes; y si la cosa se pone brava (cuando el oponente te intenta colar su preferida) tener argumentos para rebatirlo. Después de años de desajustada especulación, no he llegado a saber cuál me parece la mejor de Hitch. Debe de estar en algún punto intermedio entre Psicosis, Vértigo, La Ventana Indiscreta y Con la muerte en los talones. Y generalmente pienso que más cerca de ésta última que de ninguna otra. Otras veces pienso que se acerca más a La Ventana Indiscreta. Pero se admiten opiniones: quizás sólo son mis favoritas, concepto distinto pero aún más defendible. Finalicé mi periodo Hitchcock con la elaboración de un sentido artículo que nadie publicó jamás y que ni siquiera yo debo de guardar. No lo sé. Lo tendré que buscar por curiosidad, a ver qué decía. Como otro que escribí sobre Reyes (el ahora futbolista del Atlético) cuando se marchó del Sevilla al Arsenal, para el que no había razón ni encargo alguno: me apeteció escribirlo y para hacerlo aún más singular, lo escribí en inglés. ¿Para qué? Paraguayo.

Esta noche he visto Con la muerte en los talones, otra vez. Y me ha divertido como siempre. Ver Con la muerte en los talones constituye una de esas actividades que uno siempre disfruta como el primer día. Es lo mismo que oír In My Life, de los Beatles, un recuerdo sin desgaste. Los artificios visuales de Hitchcock me encantan; el uso estilizado de la cámara; esa forma de tratar a los actores "como ganado", dirigiéndoles cada gesto e insertando él los planos para que el conjunto adquiera sentido; el tipo de cosas que Cary Grant supo entender e interpretar como nadie. La recurrente escena de la avioneta fumigadora no se ha hecho clásica porque sí; en verdad resulta subyugante por más que vuelvas a verla mil veces. El plano desde la altísima grúa con el que se inicia la secuencia, con el autobús que deja a Cary Grant en medio de ninguna parte, resulta espectacular. El juego con las miradas del actor puntea todo la escena y la rellena de comicidad y una extrañada tensión. Los personajes principales de Hitchcock casi siempre fueron hombres comunes enredados en circunstancias que los rebasan o no comprenden o no pueden dominar, y los convierten en seres con una tenacidad de hierro para enderezar la realidad. Desde luego, James Stewart y Cary Grant daban el perfil exacto para esos papeles. Lo de las rubias lo sabe todo el mundo. Por encima de esa fijación, Hitchcock era un fenómeno construyendo en sus películas escenas superpuestas que terminaban por fundirse. Lo que al principio parece casual o un simple contexto, acaba por constituir el centro de la acción. Con la muerte en los talones está llena de esos juegos tan particulares. James Mason y Martin Landau (con unos ojos profundamente malvados) hacen unos villanos estupendos. La película viene a integrar un thriller semi cómico con plena conciencia y disfrute de esa paradójica condición. Tal vez los diálogos nunca fueron más chispeantes en Hitchcock como los que sostienen aquí Cary Grant y Eva Marie Saint. Así:

-"¿Qué le hace a una chica como tú ser una chica como tú?".
-"La suerte, supongo"
.

Por otro lado, titular Con la muerte en los talones una película llamada North by Northwest, me parece un indudable rasgo o rapto de genialidad, que merecía el Oscar para el tipo que parió el nombrecito en la distribuidora española.

[Pd.: Esto es lo que se llama escribir un somniloquio en vano].

El hombre que no cerró a tiempo las piernas

El hombre que no cerró a tiempo las piernas


Juan Domingo Cabrera falleció el 3 de septiembre pasado, a los 55 años. Fue un 8 de toque en Talleres de Córdoba, en los años setenta. Un futbolista modesto que apenas atisbó una gloria liviana y cuya vida compuso un largo epílogo de privaciones, combatidas en un taxi y en la memoria de un hecho legendario: Cabrera fue el hombre al que Maradona le hizo un caño en su debut en la Primera de Argentinos, el 20 de octubre de 1976.

“¿Y este pendejo quién se cree que es para tirarme un caño?”, se preguntó enseguida Juan Domingo Cabrera. Cabrera contaba que recogió en un hervor el orgullo de sus piernas chuecas y le gritó al Maradona de 15 años que acababa de mancillarlo: “Nene, una y no más. Ni se te ocurra porque no vas a pasar”. Pero en las fotos, alineado con la camiseta rayada de Talleres de Córdoba, sus rasgos anticipan a alguien más bondadoso que autoritario. El paso del tiempo y las apreturas de la vida aún suavizaron más ese perfil. Si aquella jugada del genio lo incomodó, Cabrera acabaría participando de la fantasía colectiva que representó Maradona. Puede que hasta agregase algún matiz que hiciera aún mejor la leyenda, a su costa. Como esta declaración en un libro conmemorativo de Clarín: “Hoy abriría las piernas, ni lo pensaría. De modo retrospectivo, celebraba no haberlas cerrado a tiempo: “No te está haciendo un caño un Ruggeri o un Giunta. Es un caño de Maradona, del mejor”.

Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro, pero que la mayoría no se da cuenta. Cabrera vio a Maradona pero no lo vio, en todos los sentidos. Ni anticipó el caño ni anticipó nada trascendental en esa figura morena y enrulada: “Yo ni sabía quién era. Se la dio al 3 y el 3 se la devolvió. Maradona recibió de espaldas y cuando se dio vuelta, como soy medio chueco, me tiró el caño. No sentí bronca porque íbamos ganando; si vamos perdiendo seguro que lo corría y lo bajaba de un patadón”.

Desde ese día y hasta su fallecimiento, el 3 de septiembre pasado, el Chacho sólo fue el objeto indirecto de un episodio mutado en frase, lugar común y mito perdurable: el caño de Maradona a Cabrera. La leyenda gira como una peonza sobre aquel 20 de octubre de 1976, tarde de primavera en La Paternal, la cancha de Argentinos Juniors. Y en cada elipse de esa órbita repetida alguien agrega un detalle incierto, no probado. Como la frase de Cabrera o ésta otra atribuida a Maradona: “Negro, no seas mala leche”, le habría dicho el pibe al ocho de Talleres. Hay más espacios vacíos que nadie ha conseguido llenar o llenar del todo. Por ejemplo, los dos futbolistas jamás hablaron de la jugada, ni siquiera cuando Menotti los reunió en la selección después del Mundial de 1978. Más aún… no hay imágenes televisivas ni fotos del caño. Y nadie se pone de acuerdo en si el truco se dio o no en la primera pelota que tocó Diego. “Dar con una versión fidedigna de la jugada es como escarbar en la mitología del fútbol argentino”, anotó un observador diferido. Recuperar el perfil de Cabrera, la cara oculta de la luna, aún resulta más difícil.

Algunas cosas se saben. Otras se cuentan. César Luis Menotti estaba esa tarde en la tribuna de La Paternal. También Miguel Bertolotto, un joven periodista de Clarín enviado para cubrir el partido con este único encargo: contar el debut del joven Maradona, si se llegaba a producir. Maradona supo unos días antes que iba a ir al banco con la primera de Argentinos y que podría salir. Le faltaban 10 días para cumplir 16 años. Se lo anunció el técnico Juan Carlos Montes. Camino del intermedio, con el 1-0 para Talleres, Montes enfrentó al Pelusa de un lado a otro del foso: “Diego, ¿se anima?”. Por toda respuesta, el 10 le aguantó la mirada. En el camarín, el DT le anunció a Rubén Giacobetti: “Usted se queda, Giacobetti, va a jugar el pibe”. Y luego se dirigió a Maradona: “Salga y haga lo que sabe. Y si puede, tire un caño”.

El sueño colectivo
En aquellos días, la Argentina contenía un horror latente, el de la sangrienta represión que traería el golpe militar de marzo del 76. La dictadura ya hacía su feroz trabajo de liquidación embozado en ese silencio del que hablaba Kapuscinski: “A menudo los historiadores se fijan en los periodos de mucho ruido; pero los sucesos más importantes y los más atroces suelen desarrollarse en un profundo silencio”. El país vivía en uno y varios planos, como suele ocurrir. Había varias argentinas dentro de la misma Argentina y alguna argentina fuera de Argentina. Esa paranoia resulta muy reconocible, pero no alcanza a explicar las fascinaciones religiosas del criollo con algunos de sus próceres. El 8 de octubre, unos días antes del debut de Maradona, la Justicia había entrado a inspeccionar la quinta 17 de octubre en Madrid, donde víva exiliado José López Rega, el secretario del finado Perón. Con Isabelita presa en Argentina, López Rega –aficionado a la brujería y al gobierno en la sombra, al manejo sibilino del país- tuvo que huir a Suiza. Era el último bastión del peronismo.
 

El país dormía un sueño tenso y largo. Y al fondo aparecía el pórtico del Mundial 78. Diego Armando Maradona pronto se integró en el espejismo nacional. Hacía de alcanzapelotas en los partidos de la Primera. Divertía a la platea con sus prodigiosos jueguitos en los descansos de los partidos y alcanzó la fama en el programa televisivo Sábados Circulares. Cabrera jugaba de ocho para Talleres de Córdoba. Si algo lo unía a Maradona era la pobreza: Diego nació en Villa Fiorito; Cabrera, en Villa Soledad. En el fondo, eran dos negritos que crecieron jugando con pelotas de trapo en los potreros.

La vida futbolística y privada de Juan Domingo Patricio Cabrera fue sencillamente eso: una vida futbolística y privada, exclusiva de quienes lo conocieron de cerca. Nació en San Miguel de Tucumán, en una familia modesta de siete hermanos, y lo bautizaron Juan Domingo como a Perón, campeón del justicialismo y la patria obrera. Siempre quisieron considerarlo salteño y él aceptó la adopción hasta subrayarla con su muerte en esa ciudad, al extremo noroeste de la Argentina. Esos detalles insisten en la periférica modestia de su existencia, como futbolista y como hombre.
Desde Belgrano Sur, Cabrera saltó de equipo a equipo con la cautela de un gorrión. Se formó en Joaquín Castellanos y pasó por los tres grandes de Salta: Gimnasia y Tiro, Central Norte y Juventud Antoniana. Antes estuvo en el Atlético Mitre. Luego salió del interior hacia la capital federal (Talleres, después Vélez Sarsfield, más tarde San Lorenzo) y a Europa. En el Burdeos jugó 16 partidos y pronto regresó a su país. Hasta los hagiógrafos tendieron al olvido. Jimmy Burns escribió una célebre biografía de Maradona (‘La Mano de Dios’) en la que ni siquiera menciona el nombre de Cabrera al contar la jugada. En Francia los aficionados del Burdeos guardan una memoria difusa del salteño. En un foro ironizaban: “En Argentina era bueno, pero yo creo que, por lo que mostró aquí, el que vino no debía ser él, sino algún primo”.

Su mejor vida transcurrió en la T. En 1974 el presidente Amadeo Nuccetelli le había arrebatado a River el fichaje del técnico Angelito Labruna, que le inoculó al equipo albiazul un fútbol de gusto y gambeta. Cabrera llegó entonces al club y se fabricó un espacio a medida de su fútbol vistoso en el callejón del ocho, donde gobiernan el toque, la combinación y la llegada por afuera. Participó de una semifinal perdida contra River en La Bombonera de Boca; y de la final que Independiente le ganó a Talleres en 1978, con sólo ocho jugadores en el campo, mucho oficio de equipo mayúsculo y el concurso decisorio de la bota gentil de Bochini.

Eso fue lo más cerca que estuvo Cabrera de la luz. Más allá, su figura se desvanece en la memoria privada de los próximos y en la sombra de Maradona. Agotó su fútbol en el Racing de Córdoba. Con los años compró un remís (así llaman en Argentina a los taxis privados) y durante años corrió las calles de Salta en una rutina de economía pantanosa, sin definitivas privaciones pero muy ajustada. Si salió de ese pasillo opaco fue para participar en un juego periodístico que siempre lo conducía al mismo destino: el recuerdo de la jugada con Maradona. En una llegó a pedirle dinero a Diego para comprar el taxi: “Se lo voy a devolver con trabajo”. Nadie sabe en qué terminó aquello.

Si la vida de Cabrera tuvo algún énfasis fue el énfasis invertido de una sombra que se recorta contra el piso. Durante 20 años, Maradona sería la imagen positivada del imaginario comunal argentino; Cabrera compuso el inevitable negativo de esa fotografía. Aceptó su papel en la leyenda con mucha generosidad y, en el fondo, con enorme amor por el fútbol y admiración a Maradona. Ambas cosas serían la misma. La vida se le agotó pronto, como si de repente una existencia tan humilde se hubiera quedado sin episodios. Aguardaba a ser operado de un tumor cerebral cuando lo venció una neumonía. Falleció en la mañana del 3 de septiembre pasado.

Para el mundo, Juan Domingo Cabrera sólo fue el primer hombre que quiso quitarle la pelota al genio.

MediaPunta, Septiembre de 2007
www.mediapunta.es

[Este artículo -qué poco me gusta la palabra artículo y cuánto más me gusta la palabra nota, usada en Argentina-, esta nota sobre el antihéroe Juan Domingo Cabrera, la publicó el pasado mes MediaPunta, revista en la que escribo, cada vez más, desde su aparición. MediaPunta (que se reparte gratuitamente en los principales campos de fútbol de España cada domingo o día de partido) merecería por sí misma un somniloquio completo, que tal vez escriba uno de estos días. Está concebida y hecha con tan inteligente valentía y tantisimo gusto gráfico, con una habilidad de gestión tan fascinante, es tan distinta y tan libre a su manera, sin artificios, con un equilibrado desequilibrio en los enfoques y en las historias, que la tengo por una de esas utopías del periodismo que uno ha imaginado cien o mil veces a lo largo de los años de ejercicio. Naturalmente yo debí imaginar MediaPunta de forma imprecisa en muchas ocasiones, pero jamás hubiera podido darle forma, ni planteármelo. Los hermanos Pablo y Alberto Fernández-Salido lo han hecho. El caso es que MediaPunta parece un espacio concebido a la medida de un diletante grafómano y de impulsos ciclotímicos como yo. Llevo ya más de 17 años escribiendo a diario por profesión, y cada día de esos 17 años ha sido una pelea sorda por ensanchar los límites de los sucesivos periódicos para los que he trabajado. Siempre me gustó escribir de Deporte, jamás me ha pesado esa obligación; pero siempre deseé escribir de otras muchas cosas. En realidad, de lo que me diera la gana cada día. Con extensión libre, sin hora de cierre ni opinadores sobre los titulares, y tema a mi elección. Cuando más se estrechaba el cerco a mi alrededor, apareció el binomio Somniloquios-MediaPunta, que me ha permitido ejercer de forma pública ese anhelo tan privado]. 

Oración

Oración


Be Not So Fearful
 

Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Someone watches you
Alguien te cuida
You won't fail
No vas a fallar

Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil

Be not so sorry
No te lamentes así
For what you have done
Por lo que has hecho
You must forget them now
Debes olvidarlo ahora
It's done
que ya está hecho

And when you wake up
Y cuando despiertes
You will find that you can run
Verás que puedes correr
Be not so sorry
No te lamentes así
For what you have done
Por lo que has hecho

Be not so fearful
No tengas tanto miedo
Be not so pale
No te pongas así de pálido
Someone watches you
Alguien te cuida
You won't leave the rails
No te vas a perder

Be not so fearful
No tengas tanto temor
Be not so pale
No te pongas así de pálido
Be not so fearful
No tengas tanto miedo
Be not so pale
No estés así de pálido

You must forget them now
Debes olvidarlo
It's done
Ahora que ya está hecho
And when you wake up
Y cuando despiertes
You will find that you can run
Te darás cuenta de que puedes correr
Be not so sorry
No te lamentes tanto
For what you have done
Por lo que has hecho

Be not so sorry
No te sientas tan mal
For what you have done
Por lo que has hecho

[La descubrí hace poco, y eso que siempre estuvo delante de mis narices: en un pliegue del documental I Am Trying To Break Your Heart. No la encuentro en YouTube cantada por Jeff Tweedy en solitario o Wilco en conjunto; tampoco la original, la que creó ese casi intangible autor de los setenta llamado Bill Fay, del que apenas sé que sobre la solapa de un disco una revista lo proclama "el eslabón perdido entre Nick Drake, Ray Davies y Bob Dylan" (!). Así que dejo dos versiones anónimas, modestas y sentidas: una a la guitarra, otra con un teclado. Cualquiera puede murmurar la letra: sirve para rellenar los agujeros negros del estómago y los agujeros blancos de algunas noches].