Blogia

Somniloquios

Hablar en verso

Hablar en verso


"Uno no escribe la poesía, es la poesía la que lo escribe a uno".

Juan Gelman, poeta argentino, Premio Cervantes 2007.
(Oído anoche, en una entrevista radiofónica. La poesía, que nunca me interesó demasiado, se va apoderando lentamente de mí como un ejercito de sombras. Le entrego ya pequeñas rendiciones ocasionales: anticipo que la invasión será definitiva. Deben de ser los años, deben de ser los versos).

Ya no quedan hombres

Ya no quedan hombres

En el fútbol ya no quedan extremos, cerebros organizadores, defensas libres ni bigotes. Podrá parecer una tontería, pero a poco que uno bucea en el asunto descubre la añoranza que sufre el aficionado por el extravío del biotipo mostacho y su significado simbólico en el juego. No es raro. Basta ver los nombres que subrayaban esos bigotes de antes...

Cuál fue el último jugador con bigote de la Liga española? Es una pregunta inquietante, de esas que te quedan botando en la cabeza como un balón vivo en el área. Trasladada a una docena de amigos -divididos entre ex jugadores, periodistas, técnicos, coleccionistas, historiadores o conspicuos memoriosos de lo anecdótico- las respuestas dibujaron un variopinto panorama de recuerdos fraccionarios. Veamos. Los más rápidos nombraron a clásicos como Migueli, Paco Clos, Rojo, Isidoro San José, García Remón, Schuster, Miguel Ángel, Vicente del Bosque o Eugenio Leal, entre otros. Uno propuso al Chucho Solana, pero se le explicó que el binomio bigote-perilla no califica. Otro lanzó una tesis de arriesgada verificación: "Puerta llevó a veces bigotito chino". Sería el último, sin duda, pero comprobamos en decenas de fotos que el adorno capilar del finado lateral sevillista componía una fina conjunción bigotillo-perilla de inspiración hidalga o romántica, tipo Alonso Quijano o D'Artagnan. "Mesa y el Ratón Ayala... O sea, la prehistoria", contestó alguien horas después. Un par de españolistas de pensamiento fronterizo pasaron por alto a Wuttke o Lauridsen, Custers o N'Kono, y propusieron a un profeta del olvido como el bielorruso Zygmantovich, jugador del Racing a mediados de la década pasada... dicen. Los hubo de natural bromistas que se fueron a los márgenes: de ahí llegaron Capón, el Tato Abadía, Arteche y Sánchez Jara, muy renombrado. La respuesta más folclórica la dejó entre risas uno que proclamó: "¡El último futbolista con bigote fue Isabel Pantoja!". Como también es zaragocista y convicto de la memoria, luego corrigió: "Simarro y Rubial".

Todo se pierde. También en el fútbol. Se perdió el defensa libre, se perdieron los mediocentros ordenadores en solitario, se perdieron los centrocampistas con gol, los extremos y el delantero centro. En ese desorden también extraviamos los bigotes. Al ver a la selección de Irán con un 90% de bigotudos en Francia 98, dimos un respingo: los últimos hombres llegaban de donde llegaron los primeros, de África y el mundo musulmán. En la Europa concéntrica habían ganado las perillas, los mediapuntas hicieron mucha fortuna y poco gol, los peluqueros deconstruyeron los peinados, los calvos se pelaron las entradas a la manera de Yul Brynner, Mazinho y Mauro Silva inauguraron el doble pivote, Barthez salió con Linda Evangelista, murió el Estudio Estadio... Florentino fichó a Beckham, la última esperanza del bigote si había alguna, pero Goldenballs nunca se lo dejó crecer y se ponía las braguitas de su esposa; perdidas las últimas esperanzas, las patillas adelgazaron en hilillos de plastilina rajoyescos, Passarella prohibió a los peludos, los porteros dejaron de usar las manos y los wines murieron en el andén atropellados por locomotoras sin cerebro llamadas carrileros. God Save The Wing!, gritaron en Argentina. ¡Dios salve al extremo!

La recesión definitiva y dramática del bigote y/o mostacho en el fútbol le hace de espejo a la condición trasnochada de ese complemento en la sociedad de hoy. Occidente funciona así: primero jubila la realidad y después juega a añorarla y si puede hace negocio de esa extrañeza. Tan así que la imposible restitución del bigote compone una preocupación post moderna bien reflejada en Internet, el espejo de lo visible y lo recóndito del mundo de hoy. Véase la página www.enunabaldosa.com/futbolconbigote/, con su amplio catálogo de narices subrayadas; o bigotepride.blogspot.com, que aporta una sección de fútbol bigotudo bajo la cabecera que enuncia: "El bigote es una unidad de destino en lo universal". Una forma de explicar el mundo.

Una web preguntaba: "¿Por qué ya no quedan bigotes en el fútbol?" La mejor de las muchas respuestas fue ésta: "Porque ya no quedan hombres". Demoledor. En España y parte del extranjero, el bigote solía delatar a un defensa de pelo en pecho: Migueli, Larrañaga, Carmelo, Arteche, desde luego Stielike y San José, Cundi, Ricardo Rocha, García Navajas o Goyo Benito. Maradona no olvidará el bigote de Gentile. Argentina fue patria prolija en cepillos memorables sobre el labio superior. El bigote de Ricardo Elbio El Chivo Pavoni, marcador de punta de Independiente en la década del 70, se derramaba por la quijada del Chivo como una catarata hirsuta, en forma de herradura invertida, apoderándose de labios y alrededores con profusión invasora. Ese bigote (también el de Breitner o el escocés John Wark) debía producir un indisimulado temor en aquellos delanteros que intentaban adivinarle al zaguero un vestigio de benévola sonrisa entre la hojarasca.

Luego está el bigote ocasional, que posee un valor incalculable por lo que significa. Ejemplo paradigmático: pocos lo recuerdan, pero hasta el mismo Passarella se dejó crecer en cierto periodo de su carrera un bigotillo afilado como los tacos de sus botas, lo que le confirió un aspecto más mexicano que criollo. Como de conquistador de las Américas, sin importar la procedencia. Con ese añadido, a la prestancia natural del jugador le agregó un perfil de caudillo canalla dispuesto a hacer de su justicia la Justicia, al menos en el territorio de las áreas, la propia y la ajena. Gerd Muller tiene una foto con bigote proletario que lo señala como obrero incansable del gol. Ambas transformaciones resumen el poder simbólico del bigote.

Esa condición se ha perdido. El bigote futbolístico de hoy apenas alcanza a bozo: dícese del vello medroso que echan los jovenzuelos sobre el labio superior antes de hacerse machos. Pero aquí no hablamos de efébicos bigotes pusilánimes de moda. Aquí buscamos, añoramos el mostacho rotundo, enredoso, obsoleto. El bigote carlista y el decimonónico, el prusiano, el bigote imperialista o el bigote confederado. Stalin y Hitler llevaban bigote, dos malnacidos sin redención. Proclamamos la grandeza del bigote bicolor, mitad oscuro mitad albo, de Charly García, el enloquecido padre del rock argentino. Y el bigote de Paul McCartney en torno a los días de Let It Be, bigote de "déjalo estar, vámonos cada uno a nuestra casa y Dios en la de nadie". El mostacho suspicaz de Poirot, o el revolucionario de Pancho Villa y Emiliano Zapata. Del bigote atildado del francés Genghini al mostacho inconformista de Paul Breitner, extrañamos a los hombres de verdad.

Y no estamos solos. Hace unos años la firma Gillette consideró en una de sus campañas el fenómeno, y la imagen y el lema que usó ilustran esta historia. Varios equipos ingleses se dejaron crecer bigotes en una campaña contra el cáncer e invitaban a su público a hacer lo mismo. En una revista satírica de Rosario, en Argentina, Marcelo Mogetta hacía una encendida vindicación que quería agitar conciencias dormidas. Argumentaba el autor: "Porque señores, está bien, salvemos a las ballenas y a los osos panda, pero no vamos a pretender que una ballena desborde, tire un centro atrás y que un oso panda cabecee ante el arco desguarnecido". Ése es el espíritu.

Las ballenas van camino de la extinción, pero los medios bigotones, una finura diabólica para manejar la pelota y las conciencias de propios y opuestos ya desaparecieron hace tiempo: Schuster, la cámara lenta de Del Bosque, Rivelino, el propio Didí, el osado Panenka, el pacífico Rijkaard y Ruud Gullit con su tropical cabellera, Falcao, Jesús Mari Zamora, Toninho Cerezo, esa gente. Ellos creaban y para el remate ya estaban Krankl, Muller, Aldo Pedro Poy, Kempes (bigotito ocasional, como Passarella), Rudi Voeller, Satrústegui, Terry MacDermott, el Ratón Ayala, Luque o Ian Rush.

El bigotudo es una especie del pasado. ¿Cómo fue que desapareció algo que siempre estuvo con nosotros? Debimos sospechar qué ocurriría, pero no estábamos preparados. Groucho Marx nos avisó antes que nadie: el bigote más famoso de la historia jamás existió. Era sólo una mancha de carboncillo garabateada aprisa a la hora de la función. Un truco de vodevil. Una impostura.

PD: El último bigote en la Liga española del que tuvimos noticia no científica fue el de Vicente Engonga. Otras fuentes apuntan a Jacques Songo'o, portero del Deportivo. Ambos coetáneos y de raza negra, lo que constituye materia sociológica a poco que desechemos algunas convenciones. Después de ellos, el hombre se extinguió de nuestro fútbol.

Mediapunta, noviembre de 2007
www.mediapunta.es

El Pato hace una pavada

El Pato hace una pavada

Como decía don John Benjamin Toshack... "yo no comento de éste". O sea, sin comentarios. Dejo la crónica y me vuelvo a la terapia...

13ª Jornada de Liga
Real Zaragoza, 1-Getafe, 1


Regaló el gol al dejar su portería en una falta l D'Alessandro aprovechó para empatar l Juanfran había concedido el 0-1 l El Zaragoza sigue sin pulso

Aunque, como buen argentino, Abbondanzieri acepta la prevalencia de un apodo, ayer hizo el pavo y no el pato. Y esa pavada le costó dos puntos a su equipo, que iba para su cuarta victoria consecutiva cuando D'Alessandro se dispuso a tirar un libre directo y Laudrup (primer error de los dos) decidió hacer un cambio y meter a Pallardó. Un entrenador suele evitar esa posibilidad porque, entre que sale el que sale y entra el que entra, en el área se produce una inferioridad poco amable. Pero si eso estuvo mal, peor lo hizo el Pato. Tocado por una súbita locura transitoria, el portero del Getafe se largó del marco para pedirle al árbitro que demorase el lanzamiento hasta que Pallardó llegara al área. Naturalmente, el colegiado no aguardó. No tenía por qué. Y D'Alessandro tampoco. Vio el hueco y disparó una de sus combas. Para cuando el Pato quiso regresar de su viaje a la luna, D'Alessandro ya gritaba el gol.

El Zaragoza sólo pudo empatar de regalo, pero tampoco el Getafe hubiera marcado sin la concesión de Juanfran en el 0-1. Ese equilibrio equivocado explica el partido en su esencia final. Fue uno de esos encuentros de otoño con luz y temperatura de invierno, en el que uno encuentra  tiempo para pensar en otras cosas mientras observa con desgana. Y eso que el derrumbe del Zaragoza (ha ganado un punto de los últimos nueve) da para ocupar todas las cabezas. El equipo no recupera el pulso. Aunque el Getafe no hiciese demasiado ruido en el área rival, al menos sí sostuvo una innegable jerarquía tácita sobre un Zaragoza de juego discontinuo en el mejor de los casos, y lánguido casi siempre.

El Zaragoza cayó enseguida en una obvia incapacidad para dominar el medio e hilar juego, para encontrarle al partido una línea por la que corriese el balón. Lo que le salía eran impulsos inconexos y en cierto modo irrazonables. Hace días se le derrumbó la defensa y el armazón se ha venido abajo. La afección alcanza a todas las habitaciones: el fútbol, el ánimo, el estado individual de los futbolistas... Con esos síntomas parece imposible no caer en la enfermedad o, al menos, en la hipocondría.

Regalos
El Getafe lo esperó bien puesto y lo sacó poco a poco de su sitio. Sin grandes estridencias, pero jugando cada vez mejor. Si el fútbol de Laudrup en su época hubiera servido para definir el término sutileza, ese mismo ánimo posee la tramoya táctica de su equipo: el Getafe no se comporta con el denuedo escenográfico de los conjuntos que quieren ahogar al contrario, pero su modo de maniobrar cuando no tiene la pelota observa una dulce una armonía opresiva; es la asfixia con corbata de seda. Al Zaragoza le cerró las vías por dentro y lo mandó a jugar a la periferia, la banlieue parisina, El equipo de Víctor no encontró otra salida que algún culebreo de Sergio García, generoso y perspicaz en la búsqueda, y el carril de Juanfran, que no da con el sentido correcto de sus pies. El 0-1 vino envuelto en la forma de un regalo: una frivolidad del defensa, que decidió controlar la pelota en territorio comanche, la aprovechó Sousa sin pararse a preguntar la hora.

El gol justificaba al Getafe. En el fútbol no vale ninguna percepción si no se resume en la realidad de un tanto. Durante tres cuartos del partido había dominado el medio con Casquero y De la Red, más la suma del concienzudo Granero. Y decidió que ganaría la guerra a través de las batallas secundarias. Modelo de victoria paciente, muy a la Laudrup, pero sin peligro arriba salvo por un gol que García le sacó en la raya a Manu. Por contra, el Zaragoza se comportó según su hábito: siempre más cerca del gol que del fútbol. Con poco juego reunió cuatro o cinco oportunidades notables: de Oliveira, de Óscar o de Diego Milito. Y un rechace con el que Sergio García no agarró puerta, tras una salida arriesgada de Abbondanzieri. El argentino parecía compuesto hasta que hizo aquello. Aunque quiso justificarse, el gol de  lo dejó como a un pato en un garaje: frente a los micros trataba de razonar su actitud, pero sólo acertaba a decir cua cua.

Diario AS
26 de noviembre de 2007

www.as.com

Tomasín y sus amigos

Tomasín y sus amigos


A falta de referencias críticas válidas o aceptables, con el cine acostumbro a valerme de los prejuicios, que son una fórmula muy conveniente basada en la experiencia y el aprendizaje, maestros incontestables. Yo creo que cuando hablamos de pagar seis euros más los extras (entiéndase productos del ambigú o patadas en el respaldo de la butaca), uno tiene derecho al prejuicio, a cuidarlo y matizarlo, a ejercerlo y engordarlo. Incluso tiene derecho, y obligación, a revisarlo de cuando en cuando. Los prejuicios han de ser reversibles. Mi prejuicio más severo tiene que ver con el cine español de los años 80 acá; tengo otro con los genios jóvenes de la realización; otro con las películas sobre la guerra civil y sus alrededores, los thrillers nacionales y las películas de terror; uno muy acusado con los exitazos de taquilla, los premios Goya y las aclamaciones de la crítica nacional; y otro aún mayor con los guionistas de la sorpresa, la originalidad y la presunción. A menudo todos esos prejuicios tan generosos se reúnen en una sola cinta o personaje. Creo que ha ocurrido una vez y se llama Amenábar: Tesis, Abre los ojos o Los Otros. A Mar Adentro ya no llegué. A mí de la Ramona sólo me interesaba aquella canción de Esteso.

El Orfanato me parecía carne de prejuicio clarísimo, pero me he ablandado. Me tranquiliza leer que a Boyero no le impresionó la película, porque a mí no sólo no me ha impresionado sino que me ha dejado por completo indiferente. Yo he sido un miedoso horrible de chico, tanto que recuerdo haberme metido en la cama con mis dos hermanos y mi madre -dos de cada lado- una noche que vimos, hace muchos años, un capítulo de aquéllos de Alfred Hitchcock presenta... Jamás he tenido huevos de ponerme a ver El Exorcista, me inquietan mucho películas como El Corazón del Ángel y se me ocurrió mirar un rato The Ring por devoción a Naomi Watts: cuando apareció la china en el televisor me subí en la pared como una salamanquesa. Un rato después bajé a rastras para cambiar de canal. Pero lo que más canguelo me ha dado, no sé si alguien lo vería, fue un documental titulado El Secreto de M. Night Shyamalan, en el que un equipo de televisión descubría cosas que uno no querría saber sobre la muy especial sensibilidad del director de El Sexto Sentido. Si de verdad era un documental, me quedé petrificado; si era un truco de falsa verdad, funcionaba como la película de terror más devoradora que me haya cruzado.

O me he vuelto ya tan escéptico que ni el terror me da terror, o lo de El Orfanato es un terrorcillo de habas. O me he hecho mayor y ahora ya debería atreverme a subir en la noria de las ferias... No sé. Todo lo que he leído y oído sobre esta película me parece una patraña de buenas voluntades. Lo mejor que puedo decir de ella es que huele a ópera prima de un director joven y que uno siempre ha de practicar la condescendencia con quien debuta, es de ley. Puede que haya buenas trazas pero yo no estoy aquí para juzgar las posibilidades futuras de Bayona (¿se llamaba Bayona el director?; ni me acuerdo del nombre, perdón); digo que El Orfanato me ha parecido una película de terror que como película está repleta de clichés y como terror da menos miedo que La Pantera Rosa. Al menos a mí, que pasé años sin poder ver otra vez Poltergeist. No es que sea aburrida. No es ni aburrida ni todo lo contrario. Se ve que el guión quiere cerrar los círculos, pero con un epílogo muy molesto, como si todos fuéramos tontos para que el director y su guionista sean muy listos. Hay un pastiche de referencias que alguien ha resumido muy bien en una de esas feroces críticas de desconocidos que corren por internet: "Es una especie de Los Otros mezclado con Peter Pan y Destino Final. Clavado, oiga... eso es manejar recursos y bibliografía.

Lo peor son lo huecas que suenan tantas y tantas frases a lo largo de la película, dificultad habitual en las series de televisión nacionales y en muchos filmes. Saben hacer lo espectacular, pero no lo cotidiano, lo rutinario. En El Orfanato hay diálogos de la estatura de los que salen en Hospital Central, de esos que no los pondría en pie ni Luisito Varela haciendo de don Gregorio en Camera Café. La médium que defiende Charlotte Chaplin es para agarrarse las bolas con una prensa; el mentalista con acento extranjero está más trillado que trillado; y salen en un momento dado cuatro guardias civiles que los ves y dices: mira esos tíos disfrazados de guardias civiles. La imposibilidad de la ficción patria para hacer creíbles a los policías en la pantalla resulta proverbial. Los más creíbles que he visto eran aquél de Farmacia de Guardia, de cuyo nombre no puedo acordarme, y sobre todo Barrilete, el policía municipal de pueblo que salía en Verano Azul. Escribir bien es difícil, muy difícil. Pero no celebremos la mediocridad. No hace falta haber estudiado cine para darse cuenta de cuándo algo no va y no va. Basta con haber educado el juicio y la sensibilidad. Cuando a lo largo de una película adivino unos cuantos planos o secuencias pienso que o bien yo mismo puedo dirigir una película, o bien el director no puede hacerlo. Como el director y yo no podemos ser lo mismo, queda claro cuál es la opción correcta. Pero no hace falta ponerse académico. Si mi madre escribiera críticas de películas, sobre ésta diría: una tontada como un piano.

Tomasín y sus amigos, sí. Y el tonto Simón, que diría Juan Perro. La pandilla basura. Yo sí que estoy hecho un huérfano: ni al cine puedo ir ya.

Fernando Fernán-Gómez (1921-2007)

Fernando Fernán-Gómez (1921-2007)


Antes de morir, Fernán-Gómez debió escribir esta última escena que le permitiera lo imposible que siempre deseamos: observar nuestro fallecimiento en tercera persona. El Fenómeno dejó imaginada una pieza final en la que sus amigos, admiradores, conocidos y queridos, desde luego amados, toman un último café con él. Para representarla en el teatro. En la foto, Fernán-Gómez cumple por transmisión a un fotógrafo (¿por qué ven lo que los demás no vemos?) ese último deseo que nos desborda: contemplarse muerto. En la pantalla, mira directamente hacia el féretro que lo contiene, observa su última representación y nada impide imaginar por su gesto que lo hace con ironía. De todo lo que me gustó de Fernán-Gómez lo que más me gustó fue su versátil mirada cinematográfica, imponente en todos los registros. Todos. Y esa barba atrabiliaria que responde al final de una costumbre: afeitarse supone la inútil tentativa de descontar los días que ocurren. Así que... ¡a la mierda!

El fantasma de John Thomson

El fantasma de John Thomson

MediaPunta me publicó hace unos días, con ocasión de un Rangers-Celtic en Glasgow, la historia de John Thomson, el portero del Celtic al que mató un delantero del Rangers en 1931. Una de esas leyendas que Petón hubiera subrayado de matices con la voz, mucho mejor que yo, en su glorioso espacio de los jueves (sobre la una de la madrugada) en El Larguero. Creo que mi versión para MediaPunta quedó algo desmayada por desorden o premura, o así la considero yo porque quizás no alcancé lo que buscaba y no supe cómo aproximarlo. Tal vez todo lo que sea posible decir esté en este vídeo del partido y de la jugada: una vez visto, supe que no podría contarlo. Su título en la revista fue El hombre que se jugó la vida en una salida... y la perdió. Lo cambió aquí por este otro, menos cortés pero más ajustado al espacio.

El hombre que se jugó la vida en una salida... y la perdió

Hace un año, el portero del Chelsea Petr Cech sufrió un rodillazo en la cabeza en una salida riesgosa a los pies de Stephen Hunt, del Reading. El golpe hundió el cráneo del portero, que fue operado y pasó varios meses de recuperación. Desde entonces juega con un casco de rugby. Aquel suceso recuerda -en la semana en que vuelve a celebrarse el tradicional Rangers-Celtic en Glasgow- la leyenda de John Thomson: en 1931, el portero del Celtic sufrió un choque similar con Sam English, delantero del equipo protestante. Murió víctima de una fractura de cráneo. Estos días un libro, y siempre una canción de la afición verde, recuerdan su grácil figura y el prematuro cadáver que dejó sobre la hierba. 

John Thomson se jugó la vida en una salida y la perdió. Falleció en esa traicionera franja de hierba que hay un poco más allá del área pequeña, donde nacen los goles y mueren los porteros. Casi siempre de forma figurada, pero no el 5 de septiembre de 1931. Ese día murió de verdad un portero. El estadio era Ibrox Park, el campo del Rangers. El rival era el Celtic, el enconado enemigo vecino. El meta fallecido jugaba en el Celtic: John Thomson, de 22 años. El rival que lo mató se llamaba Sam English. El partido acabó con empate a cero.

El Rangers-Celtic, el partido llamado The Old Firm, vuelve a celebrarse este fin de semana. El Rangers-Celtic incorpora un componente bien célebre de violencia sectaria trasnochada: una rivalidad futbolística cuasi medieval, sostenida en diferencias religiosas. La sorda batalla se libra barrio por barrio, calle por calle. Como en las guerras civiles, a la hora de los partidos es más peligrosa la retaguardia, las esquinas de la ciudad o los bares, que el propio estadio. Sin embargo, la tragedia más evocada del derby de Glasgow corresponde a un suceso fortuito. No hubo salvajismo, pero sí un drama mayúsculo. No murió ningún hincha, murió un guardameta. John Thomson, muchacho de existencia condensada: a los 15 años bajaba a los pozos mineros de Fife; a los 17 lo fichó el Celtic y ese joven -grácil y armónico a la manera de Roddy MacDowall en Qué verde era mi valle- conquistó la portería de Celtic Park y la de la selección de Escocia en apenas cinco años. Murió a los 22, en el frente de su área pequeña. Ese cadáver tan joven quizá explica que en la provinciana y vivaz Glasgow aún lo conozcan como El Príncipe de los Porteros.

Hay una paradoja terrible en esta tragedia: la involuntariedad. Aquel sábado, en el minuto 5 del segundo tiempo, Sam English sólo quería rematar un balón que venía rodando hasta la boca de la portería celta. Meter un gol. John Thomson únicamente intentaba llegar antes que su rival. Y guardar su portería. Esas dos férreas voluntades, del todo inocentes, se cruzaron en un lugar y a una hora que un pesimismo determinista juzgaría predestinados. English apretó la carrera; Thomson se echó al suelo. English adelantó la pierna en un último esfuerzo instintivo. Como el balón venía en diagonal, Thomson se acostó sobre su lado izquierdo para la disputa. English tocó, el meta rechazó la pelota y en el tremendo impulso la rodilla de su oponente le golpeó la cabeza. Los accidentes nacen en la rutina aparente de las cosas. Nada ocurre hasta que sucede.

De forma increíble, el incidente se puede ver en un archivo de apenas minuto y medio de Movielone, el noticiario cinematográfico de la época en Gran Bretaña. El choque entre Thomson y English aparece veloz y brutal. Subrayan la escena gritos estridentes de la grada, que anticipan el posible gol y luego lamentan que no lo hubiera. En el contexto, esas voces adquieren un inevitable timbre dramático. Tras el golpe, Sam English se levanta unos metros más allá, donde lo ha llevado la inercia de la carrera, y camina cojeando con alarma hasta Thomson. El gesto define al hombre. El portero del Celtic continúa casi en la misma posición, pero vuelto hacia arriba. Su brazo derecho se eleva con inerte firmeza, en un conmovedor gesto de auxilio que parece el primer rigor de la muerte. Con Thomson a sus pies, English y dos jugadores del Celtic piden a las asistencias que entren cuanto antes.

La filmación está hecha desde la tribuna, en un punto que mira sobre la entrada del túnel de vestuarios como un balcón. La imagen final muestra la salida del portero en una camilla que levanta un grupo de asistentes con gorra de plato. Nada en el escenario anticipa la magnitud de lo que está ocurriendo. Los bobbies pasean tranquilamente la banda arriba y abajo, ese británico gesto de vigilancia serena de las tribunas, donde la carne de las aficiones es un embutido movedizo como un flan. El partido siguió adelante mientras en el Victoria Hospital de Glasgow los estudios revelaban que Thomson había sufrido una fatal fractura de cráneo. Las autoridades médicas certificarían su fallecimiento a las 9:25 de la noche.

Más de 30.000 personas asistieron a su funeral en el Cementerio de Bowhill, en Cardenden, donde Thomson había vivido con sus padres y hermanos en el número 27 de Balgreggie Park. Muchos aficionados hicieron caminando los 80 kilómetros desde Glasgow hasta esa localidad al oeste de la región de Fife, durmiendo a pie de carretera; de la capital escocesa partieron dos trenes especiales; un diario de Londres envió a sus periodistas en un aeroplano que aterrizó en el Daisy Park de Cardenden. La comitiva apelmazó las calles como las tribunas. Muchos se subían a los tejados para ver pasar el féretro, portado por los jugadores del Celtic, con el manager Willie Malley a la cabeza. Sobre la madera de roble del cajón, una pequeña alfombrilla verde y los palos de una portería trenzada con flores blancas. El memorial que se levantó por suscripción popular luce este epitafio de verso desmayado: "They never die / who live in the hearts / they leave behind" ("Jamás mueren aquéllos / que perviven en los corazones / de quienes dejan atrás").

Desde esos días, un fantasma de 22 años vaga por las tribunas hecho canción. Aunque el último muerto que lloran los Celtic Bhoys es al zanahoria Jimmy Johnstone -aquel siete pelirrojo, eléctrico y enfermo de habilidad que ganó la Copa de Europa para el Celtic en 1967 en Lisboa- el recuerdo de Thomson traspasa el tiempo como las paredes. En Celtic Park tomó la forma de una canción espectral que exhorta a jugadores y aficionados a la memoria y el compromiso, valores de los que Thomson constituye un atroz paradigma: "Así que vamos, Celtic de Glasgow / levantáos y jugad el partido / que un espíritu permanece entre vuestros palos / y como John Thomson fue conocido".

La historia ha sido interrogada en detalle por Tom Greig en su libro My search for Celtic John. A lo largo de más de 200 páginas, Greig da cuenta de la vida del joven Thomson, nacido en Kirkcaldy, educado en el protestantismo y portero del equipo católico. Y revisa con afán de investigador las trayectorias deportivas y vitales de los protagonistas, el descubrimiento de la promesa en un partido en que el ojeador del Celtic tenía el encargo de examinar al portero rival; su debut a los 17 años frente al Dundee United, sus cuatro partidos con la selección de Escocia, una sobrecogedora premonición de su madre y, desde luego, la jugada, las circunstancias, el Celtic de aquellos días, la pesada carga que soportó Sam English desde entonces, lo que se pudo hacer o no se pudo hacer en el 5 de septiembre de 1931. Aquel sábado en que murió John Thomson. El portero que de verdad se jugó la vida en una salida.

Sam English quedó absuelto de cualquier responsabilidad por la jugada. Algún tiempo después, abrumado por la culpa, abandonó el fútbol escocés para emigrar al Liverpool.

www.mediapunta.es

Afterglow

Afterglow


Esta tarde un avión me ha traído a Pontevedra pero en realidad yo estoy mucho más lejos, al este y al oeste de mí mismo, cientos de grados de latitud norte por encima de mi propia cabeza, en un punto cardinal indecible. Ahora mismo. El atardecer ha hecho un hermoso vuelo, a esa hora en que el otoño frío y lejano pinta una franja anaranjada sobre la línea final, y la tierra abajo apenas se distingue de un vacío violáceo que nos podría engullir (¿no nos podría engullir de una vez?), o depositarnos en un oleaje cansado sobre las casas o las carreteras o los pueblecitos o los lugares cualesquiera que no son desde arriba otra cosa que archipiélagos ambarinos de luz y neón, dibujos como amebas y collares de perlas amarillentas, envejecidas, u organismos luminosos en la oscuridad profunda de las aguas, y la luna arriba colgada, apenas un arañazo luminoso contra el terciopelo añil. Ha sido un atardecer hermoso y yo escuchaba a Wilco. Estos días, hace días, son Wilco y casi nada más, un bucle áspero y pacífico que me entrega la paz imposible y la rabia probable y la fuerza indescriptible, lo verdadero y lo erróneo. A 3.000 pies se me vacíaban los oídos por la compensación involuntaria contra los cambios de presión, y por ese hueco abierto entraba el viento sensacional de Jeff Tweedy cantándome Outta Mind, Outta Sight, y The Late Greats, y Far, Far Away y "don't forget the flowers Sunday / I know you will...", con el deje country de las guitarras y un banjo por detrás punteando la canción, y Misunderstood ("I thank you all for nothing.... Nothing at all"). O la rabia de esas frases que grité el sábado, en la sala Oasis, en el mejor concierto y el más emocionante y el más completo y el más largo y el más potente y el más demoledor y el más virtuoso y delicado y matizado y exacto que recuerdo en mucho tiempo, exactamente el tiempo que hacía que no veía otra vez, la otra vez, a Wilco en el mismo lugar, a las mismas horas. Pero no las mismas. Esas frases como un salmo agrietado de ideas pero hinchado de mierda por dentro: "I will be tonight / alright... / Outta mind outta site... / Look out / Here I come again / and I'm freakin' my friends... / Ok alright ok alright!".

Wilco. Y ya va oscureciendo afuera, en el aire, en ningún sitio. En el ningún sitio por el que uno vuela, volamos. Y Tweedy penetra aún limpio de un lado a otro de la cabeza, como la otra noche, y va inundando los espacios vacíos, donde aún queda algo de mí, que estoy lleno de tantas cosas y tan vacio de otras, y puesto ante un espejo en el que a partir de ahora debo mirarme y examinar lo que veo, mirar más allá de los ojos, del párpado, del silbido de Jeff Tweedy en Red-Eyed And Blue (cómo silbaba el otro día contra el micrófono, cómo me gustaba su sonrisa que es la mía, tantas veces lo he pensado, las cosas paralelas, las palabras perpendiculares que nos reúnen en torno a una música, y su mirada que bizquea a veces cuando apura la voz frente al público); mirar dentro y fuera, decía, darme la vuelta como un calcetín, sacar un cepillo con un mango alargado y limpiar la cloaca, barrer la hojarasca bajo la cual hay hielo cristalizado, como en las cuestas de Ordesa. "Caminad por los lados del camino, donde hay barro". Y por el barro caminamos. Podemos mancharnos, pero no resbalar. No caer. Ensuciarnos está bien. Caer no está bien.

Hay cosas que no se dejan describir, aunque lo intentemos con palidez contra la palidez de la hoja en blanco. Nada que decir, sólo afterglow, esa luz tan perfecta de la última tarde en el aire. Nada que decir. Quisiera hablar de modo directo del concierto de Wilco, el viernes, pero sólo lo puedo hacer de forma lateral porque está demasiado más allá de lo que soy capaz de decir. Lo siento. Fue extraordinario. No llego más allá. En realidad, la noche no ha terminado aún y no acaba de comenzar. Tengo a Wilco por el grupo más grande, radicalmente más grande, de rock en los últimos 10 años. Y no hay gran cosa que decir salvo que son simplemente lo que parecen: un grupo haciendo música, pero haciéndola de verdad, no con espíritu de diletancia ni de negocio ni entretenimiento, sino música construida como un panal o un nido, con saliva, palitos, algo de arena y puede que los deshechos orgánicos, las tripas o el vómito de los hombres. Música para morirse de ganas de vivir y vivir con ganas de morirse. Pero mañana, siempre mañana. Hoy no. He dicho mañana. Un adobe amorfo, exagerado de distorsiones, el sumidero de las verdades, la belleza mentirosa de la ciudad bajo el asfalto, lo que corre por debajo, la mugre de la que florecen bellezas incomprensibles, América, Chicago, Via Chicago ("I dreamt again about killing you last night / and it felt alright to me..."), la distorsión de Nels Cline, la trituradora Nels Cline, la desaparición del sonido en ruido y luego, de pronto, Wilco, otra vez dulce y cariñoso Wilco, un manantial limpio de voces y veces, un resplandor atardecido, puede ser. La sencilla perfección. Los matices. Oír cada instrumento en la intensidad máxima. La definición exacta. Un zumo de tomate rojo y la chica de morado, sólo pido zumo de tomate cuando vuelo, con sal y pimienta.

La mirada bizqueante de Jeff Tweedy, el sombrero, la cazadora vaquera, las guitarras, un pedazo de vida que no se va a olvidar, como este atardecer en el aire, en ningún sitio. Outta Mind, Outta Sight. Un ningún sitio ya definitivamente negro y nocturno.

Norman Mailer (1923-2007)

Norman Mailer (1923-2007)


"La revolución feminista ha convertido a la mujer en ese tipo de hombre que a mí me entristecía cuando era joven, ese que tenía que trabajar de nueve a cinco de manera aburrida y nunca era dueño de su destino. Ahí es donde acabó su revolución, su asalto al poder".

[Norman Mailer, escritor norteamericano. La primera vez que pisé Australia lo hice leyendo su novela 'Los tipos duros no bailan'. La primera vez que pisé Estados Unidos lo hice leyendo su colección de artículos y reportajes titulada, simplemente, 'América'. Para mí, más que el hábil literato y periodista que quiso interpretar el subconsciente colectivo de una nación alucinada y alucinante, Norman Mailer siempre será el hombre que noveló a Muhammad Ali en 'The Fight' ('La pelea'), extraordinaria crónica del combate entre Ali y Foreman en Kinshasha el 30 de octubre de 1974. Allí estaba otro autor quizás menor en conjunto, pero que a mí me ha divertido e importado mucho más que el polemista Mailer: el singular e inigualable Hunter S. Thompson. Pero más que por haber escrito 'Los desnudos y los muertos' o 'La canción del verdugo' (títulos que por sí solos revelan a un periodista y que uno podría envidiar sin dificultad), si tuviera que elegir cambiarme por una escena de la vida de Mailer sería por el momento en que, la noche anterior al combate en Kinshasha, el escritor corrió un ratito junto a Ali por las calles de la capital zaireña, en el último episodio de la preparación de una pelea legendaria. De los tres (Ali, Mailer, Thompson) ya sólo vive Ali, el boxeador: la única entrevista que de verdad he deseado hacer en mi vida y que jamás, creo, llegaré a hacer].