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Somniloquios

Jack el Saltador

Jack el Saltador

La primera vez que estuve en el pub The Ten Bells fue en el verano de 1995: no tenía otra referencia más allá de la leyenda que afirma que Jack el Destripador estuvo bebiendo en el lugar y allí coincidió al menos con un par de sus víctimas, y desde luego con la más tristemente célebre: la irlandesa Mary Jean Kelly. La muchacha, una prostituta treintañera que afrancesó su nombre para hacerse llamar Marie Jeannette Kelly y mejorar el rendimiento de su negocio (las putas irlandesas eran las últimas en el escalafón de tarifas y apreciación popular en aquellos días), solía hacer la calle a la salida de este establecimiento de Commercial Street. Aquella tarde en Whitechapel acudí con mi hermano a tomar una pinta al bar más popular en la ruta de Jack the Ripper. Mi hermano había venido a Londres comisionado por mi padre para repatriarme como fuera. Me habían hecho una oferta de trabajo en el mismo periódico que un año antes prescindió de mí y yo me resistía a abandonar la precaria felicidad juvenil que vivía en Londres, como si fuera la ultima ocasión de mi vida para ello. Mi hermano logró a medias su objetivo, si es que llegó a hacerlo suyo en algún momento. Eso sí, en el mientras tanto vacíamos cuantas pintas se pusieron en nuestro camino, vimos a Rob Andrew y a Jerry Guscott jugar al rugby en el campo del London Wasps y nos paseamos por Whitechapel, con un innegable acojono por su parte. El barrio no está tan mal, pero tiene esa aspereza del Londres residual. Yo no lo percibía; pero claro, a esas alturas yo vivía entre Kensal Green y Willesden, al noroeste, y estaba acostumbrado a ver maleantes de todas las edades en la parte alta de Harrow Road y sus alrededores.

El caso. Debidamente sugestionados por los carteles y recortes de periódicos sobre las andanzas de Jack que exhibe el bar en sus muros, aderezados con el relato de presuntas apariciones fantasmagóricas en la bodega donde se situaban, nos bebimos unas cuantas cervezas. De la micción ni hablamos: no nos atrevíamos a bajar las escaleras hacia las decimonónicas toilets. El Ten Bells se mantiene en pie desde 1752; debía de ser sórdido en un East End enfermo de pobreza y terror en 1888, cuando comenzaron los asesinatos de Jack. Hoy día, y cuando yo lo visité en 1995, mantiene ese aspecto desabrido en un local pequeño, trasnochado pero con un indudable sabor de verdad del tiempo. En un momento dado, con la vejiga ya bien apretada, me levanté a la barra y le dije al geezer del otro lado: "Ponnos lo mismo, chato". Mientras lo hacía, el tipo me habló. Y ocurrió una de esas cosas que siempre pueden ocurrirte en Inglaterra, incluso si hablas bien inglés y todavía más a este lado de Londres: que no entiendas nada de lo que te han dicho, o tal vez una parte mínima y poco aclaratoria de la frase. En mi caso, capturé al vuelo el final: "...así que vosotros decidís, por mí no hay problema, pero si os sentís molestos... Es cosa vuestra". No sabía de qué hablaba aquel tipo, pero con determinación muy propia del caso decidí: "Go ahead". O sea, pon las pintas y ya veremos...

Unos minutos después, entendí la advertencia. Apareció una muchacha alargada y seca como el pub, se retiró una gabardina hacia el final de la barra y, con un escaso tanga satinado por toda vestimenta, caminó con decisión hasta el centro de la sala y se aferró a una delgada columna mientras comenzaba a sonar la música. Debíamos estar cinco o seis personas en el pub. Como si bailara para una audiencia invisible, la chica empezó a moverse con ese estilo sinuoso pero vasto con la que se mueven las strippers de baja estofa. Sólo recuerdo que tenía la piel muy pálida. El barman se puso a leer un diario acodado sobre la barra; entre los parroquianos no hubo ningún movimiento sospechoso. Continuaron tomando su pinta a sorbos contenidos y mirando la luz grisácea que entraba por los ventanales. La lascivia británica es silenciosa, oculta, interior. La chica bailó un rato, fueron y vinieron las pintas en un espeso trasiego de miradas al vaso y a la carne fresca de la stripper, y cuando terminó se encerró en la gabardina, tal vez cruzó las piernas sobre una banqueta y pidió un combinado. La tarde seguía, sin más estridencias.

El jueves pasé de nuevo por la puerta del Ten Bells, entre un grupo de unas cien personas que seguíamos los pasos de Jack por las calles del East Eand, casi 120 años después del llamado Otoño del Terror. Al frente de la nube de curiosos, un inglés largo como una espiga y tocado por una gorra de lana en singular patchwork. London Walks organiza estos paseos sombríos a última hora de la tarde, por calles hoy remodeladas, salubres, habitables; nada que ver con las callejuelas y callejones, los alleys desde los que Jack asaltaba a las meretrices cuarentonas que subsistían en esa sopa de nacionalidades que era entonces el este de la ciudad. Los barcos llegaban al puerto de Londres y allí descargaban los restos de las guerras y el hambre, como ahora. Y los refugiados permanecían donde tocaban tierra. Londres nunca fue ni es ahora una ciudad generosa. Recibe pero no acoge.

A la espalda del famoso Destripador permanece otro personaje londinense que aterrorizó al Londres victoriano con una estrategia mucho menos sangrienta, pero tanto o más esquizofrénica. El individuo ha pasado a la historia local con el nombre de Spring-heeled Jack, lo que diríamos Jack el Saltador. Un tipo con atuendo y aspecto que sus víctimas calificaban de demoníaco y que, durante los años 30 del siglo XIX protagonizó fantasmagóricas apariciones y asaltos de orden sexual al sur del río Támesis, en la zona de Clapham. Los informes policiales subrayaban declaraciones con sonoras coincidencias: al sujeto le atribuían una mirada de fuego y la capacidad de escupir llamaradas azules or la boca. La sufrida Policía Metropolitana no sabía qué pensar. Contra toda lógica, el Saltador aparecía y desaparecía por sorpresa y a los brincos, elevándose de forma sobrehumana a alturas de tres y cuatro metros, para escapar de sus fechorías.

A los sucesos se les dieron, como suele ocurrir, explicaciones escépticas y sobrenaturales; se desarrollaron teorías de la conspiración y las autoridades trataron el caso en la asamblea de próceres. Como suele ocurrir, un noble con rango de marqués y depravadas aficiones entró en la baraja de sospechosos. Nunca se supo quien era el tipo de la mascara que se comportaba como un sucio Batman de barrio bajo, asustando a hombres y mujeres, atacando a jovencitas adolescentes con sus febriles trucos. Hubo detenidos que se salvaron del arresto porque las víctimas insistían en que su atacante escupía lenguas de azufre por la boca, y ninguno de los sospechosos pudo llevar a cabo  semejante efecto especial. Una coartada imbatible. Ahora parece una broma, pero en aquellos días el terror se apoderó de la ciudad. La leyenda del Saltador lo situó en diferentes areas de Londres y hay informes de asaltos posteriores hasta principios del siglo XX y en otras ciudades de Inglaterra. Es de suponer que le salieron imitadores. La prensa inflamó su popularidad y aparecieron historietas (los dreadful pennies) que hicieron ficción de la realidad mientras el misterioso Jack hacia realidad de la ficción.

Aún hoy muchos piensan que, cuando el Destripador envió su primera carta a la policía de Londres y decidió firmarla como Jack, tal vez estuviera tributando un retorcido homenaje al individuo que 50 años antes saltaba por los muros y echaba miradas de fuego en el sucio Londres de la reina Victoria.

El ojo de Londres

El ojo de Londres

En Londres no quedan ingleses. La frase la dijo hace hace unos años mi amigo Sean mientras caminábamos por Queensway hacia The Standard, curry house a la que ya me he referido hace poco. Es cada día más cierta. Supongo que hay que ir a buscarlos a la City, a los pubs sin música de los barrios, al Quiz Game de los domingos y tal vez a las casas de apuestas o a las películas de Woody Allen. En las zonas comunes constituyen una rareza en franca retirada. También resisten en los tradicionales taxis negros de la ciudad: para los foráneos hace tiempo que dejaron el minicab, servicio alternativo sin el cual la ciudad se derrumbaría. Ayer debían estar todos en el fútbol, creo, porque el Boxing Day es día de comidas en familia, arranque de las rebajas de fin de año, servicios públicos reducidos y deporte, sobre todo deporte; naturalmente, los ingleses permanecen en las gradas, porque en los campos ya ha quedado dicho que quedan pocos. Si acaso, en los equipos menores y en los últimos clasificados. El gran fútbol inglés ha reducido su singularidad a un desenfreno cosmopolita que, de forma paradójica, recuerda mejor que nunca el alma cosmopolita (otros preferirán decir imperialista, pero yo soy generoso y creo que con razón) que siempre iluminó a este pueblo.

Para encontrar ingleses hemos decidido obviar los partidos de la Premier League, que son un espectáculo liofilizado en el que uno ya no puede ni levantarse del asiento para animar a su equipo, y buscaremos la verdad en las categorías periféricas, las que se juegan en campos periféricos, donde Londres extravía el nombre y el London Tube se divide en ramales con trenes que serpentean a la luz del día bajo la grisalla. En esos campos no hay conservantes ni colorantes y algo así buscamos. Como los ingleses conservan un cierto atavismo tribal en su modo de relacionarse con el juego que ellos mismos inventaron, la pasión tiene las mismas formas en la primera división que en la quinta. Hay otro motivo: acreditarse para un partido de la Premiership en Inglaterra resulta más complicado que conseguir una bendición papal. A la vuelta de la tragedia de Heysel, los ingleses desarrollaron una conciencia definitiva de sus culpas y remodelaron el fútbol de arriba abajo. Una de las consecuencias laterales que han traído los años consiste en la exigencia de un carísimo seguro (hablamos de miles de libras) que la liga cobra a los medios de comunicación que quieren cubrir con regularidad sus competiciones. Si alguien aparece con una mano delante y otra detrás, como nosotros, ha de pasar por taquilla. Esa es la otra media verdad de nuestra decisión.

A estas horas ya ha amanecido en Londres, aunque con esa pereza con la que amanece aquí en invierno. Once benevolentes grados afuera, dice mi termómetro de Windows Vista. Y Ordinary People, del último Lp de Neil Young, de fondo, lo que contribuye a que todo comience despacio, a entrar en el día con cuidado, como en una piscina en calma. Ayer fue Boxing Day, fiesta nacional: aquí a una fiesta nacional le llaman Bank Holiday, que es también el título de una áspera y realista canción de Blur en su álbum Parklife. No hay fiestas provenientes del santoral, pero sí tradiciones que sostener. El Boxing Day es una de ellas: no es el día del boxeo, sino el día de los regalos. Desde la edad media y los tiempos feudales, los terratenientes concedían un día libre después del día de Navidad a los menesterosos miembros de su servicio, en compensación por su trabajo en el día de Navidad. Y les entregaban una caja (box) con regalos y sobras de la comida del día anterior para que compartieran con su familia una segunda comida de Navidad. De ahí que el Boxing Day haya quedado como día familiar, de entrega de regalos y lifaras compartidas. Pubs a media asta y una impresión equívoca acerca de la velocidad a la que se mueve este cuerpo mastodóntico.

"Londres es un pub", escribió Martin Amis a finales de los años 80. La afirmación parece ya discutible, porque el bebedor serio y silencioso de esta ciudad también hay que ir a buscarlo a los suburbios. "Todas las high streets son iguales", decía Damon Albarn, con mucha razón, en la canción referida arriba. Deberíamos subrayar con desmayo que, hoy en día, todas las ciudades son iguales y puede que hasta intercambiables, al menos su lado reciente. Los mismos comercios, las mismas cadenas de cafeterías, las mismas tiendas de ropa, las mismas franquicias de comida rápida o de comida lenta. El alma de las ciudades reside en lo que su pasado haya sido capaz de reunir y conservar, y en lo que su futuro haya sido capaz de inspirar: la curva arquitectura de Regent's Street (probablemente, la calle que más me fascinó y aún lo hace, desde que aparecí por primera vez en Londres), los memoriales de la guerra de Parliament Street, los leones que guardan a Nelson, los ribetes dorados de la torre en las Casas del Parlamento, los jardines de Kensington, los parquecitos en las plazas residenciales, los ratoncitos en equilibrio sobre las negras vías del metro, las máquinas de chocolate Cadbury's en los andenes, las librerías de Charing Cross Road... Esas y otras cosas.

Cuando yo vivía en Londres no existía el London Eye, esa noria gigante que observa el Big Ben y el distrito de Whitehall desde el otro lado del río. Ese ojo que todo lo ve como antes todo lo veía el almirante Nelson desde lo alto de su solemne columna en Trafalgar Square. Cuando yo vivía en Londres la Jubilee Line de metro era un agujero negro y polvoriento en inacabable reforma, y ayer salí en Westminster a una estación modernista, de aspecto industrial, que me hizo pensar en las chimeneas de la fábrica de Battersea Park; cuando yo vivía en Londres ni siquiera había alcalde de la ciudad, como ahora, y cada barrio tenía un ayuntamiento propio que regía su distrito con reminiscencias del pasado. Cuando yo vivía en Londres, ya no quedaban punkies en Picadilly Circus pero sí postales de cuando había punkies en Picadilly Circus: tengo que fijarme, pero me parece que eso también ha desaparecido. La ciudad vivía detenida en un círculo vicioso de pasados que ya no le correspondían. Ahora hay unos Juegos Olímpicos en el horizonte de cuatro años y un horizonte dominado por el Gherkin, ese edificio con silueta de supositorio o de dildo que emerge en los alrededores de Liverpool Street. Cuando yo vivía en Londres quedaban ingleses y aún deben de estar en algún lado, bebiendo cerveza en silencio, en pubs que no pertenecen a ninguna destilería, con cervezas propias, de nombres desconocidos y sabores variables: si te tirabas encima una gota, la mancha resistía varios detergentes. Productos orgánicos. Aunque siempre fue de algún modo así, ahora Londres se ha magnificado a sí misma y parece una síntesis del planeta, una especie de parque temático de las nacionalidades o de los flujos de migración que describirán los libros de historia. Venir a Londres supone ir un poco a todos los lados, a los países del este, al subcontinente asiático, al África negra, a las antípodas, a la Europa sin memoria y a la América silenciosa y deprimida... Londres pone el decorado y los demás miramos y actuamos, unos para otros, sobre un fondo de neones. Público y audiencia en un mismo cuerpo: leed Instrucciones para John Howell, de Cortázar. No faltarán calles por las que correr. Supongo que venimos a buscar a los ingleses o a buscar una ciudad franquicia del mundo, una ciudad que acoja a cualquiera con desdén y que esté dispuesta a escupir a cualquiera con desdén, y que ese cualquiera celebre la posibilidad de ser deglutido por el desorden general y luego arrojado a una orilla del escenario.

También mis amigos deben de estar en algún lado, ocultos del blitz post moderno. He recurrido a The Killers y su último Sawdust para saltar de la cama a la ducha. Londres es un ojo que lo ve todo. Una ciudad que lo ha visto todo y aún quiere ver más. Quiere verlo todo como si nada le importase.

Un italiano en la corte del rey Arturo

Un italiano en la corte del rey Arturo


El miércoles me voy a Londres, donde jamás me he sentido extranjero. De alguna forma puedo afirmar (sin vanidad) que siento Londres como mi segunda casa, un espacio familiar en el que no me percibo ajeno ni lejano: es la ciudad en la que más veces he estado, porque desde muy joven me atrajo y luego desgasté ese interés en sucesivos viajes y en una estancia de la que ya he hablado aquí y hablaré más. Vuelvo a Londres, esta vez para avanzar en ese proyecto fotográfico-lírico-documental sobre el fútbol en el planeta que estoy haciendo con Alfonso Reyes. Veremos algunos partidos de la Premier, aprovechando que los ingleses no paran sino que aceleran la competición (lo que tiene mucha lógica en un país de lógica acerada) y otros de las divisiones menores, donde puede que esté mejor conservado el verdadero fútbol inglés. En el mientras tanto pasearemos por el Londres navideño, posibilidad que sólo considero superable por el Nueva York navideño. Habrá Somniloquios, cómo no, y apostaremos unas libras a algún perro con nombre o cuartos traseros sugerentes en el canódromo, actividad bien inglesa que nunca he practicado, y no será por falta de ganas. Naturalmente, intentaré también ver rugby y me trapiñaré cuantos currys pueda. Como anticipo del viaje, más o menos, la semana pasada publicamos en MediaPunta una reflexión acerca del fichaje de Fabio Capello como nuevo seleccionador de Inglaterra. La dejo aquí con un avance resumido de mi tesis, debidamente exagerada para animar el debate, si lo hubiera: el mejor fútbol inglés ya ha pasado. Se terminó en los ochenta. Era varonil, divertido, primario e imprevisible. Lo de ahora -incluidos los entrenadores extranjeros de la Selección, y no digamos un sueco y ahora un italiano- compone un sucedáneo que como negocio funciona como un tiro y, futbolísticamente, igual que siempre: de decepción en decepción. Los ingleses guardan un alto concepto de su propio fútbol y su lugar en el mundo, pero están tan equivocados como los españoles. Lo demuestra su trayectoria del mismo modo que lo hace la nuestra. Poca gente habrá querido el fútbol inglés como lo he hecho yo, como aún lo hago. Quizás por eso lo severo del juicio. Siempre nos quedará Italia 90 y aquel equipo: Shilton; Parker, Butcher, Walker, Wright, Pearce; Waddle, Robson, Gascoigne, Barnes, Hoddle; Beardsley, Platt, Lineker. Ahí va el texto. Merry Christmas, lads...
 

MediaPunta
Diciembre de 2007

Después de la lobotomía nórdica del varonil Sven-Goran Eriksson y el previsible fracaso de McClaren, ahora Inglaterra se pone en manos de Capello, el hombre de la mandíbula cuadrada y los títulos bajo el brazo. El entrenador de la peineta al Bernabéu, el que echó a Ronaldo y Beckham del Real Madrid, el más italiano de los italianos, se sentará desde ahora en el segundo despacho más importante del imperio: el del seleccionador de fútbol. Si Sir Alf Ramsey levantara la cabeza...

Alfred Ramsey nació en 1921 en Dagenham, un industrioso suburbio a orillas del Támesis cuyos muelles recibían barcos cargados de carbón y marinos con ganas de juerga antes de partir a bordo de los cargueros. Dagenham representaba un carácter, un espacio más inglés que el Ford Cortina. Durante su vida, Ramsey modeló la memoria del fútbol inglés de 1963 a 1974, dejó la traza de una personalidad antigua y frontal y, por supuesto, una Copa del Mundo, el único título mayor en las vitrinas del imperio. En noviembre de 1973, Inglaterra jugó un amistoso en Wembley frente a Italia. La estela mágica del título ya se había evaporado a partir del Mundial del 70, aunque Ramsey siempre consideró que aquel equipo constituía una versión aún mejor que la del 66. Ese error de apreciación prefiguraba una espera que, cuatro décadas más tarde, aún continúa. La gloria ya no ha vuelto. Por su parte, Ramsey falleció en 1999, con el tratamiento nobiliario de Sir adherido a una paga mísera de 25 libras semanales.

Aquella anoche amigable en Wembley, Italia ganaría 0-1 y la jugada del gol la dibujó Chinaglia, un italiano nacido en Swansea, en País de Gales. Escapó de Bobby Moore y remató para que Shilton pusiera una mano de frontón. El rebote vino a parar a los pies de un medio que asomaba en el área su mandíbula rectangular y determinada. Era el hombre al que hoy vemos con las gafas personalizadas de tonos a juego. El tipo de la peineta en el Bernabéu. El señor que veranea haciendo trekking en el Tíbet. El que mandó a Ronaldo y a Beckham a su casa. El técnico de las nueve ligas y una Copa de Europa. El nuevo seleccionador de Inglaterra... Fabio Capello tocó la pelota perdida y firmó la victoria de Italia en Wembley.

Gorizia, Milán, Turín, Roma, Madrid, Wembley
Tal vez lo más hermoso del fútbol resida en el simple giro de la pelota, y la fuerza inspiradora de historias que esa fuerza tan rutinaria posee. Un cuarto de siglo después, Capello acaba de convertirse en seleccionador de Inglaterra. No viene de Dagenham sino de Gorizia, en la región de Friuli-Venecia Julia. Es el segundo extranjero en el puesto, tras el sueco Sven-Goran Eriksson. Los ingleses son tozudamente proclives al peso de un currículum. Y a pesar de su desdén insular les fascina lo diferente. Eriksson les parecía sofisticado hasta que cayó en un lío de faldas; lo mismo que Arsène Wenger, con su aire científico o el bocazas Mourinho. Houllier encarnó la otra vía: le dio al Liverpool cuatro títulos y una personalidad tan conservadora como desconcertante para un club educado en el passing game. A Houllier lo retiró un paro cardíaco, pero igual podría haber sufrido el ataque la estatua de Bill Shankly a la entrada de Anfield.

Por esos y otros caminos, en la última década el modelo inglés resolvió desnaturalizarse para hacerse más poderoso. Se subió a un flujo brutal de dinero desde las televisiones, Des Lynam dejó el legendario Match Of The Day de los sábados en la BBC para irse a un canal de pago, cayeron las torres de Wembley, desaparecieron las localidades de pie, las verjas contra los hooligans y los futbolistas ingleses de los equipos ingleses. Al mismo tiempo, las salas de reunión se llenaron de multimillonarios americanos, rusos o tailandeses. Inglaterra inventó el liberalismo económico y su fútbol lo aplica con denuedo minucioso. La ruta de la seda es ahora la ruta del merchandising. No hay mayor negocio que el fútbol inglés. Y sin embargo, la selección sigue ahí: como una ballena varada, extraña.

Un mister en tutú
Desde que la FA nombró a Walter Winterbottom en 1946 hasta la destitución de Sir Alf Ramsey en 1974, no hubo más seleccionadores. En los 32 años siguientes han llegado y salido nada menos que 13. Joe Mercer tomó el cargo durante siete partidos antes de cederlo a Don Revvie, que no se clasificó para la Eurocopa de 1976. Le sucedió Ron Greenwood: fuera del Mundial de Argentina, primera ronda en la Euro 80 y segunda fase en España 82. Luego llegó Sir Bobby Robson: no fue a Francia 84, cayó en cuartos de México 86, en la primera fase de la Euro 88 y, por fin, perdió por penaltis las semifinales de Italia 90 con Alemania. ¿Lo demás? El aburrido Graham Taylor, Terry Venables (semifinales de la Euro 96), Glenn Hoddle, Howard Wilkinson, Kevin Keegan, Peter Taylor, Eriksson y McClaren. Todos reiteraron el modelo de prueba y error.

Capello supone la extraña culminación de ese viaje. Quizás todo empezó hacia 1994, cuando Glen Hoddle jugaba-entrenaba en el Chelsea y el equipo burgués aún no se parecía en nada a su versión de hoy; entonces las entradas al Bridge -la grada de los hooligans- costaban 12 libras y daban derecho a asiento en una tribuna telescópica que atronaba bajo las botas de hierro de los rapados del National Front; a comer hamburguesas en una camioneta detrás del córner y a orinar en una caseta prefabricada en la que había fila durante los 90 minutos del partido. Ruud Gullit apareció como imprevisto inventor del Chelsea cosmopolita; de su mano llegarían Vialli, Zola y Di Matteo. Pocos años después, Vialli era entrenador-jugador de los Blues y Hoddle, con su elegancia de hombros cargados, dirigía a Inglaterra. El 11 de octubre de 1997 su equipo se jugó la clasificación para el Mundial contra Italia, en Roma. Necesitaba un empate y empató a cero. Esa noche Inglaterra fue más italiana que los italianos, que no supieron si atacar o retirarse. Ahí comenzó la transición.

Ahora, Capello les parece sofisticado y ganador. La pieza ausente en un país que se considera una potencia mundial en Whitehall, el distrito gubernamental, y en Wembley. En Inglaterra, el de manager del equipo nacional está considerado, y no en broma, el segundo despacho más relevante después de Downing Street. Los diarios nacionales -más afectos a las carreras de caballos y el cricket - le dedicaban siete páginas al nombramiento de Capello. Eso explica todo. Mientras, los tabloides se divertían publicando fotos del técnico con un tutú de bailarina y recordaban el desprecio que siente por una canilla peluda que asoma por encima de los calcetines. Todo un personaje: ¿Qué más quieren en Fleet Street? Ah no, que los periódicos ya no se hacen en Fleet Street. Y Capello dirige a Inglaterra...

Brian Barwick, director ejecutivo de la FA, lo justificó así: "Es un ganador, con mayúsculas. Estamos en deuda con nuestros seguidores y creemos que es el hombre que va a restaurar nuestro orgullo". Esa vanidad desoye la grave insistencia de los hechos. Comparemos a las últimas estrellas de Inglaterra con el equipo de 1990, aquél que Robson dirigía con gesto dormido en el banquillo. Comparemos a cualquiera de los últimos porteros -James, Robinson, Flowers, Seaman...- con el sobrio Peter Shilton o el gran Ray Clemence. ¿Es mejor el atildado Ashley Cole que el psicótico Stuart Pearce? ¿Micah Richards que el chiquito Paul Parker? Sí, John Terry mejora al sanguinario Terry Butcher o a Mark Wright pero... ¿rebasa Rio Ferdinand a Des Walker? ¿Descalza Lampard al capitán Marvel Bryan Robson? ¿O Gerrard a Paul Gascoigne? ¿Cómo dudar entre Hargreaves y Glen Hoddle? ¿O entre Beckham y Chris Waddle? ¿O entre Wright-Phillips y John Barnes? ¿Usted prefiere a Rooney, Heskey, Crouch o al trío Beardsley-Platt-Lineker?

Pues eso, que la memoria es frágil. Y mejor así. Ahora, Capello tiene encantados a todos porque aguardan de él lo que nunca les fue natural: la astucia táctica y el sentido común. Pero a nosotros no deja de asombrarnos que se arranquen el corazón de esa manera. Y nos produce una indisimulable nostalgia.

[Foto: la imagen muestra a Alf Ramsey y a Capello -tocado por una corbata estampada con la Union Jack-, cortesía de los chicos de confección de MediaPunta. Ya los he señalado antes como unos fenómenos: si pudísteis ver el montaje en la edición de papel, que se entregó en el partido del sábado con el Valencia, comprobaríais la inagotable creatividad y capacidad de resolución de esos muchachos. Hasta dieron con la foto del gol de Capello en Wembley, en 1973, que yo glosaba en el artículo. Prometo para muy pronto un somniloquio-homenaje con una reunión de sus magníficos diseños de portada para la revista. Verlos todos reunidos da, en serio, para una exposición. Una vez más, les doy las gracias a todos por ilustrar tan, pero tan bien, mis historietas de diletante aburrido].

Apéndice: John Carlin reflexionaba ayer en El País sobre este asunto en su artículo El Orgullo de los Ingleses; como tenemos puntos de vista coincidentes, como él además es inglés y como, sobre todo, John Carlin supone una referencia profesional, además de un modelo de periodismo que yo anhelaría practicar, lo dejo aquí enlazado para completar el cuadro.

Christmas Curry

Christmas Curry


El 4 de diciembre de 1994 llegué a Londres sin otro plan que la supervivencia y la diversión. Unos meses antes, en verano, me había caído de la silla en la que había trabajado durante los tres años anteriores, haciendo más o menos lo mismo que hago hoy en día, puede que un poco peor... o un poco mejor, hay opiniones. El caso: alguien hizo cuentas en un despacho, cruzó datos, comparó márgenes, se sacó un moco de la nariz y llamó a su secretaria: "Pásame la Texas Instrument que me parece que nos cargamos a alguno...". Y sí, con el arrobo profesional que algunas secretarias profesan a sus jefes, y viceversa, salió la cuenta y en Deportes sólo cabían cuatro contratos. Luego llamaron a otro y ese otro llamó a otro, y otro llamó al siguiente y el siguiente contó con los deditos de una mano, mirando a mi sección: "Uno, dos, tres, cuatro... y Ornat, cinco". Cinco menos Ornat: cuatro. Miró a la secretaria, que asintió como con desgana, vigilándose el estado de las cutículas desde la última manicura Forever French. Volvieron al despacho y la conversación digo yo que sería así: "¿Se lo dices tú o se lo digo yo?". "Lo echamos a los chinos...". "No me jodas, díselo tú, que a mí me da la risa". Vale. "Ornat, vamos al Ocean".

Que fuera en el Ocean me jodió, porque anda que no me habré metido yo barquillas de ensaladilla rusa a mediodía en el Ocean y, sobre todo, tazones de chocolate con churros al alba en el Ocean. Ahora que lo pienso no es raro porque también me ficharon en el Ocean. Y, unos años después, el mismo director me confirmaría mi renovación mientras los dos orinábamos en el baño (¿quién se niega a una renovación contractual con el jilguero entre los dedos?... apuntad la estrategia, es posición desventajosa para el empleador fijo). Pero sí, ahí en el Ocean me dijeron que habían contado y que sobraba, por desgracia, porque era el mejor, claro, cuando te vas siempre eres el mejor, pero sobraba porque, joder, los deditos no mienten: "Uno, dos, tres, cuatro... y Ornat, en el meñique, cinco". Lo habían confirmado con la Texas Instrument de la otra, así que la ciencia estaba de su lado. Es lo que tiene llegar el último a un sitio, que siempre cabe la posibilidad de que te largues el primero. Si esto es así entre nosotros, imagínate cómo será la cosa en las familias reales con lo de la sucesión. Así que agarré a la chica (al menos me quedó ese triunfo como de Oficial y Caballero, que la chica se largó por su propio pie conmigo) y unos meses después hicimos una mochila con ropa, el poster de los Smiths en el Salford Lad's Club y el ghetto blaster con algunos cedés... y salimos para Londres vía San Sebastián, Francia, Calais, Canal de la Mancha, los acantilados blancos de Dover y Victoria Station.

No me extenderé sobre el capítulo del encuentro con un grupo de jóvenes italianos que debían recogernos e instalarnos. Ahora que lo veo, parecían Chris Moltisanti y sus amigos de la empresa de inversiones sucias en Los Soprano. Ponerse en manos de un grupo así después de 24 horas de autobús tenía sus riesgos y los pagamos con algunas de las horas más angustiosas de mi vida. Luego nos llevaron a que viviéramos en una casa en semi ruina arquitéctónica y decidida barrena moral, en algún lugar del hermoso barrio de Maida Vale. De esa tarde recuerdo la atronadora música reggae que venía de la casa de al lado, pero que parecía salir del interior de las mismas paredes: como si un obrero rastafari con demasiada marihuana en las vías respiratorias se hubiera olvidado un radio-cassette emparedado entre los muros. Como era imposible dormir la siesta, salí de allí pitando esa misma noche, después de haber llorado varias jarras de llanto agotador y antes de vaciar unas cuantas pintas espesas de alegría por el reencuentro con Pabs, que ya vivía allí. Todo esto lo cuento porque 20 días después, cuando ya estábamos moderadamente instalados y habíamos dado con un trabajo, celebramos la Nochebuena de la manera menos cristiana posible, aunque muy devota en el fondo: dando gracias a Visnu y sus adláteres con la deglución de un ardoroso curry en The Standard (off Queensway) que venía a inaugurar el ya tradicional y cada vez más querido Christmas Curry.

Aquella cena ha sido la única ocasión en mi vida en que he cenado fuera de mi casa en Nochebuena. Pero también una de las más felices porque constituía, en el fondo y aun sin saberlo entonces, una celebración de la victoria sobre el miedo, la superación, la melancolía y el paro. También la conclusión de un largo anhelo que perdura: yo siempre he querido vivir lejos y siempre he querido vivir cerca, lo que quizás explique muchas cosas. Pasé apenas un año en Londres y me ocurrió un poco de todo, pero de Londres me traje aprendida la extraña materia de la que se compone eso tan complejo que damos en llamar felicidad: querer exactamente lo que tenemos. Es extraño que ocurriese mientras repartía bandejas de desayunos por un hotel, perseguía cucarachas bajo los manteles, soportaba los abusos racistas de dignatarios africanos hospedados en el hotel, y los del director del hotel (indio, para más señas), y los del atildado gerente del hotel (jamaicano, para más señas), y mientras discutía por el teléfono con la hija bulímica de otro dignatario africano que quería tres club sandwiches cada diez minutos, y mientras era capaz de robar un billete de cinco libras de las propinas porque cinco libras me permitían hacer cosas que no podía hacer, y mientras me enamoraba con la levedad debida de Gaile, una preciosa recepcionista de ascendencia india (también) que vivía en Wimbledon y a la que recuerdo pidiéndome un baile muy tierno en algún local demasiado grande de Brixton, mientras su novio miraba y, supongo, calculaba con los deditos de la mano su tamaño y el mío, o si el que sobraba era yo, como en el Ocean, o era él... Sobraba yo, desde luego. Vengo sobrando hace rato.

Por eso, desde aquel año, todos los años, reúno a unos pocos amigos y nos comemos un curry por Navidad. El mejor curry de Zaragoza, sin discusión alguna, lo prepara mi amigo Andy cada tanto para los más allegados, en su casa. Pero hoy, día del Christmas Curry 2007, nos lo comeremos en El Sabor de la India, donde siempre lo hemos hecho. Para celebrar algo o para no celebrar nada. Porque soy un nostálgico hasta de las nostalgias.

Monegros, capital Washington

Monegros, capital Washington


Hace tiempo que le debo al (e)lectorado de Somniloquios una breve o larga historia sobre los dos personajes más extraordinarios que me he cruzado en mi vida profesional: Mariano Gistaín y Roberto Miranda. Hay que decir que, en verdad, son los únicos extraordinarios, porque la grandísima mayoría de los cientos de periodistas que he conocido se caracterizan por la mediocridad, la convención y lo previsible, además de un peligroso desapego por la realidad, muy curioso dada la profesión. Los periodistas somos mayormente así: nos asombran cuestiones de lo más triviales, a veces, y además hacemos colectivo nuestro asombro con grandes titulares y páginas completas. Yo me incluyo aunque no soy nada corporativo, como se ve; pero es que algunos se hacen los interesantes con un arte envidiable, como si el periodismo fuera más complicado que poner un cohete en Marte. Gistaín y Miranda, sin embargo, habitan en una dimensión paralela a medio camino entre una modesta genialidad y una locura muy amable, miscelánea a la que yo tuve acceso durante años en el Periódico de Aragón (el único diario en el que aprendí algo útil hasta que felizmente llegué al AS, donde pude liberarme de un interludio que no me enseñó nada, aunque sí me ofreció una vista detenida de las cloacas de la zafiedad profesional y personal, que de eso también se aprende...). En fin, que me voy del tema. Prometo hablar de aquellos dos fenómenos un día de éstos, despacio, con cuidado, cariño y admiración. Hoy dejo sólo el último artículo de Mariano acerca del proyecto Gran Scala, ese Las Vegas monegrino que nos tiene asombrados. El argentino López ya propuso hace años que los aragoneses entregáramos la gestión de nuestra realidad a Cataluña (sin una cesión patriótica, desde luego, y menos ahora tal y como andan las cosas), sólo con el fin de llegar a algún lado y no soportar esta impresión permanente de que aquí en la ciudad del viento y sus alrededores nada se mueve, y que siempre permanecemos en el mismo punto de la eternidad, discutiendo sobre los mismos problemas y esperando las mismas cosas. En su artículo de hoy en el Periódico, Mariano propone una solución paralela a la de López y aún más atrevida (y pragmática): adscribirnos a los Estados unidos, dado que en el Gobierno de Madrid se toman todo por el pito del sereno y sólo les importan las cosas de siempre. Lo he leído nada más levantarme y me he reído. Como suele ocurrir. La capacidad de Mariano para deformar el lenguaje y convertirlo en un organismo vivo, mezclada con su ingenio para hacer pasar la realidad a través de ese lenguaje y reducirla a su verdad más simple y oculta, siempre me han fascinado. Ahí va la pieza. Y la idea...


Mandar el impreso a USA


A ver si las Cortes de Aragón envían pronto la solicitud de Estado Libre Asociado y Estados Unidos nos acoge en su seno más o menos oficialmente. Con el Vaticano no hay nada que rascar. Nos da la razón jurídica para que devuelvan los bienes, pero es un paripé retórico: a la hora de la verdad, no ejecuta. Hace la vista gorda ante el incumplimiento de esa sentencia. La Euroregión no mola. Europa está de cenas. Y España hace tiempo que se ha olvidado de Aragón. Para España, Aragón no existe. En vez de pagar una miserable deuda, como ha hecho con otras comunidades, forma una comisión. Y encima pone al frente de esa comisión a un nativo de Zaragoza. España le forma a Aragón una comisión que es como un pelotón de fusilamiento burocrático, un fusilamiento diferido, con las balas tipo Matrix. Este máximo desprecio y esta cobardía de no saber decir "no", es la peor afrenta. Andalucía y Galicia se hacen la foto y se llevan el cheque. Madrid gestiona Aragón como en tiempos de Franco, con comisiones, es como si no tuviera representantes: ZP no los recibe. No es extraño que estos representantes electos se busquen la vida en el mercado libre.

Sólo nos queda la metrópoli, que al menos tiene tradición y coches y conserva un cierto glamour residual. El ejecutivo autónomo ha visto que para acoger a todos esos casinos que proyecta virtualmente Gran Scala no basta con repartir bolígrafos por los Monegros. Al ponerse a mirar las leyes que hay que enmendar para despenalizar el poker se ve que lo más rápido es convertirnos en Autonomía Libre Asociada de USA. Ahorramos en tipex y en chapuzas jurídicas. No compensa retocar todas esas leyes, incluyendo el último Estatuto, ya obsoleto. Se puentean por arriba entrando en la gran familia de Los Simpson y Los Soprano. Aragón quiso hacer marketing ante Napoleón, pero esa gesta, aparte de destruirlo todo, no atrajo ni a un turista. Fue un marketing erróneo, mal enfocado y, sobre todo, carísimo.

Ahora estamos a punto de perecer en pluriespaña, con alegría y buen rollo, pero fabricando madalenas y ferralla. Investigando lo justo, y manteniendo el inglés como asignatura de relleno. Sin grupo mixto en el Parlamento, no llega ni una peseta. En Madrid, las partidas para Aragón se cuentan aún en pesetas. Hay que mandar esa solicitud cuanto antes.

De conejos y hombres

De conejos y hombres

El Gobierno recomienda comer conejo estas Navidades para combatir el alza de precios que, como se sabe y razona Josep Puxeu, se debe al empeño del contribuyente y/o consumidor por darse el gusto de comprar determinados productos durante las fiestas. Se impone el tipo de pensamiento Pere Navarro, ese elemento indispensable de la realidad actual al que ya le han dado plenos poderes para empezar a mandar gente a la cárcel por delitos de conducción: el pueblo siempre tiene la culpa, es irresponsable, ignorante, visceral, desganado, derrochador, caprichoso y de gustos triviales. Además, algunos votan al PP, no me jodas. Con esos datos, Puxeu argumenta que todos queremos comer las mismas viandas en Navidad y entonces, ah, suben los precios. Así que a comer conejo y "productos de sustitución". Por el mismo motivo, podrían invitarnos a comprar autocaravanas y tiendas de campaña, para residir en parques y descampados mientras se sosiega el precio de la vivienda. O a beber por la mañana leche en polvo y empujar con pan negro, como en la postguerra, dado el despegue de los lácteos y los cereales.

El conejo (el que viene con orejas y se amaga frente a los faros del coche en las carreteras, no el otro) está a cinco euros el kilo; no como los corderos y el cochinillo, que por culpa seguramente de la legislatura anterior ahora andan por las nubes. La del conejo "es carne sana, ligera, muy apetecible y barata", se entusiasma Puxeu. La explicación del Secretario General de Agricultura y Alimentación me la sé hasta yo: me costó ocho años aprobar Economía durante la carrera, pero lo primero y lo único que aprendí fue el mecanismo de la oferta y la demanda. Por lo que se ve una vez más, con mis conocimientos yo podría ser Secretario General de Agricultura y Alimentación, o bien este elemento no puede serlo. Luego se ha puesto interesante y ha largado esta frase de verdadero trilero tecnócrata: "La compresión de precios de la cadena de producción por parte de los fabricantes y de la distribución alimentaria debe repercutir en que estos incrementos de las materias primas no se trasladen al consumidor". Si lo agarro lo descalabro, oye.

Yo lo primero que me pregunto es si esta gente tan atea, tan descreída, tan laica, tan moderna, tan igualitaria y tan aconfesional se dedica también a celebrar la Navidad. Por la misma regla de tres, podrían celebrar el Ramadán, el año del Dragón o el Yom Kippur. Si a ellos les pagan por practicar la demagogia, por qué no hacerlo también nosotros, que escribimos y pensamos gratis. A Puxeu, en fin,  le invito a que se encierre en una cocina sin ventanas con el superconejo de la foto y trate de darle el castañazo en la nuca para echarlo a la cazuela, a ver si hay huevos: ocho kilos y 90 centímetros. Ahí lo tienes, Pep. Si se te apodera, no te acojones: como decía mi abuelo, mientras hay lengua hay hombre.

[Ojalá se le llevara una mano en algún mordiscón. Esto es lo que pasa por tener a Bambi de presidente del Gobierno y a ese Pepiño de los ojos pequeñarras como chambelán: que tiras para abajo en el escalafón y te encuentras a desgraciados como éste. Habría que colgarlo de los pulgares y emplumarlo después de untarle la carne con alioli. Bien espesito],

Dios

Dios

God

God is a concept,
By which we can measure,
Our pain,
I'll say it again,
God is a concept,
By which we can measure,
Our pain,
I don't believe in magic,
I don't believe in I-ching,
I don't believe in bible,
I don't believe in tarot,
I don't believe in Hitler,
I don't believe in Jesus,
I don't believe in Kennedy,
I don't believe in Buddha,
I don't believe in mantra,
I don't believe in Gita,
I don't believe in yoga,
I don't believe in kings,
I don't believe in Elvis,
I don't believe in Zimmerman,
I don't believe in Beatles,
I just believe in me,
Yoko and me,
And that's reality.
The dream is over,
What can I say?
The dream is over,
Yesterday,
I was dreamweaver,
But now I'm reborn,
I was the walrus,
But now I'm John,
And so dear friends,
You just have to carry on,
The dream is over.

[Hace hoy 27 años, un transistor en el mueble de la cama abatible del cuarto de jugar dijo que John Lennon había muerto. Yo no atendí y no entendí. "Han matado a John Lennon", corroboró mi madre. Yo pensé que quería decir Jack Lemmon, el actor. ¿Quién era John Lennon? Siempre me ha sorprendido la claridad de un recuerdo que en ese momento no significaba gran cosa para mí; ahora significa todo. No puedo ver documentales sobre la vida y la muerte de Lennon porque me pongo enfermo. Los miro igual que miraría un película de la que espero otro final, pero el final siempre viene a ser el mismo: "¿Es usted John Lennon?". Y la escueta respuesta: "Sí". En la ambulancia de camino al hospital. Mark David Chapman continúa encarcelado siete años después de cumplir su condena y ahora han filmado una película sobre su personaje que gana premios en festivales. Yo me sigo preguntando lo mismo que aquella mañana: ¿Quién era John Lennon? Era Dios. Un concepto por el cual podemos medir nuestro dolor].

Una abuela en camisón

Una abuela en camisón


Hay dos o tres sitios donde el silencio es una ley: los hospitales, las salas de cine y el tenis. Pero sólo en el tenis se respeta. Los hospitales ya sabemos, no hay más que ver el ruidito de fondo siempre en Hospital Central, esa serie... Y respecto al cine, las salas se preocupan mucho de poner anuncios para que apaguemos el móvil y enchufemos el contestatario automático que llevamos dentro (patrocinado por las compañías telefónicas, claro), pero nadie se preocupó jamás de vigilar el silencio humano, que es mucho más molesto y habitual que los politonos. Estuve a punto de liarla la otra noche con una parejita que se pasó la película hablando. Pero no de ratito en ratito, no. Toda la película. O sea, la hora y media completa. Venga a cascar de sus cositas, en ese tono medio que tan bien estudiado tienen estos hijos de puta, ese tono medio que viene a ser como un zumbido de fondo monocorde, sin estridencias gamberras, muy cuidado, muy en su sitio, muy profesional. Ese volumen que te permite oír la película como para que no tengas argumentos, como para que tu razón de protesta parezca exagerada, hija de un maniático obsesionado por los que hablan en el cine. Lo hacen así. Luego se irán a tomar algo a un bar y se quedarán en silencio, los desgraciados. Estuve a punto de ir a buscar a un acomodador, pero cualquiera encuentra un acomodador hoy en día en un cine. La verdad, yo pondría guardias civiles patrullando los pasillos de la sala. En serio. Guardias civiles no te digo yo con ametralladora, pero sí con la capa antigua y el tricornio de charol endurecido, las botas y los correajes bien negros de betún rutilante, y paseándose arriba y abajo despacio, que se les oyeran los pasos pero muy de fondo, en el volumen exacto de una advertencia. A ver si tenían huevos de hablar entonces, a ver. Pero no, en los cines ya no hay autoridad.

En fin, que me metí a ver [REC], cumpliendo ese código de vida que me impuse hace ya algún tiempo y que consiste en hacer primero las cosas que más miedo me dan. En realidad no sé por qué fui a verla; y después de verla, aún lo sé menos. Lo voy a decir rapidito para que no queden dudas: [REC] me pareció una cosa ridícula. Tres días después me sigo preguntando qué es lo que se supone que da terror de esta película, y ya no digo terror sino un poquito de miedo. Me pareció todo tan primario, tan simple y tan previsible como la cueva del terror de las ferias. Esa abuela ensangrentada en camisón al fondo del pasillo, la verdad... era de risa. Pero no hacía ninguna gracia. La escena final con los infrarrojos y la peluda anoréxica me recordó a los momentos definitivos de El Silencio de los Corderos, cuando Buffalo Bill tiene encerrada en casa a Clarice Starling en la más completa oscuridad. Esa escena sí que me dio miedo y aún me produce una impresión angustiosa cuando la veo, y la he debido de ver cien veces. Me acollona la mirada desvariada del asesino y Jodie Foster me hace sentir el terror de alguien que sabe que está a punto de morir en un sótano oscuro, a manos de un depravado sin conciencia de la realidad. Tal vez la diferencia esté en los actores, en las miradas, en su capacidad para interpretar el miedo. Para convencerme del miedo y clavármelo dentro no basta con que aparezca una vieja sin sujetador y el pelo hecho un desastre o con que el guión nos lo diga. Hay que comunicarlo. Hay que transmitirlo. Los actores de [REC] (porque a personajes no llegan; y por cierto, hay otro de esos policías increíbles de los que ya hablé) gritan mucho, gritan todo el rato. Desconocen el peso y el valor de los silencios. El silencio es como las elipsis, un arte fugaz que no todos los realizadores y guionistas pueden alcanzar. El peso y el valor de los silencios están perfectamente explicados en La Delgada Línea Roja, una película de guerra y destrucción (a todos los niveles) en la que nadie levanta la voz durante tres horas; una maravilla de Terrence Malick que aún me parece portentosa y que a casi todo el mundo le pareció un coñazo. Será el alma de poeta. [Inciso: la foto de arriba a la derecha pertenece a Malas Tierras, precisamente de Malick. Uno no se puede morir sin verla, en serio. Yo ya la he visto, así que estoy salvado... Además, estudié en la universidad del Opus, mis padres ya pagaron la cuota para que yo zafe del infierno].

Sinceramente, estoy preocupado. Creo que mi escepticismo vital ha alcanzado tales niveles que soy ya directamente incapaz de creerme este tipo de historias. Los actores gritan mucho y dan mucho susto, pero de lo mal que funciona todo. Me importa un huevo lo que les pase a sus personajes, incluida la periodista listilla que compone un tópico muy habitual de esos directores que quieren "criticar la telerrealidad y los excesos del periodismo". "Vimos que para que el espectador viviera el miedo desde dentro, lo mejor era prescindir de las convenciones, el montaje y la música, y fue entonces cuando pensamos en la televisión", Algún día un director debería hacer una película que criticara los excesos de egolatría e importancia que se dan estos directores tan discursivos, siempre tan pendientes de diseccionar la realidad que los circunda en lugar de hacer películas con un mínimo decoro, orden y concierto. Siempre con la palmadita en la espalda de los propios periodistas, que jalean sus conclusiones y las dan por buenas. El productor del filme, Julio Fernández, se pone aún más estupendo y asegura que "Balagueró y Plaza utilizan el terror para lanzar una crítica al tratamiento que hacen algunos medios de las noticias, para reflexionar sobre hasta dónde pueden llegar las televisiones, que eso sí es terrorífico".

Chatos, lo que es terrorífico es pagar seis dracmas o más por ver estas cositas que os sacáis de la facultad de cine o no sé de dónde. Lo terrorífico es que os dais más importancia que una mierda en un solar. La televisión es gratis, amigos: uno puede cambiar sobre la marcha y hasta apagar. Con vosotros no hay remedio, te tienes que quedar. La guardia civil se os debería llevar con la parejita de loros de allá a la izquierda. Con tricornio y capa. Con dos cojones.

En serio: da más miedo el tren de la bruja. Si a la abuela de la foto la subes al tren de la bruja, ahí sí, puede ser. En una pantalla de cine, no. Que no.