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Somniloquios

Canción de amor con jersey prestado

Cada mañana me acuerdo de ti
Cierro los ojos y vuelvo a morir
Y muere toda la ciudad
Deja de latir
Con suavidad

Dices que sufres tú
Mucho más que yo
Y que te sientes
Como un desertor
Pero ahí estás, de pie,
Diciendo adiós,
Cazando otro tren

Dentro de un año
Ya no estaré aquí
Y tu mujer no sabrá
Que yo fui
La sombra que oscureció
Su casi ideal historia de amor

Sólo tengo un jersey
Que no querías
Que me abraza
Aunque tú ya no lo hacías

Nadie como tú...

[Nadie Como Tú, de Christina Rosenvinge].


Proyectos alternativos: Pele TV

Proyectos alternativos: Pele TV


Me soplan que la tertulia de los guapos es el programa más visto de la televisión autonómica y no me sorprende. Porque a la gente le interesa el fútbol y lo que los periodistas tengan que decir sobre el fútbol, cosa que a mí me sucede muy de cuando en cuando. Yo siempre empiezo a ver la tertulia de los guapos, a.k.a. La Jornada, los domingos por la noche, hasta que me doy cuenta (cada vez más rápido) de esta evidencia: que sobre el Zaragoza de Segunda División no hay mucho que decir ni que opinar; sólo dejar que pase el tiempo. Y, luego, pienso que en realidad los contertulios están todos de acuerdo o casi, y ni siquiera se molestan en adoptar papeles; me doy cuenta de que Esnáider y Petón se dedican mayormente a chinchar al Pele, al tiempo que advierto que el Pele o bien se contiene (así como resignado por el ventajismo de los otros) o bien se desmanda y entra a largar topetazos, mientras el único que se toma todo en serio, como siempre se ha tomado todo en serio, es César Láinez. Estos cuatro componen el grupo de los guapos. Luego están otros menos guapos, desde luego, que van de cuando en cuando y que no alcanzan ni de lejos el porte de los primeros, pero contienen algunos valores diversos que tal vez salpimentan la tertulia: el mejor de todos es Isidro Oliván y sus razonamientos imprevisibles. Isidro debería estar siempre, por ley y porque los mejores momentos de la televisión aragonesa los ha proporcionado su eterno desencuentro con el Pele, tan divertido que divertía a los propios compañeros de mesa que no metían baza sólo para darles tiempo a agotar su desesperada discusión; divertían a Pedro, el presentador, a los cámaras y a los regidores. Sin Oliván, la intensidad emotiva del Pele disminuye. Otros días va el Oso, cuyo lugar en realidad jamás debería ser una tertulia de fútbol sino una de Economía y Cosas de la Vida, porque ahí es donde el Oso puede desplegar con el ritmo adecuado, su morosa locuacidad, las pautas vitales y trucos ingeniosos de microeconomía y comportamiento social que han dirigido y aún lo hacen una trayectoria de ribetes ejemplares. Si una pareja pudo jamás hacerle frente a la dupla Oliván/Pele sólo fue la que conducía aquel recordado programa de Antena Aragón: el Oso y el Pirata Jarné. Cuando uno ha visto a Valeriano subirse los calcetines en plano medio en mitad del programa, todo lo demás le parece una impostura del guión. Por último, los guapos se ponen a hablar del Huesca y entonces todos disimulan lo que de verdad les gustaría decir, salvo tal vez Láinez, y reúnen maravillas sobre el Huesca. A esa parte yo casi nunca llego. En realidad, cada día lo dejo antes. Yo es que lo estoy dejando todo. No es culpa de ellos, es culpa mía.

Últimamente me han hecho tres propuestas diferentes de programas. Una el propio Pele que, como conté otro día, tropezó con mi ya crónica desgana; otra, un proyecto que le corre por la cabeza a César Láinez y del que no sé detalles aún, sólo que el gran César me lo quiere contar y yo le atiendo a todo al portero y además me pongo para entrenar la ajustadísima elástica negra que me regaló. El último proyecto es otro programa de radio-tertulia para el que me quiere convencer Andrelo, que se compromete a salir a buscar publicidad por las frías calles de la crisis si yo presento el proyecto a alguna emisora. La cosa consistiría en leer la prensa y comentarla. Pero bien, dice Andrelo. Yo sonrío. Yo tengo mis propios proyectos alternativos y los llevo en la cabeza hace años. El primero, una transmisión de fútbol mano a mano con mi amigo el argentino López. Desde que yo mismo me narraba los partidos de SubButeo en casa cuando jugaba en solitario (antes de aquella divertida rivalidad de bocadillo de chorizo y ron-cola que desarrollé con el sr. Guerra) he sabido que sería un buen narrador radiofónico. Oportunidad que, desde luego, nadie me ha ofrecido ni yo he propuesto, faltaría más. Es una convicción interna. Muchas veces, en el fútbol, narro por lo bajo los partidos como forma de concentrarme en el juego y de ir desgranando ideas sobre lo que veo. Si no, me descubro mirando a Arizmendi y pensando en cuánto valdrá una pinta de Guinness, cosa de la que jamás en mi vida he tenido idea y mira que me las he bebido a pares...

El tándem Ornat-López en narración de los partidos es un formato alternativo y barato. Yo estaría en el campo y López en su casa, por el teléfono. La particularidad más notable es que López ni siquiera vería el partido conforme lo comenta. Yo creo que un comentarista que no ve el partido compone ya de por sí una figura interesante, mucho más interesante que los comentaristas que sí ven el partido. Los comentaristas que sí ven el partido son, por lo general, comentaristas de lo obvio. Hay pocos que te descubran algo, así que, si no puedes contar con uno de ellos, mejor contar con un argentino capaz de hacerte reír o contar algo interesante mientras sigues viendo el partido. Y a López le sobra para eso. Cada día haríamos la misma pantomima al empezar: yo le preguntaría a López si logró sintonizar con el partido y él me daría una peregrina explicación sobre las dificultades que tuvo para hacerlo. A partir de ahí, disculpándonos sentidamente ante nuestros oyentes, nos veríamos obligados a comenzar la narración a pesar de las circunstancias. Yo cuento lo que pasa y López improvisa sobre la marcha. Nuestra arma está en su capacidad para el caso y el acento argentino, que haría el resto. Otra posibilidad es adaptar ese mismo formato a un programa de cine, algo que también me corre por la cabeza. Yo vería las películas y López, no. En ocasiones no las veríamos ninguno pero dejaríamos a alguien que la hubiera visto llamar y contárnoslas. Y a comentarlas, medio en serio medio en broma. Además, el argentino podría hacer una reseña al pedo de las películas que pusieran cada día en la televisión. Naturalmente, el peso de la invención recae en López, así que él se llevaría la parte suculenta de los salarios. Eso por descontado. Ricos no nos haríamos, che, pero lo que nos íbamos a divertir.

El otro invento de éxito garantizado es sería un reality show de esos de conexión a full: 24 horas con Pele de único y total protagonista. Se llamaría, desde luego, Pele TV, y consistiría nada más y nada menos que en seguir a Pele y su agitado mundo interior todo el día y a todas las horas. Excepción hecha de los ratos que se va a la hemeroteca, eso sí. Con atención especial a sus peleas con el ordenador y el téléfono o a veces con el ordenador y el teléfono al mismo tiempo. Estamos hablando del hombre desactualizado por antonomasia, en cuestiones tecnológicas. Así que hay que atender a sus desencuentros con la modernidad. Técnicamente el programa no sería difícil: fundamental una pantalla que vaya mostrando a los espectadores el contenido de los mensajes de móvil que envía el Pele a todas las horas. Yo podría aportar un testimonio contando el día en que le enseñé a enviar sms, despertando el insaciable monstruo que llevaba dentro. Y que la cámara le siguiera de cerca en el trabajo, en casa, en los partidos de fútbol de su hijo, en las conversaciones telefónicas, en los partidos del Zaragoza, en el imperdible proceso de confección de una noticia, en la escritura, mientras pinta soldados, cuando pronuncia espontáneas conferencias a la hora del café sobre las guerras napoleónicas, cuando se encuentra a un abuelo o a su nieto que le dice que su tío o su padre o vaya usted a saber jugó en cierta ocasión con el Real Zaragoza o con el Barcelona de Pepe Samitier... Y ese tenso momento, que todos hemos vivido, en el que Pele le interroga por el nombre del presunto jugador. Y ese sujeto que dice el nombre, ya medio entre dientes porque Pele no se ha quedado en la mera admiración, en el “¿no me digas?”, sino que quiere el nombre y lo quiere ya, lo pide de forma imperativa para cotejarlo con la enciclopedia que lleva entre oreja y oreja... Y ese abuelo que ya se siente con la espalda en la pared, desprotegido, ese abuelo al que yo he visto ya vacilante, pronunciar el nombre, “fulanito de tal” y poner ya excusas porque, increíblemente, a ver si va a resultar que el tal Pele va y se conoce a los ochocientos y pico jugadores de la historia del equipo; y Pele que antes de dos segundos ha procesado la información y sin compasión ninguna ni piedad le dice al embustero: “Su abuelo de usted no ha jugado en el Barcelona NUNCA”. Recalcando lo de nunca con una alteración aguda de la voz. La explicación posterior: “Bueno, entrenó con ellos alguna vez y tiene una foto con Samitier, espera que llamo a mi tía abuela para que la mande”. Y ese epitafio del Pele, que viene a ser una roca sobre la cabeza: “Que sí, que sí... pero que en el Barcelona no jugó, amigo”. Ese simpático sadismo...

Puede que al principio Pele se cortara un poco de tener una cámara atendiéndole 24 horas al día, como le pasaba las primeras veces que íbamos a ZTV. Pero ahora que ya se comporta en plató como en realidad es (doblando tapes de boli y rascando paredes cuando habla por teléfono), se ha convertido en un animal televisivo implacable y yo vaticino que Pele TV supondría un éxito sin precedentes en la autonómica. Porque yo he visto cómo engatusa con su impulsiva dialéctica a audiencias variadas, desde comerciales de la radio a activistas de UGT, dueños de bar, entrenadores de fútbol, periodistas o escritores. Y lo atienden así, con entusiasmo, porque no deja de ser un espectáculo la mezcla de agitación verbal, conocimiento, velocidad, memoria y torrencial locura que despliega el Pele para tratar los asuntos más peregrinos. Porque lo que ahora parece una tragedia, luego queda en anécdota. Déjate de Aragoneses por el Mundo (¿quién colaría ese programa, señor?)... En una semana Zaragoza entera repetiría como una letanía el catálogo entero de frases habituales del Pele, que pasarían al habla común pronunciadas del mismo modo obsesivo que les agrega su autor. Cosas como “Vitín de diez”, “Tú eres un gran demócrata”, “Jodo, tú no morirás de cornada de burro”, "Oye, que yo soy aragonés", “¿Qué dice la Petonina?”, "Llama al ruso", “¿Y Monchito Ribot?”, "Estoy muy dolido contigo", “No tiras puntada sin hilo”, “A mí no me cuentes películas”, “Aquí estamos, trabajando a lomo caliente para que tú puedas cobrar la jubilación”, “Buen jugador”, “Jugador de diez”, “Carne de pescuezo”, "El mongol del Levi’s blanco", "Ese gachó le cuca el ojo a mi mujer", “Este filete es carnuza”, “Ponnos unas olivicas”, “Jodo, Pirata, cómo te estás poniendo de jamoncico...”, "A ver si les metemos cinco a los del hilo de cobre" (a.k.a., el Numancia), "Fenomenal, fenomenal", "Está sensacional", "A tú no te he punchao", “Doctor, que tú eres amigo mío”, “Tranquilo que entre bomberos no vamos a pisarnos la manguera”, "¿Has leído a Azarías?", “¿Pero vienes o no?” (ésta con mucha urgencia en la voz), “No llames, no” (cuando te llama siete veces en un minuto y medio y no contestas), "Coll de Taula", "Llama a Kings Moon" (nuestro fotógrafo, Alfonso, que se apellida Reyes Luna), “Tú sí que eres de diez”"Nada el pájaro, vuela el pez", "No sabes lo que me pasó anoche" (cuando por casualidad localiza algún dato que le faltaba para su libro de trayectorias de jugadores del Zaragoza), “Bum bum bum bum, bum bum bum bum, barrita Tantor en Camerún”, "¿Puedo ir contigo, Vitín?", “¿Qué dice Torcaz?”, y las clásicas de su periodo de estudiante en Barcelona: “Al voltant dels mitjans de comunicació”, “Amics oidors de Catalunya Radio”, “Anem tots cap el rectorat”... Más los pormenorizados relatos de la despedida de soltero, el palomo cojo al que emplumaron con colacao en una fiesta en el piso de la universidad, aquella otra de Sami de "yo voy a darte lo que tú necesitas" antes de buscarle pelea con el más grande del bar a un amigote muy reñidor que celebraba su despedida de soltero... Más el anecdotario completo de Biscarrués: la primera vez que pusieron una porno en el casino, cuando aquél le dijo a su mujer, que le había pedido un Kas de limón, eso de "Tú no tienes sed", cuando raparon a dos turistas rubicos que habían tenido la mala idea de pasar por allí, las peleas en las fiestas de Almudévar... Más el ascenso al refugio en el que se jugó los pies para dejar de rueda a su jefe en el Heraldo y cuando sacó de la cama a Moncín, el fotógrafo, a las seis de la mañana en una concentración del Zaragoza, diciéndole por teléfono que bajara corriendo que se llevaban a no sé qué jugador a con apendicitis aguda...

En fin. Que lo tengan ahí en la tertulia de los guapos es una pérdida de tiempo. Se están perdiendo un reventón de audiencias y a un fenómeno social de primer orden. A veces pienso si en realidad no lo conocen.

La culpa fue del balón

La culpa fue del balón


Entre 1964 y 1971, mi madre dio a luz a una primera línea completa. Si los tres hermanos no llegamos a jugar al rugby juntos fue sólo porque en el último parto doña María Jesús alumbró a una niña, que con el tiempo se convirtió en mi hermana. Aunque nos costó años darnos cuenta de ello, la naturaleza fue generosa con nosotros y nos dotó para el juego desde la cuna: al nacer, mi hermano dio en la balanza 4,200 kilogramos; yo, dos años más tarde, subí la marca hasta 4,600; en progresiva evolución, mi hermana saludó al mundo marcando 5,300 en la báscula, ya sin cordón umbilical. Instante que el doctor aprovechó para darle un consejo a mi madre: “No tenga usted más hijos”. Y mi madre le hizo caso. Mi padre también.

Porque el pilar nace, aunque luego se haga. Aunque tarde 20 años en tomar su definitiva forma, como nos pasó a nosotros, que hasta pasada la adolescencia éramos jóvenes y atléticos y después fuimos jóvenes y primeras líneas. Y ahí nos hemos quedado, porque una condición bastante desconocida del rugby es que mantiene los cuerpos jóvenes, a punto para el amor o para la guerra, que son dos signos indudables de la juventud. Los Ornat jugamos juntos a principios de los años 90, vestidos de negro con el equipo de Ingenieros de Zaragoza porque el negro estiliza. Yo llevaba el 1 y mi hermano el 3. Celebramos la primera victoria con una cena clásica y ligera en El Pasgón, lugar de reunión nocturna de los abandonados diversos que genera la ciudad. Entre ellos, claro, un equipo de rugby. El menú era éste: ensalada ilustrada para abrir boca, judías blancas con tocino de primer plato, huevos fritos con jamón y chorizo de segundo, y flan de postre. Vino y gaseosa. Había un tipo que jugaba de tres cuartos, más imaginativo con la gaseosa que con el balón. Le gustaba lo que él llamaba “hacer estalagtitas”. Agarraba una botella entera de Konga, la agitaba violentamente durante unos 15 segundos y, a continuación, de súbito le quitaba el tape de rosca y la sujetaba en posición vertical. La gaseosa salía impelida como un géiser hacia arriba y entre líquido y gas, formaba en el techo unas agujas falsamente calcáreas y traslúcidas que muy lentamente llovían sobre la mesa el resto de la noche. Las estalagtitas.

Como cualquiera sabe, buena parte del rugby sucede en los bares, nunca en las bibliotecas ni a la entrada del cine. Los Ingenieros me ficharon en un bar y el Seminario me recuperó, años después, en otro bar. Digo recuperar porque yo ya entrenaba con el Seminario desde hacía algún tiempo, pero no tenía ficha. A la vuelta de un entrenamiento, tropecé con una fila de cervezas y con los chicos del equipo de mi hermano, que recuperaban también las toxinas perdidas con el ejercicio físico. En el mientras tanto, se pasaban un balón de rugby de mano a mano. Me invitaron a jugar. Acepté de inmediato porque estaba como los jarheads en el desierto de Irak, esperando a que los llamen para el frente. Necesitaba entrar en acción. Necesitaba saber cómo era eso de chocar con la cabeza por delante. Eso de destrozarte el cuello empujando. Eso de pasarle por encima a la melé contraria.

De los dos Ornat, mi hermano llegó al rugby primero y se fue mucho antes. En su honor hay que decir que inventó un arquetipo que pocos años después haría célebre Jonah Lomu: el ala que también podía jugar de delantero. Ornat sénior empezó con el 11 porque siempre fue rápido. Unos cuantos gin-tonics más tarde, hubo que cambiarle la camiseta y darle otra con el número 3. Era un tres veloz al que costaba seguirle los pasos, para su desgracia. Se le recuerda un instante habitual en cada partido. En el apretón de la primera melé, mi hermano abandonaba el paquete, desatendía el juego, se dirigía precipitadamente hacia la banda y durante unos segundos doblaba el vientre de espaldas al terreno de juego mientras elaboraba con su garganta líquidas voces de ultratumba. Una vez vaciado el estómago de las infusiones que se hubiera tomado la noche anterior, empezaba su partido. Regresaba a la melé lo más alegre y aquí paz y después gloria. Su momento más memorable, sin embargo, siempre llegaba en el tercer tiempo. Era un jugador de terceros tiempos. El primero y el segundo constituían una suerte de excusa para la reunión. A quien algo así le parezca un defecto o la semblanza de un jugador menor, debería recordar este principio fundamental: el rugby tiene dos tiempos de 40 minutos y un tercero de duración variable, según aguante y necesidades de los contendientes. El tercer tiempo no es un añadido singular, es PARTE del partido. Es decir, que también hay que ganarlo. Amigablemente y con cerveza, sí, pero hay que ganarlo. No puede ser que el equipo contrario beba más. Ni que cante más. Ni que recite más chistes de brocha gorda ni le falte con más gracia a las mujeres. Eso también es el rugby.

Mi hermano empezó a dejarlo el día que el Vaca, talonador melancólico, le dio un cabezazo en el pecho. La decisión, vista en perspectiva, supuso por su parte un acceso de reflexión sin precedentes. Esa tarde ofreció su último recital en el tercer tiempo. En el bar de la gasolinera, a la entrada de Santa Isabel, ya notaba una molestia persistente en el tórax cuando levantaba las espumosas jarras. Resuelto a no dejarse engañar por un golpe de nada, se anestesió con una buena serie de alzamientos hasta que el dolor se rindió al empuje ganador del alcohol. El tercer tiempo se fue calentando y el gran Ornat (como pilar que era) supo que debía tomar el mando de la juerga y terminó por interpretar el que siempre fue su número más aplaudido: caminar sobre las manos con las piernas en alto y dar volteretas laterales, ante el jolgorio de la beoda concurrencia. Al día siguiente lamentó haber llevado tan lejos sus habilidades acrobáticas: en su topetazo, el Vaca le había roto un par de costillas.

Mi hermano lo dejó. Yo seguí. Aún sigo. Si en algún momento pude dejar el rugby fue antes de jugarlo. Ahora sé que jamás podré dejarlo y no encuentro manera de resolver la ecuación de la edad y los partidos. Ese instante primero y único de duda pudo sobrevenir cuando, en el primer partido que miré en directo, vi a Carlitos Ezquerro aprovechar un agrupamiento para estrujarle los huevos a un contrario, con la consiguiente sesión de puños voladores. El rugby me enviaba un último aviso, que por supuesto desoí. La llamada primitiva me había alcanzado y no podía echarme atrás por un leve atisbo de psicopatía en un juego que yo pensaba idílico, noble, esforzado y prohibido para cerebros fuera de la ley. Decidí seguir adelante y probarlo, desde luego. Pronto entendí que los partidos de rugby, como la vida, están llenos de oscuros recovecos. Como diría el coronel Kurtz: “En la selva he visto cosas que vosotros no creeríais”.

La culpa de todo la tuvo el balón. El balón de rugby... Una vez que lo has tocado, te quedas atado a él. Un balón de rugby entre las manos constituye un viaje sensorial, no importa dónde ni en qué situación de la vida lo toques. El balón de rugby está hecho de una materia falsamente artificial. Puede que sólo sea goma inflada, pero su antropomórfica composición tiene algo que te eriza la piel. Para empezar, nadie sabe qué hacer con un balón ovalado. Salvo nosotros, que hemos aprendido a botarlo sobre su lado justo para que nos vuelva a las manos. El cerebro sabe aún más que nosotros mismos. Hay sonidos (el repiqueteo de las botas de tacos en las baldosas del vestuario cuando sales al campo), hay olores (la hierba que te aplasta la cara en el fondo de un ruck, las cremas que calientan los músculos en el vestuario y que persisten cuando sacas la ropa de jugar de la lavadora), hay sabores (el de la cerveza y otros que no se nombran) y hay texturas que el cerebro de un jugador de rugby reconoce de inmediato. Todas remiten a una sola: las sensaciones que uno tiene en el campo cuando toca un balón. La urgencia de avanzar con él hasta donde te dé el aliento, la obligación de usarlo bien, el rearme muscular frente a los golpes que vienen, la claridad para buscar espacios, evitar hombres, reconocer compañeros y no perderlo.

La nostalgia del rugby es traicionera, así que conviene no tener balones de rugby en casa. Porque puede suceder que uno esté al pedo en el sofá, toque la pelota como para entretener algo en las manos y... ese simple roce supone un peligro mayor: enseguida dan ganas de metérselo entre el brazo y el vientre y cargar contra las 32 pulgadas de TFT de la televisión. Ellas no lo entienden y te mirarán mal, haciéndote sentir raro o fuera de contexto, porque ellas no saben lo que se siente cuando uno gana la línea de ventaja en un partido. Ganar la línea de ventaja con un balón de rugby en las manos es como saltar por encima de las trincheras enemigas con un bebé envuelto en los brazos. Todos te quieren matar o bien están dispuestos a deshacerte los tobillos a mordiscos o a descerrajarte un tiro en la cabeza. Tú estás resuelto a morir si hiciera falta, porque un balón en las manos te abandona en un territorio de pasiones trascendentales que te hacen sentirte un héroe... Pero antes has de entregar al bebé almendrado, sano y salvo.

Ellas no lo entienden. No entienden que con la pelota en las manos uno no puede quedarse quieto. Hay que avanzar por cojones. Y si hace falta comprar una televisión nueva, se compra.

Canción de amor con gotera de sangre


Miro al techo que ha vuelto a gotear
Hacía tiempo que no llovía así
Y cada gota golpeando contra los cacharros de metal
Me hace pensar unas veces en sangre y otras veces en ti
Lo que en realidad viene a ser lo mismo
Lo que por crueldad ahora viene a dar igual
O puede ser un ángel que una vez perdió la fe y fue expulsado
Y que ha venido a agonizar justo encima de mi hogar
Y estas gotas sean sus lágrimas
O puede que sea hora de entrar ya en razón
Y llegar a comprender que dentro de este horror
No hay literatura, no
Y eso tú lo sabes bien a fuerza de caer una y otra vez
En una trampa mortal que en el tiempo dura ya ocho años y medio

Seré muy breve: te quiero y esto duele

Y vino un pájaro a posarse en mi ventana

Tenía una ala rota y su plumaje era gris y azul

Y al acercar mi mano y comprobar que no echaba a volar

Supe de inmediato que lo enviabas tú

Lo tomé entre mis garras y lo dejé morir

Y, cuando lo hizo, aún llovía aquí

Y la sangre al gotear entre garras de animal presagió mi suerte

Como un ave que voló de Madrid hacia Gijón aún herida de muerte

Re escribiendo la espiral de prometer hacerlo bien,

De cometer un nuevo error,

De no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces

Y aunque ahora escupo una oración, helado de terror

Ningún dios responde aún

¿Soy yo el que no ve o es que todavía no se hizo la luz?

Seré muy breve: te extraño y esto duele

 

Trato de encontrar una salida

Pero no recuerdo ni por dónde hemos entrado aquí

Y contemplo junto a mí el cadáver del que fui,

Según tú, en una ocasión

Y es la mancha de humedad la de la herida mortal

Impregnada en el colchón

Y ahora que te oigo llorar

En lugar de ir hacia a ti me vuelvo a anestesiar

Y me limito a subir el volumen del televisor

O me concentro en recordar para no pensar en ti

Que tendría que llamar, que alguien venga a reparar

La gotera de una puta vez

Que ya cansé de recoger litros de agua gris

Gris como un metal que un día relució y que ahora es suciedad

¿Cómo se hace para amar lo que quise despreciar ya una y mil veces?

Seré bien breve: te he perdido y esto duele...

[Ocho y medio, de Nacho Vegas].

Lennon zafa del infierno

Lennon zafa del infierno


Yo nací unos meses después de que John Lennon y Yoko Ono se metieran durante siete días en la cama de una suite en el Hilton de Amsterdam, para decir que la paz mundial no era una utopía, sino una posibilidad real, dependiente de la voluntad. Los días del “give peace a chance” y “grow your hair”, una campaña propagandística de dimensiones incalculables para los periodistas que visitaron a la pareja y trataron, seguramente sin conseguirlo, de entender de qué iba todo aquello de hacer declaraciones entre las sábanas, dejarse crecer el pelo o dar una rueda de prensa hechos un ovillo tras la blanca opacidad de una frazada. Lo que se llamaba baggism. Con doce o trece años, mi hermano les pidió a mis padres un tocadiscos estereofónico que sustituyera al giradiscos de maleta en el que escuchábamos los cuentos infantiles. A mí me impresionaba El Soldadito de Plomo, sobre todo en la escena en que el pobre muchacho se iba por el sumidero de la ciudad y conocía los bajos fondos del alcantarillado, con sus enormes ratas habladoras. En aquellos días, por increíble que parezca, mis padres vivían ligeramente preocupados por la insociabilidad del Nan, que apenas iba a ningún lado ni se veía con amigos ni los traía a casa. Su explicación fue ésta: “Es que aquí no podemos oír música”. De las incontables y muy bien recubiertas mentiras que le he oído a ese hombre a lo largo de nuestra vida en común, la de la música y el tocadiscos tal vez sea la que más me ha asombrado siempre. A mi hermano jamás le ha interesado lo más mínimo la música entendida como modo de expresión juvenil, ni entonces ni ahora. Mis padres compraron el tocadiscos y el Lp “Nightflight to Venus”, de Boney M, para acompañar. La fecha de publicación de aquel álbum revela que hablamos de 1978. Poco después, a mi hermano lo cambiaron de colegio. Un día apareció con un single de Tequila, la única vez que le he visto comprar un disco en toda mi vida. Otro día apareció con un muchacho alto y burlón llamado Toño Maza. Otro día apareció con una chica de ojos claros y un pantalón con peto de algodón y rayas azules y blancas, muy finas. Otro día salió y, casi literalmente, ya no volvió a entrar. Y el resto, como se suele decir, es historia.

Ausente el hermano, quedó el tocadiscos, con el que supongo que me ayudé a vadear la edad preadolescente. La primera noticia que tuve de los Beatles fue un recopilatorio de 1979: “Los 20 Éxitos de Oro”. Me gustaba escucharlo pero no me decía nada que no supiera. La segunda noticia que tuve de los Beatles fue el asesinato de John Lennon, en diciembre de 1980: lo busqué en la carátula del Lp y era el de las gafitas y el pelo en doble cortina sobre un rostro alargado. La tercera noticia que tuve de los Beatles fue un documental en dos capítulos en la segunda cadena. Y eso, como cantaría Silvio Rodríguez, fue una luz cegadora, un disparo de nieve. Lo guardé grabado en VHS y aún debe estar por casa. Lo vi un número no inferior a treintamil veces. Al mismo tiempo, antes o después, conocí en clase al señor Guerra, que quería hacer el amor y no su apellido. Se sabía todas las canciones y podía distinguir cuál de los cuatro  cantaba cada tema. Y el resto, como se suele decir, es literatura.

Del documental mencionado me impresionó la interminable profundidad del catálogo de los Beatles, cuya música se me empezó a hacer rotundamente concéntrica: por más que agotara todos los discos y todas las canciones, cada escucha suponía un descubrimiento. Éste supone un suceso común para cualquiera que escuche con cuidado a los Beatles. La creciente complejidad de los álbumes contribuía a esa impresión de laberinto sensorial del que aún no he salido y espero no salir. Si acaso, estoy aguardando fuera a que Ali pase el periodo lactante de beatlemaniaca en el que se encuentra y cumpla la edad para iniciarla en las oscuras maravillas del grupo interminable.

Todo este afán memorístico viene a cuento de una sola noticia. De aquel documental me fascinaba el capítulo dedicado a las célebres declaraciones de Lennon en 1966: “Somos más populares que Jesucristo”. Y la respuesta en los estados del sur, en Alabama, en Tenessee, donde pasaron de quemar negros a quemar discos y fotos de los Beatles, animados por locutores radiofónicos que difundían los puntos de recogida de la basura scouser. El paroxismo llegó a tal punto que con alegría inconfundible las televisiones pedían su consolidada opinión a indistintos miembros del Ku Klux Klan. Solícitos, éstos se levantaban la careta de su capuchón blanco y, sobre un fondo de cruces ardientes en la noche, condenaban la frase del músico.

Más de 42 años después de que Lennon la pronunciara, casi 28 después de su fallecimiento a las puertas del edificio Dakota en Nueva York, la Iglesia ha hecho público su perdón por aquel desliz dialéctico tan inteligente. No está mal. Galileo Galilei hubo de esperar más de 300 años en su polvorienta tumba para que se le conmutara la condenación a la que fue sometido por descubrirle al mundo el orden del Cosmos, cuando el mundo no estaba preparado para ello. Ambos tuvieron un problema de timing, diría Ian Curtis ("is my timing that flawed...",  de Love Will Tear Us Apart). El día de su absolución, el diario Página 12 de Buenos Aires tituló en su gozosa primera página un titular inolvidable: “Galileo zafa del infierno”. Para una institución sostenida en el proceloso mar del dogma de la eternidad, 42 o 300 años suponen nada, apenas un instante de aliento interrumpido en la maquinaria extensa del espacio-tiempo. La justicia eclesial anda como un tiro. Para celebrarlo, anoche vi la película "The U.S. vs. John Lennon", interesante recuento sobre el lado activista de Lennon a su llegad a Nueva York y uno de los lados oscuros del oscuro presidente Richard Nixon. También estoy pensando en comprarme un tocadiscos, a ver si salgo más de casa.

 Just Gimme Some Truth, de John Lennon.

Cosa nostra

Cosa nostra

Dedicado a Carcundo, el Piojo, el Turco y a toda la gente del Seminario.

El rugby es como la mafia, pero sin asesinatos. Está basado en la lealtad, el honor, la conciencia grupal, los ajustes de cuentas, el tráfico de sustancias y los parentescos inventados. Es una famiglia. Sobre todo en la delantera, aunque se han documentado casos de amistades morganáticas con la gente de la línea, esa gente. Conforme el número de la espalda crece hacia el 15, aumenta la desconfianza de los delanteros, que componen la infantería con traje y corbata negros, como reservoir dogs. La vida debería ser como una melé, pero con colonia para niños. No hay caretas y todo el mundo se conoce bien. Al que se pasa de la raya, se le ajusticia en la siguiente ocasión de forma que parezca un accidente. Los demás callan, otorgan, participan o calculan dónde y cómo reparar los daños. La ley del silencio la entiende todo el mundo. Hay que descreer de los delanteros que hablan con el contrario.

Fuera de la melé, el universo se torna voluble y desleal, y cualquiera sabe que conviene desconfiar de sus normas y aún más de la corrección política: que ahora no se puede pisar y que el balón tiene que salir rápido por el bien del espectáculo. Esas cosas. Fuera de la melé, todo el mundo es un extraño o se comporta como tal. El 10 suele venir de otro país, de otro rango social, profesa religiones de moda y bebe Aquarius después de los partidos. Su única posibilidad consiste en haber nacido en Ejea, aunque su apariencia continúa siendo extraña porque se comunica en ese idioma que se habla en Ejea y que sólo le entienden sus paisanos y el 12, su lugarteniente, el tipo feroz que le hace el trabajo sucio. Nuestro 10 es de Ejea de los Caballeros, un lugar repleto de truhanes: por eso juegan tan bien al rugby. Truhanes y caballeros. Las labores del 10 en el campo se reducen a cuestiones funcionariales o de poco calado, como recitar contraseñas numéricas, hacer extrañas señales con los dedos por la espalda a los chicos de la diagonal y utilizar términos como cruz, salto, falsa o toda, convenientemente mezclados para impresionar a los que le escuchan. Cuantos más balones se le caen, más aprecio le tienen los delanteros, que se dan el gusto de volver a la melé. Además de eso, el 10 patea a palos siempre que no haya un delantero que pueda hacerlo, lo que suele ser raro porque en el paquete menudean los superdotados. El 10 acostumbra a quejarse de que los delanteros se interponen en la línea de pase entre él y el 9. Y amonesta a los que lo hacen, explicándoles la necesidad de mantener limpia esa vía de salida. Los delanteros asienten y por dentro sonríen. Todo el mundo sabe que se trata de un comportamiento deliberado: el 9 sólo debería abrir la pelota cuando los delanteros lo decidan o se hayan divertido lo suficiente con sus tuercas y tornillos, jugando al enredo con los cuerpos y la pelota. Hacerlo al revés constituye otra de las muchas perversiones que el espíritu del juego ha sufrido desde su nacimiento.

El 12, el primer centro, puede ser el único jugador que un delantero respeta en toda la línea de tres cuartos. De hecho, juega en una posición envidiable si no fuera porque no participa en las melés. Dicen que hay un segundo centro, pero no está demostrado. Así como podemos constatar la existencia de dos pilares, dos segundas (que entre los dos no suelen hacer medio), dos flanker y dos alas, la existencia del segundo centro, sospechamos, no pasa de ser una formulación teórica de los entrenadores, que han inventado la figura para desconcertar a los que juegan y sostener así su presunta ascendencia sobre el grupo. Si el segundo centro de verdad existe, constituye un ente innombrable y el sentido de su vida consiste apenas en darle conversación al ala. Nadie ha confesado jamás haber hablado con un ala en el campo de juego, por tanto el segundo centro no existe. ¿De qué se habla con un ala, en cualquier caso? Si te los encuentras en el tercer tiempo te parece estar metido en un ascensor y sólo se te ocurre comentar el tiempo: “Qué buen día hacía hoy para jugar, eh”. Cuando los ves pasar cerca en el campo, a los alas dan ganas de preguntarles por la familia: si ya se casaron o qué tal están sus padres.

El 12, sin embargo, es otra cosa. El primer centro o inside pasa el tiempo en una violenta dicotomía vital que consiste en chocar contra las paredes y aplastar a los hombres. No se les puede dejar solos en una habitación y suelen dormir en cuartos mal ventilados. De ahí sus angustias. Morfológicamente, el 12 tiende a una engañosa redondez corporal y acostumbra a sufrir el síndrome de la bala de cañón: cuando se lanza en velocidad quiere arrancarle las piernas al que se cruce. Como buen depravado, le gusta sufrir y hacer sufrir. Aspira a placar y a que lo plaquen. Digamos que querría hacer las dos cosas al mismo tiempo y en cada jugada, si fuera posible. Es sexualmente hiperactivo y aficionado confeso a las parafilias. Tiene peligro dentro y fuera del campo. Fuera, hay que vigilarlo de cerca: lo mismo trata de intimar con una menor de edad que con el tercera de su propio equipo. En el campo son gente válida. Sí. En su psicopática mentalidad, el ideal de vida consiste en esta jugada: recibir la pelota, enfilar al apertura contrario, derribarlo, ponerle el sello en la frente al 12 rival, derribarlo, convocar a un par de terceras del otro equipo a la fiesta, cruzarles el codo en la boca, derribarlos y, cuando entrevé que el zaguero opuesto viene al cierre con intención de placarlo, soltar la pelota al primer amigo que pase por ahí, dejándose las manos libres para chocar felizmente contra el 15 o el muro del final del campo. Los primeros centros suponen casos extremos, muchachos que quieren placar también en el ataque y se las arreglan para hacerlo, aunque sea a costa de la lógica del juego. No faltan los que, cuando tienen la pelota, en lugar de buscar el intervalo que hay entre los hombres, buscan a los hombres que hay entre los intervalos, llegando a retroceder en busca de un contrario o ajustar la carrera para dejarse alcanzar y así poder atizarle a gusto al defensa. Naturalmente, un delantero ha de animar este tipo de comportamientos y aun ensalzarlos. También porque el primer centro observa la decente costumbre de romper cerca de los agrupamientos, lo que siempre es de agradecer. En fin, hay que reconocerlo: el centro es un hombre. No es un delantero, pero es un hombre. Todo no se puede tener.

Otro de sus méritos es que está a tres números del zaguero, un tipo despreciable al que le gusta jugar con el pie, se mancha poco la camiseta y suele ser guapo. En ocasiones marca ensayos pero casi nunca es el hombre del partido. Por las noches, el zaguero gimotea en su casa porque no comprende esa contradicción: ser la estrella y que nadie lo reconozca. A menudo, los primeras líneas incluso ignoran cómo se llama el zaguero de su propio equipo. Cuando el entrenador recita la alineación, el primera línea se queda en el cuatro o el cinco. El resto de nombres apenas los oye. Está todavía calculando las señas verbales que ordenan las touches, en su inútil intento por memorizar si en las de campo propio que saca su equipo entran cuatro, cinco o todos, si hay mol, peel off, ruptura de la primera torre, pase a ras o palmeo al nueve. Por eso, porque tiene cosas mucho más importantes de las que ocuparse, asuntos que conciernen de verdad al bienestar de la familia, ningún primera línea que se precie recordará jamás el rostro del 15 contrario. Así como los leones y felinos depredadores poseen una visión con una delgada franja de enfoque horizontal, que les permite localizar a sus presas en el horizonte pardo de la sabana, la naturaleza ha dotado a los primeras líneas con una variación óptica: la profundidad de campo de su mirada es mínima. Enfocan al morrillo del pilar opuesto, la carne que rodea los trapecios y las zonas erógenas del cuello y los parietales, donde uno intenta hacer diana. O sea, hacer daño cruzando un cabezazo. La ciencia no ha explicado todavía esta particularidad de los primeros líneas. Los demás prefieren reírse de ellos y explicar que los balones se les caen de las manos porque son lentos, torpes o tienen un dedo del tamaño de dos. No es así: es que no ven, sin más. Los primeras viven en estricto primer plano y son felices con eso. Nunca han visto a un zaguero salvo en el vestuario. En el tercer tiempo, el tipo que jugó de 15 es como el público de la grada: gente a la que le gusta ver rugby, pero no les apetece llenarse de barro ni que les den golpes. En el fondo, hay que agradecerles que vengan y aplaudirles al final en reconocimiento a su tangencial labor.

Ahora hablaremos del medio de melé, uno de los casos más terribles en cualquier equipo de rugby. El 9 opera en el paso fronterizo entre la realidad y la ficción, la melé y el resto del mundo. Cuando el entrenador divide a línea y melé, los nueves siempre se quedan un momento parados, tratando de descifrar a qué lado deben ir. Esa crisis de identidad los afecta, a veces de modo fatal. Todos sabemos que, en conciencia, el medio melé viene a ser un proyecto de delantero al que la naturaleza no lo dotó como es debido: no le llegaron los kilos, la altura ni la inteligencia para jugar en el paquete. Piensa demasiado. Lo obliga su equívoca condición. Dicho sin ánimo ofensivo, el medio de melé viene a ser un transexual, un caso de hormonas equivocadas. Se comporta como un hombre, está musculado, acostumbra a ser recio y muestra arrojo, aunque todo en un cuerpo resumido, sin la expansión fisiológica de un auténtico macho de la melé. Su jugada preferida lo denuncia: en cuanto puede, se mete en el ruck y maulla de felicidad cuando, mientras auténticos hombres lo aplastan y rodean, oye gritar a los que se han quedado donde debería estar él: “¡¡¡No hay medio, no hay medio!!!”. El pick and go consiguiente, que le da tiempo a levantarse y retomar sus obligaciones, lo devuelve a la realidad. El resto del tiempo va de aquí para allá detrás de los gordos y éstos le permiten que mande, que les diga dónde empujar y dónde no, siempre que no contradiga su propia opinión y les compre cervezas en el tercer tiempo. El medio de melé querría ser como los muchachos de la primera línea, por eso suele beber mucho y masticar con la boca abierta. Sus intentos pueden quedarse en lo patético. Los muchachos de la primera línea modelan sus cuerpos, ganan y pierden kilos con estupenda facilidad, saben bascular la barriga para diversión de los demás, satisfacen dos veces a las damas (cuando se ponen sobre ellas y cuando se quitan de encima) y, sobre todo, pueden dar de tetar a los bebés de su propio pecho. Además, cuando ya no producen leche porque la edad los ha traicionado, se van al gimnasio a endurecerse las aristas, mientras un endocrino les entrega una tablilla y les mide la grasa corporal. De pronto pierden 15 kilos y corren como si se hubieran comido una liebre. Los primeros líneas son longevos, juegan hasta los 40 y más allá. En la vida real, esa amoralidad metabólica de los primeros líneas contraviene la moda y da lugar a muchas opiniones. Es verdad que no pueden comprarse camisas en Zara, pero en el campo de juego su excelencia física supone una ventaja que se suma a otra de orden moral: los primeros líneas son los depositarios del rugby auténtico, original, primigenio y único. Eso no se puede negar...

En el principio, el rugby fue un pack de 15 delanteros en inacabables moles de los que nunca salía la pelota. Rara vez. Si salía, quedaba transgredida de inmediato la naturaleza lógica del juego. Para qué correr. ¿Para llegar antes? ¿Acaso no da más gusto llegar empujando? Recorrer 35 metros arrastrando cuerpos, triturando carne, pisando cadáveres… Eso es un ensayo. Los ensayos por velocidad, contrapié y combinación quedan bien para las chicas de la grada y los espectadores de la televisión. Qué diferente de esas alegres montoneras articuladas en la que doce sujetos se derrumban sobre la hierba en la zona de ensayo, entre bufidos, pedos y ladridos de pedregosas gargantas. Al levantarse, al menos cinco de ellos proclaman haber sido los autores de la marca: yo tenía un dedo, el mol lo inicié yo, sin mi empuje jamás habríamos llegado, árbitro apunte mi nombre, soy el uno, bien gordos bien. Y otro sonríe porque fue el autor intelectual: jugamos con el segundo saltador, mol estable y empujamos hasta los almendros, les dijo antes de sacar la touche. En el Seminario, Angelito Largo definió las intenciones de una melé con esa frase: hasta los almendros, en referencia a los arbolitos que lindan con los campos de Tarazona y el fondo de la línea de marca. Quiere decirse que hay que pretar los culos y abrochar hasta perder la conciencia. Empujando hasta que se aflojen los esfínteres.

En el fondo, la familia descansa sobre los hombros de los primeras líneas. Todos lo saben y lo reconocen en cuanto se emborrachan y se ponen cariñosos. Porque la gente, ahí afuera, sabe que puede contar con ellos. Si alguien deja una cuenta pendiente, le meten una cabeza de caballo en la cama al talonador contrario. Muéstrenme un zaguero capaz de eso.

Matices

El chavo cruza la plaza San Felipe, abrigo de paño marrón y corte clásico, rizo largo aplastado con gomina, móvil en la derecha mientras la izquierda pendulea en compás con un tranco contemplativo, como si alguien lo estuviera mirando caminar. Le aclara a la persona del otro lado del aparato:

"Desde luego, cuando yo estuve no era tan cutre. Bueno... era cutre, pero no cutre salchichero".

Canción de amor con caidita de Roma

Me despierto Con un regalo para las mujeres Tú aún duermes Pero a mi regalo parece no importarle Se pone a la altura de la ocasion A medio camino de tu espalda Resbala por tu cuerpo Hasta acariciarte por detrás Pareces tan ajena a todo Que no perturbaré tu descanso Me encanta cuando duermes Pero cuando te despiertas aún me gusta más Ooohhh, despierta y hazlo conmigo Despierta y hagámoslo Despierta, haz el amor conmigo No quiero ser yo el que te despierte Quiero que lo haga tu imaginación Y que entonces te despiertes y me hagas eI amor Si te despiertas de buenas Nos daremos un buen meneo Nos pondremos en pelotas, atrevidos y groseros Frótate contra mi cuerpo Llévame hasta donde desees Lo que pase a continuación es privado Y también bastante sucio Después a recoger el correo Prepararé té y unas tostadas Duerme un poco más, amorcito Soy yo el que más lo necesita Ooohhh, despierta y hagámoslo Despierta y hagamos el amor Despierta y házmelo No quiero ser yo quien te despierte Dejaré que lo haga tu imaginación Y entonces te despertarás y me harás el amor… Despierta y házmelo, despierta, despierta y házmelo, despierta, despierta…

[Wake Up and Make Love To Me, de Ian Dury]